El caso que congeló Perú. Una pareja entró a un hotel en Ayacucho y nunca salió, desapareció. ¿Qué harías si entraras a un hotel y simplemente dejaras de existir? No me refiero a una película de terror. No hablo de ficción. Hablo de un caso real que sacudió Perú hasta sus cimientos. Una pareja joven, con documentos, con familia, con vida, entró a un hotel en Ayacucho el 12 de agosto y nunca más fue vista. No hay rastro, no hay explicación, solo un cuarto vacío, impecablemente ordenado, como si nunca hubieran estado allí.
La mañana del 12 de agosto amaneció como cualquier otra en Ayacucho. El cielo andino se extendía azul y limpio sobre la ciudad, mientras los primeros rayos de sol iluminaban las fachadas coloniales del centro histórico. A las 8:30 de la mañana, la temperatura rondaba a los 12ºC, típica de la estación seca en esta región de los Andes peruanos, situada a más de 2,700 m sobre el nivel del mar. En el hotel Mirador Andino, un establecimiento de tres estrellas ubicado en el Girón 28 de julio, cerca de la plaza de armas, la rutina matinal transcurría con normalidad.
Rosa Méndez, la recepcionista de turno, llegó puntual a las 7 de la mañana. A sus años, Rosa llevaba ocho trabajando en el hotel y conocía cada rincón del edificio de tres pisos que se había convertido en su segundo hogar. Era un día tranquilo, recordaría Rosa semanas después durante uno de los múltiples interrogatorios policiales.
Teníamos apenas cinco habitaciones ocupadas. La temporada baja siempre es así en agosto. Los turistas prefieren venir para Semana Santa o en julio por las fiestas patrias. El hotel mirador andino era el más lujoso de Ayacucho, pero tampoco el más modesto. Con 24 habitaciones distribuidas en tres pisos, ofrecía lo esencial: camas limpias, agua caliente, Wi-Fi y un desayuno continental incluido. Su ubicación privilegiada, a solo dos cuadras de la Plaza de Armas, lo convertía en una opción popular tanto para turistas nacionales como para visitantes que llegaban por negocios o asuntos familiares.
Fueron las 2:47 de la tarde cuando todo cambió. La puerta principal del hotel se abrió y entraron ellos. Las cámaras de seguridad, que más tarde se convertirían en la evidencia más analizada de toda la investigación, capturaron cada segundo de su llegada. Él era un hombre joven de aproximadamente 28 a 30 años, complexión atlética, cabello oscuro cortado prolijamente, vestía jeans azul oscuro, una camisa blanca y una casaca negra de corte deportivo. Llevaba una mochila mediana de color gris colgada al hombro derecho.
Ella aparentaba entre 25 y 27 años. Su cabello castaño, largo hasta media espalda, estaba recogido en una cola de caballo. Vestía un jein claro, una blusa rosada y un saco de lana beige, típico de las prendas artesanales que se venden en los mercados de Ayacucho. En su mano derecha llevaba un bolso de tela con diseños andinos. Ambos lucían tranquilos, sonrientes, incluso no había nada en su comportamiento que sugiriera alarma, miedo o prisa. “Buenas tardes, saludó él con cortesía.

acercándose al mostrador de recepción. Su voz era clara, su acento limeño inconfundible para Rosa, quien había aprendido a distinguir las diferentes entonaciones de los visitantes que llegaban de todas partes del Perú. “Buenas tardes,” respondió Rosa con una sonrisa profesional. “¿En qué puedo ayudarles? Queremos una habitación para dos noches”, explicó él mientras ella permanecía ligeramente detrás, observando con interés las paredes decoradas con fotografías antiguas de Ayacucho. Rosa tecleó en su computadora, verificando la disponibilidad. “Tengo habitaciones disponibles en el segundo y tercer piso.
¿Tienen alguna preferencia?” “Segundo piso, está bien”, respondió él sin dudar. “Perfecto, necesitaré sus documentos de identidad, por favor.” Este momento aparentemente rutinario se convertiría en uno de los aspectos más desconcertantes del caso. Ambos sacaron sus documentos. Él entregó su DNI, ella el suyo. Rosa los escaneó con el equipo del hotel y procedió a ingresar los datos en el sistema de registro, tal como lo exigía la ley peruana para todos los establecimientos de hospedaje. Los nombres quedaron registrados.
Carlos Mendoza Ríos, 29 años, nacido en Lima, con domicilio en el distrito de Jesús María. Y Andrea Lucía Salazar Vega, 26 años, también limeña, residente en el distrito de Pueblo Libre. Los documentos eran auténticos, verificados posteriormente por la policía. Personas reales con historias reales, familias reales. El total son 180 soles por las dos noches”, informó Rosa. Carlos sacó su billetera y pagó en efectivo. Billetes de 50 soles cuidadosamente contados. Rosa emitió el recibo, entregó las llaves de la habitación 204 y señaló hacia las escaleras.
Segunda planta, al final del pasillo a mano derecha. El desayuno es de 7 a 10 de la mañana en el comedor del primer piso. Si necesitan algo, marquen el cero desde el teléfono de la habitación. Muchas gracias, respondió Carlos tomando las llaves. Andrea sonrió brevemente antes de que ambos se dirigieran hacia las escaleras. Las cámaras lo siguieron. Subieron los peldaños con paso normal, sin prisa. En el descanso del segundo piso, Carlos se detuvo brevemente para ajustarse la mochila.
Andrea esperó junto a él. Intercambiaron algunas palabras que las cámaras sin audio no pudieron captar. Luego continuaron por el pasillo de paredes blancas, iluminado por la luz natural que entraba por una ventana al final del corredor. Llegaron a la puerta de la habitación 204. Carlos insertó la llave, abrió la puerta. Andrea entró primero. Él la siguió. La puerta se cerró detrás de ellos. Eran las 2:53 de la tarde del 12 de agosto. Fue la última vez que alguien los vio.
Lo que nadie sabía en ese momento, ni Rosa en recepción, ni los otros huéspedes, ni siquiera las autoridades que pronto se verían envueltas en este enigma, era que Carlos Mendoza y Andrea Salazar acababan de cruzar un umbral del que nunca regresarían. La habitación 204, un espacio de apenas 20 m² con una cama matrimonial, un baño privado y una pequeña ventana con vista a la calle, se convertiría en el epicentro de uno de los misterios más perturbadores en la historia reciente del Perú.
El hotel Mirador Andino continuó su rutina. Otros huéspedes entraron y salieron. El personal de limpieza realizó sus labores en las habitaciones desocupadas. La tarde dio paso al atardecer y el atardecer a la noche las luces de la ciudad se encendieron una por una mientras Ayacucho se preparaba para otra noche fría de invierno andino. En la habitación 204 todo permanecía en silencio. No hubo llamadas a recepción, no se solicitó servicio de habitación, no se reportaron ruidos, quejas o cualquier tipo de actividad inusual.
El cuarto simplemente existía en un estado de calma absoluta, como si estuviera vacío, pero no lo estaba, o al menos no debería haberlo estado. Cuando el reloj marcó las 10 de la noche, Rosa terminó su turno y se despidió de Miguel Arias, el recepcionista nocturno que la relevaba. Le entregó el registro de los nuevos huéspedes, incluyendo la pareja de la habitación 204. Tranquilo, le dijo Rosa mientras se ponía su saco. Está todo en orden. Los de la 204 llegaron en la tarde y no han pedido nada.
El resto está durmiendo o salió. Miguel, un joven de 24 años que estudiaba turismo en la universidad local y trabajaba de noche para pagar sus estudios, revisó el registro y asintió. Era su segunda semana en el trabajo y todavía se sentía nervioso con cada turno. La noche transcurrió sin incidentes. Miguel pasó las horas estudiando para un examen, atendiendo ocasionalmente a un huésped que salía tarde o regresaba de cenar. Las cámaras de seguridad continuaban grabando los pasillos vacíos, la recepción, la entrada principal.
Nada fuera de lo común. A las 6 de la mañana del 13 de agosto, cuando el primer rayo de luz comenzaba a iluminar las montañas que rodeaban a Yakucho, el turno de Miguel llegó a su fin. Rosa volvió a entrar, puntual como siempre, saludando con un bostezo y un café humeante en la mano. ¿Cómo estuvo la noche?, preguntó mientras dejaba su bolso detrás del mostrador. “Tranquila”, respondió Miguel, estirándose después de horas sentado. Nadie bajó de la 204, ni siquiera los escuché.
Rosa frunció levemente el ceño, pero no le dio mayor importancia. Algunos huéspedes preferían descansar sin interrupciones, especialmente si venían de viaje largo. Asumió que la pareja había dormido toda la tarde y noche, recuperándose del cansancio. Las horas de la mañana pasaron, llegó el mediodía. La hora del checkout era a las 12, pero era común que algunos huéspedes se demoraran. Rosa no se preocupó hasta la 1:30 de la tarde cuando se dio cuenta de que la pareja de la 204 no había bajado, no había devuelto las llaves y no había dado señales de vida en más de 22 horas.
Marcó la extensión de la habitación desde el teléfono de recepción. El timbre sonó una, dos, tres veces. Nadie contestó. Volvió a intentar. Mismo resultado. Fue entonces cuando una sensación incómoda comenzó a instalarse en el estómago de rosa. No era normal. En 8 años trabajando en el hotel, había visto de todo. Héspedes que dormían hasta tarde, parejas que no querían ser molestadas, personas enfermas, pero siempre, eventualmente, respondían. Siempre había alguna señal de vida. Rosa llamó a Javier Paredes, el gerente del hotel, un hombre de 55 años con 30 años de experiencia en la hospitalidad.
Javier estaba en su oficina del tercer piso, revisando facturas cuando su teléfono sonó. Javier, tengo una situación extraña”, dijo Rosa con voz tensa. “Los huéspedes de la 204 entraron ayer a las 3 de la tarde y no han salido. No contestan el teléfono, se pasaron de la hora de checkout y no han dado señales.” Javier bajó inmediatamente. Intentó llamar nuevamente a la habitación. Nada. Decidió subir personalmente, acompañado de Rosa y de Patricia Hamán, una de las camareras del hotel.
Subieron las escaleras con paso decidido. El pasillo del segundo piso estaba silencioso, iluminado por la luz tenue de media tarde que entraba por la ventana. Se detuvieron frente a la puerta de la habitación 204. Javier tocó con firmeza. Buenos días, soy el gerente del hotel. ¿Se encuentran bien? Silencio. Volvió a tocar más fuerte esta vez. Disculpen. Necesitamos verificar que todo esté en orden. Nada. Ni un sonido, ni un movimiento, ni siquiera el crujido de alguien moviéndose dentro.
Javier sacó la llave maestra de su bolsillo. Voy a abrir, anunció. Insertó la llave, pero la puerta no se movió. Estaba trabada desde dentro con el pillo de seguridad. Está cerrado desde adentro, murmuró frunciendo el ceño. Eso significaba que alguien había activado el seguro interno, el que solo podía cerrarse desde el interior de la habitación. Javier golpeó nuevamente, esta vez casi gritando, “Si no responden, vamos a tener que forzar la entrada. Esperaron 30 segundos. Un minuto, 2 minutos, nada.
Fue Patricia quien sugirió lo obvio. Tal vez salieron y cerraron con el pestillo por error o están dormidos profundamente. Pero Javier sabía que eso no tenía sentido. El pestillo no podía activarse desde afuera y nadie duerme tan profundamente como para no escuchar golpes insistentes en la puerta durante varios minutos. Voy a forzarla”, decidió finalmente. Con la ayuda de César, el técnico de mantenimiento que había subido al escuchar el alboroto, empujaron la puerta con fuerza. El pestillo se dio con un chasquido metálico.
La puerta se abrió y lo que vieron al otro lado congeló la sangre de todos los presentes. El primer pensamiento de Javier Paredes al cruzar el umbral de la habitación 204 fue simple y desconcertante. Habían entrado al cuarto equivocado, no podía ser de otra manera. La escena frente a sus ojos no coincidía con ninguna lógica posible. La habitación estaba vacía, completamente, absolutamente vacía, no como un cuarto abandonado en desorden, sino como una habitación que nunca había sido ocupada.
La cama matrimonial, cubierta con sábanas blancas impecables, mostraba ese estado prítino que solo tienen las camas recién hechas por el personal de limpieza. Las almohadas estaban perfectamente acomodadas, sin una sola arruga, sin la más mínima marca de una cabeza que hubiera descansado sobre ellas. El cubrecama decorativo, con sus diseños andinos en tonos rojos y ocres, estaba extendido con precisión militar. Rosa entró detrás de Javier, seguida por Patricia y César. Los cuatro se quedaron parados en la entrada, como si un campo de fuerza invisible les impidiera avanzar más allá de esos primeros pasos.
No, no entiendo, susurró Rosa, su voz apenas audible. Su mente intentaba procesar lo que veían sus ojos, pero las piezas no encajaban. Ellos entraron. Los vi. Todos los vimos en las cámaras. Javier caminó lentamente hacia el centro de la habitación, sus zapatos resonando sobre el piso de cerámica encerada. Miró a su alrededor con la meticulosidad de quien busca desesperadamente una explicación racional. El closet de madera estaba abierto, vacío. Ni una sola prenda colgada, ni una mochila, ni una maleta.
Los ganchos de metal permanecían desnudos, balanceándose levemente con la corriente de aire que había entrado al abrir la puerta. Patricia, movida por el instinto profesional de años trabajando en limpieza hotelera, se dirigió al baño, empujó la puerta de vidrio esmerilado y encendió la luz. Lo que vio confirmó la imposibilidad de la situación. Las toallas blancas estaban perfectamente dobladas sobre el toallero, intactas. El jabón de cortesía permanecía en su envoltorio original. El papel higiénico mostraba el doblez triangular característico que Patricia misma hacía después de limpiar cada habitación.
No había humedad en el piso, ni gotas de agua en el lavabo, ni bao en el espejo. “Nadie usó el baño”, anunció Patricia. Su voz temblando ligeramente. Está exactamente como yo lo dejé ayer después de la limpieza matinal. César se acercó a la ventana corriendo ligeramente la cortina Beige. La ventana estaba cerrada y asegurada con el pestillo interno. Desde allí la vista daba directamente al girón 28 de julio, con su tráfico moderado de la tarde y los peatones caminando por la vereda.
Una caída desde el segundo piso hubiera sido peligrosa, posiblemente mortal y, en cualquier caso, imposible de realizar sin dejar la ventana abierta. La ventana está cerrada desde adentro. confirmó César. Y no hay forma de cerrarla desde afuera. El mecanismo solo funciona desde aquí. Javier abrió los cajones del pequeño buró junto a la cama, vacíos. Revisó debajo de la cama, agachándose para mirar en ese espacio de apenas 30 cm entre el colchón y el piso. Nada, ni polvo siquiera gracias a la limpieza impecable de Patricia.
Fue entonces cuando la magnitud de lo imposible comenzó a asentarse realmente. No estaban ante un caso de huéspedes que se habían marchado temprano. Esto era algo completamente diferente, algo que desafiaba toda lógica. Rosa, dijo Javier girándose hacia la recepcionista. ¿Estás completamente segura de que entraron a esta habitación? A la 204 específicamente Rosa sintió una oleada de indignación defensiva ante la pregunta, pero entendió la necesidad de verificar. Completamente segura, Javier, les di las llaves de la 204. Yo misma las saqué del tablero y las cámaras los grabaron subiendo al segundo piso.
Entonces, necesitamos ver esas grabaciones. Ahora los cuatro bajaron rápidamente a la recepción. Rosa, con manos temblorosas accedió al sistema de cámaras de seguridad del hotel. El hotel Mirador Andino contaba con cuatro cámaras, una en la entrada principal, una en la recepción, una en el pasillo del segundo piso y otra en el del tercero. No había cámaras dentro de las habitaciones. Por razones obvias de privacidad, Rosa retrocedió la grabación hasta las 2:47 de la tarde del día anterior.
Todos se apiñaron alrededor del monitor de la computadora y ahí estaban Carlos y Andrea entrando por la puerta principal, tan reales y tangibles como cualquier otro huésped. La imagen era clara, sin interferencias. “Adelanta hasta que lleguen al segundo piso”, ordenó Javier. Rosa cambió a la cámara del pasillo superior. A las 2:52 pm, la pareja apareció en el cuadro caminando por el corredor. Se detuvieron exactamente frente a la puerta de la habitación 204. La cámara los captó de perfil mientras Carlos abría con la llave.
Andrea entró primero. Él la siguió. La puerta se cerró. Javier sintió como su boca seaba y después Rosa adelantó la grabación. Minutos, horas. La pantalla mostraba el pasillo vacío, iluminado, sin movimiento. Los minutos se convertían en horas en la velocidad acelerada de reproducción. Ninguna puerta se abría, nadie salía, nadie entraba. Para, dijo Javier cuando llegaron a las 7 am del día actual. Reproduce en velocidad normal desde aquí. Vieron como Patricia, la misma camarera que ahora estaba junto a ellos, aparecía en la cámara llevando su carrito de limpieza.
Se detenía en la habitación 2011, entraba, salía 40 minutos después, luego iba a la 202 y así sucesivamente, pero nunca se acercaba a la 204 porque esa habitación estaba supuestamente ocupada. “Sigue adelantando”, murmuró Javier, aunque en su interior ya sabía lo que verían, o más bien lo que no verían. La grabación continuó hasta el momento presente, las 2:15 pm del 13 de agosto. En ningún momento, en esas casi 24 horas de grabación continua, alguien salió de la habitación 204.
La puerta permaneció cerrada, el pasillo, mayormente vacío, excepto por el paso ocasional de otros huéspedes o del personal. “Es imposible”, susurró César expresando lo que todos pensaban. “Entraron y no salieron. Las cámaras no mienten, pero la habitación está vacía. ¿Cómo? Patricia, una mujer profundamente católica que cada domingo asistía sin falta a misa en la catedral de Ayacucho, se persignó. “Esto no es natural”, murmuró. “Algo malo pasó aquí, algo que no tiene explicación.” Javier, siempre el pragmático, intentó mantener la calma.
Su mente de administrador buscaba explicaciones racionales, aunque cada una que surgía era descartada inmediatamente por los hechos. Una salida secreta en la habitación. Imposible. Él conocía cada centímetro del edificio. Se confundieron de habitación. Las cámaras mostraban claramente la 204. ¿Algún truco de las cámaras? Los archivos estaban intactos. Sin manipulación. Tenemos que llamar a la policía, decidió finalmente. No era una situación que pudiera manejar internamente. Esto había trascendido cualquier protocolo hotelero normal. ¿Pero qué les vamos a decir?
Preguntó Rosa con voz angustiada. Que tuvimos huéspedes fantasmas. Nos van a creer locos. Les vamos a decir la verdad, respondió Javier con firmeza. Dos personas registradas legalmente en nuestro hotel han desaparecido. Tenemos sus documentos escaneados. Tenemos las grabaciones de seguridad. Son evidencias concretas. Esto es un caso para las autoridades. Mientras Javier marcaba el número de la comisaría central de Ayacucho, Rosa regresó a su computadora y abrió el archivo digital donde se almacenaban las copias de los documentos de identidad de los huéspedes.
Necesitaba los datos completos de Carlos y Andrea para el reporte policial. Los documentos estaban ahí escaneados con claridad. DNI número 4 TTI83295 y6. Carlos Mendoza Ríos, nacido el 15 de marzo de 1994 en Lima. DNI número 466 CO134. Andrea Lucía Salazar Vega, nacida el 8 de julio de 1997, también en Lima. Direcciones, fechas de emisión, todo en orden. Personas reales, con vidas reales y ahora inexplicablemente desaparecidas. La llamada de Javier fue atendida en la comisaría por el suboficial Raúl Gutiérrez, un policía de 38 años con 15 años de servicio en la región.
Cuando Javier explicó la situación, hubo un largo silencio al otro lado de la línea. “¿Me está diciendo que dos personas entraron a una habitación y desaparecieron?” La voz de Gutiérrez sonaba escéptica, casi burlona. “Sé cómo suena,”, respondió Javier, manteniendo un tono profesional. “Pero le estoy reportando un caso de desaparición de personas. Tengo documentos, registros y grabaciones de seguridad. Necesito que envíen una unidad. Otro silencio, luego un suspiro. Está bien. Enviaremos una patrulla. Estarán ahí en 20 minutos.
No toquen nada en la habitación. Esos 20 minutos se sintieron como una eternidad. El hotel continuó su actividad normal. otros huéspedes sin conocimiento de lo que estaba ocurriendo mientras el personal involucrado se reunía en la recepción intercambiando teorías cada vez más elaboradas y desesperadas. “Tal vez salieron cuando las cámaras fallaron por un segundo”, sugirió César. “Las cámaras no fallaron”, rebatió Rosa, revisando nuevamente los archivos. La grabación es continua, no hay cortes, no hay saltos de tiempo. Además, aunque hubiera un fallo de segundos, ¿cómo explicamos que la habitación esté completamente vacía?
¿Qué hicieron con sus mochilas, su ropa? ¿Y por qué dejarían sus documentos? Ese último punto era particularmente perturbador. En Perú, el DNI es fundamental para casi cualquier actividad: viajar, hacer transacciones bancarias, identificarse. Nadie en su sano juicio lo abandonaría voluntariamente. A las 2:47 pm, exactamente 24 horas después de la llegada de la pareja, un coche patrulla de la Policía Nacional del Perú se detuvo frente al hotel Mirador Andino. Descendieron el suboficial Gutiérrez y el oficial técnico Daniel Prado, especialista en investigación criminal.
Javier los recibió en la entrada y los guió directamente a su oficina donde había preparado toda la documentación, los registros de checkin, las copias de los DNI y las grabaciones de seguridad en un USB. Gutiérrez, un hombre corpulento, con bigote canoso y expresión perpetuamente seria, escuchó la explicación completa. Su escepticismo inicial comenzó a desvanecerse cuando vio las evidencias. No eran las fantasías de un personal histérico. Eran hechos documentados con fechas y horas precisas, respaldados por tecnología. Llevenos a la habitación”, ordenó finalmente.
El grupo subió al segundo piso. Javier abrió la puerta de la 204, que había vuelto a cerrar con llave después de la primera inspección. Los dos policías entraron con la precaución de quienes han visto demasiado en sus años de servicio como para sorprenderse fácilmente. Pero incluso ellos no pudieron ocultar su desconcierto. Prado sacó guantes de látex de su mochila y comenzó una inspección metódica. revisó el closet, el baño, debajo de la cama, detrás de los muebles. Sacó una pequeña linterna y examinó cada rincón buscando que ni él mismo lo sabía bien.
No hay rastros de lucha, murmuró. No hay rastros de nada en realidad la habitación está impecable. Gutiérrez se acercó a la ventana verificando personalmente que estuviera cerrada desde dentro. Luego inspeccionó la puerta, el pestillo que habían tenido que forzar para entrar. Explíqueme nuevamente cómo estaba la puerta cuando intentaron entrar”, pidió a Javier. Cerrada con llave desde afuera, pero también trabada con el pestillo de seguridad desde dentro, respondió Javier. Es imposible trabar ese pestillo desde el exterior. Es un mecanismo simple, una barra de metal que se desliza en una ranura, solo funciona desde dentro de la habitación.
Gutiérrez se agachó para examinar el pestillo roto. Era exactamente como Javier describía. Un sistema simple, pero efectivo. No había forma de manipularlo desde el pasillo. Los dos policías intercambiaron una mirada que comunicaba volúmenes sin necesidad de palabras. En sus años combinados de servicio habían visto muchas cosas, crímenes pasionales, robos, tráfico de drogas, incluso dos casos de asesinato. Pero esto, esto era diferente. Esto desafiaba la experiencia y el entrenamiento. Necesitamos llevar las grabaciones y la documentación a la comisaría, dijo Gutiérrez después de un largo silencio.
Y vamos a Presinct de esta habitación. Nadie entra hasta que un equipo forense la revise completamente. Un equipo forense, Rosa, que había subido con el grupo, sintió un escalofrío. ¿Creen que que algo malo les pasó? No sabemos qué creer, admitió Gutiérrez con honestidad brutal. Pero dos personas registradas oficialmente han desaparecido bajo circunstancias que no puedo explicar. Esto requiere una investigación completa. Sellaron la habitación 204 con cinta policial amarilla y negra que rezaba: Policía Nacional del Perú, no pasar.
La imagen de esa puerta acordonada en medio del pasillo tranquilo de un hotel común era surreal. Antes de retirarse, Gutiérrez hizo una pregunta más. ¿Alguno de ustedes reconoció a esas personas? Las habían visto antes, tal vez como huéspedes anteriores. Todos negaron con la cabeza. Eran caras completamente nuevas, visitantes como cientos que pasaban por el hotel cada año. Mientras los policías bajaban con el USB de grabaciones y los documentos escaneados, Patricia se acercó a Javier y le susurró, “Yo no vuelvo a ese pasillo.
No de noche. Hay algo malo en esa habitación. Lo presiento. Javier quiso responder con pragmatismo, con lógica, con alguna explicación racional, pero las palabras murieron en su garganta. Porque en el fondo, en esa parte primitiva del cerebro humano que todavía cree en lo inexplicable, él también lo sentía. La habitación 204 había devorado a dos personas y nadie, absolutamente nadie, tenía la menor idea de cómo o por qué. Cuando el coche patrulla se alejó del hotel, Javier miró su teléfono.
Eran las 4:15 pm. En poco más de una hora, esta historia estaría en los escritorios de los detectives de la División de Investigación Criminal. Y a partir de ese momento, el caso que congelaría a Perú comenzaría su verdadero curso. Lo que ninguno de ellos sabía era que la investigación que estaba por comenzar revelaría capas de complejidad que nadie podía anticipar y que las preguntas, lejos de encontrar respuestas, solo se multiplicarían. Si me estás disfrutando este caso tan enigmático, no olvides suscribirte al canal para más contenido como este.
Dale like si quieres que sigamos investigando estos misterios y cuéntanos en los comentarios desde qué país nos estás viendo. Tu apoyo nos motiva a seguir trayendo de las historias más impactantes. La división de investigación criminal de Ayacucho, ubicada en un edificio de tres pisos en la avenida Mariscal Cáceres, recibió el caso a las 50 pm del 13 de agosto. El capitán Marcos Valverde, un investigador de 44 años con 20 años de experiencia en la policía, fue asignado como responsable principal del caso, que en ese momento todavía era clasificado como desaparición de personas bajo circunstancias inusuales.
Valverde era conocido en la comisaría por su enfoque metódico y su escepticismo saludable. Había resuelto casos complejos de trata de personas, había desmantelado redes de narcotráfico y había llevado a la justicia a criminales que parecían intocables. Era un hombre que creía en la evidencia, en la lógica, en la cadena de eventos que siempre, eventualmente revelaba la verdad. Pero cuando terminó de ver las grabaciones del hotel Mirador Andino por tercera vez consecutiva, algo en su certeza comenzó a resquebrajarse.
“Esto no tiene sentido”, murmuró a Daniel Prado, quien había traído las evidencias. “Las personas no desaparecen así. Tiene que haber una explicación.” “Eso es exactamente lo que pensé yo,”, respondió Prado. “Pero la he revisado cada ángulo. La habitación está en un segundo piso, sin acceso al techo ni a habitaciones contiguas.” La ventana estaba cerrada desde dentro. La puerta estaba trabada con el pestillo interno y las cámaras no muestran a nadie saliendo. Valverde se recostó en su silla, frotándose los ojos cansados.
Llevaba despierto desde las 5 a y ahora, 10 horas después, se enfrentaba a un caso que desafiaba cada principio de investigación que había aprendido. Primer paso dijo, recuperando su compostura profesional. Verificamos que estas personas existen realmente. Contacta con la Reniec en Lima. Necesito confirmación de que Carlos Mendoza Ríos y Andrea Lucía Salazar Vega son ciudadanos registrados con esos números de DNI. Mientras Prado hacía las gestiones administrativas, Valverde decidió algo que en retrospectiva fue la decisión que transformó un caso local en un fenómeno nacional.
llamó al mayor Eduardo Castillo, jefe de la División de Investigación Criminal Regional con base en Huamanga. “Mayor”, comenzó Valverde cuando Castillo respondió, “Tengo un caso que va a necesitar recursos que exceden lo que tenemos aquí en Ayacucho. Necesito un equipo forense completo. Análisis de video digital y probablemente atención de Lima. Hubo una pausa. ¿Qué tipo de caso?” Valverde exhaló. Dos personas registradas en un hotel. Las cámaras las muestran entrando a una habitación, nunca las muestran saliendo. 24 horas después, la habitación está completamente vacía, puerta trabada desde dentro, ventana cerrada.
Es como si se hubieran evaporado. Otra pausa más larga esta vez. Me estás tomando el pelo, Valverde, lo hiciera, mayor. Tengo las grabaciones, los registros, todo documentado. Es real y no tengo explicación. Castillo, un veterano de 30 años en la fuerza, había desarrollado un instinto para distinguir casos comunes de aquellos que podían convertirse en problemas mayores. Este definitivamente tenía el potencial de explotar. Dame una hora, voy para allá. Y Valverde, no hables con nadie sobre esto todavía, ni con prensa ni con otros departamentos, hasta que entendamos qué diablos pasó.
Pero ya era tarde para el silencio. A las 700 pm de esa misma noche, una sobrina de Rosa Méndez, la recepcionista del hotel, compartió con tres amigas en WhatsApp la historia loca que su tía había vivido ese día. Una de esas amigas era reportera del diario local, El Ayacuchano. A las 8:30 pm, el teléfono del hotel Mirador Andino empezó a sonar sin parar. Javier Paredes, agotado y estresado, cometió el error de contestar una de esas llamadas. 10 minutos después había dado una entrevista completa al periodista que llamaba, describiendo con detalle todo lo ocurrido.
No mencionó nombres de los desaparecidos. La policía había sido clara en eso, pero sí describió la situación. A las 10:0 pm la noticia estaba en la primera plana digital de El Ayacuchano. Misterio en hotel de Ayacucho. Pareja desaparece de habitación cerrada. A la medianoche, los portales de noticias de Lima habían replicado la historia. Para la mañana del 14 de agosto, el caso era nacional. Mientras el circo mediático comenzaba a formarse, el equipo forense llegó al hotel Mirador Andino a las 6:0 am del 14 de agosto.
Cinco especialistas liderados por la doctora Carmen Ruiz, una experta en criminología con formación en España, entraron a la habitación 204 con el tipo de tecnología que normalmente se reservaba para escenas de crímenes mayores. Aplicaron luminol para detectar rastros de sangre. Resultado negativo. Ninguna evidencia de violencia. Usaron luz ultravioleta para buscar fluidos corporales, huellas que pudieran ser invisibles al ojo humano. Resultado, encontraron huellas dactilares en la manija de la puerta, en el interruptor de luz, en la ventana.
Todas pertenecían al personal del hotel según la base de datos de comparación. No había huellas de Carlos ni Andrea en ninguna parte, excepto en las llaves que habían sido entregadas en recepción. tomaron muestras de fibras de la cama, del baño, de las cortinas. Resultado, solo fibras consistentes con la ropa de cama del hotel y el uniforme del personal de limpieza. No había cabellos, no había rastros de las prendas que Carlos y Andrea llevaban en las grabaciones. La doctora Ruiz realizó su informe con la precisión de quien ha testificado en docenas de tribunales.
Sus conclusiones fueron perturbadoras en su simplicidad. No hay evidencia física de que alguien hubiera ocupado la habitación 204 en las últimas 72 horas. El cuarto presenta las características de un espacio que ha sido limpiado profesionalmente y no ha sido utilizado desde entonces. Mientras el equipo forense trabajaba, Valverde recibió la confirmación de Reniec. Carlos Mendoza Ríos y Andrea Lucía Salazar Vega eran ciudadanos peruanos reales con los números de DNI correctos. Direcciones válidas en Lima. No había alertas. No tenían antecedentes criminales, eran en todos los sentidos personas comunes.
El siguiente paso era obvio, contactar a sus familias. A las 10 a, dos detectives de Lima, coordinados por Valverde tocaron la puerta del departamento en Jesús María, donde Carlos supuestamente vivía. Abrió una mujer de aproximadamente 55 años, Mercedes Ríos, la madre de Carlos. Carlos Mendoza, preguntó ella cuando los detectives se identificaron. Sí, es mi hijo. ¿Por qué? ¿Pasó algo? La conversación que siguió fue delicada. Los detectives explicaron que Carlos había sido visto por última vez en Ayacucho, en un hotel, y que había desaparecido bajo circunstancias inusuales.
Necesitaban información sobre su paradero reciente, sus planes de viaje, cualquier cosa que pudiera ayudar. Mercedes Ríos los miró con confusión genuina. No entiendo de qué hablan. Carlos no ha ido a Ayacucho. Está en Cuzco trabajando. Es ingeniero de sistemas y está en un proyecto allá. Me llamó anteayer desde su hotel en Cuzco. Los detectives intercambiaron miradas. ¿Estás segura? Tenemos imágenes de cámaras de seguridad que lo muestran en Ayacucho el 12 de agosto. Eso es imposible. Déjenme llamarlo.
Mercedes sacó su celular y marcó. El teléfono sonó y para sorpresa de todos, incluyendo los dos detectives, alguien contestó, “Mamá, ¿qué pasó?” La voz era clara, masculina, ligeramente preocupada. Mercedes activó el altavoz. Carlos, hay dos policías aquí. Dicen que desapareciste en Ayacucho. ¿Dónde estás? Silencio confundido. Luego, Ayacucho. Mamá, estoy en mi habitación de hotel en Cuzco. He estado aquí toda la semana. ¿De qué están hablando? Los detectives pidieron hablar directamente con él. Carlos Mendoza, o quien fuera que estaba al teléfono, explicó con detalle su itinerario de la última semana.
Había volado a Cuzco el 7 de agosto para supervisar la instalación de sistemas informáticos en una empresa minera. Había estado en reuniones, comidas de trabajo, visitas a campo. Tenía recibos, registros de hotel, colegas que podían confirmar su presencia. “Pero déjenme hacer una videollamada”, sugirió. Esto es ridículo. La videollamada se conectó y ahí estaba él, un hombre joven, cabello oscuro, complexión atlética, indudablemente parecido al hombre de las grabaciones del hotel Mirador Andino, pero también notablemente diferente. Los ojos eran más separados, la nariz ligeramente más ancha, la estructura de la mandíbula no era exactamente igual.
“Tomen una foto de mi Deney”, dijo Carlos a través del teléfono, sosteniendo su documento frente a la cámara. El número coincidía 468832956. Uno de los detectives tuvo una idea. ¿Tiene una marca de nacimiento o algo distintivo? Algo que podamos verificar. Tengo una cicatriz en el antebrazo derecho de cuando me caí de bicicleta a los 12 años como 5 cm de largo. Se remangó la camisa y la mostró. Los detectives revisaron las grabaciones del hotel en sus teléfonos.
El hombre que entró al hotel Mirador Andino usaba una casaca de manga larga. Nunca se le vio el antebrazo desnudo. No había forma de confirmar o descartar la cicatriz. La conversación terminó con más preguntas que respuestas. Carlos, el real Carlos de Cuzco, estaba comprensiblemente perturbado de que alguien hubiera usado su identidad. prometió viajar a Lima lo antes posible para aclararlo todo. La investigación del paradero de Andrea Salazar produjo resultados aún más desconcertantes. Los detectives llegaron al domicilio en Pueblo Libre, no encontraron a nadie.
Los vecinos informaron que Andrea vivía sola, trabajaba como diseñadora gráfica freelance y que la habían visto por última vez hace 3 días, el 10 de agosto. Salió con una maleta pequeña. Recordó una vecina de 70 años. La señora Olga. Le pregunté si se iba de viaje y me dijo que iba a visitar a una prima en provincia. No me dijo dónde. Los detectives forzaron la entrada del departamento con autorización judicial. El lugar estaba ordenado, pero mostraba signos claros de una partida planificada.
Algunos cajones abiertos, ropa faltante en el closet, artículos de tocador ausentes en el baño. En un estudio pequeño encontraron su computadora. Los expertos informáticos la revisaron y encontraron su historial de búsqueda reciente. Buses a Ayacucho, hoteles económicos Ayacucho. ¿Qué hacer en Ayacucho? Las búsquedas databan del 9 de agosto, 3 días antes de su aparición en el hotel Mirador Andino. También encontraron mensajes de WhatsApp en su teléfono que había dejado en el departamento conectado al cargador. La última conversación era con una amiga Paula del 11 de agosto.
Andrea, me voy mañana temprano a Ayacucho. Necesito despejarme. Paula sola. ¿Y es Andrea? Sí, sola. Solo unos días. Te cuento cuando vuelva. Paula, cuídate. Mándame mensaje cuando llegues. Pero ese mensaje nunca llegó y Paula, al ser entrevistada confirmó que nunca más supo de Andrea después del 11 de agosto. Entonces, si Andrea era real y había planificado el viaje a Ayacucho, ¿quién era el hombre que la acompañaba? El que se identificó como Carlos Mendoza. El mayor Castillo, ahora completamente involucrado en el caso, ordenó un análisis forense digital de las grabaciones del hotel.
Expertos de Lima llegaron con software de reconocimiento facial y análisis de video. Pasaron horas examinando cada fotograma. Sus conclusiones fueron técnicas, pero claras. El sujeto masculino en las grabaciones presenta características faciales consistentes con las del DNI de Carlos Mendoza Ríos, pero con variaciones que sugieren que no es la misma persona. La similitud es aproximadamente del 78%, significativamente alta, pero no suficiente para una identificación positiva. Es posible que sea una persona de apariencia similar o que se hayan utilizado técnicas de alteración facial.
¿Alteración facial? Preguntó Valverde como cirugía. plástica o maquillaje profesional, prótesis faciales o incluso tecnología de deep fake si las imágenes fueron manipuladas. Pero las grabaciones no muestran signos de manipulación digital, son auténticas hasta donde podemos determinar. En cuanto a Andrea, el análisis confirmó que la mujer en las grabaciones y la Andrea Salazar Vega del DNI eran la misma persona con un margen de confianza del 94%. era ella, sin duda. Para el 15 de agosto, tr días después del desaparecimiento, el caso había explotado en la conciencia nacional.
Los medios lo habían bautizado como El misterio del hotel Mirador y la pareja fantasma de Ayacucho. Teorías proliferaban en redes sociales, desde abducciones extraterrestres hasta experimentos gubernamentales secretos. El hotel mirador Andino se vio obligado a cerrar temporalmente, no por orden policial, sino porque ningún huésped quería hospedarse allí. La habitación 204 se había convertido en un símbolo de algo inexplicable, casi maldito. Valverde, exhausto después de tres días de trabajo continuo, se sentó en su oficina con el mayor castillo y revisaron todo lo que sabían.
Hechos confirmados, Andrea Salazar Vega viajó voluntariamente a Ayacucho. Un hombre que se hacía pasar por Carlos Mendoza, pero no era él, la acompañaba. Ambos entraron a la habitación 204 a las 2:53 pm del 12 de agosto. No salieron por la puerta. Confirmado por cámaras continuas. No salieron por la ventana cerrada desde dentro. Segundo piso. La habitación Io estaba completamente vacía cuando fue abierta. No hay evidencia forense de su presencia en el cuarto. Los documentos usados para registrarse eran auténticos, hechos inexplicables.
Todo lo demás. ¿Qué es si nunca entraron a la habitación? Sugirió Castillo jugando al abogado del ¿Qué si las cámaras fueron manipuladas? Los expertos confirmaron que las grabaciones son auténticas, respondió Valverde. Además, Rosa y otros empleados los vieron físicamente. No son hologramas. Entonces, ¿cómo desaparecieron? Valverde no tenía respuesta y esa falta de respuesta comenzaba a corroerlo. Toda su carrera se había construido sobre la certeza de que cada misterio tenía una solución, que con suficiente trabajo, suficiente evidencia, la verdad siempre emergía.
Pero este caso, este caso parecía burlarse de esa certeza. El 16 de agosto, 4 días después del desaparecimiento, se produjo el primer gran avance o lo que parecía un avance. Un trabajador de la terminal terrestre de Ayacucho, Esteban Cora, vio las noticias y reconoció a la mujer de las fotografías. se presentó en la comisaría con información que haría que el caso tomara un giro completamente nuevo. “Yo la vi”, dijo Esteban con seguridad el 12 de agosto, como a las 11 de la mañana.
Llegó en el bus de Lima, bajó sola con una mochila pequeña. Me acuerdo porque pregunté si necesitaba taxi y me dijo que no, que iba caminando. Valverde sintió una descarga de adrenalina. ¿Estás seguro de la fecha y hora? completamente trabajo en el turno de mañana. Ese día el bus de Lima llegó con retraso a las 11:15. Normalmente llega a las 10:30. Ella fue una de las últimas en bajar. Esto cambiaba la línea de tiempo. Andrea no había llegado con el impostor de Carlos.
Había llegado sola horas antes de que ambos aparecieran juntos en el hotel. ¿Viste a alguien esperándola? ¿Alguien con quien se encontrara? Esteban negó. No que yo viera. Se fue sola caminando hacia el centro. Valverde ordenó revisar las cámaras de la terminal y ahí estaba Andrea Salazar Vega bajando de un bus interprovincial, exactamente como Esteban describió, sola a las 11:17 a del 12 de agosto. Entonces, ¿dónde estuvo durante las siguientes 3 horas y cuándo y dónde se encontró con el hombre que usaría el DNI falso de Carlos Mendoza?
La investigación de su trayecto desde la terminal hasta el hotel requirió revisar docenas de cámaras de seguridad de negocios en el centro de Ayacucho. Fue un trabajo tedioso que tomó dos días más. Finalmente encontraron fragmentos de su ruta. Se le veía caminando por el Girón 28 de julio a las 11:45 a sola, luego a las 12:30 pm entrando a una cafetería llamada El encuentro, ubicada a tres cuadras de la plaza de armas. El dueño de la cafetería, Miguel Ángel Torres, recordaba haberla visto.
Ordenó un café y se sentó en la mesa del rincón. Estuvo como una hora, tal vez más. parecía estar esperando a alguien. Revisaba su teléfono constantemente. “¿Llegó alguien a encontrarse con ella?” Miguel Ángel frunció el seño tratando de recordar. “No estoy seguro. Tuvimos varios clientes ese mediodía, pero creo creo que sí.” Un hombre joven se sentó con ella en algún momento. No recuerdo bien sus caras, fue hace días. Las cámaras de la cafetería, lamentablemente, solo cubrían la entrada y el mostrador, no las mesas.
No había grabación de la interacción. El siguiente avistamiento fue el más importante. A las 2:43 pm, una cámara de tráfico los captó a ambos, Andrea y el falso Carlos, caminando juntos por la avenida Mariscal Cáceres, a dos cuadras del hotel. Conversaban casualmente, como cualquier pareja normal. 4 minutos después aparecerían en la recepción del hotel Mirador Andino. Pero, ¿quién era él? ¿Cómo se habían conectado? ¿Y por qué usar una identidad falsa? Las preguntas se multiplicaban mientras las respuestas seguían siendo esquivas.
Y lo peor de todo, cada día que pasaba sin noticias de Andrea Salazar Vega disminuía las posibilidades de encontrarla con vida. Si es que todavía estaba en algún lugar donde pudiera ser encontrada. El caso del hotel Mirador Andino se había convertido en un fenómeno que trascendía la simple investigación criminal. Para el 20 de agosto, 8 días después del desaparecimiento, Perú entero estaba dividido en teorías, especulaciones y debates que invadían todos los espacios, noticieros, redes sociales, conversaciones en mercados y oficinas.
En Lima, un programa de televisión de investigación periodística dedicó dos horas completas al caso, trayendo expertos en criminología, psicólogos e incluso un físico teórico que habló sobre dimensiones alternativas antes de ser rápidamente desacreditado por el resto del panel. Pero mientras la atención mediática se intensificaba, el capitán Marcos Valverde y su equipo seguían haciendo lo que sabían hacer. investigar metódicamente, seguir cada pista, por improbable que pareciera. Una de las líneas de investigación más prometedoras surgió cuando un detective joven, Roberto Chávez, tuvo una idea durante una de las interminables reuniones de equipo.
“¿Y si no desaparecieron de la habitación?”, sugirió. “¿Y si nunca estuvieron realmente ahí?” Todos lo miraron como si hubiera perdido la razón. Las cámaras los muestran entrando, le recordó Valverde. Sí, entrando continuó Chávez, cada vez más animado con su teoría. Pero, ¿qué si salieron inmediatamente en los primeros segundos antes de que la cámara del pasillo los captara de nuevo? ¿Y si hay un punto ciego? Fue una observación brillante. El equipo regresó al hotel con equipos de medición.
Estudiaron los ángulos de las cámaras, cronometraron los tiempos de grabación, buscaron ese posible punto ciego que permitiría a alguien salir sin ser detectado y lo encontraron. Había exactamente cuatro 7 segundos de intervalo entre el momento en que la puerta de la habitación 204 se cerraba y el momento en que alguien que saliera de esa habitación volvería a ser visible en la cámara del pasillo si caminaban rápido y directo hacia las escaleras. Era una ventana diminuta, casi imposible de explotar sin un conocimiento preciso del sistema de cámaras, pero existía.
Entonces, ¿qué? ¿Entraron, abrieron la puerta inmediatamente y salieron corriendo?, preguntó el mayor castillo escéptico. ¿Por qué harían eso? ¿Y cómo explicamos que la habitación estuviera trancada desde dentro cuando intentaron abrirla al día siguiente? Ahí era donde la teoría se desmoronaba. El pestillo interno solo podía activarse desde dentro de la habitación. No había forma de trabarlo desde el pasillo al salir. A menos que, “¿Y si hay una forma que no conocemos?”, insistió Chávez. Algún truco, alguna técnica. Llamaron a un serrajero profesional, Arturo Ponce, que llevaba 30 años en el negocio.
Le mostraron el tipo de pestillo de la habitación y le plantearon el desafío. “¿Había alguna forma de trabarlo desde fuera?” Arturo examinó el mecanismo durante largo rato. Intentó varias técnicas, usar alambres, imanes, incluso una cuerda fina pasada por debajo de la puerta. Nada funcionó. Es imposible, concluyó finalmente. Este tipo de pestillo es a prueba de trucos. O estás dentro y lo trabas o no lo trabas. No hay término medio. Otra teoría descartada. Mientras tanto, en Lima, la familia de Andrea Salazar Vega organizaba ruedas de prensa desesperadas.
Su madre, Gloria Vega, una mujer de 58 años con el rostro marcado por el llanto y la falta de sueño, suplicaba por información. “Mi hija no desapareció voluntariamente”, decía frente a las cámaras. Andrea es una chica responsable, trabajadora. Si planeaba un viaje a Ayacucho, nos lo hubiera dicho. Algo le pasó. ¿Alguien sabe algo? Por favor, si tienen información, hablen. La familia había contratado a un detective privado, Ernesto Salas, un ex policía con reputación de resolver casos imposibles.
Salas llegó a Ayacucho el 21 de agosto y comenzó su propia investigación paralela. Su enfoque fue diferente al de la policía. Mientras Valverde se concentraba en la escena del hotel y la evidencia física, Salas investigó a Andrea como persona. ¿Quién era realmente? ¿Qué hacía en los días previos al viaje. Entrevistó a sus amigos, revisó sus perfiles de redes sociales, habló con clientes de su trabajo como diseñadora gráfica. Lo que descubrió pintó un retrato complejo. Andrea había estado pasando por un momento difícil.
Tres meses antes había terminado una relación de 4 años. Su exnovio, Martín Esquivel, era profesor de historia en una universidad privada. La ruptura había sido difícil con acusaciones mutuas y un distanciamiento doloroso. Salas entrevistó a Martín. El hombre de 32 años parecía genuinamente afectado por la desaparición de Andrea. Terminamos en malos términos, admitió Martín, pero nunca le desearía algo así. Andrea era es una buena persona, solo queríamos cosas diferentes. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella?
Hace como un mes me llamó para pedirme que le devolviera unos libros que tenía. Nos encontramos en un café. Hablamos media hora, fue civil, incluso amistoso. Eso fue todo. ¿Dónde estabas el 12 de agosto? Martín no se ofendió por la pregunta. En Lima, dando clases, tengo 100 alumnos que pueden confirmarlo. Y, de hecho, su coartada era sólida. Martín estaba en Lima, frente a un auditorio lleno de estudiantes en el preciso momento en que Andrea desaparecía en Ayacucho.
Pero Salas descubrió algo más interesante. En las semanas previas al viaje, Andrea había estado investigando sobre su propia familia, específicamente sobre su padre biológico, a quien nunca conoció. Gloria, su madre, confirmó esto durante una emotiva entrevista con Salas. Andrea sabía que su padre biológico era de Ayacucho, explicó Gloria. Nos conocimos cuando yo trabajaba allí hace 27 años. Fue una relación breve. Cuando supe que estaba embarazada, él ya se había ido. Nunca volví a verlo. Ni siquiera sé si sigue vivo.
Andrea estaba buscándolo. Creo que sí, admitió Gloria con tristeza. Hace unos meses comenzó a hacer preguntas. quería saber su nombre. Detalles. Yo le di la poca información que tenía. Su nombre era Humberto Quispe. Era músico, tocaba en peñas folkóricas, pero eso fue hace casi 30 años. No tengo idea de dónde podría estar ahora. Esta revelación abrió una nueva línea de investigación. ¿Era posible que Andrea hubiera ido a Ayacucho buscando a su padre y que el hombre que la acompañaba al hotel tuviera alguna conexión con esa búsqueda?
Valverde asignó a dos detectives para buscar información sobre Humberto Quispe en Ayacucho. Revisaron registros municipales, hablaron con músicos locales, visitaron peñas que existían desde los años 90. Finalmente encontraron a alguien que lo recordaba. Don Alberto Cárdenas, un violinista de 68 años que había tocado en varias peñas durante décadas. Humberto Quispe, claro que lo recuerdo dijo don Alberto con nostalgia. Buen guitarrista. tenía una voz hermosa. Tocamos juntos en la Peña Mística por varios años, allá por el 9697.
¿Sabes dónde está ahora? La expresión de don Alberto se entristeció. Humberto murió hace como 15 años. Un accidente de tráfico en la carretera aguanta. Fue una tragedia. Dejó una esposa y dos hijos. Andrea había estado buscando a un padre que llevaba muerto década y media. Había viajado a Ayacucho persiguiendo un fantasma literalmente. Y si había descubierto esta verdad antes de desaparecer, el impacto emocional debió ser devastador. Pero esto no explicaba su desaparición. Si acaso, agregaba otra capa de tragedia a un caso ya suficientemente desgarrador.
El 23 de agosto, 11 días después del desaparecimiento, llegó una pista que cambiaría el curso de la investigación. Un hombre llamado Pedro Vilka, dueño de una tienda de artesanías cerca de la plaza de armas, se presentó en la comisaría con información inquietante. “Yo vi a esa chica”, dijo Pedro señalando la foto de Andrea que ahora estaba en todas partes. El 12 de agosto en la tarde, como a las 2, estaba en mi tienda mirando artesanías. Hablaba por teléfono.
“¿Recuerdas qué decía?” Pedro cerró los ojos tratando de evocar el recuerdo. Estaba agitada. No quería ser obvio escuchando, pero la tienda es pequeña. Dijo algo como, “Ya estoy aquí. ¿Dónde te encuentro?” Y luego, después de un silencio, “No sé si esto es buena idea, apenas te conozco.” Y después, “Está bien, en media hora.” “¿La viste salir?” “Sí.” Se veía nerviosa, pero también emocionada, como cuando estás a punto de hacer algo importante pero arriesgado. Esta descripción encajaba con la línea de tiempo.
Andrea había hablado con alguien a las 2:0 pm acordando un encuentro en media hora. A las 2:43 pm las cámaras la captaban caminando con el falso Carlos hacia el hotel. El encuentro había ocurrido, pero ¿con quién? Valverde decidió hacer algo que los medios de comunicación venían pidiendo desde hace días, liberar las imágenes del hombre que acompañaba a Andrea. Hasta ese momento, la policía había sido cautelosa mostrando solo fotos de Andrea, pero ahora necesitaban desesperadamente identificar al impostor de Carlos Mendoza.
El 24 de agosto, las fotografías tomadas de las cámaras de seguridad del hotel fueron publicadas en todos los medios nacionales. La imagen mostraba con claridad el rostro del hombre. Rasgos mestizos, aproximadamente 30 años, cabello oscuro peinado hacia atrás, complexión atlética sin características particularmente distintivas. Era un rostro que podría pertenecer a miles de hombres en Perú, común, casi anónimo. Y quizás esa era precisamente la intención. Las llamadas comenzaron a llegar inmediatamente. En las primeras 24 horas, la línea directa de la investigación recibió más de 200 llamadas.
La mayoría eran pistas falsas, gente que creía reconocerlo pero se equivocaba o directamente teorías conspirativas sin fundamento. Pero hubo una llamada que destacó. Llegó el 25 de agosto a las 3:0 pm de una mujer que se identificó como Sandra Rojas, profesora en un colegio privado en Ayacucho. “Creo que ese hombre fue mi alumno”, dijo Sandra con voz temblorosa. Hace como 8 años se llamaba Luis. Luis Hamaní. Valverde sintió un escalofrío, por fin un nombre. ¿Estás segura? Bastante segura.
El cabello, la forma de la cara es diferente, más adulto obviamente, pero creo que es él. Luis fue mi alumno de último año de secundaria en el colegio San Martín de Porres. Sandra proporcionó toda la información que recordaba. Luis Guamaní había sido un estudiante brillante, pero problemático. Inteligente, con notas excelentes en matemáticas y física, pero con dificultades de socialización. No tenía muchos amigos, prefería estar solo. “Lo que más recuerdo,”, añadió Sandra. Es que estaba obsesionado con resolver acertijos, enigmas.
Participó en varias olimpiadas de matemáticas, ganó algunas, pero había algo en él que me inquietaba. Una vez me dijo que la gente era predecible, que si entendías los patrones podías manipular cualquier situación. Los registros escolares confirmaron la existencia de Luis Andrés Huamaní Cárdenas, nacido el 3 de abril de 1993 en Ayacucho. Pero cuando intentaron localizarlo se encontraron con un muro. No había registro de DNI actualizado. Su último domicilio conocido era la casa de sus padres en el barrio de Carmen Alto, pero cuando los detectives fueron allí, encontraron la casa abandonada.
Los vecinos informaron que la familia se había mudado hace años. Después de que el padre muriera, la madre se fue con el hijo menor a Lima”, explicó una vecina anciana. Luis el mayor ya era adulto para entonces. Creo que se quedó aquí, pero nunca más lo vi. Esa familia tuvo mala suerte. Primero el padre con cáncer, luego problemas económicos, siguieron el rastro de la madre y el hermano menor a Lima. Los encontraron en Villa El Salvador, en una casa modesta.
La madre Juana Cárdenas era una mujer de 57 años que trabajaba como cocinera en un restaurante. El hermano menor David tenía 23 años y estudiaba ingeniería. Cuando les mostraron la foto del hombre del hotel, ambos se quedaron pálidos. Es Luis, susurró Juana, sus ojos llenándose de lágrimas. Es mi hijo. Dios mío, ¿qué hizo? ¿Cuándo fue la última vez que lo vio? Juana tuvo que sentarse. Sus manos temblaban. Hace dos años vino a visitarnos. Estaba diferente, frío. Conversamos poco.
Se fue al día siguiente y nunca más volvió. Intenté llamarlo, pero su número no funcionaba. Pensé que estaba molesto conmigo, que no me perdonaba por haberme ido de Ayacucho. ¿Sabe dónde vive? ¿En qué trabaja? Juana negó con la cabeza, el llanto fluyendo libremente. Ahora no sé nada. Es como si hubiera desaparecido de nuestras vidas. Mi hijo se convirtió en un extraño. David, el hermano, agregó información más inquietante. Luis siempre fue raro, incluso de niño, muy inteligente, pero diferente.
No mostraba emociones como los demás. Cuando papá murió, ni siquiera lloró. Solo se quedó mirando el ataúd sin expresión. Me asustó. La búsqueda de Luis Guamaní se intensificó. Rastrearon cada registro posible. SUNAT, bancos, hospitales, registros de empleo, nada. Era como si hubiera existido hasta los 25 años y luego se hubiera evaporado del sistema. No pagaba impuestos, no tenía cuentas bancarias registradas, no tenía historial crediticio, no había registros de viajes, ni compras formales, ni contratos de trabajo. Es imposible vivir en Perú sin dejar rastro, dijo frustrado uno de los investigadores.
A menos que trabajes completamente en negro y vivas en efectivo o a menos que no quisieras ser encontrado. El perfil psicológico de Luis, elaborado por la doctora Patricia Mendoza, psicóloga forense consultada para el caso, pintaba el retrato de una persona con posibles rasgos antisociales. Basándome en los testimonios de personas que lo conocieron”, explicó la doctora Mendoza en su informe, Luis Guamaní presenta características consistentes con un trastorno de personalidad antisocial, falta de empatía, manipulación, comportamiento engañoso y una habilidad pronunciada para planificar situaciones complejas.
Si él es quien usó la identidad falsa de Carlos Mendoza, demuestra un nivel de premeditación sofisticado. Pero esto solo generaba más preguntas. ¿Por qué Luis Guamaní contactó a Andrea Salazar? ¿Cómo la convenció de encontrarse con él? ¿Y qué pasó realmente en esa habitación? El detective privado Ernesto Salas, trabajando en paralelo, hizo un descubrimiento que conectó algunas piezas. Investigando las redes sociales de Andrea de los últimos meses, encontró que había estado activa en un grupo de Facebook llamado Buscando raíces, hijos en búsqueda de padres biológicos en Perú.
En ese grupo, Andrea había publicado varias veces describiendo su búsqueda de Humberto Quispe y en los comentarios de una de esas publicaciones había un usuario con el nombre Guía Andina que le había enviado un mensaje privado. Salas, con ayuda de un experto informático, logró acceder al historial de mensajes de Andrea. Su familia había dado autorización completa para revisar todo. El intercambio con Guía Andina era revelador. Guía Andina, vi tu publicación sobre Humberto Quispe. Creo que puedo ayudarte.
Conozco a alguien que tocó con él. Andrea, ¿en serio? ¿Quién eres? ¿Eres de Ayacucho? Guía. Andina. Sí. He ayudado a otras personas a encontrar familiares. Es una pasión mía. Si vienes a Ayacucho, puedo presentarte a personas que conocieron a tu padre. Andrea, eso sería increíble. ¿Cuándo podría ir, guía? Andina, cuando quieras. Yo vivo aquí. Solo avísame con unos días de anticipación. Los mensajes continuaban durante semanas. Guía Andina era paciente, amable, comprensivo. Construyó confianza. Le enviaba fotos de Ayacucho, información sobre la escena musical de los años 90, nombres de personas que supuestamente conocieron a Humberto y finalmente a principios de agosto.
Andrea, creo que iré la segunda semana de agosto. ¿Podemos encontrarnos? Guía. Andina, por supuesto, será un placer ayudarte. El último mensaje era del 12 de agosto a las 10:30 a. Andrea, ya llegué a Ayacucho, estoy en la terminal. Guía Andina. Perfecto, nos encontramos a las 12 pm. Hay una cafetería llamada El encuentro cerca de la plaza. Pregunta por Luis. Ahí estaba. Luis Guamaní había sido guía andina. Había contactado deliberadamente a Andrea. Había construido una relación de confianza durante semanas y había organizado el encuentro que terminaría en su desaparición.
¿Pero por qué? ¿Cuál era su motivación? y cómo logró hacerla desaparecer de una habitación cerrada. Valverde sintió que finalmente estaban avanzando, pero también una creciente sensación de horror. Esto no había sido un encuentro casual, había sido planeado meticulosamente. Luis Hamaní había casado a Andrea Salazar como un depredador paciente. El 27 de agosto, 15 días después del desaparecimiento, el caso dio otro giro inesperado. Una trabajadora de limpieza de un edificio comercial en el centro de Ayacucho, Rosa Hamán, sin relación con Luis Hamaní, reportó haber encontrado algo extraño en el sótano del edificio donde trabajaba.
“Hay una mochila escondida detrás de las cajas viejas”, dijo a su supervisor. “Y huele raro, como a químicos”. El supervisor llamó a la policía. Cuando llegaron y abrieron la mochila, encontraron artículos que helaron la sangre de los investigadores. Una peluca de cabello oscuro, prótesis faciales de silicona maquillaje profesional de efectos especiales. Un DNI falso a nombre de Carlos Mendoza Ríos, falsificación de alta calidad, guantes quirúrgicos, una botella de cloroformo y lo más perturbador, un cuaderno con notas manuscritas.
El cuaderno contenía lo que parecía ser un plan detallado. Había diagramas del hotel Mirador Andino, incluyendo los ángulos de las cámaras de seguridad. Había una línea de tiempo hora por hora y había nombres Andrea Salazar, Humberto Quispe y otros nombres, fechas que se remontaban a meses atrás. Una página en particular captó la atención de todos. Estaba titulada Protocolo de extracción y describía en lenguaje técnico y frío un procedimiento paso a paso. Uno, establecer contacto vía redes sociales.
Completado. Dos, construir confianza durante 6 semanas. Completado. Tres, atraer a ubicación controlada. Completado. Cuatro, sedación en habitación. Ventana de 8 minutos. Cinco, transporte vía ruta alternativa. Seis, destino final, instalación. 3 instalación tres. Esas dos palabras resonaron con un significado siniestro. El análisis de escritura confirmó que la letra era consistente con muestras de escritura de Luis Guamaní de sus años escolares. Era él, sin duda. Pero, ¿qué significaba instalación tres? ¿Y cuál era la ruta alternativa si las cámaras mostraban que nadie había salido por la puerta?
Los ingenieros y arquitectos fueron convocados para examinar el hotel Mirador Andino con tecnología especializada. Usaron escáneres térmicos, detectores de metales, georradar. Buscaron espacios ocultos, pasadizos secretos, cualquier cosa que pudiera explicar una salida invisible. Y finalmente lo encontraron. Detrás de un panel de yeso en el baño de la habitación 204 había un acceso de mantenimiento que conectaba con el sistema de ductos del edificio. Era pequeño, apenas 60 cm de ancho, diseñado originalmente para que los técnicos accedieran a las tuberías.
El plano original del edificio lo mostraba, pero había sido olvidado durante renovaciones posteriores y cubierto con paneles de yeso. El ducto descendía verticalmente a través del edificio y terminaba en el sótano, en un cuarto de mantenimiento que rara vez se usaba y que no tenía cámara de seguridad. Desde ahí, una puerta trasera daba a un callejón lateral fuera de la vista de las cámaras principales. Era una ruta imposible de conocer a menos que tuvieras los planos originales del edificio o a menos que hubieras estudiado meticulosamente cada aspecto de la construcción.
Luis Wamaní había encontrado la única salida invisible. Había planeado todo con precisión quirúrgica. La teoría de la policía se reconstruyó. Luis había seducido a Andrea con promesas de información sobre su padre. la había llevado al hotel bajo el pretexto de que tenían que esperar allí a alguien más que supuestamente conoció a Humberto. Una vez en la habitación la había cedado rápidamente con cloroformo. Luego, en una ventana de tiempo muy ajustada, había abierto el panel del baño, la había bajado por el ducto, posiblemente usando cuerdas o algún sistema de poleas, y la había sacado del edificio por la puerta trasera del sótano.
Todo esto mientras usaba una identidad falsa y prótesis faciales, que lo hacían parecerse lo suficiente al DNI robado de Carlos Mendoza para pasar una inspección casual. Era un plan brillante, meticuloso y absolutamente terrorífico. Pero la pregunta que nadie podía responder, la pregunta que mantenía despierto a Valverde cada noche era, ¿por qué? ¿Qué quería Luis Guamaní con Andrea Salazar? ¿Y dónde estaba la instalación tres? El cuaderno contenía otras páginas inquietantes. Había listas de nombres, todos mujeres jóvenes, con edades entre 24 y 30 años.
Algunas tenían fechas junto a sus nombres y algunas de esas fechas correspondían a desapariciones reportadas en diferentes partes de Perú durante los últimos 3 años. Mariana López, Cuzco, marzo 2021. Claudia Ramos, Arequipa, julio 2021. Jessica Torres, Trujillo, noviembre 2022. Andrea Salazar, Ayacucho, agosto 2023. La posibilidad de que Luis Hamaní fuera un secuestrador serial operando durante años sin ser detectado era aterradora. Los casos de las otras mujeres fueron reabiertos inmediatamente. Los detalles eran escalofriantes. Todas habían desaparecido mientras viajaban solas.
Todas habían estado buscando algo, información sobre familias, oportunidades de trabajo, viajes espirituales y todas habían mencionado a amigos o familiares que conocerían a alguien que las ayudaría. El patrón era claro. Luis Hamaní identificaba vulnerables emocionalmente, ganaba su confianza y las atraía a trampas cuidadosamente elaboradas. La pregunta terrible que nadie quería hacer en voz alta, pero que todos pensaban, era, ¿estaban estas mujeres todavía vivas? El 30 de agosto, 18 días después de la desaparición de Andrea, el caso alcanzó su punto de mayor intensidad mediática.
La historia había trascendido Perú y estaba siendo cubierta por medios internacionales. El misterio de la habitación 204 se había convertido en sinónimo de uno de los casos de desaparición más extraños en Latinoamérica. Y entonces llegó la llamada que cambiaría todo. Era las 6:47 am del 31 de agosto cuando el teléfono de la línea directa de investigación sonó en la comisaría de Ayacucho. El oficial de turno, medio dormido después de una noche tranquila, contestó con voz cansada. División de investigación criminal, ¿en qué puedo ayudarlo?
Silencio, solo respiración pesada como alguien tomando coraje. Halo insistió el oficial. Finalmente, una voz femenina, débil pero clara. Mi nombre es Andrea Salazar. Estoy viva y necesito que vengan a buscarme. El oficial casi se cae de su silla. ¿Qué? A Andrea Salazar, la mujer del hotel. Sí, por favor escuche, no tengo mucho tiempo. Estoy en una zona rural como a 2 horas de Ayacucho. No sé la dirección exacta, pero puedo describir el lugar. El oficial, con manos temblorosas, activó la grabación y tomó notas frenéticamente mientras Andrea describía su ubicación.
Una casa abandonada cerca de un pueblo llamado San José de Sexe en las montañas. Describió marcas en los árboles, una curva específica en el camino de tierra, un río cercano. ¿Estás herida? ¿Estás sola? Estoy bien físicamente. Y sí, estoy sola ahora. Él se fue hace como una hora. No sé cuándo volverá. Por favor, dense prisa. ¿Quién es él? Luis Wamaní. Un silencio luego. Sí, Luis, es es más complicado de lo que piensan, pero por favor vengan ya.
Tengo miedo de que regrese. El oficial notificó inmediatamente a Valverde, quien estaba en su casa, tratando de dormir algunas horas después de días de trabajo continuo. La llamada lo despertó como un rayo. ¿Estás completamente seguro de que es ella? Le hice preguntas que solo Andrea Salazar podría responder. Capitán. respondió el oficial con voz firme. Detalles sobre su familia, sobre su trabajo. Es ella. Está viva. Valverde se vistió en tiempo récord. En 30 minutos, un equipo de rescate completo estaba reunido.
10 policías, dos paramédicos, un negociador especializado y un guía local que conocía la zona de San José de Sexe. El mayor Castillo insistió en ir personalmente. Partiron en tres vehículos cuando el sol apenas comenzaba a iluminar las montañas que rodeaban a Yakucho. El trayecto por carretera pavimentada era de una hora, pero luego debían tomar caminos de tierra que agregarían al menos otra hora más al viaje. ¿Por qué no escapó antes?, preguntó Castillo mientras conducían. Han pasado 19 días.
No lo sé, admitió Valverde mirando el paisaje andino pasar por la ventana. “Pero lo averiguaremos.” La familia de Andrea, notificada inmediatamente rompió en llanto de alivio y desesperación. Gloria Vega, su madre, quiso viajar inmediatamente a Ayacucho, pero Valverde le pidió que esperara. Primero necesitaban asegurar el área y verificar la condición de Andrea. El convoy llegó a San José de Sexe, un pueblo pequeño de apenas 300 personas, a las 8:45 a. Desde allí siguieron las indicaciones que Andrea había dado.
Un camino de tierra que subía por la montaña, marcas específicas en los árboles, el sonido de un río. A las 9:20 a vieron la casa. Era una construcción vieja, probablemente de los años 60, de adobe y techo de Texas deteriorado. Estaba apartada del camino principal, oculta parcialmente por eucaliptos. No había señales de vida, no había humo en la chimenea, no había vehículos, no había movimiento visible. El equipo se desplegó con precisión táctica. Rodearon la casa, establecieron perímetros, verificaron que no hubiera amenazas.
Valverde y Castillo, acompañados por dos oficiales armados, se acercaron a la puerta principal. Andrea Salazar, soy el capitán Marcos Valverde de la Policía Nacional, anunció en voz alta. Estamos aquí para ayudarte. ¿Puedes salir? Un momento de silencio que pareció eterno. Luego el sonido de pasos internos. La puerta de madera crujió al abrirse y ahí estaba ella. Andrea Salazar Vega, la mujer que había desaparecido hacía 19 días, estaba parada en el umbral. Llevaba ropa simple, un pantalón de buzo y una camiseta que claramente no eran suyos, demasiado grandes para su cuerpo delgado.
Su cabello largo estaba despeinado, su rostro pálido con ojeras profundas, pero sus ojos sus ojos estaban claros, alertas, vivos. “Gracias por venir”, dijo con voz quebrada antes de que sus piernas se dieran. Los paramédicos la atendieron inmediatamente. No tenía heridas visibles, no había signos de violencia física. Estaba deshidratada y claramente hambrienta, pero estable. Le dieron agua y la envolvieron en una manta térmica mientras la evaluaban. ¿Hay alguien más en la casa?, preguntó Valverde, todavía cauteloso. Andrea negó con la cabeza.
No, él se fue. Solo dijo que volvería al anochecer. Esperé a que se fuera lejos antes de llamar. Encontré un teléfono viejo en un cajón. Solo tenía batería para una llamada. El equipo registró la casa meticulosamente. Era una construcción de tres habitaciones. Un comedor cocina, una habitación pequeña con una cama y un cuarto que parecía ser usado como almacén. Todo estaba sorprendentemente ordenado, casi obsesivamente limpio. En la habitación encontraron evidencia perturbadora, una laptop, varios teléfonos celulares, documentos de identidad de diferentes personas, mapas de Perú con marcas en varias ciudades y estantes con suministros médicos.
En el cuarto de almacén lo que encontraron fue aún más inquietante. Jaulas vacías de tamaño considerable, cadenas, candados y contenedores de sedantes y otros medicamentos. “Dios mío”, susurró uno de los oficiales jóvenes mirando las jaulas. “¿Qué es este lugar?” Mientras el equipo forense comenzaba a documentar todo, Valverde se sentó con Andrea en la parte trasera de una de las camionetas. Ella bebía agua lentamente, todavía envuelta en la manta. Andrea comenzó Valverde con voz suave. Sé que es difícil, pero necesito que me cuentes qué pasó desde el principio.
Andrea cerró los ojos reuniendo fuerzas. Cuando los abrió, comenzó a hablar. Conocí a Luis por internet, como supongo ya descubrieron. Se presentó como alguien que podía ayudarme a encontrar información sobre mi padre. Parecía genuino, amable. Intercambiamos mensajes durante semanas. Construyó mi confianza. ¿Cuándo te diste cuenta de que algo estaba mal? En el hotel. Cuando llegamos a la habitación, me dijo que tenía que esperar allí, que la persona que conoció a mi padre llegaría pronto. Me ofreció un vaso de agua.
Lo tomé sin sospechar. Tenía tenía algo. Cloroformo, confirmó Valverde. Andrea asintió. Me desperté horas después en una furgoneta en movimiento. Tenía las manos atadas. Luis estaba conduciendo. Cuando me vio despierta, se detuvo. Me explicó, me explicó su plan. Su voz se quebró, pero continuó. Dijo que era un coleccionista, que durante años había estado adquiriendo mujeres que nadie buscaría con mucha insistencia. mujeres solas, viajeras, personas que habían cortado lazos con sus familias o que estaban en momentos vulnerables.
Me dijo que yo era especial porque estaba buscando un fantasma, un padre que ya estaba muerto. Valverde sintió náuseas. ¿Cuántas más hay? ¿Hay otras mujeres aquí? Andrea negó con la cabeza y lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Ya no. Cuando llegamos a esta casa esperaba ver. Esperaba que hubiera otras. Pero estaba vacía. Le pregunté qué pasó con las otras mujeres de su lista. Él Él sonrió y dijo que habían sido transferidas. Transferidas. ¿A dónde? No lo sé.
Nunca me lo dijo. Pero por cosas que dijo, por conversaciones telefónicas que escuché cuando pensaba que yo estaba dormida, creo que hay una red, no está solo. Hay otras personas involucradas. Él conseguía a las mujeres, las mantenía aquí temporalmente y luego las transfería a otros lugares. No sé si las vendían o qué hacían con ellas. La revelación era devastadora. No estaban lidiando solo con un secuestrador individual. Era parte de una red de trata de personas. ¿Por qué no te transfirió a ti aún?
Andrea se abrazó a sí misma. Me dijo que yo era diferente, que tenía planes especiales para mí. Iba a mantenerme aquí más tiempo, prepararme para algo. No quiero saber qué significaba eso. ¿Cómo lograste llamar? Luis se volvió descuidado o tal vez confiado. Los primeros días nunca me dejaba sola. Me encerraba con candado cuando salía, pero estos últimos días me dejaba suelta en la casa. Creo que pensaba que yo estaba domesticada, que había aceptado mi situación. Esta mañana se fue temprano.
Dijo que tenía que hacer un viaje largo, que volvería por la noche. Apenas se fue, comencé a buscar algo que pudiera usar. Encontré ese teléfono viejo en un cajón olvidado. Estaba casi sin batería, pero suficiente para una llamada. “Hiciste lo correcto.” dijo Valverde con firmeza. “Fuiste muy valiente.” Andrea lo miró con ojos llorosos. “¿Y las otras?” Mariana, Claudia, Jessica están vivas. No lo sabemos todavía, admitió Valverde. Pero ahora que te encontramos, ahora que sabemos que hay una red, no descansaremos hasta encontrarlas también.
El operativo se expandió inmediatamente. Equipos especializados de Lima fueron convocados. La división de trata de personas asumió el caso como prioridad nacional. Los teléfonos y la laptop encontrados en la casa fueron enviados a expertos forenses digitales. Andrea fue trasladada a un hospital en Ayacucho, donde fue examinada exhaustivamente. Físicamente estaba en condiciones sorprendentemente buenas. Luis aparentemente la había mantenido alimentada y sin daño físico grave, pero el trauma psicológico era profundo. Un equipo de psicólogos comenzó a trabajar con ella inmediatamente.
Su madre, Gloria, llegó a Ayacucho esa misma tarde. El reencuentro entre madre e hija fue desgarrador y hermoso. Se abrazaron durante largos minutos llorando, sin palabras, porque las palabras eran innecesarias. Mientras tanto, la cacería de Luis Hamaní alcanzó una intensidad sin precedentes. Su rostro estaba en todos los medios, en todos los aeropuertos, en todas las estaciones de bus. Se emitió una alerta roja de Interpol. La recompensa por información que llevara a su captura alcanzó los 100,000 soles.
El análisis forense de la laptop reveló una red de comunicaciones cifradas con al menos cinco personas diferentes en distintas partes de Perú. Usaban códigos, aplicaciones de mensajería encriptada y un sistema de contactos que hacía extremadamente difícil rastrearlos. Pero los investigadores eran tenaces. Uno por uno comenzaron a descifrar las conexiones. El 5 de septiembre, 5 días después del rescate de Andrea, cayó el primer cómplice, Raúl Guzmán, un exgardia de seguridad de 38 años en Lima, que había estado proporcionando información sobre víctimas potenciales.
Su arresto llevó a otro y ese a otro más. El 12 de septiembre, en un operativo coordinado en tres ciudades simultáneamente, se rescataron a dos mujeres, Claudia Ramos y Jessica Torres. Estaban siendo mantenidas en casas en Arequipa y Trujillo en condiciones similares a las que Andrea había experimentado. Desnutridas, traumatizadas, pero vivas. Mariana López, lamentablemente no corrió la misma suerte. Los investigadores descubrieron que había sido vendida a una red de trata internacional y había sido transportada fuera del país.
Su rastro se perdía en la frontera con Ecuador. Equipos internacionales continuaban buscándola, pero las esperanzas disminuían cada día. Pero Luis Guamaní seguía elusivo. Había desaparecido tan completamente como sus víctimas lo habían hecho bajo su control. Cada pista llevaba a un callejón sin salida. Cada avistamiento reportado resultaba ser falso. Hasta el 20 de septiembre, un oficial de policía en la frontera con Bolivia, en Desaguadero, reconoció a un hombre que intentaba cruzar con documentos falsos. El hombre se resistió al arresto, pero fue reducido rápidamente.
Cuando le quitaron la peluca y las prótesis faciales que usaba, revelaron el rostro que todo Perú conocía. Luis Andrés Hamaní Cárdenas había sido capturado. Su juicio, que comenzó en diciembre de ese año, fue uno de los más seguidos en la historia judicial peruana. Andrea Salazar tuvo el coraje de testificar, contando en detalle su terrible experiencia. Su testimonio fue clave para la condena. Luis Guamaní nunca mostró remordimiento. Durante el juicio, mantuvo una expresión fría, casi aburrida. Cuando se le preguntó por qué había hecho lo que hizo, su respuesta fue escalofriante en su simplicidad, porque podía, porque la gente es predecible.
Descubrí patrones, los exploté. No es diferente de resolver un problema matemático. Fue condenado a 35 años de prisión sin posibilidad de reducción de condena. Sus cómplices recibieron sentencias que variaban entre 15 y 25 años.















