El caso que paralizó a Colombia. Un matrimonio perfecto, amantes secretos y dinero de por medio. 11 meses. Solo 11 meses duró el matrimonio. Cuando Mariana Restrepo se casó con Andrés Herrera, todos pensaron que era la pareja perfecta. Ella, recepcionista de hotel, siempre con una sonrisa. Él técnico de mantenimiento eléctrico, trabajador, tranquilo, de esos que no le hacen mal a nadie. Boda sencilla en Envigado, luna de miel en Santa Marta, fotos en redes que acumularon cientos de likes.
Los comentarios eran los de siempre. Qué lindos. El amor sí existe. Hacen bonita pareja. Pero lo que nadie sabía, lo que ni siquiera la familia sospechaba, era que detrás de ese matrimonio perfecto había secretos. Secretos que alguien estaba dispuesto a matar para proteger. El 3 de octubre de 2016 se casaron en Envigado. El 18 de agosto de 2017, la policía de Medellín abrió una investigación que dejaría a todo un país en shock. ¿Qué pasó durante esos 11 meses?
¿Qué secretos se escondían detrás de las fotos perfectas? Y sobre todo, ¿quién traicionó a quién? Medellín, Colombia. En el barrio Belén, uno de esos sectores de clase media donde las casas tienen rejas en las ventanas y los vecinos todavía se saludan por la mañana, creció Andrés Herrera Gómez. Nació el 15 de marzo de 1981. Hijo único. Su papá, don Jorge, murió de un infarto cuando Andrés tenía apenas 8 años.
Un domingo cualquiera estaba viendo el partido en la sala y de pronto ya no estaba. Así de rápido, así de injusto. Doña Carmen quedó viuda a los 32 años con un niño pequeño y una casa a medio pagar. Hizo lo que hacen miles de mujeres en este país. Salió adelante sola. Trabajaba empacando productos en una fábrica del sector industrial. De lunes a sábado, turnos de 10 horas que la dejaban agotada. Andrés creció viendo a su mamá sacrificarse.
Aprendió desde chiquito que las cosas no se regalan, que hay que trabajar duro, que la plata no alcanza para caprichos. Esas lecciones lo marcaron para siempre. En el colegio era de esos estudiantes que pasan desapercibidos. No era el más inteligente ni el más popular, pero tampoco daba problemas. Hacía sus tareas, sacaba notas decentes y volvía a la casa a ayudarle a la mamá con lo que pudiera. Cuando terminó el bachillerato, Andrés quiso estudiar en la universidad, pero la plata no alcanzaba, así que hizo lo que muchos en su situación.
Se metió al Sena. Estudió un técnico en electricidad industrial. algo que le permitiera conseguir trabajo rápido y empezar a aportar en la casa. Se graduó en 2002 a los 21 años y tuvo suerte. Las empresas públicas de Medellín de siglas, EPM, estaba contratando técnicos para el área de mantenimiento de redes. Andrés pasó las pruebas y quedó seleccionado. Entrar a EPM era como sacarse la lotería para alguien de su condición. Sueldo estable, prestaciones completas, prima de servicios, cesantías y lo más importante, un seguro de vida que cubría accidentes laborales y muerte por cualquier causa.

El seguro de vida de los empleados de EPM no era cualquier cosa. Por el tipo de trabajo que hacían, expuestos a riesgos eléctricos y alturas, la empresa ofrecía una póliza considerable. En el caso de Andrés, después de varios años de antigüedad, el seguro llegaba a 180 millones de pesos. Si la muerte ocurría durante el trabajo o por causas violentas, el monto podía aumentar. Andrés nunca le prestó mucha atención a ese seguro. Para él era solo un papel más que firmaba cada año.
No imaginaba que ese número, esos 180 millones serían la razón de su muerte. Durante sus primeros años en EPM, Andrés vivió con su mamá. Le ayudaba con los gastos, le pagaba los servicios y poco a poco fueron saliendo adelante juntos. Doña Carmen por fin pudo dejar el trabajo de la fábrica y dedicarse a cosas más tranquilas. Vendía empanadas los fines de semana y hacía mandados para algunos vecinos. A los 30 años, Andrés había ahorrado lo suficiente para la cuota inicial de un apartamento.
Nada lujoso. Un tercer piso en un edificio sin ascensor en el barrio Laureles, dos habitaciones, un baño, cocina pequeña. Pero era suyo o lo sería en 15 años cuando terminara de pagar el crédito hipotecario. Doña Carmen lloró cuando Andrés le mostró las escrituras. Su hijo, que había crecido sin papá en una casa humilde, ahora era propietario. Todo el sacrificio había valido la pena. Lo único que le faltaba a Andrés era el amor. Había tenido algunas novias, relaciones cortas que nunca prosperaron.
Los compañeros de trabajo le hacían bromas. “Andrés, usted se va a quedar para vestir santos”, le decían. Él solo sonreía y seguía en lo suyo. No era feo, pero tampoco era de los que llamaban la atención. Estatura promedio, con textura normal, cara común. Era de esos hombres que se pierden en una multitud. Pero tenía algo que muchas mujeres valoraban. Era estable, trabajador, respetuoso, un hombre bueno de esos que ya casi no se consiguen. Sus compañeros de trabajo lo querían.
En EPM, Andrés era de los que llegaba temprano, se iba tarde y nunca se quejaba. Cuando había que subir a un poste en pleno aguacero, él era el primero en ofrecerse. Cuando alguien necesitaba que le cubrieran un turno, Andrés siempre decía que sí. Era demasiado buena gente, diría después uno de sus colegas. A veces le decíamos que tenía que aprender a decir que no, que la gente se aprovechaba de él, pero Andrés solo sonreía y seguía ayudando.
Esa bondad, esa incapacidad de ver lo malo en la gente sería precisamente lo que lo condenaría. Los fines de semana, Andrés visitaba a su mamá. Llegaba con pan y chocolate. Se sentaban en la sala a ver televisión juntos. hablaban de cualquier cosa. A veces le llevaba mercado sin que ella se lo pidiera. A veces le pagaba alguna factura que sabía que ella estaba atrasada. “Él era todo para mí”, diría doña Carmen después. “Mi único hijo, mi orgullo, todo lo que hice en la vida lo hice por él”.
Andrés también tenía sus sueños. Quería conocer el mar. Había crecido viendo fotos de Cartagena y Santa Marta en las revistas, pero nunca había podido ir. El dinero siempre se iba en otras cosas, el crédito del apartamento, las facturas, ayudarle a la mamá. “Algún día voy a llevar a mi esposa de luna de miel al mar”, le dijo una vez a un compañero. “Cuando encuentre a la indicada.” Y entonces, en marzo de 2015, conoció a Mariana. Fue en una fiesta de cumpleaños de un compañero de trabajo.
Andrés Casinova. Estaba cansado. Había trabajado toda la semana en un proyecto de mantenimiento que lo tenía agotado. Pero el compañero insistió tanto que al final fue. Mariana estaba ahí, amiga de la esposa del cumpleañero, 24 años, pelo largo castaño, sonrisa fácil, una forma de hablar que hacía sentir especial a cualquiera. Esa noche hablaron durante horas. Andrés, que normalmente era tímido, sintió que con ella las palabras fluían solas. le contó de su trabajo, de su mamá, de su apartamento nuevo.
Ella lo escuchaba como si cada palabra fuera la cosa más interesante del mundo. Al día siguiente, Andrés le escribió. Ella respondió casi de inmediato. Una semana después tuvieron su primera cita. Un mes después ya eran novios. Andrés estaba convencido de que había encontrado al amor de su vida. Lo que no sabía era que Mariana ya tenía a alguien más y que ese alguien estaba dispuesto a todo por ella. Para entender lo que pasó, hay que entender quién era realmente Mariana Restrepo.
Nació el 22 de julio de 1991 en Envigado, un municipio pegado a Medellín, conocido por sus familias tradicionales. era la tercera de cinco hermanos, criada en una casa pequeña donde el papá trabajaba en una ferretería y la mamá se dedicaba a los oficios del hogar y a llevar a los hijos a misa cada domingo. De niña, Mariana era lo que los profesores llamaban encantadora. Sacaba buenas notas, participaba en clase, siempre sonriendo. Pero había algo que solo notaban quienes la observaban de cerca.
sabía manipular. Desde muy joven, Mariana descubrió que las personas eran predecibles, que si sonreías de cierta manera te daban lo que querías, que si fingías debilidad alguien siempre venía a rescatarte, que si decías las palabras correctas en el momento correcto, podías conseguir casi cualquier cosa. Sabía exactamente qué decir para conseguir lo que quería. Sabía cómo hacerle ojitos al profesor para que le subiera la nota, cómo convencer a las compañeras de que le prestaran las tareas, cómo hacer que sus papás le dieran permiso para salir cuando a sus hermanos se los negaban.
A los 15 años tuvo su primer novio, un chico del colegio, dos años mayor que estaba loco por ella. Mariana lo dejó después de tres meses porque era muy intenso, pero la verdad era que ya había encontrado a otro que le parecía más interesante. Ese patrón se repetiría una y otra vez a lo largo de su vida. Era muy viva, recordaría después una compañera del colegio. Siempre conseguía lo que quería. No sé cómo lo hacía, pero siempre se salía con la suya.
Cuando terminó el bachillerato, Mariana quería estudiar comunicación social. Soñaba con ser presentadora de televisión, aparecer en cámaras, ser famosa. Pero la plata no alcanzaba y su puntaje delfes no fue suficiente para una universidad pública. Se conformó con un curso técnico de servicio al cliente y hotelería. No era lo que soñaba, pero le serviría para conseguir trabajo mientras encontraba algo mejor. En 2012, a los 21 años, consiguió empleo como recepcionista en el hotel Dan Carton de Medellín. Era un hotel de cuatro estrellas, nada del otro mundo, pero para ella significaba un paso hacia arriba.
trabajaba en el turno de la noche de 10 de la noche a 6 de la mañana. El horario era pesado, pero le dejaba los días completamente libres. Y Mariana aprovechaba esos días, vaya que los aprovechaba. En el hotel fue donde conoció a Hernán Castillo. Hernán tenía 44 años cuando Mariana llegó a trabajar. Era el jefe de seguridad. Llevaba más de una década en el hotel y conocía cada rincón del lugar. Estaba casado con Patricia, otra recepcionista del mismo hotel que trabajaba en el turno de la mañana.
Tenían una hija de 15 años llamada Valentina. Hernán no era un hombre atractivo, bajito, panzón, con cara de cansado permanente, pero había algo en él que Mariana identificó desde el principio. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por agradar. Hernán venía de una familia humilde del barrio Aranjuz. No había terminado el bachillerato. Había trabajado de vigilante, de mensajero, de obrero en construcción antes de conseguir el puesto en el hotel. Para él, ser jefe de seguridad del Dan Carlton era el logro de su vida.
Se había casado joven con Patricia, una mujer trabajadora que también venía de abajo. Juntos habían construido algo, una casa pequeña en el barrio popular, una hija que estudiaba en la universidad, una vida estable, aunque sin lujos. Pero Hernán siempre sintió que merecía más, que la vida le debía algo, que si hubiera tenido las oportunidades que otros tuvieron, habría llegado más lejos. Mariana representaba todo lo que él deseaba. Era joven, bonita, educada. Cuando ella le hablaba, cuando le sonreía, cuando lo tocaba, Hernán se sentía importante, se sentía vivo, se sentía como el hombre que siempre quiso ser.
Por eso hacía todo lo que ella pedía, por eso estaba dispuesto a lo que fuera, incluso a matar. La relación comenzó poco a poco. Primero fueron miradas en los pasillos del hotel durante las rondas nocturnas. Después conversaciones en la cafetería cuando no había huéspedes, luego mensajes de texto a escondidas y finalmente encuentros en un apartamento que Hernán tenía en el barrio Aranjuz, supuestamente como inversión, pero que en realidad se convirtió en su nido de amor clandestino. Para cuando Mariana conoció a Andrés, la relación con Hernán llevaba casi 3 años.
¿Por qué Mariana se hizo novia de Andrés si ya tenía a Hernán? La respuesta es simple. Hernán estaba casado y no parecía dispuesto a dejar a su esposa. Además, era celador. No tenía plata, no tenía estatus, no tenía futuro. Mariana quería más, quería estabilidad, una casa propia, un esposo que pudiera mostrar a la familia. Andrés perfecto para eso, pero eso no significaba que fuera a dejar a Hernán, simplemente lo puso en pausa. Durante el noviazgo con Andrés, los encuentros con Hernán se volvieron menos frecuentes.
Algunos mensajes, alguna llamada ocasional, pero nada más. Hernán esperaba paciente. Sabía que Mariana volvería, siempre volvía. La relación con Andrés avanzó rápido. A los tres meses de conocerse, él la invitó a vivir juntos. Ella aceptó sin pensarlo. Se mudó al apartamento de Laureles con dos maletas y muchas promesas. Andrés estaba feliz como nunca. Llamaba a su mamá casi todos los días para contarle lo maravillosa que era Mariana, que cocinaba rico, que mantenía el apartamento impecable. que lo trataba como un rey.
Doña Carmen, que solo quería ver a su hijo feliz, recibió a Mariana como si fuera la hija que nunca tuvo. Nadie sospechaba nada. Mariana era perfecta en su papel. Llegaba a las reuniones familiares con un postre. Siempre preguntaba por la salud de doña Carmen. Siempre tenía una sonrisa lista. Era imposible no quererla. Después de un año y medio de noviazgo, Andrés le propuso matrimonio. Fue una propuesta sencilla, una cena en un restaurante del centro, un anillo que había comprado con tres meses de ahorro y la pregunta que había ensayado mil veces frente al espejo.
Mariana dijo que sí. Lloró, lo abrazó, publicó la foto del anillo en Instagram con el caption Dije que sí al amor de mi vida. 328 likes, 47 comentarios de felicitación. Lo que nadie sabía era que mientras publicaba esa foto, Mariana ya estaba pensando en el seguro de vida de Andrés. Se lo había mencionado él mismo meses atrás en una de esas conversaciones casuales de pareja. Si me pasa algo, quedas protegida”, le había dicho Andrés con cariño. El seguro de la empresa es bueno, son como 180 millones.
Mariana había sonreído y le había dado un beso. No digas esas cosas, mi amor. A ti no te va a pasar nada. Pero ya había empezado a calcular. La boda se celebró el 3 de octubre de 2016 en una finca pequeña a las afueras de Envigado. No fue una boda lujosa, unos 60 invitados entre familia y amigos cercanos. Un vestido sencillo que Mariana compró en un almacén del centro por 800,000es. Una torta de tres pisos que hizo una prima que estaba empezando en el negocio de la repostería.
Un DJ que puso vallenatos y reggaetón hasta las 2 de la mañana. Los papás de Mariana pagaron la finca. Doña Carmen pagó el licor. Andrés pagó todo lo demás con lo que había ahorrado durante meses, restringiendo gastos, evitando cualquier compra innecesaria. “Quiero que sea perfecto para ella”, le había dicho a su mamá. “Se lo merece”. Durante la ceremonia, Mariana lloró. Lágrimas perfectas que rodaban por sus mejillas mientras decía, “Sí, acepto.” Los invitados pensaron que eran lágrimas de felicidad, de amor verdadero.
Nadie sospechó que eran lágrimas de alivio. El plan estaba funcionando. Pronto tendría todo lo que quería. Pero para Andrés fue el día más feliz de su vida. Doña Carmen lloró durante toda la ceremonia. Su único hijo, el niño que había criado sola, por fin se casaba. Por fin tendría su propia familia. La luna de miel fue en Santa Marta, una semana en un hotel todo incluido que Andrés pagó con la prima de vacaciones. Playa, sol, caminatas por el centro histórico, fotos románticas al atardecer.
Las imágenes que Mariana subía a Instagram mostraban a una pareja enamorada, feliz, comenzando una nueva vida juntos. Pero algo cambió cuando regresaron a Medellín. Mariana comenzó a mostrarse diferente, más distante, más irritable, menos interesada en Andrés. Él lo atribuía al estrés de la vida de casados, a la adaptación, al trabajo. No quería ver lo que estaba pasando. Lo que estaba pasando era que Mariana había retomado el contacto con Hernán. Apenas dos semanas después de la luna de miel, los mensajes comenzaron de nuevo.
Primero eran cosas inocentes. ¿Cómo estás? Te extraño. Me haces falta. Pero pronto escalaron. Se veían en el apartamento de Aranjuz cuando Andrés estaba trabajando. Se veían en el hotel cuando coincidían turnos. Se veían donde pudieran, cuando pudieran. La llama que se había apagado durante el noviazgo ahora ardía con más fuerza que nunca. Hernán estaba obsesionado. Hacía todo lo que Mariana le pedía. Si ella necesitaba que le arreglaran algo en la casa, Hernán aparecía con las herramientas. Si necesitaba plata para algún capricho, Hernán se la conseguía.
Si necesitaba que la escuchara quejarse de su matrimonio durante horas, Hernán estaba ahí, atento, comprensivo. Él hacía todo por ella declararía después un compañero del hotel. Era como su esclavo lo que Mariana dijera. Hernán lo hacía sin preguntar. Pero Mariana no solo tenía a Hernán, estaba también Santiago, un equinesiólogo de 30 años que atendía un consultorio cerca del hotel. Mariana había ido a una consulta por un dolor de espalda y había terminado en su cama. Se veían cuando ella supuestamente tenía turno de noche, pero en realidad había pedido el día libre.
Y estaba Daniel, un vendedor de seguros de 33 años que había conocido en un bar. Con Daniel la cosa era diferente. Él no sabía que Mariana era casada. Ella le había dicho que era soltera, que vivía sola, que estaba buscando una relación seria. Incluso habían hablado de irse a vivir juntos. ¿Cuántos más había? La investigación posterior revelaría al menos otros dos encuentros casuales. Hombres que Mariana había conocido en fiestas o bares y con quienes había pasado una o dos noches antes de desaparecer de sus vidas.
A uno de ellos, un administrador de empresas llamado Felipe lo conoció en una discoteca del poblado. Bailaron toda la noche, intercambiaron números y se vieron tres veces más antes de que Mariana simplemente dejara de contestar sus mensajes. A otro, un fotógrafo freelance llamado Camilo lo conoció por Instagram. Él le dio like a una foto. Ella le respondió y una semana después estaban en un motel de la avenida regional. Camilo creyó que había encontrado algo especial. Mariana nunca volvió a escribirle.
Mariana coleccionaba hombres como quien colecciona estampillas. Los conseguía, los usaba y los descartaba. Para ella no eran personas con sentimientos, eran herramientas, medios para un fin. ¿Y cuál era ese fin? Depende a quien le preguntes. Algunos dicen que Mariana simplemente era adicta a la atención, que necesitaba sentirse deseada, admirada, buscada, que cada conquista nueva era una validación de su propio valor. Otros dicen que era más calculadora que eso, que estaba buscando algo específico, un hombre lo suficientemente enamorado, lo suficientemente manipulable, lo suficientemente dispuesto a hacer lo que ella pidiera.
Y en Hernán lo encontró. Mariana llevaba una doble vida, una triple vida, una vida de mentiras. Y Andrés no tenía ni idea. Para él su esposa era perfecta. Sí, a veces estaba de mal humor. Sí, a veces no quería hablar. Sí, el matrimonio no era exactamente como lo había imaginado. Pero eso era normal. Todas las parejas tenían problemas. Lo que Andrés no sabía era que su esposa no solo lo engañaba, también lo quería muerto. La idea comenzó como un comentario casual.
Mariana y Hernán estaban en el apartamento de Aranjuz. Después de uno de sus encuentros, ella se quejaba de su matrimonio como siempre, que Andrés era aburrido, que el apartamento era muy pequeño, que se sentía atrapada. “Si él no existiera, todo sería más fácil”, dijo Mariana. Hernán la miró sin entender. El seguro continuó ella, 180 millones más la pensión de sobreviviente, más el apartamento que quedaría a mi nombre. Podríamos empezar de nuevo, tú y yo, lejos de aquí.
Hernán guardó silencio. No sabía si estaba hablando en serio o solo era un desahogo. Pero Mariana sí estaba hablando en serio. Durante las semanas siguientes, el tema fue apareciendo cada vez más en sus conversaciones. Mariana hablaba del seguro, de la pensión, de lo fácil que sería si Andrés simplemente desapareciera. Hernán escuchaba primero incómodo, después curioso, finalmente convencido. “Si tú no quieres hacerlo, yo busco a alguien más”, le dijo Mariana una noche. “Pero pensé que me amabas. Pensé que harías cualquier cosa por mí.” Esas palabras fueron suficientes.
El plan se fue armando poco a poco. Tenía que parecer un robo, un asalto en el parqueadero del edificio, algo que pasaba todos los días en Medellín. Nadie sospecharía. Hernán se encargó de conseguir el arma, un cuchillo de cocina largo afilado. Lo compró en un almacén del centro pagando en efectivo. No había forma de rastrearlo. Estudiaron los horarios de Andrés. Salía de la casa todas las mañanas a las 6:30, bajaba al parqueadero del edificio, sacaba el carro y se iba a trabajar.
El parqueadero era subterráneo, mal iluminado, sin cámaras de seguridad. Perfecto. Eligieron la fecha, 18 de agosto de 2017. La noche del 17, Mariana le dijo a Andrés que tenía turno en el hotel. Le dio un beso de despedida, le dijo que lo amaba y salió del apartamento. Andrés le respondió que la esperaba para desayunar al día siguiente, pero Mariana no fue al hotel, fue al apartamento de Santiago el quinesiólogo. Pasó la noche con él, le dijo que había pedido el día libre, que quería verlo.
Santiago no sospechó nada. Mientras Mariana estaba con su amante, Hernán se preparaba. A las 5 de la mañana del 18 de agosto, Hernán llegó al edificio donde vivían Andrés y Mariana. Conocía el lugar. Había estado ahí varias veces cuando Andrés no estaba. Sabía cómo entrar al parqueadero sin ser visto. Se escondió detrás de una columna y esperó. Las manos le temblaban. A pesar de todo lo que había hablado con Mariana, a pesar de todo lo que había planeado, una parte de él no podía creer que realmente estuviera ahí, que realmente fuera a hacer lo que iba a hacer.
Pero entonces pensó en Mariana, en su sonrisa, en sus promesas, en la vida que iban a tener juntos cuando todo esto terminara. y el temblor se detuvo. A las 6:25 el ascensor sonó. Hernán conto la respiración. Andrés salió caminando tranquilo con su uniforme de trabajo, su morral al hombro, las llaves del carro en la mano. Iba silvando una canción, probablemente pensando en el desayuno que compartiría con Mariana cuando ella llegara del trabajo. No vio a Hernán hasta que fue demasiado tarde.
El primer golpe fue en la espalda, a la altura del riñón derecho. Andrés se arqueó de dolor, soltó las llaves, intentó voltearse para ver quién lo atacaba, pero los golpes seguían llegando. Un, dos, 3, 4, 5, 6, si, siete puñaladas que le perforaron el pulmón, el hígado, los riñones. Intentó gritar, pero de su boca solo salió sangre. Cayó al suelo de rodillas primero, luego de costado. Sus ojos buscaron a su atacante tratando de entender qué estaba pasando, por qué alguien querría hacerle daño.
Y en ese momento, en los últimos segundos de su vida, Andrés Herrera vio el rostro del hombre que lo había matado, un desconocido, alguien que nunca había visto. No pudo saber que ese hombre era el amante de su esposa. No pudo saber que Mariana había ordenado su muerte. No pudo saber que todo lo que había creído sobre su matrimonio era mentira. Murió sin saber la verdad. Quizás fue mejor así. Hernán lo miró un segundo. El hombre que estaba en el piso desangrándose era el esposo de la mujer que amaba.
El obstáculo que le impedía estar con ella. Ahora ya no lo sería. Se limpió las manos, guardó el cuchillo y salió del parqueadero como si nada hubiera pasado. 20 minutos después, un vecino que bajó a sacar su carro encontró el cuerpo de Andrés. Todavía estaba tibio. La primera hipótesis fue la más obvia, un robo que salió mal. Medellín tiene una tasa alta de criminalidad. Los asaltos en parqueaderos no son raros. La policía asumió que alguien había intentado robarle el carro a San Andrés y que las cosas se habían complicado, pero había detalles que no cuadraban.
Primero, no faltaba nada. Andrés todavía tenía la billetera en el bolsillo con dinero y tarjetas. El carro seguía ahí con las llaves tiradas a unos metros del cuerpo. Si había sido un robo, ¿por qué el ladrón no se llevó nada? Segundo, la brutalidad del ataque. Siete puñaladas todas por la espalda. Eso no era un robo, eso era personal. Alguien quería asegurarse de que Andrés muriera. Los investigadores comenzaron a hacer preguntas. ¿Quién querría matar a Andrés Herrera? ¿Tenía enemigos?
Debía dinero, estaba metido en algo turbio? Fueron a EPM a hablar con sus compañeros de trabajo. Todos dijeron lo mismo. Andrés era una buena persona, cumplido, responsable, amable, no tenía problemas con nadie. “Si alguien le debía plata, él nunca la cobraba”, dijo uno de sus colegas. era incapaz de confrontar a nadie, demasiado bueno para este mundo. Fueron a hablar con los vecinos del edificio. Nadie había visto nada sospechoso en los días previos. Nadie había escuchado peleas en el apartamento de Andrés y Mariana.
Parecían una pareja normal, feliz. Fueron a hablar con la familia. Doña Carmen estaba destrozada, apenas podía articular palabras entre él. El primo Mauricio no entendía qué había pasado. Nadie en su familia tenía enemigos, nadie se metía en problemas. Las respuestas eran siempre las mismas. Andrés era un tipo tranquilo, trabajador, sin vicios, sin deudas, sin problemas con nadie. El clásico no mataba una mosca. Entonces, la investigación se centró en su círculo más cercano, específicamente en su esposa. Y ahí apareció el primer dato extraño.
El día del asesinato, Mariana le había dicho a Andrés que tenía turno en el hotel. Pero cuando los investigadores revisaron los registros del Dan Carlton, descubrieron que Mariana no había trabajado esa noche. Había pedido el día libre con una semana de anticipación, ¿por qué había mentido? Cuando le preguntaron, Mariana dijo que se había confundido de fechas, que había olvidado que no tenía turno, que había pasado la noche en casa de una amiga porque no quería estar sola.
Los investigadores le pidieron el nombre de la amiga. Mariana dio un nombre, pero cuando contactaron a esa persona, dijo que no había visto a Mariana en meses. Otra mentira. Los detectives comenzaron a revisar los registros telefónicos de Mariana y lo que encontraron los dejó helados. Mariana tenía dos teléfonos, uno oficial, el que Andrés conocía, y otro que nadie sabía que existía. Un celular prepago que usaba para comunicarse con varios hombres. El análisis de las llamadas y mensajes reveló una red de relaciones paralelas que nadie había sospechado.
Estaba Hernán, con quien hablaba varias veces al día. Estaba Santiago, el quinesiólogo. Estaba Daniel, el vendedor de seguros. Y había otros números que no lograron identificar. Pero lo más importante fueron las conversaciones con Hernán. Días antes del asesinato, Mariana y Hernán habían intercambiado mensajes que hablaban de el plan, de cuándo vamos a hacerlo, de ya falta poco. Mensajes que leídos en contexto solo podían significar una cosa. La policía intervino los teléfonos de ambos y entonces llegó la prueba definitiva.
El hermano de Andrés, espera, Andrés no tenía hermanos, pero sí tenía un primo cercano, Mauricio, que era como un hermano para él. La policía le pidió a Mauricio que se acercara a Mariana y le dijera que había avances en la investigación, que pronto habría capturas. Era una trampa. Mauricio fue a visitar a Mariana y le dijo exactamente lo que la policía le había indicado. Mariana se mostró contenta, aliviada, esperanzada de que por fin encontraran al asesino de su esposo.
Pero apenas Mauricio se fue, Mariana llamó a Hernán y esa llamada quedó grabada. Me acaba de decir el primo que van a capturar a alguien”, dijo Mariana nerviosa. “¿Y qué te dijo? ¿Saben algo?”, preguntó Hernán. “No sé, no me dio detalles, pero estoy asustada. ¿Y si nos descubren?” Tranquila, no hay forma de que sepan nada. No dejamos rastros. ¿Estás seguro? Porque si nos agarran nos dan cadena perpetua a los dos. Te dije que te quedaras tranquila. Yo me encargué de todo.
El cuchillo está en un lugar donde nadie lo va a encontrar. Esa conversación fue suficiente. El 15 de enero de 2018, 5 meses después del asesinato, la policía arrestó a María Mariana Restrepo y a Hernán Castillo Mejía por el homicidio de Andrés Herrera Gómez. Colombia estaba en shock. En su primera declaración, Mariana negó todo. Dijo que ella no tenía nada que ver con la muerte de su esposo, que amaba a Andrés, que estaba destrozada por su pérdida, que Hernán era solo un compañero de trabajo, un conocido, alguien con quien ocasionalmente hablaba de los problemas del hotel.
Hernán, en cambio, confesó de inmediato, pero su confesión tenía un giro inesperado. Se echó toda la culpa. Dijo que él había matado a Andrés por celos, que estaba obsesionado con Mariana, que ella no sabía nada del plan, que él había actuado solo, movido por la locura de un amor no correspondido. Era la cuartada perfecta para Mariana. Si Hernán mantenía esa versión, ella podía salir libre. Sería vista como una víctima más. La pobre mujer que fue acosada por un hombre obsesionado que terminó matando a su esposo.
Y durante un tiempo parecía que eso iba a funcionar. La defensa de Mariana se basó exactamente en eso. Hernán era un acosador. Hernán estaba obsesionado. Hernán había actuado solo. Mariana no sabía nada, pero había un problema, las conversaciones grabadas. La fiscalía tenía horas de llamadas entre Mariana y Hernán, donde quedaba claro que ambos habían planeado el crimen juntos. Tenían mensajes de texto donde Mariana preguntaba, “¿Ya compraste lo que necesitamos?” Y Hernán respondía, “Ya está listo.” Tenían la conversación donde Mariana mencionaba el seguro de vida, la pensión, el apartamento.
La familia de Hernán también jugó un papel importante. Patricia, la esposa de Hernán, fue a visitarlo a la cárcel varias veces, no para apoyarlo, sino para convencerlo de que dijera la verdad. Estaba furiosa. Había sido humillada públicamente, su matrimonio expuesto como una farsa, su vida destruida por una mujer que había manipulado a su esposo. “Si vas a pagar por esto, que ella pague también”, le dijo Patricia. “No seas idiota. Ella te usó, ¿no lo ves? te usó para que le hicieras el trabajo sucio y ahora te va a dejar pudriendo en la cárcel mientras ella se queda con la plata.
Valentina, la hija de Hernán, también fue a verlo. Tenía 19 años y no podía creer que su papá hubiera hecho algo así. Le suplicó que dijera la verdad, que no protegiera a esa mujer que había destruido su familia. Pero Hernán seguía negándose, seguía protegiendo a Mariana hasta que le llegó un rumor. Alguien le contó a Hernán que Mariana, desde la cárcel de mujeres, estaba intercambiando cartas con otro preso, un hombre que había conocido durante una de las audiencias preliminares.
Las cartas eran cariñosas, íntimas, prometedoras. Mariana no solo lo había usado, ahora lo estaba reemplazando. Eso fue lo que quebró a Hernán. En noviembre de 2018, 10 meses después de su arresto, Hernán Castillo pidió hablar con la fiscalía. Tenía algo que decir. Lo llevaron a una sala de interrogatorios. Frente a él se sentaron dos fiscales y un abogado defensor. Lo grabaron todo en video. Quiero contar la verdad, dijo Hernán con voz cansada. Ya no me importa lo que me pase, pero no voy a seguir protegiendo a esa mujer.
Lo que siguió fueron 4 horas de declaración que cambiarían todo el caso. Hernán contó todo. Contó como Mariana le había hablado del seguro de vida de Andrés por primera vez. Fue una noche en el apartamento de Aranjez después de hacer el amor. Ella estaba acostada en su pecho dibujando círculos con el dedo en su piel. “¿Sabes cuánto recibiría si a Andrés le pasara algo?”, le había preguntado ella como si fuera un comentario casual. 180 millones más la pensión más el apartamento.
Hernán no había entendido al principio o quizás no había querido entender. “¿Por qué me dices eso?”, le preguntó. “Por nada”, respondió ella, “Solo estoy pensando en voz alta.” Pero no era por nada. Y ambos lo sabían. contó como durante las semanas siguientes Mariana había ido metiendo la idea poco a poco. Un comentario aquí, una queja allá, que Andrés era aburrido, que se sentía atrapada, que si él no existiera, todo sería más fácil. Al principio pensé que solo estaba desahogándose, dijo Hernán.
Todas las parejas se quejan de vez en cuando, pero ella seguía y seguía, cada vez era más directa. Contó como Mariana le había planteado el plan directamente, una noche mirándolo a los ojos sin pestañar. “Necesito que me ayudes con algo”, le había dicho. “Pero tienes que prometerme que no vas a asustarte”. Hernán prometió, “Quiero que mates a Andrés así, sin rodeos”. sin eufemismos, sin metáforas. Me quedé helado, confesó Hernán ante los fiscales. No podía creer que lo estuviera diciendo en serio, pero ella seguía hablando del dinero, de cómo lo íbamos a hacer, de cómo íbamos a huir.
Después tenía todo planeado. ó que él había comprado el cuchillo porque Mariana le dijo que era la forma más silenciosa, que había estudiado los horarios de Andrés porque ella le había dado toda la información, que había elegido ese parqueadero porque ella le dijo que no había cámaras. contó que la noche antes del asesinato Mariana se había ido con otro hombre precisamente para tener cohartada para poder decir que no estaba en casa cuando mataron a su esposo. Contó que después del asesinato se habían encontrado en secreto y ella le había dado un beso y le había dicho, “Gracias, mi amor.
Ahora sí podemos estar juntos.” Pero sobre todo contó dónde estaba el cuchillo. Lo había enterrado en el patio de una finca que tenía un tío suyo en el municipio de Rí Negro. La policía fue, excavó y encontró el arma homicida. El análisis forense confirmó que era el cuchillo que había matado a Andrés Herrera. Con esa declaración el caso estaba cerrado. El juicio comenzó el 14 de octubre de 2020. La sala estaba llena. Periodistas de todos los medios nacionales curiosos que habían hecho fila desde temprano.
Familiares de ambos partes sentados en lados opuestos como si fueran equipos contrarios en un partido de fútbol. Doña Carmen llegó vestida de negro, sostenida del brazo por su primo Mauricio. No había dormido la noche anterior. Llevaba 3 años sin dormir bien, desde el día en que le dijeron que su hijo estaba muerto. Al otro lado de la sala estaban los padres de Mariana, don Rodrigo y doña Luz Marina, que seguían creyendo en la inocencia de su hija, que seguían pensando que todo era un error, una confusión, una injusticia.
Y en medio esposada, con un uniforme de presidiaria que le quedaba grande, estaba Mariana. Se veía diferente, más delgada, más pálida. sin el maquillaje ni la sonrisa que la caracterizaban, pero sus ojos seguían siendo los mismos, esos ojos que sabían exactamente cómo mirar para conseguir lo que quería. Hernán fue traído desde otra cárcel. Cuando entró a la sala, ni siquiera miró a Mariana. Ya no quedaba nada del amor que alguna vez sintió por ella. Solo resentimiento, solo rabia por haber sido tan estúpido.
El caso había capturado la atención de todo el país. Una mujer que había mandado a matar a su esposo por dinero, un amante obsesionado que había ejecutado el crimen, una red de mentiras, infidelidades y manipulaciones que había quedado expuesta. Los comentaristas de televisión lo llamaban el crimen de la recepcionista. Las redes sociales estaban llenas de memes, teorías, opiniones. Todo el mundo tenía algo que decir sobre Mariana Restrepo. La fiscalía presentó su caso de forma contundente. Primero el móvil.
Mariana quería el dinero de Andrés, el seguro de vida de 180 millones, la pensión de sobreviviente, el apartamento. Había investigado cuánto recibiría si él moría. Había llamado a la empresa para preguntar sobre los trámites del seguro apenas días después del funeral. Segundo, la planificación. Los mensajes y llamadas demostraban que ambos habían coordinado el crimen durante semanas. No fue un acto impulsivo. Fue premeditado, calculado, ejecutado con frialdad. Tercero, la coartada. Mariana había mentido sobre dónde estaba la noche del asesinato.
Se había ido con otro amante precisamente para poder decir que no estaba en casa. Eso demostraba que sabía lo que iba a pasar. Cuarto, el comportamiento posterior. Días después del funeral, Mariana había salido de fiesta. Había mandado mensajes a sus amigas diciendo que se sentía liberada. Había comenzado a preguntar cuándo podría cobrar el seguro. La defensa de Mariana intentó lo imposible. Su abogado argumentó que Hernán era un manipulador, un acosador, un hombre obsesionado que había actuado solo y ahora intentaba arrastrar a su clienta con él.
Dijo que las conversaciones grabadas estaban sacadas de contexto, que Mariana era una víctima, no una criminal, pero las pruebas eran demasiadas. El testimonio de Santiago, el quinesiólogo, confirmó que Mariana había pasado la noche con él y que le había dicho que tenía turno en el hotel. Mentira. El testimonio de Daniel, el vendedor de seguros, reveló que Mariana le había dicho que era soltera y que incluso habían planeado irse a vivir juntos. Manipulación. El testimonio de Patricia, la esposa de Hernán, describió cómo había notado cambios en su esposo desde que conoció a Mariana, cómo se había vuelto distante, secreto, dispuesto a hacer cualquier cosa que ella le pidiera.
Y el testimonio de Hernán, ahora convertido en testigo de la fiscalía, fue devastador. Describió con detalle cómo Mariana le había propuesto el plan. ¿Cómo le había dicho que Andrés era un obstáculo, un estorbo, algo de lo que había que deshacerse? ¿Cómo le había prometido que con la plata del seguro podrían empezar una nueva vida lejos de Colombia? Yo la amaba”, dijo Hernán en el estrado con la voz quebrada. “Habría hecho cualquier cosa por ella y eso fue lo que hice.
Pero ahora sé que ella nunca me amó, solo me usó. El 18 de noviembre de 2020 se dictó sentencia. María Mariana Restrepo Vélez fue declarada culpable de homicidio agravado con premeditación. Condenada a 25 años de prisión. Hernán Castillo Mejía fue declarado culpable de homicidio agravado, condenada a 17 años de prisión, reducidos por su cooperación con la justicia. Además, ambos fueron condenados a pagar 300 millones de pesos a la familia de Andrés, 200 millones para doña Carmen y 100 millones para los gastos legales del proceso.
Doña Carmen, la madre de Andrés, escuchó la sentencia en silencio. No lloró, no gritó, solo asintió, se levantó y salió del tribunal. Cuando los periodistas le preguntaron cómo se sentía, respondió con cuatro palabras: “Mi hijo ya no vuelve.” El caso se cerró, los culpables fueron condenados. La justicia en teoría se cumplió. Pero como en muchos casos, quedan preguntas. ¿Mana realmente fue la mente maestra o fue Hernán quien la manipuló a ella? La versión oficial dice que Mariana planeó todo, que usó a Hernán como herramienta, que lo manipuló con promesas de amor que nunca pensaba cumplir.
Pero hay quienes creen otra cosa. La familia de Mariana, por ejemplo, sigue insistiendo en su inocencia. Su madre ha declarado en varias entrevistas que su hija fue víctima de un hombre obsesionado que la arrastró a un crimen que ella nunca quiso cometer. “Mi hija no es una asesina”, ha dicho doña Luz Marina. Ese hombre le lavó el cerebro, la convenció de cosas que no eran verdad. Ella es una víctima más en todo esto y hay algunos expertos en criminología que señalan que Hernán tenía un perfil de manipulador, que era mayor, más experimentado, con una posición
de poder sobre Mariana en el hotel, que pudo haber sido él quien plantó la idea del asesinato y quien convenció a una joven impresionable de participar. Pero, ¿qué pasa con los otros amantes? ¿Qué pasa con las cartas que Mariana escribía desde la cárcel a otros hombres? ¿Qué pasa con el patrón de mentiras y manipulaciones que quedó expuesto durante el juicio? Hay quienes dicen que Mariana es una sociópata, una mujer sin empatía, sin remordimientos, capaz de usar a cualquiera para conseguir lo que quiere.
que Andrés fue solo una víctima más de su ambición, que Hernán fue solo una herramienta descartabable. Y hay quienes dicen que es simplemente una mujer que tomó malas decisiones, que se dejó llevar por la codicia, que cometió un error terrible del que se arrepentirá el resto de su vida. La verdad, como siempre, probablemente está en algún lugar intermedio. Lo que sí sabemos es esto. Andrés Herrera Gómez tenía 36 años cuando murió. Era hijo único. Su mamá lo había criado sola, con sacrificio, con amor.
Trabajaba honestamente, pagaba sus deudas, soñaba tener una familia. murió traicionado por la mujer que amaba, asesinado por un hombre que nunca había visto, todo por un seguro de vida que ni siquiera pudo cobrar su asesina. 180 millones de pesos. Ese fue el precio que le pusieron a su vida. Doña Carmen sigue viviendo en la misma casa del barrio Belén, donde crió a Andrés. Tiene 73 años ahora. El pelo se le puso completamente blanco después de la muerte de su hijo.
Los vecinos dicen que envejeció 10 años en cuestión de meses. La casa está llena de fotos de su hijo, fotos del grado del cena, fotos del día que compró el apartamento, fotos de la boda que ella celebró con tanta alegría y que ahora le duelen tanto. Hay una foto en particular que tiene en la mesa de noche. Andrés de niño sonriendo con su uniforme del colegio. El pelo mal peinado, los dientes de leche a medio caer. Cada noche, antes de dormir, doña Carmen mira esa foto y le habla a su hijo.
“Ya te hice justicia, mi hijo”, le dice. Ya esa mujer está pagando. Pero eso no te trae de vuelta, ¿verdad? Nada te trae de vuelta. Los vecinos se turnan para visitarla, para asegurarse de que esté comiendo, de que esté tomando sus medicinas. Ella les agradece con una sonrisa triste, pero todos saben que algo en ella murió junto con Andrés. Una madre no debería enterrar a un hijo, dice a veces. Eso no es natural, eso no está bien.
El apartamento de Laureles fue vendido, no por ella, sino por orden judicial para cubrir parte de la indemnización. Doña Carmen no quiso pelear por él, no quería nada que le recordara lo que había pasado. Mariana cumple su condena en la cárcel de mujeres de Medellín. Tendrá 50 años cuando salga. Sus padres la visitan regularmente. Siguen creyendo en su inocencia. Hernán está en una cárcel diferente. Su esposa se divorció de él. Su hija no quiere verlo. Cuando salga, si es que sale, no tendrá a nadie esperándolo.
Patricia, la exesposa de Hernán, dejó el trabajo en el hotel. No podía seguir caminando por esos pasillos donde su esposo había coqueteado con otra mujer durante años. No podía seguir viendo las caras de los compañeros que sabían lo que había pasado. Se mudó a Cali con su hija Valentina. Empezó de cero. Nuevo trabajo, nuevo apartamento, nueva vida, pero las heridas no sanaban. No es solo que me engañó”, dijo Patricia en una entrevista meses después del juicio. “Es que me engañó con una asesina.
Es que ayudó a matar a un hombre. Es que todo lo que yo creía sobre mi matrimonio era mentira.” Valentina, la hija, dejó de usar el apellido Castillo. Se presenta solo con el apellido de su mamá. No quiere que nadie la asocie con su padre. Ese hombre no es mi papá”, dijo cuando le preguntaron. “Mi papá murió el kia que decidió ayudar a esa mujer. Y los otros amantes de Mariana, ¿qué pasó con ellos?” Santiago, el quinesiólogo, sigue trabajando en su consultorio cerca del hotel.
Cuando le preguntan sobre el caso, dice que prefiere no hablar del tema. Daniel entrará durante el juicio de que la mujer con la que planeaba irse a vivir era casada y había mandado a matar a su esposo. Tuvo que recibir terapia psicológica durante meses. Los otros hombres, los que pasaron una o dos noches con Mariana y desaparecieron, probablemente nunca supieron lo cerca que estuvo de una mujer capaz de planear un asesinato. Este caso nos recuerda algo que a veces preferimos olvidar.
Nunca conocemos completamente a las personas, ni siquiera a las que creemos amar, ni siquiera a las que duermen a nuestro lado cada noche. Andrés creyó conocer a Mariana. La creyó perfecta, la creyó honesta. La creyó enamorada. Ignoró las pequeñas señales de alarma, las llamadas que ella nunca contestaba frente a él, los mensajes que borraba inmediatamente, las noches de trabajo que nunca pudieron verificarse, o quizás no las ignoró, quizás simplemente eligió no verlas, porque ver la verdad habría significado aceptar que su matrimonio era una mentira, que la mujer que amaba no existía, que Todo había sido una actuación.
Es más fácil creer en el amor que aceptar el engaño. Es más fácil confiar que sospechar. Es verdad que la situación es tan ignorante que en la verdad es miserable. Andrés eligió la ignorancia y esa elección le costó la vida. Hoy, más de 7 años después, la justicia dice que los culpables están pagando por lo que hicieron. Pero hay quienes siguen preguntándose si realmente fue Mariana la mente maestra o si ella también fue de alguna forma una víctima más.
No tengo la respuesta a esa pregunta y quizás nadie la tenga. Lo único que queda son los hechos. Un hombre muerto, una esposa condenada, un amante en prisión y una madre que perdió a su único hijo. Aquí no siempre hay respuestas, solo rastros incompletos.














