El caso que horrorizó al Perú. Un joven cruzó migración y nunca apareció. Imagina que estás en un aeropuerto internacional, pasas por migración, te sellan el pasaporte, caminas hacia tu puerta de embarque rodeado de cámaras de seguridad, agentes, miles de testigos. Es uno de los lugares más vigilados del planeta y sin embargo, desapareces.
No hay cuerpo, no hay rastro, no hay explicación. Esto no es una película de suspenso. Esto sucedió en el aeropuerto internacional Jorge Chávez de Lima, Perú. Y lo que estás a punto de escuchar es un caso real que paralizó a todo un país y que hasta hoy no tiene respuestas lógicas.
Era un joven delgado, de estatura media, cabello negro peinado hacia atrás con gel y una sonrisa contagiosa que hacía que la gente se sintiera cómoda a su alrededor. Había nacido y crecido en el distrito de San Juan de Lurigancho en Lima, en una familia trabajadora de clase media que había hecho sacrificios enormes para darle educación y oportunidades.
Diego se había graduado hacía 2 años como técnico en sistemas computacionales del Instituto Texup. una de las instituciones técnicas más prestigiosas de Perú. Era inteligente, responsable y ambicioso. Trabajaba en una empresa de telecomunicaciones en Lima, pero sus sueños eran más grandes. Quería expandir sus horizontes, conocer el mundo, crecer profesionalmente.
Durante meses había estado ahorrando cada sol que podía para hacer realidad un proyecto que lo emocionaba profundamente. viajar a España para hacer un curso de especialización en ciberseguridad y con suerte conseguir una oportunidad laboral en Europa. No era un plan improvisado. Diego había investigado, había contactado instituciones en Madrid, había tramitado su visa de estudios con meses de anticipación.
Su madre, Rosa Vargas, una mujer de 52 años que trabajaba como comerciante en el mercado mayorista de frutas de Lima, estaba orgullosa, pero preocupada. Diego era su único hijo, el centro de su universo después de que su esposo falleciera de un infarto 5 años atrás. Hijo, ¿de verdad tienes que irte tan lejos? Aquí también puedes estudiar, puedes progresar, le decía Rosa mientras doblaba la ropa que Diego iba metiendo en su maleta.

Era el día 15 de marzo, un jueves soleado en Lima. El vuelo de Diego estaba programado para las 11 de la noche con destino a Madrid con escala en Bogotá. Diego había revisado todo 1 veces: pasaporte, visa Schengen, boleto de avión, reserva de hotel, carta de aceptación del curso, comprobantes de solvencia económica.
Mamá, es solo por 6 meses. Voy a hacer el curso, voy a trabajar si puedo y voy a volver. Te lo prometo. Diego abrazó a su madre sintiendo un nudo en la garganta. Rosa preparó el almuerzo favorito de su hijo ese día. Arroz con pollo, papas a la huancaína y chicha morada bien helada. Comieron juntos en la pequeña mesa del comedor de su casa en San Juan de Lurigancho, rodeados de fotos familiares que decoraban las paredes.
Tienes que llamarme apenas llegues a España. ¿Me oyes? Y cuídate mucho, hijo. El mundo es grande y uno nunca sabe. Rosa tenía lágrimas en los ojos. Ese presentimiento que solo las madres tienen. Te voy a llamar todos los días, mamá, y te voy a mandar fotos de todo. Vas a ver que todo va a salir bien. Diego sonreía intentando transmitirle tranquilidad.
A las 7 de la noche, Diego y Rosa tomaron un taxi rumbo al aeropuerto internacional Jorge Chávez, ubicado en el Callao, a unos 45 minutos del centro de Lima dependiendo del tráfico. Diego llevaba una maleta grande de color negro, una mochila con su laptop y documentos importantes y una bolsa pequeña con snackse.
El tráfico en Lima era denso como siempre. Las calles estaban llenas de combis, taxis, vendedores ambulantes. Las luces de los comercios iluminaban la avenida Tupacamaru mientras avanzaban lentamente hacia la autopista. Rosa no soltaba la mano de su hijo durante todo el trayecto. Recordaba cada momento de su vida, cuando nació, su primer día de colegio, su graduación, todo pasaba por su mente como una película.
Mamá, me estás apretando muy fuerte la mano”, bromeó Diego intentando aligerar el ambiente. “Es que no quiero que te vayas, hijo. Siento algo raro aquí en el pecho.” Rosa se tocó el corazón. Son nervios nada más. Yo también estoy nervioso, es normal, pero todo va a estar bien. Llegaron al aeropuerto a las 8:15 de la noche.
El aeropuerto Jorge Chávez era una estructura moderna y amplia, con techos altos, pisos relucientes y pantallas digitales por todas partes mostrando horarios de vuelos. Miles de personas transitaban entodas direcciones, turistas con mochilas enormes, familias despidiéndose, ejecutivos hablando por teléfono, empleados de aerolíneas empujando carritos con maletas.
Diego hizo el checkín en el mostrador de Avianca, la aerolínea con la que volaría. La empleada revisó sus documentos, imprimió su pase de abordar y le entregó las etiquetas para su maleta. Su vuelo sale de la puerta 12. El embarque comienza a las 10:30. “Buen viaje”, dijo la empleada con una sonrisa profesional.
Diego y Rosa caminaron hacia la zona de seguridad donde debían despedirse. Solo los pasajeros podían pasar más allá de ese punto. Se detuvieron justo antes de la fila que llevaba al control de seguridad. Rosa abrazó a su hijo con fuerza, como si quisiera retenerlo para siempre. Te amo, hijo. Cuídate mucho y, por favor, llámame apenas puedas.
Yo también te amo, mamá. No te preocupes, todo va a salir bien. Te llamo desde Bogotá cuando tenga la escala. Ya. Diego se separó del abrazo, tomó su mochila y su bolsa y se formó en la fila de seguridad. Se volteó una última vez para despedirse con la mano. Rosa le respondió el gesto con lágrimas corriendo por sus mejillas.
Esa fue la última vez que Rosa vio a su hijo con vida. Diego pasó el control de seguridad sin problemas. Colocó su mochila y sus pertenencias en las bandejas de la banda transportadora. Pasó por el detector de metales, recogió sus cosas y avanzó hacia el área de migración. Según los registros oficiales de la Superintendencia Nacional de Migraciones del Perú, Diego Alonso Vargas presentó su pasaporte peruano número 123465 6789 en la ventanilla número 7 del control migratorio, a las 8:17 minut de la noche. El oficial de migración, el
suboficial Marcos Quispe, un hombre de 38 años con 15 años de experiencia en el cargo, revisó el pasaporte de Diego, verificó su visa a Schengen, consultó los sistemas de seguridad para confirmar que no había alertas migratorias contra él y finalmente selló su pasaporte con el sello de salida. “Motivo del viaje”, preguntó el oficial Quispe de manera rutinaria.
“Estudios. Voy a hacer un curso en Madrid”, respondió Diego con una sonrisa. “Okay, buen viaje. El oficial le devolvió el pasaporte. Diego tomó su pasaporte, lo guardó en el bolsillo delantero de su mochila y caminó hacia la zona de embarque internacional. Las cámaras de seguridad del aeropuerto captaron esta escena claramente.
Diego Vargas, vestido con jeans azules, una camisa blanca y una chaqueta gris caminando con su mochila al hombro hacia los mostradores duty Free. Eran las 8:18 de la noche. La zona de embarque internacional del aeropuerto Jorge Chávez era un espacio amplio con tiendas duty free, restaurantes, cafeterías y áreas de espera con asientos frente a cada puerta de embarque.
Había aproximadamente 20 puertas de embarque para vuelos internacionales numeradas del 1 al 20. Diego tenía asignada la puerta 12 para su vuelo AV680 con destino a Bogotá. El embarque comenzaría a las 10:30 de la noche, lo que significaba que Diego tenía más de 2 horas de espera. Las cámaras de seguridad mostraron a Diego caminando por la zona duty Free, mirando algunas tiendas, pero sin comprar nada.
A las 8:32 fue captado entrando a una cafetería llamada Café del Aeropuerto, ubicada cerca de las puertas 10 a 15. Según el testimonio posterior del empleado de la cafetería, un joven llamado Luis Fernández, Diego ordenó un café americano y un sándwich de pollo. Pagó con una tarjeta de débito, se sentó en una de las mesas cerca de la ventana que daba a la pista de aterrizaje y sacó su teléfono celular.
Diego estuvo en la cafetería aproximadamente 20 minutos. Las cámaras internas de la cafetería lo mostraron bebiendo su café, comiendo su sándwich y escribiendo mensajes en su teléfono. Según los registros telefónicos que se revisarían después, Diego envió varios mensajes de WhatsApp a su madre durante ese tiempo. Ya pasé migración, mamá. Todo bien.
El café aquí es carísimo. Jajaja. Pero bueno, en dos horas me subo al avión. Te amo. Rosa respondió a cada mensaje inmediatamente enviándole corazones y bendiciones. A las 8:52 minutos, Diego salió de la cafetería. Las cámaras lo captaron caminando por el pasillo principal de la zona de embarque, dirigiéndose hacia donde estaban las puertas 10 a 15.
Y entonces sucedió algo inexplicable. Entre las puertas 11 y 13 había un pasillo lateral que llevaba a los baños públicos. Este pasillo, por razones de diseño arquitectónico o fallas en la instalación de cámaras, tenía un punto ciego, una sección de aproximadamente 10 m que no estaba cubierta por las cámaras de seguridad.
A las 8:54, Diego fue visto por última vez en las cámaras caminando hacia ese pasillo lateral. Llevaba su mochila, su bolsa, caminaba con normalidad. No parecía estar siguiendo a nadie ni siendo seguido por nadie. Diego entró al punto ciego y nunca más salió. Las cámaras enel otro extremo del pasillo, las que enfocaban la salida de los baños hacia el área de embarque, nunca captaron a Diego saliendo.
Las cámaras frente a las puertas de embarque tampoco lo volvieron a registrar. Era como si Diego Alonso Vargas se hubiera desvanecido en el aire. A las 10:30 de la noche comenzó el embarque del vuelo AV680 con destino a Bogotá. Los pasajeros se formaron frente a la puerta 12, mostrando sus pases de abordar, subiendo por la manga que conectaba con el avión.
El personal de Avianca escaneó cada pase de abordar. Cuando llegó el turno del asiento que le correspondía a Diego Vargas, el sistema mostró que su boleto había sido emitido, que había hecho checkin, pero que el pasajero no se había presentado a abordar. Los empleados de la aerolínea llamaron por el sistema de altavoces.
Último llamado para el pasajero Diego Alonso Vargas con destino a Bogotá. Por favor, presentarse en la puerta 12. El llamado se repitió tres veces. Diego no apareció. El vuelo AV80 despegó a las 11:15 minutos de la noche sin Diego Vargas a bordo. Su maleta, que ya había sido cargada en la bodega del avión, tuvo que ser removida siguiendo los protocolos de seguridad internacional que prohíben que una maleta viaje sin su dueño.
En ese momento, nadie imaginaba la magnitud del misterio que acababa de comenzar. Rosa Vargas esperó toda la noche la llamada de su hijo. Según los cálculos que había hecho, Diego debía llegar a Bogotá alrededor de las 4 de la madrugada, hora peruana. Con la escala y todo, la llamada desde España llegaría probablemente al día siguiente por la tarde.
Pero cuando Diego no la llamó desde Bogotá como había prometido, Rosa comenzó a preocuparse. Intentó llamar al celular de su hijo varias veces durante la madrugada. El teléfono sonaba, pero Diego no contestaba. “Tal vez está dormido en el avión”, pensaba Rosa intentando tranquilizarse. Tal vez el vuelo se retrasó. Tal vez perdió la señal. Pero las madres siempre saben.
Ese presentimiento que había sentido cuando Diego se fue se había convertido en una angustia que le oprimía el pecho. A las 9 de la mañana del viernes, Rosa no aguantó más. Llamó a la empresa de telecomunicaciones donde trabajaba Diego. Habló con su jefe directo, el señor Morales. Buenos días, señor Morales. Disculpe que lo moleste.
Soy Rosa, la mamá de Diego. Por casualidad él le avisó algo sobre su viaje. Es que no me ha llamado y estoy preocupada. Buenos días, señora Rosa. No, Diego no me ha contactado, pero bueno, recién viajó ayer, ¿no? Tal vez está ocupado con los trámites allá en España, respondió el señor Morales sin darle mayor importancia.
Rosa colgó sin sentirse mejor. Llamó a los amigos de Diego, a sus primos, a cualquier persona que pudiera saber algo. Nadie había recibido noticias de él. A mediodía, Rosa tomó una decisión. llamó al aeropuerto. Rosa fue transferida de un departamento a otro en el aeropuerto hasta que finalmente la conectaron con la oficina de atención al cliente de Avianca. Explicó la situación.
Su hijo había tomado un vuelo la noche anterior y no había dado señales de vida. La empleada revisó los registros del vuelo AB680. Señora, según nuestro sistema, el pasajero Diego Alonso Vargas hizo checkin, pero no abordó el vuelo. Figura como no show, explicó la empleada. Rosa sintió que el corazón se le detenía. ¿Cómo que no abordó? Si él fue al aeropuerto, pasó migración, yo misma lo despedí.
¿Dónde está mi hijo? Señora, cálmese, por favor. Es posible que el pasajero haya decidido no viajar en el último momento. Tal vez está en su casa. No está en la casa. Lo he llamado mil veces y no contesta. Algo le pasó. La empleada, notando la desesperación de Rosa, le sugirió que se comunicara con la policía del aeropuerto para reportar la situación.
Rosa colgó y llamó inmediatamente a la comisaría del aeropuerto internacional Jorge Chávez. explicó todo. De nuevo. El oficial que atendió la llamada tomó nota de la información y le dijo que enviaría una patrulla para hablar con ella. Dos agentes de la Policía Nacional del Perú llegaron a la casa de Rosa en San Juan de Lurigancho a las 3 de la tarde.
Rosa les contó todo entre lágrimas. Cómo había despedido a Diego, como él pasó migración, cómo debía estar en España, pero nunca abordó el avión. Los agentes tomaron nota de todo. Solicitaron una foto reciente de Diego, sus datos personales, descripción física, la ropa que llevaba puesta, números de contacto.
Señora, vamos a revisar las cámaras de seguridad del aeropuerto y a hablar con el personal. Es posible que su hijo esté en algún lugar del aeropuerto todavía. Tal vez se sintió mal o tuvo algún problema”, explicó uno de los agentes. Pero ya pasaron casi 20 horas. ¿Dónde puede estar durante 20 horas en un aeropuerto? Rosa no podía entender.
Vamos a investigar, señora, quédese tranquila.Los agentes regresaron al aeropuerto y comenzaron la búsqueda. Revisaron los baños, las salas de espera, los restaurantes, las tiendas. Preguntaron al personal si alguien había visto a un joven con las características de Diego. Nadie lo había visto. El jefe de seguridad del aeropuerto, Jorge Chávez, el comandante PNP, Julio Sánchez, ordenó revisar todas las grabaciones de seguridad desde las 8 de la noche del día anterior.
El equipo de seguridad se instaló en la sala de monitoreo, una habitación llena de pantallas que mostraban ángulos de cada rincón del aeropuerto. Comenzaron a rastrear los movimientos de Diego desde que pasó el control de migración. Lo vieron caminando por la zona duty free, lo vieron entrando a la cafetería, lo vieron saliendo de la cafetería y caminando hacia las puertas de embarque.
Y luego lo vieron dirigiéndose hacia el pasillo lateral que llevaba a los baños. Ahí está, miren, a las 8:54, señaló uno de los técnicos en la pantalla. Diego entraba al pasillo. Las cámaras lo captaban de espaldas caminando con su mochila. Esperaron a ver la grabación del otro extremo del pasillo, la que debía mostrar a Diego saliendo de los baños.
Esperaron y esperaron. Diego nunca salió. ¿Cómo es posible? Revisen de nuevo, ordenó el comandante Sánchez. Revisaron las grabaciones una y otra vez. Diego entraba al pasillo, pero no salía por el otro lado. ¿Hay otra salida de ese pasillo? ¿Alguna puerta lateral? ¿Alguna ventana? preguntó Sánchez. No, comandante, ese pasillo solo tiene una entrada y una salida.
En el medio están los baños de hombres, de mujeres y un baño para personas con discapacidad. No hay otras salidas, respondió el técnico. Entonces tiene que seguir ahí. Revisen los baños inmediatamente. Un grupo de agentes corrió hacia los baños del pasillo lateral. Entraron al baño de hombres, revisaron cada cubículo, cada rincón. Nada.
Revisaron el baño de mujeres con ayuda de agentes femeninas. Nada. Revisaron el baño para discapacitados. Nada. Diego Alonso Vargas había desaparecido dentro del aeropuerto más vigilado de Perú. El comandante Sánchez convocó una reunión de emergencia con todo el personal de seguridad del aeropuerto. Necesitaban entender qué había pasado.
Tenemos a un pasajero que cruzó migración, entró a la zona de embarque internacional, caminó hacia un pasillo y se evaporó. Esto no tiene sentido. Alguien tiene que haberlo visto. Dijo Sánchez frustrado. Uno de los agentes sugirió una posibilidad. Comandante, ¿y si el pasajero decidió no viajar y regresó? Tal vez encontró una forma de salir sin que las cámaras lo captaran.
Regresar de la zona internacional. Imposible. Para salir de la zona internacional después de pasar migración, tienes que pasar por otro control donde verifican que no abordaste tu vuelo y te hacen todo un proceso. Nadie puede simplemente regresar caminando”, explicó otro agente. Además, revisamos los registros de migraciones. No hay ningún registro de que Diego Vargas haya solicitado anular su salida del país.
Según el sistema, él salió de Perú oficialmente, pero nunca entró a Colombia”, agregó un oficial de migración presente en la reunión. La situación era cada vez más desconcertante. Y las otras cámaras, las que enfocan las puertas de embarque, los pasillos principales, las tiendas, ¿Aparece en alguna otra grabación después de las 8:54?, preguntó Sánchez.
Los técnicos habían revisado todas las cámaras disponibles. Diego no aparecía en ninguna otra grabación después de entrar a ese pasillo. Es como si hubiera entrado a otra dimensión”, murmuró uno de los técnicos. El comandante Sánchez lo miró con severidad. Esto no es una película de ciencia ficción.
Hay una explicación lógica y la vamos a encontrar. Para el sábado por la mañana, el caso ya había escalado a las más altas esferas de seguridad del país. La Superintendencia Nacional de Migraciones, la Policía Nacional, la Dirección General de Aeronáutica Civil, DGAC y hasta la Fiscalía habían sido notificadas. Se ordenó una revisión completa del aeropuerto.
Cada bodega, cada almacén, cada oficina, cada rincón fue inspeccionado. Trajeron perros de búsqueda entrenados para rastrear personas. Los canes recorrieron todo el aeropuerto sin encontrar nada. Se entrevistó a cada empleado que estuvo trabajando la noche del jueves. Empleados de limpieza, de seguridad, de las aerolíneas, de las tiendas, de los restaurantes.
Nadie recordaba haber visto a Diego después de las 9 de la noche. Un empleado de limpieza, un señor mayor llamado Pedro Hamán, mencionó algo que llamó la atención. Esa noche, como a eso de las 9:30, yo estaba limpiando los baños de ese pasillo. Me pareció ver a un joven sentado en el suelo del baño de hombres como si estuviera enfermo.
Le pregunté si estaba bien, pero él no respondió. Pensé que tal vez estaba borracho o algo así. ¿Puede describir aese joven?, preguntó el investigador. Era joven, flaco, con ropa oscura. Tenía una mochila al lado. No le vi bien la cara porque tenía la cabeza agachada. ¿Qué pasó después? Seguí limpiando otros baños.
Cuando volví como media hora después, ya no estaba. Este testimonio era crucial. Podría haber sido Diego. Pero si era él, ¿por qué estaba en el suelo? Estaba enfermo. Había sido atacado. ¿Y dónde fue después? Rosa Vargas no comía ni dormía. Pasaba los días llamando a la policía yendo al aeropuerto, imprimiendo volantes con la foto de su hijo.
Su hermana, María, había venido desde Huancayo para acompañarla y apoyarla. Juntas recorrían cada rincón del aeropuerto, preguntando a la gente si habían visto a Diego. Disculpe, ¿ha visto a este joven? Desapareció aquí en el aeropuerto el jueves por la noche. Rosa mostraba la foto de Diego a cada persona que pasaba. La mayoría de la gente negaba con la cabeza.
Algunas personas se detenían a mirar la foto con más atención, pero nadie podía ayudar. Los medios de comunicación comenzaron a cubrir la historia. “Joven desaparece en el aeropuerto Jorge Chávez”, titulaban los periódicos. Los noticieros mostraban la foto de Diego, explicaban las circunstancias de su desaparición. Las redes sociales explotaron.
¿Dónde está Diego? se convirtió en tendencia en Perú. Miles de personas compartían su foto, ofrecían teorías, exigían respuestas a las autoridades. La presión pública era inmensa. Una semana después de la desaparición, la fiscalía emitió un comunicado oficial con su primera hipótesis. Tras exhaustivas investigaciones se ha determinado que el joven Diego Alonso Vargas ingresó a la zona internacional del aeropuerto Jorge Chávez, pero no abordó su vuelo programado.
Se están investigando todas las posibilidades, incluyendo que el joven haya sufrido algún problema de salud que le impidió abordar y que actualmente se encuentre en algún centro médico de la ciudad sin identificar o que haya decidido voluntariamente no viajar y salir del aeropuerto por medios irregulares. Rosa leyó el comunicado y estalló en furia.
Salir por medios irregulares es el aeropuerto más seguro del país. Tiene cientos de cámaras. Cientos de agentes. ¿Cómo va a salir sin que nadie lo vea? Esto es ridículo. Están encubriendo algo. La desconfianza en las autoridades comenzó a crecer. Había sido un error de seguridad. Estaban ocultando información. ¿Por qué no había explicaciones claras? El caso que congeló Perú apenas estaba comenzando 10 días después de la desaparición de Diego, un equipo especial de investigadores forenses y expertos en seguridad fue convocado para revisar cada aspecto técnico del caso.
Necesitaban encontrar una explicación lógica a lo imposible. El ingeniero Rafael Montes, especialista en sistemas de vigilancia con 20 años de experiencia, fue contratado para analizar las cámaras de seguridad del aeropuerto y determinar si había alguna falla técnica o manipulación en las grabaciones.
Montes se instaló en la sala de monitoreo del aeropuerto con su equipo. Revisaron los metadatos de cada archivo de video, los códigos de tiempo, los registros del sistema. Las grabaciones son auténticas, no han sido editadas ni manipuladas. Los códigos de tiempo coinciden perfectamente con los relojes del sistema, explicó Montes al comandante Sánchez.
Entonces, ¿cómo explica que Diego entre a ese pasillo y no salga?, preguntó Sánchez. Hay solo tres explicaciones posibles. Montes levantó tres dedos. Uno. La cámara del otro extremo del pasillo dejó de funcionar exactamente cuando Diego debía salir. Dos, Diego encontró alguna salida alternativa que no conocemos.
Tres, Diego sigue dentro de ese pasillo. Ya revisamos la cámara, funciona perfectamente. Ya revisamos el pasillo completo, no hay salidas alternativas y ya buscamos en cada rincón. Diego no está ahí. Entonces tenemos un problema lógico, comandante. Algo no cuadra. Montes solicitó los planos arquitectónicos del aeropuerto. Pasó horas estudiándolos, comparándolos con la estructura física del edificio.
Encontró algo. Miren esto. Montes señaló una sección de los planos. Según estos planos originales del año 2001, cuando se construyó esta sección del aeropuerto, había un conducto de ventilación que corría por encima de los baños. Este conducto conectaba con el sistema de aire acondicionado y tenía salidas en diferentes puntos del edificio.
¿Está diciendo que Diego pudo haberse metido por un conducto de ventilación? Preguntó Sánchez escéptico. Es una posibilidad. Si él encontró una forma de acceder a ese conducto desde los baños, pudo haberse movido por el sistema de ventilación sin ser detectado por las cámaras. La teoría parecía sacada de una película, pero decidieron investigarla.
Un equipo de mantenimiento revisó el sistema de ventilación de esa área. Efectivamente, había un conductoamplio, pero las rejillas de acceso estaban selladas con tornillos. Para abrirlas se necesitaban herramientas. Diego tenía herramientas. ¿Llevaba algo en su mochila que pudiera haber usado para abrir estas rejillas?, preguntó un investigador. Rosa fue consultada.
Según ella, Diego solo llevaba ropa, artículos de aseo personal. su laptop, documentos, nada que pudiera servir como herramienta para desmontar una rejilla de ventilación. Además, revisaron el interior de los conductos con cámaras especiales. Estaban llenos de polvo acumulado de años. Si alguien hubiera pasado por ahí recientemente, habría dejado marcas, huellas, señales.
No había nada. La teoría del conducto de ventilación fue descartada. Dos semanas después de la desaparición, una mujer se presentó en la comisaría del aeropuerto con información inquietante. Se llamaba Patricia Rojas. Tenía 35 años y trabajaba como empleada de limpieza en el aeropuerto. Había estado de vacaciones la semana de la desaparición de Diego y acababa de enterarse del caso por las noticias.
“Yo vi algo raro esa noche”, dijo Patricia nerviosa, retorciendo un pañuelo entre sus manos. “¿Qué vio, señora?”, preguntó el investigador asignado al caso. Yo estaba terminando mi turno como a las 10 de la noche. Pasé por ese pasillo de los baños para hacer una última revisión. Vi a dos hombres vestidos con uniformes de seguridad del aeropuerto cargando algo grande envuelto en una lona negra.
El investigador se enderezó en su silla. ¿Puede describir a esos hombres? Uno era más alto, moreno, como de 40 años. El otro era más bajo y gordito. No les vi bien las caras porque pasaron rápido, como apurados. ¿Hacia dónde iban? Hacia las puertas de emergencia que dan a la zona de carga.
Esas puertas normalmente están cerradas, pero esa noche estaban abiertas. ¿Por qué no reportó esto antes? Porque pensé que era algo normal del trabajo. A veces mueven equipos, cajas, cosas pesadas. No pensé que fuera importante hasta que vi las noticias sobre el joven desaparecido. ¿Podría identificar a esos hombres si los viera de nuevo? No estoy segura.
Fue muy rápido y la luz en esa área no es muy buena. Este testimonio cambió completamente el rumbo de la investigación. Si lo que Patricia decía era cierto, significaba que Diego podría haber sido sacado del aeropuerto por personal de seguridad. El comandante Sánchez ordenó una investigación interna exhaustiva de todo el personal de seguridad que estuvo de turno la noche del 15 de marzo.
Había un total de 43 agentes de seguridad trabajando esa noche en diferentes áreas del aeropuerto. Cada uno fue interrogado individualmente. La mayoría tenía coartadas sólidas. Estaban en sus puestos asignados. Tenían registros de sus rondas. Fueron vistos por múltiples testigos. Pero dos agentes levantaron sospechas.
El primero era Carlos Mendoza, un agente de 38 años que llevaba 10 años trabajando en el aeropuerto. Según los registros, Mendoza había solicitado un permiso de emergencia alrededor de las 9:30 de la noche, alegando que su esposa estaba enferma. dejó su puesto y salió del aeropuerto. Cuando fue interrogado, Mendoza explicó, “Mi esposa me llamó diciendo que tenía fiebre muy alta y dolores fuertes.
Me asusté, pedí permiso y fui a casa. Cuando llegué, ya se sentía mejor. Tal vez fue una exageración de su parte, pero en ese momento pensé que era grave. ¿Su esposa puede confirmar eso?” Sí, por supuesto. La esposa de Mendoza confirmó la historia. Incluso mostraron mensajes de WhatsApp de esa noche donde ella le pedía que fuera a casa.
El segundo agente sospechoso era Roberto Silva, de 32 años, un agente más joven que había sido asignado a patrullar la zona internacional esa noche. Según otros agentes, Silva había estado actuando de manera extraña, nervioso, distraído. Cuando fue interrogado, Silva sudaba visiblemente. ¿Dónde estaba usted entre las 9 y las 11 de la noche del 15 de marzo?, preguntó el investigador.
En mi ronda habitual patrullaba la zona de embarque, revisaba que todo estuviera en orden. Varios de sus compañeros dicen que usted desapareció por un periodo de tiempo esa noche. ¿Puede explicar eso? Silva tartamudeó. Yo fui al baño. Tal vez me tardé más de lo normal porque no me sentía bien del estómago. ¿A qué baño fue? Al baño del personal en la planta baja.
¿Alguien lo vio? No lo sé, no me fijé. Los investigadores revisaron las cámaras. Efectivamente, Silva aparecía bajando a la planta baja alrededor de las 9:45. Entraba al área de baños del personal. Salía 45 minutos después. 45 minutos era demasiado tiempo para estar en el baño. ¿Qué estuvo haciendo durante 45 minutos en el baño?, preguntó el investigador con tono severo.
Estaba enfermo del estómago, ya les dije, tuve diarrea. Silva estaba cada vez más nervioso. ¿Tiene algún problema médico documentado? ¿Fue al doctor después? No, se me pasó solo. La historia de Silva noera convincente, pero tampoco tenían evidencia de que hubiera hecho algo malo. Sin embargo, fue suspendido temporalmente mientras continuaba la investigación.
Una nueva y aterradora teoría comenzó a circular. Is Diego había sido víctima de una red de tráfico de personas. La fiscal especial asignada al caso, la doctora Elena Paredes, experta en crimen organizado, convocó una reunión con las autoridades migratorias y policiales. Sabemos que los aeropuertos son puntos estratégicos para las redes de tráfico humano, personas con documentos falsos, menores siendo trasladados ilegalmente, víctimas de explotación.
Es posible que Diego haya sido identificado como un objetivo y secuestrado dentro del aeropuerto, explicó la doctora Paredes. Pero, ¿por qué Diego era un joven común, no era rico, no tenía enemigos conocidos? argumentó uno de los investigadores. Las redes de tráfico no siempre buscan personas ricas, buscan personas vulnerables, jóvenes viajando solos, sin muchas conexiones, que no serán reportados inmediatamente.
Diego cumplía con ese perfil. Se abrió una línea de investigación enfocada en redes criminales. Se revisaron antecedentes de empleados del aeropuerto con conexiones a actividades ilícitas. se contactó a Interpol para verificar si había reportes de actividad de tráfico humano en el aeropuerto Jorge Chávez. Los resultados fueron inquietantes.
En los últimos 5 años había habido tres casos sospechosos de desapariciones relacionadas con el aeropuerto, aunque ninguno había sido confirmado como tráfico humano. Pero los patrones eran similares, personas que entraron al aeropuerto y nunca salieron sin explicación clara. Rosa Vargas, devastada por la falta de respuestas, decidió tomar un camino diferente.
Contactó a organizaciones de derechos humanos, a abogados especializados en desapariciones, a activistas sociales. Organizó una marcha masiva en Lima exigiendo respuestas. Justicia para Diego! Gritaban cientos de personas que caminaron desde el centro de Lima hasta el aeropuerto Jorge Chávez. Rosa se convirtió en la voz de todas las familias que habían perdido a alguien sin explicación.
Dio entrevistas en televisión, radio, periódicos. Su rostro demacrado, sus ojos llenos de dolor, pero también de determinación, se volvieron un símbolo nacional. No voy a parar hasta encontrar a mi hijo. Vivo o muerto, tengo derecho a saber qué le pasó. Y si las autoridades no me dan respuestas, voy a buscarlas yo misma”, declaró Rosa en una entrevista que se hizo viral.
Las redes sociales continuaban inundadas de teorías. Algunos creían que Diego había sido secuestrado. Otros pensaban que había sufrido un accidente médico y estaba en algún hospital sin identificar. Había quienes sugerían que había entrado en problemas con criminales. Las teorías más extremas hablaban de conspiración, encubrimientos gubernamentales, experimentos secretos, pero ninguna teoría tenía evidencia sólida.
Tres semanas después de la desaparición, los investigadores de la Dirección de Investigación Criminal, Dirincri análisis más profundo del teléfono celular de Diego. Aunque el teléfono físico nunca fue encontrado, lograron obtener los registros completos de su cuenta a través de la compañía telefónica.
Mensajes, llamadas, ubicaciones de GPS, historial de navegación en internet. Lo que encontraron fue revelador. El último registro de GPS del teléfono de Diego fue a las 9:1 minutos de la noche del 15 de marzo. La ubicación registrada era exactamente el pasillo donde desapareció, cerca de los baños. Después de las 9:1, el teléfono dejó de transmitir señal.
Esto significa una de dos cosas, explicó el técnico forense en telecomunicaciones. O el teléfono fue apagado intencionalmente o fue destruido o fue llevado a un lugar donde no hay señal. ¿Hay lugares sin señal dentro del aeropuerto?, preguntó la fiscal Paredes. Sí, las áreas subterráneas, algunos almacenes blindados, las bodegas de carga, básicamente cualquier lugar con paredes muy gruesas o estructuras metálicas que bloqueen la señal, revisaron los mensajes de WhatsApp de Diego.
El último mensaje que envió fue a su madre a las 8:51. En 2 horas me subo al avión. Te amo. Pero había algo más interesante. Minutos antes de ese mensaje, Diego había recibido una llamada de un número desconocido. La llamada duró 38 segundos. ¿De quién era ese número?, preguntó la fiscal. Los investigadores rastrearon el número.
Era un teléfono prepago comprado en una bodega del centro de Lima. El teléfono había sido activado dos días antes de la desaparición de Diego y nunca volvió a usarse después de esa llamada. Es un teléfono quemador. Alguien lo compró específicamente para contactar a Diego y luego lo desechó, explicó el investigador. ¿Qué le dijeron en esa llamada? ¿Por qué Diego no le contó a su madre sobre esta llamada? La fiscal tenía más preguntasque respuestas.
intentaron recuperar el contenido de la llamada, pero no había forma. Las llamadas no se graban a menos que haya una orden judicial previa para intervenir una línea. Este descubrimiento abrió una posibilidad escalofriante. Diego había sido contactado por alguien antes de desaparecer. Alguien que usó un teléfono imposible de rastrear.
Alguien que no quería dejar evidencia. Un mes después de la desaparición, un taxista llamado Jorge Palacios se presentó en la comisaría con información que había estado guardando por miedo. Yo recogí a un pasajero la noche del 15 de marzo, cerca del aeropuerto. No estoy seguro si era el joven que están buscando, pero había algo raro en toda la situación, explicó Jorge, un hombre de 50 años con 30 años de experiencia como taxista.
Cuéntenos todo, por favor”, dijo el investigador. Fue como a las 10:30 de la noche. Yo estaba esperando pasajeros en la zona de taxis del aeropuerto cuando se me acercó un tipo vestido de seguridad con uniforme y todo. Me dijo que necesitaba un favor, que tenía que llevar a alguien a Lima urgentemente, pero que no podía usar los taxis oficiales del aeropuerto por problemas burocráticos. Y usted aceptó.
me ofreció 200 soles por un viaje que normalmente cuesta 50. Necesitaba el dinero, señor. Mi esposa estaba enferma. Teníamos cuentas que pagar. Acepté. ¿Qué pasó después? El tipo de seguridad me llevó a una puerta lateral del aeropuerto, una que no se usa normalmente. Ahí me entregaron a otro joven.
Estaba medio dormido o mareado, no estoy seguro. Dijeron que había tomado mucho y que lo tenían que llevar a casa. puede describir a ese joven. Jorge sacó su teléfono celular y mostró la foto de Diego que circulaba en redes sociales. Se parecía a él. No puedo estar 100% seguro porque estaba oscuro y el joven tenía la cabeza agachada, pero sí, se parecía.
El corazón de los investigadores se aceleró. Este podía ser el quiebre del caso. ¿A dónde los llevó? Me dijeron que lo llevara a una dirección en Villa El Salvador. El tipo de seguridad se subió conmigo para acompañar al joven. Durante todo el viaje, el joven no habló, solo iba recostado en el asiento trasero. ¿Recuerda la dirección exacta? Sí, la tengo anotada en mi libreta.
Siempre anoto las direcciones por si acaso. Jorge proporcionó la dirección. Calle Los Jardines 457. Villa El Salvador. ¿Qué pasó cuando llegaron? El tipo de seguridad bajó al joven del taxi, me pagó los 200 soles y me dijo que me fuera. Vi que entraron a una casa pequeña de dos pisos y me fui. Pero después, cuando vi las noticias sobre el joven desaparecido, empecé a sospechar.
Por eso estoy aquí. ¿Por qué esperó un mes para venir? preguntó el investigador con tono de reproche. Tenía miedo. Si esa gente es peligrosa, no quería meterme en problemas. Pero mi conciencia no me dejaba dormir. Tengo hijos de la edad de ese muchacho. Esa misma noche, un operativo policial masivo rodeó la casa en Villa El Salvador.
Policía de élite, fiscalía, ambulancias en espera. Si Diego estaba allí, querían estar preparados para cualquier escenario. A las 3 de la madrugada, las fuerzas especiales irrumpieron en la casa. Encontraron la casa vacía. No había muebles, no había señales de que alguien hubiera vivido allí recientemente, solo paredes descascaradas, polvo y basura.
Pero en una habitación del segundo piso, los peritos forenses encontraron algo. Manchas de sangre en el piso de concreto. Las muestras fueron enviadas inmediatamente al laboratorio para análisis de ADN. Rosa fue contactada para proporcionar una muestra de ADN que pudiera compararse con las manchas encontradas.
La espera por los resultados fue agonizante. Tres días que parecieron eternos. Cuando finalmente llegaron los resultados, el laboratorio confirmó. La sangre no pertenecía a Diego Vargas. Era otra pista que llevaba a un callejón sin salida. Pero los investigadores no se rindieron. Si Diego había estado en esa casa, tenía que haber otras evidencias.
Revisaron cada milímetro del lugar con luminol, buscando huellas dactilares, fibras de ropa, cabellos. Encontraron huellas dactilares parciales en el marco de una puerta. Las huellas fueron comparadas con las de Diego, tomadas de objetos de su casa. No coincidían. Mientras tanto, la investigación del agente de seguridad, Roberto Silva continuaba.
Los investigadores decidieron profundizar en su pasado, revisar sus finanzas, sus asociaciones. Descubrieron que Silva tenía una deuda significativa de juego. Frecuentaba casinos clandestinos en Lima y debía aproximadamente 50,000 soles a un prestamista conocido por sus vínculos con el crimen organizado.
Dos semanas antes de la desaparición de Diego, Silva había depositado 30,000 soles en su cuenta bancaria. Cuando le preguntaron sobre el origen de ese dinero, Silva dijo que era un préstamo de un familiar. El familiar en cuestión, su tío, fueentrevistado. Negó rotundamente haber prestado dinero a Silva. Silva fue arrestado por sospecha de participación en la desaparición de Diego Vargas.
Durante el interrogatorio, Silva finalmente se quebró. Está bien, está bien. Les voy a decir la verdad, pero yo no sabía lo que iban a hacer. Lo juro por Dios. Los investigadores se prepararon para escuchar una confesión completa. Un tipo me contactó dos semanas antes. Me ofreció dinero para hacer un favor simple.
Me dijo que un joven iba a viajar esa noche, que me iba a mandar una foto de él y que yo solo tenía que asegurarme de que las cámaras de un pasillo específico estuvieran fuera de servicio por una hora. Eso es todo lo que tenía que hacer. ¿Quién era ese tipo? No sé su nombre. nos comunicábamos por WhatsApp. Él me transfería el dinero de forma anónima.
¿Qué hizo con las cámaras? Desactivé la cámara que enfoca la salida del pasillo hacia los baños. La apagué por una hora. Pensé que tal vez el joven quería salir del aeropuerto sin ser detectado por algún problema de documentos o algo así. No pensé que fuera algo grave. Y nunca se preguntó por qué alguien le pagaría 30.
000 soles solo por apagar una cámara. Silva bajó la cabeza avergonzado. Yo necesitaba el dinero. Estaba desesperado. Hice algo estúpido. Lo sé, pero no sabía que el joven iba a desaparecer. Lo juro. Silva proporcionó su teléfono celular. Los técnicos forenses recuperaron las conversaciones de WhatsApp con el contacto misterioso.
El número había sido eliminado de la plataforma poco después de la desaparición de Diego, pero lograron recuperar algunos mensajes. El sujeto llega a las 8 pm. Vuelo a Madrid. Pasará por el pasillo cerca de la puerta 12 alrededor de las 9 ppm. Necesito 60 minutos de punto ciego. ¿Entendido? Cámara apagada de 9 CS a 10.
Perfecto. Transacción completa al terminar. Este era el quiebre que necesitaban. Había sido una operación planeada. Alguien sabía exactamente cuándo Diego estaría en el aeropuerto, por dónde pasaría y había pagado para crear un punto ciego donde secuestrarlo sin ser detectado. Pero, ¿quién y por qué Diego? Con la confesión de Silva, confirmando que la desaparición de Diego había sido planeada, la investigación tomó una dimensión internacional.
Interpol fue oficialmente notificada y se emitió una alerta amarilla solicitando a todos los países miembros información sobre el paradero de Diego Alonso Vargas. La fiscal Paredes contactó a sus colegas en Colombia, España y otros países donde operaban redes de tráfico humano conocidas. También se comunicó con organizaciones internacionales especializadas en desapariciones y explotación.
Un investigador de Europol, el agente Hans Müller, especialista en tráfico humano transatlántico, llegó a Lima para colaborar con el caso. “He revisado su investigación”, dijo Müller en una reunión con el equipo peruano. “Los patrones coinciden con una operación que hemos estado siguiendo durante dos años. Una red que opera en varios países de Latinoamérica, secuestrando jóvenes con habilidades técnicas específicas.
” Habilidades técnicas. preguntó la fiscal Paredes. Sí, ingenieros, programadores, técnicos en sistemas los llevan a países del este de Europa donde los explotan en operaciones de fraude cibernético, estafas online, hacking. Los mantienen cautivos, trabajando bajo amenazas. Diego era técnico en sistemas computacionales.
Rosa, quien había sido invitada a la reunión, sintió que se le cortaba la respiración. Exacto. El perfil coincide perfectamente. Joven, sin familia extensa, viajando solo, con conocimientos en tecnología. Es el objetivo perfecto para ellos. Esta revelación cambió completamente la perspectiva del caso. No era un secuestro al azar.
Diego había sido específicamente seleccionado por sus habilidades. Pero, ¿cómo lo conocían? ¿Cómo sabían que viajaba ese día?, preguntó uno de los investigadores. Müller explicó que estas redes tenían infiltrados en diferentes instituciones, compañías aéreas, agencias de viajes, incluso en consulados donde se tramitaban visas.
Buscan envases de datos, identifican objetivos potenciales, monitorean sus movimientos y cuando tienen la oportunidad actúan. ¿Hay alguna posibilidad de que Diego siga con vida? Rosa preguntó con voz temblorosa. Müller no quiso dar falsas esperanzas, pero tampoco quería destruirlas. Si está con esta red, es probable que esté vivo.
Lo necesitan vivo para trabajar, pero las condiciones en las que lo tendrían serían difíciles. Siguiendo la hipótesis de Müller, los investigadores comenzaron a buscar en direcciones completamente nuevas. revisaron transacciones financieras internacionales, movimientos de organizaciones criminales conocidas, reportes de víctimas rescatadas de operaciones similares.
Seis semanas después de la desaparición recibieron información de la policía de Rumanía. Unjoven latinoamericano había sido encontrado en un operativo contra una red de fraude cibernético en Bucarest. El joven, que había sido mantenido cautivo durante meses, mencionó haber visto a otros jóvenes de diferentes nacionalidades, incluyendo a alguien que podría ser peruano.
La fiscal Paredes voló inmediatamente a Rumanía con un equipo de identificación. Llevaron fotos de Diego, características físicas, cualquier información que pudiera ayudar. El joven rescatado, un colombiano de 26 años llamado Andrés, fue entrevistado. Había como 20 personas en ese lugar. Nos tenían en diferentes habitaciones, trabajando en computadoras todo el día, hacer estafas de fishing, robar datos bancarios, cosas así.
Si no trabajábamos, no nos daban comida”, explicó Andrés claramente traumatizado. “Recuerda haber visto a este joven.” Le mostraron la foto de Diego. Andrés miró la foto largo rato. Tal vez había un chico peruano, creo, pero no estoy seguro si era él. Solo lo vi un par de veces. Nos mantenían separados la mayor parte del tiempo.
¿Recuerda algún nombre, algún detalle que pueda ayudarnos? El peruano hablaba de su mamá. Decía que ella lo estaba buscando. Estaba muy triste. Rosa, que había insistido en acompañar a la fiscal a Rumanía, a pesar de las dificultades económicas, lloraba al escuchar esto. ¿Dónde está ese lugar? ¿Dónde los tenían?, preguntó la fiscal.
Era un edificio en las afueras de Bucarest, pero cuando la policía llegó ya habían movido a varias personas. Solo quedábamos cinco cuando nos rescataron. La policía rumana había logrado arrestar a varios miembros de la organización, pero los líderes habían escapado, llevándose a la mayoría de las víctimas, a otros lugares desconocidos.
Dos meses después de la desaparición, la línea de emergencia de la fiscalía en Lima recibió una llamada que daría un vuelco al caso. Una voz de hombre, hablando en español con acento extranjero, dijo, “Si quieren encontrar al joven peruano, busquen en Bulgaria, ciudad de Barna. Edificio abandonado cerca del Puerto Viejo.
Tiene una marca roja en la puerta. Tercer piso. La llamada se cortó. Los investigadores intentaron rastrearla. Había sido hecha desde un teléfono público en Bucarest, Rumanía. Era real la información o una falsa pista. No podían saberlo, pero no podían ignorarla. La fiscal Paredes contactó a las autoridades de Bulgaria. Una operación fue planeada con extremo cuidado.
Policía búlgara, agentes de Europol, observadores internacionales. Rosa quería viajar también, pero le explicaron que era demasiado peligroso. Si la operación iba mal, si había enfrentamientos, no podían ponerla en riesgo. “Por favor, tráiganme a mi hijo, por favor”, suplicaba Rosa por teléfono. El operativo se llevó a cabo a las 5 de la madrugada, hora de Bulgaria.
50 agentes armados rodearon el edificio descrito en la llamada anónima. Era efectivamente un edificio abandonado cerca del puerto viejo de Barna, con una marca de pintura roja en la puerta principal. Las fuerzas especiales entraron con cautela. El edificio estaba en ruinas, con ventanas rotas, basura en los pasillos, olor a humedad y abandono.
Subieron al tercer piso, encontraron una habitación con la puerta cerrada con candado. Lo forzaron. Dentro había siete jóvenes demacrados, asustados, encadenados a radiadores, cuatro hombres y tres mujeres de diferentes nacionalidades. Pero Diego no estaba entre ellos. Sin embargo, uno de los jóvenes, un venezolano llamado Carlos, reconoció la foto de Diego cuando se la mostraron.
Él estuvo aquí, lo vi. Hace como tres semanas lo movieron a otro lugar. Escuché que lo llevaban a Turquía. La búsqueda continuaba. Pero cada pista conducía a otro país, otra ciudad, otro lugar donde Diego ya no estaba. Pasaron 6 meses desde la desaparición. La investigación seguía activa internacionalmente, pero en Perú el caso comenzaba a enfriarse en los medios.
Otras noticias ocupaban los titulares. La atención pública se desplazaba, pero Rosa no se rendía. Cada día se levantaba, revisaba las redes sociales por si alguien había visto a su hijo, contactaba a organizaciones internacionales, hablaba con embajadas. Su vida se había convertido en una sola misión, encontrar a Diego. Vendió su puesto en el mercado mayorista, la pequeña casa que había heredado de sus padres, cualquier cosa para financiar viajes, investigadores privados, recompensas por información.
Su hermana María la apoyaba como podía, pero también le rogaba que descansara, que comiera, que cuidara su salud. “Hija, tienes que cuidarte. Diego va a necesitar que estés fuerte cuando lo encontremos”, le decía María. Pero Rosa ya no era la misma mujer. Su rostro mostraba el peso de cada día de incertidumbre.
Había perdido más de 20 kil. Su cabello se había llenado de canas. Sus manos temblaban constantemente. 8 meses después de la desaparición, Rosa recibió un sobre sin remitente en suapartamento. Había sido dejado en el buzón durante la noche. Con manos temblorosas lo abrió. Dentro había una carta escrita a mano. La letra era temblorosa, pero era inconfundible.
Era la letra de Diego. Mamá, no sé si esta carta te llegará. Un hombre me dijo que la enviaría si le pagaba. No sé si confiar en él, pero es mi única oportunidad. Estoy vivo, pero en un lugar malo. No puedo decir dónde porque no me dejan saber. Me tienen trabajando mucho. Pienso en ti todos los días. No gastes más dinero buscándome.
Quiero que estés bien. Por favor, perdóname por haberte dejado. Te amo, mamá. Diego Rosa colapsó en el suelo llorando. Su hijo estaba vivo. Después de 8 meses sin saber, tenía confirmación de que su hijo estaba vivo. Llevó la carta inmediatamente a la fiscalía. Los peritos grafológicos confirmaron que la letra era de Diego.
El papel y la tinta fueron analizados, pero no revelaron información sobre el origen. La carta no tenía matellos postal, había sido entregada a mano. Las cámaras de seguridad del edificio de Rosa no mostraban quién la había dejado, pero Rosa aferraba esa carta como si fuera el tesoro más valioso del mundo. Era la prueba de que su hijo estaba vivo.
Y mientras hubiera vida había esperanza. Hoy, un año y medio después de que Diego Alonso Vargas cruzara el control migratorio del aeropuerto Jorge Chávez y desapareciera, el caso sigue abierto en tres continentes. Rosa continúa su búsqueda incansable. Ha fundado una organización llamada Familias sin Fronteras, que ayuda a otras familias peruanas con hijos desaparecidos en el extranjero, conectándolas con recursos legales, apoyo psicológico y redes internacionales de búsqueda.
Su historia ha inspirado cambios significativos en los protocolos de seguridad aeroportuaria en Perú. El aeropuerto Jorge Chávez instaló más de 300 cámaras nuevas, eliminando todos los puntos ciegos. Se implementó un sistema de seguimiento biométrico que registra no solo la entrada, sino también el embarque efectivo de cada pasajero.
Se creó la alerta Diego, un protocolo de respuesta inmediata para desapariciones en zonas de tránsito internacional que se activa automáticamente cuando un pasajero que cruzó migración no aborda su vuelo. Roberto Silva, el agente de seguridad que admitió haber desactivado las cámaras, fue condenado a 15 años de prisión por complicidad en secuestro.
Durante el juicio, reveló más detalles sobre cómo fue contactado, pero nunca logró identificar a las personas detrás de la operación. A través de los diferentes operativos internacionales, las autoridades han logrado rescatar a más de 50 víctimas de la red de tráfico que presuntamente secuestró a Diego. Cada persona rescatada proporciona fragmentos de información.
Una joven ecuatoriana rescatada en Serbia recordaba a un chico peruano que le había contado sobre su madre que vendía frutas en Lima. Decía que extrañaba el ceviche y la chicha morada. Ese detalle tan específico convenció a los investigadores de que había conocido a Diego. Un joven colombiano liberado en Moldavia, mencionó haber compartido habitación brevemente con alguien llamado Diego, que tenía una foto de una señora mayor en su teléfono antes de que se lo confiscaran.
La descripción de la foto coincidía con una fotografía que Diego llevaba de su madre. Un brasileño rescatado en Ucrania habló de un peruano que se había intentado escapar y había sido golpeado severamente como castigo. No sabía su nombre, pero recordaba que había dicho que su madre se llamaba Rosa.
Cada testimonio era como una pieza de un rompecabezas imposible de completar. Confirmaban que Diego probablemente seguía siendo movido de país en país, de operación en operación, explotado por una red criminal internacional. que cambiaba constantemente de ubicación. Rosa ha convertido su pequeño apartamento en una oficina de búsqueda.
Las paredes están cubiertas de mapas de Europa del Este, fotos de Diego, recortes de periódicos, contactos de organizaciones internacionales. Cada noche, antes de dormir, Rosa habla con la foto de su hijo. Hoy contacté a una organización en Turquía, hijo. Están buscando en Estambul y Ancara. También hablé con una familia rumana que me está ayudando a distribuir tu foto.
No me voy a rendir, Diego. Sé que estás en algún lugar esperando volver a casa. Aquí está tu mamá buscándote, siempre buscándote. Ha aprendido frases básicas en varios idiomas: rumano, búlgaro, turco, albanés. Por si algún día la búsqueda la lleva a alguno de esos países y necesita comunicarse, su hermana María la acompaña en cada paso.
Juntas han viajado a Colombia, Ecuador, Rumanía, Bulgaria. Cada vez que hay una pista, Rosa está dispuesta a subirse a un avión sin importar la distancia o el costo. El gobierno peruano, presionado por la opinión pública y organizaciones de derechos humanos, asignó un fondo especial para casos de peruanosdesaparecidos en el extranjero.
Rosa fue una de las principales impulsoras de esta ley, pero a pesar de todos los esfuerzos, las preguntas fundamentales siguen sin respuesta. cómo exactamente fue sacado Diego del aeropuerto? La teoría más aceptada es que fue drogado en el baño, posiblemente por alguien que lo estaba esperando allí, alguien con acceso autorizado al área internacional.
Luego fue sacado por la puerta de emergencia que conecta con la zona de carga, donde el taxista lo recogió creyendo que estaba borracho. ¿Quién planeó la operación? Los números de teléfono usados para contactar a Silva y al taxista fueron imposibles de rastrear. Los pagos fueron hechos en criptomonedas. Los organizadores claramente sabían cómo operar sin dejar rastros.
¿Por qué, Diego específicamente? Los investigadores creen que su perfil de LinkedIn, donde promocionaba sus habilidades en sistemas y ciberseguridad, pudo haberlo puesto en el radar de los reclutadores de la red criminal, pero nunca han podido confirmar exactamente cómo fue seleccionado. ¿Dónde está Diego ahora? Esta es la pregunta más dolorosa.
Los testimonios de víctimas rescatadas lo ubican en diferentes países en diferentes momentos, pero siempre están meses atrasados. Para cuando las autoridades llegan a un lugar, la red ya ha movido a sus víctimas a otro. El caso de Diego Vargas cambió la conversación en Perú sobre la seguridad de los peruanos en el extranjero.
Familias enteras comenzaron a reconsiderar enviar a sus hijos solos a otros países. Las instituciones educativas implementaron programas de concientización sobre los riesgos del tráfico humano. El Ministerio de Relaciones Exteriores creó una línea directa de emergencia para peruanos en situaciones de riesgo en el extranjero.
La línea opera 247 y ha ayudado a prevenir otros posibles casos de desaparición. Periodistas investigativos han producido documentales sobre el caso Desaparecido en tránsito. El misterio de Diego Vargas ganó premios internacionales de periodismo y ayudó a crear conciencia global sobre las redes de tráfico que operan en aeropuertos.
La historia de Rosa ha sido contada en libros, programas de televisión, podcasts. Su imagen sosteniendo la foto de Diego en el aeropuerto se ha convertido en un símbolo de la lucha de todas las madres que buscan a sus hijos desaparecidos. La habitación de Diego en el apartamento permanece exactamente como la dejó el día que partió.
su ropa en el armario, sus libros sobre el escritorio, su laptop que fue de vuelta después del análisis forense en su lugar habitual. Rosa limpia esa habitación todas las semanas, manteniendo todo en perfecto orden, esperando el día en que su hijo regrese y todo vuelva a su lugar. Cuando vuelvas, todo estará como lo dejaste, hijo.
Tu cama hecha, tu ropa limpia, tu comida favorita en la mesa. Solo tienes que volver a casa murmura Rosa cada vez que entra a esa habitación. Los vecinos del edificio, que al principio ofrecían palabras de aliento y esperanza, ahora miran a Rosa con tristeza y compasión. Algunos piensan que debería aceptar que tal vez Diego nunca volverá, pero Rosa se niega a considerar esa posibilidad.
Una madre sabe cuando su hijo está vivo. Lo siento aquí, dice Rosa tocándose el corazón. Diego está vivo y va a volver. No importa cuánto tiempo tome, voy a seguir buscando. Lo que comenzó como el caso de un joven desaparecido se ha convertido en un movimiento. Familias sin fronteras.
La organización fundada por Rosa ahora ayuda a más de 200 familias peruanas con casos similares. Han logrado el rescate de 12 peruanos que habían sido víctimas de tráfico humano en diferentes países. Cada rescate le da a Rosa más esperanza de que el próximo podría ser Diego. María Fernanda, una joven peruana de 22 años que fue rescatada de una red en Polonia gracias a los esfuerzos de la organización, visita regularmente a Rosa.
Señora Rosa, yo estuve donde su hijo está ahora y logré salir. Diego también lo va a lograr. Usted tiene que seguir creyendo, le dice María Fernanda abrazándola. Estos momentos son los que mantienen viva la esperanza de Rosa. Cada persona rescatada es una prueba de que es posible sobrevivir, de que es posible volver.
El caso que congeló Perú nunca ha sido resuelto en el sentido tradicional. No hay un culpable definitivo tras las rejas. No hay un lugar exacto donde buscar. No hay respuestas claras. Lo que hay son fragmentos de verdad esparcidos por media docena de países. La verdad de que Diego fue víctima de una red criminal sofisticada que opera impunemente en los lugares más vigilados del mundo.
La verdad de que las fallas de seguridad y la corrupción permitieron que un joven fuera arrancado de su camino hacia el futuro. Verdad de que decenas de jóvenes latinoamericanos son explotados en operaciones criminales en Europa del Este, invisibles, olvidados, sin esperanza de rescate.
La verdad de queel amor de una madre no conoce fronteras, no acepta derrota, no se rinde nunca. Hoy Diego Vargas tendría 26 años, habría terminado su curso de especialización. Tal vez estaría trabajando en alguna empresa tecnológica, tal vez habría conocido a alguien especial. Tal vez estaría planeando formar su propia familia, pero su vida quedó congelada en ese pasillo del aeropuerto Jorge Chávez, en ese punto ciego donde las cámaras no alcanzaban a ver en ese momento en que la seguridad falló y el mal encontró su oportunidad.
Las autoridades aseguran que el caso sigue siendo prioridad. Europol tiene una alerta activa. Interpol mantiene su foto en circulación, pero con cada mes que pasa, las posibilidades de encontrarlo vivo disminuyen, aunque nadie se atreve a decírselo a Rosa. Ella sigue encendiendo una vela cada noche, mirando hacia la ventana que da a la calle, esperando ver a su hijo caminando hacia casa.
Te estoy esperando, Diego. Mamá está aquí. Siempre está aquí. Solo tienes que volver. susurra al aire como una plegaria que ha repetido miles. El caso que congeló Perú sigue abierto. La búsqueda continúa. La esperanza contra toda lógica persiste. Y en algún lugar del mundo, en alguna ciudad desconocida, tal vez Diego Alonso Vargas mira por una ventana, piensa en su madre y sueña con el día en que pueda volver a casa.
Porque esta historia no tiene final, no todavía. solo tiene una madre que no dejará de buscar, un país que no olvidará y una pregunta que sigue resonando en el aire, ¿dónde está Diego Vargas?















