La noche del 23 de diciembre de 1997, dos jóvenes consagrados a Dios desaparecieron de los terrenos del seminario palafoxiano en Puebla, México, dejando atrás solo sus hábitos religiosos cuidadosamente doblados sobre sus camas y una carta que cambiaría para siempre la percepción de fe de toda una comunidad.
Mariana Estrada, una novicia de 24 años a meses de pronunciar sus votos perpetuos y Roberto Campos, un seminarista de 26 años en su último año de preparación para la ordenación sacerdotal, se esfumaron sin dejar rastro en una de las noches más sagradas del calendario católico. Durante 17 años, sus familias buscaron respuestas en un silencio que parecía eterno.
¿Qué secreto tan poderoso pudo llevar a dos personas dedicadas a servir a Dios, a abandonar todo en la víspera de Navidad? y por qué cuando finalmente fueron encontrados, la verdad resultó ser más devastadora de lo que nadie había imaginado.
Puebla de Zaragoza, ubicada a 130 km al sureste de la Ciudad de México, es conocida como la ciudad de Los Ángeles y alberga una de las concentraciones más altas de iglesias coloniales en toda América Latina.
Con más de un millón y medio de habitantes en 1997, la ciudad mantenía una fuerte tradición católica que permeaba cada aspecto de la vida diaria. El seminario palafoxiano, fundado en 164, se erigía como una institución venerada en el corazón del centro histórico en la calle Cuatro sur, a pocas cuadras del Zócalo.
Sus muros de cantera gris habían formado a generaciones de sacerdotes y sus patios coloniales habían sido testigos de innumerables vocaciones que florecieron bajo la sombra de sus arcos. Mariana Guadalupe Estrada Rojas nació el 8 de abril de 1973 en San Andrés Cholula, un municipio conurbado con Puebla, famoso por su gran pirámide y sus 365 iglesias.
Era la segunda de cuatro hermanos en una familia de clase media trabajadora. Su padre, Arturo Estrada trabajaba como contador en una fábrica textil, mientras que su madre, Patricia Rojas, se dedicaba al hogar y a vender tamales los fines de semana en el mercado local para complementar los ingresos familiares. Desde niña, Mariana mostró una inclinación natural hacia la vida contemplativa.

Sus hermanos recordaban como durante las fiestas familiares ruidosas típicas de cualquier hogar mexicano, ella prefería retirarse a su habitación con un libro de vidas de santos o su rosario. Siempre fue diferente. Recordaría años después su hermana mayor Claudia. Mientras nosotros jugábamos en la calle, ella organizaba procesiones con nuestras muñecas.
A los 12 años ya había leído la Biblia completa dos veces. Mamá decía que Dios la había tocado especialmente, pero también nos preocupaba que no tuviera una niñez normal. Mariana era físicamente de estatura media, aproximadamente 1.62 m, con rasgos mestizos distintivos de la región poblana, piel morena clara, cabello negro lacio que le llegaba hasta la cintura cuando no lo llevaba recogido.
ojos café oscuro profundos que sus conocidos describían como siempre pensativos y una constitución delgada que se volvió aún más notoria durante sus años en el convento debido al ayuno frecuente. Tenía una pequeña cicatriz en la ceja izquierda, resultado de una caída de bicicleta en su infancia y un lunar distintivo en el lado derecho del cuello.
A los 18 años, inmediatamente después de terminar la preparatoria en una escuela católica del municipio, Mariana ingresó al convento de las hermanas de la caridad del Sagrado Corazón de Jesús, ubicado en la colonia El Carmen, al norte de la ciudad de Puebla. La congregación fundada en Francia en el siglo XIX se dedicaba principalmente a la educación de niñas de familias de escasos recursos y al cuidado de ancianos en asilos.
El convento era un edificio de dos plantas de estilo neocolonial, pintado de amarillo con molduras blancas, rodeado por un muro alto de ladrillo que lo separaba del bullicio de la avenida principal. Durante sus primeros 6 años como novicia, Mariana demostró ser una estudiante dedicada de teología y una trabajadora incansable en el asilo anexo al convento, donde atendía a 23 ancianos, la mayoría abandonados por sus familias.
Las hermanas mayores la describían como excepcionalmente piadosa, quizás hasta un grado que preocupaba. practicaba mortificaciones corporales más allá de lo recomendado por sus superioras. Ayunaba con frecuencia y pasaba horas en oración nocturna frente al santísimo sacramento en la capilla del convento. A veces la encontraba a las 3 de la mañanaarrodillada sobre el piso frío de piedra de la capilla, rezando con una intensidad que asustaba.
Confesaría más tarde Sora Angélica, quien había sido su mentora. Le pregunté una vez si estaba huyendo de algo a través de la oración y se echó a llorar. Me dijo que solo quería ser digna del amor de Dios, que sentía que nunca era suficiente lo que ofrecía. Roberto Javier Campos Salazar nació el 15 de noviembre de 1971 en Tlaxcala, capital del estado más pequeño de México, ubicado a solo 35 km al norte de Puebla.
Era hijo único de una familia profundamente religiosa. Su padre, Miguel Campos, era maestro de primaria en una escuela rural y su madre, Rosa Salazar, trabajaba como enfermera en el hospital general de la ciudad. La familia vivía en una casa modesta de dos plantas en el centro de Tlaxcala, cerca de la basílica de Ocotlán, uno de los santuarios marianos más importantes de la región.
Roberto medía aproximadamente uno, 78 met. Tenía complexión delgada, pero atlética por su afición al fútbol en sus años de adolescencia. Piel morena, cabello negro ondulado que llevaba corto, ojos café claro que sus conocidos describían como expresivos y cálidos, y una sonrisa que, según sus compañeros de seminario, iluminaba cualquier habitación.
tenía una voz grave y bien modulada que lo hacía destacar cuando leía durante las misas y manos largas y delgadas que sus profesores de piano decían eran perfectas para tocar música sacra. Desde joven, Roberto mostró interés por cuestiones espirituales, pero de una manera muy diferente a Mariana. Mientras ella buscaba la contemplación en la soledad, él encontraba a Dios en el servicio a los demás.
Durante la secundaria y preparatoria organizaba brigadas para llevar alimentos a comunidades indígenas en las montañas de Tlxcala y pasaba sus tardes enseñando catecismo a niños de colonias marginadas. Roberto no era de esos que parecían nacidos para el seminario. Recordaría años después el padre Ignacio Fernández, su párroco en Tlaxcala.
era normal, le gustaba el fútbol, tenía amigos, salía con ellos, pero había algo en él, una bondad genuina que no era fingida ni resultado de reglas religiosas. Simplemente quería ayudar a la gente y veía el sacerdocio como el mejor camino para hacerlo. A los 19 años, en 1990, Roberto ingresó al seminario palafoxiano para iniciar sus estudios de filosofía y teología.
El seminario, con su arquitectura colonial imponente albergaba aproximadamente 80 seminaristas en diferentes etapas de formación. La vida diaria seguía un horario estricto. Los jóvenes se levantaban a las 5:30 de la mañana para la oración de Laudes. Seguían con misa a las 6:30. Desayunaban en el refectorio común a las 7:15. asistían a clases de 8 a 2 de la tarde.
Tenían tiempo de estudio personal apostolado en parroquias locales y terminaban el día con la oración de vísperas a las 7 de la noche y completas a las 9 antes de el silencio nocturno. Roberto destacó desde el inicio por su capacidad académica y su don para la pastoral. Sus profesores notaban que tenía una habilidad natural para conectar con la gente, especialmente con los jóvenes que estaban perdiendo la fe o que nunca la habían tenido realmente.
Durante su formación fue asignado a realizar apostolado en diversas parroquias de colonias populares de Puebla, donde organizaba grupos juveniles y daba pláticas sobre la doctrina social de la Iglesia. En 1995, para su sexto año de seminario, Roberto fue designado para realizar su año de pastoral intensiva en instituciones de la Arquidiócesis.
Parte de su asignación incluía dar clases de teología moral a las novicias de diferentes congregaciones religiosas que operaban en Puebla. Esto no era inusual. El seminario y varios conventos femeninos tenían acuerdos de colaboración académica, ya que muchas congregaciones no contaban con suficientes recursos para contratar profesores especializados en todas las áreas teológicas necesarias para la formación de sus religiosas.
Fue en septiembre de 1995 cuando los caminos de Mariana y Roberto se cruzaron por primera vez de manera formal. El padre Luis Alberto Contreras, director de formación del seminario, había organizado un ciclo de conferencias sobre teología del cuerpo basado en las enseñanzas del Papa Juan Pablo II.
y Roberto fue uno de los tres seminaristas avanzados asignados para impartir las sesiones a grupos de religiosas de diferentes congregaciones. Mariana, junto con otras seis novicias de su convento, asistió a estas clases que se llevaban a cabo los martes y jueves por la tarde en un salón de la Casa de la Cultura Católica, un edificio anexo al seminario en la calle 6 Sur.
Las primeras semanas de clase transcurrieron con normalidad institucional. Roberto impartía las lecciones con profesionalismo. Mariana tomaba notas meticulosas y participaba ocasionalmente con preguntas teológicas bien formuladas que demostraban suestudio profundo de las escrituras. Sin embargo, algo imperceptible comenzó a cambiar en octubre de ese año.
Noté que después de las clases Mariana se quedaba haciendo preguntas adicionales. Recordaría más tarde Sor Teresa, la superiora del convento que acompañaba a las novicias a las sesiones. Al principio pensé que era simple curiosidad intelectual que estaba profundizando en su formación. Roberto respondía con paciencia, siempre rodeados de otras personas.
siempre apropiado. No había señales de alarma. Entonces, lo que nadie sabía era que esas conversaciones académicas estaban despertando en ambos algo que ninguno de los dos había experimentado antes, una conexión intelectual y emocional que trascendía los límites de lo apropiado para sus estados de vida.
Mariana, quien había suprimido durante años cualquier pensamiento relacionado con el afecto romántico, comenzó a notar que esperaba con anticipación los días de clase. Roberto, quien había sublimado sus necesidades de intimidad emocional en su vocación de servicio, encontraba que los intercambios con Mariana lo estimulaban de una manera que las conversaciones con sus compañeros seminaristas nunca lo habían hecho.
En diciembre de 1995, durante la última clase antes del receso navideño, Roberto mencionó un libro de Teresa de Ávila sobre la oración contemplativa que pensaba que Mariana encontraría interesante. Ella anotó el título Las moradas. Dos semanas después, cuando las clases se reanudaron en enero de 1996, Mariana le comentó que había conseguido el libro en la biblioteca del convento y lo había leído durante las vacaciones.
Me gustaría conversar sobre algunos pasajes que no logro comprender completamente, dijo ella después de clase con otras dos novicias presentes. Por supuesto, respondió Roberto. Podemos discutirlo en la próxima sesión o si prefieren puedo organizar una hora de consulta los viernes por la tarde en la biblioteca de la Casa de Cultura.
Está abierta para consultas de formación espiritual. Tres semanas después, el primer viernes de febrero de 1996, Mariana acudió sola a esa hora de consulta. Las otras novicias que habían mostrado interés inicial decidieron no asistir, abrumadas por sus propias responsabilidades en el convento. La biblioteca era un espacio amplio de dos plantas con estanterías de madera oscura que llegaban hasta el techo, iluminada por ventanas altas que daban a un patio interno con una fuente colonial.
Había mesas de lectura dispersas entre las estanterías y un silencio reverente permeaba el ambiente. Roberto y Mariana se sentaron en una mesa cerca de la sección de textos patrísticos con el libro de Santa Teresa abierto entre ellos. La conversación comenzó enfocada en la teología mística, pero gradualmente derivó hacia temas más personales, sus caminos vocacionales, sus dudas, sus miedos sobre el compromiso perpetuo que ambos estaban a punto de hacer.
“¿Nunca has dudado?”, preguntó Roberto en voz baja, mirando las páginas del libro, pero sin realmente leerlas. Todos hablamos de certeza vocacional, pero yo a veces me pregunto si uno puede estar completamente seguro de algo tan total. Mariana lo miró sorprendida. En su convento, tales dudas eran vistas como tentaciones que debían ser rechazadas inmediatamente y confesadas.
Pero escuchar a alguien más, especialmente alguien tan admirado por su aparente solidez vocacional, admitir incertidumbre, la liberó de una carga que no sabía que estaba cargando todo el tiempo, respondió ella, su voz apenas un susurro. Me aterra pensar que estoy haciendo esto por razones equivocadas, porque es lo que mi familia espera, porque no sé qué más hacer con mi vida, pero luego pienso que esas dudas son pruebas de Dios, que debo superarlas con más oración, más sacrificio.
Esa conversación duró 3 horas. Cuando la bibliotecaria les indicó que el lugar cerraría en 15 minutos, ambos se sorprendieron del tiempo transcurrido. Se despidieron formalmente, pero algo fundamental había cambiado. Por primera vez en sus vidas religiosas, ambos habían encontrado a alguien con quien podían ser completamente honestos sobre sus luchas internas.
Los viernes siguientes se convirtieron en una cita regular, no oficial. Mariana siempre llegaba con preguntas preparadas sobre algún texto teológico, manteniendo la fachada de consulta académica. Roberto siempre tenía libros recomendados, referencias, citas de los padres de la iglesia, pero las conversaciones invariablemente derivaban hacia lo personal, compartiendo gradualmente más de sus vidas, sus historias, sus sueños abandonados.
En abril de 1996, después de dos meses de estos encuentros semanales, Roberto se dio cuenta con horror de lo que estaba sucediendo. Después de la sesión de ese viernes, regresó al seminario y pasó la noche entera en la capilla, luchando con emociones que había prometido nunca sentir.
A la mañana siguiente pidióhablar con su director espiritual, el padre Marcos Delgado, un sacerdote franciscano de 60 años con décadas de experiencia en formación de seminaristas. He desarrollado sentimientos inapropiados hacia una de las religiosas que asiste a las clases”, confesó Roberto sin mencionar nombres. No ha pasado nada impropio, solo conversaciones, pero me doy cuenta de que espero verla, que pienso en ella, que nuestras charlas me llenan de una manera que la oración ya no lo hace.
No sé qué hacer. El padre Marcos escuchó en silencio sus manos entrelazadas sobre el escritorio de su pequeña oficina en el segundo piso del seminario. Había escuchado confesiones similares docenas de veces a lo largo de los años. La formación sacerdotal era larga y exigente, y no era raro que los seminaristas, especialmente aquellos en sus 20 años, enfrentaran crisis relacionadas con el celibato y la necesidad humana de intimidad.
Hijo”, dijo finalmente, su voz calmada, pero firme. “Lo que sientes es humano, pero también es una señal de que has bajado las defensas espirituales que todo sacerdote debe mantener. El afecto que describes podría ser una amistad espiritual legítima, pero dada tu descripción de tus sentimientos, sospecho que ha cruzado hacia algo más.
Mi recomendación es clara. Debes cesar inmediatamente todo contacto privado con esta persona. Las clases grupales pueden continuar, pero no más encuentros a solas y debes intensificar tu vida de oración y penitencia. Roberto asintió, salió de esa oficina determinado a seguir el consejo. El viernes siguiente, cuando llegó la hora de la consulta en la biblioteca, no se presentó.
Dejó un mensaje con la bibliotecaria para Mariana. Disculpe, pero las horas de consulta individual han sido canceladas debido a otras responsabilidades pastorales. Las preguntas pueden ser dirigidas durante las sesiones grupales. Mariana recibió el mensaje con una mezcla de alivio y devastación. Ella también había estado luchando con sentimientos que no podía nombrar, que la hacían sentir culpable cada vez que rezaba.
Había aumentado sus ayunos, se había disciplinado con más frecuencia, había pasado noches enteras en oración pidiendo que Dios quitara de su corazón lo que fuera que estaba creciendo ahí. Pero el mensaje de Roberto, tan formal y distante le dolió de una manera que no esperaba. Durante los siguientes dos meses, de mayo a junio de 1996, ambos mantuvieron distancia.
Roberto se enfocó obsesivamente en sus estudios y su apostolado parroquial. Mariana se sumergió en el trabajo en el asilo del convento, atendiendo a los ancianos con una dedicación renovada que sus hermanas notaron y elogiaron. Las clases grupales continuaron, pero Roberto evitaba contacto visual directo con Mariana y ella dejó de hacer preguntas después de las sesiones, pero la ausencia, lejos de extinguir lo que sentían, lo intensificó.
Roberto descubrió que no rezaba sin que su mente divagara hacia Mariana. Mariana encontraba que los textos espirituales que antes la consolaban ahora le parecían vacíos. Ambos estaban experimentando lo que siglos de tradición monástica habían advertido, que el corazón humano, una vez ha probado conexión genuina con otro ser humano, no puede simplemente desear esa necesidad fuera de existencia.
El 28 de junio de 1996, día de la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, Mariana tomó una decisión que cambiaría ambas vidas. Durante la adoración nocturna del santísimo en la capilla de su convento, mientras las otras hermanas dormían, escribió una carta. No era una carta de amor en el sentido romántico tradicional, pero era una confesión completa de todo lo que había estado sintiendo, pensando, luchando desde febrero.
Escribió sobre su confusión, sobre cómo las conversaciones con Roberto habían despertado en ella un deseo de ser conocida. verdaderamente por otra persona, sobre su terror de que tal vez su vocación religiosa era una huida de la complejidad de las relaciones humanas en lugar de un llamado genuino de Dios. No puedo nombrarlo amor porque no sé qué es el amor más allá de lo que he leído en libros.
Escribió con su letra pequeña y apretada en hojas de papel del cuaderno donde tomaba sus notas de teología. Pero sé que cuando hablamos me siento vista de una manera que nunca me he sentido, ni siquiera por Dios en la oración. Y eso me aterra. Porque si Dios es el amor infinito, ¿cómo es posible que una conversación con un humano me haga sentir más amada que años de vida religiosa? ¿Es esto una tentación o es Dios tratando de decirme algo sobre la vocación que elegí demasiado joven? Al día siguiente, después de la misa
matutina, cuando las noticias salieron brevemente del convento para asistir a sus clases semanales en la Casa de Cultura, Mariana se separó del grupo con la excusa de usar el baño. En lugar de eso, caminó rápidamente hacia el seminario, que estaba a dos cuadras.Sabía que los seminaristas desayunaban en el refectorio alrededor de esa hora.
le pidió al portero, don Esteban, un hombre mayor que conocía de las ocasiones en que el convento y el seminario coordinaban eventos que entregara un sobre a Roberto Campos. Es material de una clase que él solicitó. mintió, su corazón golpeando tan fuerte que temía que don Esteban pudiera escucharlo.
Don Esteban, sin sospechar nada impropio en la entrega de material académico, asintió y prometió darle el sobre a Roberto después del desayuno. Roberto recibió la carta una hora después, cuando regresaba a su habitación después de sus clases matutinas. Su nombre estaba escrito en el sobre con una letra que reconoció inmediatamente, a pesar de que solo había visto sus notas de clase en un par de ocasiones.
Con las manos temblando, cerró la puerta de su habitación individual, un cuarto pequeño de 3 por 4 met con una cama estrecha, un escritorio, un crucifijo en la pared y una ventana que daba al patio interior del seminario. leyó la carta tres veces. Con cada lectura sentía que el suelo bajo sus pies se volvía menos sólido.
Mariana había puesto en palabras lo que él no se había atrevido a articular, ni siquiera en sus pensamientos más privados. Y al hacerlo, había roto el dique que él había estado construyendo cuidadosamente durante dos meses. Durante una semana, Roberto guardó la carta escondida dentro de su ejemplar, de la suma teológica en su habitación.
La leía cada noche antes de dormir y cada mañana se despertaba decidido a ignorarla, a no responder, a dejar que el silencio fuera su respuesta. Pero el 5 de julio de 1996, después de otra noche insomne, Roberto escribió su propia carta. Su respuesta era más contenida que la de Mariana, más teológica en su lenguaje, pero igualmente reveladora en su honestidad.
escribió sobre su propia lucha, sobre cómo había elegido el seminario a los 19 años, sin realmente entender lo que significaba renunciar a la intimidad humana para siempre. escribió sobre su miedo de que sus motivaciones para el sacerdocio fueran más sobre cumplir las expectativas de sus padres y su comunidad que sobre un llamado genuino.
Y escribió sobre cómo conocerla había sido simultáneamente lo mejor y lo más aterrador que le había pasado en su formación. No sé qué hacer con esto, escribió. Toda mi vida he sido el hijo obediente, el estudiante modelo, el futuro sacerdote ejemplar, pero nunca he sido yo mismo, quien sea que eso sea. Contigo en esas conversaciones, por primera vez sentí que podía ser honesto, que no tenía que actuar una versión de mí mismo que la institución aprueba.
¿Es eso amor o es simplemente el alivio de ser visto? Roberto logró entregar su carta a través de un método similar, dándosela a una religiosa mayor que conocía del apostolado parroquial, pidiéndole que la entregara a Mariana con la excusa de que era material de estudio que ella había solicitado. Así comenzó una correspondencia clandestina que duraría casi año y medio.
Entre julio de 1996 y noviembre de 1997, Mariana y Roberto intercambiaron 37 cartas. Desarrollaron un sistema elaborado para su entrega. Usaban intermediari inocentes que creían estar entregando material académico. Escondían cartas en libros que se prestaban a través de la biblioteca compartida y ocasionalmente se arriesgaban a breves encuentros casuales en espacios públicos como la librería católica del centro o durante eventos religiosos masivos donde su presencia no levantaría sospechas.
En esas cartas exploraron no solo sus sentimientos mutuos, sino cuestionamientos fundamentales sobre vocación, fe, institución y autenticidad. Mariana escribió sobre su creciente convicción de que había elegido la vida religiosa como una forma de escape de un mundo que la intimidaba y que estaba usando la santidad como máscara de su miedo a ser vulnerable.
Roberto escribió sobre su desilusión con aspectos de la institución eclesiástica, el clericalismo, el autoritarismo, la hipocresía que veía en algunos de sus superiores, que predicaban humildad mientras disfrutaban de privilegios. Pero también escribieron sobre amor de una manera que ambos reconocían como peligrosa para sus votos.
No era un amor puramente platónico o espiritual, a pesar de cuánto trataban de enmarcar sus sentimientos en esos términos. Era amor humano con todo su deseo de cercanía física, de futuro compartido, de intimidad en todos sus niveles. En agosto de 1997, Mariana estaba programada para hacer sus votos perpetuos en enero de 1998.
Roberto estaba previsto para ser ordenado diácono en marzo de 1998, un paso que lo comprometería de manera irrevocable hacia la ordenación sacerdotal 6 meses después. Ambos enfrentaban un plazo que se acercaba inexorablemente. En septiembre de 1997, durante uno de sus encuentros casuales en los jardines del exconvento de Santa Mónica, ahora un museo de arte religiosoque ambos tenían razones legítimas para visitar, tuvieron una conversación que duró apenas 10 minutos, pero que definiría todo lo que vendría después.
No puedo hacer los votos perpetuos sintiendo lo que siento”, dijo Mariana, sus ojos fijos en una fuente colonial del jardín, evitando mirarlo directamente. Sería una mentira ante Dios y ante mí misma, pero tampoco puedo simplemente irme. Mi familia ha invertido tanto emocionalmente en mi vocación.
Para ellos soy la hija que está con Dios. Si me voy, los destrozo. Yo podría renunciar al seminario, respondió Roberto, su voz apenas audible sobre el sonido del agua de la fuente. Podría volver a Tlaxcala, encontrar trabajo, quizás terminar una licenciatura secular. Pero mi madre, mi madre ha soñado con el día de mi ordenación desde que yo tenía 6 años.
La mataría. Entonces, ¿qué hacemos?, preguntó Mariana finalmente girando para mirarlo. Seguimos con nuestras vidas como si esto nunca hubiera pasado. Pronuncio votos que no puedo cumplir. Te ordenas sabiendo que parte de tu corazón está en otro lugar. Roberto no tenía respuesta. Se separaron ese día sin haber resuelto nada, pero ambos sabían que no podían continuar indefinidamente en ese limbo.
En octubre de 1997, Mariana comenzó a tener ataques de pánico durante la oración. Sus hermanas notaron que había perdido peso, que dormía mal, que a veces la encontraban llorando sin explicación en la capilla. La superiora la envió con un sacerdote confesor, pero Mariana no podía confesarle la verdad completa sin exponerse a la expulsión inmediata del convento o peor, sin exponer a Roberto a consecuencias similares en el seminario.
Roberto, por su parte, comenzó a cometer errores en sus responsabilidades. olvidaba citas pastorales, perdía el hilo durante las discusiones teológicas en clase y sus superiores notaron una distracción preocupante en alguien que normalmente era ejemplarmente enfocado. En noviembre de 1997 tomaron una decisión que ambos sabían era probablemente la única salida, pero que también era la más difícil.
Dejarían sus respectivas instituciones y comenzarían una vida juntos. fuera de la vida religiosa, pero no lo harían de manera que avergonzara a sus familias o instituciones públicamente, simplemente desaparecerían. La idea no nació de un plan elaborado, sino de una conversación sobre los casos de religiosos que habían abandonado sus votos a lo largo de la historia de la Iglesia.
Mariana mencionó haber leído sobre una religiosa española en el siglo XIX que simplemente desapareció una noche y décadas después se descubrió que había estado viviendo una vida secular en otra ciudad. Roberto comentó que había oído de seminaristas que habían fingido emergencias familiares para salir de sus instituciones y nunca regresar.
Si simplemente nos vamos sin explicación, durante un tiempo nuestras familias e instituciones nos buscarán, dijo Roberto durante una de sus últimas conversaciones en persona, esta vez en un café pequeño en las afueras de Puebla, lejos de donde alguien podría reconocerlos. Pero eventualmente asumirán que algo nos pasó, que tuvimos algún tipo de crisis vocacional privada o incluso que murimos.
El dolor inicial será terrible, pero con el tiempo tendrán cierre. Mientras que si nos vamos abiertamente juntos, el escándalo perseguirá para siempre. Seremos los religiosos que se fugaron. La vergüenza de sus familias. Mariana sabía que había una lógica retorcida en ese razonamiento, pero también sabía que era egoísta.
estaban eligiendo proteger sus propias imágenes y minimizar su culpa social a costa del sufrimiento psicológico de sus seres queridos. Pero en ese momento, sumergida en su propia confusión y desesperación, parecía el mal menor. Decidieron que su partida sería el 23 de diciembre de 1997, dos días antes de Navidad. La fecha era estratégica.
Las instituciones religiosas estarían ocupadas con preparativos navideños. Habría celebraciones y movimiento constante que haría su ausencia menos notoria inicialmente y para cuando alguien realmente notara que faltaban, habrían pasado varias horas críticas. En las semanas previas, ambos prepararon meticulosamente. Roberto, que recibía una pequeña asignación mensual del seminario para gastos personales, aproximadamente 200 pesos mexicanos, equivalentes a unos $5 de esa época, había estado ahorrando durante meses. Tenía aproximadamente
pesos guardados. Mariana, que no recibía dinero, pero tenía acceso a una cuenta bancaria con ahorros de antes de entrar al convento, que su familia nunca había cerrado, había logrado retirar 3000 pesos durante visitas médicas al centro de la ciudad, donde podía pasar por un cajero automático sin levantar sospechas.
Roberto investigó discretamente sobre trabajo temporal en otras ciudades. decidieron que irían a Veracruz, una ciudad portuaria del Golfo de México, suficientemente lejos de Puebla,aproximadamente 300 km, pero lo suficientemente grande para que dos personas pudieran perderse en su anonimato.
Roberto había encontrado anuncios en el periódico de empleos en el sector turístico que no requerían documentación extensa. La noche del 22 de diciembre de 1997, Roberto escribió una carta breve dirigida al padre Luis Alberto Contreras, su director de formación. La dejó sobre su escritorio en su habitación del seminario. Padre Luis Alberto, cuando lea esto ya me habré ido.
No puedo explicarle completamente las razones. Solo puedo decirle que he descubierto que mi vocación sacerdotal no era el verdadero llamado que Dios tenía para mí. Sé que esto causará dolor y confusión, y por eso lo lamento profundamente. Pero continuar sería una mentira más grande que irme. Por favor, no me busquen. Necesito encontrar mi propio camino fuera de estas paredes.
Ruego sus oraciones, no su comprensión, porque sé que no puedo pedirla. Roberto Mariana escribió una carta similar para su superiora. Madre Teresa, perdóneme por causar este sufrimiento. He luchado durante años con una verdad que no podía admitir, que elegí esta vida por razones equivocadas, huyendo de miedos en lugar de corriendo hacia Dios.
No puedo hacer votos perpetuos que sé que no podré mantener. Me voy porque amo demasiado a esta comunidad como para contaminarla con mi falsedad. Por favor, dígale a mi familia que los amo, pero que debo hacer esto. Mariana, ninguna de las cartas mencionaba al otro. Ambos habían acordado que era mejor dejar que sus respectivas instituciones pensaran que fueron crisis vocacionales independientes, no un escape romántico que solo añadiría escándalo.
La tarde del 23 de diciembre de 1997 fue inusualmente fría para Puebla. La temperatura había bajado a cerca de 8 grados celsus y un viento helado bajaba de las montañas cercanas. En el convento de las hermanas de la caridad, las religiosas se preparaban para la celebración de la nochebuena del día siguiente.
Habían decorado el árbol de Navidad en el salón comunitario, y el olor a ponche de frutas y tamales recién hechos llenaba los pasillos. Mariana participó en todas las actividades con una normalidad que requirió toda su fuerza de voluntad. Ayudó a decorar, cantó villancicos con sus hermanas, incluso bromeó durante la cena comunitaria.
Esa noche, después de completas a las 9, las religiosas se retiraron a sus habitaciones. Mariana compartía una habitación pequeña con otra novicia, hermana Lucía, pero sabía que Lucía era una durmiente profunda. A las 11 de la noche, cuando los ronquidos suaves de Lucía indicaban que dormía profundamente, Mariana se levantó silenciosamente.
estaba completamente vestida debajo de su camisón con ropa civil que había guardado en una pequeña mochila, jeans, una sudadera y una chamarra. se quitó su hábito blanco de novicia con manos temblorosas y lo dobló cuidadosamente sobre su cama, colocando encima su rosario y su breviario. Era su manera de decir, esto ya no es mío.
Tomó su mochila y salió de la habitación descalza, llevando sus zapatos en la mano para no hacer ruido en el piso de madera del pasillo. El convento tenía una puerta lateral que daba a un callejón usada por las hermanas que trabajaban turnos nocturnos en el hospital cercano. Mariana sabía que esa puerta solo tenía un cerrojo simple, no alarma.
La abrió lentamente, el chirrido de las bisagras sonando ensordecedor en el silencio nocturno y salió al callejón oscuro. El aire frío le golpeó el rostro y por un momento se quedó paralizada, mirando hacia atrás a la única vida que había conocido desde los 18 años. Entonces cerró la puerta. En el seminario palafoxiano, Roberto estaba ejecutando un plan similar.
Los seminaristas tenían más libertad de movimiento que las religiosas, especialmente aquellos en años avanzados como él. No era inusual que salieran ocasionalmente por razones pastorales, incluso en horas menos convencionales. Roberto esperó hasta las 11:30, cuando sabía que don Esteban, el portero nocturno, hacía su ronda de revisión en el segundo piso del seminario, dejando la portería vacía por al menos 10 minutos. Se vistió con ropa civil.
Pantalones de mezclilla, una camisa, un suéter y su única chamarra. Dejó su alzacuello sacerdotal, su breviario y su crucifijo cuidadosamente ordenado sobre su cama, junto con la carta para el padre Contreras. Tomó una pequeña maleta que había preparado y salió de su habitación. El corredor estaba en penumbra, iluminado solo por las lámparas de vigilia que ardían frente a las imágenes religiosas.
Podía escuchar respiraciones profundas detrás de algunas puertas, un susurro de oraciones privadas detrás de otras. Bajó las escaleras de piedra que conducían al patio principal, atravesó rápidamente el claustro y llegó a la portería. Don Esteban no estaba. Roberto abrió la pesada puerta de madera del seminario,salió a la calle Cuatro sur y la cerró detrás de él.
Mariana estaba esperando en la esquina de Se sur con 13 oriente a tres cuadras del seminario, como habían acordado. Cuando lo vio caminar hacia ella bajo la tenue luz de los faroles coloniales, algo en su interior se quebró y se reconstruyó simultáneamente. Ambos se quedaron mirándose por un momento, ninguno sabiendo qué decir o hacer.
No se abrazaron, no se tomaron de las manos, simplemente comenzaron a caminar juntos hacia la terminal de autobuses CAPU, central de autobuses de Puebla, ubicada a aproximadamente 4 km al norte del centro histórico. Caminaron en silencio por casi una hora a través de calles vacías decoradas con luces navideñas, pasando iglesias donde se preparaban belenes para las celebraciones.
En sus mentes probablemente reproducían imágenes de todo lo que estaban dejando atrás, rostros de seres queridos, espacios sagrados donde habían rezado miles de horas, comunidades que los habían formado y amado. Llegaron a la CAPU cerca de la 1 de la mañana. La terminal estaba relativamente vacía a esa hora.
Con solo algunos viajeros nocturnos y empleados somnolientos en los mostradores, compraron dos boletos en la línea ADO para el autobús de las 2 de la mañana a Veracruz. El viaje duraría aproximadamente 5 horas, llegando al puerto alrededor de las 7 de la mañana del 24 de diciembre. Mientras esperaban en las sillas plásticas de la sala de espera, Mariana finalmente habló.
Su voz apenas audible sobre el sonido de los anuncios de partidas. Estamos cometiendo un terrible error. Roberto la miró. Sus ojos estaban rojos y supo que ella había estado llorando durante la caminata en silencio. “No lo sé”, respondió con una honestidad brutal. “Tal vez probablemente, pero el error de quedarnos habría sido peor.” A las 2 de la mañana abordaron el autobús.
Tomaron asientos en la parte trasera, alejados de los pocos pasajeros que viajaban. Cuando el autobús salió de la terminal y se dirigió hacia la carretera federal 150D, que conecta Puebla con Veracruz, ambos miraron por las ventanas hacia la ciudad que desaparecía detrás de ellos, las luces de sus iglesias coloniales parpadeando en la distancia como estrellas distantes.
Ninguno de los dos durmió durante el viaje. se quedaron sentados uno al lado del otro sin tocarse, cada uno perdido en sus propios pensamientos sobre lo que acababan de hacer y lo que les esperaba. El 24 de diciembre de 1997, alrededor de las 6 de la mañana, cuando las hermanas se despertaron para la oración de Laudes en el convento, Sor Lucía notó que Mariana no estaba en su cama.
Al principio pensó que había ido al baño o a la capilla temprano para oración privada, algo que Mariana hacía ocasionalmente. Pero cuando Mariana no apareció para Laudes a las 6:30 y luego tampoco para la misa de las 7, Sor Lucía se preocupó y notificó a la superiora. Sor Teresa, la superiora, fue inmediatamente a la habitación de Mariana y encontró su hábito doblado sobre la cama junto con su rosario y breviario.
Su corazón se hundió. Esto no era una ausencia casual, era una partida deliberada. Registraron el convento completamente, revisaron el asilo anexo, preguntaron a todas las hermanas. Nadie había visto a Mariana desde la noche anterior. Casi simultáneamente en el seminario palafoxiano, durante el desayuno de las 7:15, uno de los compañeros de Roberto notó su ausencia.
Roberto era puntual obsesivamente, especialmente para comidas comunitarias. El padre Contreras fue notificado y subió a la habitación de Roberto para encontrar su alzacuello, breviario, crucifijo y la carta de despedida. A las 8 de la mañana del 24 de diciembre, tanto el convento como el seminario estaban en crisis.
Las superioras contactaron inmediatamente a las familias. Los padres de Mariana, Arturo y Patricia recibieron la llamada mientras preparaban el almuerzo de Nochebuena en su casa de Cholula. Patricia comenzó a gritar histéricamente mientras Arturo intentaba obtener información coherente de sorteresa sobre qué había pasado exactamente.
Los padres de Roberto, Miguel y Rosa recibieron noticias similares en Tlaxcala. Rosa, que había estado toda esa semana preparando la casa para recibir a Roberto el 25 de diciembre, tenía permiso para pasar el día de Navidad con su familia. Se derrumbó. Miguel, tratando de mantener la compostura, comenzó inmediatamente a hacer llamadas.
Roberto había tenido algún problema, algún conflicto, había mencionado dudas vocacionales. A las 9 de la mañana, ambas familias habían contactado a la policía municipal de Puebla para reportar desapariciones. El agente que tomó el reporte del seminario, el comandante Héctor Ramírez Soto, tenía 30 años de experiencia en la policía municipal.
Había manejado decenas de casos de personas desaparecidas. la mayoría resueltos en 48 horas, jóvenes que habían salido de fiesta y perdido la noción del tiempo, personascon problemas mentales que deambulaban desorientadas, raramente algo criminal. Pero este caso era diferente. Dos religiosos de diferentes instituciones, pero de la misma ciudad, desaparecidos la misma noche, dejando cartas de despedida que sugerían crisis vocacionales, pero sin especificar a dónde iban.
El comandante Ramírez, que era católico devoto y conocía personalmente a varios sacerdotes del seminario, sintió que había más en la historia. ¿Existe alguna conexión entre el seminarista Roberto Campos y la novicia Mariana Estrada? Preguntó a las respectivas instituciones. Inicialmente, ambas instituciones negaron conocer de alguna conexión.
Sin embargo, cuando el comandante Ramírez preguntó específicamente sobre las clases que Roberto impartía, la madre Teresa recordó que Mariana había asistido a esas sesiones el año anterior. Verificaron los registros. Sí, Mariana había estado en el grupo de novicias que tomó el ciclo de teología del cuerpo durante 1995 y parte de 1996.
Esta información cambió la dirección de la investigación. El comandante Ramírez inmediatamente sospechó que no estaba tratando con dos crisis vocacionales independientes, sino con una posible fuga conjunta. entrevistó a seminaristas y novicias que habían asistido a las mismas clases.
Nadie reportó haber visto algo inapropiado entre Roberto y Mariana, pero varias personas mencionaron que Mariana hacía muchas preguntas después de clase y que Roberto era muy paciente al responder. La bibliotecaria de la Casa de Cultura cuando fue entrevistada, recordó que Mariana había venido varias veces durante los viernes por la tarde en 1996 para consultas sobre textos teológicos con Roberto.
Siempre habían estado en la biblioteca, rodeados de otras personas, nunca nada visiblemente impropio. Pero ahora, bajo la luz de su desaparición simultánea, esas sesiones tomaban un significado diferente. Para la tarde del 24 de diciembre, mientras las familias mexicanas celebraban Nochebuena, las familias Estrada y Campos estaban sumidas en desesperación.
Patricia Estrada no dejaba de llorar, alternando entre culparse a sí misma. Presioné demasiado su vocación. Estaba ahí y culpar a instituciones desconocidas que le hicieron en ese convento. Arturo, más pragmático, pero igualmente destrozado, había comenzado a imprimir volantes con la foto de Mariana, preparándose para distribuirlos por toda la ciudad.
Rosa Campos estaba bajo cuidado médico, sedada después de un ataque de pánico severo. Miguel había contactado a todos los conocidos de Roberto en Tlaxcala, Puebla y lugares donde había hecho apostolado, preguntando si alguien lo había visto. Nadie tenía información. La policía verificó terminales de autobuses, estaciones de tren, el pequeño aeropuerto de Puebla.
En ese entonces, 1997, la tecnología de vigilancia era limitada. No había cámaras de seguridad extensivas, no había celulares con GPS, no había redes sociales para rastrear. Las personas podían literalmente desaparecer si se lo proponían. Sin embargo, un empleado de la CAPU recordó haber vendido dos boletos a una pareja joven la madrugada del 24 de diciembre, alrededor de la 1 de la mañana.
La mujer llevaba una sudadera con capucha que le cubría la mayor parte del rostro, pero recuerdo que parecía que había estado llorando. El hombre era alto, delgado, también nervioso. Compraron boletos para Veracruz en efectivo. Esta descripción vaga coincidía vagamente con Roberto y Mariana, pero no era suficientemente específica para confirmar.
Aún así, el comandante Ramírez contactó a la policía de Veracruz para alertarlos sobre dos personas desaparecidas que posiblemente habían llegado a su ciudad. Roberto y Mariana llegaron a Veracruz el 24 de diciembre de 1997, alrededor de las 7 de la mañana. La ciudad portuaria despertaba lentamente para las celebraciones navideñas.
El clima era radicalmente diferente a Puebla. Calor húmedo, aires alado del Golfo de México, palmeras meciéndose en la brisa tropical, un ambiente relajado que contrastaba con la solemnidad colonial de la ciudad que habían dejado. Se registraron en un hotel pequeño y económico en el centro de Veracruz, cerca del malecón, usando sus nombres reales, pero sin proporcionar información adicional.
En 1997, muchos hoteles pequeños en México no requerían identificación extensa, especialmente si pagabas en efectivo por adelantado. Tomaron una habitación con dos camas individuales, manteniendo aún cierta distancia física a pesar de todo lo que habían dejado por estar juntos. Durante los primeros días, apenas salieron del hotel, veían las noticias locales de Puebla en un televisor pequeño, esperando con terror ver sus rostros en reportes de personas desaparecidas.
Efectivamente, el 26 de diciembre, una estación local de Puebla mostró brevemente fotos de ambos, describiendo sus desapariciones como preocupantes y pidiendo cualquier información al público.Todavía podemos regresar. dijo Mariana esa noche sentada en el borde de su cama mirando su propia foto en la pantalla.
Han pasado solo dos días. Podríamos decir que tuvimos crisis momentáneas, que necesitábamos tiempo para pensar que Y entonces, ¿qué? interrumpió Roberto. Volvemos para hacer votos que sabemos que no podemos cumplir. Vivimos vidas enteras como mentiras. No regresaron. Con el paso de las semanas, el dinero que tenían comenzó a agotarse.
Roberto encontró trabajo como mesero en un restaurante turístico en el Malecón, usando el nombre Javier Sánchez. Mariana consiguió empleo en una tienda de artesanías diciendo llamarse María Robles. Ambos habían adoptado apellidos comunes que no llamarían la atención. Alquilaron un cuarto pequeño en una vecindad en la colonia Ricardo Flores Magón.
un barrio de clase trabajadora de Veracruz. Era un espacio de aproximadamente 20 m² con una cama, una estufa pequeña, un baño compartido en el pasillo. Era todo lo que podían pagar con sus salarios combinados de aproximadamente 2,500 pesos mensuales, equivalente a unos 300 de la época. Durante esos primeros meses, su relación existió en un estado extraño de intimidad emocional, pero distancia física.
Dormían en la misma cama por necesidad espacial, pero se mantenían en lados opuestos. No hubo intimidad sexual durante casi se meses después de su llegada a Veracruz. Ambos cargaban demasiada culpa, demasiado condicionamiento religioso para traspasar ese umbral fácilmente. Su primer beso ocurrió en junio de 1998 después de regresar de una caminata por el malecón.
No fue romántico o planeado, simplemente sucedió una culminación de meses de tensión emocional no resuelta. Después, ambos lloraron, no de felicidad, sino de una mezcla compleja de alivio, culpa, confusión y miedo. En Puebla, mientras tanto, la búsqueda había continuado intensamente durante los primeros tres meses. Las familias Estrada y Campos habían pegado volantes por toda la ciudad, habían aparecido en programas locales de televisión, habían contactado a organizaciones de personas desaparecidas.
El comandante Ramírez había seguido pistas en Veracruz, pero sin éxito. La pareja que el empleado de la CAPU había visto nunca fue definitivamente identificada como Roberto y Mariana. Para mediados de 1998, sin nuevas pistas y con recursos policiales limitados, la investigación activa prácticamente cesó.
Los expedientes de Roberto y Mariana fueron archivados en el creciente número de casos de personas desaparecidas sin resolver en México. Un país que para finales de los 90s ya enfrentaba miles de desapariciones anuales relacionadas con violencia criminal, tráfico humano y migración. Las familias nunca se rindieron emocionalmente, pero tuvieron que aprender a vivir con la ambigüedad devastadora de no saber.
Patricia Estrada desarrolló depresión crónica tratada con medicación y terapia. Su matrimonio con Arturo se tensó bajo el peso del dolor compartido. Se divorciaron en 2001, aunque ambos continuaron buscando a Mariana independientemente durante años. Rosa Campos murió en 2003 a los 62 años de un infarto. Los médicos dijeron que era una condición cardíaca preexistente, pero Miguel siempre creyó que había muerto de corazón roto.
Roberto y Mariana en Veracruz construyeron una vida modesta pero estable. Se casaron civilmente en 1999 bajo sus nombres falsos, con testigos que eran compañeros de trabajo, que los conocían superficialmente. Nunca pudieron casarse en la iglesia, por supuesto, y evitaban todo contacto con instituciones católicas, un alejamiento que les causaba dolor constante.
Roberto encontró eventualmente trabajo más estable como contador en un pequeño negocio de exportación de café. Mariana trabajó en diferentes lugares, tiendas, una escuela primaria como asistente administrativa, eventualmente en la recepción de un pequeño hotel. Nunca tuvieron hijos, una decisión consciente motivada por múltiples factores, el miedo a ser descubiertos, si tenían que registrar un nacimiento, la inestabilidad de sus identidades falsas y, más profundamente, una ambivalencia sobre traer una vida al mundo cuando ellos mismos sentían que
vivían vidas fundamentalmente falsas. Durante 17 años vivieron en un exilio psicológico constante. No podían visitar a sus familias, no podían contactarlos, no podían siquiera buscar información sobre ellos sin arriesgarse a ser rastreados. Celebraban cumpleaños y aniversarios en privado con una tristeza subyacente de todo lo que habían perdido.
Roberto ocasionalmente compraba periódicos de Puebla cuando los encontraba en algún puesto buscando cualquier mención de sus familias. Mariana escribía cartas que nunca enviaba, describiéndole a su madre sobre su vida, diciéndole que estaba bien, pidiéndole perdón una y otra vez. Su relación era compleja. Se amaban genuinamente, de eso no había duda, pero ese amor estaba perpetuamentecontaminado por la culpa de cómo había comenzado y el dolor de lo que había costado.
Tenían periodos de relativa felicidad, pero también periodos de depresión profunda donde uno o ambos cuestionaban cada decisión que habían tomado. En 2010, con el crecimiento de internet y redes sociales, tuvieron que ser aún más cautelosos. Roberto encontró menciones online de sus desapariciones, artículos en blogs sobre casos sin resolver de Puebla, páginas de Facebook creadas por sus familias buscándolos.
Ver los rostros de sus padres envejecidos suplicando información fue devastador. A mediados de 2014, Roberto comenzó a mostrar signos de depresión severa. Había perdido peso, dormía mal, se aislaba incluso de Mariana. Ella notó que volvía a rezar en privado, algo que ambos habían abandonado en los años inmediatamente después de dejar Puebla.
Lo encontró una noche arrodillado en el pequeño balcón de su departamento. Para entonces vivían en un lugar ligeramente mejor en la colonia Reforma, sollozando incontrolablemente. “No puedo más con esto”, le dijo cuando ella trató de consolarlo. “Llevamos 17 años viviendo esta mentira. Nuestros padres han pasado 17 años sin saber si estamos vivos o muertos.
¿Qué clase de personas somos? Dejamos la vida religiosa porque supuestamente queríamos vivir con integridad, ser honestos, pero hemos construido una vida entera sobre una mentira gigante. Mariana no podía argumentar en contra porque sentía lo mismo. La culpa que habían suprimido durante años estaba finalmente emergiendo de manera que ya no podían ignorar.
En agosto de 2014, Roberto enfermó gravemente. Inicialmente pensaron que era una gripe fuerte, pero cuando la fiebre persistió durante días y comenzó a tener dificultad para respirar, Mariana lo llevó a un hospital público de Veracruz. Los médicos diagnosticaron neumonía severa complicada con tuberculosis, probablemente contraída en el restaurante donde trabajaba, que tenía ventilación pobre y donde varios empleados habían estado enfermos recientemente.
Roberto fue hospitalizado durante tres semanas. Los médicos dijeron que su sistema inmunológico estaba comprometido, posiblemente por estrés crónico y depresión. Durante su estancia en el hospital, delirando por la fiebre alta, Roberto hablaba en sus sueños sobre el seminario, sobre sus padres, sobre Mariana en el convento. Las enfermeras asumían que eran memorias confusas de su pasado.
Mientras Roberto estaba en el hospital, Mariana tuvo tiempo para reflexionar intensamente sobre sus vidas. Tenía ahora 41 años. Había pasado más tiempo viviendo bajo una identidad falsa en Veracruz que los años que había pasado en el convento. ¿Qué había ganado realmente? Amor, sí, pero también un aislamiento perpetuo, una incapacidad de formar conexiones profundas con otros, porque siempre tenían que mantener distancia para proteger sus secretos y una culpa que nunca disminuía.
Cuando Roberto finalmente se recuperó y salió del hospital en septiembre de 2014, Mariana le propuso algo que había estado contemplando durante semanas. Deberíamos regresar a Puebla, no para quedarnos, no para volver a la vida religiosa, pero para dar respuestas a nuestras familias, decirles que estamos vivos, explicar lo que pasó, enfrentar las consecuencias de lo que hicimos.
Roberto la miró con ojos que reflejaban simultáneamente terror y alivio. ¿Sabes lo que eso significaría? El escándalo público, la vergüenza para nuestras familias, posiblemente consecuencias legales si las instituciones religiosas deciden presionar cargos de algún tipo? Lo sé, respondió Mariana. Pero seguir así nos está matando.
A ti literalmente casi te mata. Necesitamos cerrar este capítulo de la manera que sea necesario. Pasaron meses deliberando, planeando cómo harían el regreso. Finalmente decidieron que en diciembre de 2014, 17 años después de su desaparición, contactarían a las autoridades de Puebla y se presentarían voluntariamente. El 15 de diciembre de 2014, Roberto y Mariana abordaron un autobús en Veracruz de regreso a Puebla.
Llevaban con ellos una carpeta con documentos, sus identificaciones falsas bajo las cuales habían vivido, pero también sus identificaciones originales que habían guardado todos estos años, su acta de matrimonio civil bajo nombres falsos y cartas que habían escrito para sus familias explicando todo. Llegaron a Puebla al atardecer.
La ciudad había cambiado en 17 años. más tráfico, más edificios modernos, pero el centro histórico mantenía su esencia colonial. Se registraron en un hotel pequeño cerca del Zócalo, bajo sus nombres reales. Era la primera vez que usaban esos nombres públicamente en casi dos décadas. Al día siguiente, 16 de diciembre de 2014, fueron juntos a la Fiscalía General del Estado de Puebla.
pidieron hablar con alguien sobre dos casos de personas desaparecidas de 1997. La recepcionista, confundida por lasolicitud inusual, los dirigió con un oficial joven que inicialmente no entendía que querían. Somos nosotros, dijo Roberto. Finalmente, somos las personas desaparecidas, Mariana Guadalupe Estrada Rojas y Roberto Javier Campos Salazar, desaparecidos el 23 de diciembre de 1997.
Venimos a informar que estamos vivos y a proporcionar información sobre nuestra desaparición. El oficial pensó inicialmente que era una broma de mal gusto, pero cuando verificó en el sistema y vio que efectivamente había expedientes abiertos para dos personas con esos nombres fechados en 1997, su expresión cambió.
Llamó a un fiscal de mayor rango, quien llamó al jefe de la unidad de personas desaparecidas. Durante las siguientes 6 horas, Roberto y Mariana fueron entrevistados exhaustivamente. Proporcionaron todos los detalles, cómo se conocieron, cómo se enamoraron, cómo planearon su desaparición, dónde habían estado durante 17 años, bajo qué nombres habían vivido.
Las autoridades verificaron la información, contactaron a la policía de Veracruz, confirmaron que efectivamente había registros de Javier Sánchez y María Robles en esa ciudad. Legalmente no habían cometido crimen al desaparecer voluntariamente. El uso de identidades falsas para trabajos estaba en una zona gris legal, pero dado que no habían cometido fraude financiero o crímenes relacionados, los fiscales decidieron no presentar cargos.
Eran adultos que habían elegido desaparecer y ahora elegían reaparecer. El siguiente paso era contactar a las familias. El fiscal asignado al caso, licenciado Fernando Díaz, quien había trabajado en la unidad de personas desaparecidas durante más de una década y había visto docenas de casos sin resolución, admitió que nunca había manejado una situación como esta.
Generalmente, cuando encontramos a personas desaparecidas después de años, es porque han sido víctimas de crímenes o han sufrido amnesia o han sido víctimas de trata. Este caso, personas que voluntariamente desaparecieron y voluntariamente reaparecen. No hay protocolo establecido. Decidieron que el licenciado Díaz contactaría primero a las familias, las prepararía y luego facilitaría reuniones en un ambiente controlado.
El 17 de diciembre de 2014, Patricia Estrada recibió una llamada de la fiscalía. Señora Estrada, tenemos información sobre su hija Mariana. Patricia, que había recibido decenas de llamadas falsas durante 17 años, extorsionadores, videntes fraudulentas, personas confundidas. Inicialmente fue escéptica, pero cuando el licenciado Díaz le proporcionó detalles específicos que solo la fiscalía tendría, su escepticismo se convirtió en shock.
Está viva. ¿Dónde está? ¿Qué le pasó? Está viva, está aquí en Puebla y ella misma quiere explicarle qué pasó. ¿Podría venir a nuestras oficinas mañana a las 10 de la mañana? Patricia llamó inmediatamente a su exesposo Arturo. A pesar de su divorcio, esto era algo que necesitaban hacer juntos.
Claudia, la hermana de Mariana, también fue contactada. Miguel Campos, el padre de Roberto, recibió una llamada similar. Su reacción fue de incredulidad total. “Mi hijo está muerto”, dijo al fiscal. “He pasado los últimos 17 años aceptando que está muerto. ¿Por qué me están diciendo esto ahora?” Pero eventualmente accedió a venir a Puebla desde Tlxcala al día siguiente.
La mañana del 18 de diciembre de 2014, en un edificio de la Fiscalía de Puebla ocurrieron dos reuniones que redefinirían múltiples vidas. Patricia Estrada llegó a las 10 acompañada por Arturo y Claudia. Estaban visiblemente nerviosos. Patricia temblaba. El licenciado Díaz los llevó a una sala de reuniones sencilla.
Mariana ya estaba ahí sentada en una silla mirando sus manos. Cuando Patricia vio a su hija después de 17 años, se quedó completamente inmóvil. Mariana, ahora de 41 años, tenía líneas en su rostro que no estaban ahí antes, canas prematuras en su cabello y una expresión de cansancio profundo. Pero era indudablemente su hija, “Mariana”, susurró Patricia y entonces comenzó a soylozar incontrolablemente.
Mariana se levantó de su silla y caminó hacia su madre. Se abrazaron en silencio durante varios minutos. Ambas llorando. Arturo se unió al abrazo. Claudia se mantuvo a cierta distancia, su expresión mezclando alivio, confusión y notablemente enojo. Cuando finalmente se sentaron, Mariana comenzó a explicar.
les contó sobre Roberto, sobre cómo se habían conocido, sobre su lucha con sus vocaciones, sobre su decisión de desaparecer en lugar de enfrentar el escándalo público. Les contó sobre sus 17 años en Veracruz, su matrimonio civil, su vida bajo identidades falsas. Patricia escuchaba con una expresión que pasaba de alivio a confusión, a incredulidad, a dolor.
Cuando Mariana terminó, Patricia hizo la pregunta que probablemente había estado formulándose durante toda la narración. Nos dejaste sufrir durante 17 añosporque te enamoraste de un seminarista. La crudeza de esa formulación golpeó a Mariana como un puñetazo físico. Reducido a su esencia más simple, eso era exactamente lo que había pasado.
Mamá, yo, nosotros no sabíamos cómo, cómo qué, cómo decirnos la verdad, cómo enfrentar las consecuencias de tus decisiones. Así que elegiste hacernos creer que estabas muerta, Mariana. Pasé 17 años imaginando lo peor. ¿Sabes cuántas veces oré para encontrar tu cuerpo? Solo para poder enterrarte con dignidad.
Cuántas veces tu padre y yo nos despertamos en mitad de la noche, atormentados por pensar en ti sufriendo en algún lugar. Claudia, que había permanecido en silencio, finalmente habló. Su voz fría. Mamá tuvo que ser medicada por depresión. Papá y mamá se divorciaron. Toda nuestra familia se desintegró. Yo tenía 17 años cuando desapareciste.
Pasé mi juventud entera con este peso y resulta que todo ese tiempo estabas viviendo tranquilamente en Veracruz con tu novio. En otra sala, Miguel Campos enfrentaba a su hijo con una mezcla similar de emociones. A diferencia de Patricia, Miguel no abrazó a Roberto. Se quedó sentado mientras Roberto entraba a la sala estudiándolo en silencio.
“Te pareces a tu madre”, dijo finalmente Miguel. Su voz quebrada. Ella murió hace 11 años. Su corazón. Los médicos dijeron que era genético, pero yo sé que fue por ti. ¿Sabes cuáles fueron sus últimas palabras? Dile a Roberto que lo perdono. Murió sin saber que no había nada que perdonar, que no habías sido víctima de un crimen, que simplemente habías elegido abandonarnos.
Roberto intentó explicar. comenzó a contar la misma narrativa que Mariana estaba contando en la otra sala. Miguel lo interrumpió. No quiero oír tus razones. No hay razón que justifique lo que hiciste. Podrías haber dejado el seminario abiertamente. Habría sido vergonzoso. Sí. La gente habría hablado, pero habría sido honesto.
En lugar de eso, elegiste el camino más cruel posible y mataste a tu madre con esa elección. Las reuniones duraron varias horas. El licenciado Díaz había anticipado que serían difíciles, pero la intensidad del dolor y la ira sorprendió incluso a él. Al final no hubo reconciliaciones limpias o dramáticas.
Patricia le dijo a Mariana que necesitaba tiempo, que no sabía si podría perdonarla, que toda la familia necesitaba terapia para procesar esto. Miguel le dijo a Roberto que no quería verlo de nuevo, que en lo que a él concernía, su hijo había muerto en 1997 y lo que quedaba era un extraño que compartía su rostro. La historia inevitablemente se filtró a los medios.
Para el 20 de diciembre de 2014, periódicos locales de Puebla llevaban titulares como Novicia y seminarista desaparecidos en 1997, aparecen vivos después de 17 años y caso de desaparición de religiosos resuelto vivían juntos en Veracruz. Las redes sociales explotaron con opiniones polarizadas. Algunos expresaban empatía por la lucha de Roberto y Mariana con vocaciones que habían elegido demasiado jóvenes.
Otros los condenaban por la crueldad de su desaparición, argumentando que podían haber dejado la vida religiosa sin causar tanto dolor. Seminario palafoxiano y el convento de las hermanas de la caridad emitieron comunicados breves, confirmando los hechos, pero declinando comentar extensamente, citando respeto por la privacidad de todos los involucrados.
Sin embargo, internamente ambas instituciones iniciaron revisiones de sus protocolos de formación, particularmente sobre supervisión de interacciones entre seminaristas y religiosas en formación. Roberto y Mariana permanecieron en Puebla durante una semana después de sus reuniones con sus familias.
Se alojaron en el mismo hotel, pero las consecuencias emocionales de los encuentros los habían dejado destrozados. Discutieron qué hacer ahora. Su vida en Veracruz bajo identidades falsas obviamente ya no era viable, pero tampoco podían simplemente reintegrarse en Puebla como si nada hubiera pasado.
El 23 de diciembre de 2014, exactamente 17 años después de su desaparición, salieron de Puebla. No regresaron a Veracruz. En lugar de eso, se mudaron a Querétaro, una ciudad a medio camino entre Puebla y la Ciudad de México, donde podían comenzar de nuevo, esta vez bajo sus nombres reales, pero en un lugar donde nadie los conocía.
Patricia Estrada eventualmente se reconcilió parcialmente con Mariana. Comenzaron a hablar por teléfono ocasionalmente, encuentros tensos, pero progresivamente menos dolorosos. Claudia mantuvo su distancia durante varios años, pero eventualmente también estableció contacto limitado. Arturo, el padre de Mariana, nunca volvió a hablarle.
Murió en 2019 de cáncer, habiendo rechazado los intentos de Mariana de visitarlo en el hospital. Miguel Campos mantuvo su postura de no tener contacto con Roberto. Murió en 2020 durante la pandemia de COVID-19, solo en un hospital de Tlaxcala. Robertointentó ir al funeral, pero se le pidió que se retirara.
La familia extensa de los campos lo culpaba, no solo por su desaparición, sino también por la muerte de Rosa, su madre. Este caso nos muestra la complejidad devastadora de las decisiones humanas cuando la vocación, el amor y la identidad entran en conflicto. Roberto y Mariana no eran villanos, pero tampoco eran simplemente víctimas de circunstancias.
Fueron personas que eligieron un camino que minimizó su propia incomodidad inmediata a costa de un sufrimiento prolongado y profundo para sus seres queridos. Su historia plantea preguntas difíciles. ¿En qué punto la autopreservación se convierte en egoísmo cruel? ¿Es posible construir una vida auténtica sobre la base de una mentira fundamental? ¿Puede el amor genuino surgir de circunstancias que causan tanto dolor a otros? No hay respuestas fáciles.
Roberto y Mariana continúan viviendo en Querétaro hasta el día de hoy, ahora con más de 50 años, cargando el peso de sus decisiones, conscientes de que su felicidad fue construida sobre el dolor de otros. participan ocasionalmente en grupos de apoyo para personas que dejaron la vida religiosa, ofreciendo sus experiencias como una advertencia sobre el costo de no enfrentar las propias verdades.















