El caso que congeló Argentina, dos hermanas, un paseo y una desaparición sin explicación. ¿Alguna vez has subido a un colectivo pensando que es el trayecto más simple del mundo? Un viaje de 30 minutos, una ruta conocida, un destino familiar. Pero, ¿qué pasaría si nunca llegaras? Si simplemente desaparecieras sin dejar rastro, en plena luz del día, rodeada de testigos.
Lo que estás a punto de escuchar es una de las historias más perturbadoras que Argentina ha vivido en las últimas décadas. Dos hermanas, Lucía y Martina Peralta, de 19 y 22 años subieron a un colectivo de la línea 60 en Buenos Aires un martes soleado de marzo. Tenían planes para esa tarde.
Comprar un regalo para el cumpleaños de su madre, almorzar juntas, volver a casa. planes simples, cotidianos, normales, pero nunca llegaron a su destino. Nadie las vio bajar del colectivo. Las cámaras de seguridad fallaron misteriosamente. Los testimonios de los pasajeros se contradijeron y lo más escalofriante, el chóer del colectivo simplemente desapareció tres días después sin dar ninguna explicación.
Buenos Aires, barrio de Caballito. Martes 12 de marzo de 2019. El verano aún no había terminado completamente y la ciudad vivía esos últimos días de calor intenso antes de que el otoño comenzara a instalarse.
La temperatura rondaba los 32 gr a media tarde y la humedad característica del río de la plata hacía que el aire se sintiera pesado, casi tangible. En un departamento de tres ambientes en la calle Acoite, la familia Peralta vivía su rutina de martes como cualquier otra. Gabriel Peralta, contador de 48 años, había salido temprano esa mañana hacia su oficina en el microcentro.
Su esposa Patricia Domínguez de Peralta, maestra de primaria de 45 años, estaba en la escuela donde trabajaba en el barrio de Flores y sus dos hijas, Lucía y Martina, tenían el día libre. Lucía Peralta tenía 19 años y estaba en su segundo año de la carrera de psicología en la UVA.v

Era una chica de personalidad tranquila, introvertida, con el cabello castaño largo, siempre recogido en una trenza francesa. Usaba anteojos de marco grueso color bordo y su estilo era simple: jeans, remeras sueltas, zapatillas conversadas. Era metódica, organizada, la típica hermana mayor responsable, aunque en realidad era la menor.
Martina, de 22 años, era su opuesto. Estudiaba diseño de indumentaria en la Universidad de Palermo y tenía una personalidad extrovertida, casi explosiva. Su cabello era rubio, teñido, con mechas platinadas, siempre lo llevaba suelto, con ondas marcadas. Se vestía con ropa más arriesgada. vestidos cortos, tacos altos, incluso para salir durante el día, maquillaje siempre impecable.
Era el tipo de chica que iluminaba cualquier habitación donde entraba. A pesar de sus diferencias, las hermanas Peralta eran inseparables. Habían compartido habitación toda su vida. Se contaban absolutamente todo. Eran la mejor amiga una de la otra. Patricia, su madre, solía decir que nunca había visto dos hermanas tan unidas.
Esa mañana del 12 de marzo, ambas se levantaron tarde, alrededor de las 10:30. Era temporada de receso de invierno en la uva y Martina tenía la semana libre de la facultad. Desayunaron juntas en la cocina, mate con tostadas, como siempre. Lucía revisaba Instagram en su celular mientras Martina le contaba sobre un chico que había conocido en una fiesta el fin de semana anterior.
Es arquitecto Lu. Tiene como 26. trabaja en un estudio recopado de Palermo y es relindo, te lo juro”, decía Martina con entusiasmo mostrándole fotos del Instagram del chico. Lucía sonreía mientras tomaba mate. “¿Y cuándo lo vas a volver a ver?” Me dijo que me escribía para salir esta semana.
Ya veremos, pero bueno, primero tenemos que resolverlo de mamá. El cumpleaños de Patricia era en tres días. El viernes 15 de marzo y las hermanas aún no habían comprado su regalo. Habían decidido juntar plata para comprarle un reloj que su madre había mencionado varias veces, uno que había visto en una joyería del barrio de 11. “Vamos hoy a 11”, preguntó Lucía.
Dale. Salimos tipo 2 de la tarde, vamos a la joyería, compramos el reloj y después podemos ir a almorzar algo por ahí. Hace mil que no vamos a comer a ese lugar de empanadas que nos gusta. Perfecto. Voy a bañarme entonces. Lucía se duchó primero, luego Martina. Para la 1:30 de la tarde, ambas estaban listas.
Lucía vestía unos jeans claros, una remera blanca lisa y sus conversas. Llevaba una mochila pequeña cruzada con su billetera, el celular y las llaves. Martina usaba un vestido corto floreado, sandalias con taco de 5 cm y llevaba una cartera de cuero marrón más grande. Antes de salir, Martina tomó una foto deambas frente al espejo del living.
En la imagen que después se volvería icónica en los medios argentinos, las dos hermanas sonreían despreocupadas. Martina hacía un gesto de paz con los dedos. Lucía tenía una sonrisa tímida. La foto fue subida a la historia de Instagram de Martina a las 13:47 con el texto día de compras con mi hermanita. Esa sería la última foto de las hermanas Peralta con vida que su familia vería.
Salieron del departamento a las 210 de la tarde. Patricia, su madre, les había dejado un mensaje de voz en el grupo de WhatsApp de la familia esa mañana. Chicas, si van a 11, tengan cuidado, lleven los celulares guardados, no los saquen en la calle y avísenme cuando lleguen y cuando vuelvan. Martina respondió con un emoji de pulgar arriba.
Lucía mandó un Okay, ma, no te preocupes. Desde el departamento en caballito hasta la joyería en 11 había varias opciones de transporte público. Podían tomar el subte línea A la estación Pue Redón y después el B hasta Miserere. Pero hacía mucho calor y los subtes en hora a pico del mediodía eran insoportables.
También podían tomar un Uber o un taxi, pero estaban tratando de ahorrar plata para el regalo de su madre. Decidieron tomar el colectivo de la línea 60, que pasaba a tres cuadras de su casa y las dejaba a pocas cuadras de la joyería. Era la opción más directa y económica. A las 14:03, según los registros de las cámaras del edificio, Lucía y Martina salieron del edificio.
El portero Don Osvaldo, un hombre de 65 años que trabajaba ahí desde hacía 20, las vio salir y les dijo, “Que tengan linda tarde, chicas.” Ambas le devolvieron el saludo con una sonrisa. Caminaron las tres cuadras hasta la parada del 60 en la esquina de Acoite y Ribadavia. Hacía un calor sofocante. Martina se quejaba del sol. Lucía le prestó su gorra.
Había varias personas esperando el colectivo. Una señora mayor con bolsas de compras, un hombre con traje que revisaba su celular, dos adolescentes con uniformes escolares. A las 14:12, el colectivo de la línea 60, interno número 38847, llegó a la parada. El chóer era Ramón Benítez, un hombre de 42 años que llevaba trabajando para la empresa de transporte casi 15 años.
Era conocido entre los pasajeros regulares como alguien amable, conversador, que siempre tenía la radio puesta con música cumbia o cuarteto. Las cámaras de seguridad de un comercio en la esquina captaron el momento exacto en que las hermanas Peralta subieron al colectivo. En el video que después fue analizado cuadro por cuadro por la policía, se ve a Martina subiendo primero, pagando con su tarjeta. Sube.
Lucía sube después, también pasa su tarjeta. Ambas se dirigen hacia el fondo del colectivo que estaba moderadamente lleno con aproximadamente 12 o 15 pasajeros. Ese fue el último registro visual confirmado de Lucía y Martina Peralta. El recorrido desde esa parada hasta la zona de 11 donde debían bajarse tomaba aproximadamente 25 a 30 minutos dependiendo del tráfico.
El colectivo tenía que hacer varias paradas, cruzar Rivadavia, pasar por el barrio de Almagro y finalmente llegar a la zona comercial de 11 cerca de la estación de tren. Pero las hermanas Peralta nunca llegaron a su destino. A las 3 de la tarde, Patricia Peralta, que había salido más temprano de la escuela ese día por una reunión cancelada, llegó a su casa.
Vio que sus hijas no estaban y no le dio importancia. Sabía que habían ido de compras. Se preparó algo de almorzar, puso la televisión, respondió algunos mensajes de trabajo. A las 4 de la tarde intentó llamar a Martina para preguntarle si ya habían comprado el reloj. El teléfono sonó, pero nadie contestó. Probó tres veces más en los siguientes 15 minutos.
Nada. Luego intentó con Lucía. Mismo resultado. A las 4:30, Patricia comenzó a sentir una inquietud creciente. No era normal que sus hijas no contestaran, siempre estaban con los celulares en la mano. Les mandó mensajes por WhatsApp. Chicas, ¿dónde están? ¿Me tienen preocupada? Los mensajes fueron entregados, aparecieron las dos palomitas azules, pero no hubo respuesta.
A las 5 de la tarde, Patricia llamó a Gabriel, su esposo, que todavía estaba en la oficina. Gabi, las chicas salieron a las 2 de la tarde y no contestan el teléfono. ¿Vos sabés algo? Gabriel le dijo que no sabía nada, que seguramente estaban entretenidas comprando o habían ido a comer y tenían los celulares en silencio. Le pidió que no se preocupara todavía, pero Patricia conocía a sus hijas.
Sabía que algo no estaba bien. A las 6 de la tarde, cuando el sol comenzaba a bajar y la temperatura finalmente descendía un poco, Patricia tomó una decisión. llamó a Rocío, la mejor amiga de Martina desde la secundaria que vivía en Flores. Ro, ¿viste a Marty hoy? No, Pato. ¿Por qué? ¿Pasa algo? Salió con Lucía al mediodía y no contesta el teléfono.
¿No te dijo nada de otros planes? No, nada. La última vez que hablamos fue ayer a lanoche. ¿Querés que intente llamarla? Sí, por favor. y avisame si sabés algo. Rocío intentó contactar a Martina sin éxito. También probó escribirle a Lucía, con quien tenía una relación cercana. Nada. A las 7 de la noche, cuando el cielo ya se oscurecía sobre Buenos Aires, Patricia y Gabriel tomaron la decisión de ir a buscarlas.
Primero fueron a la joyería en 11, donde supuestamente iban. El dueño, un señor mayor llamado don Julio, les dijo que no había visto a las chicas ese día. Recorrieron las cuadras cercanas, preguntando en comercios, mirando en los locales de ropa donde Martina solía entrar, revisando las confiterías. Nada, nadie las había visto.
A las 8:30 de la noche, con el estómago hecho un nudo y las manos temblando, Patricia Peralta llamó al 9 Tios 11. Mis hijas desaparecieron, salieron esta tarde y no volvieron. No contestan el teléfono. No sé dónde están. La operadora del 911 le hizo las preguntas de protocolo, nombres, edades, descripción física.
Última vez que las vio, última ropa que vestían. Patricia respondió todo con voz cada vez más quebrada. La operadora le dijo que enviaba un móvil policial a su domicilio. 40 minutos después, dos oficiales de la policía de la ciudad llegaron al departamento de los Peralta en Caballito. Eran el oficial Marcelo Ruiz y la oficial Daniela Sosa.
Ambos jóvenes, probablemente menores de 30 años. Tomaron nota de toda la información, revisaron las redes sociales de las chicas, pidieron las últimas fotos que la familia tenía de ellas. ¿Hay alguna posibilidad de que se hayan ido por voluntad propia?, preguntó el oficial Ruiz. ¿Algún novio, algún problema familiar, algo que pudiera haberlas hecho querer alejarse? Patricia negó con la cabeza enfáticamente.
No, mis hijas son muy unidas a nosotros. No tienen problemas. Lucía está feliz en la facultad. Martina también. Estábamos planeando el cumpleaños mío para el viernes. ¿Por qué se irían? Solo preguntamos porque en casos de personas adultas, jóvenes, a veces hay situaciones que la familia desconoce, explicó la oficial Sosa con tono más suave.
Gabriel, el padre intervino con voz firme. Oficiales, algo malo pasó. Mis hijas no desaparecerían así. Necesitamos que las busquen ahora. Los oficiales prometieron iniciar la búsqueda inmediatamente. Tomaron las fotos de Lucía y Martina, anotaron todos los datos relevantes y se fueron con la promesa de estar en contacto. Esa noche Patricia y Gabriel no durmieron.
Se quedaron sentados en el living, abrazados, mirando sus teléfonos obsesivamente, esperando que en cualquier momento sus hijas llamaran, mandaran un mensaje, aparecieran por la puerta pidiendo disculpas por haberlos preocupado, pero el teléfono nunca sonó, los mensajes nunca llegaron y la puerta nunca se abrió.
en algún lugar de Buenos Aires, en algún punto entre caballito y 11, en algún momento entre las 14:1 cuando subieron al colectivo y las 14:40 cuando deberían haber llegado a su destino, Lucía y Martina Peralta simplemente desaparecieron y nadie, absolutamente nadie, parecía saber qué había pasado. Miércoles 13 de marzo, 6:30 a.
El sol comenzaba a salir sobre Buenos Aires, pero para la familia Peralta la noche nunca había terminado. Patricia estaba sentada en el sofá del living, mirando fijamente la puerta de entrada, como si la fuerza de su voluntad pudiera hacer que sus hijas aparecieran. Gabriel estaba en el teléfono por décima vez esa madrugada llamando a hospitales, clínicas, centros de salud, preguntando si habían ingresado dos chicas jóvenes dando las descripciones físicas de Lucía y Martina.
Hasta ahora todas las respuestas habían sido negativas. A las 7 de la mañana, el departamento comenzó a llenarse de gente. Llegó primero la hermana de Patricia, tía Silvia, que vivía en Villacrespo. Luego, los padres de Gabriel desde Morón. Rocío, la mejor amiga de Martina, apareció a las 8 con otros tres amigos de las chicas.
Todos querían ayudar en la búsqueda. El teléfono de la familia no paraba de sonar. vecinos que se habían enterado, compañeros de la facultad, profesores, conocidos. La noticia se estaba esparciendo rápidamente por WhatsApp y redes sociales. Dos hermanas desaparecidas en Buenos Aires, última vez vistas subiendo a un colectivo.
A las 9 de la mañana llegó al departamento el inspector Julio Mendoza de la UFI, unidad fiscal de investigación especializada en personas desaparecidas. Era un hombre de unos 50 años, canoso, con expresión seria, pero no fría. Había trabajado en casos de desapariciones durante más de 20 años. Sabía exactamente qué preguntas hacer.
Se sentó con Patricia y Gabriel en la mesa del comedor, sacó una libreta y comenzó el interrogatorio formal. Cuéntenme todo desde el principio, cada detalle, por pequeño que parezca. Patricia, con voz temblorosa, pero haciendo un esfuerzo por mantenerse coherente, le contó toda la historia.
El plan de ir a 11, la fotoen el espejo, la hora en que salieron, el último contacto por WhatsApp, le mostró el mensaje que Martina había mandado a las 13:47, la última comunicación de cualquiera de las dos. Las chicas tenían algún problema, deudas, exparejas problemáticas. ¿Alguien que pudiera haberlas amenazado?”, preguntó Mendoza. “No, respondió Gabriel. Lucía ni siquiera tenía novio en este momento.
Estaba enfocada en la facultad. Martina salía con chicos, pero nada serio, nada conflictivo. ¿Drogas, alcohol, algún tipo de adicción?” Patricia se indignó. “No, mis hijas son chicas sanas. Sí, Martina salía a bailar los fines de semana, tomaba alcohol socialmente, pero nada más. Lucía ni siquiera eso, era supertranquila.
Mendoza asintió tomando notas. No los estoy acusando de nada. Solo necesito tener el panorama completo. A veces los jóvenes tienen vidas que sus padres desconocen. Inspector, intervino Gabriel con tono firme. Conozco a mis hijas, las conozco bien. Algo les pasó. No se fueron por voluntad propia.
Alguien las tiene o alguien les hizo daño y necesitamos encontrarlas. Ya entiendo su desesperación, señor Peralta, y le prometo que vamos a hacer todo lo posible, pero necesito que me ayuden siendo completamente honestos y precisos en toda la información que me den. Durante las siguientes dos horas, Mendoza entrevistó a Patricia y Gabriel sobre cada aspecto de las vidas de sus hijas.
rutinas diarias, lugares frecuentados, amistades, actividades en redes sociales, situación financiera, problemas académicos, absolutamente todo. También pidió acceso a las cuentas de redes sociales de las chicas. Patricia le dio las contraseñas de Instagram y Facebook que sabía. Mendoza asignó a un técnico para revisar toda la actividad digital de Lucía y Martina en busca de alguna pista.
Pero el breakthrough en el caso vino de otra fuente. A las 11 de la mañana, un equipo de investigadores de la fiscalía ya estaba trabajando en rastrear el recorrido del colectivo Línea 60 interno 3847, el mismo que las hermanas Peralta habían tomado el día anterior. El inspector Mendoza personalmente fue a las oficinas de la empresa de transporte líneas del sur SA, ubicadas en el barrio de Liniers.
El gerente de operaciones, un hombre llamado Gustavo Ferreira, lo recibió en su oficina. Estaba visiblemente nervioso. La desaparición de dos pasajeras de uno de sus colectivos era una pesadilla de relaciones públicas y potencialmente legal. Inspector, le aseguro que estamos cooperando completamente con la investigación”, decía Ferreira mientras tecleaba en su computadora.
Ya localicé el interno 3847. El chóer ese día era Ramón Benítez, uno de nuestros empleados más antiguos y confiables. “Necesito hablar con él inmediatamente”, dijo Mendoza. Intenté llamarlo esta mañana cuando me enteré del caso. Su celular está apagado. Vive en mataderos. Ya envié a alguien de la empresa a su domicilio, pero no estaba.
Mendoza frunció el seño. No estaba en su casa. Tiene su turno hoy. Ferreira revisó el sistema. No, hoy es su día libre. Trabaja lunes, martes, jueves y viernes. Los miércoles y fines de semana libres. Entonces, ¿dónde está? No lo sé, inspector, y eso me preocupa. Mendoza sintió que el caso tomaba un giro más oscuro.
Un chóer, cuyo colectivo fue el último lugar donde fueron vistas dos chicas desaparecidas, ahora no aparecía ni contestaba llamadas. Era demasiada coincidencia. Necesito todo lo que tengan sobre Ramón Benítez. dirección, teléfono, contactos de emergencia, historial laboral, todo. Ferreira imprimió varios documentos y se los entregó.
Ramón Benítez, 42 años, domiciliado en mataderos, casado, dos hijos. 15 años trabajando para la empresa sin ningún incidente reportado, buen empleado según su file. Pero había algo más. Ferreira vaciló antes de decir, “Inspector, hay algo que debería saber. Las cámaras de seguridad del colectivo 38847. ¿Qué pasa con las cámaras? No funcionaban ese día.
Hubo un problema técnico. El sistema de grabación falló. Mendoza sintió la sangre el arce. Me está diciendo que no hay grabación del interior del colectivo. Así es. El técnico revisó el sistema esta mañana. Las cámaras externas funcionaban bien, las que muestran las puertas de ascenso, pero las cámaras internas que graban a los pasajeros fallaron. No sabemos por qué.
¿Cuándo fue la última vez que funcionaban? El día anterior, lunes 11 de marzo. Ese día el sistema funcionó perfectamente, pero el martes 12, el día del incidente, dejaron de grabar a las 13:47. Mendoza sintió un escalofrío las 13:47, exactamente la hora en que Martina había subido su última historia de Instagram. Era coincidencia.
Necesito que ese colectivo sea revisado completamente por nuestro equipo forense y necesito encontrar a Ramón Benítez ahora. Una hora después, Mendoza estaba en el domicilio de Benítez en Mataderos con un equipo de cuatro oficiales. Era una casahumilde, pero bien mantenida en una calle tranquila.
Tocaron el timbre repetidamente, nadie contestó. Una vecina de la casa de al lado, una señora de unos 60 años, se acercó curiosa. ¿Buscan a Ramón? Sí, señora, lo ha visto. No, desde ayer. Lo vi salir a trabajar por la mañana temprano como siempre, pero no lo vi volver y su auto no está. ¿Sabe dónde puede estar? No tengo idea.
¿Pasó algo? Mendoza no respondió. En cambio, decidió entrar a la casa con orden judicial que tramitó urgentemente. Cuando finalmente lograron acceso a la vivienda de Benítez, encontraron algo perturbador. La casa estaba ordenada, limpia, pero había señales de salida apresurada. En el dormitorio principal, el closet estaba abierto y faltaba ropa, cajones medio abiertos.
En el baño faltaban artículos de higiene personal. Y en la cocina sobre la mesa había una nota escrita a mano con letra temblorosa. Perdónenme, no pude evitarlo. Dios me perdone. Nada más, solo esas palabras crípticas y aterradoras. Mendoza llamó inmediatamente para emitir una alerta de búsqueda de Ramón Benítez. Su foto fue distribuida a todas las comisarías, terminales de buses, aeropuertos, pasos fronterizos.
Se convirtió oficialmente en el principal sospechoso de la desaparición de Lucía y Martina Peralta. Los medios de comunicación explotaron con la noticia. Para la tarde del miércoles, todos los canales de televisión argentinos cubrían el caso. Chóer de colectivo desaparece después de que dos hermanas subieron a su vehículo y nunca bajaron, gritaban los titulares.
Las redes sociales se llenaron de teorías. Algunos decían que Benítez había secuestrado a las chicas con cómplices. Otros especulaban sobre trata de personas. Había quien sugería que las hermanas estaban muertas y Benítez había oído por culpa. Las teorías eran infinitas y cada una más oscura que la anterior.
En el departamento de Caballito, Patricia Peralta veía las noticias con horror. Ver las fotos de sus hijas en todos los canales. Escuchar a periodistas especular sobre su destino era una tortura insoportable. Gabriel, por su parte, había organizado una búsqueda masiva. Con ayuda de amigos, vecinos y voluntarios imprimieron miles de flyers con las fotos de Lucía y Martina. Desaparecidas.
Se busca información, decían los carteles. Los pegaron por todo Buenos Aires en colectivos, subtestes, postes, comercios, escuelas. Rocío, la amiga de Martina, creó una página de Facebook llamada Ayudemos a encontrar a Lucía y Martina Peralta. En menos de 24 horas tenía 50,000 seguidores. La gente compartía las fotos, ofrecía ayuda, reportaba supuestos avistamientos, pero ninguno de los avistamientos llevaba a nada concreto.
Alguien decía haberlas visto en Constitución, otro en La Plata. Un tercero juraba que estaban en una estación de servicio en la ruta hacia Mar del Plata. Todos los reportes fueron verificados y todos resultaron ser casos de identidad equivocada o directamente inventados. El jueves 14 de marzo, dos días después de la desaparición, el caso tomó otro giro inquietante.
Un pasajero del colectivo 1847 del martes 12 de marzo, finalmente se presentó en una comisaría para dar su testimonio. Era un hombre de 35 años llamado Diego Márquez, ingeniero, que había tomado ese mismo colectivo aproximadamente a las 14:15, solo unos minutos después de que las hermanas Peraltas subieran.
Su testimonio fue escalofriante. Yo subí en la parada de Ribadavia y Pueir Redón, explicó Diego al inspector Mendoza. Me senté cerca del medio del colectivo. Había varias personas, tal vez unas 15. Vi a dos chicas jóvenes sentadas en el fondo, cerca de la puerta trasera. Una rubia y una morocha. Me parecieron las hermanas de las fotos que están en las noticias.
¿Qué pasó después? preguntó Mendoza inclinándose hacia delante. Después de un par de paradas, el colectivo se detuvo en un semáforo en Rivadavia y Medrano. De repente, el chóer hizo algo extraño. Se levantó de su asiento, cerró las puertas con el botón manual y miró hacia atrás del colectivo por varios segundos. Fue raro.
Raro como si estuviera buscando a alguien específico, como si estuviera verificando algo. Y luego arrancó y siguió manejando normalmente, pero aceleró más que antes, saltándose un par de paradas donde había gente esperando. Y las chicas del fondo las vio reaccionar a algo. Diego vaciló. Eso es lo extraño.
Yo las miré un par de veces porque me llamó la atención que fueran tan parecidas, claramente hermanas. Y en un momento vi que la rubia le mostraba algo en el celular a la morocha. Se estaban riendo, parecían completamente normales. Pero después, después, ¿qué? Después, en la parada siguiente bajaron varios pasajeros. Yo me quedé porque iba más lejos y cuando volví a mirar hacia atrás las chicas ya no estaban.
Mendoza sintió que su corazón se aceleraba. No las vio bajar, ¿no? Y eso es lo que me parece tan raro,porque estaba atento. El colectivo estaba lleno después de esa parada. Si se hubieran levantado y caminado hacia la puerta, las habría visto, pero simplemente ya no estaban. como si se hubieran evaporado. ¿En qué parada fue eso? Creo que en Rivadavia y Junín, o tal vez Mateu, por esa zona de Balbanera.
Mendoza tomó notas frenéticamente. ¿Vio algo más extraño? ¿Alguien más que actuara de manera sospechosa? No, solo eso. Y honestamente no le di mucha importancia. En el momento pensé que tal vez habían bajado por la puerta del medio y yo no me había dado cuenta. Pero cuando vi las noticias y vi las fotos de las chicas, me di cuenta de que eran ellas y me pareció que debía venir a declarar. Hizo bien.
Muchísimas gracias por su cooperación. Después de que Diego Márquez se fuera, Mendoza reunió a su equipo. Ahora tenían una ventana de tiempo y ubicación más específica. Las hermanas Peralta habían estado en el colectivo hasta aproximadamente la parada de Ribadavia y Junín, que quedaba a unos 10 o 15 minutos de donde habían subido.
“Necesito que revisen todas las cámaras de seguridad de esa zona”, ordenó Mendoza. Comercios, cajeros automáticos, edificios, todo. Si las chicas bajaron en esa parada, tiene que haber algún registro. Su equipo se dispersó inmediatamente para comenzar la tarea titánica de revisar horas de grabaciones. Mientras tanto, la búsqueda de Ramón Benítez continuaba sin éxito.
Su auto, un Chevrolet Corsa modelo 2008 color azul, había sido reportado en un sistema de peajes saliendo de Buenos Aires hacia el norte el miércoles por la madrugada, pero después de eso nada. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. La esposa de Beníz, María Elena Soto, fue interrogada extensamente. Estaba visiblemente destrozada, llorando constantemente, insistiendo en que su marido era un buen hombre, que jamás haría daño a nadie.
“Ramón es incapaz de lastimar a una mosca”, decía entre sollozos. es un buen padre, un buen esposo. No entiendo qué está pasando. Él me llamó el martes por la noche después de su turno. Me dijo que había tenido un día difícil. Sonaba raro como estresado. Le pregunté qué pasaba y me dijo que hablaríamos en casa, pero nunca llegó a casa.
¿Qué hora era cuando lo llamó?, preguntó Mendoza. como las 7 de la tarde, dijo que estaba por salir del depósito donde dejan los colectivos y nunca le dijo qué le había pasado ese día. No, solo que había sido un día complicado. Pensé que tal vez había tenido problemas con algún pasajero o algo así. Eso pasa a veces, pero nunca imaginé esto.
María Elena también reveló algo importante. Ramón dejó su celular personal en casa. Se lo encontré en el cajón de su mesa de luz. Solo se llevó un teléfono viejo que tenía guardado, uno de esos básicos sin internet. Eso explicaba por qué no habían podido rastrearlo por GPS. Benites había sido lo suficientemente inteligente como para dejar su smartphone y llevarse solo un celular básico que era casi imposible de rastrear.
El viernes 15 de marzo, 3 días después de la desaparición, era el cumpleaños de Patricia Peralta. Pero no hubo celebración, no hubo torta, ni regalos, ni reunión familiar, solo había dolor, miedo e incertidumbre. Ese día el equipo de Mendoza finalmente encontró algo en las grabaciones de seguridad. Una cámara de un banco en la esquina de Ribadavia y Junín había capturado el momento exacto en que el colectivo Trencio Chunot 47 se detenía en la parada.
En el video se podía ver claramente el colectivo. Las puertas se abrían, varios pasajeros bajaban, pero no había señal de Lucía y Martina Peralta. Sin embargo, había algo extraño. Justo después de que los últimos pasajeros bajaran, antes de que el chóer cerrara las puertas, se veía un movimiento brusco dentro del colectivo, como si algo o alguien se hubiera movido rápidamente hacia la parte trasera del vehículo, pero la calidad de la imagen no permitía ver exactamente qué era.
Y luego, algo aún más perturbador, se veía a Ramón Benítez, el chóer, girarse completamente en su asiento y mirar hacia la parte trasera del colectivo durante varios segundos. Su expresión era visible a través de la ventana frontal. No era una expresión normal, era miedo, terror puro.
Luego cerraba las puertas abruptamente y el colectivo arrancaba con velocidad inusual, casi saltando el cordón. “¿Qué vio Benítez?”, se preguntaba Mendoza en voz alta mientras revisaba el video por quinta vez. ¿Qué diablos pasó dentro de ese colectivo? La respuesta a esas preguntas no llegaría hasta mucho después.
Y cuando finalmente llegara, sería mucho más oscura de lo que nadie había imaginado. Lunes 18 de marzo, 6 días después de la desaparición de las hermanas Peralta. Buenos Aires vivía bajo una nube de tensión colectiva. El caso había capturado completamente la atención del país. No se hablaba de otra cosa en los medios, en las redes sociales, en lasconversaciones de oficina y en las mesas familiares.
Patricia y Gabriel Peralta habían aparecido en todos los programas de televisión importantes suplicando por información. Las imágenes de Patricia llorando en cámaras, pidiendo que le devolvieran a sus hijas, se habían vuelto icónicas y desgarradoras. Gabriel, tratando de mantenerse fuerte, pero visiblemente destruido, ofrecía una recompensa de un millón de pesos por información que llevara a encontrar a Lucía y Martina.
La presión sobre la policía era inmensa. El ministro de seguridad de la provincia de Buenos Aires había asignado a 50 investigadores adicionales al caso. Se habían formado equipos de búsqueda que peinaban descampados, terrenos valdíos, ríos, cualquier lugar donde pudieran estar ocultos cuerpos.
Porque a estas alturas, aunque nadie quería admitirlo abiertamente, todos comenzaban a temer lo peor. El inspector Mendoza trabajaba 18 horas al día durmiendo apenas 4 horas en un catre en su oficina. Tenía el escritorio lleno de papeles, fotos, mapas, testimonios. Había entrevistado a más de 30 pasajeros que habían estado en el colectivo TR847.
Había revisado cientos de horas de grabaciones de cámaras de seguridad. Había seguido docenas de pistas que no llevaban a ningún lado y Ramón Benítez seguía sin aparecer. Hasta ese lunes por la mañana a las 8:47 a. El teléfono de Mendoza sonó con un número desconocido. Contestó con su típico tono profesional, inspector Mendoza.
Del otro lado de la línea, una voz masculina quebrada, apenas audible, susurró, “Inspector, soy Ramón Benítez.” Mendoza se puso de pie inmediatamente, haciéndole señas frenéticas a su equipo para que rastrearan la llamada. “Ramón, ¿dónde está? Necesito que venga a declarar. No puedo volver. No puedo enfrentarlos.
Lo que pasó, Dios mío, lo que pasó. ¿Qué pasó, Ramón? Dígame, ¿qué pasó con las hermanas Peralta? Hubo un silencio largo interrumpido solo por lo que sonaba como soyosos. Fue un accidente. Tienen que creerme, fue un accidente horrible. Explíqueme, ¿dónde están las chicas ahora? No lo sé. Yo entré en pánico. Todo salió mal. todo.
Ramón, necesito que me cuente exactamente qué pasó desde el principio. La voz de Benítez temblaba tanto que era difícil entender sus palabras, pero lo que dijo en los siguientes minutos congelaría la sangre de Mendoza. Las chicas subieron a mi colectivo como a las 2:10 de la tarde. Rubita una, Morocha la otra. Se sentaron atrás. Todo normal.
Al principio hice mi recorrido normal, pero después, como a los 15 minutos, escuché gritos atrás. ¿Qué tipo de gritos? Gritos de pelea. Las dos chicas estaban discutiendo fuerte. La morocha le gritaba algo a la rubia. No entendía bien qué decían, había música en la radio, pero de repente vi por el espejo retrovisor que se estaban peleando físicamente, agarradas del cabello empujándose.
Mendoza frunció el ceño. Esto no coincidía con la descripción que los padres habían dado de sus hijas. Lucía y Martina eran muy unidas, nunca peleaban violentamente. ¿Qué hizo usted? Frené el colectivo en la próxima parada. Les grité que se calmaran. Algunos pasajeros ya estaban mirando, algunos bajándose porque tenían miedo.
Yo me levanté de mi asiento y fui hacia atrás para separarlas. Y entonces la voz se quebró completamente. Ramón Benítez estaba llorando abiertamente ahora. Entonces, ¿qué? Ramón, la morocha, Lucía, creo que era, tenía algo en la mano. No me di cuenta al principio que era, pero cuando llegué cerca vi que era un cuchillo, un cuchillo de cocina de esos pequeños y estaba estaba apuntando a su hermana con él.
Mendoza sintió un escalofrío. Lucía tenía un cuchillo. Sí, no sé de dónde lo sacó. Tal vez lo llevaba en la mochila. estaba gritando cosas como, “Te lo advertí y ya no aguanto más.” Y la otra, Martina, estaba tratando de alejarse con las manos levantadas diciéndole que se calmara. “¿Qué hizo usted?” Intenté quitarle el cuchillo.
Me acerqué por atrás de Lucía y traté de agarrarle el brazo, pero ella se giró bruscamente asustada. Y yo yo la empujé sin querer. La empujé fuerte. Y ella, Dios mío, ella cayó y se golpeó la cabeza contra la varanda de metal. Hubo otro silencio largo. Mendoza esperó sintiendo que su corazón latía con fuerza. Fue un golpe terrible.
Sonó horrible. Ella quedó inconsciente inmediatamente y había sangre, mucha sangre. Martina empezó a gritar arrodillándose junto a su hermana. Los pocos pasajeros que quedaban en el colectivo estaban en shock. Alguien gritó que llamaran a una ambulancia. ¿Y usted qué hizo? Entré en pánico. Pánico total. Pensé que la había matado.
Pensé que iba a ir a prisión, que iba a perder todo mi trabajo, mi familia, mi vida. Y entonces, entonces hice algo terrible. ¿Qué hizo? La voz de Benítez ahora era apenas un susurro. Les grité a todos los pasajeros que bajaran del colectivo. Lesdije que había una emergencia. La mayoría bajó rápido, asustados.
Quedamos solo yo y las dos hermanas. Martina estaba llorando, sosteniendo a Lucía, pidiendo ayuda. Y yo yo cerré las puertas y arranqué. Mendoza cerró los ojos procesando la confesión. ¿A dónde las llevó? Manejé sin rumbo fijo por unos minutos. Estaba en shock. No pensaba claramente. Martina me gritaba que llevara a su hermana al hospital, pero yo tenía miedo.
Pensé que si la llevaba al hospital todos sabrían que yo había sido quien la lastimó, que me acusarían. Entonces, entonces, ¿qué? Vi un terreno valdío en flores, uno de esos lugares abandonados, llenos de basura y yuyullos. Paré ahí, le dije a Martina que bajara a su hermana, que ahí las ayudaría, pero cuando bajó con Lucía en brazos, yo yo cerré la puerta y me fui.
Mendoza sintió náuseas. Las dejó ahí, a una chica inconsciente y sangrando y a su hermana desesperada en un terreno valdío. Sí, Dios me perdone. Sí. Y después volví al depósito de colectivos. Fingí que todo estaba normal. Terminé mi turno. Pero esa noche no pude dormir. No podía dejar de pensar en esas chicas.
Al día siguiente, cuando vi las noticias de que habían desaparecido, me di cuenta de la magnitud de lo que había hecho y me fui. Tomé algo de ropa y me fui. ¿Dónde está ahora Ramón? No puedo decirle, pero necesitaba confesar. Necesitaba que supieran qué pasó, que fue un accidente, que yo solo quería separarlas y todo salió terriblemente mal.
Ramón, necesito que me diga exactamente dónde dejó a las hermanas, en qué terreno valdío, tenemos que encontrarlas. Fue en Flores, cerca de la estación de tren, por la calle Artigas, entre Carabobo y Condarco, un terreno grande con rejas derribadas. No recuerdo el número exacto. Está bien, voy a enviar equipos ahora mismo.
Las chicas estaban vivas cuando las dejó. Hubo una pausa terrible. Lucía, no sé. Estaba inconsciente con mucha sangre. No sé si estaba viva. Martina, sí, obviamente estaba bien físicamente, pero estaba histérica, desesperada. Y usted simplemente las abandonó ahí. A su suerte. Sé que no hay perdón para lo que hice.
Sé que soy un monstruo, pero necesitaba que supieran la verdad, que busquen en ese lugar. Tal vez todavía, tal vez Martina pudo pedir ayuda. Tal vez la llamada se cortó abruptamente. El equipo técnico confirmó que la llamada había sido hecha desde un teléfono público en la ciudad de Rosario, a más de 300 km de Buenos Aires.
Benítez había huido hacia el norte. Mendoza no perdió ni un segundo. Reunió a un equipo de 12 oficiales, paramédicos, perros de búsqueda y se dirigió inmediatamente a la zona que Beníz había descrito. El terreno valdío en flores era exactamente como Benítez lo había descrito, un espacio grande, tal vez de unos 2000 m², lleno de basura, escombros, yuyullos que crecían salvajemente.
Había sido parte de una fábrica que había cerrado años atrás. Las rejas estaban derribadas en varios puntos, permitiendo acceso fácil. El equipo entró al terreno con cautela. Los perros comenzaron a olfatear inmediatamente buscando el olor de seres humanos. Mendoza dividió al grupo en secciones, cubriendo cada metro del lugar.
Pasaron dos horas de búsqueda meticulosa. Encontraron basura, ratas, algunos indigentes que vivían en carpas improvisadas en las esquinas del terreno, pero no señales de Lucía y Martina Peralta. hasta que uno de los perros comenzó a ladrar frenéticamente cerca del fondo del terreno, donde había una pila de escombros de construcción, ladrillos rotos, tablas de madera, pedazos de metal oxidado.
El equipo corrió hacia ese punto y ahí, medio oculto entre los escombros, encontraron algo que hizo que a Mendoza se le detuviera el corazón. Era una cartera de cuero marrón. La abrieron con manos enguantadas. Dentro estaba la identificación de Martina Peralta, su DNI, su tarjeta Sube, algunas tarjetas de crédito, fotos.
También encontraron el celular de Martina con la pantalla completamente destrozada, inutilizable. A pocos metros de ahí, parcialmente enterrada en la tierra suelta, estaba la mochila de Lucía. dentro su billetera con su DNI, un cuaderno de la facultad, lapiceras y algo que confirmaba parte de la historia de Beníz.
Un cuchillo de cocina pequeño con manchas oscuras que parecían ser sangre, pero de las hermanas ni rastro. Continuaron buscando durante horas. Trajeron excavadoras para remover los escombros más pesados. Trajeron equipos con detectores de metal. Perros entrenados para detectar restos humanos descompuestos encontraron más evidencia.
Mechones de cabello que coincidían con las muestras que la familia Peralta había proporcionado. Manchas de sangre en varios puntos del terreno, un zapato de taco que Patricia Peralta identificaría después como perteneciente a Martina. Pero no encontraron cuerpos, no encontraron a las hermanas. Era como si después de ser abandonadas en ese terreno valdío, Lucíay Martina Peralta simplemente se hubieran desvanecido en el aire.
Esa noche, Mendoza tuvo que hacer la llamada más difícil de su carrera. Llamó a Patricia y Gabriel Peralta y les informó sobre la confesión de Benítez y el hallazgo en el terreno valdío. Patricia se derrumbó completamente. Sus gritos de dolor se podían escuchar a través del teléfono. Gabriel, tratando de mantenerse entero por su esposa, hizo la única pregunta que importaba.
Las encontraron. ¿Dónde están mis hijas? No, señor Peralta, encontramos sus pertenencias, pero no a ellas. Todavía las estamos buscando. La verdad implícita en esas palabras era devastadora. Si las hermanas habían sido abandonadas heridas en ese terreno seis días atrás, las posibilidades de encontrarlas con vida eran prácticamente nulas.
Los medios explotaron con la noticia de la confesión de Benítez. Los titulares eran sensacionalistas y brutales. Chofer confiesa haber abandonado a hermanas heridas en terreno valdío. Escalofriante confesión en caso Peralta, donde están Lucía y Martina. La empresa de transporte líneas del sur SA emitió un comunicado expresando su shock y horror por las acciones de su empleado.
Prometieron cooperación total con las autoridades y compensación a la familia Peralta. Pero nada de eso importaba. Realmente lo único que importaba era encontrar a las hermanas. La búsqueda se expandió a todos los terrenos valdíos, edificios abandonados y áreas descampadas en un radio de 5 km del lugar donde habían sido abandonadas.
Se organizaron búsquedas masivas con cientos de voluntarios. Busos revisaron los arroyos y ríos de la zona. Días se convirtieron en semanas, semanas en meses y no había señal de Lucía y Martina Peralta. Ramón Benítez fue finalmente capturado tres meses después en la provincia de Salta, escondido en una casa de un primo.
Fue extraditado a Buenos Aires y enfrentó cargos de abandono de persona, encubrimiento y otros delitos. Durante su juicio, Beníez se mantuvo en su versión de los hechos. Había sido un accidente. Había entrado en pánico, había tomado decisiones terribles. Su defensa argumentaba que no había intención de matar, que era culpable de cobardía y mal juicio, pero no de asesinato.
Sin cuerpos, sin evidencia concreta de muerte, los fiscales no podían acusarlo de homicidio. Eventualmente fue sentenciado a 15 años de prisión por abandono de persona con resultado de muerte. presunta, pero la pregunta seguía flotando en el aire. ¿Qué pasó realmente con Lucía y Martina Peralta? 6 meses después de la desaparición de las hermanas Peralta, el caso seguía abierto, pero la investigación activa había disminuido significativamente.
El inspector Mendoza seguía trabajando en él, pero ahora solo con dos oficiales asignados a tiempo parcial. La mayoría de los recursos policiales habían sido redirigidos a otros casos más recientes. Patricia Peralta nunca volvió a ser la misma. Había dejado su trabajo como maestra.
Pasaba los días en casa mirando fotos de sus hijas, esperando una llamada que nunca llegaba. Gabriel también había reducido drásticamente sus horas de trabajo. La pareja vivía en una especie de limbo sin poder hacer duelo completo porque no había certeza de muerte, pero tampoco capaces de tener esperanza real de que sus hijas estuvieran vivas.
El caso había dejado de ser noticia nacional. aparecía ocasionalmente en programas de misterios sin resolver, en blogs de casos fríos, en documentales de crímenes verdaderos, pero ya no estaba en la mente diaria de la sociedad argentina hasta que llegó septiembre de 2019 y todo cambió nuevamente. Un periodista de investigación llamado Martín Salas había estado obsesionado con el caso desde el principio.
trabajaba para un programa de periodismo de investigación en uno de los canales principales. Había estado haciendo su propio trabajo detectivesco durante meses, revisando evidencia, reentrevistando testigos, buscando inconsistencias en la historia oficial y encontró algo. Martín había logrado acceder a grabaciones de cámaras de seguridad que no habían sido revisadas durante la investigación inicial.
una cámara de un edificio de departamentos en la esquina de Artigas y Carabobo, justo frente al terreno valdío, donde supuestamente las hermanas habían sido abandonadas. La calidad de la grabación era mala, era una cámara vieja y la imagen era granulada, pero mostraba la entrada del terreno valdío el martes 12 de marzo de 2019, entre las 3 pm y las 6 pm y no mostraba ningún colectivo deteniéndose ahí.
Martín revisó las grabaciones múltiples veces. Había varios autos algunas personas caminando, un camión de basura que se detenía brevemente, pero ningún colectivo de la línea 60, ninguna señal de Ramón Benítez dejando a las hermanas en ese lugar. Martín llevó esta información al inspector Mendoza. “¿Está seguro de la hora?”, preguntó Mendoza sintiendo que algo no cuadraba.completamente.
Esta cámara tiene stamp y no hay ningún colectivo durante todo ese periodo. Mendoza frunció el ceño, pero Benítez confesó. Describió el lugar con detalles. ¿Por qué confesaría haber dejado a las chicas ahí si no lo hizo? Esa es exactamente la pregunta, inspector. ¿Qué pasa si Beníz mintió? ¿O qué pasa si está cubriendo a alguien más? O, ¿qué pasa si ni siquiera sabe realmente dónde terminaron las hermanas? Martín tenía más.
Había entrevistado nuevamente a varios pasajeros del colectivo que habían estado ahí cuando supuestamente ocurrió el incidente y sus testimonios no coincidían con la versión de Beníz. Diego Márquez, el ingeniero que había declarado haber visto a las hermanas en el colectivo, ahora tenía dudas sobre su propio testimonio. Mire, yo vi a dos chicas que se parecían a las fotos, pero ahora que lo pienso más, no puedo estar 100% seguro de que fueran ellas.
Había visto tantas fotos en las noticias que tal vez mi cerebro completó los detalles. Y en cuanto a la pelea que supuestamente Beníz describe, yo no vi ninguna pelea. Vi a las chicas sentadas, tranquilas. Nunca violencia entre ellas. Martín también descubrió que otros pasajeros que habían estado en el colectivo ese día tenían versiones completamente diferentes.
Una señora mayor llamada Estela Martínez declaró, “Yo me bajé en la parada de Rivadavia y Mateu, que era antes de donde supuestamente pasó todo. Y cuando bajé, las dos chicas seguían sentadas atrás usando sus celulares. se veían completamente normales. No había tensión, no había pelea. Otro pasajero, un estudiante universitario llamado Lucas Romero, dijo, “Yo estuve en ese colectivo hasta casi el final del recorrido y nunca había dos hermanas.
Vi a varias mujeres jóvenes, pero ninguna que se pareciera específicamente a las fotos de las chicas desaparecidas. Y definitivamente no vi ninguna pelea o ningún incidente con el chóer. Las contradicciones eran imposibles de ignorar. Martín presentó su investigación en un programa especial de 2 horas que fue transmitido un jueves por la noche.
El programa se llamaba El caso peralta. ¿Qué es real y qué es mentira? La audiencia fue masiva. Más de 3 millones de personas vieron el programa. Las redes sociales explotaron con teorías renovadas. Martín presentaba evidencia sistemáticamente, las grabaciones que no mostraban el colectivo, los testimonios contradictorios, las inconsistencias en la confesión de Benítez y finalmente su teoría.
Y si Ramón Benítez nunca dejó a las hermanas en ese terreno valdío, propuso Martín frente a las cámaras. Y si su confesión fue fabricada, ya sea por él mismo o por alguien más, y si las pertenencias de las hermanas fueron plantadas en ese terreno para crear una narrativa falsa. Porque aquí está la gran pregunta que nadie ha hecho.
Si Beníz dejó a las hermanas heridas en ese terreno valdío el martes a las 3 pm y ese terreno está en una zona relativamente transitada, ¿cómo es posible que nadie las viera? ¿Nadie escuchó gritos de auxilio, nadie notó a dos chicas jóvenes heridas? Era una pregunta válida. El terreno valdío estaba en flores. No era una zona completamente desierta.
Había edificios alrededor, comercios, gente pasando. Durante las 6 horas, entre cuando supuestamente fueron abandonadas y cuando oscureció, debería haber habido alguien que las viera o escuchara. Pero nadie reportó nada. Martín continuó. Y aquí hay otro detalle perturbador. Las manchas de sangre encontradas en el terreno fueron analizadas por el laboratorio forense.
El informe que he conseguido a través de una fuente dentro de la investigación indica que la sangre encontrada tenía una antigüedad de aproximadamente una semana cuando fue recolectada. ¿Qué significa esto? El terreno fue inspeccionado seis días después de la supuesta desaparición. Si las manchas de sangre tenían una semana de antigüedad en ese momento, significa que ya estaban ahí antes de que las hermanas Peralta desaparecieran.
No eran su sangre, o al menos no toda era su sangre. La bomba que Martín dejó caer en las últimas palabras del programa fue devastadora. Después de meses de investigación independiente, he llegado a una conclusión perturbadora. No creo que Ramón Benítez sepa realmente qué pasó con Lucía y Martina Peralta. Creo que su confesión fue fabricada, posiblemente bajo presión, posiblemente para proteger a alguien más oiblemente porque él mismo estaba confundido sobre lo que realmente ocurrió.
Y si eso es cierto, entonces la pregunta más aterradora de todas emerge, ¿dónde están realmente las hermanas Peralta y quién sabe la verdad? El programa terminó con una imagen de Lucía y Martina. La última foto tomada el día de su desaparición sonriendo frente al espejo. El mensaje final en pantalla decía, “Si tienes información sobre este caso, contacta al número que aparece a continuación. Toda informaciónes confidencial.
” La reacción fue inmediata y masiva. Las líneas telefónicas de la policía colapsaron con llamadas. Cientos de personas reportaban supuestos avistamientos, teorías, información de segunda mano. La presión pública forzó a las autoridades a reabrir oficialmente la investigación con recursos completos. El inspector Mendoza, quien había sido criticado en el programa de Martín por no profundizar suficientemente en las inconsistencias, se sentía simultáneamente validado y frustrado.
Validado porque siempre había tenido dudas sobre la confesión de Benítez, frustrado porque no había tenido los recursos para investigar más a fondo. Ahora, con el caso nuevamente en el ojo público, tenía luz verde para hacer lo que fuera necesario. Lo primero que hizo fue confrontar a Ramón Benítez en la prisión donde cumplía su sentencia.
Beníz había envejecido considerablemente en seis meses. El cabello casi completamente canoso, la cara demacrada, los ojos hundidos, la prisión claramente no le había sentado bien. “Ramón, necesito la verdad”, le dijo Mendoza sin preámbulos. La versión real, completa, sin mentiras. Benítez lo miró durante largo rato.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Inspector, yo no sé qué pasó realmente con esas chicas. ¿Qué significa eso? Usted confesó, dio detalles específicos. Me dijeron qué decir, susurró Beníz. Me dijeron que confesara eso o mi familia pagaría las consecuencias. Mendoza sintió que el piso se movía bajo sus pies.
¿Quién te dijo eso? No puedo decirlo. Si digo nombres, me matan y matan a mi esposa y mis hijos. Ramón, ya estás en prisión. No pueden hacerte más daño del que ya te han hecho. Pero si hay personas inocentes involucradas, si las hermanas Peralta están vivas en algún lugar, necesito que me ayudes a encontrarlas. No están vivas, dijo Benítez con certeza terrible. Eso sí lo sé.
No están vivas, pero no puedo decir más. Por favor, no me pregunte más. Y no importó cuánto presionara Mendoza, Benítez no dijo nada más. Se cerró completamente, negándose a hablar sin un abogado presente, pero había dicho suficiente. Había confirmado que su confesión había sido coaccionada, que alguien lo había amenazado para que asumiera la responsabilidad.
Pero, ¿quién? ¿Y por qué Mendoza sabía que la respuesta a esas preguntas era la clave para resolver finalmente el misterio de qué había pasado realmente con Lucía y Martina Peralta? Octubre de 2019, 8 meses desde la desaparición de las hermanas Peralta, el inspector Mendoza había ensamblado un nuevo equipo de investigación con cinco detectives especializados.
Si Beníz había sido amenazado para dar una confesión falsa, significaba que había otras personas involucradas, personas con poder suficiente para intimidar y manipular el sistema. El primer paso fue investigar quién se había beneficiado de la narrativa de Benítez. La respuesta no era obvia inmediatamente, pero después de revisar meticulosamente los registros financieros, movimientos de dinero y conexiones personales, emergió un patrón perturbador.
La empresa de transporte líneas del sur, SA, tenía vínculos con una red de narcotráfico que operaba en Buenos Aires. Los colectivos eran usados ocasionalmente para transportar drogas escondidas en compartimentos modificados. Ramón Benítez, sin saberlo, había estado manejando uno de estos colectivos marcados. El día de la desaparición, el colectivo 3847 supuestamente transportaba un cargamento de cocaína valuado en 3 millones de pesos, escondido en un compartimiento debajo del piso del vehículo, pero algo había salido terriblemente mal. Mendoza
obtuvo acceso a conversaciones interceptadas de la organización criminal. En una de ellas, fechada el 13 de marzo, un día después de la desaparición, dos hombres hablaban en código sobre el problema del martes. La mercancía nunca llegó, decía una voz. Y las testigos preguntaba otra. Manejado. No van a hablar.
Benítez, también manejado, va a cargar con todo. Mendoza sintió náuseas escuchando la grabación. Las testigos solo podían ser Lucía y Martina, pero ¿cómo habían terminado involucradas? La respuesta llegó de una fuente inesperada, un exmiembro de la organización criminal que había sido arrestado por otro delito y estaba dispuesto a cooperar a cambio de reducción de sentencia.
Su nombre era Cristian Vargas, 26 años, con antecedentes por tráfico de drogas y asociación ilícita. Durante su interrogatorio le mostraron fotos de las hermanas Peralta. Sí, las recuerdo”, dijo Cristian con indiferencia. “Eran las chicas del colectivo. Cuénteme qué pasó”, ordenó Mendoza conteniendo apenas su rabia.
“Mire, ese día yo estaba en el colectivo como pasajero, pero no era un pasajero real. Estaba ahí para supervisar que la mercancía llegara bien al punto de entrega. iba sentado cerca del fondo, cerca de donde estaba el compartimiento escondido.Y las hermanas Peralta también estaban ahí. Sí, dos chicas se notaba que eran hermanas.
Estaban sentadas justo arriba del compartimiento, sin saberlo. Todo iba bien hasta que la rubia dejó caer su celular y se le metió debajo del asiento. Se agachó para buscarlo y, vio algo que no debía ver. ¿Qué vio? Había una pequeña grieta en el panel de metal que cubría el compartimiento. No se notaba a menos que te arrodillaras y miraras directamente ahí abajo.
Pero ella lo hizo y vio las bolsas, los paquetes envueltos. Se notó inmediatamente en su cara que supo que era. Y entonces entonces ella le susurró algo a su hermana. Las dos se pusieron nerviosas. Vi que la morocha, la más chica, sacó su celular como para tomar una foto o llamar a alguien. Yo tuve que actuar rápido.
¿Qué hizo? Cristian bajó la mirada. Les dije que no hicieran nada estúpido. Les mostré que tenía un arma en mi chamarra. Les dije que si cooperaban todo estaría bien. Si no, bueno, no iban a gustarle las consecuencias. Mendoza sentía la rabia hirviendo dentro de él. ¿Y ellas qué hicieron? La rubia Martina estaba asustada, pero trataba de mantener la calma.
La morocha Lucía estaba más alterada. Comenzó a decir que iban a llamar a la policía, que su padre tenía contactos, cosas así. Era peligrosa, demasiado valiente para su propio bien. ¿Qué pasó después? En la próxima parada bajé del colectivo con ellas. Las forcé a bajar voluntariamente con el arma presionada contra el costado de Martina.
Los otros pasajeros no notaron nada. Para ellos solo éramos tres personas bajándose en una parada normal. Benítez vio esto. Sí. El chóer vio todo por el espejo. Lo vi ver. Por eso después tuvimos que asegurarnos de que él también se mantuviera callado. ¿A dónde las llevó? Había un auto esperando. Mi jefe, no voy a decir su nombre, estaba manejando.
Metimos a las chicas en el auto y las llevamos a un depósito en mataderos. Mendoza sintió que finalmente estaba llegando a la verdad. ¿Qué pasó en ese depósito? Cristian vaciló. Esta era claramente la parte más difícil de la historia. Mire, yo no maté a nadie. Okay, eso es importante. Yo solo estaba ahí. Las decisiones las tomó mi jefe.
¿Qué decisiones? El plan original era asustarlas, tal vez retenerlas unas horas hasta que se entregara la mercancía y después dejarlas ir con una advertencia fuerte de que no dijeran nada. Pero Lucía, la morocha, no paraba de decir que iba a denunciar todo, que no le importaba lo que le hicieran. estaba era increíblemente valiente o increíblemente estúpida, depende de como lo veas.
Y su jefe decidió que era demasiado riesgo dejarlas ir. Cristian asintió lentamente. Sí. Dijo que sabían demasiado, que si hablaban toda la operación caería. Él Él tomó la decisión. ¿Cuál decisión, Cristian? Dígalo con palabras claras. Las mató a ambas. Primero a Lucía porque era la más problemática, luego a Martina porque no podíamos dejar testigos.
El silencio en la sala de interrogatorio era absoluto. Mendoza sentía lágrimas de rabia y tristeza amenazando con salir, pero se mantuvo profesional. ¿Cómo? No voy a dar detalles de eso, pero fue rápido. No sufrieron mucho. Si eso ayuda en algo. No ayuda. ¿Dónde están los cuerpos? En el río de la plata. Los tiramos esa misma noche con pesos atados.
A esta altura, después de 8 meses, no va a encontrar nada. Los peces y la corriente ya no queda nada que encontrar. Mendoza cerró los ojos sintiendo el peso completo de la tragedia. Dos chicas inocentes que solo querían comprar un regalo para su madre habían muerto simplemente por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Y las pertenencias en el terreno valdío las plantamos después para crear una narrativa falsa, para hacer que pareciera que habían sido abandonadas ahí heridas para desviar la investigación y funcionó durante meses.
Y Benítez, lo amenazamos. Le dijimos que si no confesaba lo que le dijimos que confesara, mataríamos a su esposa y sus hijos. Tenía fotos de ellos, direcciones, horarios, no tenía opción. Él no hizo nada malo, solo estaba asustado y tratando de proteger a su familia. Con la declaración de Cristian Vargas, el caso finalmente comenzó a tener sentido.
En las siguientes semanas, basándose en su testimonio, la policía arrestó a otros cinco miembros de la organización criminal involucrados en el secuestro y asesinato de las hermanas Peralta. El jefe de la operación, un hombre llamado Héctor el Gringo Sánchez, fue capturado en Paraguay intentando huir del país.
Fue extraditado y enfrentó cargos de homicidio doble, secuestro, tráfico de drogas y múltiples otros delitos. Ramón Benítez fue liberado de prisión después de que se determinó que su confesión había sido coaccionada. Su sentencia fue anulada, pero el hombre que salió de prisión no era el mismo que había entrado. Estaba destrozado psicológicamente, atormentado por la culpa de no haberpodido proteger a las hermanas, de haber sido usado como chivo expiatorio.
Su matrimonio no sobrevivió. María Elena lo dejó llevándose a los hijos. No podía superar el trauma de todo lo que había pasado. Benítez terminó viviendo solo en una pensión en Floresta, trabajando en empleos ocasionales, evitando contacto con casi todos. El caso lo había destruido. En cuanto a la familia Peralta, la verdad fue devastadora, pero al menos les dio algo de cierre.
Mendoza visitó personalmente a Patricia y Gabriel para darles la noticia. Fue una de las conversaciones más difíciles de su vida. Patricia lloró durante horas abrazada a Gabriel, pero entre las lágrimas dijo algo que Mendoza nunca olvidaría. Al menos ahora sé, al menos ahora puedo empezar a hacer duelo de verdad. Durante todos estos meses vivía con la esperanza de que estuvieran vivas en algún lugar.
Y esa esperanza era más tortuosa que la verdad. Se realizó una ceremonia conmemorativa para Lucía y Martina Peralta en marzo de 2020, un año después de su desaparición. Sin cuerpos que enterrar, la familia creó un monumento en el cementerio de flores con las fotos de ambas hermanas. Miles de personas asistieron, amigos, familiares, compañeros de estudio y completos extraños que habían seguido el caso y querían rendir homenaje.
El caso de las hermanas Peralta llevó a cambios significativos en Argentina. Se implementaron nuevas regulaciones para empresas de transporte público, incluyendo cámaras de seguridad obligatorias con sistemas de respaldo que no pudieran ser fácilmente desactivados. Se crearon protocolos más estrictos para cuando pasajeros reportaban actividad sospechosa en vehículos públicos.
El programa de Martín Salas ganó premios de periodismo por su investigación, pero Martín nunca sintió celebración. No gané nada, dijo en una entrevista. Dos chicas increíbles murieron. Esa es la única verdad que importa. Héctor Sánchez y los otros miembros de la organización fueron juzgados y sentenciados. Sánchez recibió perpetua por doble homicidio.
Cristian Vargas, a cambio de su cooperación recibió una sentencia reducida de 15 años, pero ninguna sentencia, ningún castigo podía devolver a Lucía y Martina a sus padres. Marzo de 2024. 5 años después de la desaparición, Patricia Peralta se para frente al monumento de sus hijas en el cementerio de Flores. Tiene 50 años ahora, pero parece tener 70.
El dolor ha cobrado su precio físico. Su cabello está completamente canoso. Las arrugas profundas marcan su cara, especialmente alrededor de los ojos de tanto llorar. Gabriel ya no está con ella, no porque se separaran, sino porque murió dos años atrás de un infarto. Los médicos dijeron que fue su corazón, pero Patricia sabía la verdad. Fue el dolor.
Murió de un corazón roto. Coloca flores frescas frente a las fotos de Lucía y Martina. Las mismas fotos que se volvieron icónicas en todos los medios. Sus hijas sonriendo frente al espejo, felices, sin saber que les quedaban apenas minutos de vida normal. “Hola, mis amores”, susurra Patricia, como lo hace cada semana cuando las visita.
“les traje rosas, las que les gustaban, rojas para Marty, blancas para Lu.” Habla con ellas como si estuvieran ahí. les cuenta sobre su día, sobre los primos que preguntan por ellas, sobre cómo la facultad donde Lucía estudiaba inauguró una beca. “El mundo no las olvidó.” Dice, “Nunca las va a olvidar. Su historia cambió cosas. Salvó vidas.
Probablemente eso no les devuelve la vida, pero al menos su muerte tuvo significado. Cuando se va del cementerio esa tarde, el sol está bajando sobre Buenos Aires, proyectando sombras largas sobre las tumbas. Patricia camina lentamente, encorbada por el dolor de 5 años de duelo, pero mientras camina piensa en algo que su terapeuta le había dicho recientemente.
El dolor nunca desaparece completamente, pero aprendes a vivir con él. Aprendes a llevar a tus seres queridos contigo, en tu corazón. Y es cierto, Lucía y Martina viven en su corazón, en las fotos que cubren las paredes de su departamento, en las historias que cuenta sobre ellas a quien quiera escuchar, en la beca universitaria con su nombre, en las leyes que cambiaron gracias a su caso, murieron.
Sí, fueron víctimas de violencia absurda, de estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado, de cruzarse con personas sin escrúpulos que valoraban la droga y el dinero por encima de vidas humanas. Pero su memoria vive. Y mientras alguien las recuerde, mientras alguien cuente su historia, mientras su caso sirva para prevenir otras tragedias, Lucía y Martina Peralta nunca desaparecerán realmente.
En algún lugar, en las profundidades del Río de la Plata, descansan juntas hermanas en vida, hermanas en muerte, inseparables como siempre lo fueron. Y cada 12 de marzo en el aniversario de su desaparición, miles de personas en Argentina encienden velas, comparten sus fotos en redes sociales, cuentan suhistoria.
Nunca olvidamos a Lucía y Martina Peralta”, dicen los hashtags. Porque algunas historias, por dolorosas que sean, necesitan ser contadas, necesitan ser recordadas para honrar a las víctimas, para buscar justicia y para recordarnos que debemos cuidar unos de otros. Porque en cualquier momento, cualquier día ordinario, puede convertirse en el último.
Y nunca sabemos cuándo un simple viaje en colectivo cambiará nuestras vidas para siempre.















