La mañana del 22 de noviembre de 2019 amaneció despejada en Tlaquepaque, Jalisco. Las calles del centro histórico comenzaban a llenarse con el bullicio habitual de vendedores ambulantes y turistas que buscaban artesanías de barro. En una modesta casa de la colonia El Refugio, Paloma Estergario, terminaba de guardar las últimas prendas en una maleta gastada color vino. Tenía 28 años recién cumplidos, el cabello castaño oscuro recogido en una trenza desordenada y una sonrisa nerviosa que no había abandonado su rostro desde hacía 3 días.
En 72 horas más dejaría de ser soltera para convertirse en la señora Paloma Campos. La boda estaba planeada para ser un evento íntimo. Apenas 40 invitados en el jardín de la casa de sus padres. una ceremonia civil breve, seguida de una comida con birria y mariachi. Aloma trabajaba como profesora de primaria en la escuela Benito Juárez desde hacía 6 años y su salario modesto apenas le había permitido ahorrar para un vestido sencillo color marfil que había comprado en el mercado San Juan de Dios.
Su prometido Fabián Campos, era electricista y llevaba dos años recorriendo colonias de Guadalajara, instalando medidores y repando transformadores. Se habían conocido en una fiesta familiar donde Paloma era prima lejana del anfitrión y Fabián había llegado como amigo de un vecino. Lo que comenzó con miradas tímidas y conversaciones breves sobre música norteña, se había convertido en un noviazgo tranquilo pero constante. Los padres de Paloma, don Armando y doña Hortensia no habían recibido la noticia del compromiso con particular entusiasmo.
Fabián era 8 años mayor que su hija. Había estado casado brevemente en su juventud sin tener hijos y venía de una familia que ellos consideraban problemática. El padre de Fabián había abandonado el hogar cuando él tenía 12 años y su madre había fallecido de diabetes 5 años atrás. Don Armando, un hombre de pocas palabras que había trabajado toda su vida en una fábrica de textiles, simplemente había dicho, “Si es lo que quieres, hija, que Dios los bendiga.” Doña Hortensia, más expresiva, había llorado en silencio durante semanas, convencida de que su única hija merecía algo mejor que un hombre que vivía en un departamento rentado de dos habitaciones en la colonia Lomas de Polanco.
Pero Paloma estaba enamorada. Avián la hacía reír con sus imitaciones de políticos y cantantes. Llegaba puntual a cada cita con flores del mercado y había prometido que algún día tendrían su propia casa con un jardín donde ella pudiera sembrar bugambilias como las que crecían en la casa de sus padres. Durante los meses de preparación para la boda, Paloma había fantaseado con la luna de miel que Fabián le había prometido. Cuatro días en Puerto Vallarta, caminando por el malecón, comiendo mariscos y viendo el atardecer desde la playa.

No era un viaje lujoso a Cancún o a Europa como algunas de sus compañeras maestras habían tenido, pero era más de lo que ella había soñado durante años de soledad y decepciones amorosas. Si te está gustando esta historia, suscríbete al canal y déjame en los comentarios desde dónde nos estás viendo. Tu apoyo significa mucho. El día de la boda llegó con un clima perfecto. El cielo azul intenso característico de Jalisco, contrastaba con las bugambilias fucsia que adornaban el jardín de la familia Estergario.
Paloma se había despertado a las 6 de la mañana con mariposas en el estómago y había pasado 3 horas en el salón de belleza de la vecina, donde le habían peinado el cabello en un recogido elegante con pequeñas flores blancas. Cuando se puso el vestido y se miró en el espejo del cuarto que había compartido con su hermana menor durante toda su infancia, sintió que finalmente su vida comenzaba de verdad. A sus 28 años, mientras muchas de sus amigas ya tenían dos o tres hijos, ella apenas cruzaba el umbral hacia una nueva etapa.
La ceremonia fue breve, pero emotiva. El juez del registro civil, un hombre mayor con bigote canoso, leyó los artículos correspondientes con voz monótona mientras Paloma y Fabián se tomaban de las manos. Ella notó que las manos de su futuro esposo temblaban ligeramente y eso la hizo sonreír. Fabián vestía un traje gris oscuro que había rentado en una tienda del centro y se había cortado el cabello muy corto, lo que lo hacía ver más joven de sus 36 años.
Cuando llegó el momento de decir, “Sí, acepto.” La voz de Paloma salió clara y firme. La de Fabián, en cambio, se quebró ligeramente por la emoción. Los aplausos de los invitados llenaron el jardín y el mariachi comenzó a tocar amor eterno mientras los recién casados se besaban por primera vez como esposos. La comida transcurrió entre risas, brindis y el olor penetrante de la birria que doña Hortensia había preparado desde la madrugada con ayuda de sus hermanas. Los invitados comían tacos dorados, bebían tequila y cerveza y bailaban al ritmo del mariachi que tocaba canciones de Juan Gabriel y Vicente Fernández.
Paloma bailó con su padre una pieza lenta y don Armando, que rara vez mostraba sus emociones, tuvo que secarse discretamente las lágrimas con un pañuelo blanco. “Cuídala mucho, muchacho”, le dijo a Fabián cuando terminó la canción, dándole un apretón de manos más firme de lo normal. Fabián asintió solemnemente y prometió que Paloma sería la mujer más feliz del mundo. Cerca de las 8 de la noche, cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de las construcciones de la colonia, los recién casados se despidieron de los invitados entre porras y gritos de felicitación.
Habían planeado pasar esa noche en el departamento de Fabián y salir muy temprano al día siguiente rumbo a Puerto Vallarta. Un amigo de Fabián, Ismael, que trabajaba en una agencia de viajes, les había conseguido un paquete económico. Tres noches en un hotel de dos estrellas cerca de la playa, desayunos incluidos. No era el risorto incluido que anunciaban en la televisión, pero para Paloma era perfecto. Nunca había visto el océano Pacífico, nunca había dormido en un hotel, nunca había tenido una luna de miel.
Esa noche, en el pequeño departamento de Lomas de Polanco, Paloma y Fabián celebraron su unión con una botella de vino espumoso que habían recibido como regalo y música romántica de fondo. Paloma se sentía plena. Convencida de que había tomado la decisión correcta, Fabián era atento, cariñoso y le había prometido que trabajaría duro para darle una vida digna. Mientras caía dormida en los brazos de su esposo, con el vestido de novia colgado cuidadosamente en el closet y las maletas ya preparadas junto a la puerta, Paloma soñó con el mar, con las olas rompiendo en la arena, con caminar de la mano por el malecón, mientras el sol se ponía tiñiendo el cielo de naranja y rosa.
La mañana del 26 de noviembre amaneció nublada. Paloma y Fabián salieron del departamento a las 7 en punto con dos maletas pequeñas y una mochila. Habían decidido viajar en autobús porque era más económico que rentar un auto. Y además el trayecto de Guadalajara a Puerto Vallarta era directo y cómodo. En la central de autobuses compraron boletos en la línea ETN para el corrido de las 9 de la mañana. Paloma aprovechó la espera para llamar a su madre desde un teléfono público porque su celular apenas tenía saldo.
“Ya vamos de salida, mamá. Te llamo cuando lleguemos al hotel”, le dijo con emoción evidente en la voz. Doña Hortensia le pidió que se cuidara mucho y que no anduviera sola por las calles de noche. El viaje transcurrió sin contratiempos. Paloma iba pegada a la ventanilla, admirando el paisaje que cambiaba gradualmente desde las zonas urbanas de Guadalajara hasta las montañas verdes de la sierra, y, finalmente, las primeras vistas del océano que la dejaron sin aliento. Fabián dormitó la mayor parte del trayecto, agotado por las semanas de trabajo intenso previas a la boda.
Llegaron a Puerto Vallarta cerca de la 1 de la tarde con el sol brillando intensamente sobre la bahía. El calor húmedo era muy diferente al clima seco de Guadalajara y Paloma sintió como el vestido ligero se le pegaba a la piel apenas descendió del autobús. El hotel Los Delfines era un edificio de tres pisos pintado de color amarillo desgastado ubicado a tres cuadras del malecón. Habitación era pequeña, pero limpia, con una cama matrimonial cubierta con una colcha de flores, un ventilador de techo que hacía ruido al girar y un baño minúsculo con azulejos verdes.
Desde la ventana se podía ver un pedazo del mar entre los edificios. No era la vista paradisíaca de las postales, pero para paloma era suficiente. Después de ducharse y cambiarse de ropa, la pareja salió a explorar. Caminaron por el malecón tomados de la mano, comieron pescado, zarandeado en un restaurante económico de la zona romántica y vieron como el sol se hundía en el horizonte pintando el cielo de colores imposibles. Los primeros dos días fueron perfectos. Visitaron playas cercanas, compraron artesanías en los puestos del mercado municipal y por las noches caminaban por el malecón escuchando a los músicos callejeros.
Paloma se sentía en una burbuja de felicidad. Cada momento le parecía mágico, desde el sabor del cebiche fresco hasta el sonido de las olas rompiendo contra las rocas. Fabián parecía más relajado de lo que ella lo había visto nunca. sonriendo constantemente y haciendo planes para el futuro. “Cuando tengamos más dinero ahorrado, vendremos cada año”, le prometió mientras caminaban descalsos por la arena al atardecer del segundo día. La mañana del 28 de noviembre, su tercer día en Puerto Vallarta, comenzó como las anteriores.
Desayunaron en el hotel, café aguado, pan dulce y fruta picada. Paloma quería visitar la playa de Mismaloya, que había visto en un folleto turístico del lobby. Fabián sugirió que antes pasaran por el centro a comprar algunos recuerdos para llevar a la familia. Salieron del hotel cerca de las 10 de la mañana. Paloma vestía un vestido playero azul claro con flores blancas, sandalias sencillas y llevaba su cabello suelto. Fabián vestía bermudas color kaki y una camisa de manga corta.
Llevaban una mochila pequeña con agua embotellada, protector solar y la cámara desechable con la que habían estado tomando fotos durante el viaje. Recorrieron varias tiendas de souvenirs en el centro. Compraron imanes para el refrigerador, llaveros con conchas, una botella de licor de café para don Armando. Cerca del mediodía, mientras caminaban por una calle lateral menos transitada buscando un lugar económico para comer, Fabián recibió una llamada en su celular. Aloma notó como la expresión de su esposo cambiaba de relajada a tensa en cuestión de segundos.
Fabián se apartó unos metros hablando en voz baja. La conversación duró apenas 3 minutos, pero cuando regresó junto a Paloma, su rostro mostraba preocupación. Era Ismael”, dijo Fabián refiriéndose a su amigo que trabajaba en la agencia de viajes. Dice que hay un problema con la reserva del hotel para mañana, algo sobre un pago que no se procesó correctamente. Paloma frunció el ceño confundida. Fabián explicó rápidamente que necesitaba ir a una oficina de la agencia que estaba en la zona hotelera norte para aclarar la situación.
o perderían la última noche que tenían pagada. ¿Quieres que vaya contigo?, preguntó Paloma. Fabián negó con la cabeza. No, amor, es lejos y va a ser aburrido. Yo voy, resuelvo esto rápido y nos vemos de regreso en el hotel en un par de horas. Tú puedes aprovechar para descansar o caminar por el malecón. Paloma dudó. No le gustaba la idea de separarse, pero Fabián parecía ansioso por resolver el problema. ¿Estás seguro? Insistió. Él asintió, le dio un beso rápido en la frente y le entregó dinero para que comprara algo de comer.
Te veo en el hotel a más tardar a las 3. No te preocupes, es solo un trámite administrativo. Aloma lo vio alejarse por la calle, su figura desapareciendo entre la multitud de turistas. Consultó su reloj. Eran las 12:15. decidió caminar un poco más, quizás entrar a una cafetería con aire acondicionado y descansar del calor sofocante. Caminó sin rumbo fijo durante unos 20 minutos, admirando las galerías de arte y las tiendas de ropa. Entró a una pequeña librería que vendía novelas usadas y postales antiguas.
ojeó algunos libros sin realmente leer. El calor era cada vez más intenso y el vestido ligero se le pegaba incómodamente a la espalda. Decidió regresar al hotel, darse una ducha fría y esperar a Fabián en la habitación. Mientras caminaba de regreso por calles que creía reconocer, se dio cuenta de que se había desorientado ligeramente. Puerto Vallarta era más grande de lo que había imaginado y las calles del centro se parecían mucho entre sí. Se detuvo en una esquina para orientarse cuando un hombre se acercó.
Tendría unos 50 años complexión robusta, cabello entrecano peinado hacia atrás con gomina. Vestía pantalones de vestir negros y una guallavera blanca y llevaba gafas oscuras, a pesar de que el cielo estaba parcialmente nublado. “Disculpe, señorita”, dijo con voz educada y acento local. “¿Está perdida? La veo un poco confundida.” Paloma, aliviada de encontrar a alguien que parecía local, asintió. “Estoy buscando el hotel Los Delfines, cerca del malecón. Creí que era por aquí, pero el hombre sonrió amablemente. Ah, sí, lo conozco.
Está a unas seis cuadras de aquí. No es complicado, pero con este calor puede ser agotador. Si quiere, mi hermana tiene una tienda de artesanías en esa dirección. Puedo acompañarla hasta allá y de ahí le explico cómo llegar. Paloma titubeó. Su madre siempre le había advertido sobre no confiar en extraños, pero el hombre parecía inofensivo y educado. Además, era pleno día, había gente en las calles. ¿Qué podía pasar? Está bien, gracias, respondió con una sonrisa cortés. Comenzaron a caminar juntos.
El hombre se presentó como Gilberto, nativo de Puerto Vallarta, dueño de un negocio de tours en lancha. hablaba con fluidez sobre la historia del puerto, los mejores lugares para comer mariscos, las playas escondidas que los turistas no conocían. Paloma escuchaba a medias más concentrada en reconocer algún punto de referencia que le indicara que iban en la dirección correcta. Después de caminar durante unos 10 minutos, llegaron a una calle más tranquila, con menos comercios y menos personas. Paloma comenzó a sentir una ligera inquietud.
“Falta mucho”, preguntó. “Ya casi llegamos”, respondió Gilberto señalando hacia delante. “La tienda de mi hermana está justo después de esa esquina. Doblaron en una calle aún más silenciosa, bordeada por construcciones viejas y algunos lotes valdíos. Paloma se detuvo. Creo que mejor regreso por donde vine. Le agradezco su ayuda, pero no terminó la frase. Un vehículo, una camioneta blanca sin placas visibles se detuvo bruscamente junto a ellas. La puerta lateral se abrió y dos hombres descendieron rápidamente. Todo sucedió en cuestión de segundos.
Paloma apenas tuvo tiempo de gritar antes de sentir como alguien la sujetaba con fuerza por los brazos. Trató resistirse, de gritar más fuerte, pero una mano le cubrió la boca y otra le sujetó las piernas. La empujaron dentro de la camioneta con violencia. Lo último que vio antes de que la puerta se cerrara fue la expresión indiferente de Gilberto, que miraba la escena sin hacer nada. La camioneta arrancó con un chirrido de llantas. Paloma sintió cómo le ponían una bolsa oscura sobre la cabeza y escuchó voces masculinas hablando en tonos bajos y urgentes.
Su corazón latía tan fuerte que pensó que explotaría. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué? ¿Quiénes eran estas personas? intentó gritar de nuevo, pero alguien le apretó dolorosamente el brazo y una voz áspera susurró junto a su oído. “Cállate si quieres vivir.” El terror la paralizó. La camioneta circulaba a alta velocidad, tomando curvas bruscas que la hacían rodar de un lado a otro del asiento. Paloma no sabía cuánto tiempo había pasado, si eran minutos o si era una hora.
Con la bolsa sobre la cabeza, desorientada y aterrorizada, había perdido toda noción del tiempo y el espacio. Solo podía escuchar el rugido del motor, voces masculinas discutiendo algo que no lograba comprender, y el sonido de su propia respiración acelerada dentro de la bolsa que olía a polvo y químicos. Parte dos. Cuando la camioneta finalmente se detuvo, Paloma sintió cómo la sacaban a empujones. Sus piernas apenas respondían por el miedo y el entumecimiento. La obligaron a caminar, aún con la bolsa en la cabeza, guiándola con empujones bruscos.
Escuchó el sonido de una puerta metálica abriéndose con un chirrido, luego pasos sobre concreto. El aire cambió, volviéndose más fresco y húmedo. Estaba adentro de algún edificio. La hicieron bajar unas escaleras. contó aproximadamente 12 escalones antes de llegar a un piso plano. Otra puerta se abrió, esta vez de madera por el sonido. La empujaron hacia adelante y finalmente le quitaron la bolsa de la cabeza. Le tomó varios segundos que sus ojos se ajustaran a la penumbra. Estaba en una habitación pequeña de aproximadamente 3 m por 3 m, con paredes de concreto desnudo y un foco solitario colgando del techo que emitía una luz amarillenta y débil.
No había ventanas. El piso era de cemento frío y agrietado. En una esquina había un colchón delgado y manchado, sin sábanas. En la otra esquina un balde de plástico azul. El olor a humedad y mo era penetrante. La puerta por donde había entrado era de metal grueso con una pequeña ventanilla con barrotes a la altura de los ojos. Paloma escuchó como cerraban con llave desde afuera, luego pasos alejándose. Se quedó de pie en medio de la habitación, temblando incontrolablemente dónde estaba le iban a hacer.
Su mente corría en círculos tratando de entender qué había pasado. Hace apenas dos horas estaba caminando tranquilamente por las calles de Puerto Vallarta, mirando tiendas de recuerdos. Ahora estaba encerrada en lo que parecía un sótano, secuestrada por personas que no conocía y por razones que no podía comprender. Pensó en Fabián. sabría él lo que había pasado. La estaría buscando. Tenían planeado encontrarse en el hotel a las tres. Ya debía ser más tarde que eso. Su esposo debía estar preocupado, probablemente llamando a la policía.
Las horas siguientes fueron una tortura de silencio y terror. Paloma se sentó en el colchón sucio, abrazándose las rodillas, intentando mantener la calma. Rezó todas las oraciones que recordaba de su infancia católica. Prometió a la Virgen de Zapopan que si salía de esto viva, haría una peregrinación cada año. Lloró hasta que no le quedaron más lágrimas. Luego, simplemente se quedó mirando la pared de concreto entumecida. No tenía su reloj. Le habían quitado la mochila en algún momento del forcejeo.
No sabía qué hora era, cuánto tiempo había pasado. El hambre comenzó a morderle el estómago, pero el miedo era mucho más fuerte. Finalmente escuchó pasos acercándose. La ventanilla de la puerta se abrió y apareció el rostro de un hombre joven, quizás de 30 años, con una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda. Levántate”, ordenó con voz seca. Paloma obedeció, sus piernas temblando. La puerta se abrió y entraron dos hombres. Uno era el de la cicatriz, alto y delgado, vestido con jeans y una camiseta negra.
El otro era más bajo, de complexión gruesa, con el cabello rapado y tatuajes en los brazos. Este último llevaba una botella de agua y un plato con dos tortillas y frijoles fríos. “Come”, dijo dejando el plato en el suelo. Paloma no se movió. “¿Qué quieren de mí?”, preguntó con voz temblorosa. “¿Por qué me trajeron aquí?” El hombre de la cicatriz sonrió de forma desagradable. Eso no te importa. Lo único que necesitas saber es que mientras te portes bien y hagas lo que te digamos, no te va a pasar nada.
El otro hombre agregó, tienes que llamar a tu familia, decirles que estás bien, pero que necesitas dinero. Paloma sintió cómo se le helaba la sangre. Mi familia no tiene dinero dijo desesperada. Soy maestra. Mis padres son trabajadores, no tenemos El hombre de la cicatriz la interrumpió bruscamente. Pues será mejor que lo consigan. Si en tres días no tenemos lo que pedimos, las cosas se van a poner muy feas para ti. Le explicaron que exigirían 50,000 pesos por su liberación.
Para Paloma esa cantidad era imposible. El salario mensual de su padre en la fábrica era de aproximadamente 7000 pesos. El suyo como maestra era similar. 50,000 pesos representaban casi un año de salario completo sin gastar un solo peso en comida, renta o cualquier otra cosa. No van a poder juntar eso, insistió entre soyozos. Por favor, déjenme ir. No le he hecho daño a nadie. El hombre de los tatuajes se acercó y le levantó el rostro bruscamente por la barbilla.
Entonces, será mejor que tu familia empiece a vender cosas, a pedir prestado, a hacer lo que sea, porque si no tú vas a ser la que pague el precio. Le dieron un teléfono celular viejo y le ordenaron que marcara el número de su casa. Eran casi las 9 de la noche según el reloj del aparato. Paloma marcó con manos temblorosas. Contestó su madre después de tres tonos. Bueno. La voz de doña Hortensia sonaba tensa, preocupada. Mamá, dijo Paloma y su voz se quebró inmediatamente.
Mamá, estoy bien, pero El hombre de la cicatriz le arrebató el teléfono. Señora, escuche con atención. Tenemos a su hija. Si quiere volver a verla con vida, tienen que conseguir 50,000 pesos en efectivo. Le vamos a llamar mañana para decirle cómo entregar el dinero. Si avisan a la policía, su hija muere. ¿Entendió? Escuchó un grito ahogado del otro lado de la línea, luego soyosos. El hombre cortó la llamada y se guardó el teléfono. “Ahora comes y descansas”, ordenó.
“Mañana haremos otra llamada. Salieron de la habitación cerrando la puerta con llave. Paloma se dejó caer en el colchón, su cuerpo sacudido por soyosos incontrolables. La comida se quedó intacta en el piso. No podía comer. No podía pensar en otra cosa que no fuera el horror de su situación. Pensó en su madre recibiendo esa llamada, en el pánico que debía estar sintiendo. Pensó en su padre, en cómo reaccionaría. pensó en Fabián y se preguntó dónde estaría él en ese momento.
Lo que Paloma no sabía era que en ese preciso instante Fabián estaba en una comandancia de policía en Puerto Vallarta reportando su desaparición. Cuando había regresado al hotel a las 3 de la tarde y no la había encontrado, primero pensó que quizás había salido a caminar. Esperó una hora, luego dos. A las 6 de la tarde, con el sol poniéndose y sin noticias de paloma, comenzó a recorrer las calles del centro, preguntando en las tiendas si alguien había visto a una mujer con las características de su esposa.
Nadie recordaba nada. A las 8 de la noche, desesperado, fue a la policía. El oficial que tomó su denuncia era un hombre de mediana edad con expresión aburrida que masticaba chicle mientras escribía en un formulario. “¿Y dice que desapareció desde el mediodía?”, preguntó sin mucho interés. Fabián asintió frenéticamente. “Sí, nos separamos cerca de las 12:15. Quedamos en vernos en el hotel y nunca llegó.” El oficial suspiró. Mire, señor, apenas han pasado unas horas. Probablemente su esposa se fue de compras.
Perdió la noción del tiempo, quizás se desorientó. Puerto Vallarta es grande, es fácil perderse. Le recomiendo que regrese al hotel y espere. La mayoría de estos casos se resuelven solos cuando la persona aparece avergonzada de haber causado preocupación. Fabián insistió en que algo malo había pasado, que Paloma no era del tipo de persona que desaparecería sin avisar. El oficial finalmente accedió a tomar la denuncia oficial. pidió una descripción detallada de paloma, una foto. Fabián no tenía una reciente en formato digital, pero describió el vestido azul claro con flores blancas que llevaba puesto, su estatura aproximada de 160, su cabello castaño largo, su complexión delgada.
El oficial prometió que alertaría a las patrullas, pero su tono dejaba claro que no consideraba el caso como urgente. Si en 24 horas no aparece, regrese y escalamos la búsqueda”, dijo mientras le entregaba una copia del reporte. Fabián salió de la comandancia sintiéndose impotente y aterrado. Regresó al hotel caminando por calles que ahora le parecían amenazantes y oscuras. En la habitación todo estaba exactamente como lo habían dejado en la mañana. La maleta de paloma abierta sobre la silla, su cepillo de dientes junto al lavabo, el vestido de novia que había usado para la ceremonia colgado en el closet envuelto en plástico.
Fabián se sentó en la cama y se cubrió el rostro con las manos. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba ella? En su mente comenzaron a aparecer escenarios terribles, asaltos, secuestros, accidentes. Puerto Vallarta era relativamente seguro para los turistas, pero sabía que la delincuencia existía. Intentó llamar al celular de Paloma por centésima vez, pero seguía yendo directo al buzón de voz. Llamó a la casa de sus suegros, marcando desde el teléfono del hotel porque su celular se estaba quedando sin batería.
contestó don Armando. ¿Cómo están por allá, muchacho? Preguntó con su voz grave habitual. Fabián tragó saliva debatiendo si decir la verdad o esperar unas horas más. Decidió mentir. Todo bien, don Armando. Solo llamaba para saludar. Paloma está en la regadera. Manda saludos. Hubo una pausa. ¿Está bien, mi hija?, preguntó el viejo con un tono que sugería que detectaba algo extraño. Sí, sí, está muy bien. Nos estamos divirtiendo mucho. Intercambiaron algunas palabras más y colgaron. Abi se sintió miserable por mentir, pero no quería alarmar a los suegros hasta estar seguro de que algo grave había ocurrido.
Pasó la noche en vela, sentado en la cama mirando la puerta, esperando escuchar los pasos de paloma en el pasillo, su voz diciendo que todo había sido un malentendido. Pero el amanecer llegó sin señales de ella. A las 8 de la mañana del 29 de noviembre, agotado y desesperado, regresó a la comandancia. Esta vez lo atendió un oficial diferente, más joven y con mejor actitud. Cuando Fabián explicó la situación, el oficial frunció el seño. “¿Dice que lleva desaparecida desde ayer al mediodía?”, preguntó revisando el reporte que había hecho el oficial nocturno.
Y apenas están empezando a buscarla seriamente. El joven oficial negó con la cabeza, molesto con la negligencia de su compañero. Vamos a movilizar patrullas inmediatamente. También necesito que contacte a su familia en Guadalajara por si ella intentó regresar allá. Fabián llamó de nuevo a la casa de los Estergario, esta vez desde la comandancia. Era doña Hortensia quien contestó. Con voz temblorosa, Fabián le contó la verdad. Paloma había desaparecido el día anterior y nadie sabía dónde estaba. Los gritos de doña Hortensia fueron tan fuertes que el oficial pudo escucharlos claramente.
Mi niña, Dios santo, mi niña. Don Armando tomó el teléfono, su voz controlada, pero tensa. Vamos para allá inmediatamente, dijo. No se mueva de donde está y empiece a rezar, muchacho. Colgó sin despedirse. La familia Estergario llegó a Puerto Vallarta ese mismo día en la tarde. Después de un viaje angustioso de 5 horas, don Armando había pedido prestado dinero para los boletos de autobús y viajaron él, doña Hortensia y la hermana menor de Paloma, Paola, de 25 años.
Cuando llegaron a la comandancia, Fabián los esperaba con ojos enrojecidos y expresión de culpa absoluta. Doña Hortensia lo abrazó llorando, no en gesto de consuelo, sino de desesperación compartida. ¿Dónde está mi hija? Repetía una y otra vez. ¿Qué le hicieron a mi niña? La policía ya había comenzado una búsqueda más activa. Patrullas recorrían las zonas turísticas mostrando la foto de paloma que Fabián había conseguido ampliar en una tienda de impresiones. Preguntaban en hoteles, restaurantes, tiendas. Algunos comerciantes recordaban haber visto a una mujer con esas características, pero los testimonios eran vagos y contradictorios.
Una vendedora de artesanías dijo haberla visto caminando sola cerca del mediodía. Un mesero de un restaurante creyó reconocerla, pero no estaba seguro. Los días pasaban sin avances significativos. Fue en la noche del 29 de noviembre cuando doña Hortensia recibió la llamada de los secuestradores. La familia estaba reunida en la habitación del hotel que habían rentado, una habitación pequeña donde todos dormirían en el piso porque no tenían dinero para más cuartos. Cuando sonó el teléfono de la casa de los Estergario, Paola contestó porque sus padres estaban rezando el rosario.
Una voz masculina y áspera dijo, “Pásame con hortensia, Estergario.” Paola, con manos temblorosas, le entregó el teléfono a su madre. Lo que escuchó a continuación la dejó paralizada. Mamá, estoy bien, pero era la voz de paloma, inconfundible, pero cargada de terror. Luego la voz del hombre, señora, escuche con atención, tenemos a su hija. El resto de la llamada fue una pesadilla, 50,000 pesos, tr días. Sin policía o paloma moriría. Doña Hortensia gritó y se desmayó. Don Armando tuvo que quitarle el teléfono de las manos, pero la llamada ya había terminado.
Cuando la madre de Paloma recobró el conocimiento, estaba histérica. Mi niña, tienen a mi niña. Fabián y Paola intentaban calmarla mientras don Armando, con el rostro convertido en una máscara de piedra, analizaba la situación. Era una fortuna para la familia. Don Armando ganaba aproximadamente pesos a la semana trabajando turnos completos en la fábrica textil. Doña Hortensia vendía tamales los fines de semana desde su casa, ganando quizás 500 pesos en un buen fin de semana. Aola trabajaba como cajera en un supermercado con un salario similar al de su padre.
Entre todos sus ingresos mensuales combinados no llegaban a 20,000 pesos y de eso tenían que pagar renta, comida, servicios, transporte, ahorros, no tenían prácticamente nada. El poco dinero que habían logrado guardar durante años se había gastado en la modesta boda de Paloma. Don Armando tomó una decisión inmediata. No vamos a avisar a la policía todavía”, dijo con voz firme. “Si hacemos lo que dicen esos criminales y Paloma aparece muerta de todas formas, entonces sí los involucraremos, pero primero vamos a intentar conseguir el dinero.” Fabián protestó argumentando que los secuestradores rara vez cumplían sus promesas, que necesitaban ayuda profesional, pero don Armando fue inflexible.
Es mi hija y mientras haya una posibilidad de recuperarla viva, voy a intentarlo. Doña Hortensia, entre soyosos, apoyó a su esposo. No confiaban en la policía. Habían escuchado demasiadas historias de operativos de rescate que terminaban mal, de familias que perdían a sus seres queridos porque la policía actuaba precipitadamente. Comenzaron a hacer llamadas frenéticas. Don Armando contactó a su hermano que tenía un taller mecánico en Guadalajara. Le explicó la situación. El hermano prometió prestar 10,000 pesos, todo lo que podía reunir en efectivo rápidamente.
Un primo de doña Hortensia, que trabajaba en Estados Unidos, envió 5000 pesos mediante una transferencia de Western Union. Vecinos, amigos de la iglesia, compañeros de trabajo, todos contribuyeron con lo que podían. 1000 pesos aquí, 500 allá, 200 de otra persona. Fabián vendió su motocicleta, una onda usada que era su medio de transporte para el trabajo, a un compañero por 12,000 pesos, casi la mitad de su valor real, pero era efectivo inmediato. En dos días reunieron 38,000 pes.
Todavía faltaban 12,000. Don Armando fue a una casa de empeño y dejó el anillo de matrimonio de su esposa, un reloj de oro que había heredado de su padre y unos aretes de plata que eran las únicas joyas de valor que tenía doña Hortensia. Consiguieron 8000 pesos más, faltaban 4000. El tiempo se agotaba. Era la mañana del 1 de diciembre y los secuestradores habían dicho que llamarían ese día con instrucciones para la entrega. Fabián, desesperado, fue con Ismael, su amigo, que había organizado el paquete de luna de miel.
Le explicó la situación y le pidió prestados los 4000 pesos que faltaban. Ismael, aunque reacio y claramente incómodo, finalmente accedió. “Pero me los devuelves en dos meses”, advirtió. “Tengo mi propia familia que mantener.” Fabián asintió. prometió que pagaría hasta el último peso. Con el dinero completo finalmente reunido, la familia esperó la llamada de los secuestradores. El teléfono sonó a las 4 de la tarde. Don Armando contestó. La misma voz áspera de antes le dio instrucciones precisas. Tenía que ir solo esa misma noche a las 10 a un área industrial abandonada en las afueras de Puerto Vallarta.
llevaría el dinero en una mochila caminando desde la entrada del complejo industrial hasta el tercer galpón a mano izquierda. Dejaría la mochila allí y se retiraría sin mirar atrás. Si seguía las instrucciones, Paloma sería liberada en las siguientes 24 horas en algún punto de la ciudad. si intentaba algo, si había policía, si los traicionaba de cualquier forma, nunca volverían a ver a su hija. Don Armando escuchó en silencio, memorizando cada detalle. ¿Cómo sé que mi hija está viva?, preguntó.
Hubo una pausa. Luego escuchó la voz quebrada de paloma. Papá, estoy bien. Por favor, haz lo que te dicen. La llamada se cortó. Don Armando miró a su familia reunida en la habitación del hotel. Doña Hortensia lloraba silenciosamente. Paola la abrazaba. Fabián caminaba de un lado a otro como animal enjaulado. “Voy a ir”, anunció el viejo, “y voy a traer a mi hija de regreso.” A las 9 de la noche, don Armando salió del hotel con una mochila deportiva que contenía 00.000 1000 pesos en billetes de diversas denominaciones.
Fabián había insistido en acompañarlo, pero el viejo se negó rotundamente. Dijeron que fuera solo. No voy a arriesgar la vida de Paloma por desobedecerlos. Tomó un taxi hasta la zona industrial, un área desolada a las afueras de la ciudad donde décadas atrás había habido fábricas que ahora estaban abandonadas. El taxi lo dejó en la entrada como había instruido y don Armando comenzó a caminar en la oscuridad. La zona estaba completamente a oscuras, iluminadas solo por una luna creciente que apenas penetraba entre las nubes.
Los galpones industriales se alzaban como esqueletos de concreto y metal oxidado. Don Armando caminó despacio contando los edificios. Un, dos, tres. El tercer galpón a la izquierda tenía una puerta semiabierta. Entró su corazón latiendo con fuerza. El interior olía a humedad y abandono. Dejó la mochila en el centro del espacio vacío, tal como le habían ordenado. Se quedó parado allí por un momento, esperando, rezando. Nadie apareció. Finalmente dio media vuelta y caminó de regreso a la salida, cada paso resonando en el silencio.
Cuando regresó al hotel cerca de medianoche, la familia lo esperaba despierta. “Lo hice”, dijo simplemente. “Ahora solo podemos esperar.” Las siguientes 24 horas fueron las más largas de sus vidas. esperaban junto al teléfono, sobresaltándose con cada ruido en el pasillo, mirando constantemente por la ventana, con la esperanza de ver a Paloma caminando hacia el hotel. Pero no hubo llamadas, no hubo señales. 24 horas se convirtieron en 48, luego 72. Los secuestradores no volvieron a contactarlos. Paloma no apareció.
Parte 3. El 5 de diciembre, cco días después de entregar el rescate sin recibir nada a cambio, don Armando finalmente aceptó que habían sido engañados. Con el corazón destrozado y sintiendo que había fallado a su hija, fue a la policía y denunció el secuestro. La comandancia de Puerto Vallarta escaló el caso inmediatamente a la Fiscalía General del Estado de Jalisco. Llegaron investigadores especializados en secuestros desde Guadalajara. Tomaron declaraciones extensas a toda la familia. Pidieron todos los detalles de las llamadas, el lugar donde se entregó el dinero, cualquier información que pudiera ser útil.
El comandante Augusto Paniagua, un hombre de 50 años con tres décadas en la policía judicial, fue asignado al caso. Era un investigador con reputación de ser meticuloso y persistente, aunque también conocido por su temperamento áspero. Cuando escuchó toda la historia, negó con la cabeza. Señor estergario, entiendo que estaba desesperado. Pero al pagar el rescate sin involucrar a las autoridades, probablemente condenó a su hija. Dijo sin rodeos, “Estos criminales no tienen ningún incentivo para liberarla ahora que ya tienen el dinero.
De hecho, ella representa un riesgo para ellos porque puede identificarlos.” Las palabras del comandante cayeron como martillazos sobre don Armando. El viejo que había mantenido la compostura durante días de angustia insoportable, finalmente se derrumbó y lloró abiertamente. Doña Hortensia tuvo que ser sedada por un médico porque entró en un ataque de nervios. Ahola, que hasta ese momento había sido fuerte apoyando a sus padres, se encerró en el baño del hotel y vomitó por el estrés y el horror de comprender que su hermana probablemente estaba muerta.
Fabián fue interrogado extensamente. El comandante Paniagua tenía décadas de experiencia y su instinto le decía que algo no cuadraba. Señor Campos, cuénteme exactamente qué pasó ese día. Pidió por quinta vez. ¿Por qué se separaron? ¿A dónde fue usted realmente? Fabián repitió su historia. La llamada de Ismael sobre un problema con la reserva del hotel, la necesidad de ir a la oficina de la agencia en la zona hotelera norte para resolverlo. El comandante lo miró fijamente y fue efectivamente a esa oficina.
Fabián asintió. Sí, pero cuando llegué resultó que no había ningún problema. Ismael me dijo que fue un error, que la llamada había sido porque confundió mi reserva con la de otro cliente. El comandante levantó una ceja. ¿No le pareció extraño? Fabián se encogió de hombros. En el momento sí, pero pensé que simplemente había sido una confusión. Estas cosas pasan. Paniagua no quedó convencido. Ordenó investigar a Ismael exhaustivamente. Le tomaron declaración. Revisaron sus registros telefónicos, investigaron sus finanzas.
Ismael confirmó haber llamado a Fabián ese día, pero negó mencionado algún problema con el hotel. Lo llamé para preguntarle cómo iba la luna de miel. Nada más. Una llamada social. Hablamos como 2 minutos, declaró. Cuando confrontaron a Fabián con esta contradicción, él palideció. No, no. Él sí me dijo que había un problema, por eso fui a la agencia. Pero la agencia de viajes no tenía registro de que Fabián hubiera visitado sus oficinas ese día. No había cámaras de seguridad en el establecimiento que pudieran confirmar o desmentir su versión.
Los investigadores comenzaron a sospechar seriamente de Fabián. Había orquestado él mismo el secuestro de su esposa? ¿Había mentido sobre sus movimientos ese día? ¿Tenía algún motivo ocult? Investigaron sus finanzas y encontraron que Fabián tenía deudas. No eran enormes, pero eran significativas para alguien con su nivel de ingresos. debía 18,000 pesos en tarjetas de crédito, otros 15,000 a un prestamista informal por un préstamo que había sacado 6 meses atrás, en total más de 30,000 pesos en deudas. El comandante Paniagua presentó una teoría.
Fabián había planeado el secuestro para que la familia pagara el rescate. Él se quedaba con parte del dinero para pagar sus deudas y luego fingía que los secuestradores no habían cumplido su palabra. Fabián negó todo vehemente. Yo amo a Paloma. Jamás le haría daño. Las lágrimas corrían por su rostro. Vendí mi motocicleta para ayudar a juntar el rescate. ¿Por qué haría eso si yo era parte del plan? El comandante señaló que vender la moto podía ser simplemente parte de la actuación para desviar sospechas.
Sin pruebas concretas, no pudieron arrestar a Fabián, pero se convirtió en el principal sospechoso. La familia Estergario quedó dividida. Don Armando y doña Hortensia no sabían qué pensar. Por un lado, Fabián parecía genuinamente devastado. Por otro, las evidencias sugerían que había mentido sobre sus actividades el día de la desaparición. Mientras tanto, la búsqueda de Paloma continuaba. Rastrearon la zona industrial donde don Armando había entregado el dinero. Encontraron la mochila abandonada y vacía. Sin huellas útiles. Revisaron cámaras de seguridad de comercios cercanos a donde Paloma fue vista por última vez.
En una grabación borrosa se veía a una mujer con características similares caminando con un hombre de guallavera blanca, pero la calidad era tan mala que no permitía identificación facial. El comandante Paniagua entrevistó a decenas de comerciantes, taxistas, trabajadores de hoteles. Algunos recordaban vagamente haber visto a una mujer joven ese día, pero Puerto Vallarta recibía miles de turistas diariamente. Los testimonios se mezclaban, se contradecían. Una mesera creyó haberla visto en un restaurante a las 2 de la tarde.
Imposible, porque para entonces ya había sido secuestrada. Un vendedor de cocos en la playa juró haberla visto caminando sola al atardecer. Tampoco cuadraba con la cronología. Pasaron las semanas. Diciembre avanzó con su carga de festividades que para la familia Estergario eran solo recordatorios dolorosos de la ausencia de paloma. Doña Hortensia dejó de comer, adelgazó alarmantemente. Don Armando envejeció 10 años en un mes, su cabello volviéndose completamente blanco. Paola tuvo que pedir licencia en su trabajo porque sufría ataques de pánico.
Fabián, despreciado por algunos y defendido por otros, cayó en una depresión profunda. Perdió su trabajo porque no podía concentrarse. Comenzó a beber. El 23 de diciembre, la policía recibió un reporte anónimo. Una voz masculina, distorsionada dio una dirección en las afueras de Tlajomulco de Zúñiga, un municipio al sur de Guadalajara. “Busquen en el terreno valdío detrás de la bodega abandonada”, dijo la voz antes de colgar. El comandante Paniagua organizó un operativo inmediatamente. Unidades de búsqueda con perros rastreadores se desplegaron en la zona indicada.
Era un área semirural con bodegas industriales mezcladas con terrenos de cultivo abandonados. Los perros detectaron algo en un área donde la tierra parecía haber sido removida recientemente. Los investigadores comenzaron a excavar con cuidado. A medio metro de profundidad encontraron restos de tela, un vestido azul claro con flores blancas, manchado de tierra y sangre. El corazón del comandante se hundió. Continuaron excavando. A un metro de profundidad encontraron el cuerpo. Estaba en posición fetal envuelto en plástico negro. El estado de descomposición era avanzado por el clima cálido, pero la identificación preliminar, mediante el vestido y características físicas sugería que era paloma estergario.
Le tomaron muestras para análisis de ADN. Don Armando y doña Hortensia. tuvieron que proporcionar muestras de sangre para comparación. El proceso tomaría varios días. La noticia del hallazgo del cuerpo se filtró a la prensa. Los medios locales de Jalisco cubrieron el caso extensamente. Maestra desaparecida en luna de miel encontrada muerta. Rezaban los titulares. La historia capturó la atención pública. Una joven recién casada, secuestrada en su viaje de luna de miel, asesinada a pesar de que su familia había pagado el rescate.
Las redes sociales explotaron con indignación. Hashtags exigiendo justicia para Paloma tendieron durante días. El 28 de diciembre llegaron los resultados del ADN. Confirmación positiva. El cuerpo era de Paloma Estergario Herrera. La causa de muerte, asfixia mecánica, había sido estrangulada. El examen forense determinó que llevaba muerta aproximadamente tres semanas, lo que significaba que la habían asesinado poco después del secuestro, probablemente antes de que la familia entregara el rescate. Los criminales nunca tuvieron intención de liberarla viva. La autopsia reveló algo más que heló la sangre de los investigadores.
Paloma había estado embarazada aproximadamente seis semanas. Ni ella ni Fabián lo sabían. El bebé que crecía en su vientre había muerto con ella. Don Armando, al recibir esta noticia, sufrió un colapso y tuvo que ser hospitalizado por un infarto menor. Doña Hortensia, que ya estaba bajo medicación psiquiátrica, dejó de hablar durante semanas. se sumió en un mutismo total mirando al vacío. El funeral se realizó el 3 de enero de 2020 en Tlaquepque. Cientos de personas asistieron. Compañeros maestros de paloma, vecinos, amigos desconocidos conmovidos por la historia.
Fabián llegó con dos policías que lo acompañaban porque aún era considerado sospechoso. Algunos familiares le gritaron asesino, otros lo defendieron. La ceremonia fue un caos de dolor y rabia, el ataúdrado, porque el estado del cuerpo no permitía velorio de cuerpo presente. La investigación continuó. El comandante Paniagua estaba determinado a resolver el caso. Analizaron el teléfono desde donde se habían hecho las llamadas de extorsión. Era un celular desechable comprado en un mercado de Guadalajara sin registros útiles. Interrogaron a conocidos delincuentes de la zona de Puerto Vallarta especializados en secuestros.
Varios tenían coartadas sólidas, otros no, pero sin pruebas. concretas no podían proceder con arrestos. En febrero de 2020 hubo un avance. Un informante filtró información sobre un grupo criminal que operaba secuestrando turistas en Puerto Vallarta. El líder era un hombre conocido como el ciego, aunque tenía vista perfecta. El apodo venía de sus inicios en el crimen cuando había simulado ser ciego para pedir limosna mientras vigilaba casas para robos. Su nombre real era Braulio Espinoza Núñez, de 42 años, con antecedentes por robo, extorsión y lesiones.
La policía montó vigilancia durante semanas. En marzo lograron infiltrar a un agente encubierto en el círculo cercano del grupo. El agente reportó que el grupo efectivamente había secuestrado a varias personas en los últimos dos años, turistas principalmente, con rescates que iban desde 20,000 hasta 200,000 pesos, dependiendo de la capacidad económica percibida de las familias. El método era siempre similar, un ceñuelo que se acercaba a la víctima ofreciendo ayuda. Luego el secuestro rápido en camioneta. El 15 de abril de 2020, en plena pandemia de COVID-19, la policía ejecutó redadas simultáneas en cinco ubicaciones.
Arrestaron a Braulio el ciego Espinoza y a seis miembros de su organización. Entre ellos estaba el hombre que había abordado a Paloma aquel día, Gilberto Rubalcaba, 53 años, quien efectivamente tenía una hermana, pero no dueña de tienda de artesanías, sino que trabajaba como reclutadora para el grupo criminal, identificando víctimas potenciales. Durante los interrogatorios, Gilberto se quebró primero. Confesó haber participado en el secuestro de Paloma. dijo que él solo era el ceñuelo, que nunca tocó a la víctima físicamente, que no sabía que la iban a matar.
Explicó que después de llevarla a una casa de seguridad en Tlajomulco, el ciego había decidido que era muy arriesgado liberarla porque ella lo había visto a él y a otros miembros del grupo. Ordenó que la eliminaran esa misma noche del secuestro antes de la primera llamada de extorsión. Yo no estaba de acuerdo, lloró Gilberto durante el interrogatorio. Le dije al ciego que la dejáramos ir, que con cubrirle la cara era suficiente, pero él dijo que no podíamos arriesgarnos.
Dijo que era mejor cobrar el rescate de todas formas y deshacernos de ella. confesó que había sido Teodoro Chávez otro miembro del grupo, quien había estrangulado a Paloma mientras otros dos la sujetaban. Su cuerpo fue trasladado esa misma madrugada a Tlajomulco y enterrado. Las confesiones llevaron a más arrestos. En total, 12 personas fueron capturadas vinculadas a la organización criminal. Se les imputaron cargos por el asesinato de Paloma y por al menos otros ocho secuestros documentados. Teodoro Chávez, el ejecutor directo del homicidio, intentó suicidarse en su celda, pero fue descubierto a tiempo.
El ciego Espinoza no mostró remordimiento alguno durante todo el proceso. Parte cuatro. El juicio comenzó en noviembre de 2020, [ __ ] por las restricciones de la pandemia. La familia Estergario asistió a cada audiencia. Don Armando, recuperado físicamente del infarto, pero con el alma destrozada, se sentaba en primera fila, mirando fijamente a los acusados. Doña Hortensia había recuperado el habla, pero había envejecido dramáticamente, su rostro surcado por arrugas profundas que no existían un año atrás. Paola acompañaba a sus padres sosteniendo la mano de su madre durante las sesiones más difíciles.
Fabián también asistía, sentándose aparte de la familia porque la relación seguía tensa, aunque los arrestos del grupo criminal habían demostrado que él no estuvo involucrado en el secuestro, la sombra de sospecha nunca se disipó completamente. Don Armando nunca volvió a dirigirle la palabra. Doña Hortensia lo toleraba en silencio. Solo Paola ocasionalmente hablaba con él, reconociendo que él también era víctima de la tragedia. Durante el juicio se presentaron pruebas contundentes, análisis de ADN que vinculaban a varios acusados con el sitio donde fue encontrado el cuerpo.
registros telefónicos que demostraban comunicaciones entre los miembros del grupo Los días del secuestro, el testimonio de la gente encubierto, las confesiones de Gilberto y otros dos miembros que habían aceptado declarar a cambio de reducción de sentencias el vestido de paloma, manchado y rasgado, presentado como evidencia material. El momento más doloroso fue cuando el fiscal presentó las fotografías forenses del cuerpo. Don Armando tuvo que salir de la sala. Doña Hortensia gritó y tuvo que ser asistida por paramédicos.
Fabián vomitó en el baño de la corte. Los acusados permanecieron impasibles, excepto Gilberto, que lloró silenciosamente. El testimonio más impactante fue el del forense que había realizado la autopsia. Describió con detalle técnico, pero devastador, como Paloma había muerto. Las marcas en el cuello indicaban que la estrangulación no había sido rápida. Había durado varios minutos. Paloma había luchado, había rasguñado a su atacante, había intentado respirar. Sus últimos momentos habían sido de terror absoluto. El forense también confirmó el embarazo de seis semanas.
La víctima no solo perdió su vida, dijo con voz grave, sino también la de la criatura que llevaba en su vientre. Los abogados defensores intentaron varias estrategias. Argumentaron que las confesiones habían sido obtenidas bajo coacción. Cuestionaron la cadena de custodia de algunas evidencias. Sugirieron que había dudas razonables sobre la participación de algunos acusados, pero la acumulación de pruebas era abrumadora. Los testimonios de los propios cómplices que habían aceptado cooperar eran demasiado específicos, demasiado coincidentes. El juicio duró 4 meses.
En marzo de 2021 se dictaron las sentencias: Braulio el ciego, Espinoza, 60 años de prisión por homicidio calificado, secuestro agravado, extorsión y asociación delictuosa. Teodoro Chávez, el ejecutor directo, 55 años. Gilberto Rubalcaba, 30 años a pesar de su cooperación. Los demás miembros recibieron sentencias entre 20 y 40 años, dependiendo de su nivel de participación. Cuando el juez leyó la sentencia final, doña Hortensia lloró, pero no de alivio. “Ninguna sentencia me devuelve a mi hija”, dijo entre soyosos.
Don Armando simplemente asintió en silencio. Sabía que justicia legal no era lo mismo que justicia real. Los asesinos de su hija pasarían décadas en prisión, pero Paloma seguiría muerta. El nieto nunca conoció seguiría sin nacer. La familia intentó reconstruir sus vidas, aunque la palabra reconstruir parecía inadecuada para describir el proceso de sobrevivir con un agujero permanente en el centro de sus existencias. Don Armando regresó a su trabajo en la fábrica textil, realizando sus funciones mecánicamente sin alegría.
Doña Hortensia retomó la venta de tamales, pero con menos entusiasmo. A menudo se quedaba mirando al vacío mientras amasaba, recordando cuando Paloma la ayudaba los domingos por la mañana. Aola desarrolló trastorno de estrés postraumático. Tenía pesadillas recurrentes donde veía a su hermana gritando pidiendo ayuda. Comenzó terapia psicológica, pero el progreso era lento. Renunció a su trabajo en el supermercado porque no soportaba la interacción con clientes que hacían preguntas casuales sobre su familia. ¿Cuántos hermanos tienes? La pregunta más simple se convertía en un puñal.
Fabián se mudó a otra ciudad. No podía seguir en Guadalajara, donde cada esquina le recordaba a Paloma. Se fue a Monterrey, donde tenía un primo que le ofreció trabajo en construcción. Cayó en alcoholismo durante varios meses, pero eventualmente buscó ayuda. Asistió a grupos de alcohólicos anónimos. Consiguió trabajo estable como electricista nuevamente. Nunca se volvió a casar. guardó su anillo de bodas en una cajita que llevaba siempre consigo. En el aniversario del asesinato, la familia estableció una tradición.
Cada 28 de noviembre visitaban la tumba de paloma en el panteón municipal de Tlaquepaque. Llevaban flores, bugambilias, fucsia, como las que crecían en el jardín donde se había celebrado la boda. Rezaban el rosario. A veces Fabián se unía a ellos. manteniéndose a distancia respetuosa. Don Armando eventualmente comenzó a permitir su presencia sin protestar. El caso de Paloma Estergario tuvo repercusiones más amplias. Organizaciones de derechos humanos lo utilizaron para visibilizar la crisis de seguridad en zonas turísticas de México.
Exigieron mejores protocolos de protección para turistas, capacitación para policías en investigación de secuestros y penas más severas para este tipo de crímenes. Se implementaron algunas reformas menores, pero la realidad estructural cambió poco. En Puerto Vallarta, el hotel Los Delfines cerró sus puertas dos años después del caso. El dueño dijo que era por razones económicas derivadas de la pandemia, pero vecinos murmuraban que el estigma del caso había ahuyentado a turistas. El cuarto donde Paloma y Fabián habían pasado sus primeras noches de luna de miel, nunca volvió a rentarse.
Empleados del hotel reportaban sentirse incómodos limpiándolo. La habitación donde Paloma fue mantenida cautiva en Tlajomulco fue descubierta eventualmente por las investigaciones. Era el sótano de una casa aparentemente normal en una colonia de clase trabajadora. Los vecinos no tenían idea de lo que ocurría allí. Cuando la policía cateó el lugar, encontraron evidencias de que no solo Paloma había estado prisionera ahí, marcas en las paredes, rastros de ADN de otras víctimas. La casa fue demolida en 2022 por orden judicial.
Doña Hortensia comenzó un grupo de apoyo para familiares de víctimas de secuestro. Se reunían cada 15 días en el sótano de una iglesia local. Compartían sus historias, lloraban juntos, se sostenían mutuamente. Para doña Hortensia se convirtió en una forma de dar significado al sufrimiento. Si podía ayudar, aunque fuera una familia a sobrellevar su dolor, sentía que el nombre de Paloma no sería solo sinónimo de tragedia, sino también de solidaridad. En 2023, don Armando sufrió otro infarto, este más severo.
Sobrevivió, pero quedó debilitado. Tuvo que jubilarse anticipadamente. Pasaba sus días en la casa, sentado en el jardín bajo las bugambilias, mirando el espacio vacío donde se había instalado el altar para la boda de paloma. A veces hablaba solo, conversaciones imaginarias con su hija. “Te fallé, mi hijita”, decía en voz baja. “Debí protegerte mejor. Debí ir con ustedes a esa luna de miel.” Aola eventualmente se mudó a Querétaro buscando un nuevo comienzo. Conoció a un hombre bueno, un maestro de secundaria, y después de años de terapia logró formar una relación saludable.
Se casaron en una ceremonia civil pequeña, sin fiesta, sin vestido blanco. El matrimonio le parecía manchado por lo que le había pasado a su hermana. Cuando quedó embarazada en 2024, tuvo pánico durante todo el embarazo. Temía que algo terrible fuera a pasar. Dio a luz a una niña sana. La llamó Paloma. Fabián nunca superó completamente la pérdida. En 2025, 6 años después del asesinato, escribió una carta larga dirigida a don Armando y doña Hortensia. En ella explicaba todo lo que sentía.
La culpa de haberse separado de Paloma ese día, el arrepentimiento de no haber insistido en acompañarla, el dolor de imaginar sus últimos momentos. “Sé que nunca me perdonarán y lo entiendo”, escribió. Yo tampoco me he perdonado, pero necesitaba que supieran que amé a su hija con todo mi corazón. Cada día desde que murió ha sido un infierno de remordimiento. Si pudiera cambiar lugares con ella, lo haría sin dudarlo. Don Armando leyó la carta con lágrimas corriendo por su rostro arrugado.
Doña Hortensia la leyó en silencio. no respondieron, pero guardaron la carta en una caja junto con las fotografías de la boda, el vestido de novia que nunca se volvió a usar y las postales que Paloma había comprado en Puerto Vallarta, planeando enviarlas a amigos, pero nunca tuvo oportunidad. En el séptimo aniversario del asesinato, un periodista local escribió un artículo largo sobre el caso. Entrevistó a la familia, a investigadores, a abogados. El artículo se volvió viral en redes sociales.
Miles de personas comentaron expresando solidaridad con la familia Estergario, indignación por el crimen, frustración con la inseguridad. Por unos días, Paloma volvió a estar en la conversación nacional, pero como todos los ciclos de indignación en redes sociales, pronto fue reemplazado por la siguiente noticia, el siguiente escándalo. La familia volvió a su dolor privado, lejos de reflectores. Don Armando y doña Hortensia envejecían juntos en su casa de tlaquepaque, aferrados uno al otro sobreviviendo. Aola criaba a su hija en Querétaro contándole historias sobre la tía que nunca conocería.
Fabián trabajaba en Monterrey, llevando su culpa como una cruz invisible. El sistema penitenciario mexicano reportó en 2025 que Braulio el ciego Espinoza, había sido asesinado en prisión durante un motín. Teodoro Chávez intentó suicidarse exitosamente en 2024 colgándose en su celda. Los demás miembros del grupo criminal cumplían sus sentencias en diversos penales del estado de Jalisco. Ninguno mostraba remordimiento genuino, según reportes de psicólogos penitenciarios. La tumba de paloma en el panteón de Tlaquepaque se mantenía impecablemente cuidada. Doña Hortensia la visitaba semanalmente, limpiaba la lápida, cambiaba las flores, se sentaba en el pasto a hablarle.
Le contaba sobre la nieta que nunca conocería, sobre el dolor que nunca disminuía, sobre la vida que seguía moviéndose inexorablemente hacia adelante mientras ella se sentía atrapada en noviembre de 2019. La historia de Paloma Estergario se convirtió en una más de las miles de tragedias que componían la crisis de seguridad en México. Un nombre más en estadísticas de homicidios, una foto más en los altares del día de muertos, una familia más destrozada por la violencia y la impunidad.
Pero para quienes la conocieron, para quienes la amaron, nunca fue solo una estadística. Era la niña que ayudaba a su madre a hacer tamales, la joven que soñaba con ser maestra, la mujer que se casó llena de esperanza un día soleado de noviembre, la esposa que nunca regresó de su luna de miel y su ausencia seguía siendo un grito silencioso que resonaba en cada espacio vacío de las vidas que tocó. Esta es la historia completa del caso que aterró a Jalisco.
Una tragedia real que refleja la vulnerabilidad que muchas familias mexicanas enfrentan, donde la alegría puede transformarse en pesadilla en cuestión de segundos y donde la justicia cuando finalmente llega nunca es suficiente para sanar las heridas dejadas por la violencia.















