La madrugada del 15 de marzo de 2019 comenzó como cualquier otra en el municipio de San Miguel de Allende, Guanajuato. Las calles empedradas brillaban húmedas bajo la luz de las farolas coloniales y el silencio típico de las 4 de la mañana envolvía las casas de adobe y cantera. Pero esa madrugada tres hermanas, Daniela, Sofía y Carla Mendoza Ruiz salieron de una fiesta privada en una quinta ubicada en las afueras del centro histórico y nunca llegaron a su casa.
Lo que comenzó como una celebración de cumpleaños terminó convirtiéndose en uno de los casos más desconcertantes de desaparición que México ha visto en años. Un misterio que mantendría a una familia destrozada, a una comunidad en vilo y a las autoridades persiguiendo sombras durante meses.
Las hermanas Mendoza Ruiz eran conocidas en San Miguel de Allende. Daniela, de 24 años, trabajaba como diseñadora gráfica freelance desde su casa. Sofía, de 22, estudiaba administración de empresas en la Universidad de Guanajuato. Y Carla, la menor con apenas 19 años, acababa de terminar su preparatoria y trabajaba los fines de semana en una cafetería del centro.
Vivían con sus padres, Roberto Mendoza y Guadalupe Ruiz, en una casa modesta del barrio de San Antonio, a unos 15 minutos caminando del jardín principal. Eran una familia unida, de esas que cenan juntas cada noche y se acompañan a misa los domingos. Roberto trabajaba como maestro albañil y Guadalupe tenía un pequeño negocio de venta de tamales que preparaba en su cocina cada mañana.
La noche del 14 de marzo, las tres hermanas recibieron una invitación para asistir a la fiesta de cumpleaños de Andrea Salazar, una compañera de Universidad de Sofía. La fiesta se realizaría en la Quinta, Los Olivos, una propiedad privada ubicada en el camino a la presa Allende, rodeada de árboles y jardines amplios.
La quinta era conocida por ser rentada para eventos sociales y esa noche albergaría a unas 50 personas, en su mayoría jóvenes de entre 18 y 25 años. Guadalupe les dio permiso, pero les pidió que regresaran antes de las 3 de la mañana y que se mantuvieran juntas en todo momento. “Cuídense entre ustedes”, les dijo mientras las veía arreglarse frente al espejo de la sala.

Una frase que resonaría en su mente como un eco doloroso en los días siguientes. Las hermanas salieron de su casa alrededor de las 9 de la noche. Daniela conduciría el Chevy Corsa Blanco del año 2008, que compartían las tres. Un auto familiar que Roberto había comprado de segunda mano dos años atrás. Carla subió una foto a su Instagram desde el auto, las tres sonriendo, con la leyenda Noche de hermanas.
Esa imagen tomada a las 21:17 horas, según los metadatos digitales, sería la última fotografía que alguien vería de ellas con vida. Llegaron a la quinta los Olivos alrededor de las 9:30. El portón de entrada estaba decorado con globos dorados y plateados, y la música ya se escuchaba desde la calle. Andrea Salazar, la cumpleañera, la recibió con abrazos y las invitó a pasar.
Varios testigos recordarían después que las hermanas Mendoza lucían felices, relajadas, ajenas a que esa sería su última noche de normalidad. La fiesta transcurrió sin incidentes aparentes durante las primeras horas. Había música, baile, comida y bebidas. Un DJ local ponía reggaetón, pop y música electrónica.
Y los invitados bailaban en el jardín principal, iluminado con luces de colores. Algunas personas bebían cerveza y mezcal, otras refrescos. Daniela, Sofía y Carla se mantuvieron juntas la mayor parte del tiempo bailando, charlando con conocidos y tomándose fotos. Varias personas las vieron y conversaron con ellas. Mariana Ochoa, una amiga cercana de Sofía, declaró después a las autoridades que alrededor de la medianoche estuvo platicando con las tres hermanas cerca de la mesa de bebidas.
Estaban normales, contentas. Carla me dijo que se iban a ir pronto porque su mamá les había pedido llegar temprano. No noté nada raro recordaba Mariana con la voz quebrada. Pero algo cambió entre la medianoche y las 3 de la mañana. Varios testigos coincidieron en que alrededor de la 1:30 de la madrugada las hermanas Mendoza comenzaron a mostrar signos de inquietud.
Cristian Vargas, un primo lejano de Andrea, que también asistió a la fiesta, recordaba haber visto a Daniela hablando por teléfono cerca de la entrada de la quinta con una expresión seria. Parecía estar discutiendo con alguien, pero no escuché de qué hablaba. Estaba un poco apartada del ruido, declaró Cristian días después. Otro testigo, Jorge Santillán, mencionó haber visto a Sofía buscando a sus hermanas con urgencia alrededor de las 2 de la mañana.
Le pregunté si estaba bieny me dijo que sí, que solo buscaba a Carla porque ya se iban a ir, dijo Jorge. A las 3:42 de la madrugada, Guadalupe Ruiz recibió un mensaje de WhatsApp desde el teléfono de Daniela. El mensaje decía, “Ma, nos vamos a tardar un poquito más. Llegamos como a las 5. Todo bien.” Guadalupe, aunque preocupada por la hora, respondió, “Está bien, mi hija, pero ya váyanse pronto.
Tengan cuidado.” El mensaje fue leído, pero nunca obtuvo respuesta. Esa sería la última comunicación que la familia Mendoza Ruiz recibiría de sus hijas. Alrededor de las 4 de la mañana, varios invitados comenzaron a retirarse de la fiesta. Andrea Salazar, la cumpleañera, notó que el chevi corsa blanco de las hermanas Mendoza ya no estaba estacionado donde lo habían dejado al llegar.
Preguntó a algunos amigos cercanos si habían visto a las hermanas irse, pero nadie recordaba haberlas visto salir. “Asumí que se habían ido sin despedirse porque ya era tarde”, diría Andrea después. con culpa evidente en su voz. La fiesta terminó alrededor de las 5 de la mañana cuando los últimos invitados se marcharon y el personal de limpieza comenzó a recoger.
Guadalupe Ruiz comenzó a preocuparse verdaderamente cuando el reloj marcó las 6 de la mañana y sus hijas no habían llegado. Llamó al teléfono de Daniela repetidamente, pero entraba directo al buzón de voz. Lo mismo ocurrió con los teléfonos de Sofía y Carla. Roberto se levantó alarmado por la angustia de su esposa y juntos comenzaron a llamar a familiares y amigos. Nadie sabía nada.
A las 7 de la mañana, Roberto decidió ir personalmente a la Quinta, Los Olivos. Cuando llegó, el lugar estaba casi vacío. Solo quedaban los trabajadores de limpieza recogiendo los últimos restos de la fiesta. Les preguntó por sus hijas, les mostró fotos en su celular, pero nadie las recordaba con claridad entre tantos invitados.
Roberto buscó en los alrededores, caminó por los jardines, revisó cada rincón de la propiedad, pero no encontró rastro del auto ni de sus hijas. A las 9 de la mañana del 15 de marzo, Roberto y Guadalupe se presentaron en la agencia del Ministerio Público de San Miguel de Allende para reportar la desaparición de sus tres hijas.
El agente que los atendió les dijo que debían esperar al menos 24 horas antes de considerar una desaparición oficial, que probablemente las jóvenes estaban con amigos o habían decidido extender la fiesta en otro lugar. Son jóvenes, así son a esa edad”, les dijo con indiferencia el funcionario. Guadalupe rompió en llanto.
“Mis hijas no son así, algo malo les pasó. Lo sé”, repetía entre soyozos. Roberto insistió, mostró los mensajes de WhatsApp, explicó que sus hijas jamás habían hecho algo así, pero el agente se mantuvo firme en su postura. Les tomó los datos básicos. y les pidió que regresaran si después de 24 horas no sabían nada.
Esas primeras 24 horas fueron cruciales y se perdieron en trámites burocráticos y subestimación del caso. Roberto y Guadalupe no se quedaron de brazos cruzados. Comenzaron a llamar a cada persona que sabían que había asistido a la fiesta. Contactaron a Andrea Salazar, quien les proporcionó una lista de invitados. Hablaron con decenas de jóvenes, todos con versiones similares.
Habían visto a las hermanas en la fiesta, parecían estar bien, pero nadie recordaba exactamente cuándo se fueron ni con quién. Algunos mencionaron haber visto a las hermanas hablando con personas que no conocían, pero las descripciones eran vagas e inconsistentes. Miguel Mendoza, hermano mayor de las desaparecidas, quien vivía en Querétaro trabajando como ingeniero, regresó inmediatamente a San Miguel de Allende al enterarse de la situación.
Miguel, de 29 años, era un hombre metódico y determinado. Comenzó a hacer su propia investigación paralela. Visitó la Quinta, Los Olivos, habló con los dueños, revisó si había cámaras de seguridad en la propiedad. Para su frustración, la quinta no contaba con sistema de videovigilancia. Los dueños, los señores Ramírez, estaban consternados por lo ocurrido, pero poco podían ayudar.
Ellos solo rentaban el espacio y no habían estado presentes durante la fiesta. Miguel decidió recorrer el camino desde la Quinta Los Olivos hasta el barrio de San Antonio, la ruta lógica que sus hermanas habrían tomado para regresar a casa. El trayecto era de aproximadamente 8 km, atravesando zonas semirurales con poca iluminación.
Buscó señales del Chevy Corsa Blanco, habló con habitantes de las casas cercanas a la carretera, preguntó en las pocas tiendas de conveniencia que habrían temprano. Nadie había visto nada. Era como si las tres hermanas y el auto se hubieran esfumado en el aire. Al cumplirse las 24 horas sin noticias, el 16 de marzo a las 9 de la mañana, Roberto y Guadalupe regresaron al Ministerio Público.
Esta vez llevaban a Miguel con ellos, quien había preparado una carpeta con toda la información recopilada, lista deinvitados, testimonios, mapas de rutas, fotos de sus hermanas y del vehículo. La denuncia formal fue levantada finalmente como desaparición de tres personas adultas.
El caso se asignó al agente investigador Fernando Salinas, un hombre de 52 años con más de 20 años en la fiscalía. Salinas escuchó atentamente a la familia, revisó la documentación y, a diferencia de su colega del día anterior, mostró genuina preocupación. Vamos a hacer todo lo posible para encontrar a sus hijas”, les prometió. Aunque su experiencia le decía que cuando pasaban más de 24 horas, las probabilidades disminuían drásticamente.
La investigación oficial comenzó con entrevistas a los asistentes a la fiesta. El agente Salinas y su equipo hablaron con Andrea Salazar, quien proporcionó la lista completa de invitados y las grabaciones de video que algunos jóvenes habían tomado durante la fiesta con sus celulares. En esos videos se podía ver a las hermanas Mendoza bailando, riendo, tomando refrescos.
En uno de los videos grabado aproximadamente a las 2:15 de la madrugada, se veía a Daniela hablando seriamente con un hombre de aproximadamente 30 años, complexión robusta, cabello corto y barba. El hombre vestía una camisa negra y jeans. Andrea no lo conocía y ninguno de los invitados reconoció al sujeto. Yo solo invité a mis amigos cercanos, pero todos trajeron acompañantes.
Ese hombre pudo haber llegado con alguien, explicó Andrea, visiblemente angustiada. El video del hombre desconocido se convirtió en una pista crucial. Las autoridades difundieron imágenes capturadas del video en medios locales y redes sociales pidiendo información sobre su identidad. El caso comenzó a ganar atención mediática.
Los noticieros locales de Guanajuato cubrieron la historia y las redes sociales se llenaron de publicaciones con las fotos de Daniela, Sofía y Carla, acompañadas del hashtag Ayúdenos a encontrarlas y Hermanas Mendoza. La comunidad de San Miguel de Allende se volcó en apoyo a la familia. Vecinos organizaron brigadas de búsqueda, imprimieron volantes con las fotos de las jóvenes y recorrieron calles, carreteras.
y zonas rurales cercanas. Tres días después de la desaparición, el 18 de marzo, un campesino llamado Esteban Flores reportó haber encontrado un celular en un camino de terracería cerca del poblado de Atotonilco, a unos 20 km de San Miguel de Allende. El celular estaba apagado y con la batería agotada, pero al cargarlo y encenderlo, las autoridades confirmaron que pertenecía a Sofía Mendoza Ruiz.
El teléfono tenía un golpe en la esquina superior, como si hubiera caído con fuerza, pero la pantalla no estaba rota. Los peritos forenses extrajeron la información del dispositivo. La última actividad registrada era una llamada saliente al número de Miguel, su hermano, realizada a las 3:51 de la madrugada del 15 de marzo.
La llamada duró solo 3 segundos, insuficiente para que se estableciera conexión real. Después de eso, nada más. El hallazgo del teléfono de Sofía intensificó la búsqueda en la zona de Atotonilco. Elementos de la policía estatal, municipal, bomberos y cientos de voluntarios peinaron el área. Se utilizaron perros rastreadores, drones con cámaras térmicas y helicópteros.
Se revisaron pozos, barrancas, construcciones abandonadas y terrenos valdíos. Durante dos semanas la búsqueda fue exhaustiva, pero no arrojó resultados. No se encontró el Chevi Corsa Blanco, ni rastro de las hermanas, ni sus pertenencias. Solo ese celular, tirado en un camino solitario, como una pista cruel y confusa, la familia Mendoza Ruiz vivía un infierno.
Guadalupe dejó de comer y apenas dormía. Pasaba las noches en vela mirando las fotos de sus hijas en su celular, rezando rosarios interminables, esperando que sonara el teléfono con buenas noticias. Roberto había pedido permiso indefinido en su trabajo para dedicarse de tiempo completo a la búsqueda. Miguel había dejado temporalmente su empleo en Querétaro y se había mudado de regreso a casa de sus padres.
Los tres salían cada mañana con volantes, pegaban carteles en postes, hablaban con medios de comunicación, suplicaban información en redes sociales. Su casa se había convertido en un centro de operaciones improvisado, con mapas en las paredes, listas de personas entrevistadas, pistas anotadas en pizarrones.
Las autoridades ampliaron la investigación. El agente Salinas y su equipo lograron identificar al hombre de la camisa negra que aparecía en el video hablando con Daniela. Se trataba de Osvaldo Martínez Campos, un hombre de 32 años, originario de Selaya, Guanajuato, con antecedentes penales por robo de vehículos y portación ilegal de armas.
Osvaldo había asistido a la fiesta como acompañante de César Montoya, un conocido de Andrea. Cuando las autoridades fueron a buscarlo a su domicilio en Celaya el 22 de marzo, Osvaldo no estaba. Su madre, la señora Lorena Campos, declaró que su hijo habíasalido del estado hacía varios días y no sabía cuándo regresaría.
Las autoridades giraron una orden de localización y presentación. contra Osvaldo Martínez Campos, considerándolo persona de interés en la investigación. La noticia de que un sospechoso con antecedentes criminales había estado en la fiesta y había hablado con una de las hermanas antes de su desaparición, generó una ola de especulaciones y teorías.
Los medios comenzaron a publicar historias sobre posibles vínculos con el crimen organizado. Trata de personas, secuestros. La familia Mendoza recibió decenas de llamadas anónimas, algunas ofreciendo información real, otras siendo crueles bromas o intentos de extorsión. En una ocasión, un hombre llamó a Roberto exigiendo un rescate de medio millón de pesos por sus hijas.
Roberto, desesperado, estuvo dispuesto a conseguir el dinero de cualquier forma, pero las autoridades le aconsejaron no pagar, sospechando que era una extorsión oportunista sin relación real con el caso. Efectivamente, el hombre nunca volvió a llamar. ¿Qué crees que pudo haber pasado con las hermanas esa madrugada? ¿Conoces algún caso similar en tu comunidad? Déjanos tus comentarios.
El 2 de abril, 18 días después de la desaparición, Osvaldo Martínez Campos fue detenido por elementos de la policía estatal en un retén carretero en Apaseo el Grande, Guanajuato. Viajaba como pasajero en un autobús con destino a la Ciudad de México. Al ser trasladado a las instalaciones de la Fiscalía General del Estado para ser interrogado, Osvaldo negó rotundamente cualquier participación en la desaparición de las hermanas Mendoza.
Admitió haber estado en la fiesta de la Quinta, Los Olivos y haber conversado brevemente con Daniela, pero aseguró que solo fue una plática casual sobre la música que estaba sonando. Le pregunté si conocía al DJ porque me gustaba cómo mezclaba. “Hablamos 2 minutos y ya después no las volví a ver”, declaró Osvaldo durante el interrogatorio.
Osvaldo proporcionó una coartada. afirmó que se había ido de la fiesta alrededor de las 2:30 de la madrugada junto con César Montoya, quien lo había llevado, y que César lo había dejado en su casa de Celaya aproximadamente a las 3:15. César Montoya confirmó la versión de Osvaldo en su propia declaración. Además, las autoridades revisaron los registros de las antenas de telefonía celular y efectivamente el teléfono de Osvaldo había estado en la zona de Celaya desde las 3:20 de la madrugada del 15 de marzo. No había evidencia
física que lo vinculara directamente con la desaparición. Sin elementos suficientes para formular cargos, Osvaldo fue liberado después de 72 horas de detención, pero quedó bajo vigilancia y se le prohibió salir del estado. La liberación de Osvaldo fue un golpe devastador para la familia Mendoza.
Guadalupe, al enterarse, sufrió una crisis nerviosa y tuvo que ser atendida por paramédicos. La frustración y la impotencia comenzaban a consumir a Roberto y Miguel. Entonces, ¿qué? Vamos a quedarnos sin respuestas. Nadie va a pagar por lo que les pasó a mis hijas”, gritaba Roberto fuera de las instalaciones de la fiscalía, rodeado de medios de comunicación y simpatizantes.
El caso estaba en un punto muerto, sin pistas sólidas, sin sospechosos viables, sin cuerpos, sin testigos que aportaran información definitiva. Durante las siguientes semanas, la investigación se centró en revisar exhaustivamente las actividades y relaciones de las tres hermanas en los meses previos a su desaparición, buscando enemistades, amenazas, problemas financieros o sentimentales que pudieran explicar lo ocurrido.
Se entrevistó a exparejas, compañeros de trabajo, profesores, vecinos. Todos describían a Daniela, a Sofía y Carla como mujeres trabajadoras, respetuosas, sin problemas con nadie. No había deudas significativas, ni novios violentos, ni disputas conocidas. Las hermanas llevaban vidas normales y predecibles. Su desaparición no encajaba con ningún perfil conocido.
El agente Salinas consultó con expertos en perfilación criminal y psicólogos forenses. Una teoría que surgió era que las hermanas podrían haber sido víctimas de un encuentro fortuito con criminales en el camino de regreso a casa. Un asalto que se complicó y terminó en secuestro. Sin embargo, esta teoría no explicaba por qué no se había encontrado el vehículo, ni se habían reportado avistamientos.
Guanajuato era un estado con altos índices de violencia relacionada con el crimen organizado, particularmente por disputas territoriales entre cárteles del narcotráfico. Otra teoría más oscura sugería que las hermanas podrían haber sido víctimas de trata de personas, aunque la forma en que desaparecieron las tres juntas hacía esto menos probable según los patrones conocidos.
La búsqueda continuó durante meses. La familia Mendoza se unió a colectivos de familiares de personas desaparecidas en Guanajuato,organizaciones que tristemente eran cada vez más numerosas. Conocieron a otras madres, otros padres, otros hermanos que vivían el mismo dolor, la misma incertidumbre, la misma lucha contra la burocracia, la indiferencia y el olvido.
Guadalupe encontró un extraño consuelo en compartir su dolor con otras mujeres que entendían exactamente lo que sentía. Juntas organizaban marchas, plantones, exigían audiencias con autoridades estatales. Seguiremos buscando hasta encontrarlas, vivas o muertas, pero las vamos a encontrar.
Se convirtió en el lema de Guadalupe, quien había pasado de ser una señora tranquila que vendía tamales a una activista incansable. En julio de 2019, 4 meses después de la desaparición, un grupo de buscadores voluntarios encontró restos humanos en una fosa clandestina en un paraje rural cerca de Commonfort, Guanajuato, a unos 40 km de San Miguel de Allende.
La familia Mendoza vivió días de agonía esperando los resultados de las pruebas de ADN. Fueron 11 días interminables, 11 noches sin dormir, 11 eternidades conteniendo el aliento. Finalmente, las autoridades confirmaron que los restos no correspondían a Daniela, Sofía ni Carla. El alivio fue agridulce. Sus hijas seguían desaparecidas, pero al menos no estaban muertas en esa fosa.
Aunque por otro lado significaba que el sufrimiento continuaría indefinidamente. Los días se convertían en semanas, las semanas en meses. La cobertura mediática disminuyó gradualmente. Otros casos, otros escándalos, otras tragedias ocuparon los titulares. Pero la familia Mendoza no se rindió.
Roberto trabajaba de día en lo que podía para mantener a la familia y por las tardes salía a pegar carteles y a preguntar. Miguel había tenido que regresar a su trabajo en Querétaro, pero cada fin de semana viajaba a San Miguel de Allende para continuar la búsqueda. Guadalupe había convertido su dolor en acción, además de buscar a sus hijas.
Ahora ayudaba a otras familias, les enseñaba a navegar el sistema judicial, a presionar a las autoridades, a no perder la esperanza. En octubre de 2019, 7 meses después de la desaparición, llegó una pista inesperada. Una mujer llamada Rocío Álvarez, trabajadora doméstica en Querétaro, contactó a la familia Mendoza a través de su página de Facebook.
Rocío afirmaba haber visto el Chevy Corsa Blanco con las placas correspondientes estacionado en una casa de la colonia El Marqués en Querétaro a mediados de septiembre. La mujer que trabajaba limpiando casas en esa zona, recordaba haber visto el auto porque le pareció raro que un vehículo tan modesto estuviera en esa casa en particular, una propiedad grande con reja alta y cámaras de seguridad que parecía deshabitada, pero que ocasionalmente tenía movimiento de personas.
Miguel y Roberto viajaron inmediatamente a Querétaro para verificar la información. encontraron la casa que Rocío había descrito, ubicada en una zona residencial de nivel medio alto. La propiedad efectivamente tenía las características mencionadas. Sin embargo, cuando llegaron, no había ningún Chevyorsa blanco ni ningún otro vehículo visible. La casa parecía vacía.
Miguel tomó fotografías y anotó la dirección. Presentaron la información a la gente Salinas. quien coordinó con las autoridades de Querétaro para investigar la propiedad. Después de los trámites legales necesarios se obtuvo una orden de cateo. El 25 de octubre de 2019, elementos de la Policía Ministerial de Querétaro ejecutaron el cateo de la propiedad señalada por Rocío Álvarez.
La casa pertenecía a un empresario llamado Arturo Velázquez Montes, dedicado a la compraventa de autos usados con negocios en Querétaro y Guanajuato. Arturo no estaba presente durante el cateo. Se encontraba supuestamente en un viaje de negocios en Aguascalientes. En el inmueble se encontraron varios vehículos en el garage, pero ninguno era el Chevy Corsa Blanco de las hermanas Mendoza.
Sin embargo, se encontraron documentos que llamaron la atención de los investigadores, facturas de compraventa de vehículos con irregularidades, placas falsas y lo más inquietante, una libreta con nombres, números telefónicos y placas de vehículos, entre los cuales aparecía el número de las placas del auto de las hermanas Mendoza.
El hallazgo era significativo, pero no concluyente. ¿Por qué Arturo Velázquez tenía anotadas las placas del auto de las hermanas desaparecidas? Las autoridades emitieron una orden de apreensón contra Arturo Velázquez Montes por posesión de documentos apócrifos y probable participación en una red de robo de vehículos.
Arturo fue detenido tres días después en Aguascalientes. Durante su interrogatorio, Arturo admitió dedicarse a la compra de vehículos robados que posteriormente legalizaba con documentación falsa para revenderlos, pero negó cualquier participación en la desaparición de las hermanas Mendoza. Respecto a las placas anotadas en sulibreta, Arturo explicó que un hombre llamado el gerero le había ofrecido vender un Chevy Corsa Blanco con esas placas a finales de marzo de 2019, pero que él no había aceptado el negocio
porque el precio le pareció sospechosamente bajo y no quería problemas. El gerero se convirtió en la nueva persona de interés. Arturo Velázquez proporcionó una descripción física vaga. Hombre de aproximadamente 35 años, piel clara, cabello rubio o teñido, complexión delgada, tatuaje de una calavera en el antebrazo derecho.
Arturo no conocía el nombre real, ni tenía número telefónico. Sus tratos con el gerero siempre habían sido en persona, en puntos de encuentro predeterminados. Las autoridades trabajaron con un retratista forense para crear un bosquejo del sospechoso basándose en la descripción de Arturo. El retrato se difundió en medios de comunicación y redes sociales.
El bosquejo generó múltiples llamadas y reportes, pero la mayoría fueron pistas falsas o identificaciones erróneas. Sin embargo, una llamada en particular parecía prometedora. Un mecánico de San Juan del Río, Querétaro, llamado Héctor Paredes, aseguró reconocer al hombre del retrato como un cliente ocasional que llevaba autos a su taller para reparaciones menores.
Héctor recordaba que ese hombre, a quien conocía solo como hero, había llevado un Chevy Corsa Blanco a principios de abril de 2019 para cambiar las placas y hacer algunos arreglos cosméticos. El mecánico, al ver las noticias sobre las hermanas desaparecidas semanas después, había sentido una punzada de sospecha, pero no había dicho nada por miedo.
Ahora, con el caso más difundido y el bosquejo circulando, decidió hablar. Las autoridades visitaron el taller de Héctor Paredes y recopilaron toda la información posible. Héctor recordaba que el gerero había pagado en efectivo y había recogido el auto al día siguiente. No tenía datos de contacto ni documentos.
Sin embargo, Héctor mencionó algo crucial. Había cámaras de seguridad en la calle donde estaba ubicado su taller. Las autoridades solicitaron las grabaciones de las cámaras municipales de la zona correspondientes a principios de abril de 2019. Después de días de revisar horas de video, encontraron imágenes de un hombre que coincidía con la descripción llegando al taller en el Chevy Corsa Blanco.
Las placas del vehículo en el video eran ilegibles debido a la calidad de la imagen, pero el modelo y color del auto coincidían. Los técnicos forenses mejoraron la calidad del video lo más posible y obtuvieron capturas del rostro del hombre. Aunque las imágenes no eran perfectamente nítidas, mostraban suficientes características faciales para ser útiles.
Las imágenes se difundieron públicamente y se compararon con bases de datos de antecedentes criminales. Semanas después, en enero de 2020, las autoridades lograron identificar al hombre como Hugo Armando Sánchez Vargas, de 36 años, originario de León, Guanajuato, con antecedentes por robo de vehículos, asalto y lesiones. Hugo, apodado el gerüero, tenía una orden de apreensón pendiente por otros delitos en el estado de Jalisco.
La captura de Hugo Armando Sánchez Vargas se convirtió en una prioridad. Se desplegó un operativo coordinado entre las policías de Guanajuato, Querétaro y Jalisco. El 12 de febrero de 2020, Hugo fue detenido en un domicilio de la colonia Villas de San Juan en León, Guanajuato. Al momento de su detención, Hugo intentó huir por la parte trasera de la casa, pero fue sometido por los elementos policiales.
En el inmueble se encontraron herramientas para desmantelar vehículos. placas de diversos estados y documentación falsa. Hugo fue trasladado a las instalaciones de la Fiscalía General del Estado de Guanajuato, donde enfrentaría el interrogatorio más importante del caso. Durante el interrogatorio, Hugo Armando Sánchez Vargas inicialmente negó cualquier conocimiento sobre las hermanas Mendoza o su desaparición.
Sin embargo, confrontado con las evidencias, el testimonio del mecánico, las imágenes de video, la libreta de Arturo Velázquez, su versión comenzó a cambiar. Después de horas de interrogatorio y tras ser informado de que enfrentaba cargos por desaparición forzada, además de sus otros delitos, Hugo finalmente aceptó proporcionar información a cambio de consideraciones legales en su sentencia.
Lo que reveló, dejó helada a la familia Mendoza y a los investigadores. Según la declaración de Hugo, la madrugada del 15 de marzo de 2019, él y dos cómplices, a quienes se refería solo como el chino y el gordo, habían estado rondando las afueras de la Quinta Los Olivos con la intención de robar algún vehículo de los asistentes a la fiesta.
Era una práctica común para ellos. identificar eventos sociales donde hubiera autos buen estacionados y aprovechar la distracción de los dueños para robarlos. Alrededor de las 3:30 de la madrugada vieron salir de la quinta el Chevy CorsaBlanco con tres mujeres a bordo. Aunque el auto no era de gran valor, decidieron seguirlo porque la zona estaba despejada y parecía una oportunidad fácil.
siguieron al Chevi Corsa por el camino hacia San Miguel de Allende en un tramo solitario y oscuro, cerca del desvío a Atotonilco, el gordo, quien conducía la camioneta en la que viajaban, aceleró y cerró el paso al Chevi, obligándolo a detenerse. Hugo y el chino descendieron del vehículo, ambos armados, y se acercaron al auto de las hermanas.
Daniel, a quien conducía, bajó la ventanilla asustada. Hugo recordaba haberle ordenado que salieran del auto, que era solo un robo y que no iba a pasarles nada si cooperaban. Las tres hermanas, aterrorizadas, obedecieron. Hasta ese punto, el plan era simplemente llevarse el auto y dejar a las mujeres ahí en el camino.
Sin embargo, según Hugo, algo salió mal. Carla, la hermana menor, comenzó a llorar histéricamente y sacó su celular para intentar hacer una llamada. El chino reaccionó violentamente, le arrebató el teléfono y lo arrojó con fuerza hacia los matorrales del camino. Eso explicaba cómo el teléfono de Sofía, Hugo, se confundía con los nombres, había aparecido en esa zona.
Daniela, intentando proteger a sus hermanas, comenzó a gritar pidiendo ayuda, aunque no había nadie cerca. El gordo, nervioso y paranoico, insistió en que no podían dejarlas ahí porque las mujeres los habían visto y podrían identificarlos. Fue entonces cuando la situación escaló de un simple robo a algo mucho más oscuro.
Hugo afirmaba que él no estuvo de acuerdo con lo que sucedió después, pero que tenía miedo del gordo, quien era violento e impredecible. Según su versión, el gordo ordenó que subieran a las tres hermanas a la camioneta. Hugo y el chino forzaron a Daniela, Sofía y Carla a subir a la parte trasera de la camioneta, una for lobo color gris.
Las hermanas suplicaban, lloraban, prometían decir nada si las dejaban ir, pero los tres hombres no escucharon. Hugo se subió al Chevy Corsa y lo condujo mientras el gordo manejaba la camioneta con las hermanas secuestradas en la parte de atrás y el chino como acompañante. Condujeron durante aproximadamente una hora por caminos de terracería hacia una zona rural cerca de Celaya.
Hugo mencionó que llegaron a una propiedad abandonada, una antigua fábrica de ladrillos que llevaba años fuera de operación, rodeada de terrenos valdíos y sin vecinos cerca. Era un lugar que el gordo conocía y que habían usado anteriormente para desmantelar autos robados. Ahí encerraron a las tres hermanas en una pequeña habitación que había servido como oficina mientras decidían qué hacer con ellas.
La familia Mendoza escuchó esta declaración días después en una reunión privada con el agente Salinas. Guadalupe apenas podía respirar. Roberto apretaba los puños hasta que sus nudillos se ponían blancos. Miguel tenía los ojos llenos de lágrimas contenidas. La pesadilla que habían imaginado durante meses estaba tomando forma concreta y era peor de lo que habían temido.
¿Qué les hicieron a mis hijas? ¿Dónde están?, exigió saber Guadalupe con voz quebrada. El agente Salinas les explicó que Hugo había aceptado continuar su declaración y llevarlos al lugar, pero que debían prepararse para cualquier escenario. El 18 de febrero de 2020, Hugo Armando Sánchez Vargas, escoltado por elementos de la policía ministerial y acompañado por peritos forenses, guió a las autoridades hacia la antigua fábrica de ladrillos cerca de Celaya.
La familia Mendoza insistió en estar presente a pesar de las recomendaciones de las autoridades de que esperaran los resultados. El convoy de vehículos oficiales recorrió caminos polvorientos hasta llegar a un paraje desolado donde se erguían las ruinas de la vieja fábrica. Muros de ladrillo carcomidos, techos colapsados, maquinaria oxidada abandonada.
El lugar emanaba una sensación de muerte y olvido. Hugo señaló la habitación donde habían encerrado a las hermanas. La puerta de metal estaba cerrada con un candado oxidado. Los peritos documentaron todo fotográficamente antes de forzar la entrada. Dentro la habitación estaba vacía. No había cuerpos, ni restos, ni pertenencias, solo polvo, escombros y una botella de agua vacía en una esquina.
Guadalupe, que había contenido el aliento desde que llegaron, soltó un grito desgarrador. ¿Dónde están mis hijas? ¿Dónde están? Exigía entre soyosos a Hugo, quien permanecía en silencio, custodiado por dos policías. De regreso en las instalaciones de la fiscalía, Hugo continuó su declaración. Admitió que las hermanas habían permanecido en esa habitación durante aproximadamente dos días con mínimas provisiones de agua y comida.
Los tres hombres discutían constantemente sobre qué hacer. Hugo y el chino querían dejarlas ir lejos de ahí con los ojos vendados para que no pudieran ubicar el lugar. Pero el gordo insistía en que era demasiadoriesgoso, que las mujeres ya los habían visto y que los podrían identificar. La situación se prolongó en un limbo terrible hasta la noche del 17 de marzo.
Esa noche, según Hugo, el gordo llegó con un hombre al que llamaban el patrón, alguien superior en la organización criminal para la que trabajaban. Hugo nunca había visto a el patrón antes y no sabía su nombre real. El patrón evaluó la situación y dio una orden que Hugo se negaba a detallar completamente en su declaración inicial.
Lo único que dijo fue que el patrón y el gordo se llevaron a las tres hermanas en la camioneta esa misma noche y que él no las volvió a ver. El patrón le ordenó a Hugo que se deshiciera del Chevi Corsa, lo cual hizo llevándolo al taller del mecánico en San Juan del Río para cambiar las placas y luego intentar venderlo a través de Arturo Velázquez.
¿Crees que Hugo estaba diciendo toda la verdad o crees que ocultaba su propia participación en algo peor? ¿Qué harías si estuvieras en el lugar de la familia Mendoza? Queremos leer tu opinión en los comentarios. La declaración de Hugo era incompleta y profundamente insatisfactoria. No revelaba el destino final de Daniela, Sofía y Carla.
Las autoridades ejercieron presión, le ofrecieron diversos incentivos legales. Incluso se consideró la posibilidad de un acuerdo de testigo protegido si proporcionaba información completa que llevara a encontrar a las hermanas vivas o muertas. Pero Hugo insistía en que no sabía más, que el patrón y el gordo se las habían llevado y que él no había vuelto a preguntar porque en ese ambiente hacer preguntas podía costarte la vida.
La investigación se centró entonces en identificar a el chino, el gordo y particularmente a el patrón. Hugo proporcionó descripciones físicas y algunos detalles sobre sus cómplices, pero no conocía sus nombres reales ni sus ubicaciones actuales. Según Hugo, después de ese incidente del 17 de marzo, el grupo se había disuelto.
El chino supuestamente había migrado a Estados Unidos, el gordo se había mudado a algún lugar de la costa y el patrón simplemente desapareció como todos los jefes criminales, protegido por capas de anonimato. Los investigadores revisaron bases de datos, consultaron con unidades de inteligencia, cruzaron información con otras investigaciones sobre crimen organizado en Guanajuato.
Identificaron a varios individuos que podían corresponder a los apodos mencionados por Hugo. Se emitieron órdenes de búsqueda y apreensón. Durante los siguientes meses se realizaron varias detenciones de personas que potencialmente podían ser el chino o el gordo, pero ninguna de las identificaciones fue positiva.
Hugo fue llevado a realizar reconocimientos de sospechosos en múltiples ocasiones, pero siempre negaba que fueran las personas correctas. En mayo de 2020, la pandemia de COVID-19 paralizó gran parte de las investigaciones y operativos policiales. El sistema judicial se ralentizó dramáticamente. Hugo Armando Sánchez Vargas fue formalmente acusado de secuestro y asociación delictuosa y permaneció en prisión preventiva esperando juicio.
El proceso legal se extendió durante meses debido a las restricciones sanitarias y los retrasos en el sistema judicial. La familia Mendoza vivió una nueva frustración. Después de haber llegado tan cerca de respuestas, todo se había detenido. Guadalupe y Roberto no se detuvieron. A pesar de la pandemia, continuaron buscando.
Con cubrebocas y gel antibacterial. seguían pegando carteles, aunque ahora con menos gente en las calles. Guadalupe había aprendido a usar herramientas digitales y mantenía activas las redes sociales dedicadas a buscar a sus hijas. Publicaba actualizaciones del caso, compartía información sobre otros desaparecidos, creaba conciencia sobre la crisis de desapariciones en México.
Su página de Facebook Ayúdennos a encontrar a nuestras hijas. tenía más de 50,000 seguidores, una comunidad de personas que se solidarizaban con su dolor y su lucha. En septiembre de 2020, Miguel Mendoza, quien había tenido que regresar a trabajar en Querétaro para sostener económicamente a la familia, contrató a un investigador privado llamado Ernesto Villegas, un expolicía ministerial retirado con 30 años de experiencia.
Ernesto había trabajado en decenas de casos de desaparición y tenía contactos en el bajo mundo criminal. Miguel reunió dinero vendiendo su auto y pidiendo préstamos para pagar los honorarios de Ernesto. “No importa cuánto cueste. Necesitamos saber qué les pasó a mis hermanas”, le dijo Miguel a Ernesto durante su primera reunión.
Ernesto Villegas comenzó su propia investigación paralela pero coordinada con las autoridades oficiales. Ernesto tenía métodos poco convencionales, visitaba bares, hablaba con informantes, se infiltraba en círculos donde circulaba información del crimen organizado. Ernesto sabía moverse en ese mundo gris donde la ley oficial no siempre alcanzaba.
Durante semanas, Ernesto recopiló información, nombres, rumores. En noviembre de 2020, Ernesto le dijo a Miguel que tenía una pista sobre la posible identidad de El Gordo. Según la información de Ernesto, el gordo podría ser Raimundo Ávila Torres, un criminal de 42 años conocido en el ambiente delictivo de Celaya y Salamanca, con historial de violencia, secuestros y vínculos con una célula del crimen organizado que operaba en la región.
Raimundo había sido detenido en 2018 por robo, pero había salido bajo fianza y había desaparecido del radar de las autoridades. Ernesto tenía información de que Raimundo podría estar viviendo bajo una identidad falsa en Playa del Carmen, Quintana Roo. Trabajando en la construcción, Miguel llevó esta información al agente Salinas, quien coordinó con las autoridades de Quintana Raw para verificar la información.
Efectivamente, encontraron a un hombre que coincidía con la descripción física de Raimundo Ávila Torres, trabajando en una obra de construcción en Playa del Carmen bajo el nombre de José Luis Hernández. El 3 de diciembre de 2020, Raimundo fue detenido. Al momento de la detención, Raimundo mostró identificaciones falsas, pero las pruebas de huellas dactilares confirmaron su verdadera identidad.
Raimundo Ávila Torres, alias el Gordo, fue trasladado a Guanajuato para enfrentar cargos relacionados con varios delitos, incluida su posible participación en la desaparición de las hermanas Mendoza. Durante los primeros interrogatorios, Raimundo negó todo. Su abogado defensor argumentó que la identificación basada en el apodo proporcionado por Hugo Sánchez no era suficiente evidencia.
Sin embargo, las autoridades tenían una carta. Organizaron un reconocimiento cara a cara entre Hugo Sánchez y Raimundo Ávila. El 15 de diciembre de 2020, en presencia de autoridades judiciales, Hugo identificó positivamente a Raimundo como el gordo. Enfrentado con la identificación y sabiendo que Hugo ya había confesado parte de los hechos, Raimundo Ávila decidió cooperar parcialmente para buscar una reducción de sentencia.
Su versión de los hechos coincidía en lo general con lo que Hugo había declarado, el asalto al Chevi Corsa, el secuestro de las tres hermanas, su traslado a la antigua fábrica de ladrillos. Sin embargo, la versión de Raimundo sobre lo ocurrido el 17 de marzo difería crucialmente de la de Hugo. Según Raimundo, no había ningún patrón que hubiera llegado esa noche.
Eso era una mentira de Hugo para desvincularse de lo que realmente sucedió. Raimundo declaró que los tres, él, Hugo y el Chino, habían tomado la decisión juntos sobre el destino de las hermanas. aseguraba que ninguno de ellos quería testigos que pudieran identificarlos y enviarlos a prisión por décadas. La noche del 17 de marzo, según Raimundo, sacaron a las tres hermanas de la habitación donde estaban encerradas, las subieron nuevamente a la camioneta y condujeron hacia una zona aún más aislada, cerca de unas minas abandonadas
en las afueras de Salamanca. Lo que Raimundo describió después era tan perturbador que el agente Salinas tuvo dificultad para mantener la compostura profesional mientras tomaba la declaración. Según Raimundo, en esa zona de minas abandonadas ejecutaron a las tres hermanas. No dio detalles específicos sobre el método ni quién disparó.
Solo dijo que todos participaron y que luego ocultaron los cuerpos en uno de los túneles de las minas abandonadas, sellando la entrada con escombros. Raimundo se negó a proporcionar la ubicación exacta, sin un acuerdo legal formal que le garantizara beneficios en su sentencia. Era una negociación macabra. la ubicación de los restos de tres jóvenes inocentes a cambio de años de prisión.
La familia Mendoza fue informada de esta nueva declaración en enero de 2021. El dolor que sintieron fue indescriptible, una mezcla de horror, rabia e impotencia que ninguna palabra podría capturar. Guadalupe se desmayó al escuchar que sus hijas habían sido ejecutadas. Roberto tuvo que ser contenido por Miguel cuando intentó lanzarse contra Raimundo durante una audiencia judicial.
Mis hijas eran inocentes, solo iban a una fiesta. Gritaba con la voz rota. Después de intensas negociaciones legales que duraron semanas en febrero de 2021, Raimundo Ávila accedió a revelar la ubicación exacta a cambio de una sentencia reducida de 40 años en lugar de cadena perpetua. El 23 de febrero de 2021, Raimundo guió a las autoridades hacia una zona de minas abandonadas cerca del municipio de Salamanca, un área desolada llena de túneles antiguos y pozos profundos que habían quedado en desuso desde hacía décadas.
El operativo de búsqueda involucró a peritos forenses, bomberos, rescatistas especializados en espacios confinados y unidades caninas. Después de seis horas de búsqueda en túneles peligrosos e inestables, los equipos de rescate encontraron restos humanos en un túnel sellado conescombros y tierra, exactamente donde Raimundo había indicado.
Los restos estaban en avanzado estado de descomposición, lo que hacía la identificación visual imposible. Los peritos recuperaron todos los restos y pertenencias encontradas en el sitio. Fragmentos de ropa, un zapato de mujer, un reloj que Roberto reconocería después como el que le había regalado a Daniela en su cumpleaños.
El proceso de identificación forense mediante pruebas de ADN tomó tres semanas angustiantes. Finalmente, el 18 de marzo de 2021, exactamente 2 años y 3 días después de la desaparición, las autoridades confirmaron que los restos pertenecían a Daniela, Sofía y Carla Mendoza Ruiz. La familia pudo finalmente darle sepultura.
El funeral se realizó el 22 de marzo de 2021 en San Miguel de Allende. Miles de personas acompañaron a la familia Mendoza en una procesión silenciosa desde la Iglesia de San Antonio hasta el panteón municipal. Guadalupe caminaba sostenida por Roberto y Miguel con tres fotografías de sus hijas en las manos.
“Al menos ahora sé dónde están. Al menos puedo visitarlas”, decía entre lágrimas. buscando consuelo en el cierre que muchas otras familias jamás tendrían. Los procesos judiciales continuaron. Hugo Armando Sánchez Vargas fue sentenciado en julio de 2021 a 60 años de prisión por secuestro, homicidio y asociación delictuosa.
Raimundo Ávila Torres recibió 40 años según el acuerdo pactado. El chino nunca fue localizado y el patrón resultó ser una invención de Hugo para minimizar su culpabilidad, según confirmaron ambos criminales en testimonios posteriores. La familia Mendoza Ruiz transformó su dolor en activismo. Guadalupe se convirtió en una voz reconocida en la lucha por los derechos de las familias de personas desaparecidas en México participando en foros nacionales e internacionales.
Su casa sigue siendo un centro de apoyo para otras familias que buscan a sus seres queridos ofreciendo orientación legal, apoyo emocional y, sobre todo, la esperanza de que si ella pudo encontrar respuestas después de dos años de búsqueda incansable, otros también podrían hacerlo. Roberto regresó a su trabajo como albañil, pero cada domingo visita las tumbas de sus tres hijas, llevando flores frescas y hablándoles como si aún pudieran escucharlo.
Miguel dejó su trabajo en Querétaro y se dedicó a estudiar derecho con el objetivo de especializarse en casos de desapariciones y ayudar a otras familias desde el ámbito legal. El caso de las hermanas Mendoza Ruiz dejó una marca imborrable en San Miguel de Allende y en todo Guanajuato. Se implementaron nuevas medidas de seguridad en eventos sociales, se instalaron cámaras de vigilancia en carreteras rurales y se fortaleció la coordinación entre autoridades municipales y estatales para casos de desaparición.
Sin embargo, la realidad es que en México siguen desapareciendo personas cada día y familias como los Mendoza siguen multiplicándose en una crisis humanitaria que parece no tener fin. La historia de Daniela, Sofía y Carla es una entre miles, pero su familia se aseguró de que no fuera olvidada. Cada 15 de marzo, aniversario de su desaparición, se realiza una marcha en San Miguel de Allende, exigiendo justicia para todas las personas desaparecidas.
En la plaza principal hay ahora un memorial con los nombres de las tres hermanas y de todas las personas del municipio que han desaparecido. Un recordatorio constante de que detrás de cada estadística hay una familia destrozada, una vida interrumpida, un futuro robado. Guadalupe sigue vendiendo tamales cada mañana, pero ahora el dinero que recauda lo destina en parte a imprimir volantes de personas desaparecidas y a financiar búsquedas.
“Mis hijas me enseñaron que no podemos quedarnos callados ante la injusticia”, dice con voz firme, pero con los ojos siempre húmedos. Mientras haya una familia buscando, yo voy a seguir ayudando. Es lo que Daniela, Sofía y Carla hubieran querido. El Chevi Corsa Blanco nunca fue recuperado.
Se presume que fue desmantelado y vendido en partes. Pero en la casa de los Mendoza, en la sala hay tres fotografías enmarcadas de las hermanas sonriendo, tomadas la noche de la fiesta antes de salir. Debajo una frase que Guadalupe mandó grabar. Fueron, son y serán siempre amadas. Que su memoria nos dé fuerza para que ninguna familia más tenga que vivir este dolor.
La justicia llegó, pero incompleta. Las hermanas Mendoza fueron encontradas, pero nunca regresaron a casa con vida. Y así su historia se suma a las miles que conforman la tragedia de las desapariciones en México, un país donde buscar a un ser querido se ha convertido en una forma de vida para demasiadas familias. Yeah.















