EL CASO QUE CONGELÓ PERÚ: DOS AMIGOS ENTRARON A LA CARRETERA VRAEM Y DESAPARECIERON SIN EXPLICACIÓN

El caso que congeló Perú. Dos amigos entraron a la carretera del Braem y desaparecieron sin explicación. Era el 15 de marzo de 2024, un viernes como cualquier otro en la ciudad de Huamanga, Ayacucho. El sol comenzaba a elevarse sobre los cerros que rodean la ciudad, pintando el cielo de tonos naranjas y rosados.

En el barrio de San Juan Bautista, Marco Antonio Quispe, de 31 años, ya estaba despierto desde las 5 de la mañana. El olor a pan, recién horneado entraba por la ventana de su pequeña casa de dos pisos, mezclándose con el aroma del café que su esposa Jessica preparaba en la cocina. Marco era transportista desde hacía 8 años. Conocía cada curva, cada subida, cada tramo peligroso de las carreteras del centro del Perú, su camión.

Un Volvo blanco del 2015 con la cabina personalizada con calcomanías de la Virgen de Chapi y la bandera peruana era su herramienta de trabajo y su orgullo. Ese vehículo representaba años de esfuerzo, préstamos bancarios pagados con sudor y sacrificio, madrugadas interminables y días sin ver a su familia.

¿Seguro que tienes que ir?, le preguntó Jessica mientras le servía el café en una taza de cerámica desportillada.

Sus ojos reflejaban preocupación. No era la primera vez que Marco hacía ese recorrido, pero cada vez que mencionaba el Brahem, valle de los ríos Apurimac, N y Mantaro, ella sentía un nudo en el estómago. Es buen dinero, amor. Con esto podemos adelantar la cuota del colegio de los niños, respondió Marco tratando de sonar tranquilo.

Él también sentía cierta aprensión, pero no podía demostrarlo. Era el sostén de la familia, tenía responsabilidades. Brahim no era un destino cualquiera. Esa región ubicada entre los departamentos de Ayacucho, Cuzco, Junín y Huancavelica, era conocida en todo el Perú por dos cosas: su impresionante belleza natural y su extrema peligrosidad.

 Allí convergían el narcotráfico remanentes de organizaciones terroristas y rutas clandestinas que ningún mapa oficial mostraba. Las historias que circulaban sobre ese lugar eran suficientes para hacer que cualquier conductor experimentado lo pensara dos veces antes de aceptar un viaje. Pero Marco no iba solo. Su compañero de ruta sería David Flores, de 28 años, un joven alegre y conversador que había conocido dos años atrás en un paradero de camioneros en Huancayo.

David era de Jauja, provincia de Junín, y también era transportista. Habían hecho varios viajes juntos, compartiendo la cabina, las horas de carretera, los almuerzos en pequeños restaurantes de paso y las historias de sus vidas. A las 6:30 de la mañana, Marco estacionó su camión frente a la casa de David en el distrito de Carmen Aldo.

 La puerta de metal se abrió casi de inmediato y David salió con una mochila negra al hombro y una sonrisa en el rostro. Compadre, listo para la aventura”, dijo David mientras subía a la cabina. Traía consigo una bolsa con panes con chicharrón, dos botellas de Inca Cola y un termo con café. “Mi mamá preparó esto para el camino.

 Dice que no podemos ir sin comer bien.” Marcos sonrió. Esa era una de las cosas que más apreciaba de David, su optimismo inquebrantable. Incluso en las situaciones más tensas, siempre encontraba la manera de hacer una broma o de ver el lado positivo. El camión arrancó con un rugido del motor y comenzó a descender por las calles empedradas de Huamanga.

El GPS marcaba una distancia de aproximadamente 280 km hasta su destino, un pequeño poblado llamado Palma Pampa, en la provincia de la Mar, en pleno corazón del Braem. Allí debían recoger una carga de café y cacao para transportarla hasta Lima. Era un trabajo bien pagado, casi el triple de lo que ganarían en una ruta convencional, pero todos sabían por qué.

Nadie quería meterse al BAMEM. Durante las primeras 2 horas, el viaje transcurrió sin problemas. La carretera, aunque en mal estado en algunos tramos, era transitable. Pasaron por el distrito de Tambo, luego por San Miguel, pequeños pueblos donde la vida transcurría lentamente. Niños con uniformes escolares caminaban por las veredas de tierra.

 Mujeres con polleras tradicionales vendían frutas en canastas de mimbre y hombres mayores conversaban en las esquinas. “¿Sabes qué es lo que más me gusta de estos viajes?”, preguntó David mientras masticaba un pan con chicharrón. ¿Que ves el Perú de verdad? No el de los comerciales, no el de las playas de Lima, el Perú real, con su gente, sus problemas, pero también con su belleza.

 Marco asintió sin quitar la vista del camino. Estaban comenzando a adentrarse en una zona más complicada. El paisaje había cambiado drásticamente.Los cerros áridos de Ayacucho daban paso a una vegetación más densa, más verde. El camino se volvía más estrecho, con curvas cerradas que bordeaban precipicios de cientos de metros. A un lado, el río Apurimac rugía con fuerza, sus aguas color chocolate arrastrando troncos y piedras.

 A las 10 de la mañana, Marco recibió una llamada de su esposa. “¿Cómo vas, amor? ¿Todo bien?”, preguntó Jessica. En el fondo se escuchaba el sonido de la televisión y las voces de sus hijos jugando. “Todo tranquilo. Ya pasamos San Miguel. En unas tres horas más deberíamos estar llegando”, respondió Marco tratando de sonar relajado.

 “Por favor, cuídense y llámame cuando lleguen. Lo haré. Te amo. Esa fue la última conversación normal que Marco Antonio Quispe tuvo con su esposa. Mientras avanzaban por la carretera, comenzaron a notar algo extraño. Los pocos vehículos que circulaban en dirección contraria, principalmente mototaxis y algún que otro camión, les hacían señas con las luces como advirtiéndoles de algo.

 En una curva, un conductor de mototaxi se detuvo a su lado y gritó por la ventanilla. Ojo más adelante, hay control. Marco y David intercambiaron miradas. Control en el bra dos cosas, un punto de verificación policial o militar, que era lo deseable, o algo mucho más peligroso, un punto de control ilegal.

 A las 11:15 de la mañana, Marco envió un mensaje de WhatsApp al dueño de la carga que iban a recoger. Estamos entrando a la zona roja. Todo OK por ahora. Llegamos en dos horas aproximadamente. El mensaje fue entregado y leído. Fue el último contacto digital registrado. La carretera se volvía cada vez más solitaria. Las casas escaseaban.

 La vegetación era más cerrada, el silencio era interrumpido solo por el motor del camión y el canto lejano de aves que ellos no podían identificar. A las 11:47 de la mañana, el teléfono de Marco sonó. Era un número desconocido. “Aló”, contestó Marco, activando el manos libres para que David también pudiera escuchar.

 Marco Quispe, preguntó una voz masculina, seca, sin emoción. “Sí, soy yo. ¿Quién habla? Escucha bien, porque lo voy a decir una sola vez. Tienes que dar la vuelta. No pueden seguir por esa carretera.” El corazón de Marco comenzó a latir más rápido. ¿Quién es usted? ¿Por qué me dice eso? No hagas preguntas, solo da la vuelta. Si siguen adelante, no van a llegar a ningún lado.

 La llamada se cortó abruptamente. David miró a Marco con los ojos muy abiertos. ¿Qué fue eso? Marco no respondió de inmediato. Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que sus nudillos se habían puesto blancos. Sabía que en el braem estas cosas pasaban. Había escuchado historias de otros transportistas, de advertencias, de desapariciones, pero nunca pensó que le tocaría a él.

 “No podemos regresar”, dijo finalmente Marco. “Perdemos el trabajo, el dinero. Y además, ¿quién nos garantiza que no nos sigan si nos devolvemos?” David tragó saliva. “Pero tampoco podemos seguir si hay peligro real, compadre.” Estuvieron en silencio durante varios minutos, el camión avanzando lentamente por la carretera.

Marco tomó su teléfono y marcó el número que acababa de llamarlo. No contestaron. Volvió a intentar nada. A las 12:03 del mediodía, Marco llamó a su contacto en Palma Pampa. Don Carlos, recibí una llamada extraña. Alguien me dice que no siga por la carretera. ¿Usted sabe algo de eso? Carlos Mendoza, el comerciante de café que había contratado el transporte, respondió con voz nerviosa.

Marco, mire, acá las cosas están tensas últimamente. Ha habido movimientos raros, pero yo necesito esa carga transportada. Si usted quiere devolverse, yo entiendo, pero no puedo pagarle nada si no llega. Era una decisión imposible. Regresar significaba perder dinero que su familia necesitaba desesperadamente.

 Seguir adelante podría ser peligroso, pero quizás la llamada era solo una intimidación sin fundamento. Vamos a seguir, decidió Margo. Pero estate pendiente del teléfono. Si pasa algo, llama a la policía. A las 12:20 David tomó su teléfono y grabó un video. En él se veía la carretera desde la cabina del camión, la vegetación densa a ambos lados. y se escuchaba su voz.

Viernes 15 de marzo, 12:20 del mediodía. Estamos en la carretera del Braem, cerca del kilómetro 145. Recibimos una llamada rara hace un rato. Esperemos que todo salga bien. Si alguien ve este video después y nosotros no aparecemos, por favor busquen en esta zona. Envió el video a su madre por WhatsApp.

 Ella lo vio, pero no entendió la gravedad del mensaje. Pensó que era solo otra de las bromas de su hijo. A las 12:35, Marco vio algo que hizo que su sangre se congelara. A unos 200 m adelante, en medio de la carretera, había un árbol caído bloqueando completamente el paso. No parecía que hubiera caído naturalmente. Estaba estratégicamente colocado.

 “Frena, frena”, susurró David, aunque Marco ya había comenzado a reducir la velocidad.El camión se detuvo a unos 50 m del obstáculo. El motor seguía encendido. Ninguno de los dos bajó. Fue entonces cuando lo vieron. Un vehículo 4×4 de color oscuro emergió de entre los árboles a un costado de la carretera. No tenía placas visibles, las ventanas estaban polarizadas.

 El 4×4 se posicionó detrás del camión, bloqueando cualquier posibilidad de retroceso. “Marco, tenemos que salir de acá”, dijo David, su voz temblando. Marco intentó hacer una maniobra, buscar un espacio para dar la vuelta, pero la carretera era demasiado estrecha. De pronto, tres hombres bajaron del 4×4. Vestían ropa civil, pero portaban armas largas.

 Uno de ellos hizo una señal con la mano indicándoles que bajaran del camión. A las 12:41 del mediodía, Marco marcó el número de emergencia de la policía nacional, el 105. Por favor, necesito ayuda. Estamos en la carretera del Ver, kmro 145 aproximadamente. Hay hombres armados que nos están obligando a detenernos.

 Somos dos transportistas, Marco Quispe y David Flores. Por favor, envíen ayuda. La operadora respondió con procedimientos estándar, pidiendo calma, tomando datos. Pero Marcos sabía que cualquier ayuda tardaría horas en llegar a esa zona remota. Los hombres se acercaban al camión. “Bajen ahora”, gritó uno de ellos. David agarró el brazo de Marco.

 “¿Qué hacemos?” Marco miró por el espejo retrovisor. No había salida, tomó su teléfono y envió un último mensaje a Jessica. “Amor, hay problemas. Nos detuvieron. Hombres armados, si no te vuelvo a escribir, llama a la policía. Te amo. Cuida a los niños.” El mensaje salió, pero nunca fue leído por Jessica, porque lo que sucedió en los siguientes minutos cambiaría todo.

 David y Marco bajaron lentamente del camión con las manos visibles. Los tres hombres los rodearon. Los teléfonos. Ahora ordenó el que parecía estar al mando. Marco y David entregaron sus celulares. Uno de los hombres los apagó inmediatamente y los metió en una bolsa. ¿Qué quieren? Somos solo transportistas. No tenemos nada de valor”, dijo Marco tratando de mantener la voz firme.

 “Cállate, caminen hacia el árbol.” Los obligaron a caminar. El sol del mediodía caía vertical sobre ellos. El río seguía rugiendo a lo lejos. El camión quedó atrás, abandonado en medio de la carretera con el motor todavía encendido. Y entonces, sin que nadie lo supiera todavía, Marco Antonio Quispe y David Flores desaparecieron de la faz de la tierra.

 Sus familias esperarían horas, luego días, luego semanas. La policía iniciaría búsquedas, los medios de comunicación convertirían el caso en noticia nacional. Pero en ese momento, en ese kilómetro 145 de la carretera del Berraem, dos hombres fueron tragados por uno de los lugares más peligrosos del Perú. Lo que comenzó como un viaje de trabajo rutinario se convirtió en una pesadilla.

 La tarde del 15 de marzo comenzó de manera normal en la casa de la familia Quispe en el barrio de San Juan Bautista, Hamanga. Jessica preparaba el almuerzo mientras sus dos hijos, Sebastián de 9 años y Camila de 6 jugaban en el pequeño patio trasero. El olor a sopa de quinua llenaba la cocina mezclándose con el sonido de la radio que transmitía cumbiacuchna.

Jessica revisaba su teléfono cada pocos minutos. Marco había prometido llamarla cuando llegara a Palma Pampa y según sus cálculos ya debería estar llegando. Eran las 2 de la tarde y no había ninguna noticia de él. Eso no era completamente inusual. En el brah la señal de celular era intermitente, pero aún así una pequeña preocupación comenzaba a crecer en su pecho. Intentó llamarlo.

 El teléfono sonó y sonó, pero nadie contestó. Luego, en el segundo intento, ya no sonaba. Entraba directamente al buzón de voz. El número que usted marcó no se encuentra disponible o está fuera del área de cobertura. 50 km de distancia en la ciudad de Jauja, provincia de Junín. Elena Flores también comenzaba a inquietarse.

 Su hijo David siempre la llamaba durante sus viajes largos, al menos dos o tres veces para decirle que estaba bien. Pero ese viernes, después del video que había enviado al mediodía, ya no había vuelto a comunicarse. Elena, una mujer de 54 años que trabajaba como costurera, tomó su teléfono y marcó el número de David.

 Igual que Jessica, solo encontró silencio digital. El teléfono apagado o fuera de cobertura. Quizás se quedó sin batería, pensó tratando de calmarse. Pero había algo en el video que David había enviado, algo en el tono de su voz que no la dejaba tranquila. A las 3 de la tarde, Jessica decidió llamar a Carlos Mendoza, el comerciante de Palmapampa que había contratado el viaje.

 Don Carlos, buenas tardes. Soy Jessica, la esposa de Marco Quispe. Ya llegaron los muchachos. Hubo una pausa del otro lado de la línea. No, señora, todavía no llegan. Yo también estoy preocupado porque ya deberían estar acá desde hace una hora. El corazón de Jessica dio unvuelco.

 ¿Y usted ha sabido algo? ¿Algún problema en la carretera? No, señora, no he recibido ninguna llamada. Voy a preguntar a la gente de acá por si alguien los ha visto pasar. Jessica colgó con las manos temblorosas. Algo estaba mal. Profundamente mal. Marco era un hombre responsable, meticuloso. Si había algún problema, él habría encontrado la manera de comunicarse.

Revisó nuevamente su teléfono y fue entonces cuando vio el último mensaje de Marco, el que había enviado a las 12:41 del mediodía. Amor, hay problemas. Nos detuvieron, hombres armados. Si no te vuelvo a escribir, llama a la policía. Te amo. Cuida a los niños. El teléfono casi se le cae de las manos.

 Volvió a leerlo una, dos, tres veces, esperando haber entendido mal, pero no había error. Las palabras estaban ahí claras y aterradoras. Hombres armados con dedos temblorosos marcó el 105. El número de emergencia de la Policía Nacional del Perú. Central de emergencias. Buenas tardes, contestó una voz femenina. Por favor, necesito ayuda.

 Mi esposo desapareció en el brahem. me envió un mensaje diciendo que hombres armados lo detuvieron y desde entonces no sé nada de él. La operadora comenzó a tomar datos. Nombre completo, edad, características físicas, última ubicación conocida, número de placa del vehículo. Mientras Jessica respondía entre lágrimas, la operadora le explicó que transferiría el caso a la comisaría de la zona.

 Señora, voy a comunicarme inmediatamente con la comisaría de San Francisco, que es la más cercana a esa zona del braime. También voy a alertar a la división de investigación de secuestros. Por favor, mantenga la calma y manténgase comunicada con este número. Pero Jessica no podía mantener la calma. Sus hijos la miraban desde el patio, confundidos por las lágrimas que corrían por sus mejillas.

 ¿Cómo explicarles que su padre podría estar en peligro? llamó inmediatamente a Elena Flores, la madre de David. Elena contestó al primer tono, “Señora Elena, soy Jessica, la esposa de Marco, el compañero de su hijo David. Sí, dígame, ¿sabe algo de ellos?” David no me contesta. “Señora, creo que están en problemas.

” Marco me envió un mensaje diciendo que hombres armados los detuvieron. Ya llamé a la policía, pero necesitamos movernos rápido. Del otro lado de la línea, Jessica escuchó un grito ahogado, seguido de soyosos. Dios mío, mi hijo. ¿Pero qué pasó? ¿Quiénes son esos hombres? No sé, señora, pero tenemos que presionar a las autoridades para que los busquen inmediatamente.

 Esa tarde, mientras las dos mujeres hacían llamadas desesperadas, la maquinaria burocrática del Estado comenzó a moverse con la lentitud característica de los casos que ocurren en zonas remotas. En la comisaría de San Francisco, provincia de la Mar, el mayor PNP Ricardo Vega recibió la alerta a las 3:45 de la tarde.

 San Francisco era un pueblo pequeño con menos de 3,000 habitantes, ubicado en la ruta hacia el BREM. La comisaría contaba con apenas ocho efectivos policiales y dos vehículos patrulleros, uno de los cuales estaba inoperativo por falta de repuestos. El mayor Vega conocía bien la zona. Llevaba 5 años destacado allí y había visto de todo.

 Enfrentamientos con remanentes terroristas, operativos antidrogas, desapariciones, extorsiones. El BR no era un lugar común, era un territorio donde el Estado peruano tenía presencia limitada y donde las organizaciones criminales operaban con impunidad en muchas áreas. Preparen el patrullero. Vamos a salir hacia el kilómetro 145. Reportan dos transportistas desaparecidos ordenó Vega a sus oficiales.

Pero salir al brah no era tan simple como subir a un vehículo y conducir. Necesitaban coordinación con el comando conjunto de las fuerzas armadas que tenía bases militares en la zona. Ningún patrullero policial entraba a esos caminos sin respaldo militar. Mientras esperaban la autorización y coordinación, el mayor Vega llamó a Yesica.

 Señora Quispe, soy el mayor Vega de la comisaría de San Francisco. Estamos preparando un operativo para ir a buscar a su esposo y su compañero. Necesito que me envíe toda la información que tenga, fotos, el último mensaje, cualquier detalle que pueda ayudarnos. Jessica le envió todo por WhatsApp. Fotos de Marco, la captura de pantalla del último mensaje, fotos del camión con su número de placa, AQP3T5 y el video que David había grabado mostrando la carretera.

 El mayor Vega revisó el material con atención. El mensaje era claro. Habían sido interceptados por hombres armados. El video de David mostraba el kilómetro exacto, pero lo que más le preocupaba era el patrón. En los últimos dos meses había habido tres casos similares de vehículos detenidos en esa misma zona. Uno había aparecido días después, abandonado y sin carga.

 Los conductores nunca fueron encontrados. A las 5:30 de la tarde, finalmente llegó la autorización. Una patrulla militar de labase, Los Cabitos, se uniría a la comisaría para realizar el reconocimiento de la zona. Pero había un problema. La luz del día estaba cayendo rápidamente y entrar al braem de noche era exponencialmente más peligroso.

Vamos a llegar hasta donde podamos hoy, pero si oscurece antes de llegar al punto, vamos a tener que acampar y continuar mañana temprano, explicó el capitán del ejército, Julio Paredes, quien lideraba el destacamento militar de seis soldados que acompañarían la búsqueda. El convoy salió a las 6 de la tarde.

 un patrullero policial y un vehículo militar. Llevaban equipo de comunicación: linternas, chalecos antibalas y armas largas. El mayor Vega sabía que había una posibilidad real de encontrarse con grupos armados ilegales. Mientras tanto, en Huamanga y Jauja, las familias no podían hacer más que esperar y rezar.

 Jessica había llamado a los hermanos de Marco, quienes inmediatamente se pusieron en camino hacia San Juan Bautista. La casa se llenó de familiares, todos con rostros sombríos, hablando en voz baja, preparando café, abrazando a los niños que no entendían por qué todos estaban tan tristes. Elena Flores hizo lo mismo en Jauja.

 Llamó a sus otros dos hijos, al párroco de su iglesia, a los vecinos que conocían a David. En cuestión de horas, decenas de personas se enteraron de la desaparición. A las 7:15 de la noche, cuando el sol ya había desaparecido completamente detrás de las montañas del BRem, el convoy del mayor Vega llegó al kilómetro 145. Encendieron las luces de los vehículos y las linternas tácticas.

 Lo primero que vieron fue el árbol caído en medio de la carretera. Era un tronco grueso de casi un metro de diámetro. No había forma de que hubiera caído naturalmente en esa posición perfectamente transversal a la vía. Fue puesto ahí intencionalmente, confirmó el capitán Paredes. Es una táctica común de emboscada.

 Avanzaron con extrema precaución. Los soldados formaron un perímetro defensivo, mientras el mayor Vega y dos policías inspeccionaban la zona con linternas y entonces lo encontraron. A unos 30 met adelante del árbol caído, en una curva cerrada estaba el camión de Marco, el Volvo blanco con las calcomanías de la Virgen de Chapi.

 Las puertas estaban abiertas, el motor estaba apagado. En el asiento del conductor había un celular destrozado, como si alguien lo hubiera pisoteado con furia. “Aquí está el vehículo”, gritó uno de los policías. El mayor Vega se acercó con cautela. Dentro del camión no había nadie. Los asientos estaban vacíos. En el piso de la cabina encontraron la mochila de David abierta con ropa desperdigada.

También había una botella de Inca Cola medio llena y restos de pan. En el suelo, junto a la puerta del conductor, había una huella de bota. Y, más importante aún, había manchas oscuras en el metal del estribo. El mayor Vega sacó una linterna más potente y examinó las manchas de cerca. Parece sangre”, dijo en voz baja.

 El capitán Paredes se acercó. “Hay que acordonar la zona. Esto es una escena del crimen.” Tomaron fotografías de todo. Del camión, de las huellas, de las manchas, de los objetos dentro de la cabina. Uno de los soldados encontró algo más. A unos 10 metros del camión, entre la vegetación había rastros de pisadas, varias, dirigiéndose hacia el monte.

Siguieron por ahí”, señaló el soldado. El capitán Paredes evaluó la situación. Estaban en plena oscuridad, en territorio hostil. Seguir las huellas hacia el monte en esas condiciones era potencialmente suicida. No podemos avanzar más esta noche. Vamos a asegurar el camión, documentar todo y regresar mañana con más personal y con luz del día decidió.

 El mayor Vega no quería aceptarlo, pero sabía que el capitán tenía razón. Llamó a Jessica. Señora Quispe, encontramos el camión de su esposo. Ellos no están dentro, pero hay evidencias de que fueron llevados a la fuerza. Mañana temprano vamos a continuar la búsqueda con más personal. Le prometo que vamos a hacer todo lo posible para encontrarlos.

 Del otro lado de la línea, Jessica colapsó. Sus cuñados tuvieron que sostenerla mientras gritaba y lloraba. La esperanza de que todo fuera un malentendido, de que Marco simplemente hubiera tenido problemas con el teléfono, se evaporó completamente. El convoy regresó a San Francisco pasada la medianoche.

 El mayor Vega redactó el informe preliminar y lo envió a la división de investigación criminal en Lima. Adjuntó las fotos de la escena. Para ese momento, la noticia ya había comenzado a filtrarse a los medios de comunicación. Un periodista de radio Ayacucho había recibido el dato de un contacto en la policía y había publicado en redes sociales. Urgente.

 Dos transportistas desaparecidos en el BREM. Familiares denuncian intercepción por hombres armados. La publicación se viralizó en cuestión de minutos. Pronto, los grandes canales de televisión de Lima comenzaron a replicar lainformación. Para la mañana del sábado 16 de marzo, el caso de Marco Quispe y David Flores era noticia nacional.

 A las 6 de la mañana del sábado, el ministro del Interior hizo una declaración pública. Hemos desplegado todos los recursos disponibles para ubicar a los dos ciudadanos desaparecidos en el RMEM. La Policía Nacional en coordinación con las fuerzas armadas está realizando operativos de búsqueda. Hacemos un llamado a la calma y pedimos a la ciudadanía que confíe en las instituciones.

Pero para las familias esas palabras sonaban huecas. Ya habían pasado 18 horas desde el último contacto con Marco y David. En casos de secuestro, las primeras 24 horas son cruciales y ese tiempo ya casi había expirado. Elena Flores, la madre de David, decidió tomar acción. Contrató un bus y convocó a familiares y amigos de Jauja.

 Vamos a ir a buscar a mi hijo nosotros mismos. Si el estado no hace nada, lo haremos nosotros. Para el mediodía del sábado, un grupo de casi 40 personas había llegado a San Francisco. Llevaban pancartas con las fotos de Marco y David. Vivos se los llevaron. Vivos los queremos, rezaban las pancartas. El alcalde de San Francisco, un hombre mayor llamado Teodoro Quispe, sin parentesco con Marco, salió a recibirlos.

 Entiendo su desesperación, pero no pueden entrar al bra cuenta. Es demasiado peligroso. Hay grupos armados que no dudarán en atacarlos. Entonces que el ejército nos acompañe. Pero mi hijo está allá y no voy a quedarme de brazos cruzados, gritó Elena entre lágrimas. La escena fue captada por las cámaras de televisión que habían llegado desde Lima.

 Las imágenes de madres llorando, de familiares desesperados comenzaron a transmitirse en vivo en todos los noticieros. La presión mediática comenzó a hacer efecto. El comando conjunto de las fuerzas armadas anunció que desplegaría un equipo especializado de 50 soldados para realizar un peinaje exhaustivo de la zona.

 Helicópteros del ejército sobrevolarían el área, pero todos sabían la verdad. El brahim era vasto, con miles de kilómetros cuadrados de selva densa, con cuevas, ríos, campamentos ocultos. Encontrar a dos personas en ese territorio era como buscar una aguja en un pájar. Y eso asumiendo que Marco y David todavía estuvieran vivos. A las 3:30 de la tarde del sábado llegó la noticia que nadie quería escuchar.

 Un grupo de pobladores de una comunidad cercana había encontrado algo en el río, una mochila negra, la misma que David llevaba según las descripciones. Estaba vacía, mojada, enganchada en unas rocas a varios kilómetros río abajo del punto donde habían encontrado el camión. El mayor Vega examinó la mochila.

 Dentro no había nada más que ropa mojada y una billetera con los documentos de David, pero lo más perturbador era que la mochila tenía manchas de sangre. “Tenemos que analizar esto en el laboratorio forense”, dijo Vega. “Necesitamos saber si esa sangre es de las víctimas.” Las horas seguían pasando. El sábado se convirtió en domingo.

 Las familias montaron una vigilia en la plaza principal de San Francisco. Velas, fotos de Marco y David, flores y decenas de personas rezando y cantando. Las primeras 24 horas fueron una montaña rusa de emociones, de esperanza a desesperación. Pero lo que nadie sabía todavía era que este caso estaba a punto de tomar un giro que nadie anticipaba.

 El domingo 17 de marzo amaneció con una neblina densa sobre el braim. La humedad era tan alta que el agua parecía flotar en el aire, empapando la ropa de los soldados y policías, que se preparaban para lo que sería la operación de búsqueda más grande que la zona había visto en meses. En la base militar Los Cabitos, ubicada en las afueras de San Francisco, el coronel EP Hugo Salazar dirigía el briefing a un grupo de 50 efectivos militares, 15 policías especializados y cinco perros rastreadores traídos especialmente desde Lima. También

estaban presentes dos fiscales de la provincia, un equipo forense y tres helicópteros MI17 que sobrevolarían la zona. Caballeros, el objetivo es claro”, comenzó el coronel Salazar apuntando a un mapa desplegado sobre una mesa de campaña. Tenemos dos ciudadanos desaparecidos. La última ubicación confirmada es el kilómetro 145 de la carretera.

 Las evidencias sugieren que fueron llevados hacia el sector este, hacia la selva. El terreno es hostil, hay presencia de grupos ilegales y debemos estar preparados para cualquier contingencia. Los soldados escuchaban con atención, revisando sus equipos. Llevaban uniformes de camuflaje, botas de jungla, machetes, cuerdas, botiquines de primeros auxilios, raciones de combate y, por supuesto, armamento completo, fusiles FAL, algunas ametralladoras ligeras y granadas.

 A las 6:30 de la mañana el convoy comenzó a moverse. Seis vehículos militares, dos patrulleros policiales y una ambulancia. Detrás de ellos, en vehículos civiles, seguían algunos familiares de Marco yDavid, a pesar de las advertencias de las autoridades de que no lo hicieran. Jessica, la esposa de Marco, había en la madrugada junto con dos de los hermanos de Marco.

 No podían quedarse en casa sin hacer nada mientras el amor de su vida podría estar en algún lugar de esa selva, herido, aterrorizado, esperando ayuda. Cuando llegaron al kilómetro 145, el sol ya había disipado parte de la neblina. El árbol que había bloqueado la carretera ya había sido movido por los militares la noche anterior, pero el camión de Marco seguía allí, ahora rodeado de cinta policial amarilla y custodiado por dos soldados.

 Jessica bajó del vehículo y corrió hacia el camión. Los soldados intentaron detenerla, pero ella se soltó. “Ese es el camión de mi esposo. Déjenme ver”, gritó entre lágrimas. El mayor Vega, quien había permanecido en la zona toda la noche, se acercó a ella con delicadeza. Señora Quispe, entiendo su dolor, pero esto es una escena del crimen. No puede contaminarla.

 Le prometo que estamos haciendo todo lo posible. Jessica se derrumbó en los brazos del mayor, soyloosando incontrolablemente. Su cuñado tuvo que llevarla de vuelta al vehículo. Los perros rastreadores fueron liberados. Los manejadores les dieron a oler prendas de ropa de Marco y David que las familias habían traído.

Los animales, pastores alemanes entrenados en búsqueda y rescate, comenzaron a olfatear la zona inmediatamente. Uno de los perros, llamado Thor, se dirigió directamente hacia el punto donde las huellas desaparecían en el monte. comenzó a ladrar y a tirar de la correa. “Tiene algo”, dijo su manejador, el suboficial PNP, Marcos Herrera.

 El grupo principal comenzó a internarse en la selva siguiendo a los perros. La vegetación era increíblemente densa, elchos gigantes, lianas que colgaban de árboles de 30 m de altura, el sonido constante de insectos y aves desconocidas. El piso era traicionero, lleno de raíces, rocas cubiertas de musgo y pequeños arroyos. Avanzaron lentamente, cortando camino con machetes.

 Los perros se mantenían alerta, siguiendo un rastro que solo ellos podían detectar. Después de 2 horas de caminata, llegaron a un claro en la selva. Era un espacio de unos 100 m², rodeado de árboles frondosos. Y allí encontraron la primera evidencia importante. En el centro del claro había restos de una fogata reciente. Las cenizas todavía estaban tibias.

Alrededor de la fogata, colillas de cigarrillos, botellas de plástico vacías de gaseosa y lo más perturbador, pedazos de cuerda de nylon cortados. Alguien estuvo acá hace pocas horas, observó el coronel Salazar. Forencia. Documenten todo. El equipo forense comenzó a tomar fotografías y a recolectar evidencias.

 Las cuerdas fueron meticulosamente embolsadas. Uno de los técnicos encontró algo más. En una de las cuerdas había fibras de tela azul del mismo color de la camisa que Marco llevaba según la descripción de su esposa. Coronel, estas cuerdas tienen manchas de sangre, reportó el técnico forense. La tensión en el grupo aumentó.

Si Marco y David habían sido atados con esas cuerdas y si había sangre, significaba que habían sido heridos. Los perros continuaron siguiendo el rastro, ahora con más intensidad. El grupo avanzó hacia el noreste, descendiendo por una pendiente pronunciada hacia el río Apurmac. A las 11:0 de la mañana, uno de los helicópteros que sobrevolaba la zona reportó algo por radio. Control.

Aquí al con 1 tenemos visual de lo que parece ser un campamento abandonado aproximadamente 2 km al noreste de su posición. Hay estructuras de madera y plástico, no se observa movimiento. El coronel Salazar ordenó al grupo terrestre que se dirigiera hacia esas coordenadas, mientras el helicóptero hacía pasadas de reconocimiento para asegurarse de que no hubiera amenazas.

El camino hacia el campamento fue aún más difícil. Tuvieron que descender por un barranco usando cuerdas, cruzar un río de corriente rápida formando una cadena humana y trepar por el otro lado. Varios soldados sufrieron rasguños y cortes de la vegetación. Cuando finalmente llegaron al campamento, lo que encontraron les celó la sangre.

 Era claramente un punto de operaciones de narcotraficantes. Había cuatro estructuras de madera con techos de plástico negro, pisos de tabla mal ensamblados y paredes incompletas. En una de las estructuras había sacos de cal, bidones de precursores químicos, balanzas y mesas de trabajo. Era un laboratorio rudimentario para procesar cocaína, pero el lugar estaba desierto, no había nadie.

 Despleg el perímetro, revisión completa de cada estructura”, ordenó el coronel. Los soldados entraron cautelosamente a cada cabaña con las armas en alto, esperando encontrar resistencia, pero no había nadie. El lugar había sido abandonado recientemente, probablemente en las últimas 12 horas. En la segunda estructura encontraron algo que hizo que todos se detuvieran.

 Dos colchones deespuma en el suelo, ambos con manchas de sangre. Junto a uno de los colchones una billetera de cuero marrón. El mayor Vega la recogió cuidadosamente con guantes de látex y la abrió. Adentro estaba la licencia de conducir de Marco Antonio Quispe Hamán, su DNI, algunas tarjetas de crédito y una foto de sus dos hijos. Coronel, encontré la billetera de una de las víctimas, reportó Vega con voz grave.

 El coronel se acercó y examinó el contenido. Estuvieron aquí. La pregunta es, ¿dónde están ahora? En la tercera estructura encontraron más evidencias. Una camisa azul desgarrada con manchas de sangre que Jessica después confirmaría era de Marco. También encontraron un celular destrozado que correspondía al modelo que David llevaba.

 El equipo forense trabajó durante horas documentando y recolectando evidencias. Tomaron muestras de sangre de los colchones, fotografiaron cada ángulo del campamento, recolectaron las colillas de cigarrillos para análisis de ADN y hasta encontraron un cuaderno con anotaciones en clave que probablemente correspondían a operaciones de narcotráfico.

 Mientras tanto, el mayor Vega salió del campamento para hacer una llamada difícil. Marcó el número de Jessica. Señora Quispe, encontramos evidencias de que su esposo estuvo en un campamento en la selva. Encontramos su billetera y su ropa. Hay manchas de sangre, pero no sabemos todavía si es de él. No hemos encontrado cuerpos.

 La búsqueda continúa. Del otro lado, Jessica apenas podía procesar la información. Manchas de sangre. Mi esposo está herido. ¿Dónde está? Díganme dónde está. No lo sabemos todavía, señora. Pero el hecho de que no hayamos encontrado cuerpos es una buena señal, significa que podrían seguir con vida.

 Pero el mayor Vega no estaba siendo completamente honesto. En su experiencia en el braim, cuando los narcotraficantes secuestraban a alguien, las víctimas rara vez aparecían con vida, especialmente si había sido hace más de 48 horas. El grupo decidió establecer un campamento base en ese lugar para continuar la búsqueda en círculos concéntricos.

 Trajeron más provisiones, carpas y equipo de comunicación. Para la tarde habían montado una operación completa. Uno de los helicópteros continuó sobrevolando la zona, expandiendo el radio de búsqueda. A las 38 de la tarde, el piloto reportó algo inquietante. Control. Tenemos visual de lo que parece ser un segundo campamento, aproximadamente 5 km al norte.

 Hay movimiento, repito, hay personas en el lugar. El coronel Salazar tomó una decisión rápida. Preparen un equipo de asalto. Vamos a aproximarnos a ese campamento. Si están reteniendo a nuestros ciudadanos, vamos a recuperarlos. Se formó un grupo de élite de 20 soldados de fuerzas especiales armados hasta los dientes y con equipamiento de visión nocturna en caso de que la operación se extendiera hasta la noche.

El segundo grupo comenzó la marcha hacia el norte. El terreno era aún más complicado, con pendientes de casi 60 gr en algunos puntos. Tardaron tres horas en llegar a una posición de observación desde donde podían ver el segundo campamento. El capitán Julio Paredes, quien lideraba el grupo de asalto, observó el campamento a través de binoculares.

Confirmo presencia de al menos ocho personas. Están armados. Veo fusiles AKM. Hay estructuras similares al primer campamento. No puedo confirmar presencia de los secuestrados desde esta distancia. La decisión era difícil. podían esperar hasta que oscureciera y realizar un asalto nocturno con mayor elemento sorpresa, pero también mayor riesgo.

O podían aproximarse ahora con luz del día, pero alertando probablemente a los ocupantes del campamento. El coronel Salazar, quien había llegado en helicóptero y se había unido al grupo de asalto, evaluó la situación. No podemos esperar. Si Marco y David están allí, cada minuto cuenta. Vamos a aproximarnos. Fuego solo si nos atacan.

El objetivo es rescatar, no matar. El grupo se dividió en tres flancos. Comenzaron a descender hacia el campamento con extremo zigilo. Los soldados se movían como fantasmas entre la vegetación, comunicándose solo por señas. estaban a unos 50 m del campamento cuando uno de los guardias, un hombre joven con camisa negra y un AKM al hombro, los detectó.

 Gritó algo en dirección al campamento y levantó su arma. “Alto ejército peruano, suelten las armas!”, gritó el capitán Paredes, emergiendo de la vegetación con su fusil apuntado. Lo que siguió fueron 5 segundos de tensión absoluta. Los hombres del campamento dudaron. Algunos levantaron las manos, otros corrieron hacia las estructuras y entonces uno de ellos disparó.

 El estallido del fusil AKM rompió el silencio de la selva. La bala pasó silvando por encima de las cabezas de los soldados. Fue suficiente. Fuego. Fuego! ordenó el capitán Paredes. El intercambio de disparos duró menos de 2 minutos, pero se sintió como una eternidad. Los soldados, mejorentrenados y con mejor posición, rápidamente sometieron a los ocupantes del campamento.

 Dos de los criminales cayeron heridos, los otros seis se rindieron. Cuando el humo se disipó, los soldados entraron al campamento con las armas en alto, asegurando cada estructura. encontraron más evidencias de procesamiento de drogas, armas, municiones y dinero en efectivo, pero no encontraron a Marco ni a David. El capitán Paredes interrogó a uno de los detenidos, un hombre de unos 35 años con tatuajes en los brazos.

 ¿Dónde están los transportistas que secuestraron el viernes? El hombre escupió sangre al suelo. No sé de qué hablas. No me hagas perder el tiempo. Encontramos sus pertenencias en el otro campamento. ¿Dónde los tienen? El hombre sonrió con una mueca siniestra. Ya es tarde para ellos. El capitán Paredes sintió un escalofrío.

 ¿Qué quieres decir con eso? Ellos ya no están. Los jefes se los llevaron anoche. Dijeron que iban a solucionar el problema. No sé más. Yo solo vigilo el campamento. Lo que encontraron en esos campamentos pintó un cuadro aterrador. Marco y David habían estado allí, pero ya no. Y las palabras solucionar el problema no auguraban nada bueno.

 Los seis detenidos fueron trasladados con las manos atadas y los ojos vendados en uno de los helicópteros militares hasta la base Los Cabitos. Allí fueron separados y puestos en celdas improvisadas, antiguas bodegas de la base que ahora servían como centro de detención temporal. El fiscal provincial, Dr. Ernesto Salas, un hombre de 52 años con más de 20 años de experiencia en casos del llegó a la base a las 8 cero de la noche del domingo.

 Venía acompañado de dos fiscales adjuntos y un equipo de la división de investigación criminal de la Policía Nacional. Tenemos 6 horas para interrogarlos antes de que lleguen sus abogados de oficio”, explicó el doctor Salas al coronel Salazar. Después de eso se van a cerrar como ostras. Necesitamos extraer toda la información posible ahora.

Decidieron empezar con el que parecía más débil psicológicamente, un joven de apenas 22 años llamado Kevin Asto, natural de Juanta. Kevin había sido capturado intentando huir por el río y estaba claramente aterrorizado por la situación en la que se encontraba. El interrogatorio se realizó en una sala sin ventanas, con solo una mesa de metal y dos sillas.

 El fiscal Salas se sentó frente a Kevin mientras dos policías permanecían de pie detrás del detenido. “Kevin, te voy a ser completamente honesto,” comenzó el fiscal con un tono tranquilo, casi paternal. Estás en un problema gravísimo. Te encontramos en un laboratorio de procesamiento de droga armado y tienes antecedentes por tráfico menor.

 Esos son fácilmente 20 años de prisión, pero yo puedo ayudarte si tú me ayudas a mí. Kevin miraba al piso con las manos temblorosas. Yo solo trabajaba de vigía, no sabía nada de los otros problemas. ¿Qué otros problemas, Kevin? Lo de los chóeres esos. El fiscal Sala se inclinó hacia adelante. Cuéntame todo lo que sepas sobre ellos y si me dices la verdad, voy a pedirle al juez que te considere como testigo colaborador.

Podrías salir en 5 años en lugar de 20, pero necesito la verdad completa. Kevin levantó la vista por primera vez. Sus ojos estaban rojos al borde de las lágrimas. Llegaron el viernes a las 3 de la tarde, más o menos. Los trajeron el Puma y dos de sus hombres. Los dos chóeres estaban amarrados con la boca tapada con cinta.

 Uno de ellos, el más grande, estaba sangrando de la cabeza. Lo habían golpeado porque intentó resistirse. ¿Quién es el puma? Es uno de los jefes de la zona. Maneja las rutas de transporte de la pasta básica hacia Huancayo. Es peligroso, señor fiscal, muy peligroso. Nombre completo. No lo sé. Todos le dicen el puma. Es de Guanta. Eso sí lo sé.

 tiene como 40 años alto con una cicatriz en el cuello. El fiscal tomaba notas rápidamente. ¿Qué pasó con los transportistas cuando llegaron al campamento? Kevin respiró hondo, como preparándose para contar algo que lo atormentaba. Los pusieron en la segunda cabaña. El puma estaba furioso porque decía que ellos habían visto demasiado, que habían llamado a la policía desde la carretera y que eso iba a traer problemas.

discutió con caballo, que es otro de los jefes, sobre qué hacer con ellos. ¿Y qué decidieron? Caballo quería matarlos ahí mismo y tirarlos al río, pero el puma dijo que primero tenían que averiguar si alguien más sabía de su ruta, si habían hablado con alguien. Los interrogaron toda la noche del viernes.

 El corazón del fiscal se encogió, pero mantuvo la compostura profesional. Los torturaron. Kevin asintió con la cabeza sin poder mantener contacto visual. Les pegaron. Les preguntaban una y otra vez a quién le habían contado de la ruta, si tenían GPS en el camión, si eran informantes. Los chóeres juraban que no, que solo eran trabajadores normales, pero el pumano les creía.

 Estaban vivos el sábado en la mañana. Sí, yo les llevé agua y algo de comida. El más joven, el de pelo corto, me pidió que por favor los dejara ir, que tenían familias. Me dio pena, señor fiscal, pero yo no puedo hacer nada contra el puma. Él mata gente sin pensarlo dos veces. Y después, ¿qué pasó el sábado? En la tarde llegó la orden de evacuar el campamento.

 Alguien había reportado movimiento de helicópteros militares en la zona. El puma dijo que teníamos que movernos al campamento norte, el de más adentro. Empacamos todo lo que pudimos, quemamos documentos y nos movimos. ¿Y los transportistas? Kevin hizo una pausa larga. Cuando finalmente habló, su voz era apenas un susurro.

 El puma y tres hombres más se los llevaron. Dijeron que los iban a llevar al campamento central, más al norte, donde está el jefe grande, el silencio. Yo no fui con ellos, me dejaron en el segundo campamento como vigía. ¿Quién es el silencio? Es el jefe de toda la organización en el braim. Nadie lo conoce realmente. Dicen que fue militar que conoce la selva como nadie.

Tiene campamentos escondidos en lugares donde ni siquiera los helicópteros pueden llegar. Si el puma llevó a los chóeres donde el silencio, señor fiscal. Kevin no terminó la frase, pero el mensaje era claro. El fiscal Salas salió de la sala de interrogatorio y se reunió con el coronel Salazar.

 le contó todo lo que Kevin había revelado. “Necesitamos ubicar a este tal El silencio”, dijo el fiscal. “Si Marco y David fueron llevados a su campamento, tenemos que actuar rápido.” El coronel asintió. “El problema es que no tenemos inteligencia precisa sobre la ubicación de ese campamento central. El Bri tiene cientos de kilómetros cuadrados de selva.

 Podría estar en cualquier parte. Entonces, necesitamos más información de los otros detenidos. Durante las siguientes 4 horas interrogaron a los otros cinco capturados. La mayoría se mantuvo en silencio, negándose a hablar sin un abogado presente. Pero uno de ellos, un hombre de 38 años apodado chino, decidió cooperar después de que le ofrecieran protección para su familia.

 A cambio de información, Chino había estado en la organización durante 5 años y conocía las rutas y campamentos mejor que nadie. dibujó un mapa rudimentario en un papel marcando la ubicación aproximada de lo que llamaba la fortaleza. “El campamento central del silencio está aquí”, dijo señalando un punto en el mapa en una zona de selva alta a unos 15 km del segundo campamento.

Es en una meseta rodeada de barrancos. Solo se puede llegar por un camino que conocen los de la organización. Tienen vigías en los puntos altos y minas antipersonal en algunos tramos. Es como una fortaleza. Por eso le dicen así. ¿Cuántos hombres tiene el silencio? En el campamento central siempre hay entre 25 y 30 hombres armados, todos con armas largas, algunos con granadas.

 Y el silencio tiene contactos en el ejército y la policía que le avisan cuando hay operativos. Esa última información era perturbadora, pero no sorprendente. La corrupción en las instituciones del Estado era uno de los problemas más graves en el Brahem. El coronel Salazar reunió a su estado mayor para planificar la operación.

Esto es lo más complejo que hemos hecho en años. Si realmente hay 30 hombres armados, necesitamos al menos 60 efectivos para tener ventaja táctica y tenemos que hacerlo en la madrugada con factor sorpresa total. Se decidió que la operación se realizaría el lunes en la madrugada a las 4:00 a.

 desplegarían 80 soldados de fuerzas especiales divididos en cuatro grupos de asalto, más apoyo de artillería ligera y helicópteros de combate. Mientras los militares planeaban el asalto, las familias de Marco y David vivían horas de angustia en San Francisco. Los medios de comunicación habían montado un campamento improvisado en la plaza principal del pueblo con camionetas satelitales de los principales canales de televisión.

Jessica dio una entrevista desgarradora a uno de los noticieros. Solo le pido a Dios y a las autoridades que encuentren a mi esposo con vida. Él es un buen hombre, un buen padre. Nunca le hizo daño a nadie, solo salió a trabajar para mantener a su familia. No es justo lo que está pasando.

 No es justo que en el Perú no pueda trabajar tranquilo, sin temor a desaparecer. Las imágenes de Jessica llorando frente a las cámaras, abrazada a sus dos hijos pequeños. se viralizaron en redes sociales. Los hashtags Justicia para Marcoy David y Pobrahim Seguro comenzaron a ser tendencia. Miles de peruanos expresaban su indignación y exigían al gobierno que tomara acciones más contundentes contra el crimen organizado en la región.

El presidente de la República desde Lima, hizo un pronunciamiento esa noche del domingo. Hemos dado instrucciones precisas a las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional para que utilicen todos los recursos necesarios para rescatarcon vida a los ciudadanos Marco Quispe y David Flores.

 No vamos a permitir que el terrorismo y el narcotráfico sigan operando con impunidad en ningún rincón de nuestro territorio. Para las familias las palabras de los políticos sonaban huecas. Lo que necesitaban eran acciones concretas. A las 2:0 de la madrugada del lunes 18 de marzo, los 80 soldados estaban listos. Vestían uniformes de combate oscuros con camuflaje de selva.

Sus rostros estaban pintados con colores verdes y negros. Llevaban visores nocturnos de última generación, fusiles con silenciadores, granadas de humo, cuerdas de asalto y equipo médico de emergencia. El coronel Salazar reunió a todos los efectivos en la pista de aterrizaje de la base Los Cabitos para dar las últimas instrucciones.

Señores, esta es una misión de rescate. Nuestro objetivo primario es recuperar con vida a los dos ciudadanos secuestrados. El objetivo secundario es capturar o neutralizar a los miembros de la organización criminal. Vamos a enfrentarnos a delincuentes armados y peligrosos, pero recuerden, somos profesionales.

 Mantengan la disciplina, sigan las órdenes de sus comandantes de grupo y cuidemos los unos de los otros. Que Dios nos acompañe. Los soldados respondieron al unísono. Señor, sí, señor. Los helicópteros despegaron a las 2:30 a con las luces apagadas volando bajo para evitar ser detectados por los vigías de la organización. El ruido de los rotores era ensordecedor, pero dentro de cada aeronave, los soldados permanecían en silencio, concentrados, revisando mentalmente sus procedimientos.

 El plan era complejo. Dos helicópteros desembarcarían a 40 soldados a 1 km del campamento en una zona de aterrizaje que habían identificado en las imágenes satelitales. Desde allí avanzarían a pie rodeando el campamento por el lado oeste y sur. Los otros 40 soldados serían dejados en otra zona de aterrizaje al oeste, cerrando el círculo.

Una vez en posición, atacarían simultáneamente desde tres flancos, mientras el cuarto flanco, un barranco de 200 m de profundidad, servía como barrera natural de escape. A las 3:15 a, los primeros grupos tocaron tierra. Los soldados bajaron rápidamente de los helicópteros y se internaron en la selva.

 La oscuridad era total, pero los visores nocturnos convertían el mundo en un paisaje verde fantasmal. El capitán Julio Paredes lideraba el grupo este. Avanzaban en formación táctica con dos exploradores adelante, el grueso del grupo en el centro y una retaguardia cubriendo la espalda. Se comunicaban por radio en susurros usando códigos preestablecidos.

 A las 3:50 a estaban en posición. El capitán Paredes podía ver el campamento a través de sus binoculares de visión nocturna. Era más grande de lo que esperaban. Había al menos ocho estructuras de madera y plástico dispuestas en un semicírculo. En el centro había una fogata apagada. Varios hombres dormían en hamacas bajo toldos improvisados.

Dos vigías permanecían despiertos, uno de ellos fumando un cigarrillo, el otro recostado contra un árbol con un fusil en el regazo. Control. Aquí, Alfa 1. Tengo visual del objetivo. Confirmo presencia de hostiles. No puedo confirmar presencia de los secuestrados esperando orden de asalto, susurró el capitán Paredes por la radio.

 Los otros tres grupos reportaron que también estaban en posición. El coronel Salazar, quien coordinaba la operación desde uno de los helicópteros que sobrevolaba a distancia, dio la orden. Todos los grupos tienen luz verde. Repito, luz verde. Comienza en el asalto. A las 4:00 a exactas, 80 soldados comenzaron a moverse simultáneamente hacia el campamento como una marea oscura y silenciosa.

 Llegaron hasta estar a 30 m de las estructuras sin ser detectados. El capitán Paredes podía escuchar los ronquidos de algunos de los hombres que dormían. El vigía del cigarrillo había cerrado los ojos medio dormido, y entonces uno de los perros que los criminales tenían amarrados en el campamento comenzó a ladrar frenéticamente.

“Nos descubrieron todos los grupos. Ahora, ahora, ahora!”, gritó el coronel por la radio. Los soldados emergieron de la selva desde tres flancos al mismo tiempo, con las linternas tácticas encendidas, iluminando el campamento con acces de luz cegadores. Ejército peruano, están rodeados. Suelten las armas y tírense al suelo con las manos en la cabeza.

 El caos se desató en segundos. Algunos de los hombres en el campamento se tiraron al suelo inmediatamente, aterrorizados. Otros corrieron hacia las estructuras buscando sus armas. Tres de ellos lograron tomar sus fusiles y comenzaron a disparar. El intercambio de fuego fue intenso, pero breve. Los soldados, con mejor posicionamiento y mejor entrenamiento, rápidamente dominaron la situación.

Dos de los criminales cayeron heridos, los demás se rindieron. En menos de 5 minutos el campamento estaba asegurado, pero no había señales de Marco ni de David. Los soldados revisaron cadaestructura metódicamente. Encontraron armas, municiones, sacos con pasta básica de cocaína, dinero en efectivo, documentos, pero no encontraron a los secuestrados.

 “Capitán, aquí tengo algo”, gritó uno de los soldados desde la estructura más grande del campamento. El capitán Paredes corrió hacia allá. La estructura era más elaborada que las otras, con paredes de madera completas y una puerta con candado. Un soldado había cortado el candado con una cizalla. Adentro había lo que parecía ser una oficina improvisada, una mesa con mapas, una radio de largo alcance, cajas con más municiones y en una esquina atado a un poste de madera había un hombre, pero no era Marco ni David, era un hombre de unos 50 años con

barba canosa, vestido con ropa sucia y rasgada. Estaba amordazado y tenía los ojos vendados. Cuando le quitaron la mordaza, gritó, “¡No me maten, por favor! Soy periodista.” El capitán Paredes quedó atónito. Periodista, ¿qué hace usted aquí? El hombre tosió tratando de recuperar el aliento. Me llamo Roberto Mendoza, soy periodista de investigación de Lima.

 Me secuestraron hace dos semanas cuando estaba investigando las rutas del narcotráfico en el braim. Por favor, sáquenme de aquí. Los soldados lo desataron y le dieron agua. Roberto estaba débil, deshidratado, con signos de haber sido golpeado, pero estaba vivo. Ha visto a dos transportistas, uno de unos 30 años, el otro más joven, de unos 28, preguntó urgentemente el capitán.

 Roberto asintió con la cabeza. Sí, sí los vi. Llegaron hace dos días. Los trajeron de noche. Estaban en la estructura del fondo, la que tiene las paredes de plástico negro. Los interrogaron duramente. Escuché gritos. El capitán corrió hacia la estructura indicada con varios soldados siguiéndolo. Era la última estructura del campamento casi en el borde del barranco.

 Cuando entraron, encontraron dos colchones en el suelo manchados de sangre. Había cuerdas cortadas, botellas de agua vacías y algo más. En la pared de plástico, alguien había escrito con lo que parecía ser sangre. Jessica, te amo, Marco. El capitán Paredes sintió un nudo en la garganta. Marco había estado ahí.

 Había dejado un último mensaje para su esposa. ¿Pero dónde estaba ahora? Comenzaron a interrogar a los capturados. La mayoría se negaba a hablar, pero uno de ellos, herido en el hombro y con dolor evidente, decidió cooperar cuando el médico militar le ofreció atención médica a cambio de información. Se los llevaron anoche”, dijo el herido, un hombre de unos 35 años con acento selvático.

 El silencio ordenó que los movieran. Dijo que con toda la presión de los medios y del gobierno no podía tenerlos acá. Era muy arriesgado. “¿A dónde los llevaron?”, preguntó el capitán. “Al refugio del río. Es un lugar escondido, río abajo, donde el silencio guarda cosas importantes cuando hay operativos. Solo se puede llegar por el agua.

” ¿Cuántos hombres los acompañan? Cinco o seis. El silencio mismo fue con ellos. Pero tienen que apurarse, capitán. El silencio estaba muy nervioso. Escuché que decía algo como, “Ya no me sirven. Son un problema que hay que eliminar.” El capitán Paredes sintió un escalofrío. Tenían que moverse rápido.

 Llamó por radio al coronel Salazar y le informó de la situación. Coronel. Los secuestrados fueron movidos a otro lugar, río abajo. Necesitamos embarcaciones y más personal. No tenemos mucho tiempo. El coronel Salazar maldijo en voz baja. Cada hora que pasaba disminuía las posibilidades de un rescate exitoso, pero no se iba a rendir.

 Está bien, capitán. Voy a contactar a la Marina de Guerra. Tienen botes rápidos y personal entrenado en operaciones fluviales, pero va a tomar al menos dos horas traerlos hasta acá. Mientras tanto, aseguren el campamento y preparen a los detenidos para el traslado. Mientras esperaban el apoyo de la marina, el fiscal Salas, quien había llegado en helicóptero apenas aseguraron el campamento, comenzó a revisar los documentos encontrados en la oficina.

Había cuadernos con anotaciones sobre rutas de transporte de droga, fechas de envíos, nombres en clave de contactos, pero lo que más le llamó la atención fue un teléfono satelital que encontraron escondido debajo de la mesa. “Este teléfono podría tener información crucial”, le dijo al coronel cuando este llegó al campamento.

 “Necesitamos expertos en tecnología para extraer los datos.” También encontraron algo más perturbador, una grabación de audio en un viejo reproductor digital. Cuando la reprodujeron, escucharon la voz de un hombre interrogando a otra persona. ¿A quién le dijiste que ibas a venir acá? ¿Quién más sabe de esta ruta? A nadie, se lo juro.

 Solo mi esposa sabe que vine al bra, pero ella no sabe exactamente dónde”, respondía otra voz claramente aterrorizada. “Está mintiendo. Pégale otra vez”, ordenaba la primera voz. Se escuchaba un golpe seguido de un grito de dolor.Jessica, quien había insistido en ser traída al campamento, apenas fue asegurado, escuchó la grabación y colapsó. Ese es Marco.

 Esa es la voz de mi esposo. Lo están torturando. Tuvo que serada por el médico militar. Sus cuñados la llevaron de vuelta a uno de los helicópteros donde podría descansar. A las 6:30 de la mañana, finalmente llegaron las embarcaciones de la Marina. Eran tres botes rápidos con motores fuera de borda, cada uno tripulado por cuatro infantes de marina fuertemente armados.

 El capitán de Fragata Pedro Ugarte, quien lideraba el equipo naval, se reunió con el coronel Salazar y el capitán Paredes. “El río Apurimac en esta zona es peligroso”, explicó Ugarte. tiene rápidos remolinos, troncos sumergidos, pero nuestros hombres están entrenados para esto. Vamos a necesitar que uno de los detenidos que conozca el lugar nos acompañe como guía.

 El herido que había dado la información fue elegido. Le pusieron un chaleco antibalas y lo ubicaron en el primer bote con dos infantes de marina vigilándolo. A las 7:00 a, los tres botes comenzaron a descender por el río Apurmac. El agua era color café con leche, arrastrando troncos y ramas. La corriente era fuerte.

 A ambos lados, la selva se elevaba como paredes verdes impenetrables. Navegaron durante casi una hora, pasando por rápidos, donde los botes se sacudían violentamente y por zonas tranquilas, donde el único sonido era el motor de las embarcaciones y el canto de las aves. A las 8:00 a, el guía señaló hacia la orilla derecha del río.

Ahí, ahí es. ¿Ven esa pequeña playa de piedras? Detrás de esos árboles grandes hay una cueva. Ese es el refugio. Los botes se acercaron cautelosamente a la orilla. Los infantes de Marina desembarcaron primero asegurando el perímetro. Luego bajaron el resto del equipo. La playa era apenas una franja de piedras de unos 5 m de ancho.

 Detrás la vegetación era tan densa que parecía una pared. Pero cuando se acercaron descubrieron un camino estrecho, casi invisible. que se internaba en la selva. “Tengan cuidado”, advirtió el guía. “ese camino podría tener trampas.” Avanzaron lentamente con un zapador militar adelante usando un detector de metales.

A los 20 m encontraron la primera trampa, un cable de acero tensionado que si alguien lo pisaba activaría un dispositivo con cartuchos de escopeta apuntando al camino. El zapador desactivó la trampa cuidadosamente. Encontraron dos trampas más antes de llegar a la cueva. La entrada de la cueva era baja, de apenas metro y medio de altura, camuflada por el hecho lianas.

 No se veía desde el río ni desde el aire, era el escondite perfecto. El capitán Paredes se arrodilló junto a la entrada escuchando. Dentro se oía movimiento, voces, pero no podía distinguir qué decían. hizo señas a su equipo. Iban a entrar, colocó una granada de humo en su cinturón, revisó su arma y respiró hondo. Al contar tres, susurró, uno, dos, tres.

 Los primeros tres soldados entraron a la cueva con las linternas tácticas en sus fusiles, iluminando la oscuridad. El espacio se abría después de los primeros metros, convirtiéndose en una caverna natural de unos 10 m de ancho por 15 de profundidad. El techo irregular goteaba agua y el aire olía a humedad, mo y algo más. El olor inconfundible de la sangre.

La luz de las linternas reveló la escena. En el fondo de la cueva había cuatro hombres armados sorprendidos por la súbita aparición de los soldados. Dos de ellos dormían en sacos de dormir. Los otros dos jugaban cartas sobre una caja de madera. Sus fusiles estaban apoyados contra la pared de roca. Y en la esquina derecha de la cueva, atados de pies y manos, amordazados y con los ojos vendados, estaban Marco Antonio Quisbe y David Flores.

 Ejército peruano al suelo, manos en la cabeza! Gritó el capitán Paredes, entrando detrás de los primeros soldados. Uno de los criminales intentó alcanzar su fusil. Fue un error fatal. Tres disparos resonaron en la cueva y el hombre cayó al suelo herido en el hombro y el pecho. Los otros tres se tiraron al suelo inmediatamente con las manos en la cabeza, gritando que se rendían.

 Los soldados los aseguraron rápidamente, esposándolos y arrastrándolos hacia la entrada de la cueva. Mientras tanto, el capitán Paredes corrió hacia Marco y David. “Médico, médico, acá rápido!”, gritó. El teniente médico del ejército, Juan Carlos Rojas, entró corriendo con su botiquín.

 Comenzó a revisar a los dos hombres mientras los soldados les quitaban las mordazas y las vendas de los ojos. La luz repentina lo segó momentáneamente. Marco parpadeó varias veces tratando de enfocar. Cuando finalmente pudo ver, miró al capitán Paredes con ojos llenos de lágrimas. “¿Somos? ¿Somos libres?”, preguntó con voz ronca, quebrada por días de gritos y deshidratación.

Sí, señor Quispe, son libres. El ejército peruano está aquí. Ya están a salvo. Marco comenzó a llorar incontrolablemente,soyozos profundos que venían desde lo más hondo de su ser. David, a su lado también lloraba con la cabeza colgando hacia adelante, exhausto. El médico los examinó rápidamente.

 Ambos tenían múltiples contusiones, laceraciones en las muñecas y tobillos por las cuerdas, signos de deshidratación severa y desnutrición. Marco tenía una herida en el cuero cabelludo que había sangrado mucho, pero que parecía estar cicatrizando. David tenía dos costillas aparentemente fracturadas por los golpes recibidos.

Necesitan hidratación intravenosa inmediata y evaluación completa en un hospital. Pero están vivos, van a estar bien, informó el médico al capitán Paredes. Los soldados cortaron las cuerdas que ataban a Marco y David. Intentaron ponerse de pie, pero sus piernas no respondían después de días atados.

 Los soldados tuvieron que cargarlos hacia la salida de la cueva. Cuando emergieron a la luz del día, Marco levantó el rostro hacia el cielo. El sol brillaba entre las nubes, las aves cantaban, el río rugía a unos metros de distancia. Era el sonido más hermoso que había escuchado en su vida, el sonido de la libertad. Los subieron a los botes rápidos.

 El médico colocó líneas intravenosas en ambos, administrándoles suero y analgésicos. Marco, con la voz todavía débil, preguntó mi esposa, mis hijos, ¿ellos están bien? Están bien, señor Quispe. Su esposa está esperándolo. Ha estado buscándolo día y noche. Muy pronto va a poder abrazarla, respondió el capitán Paredes. David preguntó por su madre.

 le aseguraron que también estaba bien y esperándolo. El viaje de regreso río arriba tomó más tiempo, casi 2 horas, porque los botes no podían ir a toda velocidad con heridos a bordo. Pero finalmente llegaron al punto de embarque donde los helicópteros esperaban. Marco y David fueron cargados en camillas hacia uno de los helicópteros médicos.

Durante todo el trayecto, Marcos sostenía la mano de David sin soltarla. Habían pasado juntos por el infierno y habían sobrevivido. A las 11:0 de la mañana, los helicópteros llegaron a la base Los Cabitos. Una ambulancia esperaba para trasladarlos inmediatamente al hospital regional de Ayacucho, donde un equipo médico completo estaba preparado para recibirlos.

Pero antes de que los subieran a la ambulancia, el coronel Salazar se acercó a las camillas. Señor Quispe, señor Flores, en nombre del Ejército peruano, quiero decirles que hoy es un día de alegría para todos nosotros. Luchamos por ustedes y los trajimos de vuelta. Bienvenidos a casa. Marco, con lágrimas rodando por sus mejillas, logró decir, “Gracias, gracias por no abandonarnos.

Pensamos que íbamos a morir allá.” Las ambulancias partieron con sirenas encendidas hacia el hospital. Mientras tanto, en el hospital, Jessica esperaba en la sala de emergencias junto con Elena Flores y decenas de familiares de ambas familias. Cuando las puertas de emergencia se abrieron y entraron las camillas, Jessica vio a Marco y sintió que sus piernas se doblaban.

 Sus cuñados tuvieron que sostenerla mientras corría hacia su esposo. “Marco, Marco, mi amor!”, gritaba entre soyozos. Los paramédicos detuvieron la camilla por un momento. Marco extendió su brazo y Jessica tomó su mano besándola una y otra vez. Estoy aquí, amor. Volví. Volví con mis hijos. Volví contigo. Dijo Marco llorando.

 La escena se repitió con Elena y David. La madre abrazó a su hijo con tanta fuerza que el médico tuvo que pedirle que tuviera cuidado con las costillas fracturadas. Pero Elena no soltaba a David besándole la frente, el cabello, llorando y agradeciendo a Dios. Los médicos llevaron a Marco y David a salas de examinación separadas. Durante las siguientes 3 horas les hicieron todo tipo de estudios: radiografías, tomografías, análisis de sangre, evaluaciones neurológicas.

 Los resultados mostraron que milagrosamente, aparte de las contusiones, laceraciones, deshidratación y las dos costillas fracturadas de David, no había daños permanentes graves, pero las cicatrices psicológicas tardarían mucho más en sanar. Mientras Marco y David recibían atención médica afuera del hospital, se había congregado una multitud.

Cientos de personas entre familiares, amigos, periodistas y ciudadanos comunes esperaban noticias. Cuando el director del hospital salió a dar un reporte médico oficial, la multitud estalló en aplausos al escuchar que ambos hombres estaban fuera de peligro. Los medios de comunicación nacionales e internacionales cubrían el caso en vivo.

Los titulares decían: “Rescate exitoso en el BREM, transportistas encontrados con vida. Operación militar rescata a dos secuestrados. Final feliz para el caso que congeló al Perú. En Lima, el presidente de la República felicitó públicamente a las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional por el rescate exitoso, pero detrás de la celebración había una realidad más oscura.

En los días siguientes, a medida queMarco y David se recuperaban físicamente y comenzaban a hablar más abiertamente sobre su experiencia, los detalles de su cautiverio comenzaron a revelarse. En una entrevista desde su cama de hospital, Marco contó lo que habían vivido. El viernes, cuando nos detuvieron en la carretera, pensamos que tal vez solo nos iban a robar el camión y la carga.

 Pero cuando vimos que nos vendaban los ojos y nos ataban, supimos que era algo más serio. Nos llevaron caminando por horas. Yo traté de resistirme al principio y me golpearon en la cabeza con la culata de un fusil. Pensé que me iban a matar ahí mismo. David continuó la historia. En el campamento nos interrogaron. Querían saber si éramos informantes de la policía, si teníamos GPS que estuviera transmitiendo nuestra ubicación, si alguien más sabía exactamente dónde íbamos a estar. Nos pegaron mucho.

 Yo le dije a Marco en un momento que no iba a salir de ahí, que nos iban a matar. Pero Marco me decía, “No, hermano, tenemos que tener fe. Nuestras familias nos están buscando.” Marco tomó la palabra otra vez. El peor momento fue el sábado en la noche. Uno de los jefes al que le decían el silencio llegó al campamento.

 Lo escuchamos discutir con los otros. Decía que éramos un problema, que con todo el ruido mediático que se estaba generando, lo mejor era eliminarnos y tirar nuestros cuerpos al río, donde nunca los encontrarían. Esa noche David y yo nos despedimos el uno del otro. Rezamos. Le pedí a Dios que cuidara a Jessica y a mis hijos si yo no volvía.

 Pero entonces, continuó David, algo cambió. El domingo en la madrugada empezamos a escuchar helicópteros muy cerca. Los tipos del campamento se pusieron nerviosos, empacaron todo rápido y nos movieron. Primero a otro campamento más escondido y luego a la cueva del río. Creo que el hecho de que nos siguieran moviendo significaba que no nos habían matado todavía.

Pero cada día que pasaba perdíamos más la esperanza. Marco agregó. En la cueva el lunes por la mañana escuchamos a los tipos hablando. Uno decía que ya no podían mantenernos vivos, que era demasiado riesgo. Dijo que iban a esperar a que oscureciera y que entonces resolverían el problema. Sabíamos lo que eso significaba.

 Pero tal vez una hora después escuchamos los disparos y luego las voces de los soldados. Cuando quitaron las vendas y vi los uniformes del ejército, pensé que estaba alucinando. No podía creer que estuviéramos siendo rescatados. Las entrevistas conmovieron a todo el país. Las historias de Marco y David se volvieron símbolo de la lucha de los trabajadores peruanos que arriesgaban sus vidas todos los días en zonas peligrosas simplemente para ganarse el pan.

 En los días siguientes comenzaron a revelarse más detalles del caso. Los investigadores, analizando el material incautado en los campamentos, lograron identificar a varios miembros de la organización criminal, incluyendo al misterioso El Silencio. Resultó ser César Augusto Vargas Mendoza, de 42 años, exargento del ejército peruano que había desertado 10 años atrás y se había unido a las organizaciones de narcotráfico en el BREM.

 tenía una orden de captura vigente por múltiples delitos, incluyendo tráfico de drogas, homicidio y terrorismo. El silencio logró escapar durante el asalto al campamento del río, huyendo por la selva antes de que los soldados pudieran asegurarlo. Se convirtió en el fugitivo más buscado del país con una recompensa de 100,000 soles por información que llevara a su captura.

 De los otros detenidos, 23 en total entre los tres campamentos, 19 fueron formalmente acusados de secuestro, extorsión, tráfico de drogas y asociación ilícita para delinquir. Enfrentaban penas de entre 25 y 35 años de prisión. El periodista Roberto Mendoza, quien también había sido rescatado, escribió una crónica extensa sobre su experiencia que fue publicada en los principales diarios del país, exponiendo la magnitud del problema del narcotráfico en el braem.

 Marco y David permanecieron hospitalizados durante una semana. Durante ese tiempo recibieron cientos de visitas de personas que querían expresarles su apoyo. Una campaña de crowdfunding recaudó más de 200,000 soles para ayudarlos a recuperarse y compensar las pérdidas económicas que habían sufrido. El camión de Marco, que había quedado abandonado en la carretera fue recuperado y devuelto milagrosamente.

Solo tenía daños menores. La carga de café y cacao que iban a recoger les fue donada por el comerciante Carlos Mendoza como gesto de solidaridad y otros transportistas se ofrecieron voluntariamente para llevarla hasta Lima y venderla, dándole todo el dinero a Marco y David. El sábado 23 de marzo, 8 días después de la desaparición, Marco y David fueron dados de alta del hospital.

 Una multitud los esperaba afuera. Cuando salieron caminando por su propio pie, pero todavía con vendajes visibles, la gente estalló en aplausos y vítores.Marco y David se abrazaron llorando. Habían sobrevivido juntos a una experiencia que los marcaría para siempre, pero que también los había unido con un vínculo inquebrantable.

En una breve declaración a los medios, Marco dijo, “Quiero agradecer a todas las personas que nunca perdieron la esperanza, que salieron a buscarnos, que presionaron a las autoridades, que rezaron por nosotros. Quiero agradecer especialmente a mi esposa Jessica, que fue más fuerte que yo en los momentos más difíciles.

 Quiero agradecer al Ejército peruano y la Policía Nacional por arriesgar sus vidas para rescatarnos y quiero pedirle al gobierno que haga algo definitivo con el problema del Brahem. No puede ser que los peruanos tengamos que arriesgar nuestras vidas solo por trabajar. David agregó, yo solo quiero abrazar a mi mamá y no soltarla nunca más.

 Y quiero decirle a Marco, que es mi hermano, que pasamos por el infierno juntos y salimos vivos porque nos apoyamos mutuamente. Nunca voy a olvidar eso. Las semanas siguientes fueron de lenta recuperación. Marco y David comenzaron terapia psicológica para tratar el trauma. Ambos sufrían pesadillas recurrentes, ansiedad y momentos de pánico, secuelas normales.

Después de una experiencia traumática de secuestro, Marco tuvo que tomar la difícil decisión de dejar de trabajar temporalmente como transportista. El trauma de lo vivido le impedía conducir sin experimentar ataques de pánico. Con el dinero de la campaña de crowdfunding y el apoyo de su familia, pudo abrir una pequeña tienda de abarrotes en su barrio, donde trabajaba junto a Jessica.

 David también dejó el transporte por un tiempo y consiguió trabajo en un almacén en Jauja, más cerca de su madre, donde se sentía más seguro. Tres meses después del secuestro, en junio de 2024, la Policía Nacional finalmente logró capturar a César Augusto Vargas Mendoza. El silencio, en una operación en la provincia de Satipo.

 Fue tras una larga investigación que rastreó sus comunicaciones telefónicas. Cuando Marco y David se enteraron de la captura, sintieron un inmenso alivio. Sabían que el hombre que había ordenado su muerte finalmente enfrentaría justicia. El juicio comenzó en septiembre de 2024 y se convirtió en uno de los casos más seguidos del año.

Marco y David testificaron durante tres días contando en detalle todo lo que habían vivido. Fue doloroso revivir esos momentos, pero sabían que era necesario para que se hiciera justicia. En diciembre de 2024, después de 3 meses de proceso judicial, César Augusto Vargas Mendoza fue condenado a 35 años de prisión. por secuestro agravado, extorsión, tráfico de drogas y asociación ilícita para delinquir.

Los otros 19 acusados recibieron condenas que iban de 20 a 30 años. Cuando se leyó el veredicto, Marco y David, que estaban presentes en la sala, se abrazaron y lloraron. Por fin, ese capítulo doloroso de sus vidas podía cerrarse. El caso de Marco Quispe y David Flores congeló al Perú durante días de incertidumbre, pero también mostró lo mejor de la sociedad peruana.

Familias que nunca se rindieron, autoridades que trabajaron incansablemente y un país entero que se unió en la búsqueda. Hoy, un año después, Marco y David continúan sus vidas recuperándose lentamente del trauma, pero agradecidos de estar vivos. Sus historias sirven como recordatorio de los peligros que enfrentan miles de trabajadores en zonas como el BRE y de la urgente necesidad de que el Estado peruano tome medidas más efectivas.

para garantizar la seguridad en todo el territorio nacional. Este fue el caso que congeló al Perú. Una historia de terror, esperanza y, finalmente, justicia. Y así termina esta historia que conmovió a todo un país.