EL CASO QUE CONGELÓ CHILE: FAMILIA, VIAJE Y UNA DESAPARICIÓN INEXPLICABLE

El caso que congeló Chile, una familia, un viaje y una desaparición inexplicable. El 14 de julio de 2019, a las 8:47 de la mañana, las cámaras de seguridad de una estación de servicio COPEC en la ruta 5 sur, a la altura de San Fernando, captaron las últimas imágenes conocidas de la familia Morales Sepúlveda.

Roberto Morales, de 42 años, cargaba combustible en su Toyota RAF 4 plateada, mientras su esposa Claudia Sepúlveda, de 39 años, entraba al minimarket con sus dos hijos, Matías, de 14 años, y Sofía, de 9. Era un día invernal, típico del Valle Central chileno, con cielo gris y una temperatura de 6 gr. Nada en esas imágenes sugería que en menos de 4 horas esta familia desaparecería sin dejar rastro, iniciando uno de los casos más desconcertantes en la historia criminal de Chile.

Lo que estás por escuchar no es ficción, es la reconstrucción minuciosa de un caso real que paralizó a un país entero, que desafió a Carabineros, a la PDI y que dejó más preguntas que respuestas.

Para entender la magnitud de lo que ocurrió, primero necesitamos conocer quiénes eran los Morales Sepúlveda. Roberto trabajaba como ingeniero comercial en una empresa de logística en Santiago. Era un hombre metódico de rutinas establecidas, conocido entre sus colegas por su puntualidad casi obsesiva. Claudia era profesora de educación básica en un colegio municipal de Maipú.

Sus alumnos la recordaban como una mujer cariñosa pero exigente, de esas que dejaban huella en la formación de los niños. Matías cursaba segundo medio en el mismo colegio donde trabajaba su madre. Era un adolescente introvertido, pero brillante académicamente, especialmente en matemáticas y ciencias. Sofía, la menor estaba en cuarto básico y era todo lo contrario a su hermano.

Extrovertida, sociable, siempre con una sonrisa. La familia vivía en un departamento de tres dormitorios en una villa residencial de Maipú. un sector de clase media trabajadora donde los vecinos se conocían y se saludaban. No había señales de problemas. Los extractos bancarios de Roberto mostraban una economía familiar estable, sin deudas importantes más allá del dividendo del departamento.

 Claudia no había faltado ni un solo día a su trabajo en los últimos 6 meses. Los niños asistían regularmente al colegio. No había denuncias de violencia intrafamiliar ni problemas con drogas o alcohol. Era, según todos los testimonios, una familia común y corriente. El viaje a Puerto Varas había sido planeado con semanas de anticipación.

En Chile, julio es temporada de vacaciones de invierno y miles de familias aprovechan esos días para escapar de la rutina. Los Morales Sepúlveda habían reservado una cabaña en las afueras de Puerto Varas, cerca del lago Jan Kihue, a través de la plataforma Booking. El pago se había efectuado con la tarjeta de crédito de Roberto el 15 de junio, exactamente un mes antes.

 Claudia había compartido su itinerario con su hermana mayor Patricia vía WhatsApp el 10 de julio. Los mensajes eran banales, cotidianos. Vamos a salir tipo 7 de la mañana para evitar el tráfico. Los cabros están felices. Vamos a parar en Talca para almorzar. Nada inusual. Patricia guardó esos mensajes. Hoy, releídos bajo la luz de lo que vino después, adquieren un peso insoportable.

 Roberto había llevado el auto a revisar en un taller mecánico de confianza el 8 de julio. El mecánico, don Héctor Parra, un hombre de 58 años que llevaba más de 30 trabajando en el mismo local de avenida Pajaritos, declaró más tarde a la PDI que el vehículo estaba en perfectas condiciones. Le cambié el aceite, revisé los frenos, las luces, todo.

 Ese auto podía llegar a Puntaaren Arenas sin problemas. Don Héctor recordaba perfectamente esa revisión porque Roberto le había comentado mientras tomaban un café en el taller que estaba ansioso por este viaje. Era la primera vez en 3 años que iban a poder hacer unas vacaciones de verdad como familia. El sábado 13 de julio por la noche, Roberto cargó el auto.

 Los vecinos lo vieron bajando maletas, bolsas de supermercado, juguetes de Sofía. La señora Marta Contreras, que vivía en el departamento de al lado, recuerda haberlo saludado. Le pregunté si ya estaban listos para el viaje y él me dijo que sí, que estaban entusiasmados. Se veía contento, relajado. Me dijo, “Nos vemos en una semana, vecina.

 Esas fueron sus últimas palabras conmigo. La familia se levantó temprano el domingo 14 de julio a las 6:43 de la mañana, las cámaras de seguridad del edificio registraron a los 4 saliendo al estacionamiento subterráneo. Roberto vestía una chaqueta de North Face azul marino, jeans y zapatillas. Claudia llevaba un abrigo beige, pantalonesnegros y botas.

 Los niños iban con sus mochilas escolares adaptadas para el viaje. En las imágenes se los ve charlando. Sofía ríe por algo que dice su hermano. Es la última vez que alguien en ese edificio los vería. Parteron exactamente a las 7:02 de la mañana, según el registro de salida del portón automático del edificio. La temperatura en Santiago era de 4 gr con cielo nublado, pero sin lluvia.

Roberto tomó la ruta 5 sur, la principal autopista que conecta Santiago con el sur de Chile. Es un camino que él conocía bien. Lo había recorrido decenas de veces en viajes laborales. La primera parada documentada fue en Angostura a las 7:51 de la mañana. El peaje electrónico Tag registró el paso del vehículo.

 43 minutos después, a las 8:34, pasaron por el peaje de Pelequen. Todo normal hasta ese momento. 13 minutos más tarde, a las 8:47 llegaron a la estación de servicio COPEC de San Fernando. Las imágenes de esa parada son cruciales en la investigación. Roberto baja del auto con movimientos tranquilos, sin prisa.

 Inserta la manguera en el estanque mientras Claudia abre la puerta trasera y ayuda a Sofía a bajarse. Matías sale por su cuenta, estirándose como quien lleva una hora sentado. Los tres entran al minimarket mientras Roberto termina de cargar. Son exactamente las 8:49 de la mañana. En el interior del minimarket, las cámaras muestran a Claudia comprando bebidas, snacks, una revista de crucigramas.

Matías escoge un sándwich de la sección refrigerada. Sofía mira los dulces, pero su madre le dice que no con la cabeza y la niña acepta sin berrinche. Son escenas absolutamente cotidianas. Pagan en efectivo 23,000 pesos. La cajera Javiera Muñoz, de 24 años, los recordaría después. La señora era amable. Me dijo que iban a Puerto Varas.

Le comenté que era lindo y ella sonrió. Los niños se veían bien, normales, nada extraño. A las 8:56 de la mañana, los cuatro suben nuevamente al rap. Roberto ajusta el espejo retrovisor. Claudia le dice algo que las cámaras no captan, pero que la hace reír. Matías ya está con audífonos puestos mirando por la ventana.

 Sofía abraza un peluche pequeño, un conejo rosado que llevaba a todas partes. A las 8:58, el auto sale de la estación de servicio y gira hacia la ruta 5 sur, dirección sur. Esa fue la última vez que alguien los vio con certeza. Lo que debería haber seguido era simple: continuar por la ruta cinco sur, pasar por Curicó, Talca, Chillán, Los Ángeles, Temuco, Osorno y finalmente llegar a Puerto Varas.

 Un trayecto de aproximadamente 12 horas comparadas. El GPS del teléfono de Roberto, según los registros posteriores de la compañía telefónica, marcó su última ubicación a las 9:23 de la mañana en un punto de la ruta 5 sur. entre San Fernando y Chimbarongo, exactamente en el kilómetro 137. Después de eso, nada, silencio absoluto. El peaje siguiente en San Fernando Sur nunca registró el paso del vehículo.

Tampoco lo hizo ningún otro peaje en toda la ruta. El tag de Roberto, que funcionaba perfectamente, simplemente dejó de marcar. Los teléfonos celulares de Roberto y Claudia se apagaron casi simultáneamente entre las 9:23 y las 9:31 de la mañana. No hubo más llamadas, no hubo más mensajes, no hubo más señales de GPS, era como si la tierra se los hubiera tragado en ese momento.

 Por supuesto, nadie sabía que algo malo había ocurrido. Patricia, la hermana de Claudia, esperaba un mensaje confirmando que habían llegado bien a la cabaña. Los dueños de la cabaña en Puerto Varas esperaban que llegaran a hacer el checkin a las 208 horas. Los colegas de Roberto asumían que estaba disfrutando de sus vacaciones.

Los profesores del colegio donde estudiaban los niños ni siquiera pensaban en ellos. Era periodo de vacaciones, pero en algún lugar de la ruta 5 sur, en un tramo de carretera que miles de personas recorren cada día, algo había sucedido, algo que cambiaría para siempre la vida de decenas de personas y que se convertiría en uno de los misterios más perturbadores de Chile.

¿Qué pasó en esos 30 km entre San Fernando y Chimbarongo? ¿Por qué una familia entera desapareció sin dejar rastro en una de las carreteras más transitadas del país? ¿Fue un accidente, un crimen, un error humano catastrófico? Si esta historia te está impactando tanto como a nosotros, no olvides suscribirte y activar las notificaciones.

Comparte este video para que más personas conozcan este caso y déjanos en los comentarios qué crees que pudo haber pasado. ¿Has viajado alguna vez por la ruta 5 sur? Son las 21:47 del domingo 14 de julio de 2019. Patricia Sepúlveda, hermana mayor de Claudia, marca por décima vez consecutiva el número de celular de su hermana.

 Como las nueve veces anteriores, entra directamente al buzón de voz. Hola, déjame tu mensaje. La voz de Claudia, alegre y despreocupada en esa grabación, contrasta brutalmente con la angustia creciente de Patricia.Prueba con el teléfono de Roberto. Mismo resultado. Buzón de voz. Patricia mira la hora. Ya son casi las 10 de la noche.

 Su hermana había prometido escribirle apenas llegaran a la cabaña. Eso sería alrededor de las 8 de la tarde a más tardar. Han pasado casi 2 horas y no hay señales de vida. Quizás se les acabó la batería a los dos. piensa intentando calmarse. Quizás no hay señal donde están, pero algo en su estómago le dice que no.

 Algo no está bien. Patricia Sepúlveda, de 43 años, trabajaba como contadora en una empresa de auditoría. Era una mujer práctica, de esas que no se dejan llevar por la ansiedad fácilmente. Pero esa noche, sentada en el sof a de su casa en Ñuñoa, sintió algo que nunca había experimentado antes, un miedo vceral, inexplicable.

Llamó a su marido, Rodrigo, que estaba en la cocina preparando 11. Claudia no contesta. Hace horas que deberían haber llegado. Rodrigo intentó tranquilizarla. Capaz que están comiendo, que se les descargó el celular, mil cosas. Llama la mañana temprano. Pero Patricia no podía quedarse quieta.

 Buscó en su celular el número de la cabaña que Claudia le había enviado. Marcó, contestó una voz de hombre mayor con acento sureño. Aló. Buenas noches. Disculpe la hora. Llamo por la familia Morales que tenía reserva para hoy. Hubo una pausa. Sí, los estamos esperando. Tenían que llegar tipo 8. Ya son casi las 10 y no han aparecido ni han llamado.

A Patricia se le congeló la sangre. No han llegado. No, señorita. Yo les mandé un mensaje tipo nueve preguntando si venían en camino, pero no me han contestado. Patricia colgó con las manos temblando. Ya no eran solo sus propios miedos, ahora había confirmación objetiva. Su hermana, su cuñado y sus sobrinos no habían llegado a destino.

 Volvió a marcar los celulares. Nada. A las 22:15 llamó a los padres de Roberto Don Sergio y doña Elena Morales, que vivían en la Florida. La conversación fue tensa, cargada de una preocupación que iba en aumento. Patricia, tranquila, a lo mejor tuvieron un problema con el auto y están en un taller, dijo don Sergio, aunque su propia voz sonaba poco convincente.

 ¿Y por qué no llaman? ¿Por qué los dos celulares están apagados? respondió Patricia. Acordaron esperar hasta la mañana siguiente. Si a las 7 de la mañana no tenían noticias, irían directamente a Carabineros. Esa noche Patricia no durmió. Rodrigo tampoco. Se quedaron en el living con el celular en la mano esperando una llamada que no llegaría.

El lunes 15 de julio a las 7:32 de la mañana, Patricia entró a la comisaría de carabineros de Ñuñoa, acompañada de sus padres, Héctor y Rosa Sepúlveda. El cabo que los atendió, según declaraciones posteriores, inicialmente mostró poco interés. Señora, tiene que esperar 24 horas para hacer una denuncia por desaparición.

 Patricia, que normalmente era una mujer tranquila, perdió la paciencia. Son cuatro personas, dos de ellas niños. Salieron ayer en la mañana. Deberían haber llegado anoche y nadie sabe nada de ellos desde las 9 de la mañana de ayer. No me va a decir que tengo que esperar 24 horas. Finalmente, tras 20 minutos de discusión, el cabo accedió a tomar la denuncia.

 Patricia proporcionó todos los datos. Nombres completos: root, descripción física de cada uno. Patente del vehículo, DRWZ86, color plateado, modelo Toyota RAV 4 2016, ruta que iban a tomar, destino final. El funcionario tomó nota con desgano. “Vamos a hacer las consultas correspondientes”, dijo sin mirarla a los ojos. Pero no fue suficiente.

 A las 9:15 de la mañana, don Sergio Morales llegó a la brigada de homicidios de la PDI en calle General Maquena en el centro de Santiago. Esta vez la recepción fue diferente. El detective que lo atendió, el subprefecto Marcelo Aguirre, con 23 años de experiencia en casos de personas desaparecidas, entendió inmediatamente la gravedad de la situación.

 Los celulares están apagados, ¿desde cuándo?”, preguntó Aguirre. Desde ayer en la mañana, alrededor de las 9:30, respondió don Sergio. “Y nadie los ha visto desde entonces. La última vez que se los vio fue en una bencinera en San Fernando a las 9 de la mañana, más o menos.” Aguirre tomó su teléfono y llamó directamente a Carabineros de San Fernando.

 Pasó los datos del vehículo y pidió que iniciaran una búsqueda inmediata en toda la ruta Cur entre San Fernando y Puerto Varas. A las 110 de la mañana del lunes 15 de julio, Carabineros de San Fernando, específicamente la cuarta comisaría, inició patrullajes en la ruta 5 sur buscando el Toyota Rap 4 plateado patente DRWCT86. Tres radiopatrullas recorrieron los 47 km de carretera que correspondían a su jurisdicción.

 No encontraron nada, ni el vehículo, ni señales de accidente, nada. Paralelamente, la PDI comenzó a revisar los registros de peajes de TAG. El último registro era del peaje de Pelequen a las 8:34 de la mañana del domingo. Después de eso, nada. Elsiguiente peaje, San Fernando Sur, no tenía registro del vehículo. Eso significaba una de dos cosas.

 O el vehículo había tomado una salida antes de ese peaje o algo había ocurrido que impidió que el TAC funcionara. El subprefecto Aguirre solicitó a las empresas de telefonía móvil, Entel para Roberto, Movistar para Claudia, los registros de las últimas antenas que habían captado señal de los celulares. La respuesta llegó en la tarde.

 Ambos celulares habían dejado de emitir señal entre las 9:23 y las 9:31 de la mañana del domingo en un sector entre el kilómetro 135 y el 140 de la ruta 5 sur. Esa zona correspondía a un tramo entre San Fernando y Chimbarongo, una sección de carretera relativamente recta, sin pendientes pronunciadas, bien iluminada y con tráfico constante.

¿Cómo era posible que una familia entera desapareciera en plena luz del día en una carretera transitada sin que nadie viera nada? Lo que debió ser una búsqueda masiva e inmediata se convirtió en una serie de errores que costarían días valiosos. El primero no se acordonó el área. Entre el lunes y el martes, miles de vehículos transitaron por ese tramo de carretera, potencialmente destruyendo cualquier evidencia que pudiera haber quedado en los márgenes de la ruta.

 El segundo error, no se revisaron inmediatamente todas las cámaras de seguridad. Había al menos seis estaciones de servicio entre San Fernando y Talca, todas con cámaras. No se solicitó el material de video hasta el miércoles 17 de julio, 3 días después de la desaparición. Para entonces, varias de esas cámaras ya habían sobrescito sus grabaciones.

 El tercer error, quizás el más grave, no se activó una alerta Amber de manera inmediata. La alerta Amber es un sistema de notificación pública usado para buscar niños desaparecidos. En este caso había dos menores involucrados. Sin embargo, la alerta no se activó hasta el martes 16 de julio por la tarde, más de 30 horas después de la desaparición.

Cuando le preguntaron al general de Carabineros a cargo de la región del libertador, Bernardo Oigins, ¿por qué no se había activado antes? Su respuesta fue, “No teníamos certeza de que se tratara de una desaparición forzada. Podría haber sido una decisión voluntaria de la familia.” Esta declaración indignó a los familiares.

Decisión voluntaria. Una familia completa decide desaparecer abandonando su casa, sus trabajos, sin llevarse más ropa que la de un viaje de vacaciones. Para el martes 16 de julio por la tarde, el caso ya había llegado a los medios de comunicación. TVN fue el primero en reportarlo en su noticiero central.

 Familia Santiaguina desaparece en la ruta 5 sur, tituló. La imagen del rap 4 plateado apareció en pantalla junto con las fotos de los cuatro miembros de la familia. Las fotografías habían sido proporcionadas por Patricia. Roberto en una foto de su cumpleaños sonriendo con una cerveza en la mano.

 Claudia en su día de titulación como profesora con toga y birrete, Matías en su licenciatura de octavo básico. Sofía en una foto escolar con coletas y sonrisa desdentada. La respuesta pública fue inmediata. Las líneas telefónicas de carabineros se saturaron con llamadas de personas que creían haber visto el vehículo. Un hombre en Talca aseguró haberlo visto el domingo por la tarde en una estación de servicio.

Una mujer en Chillán dijo que había visto un RAF 4 plateado con una familia adentro el lunes en la mañana. Cada pista tenía que ser verificada, cada llamada investigada. La mayoría resultaron ser falsos positivos, otros RAV 4 plateados, placas mal recordadas, fechas confundidas. Mientras tanto, en la ruta 5 sur, la búsqueda continuaba.

Busos tácticos de carabineros revisaron el río Tingiririca, que corre paralelo a la carretera en algunos tramos. Helicópteros de la PDI sobrevolaron la zona buscando el vehículo en barrancos o zonas boscosas. Equipos caninos recorrieron los márgenes de la carretera, no encontraron nada. El miércoles 17 de julio, 3 días después de la desaparición, apareció un testimonio que cambiaría el rumbo de la investigación.

 Manuel Cortés, un camionero de 51 años que trabajaba para una empresa de transportes, contactó a la PDI después de ver la noticia en televisión. Yo vi ese auto”, dijo, “el domingo como a las 9:30 de la mañana en la ruta 5 sur.” Manuel fue citado a declarar su testimonio grabado en video fue el siguiente. Yo iba manejando mi camión dirección sur.

 Debe haber sido como las 9:15, 9:30 de la mañana del domingo. A la altura del kilómetro 138, más o menos, vi un rap 4 plateado detenido en la verma del lado derecho. Me llamó la atención porque tenía las luces intermitentes prendidas. Alcancé a ver a un hombre parado al lado del auto como mirando el capó. Pensé que tenía una pana mecánica.

 No me detuve porque iba con carga y no podía parar ahí no más. Los detectives le mostraron la foto del RAV 4 de la familia Morales. Sí, esees, confirmó Manuel. Estoy seguro. Incluso me acuerdo que tenía una calcomanía en la ventana de atrás de esas de la familia feliz con palotes. Efectivamente, el RAV cuatro de los morales tenía esa calcomanía.

Le mostraron la foto de Roberto. Manuel la miró con atención. Podría ser. La verdad es que pasé rápido y no me fijé tanto en el rostro, pero la chaqueta azul oscura sí la recuerdo. Este testimonio ubicaba a la familia o al menos al vehículo, en el kilómetro 138 de la ruta 5 sur, alrededor de las 9:30 de la mañana del domingo 14 de julio.

Coincidía perfectamente con el último registro de GPS de los celulares. La pregunta era, ¿qué había pasado después? Con este nuevo dato, la PDI volvió a la estación COPEC de San Fernando, donde la familia había sido vista por última vez. Solicitaron nuevamente las grabaciones y esta vez las revisaron con más detalle.

Ampliaron las imágenes del vehículo cuando sale de la estación de servicio. Uno de los detectives, el sargento Cristian Muñoz, notó algo. Miren la rueda trasera izquierda, ¿no? Se ve un poco desinflada. Hicieron una ampliación digital. Efectivamente, la rueda parecía tener menos aire que las otras.

 no estaba completamente desinflada, pero sí notoriamente más baja. Eso explicaría por qué el vehículo se habría detenido en la Verma apenas 30 km después. Roberto habría notado el problema y se habría orillado para revisar, pero si era solo un neumático desinflado, ¿por qué no había llamado a nadie? ¿Por qué no había usado el gato del auto para cambiar la rueda? Roberto no era un mecánico experto, pero sabía cambiar un neumático.

 Eso lo confirmaron sus colegas. Y aunque no supiera, podría haber llamado a su seguro, a carabineros, a cualquiera. Su celular había tenido señal hasta las 9:23 aproximadamente. ¿Por qué no lo usó? Para el miércoles 17 de julio por la noche, la búsqueda se había concentrado en un tramo específico de la ruta 5 sur entre los kilómetros 135 y 140.

Era una zona de aproximadamente 5 km con campos a ambos lados de la carretera, algunos matorrales, algunas construcciones rurales. No había barrancí caudalosos. Era terreno relativamente plano y visible, y sin embargo, una familia entera había desaparecido sin dejar rastro. Las familias Morales y Sepúlveda estaban destrozadas.

Patricia no había dormido en tres noches. Los padres de Roberto pasaban los días en la comisaría esperando noticias que no llegaban. Los alumnos de Claudia habían hecho una vigilia con velas afuera del colegio. Los compañeros de Matías habían inundado las redes sociales con el hashtag, ¿dónde están los morales? Pero lo peor era la incertidumbre.

 No había cuerpo, no había vehículo, no había ninguna evidencia concreta de qué había ocurrido. Estaban vivos, estaban muertos, los habían secuestrado, habían tenido un accidente y el vehículo había sido robado. Cada teoría parecía tan posible como imposible. No olvides suscribirte, darle like y comentar desde dónde nos ves.

 Comparte este video para que más personas conozcan este caso. La verdad merece ser contada. Son las 14:37 del jueves 18 de julio de 2019, 4 días después de la desaparición. El cabo primero Andrés Valenzuela de la tercera comisaría de Carabineros de San Fernando, recorre a pie por octava vez en dos días el kilómetro 138 de la ruta 5 sur.

 El sol invernal, débil pero presente, ilumina los campos abiertos a ambos lados de la carretera. A esta hora el tráfico es moderado, camiones, algunos buses interprovinciales, vehículos particulares. La vida continúa con normalidad para todos, menos para las dos familias que llevan cuatro noches sin dormir esperando noticias. Valenzuela camina por la Verma mirando el suelo, los matorrales, cualquier cosa que pueda darle una pista.

Ya han revisado este tramo decenas de veces. otros carabineros, detectives de la PDI, voluntarios de bomberos. ¿Cómo es posible que no hayan encontrado nada? Está a punto de darse la vuelta cuando algo llama su atención. A unos 50 met de la carretera, en un campo que pertenece a un pequeño agricultor local, hay un brillo metálico apenas visible entre los pastos altos.

 Valenzuela entrecierra los ojos. Su corazón comienza a latir más rápido. Habla por su radio. Central posible hallazgo en kilómetros 138, lado este de la ruta. Voy a revisar. Valenzuela cruza la cuneta y camina hacia el brillo metálico. A medida que se acerca, su pulso se acelera. Es un vehículo, un Toyota RAV 4 plateado. El corazón le da un vuelco, comienza a correr.

 El vehículo está parcialmente oculto entre los pastos, a unos 70 m de la carretera. Desde la ruta no era visible, a menos que supieras exactamente dónde mirar. Valenzuela llega hasta el auto y lo primero que ve es la patente trasera. Drwz central. Encontré el vehículo. Repito, encontré el vehículo de los Morales, kmro 138, aproximadamente 70 m al este de la ruta en propiedad privada.

Su voz tiembla ligeramente, respira hondo y se acerca al auto. Las puertas están cerradas, las ventanas también. Se asoma por el cristal del conductor. El interior está vacío. No hay nadie, ni Roberto, ni Claudia, ni los niños. Valenzuela rodea el vehículo. La rueda trasera izquierda está completamente desinflada. El neumático literalmente despegado del rin.

 Las otras tres ruedas están bien. No hay señales obvias de choque. El capó no está abollado, los faros están intactos, el parabrisas no tiene grietas, el vehículo simplemente está ahí abandonado en medio de un campo a 70 met de la carretera. Valenzuela no toca nada más. sabe que esto es una escena del crimen potencial. Llama nuevamente a central.

Necesito que vengan la BOCAR, PDI, el fiscal de turno, que cierre en este tramo de la carretera. El vehículo está aquí, pero no hay nadie adentro. En menos de 30 minutos, el kilómetro 138 de la ruta 5 sur se convierte en un hervidero de actividad. Llegan tres carros de carabineros, dos de la PDI, una unidad delocar, laboratorio de criminalística, una ambulancia del SAMU, por si acaso, y el fiscal regional adjunto Daniel Pizarro.

 El fiscal Pizarro, un hombre de 48 años con 23 años de experiencia en el sistema judicial, se coloca guantes de látex y se acerca al vehículo. Da una vuelta completa alrededor del RAV 4 observando cada detalle. Luego autoriza a los peritos del lavocar a abrir el vehículo. Utilizando herramientas especializadas, logran abrir la puerta del conductor sin forzarla.

 Inmediatamente comienzan a documentar todo con fotografías y videos. Lo que encuentran dentro del vehículo es desconcertante. Las llaves están en el contacto, pero el motor está apagado. En el asiento del conductor hay una chaqueta azul marino de North Face, la misma que Roberto llevaba en las imágenes de la bencinera. En el asiento del copiloto está el bolso de Claudia, un bolso de cuero café.

Dentro del bolso encuentran su billetera con dinero en efectivo, 47,000 pesos, tarjetas de crédito y débito, su cédula de identidad, el carnet de su isapre. También está su celular, un iPhone 8 con la batería completamente descargada. En el asiento trasero están las mochilas de los niños.

 La de Matías contiene ropa, un libro de ciencia ficción, audífonos, su celular. también descargado y su billetera con 10,000 pesos. La de Sofía tiene ropa de niña, el conejo rosado de peluche que se veía en las imágenes de la bencinera. Una libreta de dibujos y lápices de colores. En el maletero encuentran tres maletas grandes con ropa para toda la familia, artículos de aseo, una caja con comida no perecedera y todos los documentos del vehículo en perfecto orden.

Falta nada de lo que una familia llevaría en un viaje de vacaciones. Lo único que falta son las cuatro personas. El fiscal Pizarro convoca una reunión de urgencia en el lugar con todos los investigadores presentes. “A ver, repasemos lo que sabemos”, dice sacando una libreta. El vehículo fue visto por última vez el domingo a las 9:30 de la mañana por el camionero detenido en la verma con las luces intermitentes.

 Ahora lo encontramos 4 días después, a 70 m de la carretera, con todas las pertenencias de la familia adentro, pero sin la familia. El subprefecto Aguirre de la PDI toma la palabra. Hay varias posibilidades. Primera, tuvieron el problema con el neumático. Se bajaron todos a revisar y alguien pasó y se los llevó a la fuerza. Secuestro. Segunda.

Bajaron a pedir ayuda y les pasó algo en el campo. Un accidente, se perdieron, no sé. Tercera, alguien los estaba esperando aquí y se los llevó premeditadamente. Un detective más joven interviene. Y si fue el mismo Roberto, ¿y si planeó esto? Fingió la pana del neumático y tenía a alguien esperándolo para llevárselos a otro lugar.

 El fiscal niega con la cabeza. ¿Para qué? ¿Qué motivo tendría? Hemos revisado sus finanzas. No tenía deudas graves, no tenía amantes, no tenía problemas legales y aunque tuviera algún motivo para desaparecer él, ¿por qué llevarse a toda su familia? ¿Por qué dejar todas las pertenencias, el dinero, los celulares? Tienen razón, nada tiene sentido.

 Si fue un secuestro, ¿por qué no hay llamada pidiendo rescate? Si fue un crimen, ¿dónde están los cuerpos? Si se perdieron en el campo, como cuatro personas, incluidos un hombre adulto y un adolescente de 14 años, no logran encontrar el camino de regreso a una carretera que está a solo 70 m. Los peritos del Lavocar pasan las siguientes 4 horas examinando cada centímetro del vehículo.

 Buscan huellas dactilares, manchas de sangre, señales de forcejeo, cualquier cosa que pueda dar una pista. encuentran huellas dactilares de los cuatro miembros de la familia, lo cual es perfectamente normal. También encuentran huellas de al menos tres personas más que no han podido identificar aún, probablemente del mecánico que revisó el auto, empleados de estaciones de servicio, etcétera. Noencuentran sangre ni una gota.

 Pasan luminol por todo el interior y el exterior del vehículo. Nada. Si hubo violencia, no fue dentro ni alrededor inmediato del auto. Revisan el motor funciona perfectamente. El nivel de aceite está bien, el agua del radiador también. El problema fue únicamente el neumático trasero izquierdo.

 Examinan el neumático desinflado y encuentran un clavo de aproximadamente 5 cm incrustado en el caucho. Un clavo de construcción común y corriente. El tipo de clavo que puedes encontrar en cualquier obra o que podría estar tirado en la carretera. Fue mala suerte noás, dice uno de los peritos. Agarraron el clavo en la ruta, probablemente cerca de San Fernando.

 El neumático fue perdiendo aire de a poco y cuando llegaron al kilómetro 138 ya no daba más. Pero hay algo extraño. ¿Por qué el vehículo está a 70 m de la carretera si Roberto se detuvo en la verma porque se dio cuenta del neumático desinflado, ¿cómo terminó el auto tan lejos de la ruta? Un perito formula una hipótesis.

 El auto fue movido. Roberto se detuvo en la verma. Se bajó a revisar el problema y en algún momento alguien subió al vehículo y lo condujo hasta este punto del campo. Examinan el terreno entre la carretera y donde está el auto. Encuentran marcas de neumáticos en la tierra. Efectivamente, las marcas muestran que el vehículo fue conducido desde la verma hasta su ubicación actual, no remolcado.

 Alguien lo condujo con el neumático desinflado, haciendo un camino errático, probablemente porque el auto cojeaba por la rueda dañada. ¿Pero por qué? ¿Por qué alguien movería el vehículo 70 met hacia adentro del campo? La respuesta obvia es para ocultarlo. Desde la carretera no era visible.

 Si el cabo Valenzuela no hubiera estado específicamente buscando en esa zona, podrían haber pasado semanas o meses antes de que alguien lo encontrara. El fiscal ordena localizar al dueño del campo donde fue encontrado el vehículo. Es Ramón Bustos, un agricultor de 67 años que vive a 2 km de ahí en un pequeño caserío. Ramón es traído para declarar esa misma tarde.

 Don Ramón, usted vio algo extraño el domingo pasado. ¿Vio ese vehículo entrar a su campo? Pregunta el fiscal. Ramón niega con la cabeza. Es un hombre de rostro curtido por el sol, manos ásperas de trabajador de la tierra. No, señor fiscal. Yo el domingo estuve en la casa de mi hija en San Fernando todo el día volví recién el lunes en la noche.

No vi nada. ¿Alguien más tiene acceso a su campo? No, nadie. Está cerrado con tranquera no más. Pero la tranquera no tiene candado. Cualquiera que quisiera podría abrirla y entrar. Le preguntan si conocía a la familia Morales, nunca había oído hablar de ellos. Le preguntan si vio personas extrañas rondando su propiedad en los últimos días. No, nadie.

 Ramón es descartado rápidamente como sospechoso. No tiene antecedentes, no tiene motivo, no tiene conexión con la familia, simplemente fue mala suerte que el crimen, si es que hubo un crimen, ocurriera en su propiedad. Con el vehículo encontrado, pero sin la familia, la búsqueda se intensifica en los alrededores.

 50 efectivos de carabineros, 30 de la PDI, 20 bomberos voluntarios y un grupo de vecinos del sector forman una línea de rastrillaje. Caminan hombro con hombro, revisando cada metro cuadrado en un radio de 2 km alrededor del vehículo. Buscan cuerpos. Nadie lo dice en voz alta, pero todos lo saben.

 Después de 4 días sin señales de vida, las esperanzas de encontrarlos vivos se van apagando. Los perros de búsqueda olfatean el terreno. Los helicópteros sobrevuelan la zona. Se revisan pozos, galpones abandonados, matorrales densos, cualquier lugar donde pudieran estar. No encuentran nada ni un rastro. Es como si los cuatro se hubieran evaporado.

 El viernes 19 de julio a las 10:23 de la mañana, 5 días después de la desaparición, la central de Carabineros recibe una llamada anónima. Es una voz de hombre, joven, con acento chileno, pero difícil de ubicar regionalmente. La llamada dura apenas 40 segundos y dice lo siguiente: “Los morales no están donde están buscando.

 Miren hacia el norte, no hacia el sur. Miren lo que pasó antes de la bencinera, no después.” Y cuelga. La llamada fue hecha desde un teléfono público en la estación de buses de Santiago, en el terminal de buses Alameda. Las cámaras de seguridad del terminal muestran a un hombre de aproximadamente 30 35 años con gorra y barbijo usando el teléfono a esa hora.

Es imposible identificarlo. Desaparece entre la multitud antes de que alguien pueda acercarse. ¿Qué significa miren hacia el norte? ¿Qué significa antes de la bencinera? ¿Es una pista real o alguien tratando de desviar la investigación? Para el viernes por la noche, los investigadores están completamente desconcertados.

Tienen el vehículo, pero no la familia. Tienen todas las pertenencias, pero ningún cuerpo. Tienen un neumático pinchado por un clavo y un auto movido70 m hacia un campo. Tienen una llamada anónima que no tiene sentido aparente. Las teorías se multiplican. Algunos investigadores creen que fue un secuestro exprés que salió mal.

 Otros piensan que la familia presenció algo que no debían ver y fueron eliminados. Algunos incluso especulan que Roberto tenía una doble vida que nadie conocía, pero ninguna teoría explica todos los hechos. Ninguna teoría da cuenta de por qué cuatro personas desaparecen sin dejar absolutamente ningún rastro en una carretera transitada en pleno día con todos sus pertenencias intactas.

 Los padres de Roberto, don Sergio y doña Elena están destrozados. Patricia ha perdido 5 kilos en 5 días. No puede comer, apenas puede hablar. Los compañeros de Matías organiza en su colegio. Los alumnos de Claudia hacen una cadena humana con velas. Desde el colegio hasta la comisaría, 11 cuadras de luz y dolor.

 Chile entero está paralizado por este caso. Los noticieros abren con la historia cada noche. Las redes sociales explotan con teorías, con acusaciones, con súplicas. Donde están los morales. Es tendencia nacional por 4 días consecutivos. Y en algún lugar, si todavía están vivos, cuatro personas esperan ser encontradas. No olvides suscribirte, darle like y comentar desde dónde nos ves.

 Comparte este video. La familia Morales merece justicia. Son las 16:42 del sábado 20 de julio de 2019, 6 días después de la desaparición. María José Contreras, una mujer de 28 años que trabaja como cajera en un supermercado líder en Rancagua, está sentada en su casa viendo el noticiero de la tarde. Su hija, de 3 años juega en el suelo con bloques de plástico.

 En la pantalla aparecen nuevamente las fotos de la familia Morales. El conductor del noticiero hace un llamado. Si alguien tiene cualquier información, por mínima que parezca, por favor comuníquese con Carabineros o la PDI. María José siente un nudo en el estómago. Lleva se días con esa sensación desde que vio la noticia por primera vez.

 Ha intentado convencerse de que no es importante, que probablemente está confundida, que su información no serviría de nada. Pero cada vez que ve a esos niños en la televisión, a Matías y a Sofía, siente que tiene que hacer algo. Toma su celular y marca el número que aparece en la pantalla. Media hora después de su llamada, María José está en la subcomisaría de Carabineros de Rancagua, sentada frente al subprefecto Aguirre de la PDI, quien viajó especialmente desde Santiago tras recibir la notificación de su llamada. Junto a él están dos

detectives más y el fiscal Pizarro conectado por videoconferencia. “Señora Contreras, cuéntenos qué fue lo que vio”, dice Aguirre en tono amable pero firme. María José respira hondo. Fue el sábado 13 de julio, un día antes de que la familia desapareciera. Yo estaba trabajando en el supermercado líder de Rancagua en la caja número cinco. Era como las 7 de la tarde.

 Ya estaba por terminar mi turno. Se detiene, juguetea con sus manos. Llegó una familia a mi caja, un matrimonio con dos hijos, un adolescente y una niña chica. La niña tenía un peluche de conejo rosado que me llamó mucho la atención porque mi hija tiene uno igual. Le muestran las fotos de la familia Morales.

 María José las mira con atención y asiente. Sí, eran ellos. Estoy segura. La mujer Claudia era la que pagaba. compraron cosas para un viaje, galletitas, jugos, snacks, ese tipo de cosas, como para llevar en el auto. “¿Recuerda algo más? ¿Algo inusual?”, pregunta Aguirre. María José asiente lentamente. “Sí.

” Cuando estaba pasando los productos, noté que el hombre Roberto tenía una herida en la frente, una cortada, no muy grande, pero se veía reciente, como rojiza. Y cuando Claudia sacó la billetera para pagar, vi que tenía un moretón en la muñeca izquierda. No era muy notorio, pero yo lo vi porque estaba justo cuando me extendió la tarjeta.

 El silencio en la sala es absoluto. Aguirre se inclina hacia delante. ¿Usted está segura de lo que vio? Una herida en la frente de Roberto y un moretón en la muñeca de Claudia. Sí, señor. Completamente segura. Y había algo más. María José baja la voz. Los niños se veían, no sé cómo explicarlo, como incómodos. El adolescente Matías tenía la capucha puesta y miraba para abajo todo el tiempo.

 La niña estaba callada abrazando su conejo. No era como una familia normal que va de compras contenta para un viaje. Había algo raro. ¿Escuchó alguna conversación entre ellos? un poco. Claudia le dijo a Roberto algo como, “Tenemos que hablar de esto.” Y él le respondió, “No, aquí fue rápido, en voz baja, pero yo lo escuché porque estaba justo al frente.

El testimonio de María José cambia completamente el rumbo de la investigación. Ya no están buscando solo a una familia que desapareció misteriosamente. Ahora están buscando a una familia que tenía problemas. que mostraba señales de violencia física reciente, que teníatensiones internas que nadie conocía. El fiscal Pizarro ordena una revisión exhaustiva de todo lo que creían saber sobre Roberto y Claudia.

 Se solicitan sus registros médicos, se entrevista nuevamente a familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, esta vez con preguntas más específicas. Había problemas en el matrimonio. Alguien notó cambios de comportamiento en los últimos meses. Había violencia doméstica. Patricia, la hermana de Claudia, es entrevistada nuevamente.

 Esta vez es más difícil. Claudia le mencionó alguna vez problemas con Roberto. Discutían. ¿Había violencia? Le pregunta un detective. Patricia niega cab lágrimas rodando por sus mejillas, ¿no? O sea, discutían a veces como todas las parejas, pero nada grave. Claudia nunca me dijo que Roberto le pegara. Nunca.

 Si hubiera pasado algo así, ella me lo habría contado. Éramos muy unidas. Pero cuando le muestran la foto del moretón que María José describió, Patricia se queda en silencio. Notó algo así. La última vez que vio a su hermana, insiste el detective. Patricia piensa, se esfuerza por recordar. La vi el miércoles antes del viaje. Fuimos a tomar café.

 Ella tenía mangas largas, así que no vi sus brazos. Pero ahora que lo mencionan, estaba más callada de lo normal. Le pregunté si todo estaba bien y me dijo que sí, que solo estaba cansada del trabajo. Los investigadores revisan los registros bancarios de Roberto con más detalle y encuentran algo que antes no había llamado la atención.

 Durante los últimos 4 meses, Roberto había estado retirando dinero en efectivo regularmente. No eran montos grandes, entre 50 y 100,000 pesos cada vez, pero sumaban un total de 600,000 pesos que habían salido de la cuenta y no tenían explicación en qué gastaba Roberto ese dinero. No había compras grandes registradas, no había pagos de deudas, el dinero simplemente desaparecía.

 El subprefecto Aguirre ordena revisar los movimientos del celular de Roberto en los meses previos a la desaparición. Descubren que había estado llamando regularmente a un número que no estaba registrado en su agenda, un número con prefijo de la región del Maule, específicamente de Talca. rastrean el número.

 Pertenece a una mujer llamada Verónica Hidalgo, de 34 años, que trabaja como secretaria en una empresa de exportación de frutas en Talca. Verónica es citada a declarar. La entrevista es tensa. Verónica niega al principio conocer a Roberto Morales, pero cuando le muestran los registros de llamadas, más de 60 llamadas en 4 meses, se derrumba.

 Nos conocimos en una capacitación laboral en abril, confiesa. Él fue como expositor de la empresa donde trabajaba. Empezamos a hablar, intercambiamos números. Al principio eran solo conversaciones de trabajo, pero después se puso más personal. “Tenían una relación”, pregunta Aguirre. Verónica asiente llorando. Sí, pero no era nada serio.

 Nos veíamos de vez en cuando él venía a Talca por trabajo. Yo sabía que estaba casado. Él me dijo que su matrimonio estaba mal, que iban a separarse. Sé que eso suena horrible, pero así fue. ¿Cuándo fue la última vez que habló con él? El viernes 12 de julio, dos días antes de que desapareciera, me llamó y me dijo que no podíamos seguir viéndonos, que había decidido darle otra oportunidad a su matrimonio por sus hijos, que el viaje a Puerto Varas era para reconectar como familia. Verónica Soollosa.

 Le dije que lo entendía. Fue una conversación corta. Ese fue nuestro último contacto. Con esta nueva información, los investigadores comienzan a reconstruir una versión diferente de los hechos. Roberto había tenido una aventura. Claudia lo descubrió en algún momento antes del viaje. Hubo una confrontación probablemente física, que explicaría la herida en la frente de Roberto y el moretón en la muñeca de Claudia.

 A pesar de esto, decidieron seguir adelante con el viaje familiar, quizás como un último intento de salvar el matrimonio, como había dicho Roberto a Verónica. Pero entonces, ¿qué pasó durante el viaje? La tensión explotó en el camino. Hubo otra pelea, esta vez fatal. Roberto hizo algo desesperado o alternativamente, alguien relacionado con el afer de Roberto decidió intervenir.

 Verónica tenía un novio o exnovio que se enteró. Claudia tenía amigos o familiares que decidieron hacer justicia. El domingo 21 de julio, exactamente una semana después de la desaparición, aparece un segundo testigo crucial. Se trata de Carlos Mendoza, un conductor de Uber de 41 años que trabaja en la zona de San Fernando.

Carlos se presenta voluntariamente en la comisaría después de ver el caso en las noticias. Yo creo que vi algo. Dice el domingo 14, como a las 9 de la mañana estaba esperando pasajeros cerca de la ruta 5 sur vi un auto detenido en la verma. Era un rap plateado. Había un hombre parado al lado mirando una rueda.

 Eso no me llamó la atención. Pasa seguido. ¿Y qué fue lo que le llamó la atención?Pregunta el detective que lo entrevista, que como 5 minutos después, cuando yo todavía estaba ahí esperando, vi que llegó otro vehículo y se detuvo detrás del RAV 4. Era una camioneta blanca tipo Nissan o similar.

 Bajaron dos hombres y se acercaron al tipo del RAF 4. Hablaron un poco. Parecía que le iban a ayudar con la pana, pero después vi que, no sé, la cosa se puso rara. Uno de los tipos del auto blanco le hizo un gesto al del RAV 4 para que entrara a la camioneta y el tipo obedeció. Así no más. vio si había más personas en el RAF 4. Eso es lo que me pareció más raro.

Después de que el tipo subió a la camioneta blanca, el otro tipo que bajó de ella fue hasta el RAF 4, abrió la puerta del conductor y lo empezó a mover. Lo condujo hacia adentro del campo, fuera de la ruta, y la camioneta blanca lo siguió. Eso fue todo lo que vi, porque en ese momento me llegó un pasajero y tuve que irme.

Carlos Mendoza describe a los dos hombres, ambos de complexión media, de entre 30 y 40 años, uno con pelo corto oscuro y el otro con gorra. Vestían ropas oscuras, jeans y chaquetas. No los puede describir con más detalle porque los vio desde lejos. Con este testimonio surge una nueva teoría. Roberto y su familia fueron víctimas de un crimen organizado.

 Pero, ¿por qué? ¿Qué motivo tendrían dos hombres desconocidos para secuestrar a una familia entera? Los investigadores consideran varias posibilidades. Roberto presenció algo que no debía en uno de sus viajes laborales, algo relacionado con narcotráfico, contrabando o alguna actividad ilegal y decidieron eliminarlo a él y su familia para que no hablara.

 La desaparición está relacionada con su afer. Quizás Verónica no estaba siendo completamente honesta. Quizás estaba involucrada con gente peligrosa. Fue un caso de confusión de identidad. Los delincuentes creían que Roberto era otra persona, alguien que les debía dinero o que había hecho algo contra ellos. Fue un secuestro exprés que salió mal.

 Los delincuentes pensaron que Roberto tenía dinero. Lo secuestraron a él y a su familia. Y cuando se dieron cuenta de que no había rescate que cobrar, decidieron eliminarlos. Ninguna de estas teorías es completamente satisfactoria. Ni a todas tienen huecos lógicos, pero es lo más cercano a una explicación que los investigadores tienen hasta el momento.

Se emite una alerta nacional buscando una camioneta blanca, posiblemente Nissan, que estuvo en la zona del kilómetro 138. de la ruta 5 sur. El domingo 14 de julio, alrededor de las 90 de la mañana, se revisan todas las cámaras de peajes, estaciones de servicio y puntos de control entre San Fernando y Santiago y entre San Fernando y el Sur.

 En el peaje de Pelequen encuentran algo. A las 8:52 de la mañana del domingo, 12 minutos después de que el RAF 4 de los Morales pasara por ese mismo peaje, pasó una Nissan Navara Blanca. La patente se lee claramente en la cámara. GJKP23. Rastrean la patente. El vehículo está registrado a nombre de una empresa de transportes de Talca llamada Transportes Hermanos Vega.

 La empresa existe, es legítima, se dedica al transporte de carga agrícola. Cuando los detectives la visitan, el dueño Ramiro Vega les muestra sus registros. Esa camioneta estaba en un viaje a Santiago ese domingo, conducida por uno de sus empleados, Juan Carlos Fuentes. Juan Carlos Fuentes, de 38 años, es citado a declarar.

 llega acompañado de un abogado. Niega rotundamente haber estado en el kilómetro 138 de la ruta 5 sur. Ese domingo yo iba por la ruta cinco, sí, pero no me detuve en ningún momento, excepto en el peaje. Tenía que entregar una carga en Santiago a las 11 de la mañana y llegué justo a tiempo. Pueden revisar mi hoja de ruta, los registros de entrega, todo.

 Efectivamente, los registros muestran que Juan Carlos entregó la carga en Santiago a las 10:53 de la mañana, lo cual sería casi imposible si se hubiera detenido en el kilómetro 138 a las 90 y además hubiera participado en un secuestro. Para el final de la primera semana de investigación, los detectives están más confundidos que al principio. Tienen múltiples testimonios.

Múltiples pistas, pero ninguna historia coherente que explique qué pasó realmente con la familia Morales. ¿Fue Roberto el responsable de algo que salió mal? ¿Fue Verónica, su amante, o alguien relacionado con ella? ¿Fueron los hombres en la camioneta blanca que Carlos Mendoza dice haber visto? ¿O fue alguien completamente diferente, alguien que aún no han identificado? Los padres de Roberto y Claudia están al borde del colapso.

 Patricia ha sido hospitalizada por un cuadro de ansiedad severa. Los compañeros de los niños organizan búsquedas voluntarias cada fin de semana. Miles de personas recorren campos, bosques, caminos rurales. Todos buscan, pero nadie encuentra nada. Las teorías en redes sociales se multiplican. Algunos acusan a Roberto de haber asesinado a su familia y huir.

Otros acusan a Claudia de haber planeado todo. Algunos hablan de narcotraficantes, de trata de personas, de experimentos gubernamentales. La desesperación genera especulación y la especulación genera más dolor. En algún lugar la verdad existe. En algún lugar cuatro personas esperan ser encontradas, vivas o muertas. Por favor, suscríbete y comparte este video.

 Esta familia merece justicia. Esta historia merece ser contada hasta el final. Son las 6:23 de la mañana del miércoles 31 de julio de 2019. Han pasado 17 días desde la desaparición, 17 días de búsquedas infructuosas, de teorías contradictorias, de familias destrozadas y de un país entero paralizado por un misterio que parece no tener solución.

 en un pequeño caserío rural llamado Keya, a 42 km al este de la ruta 5 sur y a casi 70 km del punto donde fue encontrado el RAV 4 abandonado, un agricultor local llamado Esteban Mora sale a revisar su ganado como hace todas las mañanas, queella es un lugar remoto conectado al resto del mundo por un camino de tierra que solo transitan los residentes locales.

 No hay casas lujosas aquí, solo pequeñas propiedades agrícolas, algunas con luz eléctrica, otras sin ella. Esteban camina por su propiedad llevando un saco de alimento para sus vacas cuando algo llama su atención. Hay un olor extraño en el aire, un olor dulzón y nauseabundo que él conoce bien después de décadas trabajando con animales. Es el olor de la muerte.

Esteban sigue el olor. Lo lleva hacia una zona de matorrales densos en el límite este de su propiedad, cerca de un pequeño arroyo que en esta época de invierno lleva poca agua. Mientras se acerca, el olor se hace insoportable. Se cubre la nariz y la boca con su chaleco y continúa avanzando. Entre los matorrales, parcialmente cubiertos por ramas y tierra están los cuerpos.

Esteban retrocede, las piernas temblorosas, saca su celular con manos temblorosas, no hay señal. Corre de regreso a su casa casi 2 km y llama a carabineros desde su teléfono fijo. Encontré cuerpos en mi campo. Creo que son varias personas. Necesito que vengan rápido. A las 8:15 de la mañana el lugar está lleno de vehículos policiales del labocar, de la PDI, de la fiscalía.

 El fiscal Pizarro está presente, el subprefecto Aguirre también. Nadie dice nada, pero todos lo piensan. Son ellos. Son los morales. Los peritos forenses. Trabajan durante 4 horas para exhumar los cuerpos. están envueltos en plásticos negros enterrados superficialmente. El estado de descomposición es avanzado debido al calor relativo del día en que fueron dejados ahí y a la humedad del lugar, pero aún es posible identificarlos. Son cuatro cuerpos.

 un hombre adulto, una mujer adulta, un adolescente, una niña. A las 1400 horas del mismo día, tras análisis preliminares de huellas dactilares y características físicas, se confirma lo que todos temían. Son Roberto Morales, Claudia Sepúlveda, Matías Morales y Sofía Morales. La noticia se difunde como un rayo.

 Los medios de comunicación interrumpen su programación regular. Encuentran sin vida a familia desaparecida en Ruta 5 Sur. Las redes sociales explotan. El hashtag justicia para los morales se vuelve tendencia mundial en cuestión de minutos. En la casa de Patricia en Ñuñoa. El timbre suena a las 14:20. Dos detectives están en la puerta.

 Patricia sabe, antes de que digan una palabra que las noticias son malas. Se derrumba. Sus gritos se escuchan en toda la cuadra. En la Florida, los padres de Roberto reciben la misma visita. Don Sergio, el hombre que había pasado 17 días pegado al teléfono esperando buenas noticias, simplemente se sienta en el sofá y mira la pared. No llora, no grita, solo mira.

Las autopsias se realizan esa misma noche en el servicio médico legal de Rancagua. Los resultados son devastadores. Roberto Morales murió de un disparo en la nuca. El proyectil entró por la parte posterior del cráneo y salió por la frente, causando muerte instantánea. El disparo fue hecho a quemarropa, probablemente mientras estaba arrodillado o de espaldas al tirador.

 Claudia Sepúlveda murió de la misma manera. Un disparo en la nuca, ejecución estilo. También a quemarropa. Matías Morales, el adolescente de 14 años, recibió dos disparos, uno en el pecho y otro en la cabeza. Los análisis sugieren que el primero no fue inmediatamente fatal, que hubo unos minutos entre el primer y el segundo disparo. Minutos de agonía.

 Sofía Morales, la niña de 9 años, murió por asfixia. No hay heridas de bala en su cuerpo. Los análisis forenses determinan que fue sofocada, probablemente con una mano o con algún objeto presionado contra su rostro hasta que dejó de respirar. Los cuatro murieron el mismo día de su desaparición, probablemente entre las 9:30 y las 11 de la mañana del domingo 14 de julio.

 La investigación se intensifica como nunca antes. Ya no están buscando personas desaparecidas, ahora están buscando asesinos. asesinosque ejecutaron a sangre fría a una familia entera, incluyendo a un adolescente y a una niña pequeña. Los análisis balísticos revelan que los disparos se hicieron con un arma de 9 mm, probablemente una pistola semiautomática.

 Los proyectiles encontrados en los cuerpos son de fabricación argentina, del tipo que se consigue en el mercado negro chileno con relativa facilidad. ¿Pero por qué? ¿Qué motivo tenían para matarlos? La hipótesis principal de los investigadores es la siguiente. Roberto, por su aventura con Verónica o por algún otro asunto del que nadie más sabía, tenía conexión con personas peligrosas.

Tal vez debía dinero, tal vez presenció algo que no debía, tal vez se involucró en algo ilegal sin saber en qué se estaba metiendo. Esas personas decidieron actuar. Sabían que Roberto iba a viajar a Puerto Varas ese domingo. Quizás lo habían estado vigilando. Pincharon su neumático deliberadamente en algún momento del trayecto, probablemente dejando caer el clavo en la ruta, sabiendo que lo agarraría.

Cuando Roberto se detuvo en la verma, ellos estaban esperando. Lo obligaron a bajar junto con toda su familia. Lo subieron a un vehículo, probablemente la camioneta blanca que Carlos Mendoza vio. Condujeron el Rab 4 hacia el campo para ocultarlo. Luego llevaron a la familia a un lugar apartado, queya, a más de 40 km de distancia.

 Allí los ejecutaron a Roberto, luego a Claudia. Matías intentó correr o defenderse, por eso recibió dos disparos. a Sofía, tal vez por no poder disparar contra una niña tan pequeña, uno de los asesinos la asfixió. Enterraron los cuerpos superficialmente, los cubrieron con ramas y tierra y desaparecieron. La PDI arresta a cinco personas en las siguientes dos semanas.

 Primero, arrestan a Juan Carlos Fuentes, el conductor de la camioneta blanca, a pesar de su coartada. Bajo interrogatorio intenso, Fuentes finalmente admite que prestó su camioneta a un conocido ese domingo por la mañana. Le pagaron 100,000 pesos por no hacer preguntas. Describe al hombre, aproximadamente 35 años, Constitución Media, acento de Santiago.

 No sabía su nombre. Lo conoció en un bar en Talca un mes antes. Luego arrestan a Verónica Hidalgo nuevamente. Esta vez, tras 8 horas de interrogatorio, Verónica confiesa que mintió. Roberto no había terminado la relación con ella, al contrario, le había pedido que esperara, que se iba a separar de Claudia después del viaje y le había contado algo, que estaba metido en un negocio de importación de repuestos de autos desde Argentina, que resultó ser fachada para contrabando.

 Roberto había descubierto que su empresa estaba involucrada y había amenazado con denunciarlos. Con esta información, la PDI rastrea las conexiones laborales de Roberto. Descubren que su jefe directo, Mauricio Lagos, tiene antecedentes por tráfico de mercadería ilegal. Mauricio Lagos es arrestado. Su celular muestra comunicaciones con dos individuos conocidos en el mundo criminal de Santiago, Óscar Jara y Damián Soto, ambos con antecedentes por crímenes violentos.

Óscar Jara y Damián Soto son arrestados en un operativo en una población de Puente Alto. En el registro de sus propiedades encuentran un arma de 9 mm, la misma calibre usada en los asesinatos. Los análisis balísticos confirman, es el arma homicida. El juicio comienza en marzo de 2020 y se extiende por 6 meses.

Es uno de los casos más mediáticos en la historia criminal reciente de Chile. Las familias Morales y Sepúlveda están presentes en cada audiencia, sentados en primera fila, vistiendo de negro con fotografías de sus seres queridos colgadas al cuello. La fiscalía presenta un caso sólido. pruebas balísticas concluyentes, registros telefónicos, transferencias de dinero, testimonios clave y la confesión parcial de algunos involucrados.

 La defensa intenta desacreditar a los testigos, hablar de pruebas circunstanciales y sembrar dudas sobre la cadena de custodia del arma, pero el peso de la evidencia es abrumador. Durante el juicio se revela que Mauricio Lagos ordenó el asesinato. Temía que Roberto cumpliera su amenaza de denunciar la red de contrabando que operaba entre Chile y Argentina.

Para lagos, Roberto se había convertido en un riesgo, un riesgo que decidió eliminar de la forma más brutal posible. Óscar Jara y Damián Soto son identificados como los autores materiales. Jara fue quien ejecutó a Roberto y Claudia. Soto disparó contra Matías. La muerte de Sofía, según el tribunal, fue responsabilidad directa de Soto, quien confesó haberla asfixiado cuando la niña comenzó a gritar.

 Juan Carlos Fuentes es condenado como encubridor. Sabía que algo grave ocurriría, pero eligió el dinero y el silencio. Verónica Hidalgo no es acusada de participación directa en los homicidios, pero sí de obstrucción a la justicia por mentir reiteradamente durante la investigación. En septiembre de 2020, el tribunal dicta sentencia.

 Mauricio Lagos es condenado acadena perpetua calificada, sin posibilidad de beneficios hasta cumplir al menos 40 años efectivos de prisión. Óscar Jara y Damián Soto reciben cadena perpetua simple por cuatro homicidios calificados. Juan Carlos Fuentes es condenado a 5 años y un día de prisión como encubridor. La lectura de la sentencia dura más de 2 horas. Cuando el juez pronuncia los nombres de Roberto, Claudia, Matías y Sofía, la sala permanece en absoluto silencio.

No hay aplausos, no hay alivio, solo un vacío profundo, porque ninguna condena devuelve una vida y menos cuatro. El caso se cierra judicialmente, pero no humanamente. Patricia deja Santiago y se muda al sur. Dice que no puede seguir viviendo en una ciudad donde cada esquina le recuerda a su hermana. Don Sergio muere dos años después en silencio, sin haber vuelto a sonreír.

En aquella, el campo donde fueron encontrados los cuerpos, permanece abandonado. Nadie quiere comprarlo. Los vecinos dicen que por las noches el lugar se siente pesado, como si algo hubiera quedado atrapado allí para siempre. El caso Morales se convierte en material de estudio en escuelas de criminología, en ejemplo de cómo el crimen organizado puede infiltrarse en la vida de personas comunes, familias normales, que jamás imaginaron estar en peligro.

El domingo 14 de julio de 2019, una familia chilena salió de su casa rumbo a un viaje que nunca llegó a destino. No sabían que ese trayecto sería el último. No sabían que una decisión tomada en silencio, una amenaza dicha a medias y un negocio sucio sellarían su destino. Este fue el caso que congeló Chile.

Una familia, un viaje, una desaparición inexplicable. que terminó revelando una verdad demasiado oscura.