El caso que congeló a Bolivia. Una niña entró a la escuela y nunca regresó. Imagina despertar una mañana cualquiera, preparar el desayuno de tu hija, verla ponerse el uniforme escolar y despedirte de ella con un beso en la frente. Imagina que esa sea la última vez que la ves.
Ahora, imagina que eso no sucedió en tu casa ni en la calle, sino dentro de la escuela, el lugar donde se supone que los niños están más seguros. Este es el caso que paralizó a Bolivia entera, que expuso las grietas más profundas de un sistema que falló cuando más se le necesitaba. Esta es la historia de Valentina, una niña de 8 años que entró a su escuela en La Paz una mañana de abril y simplemente desapareció.
Era martes, 16 de abril de 2024. El cielo sobre la paz amanecía con esa claridad característica del altiplano boliviano, donde el aire frío de la madrugada contrasta con el sol intenso que promete calentar las calles empedradas del centro paseño.
En el barrio de Sopocachi, un vecindario de clase media donde conviven edificios modernos con casas coloniales, la rutina matutina transcurría como cualquier otro día. María Elena Quispe, de 34 años, trabajadora social en una ONG local, despertó a las 6 de la mañana. Su hija Valentina, de 8 años recién cumplidos, ya estaba despierta jugando con su muñeca favorita en la pequeña sala del departamento de dos habitaciones donde vivían.
El padre de Valentina, Roberto Mamani, conductor de minibús, había salido desde las 5 de la madrugada para comenzar su ruta diaria que conectaba el alto con la zona sur de La Paz. “Valen, mi amor, ya es hora de alistarse para el colegio”, le dijo María Elena con esa mezcla de ternura y prisa que caracteriza las mañanas de cualquier madre trabajadora.
Valentina sonrió mostrando el espacio donde había perdido su primer diente de leche dos semanas atrás. Era una niña vivaz de cabello negro largo trenzado con cintas rojas, ojos oscuros llenos de curiosidad y una risa contagiosa que iluminaba cualquier espacio. El desayuno fue rápido, apimorado con pastel de queso, el favorito de Valentina.
María Elena recuerda cada detalle de esa mañana con una claridad que duele. Valentina llevaba su uniforme del colegio Primavera Andina, falda azul marino plizada, blusa blanca, chaleco rojo con el escudo de la escuela bordado y sus zapatos negros que ella misma había insistido en lustrar la noche anterior. “Mami, hoy tenemos clase de arte.

La profesora Carla dijo que vamos a pintar a nuestras familias”, comentó Valentina mientras María Elena le terminaba de trenzar el cabello. “¿Puedo llevar mi estuche de colores nuevo?” “Claro que sí, mi cielo, pero no lo pierdas.” ¿Está bien? A las 7:15 de la mañana, madre e hija salieron del edificio.
El colegio Primavera Andina quedaba apenas cuatro cuadras de distancia, una caminata de 10 minutos que hacían juntas cada mañana cuando los horarios de María Elena lo permitían. Ese día ella tenía una reunión importante a las 8 en su oficina, así que el tiempo estaba justo. Las calles de Sopocachi comenzaban a llenarse de vida.
Los vendedores de salteñas abrían sus puestos llenando el aire con el aroma de carne, pollo y cebolla recién horneados. Los estudiantes universitarios caminaban apresurados hacia las paradas de minibuses. Los comerciantes levantaban las cortinas metálicas de sus tiendas. Era una mañana absolutamente normal en la paz.
María Elena y Valentina caminaron por la avenida 20 de octubre, giraron en la calle Rosendo Gutiérrez y finalmente llegaron al portón verde del colegio Primavera Andina a las 7:26 de la mañana. El colegio era una construcción de tres pisos pintada de amarillo y blanco, con un pequeño patio central donde los niños jugaban durante los recreos.
En la entrada, el portero don Esteban Condori, un hombre de 62 años que llevaba 15 trabajando en el colegio, saludó como siempre. Buenos días, señora María. Buenos días, Valentinita. Buenos días, don Esteban, respondieron al unísono. María Elena se agachó para quedar a la altura de su hija, acomodó una vez más su chaleco y le dio un beso en la frente. Pórtate bien, mi amor.
A las 12:30 vengo por ti. ¿Está bien? Sí, mami, te quiero respondió Valentina dándole un abrazo rápido antes de correr hacia el patio donde ya estaban sus compañeras. María Elena la vio entrar, la vio cruzar el portón verde, la vio saludar a su amiga Fernanda, la vio desaparecer entre el grupo de niños que se arremolinaba en el patio.
Esa fue la última vez que vio a su hija. Eran las 7:28 de la mañana del 16 de abril de 2024. María Elena caminó hacia su oficina con esa tranquilidad que da la rutina. No había ninguna razón para preocuparse. Suhija estaba en la escuela, el lugar más seguro del mundo para un niño. O eso creía ella, eso creíamos todos.
La jornada escolar del colegio Primavera Andina comenzaba oficialmente a las 8 de la mañana. Los estudiantes de segundo de primaria, el grado de Valentina tenían su salón en el segundo piso, el aula número 204. La profesora titular era Mónica Vargas, una docente de 43 años con 20 años de experiencia en educación primaria.
A las 8 en punto, la profesora Mónica pasó lista. Había 23 estudiantes registrados en segundo B. Ese día marcaron presentes 22 niños. Valentina Quispe Mamani no respondió cuando su nombre fue llamado. ¿Alguien vio a Valentina esta mañana?, preguntó la profesora. Fernanda Guzmán, la mejor amiga de Valentina, levantó la mano tímidamente. Yo la vi en el patio, profesora.
Estaba jugando con nosotras antes de que sonara el timbre. Y después del timbre, Fernanda se encogió de hombros. No sé, profesora. Yo subí corriendo porque no quería llegar tarde. La profesora Mónica frunció el ceño. No era normal que Valentina faltara sin aviso. Era una estudiante responsable, puntual, pero tampoco era motivo de alarma inmediata.
Quizás había ido al baño, quizás no se sentía bien y estaba en la enfermería, quizás su madre había tenido que llevársela por alguna emergencia familiar y olvidó avisar. decidió marcarla como ausente y continuar con la clase. Ya averiguaría después. Las primeras dos horas pasaron, matemáticas y lenguaje.
Los niños copiaban ejercicios del pizarrón, respondían preguntas, levantaban las manos con esa energía contagiosa de los 8 años. Pero Valentina no apareció. A las 10 de la mañana llegó el primer recreo. Los niños bajaron en tropel al patio. La profesora Mónica aprovechó para ir a la dirección y preguntar si había algún aviso sobre la ausencia de Valentina.
La secretaria, Patricia Rojas revisó el registro de llamadas y correos. No había nada, ningún mensaje de los padres de Valentina, ninguna justificación de ausencia. “Qué extraño”, comentó Patricia. La señora María siempre avisa cuando Valentina no va a venir. Es muy responsable. ¿Quieres que llame a los padres?, preguntó la profesora Mónica.
Todavía no. Esperemos hasta después del recreo. Quizás haya alguna confusión. Pero había algo más que nadie sabía todavía, algo que se descubriría horas después y que cambiaría todo el curso de esta historia. A las 7:28 de la mañana, cuando María Elena vio a su hija entrar al colegio, Valentina efectivamente cruzó el portón verde.
Don Esteban, el portero, la vio entrar. Fernanda y otras tres compañeras la vieron en el patio. Jugaron juntas a la ronda, rieron, conversaron sobre la clase de arte que tendrían más tarde. Pero cuando sonó el timbre a las 8:05, cuando todos los niños comenzaron a subir a sus respectivos salones, Valentina no subió con ellos.
Nadie la vio subir las escaleras, nadie la vio entrar al baño, nadie la vio salir del colegio, simplemente dejó de estar ahí. En algún momento, entre las 7:40 y las 8 de la mañana, en algún lugar dentro de los confines del colegio Primavera Andina, Valentina Quispe Mamani desapareció sin dejar rastro y nadie se dio cuenta hasta que ya era demasiado tarde.
El reloj marcaba las 10:15 de la mañana. En el patio del colegio, los niños jugaban ajenos a lo que estaba por desatarse. En su oficina, María Elena revisaba documentos, confiada en que su hija estaba segura. En su minibús, Roberto transportaba pasajeros sin saber que su vida estaba por cambiar para siempre. Porque en los próximos minutos, cuando alguien finalmente decidiera hacer esa llamada telefónica, cuando alguien pronunciara las palabras “No sabemos dónde está Valentina”, comenzaría una pesadilla que expondría las fallas más
profundas de un sistema que prometió proteger a los más vulnerables y falló de la manera más cruel posible. La cuenta regresiva había comenzado y cada segundo contaba. Hay un momento en toda crisis donde el tiempo se divide en dos, el antes y el después para María Elena Quispe, ese momento llegó a las 11:43 de la mañana del 16 de abril cuando su teléfono celular vibró sobre su escritorio mostrando un número desconocido.
Ella no lo sabía todavía, pero al contestar esa llamada, su vida cambiaría para siempre. Si estás siguiendo esta historia, no olvides dejar tu like, suscribirte al canal y comentar desde dónde nos estás viendo. Este caso necesita ser conocido y tu apoyo ayuda a que más personas se enteren de lo que realmente sucedió ese día en Bolivia.
“Aló”, contestó María Elena sin apartar la vista de su computadora donde terminaba un informe urgente sobre un programa de ayuda alimentaria. Señora María Elena Quispe. La voz al otro lado de la línea sonaba tensa, formal. Sí, soy yo. ¿Quién habla? Soy Patricia Rojas, secretaria del colegio Primavera Andina. Señora, necesito que mantenga lacalma.
El corazón de María Elena se detuvo. Cualquier madre reconoce ese tono, ese preámbulo que anuncia que algo no está bien. Soltó el bolígrafo que sostenía. ¿Qué pasó? ¿Le pasó algo a Valentina? Señora, necesitamos que venga al colegio inmediatamente. Es sobre su hija. ¿Qué pasó con mi hija? Dígamelo ahora. María Elena ya estaba de pie tomando su bolso, su voz subiendo de volumen, atrayendo las miradas preocupadas de sus compañeros de oficina.
Hubo una pausa, una pausa que pareció durar una eternidad. Señora, no sabemos dónde está Valentina. El mundo de María Elena se desmoronó en esa frase, cinco palabras que no tenían sentido. No sabemos dónde está Valentina. ¿Cómo que no sabían? Ella la había dejado en el colegio, la había visto entrar. Había más de 200 estudiantes ahí.
Había profesores, había porteros, había adultos responsables. ¿Cómo que no saben dónde está? Yo la dejé ahí esta mañana. Ella entró al colegio. Lo sé, señora. Por favor, venga. El director la está esperando. María Elena no recuerda haber colgado el teléfono. No recuerda haber salido corriendo de su oficina. No recuerda las cuatro cuadras que corrió por las calles de Sopocachi con el corazón martilleándole en el pecho y un nudo en la garganta que apenas la dejaba respirar.
Solo recuerda haber pensado una y otra vez. Esto es un error. Tiene que ser un error. Valentina está bien. Tiene que estar bien. Llegó al colegio primavera Andina a las 12 men5. El portón verde que esa mañana había cruzado su hija ahora le parecía amenazante, como la entrada a una pesadilla. Don Esteban, el portero, la vio llegar corriendo y le abrió inmediatamente su rostro marcado por la preocupación. Señora María, pase, pase.
El director la está esperando en su oficina. María Elena subió las escaleras de dos en dos. Sus zapatos resonaban en los pasillos vacíos mientras los estudiantes todavía estaban en sus clases. Llegó a la dirección con la respiración entrecortada. Empujó la puerta sin tocar. Dentro estaban el director Jaime Pereira, un hombre de 50 años con lentes y el cabello canoso peinado prolijamente, la profesora Mónica, Patricia, la secretaria y dos personas más que María Elena no reconoció inmediatamente.
¿Dónde está mi hija? Las palabras salieron como un grito ahogado. El director se levantó de su escritorio con las manos extendidas en un gesto que pretendía calmar, pero que solo aumentó el pánico de María Elena. Señora Quispe, por favor, siéntese. Necesitamos hablar con calma. No quiero sentarme. Quiero saber dónde está Valentina.
La profesora Mónica se acercó su voz suave pero temblorosa. María Elena, yo vi a Valentina en el patio esta mañana. Estaba jugando con sus compañeras, pero cuando pasé lista a las 8, ella no estaba en el salón. ¿Y por qué no me llamaron inmediatamente? Porque esperaron casi 4 horas. El director se aclaró la garganta, evidentemente incómodo.
Pensamos que quizás usted se la había llevado, que había alguna emergencia familiar. No queríamos alarmarla innecesariamente. Mi hija desaparece y ustedes no quieren alarmarme innecesariamente. María Elena sentía que la habitación daba vueltas. Se aferró al borde del escritorio para no caerse. Uno de los hombres que María Elena no había reconocido se adelantó.
Era alto, de unos 40 años, vestía jeans y una chaqueta de cuero. Tenía una identificación colgada al cuello. Señora Quispe, soy el sargento Raúl Mendoza de la Fuerza Especial de Lucha contra el Crimen. El director nos llamó hace media hora. Ya iniciamos un protocolo de búsqueda. Necesito que me responda algunas preguntas.
Protocolo de búsqueda, policía. María Elena sintió que sus piernas cedían. La mujer que estaba junto al sargento, una agente con el cabello recogido en una cola, la sostuvo y la ayudó a sentarse en una silla. Respire, señora, respire profundo. Vamos a encontrar a su hija, pero necesitamos su colaboración. Durante los siguientes 20 minutos, entre lágrimas y temblores, María Elena respondió las preguntas.
Sí. Ella había dejado a Valentina en la puerta del colegio a las 7:28. Sí, la vio entrar. Sí, don Esteban la saludó. No, Valentina no tenía problemas en el colegio. No, no había amenazas. No, no había problemas familiares. No, Roberto, su esposo, era un buen padre. No, no estaban separados. No, no había nadie que quisiera hacerles daño.
Mientras tanto, el colegio había sido puesto en código rojo. Todas las clases fueron suspendidas. Los profesores revisaban salón por salón. Los estudiantes fueron agrupados en el patio bajo supervisión constante. La noticia comenzó a filtrarse entre los padres que llegaban a recoger a sus hijos. Una niña había desaparecido.
Roberto Mamani recibió la llamada de María Elena a las 12:10. Estaba en su minibús, en plena ruta hacia el alto. Cuando escuchó las palabras de su esposa, Valentina desapareció del colegio. Casi pierde elcontrol del vehículo. Detuvo el minibús en seco en medio de la avenida Juan Pablo Segi bajó a los pasajeros, disculpándose atropelladamente y condujo a toda velocidad hacia Sopocachi.
Llegó al colegio a las 12:35, el rostro desencajado, la camisa de trabajo empapada de sudor. María Elena corrió a sus brazos y ambos se derrumbaron, aferrándose el uno al otro mientras el peso de lo imposible los aplastaba. “¿Cómo? ¿Cómo puede desaparecer del colegio?” Roberto repetía una y otra vez, mirando al director con una mezcla de incredulidad y rabia creciente.
Para entonces, seis policías habían llegado al colegio Primavera Andina. Comenzó una búsqueda exhaustiva del edificio. Revisaron cada salón, cada baño, cada armario, cada rincón donde una niña de 8 años pudiera esconderse o estar escondida. Revisaron la biblioteca, el laboratorio de computación, la cocina, las bodegas, el sótano donde guardaban material deportivo, nada.
Valentina no estaba en ninguna parte. El sargento Mendoza solicitó acceso a las cámaras de seguridad del colegio. El director, con el rostro cada vez más pálido, lo llevó a la pequeña oficina donde estaban los monitores. “Tenemos cuatro cámaras”, explicó el director. Una en la entrada principal, una en el patio, una en el pasillo del primer piso y una en la puerta trasera que da al callejón.
“Muéstreme las grabaciones desde las 7 de la mañana.” El director tragó saliva. Sus manos temblaban mientras manipulaba los controles. Hay un problema, sargento. ¿Qué tipo de problema? La cámara de la entrada principal no está grabando. Lleva dos semanas sin funcionar. Estamos esperando que vengan a repararla.
El sargento Mendoza cerró los ojos un momento contiendo la rabia. Y las otras tres, esas funcionan. Durante los siguientes minutos revisaron las grabaciones. En la cámara del patio se veía a Valentina claramente. Llegó al colegio, saludó a don Esteban, corrió hacia el patio donde ya estaban sus compañeras.
La imagen era a color, pero no tenía audio. Se la veía jugar, reír, moverse con normalidad. Era ella, no había duda. Su uniforme, sus trenzas con cintas rojas, su mochila rosa con estampado de unicornios. A las 7:42, Valentina se separó del grupo de niñas. Caminó hacia el borde del patio, cerca del pasillo que conducía a los baños del primer piso.
Y entonces, retroceda esa parte, ordenó el sargento. El director rebobinó. Vieron otra vez a Valentina caminar hacia el pasillo y luego simplemente salió del encuadre de la cámara. ¿Dónde está la cámara del pasillo del primer piso? Está al fondo, cerca de los baños. Póngala. Revisaron la cámara del pasillo. Esperaban ver a Valentina aparecer, dirigirse a los baños, quizás encontrarse con alguien.
Pero en toda la grabación, desde las 7 de la mañana hasta ese momento, Valentina nunca apareció en ese pasillo. Eso no tiene sentido murmuró el director. Si salió del patio hacia ese pasillo, tiene que aparecer en la cámara. A menos que no haya ido hacia ese pasillo”, dijo el sargento. “¿Hay alguna otra salida del patio? Solo la puerta trasera, pero está siempre cerrada con llave.
Solo el personal de mantenimiento la usa para sacar la basura. Muéstreme la cámara de la puerta trasera.” La grabación de la puerta trasera mostró el callejón estrecho detrás del colegio. Durante toda la mañana nadie entró ni salió por esa puerta. Estaba cerrada, inmóvil. El sargento Mendoza se frotó la cara con ambas manos. Algo no cuadraba.
Una niña no podía simplemente desaparecer. Tenía que haber una explicación lógica. Necesito hablar con el portero y con todas las personas que estaban en el patio esa mañana. Don Esteban fue interrogado primero. Sí. Había visto entrar a Valentina. La saludó como todos los días. Ella entró corriendo hacia el patio.
Él no volvió a verla después de eso. No, nadie más entró después de ella. Bueno, sí, otros estudiantes, profesores, el personal de limpieza, pero nadie extraño, nadie sospechoso. ¿Cuántas personas entraron al colegio entre las 7 y las 8 de la mañana? Don Esteban sacó su registro. Era meticuloso. Anotaba cada entrada y salida.
143 estudiantes, 12 profesores, tres personas del personal de limpieza, dos del personal de cocina y el repartidor del pan que viene todos los días a las 7:30. El repartidor del pan, ¿quién es? Se llama Mario. Mario Gutiérrez, tiene como 30 años. Viene de la panadería La Estrella, que está a tres cuadras de aquí. lleva 2 años viniendo. Necesito su dirección y teléfono.
Mientras el sargento Mendoza organizaba los interrogatorios, María Elena y Roberto estaban en el patio del colegio, abrazados, rodeados de otros padres que habían llegado al enterarse de la noticia. Algunos lloraban con ellos, otros ofrecían ayuda. Todos estaban horrorizados. Las compañeras de Valentina fueron interrogadas con cuidado en presencia de sus padres y una psicóloga que la policía había traído.
Fernanda, su mejor amiga, lloraba mientras contaba lo que había visto. Estábamos jugando a la ronda. Valentina dijo que tenía ganas de ir al baño. Dijo, “Ya vuelvo.” Y se fue. Yo pensé que iba a volver, pero sonó el timbre y la profesora Sofía nos dijo que subiéramos. Yo subí. Pensé que Valentina iba a subir después. ¿Viste hacia dónde caminó? Hacia allá.
Fernanda señaló el pasillo que conducía a los baños, pero las cámaras mostraban que Valentina nunca llegó a ese pasillo. A la 1 de la tarde, la noticia había explotado en las redes sociales. Los padres que recogieron a sus hijos comenzaron a publicar en Facebook y Twitter. Una niña desapareció del colegio Primavera Andina.
Buscan a Valentina Quispe, de 8 años, desaparecida esta mañana. Las publicaciones se compartían a velocidad viral. Los medios de comunicación llegaron, cámaras, periodistas, micrófonos. El director del colegio tuvo que enfrentar una improvisada conferencia de prensa en la calle, las cámaras apuntándolo como si fuera un criminal.
“¿Cómo desaparece una niña de su colegio?”, gritaba una periodista. “Estamos colaborando con la policía. Esto es una investigación en curso”, respondía el director sudando, la voz quebrándose. A las 2 de la tarde el caso había escalado. La fiscalía asignó a un fiscal especializado en delitos contra menores, el Dr. Edgar Montes. Se estableció un centro de operaciones en el colegio.
Se desplegaron más de 30 efectivos policiales. Se emitió una alerta Amber a nivel nacional. La foto de Valentina comenzó a circular por todos lados. Su sonrisa con el diente faltante, sus trenzas negras, sus ojos brillantes. Se busca Valentina Quispe Mamani, 8 años, desaparecida del colegio Primavera Andina en La Paz. Pero mientras las autoridades movilizaban recursos, mientras los medios armaban el circo mediático, mientras Bolivia entera se preguntaba cómo era posible que una niña desapareciera de un colegio, María Elena y Roberto solo podían aferrarse el
uno al otro, repitiendo el nombre de su hija como un mantra desesperado. Valentina, Valentina, Valentina. Al caer la tarde del 16 de abril, 6 horas después de que Valentina desapareciera, las preguntas superaban las respuestas. ¿Cómo había salido del colegio sin que nadie la viera? ¿Por qué las cámaras no la captaron? ¿Había alguien más involucrado? Estaba todavía viva.
La noche se aproximaba y con ella el terror más profundo que pueden experimentar unos padres. Su hija estaba en algún lugar sola, asustada o algo peor que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta. El reloj seguía avanzando y cada minuto que pasaba las posibilidades de encontrar a Valentina con vida disminuían. Hay una estadística que pocos conocen, pero que todos los investigadores de personas desaparecidas tienen grabada en la mente.
Las primeras 24 horas son críticas. Pasado ese tiempo, las probabilidades de encontrar a un niño con vida caen dramáticamente. Para Valentina Quispe, esas 24 horas habían comenzado a correr desde las 7:42 de la mañana del 16 de abril. Y mientras el sol se ponía sobre la paz, tiñiendo el cielo de naranja y púrpura sobre las montañas del altiplano, la desesperación de una familia y de un país entero crecía con cada minuto que pasaba.
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La noche del 16 de abril, el colegio Primavera Andina se había transformado en el epicentro de una operación de búsqueda sin precedentes en Bolivia. Decenas de patrullas policiales con luces intermitentes iluminaban las calles de Sopocachi. Los vecinos salían de sus casas, se agrupaban en las esquinas, murmuraban teorías, compartían preocupaciones.
El pánico se había instalado en el barrio. Si una niña podía desaparecer de un colegio en plena mañana, ningún niño estaba seguro. dentro del edificio escolar. El fiscal Edgar Montes había establecido su base de operaciones en la biblioteca. Era un hombre de 52 años con 30 años de experiencia en el sistema judicial boliviano, especializado en delitos contra menores.
Había visto casos terribles a lo largo de su carrera, pero la desaparición de Valentina tenía elementos que no encajaban en ningún patrón conocido. Repasemos lo que sabemos”, dijo el fiscal a las 7 de la noche, reunido con el sargento Mendoza, la teniente Laura Carvajal, la agente que había consolado a María Elena y cuatro investigadores más.
En una pizarra blanca habían pegado fotos, mapas del colegio, líneas de tiempo. 7:28 de la mañana, Valentina entra al colegio acompañada por su madre. El portero Esteban Condori confirma haberla visto. 7:30 a 7:42. Valentina juega en el patio con suscompañeras. Múltiples testigos la ven, las cámaras la captan. 7:42.
Valentina se separa del grupo, camina hacia el pasillo que lleva a los baños. sale del encuadre de la cámara del patio. El fiscal hizo una pausa observando el mapa del colegio con el ceño fruncido. Y ahí es donde la perdemos. La cámara del pasillo nunca la capta, no aparece en los baños, no sale por la puerta trasera.
No hay registro de que haya salido por la puerta principal porque esa cámara no funcionaba. Entonces, ¿dónde está? Tiene que haber salido por la puerta principal, dijo la teniente Carvajal. Es la única explicación lógica. Si no está en el colegio, tuvo que salir. Y la única puerta por la que podía salir sin ser vista por las cámaras es la principal.
Pero don Esteban dice que no la vio salir. Objetó el sargento Mendoza. Don Esteban es un hombre de 62 años. Entre las 7:30 y las 8 de la mañana. Entraron más de 140 personas, niños corriendo, padres entrando y saliendo, profesores, el repartidor del pan. Es posible que Valentina haya salido y él simplemente no se diera cuenta en medio de todo ese movimiento. Salir sola.
¿Por qué una niña de 8 años saldría del colegio sola sin decirle a nadie? El fiscal no parecía convencido. Quizás alguien la convenció, quizás la llamaron, quizás vio a alguien que conocía, sugirió uno de los investigadores. O quizás, dijo otro investigador en voz baja, alguien la sacó. El silencio que siguió fue pesado, cargado de implicaciones terribles.
¿Estamos considerando secuestro?, preguntó el fiscal. Tenemos que considerar todas las posibilidades, respondió el sargento Mendoza. Necesitamos revisar a fondo el entorno de la familia, finanzas, enemigos, problemas y necesitamos interrogar a todos los que entraron al colegio esa mañana.
Mientras tanto, en otra sala del colegio, María Elena y Roberto estaban sentados en sillas de plástico azul, las mismas donde sus hijos se sentaban durante las clases. Los rodeaban familiares que habían llegado desde diferentes partes de la paz y el Alto. La hermana de María Elena, dos hermanos de Roberto, una tía, primos. Todos querían ayudar, todos se sentían impotentes.
María Elena no había parado de llorar. tenía los ojos hinchados, rojos, se aferraba al celular como a un salvavidas, revisándolo cada 30 segundos esperando una llamada, un mensaje, cualquier noticia. Roberto estaba a su lado con el brazo alrededor de ella, pero su mirada estaba perdida, fija en algún punto invisible en la pared. “¿Por qué no nos han dejado ver las cámaras?”, preguntó de repente Roberto con voz ronca.
“Somos sus padres, tenemos derecho a ver lo que grabaron. Las están revisando los investigadores”, respondió la hermana de María Elena Andrea tratando de sonar calmada, aunque ella misma estaba destrozada. Ellos saben qué buscar. ¿Qué buscar? Buscan a mi hija. Quiero ver dónde fue. Quiero saber qué pasó. Un policía joven que custodiaba la puerta se acercó.
Señor Mamani, entiendo su angustia, pero tiene que dejar que los investigadores hagan su trabajo. Cualquier interferencia puede complicar la búsqueda. Roberto se puso de pie bruscamente. Interferencia. Es mi hija. Mi hija desapareció hace casi 12 horas y nadie me dice nada. La teniente Carvajal entró en ese momento con expresión seria pero comprensiva.
Señor Mamani, señora Quispe, necesito que vengan conmigo. El fiscal quiere hablar con ustedes. Los condujeron a la biblioteca. El fiscal Montes los esperaba de pie con las manos en los bolsillos. Una expresión que María Elena no supo interpretar. ¿Había buenas noticias? Malas. ¿Habían encontrado algo? Siéntense, por favor. dijo el fiscal señalando dos sillas.
Su tono era formal, pero no hostil. Sé que han sido horas terribles para ustedes. Quiero que sepan que estamos haciendo todo lo humanamente posible para encontrar a Valentina. ¿Tienen alguna pista? María Elena casi no podía articular las palabras. Estamos siguiendo varias líneas de investigación, pero necesito hacerles algunas preguntas y necesito que sean completamente honestos conmigo.
Entiendan que no los estoy acusando de nada. Solo trato de entender la situación completa de Valentina, su familia, su entorno. Durante la siguiente hora, el fiscal los interrogó exhaustivamente. ¿Cómo era su situación económica? ¿Tenían deudas, problemas con prestamistas, amenazas? ¿Alguien que les guardara rencor? problemas en el matrimonio, alguien que pudiera querer hacerles daño lastimando a su hija.
Roberto y María Elena respondieron a todo. No, no tenían deudas significativas. Roberto ganaba lo suficiente con su minibús. María Elena tenía un sueldo estable. Vivían modestamente, pero no les faltaba nada. No tenían enemigos. No habían discutido con nadie. Su matrimonio era sólido. Valentina era una niña feliz.
No tenía problemas. Y la familia extendida, ¿algún conflicto? ¿Disputas por herencias? ¿Problemas con algúnfamiliar? Nada, respondió Roberto. Nos llevamos bien con todos. No hay conflictos. El fiscal asintió tomando notas, pero había algo más que necesitaba saber, algo incómodo de preguntar, pero necesario. Señora Quispe, señor Mamani, tengo que preguntarles esto.
¿Es posible que Valentina haya querido escapar? ¿Había algún problema en casa, alguna razón por la que ella quisiera huir? María Elena negó veementemente con la cabeza. No, Valentina era feliz. Nunca habló de irse. Nunca hubo señales de nada así. Ella no se fue por su cuenta. Está bien, está bien. Solo necesitaba preguntarlo.
Mientras esto sucedía en el colegio, afuera, en las calles de Sopocachi y expandiéndose por todo la paz, la búsqueda había tomado dimensiones masivas. Voluntarios, decenas de ellos se habían organizado espontáneamente. Vecinos, padres de otros estudiantes, ciudadanos preocupados. se dividieron en grupos y comenzaron a recorrer las calles, preguntando en tiendas, mostrando la foto de Valentina, pegando carteles en postes y paredes.
Las redes sociales explotaban Facebook, Twitter, WhatsApp, grupos enteros dedicados a compartir información sobre Valentina. Si la ven, llamen a este número. Comparte esta imagen. Ayúdanos a encontrarla. La foto de Valentina, esa misma donde sonríe mostrando el espacio del diente perdido, se había vuelto la imagen más compartida en Bolivia ese día.
Pero junto con la solidaridad también llegó lo inevitable, las teorías conspirativas, los rumores, las acusaciones infundadas. En las redes sociales comenzaron a circular versiones contradictorias, especulaciones salvajes. Escuché que el padre tiene deudas con prestamistas. Dicen que la madre es amante de alguien y esto es un ajuste de cuentas.
Yo creo que fue el director del colegio. Algo raro tiene ese hombre. Seguro la vendieron a una red de trata. Cada rumor, sin importar cuán absurdo fuera, se compartía miles de veces. La verdad y la ficción se mezclaban en un cóctel tóxico que solo añadía más angustia a una familia ya destrozada. A las 10 de la noche, en las oficinas de investigación criminal en la plaza del estudiante, otro equipo trabajaba en un ángulo diferente, revisando cada persona que había entrado al colegio esa mañana.
Mario Gutiérrez, el repartidor de pan de 32 años, fue el primero en ser interrogado formalmente. Llegó nervioso, sudando, retorciéndose las manos. “Yo no tuve nada que ver”, repetía una y otra vez. Yo solo entrego el pan todos los días. Entro, dejo las bolsas en la cocina, salgo. Nunca he hablado con ningún estudiante.
Ni siquiera sabía que una niña había desaparecido hasta que la policía me llamó. ¿A qué hora llegaste al colegio? Como siempre, a las 7:30 en punto. Tengo un horario fijo. ¿Cuánto tiempo estuviste dentro? 5 minutos, máximo 10. Descargo 30 bolsas de pan, las llevo a la cocina, la señora Rosa firma el recibo y me voy. ¿Viste algo inusual? ¿Alguien actuando de manera extraña? Nada, todo normal.
Había niños jugando en el patio, algunos profesores entrando, todo igual que siempre. ¿Conocías a Valentina Quispe? No sé ni cómo se llaman los niños, solo hago mi entrega y me voy. Verificaron su coartada. Rosa Mamani, sin relación con Roberto, solo casualidad del apellido común, la encargada de cocina, confirmó que Mario había llegado a las 7:30, había descargado el pan.
Ella había firmado el recibo a las 7:37 y él se había ido inmediatamente. Las cámaras, la del patio y la del pasillo, lo mostraban entrando con las bolsas de pan, dirigiéndose directamente a la cocina y saliendo minutos después. No interactuó con ningún niño, no se desvió de su ruta habitual. Mario fue descartado como sospechoso.
Uno por uno interrogaron a todos. Los profesores, el personal de limpieza, el personal de cocina, todos tenían cohartadas. Todos habían estado en sus puestos. Nadie había visto nada inusual. Nadie había interactuado con Valentina después de que entrara al colegio. Era como si la niña se hubiera desvanecido en el aire. A medianoche, 12 horas después de la desaparición, el fiscal Montes convocó una conferencia de prensa.
Los medios se agolparon. Cámaras, luces, periodistas gritando preguntas. El fiscal levantó las manos pidiendo silencio. Damas y caballeros, a las 7:42 de esta mañana, Valentina Quispe Mamani, de 8 años de edad, desapareció del colegio Primavera Andina en Sopocachi. Hemos establecido un operativo de búsqueda que involucra a más de 50 efectivos policiales, unidades caninas y voluntarios civiles.
Estamos revisando cada centímetro del colegio y de las áreas circundantes. Hemos interrogado a decenas de personas, hemos revisado horas de grabaciones de cámaras de seguridad. Hizo una pausa eligiendo cuidadosamente sus siguientes palabras. En este momento estamos siguiendo varias líneas de investigación.
No descartamos ninguna posibilidad. Pedimos a la ciudadanía que si alguien tieneinformación, cualquier información, por pequeña que parezca, se comunique inmediatamente con la línea directa que hemos establecido. Fiscal, es un secuestro, gritó un periodista. No puedo confirmar ni negar eso en este momento. Los padres son sospechosos.
Todos son sospechosos hasta que sean descartados. Pero en este momento no hay evidencia que vincule a los padres con la desaparición. Hay pedido de rescate. No hemos recibido ninguna comunicación de ese tipo. ¿Creen que Valentina está viva? El fiscal titubeó. Era la pregunta que nadie quería hacer, pero todos pensaban, “Estamos trabajando bajo el supuesto de que Valentina está viva y vamos a encontrarla.
Eso es todo por ahora. María Elena y Roberto vieron la conferencia de prensa en una televisión que alguien había llevado al colegio. Escucharon al fiscal hablar de su hija como un caso, como una investigación, como un número de expediente. Escucharon las palabras líneas de investigación y no descartamos nada y sintieron que se los tragaba un abismo.
“Tenemos que hacer algo”, dijo Roberto de repente, poniéndose de pie. No puedo estar aquí sentado mientras mi hija está quién sabe dónde. ¿Qué quieres hacer?, preguntó María Elena con la voz quebrada. Buscarla. Voy a salir a buscarla. Voy a tocar cada puerta de la paz si es necesario. Y eso fue exactamente lo que hizo. Roberto salió del colegio acompañado por sus hermanos y varios voluntarios.
Con linternas y la foto de Valentina impresa en cientos de hojas. Caminaron por las calles oscuras de Sopocachi, preguntando, mostrando, rogando. Ha visto a esta niña, se llama Valentina, desapareció esta mañana. Por favor, si sabe algo. Algunas personas se detenían, miraban la foto, negaban con la cabeza, otras ni siquiera se detenían.
Algunos prometían estar atentos, muy pocos tenían información útil. A las 2 de la madrugada, María Elena finalmente cedió al agotamiento emocional. Su hermana Andrea la convenció de ir a casa, ducharse, comer algo, aunque fuera solo para mantener las fuerzas. “Valentina te necesita fuerte cuando la encontremos”, le dijo Andrea. “No puedes colapsar ahora.
” Regresaron al departamento en Sopocachi. María Elena entró y fue como si le clavaran un puñal en el corazón. Todo estaba como lo habían dejado esa mañana. El plato del desayuno de Valentina en el fregadero, su muñeca favorita en el sofá, sus zapatos de casa junto a la puerta, su dibujo de la familia pegado en el refrigerador con un imán en forma de corazón.
María Elena se dejó caer en el sofá, abrazando la muñeca de su hija, y lloró con un dolor que desgarraba el alma, un dolor que ninguna madre debería sentir jamás. Mientras la noche avanzaba hacia el amanecer del 17 de abril, las búsquedas continuaban. Policías con perros rastreadores revisaban parques, callejones, terrenos valdíos. Voluntarios pegaban carteles en cada esquina.
Los medios transmitían actualizaciones cada hora. Y en miles de hogares bolivianos familias abrazaban a sus hijos un poco más fuerte esa noche, agradecidos de que estuvieran seguros orando por Valentina. Pero la pregunta seguía sin respuesta. ¿Dónde estaba Valentina Quispe Mamani? ¿Qué le había pasado en esos minutos cruciales entre las 7:42 y las 8 de la mañana? ¿Y por qué en un edificio lleno de gente, cámaras y actividad, nadie había visto lo que realmente sucedió? El reloj seguía corriendo.
Las primeras 24 horas críticas estaban por cumplirse y cada segundo que pasaba la esperanza parecía desvanecerse como el humo en el aire frío del altiplano. Dicen que la verdad siempre sale a la luz, pero a veces necesita ser arrancada de las sombras con determinación, persistencia y una negativa absoluta a rendirse. En la mañana del 17 de abril, cuando el sol volvió a salir sobre la paz, indiferente al dolor humano que se desarrollaba bajo su luz, la búsqueda de Valentina Quispe entró en su fase más crítica. Habían pasado 24 horas desde su
desaparición. La ventana de tiempo estadísticamente más importante se había cerrado, pero nadie estaba dispuesto a rendirse. Si esta historia te está impactando tanto como a millones de bolivianos, demuéstralo con un like. Suscríbete para ver cómo se resuelve este caso que conmocionó a toda una nación.
Y dinos comentarios qué crees que pasó con Valentina. Tu teoría podría sorprenderte cuando conozcas la verdad. El amanecer del 17 de abril encontró a Roberto Mamani exactamente donde había estado toda la noche en las calles. No había dormido, no había comido, solo había caminado, buscado, preguntado. Sus ojos estaban inyectados en sangre, su voz ronca de tanto hablar, sus pies ampollados de tanto caminar, pero no podía parar.
Cada minuto que pasaba, sin saber dónde estaba su hija, era un minuto de agonía insoportable. María Elena tampoco había dormido realmente. Había estado acostada en la cama que compartía con Roberto, abrazando la almohada de Valentina, inhalando suolor, champú de frutilla y el perfume suave de niña, hasta que no pudo soportarlo más.
A las 6 de la mañana ya estaba de vuelta en el colegio exigiendo actualizaciones, respuestas, algo. El fiscal Montes había pasado la noche en su oficina repasando una y otra vez cada detalle del caso. Había algo que no encajaba. Las cámaras mostraban a Valentina caminar hacia el pasillo de los baños, pero nunca aparecer en el pasillo.
Era físicamente imposible, a menos que a las 7 de la mañana convocó al sargento Mendoza y a la teniente Carvajal. Vamos a revisar el colegio otra vez, pero esta vez vamos a hacerlo diferente. Vamos a recrear exactamente el recorrido de Valentina desde el patio hasta donde la cámara la perdió. Necesito ver con mis propios ojos qué pasó.
Llegaron al colegio a las 7:30. Don Esteban, el portero, no había dormido tampoco. Se sentía responsable, culpable, aunque nadie lo culpaba directamente. Yo la vi entrar, repetía una y otra vez. La saludé, entró corriendo. ¿Cómo pude no darme cuenta de que salió? El fiscal, el sargento y la teniente se pararon exactamente donde la cámara del patio había captado a Valentina por última vez.
Era la esquina noreste del patio, cerca de una jardinera con flores marchitas y un bebedero de agua. Según los testimonios, Valentina caminó desde aquí hacia el pasillo de los baños, dijo la teniente señalando, ese pasillo está a unos 15 m. Comenzaron a caminar siguiendo esa ruta. Pasaron junto a la jardinera, junto al bebedero.
Se acercaban al pasillo cuando el fiscal se detuvo bruscamente. Esperen. ¿Qué es eso? Señalaba una puerta pequeña pintada del mismo amarillo que la pared, casi imperceptible si no sabías que estaba ahí. Estaba a medio camino entre el patio y el pasillo de los baños, ligeramente oculta por la esquina del edificio. “Es un cuarto de almacenamiento”, explicó el director Pereira, quien los acompañaba.
“Guardamos material de jardinería, herramientas, cosas así. Siempre está cerrado con llave. Siempre, siempre. Ábralo”, ordenó el fiscal. El director buscó en su llavero, encontró la llave correcta y abrió la puerta. Era un cuarto pequeño de unos 3 m por 3 m. Olía a humedad y tierra. Había palas, rastrillos, macetas apiladas, bolsas de fertilizante.
Y en la pared del fondo, ¿esa es una puerta? Preguntó el sargento Mendoza acercándose. Era una puerta metálica, vieja, oxidada, casi invisible detrás de los estantes con herramientas. El director palideció. Yo yo no sabía que esa puerta estaba ahí. ¿Cómo no va a saber que hay una puerta en su propio colegio? La voz del fiscal era dura, acusatoria.
Este cuarto, yo nunca entro aquí. Es el conserje quien se encarga del material de jardinería. Llevo solo dos años como director. Nunca, nunca me dijeron de esta puerta. El fiscal y el sargento apartaron los estantes. La puerta estaba cerrada, pero no con llave, solo con un pestillo simple. Lo abrieron.
Del otro lado había un pasaje estrecho, oscuro, con escalones que bajaban. ¿Dónde lleva esto?, preguntó la teniente Carvajal encendiendo su linterna. Bajaron con cuidado. Los escalones eran de piedra, viejos, probablemente originales de cuando el edificio había sido construido décadas atrás. Bajaron 15 escalones.
Al final había un túnel angosto de metro y medio de alto que obligaba a agacharse para pasar. Caminaron por el túnel unos 20 m. Había marcas de humedad en las paredes de ladrillo. El aire era pesado, viciado. Y al final del túnel otra puerta. Esta puerta daba a un sótano, un espacio subterráneo que nadie en el colegio había mencionado, que no aparecía en ningún plano oficial del edificio.
Era amplio, de unos 6 m por 8 m. Había cajas viejas, muebles rotos, archivos polvorientos y en una esquina, sobre una mesa improvisada con tablas de madera, había una mochila rosa con estampado de unicornios. El corazón del fiscal se detuvo, se acercó lentamente, como si la mochila fuera una bomba a punto de explotar.
Con manos enguantadas la abrió. Dentro estaba el estuche de colores nuevo de Valentina, sus cuadernos con su nombre escrito con letra infantil, su lonchera con los restos de su merienda. “Dios mío”, murmuró la teniente Carvajal. “Registren cada centímetro de este lugar”, ordenó el fiscal. su voz temblando por primera vez desde que había tomado el caso.
Ahora, durante las siguientes dos horas, el equipo forense revisó meticulosamente el sótano. Encontraron más evidencia. Huellas de pisadas pequeñas en el polvo del suelo. Marcas de arrastre, una cinta rosa del mismo tipo que Valentina llevaba en sus trenzas, en el suelo cerca de una salida que daba a un callejón detrás del colegio.
Esta salida era una puerta de metal oxidado escondida detrás de contenedores de basura en el callejón. Desde fuera era prácticamente invisible. Parecía solo una parte más del muro de ladrillo viejo, pero desde dentro podía abrirse con relativa facilidad, aunque hacíaruido al hacerlo. “Este es el camino”, dijo el sargento Mendoza, reconstruyendo mentalmente la secuencia.
Valentina dejó a sus compañeras en el patio. En lugar de ir al baño, entró al cuarto de almacenamiento. Bajó por el túnel al sótano y alguien la esperaba ahí, alguien que la llevó por esta puerta hacia el callejón. Pero, ¿por qué? Porque una niña de 8 años entraría voluntariamente a un cuarto de almacenamiento y bajaría a un sótano oscuro? La teniente Carvajal articuló la pregunta que todos pensaban porque conocía a la persona que la llamó, respondió el fiscal.
Tenía que ser alguien en quien confiara, alguien que pudiera convencerla de seguirlo sin que ella se asustara o gritara. Alguien del colegio! concluyó el sargento. De inmediato, el fiscal ordenó que reunieran a todo el personal del colegio, todos, profesores, conserjes, personal de limpieza, de cocina, administrativos. Nadie podía irse.
El colegio fue acordonado como escena del crimen. Mientras esto sucedía, una llamada llegó a la línea directa que habían establecido para información sobre Valentina. Era de una mujer mayor, doña Gregoria Limachi, que vivía en el edificio al frente del callejón, donde habían encontrado la puerta oculta. “Yo vi algo ayer en la mañana”, dijo con voz temblorosa.
No pensé que fuera importante, pero ahora que escuché en la radio lo del sótano y el callejón, creo que debo contarlo. La teniente Carvajal tomó personalmente la llamada. Dígame, señora, cualquier detalle puede ser importante. Era como a las 8 de la mañana. Yo estaba regando mis plantas en el balcón. Vivo en el tercer piso y mi balcón da directamente al callejón de atrás del colegio.
Vi un auto estacionado ahí, lo cual es raro porque casi nunca hay autos en ese callejón. Es muy estrecho. ¿Qué tipo de auto? Un auto blanco, pequeño, no sé de marcas, pero era viejo. Tenía una abolladura en la puerta del lado del conductor. Vio quién conducía. Un hombre. No vivía en su cara. Usaba gorra, pero pero vi que abrió la puerta trasera y alguien más subió al auto.
El corazón de la teniente se aceleró. Vio quién subió. No con claridad. Fue muy rápido, pero pero creo que era alguien pequeño, del tamaño de un niño y había algo rojo, quizás una mochila o ropa roja. El chaleco del uniforme del colegio es rojo. Sí, sí, podría ser. Dios mío, era la niña. Vi cuando se la llevaron.
La teniente agradeció a la señora y cortó para reportarle inmediatamente al fiscal. Ahora tenían un vehículo, un auto blanco, pequeño, viejo, con una abolladura en la puerta del conductor. El fiscal ordenó revisar los registros de vehículos de todas las personas vinculadas al colegio y ahí encontraron la primera conexión real. Marcos Villanueva, conserje del colegio Primavera Andina, de 38 años, llevaba 3 años trabajando en el establecimiento.
Era responsable del mantenimiento general, incluyendo el cuarto de almacenamiento de jardinería, y tenía registrado, a su nombre un Toyota Corolla blanco, modelo 1998, con reporte de daño en la puerta del conductor en su última revisión técnica vehicular. Traigan a Marcos Villanueva ahora”, ordenó el fiscal.
Pero cuando los agentes fueron a buscarlo entre el personal reunido en el patio, Marcos Villanueva no estaba. “¿Dónde está Marcos?”, preguntó el director Pereira, mirando alrededor confundido. Una de las profesoras levantó la mano tímidamente. Marcos no vino a trabajar hoy. Llamó a primera hora diciendo que estaba enfermo.
“¿Alguien tiene su dirección?” Patricia, la secretaria, revisó rápidamente los archivos de personal. Vive en Villa Fátima. Aquí está la dirección. En menos de 10 minutos, dos patrullas se dirigían a toda velocidad hacia Villa Fátima, un barrio popular en la ladera oeste de La Paz. La dirección correspondía a un edificio de tres pisos pintado de azul desgastado en una calle empinada y estrecha.
Subieron al segundo piso. La puerta del departamento estaba cerrada. Tocaron. Nadie respondió. Tocaron más fuerte. Gritaron identificándose como policía. Silencio. El sargento Mendoza no esperó más. De una patada derribó la puerta. El departamento era pequeño, oscuro, desordenado. Ropa sucia en el suelo, plato sin lavar en el fregadero.
Olía acerrado y a algo más, algo químico que no podían identificar. Revisaron la única habitación vacía. Revisaron el baño vacío. La cocina vacía. Pero en la sala, escondido detrás de un sofá raído, encontraron algo que heló la sangre en sus venas. Una caja de cartón con ropa de niña, ropa que no parecía ser de ningún niño que viviera ahí.
Entre la ropa había fotografías, docenas de fotografías de niñas, niñas en parques, niñas saliendo de colegios. niñas jugando. Y entre esas fotografías había varias de Valentina en el patio del colegio. Entrando al colegio, algunas fotografías tenían fechas escritas detrás. Las de Valentina eran recientesde las últimas dos semanas.
Marcos Villanueva nos la había estado vigilando dijo la teniente Carvajal sintiendo náuseas. Pero Marcos no estaba en el departamento y su auto blanco tampoco. El fiscal emitió inmediatamente una orden de captura nacional. La fotografía de Marcos Villanueva, un hombre de apariencia común, cabello oscuro corto, rostro ovalado, sin características distintivas que lo hicieran memorable, fue difundida en todos los medios.
Se busca a Marcos Villanueva, de 38 años, conserje del colegio Primavera Andina, por el presunto secuestro de Valentina Quispe Mamani. Es considerado altamente peligroso. Si lo ve, no lo enfrente. Llame inmediatamente a las autoridades. La noticia explotó. Bolivia entera conocía ahora el nombre del principal sospechoso.
Las redes sociales se incendiaron. El rostro de Marcos Villanueva se compartió millones de veces. La rabia colectiva encontró un objetivo. María Elena y Roberto fueron informados del avance en la investigación. La reacción fue compleja, alivio de que finalmente hubiera pistas concretas, pero horror absoluto al entender que alguien que trabajaba en el colegio, alguien que veían casi a diario, había estado vigilando a su hija planeando esto.
¿Dónde está mi hija? María Elena agarró al fiscal de las solapas del saco, zarandeándolo con una fuerza que no sabía que tenía. Si él tiene a Valentina, dígame dónde está. Lo estamos buscando, señora. Tenemos a toda la policía de Bolivia buscándolo. Vamos a encontrarlo y vamos a encontrar a Valentina. Pero las horas pasaban y Marcos Villanueva parecía haberse esfumado.
Su auto no aparecía en ningún puesto de control. Su celular estaba apagado, no había usado sus tarjetas de crédito, no había contactado a ningún familiar o amigo conocido. Era como si supiera que lo estaban buscando, como si hubiera planeado desaparecer. Al caer la noche del 17 de abril, 36 horas después de la desaparición de Valentina, Bolivia entera conocía el rostro de Marcos Villanueva.
Miles de ojos buscaban su auto blanco, cientos de policías rastreaban cada posible escondite. Y en algún lugar, escondido, con una niña de 8 años que dependía de un milagro para sobrevivir, un hombre huía de la justicia que se cerraba sobre él como una trampa sin escape. La verdad había comenzado a salir a la luz, pero la pregunta más importante seguía sin respuesta.
¿Dónde estaba Valentina? ¿Y llegarían a tiempo? 3 de la madrugada del 18 de abril, la Central de Policía de La Paz recibió una llamada de un conductor de taxi que circulaba por la autopista La Paz Oruro, a unos 80 km de la ciudad. “Vi un auto blanco estacionado en el Arsén”, reportó el taxista. Un hombre llamado Félix Choque parecía abandonado.
Tiene una abolladura en la puerta. Pensé que podría ser el auto que están buscando en las noticias. La información fue transmitida inmediatamente al fiscal Montes, quien no había dormido en 48 horas. Envíen todas las unidades disponibles. Ahora, cinco patrullas salieron a toda velocidad hacia la autopista.
El recorrido que normalmente tomaba una hora lo hicieron en 40 minutos con sirenas aullando en la oscuridad del altiplano. Cuando llegaron, efectivamente encontraron un Toyota Corolla blanco modelo 1998 con una abolladura visible en la puerta del conductor estacionado en el arsén de la autopista. Las placas coincidían. Era el auto de Marcos Villanueva, pero el auto estaba vacío.
Los policías lo rodearon con armas desenfundadas, como si el vehículo mismo pudiera ser peligroso. El sargento Mendoza se acercó con cautela, iluminó el interior con su linterna. En el asiento trasero había una manta rosada arrugada. En el piso, una botella de agua vacía y en el asiento del pasajero un celular apagado. Desplieguen un perímetro de búsqueda”, ordenó.
Si dejó el auto aquí, tiene que estar cerca. A pie no puede llegar muy lejos. Pero el altiplano boliviano en la oscuridad es un lugar vasto, desolado, fácil para esconderse y difícil para buscar. Las linternas de los policías cortaban la oscuridad como cuchillos, pero la noche se tragaba la luz a pocos metros de distancia. Trajeron perros rastreadores.
Los animales olfatearon la manta del asiento trasero, que posteriormente, se confirmaría, tenía el olor de Valentina, y comenzaron a seguir un rastro que se alejaba de la autopista hacia el altiplano abierto. Los policías siguieron a los perros durante casi una hora. caminando por terreno rocoso e irregular.
El frío del altiplano a esa hora de la madrugada era punzante. El viento cortaba como cuchillos. ¿Cómo podía sobrevivir una niña de 8 años en estas condiciones? Entonces uno de los perros se detuvo y comenzó a ladrar frenéticamente. Habían llegado a una pequeña cabaña abandonada. Una de esas estructuras precarias que los pastores de llamas a veces usaban hace décadas, pero que ahora estaban en ruinas.
“Policía, salga con las manos en alto”,gritó el sargento Mendoza. “¡Silencio, se acercaron con precaución! La puerta de madera de la cabaña estaba entreabierta, colgando de una bisagra rota. El sargento la empujó con el pie, apuntando su arma hacia el interior oscuro. Y ahí, en una esquina de la cabaña de una sola habitación, iluminado por el as de luz de las linternas, estaba Marcos Villanueva.
Estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared de adobe, las rodillas recogidas contra el pecho. Tenía la mirada perdida, las manos temblorosas. No hizo ningún movimiento para huir o resistirse. Simplemente levantó la vista hacia los policías y empezó a llorar. ¿Dónde está Valentina? La voz del sargento era como acero.
¿Dónde está la niña? Marcos Villanueva señaló con un dedo tembloroso hacia otra esquina de la cabaña y ahí, envuelta en mantas, hecha un ovillo, estaba Valentina Quispe Mamani. La teniente Carvajal corrió hacia ella, su corazón latiendo tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho. Se arrodilló junto a la pequeña figura, apartó suavemente las mantas.
Valentina estaba viva. Tenía los ojos cerrados, la piel pálida, los labios resecos. Respiraba, pero débilmente. Estaba en estado de shock, hipotérmica, deshidratada, pero estaba viva. “Necesitamos una ambulancia ahora. Ahora!”, gritó la teniente por su radio mientras envolvía a Valentina en su propia chaqueta y la levantaba con cuidado en sus brazos.
Valentina abrió los ojos apenas con la mirada desenfocada. “Mami”, murmuró con voz ronca. Tu mami viene en camino, mi amor. Estás a salvo ahora. Estás a salvo. Marcos Villanueva fue arrestado sin resistencia. Lo subieron a una patrulla esposado mientras él repetía una y otra vez, “Lo siento, lo siento. No quería lastimarla.
Lo siento.” La ambulancia llegó 30 minutos después. 30 minutos eternos donde la teniente Carvajal sostuvo a Valentina frotando sus manos para darle calor, hablándole suavemente, prometiéndole que todo iba a estar bien. Los paramédicos la estabilizaron en el lugar, le pusieron suero intravenoso, la envolvieron en mantas térmicas y la trasladaron de emergencia al hospital del Niño en La Paz.
María Elena y Roberto recibieron la llamada a las 5:10 de la madrugada. Encontramos a Valentina, está viva. Está en camino al hospital del Niño. El grito de María Elena despertó a todo el edificio. Era un grito de alivio, de júbilo, de gratitud absoluta a todos los dioses en los que creía y en los que no creía.
Roberto la abrazó y ambos lloraron como no habían llorado en toda su vida, pero ahora eran lágrimas de felicidad mezcladas con el trauma de las últimas 48 horas. Llegaron al hospital antes que la ambulancia. Esperaron en la entrada de emergencias, aferrados el uno al otro, temblando no de frío, sino de anticipación.
Y cuando la ambulancia finalmente llegó con las luces intermitentes cortando la madrugada, cuando vieron a los paramédicos bajar la camilla con su hija, su Valentina, su bebé, María Elena cayó de rodillas. Valentina, mi amor, mamá está aquí. Valentina giró la cabeza hacia la voz de su madre. Sus ojos, aunque cansados y asustados, se iluminaron con reconocimiento.
“Mami”, dijo débilmente. Los médicos no permitieron que María Elena y Roberto entraran inmediatamente a la sala de emergencias. Necesitaban estabilizarla completamente, revisar que no tuviera lesiones graves, tratar la hipotermia y la deshidratación. Fueron dos horas de espera tortuosa, pero esta vez era diferente.
Esta vez sabían que su hija estaba al otro lado de esa puerta, que estaba viva, que iba a estar bien. Cuando finalmente los dejaron entrar, Valentina estaba en una cama de hospital conectada a sueros y monitores, pero sus ojos estaban abiertos y alertas. Al ver a sus padres, comenzó a llorar. María Elena corrió hacia ella, la abrazó con todo el cuidado del mundo, besando su cabeza una y otra vez.
Roberto las envolvió a ambas en sus brazos, formando un círculo familiar que había estado roto durante 48 horas, pero que ahora milagrosamente estaba completo otra vez. Perdón, mami. Perdón, papi sollyosaba Valentina. No quería ir con él. Me dijo que ustedes me estaban esperando afuera. Me dijo que estabas enferma, mami, que tenía que llevarme. Pensé que era verdad.
Sh, mi amor. No es tu culpa. Nada de esto es tu culpa, le susurraba María Elena acariciando su cabello. Lo importante es que estás aquí, estás con nosotros, estás a salvo. Durante los siguientes días, Valentina fue examinada exhaustivamente por médicos y psicólogos. Físicamente estaba relativamente bien considerando las circunstancias.
Tenía deshidratación moderada, hipotermia leve, algunas contusiones menores, pero no había sido agredida sexualmente. No tenía lesiones graves. Psicológicamente el impacto era más complicado. Valentina había experimentado un trauma significativo. Había pasado 48 horas en poder de un extraño que la había engañado. La habíallevado contra su voluntad.
la había mantenido en lugares oscuros y fríos. Los psicólogos advirtieron que necesitaría terapia a largo plazo, que probablemente tendría pesadillas, miedos, ansiedad, pero Valentina era fuerte, era una sobreviviente. Mientras Valentina se recuperaba en el hospital, Marcos Villanueva estaba en una celda en el penal de San Pedro, bajo custodia de máxima seguridad.
Los investigadores lo interrogaron extensamente, reconstruyendo cada detalle de lo que había sucedido. La historia que emergió era perturbadora y reveladora. Marcos Villanueva había trabajado como conserge en varios colegios de La Paz durante los últimos 10 años. En cada uno había habido reportes de comportamiento inapropiado alrededor de niñas, pero nunca lo suficientemente concreto como para tomar acción legal.
Miradas prolongadas. comentarios que hacían sentir incómodas a las niñas, excusas para estar cerca de ellas. En un colegio anterior había sido despedido por entrar al baño de niñas por error. En otro había sido advertido por tomar fotografías en el patio durante los recreos, pero nunca había antecedentes penales, nunca había habido una denuncia formal y así había conseguido el trabajo en el colegio Primavera Andina.
Durante meses había estado vigilando a varias niñas, pero Valentina se había convertido en su obsesión. La fotografiaba, anotaba sus rutinas, planeaba y finalmente descubrió el túnel y el sótano olvidados del colegio. Espacios que aparentemente habían sido usados décadas atrás como depósito, pero que con las renovaciones y cambios de administración simplemente se habían olvidado, dejado fuera de los planos oficiales.
La mañana del 16 de abril, Marcos había esperado su oportunidad. Sabía que Valentina muchas veces se separaba de sus compañeras para ir al baño. Cuando la vio caminar sola cerca del cuarto de almacenamiento, la llamó, “Valentina, ven rápido. Tu mamá está fuera. Dice que es urgente.” Valentina, confiando en un adulto que trabajaba en su colegio, lo siguió sin sospechar.
Marcos la llevó al cuarto de almacenamiento. Bajaron al sótano. Ahí le tapó la boca antes de que pudiera gritar. le dijo que si se portaba bien no le haría daño y la sacó por la puerta trasera hacia el callejón donde tenía su auto esperando. Todo había tomado menos de 10 minutos. Había conducido hacia el altiplano, a la cabaña abandonada que conocía de su infancia cuando su familia tenía llamas.
Su plan era mantenerla ahí durante algunos días. Luego, ni él mismo estaba seguro de cuál era el final de su plan. Solo sabía que quería tenerla para él, pero había subestimado la reacción de la sociedad, la búsqueda masiva, los medios, las redes sociales, su foto distribuida por todo el país. Se dio cuenta de que no podía mantenerla, no podía llevarla a ningún lado sin ser reconocido.
El pánico lo invadió, dejó el auto y huyó a pie con Valentina, pensando que en el altiplano podrían esconderse. Pero el frío, el hambre, el terror de ser capturado lo quebraron en la cabaña, en la oscuridad, esperando un amanecer que solo traería más búsqueda y eventualmente captura, Marcos Villanueva se rindió.
Simplemente se sentó contra la pared y esperó a que lo encontraran. Las revelaciones sobre Marcos Villanueva llevaron a una investigación más amplia. ¿Cómo había conseguido trabajo en tantos colegios a pesar de los reportes de comportamiento inapropiado? ¿Por qué no había un sistema centralizado para verificar antecedentes de personal educativo? ¿Por qué nadie había tomado en serio las advertencias? El fiscal Montes convocó a una conferencia de prensa 5co días después del rescate de Valentina.
Los medios abarrotaron la sala. El interés en el caso no había disminuido si algo había aumentado. El caso de Valentina Quispe ha expuesto fallas sistemáticas graves en la protección de menores en instituciones educativas, comenzó el fiscal. Marcos Villanueva pudo trabajar en cinco colegios diferentes durante 10 años a pesar de múltiples señales de alerta.
Esto es inaceptable. anunció la creación de un registro nacional de personas inhabilitadas para trabajar con menores. Anunció nuevas regulaciones que requerirían verificaciones de antecedentes más exhaustivas para todo personal educativo. Anunció que los colegios serían obligados a revisar todas sus instalaciones, incluyendo espacios olvidados o poco usados para asegurar que no hubiera accesos no monitoreados.
El colegio Primavera Andina tenía un túnel y un sótano que nadie sabía que existían. Tenía una cámara de seguridad que llevaba semanas sin funcionar. Estos no son errores menores. Son negligencias que permitieron que un depredador operara dentro de un espacio que debería ser el más seguro para nuestros niños.
El director Jaime Pereira renunció a su cargo. Enfrentaba cargos de negligencia criminal. El colegio Primavera Andina fue cerrado temporalmente parainspecciones exhaustivas y renovaciones de seguridad. Pero más allá de las consecuencias legales y administrativas, el caso de Valentina cambió algo fundamental en la conciencia boliviana.
Los padres comenzaron a hacer más preguntas sobre las medidas de seguridad en los colegios de sus hijos. Las comunidades escolares comenzaron a exigir mayor transparencia. Los legisladores comenzaron a redactar leyes más estrictas para la protección de menores. El caso había congelado a Bolivia, sí, pero también había despertado a Bolivia.
Tres meses después del incidente, Valentina regresó al colegio. No al Primavera Andina, María Elena y Roberto decidieron cambiarla a una institución diferente, pero regresó con terapia, con apoyo, con amor incondicional de su familia. Valentina lentamente comenzó a sanar. Todavía tenía pesadillas. Todavía sentía miedo cuando veía hombres con gorras similares a la que Marcos usaba.
Todavía necesitaba que su madre la acompañara hasta dentro del salón de clases cada mañana, pero estaba viva, estaba riendo otra vez, estaba jugando con sus amigas otra vez y eso era un milagro en sí mismo. Marcos Villanueva fue sentenciado a 30 años de prisión por secuestro de menores, privación de libertad y otros cargos relacionados.
En el juicio, María Elena dio un testimonio desgarrador, pero poderoso. “Usted le robó a mi hija su inocencia”, dijo mirando directamente a Marcos. Le robó su sensación de seguridad. Por culpa de usted, mi niña ahora tiene miedo de cosas que antes amaba. Pero quiero que sepa algo, usted no ganó porque mi valentina es más fuerte que usted.
Mi familia es más fuerte que usted y nos vamos a recuperar de esto. Mientras usted se pudre en prisión, nosotros vamos a vivir, vamos a amar, vamos a ser felices y esa es la mejor venganza que podemos tener. Han pasado meses desde aquel terrible día de abril cuando Valentina Quispe Mamani desapareció del colegio Primavera Andina.
El caso que congeló a Bolivia se ha convertido en un punto de inflexión en las políticas de protección infantil del país. Valentina ahora tiene 9 años. Sigue en terapia, sigue teniendo días difíciles, pero también tiene días maravillosos, días donde ríe sin reservas, días donde dibuja arcoiris y familias felices, días donde olvida, aunque sea por un momento, lo que pasó.
María Elena y Roberto han encontrado una nueva misión en sus vidas. Trabajan como activistas educando a otros padres sobre seguridad infantil, sobre señales de alerta, sobre la importancia de escuchar a los niños cuando dicen que algo o alguien los hace sentir incómodos. Si algo bueno puede salir de esta pesadilla, dice María Elena en las conferencias que ahora da en colegios y comunidades, es que más niños estarán protegidos, que más padres estarán alertas, que más depredadores serán detenidos antes de que puedan hacer
daño. El túnel y el sótano del colegio Primavera Andina fueron sellados permanentemente. El colegio reabrió 6 meses después con nuevos sistemas de seguridad, cámaras funcionando en cada esquina, un sistema de identificación biométrica para todo el personal, protocolos estrictos para movimiento de estudiantes y un equipo de seguridad profesional.
Pero quizás el cambio más importante es intangible, la conciencia. La sociedad boliviana ya no da por sentado que los colegios son inherentemente seguros, ya no confía ciegamente en figuras de autoridad, ya no ignora las señales de alerta. El caso de Valentina enseñó a Bolivia que la seguridad de los niños requiere vigilancia constante, sistemas robustos y una voluntad de creer a los niños cuando hablan. Esta historia es real.
le pasó a una familia real en un país real y expuso fallas reales que existen en muchos lugares más allá de Bolivia. Si has llegado hasta el final de esta serie, te pido que no la olvides, que la compartas, que la uses como recordatorio de que debemos proteger a nuestros niños con fiereza, con inteligencia, con sistemas que funcionen.















