El caso que congeló Perú. Amistad, aniversario y una desaparición inexplicable. La noche del 23 de abril de 2022 comenzó, como cualquier otra en el distrito de Miraflores, Lima. Las luces del malecón brillaban sobre el Pacífico y en las calles aún transitaban grupos de jóvenes disfrutando del otoño limeño. En un departamento del quinto piso de la avenida Larco, seis amigos se reunían para celebrar el vio cumpleaños de Andrea Solís, una arquitecta que había logrado consolidar su propio estudio de diseño apenas dos años atrás.
Era una celebración íntima. sin grandes pretensiones, pizza, vino peruano de Ica, música de fondo y la calidez de quienes se conocían desde la universidad.
Andrea Solís era conocida por su carácter organizado y meticuloso. Sus amigos la describían como alguien que planificaba cada detalle de su vida con precisión casi matemática. Esa noche no fue diferente. Había enviado las invitaciones con dos semanas de anticipación a través de un grupo de WhatsApp llamado Los Arquitectos, conformado por sus compañeros de promoción de la Universidad Nacional de Ingeniería, Sebastián Paredes, su mejor amigo desde el primer siglo.
Valeria Ramos, su compañera de tesis, Diego Montalvo, quien había sido su pareja durante 3 años en la universidad. Lucía Torres, la más extrovertida del grupo, y Marcos Benavides, el último en integrarse a este círculo, pero que rápidamente se había vuelto indispensable por su sentido del humor. Las cámaras de seguridad del edificio registraron la llegada de cada uno de ellos. Sebastián fue el primero en llegar a las 7:43 de la tarde, cargando una botella de pisco quebranta y una caja de alfajores de la pastelería Suspiro Limeño.
Valeria llegó 15 minutos después con un ramo de flores amarillas, las favoritas de Andrea. Diego apareció a las 8:10 luciendo incómodo, según describiría después el portero del edificio, quien notó que revisaba su celular constantemente mientras esperaba el ascensor. Lucía y Marcos llegaron juntos a las 8:30, riendo de algo que habían conversado en el taxi que compartieron desde San Isidro. El departamento de Andrea era un reflejo perfecto de su personalidad. Paredes blancas decoradas con láminas de arquitectura moderna, plantas colgantes junto a las ventanas, una biblioteca repleta de libros técnicos y novelas latinoamericanas y una mesa de comedor de madera que esa noche lucía decorada con velas aromáticas y servilletas de lino gris.

La música de fondo era una playlist de Spotify que Andrea había titulado Nostalgia un, llena de canciones que solían escuchar durante sus desveladas preparando maquetas y proyectos finales. Durante las primeras dos horas, la celebración transcurrió con normalidad absoluta. Las conversaciones giraban en torno a proyectos laborales, anécdotas de la universidad, chismes sobre excompañeros y planes futuros. Valeria acababa de ganar un concurso de diseño urbano para remodelar una plaza en Barranco. Sebastián contaba con orgullo cómo su firma había sido seleccionada para diseñar el nuevo edificio corporativo de una importante minera.
Diego, por su parte, se mantenía más callado de lo habitual, bebiendo su vino con rapidez y respondiendo con monosílabos cuando le hacían preguntas directas. Según los testimonios reconstruidos posteriormente, fue Lucía quien notó primero la tensión. Diego estaba raro esa noche. Declararía semanas después a los investigadores. No era el Diego que conocíamos. estaba como ausente, como si su mente estuviera en otro lugar completamente diferente. Marcos coincidiría con esta observación, agregando que en un momento Diego se levantó abruptamente al baño y permaneció allí casi 20 minutos.
Cuando salió tenía los ojos rojos como si hubiera estado llorando o como si estuviera muy estresado. A las 10:15 de la noche, Andrea recibió una llamada telefónica que interrumpió momentáneamente la celebración. Según Sebastián, Andrea se disculpó y se dirigió a su habitación para atender la llamada en privado. Estuvo fuera aproximadamente 12 minutos. Cuando regresó a la sala, su expresión había cambiado notablemente. Estaba pálida, recordaría Valeria. Le pregunté si todo estaba bien y ella sonrió, pero era una sonrisa forzada.
dijo que era un asunto de trabajo, algo sobre un cliente difícil y que ya lo resolvería el lunes. Los registros telefónicos revisados posteriormente por la Policía Nacional del Perú revelarían que esa llamada provenía de un número no registrado en sus contactos con prefijo de Lima, pero sin datos del titular. La llamada duró exactamente 11 minutos y 32 segundos. Hasta el día de hoy, las autoridades no han podido determinar quién realizó esa llamada ni de qué se habló durante esos minutos cruciales.
La celebración continuó. A las 11:0 de la noche apagaron las velas del pastel de chocolate con fresas que Valeria había encargado en una repostería de Miraflores. Cantaron el Feliz cumpleaños en coro. Andrea sopló las velas sonriendo para las múltiples fotografías que todos tomaban con sus celulares. Las imágenes capturadas en esos momentos circularon después en todos los medios de comunicación del país. Andrea, rodeada de sus amigos, sonriente, aparentemente feliz, sin el menor indicio de que algo terrible estaba por suceder.
Sebastián publicó en su cuenta de Instagram una fotografía grupal a las 11:23 de la noche con el caption 28 años de la mejor. Te queremos, Ander. La publicación recibió 143 likes en las primeras dos horas. Entre los comentarios, decenas de amigos y conocidos dejaban felicitaciones y emojis de corazones. Nadie podría imaginar que esa sería la última fotografía conocida de Andrea Solís con vida. Cerca de la medianoche, la conversación tomó un giro inesperado. Diego, quien había estado bebiendo más que los demás, comenzó a hablar sobre el pasado.
¿Recuerdan cuando pensábamos que seríamos los mejores arquitectos del país?”, dijo con una mezcla de nostalgia y amargura. Éramos tan ingenuos. Creíamos que con talento y esfuerzo todo se lograría. Sebastián intentó cambiar de tema, percibiendo la atención que las palabras de Diego estaban generando, pero este continuó. ¿Alguno de ustedes logró realmente lo que soñaba? O todos terminamos siendo versiones más pequeñas de lo que prometíamos. El ambiente se volvió incómodo. Valeria trató de suavizar el momento diciendo que todos estaban orgullosos de sus logros, que el éxito no se medía únicamente por estándares externos.
Pero Diego insistió mirando directamente a Andrea. Algunos lo lograron, otros nos quedamos viendo cómo lo lograban. Andrea guardó silencio intercambiando miradas con Sebastián que sugerían una conversación pendiente o un conocimiento compartido que los demás no tenían. Fue Marcos quien finalmente rompió la tensión con una broma sobre sus propios fracasos laborales, generando risas forzadas que permitieron reconducir la conversación hacia temas más ligeros. Pero el daño estaba hecho. La atmósfera de la celebración había cambiado irreversiblemente. Según testimonios posteriores, Andrea se mostró más distante durante la siguiente hora, revisando su celular con frecuencia y respondiendo mensajes que nadie más podía ver.
A la 1:17 de la madrugada, Lucía y Marcos fueron los primeros en despedirse. Ambos compartieron un taxi que pidieron mediante una aplicación. Las cámaras del edificio los captaron saliendo juntos, abrazando a Andrea en la puerta del departamento antes de dirigirse al ascensor. “Etaba bien cuando nos fuimos”, declararía Lucía semanas después con lágrimas en los ojos. Nos agradeció por venir. Nos dijo que nos quería. No había nada, absolutamente nada que indicara lo que vendría después. Valeria se marchó 20 minutos más tarde a la 1:37 de la madrugada.
Solicitó su propio taxi y esperó en el lobby del edificio. Según su testimonio, Andrea y los dos hombres restantes, Sebastián y Diego, permanecían en el departamento cuando ella bajó. Les dije que se cuidaran, que no tomaran más. Andrea me abrazó y me susurró al oído, “Mañana te llamo. Necesito contarte algo.” Le pregunté si todo estaba bien y ella asintió, pero había algo en sus ojos. No sé cómo explicarlo. Como preocupación o miedo. Ese mañana te llamo nunca sucedería.
Sebastián declaró que él se fue aproximadamente a las 2:15 de la madrugada. Dejando a Andrea y Diego solos en el departamento. Diego dijo que se quedaría un rato más para ayudar a Andrea a limpiar. Yo estaba cansado y tenía que trabajar temprano al día siguiente, así que me despedí y me fui. Las cámaras del edificio confirman su salida a las 2:18 de la madrugada. Sebastián caminó tres cuadras hasta su auto, estacionado en la avenida Benavides, y condujo hasta su departamento en San Miguel.
llegando a las 2:47, según los registros de su GPS vehicular. Y entonces comenzó el vacío informativo que desencadenaría todo. Diego Montalvo declararía posteriormente que abandonó el departamento de Andrea aproximadamente a las 3:00 de la madrugada. Según su versión, ayudó a recoger platos y vasos. Conversó brevemente con Andrea sobre cosas sin importancia. y se marchó en taxi hacia su casa en Surco. Sin embargo, hay un problema crucial con esta versión. Las cámaras de seguridad del edificio no registran su salida.
Este detalle aparentemente menor se convertiría en el centro de una investigación que movilizaría a la Policía Nacional, fiscales especializados, medios de comunicación y miles de ciudadanos peruanos que seguirían cada desarrollo del caso con obsesión casi enfermiza. Andrea Solís no respondió ningún mensaje ni llamada telefónica después de las 3:17 de la madrugada del 24 de abril. Su última actividad registrada en WhatsApp fue a esa hora exacta. Su última conexión a Instagram ocurrió tres minutos antes. A partir de ese momento, Andrea desapareció completamente del mundo digital y físico, como si la tierra se la hubiera tragado.
El domingo 24 de abril transcurrió con normalidad para quienes la conocían. Sus padres residentes en Trujillo hablaron con ella telefónicamente el sábado por la tarde antes de la celebración y no encontraron extraño que no respondiera llamadas el domingo, asumiendo que estaría descansando después de la fiesta. Sebastián le envió un mensaje de texto a las 11:0 de la mañana, preguntando cómo estaba después de la celebración, pero no recibió respuesta. Valeria intentó llamarla a las 4:00 de la tarde para saber qué era eso que necesitaba contarle, pero las llamadas iban directamente al buzón de voz.
Fue el lunes 25 de abril cuando las alarmas se encendieron. Andrea tenía programada una reunión crucial con un cliente importante a las 9 de la mañana en su estudio de barranco. Nunca llegó. Su socia, Patricia Núñez, intentó comunicarse con ella sin éxito. A las 10:30, preocupada por esta ausencia totalmente atípica en alguien tan responsable como Andrea, Patricia decidió ir personalmente al departamento de Miraflores. Lo que encontró allí daría inicio a uno de los casos más perturbadores en la historia criminal reciente del Perú.
Patricia Núñez llegó al edificio de la avenida Larco a las 11:15 de la mañana del lunes 25 de abril. La garúa típica de Lima creaba una atmósfera gris y pesada mientras ella cruzaba el lobby del edificio, mostrando su documento de identidad al personal de seguridad. Vengo a ver a Andrea Solís del departamento 502″, explicó con evidente preocupación. El guardia, un hombre de unos 50 años llamado Roberto Campos, le indicó que no había registro de que la señorita Solís hubiera salido del edificio desde la madrugada del domingo.
Esta información, que en ese momento pareció tranquilizadora, se convertiría horas más tarde en la primera de muchas inconsistencias que atormentarían la investigación. Patricia subió en el ascensor, su ansiedad aumentando con cada piso. Conocía a Andrea desde hacía 5 años. Habían fundado juntas el estudio Solís a Núñez Arquitectura. Habían compartido incontables desveladas trabajando en proyectos. Habían llorado y celebrado juntas victorias y fracasos profesionales. Sabía perfectamente que Andrea jamás faltaría a una reunión sin avisar. mucho menos una tan importante como la de esa mañana con los representantes de una cadena hotelera que planeaba un proyecto millonario en la costa norte.
Tocó el timbre del departamento 502 tres veces. Silencio absoluto. Esperó, volvió a tocar, golpeó la puerta con los nudillos. Nada. marcó el celular de Andrea escuchando como el teléfono sonaba dentro del departamento, pero sin que nadie respondiera. Un escalofrío recorrió su espalda, bajó nuevamente al lobby y solicitó al personal de seguridad que abrieran el departamento argumentando una emergencia. Después de varios minutos de protocolos y llamadas al administrador del edificio, finalmente Roberto Campos accedió a acompañarla con la llave maestra.
Lo que encontraron al abrir la puerta del departamento 502 fue una escena desconcertante. El espacio estaba ordenado, casi pulcramente limpio. Los platos y vasos de la celebración habían sido lavados y guardados. La mesa del comedor estaba despejada sin rastro de la reunión de la noche del sábado. Las velas aromáticas seguían en su lugar apagadas. Las plantas colgantes se balanceaban levemente con la brisa que entraba por una ventana entreabierta en la sala. Todo parecía normal, excepto por un detalle crucial.
Andrea Solís no estaba allí. Patricia caminó por el departamento llamando el nombre de su socia, revisando cada habitación. La cama de Andrea estaba hecha, las sábanas perfectamente estiradas con esa precisión característica que ella siempre mantenía. Su ropa del sábado por la noche, un vestido negro casual que Patricia le había visto en una fotografía de Instagram, no estaba a la vista. El baño estaba impecable, con las toallas colgadas simétricamente. En el tocador, su cepillo de dientes, maquillaje y productos de cuidado personal permanecían intactos.
Su laptop estaba cerrada sobre el escritorio de su habitación y ahí, sobre la mesita de noche, estaba su celular. Este detalle sería fundamental en la investigación posterior. El teléfono móvil de Andrea Solís, un iPhone 12 Pro de color azul pacífico, estaba completamente apagado, no sin batería, sino apagado deliberadamente. Patricia lo tomó con manos temblorosas e intentó encenderlo, pero el dispositivo había sido bloqueado y requería la contraseña de Andrea para acceder. En ese momento, Patricia tomó la decisión que iniciaría oficialmente el caso.
Llamó al 105 el número de emergencias de la Policía Nacional del Perú. La primera patrulla llegó al edificio a las 12:03 del mediodía. Los agentes Óscar Villegas y Carmen Suárez tomaron la denuncia inicial, recorrieron el departamento y comenzaron el protocolo estándar para casos de desaparición. Durante esas primeras horas cruciales, siguiendo procedimientos que posteriormente serían severamente cuestionados, los policías asumieron que se trataba de una desaparición voluntaria. Posiblemente salió con alguien y olvidó su teléfono, sugirió el agente Villegas.
Una hipótesis que Patricia rechazó vehem, “Andrea nunca, jamás en 5 años ha dejado su celular olvidado”, insistió Patricia, su voz quebrándose, y menos apagaría su teléfono deliberadamente cuando tiene reuniones programadas. Algo malo le pasó. Tienen que creerme. Pero el protocolo policial peruano en casos de adultos desaparecidos requiere esperar 24 horas antes de iniciar una búsqueda activa, asumiendo que la mayoría de estos casos se resuelven espontáneamente cuando la persona reaparece con explicaciones sobre malentendidos o decisiones personales temporales.
Esta espera de 24 horas, aunque protocolar, se convertiría en uno de los aspectos más criticados del manejo inicial del caso. Los expertos en criminología consultados posteriormente señalarían que las primeras horas después de una desaparición son absolutamente críticas. Cada minuto cuenta, cada hora perdida reduce exponencialmente las posibilidades de encontrar a la persona con vida o de preservar evidencia crucial. Pero en ese momento, atados a regulaciones burocráticas, los agentes se limitaron a tomar fotografías del departamento, recopilar información básica de Patricia y redactar el informe preliminar.
Mientras tanto, Patricia comenzó a hacer lo que la policía aún no estaba autorizada a realizar, llamar desesperadamente a todos los contactos cercanos de Andrea. Contactó primero a los padres de Andrea en Trujillo, Jorge y Marta Solís, quienes respondieron inicialmente con confusión, que se transformó rápidamente en pánico. “¿Cómo que no saben dónde está?”, preguntó Jorge Solís, su voz amplificada por el altavoz del teléfono de Patricia. Hablé con ella el sábado en la tarde. Estaba perfectamente bien, emocionada por su cumpleaños.
Marta Solís, al fondo, comenzó a llorar antes de que nadie pudiera decir nada más. Los padres de Andrea tomaron la decisión inmediata de viajar a Lima abordando un bus interprovincial a las 2 de la tarde que llegaría a la capital 8 horas después. Patricia llamó después a Sebastián Paredes, quien se encontraba en su oficina revisando planos para un proyecto en construcción. La noticia lo golpeó como un puñetazo. ¿Qué? No, eso es imposible. Yo la dejé perfectamente bien el sábado, bueno, el domingo en la madrugada estaba en su casa.
Diego iba a ayudarla a limpiar y después se iba. tiene que estar en algún lado. Quizás salió temprano a Suó cuando la lógica se impuso. Andrea nunca dejaría su teléfono. Andrea nunca faltaría a una reunión importante. Andrea no desaparecería voluntariamente. Sebastián dejó todo y se dirigió inmediatamente al departamento de Miraflores, llegando a las 12:45. Para entonces ya habían llegado también dos detectives de la División de Investigación Criminal de Lima, los oficiales Ramiro Castillo y Mónica Paredes, quienes comenzaron una inspección más meticulosa del departamento.
Sebastián les proporcionó la lista completa de personas que habían asistido a la celebración del sábado. Valeria Ramos, Diego Montalvo, Lucía Torres y Marcos Benavides. Los detectives comenzaron a contactar a cada uno de ellos inmediatamente. Valeria estaba en su oficina en San Isidro cuando recibió la llamada. Su reacción fue de incredulidad total. No, no, esto no puede estar pasando. Andrea me dijo que me llamaría el domingo, que necesitaba contarme algo importante. ¿Por qué no me llamó? ¿Qué era eso que necesitaba contarme?
Su voz estaba cargada de culpa. ese sentimiento irracional, pero poderoso de que quizás si hubiera insistido más el sábado, se hubiera preguntado directamente qué era eso tan importante. Algo de esto podría haberse evitado. Lucía Torres recibió la noticia mientras almorzaba con clientes en un restaurante de Miraflores. Según testigos presentes, su rostro perdió todo color, dejó caer el tenedor que sostenía, se disculpó abruptamente y salió corriendo del restaurante. Llamó de inmediato a Marcos Benavides, quien estaba dando una clase en la universidad.
Marcos Andrea desapareció. Nadie sabe dónde está desde el sábado. Tenemos que ayudar a buscarla. Marcos canceló sus clases del resto del día y se reunió con Lucía. Juntos se dirigieron al departamento de Andrea, donde ya se estaba congregando el grupo completo de amigos, todos en estado de shock. Pero había una persona cuya reacción sería significativamente diferente, Diego Montalvo. Los detectives intentaron contactarlo durante toda la tarde del lunes sin éxito. Su teléfono celular estaba apagado. Llamaron a su oficina donde les informaron que Diego había solicitado el lunes como día libre y no había ido a trabajar.
Intentaron contactarlo en su domicilio en Surco sin respuesta. Esta ausencia combinada con el hecho de que era la última persona que supuestamente había visto a Andrea con vida, inmediatamente elevó el nivel de interés policial en él. Mientras tanto, el análisis preliminar del departamento de Andrea revelaba detalles intrigantes. El detective Ramiro Castillo, un veterano con 23 años de experiencia en investigación criminal, notó varias inconsistencias. “El departamento está demasiado limpio”, comentó a su compañera Mónica Paredes. Alguien limpió meticulosamente después de la fiesta.
Pero miren esto. Señaló hacia el basurero de la cocina que contenía los restos de la celebración. Platos de papel con restos de pizza, servilletas usadas, una botella vacía de vino. Si alguien limpió también el departamento, ¿por qué dejaría la basura sin sacar? Otro detalle llamó su atención. En el dormitorio de Andrea, sobre una silla junto al closet, había un bolso de cuero marrón. Dentro encontraron su billetera con documentos de identidad, tarjetas de crédito y efectivo, aproximadamente 400 soles.
Nadie sale de su casa sin su billetera, observó Mónica Paredes y mucho menos si planea desaparecer voluntariamente. Las llaves del auto de Andrea, un Toyota Corolla del 2019, también estaban en el departamento colgadas en un llavero junto a la puerta de entrada. El vehículo permanecía estacionado en el sótano del edificio, exactamente donde Andrea lo había dejado el viernes por la tarde al regresar del trabajo. El equipo forense, que llegó a las 130 de la tarde comenzó a procesar la escena con luminol y otras técnicas de detección.
No encontraron rastros de sangre en ninguna superficie. No había evidencia de lucha o violencia. No había señales de entrada forzada a la puerta o ventanas. Todo apuntaba a que Andrea había salido del departamento voluntariamente o acompañada de alguien en quien confiaba. A las 5:47 de la tarde del lunes, finalmente se produjo el primer avance significativo. Diego Montalvo apareció no en el departamento de Andrea ni en respuesta a las llamadas policiales, sino de una manera completamente inesperada. Sebastián Paredes recibió un mensaje de texto de Diego.
Acabo de enterarme. Estoy en shock. ¿Qué está pasando? Encontraron a Andrea. El mensaje venía acompañado de una marca de tiempo que indicaba que el teléfono de Diego acababa de encenderse después de estar apagado durante más de 18 horas. Sebastián, siguiendo instrucciones de los detectives que estaban junto a él, respondió, “Diego, la policía necesita hablar contigo urgentemente. Eres la última persona que vio a Andrea. ¿Dónde has estado? ¿Por qué tu teléfono estaba apagado? La respuesta de Diego llegó 3 minutos después.
Mi teléfono se quedó sin batería ayer y dejé el cargador en la oficina. Recién pude cargarlo. Estoy en casa. Voy para allá ahora. Diego Montalvo llegó al departamento de Andrea a las 6:30 de la tarde. Su apariencia impactó a todos los presentes. Lucía lo describiría posteriormente como un hombre destruido. Tenía ojeras profundas, el cabello despeinado, la ropa arrugada, la misma camisa que había usado el sábado por la noche. Olía a alcohol y transpiración. Sus manos temblaban visiblemente cuando los detectives Castillo y Paredes lo condujeron a una esquina del lobby del edificio para interrogarlo.
“Señor Montalvo,” comenzó el detective Castillo, su voz firme, pero no agresiva. Necesitamos que nos cuente exactamente qué sucedió el sábado por la noche después de que el señor Paredes se marchó. Según nuestro conocimiento, usted fue la última persona en ver a Andrea Solís. ¿Es correcto? Diego asintió, sus ojos llenos de lágrimas. Sí, me quedé para ayudarla a limpiar. Recogimos los platos, tiramos la basura. Bueno, la juntamos, pero no la bajamos porque ya era muy tarde y no queríamos hacer ruido en el edificio.
Conversamos un rato y después me fui. ¿A qué hora se fue exactamente?, preguntó la detective Paredes, su libreta abierta. Diego vaciló, sus ojos moviéndose inquietamente. No estoy seguro, quizás las 3, 3:30 de la madrugada. No miré la hora con exactitud. ¿Y cómo se marchó del edificio? continuó Paredes en taxi, en su auto, caminando. Diego respondió, pedí un taxi por aplicación. Bajé, esperé en la puerta y me fui a mi casa en Surco. Fue entonces cuando la detective Paredes dijo las palabras que cambiarían completamente el rumbo de la investigación.
Señor Montalvo, tenemos un problema con su versión. Las cámaras de seguridad del edificio no registran su salida en ningún momento entre las 2 y las 7 de la madrugada del domingo. De hecho, no hay registro de su salida del edificio en absoluto. El silencio que siguió fue ensordecedor. Diego Montalvo palideció visiblemente, su boca abriéndose y cerrándose sin emitir sonidos. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, susurró, “Eso es imposible. Yo salí. Las cámaras deben estar mal.” O revisaron las horas equivocadas.
Yo salí del edificio, lo juro. Pero las cámaras no mentían. El equipo técnico había revisado meticulosamente todas las grabaciones desde las 2:00 de la madrugada hasta las 8:0 de la mañana del domingo. Habían verificado todos los puntos de salida del edificio, la puerta principal, la salida de emergencia, el acceso al estacionamiento. Diego Montalvo había entrado al edificio a las 8:10 de la tarde del sábado, pero no existía ninguna imagen de él saliendo. La teoría de la desaparición voluntaria se desmoronaba rápidamente, siendo reemplazada por algo mucho más oscuro.
¿Qué había sucedido realmente en ese departamento después de que Sebastián se marchara? ¿Por qué Diego no aparecía en las cámaras saliendo del edificio? ¿Dónde estaba Andrea Solís? Y la pregunta más perturbadora de todas, ¿seguía viva? La noche del lunes 25 de abril marcó un punto de inflexión en la investigación. Lo que había comenzado como un reporte de persona desaparecida se transformaba rápidamente en algo mucho más siniestro. Diego Montalvo fue trasladado a la comisaría de Miraflores para un interrogatorio formal, mientras un equipo especializado de la división de investigación criminal iniciaba un análisis exhaustivo de todas las evidencias.
recopiladas en el departamento de Andrea. En la sala de interrogatorios, bajo la luz fría de tubos fluorescentes, Diego se sentó frente a los detectives Ramiro Castillo y Mónica Paredes. Un grabador de audio y una cámara de video documentaban cada palabra, cada gesto, cada pausa incómoda. El abogado de Diego, Carlos Mendieta, un penalista con reputación de defender casos difíciles, se sentó junto a su cliente con expresión tensa. Sabía que la situación de Diego era extremadamente delicada. Señor Montalvo, comenzó el detective Castillo, vamos a darle la oportunidad de explicar nuevamente qué sucedió el sábado por la noche, pero esta vez necesitamos la verdad completa.
Las inconsistencias en su declaración son demasiado graves para ignorarlas. Diego respiró profundamente, sus manos entrelazadas sobre la mesa metálica, temblando visiblemente. Ya les dije lo que pasó. No sé por qué las cámaras no me captaron saliendo, pero les juro que me fui del edificio. La detective Paredes intervino. Su voz más suave, pero igualmente firme. Diego, entendemos que esta es una situación difícil, pero necesitamos que piense cuidadosamente. Es posible que saliera por alguna ruta alternativa, por el estacionamiento, por la salida de emergencia, por algún acceso de servicio.
Diego negó con la cabeza. No salí por la puerta principal, o al menos eso creo. Estaba cansado, había bebido. Tal vez no recuerdo bien los detalles exactos, pero definitivamente me fui. Y el taxi que pidió, preguntó Castillo. ¿Tiene registro en su aplicación de ese viaje? Diego sacó su teléfono celular, aún con la batería mostrando apenas un 15% de carga, y abrió la aplicación de Cabify. Sus dedos se movían torpemente por la pantalla buscando el historial de viajes.
Su expresión cambió de confusión a preocupación y, finalmente, a algo parecido al pánico. No, no está aquí. No hay registro de ningún viaje esa madrugada, pero yo pedí uno. Estoy seguro. El abogado Mendieta intervino. Detectives, mi cliente claramente está confundido por los eventos traumáticos. Es posible que el estrés y el alcohol hayan afectado su memoria. Esto no es evidencia de culpabilidad, sino de una noche confusa para todos los involucrados. Pero los detectives no estaban convencidos. La ausencia de Diego en las cámaras de seguridad, combinada con la falta de registro del taxi creaba un vacío temporal imposible de ignorar.
Señor Montalvo, continuó Paredes, necesitamos que nos cuente exactamente de qué hablaron usted y Andrea después de que Sebastián se fue. ¿Sobre qué conversaron durante esa hora y media o dos horas que estuvieron solos? Diego bajó la mirada, sus ojos fijos en la mesa pasaron varios segundos antes de que respondiera. Hablamos, hablamos sobre el pasado, sobre nosotros. sobre cómo terminó nuestra relación hace 5 años. Esta revelación abrió una nueva línea de investigación. Los detectives no sabían que Diego y Andrea habían sido pareja durante la universidad.
Este detalle, que ninguno de los otros amigos había mencionado específicamente en sus declaraciones iniciales, añadía una capa completamente nueva de complejidad al caso. ¿Y cómo fue esa conversación?, presionó Castillo. Fue amistosa, tensa. ¿Hubo alguna discusión? Diego levantó la vista, sus ojos brillando con lágrimas contenidas. Fue fue dolorosa. Yo le dije cosas que había guardado durante años. Le dije que nunca había dejado de amarla, que cometí un error hace 5co años cuando terminamos, que había estado esperando el momento correcto para decírselo nuevamente.
Su voz se quebró y ella me dijo que yo necesitaba superarlo, que ella ya lo había hecho hace mucho tiempo, que me veía solo como un amigo. Me rechazó y fue devastador. El silencio en la sala de interrogatorios era pesado. El abogado Mendieta apretaba su bolígrafo con tanta fuerza que sus nudillos se habían puesto blancos. La detective Paredes tomó notas meticulosamente mientras Castillo se inclinaba hacia adelante. ¿Y cómo reaccionó usted ante ese rechazo, señor Montalvo? ¿Se enojó?
¿Hubo una discusión más acalorada? ¿Hubo algún tipo de confrontación física? No”, exclamó Diego, su voz elevándose por primera vez. “Yo jamás le haría daño a Andrea. Jamás. Me sentí destruido. Sí, lloré. Admito que lloré frente a ella como un idiota.” Pero después de hablar, después de que ella dejó claro que no había posibilidad de volver, simplemente me fui, o al menos eso es lo que recuerdo. Mientras el interrogatorio de Diego continuaba en círculos, sin producir respuestas claras sobre su salida del edificio o el paradero de Andrea, otro equipo de investigadores trabajaba en paralelo.
El teléfono celular de Andrea Solís había sido entregado a los expertos en tecnología forense de la Policía Nacional. Después de varias horas de trabajo técnico, lograron acceder al dispositivo utilizando herramientas especializadas, aunque no pudieron desencriptar completamente todos los datos debido a las protecciones de seguridad del sistema IOS. Lo que encontraron en el teléfono de Andrea sería revelador y perturbador en igual medida. Sus mensajes de WhatsApp de los días previos mostraban conversaciones completamente normales sobre trabajo, planes con amigos, coordinaciones para la celebración del sábado, pero había una serie de mensajes que llamaron la atención de los investigadores, un intercambio con un contacto guardado simplemente como R, que databa de tres semanas antes de su desaparición.
El 3 de abril, R había enviado, “Necesitamos hablar sobre lo que descubriste. No puedes decírselo a nadie todavía.” Andrea respondió, “No me siento cómoda con esto. Creo que tengo que hacerlo público. El 10 de abril, otra conversación. R, ¿te estás metiendo en algo peligroso? Por favor, confía en mí y espera, Andrea. He esperado suficiente. El viernes tomaré una decisión final. El viernes antes de su desaparición, el 22 de abril, había sido el último intercambio con R. ¿Ya decidiste, Andrea?
Sí. El lunes después de mi reunión con los del hotel. Voy a proceder. Ya no puedo seguir guardando esto. R. Por favor, reconsidéralo. Hay mucho en juego. La conversación terminaba ahí. Los investigadores intentaron rastrear el número de R, pero descubrieron que era un número prepago comprado con documentación falsa, un callejón sin salida. La pregunta era obvia, ¿qué había descubierto Andrea? ¿Y tenía esto alguna relación con su desaparición? Los detectives comenzaron a revisar exhaustivamente los casos y proyectos en los que Andrea había trabajado durante los últimos meses.
Su socia Patricia Núñez proporcionó acceso completo a todos los archivos del estudio Solís a Núñez arquitectura, incluyendo contratos, correspondencia y documentos técnicos. Fue Patricia quien señaló algo que había pasado desapercibido. Andrea estuvo revisando los planos y permisos de un proyecto antiguo del estudio hace unas semanas. Un edificio corporativo que diseñamos para un cliente importante en el 2020 antes de la pandemia. Me pareció extraño porque ese proyecto ya estaba completamente terminado y entregado. Cuando le pregunté por qué estaba revisándolo, me dijo que había notado algunas inconsistencias en los informes finales de construcción y quería verificar algo.
Los investigadores solicitaron todos los documentos relacionados con ese proyecto. Se trataba del edificio corporativo de inversiones Andinas SA, una empresa con múltiples intereses en el sector minero y de construcción. Andrea había sido la arquitecta principal y el edificio ubicado en San Isidro se había convertido en uno de los hitos de la arquitectura moderna limeña. Pero algo en los documentos finales no cuadraba y Andrea lo había notado. Mientras tanto, en las redes sociales, el caso de Andrea Solís comenzaba a viralizarse.
El martes 26 de abril por la mañana, medios de comunicación nacionales reportaban la desaparición de la joven arquitecta. Su fotografía aparecía en portadas de periódicos, en noticieros televisivos, en miles de publicaciones de Facebook e Instagram. El hashtag donde esta Andrea se volvió tendencia en Twitter Perú. Ciudadanos compartían teorías, especulaciones, algunos bien intencionados y otros morbosos. Los padres de Andrea, Jorge y Marta Solís dieron su primera conferencia de prensa a las 10:0 de la mañana del martes en las instalaciones de la Policía Nacional.
Marta, con los ojos hinchados de tanto llorar, suplicó frente a las cámaras, “Si alguien sabe algo, lo que sea, por favor ayúdenos a encontrar a nuestra hija. Andrea es una buena persona, trabajadora, responsable. No entendemos qué pudo haber pasado. Solo queremos que vuelva a casa con nosotros.” Jorge con voz quebrada añadió, “Ofrecemos una recompensa de 50,000 soles a quien proporcione información que nos lleve a encontrar a Andrea.” La presión pública comenzaba a intensificarse y con ella la presión sobre los investigadores para resolver el caso rápidamente.
El fiscal especializado en casos de desaparición, Dr. Ricardo Medina asumió el liderazgo de la investigación coordinando los esfuerzos entre la policía, peritos forenses y expertos en diversas áreas. Se formó un equipo especial de 30 investigadores dedicados exclusivamente al caso Andrea Solís. El martes por la tarde se produjo otro desarrollo significativo. Los investigadores que habían estado revisando las cámaras de seguridad de las calles circundantes al edificio de Andrea encontraron algo intrigante. Una cámara de tráfico ubicada en la intersección de la avenida Larco con la calle Shell a dos cuadras del edificio, capturó a las 3:47 de
la madrugada del domingo un vehículo Toyota Corolla plateado, el mismo modelo y color que el auto de Andrea circulando hacia la costa verde. El ángulo de la cámara no permitía ver quién conducía ni las placas con claridad suficiente, pero era una coincidencia demasiado específica para ignorar. Esto creaba una contradicción adicional. El auto de Andrea seguía estacionado en el sótano del edificio. Era posible que alguien hubiera sacado su auto, lo hubiera usado y luego lo devuelto al estacionamiento.
El equipo forense realizó un análisis exhaustivo del vehículo. Encontraron huellas dactilares de Andrea en el volante, las manijas y el tablero, lo cual era completamente normal. Pero también encontraron otras huellas que no coincidían con las de Andrea, aunque estaban parcialmente borrosas, imposibilitando una identificación clara. El miércoles 27 de abril, tr días después de la desaparición de Andrea, Diego Montalvo fue formalmente detenido como sospechoso principal. La combinación de factores, su ausencia inexplicable en las cámaras de seguridad, su revelación sobre la conversación emocional que tuvo con Andrea, su comportamiento errático después de la desaparición había sido suficiente para que el fiscal Medina solicitara su detención preventiva mientras continuaba la investigación.
La noticia de la detención de Diego provocó reacciones encontradas entre sus amigos. Sebastián Paredes expresó públicamente su incredulidad. Conozco a Diego desde hace más de 10 años. Sé que tuvo una relación difícil con Andrea en el pasado, pero jamás lo creí capaz de hacerle daño. Sin embargo, las evidencias son preocupantes. Solo espero que si sabe algo lo diga para que podamos encontrar a Andrea. Valeria Ramos, en cambio, fue más cautelosa. No quiero juzgar a Diego sin pruebas concretas, pero tampoco puedo ignorar que algo no cuadra en su historia.
En la celda de la comisaría de Miraflores, Diego Montalvo permanecía en estado de shock. Su abogado, Carlos Mendieta, trabajaba incansablemente para preparar su defensa, pero la situación legal de su cliente era cada vez más complicada. Diego le dijo Mendieta durante una de sus reuniones privadas. Si sabes algo, cualquier cosa que no hayas contado todavía, este es el momento de decirlo. La situación es muy grave. La fiscalía está considerando cargos de secuestro o algo peor si no aparece Andrea pronto.
Diego, con la mirada perdida, respondió apenas en un susurro. No sé qué más decir. Les he contado todo lo que recuerdo. Esa noche está borrosa en mi mente. Bebí demasiado. Estaba emocionalmente destruido después de que Andrea me rechazó. Pero juro que cuando me fui, ella estaba bien. Estaba viva en su departamento. Yo jamás le haría daño. Tienen que creerme. Pero creer no era suficiente. La investigación necesitaba hechos, evidencias. respuestas concretas. Y mientras Diego permanecía detenido, el verdadero misterio de qué le había sucedido a Andrea Solís seguía sin resolverse, creciendo como una sombra oscura sobre Lima.
El jueves 28 de abril, 4 días después de la desaparición de Andrea Solís, la investigación tomó un giro inesperado que obligaría a los investigadores a reconsiderar todas sus teorías previas. Un testigo anónimo se presentó en la comisaría de Miraflores con información que de ser cierta destruiría por completo la línea de investigación centrada en Diego Montalvo. El testigo era un trabajador nocturno de limpieza de un edificio cercano al de Andrea, identificado como Manuel Hamán, de 42 años. Manuel declaró que la madrugada del domingo 24 de abril, mientras realizaba su turno de limpieza, que comenzaba a las 3 de la madrugada, había visto algo relevante.
Estaba sacando la basura del edificio donde trabajo, en la avenida Larco, a unas tres cuadras del edificio donde vivía la señorita desaparecida, explicó Manuel a los detectives. Serían como las 3:30, 4 de la mañana. Vi a una mujer que caminaba sola por la vereda. Me pareció raro porque no es común ver gente caminando sola a esas horas en Miraflores, menos una mujer. Los detectives le mostraron fotografías de Andrea. Manuel dudó inicialmente, explicando que había visto a la mujer de lejos y con poca luz, pero cuando le mostraron una imagen de Andrea con el mismo vestido negro que había usado en la celebración, su expresión cambió.
Sí, creo que era ella. El vestido era igual o muy parecido, y la contextura, la altura. Sí, podría ser ella. Manuel agregó un detalle crucial. Parecía estar apurada. Caminaba rápido, como si se dirigiera a algún lugar específico. No parecía perdida ni confundida, más bien como si supiera exactamente a dónde iba. Este testimonio contradecía la teoría de que algo violento le había ocurrido a Andrea en su departamento. Si realmente había salido caminando por su propia voluntad a las 3:30 o 4:0 de la madrugada, ¿a dónde se dirigía?
¿Y por qué dejó su teléfono, su billetera y sus llaves? El fiscal Ricardo Medina ordenó inmediatamente una revisión exhaustiva de todas las cámaras de seguridad en un radio de 10 cuadras alrededor del edificio de Andrea, buscando confirmar el avistamiento de Manuel. Después de horas de trabajo meticuloso, los analistas de video encontraron algo. Una cámara de seguridad de una farmacia en la avenida Larco, seis cuadras al norte del edificio de Andrea, había capturado a las 3:52 de la madrugada del domingo a una mujer caminando sola.
La calidad de la imagen era mediocre debido a la iluminación nocturna, pero la ropa coincidía con el vestido negro de Andrea y su contextura física era similar. La mujer caminaba con paso decidido, sin señales de coacción o persecución. Parecía completamente voluntaria. Este descubrimiento obligó a una reevaluación completa del caso. Si Andrea había salido voluntariamente de su edificio, ¿por qué las cámaras del edificio no la captaron saliendo? Los técnicos revisaron nuevamente el sistema de seguridad del edificio y descubrieron algo que había pasado desapercibido.
Inicialmente había un punto ciego en la cobertura de las cámaras. La salida de emergencia del edificio ubicada en el lado oeste del primer piso no estaba cubierta por ninguna cámara debido a un ángulo muerto en la instalación. Era perfectamente posible que tanto Andrea como Diego hubieran salido por esa puerta sin ser detectados por el sistema de vigilancia. El guardia de seguridad, Roberto Campos, fue interrogado nuevamente por qué no mencionó la salida de emergencia en su testimonio inicial.
Roberto explicó, visiblemente avergonzado, que esa puerta técnicamente debería estar bloqueada y solo debería abrirse con una alarma en caso de emergencia real. Sin embargo, admitió que la alarma había estado defectuosa durante semanas y que algunos residentes del edificio sabían que podían usar esa salida sin activar ninguna alarma. No lo mencioné porque, bueno, porque no seguimos el protocolo correctamente. El administrador sabía del problema, pero no había autorizado la reparación todavía por temas de presupuesto. Esta revelación cambió drásticamente el panorama.
Diego Montalvo pudo haber salido por esa puerta sin ser detectado, lo cual explicaría la ausencia de su imagen en las cámaras. Y Andrea también pudo haber usado esa misma salida posteriormente, pero esto generaba más preguntas. ¿Por qué Andrea saldría de su departamento a las 4:00 de la madrugada, dejando todas sus pertenencias para caminar sola por las calles de Miraflores? ¿Se encontraría con alguien? ¿Estaba huyendo de algo o de alguien? Mientras tanto, el análisis profundo del teléfono de Andrea continuaba revelando información perturbadora.
Los expertos forenses lograron recuperar conversaciones eliminadas de WhatsApp, incluyendo un intercambio particularmente relevante de la misma noche de su celebración. A las 10:47 de la noche del sábado, poco después de recibir aquella misteriosa llamada telefónica de 11 minutos, Andrea había enviado un mensaje a un número que los investigadores identificaron como perteneciente a Valeria Ramos, su amiga y compañera de tesis. El mensaje decía, “Val, necesito tu consejo urgente. Acaba de llamarme Rodrigo. Me dijo que si procedo con lo del edificio Andinas, voy a destruir mi carrera y posiblemente enfrentar problemas legales.
Estoy asustada, no sé qué hacer.” Este mensaje que había sido eliminado del teléfono de Andrea poco después de ser enviado, nunca había sido mencionado por Valeria en sus declaraciones a la policía. Los detectives Castillo y Paredes se presentaron en la oficina de Valeria Ramos el viernes 29 de abril por la mañana. Valeria, una mujer de 29 años con una reputación impecable en el mundo arquitectónico limeño, palideció visiblemente cuando le preguntaron sobre el mensaje eliminado. “Yo yo recibí ese mensaje”, admitió después de un silencio prolongado.
“Pero Andrea me pidió que no lo mencionara a nadie. me dijo que era confidencial relacionado con un tema legal delicado de su estudio. “¿Y qué le respondió usted?”, presionó la detective Paredes. Valeria miró hacia la ventana de su oficina, sus ojos brillando con lágrimas contenidas. Le dije que si tenía dudas sobre proceder con algo, probablemente significaba que no debería hacerlo. Le aconsejé que hablara con un abogado antes de tomar cualquier decisión. Le dije que su seguridad y bienestar eran más importantes que cualquier proyecto o descubrimiento profesional.
Después de una pausa, añadió en voz baja, “Nunca imaginé que podría estar en peligro real. El nombre Rodrigo mencionado en el mensaje, desencadenó una nueva línea de investigación. Después de revisar todos los contactos profesionales de Andrea, los investigadores identificaron a Rodrigo Santillana, un ingeniero civil de 53 años que había trabajado como supervisor de construcción en el proyecto del edificio corporativo de inversiones Andinas SA. Rodrigo tenía una reputación sólida en la industria, pero también tenía conexiones con figuras poderosas del sector empresarial peruano.
Cuando los detectives contactaron a Rodrigo Santillana para interrogarlo, descubrieron que había salido del país. Su secretaria informó que Rodrigo estaba en un viaje de negocios programado hace meses en Colombia y que regresaría a Lima la siguiente semana. Sin embargo, al verificar con la Superintendencia Nacional de Migraciones, los investigadores descubrieron que Rodrigo había salido del Perú el lunes 25 de abril a las 6:30 de la mañana, apenas horas después de que se reportara la desaparición de Andrea. Era una coincidencia o una huida calculada.
El fiscal Medina ordenó que se contactara a Rodrigo inmediatamente a través de la Interpol y las autoridades colombianas. Necesitaban saber qué había descubierto Andrea sobre el edificio Andinas, que era tan grave como para amenazar su carrera y posiblemente su vida. Patricia Núñez, la socia de Andrea, proporcionó todos los documentos relacionados con ese proyecto. El equipo de investigadores especializados en fraude y corrupción en construcción comenzó a analizar meticulosamente cada documento. Lo que encontraron fue alarmante. Andrea había descubierto inconsistencias significativas entre los planos arquitectónicos aprobados originalmente y la construcción final del edificio.
Específicamente, había evidencia de que se habían utilizado materiales de construcción de calidad inferior a la especificada en los planos, particularmente en elementos estructurales críticos como columnas y vigas. Si esto era cierto, el edificio podría tener serios problemas de seguridad sísmica, un tema extremadamente delicado en un país como Perú, ubicado en una zona de alta actividad sísmica. Andrea había documentado meticulosamente estas discrepancias. había tomado fotografías durante visitas no anunciadas al edificio. Había recopilado facturas y documentos de compra de materiales que no coincidían con los especificados.
había estado construyendo un caso sólido de fraude en la construcción, un fraude que potencialmente involucraba no solo a Rodrigo Santillana, sino a ejecutivos de Inversiones Andinas SA y posiblemente a funcionarios gubernamentales que habían aprobado las inspecciones finales sin detectar las irregularidades. El valor del edificio superaba los 50 millones de dólar. Un escándalo de esta magnitud arruinaría reputaciones, destruiría empresas y podría resultar en cargos criminales para múltiples personas. Andrea había estado a punto de hacer públicas estas irregularidades.
Había mencionado en sus mensajes con R, que ahora se confirmaba era Rodrigo Santillana, que el lunes después de su reunión procedería con su denuncia. Pero desapareció antes de que pudiera hacerlo. El sábado 30 de abril, una semana después de la desaparición de Andrea, se produjo el descubrimiento que todos temían, pero que resultó inevitable. Un grupo de excursionistas que caminaba por los acantilados cerca de la costa verde en el distrito de Barranco, reportó haber encontrado ropa femenina entre las rocas cerca del agua.
La Policía Nacional envió inmediatamente un equipo de buzos y rescatistas. Lo que encontraron entre las rocas era el vestido negro que Andrea había usado en su celebración de cumpleaños. Estaba húmedo, parcialmente desgarrado por las rocas y el oleaje, pero inequívocamente era su vestido. No había rastros de sangre en la prenda. Los buzos iniciaron una búsqueda exhaustiva en las aguas circundantes y entre las rocas del acantilado, pero no encontraron ningún cuerpo. La noticia del hallazgo del vestido se filtró a los medios de comunicación antes de que la policía pudiera hacer un anuncio oficial.
Los titulares explotaron. Encuentran ropa de Andrea Solís en acantilados de barranco. Giro dramático en caso de arquitecta desaparecida, vestido de Andrea hallado cerca del mar. Las redes sociales entraron en frenesí especulativo. Algunos asumieron lo peor, otros mantenían la esperanza de que Andrea seguía viva en algún lugar. Los padres de Andrea, Jorge y Marta Solíss fueron notificados del hallazgo por el fiscal Medina personalmente. Su reacción fue devastadora. Marta colapsó en llanto, siendo atendida por médicos de emergencia. Jorge, con una mezcla de negación y furia, exigió respuestas.
¿Qué significa esto? ¿Dónde está mi hija? ¿Por qué solo encontraron su ropa? ¿Alguien sabe algo y no está hablando? Les exijo que encuentren a Andrea viva o o al menos que nos digan la verdad sobre qué le pasó. Diego Montalvo, todavía detenido, fue informado del hallazgo durante un interrogatorio de seguimiento. Su reacción fue de shock total. No, no, esto no puede ser real. Andrea, no. Ella no haría eso. Ella no se suicidaría. Y si alguien le hizo daño, Dios mío, yo estuve con ella.
esa noche, si hubiera sabido que estaba en peligro, se hubiera imaginado. Su voz se quebró completamente. Su abogado tuvo que solicitar una pausa en el interrogatorio. El análisis forense del vestido proporcionó información limitada. No había ADN de terceras personas en la prenda, solo el de Andrea. No había evidencia de violencia física o lucha. El desgarro en el vestido era consistente con daño causado por las rocas y el oleaje marino. Los expertos marítimos consultados explicaron que las corrientes en esa zona de la costa verde son extremadamente peligrosas, particularmente durante la madrugada, cuando la marea está alta.
Si alguien había caído o saltado al agua desde los acantilados, las probabilidades de recuperar un cuerpo intacto después de una semana eran muy bajas. Pero había un problema con la teoría del suicidio o caída accidental. ¿Cómo había llegado Andrea desde Miraflores hasta los acantilados de Barranco, la distancia era de aproximadamente 4 km. Las últimas imágenes de cámaras de seguridad la mostraban caminando hacia el norte en Miraflores, no hacia el sur en dirección a Barranco. No había registro de que hubiera tomado un taxi transporte público.
Había alguien más involucrado que la transportó hasta allí. La búsqueda se intensificó en la zona costera. Helicópteros de la Marina de Guerra del Perú sobrevolaban la costa. Buzos profesionales exploraban las aguas. Equipos de rescate con perros rastreadores recorrían los acantilados, pero no encontraban más evidencia. Era como si Andrea Solís hubiera desaparecido en el océano Pacífico, dejando atrás solo su vestido como último testimonio de su existencia. El domingo 1 de mayo, 8 días después de la desaparición, se realizó una vigilia masiva en el malecón de Miraflores.
Miles de personas se congregaron con velas, fotografías de Andrea, carteles exigiendo justicia. Todos somos Andrea”, se convirtió en el lema del movimiento que surgió alrededor del caso. Artistas, arquitectos, activistas, ciudadanos comunes, todos unidos por la necesidad de respuestas, de cierre, de justicia. Sebastián Paredes habló en la vigilia, su voz amplificada por altavoces, llegando a la multitud silenciosa. Andrea era más que mi amiga, era mi hermana de vida, era una mujer brillante, apasionada, valiente. Si ella descubrió algo que amenazaba a personas poderosas, no me sorprende.
Ese era su carácter. No se quedaba callada ante la injusticia. Y si eso le costó la vida, su voz se quebró. Necesitamos encontrarla. Necesitamos saber la verdad. Y necesitamos que quienes sean responsables enfrenten las consecuencias. La presión sobre las autoridades era inmensa. El caso Andrea Solís ya no era solo una investigación policial. Se había convertido en un símbolo de todas las desapariciones sin resolver en el Perú, de todas las injusticias encubiertas. de todos los poderes que operan en las sombras, protegiendo sus intereses sin importar el costo humano.
Suscríbete para no perdértelo, dale like y comenta desde dónde nos ves. Esta historia necesita ser conocida. El lunes 2 de mayo comenzó con una llamada anónima que cambiaría completamente el curso de la investigación. A las 7:23 de la mañana, una voz de mujer distorsionada electrónicamente contactó la línea directa establecida para información sobre el caso Andrea Solís. La operadora que atendió la llamada registró textualmente: “Revisen las cuentas bancarias de Rodrigo Santillana de los últimos 6 meses. Encontrarán transferencias a funcionarios municipales.” Andrea tenía copias de esos documentos.
los guardó en una unidad de almacenamiento externa que nadie conocía. Búsquenla. El fiscal Ricardo Medina ordenó inmediatamente una orden judicial para acceder a los registros bancarios de Rodrigo Santillana. Mientras tanto, el equipo técnico comenzó a buscar cualquier rastro de unidades de almacenamiento externo registradas a nombre de Andrea Solís. Después de revisar sus correos electrónicos profesionales recuperados de su laptop, encontraron un recibo digital de Guardalo Express, una empresa de alquiler de espacios de almacenamiento en San Isidro, fechado tres semanas antes de su desaparición.
Los investigadores se presentaron en Guárdalo Express a las 10 de la mañana con una orden judicial. El administrador, después de verificar los documentos legales, los condujo hasta la unidad B47, registrada a nombre de Andrea Solís. Cuando abrieron la puerta de metal de la pequeña unidad de almacenamiento, encontraron cajas de cartón cuidadosamente etiquetadas. Dentro había una documentación extraordinaria, copias de facturas alteradas, registros de compras de materiales de construcción de calidad inferior, fotografías fechadas de elementos estructurales del edificio Andinas, mostrando las discrepancias con los planos originales.
Correos electrónicos impresos entre Rodrigo Santillana y Ejecutivos de Inversiones Andinas, SA. discutiendo cómo optimizar costos, sin especificar que esto significaba usar materiales más baratos que los aprobados, pero lo más impactante estaba en una carpeta marcada como evidencia financiera. Andrea había obtenido, a través de medios que los investigadores aún no podían determinar, registros de transferencias bancarias de cuentas vinculadas a inversiones andinas SA hacia cuentas personales de tres funcionarios de la municipalidad de San Isidro, responsables de aprobar inspecciones de construcción.
Las fechas de las transferencias coincidían precisamente con las fechas de las inspecciones finales que aprobaron el edificio como estructuralmente seguro. A pesar de las irregularidades en los materiales utilizados. Las cantidades eran sustanciales. Transferencias de entre 15,000 y 30,000 por cada inspección aprobada. En total, Andrea había documentado más de 200,000 en sobornos. Esto no era solo un caso de fraude en construcción, era un caso de corrupción sistemática que involucraba a funcionarios públicos, una empresa constructora importante y un ingeniero civil de reputación establecida.
El fiscal Medina convocó una reunión urgente con el equipo completo de investigación. Esto cambia todo, declaró revisando los documentos. Andrea no solo descubrió un fraude técnico, descubrió una red de corrupción y alguien sabía que estaba a punto de hacerlo público. La pregunta inevitable surgió. Esa misma red fue responsable de su desaparición. Mientras los investigadores procesaban esta nueva información, Rodrigo Santillana aterrizó en el aeropuerto internacional Jorge Chávez el lunes por la tarde regresando de Colombia. había sido contactado por las autoridades peruanas a través de canales diplomáticos y había decidido regresar voluntariamente, aunque su abogado había negociado cuidadosamente los términos de su interrogatorio.
Lo esperaban agentes de la Dirincri oficinas de la Fiscalía. El interrogatorio de Rodrigo Santillana duró 6 horas. Inicialmente negó todo conocimiento de irregularidades en el edificio Andinas. negó sobornado a funcionarios, negó amenazado a Andrea, pero cuando los investigadores le mostraron las evidencias recopiladas de la unidad de almacenamiento, su fachada comenzó a resquebrajarse. Su abogado solicitó múltiples pausas para consultas privadas con su cliente. Finalmente, cerca de las 8 de la noche, Rodrigo tomó una decisión que sorprendió a todos los presentes.
“Quiero hacer un trato”, anunció mirando directamente al fiscal Medina. “Voy a contarles todo lo que sé sobre el edificio Andinas, sobre los sobornos, sobre toda la operación, pero necesito inmunidad por mi testimonio y necesito protección porque si hablo, mi vida estará en peligro. Durante las siguientes horas, Rodrigo Santillana reveló los detalles de un esquema de corrupción que había operado durante años en el sector de construcción limeño. Inversiones. Andinas SA. Era solo una de varias empresas que sistemáticamente sobornaban a funcionarios para aprobar edificios con materiales de calidad inferior a lo especificado, aumentando así sus márgenes de ganancia de manera ilegal.
El ahorro en materiales podía representar entre el 15 y el 30% del costo total de construcción, traducido en millones de dólares de ganancias adicionales por proyecto. Andrea Solíss había descubierto esto por accidente mientras revisaba documentación antigua de su estudio para otro proyecto. Había notado discrepancias en las facturas de materiales del edificio Andinas. Su naturaleza meticulosa y su sentido ético la llevaron a investigar más profundamente. Comenzó a visitar el edificio sin anunciarse, a fotografiar elementos estructurales, a comparar especificaciones y gradualmente descubrió la magnitud del fraude.
Cuando confrontó a Rodrigo con sus hallazgos semanas antes de su desaparición, este inicialmente intentó convencerla. de que no hiciera nada. Le explicó que exponiendo esto destruiría no solo su carrera, sino la de ella también, que su estudio podría ser demandado por los clientes del edificio, que sería vista como cómplice del fraude, aunque no lo hubiera sido. Andrea se negó. dijo que su responsabilidad ética como arquitecta estaba por encima de cualquier consideración personal o profesional. “La llamé la noche de su cumpleaños”, admitió Rodrigo, su voz temblorosa.
“Fue mi última oportunidad de convencerla. Le supliqué que reconsiderara. Le advertí que personas poderosas estaban involucradas, personas que no tolerarían que esto se hiciera público. No la amenacé directamente, lo juro, pero le dejé claro que había riesgos reales”, le preguntó el detective Castillo. “¿Y qué respondió ella?” Rodrigo cerró los ojos. Me dijo que ya había tomado su decisión, que el lunes procedería con la denuncia formal. ante las autoridades competentes y después colgó. El fiscal Medina se inclinó hacia delante.
Señor Santillana, ¿qué hizo usted después de esa llamada? Rodrigo negó con la cabeza vigorosamente. Nada. Yo no hice nada. Yo no le hice daño a Andrea. Pero, pero inmediatamente después de colgar con ella, hice otra llamada. Llamé a Marcelo Vargas. El nombre cayó en la sala de interrogatorios como una bomba. Marcelo Vargas era el CEO de inversiones Andinas, SA, un empresario con conexiones políticas profundas, miembro de la junta directiva de múltiples empresas, con una reputación de ser tanto brillante en negocios como despiadado con quienes amenazaban sus intereses.
“Le informé a Marcelo que Andrea iba a proceder con la denuncia”, continuó Rodrigo. Me dijo que él se encargaría del asunto, que yo no me preocupara. Yo yo pensé que se refería a manejar el asunto legalmente con abogados, quizás ofrecerle un acuerdo económico. Nunca imaginé. Su voz se desvaneció. El fiscal Medina ordenó inmediatamente la detención de Marcelo Vargas. Un equipo especial de la Dirincri se movilizó hacia su residencia en La Molina, una mansión valuada en más de 2 millones de dólares.
Pero cuando llegaron a las 10:30 de la noche del lunes, la casa estaba vacía. Empleados domésticos declararon que el señor Vargas había salido el domingo por la tarde con equipaje y no había regresado. Su teléfono celular estaba apagado. Su esposa declaró que no sabía dónde estaba, que había dicho algo sobre un viaje de negocios urgente, pero no había especificado el destino. Los investigadores rápidamente verificaron con migraciones y descubrieron que Marcelo Vargas había salido del país el domingo 1 de mayo a las 11:45 de la noche en un vuelo privado hacia Panamá.
Desde allí los registros mostraban que había conectado a un vuelo comercial hacia España. El gobierno peruano inmediatamente emitió una alerta roja de Interpol para su captura. Mientras la búsqueda de Marcelo Vargas se desarrollaba a nivel internacional, los investigadores continuaban analizando todos los elementos del caso. La evidencia circunstancial era abrumadora. Andrea había descubierto un fraude masivo, había amenazado con hacerlo público y días después desapareció. Su vestido apareció en el océano en condiciones que sugerían que alguien quería hacer parecer un suicidio o accidente.
Pero había un problema, no había cuerpo, no había testigos directos de violencia y Diego Montalvo seguía siendo la última persona que admitía haber estado con Andrea. El martes 3 de mayo, el equipo de investigación recibió información de análisis de tráfico telefónico que sería crucial. Los técnicos habían rastreado todas las señales de celulares en el área cercana al edificio de Andrea durante la madrugada del 24 de abril. Encontraron que además del teléfono de Andrea, que dejó de emitir señal a las 3:17 a cuando fue apagado, había otro teléfono que estuvo en la zona entre las 3:30 y las 4:45 de la madrugada.
Ese teléfono pertenecía a Luis Cabrera, un exempleado de seguridad privada con antecedentes por agresión que ocasionalmente trabajaba como solucionador de problemas para empresarios que necesitaban asuntos delicados manejados discretamente. Los registros mostraban que Luis Cabrera había recibido una llamada del teléfono de Marcelo Vargas a las 11:34 de la noche del sábado 23 de abril, menos de una hora después de que Rodrigo Santillana informara a Marcelo sobre las intenciones de Andrea. La llamada duró 12 minutos. Después el teléfono de Luis se movió desde su casa en Surco hacia Miraflores, llegando al área del edificio de Andrea aproximadamente a las 3:15 de la madrugada.
Los investigadores localizaron a Luis Cabrera en su domicilio el martes por la tarde. Su detención fue tensa. Luis intentó huir, pero fue capturado después de una breve persecución a pie. En su auto, un Nissan Centra del 2015, encontraron algo perturbador, fibras textiles en el asiento trasero que, según el análisis preliminar, coincidían con el tejido del vestido de Andrea. En la comisaría, Luis Cabrera inicialmente se negó a hablar, ejerciendo su derecho a permanecer en silencio. Pero cuando el fiscal Medina le mostró las evidencias, los registros telefónicos, las fibras textiles, su presencia en la zona exacta la
madrugada de la desaparición y le explicó que enfrentaba cargos de homicidio que podrían resultar en cadena perpetua, Luis solicitó hablar con su abogado. Después de una consulta legal que duró 2 horas, Luis Cabrera tomó la misma decisión que Rodrigo, negociar. A cambio de una reducción de cargos, accedió a contar toda la verdad sobre lo que sucedió la madrugada del 24 de abril. Su declaración fue grabada en video y transcrita meticulosamente. Luis explicó que Marcelo Vargas lo había contactado la noche del sábado con una misión urgente.
No entró en detalles por teléfono, pero le dijo que le pagaría $50.000 000 por asegurarse de que un problema desapareciera. Luis había trabajado para Marcelo anteriormente en situaciones que implicaban intimidación o amenazas, pero nunca en algo de esta magnitud. Marcelo le había proporcionado la dirección del edificio de Andrea, una descripción de ella y su número de departamento. Le dijo que la convenciera de no proceder con una denuncia que podría destruir su empresa. Luis llegó al área cerca de las 13:0 de la madrugada del domingo, estacionó su auto dos cuadras al norte del edificio y esperó instrucciones adicionales.
Marcelo le envió un mensaje de texto a las 3:12 a. Ella saldrá pronto. Intervenla discretamente. Llévala al punto acordado. Luis vio a Andrea salir del edificio a las 3:28 de la madrugada por la puerta de emergencia. Iba sola caminando rápido declaró Luis. Parecía estar yendo a algún lugar específico. No parecía estar huyendo de nada ni lucía asustada. Yo la seguí manteniéndome a distancia. Andrea caminó varias cuadras hacia el norte por la avenida Larco, exactamente como las cámaras de seguridad habían captado.
Cerca de la farmacia la abordé. Le dije que el señor Vargas necesitaba hablar con ella urgentemente, que era sobre el edificio Andinas, que había una solución que beneficiaría a todos. Andrea inicialmente se negó. le dijo a Luis que no tenía nada que hablar con Marcelo Vargas, que su decisión estaba tomada. Luis insistió volviéndose más intimidante. Le mostré una foto en mi celular de su departamento, de su estudio, de sus padres en Trujillo. Le dije que el señor Vargas tenía formas de proteger sus intereses y que sería mucho mejor para todos si ella venía voluntariamente a conversar.
Andrea, visiblemente asustada, pero intentando mantener la compostura, finalmente accedió. Pensé que solo la asustaría un poco, que Marcelo le ofrecería dinero y ella aceptaría guardar silencio”, declaró Luis, aunque su expresión sugería que sabía que su culpabilidad iba mucho más allá de intimidación. Luis condujo a Andrea en su auto hacia el sur, hacia Barranco. Durante el trayecto, Andrea intentó razonar con él. me dijo que lo que habían hecho en el edificio era criminal, que ponía en riesgo vidas humanas.
Me dijo que si algún día había un terremoto, ese edificio podría colapsar y matar a cientos de personas. Me preguntó cómo podía yo ser parte de encubrir algo así. Luis admitió que las palabras de Andrea lo afectaron, pero continuó siguiendo las instrucciones de Marcelo. Llegaron a un punto remoto de los acantilados de Barranco cerca de las 4:30 de la madrugada. Marcelo Vargas ya estaba allí esperando en su Mercedes-Benz Oscuro. Lo que sucedió después fue lo que finalmente permitiría cerrar el caso, aunque de la manera más trágica posible.
Según la declaración de Luis Cabrera, corroborada posteriormente por evidencia forense y registros telefónicos, Marcelo intentó inicialmente negociar con Andrea. Le ofreció un millón de dólares para que destruyera todas sus evidencias y firmara un acuerdo de confidencialidad. Andrea se negó categóricamente. Me dijo que ninguna cantidad de dinero valía más que su integridad y la seguridad de personas inocentes, relató Luis. El señor Vargas se puso furioso. Le gritó que ella no entendía con quién estaba tratando, que él tenía el poder de destruirla, de arruinar a su familia, de asegurarse de que nunca trabajara como arquitecta.
Nuevamente Andrea, según Luis, se mantuvo firme. Le dijo al señor Vargas que él podía hacer lo que quisiera, pero que ella procedería con la denuncia de todas formas, que había dejado copias de todas las evidencias en lugares seguros, que incluso si le pasaba algo a ella, la verdad saldría a la luz. Esta afirmación, que posteriormente se confirmó como cierta dada la unidad de almacenamiento, selló el destino de Andrea. Marcelo Vargas, según la declaración de Luis, tomó una decisión en ese momento.
Me miró y me dijo, “Encárgate de esto, que parezca un accidente, un suicidio.” Yo yo le dije que eso no era lo que habíamos acordado, que yo no era un asesino, pero él me recordó que yo ya estaba implicado, que había secuestrado a la señorita Solís, que si no lo hacía, él se aseguraría de que yo cargara con toda la culpa. Lo que siguió fue el relato más difícil de la declaración de Luis. Andrea intentó correr, pero Luis la sujetó.
Hubo una lucha. Andrea gritó, pero estaban en un área remota a las 4:30 de la madrugada donde nadie podía escucharla. Marcelo Vargas no participó físicamente en lo que sucedió después, pero estuvo presente dando instrucciones. Luis, siguiendo esas instrucciones y temiendo por su propia seguridad si se negaba, llevó a Andrea hasta el borde del acantilado. Ella me suplicaba, dijo Luis, lágrimas corriendo por su rostro. me decía que tenía familia, que tenía una vida por delante, que por favor no hiciera esto.
Yo le dije que lo sentía y entonces Luis no pudo completar la frase. El fiscal Medina completó por él, la empujó del acantilado. Luis asintió lentamente su cuerpo temblando. Después, siguiendo instrucciones de Marcelo, Luis bajó por una ruta de acceso a las rocas cercanas al agua. Recuperó el cuerpo de Andrea, que había muerto por el impacto de la caída. Le quitó el vestido para hacer que pareciera que se había desvestido antes de saltar. un detalle que podría sugerir suicidio.
Dejó el vestido estratégicamente en las rocas donde eventualmente sería encontrado. El cuerpo de Andrea, según Luis, fue llevado más lejos en el auto de Marcelo hasta un punto más remoto de la costa. El señor Vargas dijo que conocía un lugar donde las corrientes arrastran todo mar adentro que nunca encontrarían el cuerpo. La declaración de Luis Cabrera terminó a las 2:37 de la madrugada del miércoles 4 de mayo. El fiscal Medina ordenó inmediatamente que equipos especializados de búsqueda se dirigieran al área que Luis había descrito.
Durante los siguientes dos días, buzos y equipos de rescate peinaron la zona costera. El jueves 5 de mayo, 11 días después de su desaparición, encontraron restos humanos entre las rocas de una zona particularmente remota y peligrosa de la costa del Urín. El análisis de ADN confirmaría lo que todos temían. Los restos pertenecían a Andrea Solís. La causa de muerte, según el informe forense, fue trauma craneal masivo consistente con una caída desde gran altura. No había evidencia de abuso sexual.
La hora estimada de muerte coincidía con la cronología descrita por Luis Cabrera. La noticia devastó al país. Los padres de Andrea, Jorge y Marta Solís dieron una conferencia de prensa el viernes 6 de mayo que fue transmitida en vivo por todos los medios nacionales. Marta, apenas capaz de hablar entre soyosos, dijo, “Mi hija murió porque se atrevió a hacer lo correcto. Murió porque no estaba dispuesta a ser cómplice de corrupción. ¿Qué clase de país somos donde hacer lo correcto te cuesta la vida?” Andrea merecía vivir, merece justicia y nosotros no descansaremos hasta que todos los responsables paguen por lo que hicieron.
Jorge añadió su voz cargada de dolor, pero también de determinación. Andrea guardó esas evidencias porque sabía que estaba en peligro. Sabía que personas poderosas intentarían silenciarla y tenía razón, pero ella también sabía que la verdad eventualmente saldría a la luz y nosotros nos aseguraremos de que su sacrificio no sea en vano. Diego Montalvo fue liberado inmediatamente de su detención. Había pasado 10 días en custodia, sospechoso de un crimen que no cometió. Su vida había sido destruida públicamente, su reputación arruinada, su salud mental severamente afectada.
En una breve declaración a los medios dijo, “Perdonar no será fácil. entiendo que la policía tenía que investigarme dado que fui la última persona conocida que vio a Andrea esa noche. Pero el daño causado es inmenso. Sin embargo, mi dolor no es nada comparado con lo que la familia de Andrea está sintiendo. Ella era una persona extraordinaria y ahora todos sabemos que murió por ser valiente. Eso es algo que llevaré conmigo siempre. Marcelo Vargas fue capturado en España el sábado 7 de mayo por autoridades españolas en coordinación con Interpol.
Luchó contra la extradición durante meses, pero eventualmente fue devuelto al Perú para enfrentar cargos de homicidio premeditado, conspiración, corrupción y obstrucción de justicia. Su juicio, que comenzó 8 meses después duró 3 meses y medio. La evidencia presentada por la fiscalía fue abrumadora. Los testimonios de Rodrigo Santillana y Luis Cabrera, los registros telefónicos, la documentación recopilada por Andrea, testimonios de expertos sobre el fraude en la construcción. Marcelo Vargas fue declarado culpable de todos los cargos en marzo de 2023 y sentenciado a cadena perpetua sin posibilidad de reducción de pena.
Luis Cabrera, a cambio de su testimonio y cooperación recibió una sentencia de 30 años de prisión por homicidio. Rodrigo Santillana recibió inmunidad de cargos criminales de homicidio, pero fue sentenciado a 15 años por corrupción y fraude. Los tres funcionarios municipales identificados en las evidencias de Andrea fueron despedidos, procesados y sentenciados a entre 10 y 12 años de prisión por corrupción agravada. Inversiones Andinas SA fue sometida a investigaciones exhaustivas que revelaron un patrón de corrupción que se extendía más allá del edificio en cuestión.
La empresa eventualmente se declaró en bancarrota y fue liquidada. El edificio corporativo de inversiones Andinas SA en San Isidro fue sometido a inspecciones estructurales exhaustivas que confirmaron las irregularidades documentadas por Andrea. El edificio fue declarado estructuralmente inseguro y desalojado. Sus ocupantes iniciaron demandas masivas. El edificio eventualmente fue demolido en 2024 y reconstruido bajo estrictas supervisiones. El caso de Andrea Solís catalizó reformas significativas en las regulaciones de construcción en el Perú. Se implementaron protocolos más rigurosos de inspección.
Se crearon mecanismos de denuncia anónima para profesionales que detectaran irregularidades y se establecieron penas más severas para fraude en construcción. La ley Andrea, como fue denominada, requiere ahora que todos los edificios comerciales y residenciales de más de cinco pisos sean sometidos a auditorías estructurales independientes cada 5 años. Los amigos de Andrea, Sebastián, Valeria, Lucía y Marcos crearon la Fundación Andrea Solís, dedicada a promover ética profesional en arquitectura e ingeniería, a proporcionar apoyo legal para denunciantes que expongan corrupción en construcción y a mantener viva la memoria de Andrea.
Cada año, el 23 de abril, el día de su cumpleaños, la fundación organiza una vigilia en el Malecón de Miraflores y entrega el premio Andrea Solís a la integridad profesional, a arquitectos o ingenieros que hayan demostrado valentía ética en su trabajo. Patricia Núñez, la socia de Andrea, eventualmente logró recuperarse del trauma, aunque admite que nunca será la misma. Andrea me enseñó que hay cosas más importantes que el éxito profesional, dijo en una entrevista dos años después. Me enseñó que nuestra responsabilidad como arquitectos va más allá de diseñar edificios bonitos.
Tenemos una responsabilidad con las personas que vivirán y trabajarán en esos edificios. Y si vemos algo mal, tenemos la obligación de hablar sin importar el costo personal. Los padres de Andrea nunca se recuperaron completamente de la pérdida de su hija. Jorge desarrolló problemas cardíacos relacionados con el estrés y falleció en 2024. Marta continúa viviendo en Trujillo, rodeada de fotografías y recuerdos de Andrea. Cada día es un desafío admitió en una entrevista reciente. Pero encuentro consuelo en saber que Andrea no murió en vano.
Su valentía cambió las cosas. Salvó vidas futuras. Ese es el legado de mi hija. El caso que congeló al Perú, como fue conocido por los medios, se convirtió en un símbolo de múltiples cosas, del precio que a veces se paga por hacer lo correcto, de la corrupción que puede infiltrar incluso las industrias aparentemente respetables, de la fragilidad de la confianza cuando el dinero y el poder están en juego, y de la importancia de tener el coraje de exponer la verdad sin importar las consecuencias.
Andrea Solís tenía 28 años cuando murió, apenas comenzaba su vida profesional. Tenía planes de expandir su estudio, de diseñar edificios que contribuyeran positivamente a Lima. Tenía amigos que la amaban, padres que la adoraban, un futuro brillante por delante. Todo eso le fue arrebatado en un acto de violencia calculada, diseñado para proteger intereses económicos. Pero su historia no termina con su muerte. Andrea Solís sigue viva en las leyes que cambiaron debido a su valentía, en los edificios que ahora son más seguros gracias a su descubrimiento, en los profesionales que se inspiran en su ejemplo para mantener su integridad ética sin importar la presión.
Sigue viva en cada arquitecto o ingeniero que se niega a ser cómplice de corrupción, que elige hacer lo correcto incluso cuando es difícil. El caso que congeló al Perú nos recuerda que la justicia, aunque a veces llega tarde y a un precio terrible, eventualmente prevalece. Nos recuerda que una sola persona valiente puede cambiar el curso de la historia. Nos recuerda que la verdad, aunque intentemos enterrarla, siempre encuentra la manera de salir a la luz. Y nos recuerda que Andrea Solís no fue solo una víctima, fue una heroína que sacrificó todo por hacer lo correcto.
Su nombre permanecerá en la memoria colectiva del Perú como un símbolo de integridad, valentía y la convicción inquebrantable de que algunas cosas valen más que nuestra propia seguridad. Descansa en paz, Andrea. Tu historia ha sido contada. Tu sacrificio no fue en vano y tu legado vivirá para siempre.















