El caso que congeló Chile, una unión, un escenario perfecto y una desaparición total. Imagina despertar una mañana y descubrir que alguien a quien amas simplemente ya no existe. Sin rastro, sin explicación, sin cuerpo, como si la tierra se lo hubiera tragado. Ahora imagina que esa desaparición ocurrió en el lugar menos esperado, en el momento sospechoso, y que todos los que conocían a esa persona jurarían que algo así era imposible. Este es el caso que paralizó a Chile, que desafió toda lógica y que hasta el día de hoy sigue sin respuestas.
Santiago de Chile, primavera de 2019. La ciudad despertaba con ese aroma característico a jacarandás que inundaba las calles del barrio alto. En una luminosa mañana de octubre, mientras miles de santiaguinos se dirigían a sus trabajos esquivando el tráfico habitual de providencia y las condes, en un departamento moderno de la comuna de Vitacura, Daniela Fuentes preparaba café
mirando por el ventanal hacia la cordillera de los Andes, que se erguía imponente, todavía con manchones blancos de nieve en sus cumbres más altas. Daniela tenía 32 años. era arquitecta titulada de la Universidad Católica. Trabajaba en un reconocido estudio de diseño en Isidora Goyenechea, y llevaba 4 años de relación con Nicolás Bravo, ingeniero comercial de 35 años, egresado de la Universidad de Chile. Para quienes los conocían, eran la definición misma de una pareja moderna y exitosa. habían comprado juntos ese departamento hacía apenas 8 meses, un logro que habían celebrado con una pequeña reunión donde familiares y amigos brindaron por ese paso tan importante en sus vidas.
Nunca vi a Daniela tan feliz como cuando recibieron las llaves de ese departamento. Recuerda Javiera, su hermana menor, en una entrevista realizada meses después. Llevaban años ahorrando para eso. Nicolás y ella tenían todo planificado. Querían casarse en 2020. Ella soñaba con un matrimonio íntimo en una viña del valle de Colchagua. Hablaban de tener hijos en un par de años más. Todo parecía encajar perfectamente. La relación entre Daniela y Nicolás había comenzado de manera casi cinematográfica en 2015 durante un asado en la casa de unos amigos en común en Chicureo.
Él había llegado tarde directamente desde el aeropuerto después de un viaje de negocios a Buenos Aires. Ella estaba sentada en el jardín conversando sobre los últimos proyectos arquitectónicos que estaba desarrollando en el centro de Santiago. Según cuentan quienes presenciaron ese primer encuentro, la conexión fue instantánea. Nicolás se sentó junto a ella y no se separaron en toda la noche. Era de esas parejas que uno mira y piensa, así quiero que sea mi relación. comenta Rodrigo, amigo cercano de Nicolás, desde la universidad.

No eran de esas parejas melosas que andan pegadas todo el tiempo, pero se notaba el respeto mutuo, la complicidad. Cuando estábamos en algún carrete en Bellavista o en la Astarria, ellos tenían su propio mundo. Se entendían con miradas. Los padres de Daniela, Carmen y Roberto Fuentes, residentes en Viña del Mar, también confirmaban esta impresión. Nicolás era un muchacho educado, trabajador, de buena familia. Cuenta don Roberto, profesor jubilado de historia. Venía de una familia de ñuñoa, gente de clase media con valores.
Su padre era contador y su madre profesora igual que yo. Cuando Daniela nos lo presentó en un almuerzo familiar en el Mercado Cardonal de Valparaíso, nos cayó bien de inmediato. Se notaba que la trataba con cariño y respeto. Durante esos 4 años de relación, la pareja construyó una vida que muchos considerarían envidiable. Viajaban cada vez que podían. Habían recorrido el sur de Chile, desde Puerto Varas hasta Punta Arenas. Conocían San Pedro de Atacama y el Valle del Elqui.
Y habían hecho dos viajes internacionales, uno a Perú para conocer Machu Picchu y otro a Europa, donde pasaron tres semanas entre España, Francia e Italia. Las redes sociales de Daniela mostraban una secuencia de fotografías sonrientes. Ella y Nicolás en la plaza de armas de Cuzco, ambos con ponchos andinos, una selfie en la Torre Eiel, los dos brindando con vino chileno en una terraza con vista al cerro Santa Lucía. Pero más allá de los viajes y las fotografías perfectas, quienes conocían a la pareja destacaban algo más profundo, la manera en que se apoyaban mutuamente en sus carreras profesionales.
Nicolás había ascendido rápidamente en la empresa minera donde trabajaba, llegando a ocupar un puesto gerencial que le exigía viajar frecuentemente al norte del país, a las faenas en Antófagasta y Copiapó. Daniela, por su parte, acababa de ganar un concurso importante para diseñar un edificio de oficina sustentable en el sector de Nueva Las Condes, un proyecto que representaba un salto significativo en su carrera. Se admiraban mutuamente, explica Javiera. Daniela estaba orgullosa de los logros de Nicolás y él siempre hablaba maravillas del talento de mi hermana.
Cuando ella ganó ese concurso, Nicolás organizó una cena sorpresa en Boragó, uno de los mejores restaurantes de Santiago para celebrarlo. La llevó vendada de ojos en el auto. Ella lloró de emoción cuando se dio cuenta de lo que había hecho. Los vecinos del edificio de Vitacura, donde vivían, también coincidían en describirlos como una pareja modelo. Doña Eliana, quien vivía en el departamento de al lado, los veía frecuentemente en el ascensor. Siempre saludaban con una sonrisa. Eran muy educados.
Los fines de semana solían salir temprano con ropa deportiva, iban a correr al parque bicentenario o a andar en bicicleta por la ciclovía de Las Condes. Otras veces los veía llegar con bolsas del Jumbo, cargados de compras para cocinar juntos. Se les veía felices, tranquilos. Sin embargo, como en toda relación, no todo era perfecto todo el tiempo. Algunos amigos cercanos admiten que habían notado ciertos momentos de tensión, especialmente relacionados con los viajes laborales de Nicolás. A Daniela a veces le costaba que él se fuera tanto al norte, reconoce su prima Francisca.
No era que ella fuera celosa ni nada por el estilo, sino que lo echaba de menos. Él podía estar dos semanas seguidas en Calama o Antofagasta. Volvía apenas un fin de semana y luego tenía que viajar de nuevo. Pero ella lo entendía, sabía que era parte del trabajo de él. Nicolás, por su parte, había comentado con Rodrigo en más de una ocasión que sentía culpa por dejar sola a Daniela. Me decía que ella era muy comprensiva, que nunca le reclamaba, pero que él sentía que le debía más tiempo.
Recuerda, Rodrigo. Por eso, cuando pudieron, decidieron comprarse el departamento. Era una forma de Nicolás de decirle, “Esto es nuestro hogar. Aquí vamos a construir nuestra vida juntos.” Era su manera de compensar las ausencias. La familia Bravo, padres y hermanos de Nicolás, también pintaban un cuadro armonioso. Daniela era como una hija más para nosotros, dice la madre de Nicolás, la señora Patricia. Venía seguido a almorzar los domingos a nuestra casa en Ñuñoa. Le encantaban mis pastel de choclo y las empanadas.
Se quedaba ayudándome en la cocina mientras los hombres veían fútbol. Hablábamos de todo, de la pega, de los planes que tenían, de la familia que querían formar. Nunca, jamás noté nada raro entre ellos. En las semanas previas a lo que cambiaría todo para siempre, la vida de Daniela y Nicolás seguía su curso normal. Él había regresado de un viaje a la mina en Antofagasta el miércoles anterior. Daniela había presentado los primeros bocetos de su proyecto en Nueva Las Condes y había recibido comentarios muy positivos de los inversionistas.
El viernes habían ido a cenar a un restaurante peruano en Providencia con otro matrimonio amigo. Todo transcurría con normalidad. El sábado por la mañana, según el testimonio de Nicolás, que sería reconstruido después, desayunaron juntos en el departamento. Daniela tenía planes de ir al gimnasio y luego almorzar con Javiera en el Costanera Center. Nicolás aprovecharía para adelantar trabajo y responder correos que había dejado pendientes durante la semana. Era un sábado común, sin nada extraordinario en el horizonte, pero ese sábado común estaba a punto de convertirse en el día que dividiría la vida de decenas de personas en un antes y un después.
Un día que quedaría grabado en la memoria colectiva de Chile como el inicio de uno de los casos más perturbadores y desconcertantes que el país había visto en décadas. Porque lo que ocurriría en las próximas horas desafiaría toda lógica, rompería todas las certezas y dejaría una pregunta que todavía hoy, años después sigue sin respuesta. ¿Cómo puede alguien desaparecer completamente en un lugar donde en teoría era imposible que algo saliera mal? El sábado 19 de octubre de 2019 amaneció en Santiago con un cielo despejado y una temperatura que prometía alcanzar los 23 gr hacia el mediodía.
Era uno de esos días perfectos de primavera que invitaban a salir, a disfrutar de los parques, a sentarse en alguna terraza del barrio lasarria o simplemente a caminar por la ciudad sin más plan que dejarse llevar. Pero para Daniela Fuentes y Nicolás Bravo, ese sábado sería cualquier cosa menos perfecto. Según la reconstrucción posterior de los hechos basada en testimonios, registros de cámaras de seguridad y análisis de comunicaciones telefónicas, la mañana comenzó sin ninguna señal de alarma. A las 8:15 de la mañana, Daniela publicó una historia en Instagram mostrando su desayuno.
Un café con leche y tostadas con palta, típico desayuno chileno. En la esquina de la imagen se veía parte del ventanal del departamento con la cordillera nevada al fondo. La foto llevaba un sticker de corazón y la frase, “Buen fin de para todos”. Nada en ese mensaje sugería preocupación, miedo o conflicto. A las 9 de la mañana, Javiera recibió un mensaje de WhatsApp de su hermana confirmando el almuerzo que habían planeado. Paso por ti, tipo una hermanita.
Muero por el ceviche del Costanera, decía el mensaje acompañado de emojis de pescado y carita feliz. Javiera respondió con un pulgar arriba y un Dale, te espero. Ese fue el último mensaje que Daniela enviaría. Entre las 9 y las 10 de la mañana, Daniela salió del departamento rumbo al gimnasio Smartfit, ubicado en avenida Vitacura, a apenas 10 minutos caminando desde su edificio. Las cámaras de seguridad del lobby del edificio la captaron saliendo a las 9:47 am. Llevaba puestos calzas negras, una polera deportiva rosada, zapatillas Nike blancas y una coleta alta.
En su mano derecha llevaba una botella de agua reutilizable de color turquesa y en la izquierda su teléfono celular. Su expresión era relajada, normal. Incluso saludó con una sonrisa al conserje don Patricio, quien le sostuvo la puerta. La vi salir como siempre, recuerda don Patricio, un hombre de 58 años que lleva 15 trabajando como conserge en edificios de Vitacura. Daniela era una niña muy simpática, muy educada, siempre saludaba, siempre preguntaba cómo estaba uno. Ese día no noté nada diferente, se veía bien, contenta.
Me dijo, “Que tenga buen día, don Pato.” Y salió. Nunca pensé que esa sería la última vez que la vería. Las cámaras de seguridad del gimnasio muestran a Daniela ingresando a las 9:54 a. Durante la siguiente hora, aparentemente siguió su rutina habitual. Trotadora, pesas, algunos ejercicios de elongación. Una compañera de gimnasio, Marcela Rojas, con quien Daniela compartía ocasionalmente algunos ejercicios, la vio ese día. Estuvimos conversando unos minutos en la zona de pesas. Me contó que estaba emocionada porque pronto empezarían las obras de su proyecto en Nueva Las Condes.
Se le veía feliz, motivada. Hablamos de lo terrible que estaba el taco en Santiago con las manifestaciones que habían empezado el viernes, nada más. Después, cada una siguió con su rutina. Aquí es importante hacer un paréntesis para contextualizar. El 18 de octubre de 2019, un día antes de estos hechos, había estallado en Chile lo que se conocería como el estallido social, una serie de masivas manifestaciones y protestas que paralizarían el país durante meses. Había comenzado con evasiones masivas del metro por parte de estudiantes secundarios en protesta por el alza del pasaje, pero rápidamente escaló a demandas sociales más amplias.
Esa noche del viernes 18, Santiago había vivido escenas de caos, estaciones de metro incendiadas, saqueos, represión policial y toque de queda. El sábado 19 por la mañana, la ciudad todavía procesaba el shock de lo ocurrido la noche anterior. A las 11:03 a, las cámaras del gimnasio muestran a Daniela saliendo del establecimiento. Nuevamente, nada en su comportamiento llamaba la atención. iba mirando su teléfono mientras caminaba hacia la salida. Algunas personas que estudiaron las imágenes después señalaron que parecía estar escribiendo un mensaje.
Se desconoce a quién le escribía o qué decía ese mensaje, porque a partir de ese momento el rastro de Daniela se vuelve confuso, fragmentado, contradictorio. Lo que se sabe es que Daniela no regresó directamente al departamento. Los registros de su teléfono celular analizados después por la Policía de Investigaciones muestran que su dispositivo se conectó a una antena de telefonía ubicada en la zona del parque bicentenario a unos 15 minutos caminando del gimnasio. Esto sugiere que Daniela decidió dar un paseo por el parque antes de volver a casa, algo que no era inusual en ella.
A Javiera le había comentado varias veces que le gustaba caminar por el parque después del gimnasio para relajarse. El parque bicentenario es uno de los espacios verdes más hermosos de la zona oriente de Santiago. con su laguna artificial, sus áreas de picnic, sus senderos rodeados de árboles y su vista privilegiada hacia la cordillera, es un lugar frecuentado por familias, deportistas y personas que simplemente buscan un momento de paz en medio del bullicio urbano. Ese sábado por la mañana, a pesar de la tensión que se vivía en Santiago, el parque tenía visitantes, padres con sus hijos alimentando a los patos, parejas haciendo ejercicio, gente mayor sentada en los bancos disfrutando del sol.
Y aquí es donde comienza el misterio que hasta hoy no tiene explicación clara, porque nadie vio a Daniela en el parque. Nadie que posteriormente fuera entrevistado por la policía pudo confirmar haberla visto caminando por los senderos, sentada en algún banco o cerca de la laguna. Es como si Daniela Fuentes se hubiera vuelto invisible. Las cámaras de seguridad del parque, que existen pero son limitadas y no cubren todas las áreas, no captan su imagen en ningún momento. Esto podría explicarse por el hecho de que el parque es extenso y las cámaras solo cubren ciertas zonas específicas como los accesos principales y el área de juegos infantiles.
Pero la ausencia total de testigos que la hayan visto es como mínimo extraña. A la 1 de la tarde, hora en que Daniela había quedado de pasar a buscar a Javiera, no llegó. Javiera esperó 15 minutos antes de llamarla. El teléfono de Daniela sonó, pero nadie contestó. Javiera pensó que quizás su hermana se había entretenido en algún lado o que había tráfico. Le escribió por WhatsApp, “¿Dónde estás? Ya tengo hambre.” Jajaja. El mensaje llegó al teléfono de Daniela, indicado por las dos palomitas grises, pero no fue leído.
Eso tampoco era necesariamente alarmante. A veces uno está ocupado y no revisa el teléfono de inmediato. A la 1:30, Javiera comenzó a preocuparse. Llamó nuevamente. Nada. Escribió otro mensaje. Dani, ¿estás bien? Avísame algo. A las 2 de la tarde, ya genuinamente preocupada, Javiera llamó a Nicolás. Él contestó al primer timbre. Javiera, “Hola, ¿cómo estás?”, dijo con voz tranquila, sin señales de alarma. Cuando Javiera le preguntó si sabía dónde estaba Daniela, Nicolás respondió con naturalidad. “Salió al gimnasio en la mañana.
Debe estar por llegar. ¿Por qué? ¿Pasó algo?” Javiera le explicó que Daniela había quedado de pasar por ella a la 1 y que no respondía llamadas ni mensajes. Nicolás, según el relato de Javiera, sonó sorprendido, pero no alarmado. Ah, es raro. Quizás se quedó conversando con alguien o tuvo que pasar a comprar algo. Ya sabes cómo es tu hermana, se distrae, pero ya debe estar llegando. Yo le marco y te aviso. La conversación terminó ahí. Nicolás llamó a Daniela sin respuesta.
Le escribió, “Amor, ¿dónde estás? Tu hermana te está esperando.” El mensaje llegó, pero no fue leído. Nicolás esperó unos minutos y volvió a llamar. Nada. A las 2:30 de la tarde, Nicolás comenzó a sentir una punzada de preocupación. Llamó nuevamente a Javiera. “Oye, no me contesta. Le escribiste tú de nuevo. Javiera confirmó que sí, que había llamado y escrito varias veces sin obtener respuesta. Fue entonces cuando Nicolás bajó a hablar con don Patricio, el conserje. Don Pato vio salir a Daniela después de volver del gimnasio.
Don Patricio revisó su registro mental de la mañana. No, don Nicolás. La vi salir como a las 104 para el gimnasio, pero no la he visto regresar. Nicolás sintió que algo en su estómago se tensaba, subió al departamento y revisó las cosas de Daniela. Su cartera estaba sobre la cómoda del dormitorio. Su billetera con sus tarjetas y dinero en efectivo estaba dentro de la cartera. Las llaves del auto colgaban del llavero junto a la puerta. Todo estaba en su lugar.
Todo excepto Daniela. A las 3 de la tarde, Nicolás volvió a llamar a Javiera, esta vez con la voz notoriamente más tensa. Javiera, algo no está bien. No ha vuelto al depa. Dejó todas sus cosas aquí, su cartera, sus llaves. No sé dónde puede estar. Javiera asintió que el corazón se le aceleraba. Nicolás, tenemos que buscarla. Voy para allá. Mientras Javiera conducía desde su departamento en providencia hacia Bitakura, sorteando las calles todavía parcialmente cortadas por las protestas, Nicolás empezó a llamar a amigas de Daniela, preguntando si la habían visto o si sabían algo de ella.
Todas respondieron lo mismo. No, no la habían visto desde el viernes. Cuando Javiera llegó al departamento, encontró a Nicolás, visiblemente nervioso caminando en círculos por el living. Juntos decidieron ir al gimnasio a preguntar. El encargado del Smart Fit revisó los registros y confirmó que Daniela había ingresado a las 9:54 y había salido a las 11:03. Les mostró las imágenes de las cámaras. Miren, aquí sale. Se ve que está bien, normal. Nicolás y Javiera miraron la pantalla con desesperación creciente.
Ahí estaba Daniela, viva, moviéndose, existiendo. ¿Cómo era posible que apenas 4 horas después no supieran dónde estaba? A las 5 de la tarde, después de recorrer el parque bicentenario gritando su nombre, de preguntar a vecinos y comerciantes de la zona si la habían visto, de llamar a cada contacto en el teléfono de Daniela que pudieran ubicar, tomaron la decisión que ninguna familia quiere tomar jamás. Fueron a la comisaría de Vitacura a reportar su desaparición. El funcionario de guardia, un carabinero joven, tomó los datos con la expresión de quien ha escuchado esto muchas veces antes.
Tranquilos, en el 90% de estos casos la persona aparece en las próximas horas. Seguramente tuvo algún problema con el teléfono y está en algún lado sin poder avisar. Vamos a hacer el registro y activar la búsqueda. Pero Nicolás y Javiera sabían que esto era diferente. No había pelea previa, no había problemas económicos, no había señales de depresión o pensamientos suicidas. Daniela no era de las personas que desaparecían sin avisar y sobre todo estaba ese detalle que no dejaba de repetirse en la cabeza de Nicolás.
dejó su cartera, sus llaves, su billetera. ¿Quién desaparece voluntariamente sin llevarse esas cosas básicas? Esa noche, mientras Santiago vivía su segunda noche de toque de queda y las calles se llenaban de tanquetas y humo de lacrimógenas, en un departamento de Vitacura, una familia comenzaba a vivir su propia pesadilla. Una pesadilla silenciosa, invisible para los millones de chilenos que esa noche estaban pendientes de las noticias sobre las protestas. Una pesadilla que recién comenzaba y que los llevaría por un camino oscuro de preguntas sin respuestas, sospechas sin pruebas y un dolor que no termina nunca porque no hay cierre, no hay certezas, no hay cuerpo que enterrar ni despedida que dar.
Solo la ausencia absoluta de alguien que 4 horas antes estaba viva, saludable y caminando por las calles de Santiago. Los primeros rayos del domingo 20 de octubre iluminaron un Santiago irreconocible. Las avenidas principales amanecieron con restos de barricadas quemadas, vidrios rotos de locales saqueados y las paredes rayadas con consignas de protesta. Pero mientras la ciudad procesaba el shock del estallido social, en la Fiscalía Oriente y en el cuartel de la PDI de Vitacura, comenzaba a movilizarse un operativo que crecería en intensidad con cada hora que pasaba, sin noticias de Daniela Fuentes.
La fiscal Carmen Herrera, una mujer de 46 años con más de 20 años de experiencia en casos de personas desaparecidas, fue asignada al caso ese domingo en la mañana. En una entrevista realizada meses después, Herrera describió su primera impresión. Cuando leí el reporte, inmediatamente noté elementos que no calzaban con una desaparición voluntaria. una mujer adulta, profesional, exitosa, en una relación estable, con planes concretos para ese mismo día, que sale a hacer ejercicio y simplemente no vuelve, dejando todas sus pertenencias, sin antecedentes de problemas psiquiátricos, sin deudas, sin conflictos aparentes.
Eso no es un perfil típico de fuga voluntaria. Lo primero que hizo la PDI fue rastrear la última ubicación conocida del teléfono de Daniela. Los datos de las antenas de telefonía mostraron que el celular se había conectado por última vez a una torre en la zona del Parque Bicentenario a las 11:24 a del sábado. Después de esa hora, el teléfono simplemente dejó de emitir señal. Esto podía significar tres cosas. que la batería se había agotado, que el teléfono había sido apagado o destruido o que había perdido cobertura por estar en algún lugar sin señal.
El detective Jorge Cisternas, a cargo del caso en la PDI, ordenó un operativo de rastrillaje del parque bicentenario que comenzó a las 8 de la mañana del domingo. 20 funcionarios policiales recorrieron cada metro del parque revisando arbustos, mirando dentro de contenedores de basura, buscando en los baños públicos, investigando cada rincón donde un cuerpo o un teléfono pudieran estar ocultos. Buzos especializados se sumergieron en la laguna artificial del parque. Encontraron basura, algunas monedas, un par de anteojos de sol.
No encontraron el teléfono de Daniela. No encontraron ninguna pertenencia suya. No encontraron nada que indicara que ella había estado allí. Paralelamente, los detectives comenzaron a entrevistar a cada persona que había estado en el parque o sus alrededores el sábado por la mañana. Hablaron con vendedores de completos de un carro ubicado en la entrada del parque con una señora que vendía globos para niños, con deportistas que habían estado entrenando, con una pareja de adultos mayores que alimentaba a los cisnes de la laguna todos los sábados a la misma hora.
Nadie, absolutamente nadie, recordaba haber visto a una mujer que correspondiera a la descripción de Daniela. Es como si se la hubiera tragado la tierra, comentó el detective Cisternas en una reunión con la fiscal herrera esa tarde del domingo. Tenemos confirmado por los registros telefónicos que su celular estuvo en el parque o sus inmediaciones, pero no hay una sola cámara que la haya captado, no hay un solo testigo que la haya visto. En 20 años haciendo esto, nunca me había encontrado con algo así.
El foco de la investigación se amplió entonces a revisar todas las cámaras de seguridad de los edificios, comercios y calles aledañas al recorrido entre el gimnasio y el parque. La PDI recopiló más de 50 horas de grabaciones de cámaras públicas y privadas. Los analistas pasaron días enteros mirando esas imágenes, buscando el flash de una polera deportiva rosada, una coleta alta oscilando cualquier rastro de Daniela. Y aquí apareció algo. A las 11:09 a, una cámara de seguridad de una farmacia ubicada en Avenida Bicentenario captó a una mujer que podría ser Daniela caminando por la vereda en dirección al parque.
La imagen era granulada, tomada desde lejos, pero la ropa y el físico coincidían. La mujer caminaba sola, con paso normal, mirando su teléfono. No parecía estar siendo seguida ni amenazada. Esa fue la última imagen potencial de Daniela. Después de esa grabación, nada desapareció en un radio de cuatro cuadras que incluía el parque, algunos edificios residenciales y un pequeño centro comercial. Un área que no es particularmente extensa, que tiene movimiento de personas incluso en día sábado, que cuenta con varias cámaras de seguridad y que no tiene zonas oscuras o peligrosas evidentes.
¿Cómo es posible que alguien desaparezca en un lugar así? Mientras tanto, la familia de Daniela vivía horas interminables de angustia. Carmen y Roberto Fuentes viajaron desde Viña del Mar a Santiago esa tarde del domingo. Encontraron a Javiera y a Nicolás destruidos, sin haber dormido, pegados a sus teléfonos esperando una llamada, un mensaje, cualquier señal. “Mi hija no desaparecería así”, repetía doña Carmen entre lágrimas. Algo le pasó, alguien le hizo algo. Mi hija no nos dejaría así. Don Roberto, más contenido, pero igualmente devastado, se enfocó en lo práctico.
Junto con Nicolás diseñaron volantes con la foto de Daniela y los pegaron por todo el barrio. ¿Ha visto a esta mujer? Daniela Fuentes, 32 años, desaparecida desde el sábado 19 de octubre, última vez vista en sector parque bicentenario Vitacura. incluyeron descripciones detalladas. 1,65 m de estatura con textura delgada, cabello castaño largo hasta los hombros, ojos cafés sin tatuajes ni marcas distintivas, los números de contacto de la familia y de la PDI. Las redes sociales explotaron con el caso.
La foto de Daniela, sonriente en una imagen tomada semanas antes en el sur de Chile se compartió miles de veces. El hashtag dónde está Daniela comenzó a circular por Twitter. Amigos, conocidos y completos desconocidos se sumaron a la búsqueda. Grupos de voluntarios se organizaron para recorrer no solo Vitacura, sino otras comunas, otros parques, preguntando en hospitales, refugios, incluso en poblaciones alejadas del sector oriente. La televisión recogió el caso. Los noticieros que esos días estaban completamente enfocados en la crisis social abrieron espacios para reportar sobre la desaparición.
Pero a medida que pasaban los días, algo comenzó a cambiar en el ambiente, sutilmente al principio, luego de manera más evidente, las miradas hacia Nicolás empezaron a volverse diferentes. En los programas de televisión, panelistas comenzaron a cuestionar detalles de su relato. ¿Por qué no se preocupó antes cuando Daniela no respondía? ¿Por qué esperó hasta las 5 de la tarde para ir a la policía? ¿Qué había estado haciendo exactamente él esa mañana mientras Daniela salía? Las estadísticas frías e implacables comenzaron a circular.
En la mayoría de los casos de mujeres desaparecidas o asesinadas, el responsable es la pareja o expareja. El detective Cisternas, siguiendo los protocolos estándar de investigación, sometió a Nicolás a interrogatorios exhaustivos. Necesitamos que nos cuente con exactitud qué hizo usted desde que Daniela salió del departamento hasta que reportó su desaparición”, le dijo en una sala de entrevistas de la PDI el lunes por la mañana. Nicolás, acompañado por un abogado que la familia había contratado, relató minuciosamente su mañana.
Se despertó alrededor de las 8, desayunó con Daniela. Ella se preparó para ir al gimnasio. Salió cerca de las 10:15. Él se quedó trabajando en su computador respondiendo correos atrasados del trabajo. No salió del departamento en toda la mañana. Almorzó solo un sándwich que preparó con jamón y queso que tenían en el refrigerador. Siguió trabajando hasta que Javiera llamó preguntando por Daniela. “¿Alguien puede corroborar que usted estuvo en el departamento durante esas horas?”, preguntó Cisternas. Nicolás negó con la cabeza.
Vivían solos. Él no había hecho llamadas telefónicas. No había pedido dely, no había recibido visitas. Los registros de su computador mostraban efectivamente actividad durante esa mañana, correos enviados entre las 10 y la 1 de la tarde, pero eso no era prueba definitiva de que él hubiera estado en el departamento. Los correos podrían haberse programado o podrían haberse enviado desde otro lugar. La PDI solicitó autorización judicial para revisar exhaustivamente el departamento de Vitacura. El miércoles 23 de octubre, un equipo forense completo ingresó al lugar.
Buscaban manchas de sangre, signos de lucha, cualquier indicio de que algo violento hubiera ocurrido allí. Utilizaron luminol en todas las superficies, revisaron cañerías, levantaron alfombras, abrieron cada closet. El departamento estaba impecablemente limpio, demasiado limpio, pensaron algunos. Pero no encontraron nada sospechoso, ni una gota de sangre, ni un cabello fuera de lugar que sugiriera violencia. El departamento simplemente estaba normal, como si Daniela hubiera salido a hacer ejercicio y en cualquier momento fuera a regresar. Revisaron también el auto de Nicolás, un Mazda 3 gris que estaba estacionado en el subterráneo del edificio.
Nada. Buscaron en la basura del edificio los desechos de los días previos y posteriores a la desaparición. Nada. Entrevistaron nuevamente a vecinos preguntando si habían escuchado gritos, ruidos extraños, movimientos inusuales. Nadie había oído nada fuera de lo común. La familia de Daniela comenzó a fracturarse emocionalmente bajo la presión. Javiera defendía a Nicolás. Él no tiene nada que ver con esto. Lo conozco. Sé como quería a mi hermana. Están perdiendo tiempo investigándolo a él en lugar de buscar realmente qué pasó.
Pero don Roberto no estaba tan seguro. No digo que él haya hecho algo, pero algo no me cuadra. ¿Cómo es posible que en un edificio con cámaras, con conserge, nadie haya visto nada? ¿Cómo es posible que Daniela salga y simplemente desaparezca? El detector de mentiras. Esa fue la carta que la PDI jugó la segunda semana de investigación. Nicolás aceptó voluntariamente someterse a un polígrafo. Los resultados fueron inconclusos. No mostraban deceptividad clara, pero tampoco eran categóricamente limpios. “Los polígrafos no son ciencia exacta”, explicó un experto consultado por la fiscalía.
El estrés extremo, el miedo, la angustia genuina pueden producir resultados que parecen sospechosos incluso en personas inocentes. Y un psicópata entrenado o muy controlado puede pasar un polígrafo limpiamente. No podemos basar una investigación solo en esto. Entonces apareció un nuevo elemento. Una compañera de trabajo de Daniela, Patricia Muñoz, se presentó voluntariamente a declarar en la fiscalía. Había estado fuera de Santiago durante el fin de semana del estallido y recién se había enterado de la desaparición. Tenía información que consideraba relevante.
Daniela me comentó hace como un mes que había tenido una discusión fuerte con Nicolás. No me dio muchos detalles, pero dijo que él había estado muy estresado con el trabajo, que lo sentía distante. Dijo que habían hablado y que estaban bien, que era solo una etapa difícil por la carga laboral de él, pero mencionó que Nicolás le había dicho algo que la incomodó, algo como que a veces sentía que ella lo presionaba mucho con el tema del matrimonio y los hijos.
Este testimonio, aunque no probaba nada concreto, agregó una capa de complejidad al caso. Había tensiones en la relación que la familia y amigos cercanos no conocían. Era Daniela de las personas que guardaban sus problemas para no preocupar a otros. Los investigadores volvieron a entrevistar a Nicolás sobre este punto específico. Él admitió que sí habían tenido una conversación tensa semanas atrás. Yo estaba muy estresado por el trabajo. Me habían asignado un proyecto enorme en la mina de Antofagasta y sentía que no daba abasto.
Un día llegué agotado y Daniela quería que habláramos sobre fijar fecha de matrimonio. Yo le dije que no era buen momento que esperáramos a que se calmaran las cosas. Ella se molestó. dijo que siempre posponía el tema, discutimos, pero al día siguiente hablamos tranquilos, nos pedimos disculpas, quedó todo bien. Eso fue hace un mes. Desde entonces todo estaba normal, se los juro. ¿Era discusión relevante? ¿Podía una tensión de un mes atrás, aparentemente resuelta, tener relación con la desaparición?
La fiscal Herrera no descartaba ninguna línea de investigación, pero tampoco quería obsesionarse con Nicolás si había otras posibilidades. No podemos caer en el error de enfocarnos tanto en la pareja que dejemos de ver otras opciones advirtió a su equipo. Y otras opciones existían. Santiago estaba en medio de un estallido social. Había caos en las calles, delincuencia aprovechando el desorden, grupos violentos actuando. ¿Podría Daniela haber sido víctima de un crimen oportunista? ¿Un secuestro que salió mal? ¿Un robo que escaló a algo peor?
El problema con esta teoría era que no había ninguna evidencia de forcejeo, no había testigos de un rapto, no había llamadas de rescate, no había movimientos en sus cuentas bancarias. A los 15 días de la desaparición, el caso había llegado a un punto muerto frustrante. Miles de horas de trabajo policial, cientos de entrevistas, decenas de cámaras revisadas, rastrillajes extensos del parque y zonas aledañas. Y nada. Daniela Fuentes seguía siendo un fantasma, una mujer que había salido a hacer ejercicio una mañana de sábado y se había esfumado sin dejar rastro, como si nunca hubiera existido, pero sí había existido.
tenía familia que la extrañaba, amigos que la buscaban, una vida que había quedado congelada en ese maldito sábado 19 de octubre y en algún lugar de alguna forma tenía que haber respuestas, tenían que haberlas. A un mes de la desaparición de Daniela Fuentes, Chile seguía convulsionado por el estallido social. Las manifestaciones continuaban en Plaza Italia, que había sido rebautizada popularmente como plaza de la dignidad. Pero para la familia Fuentes y para miles de personas que seguían el caso por redes sociales y medios de comunicación, había otra plaza, otro espacio de resistencia, las rejas del Palacio de la Moneda, donde cada domingo se reunían familiares de personas desaparecidas exigiendo respuestas.
Entre las fotografías de detenidos desaparecidos de la dictadura, ahora aparecía también la imagen sonriente de Daniela. Doña Carmen asistía religiosamente cada domingo con un cartel que decía Daniela Fuentes, 32 años, arquitecta, desaparecida el 19 de octubre en Vitacura, si sabes algo, habla. Su rostro, envejecido por el dolor de semanas sin dormir adecuadamente, se había vuelto familiar para los transeútes del centro de Santiago. Los medios la entrevistaban constantemente. Su ruego era siempre el mismo. Solo quiero saber dónde está mi hija.
Si está viva, que vuelva con nosotros. Si está muerta, poder enterrarla con dignidad. No poder despedirse es una tortura que no se la deseo a nadie. En paralelo, la investigación policial había tomado múltiples direcciones, cada una con sus propios investigadores, cada una con sus propias hipótesis. El detective Cisternas coordinaba al menos cinco líneas de investigación simultáneas, consciente de que en casos de desaparición cada hora que pasa disminuye las probabilidades de encontrar a la persona con vida. La primera línea seguía centrándose en Nicolás, ahora bajo una lupa aún más potente.
Los investigadores reconstruyeron minuciosamente sus movimientos, no solo del día de la desaparición, sino de las semanas previas. revisaron sus cuentas bancarias buscando transacciones sospechosas, compras de palas, bolsas grandes, combustible en exceso, cualquier cosa que pudiera sugerir preparación para ocultar un cuerpo. No encontraron nada fuera de lo común. Gastos normales, supermercado, bencina, algunos almuerzos en restaurantes del sector empresarial, una compra en una librería, analizaron su computador y su teléfono celular. Los técnicos forenses digitales revisaron cada correo, cada mensaje de WhatsApp, cada búsqueda en internet.
Buscaban búsquedas comprometedoras, cómo ocultar un cuerpo, cómo borrar evidencia, venenos indetectables, cualquier cosa que revelara intención criminal. Lo que encontraron fue la vida digital de un ingeniero comercial normal, correos de trabajo, conversaciones banales con amigos sobre fútbol y asados, mensajes cariñosos con Daniela, donde hablaban de sus planes de matrimonio, búsquedas de Google sobre temas laborales de minería, algunas consultas sobre restaurantes y lugares para viajar, pero había algo que incomodaba a los investigadores en los días posterior a la desaparición.
Antes de que el teléfono de Nicolás fuera incautado para análisis, él había borrado parte de su historial de navegación. Cuando los técnicos lo confrontaron con esto, Nicolás explicó que era algo que hacía regularmente, que le gustaba mantener su teléfono limpio, que no había nada sospechoso en ello. Los técnicos pudieron recuperar parte de ese historial borrado. encontraron búsquedas de noticias sobre la desaparición, artículos sobre protocolos policiales en casos de personas desaparecidas, foros donde se discutía el caso, todo comprensible para alguien desesperado por encontrar respuestas.
Pero también encontraron que dos días después de la desaparición, Nicolás había buscado información sobre abogados penalistas especializados en casos de homicidio. Cuando fue interrogado sobre esta búsqueda específica, Nicolás rompió en llanto. Me estaban mirando como sospechoso desde el primer día. Yo no hice nada, pero sé cómo funcionan estas cosas. He visto series, he leído noticias, siempre culpan al esposo. Estaba aterrado. Busqué abogados porque tenía miedo de que me inculparan por algo que no hice. un crimen querer protegerse.
La fiscal herrera entendía su punto, pero también sabía que una persona completamente inocente y enfocada únicamente en encontrar a su pareja desaparecida, no suele pensar en contratar abogados penalistas en las primeras 48 horas. La segunda línea de investigación exploraba la posibilidad de un crimen oportunista relacionado con el caos del estallido social. Los detectives revisaron reportes policiales de esos días, robos, agresiones, saqueos, detenciones. Buscaban cualquier patrón que pudiera conectarse con la desaparición de Daniela. Entrevistaron a delincuentes conocidos del sector, ofreciendo incluso reducciones de condenas por información relevante.
Nada. Nadie sabía nada sobre una arquitecta desaparecida en Vitacura. Investigaron también la posibilidad de trata de personas. Chile, como muchos países de América Latina, enfrenta redes de tráfico humano. Pero el perfil de Daniela no calzaba con las víctimas típicas. Era adulta, profesional, con familia presente, no estaba en situación de vulnerabilidad económica. Además, las redes de trata suelen actuar en otros contextos, no secuestrando mujeres en pleno día en barrios acomodados. Aún así, la PDI coordinó con Interpol para verificar si había casos similares en otros países, si había algún patrón de desapariciones de mujeres jóvenes profesionales.
No encontraron conexiones. La tercera línea de investigación, quizás la más dolorosa para la familia, exploraba la posibilidad de suicidio. Las estadísticas muestran que un porcentaje significativo de personas desaparecidas han tomado voluntariamente la decisión de quitarse la vida. La PDI buscó en lugares habituales puentes conocidos como puntos de suicidio acantilados en la costa, zonas boscosas alejadas. Buzos exploraron sectores del río Mapocho, donde el agua era más profunda. No encontraron nada. Además, todos los que conocían a Daniela coincidían en que no mostraba signos de depresión, no había dejado notas, no había dado señales de despedida, no había puesto sus asuntos en orden, como suele ocurrir en suidios planificados.
Un psiquiatra forense, el Dr. Ramiro Soto, analizó el perfil psicológico de Daniela, basándose en entrevistas con familiares, amigos y revisión de sus redes sociales. Su conclusión fue clara. no presenta el perfil típico de una persona con idea suicida activa. Sus publicaciones muestran planes a futuro, ilusión por sus proyectos, conexión emocional con su entorno. Si bien es cierto que algunas personas ocultan muy bien su sufrimiento, en el caso de la señora Fuentes, no hay absolutamente ningún indicador que apunte en esa dirección.
La cuarta línea investigaba la remota posibilidad de fuga voluntaria. Quizás Daniela había decidido comenzar una nueva vida, desaparecer de manera intencional, pero esta teoría se caía con la evidencia. Dejó su billetera, su documentación, no retiró dinero de sus cuentas, no compró pasajes, no se registró en ningún hotel. Una desaparición voluntaria exitosa requiere planificación, recursos, documentos falsos. Daniela no tenía nada de eso. Además, ¿por qué tenía una buena vida, una carrera exitosa, planes de matrimonio, qué motivación tendría para huir?
Mientras las investigaciones oficiales avanzaban en estas múltiples direcciones sin resultados concretos, en las redes sociales y en programas de televisión especializado en casos policiales, surgían teorías alternativas, algunas más disparatadas que otras. Un programa de televisión sensacionalista sugirió que Daniela podría haber sido víctima de una red de tráfico de órganos. No había ninguna evidencia que sustentara esto, pero el simple hecho de que lo mencionaran en televisión le dio una apariencia de credibilidad ante ciertos sectores del público. Un usuario de Twitter desarrolló una elaborada teoría conspirativa según la cual la desaparición estaba relacionada con el proyecto arquitectónico que Daniela estaba desarrollando en Nueva Las Condes.
Según esta teoría, el edificio se iba a construir sobre un terreno que tenía intereses ocultos, quizás lavado de dinero. Y Daniela había descubierto algo que la hacía peligrosa. La teoría se compartió miles de veces. Generó debates acalorados. Incluso hubo gente que fue a manifestarse frente al terreno donde se iba a construir el edificio. La PDI investigó esta línea. También revisaron todos los contratos, todos los inversionistas del proyecto, los permisos municipales, todo estaba en orden. No había nada sospechoso.
En un foro de internet dedicado a casos sin resolver, un usuario que decía ser investigador privado afirmaba tener información de que Nicolás tenía una amante, que Daniela lo había descubierto y que esa era la verdadera razón de la desaparición. Los investigadores rastrearon este rumor, revisaron exhaustivamente la vida de Nicolás, sus viajes, sus redes sociales, entrevistaron a compañeras de trabajo, no encontraron ninguna evidencia de infidelidad. El rumor era solo eso, un rumor infundado que causaba dolor adicional a una familia ya destrozada.
Lo que estas teorías reflejaban era la desesperación colectiva por encontrarle sentido a lo inexplicable. El ser humano necesita narrativas, necesita razones, necesita que las cosas tengan lógica. Una desaparición sin explicación desafía nuestra necesidad de orden. Nos confronta con la aterradora realidad de que a veces las cosas simplemente no tienen sentido, que la vida puede ser brutalmente absurda. Javiera se había convertido en la portavoz oficial de la familia ante los medios. En una entrevista particularmente emotiva, con un programa matinal, con los ojos hinchados de llorar, pero la voz firme, dijo algo que resonó profundamente.
La gente quiere respuestas simples. Quieren que sea Nicolás porque así hay un culpable y un cierre. O quieren que sea un suicidio porque así hay una explicación. Pero la verdad es que no sabemos y vivir sin saber es un infierno que no se lo deseo a nadie. Mi hermana no era un personaje de serie policial, era una persona real, con vida real, con sueños reales y alguien algo se la llevó. Y necesitamos saber qué pasó, no para satisfacer la curiosidad pública, sino porque es mi hermana y la amo y merezco saber dónde está.
El día 19 de cada mes, la familia organizaba una vigilia en el parque bicentenario. Decenas de personas se sumaban llevando velas, globos blancos, carteles con la foto de Daniela. Cantaban canciones, compartían testimonios, mantenían viva la memoria y la esperanza. En una de esas vigilias, don Roberto tomó el megáfono y habló. Daniela, si me estás escuchando, si estás en algún lugar y puedes volver, sabes que te estamos esperando con los brazos abiertos. No hay juicio, no hay recriminación, solo amor.
Solo queremos que vuelvas. Y si alguien le hizo daño a mi hija, si alguien sabe algo y está callando por miedo o por complicidad, les digo que no van a tener paz. Pueden esconderse, pueden mentir, pero la verdad siempre sale a la luz, siempre. Nicolás asistía a estas vigilias, siempre apartado, siempre callado, con lentes oscuros que ocultaban sus ojos. Algunos lo saludaban con empatía, otros lo miraban con desconfianza. Él soportaba ambas reacciones con la misma expresión resignada.
En una ocasión después de una vigilia le confió a un periodista que se le acercó. Perdí a la mujer que amo y encima tengo que vivir con la sospecha de la gente. No tengo paz ni de noche ni de día. Por las noches sueño que está viva, que vuelve, que todo fue un error y despierto y el lado de la cama sigue vacío. La gente cree que si fuera culpable no sufriría así, pero la verdad es que sufro porque la amo y no sé dónde está.
Ni siquiera sé si sigue viva. Eso me está matando de a poco. A los dos meses de la desaparición, la fiscal Herrera tuvo que tomar una decisión difícil. Los recursos policiales son limitados, no pueden mantener indefinidamente operativos de búsqueda activa sin resultados. Se redujo el número de detectives asignados al caso. No se cerró la investigación, pero entró en lo que llaman fase de espera activa, seguir cualquier pista nueva que surgiera, pero no desplegar más rastrillajes masivos ni mantener equipos completos dedicados exclusivamente a esto.
Para la familia fue un golpe devastador. Sentían que el sistema los estaba abandonando, que Daniela estaba siendo olvidada. Pero no la olvidaban. En las redes sociales, el caso seguía vivo. Una cuenta de Instagram llamada Justicia para Daniela acumulaba más de 50,000 seguidores que compartían información, teorías, mensajes de apoyo. Se organizaron marchas exigiendo más recursos para la búsqueda. Se juntaron firmas para una petición dirigida al presidente de la República, solicitando que se mantuviera el caso como prioridad. Daniela Fuentes se había convertido en símbolo de algo más grande, de todas las mujeres desaparecidas, de todas las familias que buscan sin encontrar, de todas las preguntas sin respuesta que desgarran el alma.
Y Nicolás, mientras tanto, seguía su vida como podía. había vuelto al trabajo porque necesitaba mantenerse ocupado, porque quedarse en ese departamento lleno de recuerdos de Daniela lo estaba enloqueciendo. Sus compañeros lo trataban con una mezcla de compasión e incomodidad. Nadie sabía qué decir, cómo actuar. Él hacía su trabajo mecánicamente, sin el entusiasmo de antes, como un zombi cumpliendo funciones. Por las noches volvía al departamento que había sido su hogar feliz y ahora era un mausoleo de ausencias.
La ropa de Daniela seguía en el closet, su cepillo de dientes seguía en el baño, su taza favorita seguía en la alacena. Nicolás no podía sacar nada de eso. Hacerlo sería admitir que ella no volvería y él no estaba listo para esa admisión. El caso que había congelado a Chile seguía abierto, seguía sangrando, seguía doliendo, pero las respuestas, esquivas y crueles, se negaban a aparecer. 3 años. Han pasado 3 años desde aquella mañana de octubre de 2019, cuando Daniela Fuentes salió de su departamento en Vitacura para ir al gimnasio y nunca regresó.
Tres años en los que Chile vivió un estallido social, una pandemia global, un proceso constituyente, cambios políticos profundos. 3 años en los que la vida de millones de chilenos siguió adelante, transformándose, adaptándose. Pero para la familia Fuentes, el tiempo se detuvo el 19 de octubre de 2019 y nunca volvió a avanzar realmente. Don Roberto envejeció una década en esos 3 años. Su cabello, que conservaba algo de color cuando Daniela desapareció, ahora es completamente blanco. Camina más encorbado, como si llevara el peso del mundo sobre sus hombros, porque en cierta forma así es.
Doña Carmen desarrolló una arritmia cardíaca que los médicos atribuyen directamente al estrés crónico de vivir en incertidumbre permanente. Toma medicamentos para el corazón, para dormir, para la ansiedad. Me estoy muriendo de a poco”, le confesó a una amiga cercana. “Cada día que pasa sin saber dónde está mi hija, es como si me arrancaran un pedazo del alma.” Javiera tuvo que comenzar terapia psicológica intensiva. Desarrolló ataques de pánico que la paralizaban en momentos aleatorios en el supermercado, en el metro, en reuniones de trabajo.
El cerebro no puede procesar algo así, explicó su terapeuta. La muerte es terrible, pero hay un cierre. La desaparición sin explicación deja a la sique en un estado de alerta permanente, esperando información que nunca llega. Es un trauma que no sana porque nunca termina. El caso, que había sido noticia nacional durante semanas, gradualmente fue desapareciendo de los titulares. Así funciona el ciclo mediático. Hay una explosión de cobertura, luego declina, luego otros casos, otras tragedias, otras noticias ocupan el espacio.
Pero para quienes no olvidan, para quienes mantienen viva la búsqueda, Daniela sigue estando presente cada día. La cuenta de Instagram Justicia para Daniela sigue activa, aunque ahora con menos publicaciones. Cada 19 de mes, religiosamente publican la foto de Daniela con el recordatorio. 47 meses desaparecida, no olvidamos, no descansamos. La investigación oficial, aunque técnicamente abierta, está prácticamente congelada. El detective Cisternas se jubiló hace un año. En una entrevista informal antes de retirarse admitió con honestidad brutal: “He trabajado en más de 100 casos de desapariciones en mi carrera.
He visto de todo, pero este caso, este caso me va a perseguir hasta el final de mis días. Hicimos todo lo que se podía hacer. Revisamos cada cámara, entrevistamos a cientos de personas, seguimos cada pista, por absurda que pareciera, y nada. Es como si Daniela Fuentes se hubiera esfumado literalmente. No encuentro explicación lógica y eso para un detective es lo más frustrante que existe. La fiscal Herrera también fue reasignada a otros casos. El sistema judicial no puede mantener recursos indefinidos en investigaciones sin avances.
Cuando le preguntaron años después qué teoría personal tenía sobre lo que pasó, respondió con cuidado. Estadísticamente, la mayoría de las desapariciones de mujeres adultas en contextos urbanos tienen como responsable a alguien cercano, generalmente la pareja. Pero estadística no es prueba. En este caso específico, no encontramos evidencia física que incriminara a Nicolás Bravo ni a nadie más. Eso no significa que no haya pasado algo, significa que sí pasó, quien lo hizo fue extremadamente cuidadoso o que la verdad es algo que no hemos considerado.
Hay casos que simplemente permanecen sin resolver y por mucho que nos duela admitirlo, este parece ser uno de ellos. Nicolás Bravo sigue viviendo en Vitacura, aunque ya no en el departamento que compartió con Daniela. Ese lugar se volvió insoportable. Lo vendió al año de la desaparición, ignorando las críticas de quienes interpretaron la venta como señal de culpabilidad. No podía seguir viviendo ahí”, explicó a quien le preguntaba. Cada rincón me recordaba a ella. La cocina donde desayunamos por última vez, la ducha donde se preparó esa mañana, el sillón donde nos acurrucábamos a ver películas, era una tortura constante.
Se mudó a un departamento más pequeño en Las Condes. Vive solo. No ha vuelto a tener una relación sentimental. ¿Cómo podría? Le comentó a Rodrigo, su amigo, en una de las pocas veces que ha hablado abiertamente del tema. Daniela podría estar viva en algún lugar. ¿Cómo voy a seguir con mi vida como si nada hubiera pasado? Me sentiría como si la estuviera traicionando. Y aunque estuviera muerta, aunque supiera con certeza que está muerta, ¿cómo explico esto a otra persona?
Hola, soy Nicolás. Mi novia desapareció misteriosamente y la mitad del país cree que yo la maté. ¿Quieres salir conmigo?”, río amargamente después de decir esto. La relación entre Nicolás y la familia Fuentes se fracturó de manera irreparable. Javiera fue la última en mantener contacto con él, pero incluso esa relación se deterioró. “Quiero creerle”, le confesó a su terapeuta. “Cuando lo miro a los ojos, veo dolor genuino, pero también veo las estadísticas. Veo que es el único con oportunidad y me siento mal por dudarlo, pero también me sentiría peor si descubro que confié en el asesino de mi hermana.
Es un círculo vicioso de culpa y sospecha del que no puedo salir. Don Roberto y doña Carmen simplemente no pueden estar en la misma habitación que Nicolás. No es que tengan pruebas concretas de su culpabilidad, es que necesitan culpar a alguien y él es el candidato más obvio. Mientras haya 1% de posibilidad de que él esté involucrado, no puedo perdonarlo, dice don Roberto. Y hasta que aparezca Daniela o hasta que sepamos qué pasó, siempre habrá esa sombra de duda.
Los aniversarios son particularmente dolorosos. El cumpleaños de Daniela, el 15 de marzo se convirtió en un día de luto anual para la familia. El primer cumpleaños sin ella, cuando habría cumplido 33 años, la familia organizó una misa en la iglesia de Viña del Mar, donde Daniela había hecho su primera comunión. Doña Carmen llevó flores, muchas flores. Pusieron una foto de Daniela de tamaño natural en el altar. 33 años, mi niña bella, decía la inscripción en la corona de flores.
Te esperamos siempre. La iglesia estaba llena. Amigos de la infancia, compañeros de la universidad, vecinos, gente que apenas la conocía, pero que se sentía conmovida por la tragedia. Todos lloraron, todos rezaron. Nadie sabía qué decir que pudiera aliviar siquiera mínimamente el dolor. En los cumpleaños subsiguientes, las reuniones fueron más pequeñas, más íntimas. La familia aprendió que el dolor colectivo inicial se transforma con el tiempo en un dolor más privado, más silencioso. La gente eventualmente se cansa de llorar por ajenos.
Es cruel, pero real. Después del segundo año, las llamadas de amigos preguntando por novedades disminuyeron. Después del tercer año casi cesaron por completo. No es que no les importara, es que la vida exige seguir adelante. Y hay un límite a cuánto dolor ajeno uno puede cargar sin ahogarse. Patricia Muñoz, la compañera de trabajo de Daniela, quien había dado aquel testimonio sobre la discusión entre Daniela y Nicolás, vive con culpa. A veces pienso que no debí decir nada”, confesó en una entrevista de seguimiento.
Porque mi testimonio alimentó la sospecha sobre Nicolás sin aportar nada concreto. Todas las parejas discuten. Eso no significa que una persona sea capaz de hacer desaparecer a otra. Quizás debí quedarme callada. Pero también pienso que si no hubiera hablado y Nicolás resultara culpable, me sentiría cómplice por mi silencio. No hay forma de ganar en una situación así. El edificio donde vivían Daniela y Nicolás también fue marcado por el caso. Durante meses, turistas mórbidos y aficionados a casos criminales pasaban por ahí, tomaban fotos del exterior, hacían teorías.
El conserje don Patricio, quien había sido el último en ver a Daniel a salir del edificio, dejó el trabajo. No podía más, le explicó a un periodista que lo rastreó. Cada vez que alguien salía por esa puerta, por un segundo veía a Daniela. Cada vez que sonaba el ascensor, esperaba que fueran noticias. Me estaba volviendo loco. Necesitaba salir de ahí. En el parque Bicentenario, algunos vecinos instalaron una placa discreta en un banco con una inscripción en memoria de Daniela Fuentes, que encuentres paz donde quiera que estés.
La municipalidad no autorizó oficialmente la placa, pero nadie se ha atrevido a removerla. Se ha convertido en un pequeño lugar de peregrinación. Ocasionalmente alguien deja flores frescas ahí. Nadie sabe quién, pero aparecen rosas, margaritas, girasoles, como si el parque mismo guardara el recuerdo de alguien que quizás caminó por sus senderos una última vez. El estudio de arquitectura donde trabajaba Daniela le rindió un homenaje el primer aniversario de su desaparición. Crearon una beca estudiantes destacados de arquitectura con recursos limitados.
Daniela creía en el poder transformador del diseño”, dijo su jefe en la ceremonia de lanzamiento de la beca. Creía que los espacios bien pensados podían mejorar la vida de las personas. Esta beca es nuestra forma de mantener vivo su legado, de asegurarnos de que aunque ella no esté, su visión siga impactando al mundo. El proyecto del edificio sustentable en Nueva Las Condes que Daniela había ganado, fue retomado por otro arquitecto del estudio. Cuando el edificio se inauguró dos años después, se instaló una placa en el lobby.
Diseño original. Daniela Fuentes, arquitecta. Su talento y visión viven en estas paredes. La familia fue invitada a la inauguración. Javiera asistió. Don Roberto y doña Carmen no pudieron ver materializado el sueño de su hija sin que ella estuviera ahí para celebrarlo. Era demasiado doloroso. Expertos en psicología del duelo han estudiado casos como el de la familia Fuentes. El doctor Andrés Otomayor, especialista en duelo complicado, explica: “Cuando alguien muere hay un proceso natural de duelo. Es doloroso, es difícil, pero hay etapas, hay un camino.
Cuando alguien desaparece sin explicación, el cerebro no puede procesar eso adecuadamente. No hay cuerpo que enterrar, no hay certeza de muerte, pero tampoco hay esperanza real de reencuentro. La persona queda en un limbo psicológico que llamamos duelo ambiguo. Es uno de los duelos más complicados de procesar porque no hay cierre y sin cierre no hay sanación completa. La sociedad chilena, que vivió este caso intensamente durante meses, también carga con sus propias lecciones y traumas. El caso de Daniela Fuentes se sumó a una larga lista de casos de mujeres desaparecidas o asesinadas que evidencian una problemática más profunda.
La violencia de género, la inseguridad, las fallas en los sistemas de investigación. se convirtió en un caso simbólico que organizaciones feministas utilizan para exigir mejores protocolos, más recursos, mayor compromiso estatal con la búsqueda de mujeres desaparecidas. Cada 19 de octubre, en el aniversario de la desaparición, las redes sociales se llenan de publicaciones recordando el caso. 4 años sin Daniela Fuentes, dicen los posts acompañados de su foto sonriente. Los comentarios son una mezcla de solidaridad, teorías conspirativas renovadas, acusaciones contra Nicolás, oraciones, rabia impotente.
El caso sigue vivo en la memoria colectiva, aunque ya no con la intensidad inicial. Y la pregunta sigue ahí, suspendida en el aire como una herida que no cierra. ¿Qué le pasó a Daniela Fuentes? Fue víctima de un crimen pasional cuidadosamente ocultado. Fue secuestrada por alguien que aprovechó el caos del estallido social. sufrió algún accidente que dejó su cuerpo en un lugar donde no ha sido encontrado. Decidió voluntariamente desaparecer, escapar de una vida que desde afuera parecía perfecta, pero que para ella era insoportable.
Cayó en manos de una red criminal organizada. Cada teoría tiene sus proponentes, sus argumentos, sus supuestas evidencias, pero la verdad, esa verdad sólida y verificable que todos buscan desesperadamente sigue siendo esquiva. Los archivos de la investigación policial contienen miles de páginas de testimonios, análisis, informes, pero todas esas páginas no han producido una sola respuesta definitiva. Don Roberto, en una reflexión profunda durante una de las vigilias del tercer aniversario, compartió algo que resonó con todos los presentes. He pasado 3 años tratando de entender qué pasó.
He creado teorías, he sospechado de gente, he buscado patrones donde no los hay. Y saben que he aprendido que quizás nunca lo sepamos. Quizás esta sea una de esas historias que no tienen final, que quedan abiertas para siempre y tengo que aprender a vivir con eso, porque la alternativa es volverme loco, es perder completamente la cordura. Daniela fue mi hija por 32 años. Nada puede quitarme esos recuerdos, ese amor. Ella existió, fue real, importó y aunque no esté, aunque no sepa dónde está, eso no cambia.
El amor no desaparece con las personas. Eso es lo único que me mantiene de pie. Doña Carmen, más pragmática en su dolor, sigue exigiendo respuestas. se reunió personalmente con el ministro del Interior, con el director de la PDI, con fiscales regionales. Llevó el caso a organismos de derechos humanos. No descansa, no se rinde. El día que me muera sin saber qué le pasó a mi hija, voy a morir con el corazón roto. Dice, “Pero al menos voy a morir sabiendo que hice todo, absolutamente todo, lo humanamente posible por encontrarla.
Ese será mi único consuelo. Javiera encontró una forma diferente de procesar el dolor. Se involucró con una organización que apoya a familias de personas desaparecidas. Acompaña a otras familias que recién comienzan a vivir esta pesadilla. Les da consejos prácticos sobre cómo navegar el sistema judicial, cómo mantener presencia mediática, cómo cuidar su salud mental en el proceso. No puedo traer de vuelta a Daniela, explica, pero puedo usar mi dolor para ayudar a otros. Hay decenas de familias en Chile viviendo lo mismo que nosotros.
No están solas y quiero que lo sepan. Y Nicolás, ese hombre que algunos ven como víctima y otros como victimario, sigue viviendo su vida atravesado por el estigma. En el trabajo evita hablar de su vida personal. Con amigos mantiene distancia emocional. Me siento como un fantasma, le confesó a su terapeuta. Existo, pero no vivo realmente como duermo, trabajo, pero es todo mecánico. La vida perdió el color el día que Daniela desapareció. Y lo peor es que ni siquiera puedo llorarla apropiadamente porque no sé si está muerta.
Vivo en un limbo eterno. Cuando le preguntan si tiene esperanza de que algún día se resuelva el caso, Nicolás responde con honestidad brutal, “No sé qué respuesta preferiría. que aparezca viva en algún lugar sería un milagro, pero también significaría que eligió desaparecer, que nos dejó deliberadamente, que encuentren su cuerpo. Sería desgarrador, pero al menos habría cierre. que se descubra que alguien le hizo daño. No sé si podría soportar conocer los detalles. A veces pienso que este limbo eterno, aunque tortuoso, es más soportable que cualquiera de las verdades posibles.
El caso que congeló a Chile sigue congelado como un caso judicial archivado, pero no cerrado. Como una herida que no sangra activamente, pero nunca cicatriza. como una pregunta formulada, pero nunca respondida. Daniela Fuentes sigue desaparecida, su familia sigue buscando, la sociedad sigue especulando y el tiempo cruel e indiferente sigue avanzando. En el departamento de Viña del Mar, donde Daniela creció, don Roberto conserva su habitación exactamente como estaba. Los pósters de bandas que le gustaban en la adolescencia, sus libros de arquitectura de la universidad, fotografías de sus viajes.
Es un santuario, un museo personal de una vida interrumpida. Una vez al mes, doña Carmen entra ahí a limpiar el polvo, a arreglar las cosas, a llorar en privado. En ese departamento de Vitacura, donde Daniela y Nicolás fueron felices brevemente, otros inquilinos ahora viven sus vidas ajenos a la tragedia que manchó esas paredes. Preparan café en la misma cocina donde Daniela preparó su último café. Miran la cordillera desde el mismo ventanal desde donde ella la miró por última vez.
Duermen en la misma habitación donde ella durmió su última noche. La vida continúa, indiferente a los fantasmas del pasado. En el parque bicentenario, los patos siguen nadando en la niños siguen corriendo por los senderos. Las parejas siguen haciendo picnic en el pasto y en un banco una placa silenciosa sigue recordando a quien quiera leer. En memoria de Daniela Fuentes, que encuentres paz donde quiera que estés, porque tal vez eso es todo lo que nos queda cuando no hay respuestas.
La memoria, el amor que persiste más allá de la ausencia, la esperanza frágil y agonizante de que algún día, de alguna forma la verdad saldrá a la luz. El caso que congeló a Chile no está resuelto, quizás nunca lo esté, pero Daniela Fuentes no está olvidada. Su sonrisa sigue viva en fotografías. Su talento sigue presente en los diseños que dejó. Su amor sigue latiendo en los corazones de quienes la conocieron y su ausencia sigue doliendo, sigue importando, sigue exigiendo justicia, incluso cuando esa justicia parece imposible.
Porque al final esto no es solo un caso criminal, es una historia humana de amor y pérdida, de esperanza y desesperación, de las preguntas que nos definen y las respuestas que nos eluden. Es la historia de una mujer que salió una mañana de primavera y nunca volvió. Y es la historia de todos los que se quedaron atrás tratando de vivir con un vacío que nunca se llena, con una pregunta que nunca se responde, con un dolor que nunca termina.
¿Dónde está Daniela Fuentes? Chile sigue preguntándose y el silencio sigue siendo la única respuesta.















