EL CASO QUE CONGELÓ A COLOMBIA: UN NIÑO ENTRÓ A LA ESCUELA Y NUNCA VOLVIÓ

El caso que congeló Colombia. Un niño entró a la escuela y nunca volvió. Imagina esto. Tu hijo sale de casa por la mañana, lo ves cruzar la puerta de la escuela, las cámaras lo registran entrando al edificio y nunca más vuelve a salir. No hay forcejeos, no hay gritos, no hay testigos, simplemente desaparece.

Esto no es una película de suspenso, no es ficción. Esto sucedió en Colombia y lo que estás a punto de escuchar es un caso real. que paralizó a todo un país y que hasta el día de hoy no tiene respuestas.

El día que todo comenzó era un miércoles común y corriente en Bogotá. El cielo estaba gris, como suele estar en las mañanas frías de la capital colombiana.

Las calles del barrio Santa Isabel, en la localidad de Tunjuelito, comenzaban a llenarse de estudiantes con uniformes impecables, padres apurados y vendedores ambulantes, ofreciendo empanadas y café caliente en cada esquina. Mateo Rincón tenía 8 años. Era un niño delgado, de cabello negro peinado hacia un lado, con ojos curiosos que siempre parecían estar buscando algo interesante.

Ese día llevaba su uniforme completo, pantalón azul oscuro, camisa blanca, suéter del colegio y su mochila roja de Batman, esa que tanto le gustaba porque según él lo hacía sentir valiente. Su madre, Patricia Rincón, una mujer de 42 años que trabajaba como auxiliar administrativa en una clínica del sur de Bogotá, lo despertó a las 6 de la mañana, como de costumbre.

Patricia era una madre soltera que hacía malabares entre su trabajo, las tareas del hogar y la crianza de Mateo. No tenía una vida fácil, pero hacía todo lo posible por darle a su hijo lo mejor que podía. Mateo, mi amor, levántate que se te hace tarde.” Le dijo Patricia mientras abría las cortinas de la pequeña habitación que compartían en un apartamento de dos cuartos en un edificio modesto.

 Mateo se estiró en la cama restregándose los ojos. Se levantó despacio, todavía medio dormido, y se dirigió al baño. Patricia preparó el desayuno, chocolate caliente, arepa con queso y un pedazo de pan. Era lo mismo de siempre, pero a Mateo le encantaba. “Mamá, hoy tengo educación física”, preguntó Mateo mientras masticaba su arepa.

 “Sí, mi amor, pero acuérdate de llevar la sudadera, está haciendo mucho frío”, respondió Patricia mientras revisaba su bolso, asegurándose de tener todo lo necesario para su jornada laboral. Mateo asintió, terminó su desayuno rápidamente y corrió a ponerse el uniforme. Patricia lo ayudó a alistarse, revisó que tuviera todos sus cuadernos en la mochila y le recordó que se portara bien.

 A las 7:15 de la mañana salieron del apartamento. Patricia acompañaba a Mateo hasta la escuela todos los días antes de tomar el bus hacia su trabajo. El colegio distrital, José María Carbonel quedaba a solo cuatro cuadras de su casa, un trayecto corto que hacían caminando entre el bullicio matutino del barrio. Las calles estaban llenas de vida.

 Los comerciantes abrían sus locales, los buses pasaban llenos de pasajeros cansados y grupos de niños caminaban hacia diferentes colegios de la zona. Patricia y Mateo avanzaban tomados de la mano, esquivando charcos de la lluvia de la noche anterior. “¿Vas a venir a buscarme tú hoy, mamá?”, preguntó Mateo, mirando hacia arriba.

“No, mi amor, hoy te va a buscar la abuela Carmen. Yo salgo tarde del trabajo, ¿te acuerdas?”, respondió Patricia con una sonrisa. La abuela Carmen, madre de Patricia, vivía a dos cuadras del colegio y solía ayudar recogiendo a Mateo cuando su hija no podía. Era una mujer de 65 años, cariñosa pero estricta, que adoraba a su nieto.

 Llegaron al colegio a las 7 en punto. La entrada principal del José María Carbonel era una puerta metálica verde, desgastada por el tiempo, con un pequeño patio de concreto donde los niños esperaban antes de entrar a clase. Patricia se agachó para quedar a la altura de Mateo y le acomodó el suéter. Pórtate bien, estudia mucho y te veo en la noche.

 ¿Listo? le dijo mientras le daba un beso en la frente. Listo, mami, te amo respondió Mateo con una sonrisa. Patricia lo vio entrar por la puerta principal. Mateo saludó al coordinador de disciplina, el profesor Hernández, quien estaba parado en la entrada, verificando que todos los estudiantes ingresaran correctamente. Mateo desapareció entre el grupo de niños que entraban hacia el patio interno del colegio.

 Patricia se quedó mirando unos segundos más, como hacía siempre. asegurándose de que todo estuviera bien. Luego se dio la vuelta y caminó rápidamente hacia la parada de bus. Tenía que llegar a tiempo al trabajo.Esa fue la última vez que Patricia vio a su hijo. El colegio distrital José María Carbonel era una institución pública que atendía a más de 800 estudiantes de primaria y bachillerato.

 El edificio tenía dos plantas con aulas distribuidas alrededor de un patio central. Las instalaciones eran antiguas, pero funcionales, con pasillos estrechos, ventanas con rejas y un sistema de seguridad básico que consistía en dos cámaras de vigilancia, una en la entrada principal y otra en el patio trasero. Según los registros oficiales del colegio, Mateo ingresó a las 7:2 de la mañana.

 Su nombre fue marcado en la lista de asistencia de su salón, El grado tercero B, por la profesora Liliana Márquez. quien llevaba 15 años trabajando en la institución. La profesora Márquez recordaría después que Mateo llegó puntual, saludó a sus compañeros y se sentó en su pupitre habitual cerca de la ventana. La primera clase del día era matemáticas.

Mateo sacó su cuaderno, participó en la actividad grupal y no mostró ningún comportamiento fuera de lo común. A las 9:30 de la mañana llegó la hora del descanso. Los estudiantes salieron corriendo hacia el patio, donde compraban refrigerios en la tienda escolar o jugaban fútbol en la pequeña cancha improvisada.

 Varios compañeros de Mateo recordarían después haberlo visto durante el descanso jugando con un grupo de amigos cerca de las gradas. Pero aquí es donde la historia comienza a volverse confusa. Algunos testimonios indican que Mateo regresó al salón después del descanso para la clase de español. Otros dicen que no lo vieron durante esa clase.

 La profesora de español, la señora Vargas, afirmó inicialmente que Mateo sí estuvo presente, pero cuando revisó su lista de asistencia días después, no encontró su nombre marcado. A las 12:30 del mediodía, la jornada escolar terminó. Los estudiantes comenzaron a salir del colegio en grupos recogidos por sus padres, abuelos o vecinos.

 El bullicio era habitual, risas, gritos, niños corriendo hacia la salida. La abuela Carmen llegó puntual a las 12:20. Esperó en la puerta principal, como siempre, observando a los niños salir. Pasaron 5 minutos, 10, 15. Mateo no aparecía. Carmen comenzó a preocuparse. Se acercó al coordinador Hernández, quien estaba supervisando la salida. Disculpe, profesor.

 ¿Ha visto a Mateo Rincón? Es mi nieto del salón tercero B, preguntó Carmen con voz temblorosa. El profesor Hernández frunció el ceño y revisó mentalmente. Negó con la cabeza. No lo he visto salir, señora. Espere un momento. Voy a preguntar adentro. El coordinador entró al colegio y buscó a la profesora Márquez.

 Ella estaba guardando sus cosas en el salón de profesores. “Liliana, Mateo Rincón salió, ya. Su abuela lo está esperando”, preguntó Hernández. La profesora Márquez lo miró sorprendida. Él estaba aquí en la mañana. No sé si salió ya. Déjame revisar. Ambos regresaron al salón tercero B. Estaba vacío. Revisaron los baños, el patio, la biblioteca, nada.

 Mateo había desaparecido. Carmen sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. Llamó inmediatamente a Patricia, quien estaba en medio de su jornada laboral. Hija, Mateo no está. Lo busqué por todo el colegio y no aparece. Patricia sintió que el mundo se detenía. Dejó todo y salió corriendo hacia el colegio. Y así comenzó la pesadilla que congelaría a toda Colombia.

 Patricia Rincón llegó al colegio José María Carbonel a la 1:30 de la tarde. Había tomado un taxi desde su trabajo en el sur de Bogotá, rogándole al conductor que acelerara, que era una emergencia. Durante todo el trayecto, su mente no dejaba de dar vueltas. Intentaba convencerse de que todo tenía una explicación lógica.

 Tal vez Mateo se había ido con algún compañero. Tal vez estaba jugando en algún rincón del colegio. Tal vez su abuela simplemente no lo había visto. Pero en el fondo de su corazón, Patricia sabía que algo estaba terriblemente mal. Cuando llegó, encontró a su madre Carmen llorando en la entrada del colegio, rodeada por el coordinador Hernández.

 la profesora Márquez y otros dos docentes que habían comenzado a ayudar en la búsqueda. El director del colegio, el señor Rodrigo Espia, también estaba allí con el rostro tenso y preocupado. ¿Qué pasó? ¿Dónde está mi hijo? Gritó Patricia al bajar del taxi con lágrimas ya corriendo por sus mejillas.

 Señora Rincón, cálmese, por favor. Estamos buscándolo por todas partes”, dijo el director espitia intentando sonar tranquilizador, pero sin lograrlo del todo. ¿Cómo que lo están buscando? Él entró aquí, ¿ustedes lo vieron entrar? ¿Cómo es posible que haya desaparecido? Patricia estaba desesperada, su voz quebrándose con cada palabra.

 El director explicó lo que sabían hasta ese momento. Mateo había ingresado al colegio en la mañana. Había sido visto durante las primeras clases y el descanso, pero después de eso nadiepodía confirmar con certeza dónde estaba. Cuando llegó la hora de salida, simplemente no apareció. “Pero alguien tiene que haberlo visto salir. Las cámaras, ¿qué muestran las cámaras?”, preguntó Patricia, aferrándose a cualquier esperanza.

 El coordinador Hernández bajó la mirada incómodo. Señora, solo tenemos dos cámaras funcionales, una en la entrada principal y otra en el patio trasero. Estamos revisando las grabaciones ahora mismo. Patricia sintió que las piernas le temblaban. Se aferró al brazo de su madre para no caerse. Carmen la abrazó, ambas llorando, mientras los profesores intercambiaban miradas de preocupación.

El director Espia ordenó que se revisara cada rincón del colegio. Todos los profesores disponibles, el personal de servicios generales y hasta algunos padres de familia que todavía estaban en la entrada se unieron a la búsqueda. Revisaron salón por salón gritando el nombre de Mateo. Buscaron en los baños, en la biblioteca, en la sala de profesores, en las bodegas de materiales.

revisaron debajo de los pupitres, detrás de las puertas, dentro de los armarios. Subieron a la segunda planta y bajaron al sótano donde guardaban implementos deportivos. Nada. El patio trasero del colegio daba a un pequeño terreno valdío que colindaba con otras casas del barrio. Algunos profesores saltaron la cerca y revisaron el terreno llamando a Mateo entre los matorrales y la basura acumulada.

 Otros salieron a las calles aledañas preguntando a vecinos y comerciantes si habían visto a un niño con uniforme del colegio. Nadie había visto nada. Patricia no se quedó quieta ni un segundo. Recorrió el colegio una y otra vez, entrando a cada salón, mirando detrás de cada puerta, llamando a su hijo con voz desesperada. Su madre Carmen la seguía intentando consolarla, pero también sumida en el pánico.

 Mateo, mi amor, si me estás escuchando, por favor sal. No estás en problemas, te lo prometo. Mami solo quiere verte, mi cielo. Gritaba Patricia entre soyosos. El silencio del colegio era aterrador. Solo se escuchaban los pasos apresurados de los que buscaban y los gritos distantes llamando al niño. A las 2:30 de la tarde, el coordinador Hernández logró revisar las grabaciones de las dos cámaras de seguridad.

Patricia, Carmen, el director Espitia y dos profesores más se reunieron en la pequeña oficina administrativa donde estaba el monitor. La primera grabación mostraba la entrada principal del colegio. Allí estaba Mateo, claramente visible, entrando a las 7:2 minutos de la mañana. Llevaba su mochila roja, caminaba con normalidad y saludó al coordinador antes de ingresar al patio interno.

 Patricia comenzó a llorar de nuevo al ver a su hijo en la pantalla, tan vivo, tan real, tan cerca. “Miren, ahí está, ahí entró. ¿Dónde está la grabación de la salida?”, preguntó Patricia con urgencia. Hernández adelantó el video hasta las 12:30 cuando comenzó la salida de estudiantes. La cámara mostraba docenas de niños saliendo por la puerta principal.

 Pero Mateo no estaba entre ellos. Revisaron la grabación completa hasta las 2 de la tarde. Mateo nunca salió por la puerta principal. ¿Y la otra cámara? preguntó Carmen. Hernández cambió a la segunda grabación, la del patio trasero. Esta cámara tenía un ángulo limitado y solo capturaba una parte del patio y la cerca que daba al terreno valdío.

 En la grabación se veía a varios estudiantes jugando durante el descanso. Entre ellos estaba Mateo. La imagen no era muy clara, pero se podía ver su mochila roja y su uniforme. Jugaba con otros tres niños cerca de las gradas. Pero entonces algo extraño sucedió. A las 15:5 minutos de la mañana, aproximadamente, la cámara dejó de grabar.

 La pantalla se puso negra durante casi 40 minutos. Cuando volvió a funcionar, a las 10:45, el patio estaba vacío. Los estudiantes ya habían regresado a clase después del descanso. ¿Qué pasó ahí? ¿Por qué se cortó la grabación?, preguntó Patricia, su voz temblando de frustración y miedo. El coordinador Hernández no tenía respuesta.

No lo sé, señora. A veces el sistema falla. Es un equipo viejo. Tiene problemas técnicos constantemente. Patricia explotó. Ne, problemas técnicos. Mi hijo desapareció y ustedes me hablan de problemas técnicos. ¿Cómo es posible que un colegio no tenga cámaras funcionando correctamente? ¿Dónde está mi hijo? El director Speia intentó calmarla, pero Patricia ya no escuchaba a nadie.

 Salió corriendo de la oficina y continuó buscando por todo el colegio gritando el nombre de Mateo hasta quedarse sin voz. A las 3 de la tarde, el director Espia tomó la decisión de llamar a la policía. Marcó el 123, el número de emergencias de Bogotá, y reportó la desaparición de un estudiante.

 20 minutos después llegó una patrulla de la Policía Nacional. Dos agentes, un hombre y una mujer, bajaron del vehículo y entraron al colegio. Patricia corrió hacia ellos. Por favor,ayúdenme a encontrar a mi hijo. Entró al colegio esta mañana y no ha salido. No sé dónde está. Por favor, suplicaba Patricia tomando del brazo a la gente.

Los policías comenzaron a hacer preguntas. ¿Cómo se llamaba el niño? ¿Qué edad tenía? ¿Qué ropa llevaba? ¿Tenía alguna condición médica? había tenido problemas con alguien recientemente. Patricia respondió todo lo que pudo entre lágrimas. No, Mateo no tenía problemas con nadie. Era un niño normal, tranquilo, buen estudiante, no tenía enemigos, no se había peleado con nadie.

 Los agentes revisaron las instalaciones del colegio nuevamente, esta vez con más método. Tomaron declaraciones a los profesores, al personal de servicios generales, a la coordinación. revisaron las grabaciones de las cámaras. Señora, vamos a emitir una alerta de búsqueda inmediata. Vamos a notificar a todas las unidades de la zona y comenzaremos un operativo de búsqueda en el barrio”, explicó la agente mujer, una oficial joven con expresión seria. Eso es todo.

 Solo van a buscar en el barrio. ¿Y si alguien se lo llevó? ¿Y si está herido? Patricia no podía dejar de imaginar los peores escenarios. Señora, entendemos su angustia, pero debemos seguir un protocolo. Vamos a movilizar todos los recursos necesarios. Mientras tanto, necesito que usted se quede tranquila y disponible por si Mateo intenta comunicarse con usted.

 Patricia no sabía cómo quedarse tranquila. Su hijo había desaparecido. ¿Cómo se supone que una madre debe quedarse tranquila en una situación así? Para las 4 de la tarde, la noticia de la desaparición de Mateo ya se había expandido por todo el barrio Santa Isabel. Los vecinos comenzaron a reunirse frente al colegio ofreciendo ayuda.

 Algunos organizaron grupos de búsqueda improvisados y salieron a recorrer las calles cercanas gritando el nombre del niño. Las redes sociales comenzaron a llenarse de publicaciones. Niño desaparecido en Bogotá ayuda a encontrar a Mateo Rincón. Desaparición misteriosa en Colegio de Tunjuelito. Las fotografías de Mateo, tomadas del perfil de Facebook de Patricia se compartieron cientos de veces en cuestión de horas.

 Los medios de comunicación locales comenzaron a llegar. Primeras cámaras de televisión, reporteros con micrófonos, fotógrafos. El director Spitia tuvo que dar declaraciones en la entrada del colegio, asegurando que se estaba haciendo todo lo posible para encontrar al niño. Patricia veía todo aquello fuera una pesadilla de la que no podía despertar.

Los flashes de las cámaras, las preguntas de los reporteros, los vecinos llorando, los policías revisando el colegio una y otra vez. Su hijo había entrado a la escuela esa mañana y ahora había desaparecido sin dejar rastro. Mientras caía la noche sobre Bogotá, una pregunta aterradora quedaba flotando en el aire.

 ¿Dónde estaba Mateo Rincón? La primera noche fue la más larga de la vida de Patricia Rincón. No pegó los ojos ni un solo segundo. Se quedó sentada en el sofá de su apartamento con el teléfono en la mano, esperando una llamada, un mensaje, cualquier señal de que su hijo estaba bien. Su madre Carmen intentaba consolarla preparándole té que Patricia no tomaba, ofreciéndole comida que no podía probar.

 ¿Cómo podía comer cuando su hijo estaba perdido en algún lugar? Los vecinos del edificio tocaban la puerta cada cierto tiempo, preguntando si había noticias, ofreciendo ayuda. La señora Martínez del apartamento de abajo, trajo un rosario y se puso a rezar en la sala. Don Carlos, el portero del edificio, organizó a varios vecinos para salir a buscar durante la noche por las calles del barrio, pero no había noticias, ninguna.

 La policía había establecido un operativo de búsqueda que se extendía por varias cuadras alrededor del colegio. Patrullas recorrían las calles con las luces encendidas, deteniendo a cualquier persona sospechosa, revisando vehículos, preguntando casa por casa si alguien había visto algo inusual ese día. El caso había sido clasificado como una desaparición de alto riesgo debido a la edad de Mateo y las circunstancias extrañas.

 La fiscal encargada, la doctora Lucía Mendoza, especialista en casos de menores desaparecidos, había sido asignada para dirigir la investigación. A las 11 de la noche, la fiscal Mendoza llegó al apartamento de Patricia para tomarle una declaración formal. Era una mujer de unos 45 años, seria pero empática, con una libreta en la mano y una grabadora sobre la mesa.

Señora Rincón, sé que es un momento difícil, pero necesito que me cuente todo lo que recuerda de esta mañana. Cada detalle puede ser importante, dijo la fiscal Mendoza con voz calmada. Patricia, con la voz rota por el llanto, comenzó a relatar todo desde el momento en que despertó a Mateo. Describió la rutina matutina, el desayuno, la caminata al colegio, la despedida en la puerta.

 Notó algo diferente en el comportamiento de Mateo esta mañana.¿Estaba nervioso, asustado, preocupado por algo?, preguntó la fiscal. No, nada. Estaba normal, como siempre. Incluso estaba contento porque tenía educación física, respondió Patricia. Mateo había mencionado problemas con algún compañero o profesor.

 ¿Alguna vez le dijo que alguien lo molestaba o lo hacía sentir incómodo? No, nunca. Mateo es un niño feliz, le gusta el colegio, tiene amigos, nunca se ha quejado de nada. La fiscal continuó haciendo preguntas sobre la vida de Mateo, sus rutinas, sus amigos, los lugares que frecuentaba. Patricia respondía todo lo mejor que podía, aferrándose a la esperanza de que algún detalle pudiera ayudar a encontrarlo.

Al día siguiente, jueves por la mañana, la fiscal Mendoza y un equipo de investigadores de la Fiscalía llegaron al colegio José María Carbonel para realizar entrevistas exhaustivas. El colegio había sido cerrado temporalmente para facilitar la investigación. comenzaron con los profesores. Uno por uno, cada docente que tuvo contacto con Mateo ese día fue entrevistado en la oficina del director.

 La profesora Liliana Márquez, quien daba clases a tercero B, fue la primera en declarar. Lo vi en la mañana. Llegó puntual como siempre. Participó en la clase de matemáticas. Durante el descanso salió a jugar con sus compañeros. Después del descanso teníamos clase de español, pero esa clase no la doy yo, la da la profesora Vargas, explicó Márquez visiblemente nerviosa.

 ¿Usted vio a Mateo regresar después del descanso?, preguntó la fiscal. No estoy segura. Yo estaba en la sala de profesores tomando un café. Cuando sonó el timbre, volví al salón, pero no recuerdo específicamente si Mateo estaba o no. La profesora Vargas, quien daba clases de español, fue entrevistada después.

 Cuando llegué al salón, después del descanso, no vi a Mateo. Pensé que tal vez había ido al baño o se había quedado jugando un poco más. No me pareció extraño al principio porque a veces los niños se demoran en volver, dijo Vargas con lágrimas en los ojos. Si hubiera sabido, si hubiera preguntado antes, ¿a qué hora se dio cuenta de que Mateo no estaba? preguntó el investigador.

Cuando pasé lista, pero ya había empezado la clase. Fue como a las 10:30, 10:40. Pensé en reportarlo, pero como fue mi primer día después de unos días de incapacidad, pensé que tal vez él había faltado y yo no estaba enterada. Fue un error terrible de mi parte. La fiscal tomó nota de todo. Ya había una inconsistencia en los tiempos.

 Si Mateo fue visto durante el descanso a las 9:30, pero no estaba en clase a las 10:30, significaba que desapareció en algún momento durante esa hora. Los compañeros de clase de Mateo también fueron entrevistados en presencia de sus padres. Los niños estaban asustados, algunos lloraban, otros apenas podían hablar.

 Un niño llamado Santiago, mejor amigo de Mateo, fue uno de los que más información pudo dar. Estábamos jugando fútbol en el descanso. Mateo era el arquero. Jugamos hasta que sonó el timbre para volver a clase, dijo Santiago con voz temblorosa. ¿Y qué pasó después del timbre? Mateo regresó contigo al salón, preguntó la fiscal con voz suave. No sé.

 Yo corrí al salón porque tenía que ir al baño. Cuando volví, Mateo no estaba. Una niña llamada Valentina, que se sentaba al lado de Mateo, dijo algo que llamó la atención de los investigadores. Mateo me dijo que tenía que ir a buscar algo que había dejado en el baño. Eso fue después del descanso, cuando estábamos formando fila para entrar, recordó Valentina.

 Él te dijo específicamente que iba al baño, preguntó la fiscal. Sí. Dijo que se le había caído algo y que iba a buscarlo, pero no lo vi volver. Este testimonio era crucial. Significaba que Mateo posiblemente se había separado del grupo después del descanso para ir al baño y fue ahí donde desapareció. Los investigadores volvieron a revisar los baños del colegio, esta vez con más detalle.

 Había tres baños en el primer piso, uno para niñas, uno para niños y uno para profesores. El baño de niños estaba ubicado en un pasillo lateral cerca de la salida trasera del colegio. Era un espacio pequeño con tres sanitarios y dos lavamanos. Las paredes estaban pintadas de verde claro, desgastadas por el tiempo, con grafitis de estudiantes.

 Los investigadores revisaron cada rincón, buscaron rastros de sangre, señales de forcejeo, cualquier evidencia física. No encontraron nada obvio, pero tomaron muestras de todo para análisis forense. Una de las cosas que notaron era que el baño tenía una ventana pequeña que daba un callejón lateral entre el colegio y la casa vecina.

 La ventana tenía rejas, pero estaban flojas. Un niño pequeño podría haber pasado entre los barrotes si alguien desde afuera lo ayudaba. Esta ventana siempre estuvo así, preguntó el investigador al señor Ramírez, el encargado de mantenimiento. Esas rejas llevan años sueltas. Lo hereportado muchas veces, pero nunca aprueban el presupuesto para arreglarlas, respondió Ramírez con culpa en su voz.

 La posibilidad de que alguien hubiera sacado a Mateo por esa ventana comenzó a tomar fuerza. Pero eso planteaba otra pregunta. ¿Quién y por qué? La fiscal Mendoza reunió a su equipo en una sala improvisada en el colegio para analizar las posibilidades. Tenemos dos escenarios principales dijo Mendoza escribiendo en una pizarra. Escenario uno.

 Mateo salió del colegio por su propia voluntad. Escenario dos. Alguien se lo llevó. Si salió por su voluntad, ¿por qué? Es un niño de 8 años, ¿a dónde iría?, preguntó uno de los investigadores. Podría haberse asustado por algo. Podría estar escondiéndose, tenemos que considerar la posibilidad de que esté en algún lugar cercano, confundido o con miedo de volver, respondió Mendoza.

 Pero ya han pasado más de 24 horas. Si estuviera escondido en el barrio, alguien ya lo habría visto con todo el operativo de búsqueda que montamos, argumentó otro investigador. Entonces, el escenario dos cobra más peso. Alguien se lo llevó. La pregunta es, ¿quién y cómo?, dijo Mendoza. Comenzaron a revisar a todas las personas que tuvieron acceso al colegio ese día.

 los profesores, el personal de servicios generales, los proveedores que traían comida para la tienda escolar, los padres de familia que habían ido a dejar o recoger estudiantes. El coordinador Hernández proporcionó una lista completa. Eran casi 50 personas en total. Todos tendrían que ser entrevistados y verificados.

 Mientras la investigación avanzaba, Patricia vivía en un estado de angustia permanente. No comía, no dormía, apenas hablaba. Se la pasaba compartiendo fotos de Mateo en redes sociales, rogando a la gente que si lo veían la llamaran inmediatamente. Las llamadas comenzaron a llegar al número que había publicado.

 Decenas de personas reportaban haber visto a un niño parecido a Mateo en diferentes partes de Bogotá. Patricia y su madre salían corriendo cada vez que recibían una llamada, pero siempre resultaba ser una falsa alarma. Eran niños que se parecían a Mateo, pero no eran él. Una señora llamó diciendo que había visto a un niño en el terminal de transportes de Bogotá.

 Patricia llegó al terminal en menos de 30 minutos, buscando desesperadamente entre la multitud, pero no encontró a su hijo. Otra llamada reportó a un niño en un centro comercial del norte. De nuevo, Patricia fue hasta allá. De nuevo, no era Mateo. Cada falsa alarma destrozaba un poco más su corazón, pero no podía dejar de intentar.

 No podía quedarse quieta mientras su hijo estaba perdido. Los medios de comunicación nacionales ya habían tomado el caso. Noticieros de todo el país hablaban sobre el niño que desapareció del colegio en Bogotá. La presión pública sobre las autoridades aumentaba cada día. La Fiscalía emitió un comunicado oficial. Estamos realizando todas las diligencias necesarias para encontrar a Mateo Rincón.

 Hacemos un llamado a la comunidad para que cualquier persona que tenga información se comunique con las autoridades. Pero pasaban los días y Mateo seguía sin aparecer. El séptimo día, después de la desaparición de Mateo, un hombre se presentó en la estación de policía de Tunjuelito con información que cambiaría el rumbo de la investigación.

 Se trataba de don Jairo Pérez, un vendedor ambulante de 52 años que tenía un puesto de empanadas y jugos justo frente al colegio José María Carbonel. Jairo llevaba años trabajando en esa esquina. Conocía a muchos de los estudiantes y profesores que pasaban diariamente. Yo vi algo ese día, pero no estaba seguro si era importante. Ahora que la cosa se puso tan grave, decidí venir a contar.

 dijo Jairo nervioso, retorciendo una gorra entre sus manos. La fiscal Mendoza lo entrevistó personalmente. Cuénteme todo lo que vio, don Jairo. No omita ningún detalle, por insignificante que le parezca. Ese día, como a eso de las 10 de la mañana más o menos, yo estaba en mi puesto preparando empanadas.

 Vi un carro gris, no sé qué modelo era, pero era pequeño, de esos carros viejos, parqueado en la esquina cerca del colegio. No le presté mucha atención al principio porque a veces los papás parquean ahí. ¿Y qué más vio? Un hombre se bajó del carro. Era un tipo moreno, como de unos 30 y pico de años, con una gorra negra y una chaqueta oscura.

 se quedó parado ahí mirando hacia el colegio como esperando algo. Me pareció raro porque estaba en horario de clases y los papás normalmente no se quedan ahí parados. Vio si ese hombre entró al colegio o habló con alguien. No entró, pero yo tuve que atender a unos clientes y perdí de vista al tipo. Cuando volví a mirar, como 5 minutos después, el carro ya no estaba.

 ¿Puede describir mejor al hombre? altura, complexión, alguna característica distintiva. Era más o menos de mi altura, como 1,70. No era muy gordo ni muy flaco, normal.La gorra le tapaba el pelo. No puedo decir de qué color era. Ah, y tenía un tatuaje en el brazo izquierdo. Lo vi cuando se subió la manga de la chaqueta.

No sé qué era, pero era grande, como tribal o algo así. Anotó las placas del carro. No, doctora, no se me ocurrió. Uno no piensa que algo malo va a pasar. Este testimonio abrió una nueva línea de investigación. ¿Quién era ese hombre? tenía algo que ver con la desaparición de Mateo.

 La fiscal ordenó revisar las cámaras de seguridad de los negocios y casas cercanas al colegio, esperando captar imágenes de ese carro gris y del hombre misterioso. Varios comerciantes tenían cámaras, pero la mayoría estaban mal ubicadas o no funcionaban correctamente. Finalmente, en una tienda de abarrotes a media cuadra del colegio encontraron una grabación.

 Era de mala calidad y el ángulo no era perfecto, pero se alcanzaba a ver un vehículo gris parqueado en la esquina alrededor de las 10 de la mañana. No se podían distinguir las placas, pero el modelo parecía ser un Chevrolet Sprint de los años 90, un carro común en Colombia. Mientras tanto, el colegio José María Carbonel enfrentaba una crisis institucional.

 Los padres de familia estaban furiosos. ¿Cómo era posible que un niño desapareciera del colegio sin que nadie se diera cuenta? ¿Por qué las cámaras de seguridad no funcionaban correctamente? ¿Por qué nadie notó la ausencia de Mateo sino hasta la hora de salida? La Secretaría de Educación de Bogotá abrió una investigación administrativa contra el colegio.

 El director Rodrigo Espitia fue suspendido temporalmente mientras se investigaban las fallas en los protocolos de seguridad. Patricia Rincón, con el apoyo de otros padres de familia, organizó una manifestación frente al colegio exigiendo respuestas. Decenas de personas se reunieron con pancartas que decían, “¿Dónde está Mateo? Justicia para nuestros niños.

 Los colegios deben ser seguros. Mi hijo entró a este colegio y ustedes lo perdieron. Ustedes son responsables”, gritaba Patricia frente a las cámaras de televisión con la voz quebrada pero firme. Los medios de comunicación amplificaron el caso. Programas de opinión debatían sobre la seguridad en los colegios públicos, sobre la responsabilidad del Estado, sobre los protocolos que debían implementarse para evitar este tipo de tragedias.

 El caso de Mateo Rincón se había convertido en un símbolo nacional. No solo era la búsqueda de un niño desaparecido, era un llamado de atención sobre la vulnerabilidad de los menores en las instituciones educativas. A medida que la investigación avanzaba, comenzaron a surgir testimonios contradictorios que complicaban aún más el panorama.

 El señor Ramírez, el encargado de mantenimiento del colegio, fue sometido a un segundo interrogatorio después de que algunos testigos mencionaran haberlo visto cerca del baño de niños alrededor de la hora en que Mateo desapareció. Yo siempre estoy revisando los baños. Es mi trabajo. Ese día no hice nada diferente a lo que hago todos los días”, se defendió Ramírez, visiblemente molesto por las acusaciones implícitas.

¿Vio a Mateo Rincón en algún momento ese día?”, preguntó el investigador. “No me acuerdo específicamente. Veo a cientos de niños todos los días. No puedo recordar a cada uno.” Algunos estudiantes dicen que lo vieron hablando con un niño de uniforme cerca del baño alrededor de las 10 de la mañana. Era Mateo. No sé.

 Tal vez hablé con algún niño preguntándole si todo estaba bien, pero no me acuerdo quién era. La fiscalía revisó los antecedentes de Ramírez. No tenía ningún registro criminal. Llevaba trabajando en el colegio más de 10 años sin ningún incidente. Sin embargo, fue incluido en la lista de personas de interés en la investigación. También surgieron rumores en el barrio.

 Algunos vecinos mencionaban haber visto a un hombre extraño merodeando cerca del colegio en las semanas previas a la desaparición. Otros hablaban de un carro oscuro que pasaba lentamente frente al colegio varias veces al día. La fiscalía seguía cada pista, por mínima que fuera, pero ninguna conducía a resultados concretos.

Una nueva teoría comenzó a circular. Yimateo había huído voluntariamente. La psicóloga forense asignada al caso, la doctora Andrea Castillo, entrevistó a Patricia para explorar esta posibilidad. Señora Rincón, necesito hacerle algunas preguntas delicadas. Mateo, ¿tenía algún motivo para querer irse de casa? ¿Había problemas familiares, castigos, algo que pudiera haberlo hecho querer escapar? Patricia negó rotundamente.

No, doctora. Mateo era feliz en casa. Yo sé que no tenemos mucho dinero, que vivimos en un apartamento pequeño, pero él nunca se quejó. Él sabía que yo hacía todo lo posible por darle lo mejor. ¿Alguna vez mencionó sentirse solo o triste? No más de lo normal. A veces se ponía triste porque no tenía papá, pero yosiempre hablaba con él.

 le explicaba que su papá se había ido, pero que eso no significaba que no fuera amado. La psicóloga también entrevistó a los compañeros más cercanos de Mateo, tratando de entender su estado emocional en los días previos a la desaparición. Santiago, su mejor amigo, dijo algo revelador. Mateo me contó que un señor le había hablado unos días antes.

 Le ofreció dulces si lo ayudaba a llevar unas cajas a su carro. Mateo me dijo que no le hizo caso porque su mamá le había enseñado que no debía hablar con extraños. Este testimonio encendió todas las alarmas. Patricia confirmó que efectivamente le había enseñado a Mateo a desconfiar de extraños, pero ahora sabían que alguien había intentado acercarse a su hijo días antes de la desaparición.

Mateo describió a ese hombre. ¿Dónde fue que lo abordó? preguntó la fiscal a Santiago. Fue cerca del colegio dijo Mateo. Creo que fue un día que salió temprano porque tenía cita con el dentista. El señor era flaco y tenía el pelo corto. Eso es lo que me dijo Mateo. La fiscal ordenó que se revisaran todas las grabaciones de cámaras de seguridad de las semanas previas, buscando ese hombre y ese intento de contacto con Mateo.

 Mientras la investigación continuaba sin resultados concretos, el dolor de Patricia se había convertido en el dolor de todo un país. Miles de personas seguían el caso a través de redes sociales y noticieros. Se organizaron vigilias con velas frente al colegio, cadenas de oración en iglesias, campañas de búsqueda ciudadana.

 Una página de Facebook creada por amigos de Patricia llamada Todos buscamos a Mateo alcanzó más de 100,000 seguidores en pocos días. Personas de todo Colombia compartían la foto de Mateo, ofrecían rezos, enviaban mensajes de apoyo. Artistas, deportistas y figuras públicas se sumaron a la campaña. El futbolista colombiano Radamel Falcao publicó en su cuenta de Twitter: “Oramos por la pronta aparición de Mateo.

 Colombia entera está contigo, Patricia. Pero a pesar de toda la atención mediática, de todos los recursos desplegados, de todas las pistas seguidas, Mateo seguía sin aparecer. Patricia visitaba el colegio todos los días. Se sentaba en la entrada mirando a los niños salir, esperando ver a su hijo entre ellos. Algunos días lloraba en silencio, otros días gritaba su nombre hacia el cielo.

 Mateo, mi amor, donde sea que estés, por favor vuelve. Mami te está esperando. Te extraño tanto, mi cielo. Por favor, vuelve a casa susurraba Patricia cada noche antes de intentar dormir. Carmen, su madre, intentaba mantener la esperanza. Tiene que estar vivo, hija. Tiene que estar en algún lugar. Dios no nos va a hacer esto. Mateo va a volver.

Pero con cada día que pasaba, la esperanza se volvía más difícil de sostener. Tres semanas después de la desaparición de Mateo, un investigador de la fiscalía que revisaba por enésima vez las grabaciones de seguridad del colegio, notó algo que todos habían pasado por alto. En la cámara del patio trasero, justo antes de que se cortara la grabación, a las 10:05 de la mañana, se podía ver a Mateo jugando con sus compañeros.

Pero si se ponía atención a un detalle específico del fondo, entre las sombras proyectadas por el edificio había una figura. El investigador amplió la imagen todo lo que pudo. La calidad era pésima, pixelada, pero definitivamente había alguien allí. Una persona adulta parada cerca de la cerca trasera, observando hacia donde estaban los niños.

 La figura desaparecía justo cuando se cortaba la grabación. Fiscal Mendoza. Necesita ver esto”, dijo el investigador mostrándole la imagen en la computadora. Mendoza estudió la pantalla, entrecerró los ojos, pidió que ampliaran aún más. “¿Quién es esa persona? ¿Por qué estaba ahí?”, murmuró. Convocaron a todos los profesores y personal del colegio para que vieran la imagen.

 Nadie pudo identificar claramente a la figura. Algunos pensaban que podría ser el señor Ramírez el encargado de mantenimiento. Otros decían que parecía demasiado alto para ser él. Ramírez fue sometido a un tercer interrogatorio, esta vez mucho más intenso. Señor Ramírez, esta imagen fue tomada el día que desapareció Mateo. ¿Es usted la persona que aparece aquí? Ramírez miró la imagen por largo rato.

No sé, puede ser yo. Yo siempre estoy caminando por el colegio, pero también puede ser otra persona. No se ve nada claro. ¿Qué estaba haciendo cerca de la cerca trasera a las 10 de la mañana? Probablemente revisando si todo estaba en orden. A veces los niños tiran basura por encima de la cerca y yo tengo que recogerla.

 Los investigadores no tenían suficiente evidencia para acusar a Ramírez de nada, pero tampoco podían descartarlo completamente como sospechoso. Cuatro semanas después de la desaparición, la línea de emergencia de la fiscalía recibió una llamada anónima que traería nueva luz al caso. Una vozde mujer distorsionada, claramente usando algún método para ocultar su identidad dejó un mensaje.

 Yo sé que pasó con el niño. Ese día había un hombre esperando afuera del colegio. Alguien de adentro le ayudó a sacarlo. Busquen al profesor de educación física. Él sabe más de lo que dice. La llamada se cortó inmediatamente. Los técnicos intentaron rastrearla, pero había sido hecha desde un teléfono público en el centro de Bogotá.

 El profesor de educación física, Germán Acosta, de 38 años, fue llevado a la fiscalía para un interrogatorio formal. Germán era un hombre robusto, exjugador de fútbol semiprofesional que llevaba 5 años trabajando en el colegio. Era popular entre los estudiantes, conocido por ser enérgico y amigable. Varios padres de familia lo describían como un excelente profesor.

 Profesor Acosta, recibimos información de que usted podría tener conocimiento sobre la desaparición de Mateo Rincón. ¿Qué nos puede decir al respecto? Preguntó la fiscal Mendoza observándolo cuidadosamente. Germán palideció. Yo no sé nada. Ese día ni siquiera tuve clase con el grado tercero. Mi horario era con los de cuarto y quinto.

 ¿Dónde estaba usted alrededor de las 10 de la mañana ese día? En el gimnasio dando clase de educación física a los de quinto grado. ¿Alguien puede confirmar eso? Pues los estudiantes, los que estaban en mi clase y probablemente el coordinador, él siempre está revisando que los profesores estén en sus puestos. La fiscalía verificó el horario de Germán.

 Efectivamente, tenía clase de 9:30 a 10:30 con el grado quinto. Varios estudiantes confirmaron que estuvo con ellos durante ese tiempo, pero la fiscal no se rindió tan fácilmente. Profesor Acosta, ¿conoce a algún hombre que maneje un Chevrolet Sprint gris? ¿Tiene algún familiar, amigo o conocido que encaje en esa descripción? Germán negó repetidamente.

 Revisaron su teléfono celular, sus redes sociales, sus llamadas. No encontraron nada sospechoso. Sin embargo, algo en su lenguaje corporal inquietaba a los investigadores. Sudaba más de lo normal, evitaba el contacto visual en ciertos momentos. ¿Hay algo que quiera contarnos, profesor? Cualquier información, por pequeña que sea, puede ser crucial para encontrar a Mateo.

Germán bajó la cabeza. respiró profundo. Yo yo vi algo ese día. No estaba seguro si era importante y tenía miedo de meterme en problemas. ¿Qué vio? Después de mi clase de las 10:30 fui a la oficina de coordinación a entregar unos papeles. En el camino vi al señor Ramírez hablando con alguien en la puerta trasera del colegio, esa que da al callejón.

 La puerta estaba entreabierta. ¿Con quién hablaba? No pude ver bien, pero era alguien de afuera, un hombre. Hablaban en voz baja, como si no quisieran que nadie los escuchara. Cuando me vieron, cerraron la puerta rápido. ¿Qué hora era exactamente? Como las 10:45, casi las 11. Este testimonio era explosivo. Significaba que Ramírez había tenido contacto con alguien externo al colegio alrededor del tiempo en que Mateo desapareció.

 Ramírez fue arrestado y llevado a la fiscalía para un interrogatorio bajo presión. Esta vez el ambiente era diferente. Ya no era un testigo más, era un sospechoso principal. Señor Ramírez, tenemos un testigo que lo vio hablando con alguien en la puerta trasera del colegio el día que desapareció Mateo.

 ¿Con quién hablaba? Ramírez, con las manos temblando, intentó mantener la calma. Yo a veces los proveedores llegan por esa puerta para entregar cosas. Tal vez era eso. ¿Qué estaban entregando? ¿Hay algún registro de esa entrega? No me acuerdo. Pueden haber sido cosas de mantenimiento. Señor Ramírez, le voy a preguntar directamente.

 ¿Usted tuvo algo que ver con la desaparición de Mateo Rincón? No, yo no le hice nada a ese niño. Lo juro por Dios. Los interrogatorios continuaron durante horas. Ramírez fue sometido a una prueba de polígrafo que resultó inconclusa. Los abogados de Ramírez argumentaban que no había evidencia física que lo vinculara con la desaparición, solo testimonios circunstanciales.

 Sin una confesión ni evidencia contundente, la fiscalía no pudo formular cargos formales contra Ramírez. Fue liberado después de 72 horas, pero quedó bajo investigación. Pasaron dos meses desde la desaparición de Mateo. La investigación seguía abierta, pero las pistas se habían agotado. El carro gris nunca fue encontrado.

 El hombre misterioso nunca fue identificado. La persona que llamó de forma anónima nunca volvió a comunicarse. Patricia Rincón había perdido casi 20 kg. Su rostro estaba demacrado, sus ojos permanentemente rojos de tanto llorar. Había dejado su trabajo porque no podía concentrarse nada más que en buscar a su hijo.

 Todos los días seguía la misma rutina. Se levantaba temprano, imprimía más volantes con la foto de Mateo y salía a pegarlos por toda Bogotá. Visitaba hospitales, centros de adopciónilegal, cualquier lugar donde pudiera haber terminado su hijo. Carmen, su madre, se había convertido en su única fuente de fortaleza. La acompañaba en cada búsqueda, en cada vigilia, en cada entrevista con medios de comunicación.

El caso de Mateo Rincón había tocado fibras profundas en Colombia. Ya no era solo la historia de un niño desaparecido, era el símbolo de todos los niños vulnerables, de todas las familias destrozadas por la desaparición de un ser querido. La fiscalía emitió comunicados periódicos asegurando que el caso seguía siendo prioridad.

 Pero los meses pasaban sin avances significativos. Un año después de la desaparición, Patricia organizó una vigilia masiva frente al colegio José María Carbonel. Miles de personas asistieron llevando velas, globos blancos, fotos de Mateo. Patricia tomó el micrófono con lágrimas corriendo por su rostro. Ha pasado un año desde que mi hijo desapareció.

 Un año sin saber si está vivo, si está sufriendo, si me recuerda. Un año de dolor, de insomnio, de preguntas sin respuestas. Su voz se quebró, pero continuó. Pero yo no voy a rendirme. No voy a dejar de buscarlo nunca. Mateo, donde sea que estés, quiero que sepas que mami te sigue amando, que mami te está buscando, que mami nunca se va a rendir.

 El público estalló en aplausos mezclados con lágrimas. La imagen de Patricia parada frente al colegio donde su hijo desapareció se convirtió en una de las más icónicas del caso. Los medios de comunicación seguían cubriendo la historia periódicamente. Programas especiales, documentales, reportajes en profundidad.

 El caso se convirtió en material de estudio en academias de policía y fiscalía, como ejemplo de una investigación compleja y sin resolver. A raíz del caso de Mateo Rincón, el gobierno colombiano implementó nuevos protocolos de seguridad en instituciones educativas. Se ordenó la instalación de más cámaras de seguridad, sistemas de registro de entrada y salida más estrictos y capacitación constante del personal sobre protocolos de emergencia.

 Se creó la alerta Mateo, un sistema de notificación inmediata para casos de desaparición de menores en instituciones educativas, similar a la alerta Amber de otros países. Patricia se convirtió en activista por los derechos de los niños desaparecidos. fundó una organización llamada Voces que no se callan, que ayuda a familias de niños desaparecidos a navegar el sistema judicial y a mantener viva la búsqueda.

 Pero a pesar de todos estos cambios, a pesar de todo el apoyo, la pregunta fundamental seguía sin respuesta. ¿Dónde está Mateo Rincón? El caso que congeló Colombia permanece abierto. La Fiscalía asegura que mientras no haya evidencia definitiva de lo que sucedió, seguirán investigando. Cada cierto tiempo surgen nuevas pistas, nuevos testimonios, nuevas teorías, pero ninguna ha conducido a Mateo.

 Patricia Rincón sigue viviendo en el mismo apartamento donde vivía con su hijo. Su habitación permanece intacta, como si Mateo fuera a volver en cualquier momento. Los juguetes están en su lugar, la ropa en el armario, los cuadernos sobre el escritorio. Cada mañana me despierto con la esperanza de que hoy sea el día en que mi hijo regrese y cada noche me acuesto con el corazón roto porque no regresó.

Pero no voy a perder la esperanza nunca, dice Patricia en una entrevista reciente. El colegio José María Carbonel continúa funcionando, aunque marcado para siempre por la tragedia. En el patio principal instalaron una placa que dice: “Mateo rincón, siempre en nuestros corazones. Que tu recuerdo nos impulse a cuidar mejor de nuestros niños.

” La historia de Mateo es un recordatorio doloroso de lo frágil que puede ser la seguridad de nuestros niños, incluso en lugares que deberían ser seguros. Es una llamada de atención sobre la necesidad de protocolos más estrictos, mayor vigilancia y sobre todo sobre no dar nunca por sentado que nuestros hijos están a salvo simplemente porque están dentro de una institución.

Hoy Mateo Rincón tendría 10 años, estaría cursando Quinto Grado, le encantaría el fútbol, los videojuegos, los cómics de superhéroes. Tendría nuevos amigos, nuevos sueños, nuevas aventuras. Pero todo eso quedó congelado en el tiempo aquella mañana de miércoles cuando entró a la escuela y nunca volvió a salir. Colombia entera sigue preguntándose, ¿dónde está Mateo? Y la respuesta dolorosamente sigue siendo, no sabemos.