El caso que congeló a Venezuela, amor, traición y una desaparición inexplicable. ¿Hasta dónde puede llegar el amor? ¿Y hasta dónde puede llevarnos la traición? Lo que estás a punto de escuchar no es ficción. Es un caso real que sacudió los cimientos de Venezuela, que dividió familias enteras y que hasta el día de hoy deja más preguntas que respuestas.
Una desaparición sin rastros, un amor que ocultaba secretos y una verdad tan oscura que nadie quiso verla hasta que fue demasiado tarde.
Esta es la historia de Mariana Vázquez y Rodrigo Castillo, dos jóvenes venezolanos cuyo romance parecía sacado de una película. Pero detrás de las sonrisas en Instagram, los abrazos en público y las promesas eternas, se escondía algo que nadie imaginó.
Y cuando Mariana desapareció sin dejar ni una huella, Venezuela entera se detuvo para preguntar, ¿qué pasó realmente esa noche? Caracas siempre ha sido una ciudad de contrastes. Rascacielos que tocan el cielo junto a barrios empinados en las montañas. Restaurantes elegantes a pocos metros de calles donde la supervivencia es el día a día.
Es en esta ciudad palpitante y caótica donde Mariana Vázquez, una joven de 26 años, psicóloga recién graduada de la Universidad Central de Venezuela, conoció a Rodrigo Castillo. Era marzo de 2019. El país atravesaba uno de sus momentos más difíciles. Los apagones eran constantes. La escasez de alimentos se sentía en cada esquina y muchos venezolanos ya habían tomado la dolorosa decisión de emigrar.
Pero en medio de esa incertidumbre, Mariana había decidido quedarse. “Venezuela me necesita”, le decía a su madre, Elena Vázquez, una maestra de escuela que había criado sola a sus dos hijas en el sector de los chaguar. Mariana era conocida por su sonrisa contagiosa y su determinación inquebrantable. tenía el cabello castaño oscuro que le caía en ondas suaves sobre los hombros, ojos color miel que transmitían calidez y una manera de hablar pausada que hacía que las personas se sintieran escuchadas.
Trabajaba en una pequeña consulta en Chacao, donde atendía principalmente a adolescentes y familias de bajos recursos, muchas veces sin cobrar por sus servicios. Fue en una reunión de amigos en el restaurante Alterego en las Mercedes, donde Mariana conoció a Rodrigo. Él tenía 31 años, era ingeniero civil y trabajaba para una empresa constructora que aún mantenía algunos proyectos en la ciudad.

Alto, de complexión atlética, con una barba cuidadosamente recortada y una forma de vestir impecable, Rodrigo llamaba la atención apenas entraba a un lugar. Desde que los vi juntos esa primera noche, supe que había química. Recuerda Andrea Colmenares, amiga cercana de Mariana desde la universidad. Rodrigo no le quitaba los ojos de encima y Mariana, que normalmente era más reservada con los hombres, se veía diferente.
Estaba radiante. Esa noche, mientras Caracas brillaba desde las alturas de las Mercedes y el murmullo de conversaciones llenaba el ambiente, Rodrigo se acercó a Mariana con una copa de vino tinto en la mano. psicóloga le preguntó con una sonrisa, “Entonces ya sabes todos mis secretos sin que te diga nada”, bromeó.
Mariana rió y esa risa fue el comienzo de todo. Los siguientes seis meses fueron un torbellino de emociones. Rodrigo y Mariana se volvieron inseparables. Él la llevaba a cenar a restaurantes que ella nunca había visitado. El Artillo los domingos. el Ávila Burger en la Castellana, paseos por el parque del Este, le compraba flores sin razón aparente.
La sorprendía con detalles que demostraban que prestaba atención a cada palabra que ella decía. Recuerdo que un día me dijo que siempre había querido ver el atardecer desde el Ávila, pero nunca había tenido tiempo”, contó Rodrigo a los amigos en común. Así que organicé todo. Subimos en el teleférico, llevé vino, queso, pan.
Ella lloró de la emoción. Me dijo que nadie había hecho algo así por ella. En sus redes sociales, la pareja se mostraba feliz. Fotografías en la playa de los roques, videos bailando salsa en algún bar de sabana grande, selfies sonrientes frente al mural de Chacao. Los comentarios de amigos y familiares no se hacían esperar.
Qué linda pareja, hace match perfecto. Se nota que se aman de verdad. Elena, la madre de Mariana, también aprobaba la relación. Rodrigo era educado, trabajador, respetuoso. Cuando venía a la casa siempre traía algo, un postre, frutas. Una vez hasta me ayudó a arreglar una gotera en el baño. Yo pensaba, “Por fin mi hija encontró a alguien que la valora.
” Pero había algo que no todos sabían, algo queMariana comenzó a notar, pero que decidió ignorar en esos primeros meses de euforia romántica. Todo comenzó de manera sutil. Rodrigo, quien al principio respetaba los espacios de Mariana, empezó a hacer preguntas. ¿Con quién estás? ¿Quién te llamó? ¿Por qué tardaste tanto? Al principio, Mariana lo interpretaba como interés genuino, como prueba de que él se preocupaba por ella.
Andrea recuerda una conversación que tuvo con Mariana en agosto de ese mismo año. Estábamos tomando café en el Starbucks de Chacao y su teléfono sonó como cinco veces seguidas. Era Rodrigo. Ella me miró incómoda y me dijo, “Perdona, es que se pone ansioso si no contesto rápido.” Yo le pregunté si todo estaba bien y ella me aseguró que sí, que solo era sobreprotector.
Los amigos de Rodrigo también comenzaron a notar cambios en él. se volvió más distante con nosotros. Cuenta a Miguel Herrera, amigo de Rodrigo desde el bachillerato. Antes salíamos los viernes, íbamos al gimnasio juntos, pero después de conocer a Mariana, todo era ella. Si lo invitábamos a algo y ella no podía ir, él tampoco iba.
Decía que prefería estar con ella. En septiembre de 2019, durante una reunión familiar por el cumpleaños de la hermana menor de Mariana, Rodrigo tuvo un incidente que levantó algunas cejas. Mariana estaba hablando animadamente con un primo que había regresado de Colombia para la celebración. Reían, se ponían al día, recordaban anécdotas de la infancia.
Rodrigo, que estaba del otro lado del patio de la casa, se acercó interrumpiendo la conversación. ¿No me vas a presentar? Preguntó con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Mariana, un poco sorprendida, hizo las presentaciones. El ambiente se tensó ligeramente. El primo de Mariana, notando la incomodidad, se excusó y se fue a hablar con otros invitados.
Esa noche, cuando ya estábamos solos, le pregunté qué había pasado. Contó Mariana semanas después a Andrea. Me dijo que solo quería conocer a mi familia, pero yo sentí que estaba molesto. Yo le dije que era mi primo, que no tenía por qué ponerse así. Y él se disculpó, me abrazó, me dijo que a veces se sentía inseguro porque yo era muy especial y tenía miedo de perderme.
Ese tipo de explicaciones se volvieron recurrentes. Cada vez que Mariana cuestionaba algún comportamiento, Rodrigo tenía una justificación que sonaba razonable, que apelaba a sus emociones, que la hacía sentir culpable por siquiera dudar de él. Para diciembre de 2019, la relación ya llevaba 9 meses.
Caracas se preparaba para la Navidad a pesar de la crisis. Las luces decoraban el centro Sanil. Las familias hacían malabares para preparar a con lo que podían conseguir. Y en las calles se escuchaban gaitas y aguinaldos que insistían en mantener vivo el espíritu navideño. Mariana había estado más callada de lo normal.
Su hermana menor, Carolina, de 22 años, lo notó. Le pregunté varias veces si todo estaba bien con Rodrigo. Ella me decía que sí, pero yo la conocía. Algo la estaba perturbando. Una tarde, mientras preparaban el arreglo de la casa para Nochebuena, Mariana le confesó algo a su madre que quedaría grabado en la memoria de Elena para siempre.
“Mamá, ¿tú crees que el amor debe doler?”, preguntó Mariana mientras colgaban adornos en el arbolito de Navidad. Elena dejó lo que estaba haciendo y miró fijamente a su hija. “¿Por qué me preguntas eso, mi amor? Mariana bajó la mirada. No por nada, solo es una pregunta que me hizo una paciente y me quedé pensando.
Elena no insistió en ese momento, pero esa pregunta la inquietó. Ahora me arrepiento de no haber profundizado más, dice Elena con la voz quebrada. Tal vez si hubiera preguntado más, si hubiera insistido, las cosas habrían sido diferentes. El 24 de diciembre, Rodrigo pasó la nochebuena con la familia Vázquez. Llevó un jamón planchado que consiguió a través de contactos en su trabajo, algo que en plena crisis era un lujo.
Se mostró encantador con todos, ayudó a servir la cena, brindó con la familia y abrazó a Mariana mientras las 12 campanadas marcaban el inicio de la Navidad. Parecía la familia perfecta. Recuerda un vecino que fue invitado a la celebración. Rodrigo trataba a Mariana como una reina, le servía, le llenaba el vaso, le apartaba el cabello de la cara con ternura.
Nadie hubiera imaginado lo que vendría después. Pero mientras todos brindaban y celebraban, Mariana recibió un mensaje en su teléfono. Era de un número desconocido. El mensaje decía simplemente, “Necesito hablar contigo sobre Rodrigo. Es urgente.” Mariana miró su teléfono con el seño fruncido, guardó el aparato en su bolsillo y siguió con la celebración.
No le dio importancia. No sabía que ese mensaje era la primera señal de que todo lo que creía saber sobre el hombre que amaba estaba por derrumbarse. ¿Quién envió ese mensaje? ¿Qué secreto guardaba Rodrigo? El caso apenas comienza y loque viene es aún más perturbador. Si te está gustando esta historia, dale like, suscríbete y cuéntanos en los comentarios, ¿crees que Mariana ignoró señales de alerta? ¿Has estado en una relación donde algo no se sentía del todo bien? Queremos leer tu opinión.
El año nuevo llegó a Venezuela con las mismas dificultades del anterior. Los apagones continuaban, la gasolina escaseaba y las colas para comprar alimentos se habían vuelto de la rutina diaria. Pero para Mariana Vázquez, el 2020 comenzó con una inquietud que no podía quitarse de encima. Ese mensaje de Nochebuena dejaba de dar vueltas en su cabeza.
Necesito hablar contigo sobre Rodrigo. Es urgente. Durante días, Mariana intentó ignorarlo. Pensó que podría ser una broma, una exnovia celosa, alguien que quería causar problemas, pero la curiosidad y la duda son como semillas. una vez plantadas crecen sin permiso. El 7 de enero, mientras tomaba café en su consulta durante un receso entre pacientes, Mariana tomó una decisión.
Con las manos ligeramente temblorosas, abrió el mensaje y respondió, “¿Quién eres? ¿De qué quieres hablar?” La respuesta llegó casi inmediatamente. Me llamo Valeria. Rodrigo y yo estuvimos juntos hasta hace 4 meses. Hay cosas que debes saber sobre él. ¿Podemos encontrarnos? El corazón de Mariana dio un vuelco 4 meses atrás.
Era septiembre de 2019. Ella y Rodrigo ya llevaban 6 meses juntos para ese entonces. Las cuentas no cuadraban. O Valeria mentía o Rodrigo había estado en dos relaciones al mismo tiempo. Mariana cerró los ojos y respiró profundo. La ansiedad comenzó a trepar por su pecho. Como psicóloga, sabía reconocer las señales de una crisis de angustia.
“¡Respira, Mariana, respira”, se dijo a sí misma. Pero la verdad es que ya nada se sentía sólido bajo sus pies. Dos días después, un viernes por la tarde, Mariana y Valeria se encontraron en un café discreto en Altamira. Era uno de esos lugares pequeños con mesas de madera gastada y un menú limitado por la escasez, pero que ofrecía la privacidad necesaria para una conversación como la que estaba por tener lugar. Valeria llegó puntual.
Era una mujer de 28 años, alta, de cabello rubio, teñido y ojos verdes, que delataban una mezcla de tristeza y determinación. Llevaba jeans, una blusa blanca sencilla y unos lentes de sol que se quitó apenas se sentó frente a Mariana. Gracias por venir”, dijo Valeria con voz suave pero firme.
“Sé que esto debe ser difícil para ti, lo es para mí también”. Mariana la observaba con atención tratando de leer más allá de las palabras. “¿Qué es lo que tengo que saber sobre Rodrigo?” Valeria sacó su teléfono celular y comenzó a mostrarle fotografías. Rodrigo y ella en la playa. Rodrigo y ella cenando en un restaurante.
Rodrigo y ella en lo que parecía ser el apartamento de él, abrazados en el sofá. Las fotos estaban fechadas junio, julio, agosto, septiembre de 2019. Estuvimos juntos durante dos años”, explicó Valeria mientras Mariana miraba las imágenes con el rostro cada vez más pálido. Yo pensaba que íbamos a casarnos.
Hablábamos de tener hijos, de construir una vida juntos. Pero en septiembre de la nada me dijo que necesitaba un tiempo, que estaba confundido, que su trabajo lo tenía estresado. Mariana sentía que la cafetería daba vueltas a su alrededor. “Nosotros empezamos a salir en marzo”, murmuró. “Lo sé”, respondió Valeria con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas.
“Una amiga en común me envió una foto de ustedes dos que él publicó en Instagram. Casi me da un infarto. Lo llamé de inmediato, le reclamé. Él me dijo que yo estaba loca, que éramos solo amigos, que necesitaba espacio. Me bloqueó de todas sus redes sociales. El mesero se acercó a tomar la orden, pero ninguna de las dos prestó atención.
Pidieron cualquier cosa solo para que se fuera. Había demasiado que procesar. Hay más, continuó Valeria bajando la voz. Rodrigo tiene problemas con el control. Al principio no lo notas porque es encantador, atento, detallista, pero poco a poco empieza a cambiar. Quiere saber dónde estás todo el tiempo. Se molesta si sales con amigas.
Revisa tu teléfono cuando te descuidas. Cada palabra de Valeria resonaba en la mente de Mariana como ecos propia experiencia. Las preguntas constantes, los celos disfrazados de cuidado, la forma en que Rodrigo siempre encontraba excusas para acompañarla a lugares donde antes iba sola. “¿Por qué decidiste contactarme?”, preguntó Mariana finalmente.
Valeria la miró directo a los ojos. Porque yo estuve en tu lugar y porque cuando terminamos él me amenazó. me dijo que si hablaba mal de él con alguien me iba a arrepentir. Al principio pensé que era solo el dolor de la ruptura, que estaba herido, pero luego una amiga mía me contó que él había dicho cosas horribles sobre mí, que yo era inestable, que lo acosaba, que inventaba historias.
¿Y es verdad? Por supuestoque no, respondió Valeria con firmeza, pero él es muy convincente. Sabe cómo jugar con las emociones de las personas y lo peor es que tiene otra cosa que no te he contado. Mariana sentía que su mundo se desmoronaba pieza por pieza, pero necesitaba saberlo todo. ¿Qué más? Valeria respiró hondo antes de continuar. Rodrigo tiene una orden de alejamiento de su exnovia anterior a mí, una chica llamada Patricia.
Nunca me dio detalles, pero me enteré por accidente cuando vi unos papeles legales en su apartamento. Cuando le pregunté, me dijo que ella estaba obsesionada con él, que había inventado todo. Yo le creí. Ahora me arrepiento de no haber investigado más. Esa noche Mariana llegó a su casa en los chaguaram con la mente hecha un torbellino.
Su madre estaba preparando la cena y notó inmediatamente que algo andaba mal. “Mariana, ¿qué tienes? ¿Estás pálida?”, preguntó Elena acercándose a su hija. “Nada, mamá, solo fue un día pesado en el consultorio”, mintió Mariana. No estaba lista para compartir lo que acababa de descubrir. Primero necesitaba hablar con Rodrigo. Subió a su habitación, se sentó en la cama y marcó el número de Rodrigo.
Él contestó al segundo timbre con esa voz alegre que ahora sonaba distinta en los oídos de Mariana. “Mi amor, ¿cómo estás? Estaba pensando en ti”, dijo Rodrigo. “Necesitamos hablar”, respondió Mariana con un tono que no dejaba espacio para bromas. Hubo una pausa. ¿Pasó algo? ¿Quién es Valeria? El silencio del otro lado de la línea fue ensordecedor.
Duró apenas unos segundos, pero para Mariana se sintió como una eternidad. ¿De qué hablas? Preguntó Rodrigo finalmente y Mariana pudo detectar un cambio sutil en su voz. La calidez había desaparecido, reemplazada por algo más frío, más calculador. Valeria, tu exnovia, la que según ella estuviste viendo hasta septiembre mientras salías conmigo.
Rodrigo soltó una risa corta y amarga. No puedo creer que esa loca te haya contactado, Mariana. Amor, Valeria está obsesionada conmigo. Terminamos hace más de un año y ella no lo ha superado. Inventa historias, manipula fechas en fotos, es enfermiza. Tengo las fotos, Rodrigo. Vi los mensajes. Vi todo.
Las fotos pueden ser de antes. Los mensajes se pueden manipular. Mariana, por favor, no me digas que le vas a creer a una desconocida en lugar de a mí, que he estado contigo, que te he demostrado lo mucho que te amo. Y ahí estaba de nuevo esa habilidad de Rodrigo para voltear las situaciones, para hacer que Mariana dudara de su propio juicio.
Pero esta vez algo había cambiado. Las palabras de Valeria habían plantado una semilla de certeza que ninguna manipulación podía arrancar. “Quiero que nos veamos mañana”, dijo Mariana en persona. “y quiero que me digas la verdad sobre todo, sobre Valeria, sobre Patricia, sobre la orden de alejamiento.” Hubo otra pausa.
Cuando Rodrigo habló nuevamente, su voz sonaba diferente, más seria, más oscura. Está bien, nos vemos mañana. Pero Mariana, espero que después de esto confíes en mí y no en los chismes de personas resentidas. Colgaron. Mariana se quedó mirando el teléfono en su mano, sintiendo como las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.
No eran lágrimas de tristeza únicamente, eran lágrimas de rabia, de decepción, de miedo ante lo desconocido que se abría frente a ella. Durante las siguientes horas, Mariana hizo algo que nunca había hecho antes. Investigó a Rodrigo, buscó su nombre en redes sociales usando cuentas alternativas, contactó a Andrea y le contó todo.
Su amiga, preocupada y furiosa, decidió ayudarla. “Vamos a encontrar a Patricia”, dijo Andrea con determinación. Si hay una orden de alejamiento, debe estar registrada en algún lado. A través de contactos y búsquedas en línea descubrieron que Patricia Mendoza había sido pareja de Rodrigo entre 2016 y 2017.
vivía ahora en Maracaibo, trabajaba como enfermera y efectivamente había obtenido una orden de alejamiento contra Rodrigo en febrero de 2018. Andrea logró contactarla a través de Facebook. Patricia, al principio reacia a hablar, finalmente accedió a una videollamada cuando Andrea le explicó la situación. Lo que Patricia contó esa noche fue escalofriante.
Rodrigo es peligroso comenzó Patricia con voz temblorosa. No físicamente, al menos no al principio, pero es peligroso porque te hace creer que estás loca, te aísla de tus amigos, de tu familia, te hace sentir que sin él no eres nada. Patricia explicó que su relación con Rodrigo había comenzado de manera idéntica a la de Mariana, romántica, intensa, perfecta.
Pero después de 6 meses, él comenzó a cambiar. Los celos se intensificaron. Las acusaciones sin fundamento se volvieron constantes. La controlaba a través de aplicaciones de rastreo que instalaba en su teléfono sin su conocimiento. Un día descubrí que había puesto una cámara escondida en mi apartamento reveló Patricia.
Cuando lo confronté, me dijo que era paraprotegerme, que el edificio no era seguro, pero yo sabía que era para vigilarme. Ese día decidí terminar la relación. ¿Y la orden de alejamiento? Preguntó Andrea mientras Mariana escuchaba en silencio con el rostro desencajado. Después de que terminamos, él no me dejaba en paz.
aparecía en mi trabajo, me enviaba cientos de mensajes, me seguía cuando salía. Una noche lo encontré en el estacionamiento de mi edificio a las 3 de la madrugada. Estaba dentro de mi carro. Dijo que había perdido algo ahí meses atrás y quería recuperarlo. Llamé a la policía. Con eso y los mensajes obsesivos obtuve la orden de alejamiento.
Mariana sentía que la habitación daba vueltas. Todo lo que Patricia describía resonaba con pequeños detalles que ella había ignorado, las veces que Rodrigo había tomado su teléfono para buscar algo, las ocasiones en que él aparecía cerca de su consultorio por casualidad, los comentarios sobre la seguridad de su teléfono y cómo debería usar ciertas aplicaciones de protección.
“Ten mucho cuidado”, advirtió Patricia antes de terminar la llamada. Si decides dejarlo, hazlo en un lugar público. No lo hagas enojar. Y por favor, cuéntale a alguien de confianza todo lo que está pasando. No cometas el error de pensar que puedes manejarlo sola. El sábado 11 de enero amaneció nublado en Caracas.
Una llovisna ligera caía sobre la ciudad, refrescando el ambiente, pero añadiendo una melancolía especial al día. Mariana había quedado de verse con Rodrigo a las 3 de la tarde en el centro comercial San Ignacio en un café del foodt. Lugar público, mucha gente alrededor, tal como Patricia le había aconsejado. Antes de salir de su casa, Mariana le contó todo a su madre.
Elena escuchó con horror creciente cada detalle de lo que su hija había descubierto. “No vayas sola”, suplicó Elena tomando las manos de su hija. “Yo voy contigo. Me quedo cerca, pero voy contigo. Mamá, necesito hacer esto sola, pero te prometo que voy a estar en un lugar lleno de gente. Andrea también va a estar por ahí sin que él la vea.
Voy a estar bien.” Elena no estaba convencida, pero conocía la determinación de su hija. “Llámame cada media hora. Si no llamas, voy para allá.” Mariana llegó puntual centro comercial. Andrea ya estaba allí, sentada en una mesa del segundo piso, desde donde podía ver el café sin ser vista.
Habían coordinado todo como si fuera una operación encubierta. Mariana llevaba su teléfono en el bolsillo con la grabadora activada. quería evidencia de todo lo que Rodrigo dijera. Rodrigo llegó 10 minutos tarde. Llevaba una camisa azul claro, jeans oscuros y esos zapatos casuales elegantes que siempre usaba. Su expresión era seria, pero cuando vio a Mariana intentó esbozar una sonrisa.
Hola, amor”, dijo intentando besarla, pero Mariana volteó la cara y el beso terminó en su mejilla. Se sentaron frente a frente. El ruido del centro comercial, conversaciones, música de fondo, el tintineo de cubiertos creaba un colchón sonoro que paradójicamente hacía la situación aún más tensa. “Necesito que seas honesto conmigo”, comenzó Mariana.
Sin preámbulos. ¿Estabas con Valeria cuando empezamos a salir? Rodrigo suspiró como si le doliera la pregunta. Mariana, técnicamente sí estábamos juntos, pero la relación ya estaba muerta. Yo no sentía nada por ella hacía meses. Cuando te conocí, supe que eras la persona con la que quería estar.
Terminé con ella oficialmente en septiembre porque quería hacer las cosas bien. Hacer las cosas bien, Rodrigo. Estuviste en dos relaciones simultáneamente durante 6 meses. Eso no es hacer las cosas bien, eso es engañarnos a ambas. No fue así. Yo nunca quise lastimar a nadie. Y Patricia también fue un malentendido la orden de alejamiento.
La expresión de Rodrigo cambió, sus mandíbulas se tensaron y sus ojos se oscurecieron. Hablaste con Patricia, ¿cómo demonios conseguiste contactarla? El tono de voz había cambiado completamente. Ya no había rastro del hombre encantador. Ahora había algo más primitivo, más peligroso. Eso no importa, respondió Mariana intentando mantener la calma.
Lo que importa es que me digas la verdad. Patricia está loca. Inventó todo. Era celosa, posesiva, me acosaba. Tuve que pedir la orden de alejamiento. Digo, ella pidió la orden, pero fue porque yo la amenacé con hacerlo primero. Mariana notó la contradicción. Acabas de decir que ella pidió la orden. Rodrigo se dio cuenta del error.
Su rostro se enrojeció. Estás tratando de confundirme. Estás haciendo lo que haces con tus pacientes, analizándome, buscando contradicciones. Eso es lo que soy para ti ahora. un caso de estudio. Eres alguien que me ha mentido desde el principio, respondió Mariana sintiendo como su propia voz se quebraba. Pusiste una cámara en el apartamento de Patricia.
Ella te dijo eso. Está inventando. Siempre fue dramática. y el GPS en mi teléfono. Eso también me lo estoy inventando.Rodrigo la miró fijamente. Por un momento pareció considerar seguir negando, pero entonces algo en su expresión cambió. Era como si hubiera decidido que las mentiras ya no servían de nada.
Lo hice por tu seguridad”, dijo finalmente. “Caracas es peligrosa. Quería saber que estabas bien. No era tu decisión. Invadiste mi privacidad, me espiaste. Te cuidé”, corrigió Rodrigo con voz más alta, atrayendo miradas de las mesas cercanas. Se dio cuenta y bajó el tono. “Te cuidé porque te amo. Todo lo que he hecho ha sido porque te amo demasiado.
” Eso no es amor, Rodrigo, eso es obsesión. Y esto se terminó. Las palabras flotaron en el aire entre ellos como una sentencia definitiva. Rodrigo la miró incrédulo, como si no pudiera procesar lo que acababa de escuchar. No puedes terminar conmigo dijo finalmente. Después de todo lo que hemos vivido juntos, vas a votar todo por las mentiras de dos resentidas.
No son mentiras. Y sí, puedo terminar contigo. De hecho, ya lo hice. No quiero volver a verte, Rodrigo. Mariana se levantó de la mesa. Rodrigo la agarró del brazo con fuerza, no tanto como para lastimarla, pero sí lo suficiente para detenerla. “Suéltame”, dijo Mariana con firmeza. Andrea, desde su posición en el segundo piso, se puso de pie lista para bajar si la situación escalaba.
Un guardia de seguridad que patrullaba el área también había notado la escena. Rodrigo soltó su brazo lentamente. Cuando habló, su voz era apenas un susurro, pero cada palabra estaba cargada de algo que Mariana no pudo identificar completamente. Era dolor, rabia, amenaza. Vas a arrepentirte de esto, Mariana. Nadie me deja así. Nadie.
Mariana sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero no se dejó intimidar. Dio media vuelta y caminó hacia la salida del centro comercial con paso firme, aunque por dentro sentía que sus piernas apenas la sostenían. Andrea la alcanzó en el estacionamiento. La abrazó fuerte mientras Mariana finalmente dejaba salir las lágrimas que había estado conteniendo.
Ya pasó. Ya está. Lo hiciste bien”, la consolaba Andrea, pero no había pasado. En realidad, apenas comenzaba, esa fue la última vez que alguien vio a Mariana Vázquez con vida. ¿Qué pasó después de esa confrontación? ¿Cumplió Rodrigo su amenaza velada? Dale like si esta investigación te tiene enganchado, suscríbete y cuéntanos en los comentarios.
¿Crees que Mariana debió haber actuado diferente? Tu opinión nos importa. Después de la confrontación en el centro comercial San Ignacio, Mariana había regresado a su casa en los chaguar, emocionalmente agotada, pero con una extraña sensación de alivio. Había dado el paso más difícil, terminar la relación. Ahora podía comenzar el proceso de sanar.
Esa noche cenó con su madre y su hermana Carolina. Elena había preparado arepas con lo poco que había conseguido en el mercado esa semana, un poco de queso, aguacate y unos frijoles negros que había guardado. Era una cena sencilla, pero el ambiente era cálido, protector. “¿Cómo te sientes, mi amor?”, preguntó Elena, observando a su hija con preocupación maternal.
Aliviada, mamá, triste, pero aliviada. Hice lo correcto. Carolina, que había estado callada, finalmente intervino. Y si vuelve a buscarte, ese tipo se ve manipulador. Ya bloqueé su número, bloqueé todas sus redes sociales. Andrea me va a acompañar al consultorio esta semana hasta que esté segura de que él entienda que se acabó. Voy a estar bien.
Pero Elena no estaba convencida. Una madre siempre percibe cuando su hija está en peligro, incluso cuando la hija misma no lo ve todavía. Mariana, esas palabras que te dijo, nadie me deja así. Eso no suena bien. Quizás deberíamos reportarlo a la policía y decirles, “¿Qué, mamá? ¿Que mi exnovio me dijo algo que sonó amenazante? No han hecho nada.
No puedo ir a la policía por un presentimiento. Tenía razón. En una Venezuela agobiada por problemas más urgentes, donde los recursos policiales eran limitados y la justicia a menudo llegaba tarde. Una amenaza velada no sería prioridad. El domingo transcurrió con normalidad. Mariana pasó la mañana organizando su habitación, sacando fotos de Rodrigo de su cuarto, borrando mensajes, haciendo ese ritual de limpieza que toda persona hace después de una ruptura.
Por la tarde salió a caminar con Andrea por el parque del Este, aprovechando que no había apagón programado ese día. “¿Has sabido algo de él?”, preguntó Andrea mientras caminaban entre los árboles del parque, observando a las familias que disfrutaban el domingo. Nada, ni un mensaje, ni una llamada. Tal vez entendió el mensaje.
Andrea no compartía el optimismo. O está planeando algo. Deja de ver tantas series de crimen, bromeó Mariana. Pero internamente una pequeña voz le susurraba que Andrea podría tener razón. Esa noche, Mariana publicó una última historia en Instagram. Era una foto del atardecer desde su ventana con lasmontañas del Ávila al fondo bañadas en tonos naranjas y púrpuras.
La leyenda decía nuevos comienzos. Era una declaración pública de que estaba lista para seguir adelante. Lo que Mariana no sabía era que Rodrigo vio esa historia. Desde una cuenta falsa que había creado específicamente para seguirla después de que ella lo bloqueara. Él miraba cada movimiento de Mariana en línea y esa publicación lo enfureció.
Mariana se despertó a las 6:30 de la mañana. Como siempre. Caracas ya estaba despierta. El ruido de los carros en la autopista, los vendedores ambulantes pregonando sus productos. El bullicio característico de una ciudad que nunca descansa completamente a pesar de sus problemas. Desayunó rápidamente café negro y una arepa con mantequilla.
Se vistió con unos jeans claros y una blusa azul marino y se preparó para ir a su consultorio en Chacao. Tenía cuatro pacientes programados ese día. “Hija, llámame cuando llegues”, le pidió Elena mientras Mariana se despedía en la puerta. Sí, mami, te amo. Yo también te amo, mi niña. Ese fue el último intercambio entre madre e hija.
Palabras simples, rutinarias que Elena repetiría en su mente millones de veces en los días siguientes, aferrándose a ellas como aún salvavidas. Mariana llegó a su consultorio a las 8:15 a. El edificio donde trabajaba era modesto, pero bien ubicado, en la avenida Francisco de Miranda, cerca de la estación del metro Chacao.
Saludó al portero, un señor mayor llamado Ramón, que llevaba años trabajando allí, y subió al tercer piso donde quedaba su oficina. Su primer paciente llegó a las 9 a, una adolescente de 16 años con problemas de ansiedad. La sesión transcurrió con normalidad. Luego vino un segundo paciente a las 11 a y un tercero a la 1 pm.
Todos reportaron después a las autoridades que Mariana se veía completamente normal, concentrada, profesional, sin señales de angustia. A las 3 pm terminó su última sesión del día. Ramón, el portero, la vio salir del edificio alrededor de las 3:30 pm. llevaba su bolso cruzado al hombro y su teléfono en la mano. “Hasta mañana, don Ramón”, le dijo con una sonrisa.
El hombre le devolvió el saludo. Ese fue el último avistamiento confirmado de Mariana Vázquez. Según los registros telefónicos que la policía revisaría después, Mariana recibió una llamada a las 3:45 pm de un número que ella tenía guardado como clínica central. Era el hospital donde ella hacía voluntariados ocasionales, dando apoyo psicológico a pacientes de bajos recursos.
La llamada duró 3 minutos. No hay registro de lo que se habló, pero testigos cercanos al área donde Mariana caminaba reportaron haberla visto hablar por teléfono con expresión preocupada. A las 4:10 pm, cámaras de seguridad de un banco cercano captaron a Mariana caminando apresuradamente por la avenida Francisco de Miranda en dirección contraria a la estación del metro.
No iba hacia su casa, iba hacia otro lugar. A las 4:30 pm, Mariana envió un mensaje de texto a su madre. Mami, me salió algo urgente. Voy a llegar un poco tarde. No te preocupes. Te llamo en una hora. Elena respondió, “Okay, mi amor, ten cuidado.” Esa fue la última comunicación de Mariana con alguien de su familia.
A las 5:15 pm, una cámara de un edificio residencial en Los Palos Grandes captó a Mariana entrando a un vehículo, un Toyota Corolla blanco, modelo 2015. Las imágenes no eran de alta calidad por los continuos apagones que afectaban el mantenimiento de los equipos, pero los investigadores pudieron determinar que había alguien más en el carro, en el asiento del conductor, y luego nada.
Mariana Vázquez desapareció del radar como si la tierra se la hubiera tragado. Cuando el reloj marcó la 70 pm y Mariana no había llamado como prometió, Elena comenzó a preocuparse. Marcó el número de su hija una, dos, tres veces. El teléfono sonaba, pero nadie contestaba. A las 7:30 pm empezó a sonar directamente al buzón de voz como si el teléfono se hubiera apagado.
A las 8 pm, Elena llamó a Andrea. ¿Has sabido algo de Mariana? No, desde anoche no hablo con ella. ¿Por qué? ¿Pasó algo? No llega a casa y no contesta el teléfono. Me dijo que iba a llegar tarde, pero que me llamaría en una hora. Ya pasaron casi 4 horas. Andrea sintió que un puño de hierro le apretaba el estómago. Voy para allá. Ya.
Elena también llamó a amigas de Mariana, a colegas del consultorio, a cualquiera que pudiera tener información. Nadie sabía nada. Carolina, la hermana menor, comenzó a revisar las redes sociales de Mariana buscando alguna pista. Su última actividad en línea había sido a las 4:25 pm, cuando había visto un mensaje en un grupo de WhatsApp, pero no había respondido.
A las 9:30 pm, Andrea llegó a la casa de los basket. Encontró a Elena hecha un manojo de nervios y a Carolina llorando en el sofá. “Vamos a la policía”, dijo Andrea sin preámbulos. Ahora en Venezuela recomendación oficiales esperar 24 horas antes de reportar una desaparición. Pero Elena era una madre desesperada y las madres desesperadas no esperan.
A las 10 pm las tres mujeres estaban en la estación del cuerpo de investigaciones científicas, penales y criminalísticas CCPC en Plaza Venezuela, insistiendo en poner una denuncia. El funcionario de turno, un hombre de mediana edad con aspecto cansado, las recibió con la paciencia que dan años de trabajar en ese tipo de casos.
Señora, han pasado apenas unas horas. Su hija es adulta. Puede estar con algún amigo. Puede haberse quedado sin batería en el teléfono. Mi hija nunca, nunca desaparece así. Interrumpió Elena con la voz quebrada por las lágrimas y la angustia. Algo le pasó. Lo sé. Lo siento. Andrea intervino contándole al funcionario sobre Rodrigo, sobre las amenazas veladas, sobre el historial del hombre con sus exparejas.
El funcionario cambió de expresión, tomó nota de todo. Está bien, vamos a abrir el reporte. Necesito una foto reciente de su hija. Descripción de la ropa que llevaba. Cualquier información sobre sus movimientos del día. Elena sacó su teléfono con manos temblorosas y mostró la foto más reciente de Mariana.
Era de dos días atrás en el parque del Este, sonriendo a la cámara con los árboles de fondo. Una imagen llena de vida que ahora se sentía como un fantasma. Para la medianoche del 13 de enero, la noticia de la desaparición de Mariana Vázquez ya circulaba en redes sociales. Andrea había publicado en Twitter, Instagram y Facebook una foto de Mariana con la leyenda desaparecida.
Mariana Vázquez, 26 años, vista por última vez en Chacao. Si tienen información, por favoren. Incluía el número de teléfono de Elena. La publicación se viralizó rápidamente en Venezuela, donde las desapariciones eran una realidad dolorosa, aunque menos frecuente que otros crímenes, la historia de Mariana tocó una fibra sensible.
era una profesional, una mujer que había decidido quedarse en el país para ayudar a otros, alguien con quien muchos podían identificarse. Para la mañana del martes 14 de enero, los principales medios de comunicación nacionales ya cubrían el caso. “Joven psicóloga desaparece en Caracas”, titulaba El nacional. “Familiares denuncian posible conexión con expareja”, reportaba el Universal.
La presión mediática hizo que el CPC asignara un equipo completo al caso. El detective encargado fue Luis Torrealba, un investigador veterano con 25 años de experiencia en casos de desapariciones y homicidios. Torrealba comenzó por lo obvio. Rodrigo Castillo. El martes por la tarde dos funcionarios del CPC se presentaron en la oficina de la empresa constructora donde trabajaba Rodrigo.
Lo llevaron voluntariamente a la estación para un interrogatorio. Rodrigo llegó vestido impecablemente. Como siempre. Parecía tranquilo, aunque sus ojos delataban cierta tensión. Se sentó frente al detective Torrealba en una sala de interrogatorios pequeña con paredes de color verde pálido y una mesa metálica en el centro.
“Gracias por venir, señor Castillo”, comenzó Torrealba con tono neutral. “Queremos hacerle algunas preguntas sobre Mariana Vázquez. Por supuesto, estoy dispuesto a ayudar en lo que sea necesario. Estoy muy preocupado por ella. entiendo que ustedes tenían una relación. Así es. Bueno, teníamos. Terminamos hace dos días.
¿Puede contarme sobre eso? Rodrigo suspiró como si le doliera hablar del tema. Mariana estaba pasando por un momento difícil. Estaba estresada con el trabajo, con la situación del país. Decidió que necesitaba espacio. Yo respeté su decisión, aunque me dolió. Esa no es la versión que tenemos nosotros”, dijo Torrealba sacando una carpeta.
“Tenemos testimonios que indican que usted tenía comportamientos controladores, que había estado en dos relaciones simultáneamente, que una expareja tiene una orden de alejamiento contra usted.” La máscara de Rodrigo se resquebrajó por un segundo. Sus mandíbulas se tensaron. “Esas son mentiras, exnovias.
resentidas que no pueden seguir adelante con sus vidas. ¿Dónde estaba usted el lunes 13 de enero entre las 3:0 pm y las 7 pm? En mi apartamento trabajé desde casa ese día. ¿Alguien puede confirmar eso? Vivo solo, pero tengo registros de trabajo en mi computadora. Puedo mostrarles. ¿Le parece si revisamos su teléfono? Rodrigo dudó.
Tengo que hacerlo, ¿no? A menos que tengamos una orden. Pero si no tiene nada que ocultar, no tengo nada que ocultar, pero también tengo derecho a mi privacidad. Si quieren revisar mi teléfono, consigan una orden. Era su derecho y Torrealba lo sabía. Sin evidencia concreta no podían obligarlo. Llamó a Mariana el lunes.
No, ella me bloqueó. No tengo forma de contactarla. ¿Sabe algo sobre una llamada que ella recibió de la clínica central? Rodrigo pareció genuinamente confundido. No, ¿por qué me pregunta eso? Torrealba lo estudió cuidadosamente. Era difícilsaber si estaba actuando o si realmente no sabía nada. Después de 2 horas de interrogatorio, tuvieron que dejarlo ir.
No había evidencia que lo vinculara directamente con la desaparición, pero Torrealba tenía un presentimiento. Este tipo sabe algo le dijo a su compañero cuando Rodrigo se fue. Lo siento en los huesos. El miércoles 15 de enero, el equipo de investigación hizo un descubrimiento inquietante. Revisando las cámaras de seguridad de la zona donde Mariana había sido vista por última vez, identificaron el Toyota Corolla blanco, rastrearon la placa.
El carro estaba registrado a nombre de una empresa de alquiler de vehículos y efectivamente había sido alquilado el lunes 13 de enero a las 2:0 pm. ¿Por quién? Por un hombre que presentó una identificación a nombre de Carlos Méndez. Pero cuando investigaron descubrieron que Carlos Méndez era un nombre falso.
La identificación era falsa. Revisaron las cámaras de la empresa de alquiler. El hombre que había alquilado el carro usaba una gorra y lentes oscuros, haciendo difícil identificarlo, pero su complexión, su altura, su manera de moverse, todo coincidía con Rodrigo Castillo. El carro fue encontrado abandonado el jueves 16 de enero en un estacionamiento en la Castellana.
Había sido limpiado meticulosamente. No había huellas digitales, no había rastros de ADN, nada que lo conectara con Mariana o con quien lo había alquilado. Quien hizo esto sabía lo que estaba haciendo, comentó uno de los técnicos forenses. Esto no fue improvisado, fue planeado. El equipo investigativo también rastreó la llamada que Mariana había recibido de la clínica central.
Descubrieron algo perturbador. La llamada no provenía de la clínica. Alguien había usado un servicio de su plantación de número telefónico para hacer que pareciera que la llamada venía de allí. El número real, desde donde se originó la llamada, era un teléfono prepago comprado con efectivo días antes en una tienda en Petare, imposible de rastrear hasta un comprador específico.
“Le tendieron una trampa”, dijo Torrealba reuniendo a su equipo. Alguien la llamó haciéndose pasar por la clínica, probablemente diciéndole que había una emergencia. Mariana, siendo quien era, fue a ayudar. Y ahí la estaban esperando. Pero, ¿quién y dónde estaba Mariana ahora? Para el viernes 17 de enero, el caso de Mariana Vázquez era el tema de conversación en todo Venezuela, en las colas para comprar alimentos, en las oficinas, en los autobuses, en las casas.
Todos tenían una teoría, todos tenían miedo. Porque si alguien como Mariana, educada, cuidadosa, rodeada de gente que la amaba, podía desaparecer sin dejar rastro, ¿quién estaba seguro? La familia Vázquez organizó una vigilia el sábado 18 de enero en la plaza Alfredo Sadel. Cientos de personas se presentaron con velas, con pancartas que decían, “¿Dónde está Mariana?” Con globos amarillos que soltaron al cielo mientras Elena, destrozada, pero dignificada, suplicaba por información.
Si alguien sabe algo, lo que sea, por favor hablen”, dijo con la voz quebrándose. Mariana es mi hija, es hermana, es amiga, es psicóloga, ayudaba a la gente, no se merecía esto. Nadie se merece esto. Las cámaras de televisión capturaron cada momento. El país entero lloraba con Elena. Mientras tanto, Rodrigo Castillo había desaparecido.
La investigación apenas está comenzando. ¿Dónde está Rodrigo? ¿Qué pasó realmente con Mariana? Dale like, suscríbete y activa las notificaciones. Déjanos en los comentarios qué crees que pasó. Tu opinión importa. Cuando los investigadores del CICPC se presentaron el domingo 19 de enero en el apartamento de Rodrigo Castillo en Los Palos Grandes para un segundo interrogatorio, se encontraron con algo inesperado. El apartamento estaba vacío.
No vacío en el sentido de que Rodrigo no estaba, vacío en el sentido literal. Los muebles seguían ahí, pero todo lo personal había desaparecido. No había ropa en los closets, no había documentos en los cajones, no había computadoras, ni teléfonos, ni nada que pudiera proporcionar pistas sobre dónde había ido o qué había hecho.
El portero del edificio, un señor llamado Gustavo, que llevaba 10 años trabajando ahí, les contó a los investigadores que Rodrigo había salido el sábado por la mañana con dos maletas grandes. Le pregunté si se iba de viaje y me dijo que tenía un proyecto de trabajo en Valencia que iba a durar unos meses. Me pareció raro porque normalmente me avisaba con anticipación cuando iba a estar fuera, pero no le di importancia.
Valencia está a unas 3 horas de Caracas. El equipo del detective Torrealba contactó inmediatamente a las autoridades en esa ciudad, pero no había registro de que Rodrigo hubiera llegado allá. Su teléfono celular estaba apagado. Sus tarjetas de crédito no habían sido usadas desde el viernes. Era como si se hubiera evaporado.
Esto no ayuda en nada, comentó Torrealbafrustrado. Ahora tenemos dos personas desaparecidas en lugar de una. Pero la desaparición de Rodrigo, aunque sospechosa, también planteaba una pregunta inquietante. ¿Un culpable huiría de manera tan obvia? ¿O alguien inocente pero asustado podría hacer lo mismo temiendo ser incriminado injustamente? El lunes 20 de enero, una semana después de la desaparición de Mariana, una mujer llamó al número de la línea de información sobre el caso.
Se identificó como Lucía Rojas, vecina del edificio donde vivía Rodrigo. “No estoy segura si es importante”, dijo con voz nerviosa, “pero vi algo extraño el lunes pasado en la noche, el 13 de enero. Los investigadores, desesperados por cualquier pista, fueron inmediatamente a entrevistarla. Lucía vivía en el apartamento exactamente debajo del de Rodrigo.
Era una mujer de unos 50 años, profesora de matemáticas jubilada que pasaba la mayor parte del tiempo en casa cuidando a su madre anciana. Esa noche, alrededor de las 9 escuché ruidos arriba, explicó Lucía sirviéndole café al detective Torrealba y a su compañera, la detective María Sánchez. Sonaba como si estuvieran moviendo muebles pesados, lo cual era raro porque Rodrigo no es de hacer ruido, es muy silencioso normalmente.
¿Son los ruidos de muebles?, preguntó la detective Sánchez. Eso al principio, pero luego escuché agua corriendo por mucho tiempo, como si estuviera llenando la bañera o algo así. Duró como media hora y después más ruidos, como si estuviera limpiando intensamente. Torrealba intercambió una mirada significativa con su compañera.
¿Vio si Rodrigo salió del edificio esa noche? Sí, alrededor de las 11:30 bajé a botar la basura y lo vi en el estacionamiento metiendo algo en el maletero de su carro. Parecían bolsas grandes. ¿Qué tipo de bolsas? Bolsas negras de basura. varias, quizás cuatro o cinco. Le dije, “Buenas noches.
” Y él se sobresaltó un poco, como si no me hubiera visto acercarse. Me devolvió el saludo, pero se veía, no sé, tenso. ¿Hacia dónde se fue? No lo sé. Yo subí después de botar la basura. Esta información cambió completamente la dirección de la investigación. Los investigadores solicitaron inmediatamente una orden para revisar el apartamento de Rodrigo.
También comenzaron a rastrear las rutas que él podría haber tomado esa noche desde su edificio. El martes 21 de enero, el equipo forense entró al apartamento de Rodrigo Castillo. Lo que encontraron fue inquietante en su limpieza. Todo el lugar olía intensamente a cloro y otros productos de limpieza.
Era evidente que alguien había hecho un esfuerzo significativo por eliminar cualquier evidencia, pero por más cuidadoso que hubiera sido, la ciencia forense moderna tiene maneras de revelar lo que el ojo no puede ver. Usando Luminol, un compuesto químico que reacciona con la hemoglobina presente en la sangre, los técnicos rociaron el apartamento en busca de rastros.
En el baño obtuvieron un resultado positivo. Bajo la luz ultravioleta, el piso del baño brilló con ese característico color azulado que indica presencia de sangre. habían intentado limpiarla meticulosamente, pero pequeñas trazas permanecían en las ranuras entre los azulejos, en los bordes de la bañera, y, sorprendentemente, en el desagüe.
“Alguien sangró aquí”, confirmó el técnico forense principal, y luego alguien se esforzó mucho por ocultarlo. También encontraron algo más, un teléfono celular escondido detrás del refrigerador. No era el teléfono principal de Rodrigo, sino un segundo dispositivo, un modelo básico prepago. Cuando los técnicos lo analizaron, descubrieron que ese era el teléfono desde el cual se había hecho la llamada a Mariana haciéndose pasar por la clínica central.
La evidencia se estaba acumulando, pero sin un cuerpo, sin un testigo presencial y sin el propio Rodrigo para interrogar, el caso seguía siendo circunstancial. El miércoles 22 de enero, el caso dio un giro inesperado cuando un hombre llamó a la línea de información policial pidiendo hablar específicamente con el detective Torrealba.
se negó a identificarse, pero dijo tener información crítica sobre el caso. Rodrigo Castillo no actuó solo, dijo la voz masculina al teléfono, claramente distorsionada electrónicamente. Tenía un cómplice. ¿Quién es usted y cómo sabe eso?, preguntó Torrealba intentando rastrear la llamada, pero sabía que probablemente el llamante era lo suficientemente inteligente para usar medidas de protección.
Eso no importa. Lo que importa es que busquen en el cerro el Ávila. En el sector conocido como loma del viento. Hay una zona boscosa cerca de un mirador abandonado. Ahí encontrarán algo. ¿Por qué nos dice esto? Porque lo que pasó no estaba en el plan. Las cosas se salieron de control y hay cosas que ni el dinero puede limpiar de la conciencia. La línea se cortó.
Torrealba sabía que podía ser una trampa, una pérdida de tiempo o inclusoalguien tratando de obstruir la investigación, pero no podía darse el lujo de ignorar ninguna pista. organizó un equipo de búsqueda para el día siguiente. El jueves 23 de enero amaneció con una niebla espesa que cubría la montaña del Ávila como un manto gris.
El equipo de búsqueda compuesto por agentes del CCPC, bomberos y perros entrenados en búsqueda de restos humanos, comenzó la ascensión hacia el área indicada por el diamante anónimo. Loma del viento era una zona poco transitada del Parque Nacional, lejos de los senderos populares, donde los caraqueños solían hacer ejercicio los fines de semana.
El terreno era irregular. cubierto de vegetación densa y árboles que creaban sombras profundas incluso durante el día. Llevaban cerca de 3 horas buscando cuando uno de los perros comenzó a ladrar insistentemente cerca de una zona donde la tierra parecía haber sido removida recientemente. El equipo se acercó.
Comenzaron a acabar. A pocos centímetros bajo la superficie encontraron algo envuelto en plástico negro y cinta adhesiva. No era un cuerpo, era una mochila. La mochila de Mariana. Dentro encontraron su teléfono celular completamente destruido, como si alguien lo hubiera golpeado repetidamente con un objeto pesado.
También había documentos personales de Mariana, su identificación, su licencia de conducir y algo más perturbador. Mechones de cabello castaño oscuro que coincidían con el color del cabello de Mariana, pero no había cuerpo y eso lo cambiaba todo. ¿Por qué enterrar sus pertenencias pero no a ella?, se preguntó la detective Sánchez mientras el equipo forense documentaba meticulosamente cada hallazgo.
“Porque querían que la encontráramos”, respondió Torrealba. “Querían que supiéramos que está muerta sin darnos el cuerpo. Es una forma de tortura psicológica para la familia.” Pero había otra posibilidad que nadie se atrevía a verbalizar todavía. Y si Mariana seguía con vida. Los mechones de cabello fueron enviados inmediatamente al laboratorio forense.
El análisis de ADN confirmaría si pertenecían a Mariana, pero más importante aún, el análisis del folículo podría indicar si el cabello había sido arrancado o cortado y bajo qué circunstancias. Los resultados llegaron el viernes 24 de enero. El ADN coincidía con Mariana Vázquez, pero el análisis del folículo reveló algo inquietante.
El cabello había sido arrancado con fuerza. Había tejido del cuero cabelludo adherido a las raíces, lo que indicaba violencia física. Además, en uno de los mechones encontraron trazas microscópicas de sangre. El tipo de sangre coincidía con el de Mariana, según los registros médicos obtenidos de su familia. La evidencia pintaba un cuadro cada vez más oscuro.
Mariana había sido víctima de violencia física. Había sangrado y todas las señales apuntaban a que algo terrible le había sucedido en el apartamento de Rodrigo aquella noche del 13 de enero. Elena Vázquez recibió la noticia del hallazgo en el Ávila mientras estaba en casa rodeada de familiares y amigos que habían venido a apoyarla.
Cuando los investigadores le contaron sobre la mochila, el teléfono destruido y el cabello, sus piernas dejaron de sostenerla. Cayó al suelo sollozando mientras Carolina la abrazaba, ambas destrozadas por el dolor. “¿Eso significa que mi hermana está?”, preguntó Carolina sin poder terminar la frase. No lo sabemos con certeza, respondió Torrealba con toda la compasión que pudo reunir.
No hemos encontrado, no hemos encontrado a Mariana, seguimos buscando. Pero la sangre, el cabello arrancado. Elena apenas podía hablar entre soyosos. Señora Vázquez, sé que es difícil, pero necesito que mantenga la esperanza. Mientras no tengamos evidencia definitiva, existe la posibilidad de que Mariana siga con vida.
Pero todos en esa sala sabían que con cada día que pasaba esa posibilidad se volvía más remota. La noticia del hallazgo en el Ávila se esparció por todo el país como pólvora. Los medios de comunicación cubrían cada desarrollo. Las redes sociales explotaban con teorías, con expresiones de solidaridad, con rabia contra Rodrigo Castillo, quien seguía desaparecido.
Justicia para Mariana. Se convirtió en trending topic no solo en Venezuela, sino en toda América Latina. La historia había tocado un nervio sensible, la violencia contra las mujeres, las relaciones tóxicas que terminan en tragedia, la impunidad que muchas veces rodea estos casos. Con la evidencia acumulándose, la fiscalía emitió una orden de captura internacional contra Rodrigo Castillo por secuestro y presunto homicidio.
Su foto fue distribuida a todas las autoridades policiales del país y a través de Interpol. Los investigadores rastrearon sus movimientos bancarios. Descubrieron que el viernes 17 de enero, 4 días después de la desaparición de Mariana, Rodrigo había retirado el máximo permitido en efectivo de varios cajeros automáticos en diferentes zonasde Caracas.
En total había sacado el equivalente a unos 000 en bolívares. También descubrieron que su pasaporte había sido usado para salir del país el sábado 18 de enero a través del aeropuerto internacional de Maiqetía. Su destino, Bogotá, Colombia. Las autoridades colombianas fueron alertadas inmediatamente, pero Rodrigo era inteligente, sabía que estarían buscándolo y tenía una semana de ventaja.
Mientras tanto, la investigación sobre el supuesto cómplice mencionado en la llamada anónima continuaba. Los investigadores revisaron todas las relaciones conocidas de Rodrigo, amigos, familiares, colegas de trabajo. Un nombre comenzó a destacarse. Fernando Urdaneta, ingeniero civil como Rodrigo, compañero de trabajo en la misma empresa constructora.
Los dos habían sido amigos cercanos durante años, compañeros de gimnasio, de salidas nocturnas, confidentes. Cuando los investigadores revisaron las cámaras de seguridad del edificio de Rodrigo, descubrieron que Fernando había visitado el apartamento el lunes 13 de enero alrededor de las 10 el pm. Poco después de los ruidos que la vecina Lucía había reportado, Fernando fue citado para interrogatorio el lunes 27 de enero.
Fernando Urdaneta llegó a la estación del CI CPC acompañado de un abogado. Era un hombre de 32 años, de complexión robusta, cabello corto y una expresión que intentaba proyectar calma, pero que sus ojos nerviosos traicionaban. El detective Torrealba no perdió tiempo con preliminares. Señor Urdaneta, ¿qué relación tiene con Rodrigo Castillo? Somos amigos, compañeros de trabajo.
¿Cuándo fue la última vez que lo vio? Fernando vaciló. Su abogado le susurró algo al oído. El lunes 13 de enero. ¿Dónde? En su apartamento. ¿A qué hora? alrededor de las 10 de la noche. ¿Por qué fue allá? Me llamó diciendo que necesitaba ayuda para mover unos muebles. Torrealba se inclinó hacia adelante y le pareció normal que su amigo lo llamara a las 10 de la noche un lunes para mover muebles.
Yo no pensé mucho en eso. Rodrigo es mi amigo. Si necesita ayuda, yo ayudo. ¿Qué vio cuando llegó al apartamento? Fernando bajó la mirada. Su abogado intervino. Mi cliente no está obligado a responder preguntas que puedan incriminarlo. Su cliente puede tener problemas muy serios si no coopera, respondió Torrealba firmemente.
Tenemos evidencia de que un crimen se cometió en ese apartamento y tenemos evidencia de que su cliente estuvo allí esa noche. Puede elegir ser un testigo cooperador o un sospechoso de encubrimiento. Fernando respiró profundamente. Cuando habló, su voz temblaba. Cuando llegué, Rodrigo estaba limpiando. Todo el lugar olía a cloro.
Me dijo que había habido un accidente, que había dejado caer una botella de vino tinto y quería asegurarse de que la mancha no quedara. ¿Y usted le creyó? No sé qué creer. Había algo raro en cómo estaba actuando, pero es mi amigo. No pensé que vio sangre. Fernando cerró los ojos. No estoy seguro. Podría haber sido vino. Podría haber sido sangre.
Yo no quería saber. Le ayudó a deshacerse de algo. Me pidió que lo ayudara a bajar unas bolsas a su carro. Dijo que eran cosas viejas que iba a donar. vio que había dentro de las bolsas. No sospechó que podría ser algo más. Fernando abrió los ojos y miró directamente a Torrealba. Había lágrimas corriendo por sus mejillas.
Yo no quería saber, ¿entiende? No quería saber. Si supiera, entonces tendría que tendría que hacer lo correcto, completó Torrealba. Como lo está haciendo ahora. Fernando, necesito que me diga todo lo que recuerda de esa noche. Cada detalle podría ayudarnos a encontrar a Mariana. Y Fernando habló. contó como Rodrigo estaba inusualmente callado, cómo sus manos temblaban mientras metían las bolsas en el carro, cómo había visto lo que parecía ser ropa de mujer en una de las bolsas antes de que Rodrigo la cerrara rápidamente.
¿Hacia dónde fue Rodrigo después de cargar el carro?, preguntó la detective Sánchez. me dijo que iba a ir al vertedero de la Bonanza, que iba a deshacerse de todo eso. La Bonanza era uno de los vertederos más grandes de Caracas, un mar de basura en las afueras de la ciudad donde toneladas de desecho se acumulaban diariamente.
Si Rodrigo había llevado algo ahí, encontrarlo sería prácticamente imposible. Pero los investigadores tenían que intentarlo. La red se cierra alrededor de Rodrigo. Pero, ¿dónde está Mariana? ¿Está viva? ¿Está muerta? El capítulo final revelará la verdad detrás de esta desaparición que congeló a Venezuela. No te lo pierdas.
Dale like, suscríbete al canal, activa las notificaciones y cuéntanos en los comentarios qué crees que pasó realmente. El martes 28 de enero, un equipo de más de 50 personas, investigadores del CPC, bomberos, trabajadores del vertedero y voluntarios, se desplegó en la bonanza. Era una tarea titánica. El vertedero abarcaba hectáreas de terreno cubiertascon montañas de basura que se acumulaba día tras día. El olor era insoportable.
Una mezcla de descomposición orgánica, plásticos quemados y químicos que hacía que incluso los trabajadores más experimentados tuvieran que usar mascarillas especiales. Las gaviotas y samuros sobrevolaban constantemente el área disputándose los restos. El detective Torrealba sabía que las probabilidades de encontrar algo eran mínimas.
Una semana y media había pasado desde que Rodrigo supuestamente había dejado las bolsas allí. Toneladas de basura nueva se habían agregado desde entonces, pero no rendirse era lo único que podía ofrecer a la familia de Mariana. Durante tres días buscaron, revisaron sección por sección, área por área, encontraron de todo. Muebles rotos, electrodomésticos oxidados, ropa desechada, juguetes viejos, miles de bolsas negras idénticas a las que Rodrigo había cargado en su carro.
El jueves 30 de enero, cuando ya empezaban a perder la esperanza, uno de los perros de búsqueda reaccionó a algo en una zona específica del vertedero. Los investigadores se acercaron y comenzaron a excavar cuidadosamente. Encontraron ropa, una blusa azul marino que Elena Vázquez identificaría después como la que Mariana llevaba el día de su desaparición.
Jeans claros, zapatos negros. Todo estaba manchado con lo que parecía ser sangre seca, pero no encontraron un cuerpo, solo ropa. Mientras la búsqueda en el vertedero continuaba, la investigación internacional sobre el paradero de Rodrigo progresaba. Las autoridades colombianas habían rastreado su entrada al país a través del aeropuerto de Bogotá el 18 de enero, pero después de eso el rastro se perdía.
Rodrigo no había usado su pasaporte nuevamente, no había usado sus tarjetas de crédito, era como si hubiera desaparecido en la inmensidad de Colombia, un país grande, con fronteras porosas y muchos lugares donde alguien podía esconderse si tenía los recursos y la determinación. Pero el viernes 31 de enero recibieron un golpe de suerte.
Un oficial de la policía colombiana en la ciudad de Cúcuta, cerca de la frontera con Venezuela, reportó haber visto a alguien que coincidía con la descripción de Rodrigo en un pequeño hotel en las afueras de la ciudad. Un equipo especial fue despachado inmediatamente. Rodearon el hotel. Era un establecimiento modesto de esos que no hacen muchas preguntas si pagas en efectivo.
La habitación 12 estaba registrada a nombre de Miguel Torres. Tocaron a la puerta. Nadie respondió. Con autorización judicial forzaron la entrada. La habitación estaba vacía, pero Rodrigo había estado allí recientemente. Había ropa en el closet, artículos de higiene personal en el baño, una computadora portátil sobre la mesa. Dejó todo en su prisa por escapar.
Algún informante le había avisado que la policía venía, pero cometió un error fatal. No se llevó la computadora. El análisis forense digital de la computadora de Rodrigo reveló información que cambiaría completamente el caso. No solo había evidencia que lo incriminaba directamente, sino que revelaba un nivel de planificación y premeditación que helaba la sangre.
En el disco duro encontraron búsquedas en internet de los días anteriores a la desaparición. ¿Cómo eliminar rastros de sangre? ¿Cuánto tiempo tarda en descomponerse un cuerpo? Cámaras de seguridad puntos ciegos Caracas. Eliminar huellas digitales. Correos electrónicos intercambiados con Fernando Urdaneta, donde discutían el problema que necesitaba solución.
Los mensajes estaban en código, pero el contexto era claro, un archivo de texto sin guardar, como si fuera un borrador que contenía lo que parecía ser una confesión nunca enviada. En él, Rodrigo admitía haber llamado a Mariana haciéndose pasar por la clínica. admitía haberla esperado, pero lo que venía después era lo más perturbador.
El documento decía textualmente, “Ella llegó preocupada, preguntando por la emergencia. Le expliqué que necesitábamos hablar, que tenía que hacerle entender que no podíamos terminar así.” Ella se negó. Dijo que ya había tomado su decisión. Traté de razonar con ella, de hacerle ver que sin mí no era nada, que yo la había convertido en quién era.
Se enojó, me gritó, me dijo cosas horribles, cosas que ningún hombre debería escuchar de la mujer que ama. Perdí el control. No recuerdo exactamente qué pasó después. Solo recuerdo mis manos en su cuello. Recuerdo sus ojos. Recuerdo el momento exacto en que dejó de luchar y luego el silencio, ese silencio terrible que significa que ya no hay vuelta atrás.
El documento se cortaba ahí, nunca fue terminado, nunca fue enviado, pero ahí estaba en el disco duro como un fantasma digital de una confesión abortada. La confesión en la computadora fue suficiente para que las autoridades intensificaran la búsqueda. Si Rodrigo había huído apresuradamente del hotel en Cúcuta, no podía haber ido muy lejos.
Durante los siguientes días, la policía colombiana peinó la zona. Mostraron la foto de Rodrigo en hoteles, restaurantes, estaciones de bus. Alguien eventualmente lo reconocería. El miércoles 5 de febrero, 15 días después de que Mariana desapareciera, recibieron el aviso que estaban esperando. Un conductor de taxi en Cúcuta llamó a la policía reportando que había recogido a un hombre que coincidía con la descripción de Rodrigo en la terminal de buses.
El hombre estaba nervioso, mirando constantemente a su alrededor y había pagado en efectivo, pidiendo que lo llevara a un pueblo pequeño llamado Chinácota, a unos 30 minutos de Cúcuta. Las autoridades se movieron rápidamente, establecieron puntos de control en todas las salidas de Chinácota y comenzaron una búsqueda casa por casa en colaboración con la policía local.
Lo encontraron en una casa de huéspedes modesta usando otro nombre falso. Cuando los agentes entraron, Rodrigo ni siquiera intentó correr, solo levantó las manos y dijo, “Ya era hora. Estoy cansado de huir. Rodrigo Castillo fue extraditado a Venezuela el viernes 7 de febrero. Llegó esposado al aeropuerto de Maiqetía, donde una multitud de periodistas y camarógrafos esperaban para capturar la imagen del hombre que había mantenido a todo el país en suspenso durante casi un mes.
no dijo nada mientras lo trasladaban a las instalaciones del CICPC. Pero una vez en la sala de interrogatorios frente al detective Torrealba y en presencia de su abogado defensor, Rodrigo Castillo, comenzó a hablar, y lo que confesó fue aún más oscuro que lo que el documento en su computadora sugería. Amaba a Mariana.
Comenzó con voz monótona, como si estuviera disociado de las palabras que salían de su boca. La amaba más de lo que he amado a nadie y no podía aceptar que me dejara, no después de todo lo que habíamos construido juntos. explicó cómo había planeado la llamada desde el número que parecía ser de la clínica, cómo había alquilado el carro con documentos falsos para que no lo rastrearan, cómo había esperado a Mariana en una calle cerca de donde ella trabajaba, sabiendo que si le decía que había una emergencia médica, ella iría
sin cuestionarlo, porque esa era su naturaleza, ayudar a otros. Cuando subió al carro, al principio actuó normal, continuó Rodrigo. Le pregunté por qué había creído que la clínica la llamaría y ella me dijo que le habían hablado de una paciente adolescente que había intentado suicidarse y necesitaba apoyo urgente.
Se dio cuenta de que algo andaba mal cuando seguí conduciendo pasando la clínica. Rodrigo la había llevado a su apartamento contra su voluntad. Mariana intentó salir del carro cuando se detuvieron, pero él la agarró. Forcejearon. Él era más fuerte. La arrastró hasta el apartamento mientras ella gritaba.
Pero en ese edificio, en ese momento, con el ruido del tráfico de Caracas de fondo, nadie escuchó o nadie quiso involucrarse. Una vez dentro del apartamento, Rodrigo la encerró. Trató razonar con ella durante horas. Le rogó que volviera con él. Le prometió que cambiaría, que nunca más sería celoso o controlador, que iban a ser felices. Mariana se negó.
Le dijo que no había futuro para ellos, que lo que había hecho secuestrarla. solo confirmaba que ella había tomado la decisión correcta al dejarlo. Eso me enfureció, admitió Rodrigo. Me enfureció que después de todo lo que hice por ella, de todo lo que sacrifiqué, me tratara como si yo fuera el malo. Empezamos a discutir.
Ella me dijo que era un enfermo, que necesitaba ayuda psiquiátrica, que siempre supe controlarla, pero que ya no más, que había hablado con Patricia y Valeria, y que ahora veía quién era yo realmente. La discusión escaló. Rodrigo admitió haber golpeado a Mariana. Ella intentó defenderse arañándole la cara y el cuello, las marcas que después encontrarían en fotos del aeropuerto cuando salió del país.
En su desesperación por detenerla, por hacer que se callara, por hacer que dejara de rechazarlo, puso sus manos alrededor del cuello de ella. No quería matarla, dijo con voz quebrada, aunque en sus ojos no había lágrimas genuinas. Solo quería que dejara de gritar, que dejara de decirme esas cosas, pero cuando me di cuenta de lo que había hecho, ya era tarde.
Ella ella ya no respiraba. El silencio en la sala de interrogatorios era absoluto. Incluso el detective Torrealba, con décadas de experiencia escuchando confesiones horribles, sintió un escalofrío. “¿Qué hizo después?”, preguntó finalmente. Rodrigo explicó cómo entró en pánico, cómo durante horas se quedó mirando el cuerpo de Mariana sin saber qué hacer, cómo finalmente llamó a Fernando Urdaneta, su único amigo en quien podía confiar para que no hiciera preguntas.
Limpió meticulosamente el apartamento, puso el cuerpo de Mariana en varias bolsas negras de basura, arrancó su cabello y guardó algunos mechones. Unaparte perturbada de él quería mantener algo de ella. Destruyó el teléfono de Mariana. guardó sus pertenencias personales para enterrarlas después en el Ávila, asegurándose de que fueran encontradas, pero sin el cuerpo, como una forma de torturar a la familia y a los investigadores.
Esperó hasta tarde en la noche. Llamó a Fernando con la excusa de necesitar ayuda para mover muebles. Con la ayuda de Fernando, quien conscientemente eligió no hacer las preguntas obvias, bajaron las bolsas al carro. Rodrigo llevó el cuerpo de Mariana al vertedero de la bonanza. Allí, en la oscuridad total, en medio de montañas de basura que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, dejó las bolsas que contenían a la mujer que decía amar.
“¿Por qué enterrar sus cosas en el ávila, pero dejar su cuerpo en el vertedero?”, preguntó la detective Sánchez. Porque no quería que la encontraran, respondió Rodrigo. Quería que sufrieran sin saber. Quería que su familia se volviera loca buscándola. Si hubieran encontrado el cuerpo, habrían tenido cierre. Yo no quería darles eso.
Era una venganza final contra Mariana por haberlo rechazado. Incluso en la muerte quería controlarla, controlar su narrativa, controlar el dolor de los que la amaban. Con la confesión de Rodrigo, las autoridades regresaron al vertedero de la Bonanza el sábado 8 de febrero. Esta vez, Rodrigo fue obligado a acompañarlos para señalar exactamente dónde había dejado las bolsas.
Bajo un sol abrasador que hacía el trabajo aún más difícil, Rodrigo caminó por el vertedero tratando de recordar. Había sido de noche cuando estuvo allí. Todo se veía diferente bajo la luz del día. Además, toneladas de basura nueva se habían acumulado desde entonces. Buscaron durante horas. Rodrigo señaló un área específica y el equipo comenzó a excavar.
removieron capa tras capa de deshechos, bolsas rotas, plásticos, materia orgánica en descomposición y entonces a casi 2 m de profundidad encontraron algo. Era una bolsa negra grande, diferente a las otras, porque había sido envuelta múltiples veces con cinta adhesiva, sellada herméticamente. El equipo forense la abrió cuidadosamente.
dentro había restos humanos en avanzado estado de descomposición, acelerado por el calor y las condiciones del vertedero, pero había suficiente para confirmar mediante análisis de ADN que se realizaría después, que eran los restos de Mariana Vázquez. Elena Vázquez fue informada ese mismo día, la noticia que había estado temiendo, pero que de alguna forma sabía que llegaría, finalmente se hizo realidad.
Su hija, su mariana, estaba muerta. Había sido asesinada por el hombre que decía amarla y arrojada a un vertedero de basura como si no fuera nada. ¿Cómo puede un ser humano hacerle eso a otro?, preguntó Elena entre soyosos cuando el detective Torrealba le dio la noticia. No había respuesta satisfactoria a esa pregunta. Solo el dolor abismal de una madre que había perdido a su hija de la manera más horrible e imaginable.
El juicio contra Rodrigo Castillo comenzó en mayo de 2020 en medio de la pandemia de COVID-19 que azotaba al mundo. Fue uno de los juicios más seguidos en la historia reciente de Venezuela. Cada sesión era transmitida en vivo y millones de personas sintonizaban para ver cómo se desenvolvía el caso. Rodrigo se declaró culpable de homicidio intencional agravado.
Su defensa intentó argumentar que había sido un crimen pasional cometido en un momento de ira incontrolable y que, por lo tanto, debería recibir una sentencia reducida. Pero la fiscalía presentó evidencia del nivel de planificación involucrado, la llamada falsa, el carro alquilado con documentos falsos, la forma meticulosa en que limpió el apartamento y dispuso del cuerpo.
Esto no fue un crimen pasional del momento, fue un acto calculado de un hombre que no podía aceptar perder el control sobre la mujer que consideraba su propiedad. Fernando Urdaneta también enfrentó cargos como cómplice después del hecho por ayudar a Rodrigo a deshacerse del cuerpo. Él aceptó un acuerdo con la fiscalía.
Testificar contra Rodrigo a cambio de una sentencia reducida. El testimonio más desgarrador del juicio fue el de Elena Vázquez. Sentada en el estrado de testigos, con la voz quebrada pero firme, Elena miró directamente a Rodrigo y habló. Tú no amabas a mi hija”, dijo. “El amor no destruye, el amor no controla, el amor no mata.
Tú eras un hombre obsesionado con poseer algo que nunca te perteneció. Mariana no era un objeto, era una persona. Era mi hija, era hermana, amiga, profesional, ayudaba a la gente y tú se lo arrebataste todo, no solo a ella, sino a todos los que la amábamos. Nos arrebataste su futuro, los nietos que nunca tendré, las conversaciones que nunca tendremos, las sonrisas que nunca volveré a ver.
Espero que cada día que pases en prisión pienses en eso, en todo lo que destruiste, porque no podías aceptar unno. No había un ojo seco en la sala del tribunal. El 15 de agosto de 2020, después de 3 meses de juicio, el veredicto fue anunciado. Rodrigo Castillo fue declarado culpable de homicidio intencional, agravado, secuestro y ocultamiento de cadáver.
fue sentenciado a 30 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional. Fernando Urdaneta recibió 5 años de prisión, tres de los cuales fueron suspendidos debido a su cooperación con las autoridades. Cuando la sentencia fue leída, Rodrigo no mostró emoción, simplemente miró al frente con expresión vacía.
Algunos especularon que finalmente había caído en la cuenta de la magnitud de lo que había hecho. Otros creían que era un sociópata incapaz de verdadero remordimiento. La verdad probablemente estaba en algún punto intermedio. Un hombre tan consumido por su necesidad de control, tan convencido de que su amor justificaba cualquier acción, que destruyó la única cosa que decía amar.
Los restos de Mariana Vázquez fueron finalmente entregados a su familia para darle un entierro digno. El 22 de agosto de 2020, cientos de personas se reunieron en el cementerio del este de Caracas para despedirse de ella. Elena, Carolina, Andrea y todos los que conocieron a Mariana compartieron historias de su vida.
No querían que fuera recordada solo como una víctima. Querían que fuera recordada por quién fue. Una mujer brillante, compasiva, dedicada a ayudar a otros. “Mariana no murió porque fuera débil”, dijo Andrea en el funeral. “Murió porque tuvo el valor de decir no, de establecer límites, de alejarse de una relación tóxica.
” Y es justamente por eso que su historia necesita ser contada, para que otras mujeres sepan que no están solas, que no es su culpa y que hay ayuda disponible. El caso de Mariana Vázquez tuvo un impacto profundo en Venezuela. Provocó conversaciones nacionales sobre violencia de género, relaciones tóxicas y señales de advertencia de comportamientos abusivos.
Varias organizaciones de derechos de las mujeres lanzaron campañas educativas usando el caso de Mariana, como ejemplo de cómo las relaciones que parecen perfectas desde afuera pueden esconder dinámicas peligrosas por dentro. Se creó la Ley Mariana, una propuesta legislativa que buscaba endurecer las penas por feminicidio y establecer protocolos más estrictos para casos de desaparición de mujeres que tenían órdenes de restricción o denuncias previas de violencia doméstica.
Elena Vázquez se convirtió en una activista. A pesar de su dolor, decidió canalizar su tragedia en algo positivo. Fundó una organización sin fines de lucro llamada Fundación Mariana, dedicada a proporcionar apoyo psicológico gratuito a mujeres en relaciones abusivas y a educar a jóvenes sobre cómo identificar señales de advertencia en relaciones románticas.
No puedo traer a mi hija de vuelta”, dice Elena en una entrevista un año después de la muerte de Mariana, “pero puedo honrar su memoria, asegurándome de que otras hijas, otras hermanas, otras amigas tengan la información y el apoyo que necesitan para salir antes de que sea demasiado tarde.
” 3 años después del caso, Venezuela todavía habla de Mariana Vázquez. Su historia se ha convertido en un caso de estudio en escuelas de psicología, en programas de formación policial, en talleres de prevención de violencia de género. Pero algunas preguntas permanecen. Pudieron haberse evitado la tragedia. Las señales estaban ahí.
El historial de Rodrigo con exparejas, los comportamientos controladores, la escalada gradual de celos y manipulación. Patricia, su exnovia con la orden de alejamiento, vive con la culpa de no haber hablado más públicamente sobre lo que Rodrigo le hizo. Si hubiera gritado más fuerte, si hubiera advertido a más personas, tal vez Mariana estaría viva.
Dice en una entrevista anónima. Valeria, la otra exnovia, siente lo mismo. Debía haber insistido más cuando contacté a Mariana. debía haberle contado cosas más específicas, más aterradoras. Tal vez entonces ella no habría aceptado verlo a solas ese sábado, pero los expertos en violencia doméstica señalan que la culpa no recae en las víctimas ni en quienes intentaron advertir.
La culpa recae únicamente en el perpetrador, en Rodrigo Castillo, quien eligió la violencia cuando no pudo aceptar el rechazo. Patrón de Rodrigo es clásico, explica la doctora Mónica Lugo, psicóloga especializada en violencia de género, empieza con encanto extremo. Luego viene el aislamiento gradual de amigos y familia, los celos que se disfrazan de cuidado, el control que se presenta como protección.
Y finalmente, cuando la víctima intenta liberarse, viene la violencia. Es un ciclo predecible y trágicamente a menudo mortal. El caso también expuso deficiencias en el sistema. ¿Por qué es tan difícil obtener órdenes de restricción en Venezuela? ¿Por qué la policía a menudo no toma en serio las denuncias de acoso hasta quees demasiado tarde? ¿Cómo pueden las familias proteger a sus seres queridos cuando el sistema falla? Estas son preguntas que Venezuela todavía está tratando de responder y mientras tanto, cada año decenas de mujeres desaparecen
o son asesinadas por parejas o exparejas. El caso de Mariana es solo uno entre muchos, pero su historia resonó porque pudo haber sido cualquiera. Han pasado varios años desde aquella noche de enero cuando Mariana Vázquez desapareció de las calles de Caracas. Rodrigo Castillo sigue en prisión, donde cumplirá su condena de 30 años.
Según reportes, mantiene que amaba a Mariana y que nunca fue su intención lastimarla. Esa disonancia cognitiva, la capacidad de cometer un acto atroz mientras se mantiene una narrativa de amor es quizás el aspecto más perturbador de todo el caso. Elena Vázquez continúa su trabajo con la Fundación Mariana. Ha ayudado a cientos de mujeres a salir de relaciones abusivas.
Ha dado charlas en escuelas, universidades y organizaciones comunitarias. Y cada año, el 13 de enero, organiza una vigilia en memoria de su hija. Mariana no murió en vano, dice Elena. Su historia ha salvado vidas. He recibido mensajes de mujeres que dicen que al escuchar la historia de Mariana reconocieron las señales en sus propias relaciones y salieron a tiempo.
Eso le habría dado un propósito a su muerte. Eso es lo que me mantiene adelante. Carolina, la hermana menor de Mariana, se graduó de psicología siguiendo los pasos de su hermana y ahora trabaja con la fundación. Cada paciente que ayudo lo hago en nombre de Mariana, dice. Ella me enseñó que ayudar a otros es la forma más pura de amor y aunque ya no está aquí físicamente, su espíritu vive en el trabajo que hacemos.
Para Andrea y los amigos de Mariana, el dolor nunca desaparece completamente, pero han aprendido a vivir con él, a canalizarlo, en recordar los momentos felices, en compartir las lecciones aprendidas, en asegurarse de que el nombre de Mariana sea sinónimo de resistencia, no de victimización. Este caso nos recuerda varias lecciones cruciales.
Las relaciones que parecen perfectas desde afuera pueden esconder dinámicas peligrosas. Los celos extremos nunca son románticos. Son una señal de advertencia. El control disfrazado de cuidado sigue siendo control. Si alguien no puede aceptar un no, no te ama. Te ve como una posesión. Siempre cuenta a alguien de confianza. sientes que algo no está bien en tu relación.
Las exparejas que hablan sobre comportamientos abusivos no son locas o resentidas. A menudo están tratando de salvarte. Y lo más importante, si estás en una relación donde sientes miedo, donde tu pareja te aísla, te controla o te hace sentir que sin ella no eres nada, por favor busca ayuda. Habla con un familiar, un amigo, un profesional.
Hay organizaciones dedicadas a ayudar a personas en situaciones de violencia doméstica. No estás sola, no estás loco y mereces una relación donde el amor sea genuino, no una prisión con paredes invisibles. El caso que congeló a Venezuela no fue solo un crimen, fue sobre cómo el amor puede ser malinterpretado, como la obsesión se disfraza de pasión y como una sociedad entera puede fallar en proteger a sus miembros más vulnerables hasta que es demasiado tarde.
Mariana Vázquez tenía 26 años cuando murió. Toda una vida por delante, sueños por cumplir, pacientes por ayudar, amor por dar y recibir del tipo correcto. Rodrigo Castillo le quitó todo eso y aunque está en prisión cumpliendo su sentencia, ningún número de años puede devolver lo que se perdió. Ninguna pena puede aliviar el dolor de una madre que enterró a su hija.
Ninguna justicia puede llenar el vacío que Mariana dejó. Pero su historia permanece como advertencia, como lección, como llamado a la acción.















