El caso que CONGELÓ Tijuana: MEJORES AMIGAS, viaje soñado y uma DESAPARICIÓN INEXPLICABLE

Enero de 2019. Dos mejores amigas llegan a Cancún para cumplir el sueño de sus vidas, pero en menos de 72 horas una de ellas desaparece sin dejar rastro. Lo que la policía descubrió después congeló a toda una ciudad y lo que pasó en realidad es mucho peor de lo que nadie imaginó. La ciudad bullía como siempre, tráfico denso, voces en las esquinas, vida acelerada. Pero ese mes algo cambió, algo que nadie esperaba, un caso que detendría el corazón de miles de personas.

Una historia que aún hoy sigue sin respuestas completas. Esta es la historia de dos mejores amigas, un sueño compartido y una desaparición que congeló a toda una ciudad. Abril Sánchez tenía 24 años. Estudiaba diseño gráfico en una universidad privada. Era la chica alegre del grupo, siempre con una sonrisa, siempre dispuesta a ayudar. Su Instagram mostraba una vida llena de color, café con amigas, atardeceres en la playa, memes divertidos. Era imposible no quererla. Valeria Ramos tenía 23 años.

Trabajaba en una agencia de marketing digital. Era más reservada que abril, más seria, pero cuando estaban juntas se complementaban perfectamente. Valeria era quien planeaba todo. Abril era quien agregaba la diversión espontánea. Se conocieron en la preparatoria hace casi 10 años. Desde entonces eran inseparables. Compartían todo. Secretos, sueños, decepciones amorosas. planes de futuro. Las familias de ambas las consideraban hermanas y tenían un sueño compartido desde hace años. Viajar juntas a Cancún. Algún día vamos a ir, decían siempre, algún día vamos a conocer el mar Caribe.

Pero la vida en Tijuana era cara. Los trabajos apenas alcanzaban para lo básico. El sueño parecía lejano, imposible, hasta que Valeria recibió un bono extraordinario en su trabajo. $500. Era diciembre de 2018. Valeria entró al café donde siempre se reunían. Abril la esperaba con su café con leche habitual. Valeria se sentó, respiró profundo y dijo las palabras que lo cambiarían todo. Nos vamos a Cancún. Abril se quedó paralizada. ¿Qué dijiste? En enero, tú y yo, una semana completa.

Cancún, abril, lo vamos a hacer. Abril comenzó a llorar. Abrazó a su amiga. Las personas en el café las miraban, pero a ellas no les importaba. Este era el momento que habían esperado durante años. Esa misma tarde comenzaron a planear todo. Valeria era meticulosa. Hizo una hoja de cálculo con cada gasto. Vuelos, hotel, comidas. Cada peso contaba. Abril aportaría lo que pudiera. Valeria cubriría el resto. Era su regalo para ambas. Escogieron las fechas del 15 al 22 de enero.

Una semana perfecta. Lejos del frío de Tijuana, lejos de las preocupaciones diarias. Reservaron un hotel en la zona hotelera, tres estrellas, nada lujoso, pero tenía vista al mar. Eso era suficiente. Las fotos mostraban aguas turquesas, arena blanca, palmeras mecidas por el viento.

Abril no podía dormir de la emoción. Cada noche miraba videos de Cancún en YouTube, playas, cenotes, la vida nocturna. Esto es real, Bal, de verdad vamos a ir. Le mandaba mensajes a las 2 de la mañana. Valeria respondía siempre, “Sí, amiga, esta vez sí.” Sus familias estaban felices por la mamá de abril, doña Patricia, les preparó una pequeña fiesta de despedida. “Cuídense mucho, niñas”, les dijo. “El mundo puede ser peligroso.” “Mamá, estaremos bien”, respondió Abril con una sonrisa.

El papá de Valeria, don Roberto, era más serio. “Manténganse juntas siempre, no se separen y repórtense todos los días. Valeria asintió. Lo prometo, papá. Llegó el 14 de enero, el día antes del viaje. Abril publicó una foto en Instagram. Ella y Valeria con maletas a medio hacer, sonrisas enormes. El caption decía, “Mañana se cumple el sueño a Valeriáramos. Te amo, amiga.” El post recibió cientos de likes en minutos. Comentarios de amigas emocionadas. Disfruten, chicas, se lo merecen.

Qué envidia sana. Esa noche Abril no pudo dormir. Repasaba mentalmente todo. El bloqueador solar, el traje de baño nuevo, la cámara para fotos. Valeria le mandó un mensaje a las 3 a. Tampoco puedes dormir para nada, respondió abril con emojis de risa. 15 de enero, 5 am. El despertador sonó. Abril ya estaba despierta. Se vistió rápido, jeans, sudadera cómoda, tenis. Su papá la llevaría al aeropuerto. Lista, mi hija. Más que lista, papá. Valeria llegó al aeropuerto a las 6:30 a.

Abril la vio de lejos y corrió a abrazarla. Documentaron sus maletas, pasaron seguridad y finalmente se sentaron en la sala de espera. El vuelo saldría a las 8:45 a. Abril tomó una foto, las dos con las tarjetas de embarque. Publicó en su historia de Instagram: “Ya casi, ya casi, a las 8:30 a comenzó el abordaje. Valeria agarró la mano de abril. Lista para la aventura.” “Lista”, respondió abril. Subieron al avión. Aientos 23a y 23b junto a la ventana.

Abril se acomodó primero. Miró por la ventanilla, Tijuana abajo. Su ciudad pronto estaría en el paraíso. El avión despegó a las 8:52 a. Durante el vuelo tomaron fotos, comieron los snacks que Abril había empacado. Hablaron de todo lo que harían: nadar con delfines, visitar Tulum, bailar en la playa. “Este es nuestro momento, Bal”, dijo Abril. Nuestro momento, confirmó Valeria. El vuelo duró 4 horas. A la 1 pm hora local aterrizaron en Cancún. El calor los golpeó al salir del aeropuerto.

Un calor húmedo, diferente. Abril respiró profundo. “Huele a vacaciones”, dijo riendo. Tomaron un taxi al hotel. Durante el trayecto miraban maravilladas, palmeras por todas partes, el mar a lo lejos, turistas caminando con toallas. “No puedo creer que estemos aquí”, susurró Valeria. Llegaron al hotel a las 2:30 pm, Hotel Miramar, un edificio de cinco pisos blanco con detalles azules. No era el más lujoso, pero era perfecto para ellas. Hicieron checkin, habitación 312. Subieron en elevador. Valeria abrió la puerta con la tarjeta.

La habitación era sencilla. Dos camas individuales, un baño pequeño, pero tenía un balcón. Y desde ese balcón se veía el mar. Abril dejó caer su maleta, corrió al balcón. Valen a ver esto. El mar Caribe se extendía ante ellas. azul turquesa brillante bajo el sol, olas suaves tocando la arena. Era exactamente como lo habían imaginado. Pero mejor se abrazaron en ese balcón. Lloraron de felicidad. Este era su sueño y lo estaban viviendo. Pero lo que no sabían era que esa felicidad duraría muy poco, porque en menos de 72 horas una de ellas desaparecería y nada volvería a ser igual.

Esa tarde descansaron un poco. El viaje las había cansado. A las 6 pm salieron a caminar por la playa, sacaron sus pies del hotel y sintieron la arena por primera vez cálida, suave. Abril corrió hacia el agua. Valeria la siguió. Se mojaron los pies. Gritaron de emoción. Un vendedor ambulante les ofreció cervezas. Compraron dos. Se sentaron en la arena. Vieron el atardecer. El cielo se pintó de naranja y rosa. Esto es un sueño, dijo Abril. Un sueño real, agregó Valeria.

Cenaron en un restaurante cercano. Tacos de camarón, conversación ligera, planes para los próximos días. Todo parecía perfecto, natural, como siempre había sido entre ellas. Esa noche, Abril publicó en Instagram fotos del mar, del atardecer, de ellas dos riendo. El caption decía: “Día 1 en el paraíso con mi hermana del alma. A las 11 pm ya estaban en el hotel, cansadas, pero felices. Se durmieron casi de inmediato. 16 de enero, día 2. Despertaron temprano. El plan era ir a Xcaret, un parque ecoarqueológico famoso.

Habían reservado el tour con anticipación. El transporte los recogería a las 80 am. Desayunaron rápido en el hotel. Pan dulce, café, jugo de naranja. A las 7:50 am ya estaban esperando en la recepción. La camioneta llegó puntual. Subieron con otros turistas, parejas, familias, todos emocionados. El viaje a Excaret duró una hora. Abril no dejaba de tomar fotos del camino, de Valeria, de todo. Llegaron al parque a las 9:15 a. Era enorme. Ríos subterráneos, animales exóticos. ruinas mayas.

No sabían por dónde empezar. “Vamos primero a nadar en el río”, sugirió Valeria. Se pusieron los chalecos salvavidas. Entraron al agua. Era fría, cristalina. Nadaron por túneles de roca. Vieron peces de colores. La corriente las llevaba suavemente. En un momento, Abril se adelantó. Valeria la perdió de vista por unos segundos. Abril”, gritó. El corazón le latió rápido, pero Abril apareció al doblar una curva. “Estoy aquí. Esto es increíble.” Pasaron 4 horas en el parque. Vieron el show de delfines.

Comieron en un restaurante típico. Caminaron por senderos entre la selva. Pero algo sucedió esa tarde que cambiaría el rumbo de todo. A las 1308 pm, mientras descansaban en una banca, un hombre se les acercó. Tendría unos 35 años. Bien vestido, camisa de lino blanca, jeans oscuros, sonrisa amable. Disculpen, ¿ustedes son de México?, preguntó en español con acento chilango. Valeria asintió con cautela. Sí, de Tijuana. Qué coincidencia, yo soy de Ciudad de México. Es su primera vez en Cancún.

Abril, siempre más abierta, sonríó. Sí, es nuestro viaje soñado. El hombre se presentó. Mucho gusto, soy Leonardo. Leo para los amigos. Vengo seguido por trabajo. Conversaron unos minutos. Leonardo era amable, carismático. Les recomendó lugares que visitar, restaurantes buenos y baratos, playas menos turísticas. “Si necesitan algo, aquí está mi contacto”, dijo dándole una tarjeta de presentación a Valeria. “Cualquier duda sobre la ciudad, me escriben.” La tarjeta decía Leonardo Huerta, consultor de negocios. Gracias”, dijo Valeria guardando la tarjeta.

Leonardo se despidió. “Disfruten Cancún, es un lugar mágico.” Abril esperó a que se alejara. “Qué buena onda el tipo, ¿no?” Valeria frunció el ceño. No sé, me pareció raro que se acercara así no más. Ay, Bal, siempre tan desconfiada. Solo fue amable. Valeria no insistió, pero guardó la tarjeta en su mochila. regresaron al hotel a las 7:0 pm exhaustas pero contentas. Se cambiaron de ropa y decidieron salir a cenar. Elegieron un restaurante en la zona hotelera, el capitán, especializado en mariscos, pidieron ceviche, pescado a la parrilla, limonadas.

Mientras cenaban, Valeria notó que Abril revisaba su celular constantemente. “Todo bien”, preguntó. Abril levantó la vista. Sí, es que Javier me ha estado mandando mensajes. Javier era el novio de abril o exnovio. La relación era complicada. ¿Qué quiere ahora?, preguntó Valeria con tono molesto. ¿Quiere que hablemos? Dice que me extraña. Valeria dejó el tenedor. Abril dejamos Tijuana justamente para alejarte de eso, de él. Este viaje es para ti, para nosotras. Lo sé, lo sé, no le voy a responder.

Pero su voz no sonaba convincente. Terminaron de cenar en silencio, un silencio incómodo que no era normal entre ellas. De regreso al hotel, Abril se disculpó. Perdón, Bal, tiene razón. Este es nuestro viaje. Voy a bloquear a Javier. Valeria la abrazó. No tienes que disculparte. Solo quiero que seas feliz. Esa noche, antes de dormir, Abril cumplió su promesa. Bloqueó a Javier en WhatsApp, en Instagram, en todas partes. Ya está, dijo mostrándole el teléfono a Valeria, libre al fin.

Se durmieron tranquilas, sin saber que al día siguiente todo comenzaría a desmoronarse. 17 de enero, día 3. Amaneció nublado. El cielo gris presagiaba lluvia, pero a ellas no les importó. El plan era visitar Tulum, las ruinas mayas, junto al mar. Desayunaron temprano. Esta vez rentarían un coche. Valeria sabía manejar. Era más económico que los tours organizados. A las 9:00 a ya estaban en la carretera, la 307, una autopista larga que conectaba a Cancún con Tulum. El viaje duraría hora y media.

Abril puso música, reggaetón, bachata. Cantaban a todo pulmón como lo hacían en Tijuana cuando manejaban por la ciudad. Todo parecía normal, feliz como siempre. Pero a las 10:15 a algo extraño sucedió. Un coche negro comenzó a seguirlas. Al principio, Valeria no le dio importancia. La carretera era transitada. Era normal que otros coches fueran en la misma dirección, pero el coche negro se mantenía siempre a la misma distancia. Tres carros atrás, nunca más cerca, nunca más lejos. Valeria aceleró un poco.

El coche negro también aceleró. Redujo la velocidad. El coche negro hizo lo mismo. ¿Qué pasa?, preguntó Abril notando la tensión en el rostro de su amiga. Ese coche negro nos está siguiendo. Abril volteó hacia atrás. ¿Cuál? El jeta negro. Tres coches atrás. Abril lo observó. Tal vez va para Tulum también. Tal vez. Pero Valeria no estaba convencida. Decidió hacer una prueba. Tomó la siguiente salida, una gasolinera. Si el coche negro la seguía, sabría que algo andaba mal.

Entró a la gasolinera, se estacionó, apagó el motor. Esperaron. El jeta negro pasó de largo por la autopista. Valeria exhaló aliviada. Okay. Falsa alarma. Abril rió nerviosa. Ya me habías asustado. Llenaron el tanque, compraron agua y volvieron a la carretera. Llegaron a Tulum a las 11:30 a. Las ruinas eran impresionantes. Construcciones de piedra sobre acantilados, el mar Caribe de fondo, turistas por todas partes tomando fotos. Contrataron un guía, un señor mayor llamado Don Esteban. Les explicó la historia.

Los mayas, el comercio, la astronomía. Abril escuchaba fascinada. Valeria tomaba fotos. Pasaron 3 horas recorriendo el sitio. Subieron a las pirámides. Vieron el mar desde lo alto. Se sentían insignificantes ante tanta historia. A las 2:30 pm decidieron comer. Había varios restaurantes cerca de las ruinas. Eligieron uno llamado la palapa, sencillo limpio. Pidieron pescado frito con arroz, tortillas hechas a mano. Mientras esperaban la comida, Valeria revisó su celular. Tenía un mensaje de un número desconocido. Espero estén disfrutando, Tulum.

Saludos, Leo. Valeria frunció el seño. ¿Cómo sabía Leonardo que estaban en Tulum? No le habían dicho sus planes. Le mostró el mensaje a Abril. Qué raro, admitió Abril. Pero tal vez solo está siendo amable. Amable. Abril. Esto es invasivo. No le dijimos que veníamos aquí. Tal vez nos vio en Instagram. Publiqué una historia en la mañana diciendo que íbamos a Tulum. Valeria lo pensó. Era posible, pero algo no le cuadraba. ¿Le diste follow? Preguntó Valeria. Abril revisó su Instagram.

No, y él tampoco me sigue a mí. Entonces, ¿cómo vio tu historia? Silencio. Abril palideció. No sé. Valeria bloqueó el número de Leonardo. No quiero saber nada más de ese tipo. Tienes razón. Coincidió Abril. Comieron en silencio. El ambiente se había tornado tenso. De regreso a Cancún, Valeria manejó más rápido. Quería llegar al hotel antes de que oscureciera. No revisó constantemente el espejo retrovisor. No vio ningún coche negro, todo parecía tranquilo. Llegaron al hotel a las 6:45 pm.

Se ducharon, descansaron un rato, a las 8:00 pm bajaron a cenar al restaurante del hotel. No querían salir, no después del mensaje de Leonardo. Cenaron enchiladas, tomaron agua de horchata, conversaron sobre los días siguientes. “Mañana podríamos quedarnos en la playa”, sugirió Abril, “relajarnos, leer, nadar. Me parece perfecto,” respondió Valeria. A las 10 sol 0 pm ya estaban de vuelta en su habitación. Abril se acostó primero. Valeria salió al balcón. Encendió un cigarro. No fumaba seguido. Solo cuando estaba nerviosa miró el mar oscuro.

Las olas sonaban rítmicas. Tranquilizadoras. Estoy siendo paranoica, se dijo a sí misma. Todo está bien, pero en el fondo algo le decía que no, que algo malo estaba por suceder. Apagó el cigarro, entró a la habitación. Abril ya dormía profundamente. Valeria se acostó, cerró los ojos y eventualmente se durmió. 18 de enero, día 4, el día que todo cambió. Despertaron a las 9:00 a sin alarma, solo el sonido de las gaviotas y el mar decidieron cumplir el plan.

Un día tranquilo en la playa se pusieron trajes de baño. Abril un bikini rosa. Valeria uno negro entero. Empacaron una bolsa con bloqueador, toallas, agua, snacks. A las 10:30 a bajaron a la playa. Rentaron dos camastros con sombrilla. Se acomodaron. El sol brillaba fuerte, la brisa era cálida. Abril se puso audífonos. Escuchaba un podcast de crímenes reales, su favorito. Valeria leía un libro en su Kindle, una novela de suspenso. Pasaron dos horas así, tranquilas, en paz. A las 12:30 pm, Abril se levantó.

Voy por unas margaritas, ¿quieres? Sí, porfa. De fresa. Abril caminó hacia el bar de la playa. Llevaba puesto solo su bikini y una apareo. El bar estaba a unos 50 m. Valeria la vio alejarse, luego volvió a su libro. 5 minutos pasaron, 10 minutos, 15. Valeria levantó la vista. No veía a Abril. El bar estaba más lleno ahora. Turistas haciendo fila, pero Abril no estaba entre ellos. 20 minutos. Valeria comenzó a preocuparse. Se levantó, caminó hacia el bar, buscó a abril entre la gente.

Nada. Disculpe, le dijo al Bartender. Ha visto a una chica joven, bikini rosa, cabello largo oscuro. Estuvo aquí hace como 20 minutos. El bartender negó con la cabeza. Han pasado muchas chicas, señorita, no me fijo en particular. Valeria sacó su celular. le marcó a Abril buzón de voz. Le mandó un WhatsApp. ¿Dónde estás? Un check no entregado. El corazón de Valeria comenzó a latir rápido. Caminó por toda la playa. Preguntó a vendedores ambulantes, a turistas, a salvavidas.

Nadie había visto a una chica en bikini rosa. Regresó al camastro. Tal vez abril había vuelto por otro camino, pero no. El camastro de abril estaba vacío, su toalla sin usar, su celular no estaba. Valeria revisó la bolsa. El celular de abril no estaba. Se lo había llevado. 30 minutos, 40 minutos. Valeria corrió al hotel, subió las escaleras, no esperó el elevador. Habitación 312. Abrió con la tarjeta vacía. Abril, gritó como si gritando pudiera hacerla aparecer. Ajó corriendo a la recepción.

Disculpe, necesito ayuda. Mi amiga desapareció. La recepcionista, una mujer joven, la miró con preocupación. Cálmese, señorita. ¿Qué pasó? Valeria explicó todo. Rápido, entrecortado, entre lágrimas. La recepcionista llamó al gerente, un hombre de unos 50 años, formal, serio. Señorita, ¿cuánto tiempo tiene desaparecida su amiga? Como 45 minutos. El gerente intentó tranquilizarla. Tal vez solo fue al baño o a caminar. A veces los turistas pierden noción del tiempo. No, algo está mal. Ella no haría esto. Le marqué. No contesta.

Sus mensajes no le llegan. Vamos a revisar las cámaras de seguridad, dijo el gerente. Fueron a la oficina. Valeria temblaba. El gerente accedió al sistema de cámaras. Retrocedió hasta las 12:30 pm. Ahí estaba abril. Saliendo del área de camastros, caminando hacia el bar, se detuvo en el camino. Alguien le habló. Un hombre. El gerente hizo Zoom. La imagen era granulada, pero Valeria lo reconoció. Era Leonardo. Ese hombre, susurró Valeria señalando la pantalla. Lo conocemos. Se llama Leonardo.

Nos lo encontramos en Excaret hace dos días. El gerente congeló la imagen. Leonardo y Abril conversando. Él señalaba hacia algún lugar fuera de cámara. Abril la sentía. Parecía una conversación normal, casual. ¿Sabe hacia dónde fue?, preguntó el gerente. No, pero él nos dio una tarjeta. Valeria buscó en su mochila. Sacó la tarjeta. Leonardo Huerta, consultor de negocios. Había un número de celular. El gerente tomó nota. Voy a llamar a seguridad del hotel para que revisen el perímetro.

Mientras tanto, le recomiendo que llame a la policía. La policía. No pueden esperar 24 horas. Ese es un mito, señorita. Si sospecha que algo malo pasó, debe reportarlo inmediatamente. Valeria marcó al 911. Las manos le temblaban tanto que casi no podía sostener el teléfono. 911. ¿Cuál es su emergencia? Mi amiga desapareció. Estamos en Cancún, en el hotel Miramar. salió a comprar algo y no regresó. Pasó más de una hora. La operadora le hizo preguntas. Nombre completo de abril, ¿edad?

Descripción física. ¿Qué llevaba puesto última vez que la vio? Una patrulla estará ahí en 15 minutos. No se mueva del hotel. Valeria colgó. se dejó caer en una silla. Esto no podía estar pasando, no aquí, no en su viaje soñado. El gerente le ofreció agua. Ella la rechazó. Solo quería a su amiga de vuelta. Mientras esperaba a la policía, Valeria revisó las redes sociales de abril. La última publicación era de esa mañana. Una foto del desayuno. Día 4.

En el paraíso. Todo parecía normal. Entró a la cuenta de Instagram de Leonardo. Buscó Leonardo Huerta Cancún. Había varios perfiles. Ninguno coincidía con el hombre que conocieron. Era como si no existiera en redes sociales. Eso la asustó más. A las 1:35 pm llegó la patrulla. dos oficiales, un hombre mayor de unos 50 años y una mujer joven de unos 30, ambos con uniforme azul marino. El oficial mayor se presentó. Agente Ramírez, ella es mi compañera. Agente Torres, cuéntenos qué pasó.

Valeria repitió todo por tercera vez. El encuentro con Leonardo en Nexcaret. El mensaje extraño, la desaparición de abril en la playa. Tiene una foto de su amiga, preguntó la agente Torres. Valeria le mostró docenas. Abril sonriendo. Abril en la playa, abril con su café favorito. Y del tal Leonardo. No tomamos fotos con él, pero el hotel tiene cámaras de seguridad. El gerente les mostró el video. Los oficiales observaron en silencio, tomaron notas, capturaron imágenes del rostro de Leonardo.

Vamos a emitir una alerta. Buscar en hospitales, clínicas, la central de autobuses, revisar si rentó algún vehículo, dijo el agente Ramírez. Y ya, preguntó Valeria con frustración. No van a salir a buscarla, señorita. Entiendo su preocupación, pero necesitamos seguir protocolos. Su amiga es adulta. Técnicamente podría haber decidido irse por su cuenta. Eso es ridículo. Ella no me dejaría así. Algo le pasó. La agente Torres intervino con voz más suave. Le creemos. Vamos a tomar esto muy en serio, pero necesitamos su cooperación.

Tiene contacto con la familia de Abril en Tijuana. Valeria asintió. Tenía el número de doña Patricia, la mamá de Abril. Llámela. Explíquele la situación. Necesitamos que los familiares también hagan el reporte formal. Las manos de Valeria temblaban mientras marcaba. El teléfono sonó tres veces. Cuatro, co. La voz alegre de doña Patricia. Señora Patricia, soy Valeria. Valeria, ¿cómo están, mi hija? Disfrutando Cancún. Valeria respiró profundo. Señora, Abril desapareció. Silencio. ¿Cómo que desapareció? Valeria explicó todo. Escuchó el llanto al otro lado de la línea, los gritos.

Mi niña, Dios mío, mi niña. Señora, la policía está aquí. Están buscándola. Va a aparecer. Tiene que aparecer. Pero Valeria no creía sus propias palabras. Doña Patricia llegó al teléfono con el esposo. Don Alberto, Valeria, ¿qué demonios pasó? ¿Cómo permitiste que se separaran? El tono acusatorio dolió. Lo siento, lo siento mucho. Solo fue al bar. Fueron 5 minutos. Yo nos vamos para allá en el próximo vuelo. Quédate ahí. No te muevas. Colgaron. Valeria se desplomó. Lloró. El gerente del hotel le trajo un té.

La agente Torres se sentó a su lado. Esto no es tu culpa, le dijo. Pero Valeria sabía que sí lo era. Era su trabajo cuidar a abril y había fallado. Durante las siguientes horas, el hotel se convirtió en un centro de operaciones. Más policías llegaron. Entrevistaron a empleados del hotel, a turistas, a vendedores de la playa. Nadie había visto nada extraño. A las 5:0 pm, el agente Ramírez regresó con información. Llamamos al número de la tarjeta de Leonardo Huerta.

Está desconectado. El número ya no existe. ¿Qué significa eso? Que probablemente era un número temporal desechable. Lo usan para no ser rastreados. El estómago de Valeria se retorció. ¿Quién hace eso? El agente no respondió, pero su silencio fue respuesta suficiente. Criminales, secuestradores, traficantes. No, susurró Valeria. No, no, no, esto no puede estar pasando. La agente Torres puso una mano en su hombro. Vamos a encontrarla. Tenemos su foto, su descripción. Tenemos la imagen de Leonardo. No vamos a parar hasta encontrarla, pero las palabras sonaban huecas, ensayadas.

A las 8:00 pm, Valeria tuvo que hacer la llamada más difícil de su vida. Llamó a sus padres en Tijuana, les contó todo. Don Roberto estaba furioso. Te dije que se cuidaran. Te dije que no se separaran. ¿Por qué no me hiciste caso? Papá, yo sabes lo que le pasa a las mujeres que desaparecen en Cancún. Lo sabes. Valeria lloraba. Sí, lo sé. Cancún no solo era playas hermosas y resorts de lujo, también era una de las ciudades con mayor índice de trata de personas en México.

Mujeres desaparecidas, nunca encontradas. Esa noche Valeria no pudo dormir. Se quedó despierta en la habitación del hotel, mirando la cama vacía de abril, su maleta a medio desempacar, su traje de baño secándose en el baño. Revisaba su teléfono cada 5 minutos esperando un mensaje, una llamada, cualquier cosa, nada. A las 3000 am finalmente se durmió del agotamiento, pero las pesadillas la atormentaron. Soñó con abril gritando su nombre, pidiendo ayuda y ella sin poder alcanzarla. 19 de enero, día 5.

Despertó a las 7:0 a. Por un momento olvidó dónde estaba. Luego la realidad la golpeó como un mazo. Abril seguía desaparecida. Bajó a la recepción. La agente Torres estaba ahí, no se había ido en toda la noche. ¿Alguna noticia?, preguntó Valeria. Torres negó con la cabeza. Pero tenemos algo. Anoche revisamos todas las cámaras de la zona. Encontramos un vehículo sospechoso. Una camioneta blanca sin placas fue vista en el estacionamiento del hotel minutos después de que Abril desapareció.

le mostró una foto borrosa. La camioneta, un hombre al volante. No se veía bien el rostro. Es Leonardo. No podemos confirmarlo. La calidad es muy mala, pero estamos investigando. A las 10 am llegaron los padres de abril, doña Patricia y don Alberto. Se veían destrozados, ojos hinchados, ropa arrugada. No habían dormido en el vuelo. Doña Patricia abrazó. ¿Dónde está mi niña niña? ¿Dónde está? No sé, lo siento mucho. Lo siento. Don Alberto habló con la policía. Exigió más recursos, más agentes.

Búsqueda aérea, búsqueda en el mar. “Señor, estamos haciendo todo lo posible”, aseguró el agente Ramírez. “Tenemos un equipo de 20 oficiales buscando. Hemos contactado a Fiscalía. Esto es prioridad máxima. Pero las horas pasaban y no había nada. Doña Patricia organizó una búsqueda por su cuenta. Imprimieron volantes con la foto de abril. Desaparecida. Abril Sánchez, 24 años, última vez vista en Hotel Miramar, 18 de enero. Pegaron volantes por toda la zona hotelera, en postes, en parabuses, en tiendas.

Los dueños de negocios los miraban con lástima. Algunos ofrecían ayuda, otros desviaban la mirada. Valeria caminó durante horas pegando volantes. Las piernas le dolían, los pies sangraban dentro de los tenis, pero no podía parar. Si paraba, significaba rendirse y no se iba a rendir. A las 4:00 pm, un hombre se acercó a Valeria en la calle. Tendría unos 40 años. Ropa sencilla, gorra de béisbol. Disculpe, señorita, vi su volante. El corazón de Valeria dio un vuelco. ¿Sabe algo?

El hombre miró alrededor nervioso. Tal vez, pero no puedo hablar aquí. ¿Puede venir conmigo? Todas las alarmas en la cabeza de Valeria sonaron. No, dígame aquí o podemos ir con la policía. El hombre retrocedió. Olvídelo. No quiero problemas. y se fue caminando rápido. Valeria corrió tras él. Espere, por favor. Pero el hombre desapareció entre la multitud. ¿Qué sabía ese hombre? ¿Por qué tenía miedo? Esa noche la noticia llegó a Tijuana. Un canal local de noticias cubrió la desaparición.

Joven tijuanense desaparece en Cancún durante viaje de vacaciones. Mostraron la foto de abril, entrevistaron a doña Patricia vía telefónica. La madre lloraba en cámara. Por favor, si alguien sabe algo, hablen. Ella es mi única hija. Es toda mi vida. En Tijuana la noticia explotó. Las amigas de abril compartieron la publicación en redes sociales miles de veces, decenas de miles. Manos encontremos abril se volvió trending topic en México, pero en Cancún el caso se estancaba. No había testigos, no había pistas.

Abril había desaparecido como si la tierra se la hubiera tragado. 20 de enero, día 6. Valeria despertó con un mensaje de un número desconocido. Deja de buscar o tú serás la siguiente. Se le heló la sangre, corrió al baño, vomitó, le mostró el mensaje a la policía, rastrearon el número, otro teléfono desechable sin forma de localizarlo. “Valeria, creo que deberías regresar a Tijuana”, dijo la agente Torres. Esto se está volviendo peligroso. Quien quiera que tenga abril sabe que la estás buscando.

No me voy sin ella. Tu familia necesita que estés segura y nosotros podemos hacer mejor nuestro trabajo sin preocuparnos por tu seguridad. Valeria se negó rotundamente, pero doña Patricia estuvo de acuerdo con la policía. Mi hija, vete a casa. Nosotros nos quedamos, pero tú tienes que estar a salvo. Esa tarde entre lágrimas, Valeria hizo su maleta. Se sentía como una traidora, como si estuviera abandonando a Abril. Antes de irse al aeropuerto, fue a la playa, al lugar exacto donde Abril desapareció.

Se sentó en la arena, miró el mar. Perdóname, Abril. Perdóname por no haberte cuidado, por no haberte protegido. Te juro que no voy a parar hasta encontrarte. Te lo juro. El vuelo de regreso a Tijuana fue un infierno. Valeria iba junto a la ventana, miraba las nubes, recordaba el vuelo de ida, la emoción, las risas, los sueños, todo destruido en cuestión de días. Aterrizó en Tijuana a las 8:0 pm. Sus padres la esperaban. La abrazaron fuerte, demasiado fuerte, como si temieran que ella también pudiera desaparecer.

En casa, Valeria no salió de su habitación durante días. No comía, apenas dormía, solo revisaba su teléfono esperando noticias. Cualquier noticia, los medios de Tijuana cubrían el caso diariamente. Se cumplen 48 horas de la desaparición de Abril Sánchez. 72 horas sin rastro de la joven tijuanensense, una semana del caso que congeló a Tijuana, porque eso era exactamente lo que había pasado. La ciudad entera estaba congelada, esperando, rezando, temiendo. Las amigas de abril organizaron marchas, ni una menos.

Vivas nos queremos. Cientos de personas en las calles portando fotos de abril, exigiendo justicia. Valeria no podía ir a las marchas, no podía ver a nadie, la culpa la consumía. 25 de enero, día 12, Valeria recibió una llamada de la agente Torres. Valeria, tenemos algo. Un cuerpo apareció en Playa del Carmen, a 30 km de Cancún. El mundo de Valeria se detuvo. Es ella. No lo sabemos. El cuerpo está dañado. Necesitamos que los padres vengan a hacer identificación o que envíen información dental, ADN.

Valeria no podía respirar. Cuando hace apareció en la playa, un pescador lo encontró. Valeria colgó, llamó a doña Patricia, le dio la noticia, escuchó el grito desgarrador al otro lado, el llanto inconsolable. Los padres de abril volaron a Cancún esa misma noche. Valeria quiso ir con ellos, pero don Roberto se negó. “Ya hiciste suficiente daño”, le dijo. Las palabras la destrozaron, pero las merecía. Durante 24 horas, Tijuana contuvo el aliento. Los noticieros interrumpían la programación. Posible hallazgo en caso Abril Sánchez.

Todo el país esperaba. 26 de enero, la noticia llegó a las 3:0 pm. No era abril. El cuerpo pertenecía a otra mujer, una turista argentina desaparecida hace meses. Su familia pudo tener un cierre, pero para la familia de abril la agonía continuaba. Valeria sintió alivio y desesperación al mismo tiempo. Abril seguía viva. Tenía que estarlo. Pero, ¿dónde en qué condiciones? Los días se convirtieron en semanas. El caso seguía en los medios, pero cada vez con menos frecuencia la gente empezaba a olvidar, a seguir con sus vidas.

Todos, excepto Valeria. Ella no podía olvidar, no podía seguir adelante. Pasaba horas en internet investigando, leyendo sobre casos similares, casos de mujeres desaparecidas en Cancún. Había docenas, cientos quizás, algunas encontradas, muchas no. Descubrió que Cancún era un hub del crimen organizado. Carteles peleaban por el control de la ciudad. Drogas, armas, trata de personas. Era un negocio las autoridades lo sabían, pero hacían poco o nada. El turismo era demasiado importante. Reconocer el problema significaba espantar a los turistas y eso significaba perder dinero.

Valeria contactó a organizaciones de búsqueda de personas desaparecidas, grupos de madres que llevaban años buscando a sus hijas, mujeres fuertes, incansables. Ellas la recibieron con los brazos abiertos, le enseñaron, le dieron herramientas, le dieron esperanza. “No pares de buscar”, le dijeron. Nunca pares. 5 de febrero. Tres semanas después de la desaparición, algo finalmente se movió en el caso. La agente Torres llamó a Valeria. “¿Tenemos algo, un testigo?” ¿Qué testigo? Un empleado de un motel en la carretera Cancún Tulum dice que reconoce a Abril, que estuvo ahí el 18 de enero.

Valeria sintió electricidad en el cuerpo. ¿Estás seguro? Bastante. Vio el volante. Nos llamó. Dice que una chica muy parecida a abril estuvo en el motel con un hombre. Pidieron una habitación por una noche. ¿Con qué hombre? No lo sabe. Pero tenemos las cámaras del motel. Vamos a revisar. Dos días después, Torres llamó de nuevo. Era ella, era Abril y el hombre era Leonardo. Valeria quería gritar, llorar, todo al mismo tiempo. ¿Qué hacían ahí? ¿A dónde fueron después?

El empleado dice que se fueron a la mañana siguiente temprano como a las 6 a. Tomaron la carretera hacia el sur, hacia Tulum, pero después de eso nada. Perdimos el rastro. Y las cámaras del motel, ¿qué mostraban? Torres hizo una pausa. Valeria, esto no va a ser fácil de escuchar. Dígamelo. En las cámaras, Abril no parece estar bajo amenaza. Camina por su cuenta, habla con Leonardo, se ríe incluso. Es como si como si estuviera ahí voluntariamente. Valeria se quedó en silencio.

Eso no tenía sentido. No, eso es imposible. Abril nunca me dejaría así sin decir nada. Lo sé. Y por eso seguimos investigando, porque algo aquí no cuadra. Los días siguientes fueron confusos. Las autoridades tenían más preguntas que respuestas. Abril se fue voluntariamente. Fue engañada, drogada, amenazada y lo más importante, ¿dónde estaba ahora? La familia de Abril se dividió en opiniones. Don Alberto creía que su hija había sido secuestrada, forzada. Doña Patricia no sabía qué creer, pero Valeria conocía a Abril mejor que nadie y sabía que algo más había pasado, algo que no entendían todavía.

Comenzó su propia investigación. contrató a un investigador privado con el dinero que le quedaba de sus ahorros, un hombre llamado Héctor Villegas, ex policía con contactos en todo México. Héctor revisó todo el pasado de Leonardo, sus conexiones, sus movimientos y encontró algo. Leonardo Huerta no existe, le dijo Héctor una tarde en su oficina. Ese nombre es falso, pero encontré a la persona real detrás de la identidad. Le mostró una foto, el mismo hombre, pero con otro nombre.

Se llama Rafael Domínguez. Tiene 38 antecedentes por fraude, estafa. Y algo más preocupante, está vinculado a una red de explotación sexual en Quintana Roo. Valeria sintió náuseas. Explotación sexual. reclutan mujeres, les prometen trabajos, relaciones, viajes y las terminan explotando. Algunas logran escapar, otras no. Entonces, Abril, Abril probablemente fue una víctima más. Rafael la identificó como un blanco fácil, joven, turista, vulnerable. La sedujo, la convenció y probablemente la tiene en algún lugar ahora. Valeria sintió furia. dolor, impotencia, ¿dónde?

¿Dónde la tiene? Eso es lo que vamos a averiguar. Héctor contactó a sus fuentes, informantes, exclegas, personas en el bajo mundo, todos buscando información sobre Rafael Domínguez. Y finalmente alguien habló. 12 de febrero. Hay un lugar, le dijo Héctor. Una casa en las afueras de Tulum se usa como un punto de tránsito. Mujeres llegan ahí y después son movidas a otros lugares. Intana Ro, Tabasco, incluso Centroamérica. ¿Crees que Abril esté ahí? Es posible, pero entrar ahí es peligroso, muy peligroso.

Necesitamos a la policía. Valeria contactó a la agente Torres, le pasó toda la información. Torres prometió actuar, pero los días pasaban y nada sucedía. Necesitamos más evidencia, decía Torres. No podemos irrumpir en una propiedad privada sin una orden judicial sólida. Valeria estaba desesperada. Cada día que pasaba, era un día más de abril en manos de esos criminales. Tomó una decisión, una decisión peligrosa, probablemente estúpida. Iba a ir ella misma. 18 de febrero, un mes después de la desaparición, Valeria voló de regreso a Cancún.

No le dijo a nadie, ni a sus padres, ni a Torres, ni siquiera a Héctor. Rentó un coche, condujo hacia Tulum, siguiendo las indicaciones que Héctor le había dado. La casa estaba a 20 minutos del centro, en una zona rural rodeada de selva. Llegó al anochecer, se estacionó a unos 100 met, escondió el coche entre los árboles y caminó hacia la casa. Era una construcción simple de dos pisos, pintura descascarada, ventanas con rejas, había luces encendidas adentro y dos camionetas estacionadas afuera.

Valeria se acercó con cuidado. Su corazón latía tan fuerte que pensó que la escucharían. Rodeó la casa buscando una ventana, una forma de ver adentro. En la parte trasera encontró una ventana sin cortinas. se asomó y lo que vio la dejó sin aliento. Había mujeres adentro, cinco, tal vez seis, sentadas en el suelo con ropa mínima. Algunas lloraban, otras miraban al vacío y entre ellas estaba Abril, delgada, pálida, el cabello sucio y enredado, pero era ella, era su amiga.

Valeria quiso gritar, golpear la ventana, pero se contuvo. Si alertaba a los captores, todos estarían en peligro. Sacó su celular, tomó fotos, evidencia. Luego corrió de vuelta al coche, llamó a Torres. La encontré. Encontré a sé dónde está. Dio la dirección exacta. Torres movilizó a un equipo táctico. Valeria, aléjate de ahí ahora. Es peligroso. Nosotros nos encargamos. Pero Valeria no se fue. Se quedó en el coche esperando, vigilando. 40 minutos después llegaron las patrullas. Sin sirenas, sin luces, sigilosas.

El operativo fue rápido. Irrumpieron en la casa. Gritos, movimiento, disparos. Valeria se encogió en el coche orando, rogando que abril estuviera bien. 20 minutos de caos y luego silencio. Las mujeres comenzaron a salir una por una, envueltas en mantas térmicas, asustadas, traumatizadas. Valeria salió del coche, corrió hacia el grupo. Abril, abril. Y entonces la vio caminando despacio, ayudada por una paramédica débil, pero viva. Abril. Valeria corrió hacia ella. Abril levantó la vista. Sus ojos tardaron un momento en enfocar, en reconocer.

Bal. Su voz era apenas un susurro. Se abrazaron, lloraron. Valeria sentía el cuerpo frágil de su amiga. Los huesos constante. Lo siento, lo siento mucho. Debí protegerte. Debí. No, interrumpió Abril. Tú me salvaste. Me encontraste. Gracias. Las paramédicas las separaron. Abril necesitaba atención médica urgente. La subieron a una ambulancia. Valeria la siguió al hospital. No se separó de ella ni un momento. Los médicos la examinaron. deshidratación, desnutrición, golpes, pero estaba viva. Iba a sobrevivir. Durante días, Abril no pudo hablar mucho.

El trauma era profundo. Pero poco a poco la historia salió. Leonardo Rafael se le había acercado en la playa. Le dijo que había una oportunidad de trabajo, modelaje, buena paga. Solo necesitaba ir a una sesión de fotos esa tarde. Abril, siempre buscando oportunidades, aceptó. Solo será una hora le dijo a sí misma. Vuelvo antes de que Vale. Pero cuando llegaron al motel, todo cambió. Rafael le ofreció una bebida, ella la tomó y después de eso todo se volvió borroso.

La drogaron, la transportaron a la casa. Durante semanas vivió en un infierno. Amenazas, abuso. Le dijeron que si intentaba escapar matarían a su familia. Pensé que nunca saldría dijo Abril llorando. Pensé que moriría ahí. El caso explotó a nivel nacional. No solo era la desaparición de abril, era el descubrimiento de toda una red de trata. Seis mujeres rescatadas, tres hombres arrestados. incluyendo a Rafael Domínguez. Los medios cubrieron la historia durante semanas. El caso que congeló a Tijuana tiene un final feliz, joven rescatada después de un mes de pesadilla.

Pero para abril y Valeria no era un final feliz, era solo el comienzo de un largo proceso de sanación. Abril regresó a Tijuana, inició terapia, dejó la escuela temporalmente. Algunos días no podía salir de la cama, otros tenía pesadillas tan intensas que gritaba hasta quedarse sin voz. Valeria la acompañó en cada paso. Se convirtió en su defensora, su protectora, su hermana de verdad. Meses después, Abril finalmente pudo hablar públicamente, dio una entrevista, contó su historia, no para revivir el trauma, sino para prevenir que le pasara a alguien más.

Nunca pensé que me pasaría a mí, dijo en cámara. Siempre creemos que esas cosas les pasan a otras personas, pero le puede pasar a cualquiera en cualquier momento. Su historia ayudó a otras mujeres a hablar, a denunciar, a buscar ayuda. Rafael Domínguez fue sentenciado a 35 años de prisión. Trata de personas, secuestro, abuso. Sus cómplices también recibieron sentencias largas, pero la red seguía operando. Otras células, otros criminales. El problema era más grande que un solo hombre. Valeria se unió a organizaciones de búsqueda de personas desaparecidas, ayudaba a familias, compartía lo que había aprendido.

Se convirtió en una voz para quienes no podían hablar. Abril, con el tiempo, también se sumó. Juntas crearon una fundación. No estás sola. Ayudaban a víctimas de trata, les daban apoyo legal, psicolómico. El viaje soñado a Cancún se había convertido en su peor pesadilla. Pero de esa oscuridad nació algo importante, un propósito, una misión. Hoy, 3 años después, Abril y Valeria siguen siendo mejores amigas. El vínculo entre ellas es más fuerte que nunca, porque sobrevivieron juntas, lucharon juntas y seguirán luchando juntas por todas las abriles que aún están perdidas, por todas las familias que aún buscan, por todas las voces que fueron silenciadas, porque nadie merece desaparecer, nadie merece ser olvidada.

Esta fue la historia de dos mejores amigas, un sueño compartido y una desaparición que congeló a toda una ciudad, un recordatorio de que el mal existe, pero también la esperanza, la resistencia, el amor y que a veces, solo a veces, las historias terribles pueden tener un destello de luz al final. Gracias por quedarte hasta el final de esta historia. Si conoces a alguien que esté pasando por una situación similar o si tú mismo necesitas ayuda, recuerda que no estás solo.

Hay organizaciones que pueden ayudar. Busca apoyo, habla, denuncia, cuídate, cuida a los tuyos y nunca, nunca dejes de buscar.