El CASO que PARALIZÓ Argentina — monja desapareció tras misa, encontrada con OBISPO en Chile

El 23 de agosto de 2018, en la ciudad de Salta, al noroeste de Argentina, una monja de 34 años desapareció sin dejar rastro inmediatamente después de oficiar una misa vespertina. Durante 7 meses, las autoridades eclesiásticas y la policía argentina rastrearon cada rincón del país buscando a Sor María Luz Cabrera, una religiosa respetada, conocida por su dedicación inquebrantable y su trabajo con comunidades vulnerables.

Nadie podía imaginar que la verdad detrás de su desaparición involucraría a uno de los obispos más influyentes de la región, un escándalo que sacudiría los cimientos de la Iglesia Católica en Sudamérica y revelaría un amor prohibido que llevaba gestándose en silencio durante más de 3 años. ¿Cómo una mujer que había consagrado su vida a Dios pudo desaparecer en cuestión de minutos? ¿Y por qué las autoridades tardaron tanto en encontrarla? cuando la respuesta estaba a miles de kilómetros de distancia en un pequeño pueblo costero

de Chile. Salta, la ciudad colonial del noroeste argentino, es conocida por su profunda tradición católica. Con aproximadamente 620,000 habitantes, la capital salteña mantiene un vínculo estrecho con la iglesia, donde las ceremonias religiosas forman parte integral del tejido social. Los cerros que rodean la ciudad, el clima seco y templado y la arquitectura colonial española crean un escenario donde la fe católica se vive con intensidad particular.

En este contexto nació y creció María Luz Cabrera, hija de una familia de clase media del barrio Villa Las Rosas. María Luz fue la mayor de cuatro hermanos. Su padre, Ernesto Cabrera, trabajaba como contador en una empresa de logística, mientras que su madre, Silvia era maestra de educación primaria.

Desde pequeña, María Luz mostró una sensibilidad especial hacia los demás. Sus padres recuerdan que con apenas 8 años organizaba colectas de ropa para familias necesitadas del barrio y pasaba horas ayudando a su madre a preparar clases para sus alumnos. A los 16 años, durante un retiro espiritual en el convento de las hermanas de la caridad, María Luz sintió lo que ella misma describiría después como un llamado imposible de ignorar.

 No fue una experiencia mística ni sobrenatural, sino una convicción profunda y racional. quería dedicar su vida al servicio de los más vulnerables y creía que la vida religiosa le ofrecía el marco adecuado para hacerlo. Sus padres, aunque sorprendidos, respetaron su decisión después de meses de conversaciones profundas y honestas sobre las implicaciones de tal elección.

A los 18 años, en febrero de 2002, María Luz ingresó al noviciado de la Congregación de las Hermanas Misioneras del amor divino con sede en Salta. Durante 6 años transitó el proceso de formación, dos años de noviciado, donde exploró su vocación en profundidad, seguidos de 4 años de estudios teológicos y preparación pastoral.

 En marzo de 2008 con 24 años, María Luz pronunció sus votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia, convirtiéndose oficialmente en sor María Luz Cabrera. Los siguientes 10 años de su vida religiosa fueron de entrega absoluta. Trabajó en comedores comunitarios del barrio Granburg, donde familias enteras dependían de un plato de comida diario.

Coordinó programas de alfabetización para adultos mayores en las tardes y dedicaba sus fines de semana a visitar enfermos en un hospital municipal de la zona sur de la ciudad. Quienes la conocían describían a Sor María Luz como una mujer de sonrisa cálida, pero mirada determinada, alguien que combinaba una ternura genuina con una firmeza inquebrantable cuando se trataba de defender los derechos de los más desprotegidos.

 Pero había algo que muy pocos sabían sobre Sor María Luz. Detrás de esa fachada de paz y entrega libraba una batalla interior que comenzó en abril de 2015. 3 años antes de su desaparición. Fue durante una conferencia regional sobre pastoral social celebrada en Salta, donde conoció al obispo Fernando Salas, un sacerdote de 42 años que había sido nombrado obispo auxiliar de la diócesis de Mendoza dos años antes.

 El obispo Salas era reconocido por su trabajo con comunidades indígenas y su postura progresista dentro de una institución generalmente conservadora. El encuentro fue profesional, centrado en estrategias para mejorar la atención a comunidades rurales. Intercambiaron ideas durante el almuerzo, descubriendo afinidades en sus enfoques pastorales.

 Comenzaron a mantener correspondencia por correo electrónico, inicialmente sobre temas detrabajo, compartiendo experiencias y desafíos de sus respectivas misiones. Las cartas se hicieron más frecuentes, los temas más personales. Sin buscarlo, sin planearlo, ambos comenzaron a sentir algo que iba mucho más allá de la amistad profesional o la camaradería religiosa.

 Para marzo de 2017, dos años después de conocerse, la situación había evolucionado hasta un punto que ambos encontraban insostenible. Se veían en encuentros pastorales, regionales, siempre en contextos formales, siempre rodeados de otras personas, pero la atención era palpable. Ambos eran personas de profunda integridad moral y la contradicción entre sus sentimientos y sus votos les generaba un conflicto psicológico devastador.

 No había habido nada físicamente inapropiado entre ellos, pero la conexión emocional era innegable y crecía cada día. Sor María Luz comenzó a experimentar insomnio crónico. Adelgazó casi 7 kilos en 6 meses. Sus compañeras de congregación notaron su distanciamiento emocional, pero ella lo atribuía al estrés del trabajo pastoral.

Por su parte, el obispo Salas también mostraba signos de angustia. Colegas cercanos notaron que se había vuelto más reservado, menos participativo en reuniones diocesanas. En agosto de 2017, un año antes del desaparecimiento, ambos tomaron la decisión de cortar toda comunicación. Durante casi 11 meses no intercambiaron ni una sola palabra, ni un mensaje.

 Sor María Luz se volcó con intensidad renovada a su trabajo, como si el activismo pudiera callar la voz interior que no dejaba de preguntarle si había tomado la decisión correcta al entrar a la vida religiosa. El obispo Salas hizo lo mismo, multiplicando sus actividades pastorales y viajes a comunidades remotas.

 Pero en julio de 2018, un mes antes de la desaparición, sus caminos volvieron a cruzarse de manera inevitable. La Conferencia Episcopal Argentina organizó un encuentro nacional sobre migraciones en Buenos Aires, donde ambos fueron convocados por sus respectivas experiencias de trabajo con poblaciones vulnerables. Durante tres días compartieron paneles, comidas, conversaciones grupales.

 La conexión seguía ahí intacta, quizás más intensa por la ausencia forzada. La noche del 21 de julio de 2018, después de la cena de clausura del encuentro, caminaron juntos por primera vez a solas en más de un año. Fue una conversación de apenas 40 minutos en el jardín del centro de convenciones, pero fue suficiente para que ambos admitieran finalmente lo que llevaban años negando.

 Se amaban profundamente y vivir negando esa realidad los estaba destruyendo emocionalmente. No tomaron ninguna decisión esa noche. Se despidieron con un abrazo prolongado que habló más que 1000 palabras y cada uno volvió a su diócesis. Pero algo fundamental había cambiado. Por primera vez en tres años, ambos habían sido completamente honestos sobre sus sentimientos.

 Y esa honestidad, aunque dolorosa, trajo consigo una claridad nueva. Las siguientes semanas fueron de intensa reflexión para sormaría Luz. rezaba, meditaba, pero también pensaba con la racionalidad que siempre la había caracterizado. ¿Era posible amar a Dios y amar a un hombre al mismo tiempo? ¿Sus votos habían sido pronunciados con plena libertad interior? ¿O había sido la presión de expectativas familiares y sociales? El servicio a los más necesitados requería necesariamente la vida consagrada o podía hacerse desde otra forma de vida. Estas preguntas la

atormentaban día y noche. Para mediados de agosto había tomado una decisión. No sabía exactamente cómo se desarrollaría su vida, pero sabía que no podía continuar viviendo una mentira. El 20 de agosto de 2018, tres días antes de su desaparición, Sor María Luz escribió una carta a la madre superior de su congregación.

 En esa carta, redactada a mano en su pequeña celda del convento, solicitaba formalmente iniciar el proceso de dispensa de sus votos religiosos. explicaba con honestidad brutal que había descubierto que su vocación religiosa había sido más una respuesta a expectativas externas que un genuino llamado interior y que necesitaba explorar una vida fuera de la vida consagrada para encontrar su verdadero camino.

 Pero Sor María Luz cometió un error crucial. No entregó la carta de inmediato, la guardó en el cajón de su pequeño escritorio, pensando entregarla después de la misa vespertina del 23 de agosto. Quería tener un último momento de paz en la capilla, un último servicio litúrgico antes de dar el paso que cambiaría su vida para siempre.

No podía imaginar que ese pequeño retraso crearía uno de los misterios más comentados en la Iglesia Católica Argentina de los últimos años. El jueves 23 de agosto de 2018 amaneció con el cielo despejado característico del invierno salteño. La temperatura rondaba los 12ºC con esa sequedad del aire que hace que cada respiración se sienta nítida y fría.

Sor María Luz se levantó a las 5:30 dela mañana como todos los días para la oración de Laudes con sus hermanas de comunidad. Durante el desayuno a las 7. Certinto estuvo callada, pero no inusualmente distante. Sor Catalina Núñez, quien compartía la mesa con ella, recordaría después que María Luz comió apenas medio pan tostado con mermelada.

Algo normal en ella ha dado su poco apetito de los últimos meses entre las 800 y las 12 30 Sor María Luz trabajó en las oficinas de la parroquia Nuestra Señora del Carmen, en el barro Tre Cerritos, preparando la logística para una jornada de vacunación infantil programada para la semana siguiente. Llamó por teléfono a tres centros de salud municipal para coordinar la provisión de vacunas.

 elaboró un cronograma de voluntarios y diseñó los formularios de registro que se utilizarían. Era trabajo administrativo rutinario, pero lo ejecutó con la meticulosidad que la caracterizaba. A las 13 seretro almorzó en el convento junto a sus siete hermanas de comunidad, guiso de lentejas y una manzana de postre. participó poco de la conversación que giró principalmente sobre las elecciones provinciales que se aproximaban.

 A las 14 15 se retiró a su celda para el tiempo de descanso obligatorio, pero Sor María Luz no descansó. Desde su celda hizo tres llamadas telefónicas desde su móvil personal, un Nokia antiguo que la congregación le permitía usar para coordinar actividades pastorales. La primera llamada a las 14:23 fue a su madre, Silvia.

 Hablaron durante 18 minutos sobre temas cotidianos, la salud de su padre, que se había recuperado recientemente de una gripe, y los planes de su hermano menor para iniciar estudios universitarios. Silvia recordaría después que su hija sonaba tranquila, quizás más tranquila de lo que había sonado en meses, pero no percibió nada alarmante en la conversación.

 La segunda llamada a las 14:44 duró apenas 2 minutos. Fue a un número de Buenos Aires registrado a nombre de María Rosa Elisalde, secretaria administrativa de la Conferencia Episcopal Argentina. Según los registros telefónicos obtenidos después por la policía, esta fue la última llamada que Sor María Luz hizo desde su teléfono personal, aunque el contenido de la conversación nunca pudo determinarse con precisión.

 María Rosa Elisalde declaró después a los investigadores que la hermana María Luz la había llamado para solicitar información sobre trámites administrativos relacionados con dispensas de votos religiosos, pero que la conversación fue breve y puramente informativa. La tercera llamada nunca se completó. A las 15:02, Sor María Luz marcó un número con código de área de Mendoza.

 El teléfono sonó cuatro veces antes de que ella colgara sin dejar mensaje. Los investigadores descubrirían después que ese número pertenecía a la residencia episcopal del obispo Fernando Salas, aunque él declaró no haber estado presente en ese momento para contestar la llamada. A las 16:30, Sor María Luz salió de su celda y se dirigió a la capilla del convento para preparar la misa vespertina de las 180.

La capilla era un espacio pequeño, pero hermoso, con capacidad para unas 60 personas, decorada con imágenes de santos y un vitral que proyectaba luz colorida sobre el altar durante las tardes. Como cada jueves, María Luz era responsable de preparar las lecturas, organizar los himnos y asegurarse de que todo estuviera listo para la celebración.

 Sor Beatriz Aguirre, la sacristana, trabajó junto a ella entre las 16:30 y las 17:45. Recordaría después que Sor María Luz estaba concentrada, pero con una expresión de paz que no le había visto en mucho tiempo. Mientras doblaban los manteles del altar y preparaban las vinajeras con agua y vino, intercambiaron pocas palabras.

 En un momento, Sor Beatriz le preguntó si se sentía bien y María Luz respondió con una sonrisa, “Mejor que nunca, hermana. Hoy tengo una claridad que no había tenido en años.” A las 17:50, el padre Julio Ríos, párroco de 58 años responsable de celebrar la misa, llegó a la capilla. Encontró todo impecablemente preparado.

 Sor María Luz lo saludó con cordialidad. intercambiaron brevemente sobre las lecturas del día y ella se retiró a la sacristía para ponerse el velo que siempre usaba durante las celebraciones litúrgicas. La misa comenzó puntualmente a las 18:00. Asistieron 43 personas, la mayoría ancianos del barrio que acudían fielmente a la misa vespertina de los jueves.

 Sor María Luz se ubicó en el banco del lado derecho de la capilla, donde siempre se sentaba, a tres filas del altar. La misa transcurrió con normalidad, lecturas, homilía del padre Ríos sobre la importancia de la perseverancia en la fe. Comunión. Nada llamó la atención de los presentes. La misa concluyó a las 18:52. Los fieles comenzaron a salir de la capilla lentamente, deteniéndose a conversar en pequeños grupos en el atrio.

 El padre Ríos se dirigió a la sacristía para quitarse los ornamentoslitúrgicos. Sor María Luz permaneció en su banco, aparentemente en oración, con la cabeza inclinada y las manos juntas. Varias personas la vieron en esa posición mientras salían de la capilla. A las 19:05, el padre Ríos salió de la sacristía ya vestido con su ropa civil.

Notó que Sor María Luz seguía en su banco inmóvil. No le pareció extraño. Era común que ella permaneciera en la capilla después de las misas para hacer oración personal. El padre saludó a algunas personas que aún conversaban en el atrio y se retiró a su residencia ubicada a dos cuadras de la capilla. A las 19:20 sor Beatriz Aguirre regresó a la capilla para apagar las luces y cerrar.

 Entró por la puerta lateral que conectaba con el convento. La capilla estaba vacía. El banco donde Sor María Luz había estado sentada 15 minutos antes estaba desocupado. Sor Beatriz asumió que María Luz había regresado al convento por la puerta principal que daba a la calle, algo inusual, pero no imposible. apagó las luces, cerró las puertas con llave y regresó al convento.

 Al llegar al comedor para la cena de las 19:45, notó que Sor María Luz no estaba presente. Preguntó a las otras hermanas si alguien la había visto. Nadie la había visto desde antes de la misa. A las5 la madre superior, sor Lucía Ramos comenzó a preocuparse. Era absolutamente inusual que María Luz faltara a la cena comunitaria sin avisar previamente.

Revisaron su celda, la puerta estaba sin llave. Dentro todo estaba ordenado como siempre. La cama tendida perfectamente, su hábito limpio colgado en el armario, sus pocas pertenencias personales en su lugar. Su teléfono móvil estaba sobre el escritorio apagado. En el cajón del escritorio encontraron la carta que María Luz había escrito tres días antes.

 La madre superior la leyó en privado y su rostro palideció. Comprendió inmediatamente la gravedad de la situación, pero la carta no explicaba una desaparición súbita. hablaba de un proceso formal, de diálogo, de pasos administrativos, no de una huida. A las 20:45, la madre superior llamó al padre Ríos para preguntar si había visto a Sor María Luz después de la misa.

 Él confirmó que la había dejado en la capilla, aparentemente en oración. Llamó también a Sor Beatriz, quien confirmó que la capilla estaba vacía cuando fue a cerrar. A las 21:00, la madre superior tomó la decisión de contactar a la familia de Sor María Luz. Llamó a Silvia, su madre, quien confirmó que había hablado con su hija esa tarde, pero que no tenía idea de dónde podría estar.

 La preocupación se convirtió en alarma. A las 21:30, la madre superior llamó a la policía de la provincia de Salta para reportar la desaparición. Dos oficiales de la comisaría del barrio llegaron al convento a las 22:15. Tomaron declaración a todas las hermanas presentes, al padre Ríos y a varios feligreses que habían asistido a la misa.

 Todos confirmaron haberla visto durante o después de la celebración, pero nadie podía precisar el momento exacto en que salió de la capilla. Los policías revisaron la capilla con linternas. No había señales de forcejeo, ni objetos fuera de lugar, ni manchas sospechosas. La puerta principal que daba a la calle había quedado sin seguro después de la misa, como era costumbre para permitir que los fieles entraran a rezar libremente.

 Cualquiera podría haber salido por esa puerta sin ser visto. Revisaron las cámaras de seguridad del convento, pero había un problema. Solo había una cámara ubicada en la entrada principal del edificio conventual y no cubría el acceso a la capilla ni la puerta lateral. Las grabaciones mostraban a hermanas y visitantes entrando y saliendo durante el día, pero ninguna imagen desormaría luz después de las 16:30 cuando había salido de su celda para preparar la misa.

 A las 23:45, los policías contactaron a la terminal de ómnibus de Salta, al aeropuerto y a las estaciones de servicio de las principales rutas. distribuyeron una fotografía de Sor María Luz, una imagen reciente donde aparecía con su hábito y velo sonriendo ligeramente. Les pidieron que reportaran si alguien la había visto.

 A la medianoche del 23 de agosto, cuando oficialmente había pasado el primer día de su desaparición, Sor María Luz Cabrera se había convertido en un misterio. Una mujer de 34 años, monja consagrada, había desaparecido en algún momento entre las 19:05 y las 19:20, un intervalo de apenas 15 minutos desde una capilla en el centro de Salta, sin dejar absolutamente ningún rastro.

 No había llevado dinero, documentos, ropa adicional ni su teléfono móvil. No había llamado un taxi, no había abordado un ómnibus, no había sido vista por ningún vecino del área, simplemente se había desvanecido como si la tierra se la hubiera tragado. Lo que nadie sabía en ese momento era que sormaría luz, de hecho, si había salido por la puerta principal de la capilla a las 19:07.

Caminó dos cuadras por la calle Valcarcehasta una pequeña plaza donde un automóvil la esperaba. No era un secuestro, era una huida cuidadosamente planeada hacia una nueva vida, una vida que ella y el obispo Fernando Salas habían decidido construir juntos, lejos de las miradas, lejos del escándalo, lejos de todo lo que habían conocido.

 La mañana del viernes 24 de agosto de 2018 amaneció con la noticia de la desaparición de Sor María Luz en todos los medios locales de Salta. El titular del diario El tribuno rezaba. Monja desaparece misteriosamente transmisa en convento salteño. La radio FM96 1. La más escuchada de la ciudad abría su programación matutina con entrevistas a vecinos del barrio Tres Cerritos, quienes expresaban su perplejidad y preocupación.

El caso despertó inmediato interés por varias razones. Primero, porque Sor María Luz era una figura muy conocida en la comunidad católica de Salta por su trabajo social. Segundo, porque las circunstancias eran verdaderamente extrañas. Una monja que desaparece de una capilla en cuestión de minutos sin llevar nada consigo.

 Y tercero, porque en una sociedad profundamente católica como la salteña, la desaparición de una religiosa tocaba fibras sensibles en la población. El fiscal Juan Pablo Méndez de la Fiscalía de Investigación de Delitos contra las personas asumió la investigación a primera hora de la mañana. Méndez, un abogado de 45 años con experiencia en casos de personas desaparecidas, organizó inmediatamente un operativo de búsqueda.

 A las 900 de la mañana, 30 efectivos policiales y 50 voluntarios comenzaron a peinar el barrio Tres Cerritos y las áreas circundantes. Revisaron baldíos, obras en construcción abandonadas, zanjas, canales de riego. Llamaron puerta por puerta preguntando si alguien había visto a la monja la noche anterior. Mostraron su fotografía en negocios, kioscos, estaciones de servicio.

Contactaron hospitales y centros de salud de toda la provincia para verificar si alguna mujer con sus características había sido ingresada. No encontraron absolutamente nada. Mientras tanto, la familia de Sor María Luz vivía una pesadilla. Ernesto y Silvia Cabrera, sus padres, llegaron al convento a las 8:30 de la mañana.

 Silvia, todavía en shock, repetía una y otra vez. Hablé con ella ayer a las 2:30 de la tarde. Estaba bien, estaba tranquila. ¿Cómo puede haber desaparecido así? Ernesto, más contenido pero visiblemente angustiado, proporcionó a los investigadores toda la información que pudo. Amistades de su hija, lugares que solía frecuentar, cualquier detalle que pudiera ser relevante.

 El fiscal Méndez interrogó extensamente a la madre superior, sor Lucía Ramos. Fue entonces cuando la religiosa, después de consultar con el abogado de la congregación decidió compartir el contenido de la carta que habían encontrado en el cajón del escritorio de María Luz. El fiscal leyó la carta con atención creciente.

 De repente, el caso adquiría una dimensión completamente diferente. ¿Mencionó ella alguna vez a alguien específico?, preguntó el fiscal. ¿Algún hombre, alguna amistad especial fuera del convento? La madre superior negó con la cabeza. Nunca mencionó nada de eso. Era absolutamente discreta en sus relaciones personales.

 Sabíamos que estaba pasando por un periodo de crisis vocacional. Muchas hermanas lo experimentan, pero nunca imaginamos que llegaría a esto. El fiscal decidió ampliar la investigación. solicitó los registros telefónicos del móvil de Sor María Luz de los últimos 6 meses. También ordenó revisar sus correos electrónicos en la computadora de la parroquia donde trabajaba.

 Esta línea de investigación comenzó a arrojar datos interesantes. Los registros telefónicos revelaron que durante los últimos 3 años S. María Luz había mantenido comunicación frecuente con un número de Mendoza. Las llamadas habían sido regulares entre abril de 2015 y agosto de 2017. Luego cesaron completamente y se reanudaron en julio de 2018, justo después del encuentro en Buenos Aires.

El fiscal cruzó ese número con las bases de datos y descubrió que estaba registrado a nombre de la diócesis de Mendoza, específicamente de la residencia del obispo auxiliar Fernando Salas. Esta revelación cambió completamente el rumbo de la investigación. El 26 de agosto, dos días después de la desaparición, el fiscal Méndez viajó a Mendoza para interrogar al obispo Salas.

La entrevista tuvo lugar en la residencia episcopal en presencia del abogado del obispado. El obispo Salas, un hombre de complexión delgada, rostro anguloso y mirada intensa, admitió conocer a Sor María Luz. explicó que se habían conocido en un encuentro pastoral en 2015 y que habían mantenido una correspondencia profesional sobre temas de pastoral social.

 Negó rotundamente cualquier tipo de relación inapropiada o cualquier conocimiento sobre su paradero actual. Sí, mantuvimos correspondencia”, admitió el obispo con voz firme perocuidadosa. Ella era una mujer brillante con ideas innovadoras sobre cómo trabajar con comunidades vulnerables. Intercambiábamos experiencias, estrategias, nada más.

 No sé dónde está y estoy profundamente preocupado por su bienestar. El fiscal no quedó del todo convencido, pero no tenía evidencias concretas para sostener una acusación. Los correos electrónicos, entre ambos, revisados meticulosamente por los investigadores, mostraban efectivamente conversaciones sobre trabajo pastoral. eran extensos, es cierto, y con un tono cada vez más personal con el paso del tiempo, pero nada explícitamente romántico o comprometedor.

 Ambos habían sido muy cuidadosos en su comunicación escrita. El 28 de agosto, 4 días después del desaparecimiento, la Conferencia Episcopal Argentina emitió un comunicado oficial. Estamos profundamente consternados por la desaparición de nuestra hermana María Luz Cabrera. Rogamos a Dios por su pronta aparición y exhortamos a toda la comunidad católica a colaborar con las autoridades en su búsqueda.

 Mantenemos a su familia en nuestras oraciones. El comunicado era cuidadosamente redactado, sin mencionar la carta encontrada ni las especulaciones sobre una posible crisis vocacional. Mientras tanto, en Salta, la búsqueda continuaba sin resultados. Los medios de comunicación comenzaron a especular sobre diferentes teorías. Algunos sugerían un posible secuestro, aunque no había pedido de rescate ni contacto de ningún tipo.

 Otros hablaban de un accidente. Quizás María Luz había salido a caminar y sufrido algún incidente. Había incluso quienes en voz baja, comenzaban a murmurar sobre la posibilidad de que la monja hubiera abandonado voluntariamente su vida religiosa. La familia estaba destrozada. Los hermanos de María Luz se turnaban para acompañar a sus padres.

Su hermano menor, Matías, de 23 años, organizó un grupo de amigos que imprimió miles de volantes con la fotografía de su hermana y los distribuyó por toda la ciudad. El texto decía, “¿Has visto a María Luz Cabrera, desaparecida el 23 de agosto desde el barrio Tres Cerritos? Si tienes cualquier información, contacta a la comisaría más cercana o a estos números.

” Los volantes terminaron pegados en postes, en paredes, en vidrieras de comercios de toda salta. La comunidad de hermanas del convento vivía entre la angustia y la confusión. Algunas se sentían culpables preguntándose si deberían haber notado más claramente las señales de crisis de María Luz. Otras estaban heridas, sintiendo que su hermana las había abandonado sin explicaciones.

 Sor Catalina, quien había sido particularmente cercana a María Luz, pasaba horas en la capilla rezando por su retorno sano y salvo. El padre Julio Ríos, el párroco, dio una entrevista al diario local en la que declaró: “Sor María Luz era una mujer de fe profunda y de compromiso inquebrantable con los más necesitados.

 No puedo creer que simplemente haya decidido irse sin decir nada. Tiene que haber una explicación y ruego a Dios que sea encontrada pronto. Pasó septiembre sin novedades. La investigación policial comenzó a enfriarse. Se habían agotado las pistas inmediatas. Los registros de terminales de ómnibus, aeropuertos y pasos fronterizos no mostraron ningún movimiento de una mujer coincidente con la descripción de Sor María Luz.

 Su documento de identidad no había sido usado para ninguna transacción. Su rostro no había sido capturado por ninguna cámara de seguridad en ninguna parte de Argentina. El fiscal Méndez mantuvo vigilancia discreta sobre el obispo Salas. Sus movimientos fueron monitoreados, sus llamadas telefónicas rastreadas, pero Salas continuó con su rutina habitual.

 Misas, reuniones diocesanas, visitas pastorales a comunidades rurales. Si sabía algo sobre el paradero de María Luz, lo ocultaba con una habilidad extraordinaria. En octubre, un giro inesperado. Una mujer llamó a la línea de denuncias anónimas diciendo que había visto a alguien parecido a Sor María Luz en un colectivo que iba de Salta a la ciudad de Jujuy el 24 de agosto por la mañana.

La pista fue investigada exhaustivamente. Se revisaron las grabaciones de cámaras de seguridad de la terminal de Jujuy. Se interrogó al conductor del colectivo. Se habló con pasajeros. Fue una falsa alarma. La mujer vista era simplemente una pasajera que se parecía vagamente a María Luz.

 Para noviembre, tres meses después de la desaparición, el caso comenzó a desaparecer de los titulares de los medios. Otras noticias ocuparon la atención pública. La familia Cabrera, sin embargo, no cesaba en su búsqueda. Ernesto contrató a un investigador privado, un expolicía llamado Roberto Suárez, especializado en personas desaparecidas.

 Suárez revisó todo el caso desde cero, entrevistó nuevamente a testigos, examinó evidencias. Su conclusión fue similar a la de la policía. Todos los indicios apuntaban a que María Luz había desaparecidovoluntariamente, pero sin un rastro concreto de hacia dónde se había dirigido, era imposible encontrarla. Diciembre llegó con el calor del verano norteño.

 El convento realizó una misa especial por la aparición con vida de Sor María Luz. La capilla estaba llena. Los padres de María Luz, visiblemente envejecidos por el dolor de esos 4 meses, se sentaron en el primer banco. Silvia no pudo contener las lágrimas durante toda la ceremonia. Ernesto miraba fijamente la imagen de la Virgen sobre el altar, como buscando una respuesta que no llegaba.

 En la homilía, el obispo de Salta, monseñor Mario Carnielo, habló sobre el misterio del sufrimiento y la necesidad de mantener la esperanza. incluso en las circunstancias más oscuras. María Luz fue y sigue siendo nuestra hermana, independientemente de dónde esté ahora”, dijo con voz pausada. “Rogamos por su bienestar, por su seguridad y mantenemos nuestro corazón abierto para su regreso cuándo y como sea que este ocurra.

” Pero en el fondo muchos comenzaban a perder la esperanza. 4 meses es mucho tiempo. Las estadísticas sobre personas desaparecidas no son alentadoras. Cuanto más tiempo pasa, menos probabilidades hay de un desenlace positivo. Algunos comenzaban a temer lo peor, pensando en la posibilidad de un crimen violento, un cuerpo que simplemente no había sido encontrado todavía.

 Lo que nadie imaginaba era que Sor María Luz Cabrera estaba perfectamente viva y segura, a más de 1000 km de distancia en un pequeño pueblo costero de Chile llamado Hara, al norte del país trasandino, en la región de Tarapacá, y no estaba sola. vivía junto al obispo Fernando Salas en una pequeña casa que él había alquilado meses antes de su desaparición bajo nombres falsos, planificando meticulosamente cada detalle de su nueva vida juntos.

 Cuara es un pueblo de poco más de 2,500 habitantes ubicado en el desierto de Atacama al norte de Chile. Es un lugar de paisajes áridos, cielos infinitamente azules y un sol implacable que cae sobre techos de zinc y calles polvorientas. La actividad económica principal gira en torno a la agricultura en pequeñas escalas gracias a oasis de cultivo y al turismo muy reducido hacia sitios arqueológicos precolombinos de la zona.

 No es el tipo de lugar donde alguien buscaría a una monja argentina desaparecida y a un obispo católico. Sor María Luz llegó a Huara el 24 de agosto de 2018. Apenas un día después de su desaparición. El plan había sido trazado durante semanas de conversaciones telefónicas breves y crípticas con el obispo Salas.

 Después del encuentro en Buenos Aires en julio, ambos habían tomado la decisión más difícil de sus vidas, abandonar la vida religiosa para estar juntos. Pero no podían hacerlo abiertamente. El escándalo habría sido devastador, no solo para ellos, sino para las instituciones a las que pertenecían, para sus familias, para las comunidades que habían servido.

Decidieron que la única forma era una ruptura radical y completa, desaparecer, comenzar de nuevo en un lugar donde nadie los conociera. El obispo Salas había viajado a Chile en junio de 2018, dos meses antes, durante un periodo de vacaciones. Había alquilado la casa en Guara bajo el nombre de Felipe Martínez, un nombre común que no levantaba sospechas.

 Había abierto una cuenta bancaria en un banco local, también con documentación que un contacto suyo, un abogado de moral flexible, le había facilitado mediante procedimientos irregulares. La casa era simple. Tres habitaciones pequeñas, un baño, una cocina básica y un patio trasero con algunos árboles de algarrobo que daban sombra en las tardes calurosas.

 Los muebles eran escasos, una mesa, sillas, una cama, un viejo sofá. Pero para María Luz y Fernando representaba algo precioso, libertad, un espacio donde podían ser simplemente ellos mismos, sin el peso de votos, sotanas, hábitos y expectativas. institucionales. El plan de escape había sido meticulosamente coordinado.

 La noche del 23 de agosto, después de salir de la capilla, María Luz caminó dos cuadras hasta la plaza donde Fernando la esperaba en un automóvil Chevrolet Corsa Blanco que había alquilado con documentación falsa. condujeron durante toda la noche hacia el oeste, cruzando la provincia de Salta, luego Jujuy, hasta llegar al paso fronterizo de Jama 200 m de altura en plena cordillera de los Andes, cruzaron la frontera a las 6:30 de la mañana del 24 de agosto.

Fernando usó su pasaporte real, pero María Luz cruzó con un documento que el mismo contacto abogado había facilitado, un documento argentino emitido irregularmente a nombre de Lucía Romero. Los guardias fronterizos, acostumbrados al tránsito constante de vehículos, apenas les dirigieron una mirada. “¿Motivo del viaje?”, preguntó el funcionario chileno.

 “Turismo,”, respondió Fernando con voz calma. sellaron los documentos y los dejaron pasar. Desde el paso de Jamaeron hacia el norte por la ruta 27 chilena hastaconectar con la ruta 5, la carretera panamericana. Luego viraron al sur hasta llegar a Guara. El viaje completo tomó aproximadamente 14 horas, comparadas breves solo para cargar combustible y usar servicios higiénicos.

 Llegaron a la casa alquilada al anochecer del 24 de agosto, exhaustos física y emocionalmente, pero sintiendo una extraña mezcla de alivio y miedo. Los primeros días fueron los más difíciles. María Luz, que había vivido 17 años dentro de la estructura protectora de la vida religiosa, se encontró de repente sin esa red de contención.

 No tenía hábito que ponerse, no tenía horarios de oración, no tenía comunidad, era simplemente Lucía Romero, una mujer de 34 años que había huido de su vida anterior sin saber exactamente cómo construir la nueva. Fernando atravesaba su propia crisis. Como obispo había sido una figura de autoridad, respeto y poder dentro de la iglesia.

 Ahora era Felipe Martínez, un hombre cualquiera en un pueblo remoto. Había abandonado su ministerio, su identidad, todo lo que había definido su existencia adulta. Las primeras noches en Guara, mientras María Luz dormía, él permanecía despierto en el sofá de la sala, luchando contra oleadas de culpa y cuestionamiento. Pero también había momentos de profunda paz.

Desayunar juntos sin prisa, sin horarios rígidos. Caminar por el pueblo en las tardes, tomados de la mano, sin temer ser reconocidos. Conversar durante horas sobre sueños, miedos, planes. Cocinar la cena juntos en la pequeña cocina, riendo cuando quemaban el arroz o agregaban demasiada sal al guiso.

 Eran pequeñas cosas cotidianas, pero para ambos representaban una normalidad que nunca habían experimentado. Se integraron lentamente a la vida del pueblo. Fernando consiguió trabajo en una pequeña librería que vendía artículos escolares y libros usados. El dueño don Patricio Araya, un hombre de 68 años que había pasado toda su vida en Guara, necesitaba ayuda para organizar el inventario y atender el negocio.

Fernando, con su educación y don de palabra, era perfecto para el puesto. Don Patricio le preguntó poco sobre su pasado y Fernando ofreció una historia simple. Había vivido en Buenos Aires, había pasado por un divorcio difícil. Buscaba un nuevo comienzo en un lugar tranquilo. María Luz encontró trabajo en el comedor de una pequeña escuela primaria municipal del pueblo.

 Preparaba comida para 80 niños cada día. trabajó físicamente demandante, pero que ella encontraba significativo. Los niños la adoraban, la llamaban tía Lucía y le contaban sus historias durante el almuerzo. María Luz descubrió que podía servir a los más vulnerables, sin necesidad de votos religiosos, que su compromiso con los demás no dependía de una estructura institucional, sino de una convicción personal.

 Los vecinos de Guara eran gente sencilla, acostumbrada a los altibajos de la vida en un pueblo pequeño y aislado. Algunos sentían curiosidad por la pareja nueva que había llegado al pueblo, pero respetaban su privacidad. Doña Carmen, una señora de 72 años que vivía en la casa de al lado, se hizo amiga de María Luz.

 Compartían mate en las tardes, conversaban sobre recetas de cocina, sobre la dureza del calor del verano. Doña Carmen nunca preguntó detalles íntimos sobre el pasado de Lucía y Lucía se lo agradecía. Fernando y María Luz establecieron una rutina. Se levantaban temprano, desayunaban café y pan con mermelada. Él iba a la librería, ella a la escuela.

 Se encontraban al mediodía para almorzar juntos, a menudo en la casa, pero a veces en uno de los dos pequeños restaurantes del pueblo. Por las tardes, después del trabajo, caminaban por el desierto circundante, admirando las formaciones rocosas y el cielo que se teñía de naranjas y rojos en el atardecer. Por las noches leían.

Fernando había comprado en la librería algunos libros que siempre había querido leer, pero nunca había tenido tiempo. Novelas de García Márquez, poesía de Neruda, ensayos de Borges. María Luz leía historias de mujeres que habían desafiado convenciones sociales, buscando quizás espejos de su propia experiencia.

 conversaban sobre lo que leían, descubriendo aspectos de la personalidad del otro que la vida religiosa no les había permitido explorar. Pero, por supuesto, no todo era paz. Ambos cargaban con culpa. María Luz pensaba a menudo en sus padres. Imaginaba el dolor de su madre, las lágrimas de su padre. Sabía que estaban sufriendo, que la buscaban desesperadamente y esa conciencia era una herida constante.

 En más de una ocasión estuvo a punto de levantar el teléfono de una cabina pública del pueblo y llamar a su madre para decirle que estaba bien, pero Fernando la detenía. Si llamas, se acabó todo. Nos encontrarán. Y entonces todo esto habrá sido en vano. Fernando también cargaba su propia cruz. Había sido ordenado obispo apenas 4 años antes.

 Había dedicado más de dos décadas de su vida a la iglesia desde suordenación sacerdotal en 1998. Había creído genuinamente en su vocación, en su ministerio, pero también había descubierto dolorosamente que el amor por María Luz era más fuerte que sus votos y esa realización lo atormentaba. era débil, era un cobarde o simplemente era humano, honesto consigo mismo de una manera que pocas personas se atreven a ser.

 Pasó octubre, luego noviembre. La vida en Guara continuaba su ritmo pausado. María Luz y Fernando desarrollaron una rutina doméstica. Aprendieron a convivir, a negociar diferencias, a apoyarse mutuamente. Descubrieron que el amor fuera de los marcos románticos e idealizados requería trabajo, paciencia, compromiso diario. Había días difíciles, discusiones sobre dinero, sobre el futuro, sobre el peso de las decisiones que habían tomado, pero también había días hermosos, momentos de ternura silenciosa, de risa compartida, de comprensión profunda. En

diciembre, María Luz descubrió que estaba embarazada. Fue una noticia que los dejó congelados durante varios segundos cuando vieron el resultado positivo de la prueba casera. que había comprado en la farmacia del pueblo. Ambos se miraron sin palabras. Un bebé, una nueva vida, la consecuencia física y tangible de su amor, pero también una responsabilidad abrumadora.

 Dadas las circunstancias, esa noche tuvieron la conversación más importante de sus vidas. Sentados en el sofá de la sala, con una sola lámpara encendida proyectando sombras en las paredes, hablaron durante horas. ¿Podían realmente criar un hijo en el anonimato escondidos con identidades falsas? ¿Era justo para el niño crecer sin conocer a sus abuelos sin tener una historia familiar clara? ¿Cómo explicarían su situación cuando el niño fuera mayor y comenzara a hacer preguntas? Fernando planteó la posibilidad de que quizás

había llegado el momento de enfrentar la realidad, de salir de las sombras. María Luz no estaba segura. El escándalo sería devastador. Los medios los devorarían. Sus familias estarían en el centro de un circo mediático. La iglesia los condenaría públicamente. Valía la pena exponerse a todo eso, pero el embarazo cambiaba las cosas.

 Un niño no podía crecer en una mentira permanente. Un niño merecía tener una identidad real. documentos legítimos, acceso a sus raíces familiares. Por más doloroso que fuera, ambos comenzaron a aceptar que no podrían esconderse para siempre. Decidieron esperar, esperar a que pasaran las fiestas de fin de año, esperar a que María Luz estuviera más avanzada en el embarazo, esperara tener un plan más claro sobre cómo manejar la situación cuando finalmente saliera a la luz.

 Mientras tanto, continuarían su vida en Guara, disfrutando estos últimos meses de anonimato antes de que la tormenta los alcanzara. El primer indicio concreto del paradero de Sor María Luz llegó de la manera más inesperada el 2 de marzo de 2019, más de 6 meses después de su desaparición. Un sacerdote chileno llamado padre Ignacio Muñoz, de 62 años, viajaba desde Iquique hacia Santiago para asistir a una reunión de la Conferencia Episcopal de Chile.

 Durante una parada para almorzar en Guara, decidió entrar a la librería local para comprar algo de lectura para el largo viaje. quien lo atendió fue Fernando Salas. El padre Muñoz, que había conocido al obispo Salas en varios encuentros pastorales regionales a lo largo de los años, lo reconoció inmediatamente, a pesar de que Fernando había dejado crecer una barba y usaba anteojos de lectura que no había usado antes.

 La sorpresa del padre Muñoz fue absoluta. ¿Qué hacía el obispo auxiliar de Mendoza atendiendo una librería en un pueblo perdido del norte de Chile? Fernando, al ver que había sido reconocido, palideció visiblemente. Durante unos segundos, ambos hombres se miraron en silencio. Finalmente, el padre Muñoz habló en voz baja.

 “Obispo Salas, ¿es usted?” Fernando asintió lentamente. “Padre Muñoz, no esperaba. No pensé que alguien, el padre Muñoz, un hombre de modales suaves pero mirada penetrante, invitó a Fernando a conversar en privado. Se sentaron en una pequeña mesa de una cafetería al lado de la librería. Durante casi dos horas, Fernando le contó toda la historia.

 Su relación con María Luz, la decisión de abandonar sus ministerios, la huida a Chile, su nueva vida en Guara. Le contó también sobre el embarazo, sobre las dudas y temores que los atormentaban. El padre Muñoz escuchó sin juzgar. Era un hombre que había visto suficiente de la vida como para saber que la realidad humana es infinitamente más compleja que las categorías morales simples.

 Cuando Fernando terminó de hablar, el padre Muñoz permaneció en silencio durante un largo minuto, mirando su taza de café enfriándose sobre la mesa. “Entiendo su situación”, dijo finalmente, “pero debes saber que esto no puede continuar así. Hay familias sufriendo, hay comunidades heridas. La madre de María Luz estádestruida.

 El padre ha envejecido 10 años en 6 meses. La Iglesia, por supuesto, está escandalizada, pero las instituciones sobrevivirán. Las personas, las familias, esas son las que importan. Fernando asintió. Lo sé. Sé que hemos causado un dolor terrible y no hay día en que no pensemos en eso. Pero también sé que lo que sentimos el uno por el otro es real, es profundo, no es un capricho, no es una aventura, es amor genuino y estamos tratando de construir algo verdadero sobre esa base.

El padre Muñoz suspiró. No estoy aquí para condenarlos, pero tampoco puedo simplemente hacer como que no los vi. Tienen que enfrentar las consecuencias de sus decisiones por ustedes, por sus familias, por el niño que viene en camino. Durante los siguientes días, el padre Muñoz se alojó en Guara. Conoció a María Luz, habló con ambos extensamente.

María Luz, ya con 4 meses de embarazo, le contó su propia versión de la historia. La crisis vocacional que había comenzado años antes de conocer a Fernando, la sensación creciente de que había pronunciado votos bajo presión social, sin verdadera convicción interior, el encuentro con Fernando, que había simplemente catalizado un proceso que ya estaba en marcha.

 No fue él quien me sacó de la vida religiosa”, explicó María Luz con voz firme. Yo ya estaba saliendo antes de conocerlo. Él simplemente me mostró que había otra forma de vida posible que podía servir a Dios y a los demás fuera de los muros conventuales. El padre Muñoz propuso un plan. Contactaría discretamente al obispo de Salta y al obispo de Mendoza.

explicaría la situación y mediaría una resolución que minimizara el escándalo público, pero permitiera a ambos regularizar su situación. Fernando y María Luz podrían solicitar formalmente la dispensa de sus votos, un proceso que la Iglesia permite, aunque es largo y complejo. Una vez dispensados canónicamente, podrían casarse civilmente, legalizar la situación del bebé y comenzar a reconstruir puentes con sus familias.

 Fernando y María Luz aceptaron el plan con una condición. Querían ser ellos quienes contactaran primero a sus familias antes de que la iglesia hiciera cualquier anuncio. Querían tener la oportunidad de explicar directamente, de pedir perdón, de intentar sanar las heridas que habían causado. El padre Muñoz regresó a Santiago y contactó con el obispo Mario Carnielo de Salta y con el arzobispo de Mendoza, monseñor Sergio Buenanueva.

 Las conversaciones fueron tensas. Ambos prelados estaban furiosos, heridos, sintiendo que había sido traicionada la confianza institucional. Pero el padre Muñoz logró convencerlos de que un acercamiento pastoral, en lugar de una condena pública inmediata, sería más beneficioso para todos los involucrados, especialmente para las familias.

El 15 de marzo de 2019, casi 7 meses después de la desaparición, María Luz llamó a su madre desde un teléfono público de Guara. El teléfono sonó tres veces. Cuando Silvia contestó, su voz sonaba cansada, apagada. Hola, mamá. Soy yo. Soy María Luz. Hubo un silencio que pareció eterno.

 Luego un grito ahogado, el sonido del teléfono cayendo, voces confusas en el fondo. Finalmente, la voz de Silvia, ahora quebrada por el llanto. María Luz, ¿dónde estás? ¿Estás bien? ¿Qué pasó? ¿Por qué nos hiciste esto? María Luz, con lágrimas corriendo por sus mejillas, explicó todo. Habló durante casi una hora mientras su madre escuchaba entre soyosos.

 le contó sobre Fernando, sobre el amor que había surgido entre ambos, sobre la crisis vocacional, sobre la decisión de empezar una nueva vida y le contó sobre el embarazo. La reacción de Silvia fue compleja. Alivio de saber que su hija estaba viva y segura, dolor por los 7 meses de angustia, confusión ante una situación que no podía comprender completamente, pero también debajo de todo eso, amor maternal inquebrantable.

Eres mi hija! dijo finalmente Silvia con voz temblorosa. Estoy herida, estoy enojada, no entiendo todo esto, pero eres mi hija y te amo y voy a conocer a mi nieto. Ernesto, el padre tuvo una reacción más contenida, pero igualmente compleja. habló con su hija al teléfono, escuchó su explicación y al final simplemente dijo, “Necesito tiempo para procesar esto, pero me alegro de que estés bien.

” En los días siguientes, María Luz y Fernando contactaron también con otros familiares y con las autoridades eclesiásticas. El 20 de marzo, ambos viajaron a Iquique, la ciudad más grande de la región, donde se reunieron con representantes de la Conferencia Episcopal de Chile y de Argentina. Fue una reunión larga, dolorosa, llena de reproches y explicaciones.

 Los obispos dejaron claro que consideraban sus acciones gravemente incorrectas, no solo por violar votos, sino por la forma en que lo habían hecho, generando angustia y escándalo. Pero también reconocieron que castigarlos públicamente no serviría a nadie. Se acordó un camino.

 Ambos iniciaríanformalmente el proceso de dispensa de votos. un trámite que podría tomar entre uno y 2 años. Mientras tanto, se les pidió mantener un perfil bajo, evitar los medios de comunicación y trabajar en reconstruir las relaciones con sus familias. El 25 de marzo de 2019, la Conferencia Episcopal Argentina emitió un breve comunicado. Informamos que la hermana María Luz Cabrera ha sido localizada sana y salva.

 se encuentra fuera del país y ha expresado su deseo de solicitar la dispensa de sus votos religiosos. Pedimos respeto por la privacidad de todas las personas involucradas mientras se resuelve esta situación. Agradecemos a quienes colaboraron en la búsqueda y pedimos oraciones por todos los afectados. El comunicado era deliberadamente vago, sin mencionar a Fernando Salas ni dar detalles sobre las circunstancias.

Pero los medios de comunicación no tardaron en atar cabos. En cuestión de días, periodistas de investigación habían descubierto la conexión entre María Luz y el obispo Salas, y la historia explotó en todos los medios argentinos y chilenos. Los titulares fueron sensacionalistas e implacables. Monja desaparecida encontrada viviendo con obispo en Chile.

 Escándalo en la Iglesia religiosa argentina, huye con prelado. Amor prohibido, la fuga de una monja y un obispo que conmocionó a dos países. Durante semanas, el caso fue tema principal en programas de televisión, debates en radios, editoriales en periódicos. La opinión pública se dividió. Algunos expresaban comprensión argumentando que María Luz y Fernando tenían derecho a buscar su felicidad, que los votos religiosos no deberían ser prisiones.

 Otros los condenaban duramente, acusándolos de hipocresía, de haber traicionado a sus comunidades, de haber causado sufrimiento innecesario a sus familias. La Iglesia Católica, tanto en Argentina como en Chile, fue sometida a un escrutinio intenso. Se reabrieron debates sobre el celibato sacerdotal, sobre la formación de seminaristas y religiosas, sobre si las estructuras de la vida consagrada eran sostenibles en el siglo XXI.

 Algunos sectores progresistas dentro de la iglesia usaron el caso para argumentar a favor de reformas. Los sectores conservadores lo usaron como ejemplo de la necesidad de una formación más rigurosa y una mayor disciplina. Para las familias involucradas fue una pesadilla. Ernesto y Silvia Cabrera tuvieron que soportar micrófonos en la puerta de su casa.

Preguntas invasivas, opiniones no solicitadas de desconocidos. Los hermanos de María Luz fueron acosados en sus trabajos en la calle. La familia del obispo Salas, radicada en Buenos Aires, enfrentó situaciones similares. En Salta, la Congregación de las Hermanas Misioneras del amor divino pasó por un periodo de crisis institucional.

 Algunas hermanas se cuestionaron sus propias vocaciones, preguntándose si ellas también habían entrado a la vida religiosa por razones equivocadas. La madre superior, sorvo que dar explicaciones a la superiora general de la congregación, enfrentando cuestionamientos sobre cómo no había detectado señales más claras de la crisis de María Luz.

 Mientras todo esto ocurría, María Luz y Fernando permanecieron en Guara tratando de aislarse del ruido mediático, pero era imposible ignorarlo completamente. Algunos periodistas llegaron al pueblo haciendo preguntas, tratando de conseguir entrevistas. Los vecinos que habían conocido a Felipe y Lucía como personas normales y amables, quedaron conmocionados al descubrir quiénes eran realmente.

 Don Patricio, el dueño de la librería, tuvo que lidiar con la prensa en su negocio. Al principio se sintió engañado, pero después de conversar largo con Fernando, expresó una comprensión matizada. No apruebo cómo manejaron la situación”, dijo en una entrevista al diario El Mercurio de Chile. Pero trabajando con Felipe durante estos meses vi a un hombre bueno, honesto, comprometido.

La vida es más compleja de lo que los titulares sugieren. El 8 de junio de 2019, María Luz dio a luz a un niño sano en el hospital regional de Iquique. Lo llamaron Tomás, un nombre simple que ambos amaban. La llegada de Tomás marcó un antes y un después. De repente, las abstracciones sobre decisiones y consecuencias se materializaron en 6 libras de vida humana que lloraba, necesitaba.

Dependía totalmente de ellos. Silvia y Ernesto viajaron a Iquique para conocer a su nieto. Fue un encuentro lleno de emociones contradictorias. Hubo lágrimas, abrazos, pero también conversaciones difíciles. Silvia cargó a Tomás en sus brazos y lloró. Una mezcla de alegría por el nieto y dolor por las circunstancias.

Ernesto, más reservado, conversó largo con Fernando, evaluándolo como hombre, como futuro yerno, como padre de su nieto. “No voy a decirle que apruebo todo lo que hicieron”, le dijo Ernesto a Fernando mientras caminaban por el pasillo del hospital. Causaron mucho dolor a mucha gente, pero veo que se aman genuinamente y veo que quierenhacer bien las cosas a partir de ahora, así que los apoyaré.

 por mi hija, por mi nieto, pero espero que entiendan la gravedad de sus elecciones. En septiembre de 2019, casi un año después del proceso, Roma concedió formalmente la dispensa canónica de votos tanto a María Luz como a Fernando. Ambos quedaron liberados de sus obligaciones como religiosa y sacerdote, respectivamente. Ya no eran Sor María Luz ni el obispo Salas.

 Eran simplemente María Luz Cabrera y Fernando Salas, dos personas que habían amado, errado, sufrido y ahora intentaban construir una vida honesta. En octubre de 2019 se casaron civilmente en una ceremonia pequeña en el registro civil de Iquique. Estuvieron presentes solo sus familias inmediatas y un par de amigos cercanos.

 María Luz usó un vestido sencillo de color crema. Fernando un traje gris. No hubo celebración elaborada, solo una comida tranquila después en un restaurante. Fue una ceremonia marcada por una quietud reflexiva más que por alegría desbordante, apropiada para dos personas que habían recorrido un camino tan complejo para llegar a ese momento.

Decidieron establecerse definitivamente en Chile. Argentina, con todo su peso de historias y miradas era demasiado complicada. En Chile, aunque conocidos, podían construir una vida con algo más de anonimato. Fernando consiguió trabajo como profesor de historia en una escuela secundaria en Iquique.

 María Luz, después del periodo de lactancia comenzó a trabajar en una ONG local dedicada a la atención de niños en situación de vulnerabilidad. Hoy en 2024, María Luz Cabrera tiene 40 años y Fernando Salas tiene 48. Tomás tiene 5 años y comenzó el jardín de infantes. Viven en un pequeño departamento en un barrio de clase media de Iquique.

 La vida que llevan es en muchos sentidos notablemente ordinaria. Llevar a Tomás a la escuela por las mañanas, trabajar, preparar la cena, ayudar con las tareas. ver alguna película los fines de semana, pero ambos cargan y cargarán siempre con el peso de las decisiones que tomaron. María Luz mantiene una relación reconstruida, pero compleja con su familia.

 habla con su madre semanalmente por teléfono. Visita salta una vez al año, aunque evita el barrio donde estaba el convento. Su padre falleció en 2022 y su muerte trajo consigo una nueva ola de culpa para María Luz, quien siempre se preguntará si el estrés de todo lo ocurrido contribuyó a su deterioro de salud.

 Fernando también enfrenta sus propios demonios. Hay días en que se pregunta si tomó la decisión correcta, no en el sentido de dudar de su amor por María Luz o por Tomás, sino en el sentido de cuestionar si no había otra forma de manejar la situación que no hubiera causado tanto dolor. mantiene contacto ocasional con algunos sacerdotes amigos de su época en la iglesia, conversaciones que a menudo son incómodas, pero que él valora como formas de mantenerse conectado con una parte de su identidad que, aunque ya no es actual, fue genuina durante muchos

años. Ambos han buscado terapia psicológica, tanto individual como de pareja. han trabajado en procesar la culpa, en construir una vida que tenga sentido y propósito fuera de las estructuras religiosas que una vez les dieron significado. Han aprendido que la libertad tiene un precio, que elegir la propia verdad a veces significa cargar consecuencias dolorosas.

 Con respecto a la fe, ambos mantienen una relación complicada con lo religioso. No asisten a misa regularmente, aunque a veces en momentos de necesidad o reflexión entran a una iglesia a encender una vela. María Luz dice que sigue creyendo en Dios, pero no en las instituciones religiosas tal como las conoció.

 Fernando es más agnóstico cuestionándose aspectos fundamentales de la doctrina que antes defendía sin reservas. ¿Se arrepienten? Es una pregunta que periodistas, conocidos, incluso familiares, les han hecho innumerables veces. La respuesta de ambos es consistente, pero matizada. Se arrepienten de la forma, no del fondo.

 Lamentan el dolor causado, el escándalo, la forma repentina y dolorosa en que manejaron la situación, pero no se arrepienten de haber seguido su amor, de haber tenido a Tomás, de haber buscado una vida auténtica consigo mismos. Si pudiera volver atrás, dijo María Luz en una entrevista que concedió en 2023 a un medio especializado en testimonios de vida.

 habría manejado las cosas de manera diferente. Habría iniciado formalmente el proceso de dispensa antes de desaparecer. Habría sido más honesta con mi familia sobre lo que estaba sintiendo, pero no cambiaría el hecho fundamental de haber elegido esta vida con Fernando y con Tomás. Fernando expresó sentimientos similares en la misma entrevista.

La iglesia fue una parte central de mi vida durante décadas y hay aspectos de esa vida que extraño profundamente. La comunidad, el sentido de propósito trascendente, la estructura, pero también descubrí que podía ser quienrealmente soy. Amar plenamente, vivir con integridad fuera de esos marcos. No fue una decisión fácil ni indolora, pero fue honesta.

Este caso nos muestra la complejidad de las decisiones humanas cuando el deber choca con el deseo, cuando los compromisos institucionales entran en conflicto con las necesidades emocionales profundas. No hay héroes ni villanos en esta historia, solo personas intentando navegar las aguas turbulentas de la existencia con la mayor honestidad posible.

María Luz y Fernando eligieron su verdad, pero esa elección tuvo un costo enorme, no solo para ellos, sino para muchas personas que los amaban y confiaban en ellos. ¿Qué piensan ustedes sobre esta historia? ¿Fue justificable su decisión o los votos religiosos representan un compromiso que nunca debería romperse? ¿Cómo equilibramos el respeto por las instituciones con el respeto por la autonomía individual? Las respuestas no son simples y probablemente cada uno de ustedes tendrá una perspectiva diferente.