EL CASO QUE CONGELÓ MÉXICO: UN MATRIMONIO, UNA LUNA DE MIEL PERFECTA Y UNA DESAPARICIÓN SIN RASTRO

El caso que congeló México, un matrimonio, una luna de miel perfecta y una desaparición sin rastro. Lo que estás a punto de escuchar no es ficción, es una historia real que sacudió a México entero. Una boda llena de alegría, una luna de miel soñada y una desaparición que nadie pudo explicar. Cada detalle que escucharás fue documentado, investigado y aún hoy sigue sin respuesta definitiva.

El sábado 15 de abril de 2023, la Ciudad de México despertó bajo un cielo despejado y brillante. Era uno de esos días perfectos que parecían diseñados para celebraciones importantes. En elegante salón de eventos Los Girasoles, ubicado en la colonia Polanco, todo estaba preparado para la boda del año. Las mesas decoradas con flores blancas y doradas, las luces tenues que creaban una atmósfera romántica y el aroma de los arreglos florales que inundaba cada rincón del lugar.

Sofía Méndez Ruiz tenía 28 años, hija única de una familia de clase media alta de Coyoacán, había crecido rodeada de amor y oportunidades. Su padre, Roberto Méndez, era arquitecto con un prestigioso despacho en la zona sur de la ciudad. Su madre, Patricia Ruiz, había sido maestra de primaria durante más de 20 años antes de retirarse.

Sofía había estudiado diseño gráfico en la Universidad Iberoamericana y trabajaba en una agencia de publicidad en la colonia Roma. Era conocida por su sonrisa contagiosa, su risa espontánea que llenaba cualquier habitación y su pasión por la fotografía. Pasaba los fines de semana recorriendo mercados, parques y calles de la ciudad, capturando momentos que luego compartía en su perfil de Instagram, donde tenía casi 20,000 seguidores.

Ese día Sofía lucía radiante. Su vestido blanco de encaje con un ligero toque de pedrería, brillaba bajo las luces del salón. Llevaba el cabello recogido en un elegante chongo adornado con pequeñas flores blancas naturales. Su maquillaje era suave pero impecable, resaltando sus ojos cafés que brillaban de felicidad. Cuando caminó del brazo de su padre hacia el altar, varios invitados no pudieron contener las lágrimas.

 Era la imagen perfecta de una novia feliz. Diego Armando Castillo tenía 32 años. Había nacido en Guadalajara, Jalisco, pero se había mudado a la Ciudad de México 6 años atrás por motivos de trabajo. Era ingeniero en sistemas y trabajaba para una empresa de tecnología con sede en Santa Fe. Alto de complexión atlética, con cabello negro, siempre perfectamente peinado y una barba cuidadosamente recortada, Diego proyectaba una imagen de profesionalismo y confianza.

 Sus compañeros de trabajo lo describían como serio, dedicado y algo reservado. No era de los que hablaban mucho de su vida personal. Prefería mantener cierta distancia emocional con sus colegas. Diego y Sofía se habían conocido dos años atrás en una cafetería de la colonia Condesa. Ella estaba trabajando en su laptop, editando fotografías para un proyecto freelance.

Él había entrado a comprar un café americano antes de una junta importante. Sus miradas se cruzaron cuando Diego, distraído revisando su celular, tropezó ligeramente con una silla vacía. Sofía soltó una risa espontánea y él, avergonzado pero sonriente, se acercó a disculparse. Esa breve conversación de 5 minutos se convirtió en un intercambio de números telefónicos.

 Tres días después tenían su primera cita en un restaurante italiano de la Roma Norte. La relación avanzó con normalidad durante el primer año. Citas los fines de semana, salidas al cine, cenas románticas en restaurantes de moda. Sofía comenzó a presentarle a sus amigos cercanos y a su familia. Los padres de Sofía recibieron a Diego con cordialidad, aunque Patricia confesó después a su esposo que había algo en la mirada de ese joven que no terminaba de descifrar.

 No es malo le dijo a Roberto una noche mientras cenaban solos. Pero hay algo distante en él, como si siempre estuviera calculando cada palabra. Roberto le restó importancia. Es ingeniero, mi amor. Son así analíticos. Dale tiempo. Y así lo hizo Patricia, guardando sus reservas para sí misma. Por su parte, Diego rara vez hablaba de su familia.

 Sofía sabía que sus padres vivían en Guadalajara, que tenía una hermana menor llamada Mariana, pero poco más. Cada vez que ella preguntaba sobre su infancia o su familia, Diego desviaba la conversación con respuestas vagas o cambiando de tema de manera sutil pero efectiva. “Mi familia es complicada”, decía con una sonrisa forzada.

 Prefiero enfocarme en nuestro presente, no en mi pasado. Sofía, enamorada y confiada, aceptaba estas explicaciones sinpresionar demasiado. Sus amigas, especialmente Daniela y Carla, le habían comentado en varias ocasiones que encontraban a Diego un poco cerrado, pero ella defendía su privacidad. No todos somos extrovertidos, les decía.

Diego es más reservado. Eso no significa que tenga algo que ocultar. A los 18 meses de relación, durante un fin de semana en Valle de Bravo, Diego le propuso matrimonio. Habían alquilado una cabaña frente al lago. Era domingo por la tarde. El sol comenzaba a ocultarse tiñiendo el cielo de tonos naranjas y rosados.

 Estaban sentados en el pequeño muelle de madera cuando Diego sacó una caja de terciopelo azul de su mochila. Dentro había un anillo de compromiso sencillo pero elegante, un diamante pequeño en un aro de oro blanco. “Sofía,” le dijo mientras se arrodillaba sobre la madera húmeda del muelle, “Estos meses a tu lado han sido los mejores de mi vida.

 Eres todo lo que siempre busqué. ¿Quieres casarte conmigo?” Sofía gritó de emoción antes de responder. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras asentía repetidamente. Sí, sí, mil veces sí. Diego le colocó el anillo en el dedo y la besó mientras el lago reflejaba los últimos rayos del atardecer. La noticia corrió rápidamente entre familiares y amigos.

 Los padres de Sofía organizaron una cena de compromiso dos semanas después en su casa de Coyoacán. Diego llegó con un ramo de flores para Patricia y una botella de whisky escocés para Roberto. Durante la cena habló de sus planes de futuro con Sofía. Querían comprar un departamento en la zona de Narbarte o del Valle, cerca de sus trabajos.

 Hablaban de tener hijos en un par de años, de viajar juntos por el mundo, de construir una vida estable y feliz. Los preparativos de la boda duraron 6 meses. Sofía se encargó de cada detalle con la ayuda de su madre y sus amigas. Elegieron el salón Los Girasoles por suegancia y ubicación. Contrataron a un fotógrafo profesional recomendado por la agencia donde trabajaba Sofía.

 El menú incluía entrada de crema de elote, plato fuerte de filete de res en salsa de vino tinto y postre de tres leches. La lista de invitados alcanzó las 150 personas entre familiares, amigos y algunos colegas de trabajo de ambos. Diego, por su parte, parecía menos involucrado en los detalles. “Lo que tú decidas está bien para mí”, le decía constantemente cuando ella le preguntaba su opinión sobre colores, flores o música.

 Sofía lo interpretaba como confianza en su criterio, aunque a veces deseaba que él mostrara más entusiasmo por los preparativos. La noche antes de la boda, según la tradición, Diego y Sofía durmieron separados. Él se quedó en su departamento de Santa Fe, ella, en casa de sus padres en Coyoacán. Hablaron por teléfono antes de dormir.

 “Mañana comienza nuestra vida juntos”, le dijo Diego con voz suave. “No puedo esperar para verte caminar hacia mí.” Sofía se durmió con una sonrisa en los labios, abrazando su almohada, soñando con el día perfecto que le esperaba. Y llegó el sábado 15 de abril. El salón Los girasoles se llenó de invitados desde temprano.

 Las risas, los abrazos, las fotografías comenzaron incluso antes de que iniciara la ceremonia. A las 5 de la tarde en punto, el pianista comenzó a tocar la marcha nupsial. Todos los invitados se pusieron de pie, las puertas del salón se abrieron y apareció Sofía del brazo de su padre. Roberto Méndez caminaba orgulloso, pero con los ojos cristalizados.

Su única hija, su princesa, estaba a punto de comenzar su propia familia. Cuando llegaron al altar, Diego esperaba con una sonrisa amplia, algo poco común en él. El juez civil, un hombre de unos 60 años con voz profunda y pausada, comenzó la ceremonia. Estamos reunidos aquí para celebrar la unión de Diego Armando Castillo y Sofía Méndez Ruiz.

Las palabras resonaban en el salón mientras los invitados guardaban un silencio respetuoso. Los votos fueron tradicionales, pero cargados de emoción. Cuando el juez preguntó, “Diego Armando Castillo, ¿aceptas a Sofía Méndez Ruiz como tu esposa?” Diego respondió con firmeza, “Sí, acepto.” Lo mismo ocurrió cuando Sofía pronunció su respuesta con voz temblorosa por la emoción.

 El intercambio de anillos fue fotografiado desde múltiples ángulos. Las alianzas de oro brillaban bajo las luces. Y finalmente la frase que todos esperaban: “Los declaro marido y mujer, puede besar a la novia.” El salón estalló en aplausos. Diego levantó suavemente el velo de Sofía y la besó mientras los flashes de las cámaras capturaban el momento.

 Era oficial, ahora eran esposos. La fiesta comenzó inmediatamente después. El DJ puso música de celebración. Los meseros comenzaron a servir las entradas. Los brindis se sucedieron uno tras otro. Roberto habló primero con la voz entrecortada, recordando momentos de la infancia de Sofía y deseándoles toda la felicidad del mundo.

 Patricia no pudo hablar mucho. Las lágrimas le impedíanarticular frases completas, pero logró decir, “Solo les pido que se cuiden, que se amen y que sean felices siempre.” Los amigos de Sofía prepararon un video con fotografías de la pareja desde que se conocieron. Daniela y Carla hicieron un brindis conjunto lleno de anécdotas divertidas sobre Sofía y buenos deseos para el matrimonio.

 Los colegas de Diego de la empresa de tecnología también dijeron unas palabras, aunque fueron notablemente más breves y formales. El baile fue uno de los momentos más emotivos. Diego y Sofía abrieron la pista con la canción Contigo de Luis Miguel. Él la guiaba con seguridad. Ella se dejaba llevar completamente, sus miradas conectadas, sus sonrisas sinceras.

 En ese momento, todos los presentes pudieron sentir el amor que los unía. La fiesta continuó hasta pasada la medianoche. Los invitados bailaron, comieron, bebieron y celebraron con una alegría contagiosa. Sofía no dejaba de sonreír ni un solo segundo. Diego, aunque más contenido, también parecía genuinamente feliz.

 Posaban para fotografías constantemente, recibían felicitaciones, brindaban con champán. Alrededor de la 1 de la madrugada, los novios se despidieron de sus invitados. Había llegado el momento de retirarse. Se subirían a un automóvil decorado con latas y listones que los llevaría a un hotel en Polanco, donde pasarían su primera noche como esposos.

 Al día siguiente, el lunes temprano, tomarían un vuelo hacia Cancún para comenzar su luna de miel de 10 días en el Caribe mexicano. Sofía abrazó a sus padres con fuerza antes de irse. “Los amo tanto”, le susurró. Patricia la apretó contra su pecho como si intuyera que algo estaba por cambiar para siempre.

 “Te amo, mi niña, cuídate mucho.” Roberto le dio un beso en la frente a su hija y estrechó la mano de Diego con firmeza. Cuídamela”, le dijo mirándolo directamente a los ojos. Diego asintió con seriedad. “Con mi vida.” Los recién casados subieron al automóvil entre gritos y aplausos. Las latas arrastrándose por el pavimento hacían un ruido metálico mientras se alejaban.

 Los invitados agitaban las manos despidiéndolos. Y así, bajo la luz de las farolas de Polanco, Diego y Sofía Castillo comenzaron oficialmente su vida como matrimonio. Era una noche perfecta, una boda perfecta. El inicio de lo que todos creían sería una vida perfecta juntos. Nadie, absolutamente nadie en ese salón, podría haber imaginado que en menos de dos semanas Sofía Méndez de Castillo desaparecería sin dejar rastro, convirtiendo esa noche perfecta en el último recuerdo feliz de una familia destrozada y el inicio de uno de los

casos más perturbadores en la historia reciente de México. Pero eso aún estaba por venir. Si todavía no te has suscrito al canal, hazlo ahora y activa las notificaciones para no perderte ningún detalle de este caso que te dejará sin aliento. Dale like si esta historia te está atrapando y cuéntanos en los comentarios qué crees que pudo haber pasado. Tu opinión nos importa.

 El lunes 17 de abril por la mañana, Diego y Sofía llegaron al aeropuerto internacional de la Ciudad de México con tiempo de sobra para su vuelo. El terminal estaba lleno de viajeros, como todas las mañanas, pero ellos apenas lo notaban. Caminaban tomados de la mano con las maletas rodando detrás de ellos.

 Sofía llevaba puestos unos lentes de sol grandes, jeans cómodos y una blusa blanca ligera. Diego vestía pantalón de mezclilla oscuro y una camisa gris. Ambos lucían la felicidad típica de los recién casados, a punto de comenzar su luna de miel. El vuelo 742 de Aeroméxico despegó puntualmente a las 10:35 de la mañana con destino a Cancún, Quintana Roo.

 El vuelo duraría aproximadamente 2 horas y media. Durante el trayecto, Sofía publicó varias historias en su Instagram. En una se le veía sonriente dentro del avión con el texto Rumbo al paraíso con mi amor. En otra aparecía su mano entrelazada con la de Diego, mostrando sus alianzas de matrimonio recién estrenadas.

 Sus seguidores comenzaron a llenar las publicaciones de comentarios. Qué hermosa pareja. Disfruten su luna de miel. Felicidades. Aterrizaron en el aeropuerto internacional de Cancún, cerca del mediodía. El calor caribeño los recibió como una bofetada húmeda apenas salieron del terminal. El cielo era de un azul intenso sin una sola nube.

 Las palmeras se mecían suavemente con la brisa marina. Sofía respiró profundo, dejando que el aire salado llenara sus pulmones. “Esto es perfecto”, le dijo a Diego mientras esperaban el transporte hacia su hotel. Se hospedaron en el hotel Coral Dreams Resort, un complejo de cinco estrellas ubicado en la zona hotelera de Cancún, específicamente en el kilómetro 12.

5 del Boulevard Cuculcán. El resort contaba con acceso directo a una playa privada de arena blanca, tres piscinas, seis restaurantes, un spa y más de 300 habitaciones distribuidas en varios edificios de arquitectura contemporáneacon toques caribeños. Su habitación estaba en el cuarto piso del edificio principal.

 Era una suite junior con vista al mar Caribe. Al entrar fueron recibidos por una decoración especial para recién casados. Pétalos de rosa roja sobre la cama kiniz, una botella de champán en una cubeta con hielo, fresas bañadas en chocolate y un letrero de felicidades recién casados sobre la mesita del balcón. Las cortinas blancas se movían con la brisa que entraba por las puertas del balcón abiertas.

 Sofía soltó un grito de emoción, corrió hacia el balcón y se asomó. Desde ahí podía ver la playa perfectamente. La arena blanca, el mar en diferentes tonos de azul y turquesa, las palapas de palma que ofrecían sombra a los huéspedes. Diego, ven a ver. Esto es increíble. Diego se acercó por detrás, la abrazó por la cintura y besó su cuello.

 “Te dije que sería perfecto”, le susurró al oído. Pasaron la primera tarde instalándose y explorando el resort. Caminaron por la playa descalzos, dejando que las olas les mojaran los pies. Sofía tomaba fotografías de todo, del mar, de las palmeras, de ellos dos juntos con el atardecer de fondo. Publicaba constantemente en sus redes sociales.

 Sus seguidores aumentaban con cada publicación viviendo el sueño, escribió en una foto donde aparecían ambos sonrientes con el mar de fondo. Esa primera noche cenaron en el restaurante italiano del hotel. El lugar tenía un ambiente íntimo con velas en cada mesa y música suave de fondo. Pidieron pasta, compartieron una botella de vino tinto y brindaron por su futuro juntos.

 Según el testimonio posterior del mesero que los atendió, un joven llamado Javier Ortiz, de 24 años. La pareja se veía muy enamorada, todo el tiempo tomados de las manos, sonriendo, hablando en voz baja como en su propio mundo. Los primeros cuatro días transcurrieron con normalidad. Desayunaban en el buffet del hotel alrededor de las 9 de la mañana.

 Luego pasaban las mañanas en la playa o en la piscina. Sofía se bronceaba mientras leía novelas románticas en su ere. Diego nadaba, hacía ejercicio o simplemente descansaba en un acamastro a su lado. Pedían piñas coladas y margaritas al servicio de playa. Comían ligero al mediodía, generalmente ensaladas o tacos de pescado.

 Por las tardes regresaban a la habitación a descansar y refrescarse. Las noches eran para cenar en diferentes restaurantes del resort y caminar por la zona hotelera. El miércoles visitaron el centro de Cancún, recorriendo el mercado de artesanías, donde Sofía compró varios souvenirs. Un sombrero de paja decorado con flores, pulseras de colores, un collar de plata con un dije de tortuga marina.

 Diego le compró un vestido blanco bordado típico de la región. “Te verás hermosa con esto”, le dijo mientras pagaba en una tienda de ropa artesanal. El jueves hicieron una excursión a las ruinas mayas de Tulum. Contrataron un tour que incluía transporte desde el hotel. Fueron parte de un grupo de 20 turistas, la mayoría parejas, y algunas familias.

 El guía, un hombre llamado Fernando, de unos 40 años, explicaba la historia de cada construcción mientras el grupo caminaba bajo el sol abrasador. Sofía estaba fascinada. Tomaba fotografías de las pirámides, de las vistas al mar, desde los acantilados, de las iguanas que corrían entre las piedras antiguas. Diego se mostraba menos entusiasmado, pero la acompañaba pacientemente.

Hubo un momento en que el guía preguntó si alguien quería tomarse una fotografía especial en un punto específico con vista panorámica. Sofía levantó la mano inmediatamente. Diego, sin embargo, declinó. “Tú ve, yo te espero aquí”, le dijo señalando un área con sombra. Uno de los turistas del grupo, un hombre de Monterrey llamado Carlos Gómez, que después fue entrevistado por las autoridades, recordó ese momento.

“Me pareció raro que el esposo no quisiera acompañarla. Ella se veía muy emocionada y él como, no sé, distante, pero pensé que tal vez solo estaba cansado del calor. Esa noche, de regreso en el hotel, cenaron sushi en el restaurante japonés del resort. Según el testimonio de la chef de sushi, una mujer japonesa mexicana llamada Yuki Tanaka, Diego y Sofía tuvieron una pequeña discusión mientras comían.

No alcancé a escuchar de qué se trataba”, declaró después, pero noté que ella hablaba en voz más alta de lo normal y él permanecía callado, moviendo la comida en su plato sin comerla realmente. Cuando Yuki se acercó a preguntarle si todo estaba bien con la comida, ambos sonrieron y aseguraron que todo era perfecto.

 “Pero se notaba la tensión”, insistió Yui en su declaración. Esa sonrisa no llegaba a los ojos de ninguno de los dos. El viernes 21 de abril fue cuando las cosas comenzaron a cambiar de manera más evidente. Ese día decidieron hacer snorkel en un arrecife cercano. Reservaron la actividad a través del hotel. El tour salía a las 10 de la mañana desde el muelle del resort. Eraun grupo pequeño.

 Diego, Sofía y otras cuatro personas más. el guía de buceo navegaron en una lancha durante 15 minutos hasta llegar a la Recife. El agua era cristalina, se podía ver el fondo perfectamente. El guía, un joven llamado Miguel, de 22 años, les explicó las medidas de seguridad y les entregó el equipo. Aletas, snorkel y chaleco salvavidas.

Todos saltaron al agua, excepto Diego. No me siento bien, le dijo al guía. Creo que el movimiento de la lancha me mareó. Prefiero quedarme aquí. Sofía, ya en el agua, lo miró con preocupación. ¿Estás seguro? ¿Quieres que me quede contigo? Diego negó con la cabeza. No, amor, disfruta. Yo estoy bien.

 Solo necesito sentarme un momento. Sofía pasó casi una hora en el agua maravillándose con los peces de colores, las estrellas de mar y los corales. Salía a la superficie cada cierto tiempo para buscar a Diego con la mirada. Él permanecía sentado en la lancha mirando su celular. Cuando todos regresaron a la embarcación, Diego parecía de mejor humor.

 Le preguntó a Sofía sobre lo que había visto. Ella le mostró algunas fotos que había tomado con una cámara acuática desechable que había comprado en el hotel. Pero esa noche, según el personal del hotel, algo cambió drásticamente. El encargado de turno nocturno, un hombre llamado Arturo Fuentes, de 35 años, reportó después que alrededor de las 11 de la noche escuchó una discusión acalorada proveniente de la habitación de Diego y Sofía.

“Las paredes no son tan gruesas”, explicó. “Pasaba por el pasillo durante mi ronda de revisión y escuché voces elevadas. No pude distinguir las palabras, pero era claramente una discusión fuerte. Arturo se detuvo frente a la puerta por un momento, evaluando si debía intervenir. Las voces continuaron por unos minutos más.

Escuchó claramente la voz de Sofía, aguda y alterada. La voz de Diego era más grave, más controlada, pero firme. Después, silencio repentino. Arturo esperó un momento más y continuó su ronda, asumiendo que la pareja había resuelto su conflicto. El sábado 22 de abril, Sofía no publicó nada en sus redes sociales.

 Para sus seguidores habituales y sus amigos cercanos, esto era inusual. Daniela, su mejor amiga, le envió un mensaje de WhatsApp alrededor del mediodía. Todo bien, Sofi. No has publicado nada hoy. El mensaje fue entregado, pero no leído. Según los registros del hotel, Diego y Sofía bajaron a desayunar ese día alrededor de las 10:30 de la mañana.

 El personal del buffet recuerda haberlos visto, pero nadie notó nada particularmente extraño. Estaban callados, recordó una de las meseras, pero muchas parejas están calladas cuando desayunan, no me pareció alarmante. Esa tarde, alrededor de las 3, Diego se acercó solo a la recepción del hotel. Habló con el recepcionista de turno, un joven llamado Ernesto Vega.

 preguntó sobre tours y actividades para el día siguiente, recordó Ernesto. Específicamente preguntó por excursiones a Cenotes. Le di varios folletos informativos y le sugerí algunos tours populares. Parecía interesado en uno que iba al cenote azul, un lugar conocido, pero no tan turístico como otros. ¿Vino solo?, le preguntó después un investigador a Ernesto.

 Sí, su esposa no estaba con él. Supuse que ella estaría en la habitación o en la playa. Muchos huéspedes vienen solos a preguntar sobre actividades mientras sus parejas descansan. Esa noche Diego y Sofía cenaron en su habitación. Ordenaron servicio al cuarto, dos hamburguesas con papas fritas y dos Coca-Colas. El mesero que les llevó la orden, un joven llamado Roberto García, tocó la puerta de la habitación a las 8:45 pm.

 Diego abrió la puerta, firmó la cuenta y tomó la charola. Roberto alcanzó a ver a Sofía sentada en el balcón mirando al mar. “Gracias”, dijo Diego y cerró la puerta. “¿Notaste algo extraño?”, le preguntaron después a Roberto. “No realmente”, respondió, todo parecía normal. Tal vez ella se veía un poco seria, pero no sé. Podría ser solo que estaba cansada o pensativa.

 El domingo 23 de abril sería el último día completo que alguien vería a Sofía Méndez de Castillo con vida. Esa mañana, según Diego declararía después, se despertaron temprano alrededor de las 7. Desayunaron de nuevo en la habitación. Diego había reservado el tour al cenote azul que salía a las 9 de la mañana.

 El punto de encuentro era en el lobby del hotel. A las 8:30, según las cámaras de seguridad del hotel, que después serían exhaustivamente revisadas, Diego y Sofía salieron de su habitación. Las imágenes muestran a ambos. Caminando por el pasillo hacia los elevadores, Sofía lleva puesto un vestido playero de color verde agua, sandalias y su bolso de mano.

 Diego viste bermudas, camiseta blanca y tenis deportivos. Ambos llevan mochilas pequeñas. Las cámaras del lobby los capturan nuevamente a las 8:52 a. Se les ve caminando hacia la salida donde esperaba la camioneta del tour. Elconductor, un hombre de unos 50 años llamado Pedro Méndez, los saludó y les ayudó a subir al vehículo.

 Había otras seis personas en el tour, dos parejas y dos amigas. El trayecto hacia el cenote azul tomó aproximadamente una hora. Durante el camino, según el testimonio posterior de uno de los turistas, un hombre de Puebla llamado Jorge Ramírez, la pareja de recién casados, iba callada la mayor parte del tiempo.

 Él miraba por la ventana, ella revisaba su celular. No parecían estar peleados necesariamente, pero tampoco se veían como en los primeros días de una luna de miel. Llegaron al cenote alrededor de las 10 de la mañana. El cenote azul es una formación natural impresionante, un cuerpo de agua cristalina rodeado de selva con formaciones rocosas y vegetación exuberante.

 Es menos conocido que otros cenotes turísticos como I Kill o Gran Cenote, lo que lo hace más tranquilo, pero también más aislado. El guía del tour, Pedro, les dio las indicaciones habituales de seguridad. les explicó que podían nadar en el cenote, que había chalecos salvavidas disponibles, que debían permanecer juntos como grupo.

 El lugar contaba con vestidores básicos, baños y un pequeño restaurante rústico donde vendían bebidas y bocadillos. Todos los del grupo se cambiaron y entraron al agua, excepto Diego. Nuevamente, como en el tour de Snorkel, decidió no participar. “Prefiero tomar fotografías desde aquí”, le dijo a Sofía.

 Ella lo miró con una expresión que varios testigos describieron después como de frustración mezclada con resignación. “Otra vez”, le dijo, “Diego, se supone que esto es nuestra luna de miel, ¿no quieres hacer cosas juntos?” Los turistas cercanos alcanzaron a escuchar parte de la conversación. “Fue incómodo”, admitió después una de las mujeres del tour, una mujer de Guadalajara llamada Mónica Herrera.

 Se notaba que ella estaba molesta y él él simplemente se alejó y se sentó en una de las rocas cerca de la orilla. Sofía terminó entrando al agua con el resto del grupo. Nadó, se sumergió, tomó fotografías con su celular en una funda impermeable. Pasó aproximadamente una hora en el cenote. De vez en cuando miraba hacia donde estaba Diego, quien permanecía en la orilla sentado, aparentemente revisando su celular.

Después de nadar, todos salieron del agua y se secaron. El guía les dio 30 minutos de tiempo libre antes de regresar. Algunos compraron bebidas en el restaurante, otros exploraron los alrededores. Sofía se acercó a Diego, quien seguía sentado en el mismo lugar. hablaron brevemente. Los testigos no pudieron escuchar la conversación, pero notaron que el lenguaje corporal de Sofía era tenso, con los brazos cruzados, y el de Diego era pasivo, con la mirada baja.

 A las 12 del mediodía, todos subieron de nuevo a la camioneta para regresar al hotel. El viaje de regreso fue silencioso. Sofía miraba por la ventana. Diego también. No se tomaban de las manos. No hablaban. Llegaron al hotel alrededor de la 1 de la tarde. Las cámaras de seguridad del lobby capturan a Diego y Sofía entrando juntos.

 Se les ve caminando hacia los elevadores. Es la última imagen de Sofía Méndez de Castillo registrada por cualquier cámara del hotel. Según Diego, subieron a su habitación. Sofía estaba molesta. Me dijo que estaba cansada de que yo no participara en las actividades declaró después. que parecía que no quería estar ahí con ella.

 Discutimos, no fue una pelea terrible, pero sí acalorada. Yo le dije que simplemente no me sentía cómodo en el agua, que eso no significaba que no quisiera estar con ella. Ella dijo que me estaba conociendo realmente y que no le gustaba lo que veía. ¿Y luego, ¿qué pasó?, le preguntaron los investigadores.

 Ella dijo que necesitaba aire, que iba a salir a caminar sola por la playa para despejar su mente. Le dije que la acompañaba, pero me dijo que no, que necesitaba espacio. Me pidió que la dejara sola un rato. ¿Y la dejaste ir? Sí. Pensé que solo necesitaba un momento, que cuando regresara hablaríamos con calma y arreglaríamos las cosas.

Sofía salió de la habitación alrededor de las 2 de la tarde del domingo 23 de abril. Según Diego nunca regresó. Y aquí es donde comienza realmente el misterio que congelaría a México entero. No olvides suscribirte y activar la campanita para seguir esta historia que cada vez se pone más intensa. Dal like si quieres saber qué pasó realmente y dinos en los comentarios, ¿confías en la versión de Diego? Queremos saber tu opinión.

 Diego Castillo declaró que esperó en la habitación del hotel durante aproximadamente 3 horas después de que Sofía saliera a caminar. Al principio, según su testimonio, no le preocupó demasiado. Pensé que tal vez había ido más lejos de lo planeado, que se había entretenido en alguna tienda o que simplemente estaba tomándose su tiempo para pensar.

 Se duchó, vio televisión, revisó su correo electrónico del trabajo. A las 5 de latarde comenzó a preocuparse. Le envió un mensaje de WhatsApp. Ya vienes, ¿estás bien? El mensaje fue entregado, pero no leído. Esperó 15 minutos más. Nada. Llamó a su celular. Sonó varias veces, pero nadie contestó. Envió otro mensaje.

Sofía, ya me preocupaste. Contéstame, por favor. A las 5:30, Diego bajó a la recepción del hotel. Le preguntó al recepcionista de turno, una joven llamada Andrea Solís, si había visto a su esposa. Describió a Sofía, mujer de 28 años, aproximadamente 165 m de estatura, complexión delgada, cabello castaño largo hasta los hombros, vestida con un vestido verde, agua y sandalias.

 Andrea revisó el registro de salida del hotel, pero no encontró nada. Le sugerí que revisara la playa, la alberca, el spa, los restaurantes. Recordó después. Muchas veces los huéspedes simplemente están en alguna área del resort y no se dan cuenta de cuánto tiempo ha pasado. Diego caminó por todo el resort buscándola. Primero la playa.

 Recorrió la arena blanca de un extremo al otro. Preguntó a los empleados de servicio de playa si habían visto a una mujer con la descripción de Sofía. Algunos recordaban haberla visto en días anteriores, pero ninguno la había visto ese día. Revisó las albercas, los restaurantes, el gimnasio, el spa. Nada.

 A las 6:30 de la tarde, Diego regresó a la recepción con visible angustia. “Mi esposa desapareció”, le dijo a Andrea con voz temblorosa. No la encuentro por ningún lado y no contesta su celular. Andrea llamó inmediatamente al gerente de guardia, un hombre de 45 años llamado Ricardo Maldonado. Ricardo tomó el asunto con seriedad.

 Movilizó al personal de seguridad del hotel para realizar una búsqueda exhaustiva por todo el resort. Dos guardias de seguridad, uniformados y con radios, comenzaron a peinar cada área, jardines, pasillos, estacionamientos, áreas de servicio. Le pidieron a Diego que les proporcionara una fotografía reciente de Sofía.

 Él les mostró varias en su celular. Los guardias las tomaron en sus propios teléfonos y comenzaron a preguntarle a todo el personal si alguien había visto a esa mujer. A las 7 de la noche, sin ningún resultado positivo, Ricardo Maldonado tomó la decisión de contactar a las autoridades locales. Llamó a la policía municipal de Benito Juárez, el municipio donde se encuentra la zona hotelera de Cancún.

Dos oficiales llegaron al hotel alrededor de las 7:30. El oficial Juan Pérez y su compañera, la oficial María Rodríguez, ambos de la policía municipal, hablaron con Diego en el lobby del hotel. Le pidieron que les contara todo lo que había ocurrido desde que llegaron a Cancún. Diego narró la historia completa, la boda, el viaje, los primeros días perfectos, las pequeñas tensiones que habían surgido, la discusión de esa tarde y la decisión de Sofía de salir a caminar sola.

Su esposa llevaba su celular consigo”, preguntó el oficial Pérez. “Sí”, respondió Diego. “¿Su bolso, no lo sé, no me fijé?” Subieron a la habitación para verificar. El bolso de mano de Sofía estaba sobre la cama. Dentro su identificación, su pasaporte, tarjetas de crédito, dinero en efectivo, aproximadamente ,000 pesos y $100.

 Lo único que faltaba era su celular. Esto es extraño”, comentó la oficial Rodríguez. “Si iba solo a caminar por la playa, ¿por qué dejó su bolso, pero llevó el celular?” Diego no tenía respuesta. Se encogió de hombros, luciendo genuinamente confundido y preocupado. Los oficiales revisaron la habitación buscando cualquier cosa fuera de lo normal. Todo parecía en orden.

Ropa colgada en el closet, artículos de higiene en el baño, maletas parcialmente desempacadas. No había señales de lucha ni de violencia, no había sangre ni nada roto. La habitación estaba como si sus ocupantes simplemente hubieran salido temporalmente. Los policías le pidieron a Diego que contactara a familiares y amigos de Sofía para verificar si ella había hablado con alguien.

 Diego llamó inmediatamente a Patricia Ruiz, la madre de Sofía. Eran las 8 de la noche, 2 horas menos en Ciudad de México por el uso horario, así que allá eran las 6 de la tarde. Patricia contestó al tercer timbrazo, “Diego, ¿cómo están? ¿Cómo va la luna de miel?” Su voz sonaba alegre, despreocupada.

 Diego tomó aire antes de responder. “Patricia, necesito preguntarte algo importante. ¿Has hablado con Sofía hoy?” El tono de Patricia cambió instantáneamente. No, ¿por qué? ¿Pasó algo? ¿Está todo bien? Diego le contó lo que había pasado. Patricia comenzó a hiperventilar. ¿Qué? ¿Cómo que desapareció? ¿Llamaste a la policía? La están buscando.

 Diego, ¿qué pasó realmente? Su voz subía de volumen con cada pregunta. Roberto tomó el teléfono de las manos de su esposa. Diego, explícame exactamente qué está pasando. Diego repitió la historia, la discusión, la decisión de Sofía de salir a caminar, las horas sin saber de ella, la búsquedainfructuosa.

 Roberto intentaba mantener la calma, pero se le quebraba la voz. Vamos para allá inmediatamente. No se muevan del hotel. Sigan buscándola. Dios mío, mi niña. Los padres de Sofía comenzaron inmediatamente a hacer arreglos para viajar a Cancún esa misma noche. Consiguieron boletos en el último vuelo disponible que salía a las 10 pm de Ciudad de México.

 Llegarían a Cancún cerca de la medianoche. Mientras tanto, en el hotel la búsqueda continuaba. El personal había sido notificado. Meseros, camaristas, jardineros, todos tenían la descripción de Sofía y la fotografía en sus celulares. Revisaron cada habitación vacía, cada bodega, cada rincón del resort. Nada.

 Los policías expandieron la búsqueda fuera del hotel. Caminaron por la playa pública cercana con linternas. Preguntaron en hoteles vecinos, en bares y restaurantes de la zona. mostraron la fotografía de Sofía a comerciantes, vendedores ambulantes, guardias de seguridad de otros resorts. Nadie recordaba haberla visto ese día. A las 9 de la noche se sumaron más elementos policiales.

 Ahora había ocho oficiales buscando activamente. Revisaron cámaras de seguridad de establecimientos cercanos al hotel. En una tienda de conveniencia a 2 km del resort, una cámara había captado a una mujer que podría ser Sofía caminando por la acera alrededor de las 3 de la tarde. La imagen no era muy clara, pero la mujer llevaba un vestido claro y caminaba sola en dirección al centro de la zona hotelera.

 ¿Es ella?, le preguntaron a Diego mostrándole la imagen en una tablet. Diego entrecerró los ojos estudiando la imagen borrosa. “Podría ser”, dijo dudoso. El vestido se parece, pero no puedo estar completamente seguro. La imagen es muy borrosa. A las 11 de la noche, ya sin resultados concretos, el caso fue escalado a la Fiscalía General del Estado de Quintana Re.

 Un agente del Ministerio Público se presentó en el hotel. Era un hombre de unos 50 años llamado Raúl Domínguez. Con más de 20 años de experiencia en investigaciones criminales, el agente Domínguez entrevistó extensamente a Diego. Le hizo las mismas preguntas que ya le habían hecho, pero con más detalle, buscando inconsistencias o información adicional.

¿Tuvieron relaciones sexuales esa mañana antes de la discusión? Diego se sonrojó. No, no tuvimos. De hecho, llevábamos dos días sin Ya sabe por qué. No sé, simplemente no se dio. Estábamos cansados, estábamos un poco distantes. ¿Le fue infiel a su esposa durante su relación? La pregunta tomó a Diego por sorpresa. No, nunca.

 ¿Por qué me pregunta eso? Es protocolo. Ella le fue infiel a usted, ¿no? Que yo sepa. No, que usted sepa. Confío en ella completamente. No, no me fue infiel. ¿Ustedes tienen problemas económicos? No, ambos trabajamos, tenemos buenos empleos. Discuten más que cualquier pareja normal. ¿Alguna vez hubo violencia física entre ustedes? Nunca.

 Yo jamás le pondría una mano encima. Su esposa tiene problemas de salud mental, depresión, ansiedad. No, es era es una persona muy estable emocionalmente. ¿Cons drogas o alcohol en exceso? No, nada de eso. Toma socialmente, pero nada excesivo. ¿Tiene su esposa algún motivo para querer desaparecer voluntariamente? Esta pregunta hizo que Diego se derrumbara.

 Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro. “No lo sé”, respondió con voz quebrada. “Pensé que éramos felices. Pensé que esto era solo una pequeña pelea de luna de miel. Pero ahora, ahora no sé qué pensar.” A medianoche, Roberto y Patricia Méndez llegaron al aeropuerto de Cancún, tomaron un taxi directo al hotel. Cuando entraron al lobby, Patricia estaba visiblemente descompuesta.

 Tenía los ojos rojos e hinchados de tanto llorar durante el vuelo. Roberto la sostenía del brazo, también luciendo devastado, pero intentando mantenerse fuerte. Diego los esperaba en el lobby junto a la gente Domínguez. Cuando Patricia vio a Diego, corrió hacia él. ¿Dónde está mi hija? ¿Qué le hiciste? Diego retrocedió sorprendido por la acusación.

 No le hice nada. Les estoy diciendo la verdad. Roberto se interpuso entre su esposa y Diego. Patricia, cálmate. Necesitamos pensar con claridad. El agente Domínguez intervino. Señora Méndez, entiendo su angustia, pero necesito que conserve la calma. Estamos haciendo todo lo posible por encontrar a su hija.

 Patricia se derrumbó en los brazos de su esposo, sollozando inconsolablemente. Les asignaron una habitación en el mismo hotel para que pudieran estar cerca de la investigación. Esa noche nadie durmió. Roberto y Patricia se quedaron despiertos en su habitación haciendo llamadas a familiares y amigos en México para ver si alguien había sabido algo de Sofía.

Nadie había hablado con ella desde el día anterior por la mañana cuando había publicado una foto en Instagram del desayuno en el hotel. Diego permaneció en su habitación también sin poder dormir. Revisaba constantemente el celular esperando un mensaje, unallamada, cualquier señal de Sofía. Nada. El lunes 24 de abril por la mañana, la noticia de la desaparición comenzó a circular en medios locales de Quintana Ro.

 Mujer de 28 años desaparece en zona hotelera de Cancún durante su luna de miel, titulaban los periódicos digitales. La fotografía de Sofía, sonriente en su vestido de novia, aparecía en las noticias junto con una descripción física y la ropa que llevaba puesta el último día que fue vista. Las autoridades expandieron la búsqueda significativamente.

Se sumaron elementos de la policía estatal, bomberos y grupos de voluntarios locales. Peinaron las playas, la selva cercana, carreteras secundarias. Buzos de la policía revisaron el área marina frente al hotel buscando cualquier indicio en el agua. Helicópteros sobrevolaron la zona tomando fotografías aéreas.

 Los investigadores comenzaron a revisar exhaustivamente el historial de llamadas y mensajes del celular de Sofía. Su teléfono seguía sin dar señal, como si estuviera apagado o destruido. La última vez que registró actividad en la red telefónica fue a las 2:15 pm del domingo 23 cerca de la ubicación del hotel. También revisaron sus redes sociales.

 La última publicación de Sofía en Instagram era del sábado 22 por la mañana. Una foto del amanecer desde el balcón de su habitación con el texto Buenos días paraíso. Los comentarios se llenaron de mensajes de preocupación cuando sus seguidores se enteraron de su desaparición. Las amigas de Sofía, Daniela y Carla llegaron a Cancún el lunes por la tarde.

 Ambas estaban destrozadas. Se reunieron con los padres de Sofía en el hotel. Lloraron juntas, se abrazaron, intentaron consolarse mutuamente. También fueron entrevistadas por los investigadores. Sofía les comentó algún problema con Diego, preguntó el agente Domínguez. Daniela dudó antes de responder. No exactamente problemas, pero ella mencionó un par de veces que Diego era muy reservado, que sentía que no lo conocía completamente, incluso después de dos años juntos.

Eso la preocupaba un poco, creo, pero estaba enamorada. Decía que todos tenemos nuestros secretos y que con el tiempo él se abriría más. Carla agregó. Sofía nos escribió el jueves por la noche. Nos dijo que la luna de miel no estaba siendo exactamente como había imaginado, que Diego se estaba comportando extraño, distante.

 Le preguntamos si quería que fuéramos. Incluso bromeamos con ir a rescatarla, pero ella dijo que no era nada grave, solo ajustes normales de pareja. Esta información llamó la atención de los investigadores. ¿Tienen ese mensaje? Las amigas revisaron sus celulares y encontraron la conversación. Se la mostraron a la policía.

 El mensaje decía exactamente, “Chicas, la luna de miel es hermosa, pero Diego está siendo medio raro. No quiere meterse al agua, está en su celular más de lo normal y como que está tenso. Creo que el trabajo lo tiene estresado o algo así.” Nada grave, pero les cuento por qué necesitaba desahogarme. Jaja, las amo. Los investigadores le mostraron ese mensaje a Diego.

 ¿Por qué estaba usted estresado? Diego suspiró. Tenía un proyecto importante en el trabajo. Mi jefe me había estado enviando correos durante la luna de miel. Le dije que no estaba disponible, pero él insistía. Tal vez eso me tenía más tenso de lo normal. Podemos ver esos correos. Diego desbloqueó su celular y les mostró su bandeja de entrada.

 Efectivamente, había varios correos de su jefe, un hombre llamado Arturo Sánchez, preguntando sobre avances de un proyecto, pidiéndole información sobre códigos y bases de datos. Diego había respondido brevemente a algunos, ignorado otros. El martes 25 de abril, las redes sociales explotaron con el caso.

 El hashtag dónde está Sofía se volvió tendencia en Twitter. México. Miles de personas compartían la fotografía de Sofía, especulaban sobre lo ocurrido, ofrecían teorías. Algunos culpaban directamente a Diego sin evidencia alguna. “El esposo siempre es el primero sospechoso, escribían. No se desaparece sin rastro. Algo le hizo. Otros defendían a Diego.

 No hay evidencia contra él. Podría haber sido secuestrada o haber sufrido un accidente. La presión mediática se intensificó. Reporteros de televisión nacional llegaron a Cancún, instalaron sus cámaras frente al hotel, intentaban entrevistar a empleados, a huéspedes, a cualquiera que pudiera darles información.

 El hotel tuvo que contratar seguridad adicional para mantener a la prensa fuera de las instalaciones. Patricia y Roberto Méndez dieron una conferencia de prensa el miércoles 26 de abril. Patricia, con la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas, hizo un llamado público. Si alguien sabe algo sobre mi hija Sofía, por favor, por favor, comuníquense con las autoridades.

 Sofía es una buena persona, tiene toda una vida por delante. Solo queremos que regrese a casa sana y salva. Roberto agregó, “Ofrecemos una recompensa de500,000 pesos a quien proporcione información que lleve al paradero de nuestra hija.” Diego también habló brevemente. Lucía demacrado, sin afeitar, con ojeras profundas.

Sofía, si estás viendo esto, si de alguna manera puedes escucharme, te amo. Por favor, regresa. O si alguien la tiene, por favor, déjenla ir. No les haré daño, solo quiero que regrese. Su voz se quebró al final y tuvo que retirarse de las cámaras. Los días pasaban y no había avances significativos. La policía seguía varias líneas de investigación simultáneamente.

Posibilidad uno. Sofía había sufrido un accidente. Tal vez se había caído de alguna roca en la playa. Se había golpeado la cabeza y el mar se la había llevado. Pero los buzos no encontraron ningún cuerpo ni evidencia física en el agua. Posibilidad dos. Sofía había sido víctima de un crimen, secuestro, asalto, agresión sexual.

 Pero no había evidencia de lucha, no se había pedido rescate, no había testigos de ningún altercado. Posibilidad tres, Sofía había decidido desaparecer voluntariamente. Tal vez la presión del matrimonio, algún secreto que guardaba, alguna razón personal, pero esto no encajaba con su personalidad, según todos los que la conocían. Posibilidad cuatro.

 Diego estaba involucrado directamente en su desaparición. Tal vez habían peleado más violentamente de lo que él admitía. Algo había salido mal, pero Diego había pasado pruebas de polígrafo. Aunque estas no son admisibles legalmente. No había evidencia física contra él y su coartada era débil, pero no imposible. El jueves 27 de abril, una semana después de la desaparición, un pescador encontró un celular en la playa a unos 5 km del hotel donde se hospedaban Diego y Sofía.

 El teléfono estaba mojado, parcialmente enterrado en la arena, con la pantalla rota. Lo entregó a las autoridades. El celular fue identificado como el de Sofía Méndez. Los técnicos forenses intentaron recuperar información, pero el daño por agua era extenso. Lograron extraer algunos datos. Las últimas fotografías tomadas eran del tour al cenote el domingo por la mañana.

El último mensaje de WhatsApp enviado era a Daniela el sábado por la noche. Creo que mañana hablaré seriamente con Diego sobre todo esto. ¿Todo esto qué? ¿De qué quería hablar Sofía con Diego? Este mensaje abrió más preguntas que respuestas. Y mientras las autoridades continuaban buscando, mientras los medios especulaban incansablemente, mientras una familia destrozada esperaba respuestas, Sofía Méndez de Castillo permanecía desaparecida, como si la tierra se la hubiera tragado.

 Pero la historia estaba lejos de terminar. Si esta historia te tiene en suspenso, suscríbete al canal y activa la campanita para no perderte el final de este caso. Dale like si quieres que sigamos trayendo historias reales como esta y cuéntanos en los comentarios qué crees que le pasó a Sofía. Tu teoría podría estar más cerca de la verdad de lo que imaginas.

La investigación del caso de Sofía Méndez tomó un giro inesperado el viernes 28 de abril, cuando los investigadores decidieron profundizar en el pasado de Diego Armando Castillo. Hasta ese momento se habían enfocado principalmente en los eventos recientes y en la desaparición misma, pero ahora era tiempo de conocer realmente quién era el esposo de la mujer desaparecida.

El agente Raúl Domínguez, quien lideraba la investigación, viajó personalmente a Guadalajara, Jalisco, para entrevistar a la familia de Diego. Llegó un viernes por la tarde al domicilio de los padres de Diego en la colonia Providencia, una zona residencial de clase media de la ciudad. La casa era modesta, pero bien mantenida.

 Una construcción de dos pisos con fachada de cantera y un pequeño jardín frontal. Quien abrió la puerta fue Elena Castillo, la madre de Diego. Tenía 62 años, cabello gris recogido en un chongo y una expresión de profunda tristeza en el rostro. “Usted debe ser el investigador”, dijo con voz cansada. “Pasen, por favor.” En la sala estaba también Ramiro Castillo, el padre de Diego, un hombre de 65 años, jubilado de una empresa manufacturera y Mariana, la hermana menor de Diego, de 28 años, maestra de secundaria.

 Los tres lucían incómodos, como si supieran que esa conversación sería difícil. “Necesito que me hablen honestamente sobre Diego”, comenzó el agente Domínguez. Cualquier cosa que me puedan decir podría ayudar a encontrar a Sofía. Los tres intercambiaron miradas. Finalmente, Elena habló. Agente, nosotros queremos que encuentren a esa muchacha.

 De verdad lo queremos, pero tengo que ser honesta, mi hijo tiene problemas. ¿Qué tipo de problemas? Elena respiró profundo antes de continuar. Diego tuvo una novia antes de Sofía. Se llamaba Rocío. Estuvieron juntos casi 3 años. La relación terminó mal, muy mal. Ramiro interrumpió a su esposa. Elena, no creo que debamos.

 Elena lo silenció con una mirada. No, Ramiro. Si algo lepasó a esa chica por culpa de Diego, nunca me lo perdonaría. El investigador necesita saber. Mariana tomó la palabra. Rocío y Diego terminaron hace aproximadamente 5 años. Ella lo dejó porque decía que Diego era controlador, celoso, que revisaba su celular sin permiso. Hubo un incidente.

Mariana se detuvo como si le costara continuar. ¿Qué incidente?, presionó Domínguez. Diego la empujó durante una discusión. Fue en la sala de esta misma casa. Yo estaba aquí. Los escuché gritar. Subí las escaleras y vi cuando él la empujó contra la pared. No fue un golpe, pero la empujó con fuerza. Rocío salió llorando y nunca más volvió.

 El agente Domínguez tomaba notas meticulosamente. Rocío presentó una denuncia. No, respondió Elena. Nosotros le pedimos perdón. Hablamos con ella y su familia. Diego también se disculpó. Dijo que había sido un momento de ira que nunca más volvería a pasar. Rocío aceptó sus disculpas, pero terminó la relación.

 No la culpo. Diego ha mostrado violencia en otras ocasiones. Ramiro negó con la cabeza. No que nosotros sepamos. Ese fue el único incidente físico que conocemos. Pero sí puede ser intenso. Cuando algo no sale como él quiere, se cierra, deja de hablar, se pone distante. Es como si se apagara emocionalmente. Mariana agregó información crucial.

Cuando Diego anunció que se iba a casar con Sofía, yo estaba feliz por él, pero también preocupada. Le pregunté si ella sabía sobre lo que había pasado con Rocío. Me dijo que no, que era su pasado y que no tenía por qué contárselo. Le dije que era un error, que ella tenía derecho a saber.

 se molestó conmigo y no me habló durante dos meses. El agente Domínguez sabía que esta información era importante, pero no constituía evidencia de que Diego hubiera hecho algo a Sofía. “Ustedes asistieron a la boda”, Elena negó con la cabeza tristemente. “No, Diego no nos invitó.” Bueno, técnicamente sí nos invitó, pero fue tan tarde y de manera tan fría que entendimos que realmente no quería que fuéramos.

 Creo que le daba vergüenza presentarnos a la familia de Sofía. Ellos son profesionistas, tienen dinero. Nosotros somos gente trabajadora pero humilde. Hablaron con Diego después de la boda. Me llamó una vez desde Cancún, dijo Elena con lágrimas en los ojos. Fue el miércoles de esa semana. me dijo que estaba feliz, que la luna de miel iba bien.

 Su voz sonaba tensa, pero pensé que tal vez solo estaba cansado. Nunca imaginé que no pudo terminar la frase. El agente Domínguez les pidió el contacto de Rocío, la exnovia de Diego. La familia no tenía su número actual, pero Mariana sabía que trabajaba como contadora en una empresa de logística en Zapopán. Con esa información, Domínguez localizó a Rocío Torres ese mismo día.

 Rocío tenía ahora 31 años, estaba casada y tenía un hijo pequeño. Aceptó hablar con el investigador en una cafetería cerca de su trabajo. Era una mujer menuda de cabello corto y lentes, que lucía nerviosa cuando el agente se sentó frente a ella. Cuando vi las noticias sobre la esposa de Diego desaparecida, sentí un escalofrío”, confesó Rocío sin que la gente tuviera que preguntar.

 “Parte mí no se sorprendió.” ¿Por qué dice eso? Porque Diego tiene dos caras. Cuando lo conoces es encantador, atento, romántico, pero cuando la relación avanza, muestra su verdadero rostro. Rocío le contó a la gente Domínguez detalles escalofriantes sobre su relación con Diego. Al principio todo era perfecto.

 Me llevaba flores, me escribía mensajes bonitos, planeaba citas increíbles, pero después de unos meses comenzó a cambiar. Quería saber dónde estaba todo el tiempo. Me llamaba 10, 15 veces al día para ver cómo estaba. Si no le contestaba inmediatamente, se enojaba. comenzó a revisar mi celular mientras yo dormía. Un día me desperté y él estaba ahí con mi teléfono en la mano leyendo mis mensajes de WhatsApp.

 Cuando le reclamé, dijo que lo hacía porque me amaba, porque quería asegurarse de que nadie me hiciera daño. Yo era joven, ingenua, le creí. La situación escaló. Me pidió que dejara de ver a algunas de mis amigas porque decía que eran mala influencia. me decía qué ropa ponerme. Criticaba mi maquillaje. Todo era envuelto en palabras de amor, pero ahora entiendo que era control puro.

 ¿Qué pasó el día que terminaron?, preguntó el agente. Rocío cerró los ojos como si el recuerdo todavía le doliera. Había ido a una reunión del trabajo después de la oficina. Era una celebración por un proyecto que habíamos completado. Le avisé a Diego, pero olvidé mandarle mi ubicación en tiempo real, algo que él siempre exigía.

 Cuando llegué a su casa esa noche, estaba furioso. Me gritó. Me acusó de haber estado con otro hombre. Yo intenté explicarle, pero no me escuchaba. En un momento le dije que estaba harta de sus celos, que si no podía confiar en mí, entonces no teníamos futuro. Ahí fue cuando meempujó. No fue un golpe técnicamente, pero la fuerza fue suficiente para que me golpeara contra la pared.

 Me dolió la espalda durante días. Vi miedo en sus ojos después. Creo que él mismo se asustó de lo que había hecho. Intentó disculparse, pero yo ya había visto suficiente. Terminé la relación ahí mismo. Su familia intentó convencerme de darle otra oportunidad, pero me mantuve firme. Él la buscó después, durante meses, me mandaba mensajes, me llamaba, aparecía en mi trabajo.

 Tuve que amenazar con poner una orden de restricción para que finalmente me dejara en paz. El agente Domínguez escuchaba todo con atención. Rocío, basándose en lo que usted conoce de Diego, ¿cree que él podría haberle hecho daño a su esposa? Rocío no dudó ni un segundo. Sí. Si ella lo confrontó, si le dijo que quería dejarlo, si herió su ego de alguna manera. Sí, creo que él es capaz.

 Nunca pensé que llegaría a tanto, pero la verdad cuando vi las noticias mi primer pensamiento fue, “Diego hizo algo.” Esta información era devastadora, pero todavía circunstancial. El la gente Domínguez regresó a Cancún y compartió sus hallazgos con el equipo de investigación. Decidieron confrontar a Diego con esta nueva información.

 El sábado 29 de abril, 10 días después de la desaparición de Sofía, Diego fue llevado a las oficinas de la fiscalía en Cancún para un interrogatorio formal. No estaba arrestado todavía, pero los investigadores dejaron claro que era una persona de interés en el caso. En una sala de interrogatorios con paredes grises y una mesa metálica, Diego se sentó frente al agente Domínguez y a la fiscal asistente, la licenciada Carmen Vega. Diego lucía deteriorado.

 Había perdido peso visiblemente, tenía profundas ojeras y temblaba ligeramente. Diego, hablamos con tu familia en Guadalajara, comenzó Domínguez. También hablamos con Rocío Torres. Diego palideció. Rocío, ¿por qué? Eso fue hace años. No tiene nada que ver con Sofía. Tiene todo que ver. Interrumpió la fiscal Vega.

 porque nos muestra un patrón de comportamiento controlador y potencialmente violento. Yo nunca le hice daño a Sofía. Diego elevó la voz por primera vez. Todo lo que Rocío les dijo está sacado de contexto. Éramos jóvenes. Yo era inmaduro. Cambié. Con Sofía era diferente. Diferente como preguntó Domínguez. También revisabas su celular.

 ¿También le pedías que te compartiera su ubicación en tiempo real? Diego se quedó callado. Su silencio era revelador. Diego, encontramos algo más, continuó Domínguez. Los técnicos lograron recuperar más datos del celular de Sofía. Había una aplicación instalada de rastreo de ubicación, una aplicación que enviaba su ubicación a otro dispositivo cada 5 minutos.

 ¿Sabes de quién era ese otro dispositivo? Diego bajó la mirada. Era el mío, admitió en voz baja. Sofía sabía de esa aplicación. Diego negó con la cabeza. La instalé sin que ella se diera cuenta. Solo quería quería protegerla. México es peligroso. Quería asegurarme de que estuviera bien. O quías controlarla, dijo la fiscal Vega con dureza.

 Querías saber dónde estaba en todo momento. ¿Qué más escondías, Diego? ¿Qué más no nos has dicho? Nada. Les he dicho todo. Diego comenzaba a desesperarse. Yo no le hice nada a mi esposa. Los están buscando en el lugar equivocado. Alguien se la llevó. ¿Quién, Diego, no hay evidencia de secuestro? No hay testigos de nada extraño.

 No hay video de ella saliendo del perímetro del hotel. Es como si se hubiera esfumado. Domínguez se inclinó sobre la mesa acercándose a Diego. A menos que nunca saliera del hotel, a menos que algo le pasara en la habitación. Y tú nos estés mintiendo sobre lo que realmente ocurrió ese domingo. No, ella salió.

 La vi salir por la puerta. Diego empezaba a llorar. Por favor, tienen que creerme. Yo amo a Sofía. Jamás le haría daño. Tal vez, tal vez fui controlador. Tal vez cometí errores, pero jamás la lastimaría físicamente. ¿Y emocionalmente? Preguntó la fiscal. La lastimabas emocionalmente con tus celos, tu control, tu necesidad de saber cada movimiento que hacía.

Diego se derrumbó completamente. Sí, admitió entre soyosos. Sí, probablemente sí. Tengo problemas, lo sé. Tengo miedo de perder a las personas que amo. Por eso actuaba así, pero nunca, nunca le haría algo como esto. El interrogatorio continuó durante horas. Diego mantuvo su versión de los eventos. Los investigadores intentaron encontrar inconsistencias, pero su historia se mantenía igual.

 O era increíblemente buen mentiroso o estaba diciendo la verdad. Mientras tanto, el caso había generado atención internacional. Medios de Estados Unidos, España y otros países latinoamericanos cubrían la historia. El misterio de la novia desaparecida en Cancún, titulaban programas de televisión dedicados a crímenes reales comenzaron a analizar el caso.

 Las redes sociales estaban divididas. Algunosestaban completamente convencidos de la culpabilidad de Diego. Es obvio que él la mató, escribían. El comportamiento controlador siempre escala a violencia. Otros defendían la presunción de inocencia. No hay evidencia física contra él. No podemos condenarlo sin pruebas.

 Patricia y Roberto Méndez daban entrevistas constantemente rogando por información sobre su hija. La recompensa aumentó a un millón de pesos. Organizaciones de búsqueda de personas desaparecidas se unieron a la causa. Se realizaron marchas en Ciudad de México y Cancún, exigiendo que se encontrara a Sofía. Pero a pesar de todos los esfuerzos, todos los recursos, toda la atención mediática, Sofía seguía sin aparecer y con cada día que pasaba, las esperanzas de encontrarla con vida disminuían. El caso se estaba enfriando.

Los investigadores seguían todas las pistas posibles, pero llegaban a callejones sin salida, sin cuerpo, sin escena del crimen, sin testigos definitivos. Era casi imposible avanzar. Diego seguía siendo la persona de interés principal, pero sin evidencia concreta no podían arrestarlo. Vivía en un hotel diferente ahora, alejado de los padres de Sofía, que ya no podían ni verlo sin sentir rabia.

 Había perdido su trabajo. Su reputación estaba destruida, su vida estaba en ruinas. Y entonces, justo cuando parecía que el caso quedaría sin resolver, cuando todos comenzaban a perder las esperanzas, algo ocurrió que cambiaría todo. El miércoles 10 de mayo, 20 días después de la desaparición de Sofía Méndez, una llamada anónima llegó a la línea de denuncias de la Fiscalía de Quintana Raw. Era una mujer.

 Su voz sonaba nerviosa, casi susurrante. Tengo información sobre la chica desaparecida, Sofía Méndez. Sé dónde está. La operadora, entrenada para este tipo de situaciones, mantuvo la calma. Señora, necesito que me diga su nombre y toda la información que tenga. La mujer dudó. No puedo dar mi nombre, pero les diré lo que sé.

 Búsquenla en el cenote sagrado cerca de Tulum. Ahí está. Antes de que la operadora pudiera hacer más preguntas, la llamada se cortó. El agente Domínguez y su equipo tomaron la información con cautela. Habían recibido docenas de llamadas anónimas durante la investigación, la mayoría sin ningún fundamento. Pero esta era específica. El cenote sagrado no era cualquier lugar, era un cenote profundo, remoto, en medio de la selva, a casi una hora de Tulum.

Esa misma tarde, un equipo especializado de buzos acompañados por policías y personal forense dirigió al cenote sagrado. El lugar era de difícil acceso. Había que caminar casi 30 minutos por senderos de tierra desde el camino pavimentado más cercano. La selva era densa, húmeda, llena de sonidos de animales e insectos.

 El cenote era impresionante, un agujero circular en la tierra de aproximadamente 20 m de diámetro con paredes rocosas verticales que descendían otros 20 m hasta la superficie del agua. El agua era oscura, casi negra, imposible ver el fondo desde arriba. Era un lugar sagrado para los antiguos mayas, donde se realizaban ceremonias y, según las leyendas, sacrificios.

Los buzos se prepararon con equipo especializado, trajes de neopreno, tanques de oxígeno, linternas potentes impermeables. El cenote era conocido por ser particularmente profundo y peligroso. Había corrientes subterráneas, túneles, zonas donde era fácil desorientarse. El primer buzo descendió lentamente. La visibilidad bajo el agua era mínima.

Usaba su linterna para iluminar las paredes rocosas. El lecho del cenote, a unos 10 m de profundidad, comenzó a explorar el perímetro. Encontró formaciones rocosas, raíces de árboles que penetraban el agua desde arriba, pero nada más. Continuó descendiendo. 15 m, 20 m, a 23 m de profundidad, su linterna iluminó algo que no era natural, una forma, un color que no pertenecía a ese lugar.

 se acercó lentamente, el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Era un cuerpo, una mujer flotando en posición vertical, enganchada entre dos formaciones rocosas. Su cabello flotaba alrededor de su rostro como una nube oscura. Vestía lo que parecía ser un vestido claro, desteñido por el agua. No se movía, no había duda, estaba muerta.

 El buzo hizo la señal a sus compañeros en la superficie. Necesitaban más ayuda para recuperar el cuerpo de manera adecuada. Durante las siguientes 3 horas, el equipo trabajó meticulosamente para extraer el cuerpo del cenote sin dañar evidencia potencial. Cuando finalmente lograron subirlo a la superficie, la fiscal Carmen Vega, quien había llegado al lugar, se acercó para hacer la identificación preliminar.

 El cuerpo estaba en mal estado debido a los días en el agua, pero había suficientes características distintivas. La estatura, la complexión, el vestido verde agua que aún era reconocible, un anillo en el dedo anular izquierdo. Era Sofía Méndez. La noticia se propagó como pólvora. Los medios de comunicacióninterrumpieron su programación regular.

Encuentran cuerpo de Sofía Méndez en Cenote de Tulum, anunciaban. Las redes sociales explotaron con reacciones de shock, tristeza y renovadas acusaciones contra Diego. Patricia y Roberto Méndez fueron notificados inmediatamente. Tuvieron que ir a identificar formalmente el cuerpo. Fue uno de los momentos más devastadores imaginables.

Patricia colapsó cuando vio a su hija en la mesa del forense. Roberto tuvo que ser asistido médicamente por un ataque de ansiedad severo. Pero ahora venían las preguntas más importantes. ¿Cómo había llegado Sofía hasta ese cenote? ¿Había sido un accidente? Suicidio, homicidio. ¿Y si fue homicidio, ¿quién lo hizo? La autopsia se realizó con urgencia. El Dr.

 Enrique Mora, médico forense con más de 20 años de experiencia, dirigió el procedimiento. Sus hallazgos fueron reveladores y perturbadores. El cuerpo muestra signos de haber estado en el agua aproximadamente 20 días”, explicó el doctor Mora en su informe. La causa de muerte fue ahogamiento. Los pulmones contienen agua del cenote, sin embargo, hay hallazgos adicionales significativos.

La víctima tiene una fractura en el cráneo, en la región occipital. Este trauma ocurrió antes de que entrara al agua, lo que se confirma por la ausencia de signos de hemorragia postmortem significativa. La fractura es consistente con un golpe contundente, posiblemente de una caída o de ser golpeada con un objeto.

 También encontramos contusiones en ambas muñecas y en los tobillos, consistentes con haber sido sujetada con fuerza o con algún tipo de restricción. Estas contusiones son ante mortem, es decir, ocurrieron mientras la víctima aún estaba viva. Basándome en estos hallazgos, mi conclusión es que la muerte de Sofía Méndez fue accidental suicida. Esta fue una muerte violenta.

La víctima fue golpeada, probablemente rendida inconsciente o semiinconsciente y luego transportada y depositada en el cenote donde murió por ahogamiento. El caso ahora era oficialmente un homicidio y Diego Armando Castillo se convirtió en el sospechoso principal. Diego fue arrestado el jueves 11 de mayo en su habitación de hotel.

 Un grupo de agentes de la policía ministerial entraron con una orden de apreensón firmada por un juez. Diego no opuso resistencia. De hecho, parecía casi resignado cuando le colocaron las esposas. “No lo hice”, repetía mientras lo llevaban a las patrullas. “Les juro que no lo hice. No sé cómo llegó ahí. Alguien me está incriminando.

Los fotógrafos y camarógrafos capturaron cada segundo. Las imágenes de Diego esposado con la cabeza baja, siendo introducido en la patrulla, dieron la vuelta al mundo. En las siguientes semanas, los investigadores construyeron su caso contra Diego. La evidencia circunstancial era fuerte. Diego tenía un historial de comportamiento controlador y un incidente previo de violencia con su exnovia.

 Había instalado software de rastreo en el teléfono de Sofía sin su conocimiento. Fue la última persona que vio a Sofía con vida según su propia versión. Su historia sobre Sofía saliendo a caminar sola nunca pudo ser confirmada por testigos o cámaras de seguridad que la mostraran saliendo del perímetro del hotel.

 tenía los conocimientos y la oportunidad para llevar el cuerpo al cenote, pero también había problemas con el caso. No había evidencia física directa que conectara a Diego con el cenote. No había ADN de Diego bajo las uñas de Sofía ni en su cuerpo. No había testigos que lo hubieran visto transportando un cuerpo. No había registros de que él hubiera rentado un vehículo aparte del que usaban en el hotel.

 Y el cenote estaba a más de 100 km del hotel, un viaje que habría tomado horas y que difícilmente podría haber hecho sin ser notado. Además, estaba la llamada anónima. ¿Quién había llamado dando la ubicación exacta del cuerpo? Si había sido Diego, ¿por qué lo haría? Y si no había sido él, ¿quién más sabía dónde estaba el cuerpo? Los abogados defensores de Diego, un equipo legal contratado por su familia, que había vendido su casa en Guadalajara para pagarlos, argumentaban que su cliente había sido víctima de una investigación sesgada desde el principio. “Mi cliente

es inocente”, declaraba el licenciado Javier Estrada en conferencias de prensa. La policía se enfocó en él desde el día 1 sin considerar otras posibilidades. Alguien más mató a Sofía Méndez. y está dejando que Diego cargue con la culpa. Pero, ¿quién más podría haber sido? Los investigadores habían revisado a todos los empleados del hotel, todos los huéspedes, todas las personas que habían estado en contacto con la pareja.

 Nadie más tenía motivo ni oportunidad, excepto que en julio, dos meses después del arresto de Diego, surgió información nueva. Un empleado del hotel, que había sido despedido poco después de la desaparición de Sofía, decidió hablar. Su nombre era Martín Soto. Habíatrabajado como mesero en el servicio de habitaciones. Martín se presentó en las oficinas de los abogados de Diego con una historia inquietante.

Yo vi algo esa noche, confesó. El domingo que la señora Sofía desapareció, yo estaba haciendo mi ronda de servicios de última hora. Eran como las 11 de la noche. Iba por el pasillo del cuarto piso cuando vi algo extraño. Había un hombre con una mujer. Él la llevaba casi cargando. Ella parecía mareada o dormida.

 Pensé que tal vez estaba borracha. El hombre me vio y me dijo, “Mi esposa tomó de más. La llevo a la habitación. Yo solo asentí y seguí mi camino. No pensé más en ello hasta que empezaron las noticias sobre la desaparición. ¿Por qué no dijiste nada antes?”, le preguntaron los abogados. Martín bajó la mirada avergonzado, porque yo no tenía papeles en orden.

 Soy indocumentado, trabajo sin permiso oficial. Tenía miedo de meterme en problemas. Pero cuando arrestaron a ese hombre, Diego, y comenzaron a hablar de que podría pasar décadas en prisión, no pude seguir callado. ¿Puedes describir al hombre que viste? Era más alto que yo, tal vez 80. No era el señor Diego. Este hombre era más corpulento.

 Llevaba una gorra que le cubría parte del rostro. Y la mujer, ahora que lo pienso, su cabello se parecía al de la señora Sofía en las fotos. Esta declaración cambió todo. Los abogados de Diego la presentaron inmediatamente a las autoridades, exigiendo que se investigara esta nueva línea. Si Martín decía la verdad, significaba que alguien más había estado involucrado en la desaparición de Sofía.

Los investigadores, aunque escépticos, tuvieron que considerar la posibilidad. Interrogaron a Martín extensamente, buscando inconsistencias en su historia. lo sometieron a pruebas de polígrafo. Revisaron nuevamente las cámaras de seguridad del hotel, ahora buscando específicamente un hombre con las características que Martín describía.

 Y encontraron algo. En una de las cámaras, en un ángulo que no habían revisado con suficiente detalle antes, apareció por segundos una figura borrosa, un hombre con gorra cargando algo pesado hacia una salida de servicio del hotel. La imagen no era clara, pero estaba ahí. Y la marca de tiempo era las 11:17 pm del domingo 23 de abril.

 Esto generó más preguntas. Si esto era real, ¿quién era ese hombre? ¿Cómo conocía a Sofía? ¿Por qué la atacaría? ¿Y dónde estaba Diego durante todo esto? Diego mantuvo desde su celda que él había estado en la habitación toda la noche, esperando a que Sofía regresara. Alguien entró mientras yo dormía. Insistía ahora con esta nueva información.

 O ella conoció a alguien afuera, no sé, pero ese no soy yo en esa cámara. Tienen que creerme. Los análisis forenses del video fueron inconclusos. Era imposible identificar al hombre en la imagen. Con certeza podría ser Diego, podría ser otra persona. La evidencia no era suficientemente clara. El caso se volvió aún más complejo cuando apareció otra pieza del rompecabezas.

La llamada anónima que había llevado a encontrar el cuerpo fue finalmente rastreada. Provenía de un teléfono celular de prepago comprado en una tienda de conveniencia en Playa del Carmen. Las cámaras de seguridad de la tienda mostraban a una mujer comprando ese teléfono el día 8 de mayo, dos días antes de la llamada.

 La mujer no era identificable, claramente. Llevaba gafas de sol grandes y un sombrero, pero los analistas de video determinaron que no era Sofía obviamente, pero tampocoía con ninguna persona relacionada conocida en el caso. Era alguien completamente nuevo. ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué sabía dónde estaba el cuerpo de Sofía? ¿Era cómplice del asesino o testigo silenciosa que finalmente decidió hablar? Estas preguntas nunca fueron completamente respondidas.

 El caso contra Diego Castillo siguió adelante a juicio en agosto de 2023. El juicio duró 6 semanas. La fiscalía presentó toda su evidencia circunstancial, el historial de Diego, los testimonios sobre su comportamiento controlador. La defensa argumentó que no había evidencia física directa, que había testigos que sugerían la presencia de otra persona, que exis ian demasiadas preguntas sin respuesta para condenar a Diego más allá de duda razonable.

 El veredicto llegó el 29 de septiembre de 2023. El jurado deliberó durante tres días completos. Finalmente regresaron con su decisión. Culpable de homicidio. Diego Castillo fue sentenciado a 40 años de prisión. En la sala del tribunal, cuando se leyó el veredicto, Diego simplemente cerró los ojos. No lloró, no gritó su inocencia, solo cerró los ojos como resignado a su destino.

 Patricia y Roberto Méndez se abrazaron llorando. Justicia para nuestra Sofía. susurró Patricia, pero su mirada mostraba que a pesar del veredicto nada traería de vuelta a su hija. El vacío en sus vidas era permanente. Los abogados de Diego anunciaron que apelarían el caso,argumentando que hubo errores procesales y que no toda la evidencia fue considerada apropiadamente.

Al momento de este relato, esa apelación sigue pendiente. Han pasado meses desde el veredicto. El caso de Sofía Méndez sigue siendo uno de los más comentados en México. Hay quienes están completamente convencidos de la culpabilidad de Diego. Es obvio que él la mató, dicen. El esposo controlador que mató a su esposa cuando ella trató de dejarlo.

 Una historia trágica pero predecible. Pero otros no están tan seguros. Hay demasiadas inconsistencias. Argumentan. El testimonio de Martín, la llamada anónima. El video borroso. Y si Diego está diciendo la verdad. Y si el verdadero asesino sigue libre. La verdad es que probablemente nunca sabremos con certeza absoluta qué pasó realmente esa noche del 23 de abril de 2023.

 Lo que sí sabemos es que Sofía Méndez, una joven de 28 años, llena de vida y sueños, murió trágicamente durante lo que debía ser el momento más feliz de su vida. Su familia fue destrozada. Su futuro fue robado. El hotel Coral Dreams Resort cambió de nombre y gestión después del escándalo.

 El cenote sagrado fue cerrado temporalmente y ahora tiene vigilancia constante. Las historias de terror sobre lo que pasó esa noche se han convertido en leyendas urbanas entre los locales de Tulum y Diego Castillo cumple su sentencia en el Centro de Readaptación Social de Cancún, manteniendo hasta el día de hoy su inocencia. ha dado entrevistas desde prisión donde repite una y otra vez, “No la maté.

Amaba a Sofía. Alguien me la quitó y está dejando que yo pague por su crimen. Es un asesino manipulador hasta el final o un hombre inocente víctima de circunstancias y evidencia circunstancial. Esta es la pregunta que sigue sin respuesta definitiva. Lo que no tiene respuesta, lo que nunca tendrá respuesta es por qué.

¿Por qué Sofía tuvo que morir? ¿Por qué una luna de miel perfecta se convirtió en pesadilla? ¿Por qué una boda llena de promesas terminó en un cenote oscuro en medio de la selva? Este fue el caso que congeló a México, el caso de una boda perfecta, una luna de miel soñada y una desaparición que nos recuerda que a veces la persona a la que elegimos amar puede convertirse en la persona que más daño nos hace.

O tal vez nos recuerda que el mal puede estar acechando en lugares que nunca imaginamos, esperando el momento perfecto para destruir todo lo hermoso que intentamos construir. Sea cual sea la verdad, Sofía Méndez merece ser recordada no por cómo murió, sino por cómo vivió, con sonrisas, con alegría, con sueños de un futuro brillante que nunca pudo alcanzar.

Descansa en paz, Sofía. Este ha sido el caso que congeló a México.