EL CASO CHILE: UNA NIÑA, UN PADRE MILLONARIO Y UNA DESAPARICIÓN INEXPLICABLE EN EL AEROPUERTO

Hola, papá. Ya estoy en el aeropuerto. En un rato llego ahí. Te quiero mucho. [música] Caso Chile, una menina sozinha, pai millonario y un desaparecimiento no aeropuerto inexplicábel. El 23 de julio de 2018 a las 14:37 de la tarde, las cámaras de seguridad del aeropuerto internacional Arturo Merino Benítez de Santiago registraron la imagen de una niña de 8 años caminando sola por el pasillo principal del terminal internacional. Llevaba una mochila rosa con estampado de unicornios, un suéter azul marino y pantalones vaqueros.

Su nombre era Sofía Castillo Reyes. Había embarcado sola en un vuelo desde Buenos Aires con destino a Santiago, donde su padre la esperaba del otro lado de la zona de llegadas internacionales. Sofía cruzó el control migratorio sin problemas. Los funcionarios verificaron su pasaporte, sellaron el documento y la dejaron pasar. 3 minutos y 40 segundos después, según los registros oficiales, Sofía Castillo desapareció. Nunca llegó a la zona de recogida de equipaje. Nunca cruzó las puertas automáticas donde su padre esperaba con un ramo de flores y un peluche de oso polar.

simplemente sevaneció dentro del aeropuerto más vigilado de Chile, en plena luz del día, rodeada de cientos de testigos y nadie pudo explicar cómo. Este no es un caso de secuestro común, es la historia de cómo los sistemas de seguridad más sofisticados fallaron simultáneamente. Es el relato de un padre con recursos ilimitados que descubrió que el dinero no puede comprar respuestas cuando las instituciones deciden guardar silencio. Es la reconstrucción minuciosa de 83 minutos que cambiaron para siempre la forma en que Chile ve sus aeropuertos, sus protocolos de seguridad y la protección de menores en tránsito.
Santiago de Chile, julio de 2018. La ciudad despertaba bajo un cielo gris típico del invierno austral. Las temperaturas rondaban los 8 grados centrados y una llovisna persistente mojaba las calles del centro.

En el aeropuerto Arturo Merino Benítez, ubicado a unos 15 km al noroeste de la capital, la actividad era intensa como cualquier lunes. Miles de pasajeros transitaban por los pasillos arrastrando maletas con ruedas, verificando pantallas de vuelos, comprando café en los locales comerciales. Entre todo ese movimiento, Sofía Castillo era una niña más viajando sola, un fenómeno cada vez más común en aeropuertos internacionales, donde menores acompañados por personal de la aerolínea vuelan entre ciudades para visitar a padres separados, abuelos o familiares.

Sofía había hecho ese mismo trayecto al menos seis veces en los últimos 2 años. Sus padres se habían divorciado en 2016. Su madre, Carolina Reyes, vivía en Buenos Aires, donde trabajaba como arquitecta. Su padre, Rodrigo Castillo, residía en Santiago y era dueño de una cadena de supermercados que operaba en Chile, Perú y Bolivia. El acuerdo de custodia establecía que Sofía pasaría los periodos escolares con su madre en Argentina y las vacaciones con su padre en Chile. El vuelo LAA2054 de la Tam Airlines había despegado del aeropuerto internacional ministro Pistarini de Buenos Aires a las 12:10 del mediodía, hora local.

Sofía viajaba en el asiento 14a junto a la ventanilla. Llevaba consigo su mochila rosa con un iPad, audífonos, un libro de Harry Potter en español, una botella de agua y algunos snacks que su madre le había empacado. Carolina había acompañado a Sofía hasta la puerta de embarque como hacía siempre. La entregó formalmente a una azafata de Latam llamada Patricia Valdés. quien tenía asignada la responsabilidad de supervisar a los tres menores que viajaban solos en ese vuelo. Patricia era una empleada con 12 años de experiencia en la aerolínea.

Conocía perfectamente los protocolos para menores no acompañados. verificó que Sofía llevara toda la documentación necesaria. pasaporte vigente, autorización notarial de la madre para viajar sin adultos, datos de contacto del padre en Chile y formulario especial de menor no acompañado completado correctamente. Todo estaba en orden. Carolina se despidió de su hija con un abrazo largo. Le recordó que la llamara apenas llegara con su padre y la vio desaparecer por el túnel de embarque. Esa fue la última vez que Carolina Reyes vio a su hija.

El vuelo transcurrió sin incidentes. Duró 2 horas y 15 minutos. Sofía vio una película en el sistema de entretenimiento del avión. Comió el snack que le ofrecieron y dibujó en un cuaderno que llevaba en su mochila. Patricia Valdés verificó su estado tres veces durante el vuelo, como indicaba el protocolo. Sofía estaba tranquila. Educada, sin señales de angustia, a las 14:25, hora de Chile, el avión aterrizó en el aeropuerto Arturo Merino Benítez. Los pasajeros comenzaron a desembarcar en orden.

Patricia Valdés esperó a que la mayoría saliera y luego acompañó a Sofía y a los otros dos menores no acompañados hacia el área de control migratorio. Según el protocolo establecido por LATAM y por las autoridades aeroportuarias chilenas, los menores no acompañados debían ser escoltados por personal de la aerolínea hasta entregarlos formalmente a la persona autorizada para recibirlos del otro lado de la zona de llegadas. Patricia caminaba delante, los tres niños la seguían en fila. Cruzaron el puente de desembarque, ingresaron al terminal internacional y se dirigieron hacia el control de policía de investigaciones de Chile, la institución encargada del control migratorio.

Las cámaras de seguridad del aeropuerto captaron esa secuencia completa. En las imágenes que posteriormente serían analizadas cuadro por cuadro por investigadores, se ve a Patricia Valdés caminando con sus tres menores asignados. Sofía era la segunda en la fila. Llevaba su mochila rosa colgada en ambos hombros. Caminaba con paso regular, mirando ocasionalmente a los lados. A las 14:34, el grupo llegó al área de control migratorio. Había cuatro cabinas. Operando en ese momento, Patricia indicó a los niños que formaran fila en la cabina número tres, donde un funcionario de la PDI llamado inspector Javier Muñoz estaba atendiendo.

El primer menor, un niño de 10 años, pasó el control sin problemas. Le tomó aproximadamente un minuto. Luego fue el turno de Sofía. Se acercó a la cabina, entregó su pasaporte. El inspector Muñoz revisó el documento, verificó la fotografía contra el rostro de la niña, consultó el sistema informático donde se registran entradas y salidas del país. No encontró alertas ni restricciones. Selló el pasaporte en la página correspondiente con el sello de entrada a Chile. Fechado 23 de julio de 2018, 14:37 horas.

le devolvió el pasaporte a Sofía con una sonrisa cordial y le indicó que podía pasar. Sofía tomó su pasaporte, lo guardó en el bolsillo delantero de su mochila y caminó hacia adelante, cruzando la línea amarilla que separaba el control migratorio de la zona de recogida de equipaje. Las cámaras muestran ese momento con claridad. Sofía cruza la línea amarilla. Patricia Valdés está todavía del otro lado esperando que el tercer menor pase el control. Sofía camina unos 5 metros hacia delante en dirección a las cintas transportadoras de equipaje.

Y luego, en lo que los investigadores posteriormente describirían como el punto ciego crítico, Sofía desaparece del campo de visión de las cámaras. Hay un ángulo muerto, una zona de aproximadamente 3 m² que no está cubierta por ninguna de las 17 cámaras que operaban en esa sección del aeropuerto. Esta zona corresponde exactamente al espacio entre el final del control migratorio y el inicio del área de recogida de equipaje, donde confluyen dos pasillos, uno que lleva a las cintas transportadoras y otro que conduce a los baños públicos y a una zona de acceso restringido para personal del aeropuerto.

Según los registros de tiempo de las cámaras, Sofía entra en ese ángulo muerto a las 14:37:52 segundos y nunca vuelve a salir. Pasaron 3 minutos antes de que alguien notara algo inusual. Patricia Valdés terminó de escoltar al tercer menor a través del control migratorio y esperó del otro lado para reagrupar a los tres niños antes de llevarlos al punto de entrega. Vio al primer niño y al tercero, pero no vio a Sofía. Asumió inicialmente que la niña había ido al baño.

Preguntó a los otros dos menores si habían visto a Sofía. Ambos negaron. Patricia comenzó a caminar hacia el área de baños, llamando el nombre de Sofía en voz alta, pero sin gritar, para no alarmar a otros pasajeros. Revisó el baño de mujeres, no estaba. volvió al área de recogida de equipaje pensando que tal vez Sofía se había adelantado. No la encontró. Fue entonces, a las 14:43, 6 minutos después de que Sofía cruzara el control migratorio, cuando Patricia Valdés presionó el botón de alerta en su radio portátil y reportó al supervisor de operaciones de LATAM en tierra.

Tengo una situación. Una menor no acompañada no está localizada en el área de llegadas. La respuesta del aeropuerto fue inmediata, pero descoordinada. Un supervisor de LATAM llegó corriendo al área. Dos agentes de seguridad privada del aeropuerto se presentaron 3 minutos después. Comenzaron a buscar a Sofía en las áreas cercanas, baños, tiendas, cafeterías, zonas de espera. Preguntaron a personal de limpieza, a otros empleados de aerolíneas, a vendedores de los locales comerciales. Nadie había visto a una niña sola con mochila rosa.

Las 14:51, 8 minutos después de la alerta inicial, el supervisor de LATAM tomó la decisión de notificar a la policía de investigaciones. Dos funcionarios de la PDI que estaban asignados al aeropuerto se presentaron en el área. Solicitaron que se revisaran las cámaras de seguridad. De inmediato, el Centro de Control de Seguridad del aeropuerto comenzó a revisar las grabaciones. Identificaron a Sofía cruzando el control migratorio. La vieron caminar hacia el ángulo muerto y luego nada más. Ampliaron la búsqueda a todo el terminal internacional, verificaron todas las salidas del edificio, revisaron los registros de personas que habían abandonado el área en los últimos 20 minutos.

Nada. A las 15:04, 25 minutos después de que Sofía cruzara el control migratorio, el jefe de operaciones del aeropuerto tomó una decisión que posteriormente sería muy cuestionada. Ordenó cerrar temporalmente todas las salidas del terminal internacional y comenzar una búsqueda sistemática. Eso significaba que ninguna persona podía abandonar el área hasta que se localizara a la menor. Cientos de pasajeros fueron detenidos en las puertas de salida. comenzaron las quejas, la confusión, el nerviosismo. Mientras tanto, del otro lado de las puertas de llegadas internacionales, en la zona pública donde familiares y amigos esperaban a los pasajeros, Rodrigo Castillo esperaba con creciente preocupación.

El vuelo LAA 2054 había aterrizado a las 14:25. Normalmente Sofía salía por las puertas aproximadamente 30 minutos después del aterrizaje, pero ya eran las 1510 y no había señales de ella. Rodrigo preguntó en el mostrador de información de la Tam estaba sucediendo. Le dijeron que esperara un momento que verificarían. 5 minutos después, una supervisora de la TAM se acercó a Rodrigo con expresión seria y le pidió que la acompañara a una oficina privada. Rodrigo sintió que algo terrible estaba pasando en la oficina.

La supervisora le explicó la situación con palabras cuidadosas, pero directas. Sofía había pasado el control migratorio, pero no había llegado a la zona de entrega de menores. Estaban buscándola activamente en todo el aeropuerto. Rodrigo sintió que el mundo se detenía. Lo que sucedió en las horas siguientes fue un despliegue masivo de recursos. Rodrigo Castillo, usando su influencia y sus contactos, logró que en menos de una hora se presentaran en el aeropuerto el director nacional de la PDI, el subsecretario de transportes y el gerente general de la TM Chile.

Se movilizaron más de 50 efectivos policiales para peinar cada centímetro del aeropuerto. Revisaron depósitos, oficinas, áreas restringidas, salas técnicas, zonas de mantenimiento. Interrogaron a todo el personal que había estado trabajando en el terminal internacional entre las 14:30 y las 15:00 horas. revisaron exhaustivamente todas las grabaciones de las 147 cámaras de seguridad que operaban en el aeropuerto. Verificaron los registros de todos los vehículos que habían salido del estacionamiento del aeropuerto en ese periodo. Analizaron los manifiestos de pasajeros de todos los vuelos que habían despegado después de las 14:37.

Nada. Sofía Castillo había desaparecido literalmente en el aire en uno de los espacios más vigilados y controlados del país, sin dejar rastro alguno. Y mientras las autoridades iniciaban lo que se convertiría en una de las búsquedas más intensas de la historia aeroportuaria chilena, una pregunta resonaba en la mente de todos los presentes. ¿Cómo puede una niña desaparecer dentro de un aeropuerto internacional sin que nadie vea nada? Las primeras 24 horas después de la desaparición de Sofía Castillo fueron un caos operativo que expuso fallas sistémicas en todos los niveles de seguridad aeroportuaria.

A las 6 de la tarde del 23 de julio, 4 horas después de que Sofía cruzara el control migratorio, el director nacional de la Policía de Investigaciones, Héctor Espinosa, convocó una conferencia de prensa de emergencia en las instalaciones del aeropuerto. Frente a una docena de cámaras de televisión y periodistas que habían llegado alertados por rumores de algo grave, Espinoza confirmó oficialmente que una menor de 8 años había desaparecido dentro del terminal internacional y que se había activado un protocolo de búsqueda masiva.

Evitó dar detalles específicos citando la sensibilidad del caso y la investigación en curso. Pero la noticia ya había explotado en redes sociales. Videos grabados por pasajeros mostraban el cierre del terminal, filas de personas detenidas en las puertas, policías revisando maletas y mochilas. La historia se viralizó en minutos. Para las 7 de la noche, el nombre de Sofía Castillo ya era tendencia nacional en Twitter. Rodrigo Castillo no participó en esa conferencia de prensa. Estaba encerrado en una sala de reuniones del aeropuerto junto a abogados de su empresa, el jefe de seguridad de su corporación y dos detectives asignados específicamente a mantenerlo informado.

Rodrigo era un hombre de 42 años, ingeniero comercial, heredero de un imperio familiar construido durante tres generaciones. Su fortuna personal se estimaba en más de 200 millones de dólares. Controlaba una cadena de 87 supermercados en tres países, empleaba a más de 15,000 personas y tenía conexiones políticas en los más altos niveles del gobierno chileno. Pero en ese momento todo ese poder parecía completamente inútil. Su hija había desaparecido y nadie podía explicarle cómo ni dónde. Rodrigo hizo llamadas a cada contacto que conocía.

Llamó al ministro del Interior, a senadores, a generales de Carabineros, al gerente de la empresa que administraba el aeropuerto. Exigió acceso completo a todas las grabaciones de seguridad. exigió que se interrogara a cada persona que había estado en el aeropuerto. Ofreció una recompensa de 100 millones de pesos chilenos, aproximadamente $10,000, por información que condujera a encontrar a Sofía. Las autoridades le aseguraron que estaban haciendo todo lo posible, que tenían a sus mejores investigadores trabajando en el caso, que era cuestión de horas antes de que apareciera alguna pista.

Pero pasaron las horas y no apareció nada. A medianoche, 9 horas y media después de la desaparición, la búsqueda se amplió fuera del aeropuerto. La PDI activó alertas en todos los pasos fronterizos terrestres con Argentina, Perú y Bolivia. Distribuyeron fotografías de Sofía a todos los retenes policiales de la región metropolitana y regiones vecinas. emitieron una alerta Amber, el sistema de búsqueda de menores desaparecidos. Los medios de comunicación transmitían en vivo desde el aeropuerto, mostrando el operativo policial, entrevistando a pasajeros que habían estado en el terminal ese día.

Algunos pasajeros recordaban haber visto niños con mochilas, pero nadie podía confirmar con certeza haber visto específicamente a una niña con mochila rosa cerca de las 14:37 horas. El aeropuerto había procesado más de 8000 pasajeros ese día. Identificar testigos específicos era como buscar agujas en un pajar. Carolina Reyes, la madre de Sofía, recibió la noticia a las 18:30 hor Argentina, cuando Rodrigo la llamó desde Santiago. Carolina estaba en su apartamento en el barrio de Palermo en Buenos Aires preparando la cena cuando su teléfono sonó.

La voz de Rodrigo al otro lado era tensa, quebrada. Le dijo que Sofía había desaparecido en el aeropuerto, que la estaban buscando, que no se preocupara porque la encontrarían pronto. Carolina sintió que las piernas le fallaban. Gritó preguntas que Rodrigo no podía responder. ¿Cómo había desaparecido? ¿Dónde estaba la azafata que debía cuidarla? ¿Por qué nadie la vio? Rodrigo solo pudo repetir que estaban haciendo todo lo posible. Carolina tomó el primer vuelo disponible a Santiago. Salió de Buenos Aires a las 23:45 y aterrizó en el mismo aeropuerto donde su hija había desaparecido a las 2:10 de la madrugada del 24 de julio.

Rodrigo la esperaba en la zona de llegadas. Hacía 4 años que no se veían en persona desde el divorcio. El encuentro fue tenso, pero unido por la desesperación. compartida. Ambos fueron trasladados a las oficinas centrales de la PDI, donde les mostraron todo lo que habían recopilado hasta ese momento, las grabaciones de las cámaras, los testimonios del personal del aeropuerto, los protocolos que supuestamente se habían seguido. Carolina vio a su hija en las pantallas, caminando tranquila por el aeropuerto, cruzando el control migratorio, desapareciendo en ese maldito ángulo muerto.

Lloró sin control. Exigió saber por qué había un ángulo muerto, por qué no había cámaras cubriendo cada centímetro, por qué una niña podía simplemente esfumarse? Los investigadores no tenían respuestas satisfactorias. Explicaron que el aeropuerto tenía 147 cámaras, pero que era físicamente imposible cubrir absolutamente todo, que había zonas de confluencia donde las cámaras no se superponían perfectamente. Carolina gritó que eso era inaceptable, que su hija estaba perdida por negligencia, por ahorro de costos, por incompetencia. Rodrigo la sostuvo mientras ella se desmoronaba.

Durante los días siguientes, la investigación se centró en revisar meticulosamente cada segundo de grabación disponible. Un equipo de 12 analistas de video trabajó en turnos de 24 horas, revisando las imágenes de las 147 cámaras, rastreando cada persona que había transitado por el área relevante entre las 14:30 y las 15:30 del 23 de julio. Identificaron a 342 individuos que habían pasado cerca del ángulo muerto donde Sofía desapareció. Uno por uno comenzaron a localizarlos e interrogarlos. Era un trabajo titánico.

Muchos de esos individuos eran turistas extranjeros que ya habían abandonado Chile. Otros eran residentes locales difíciles de ubicar. La PDI solicitó ayuda a Interpol para localizar a pasajeros que habían viajado a otros países. Enviaron solicitudes formales a aerolíneas pidiendo listas completas de pasajeros de vuelos específicos. El proceso era lento, burocrático, frustrante. Mientras tanto, equipos caninos especializados en búsqueda de personas rastrearon todo el aeropuerto. Los perros fueron llevados a cada rincón. Estacionamientos subterráneos, techos, conductos de ventilación, áreas de carga.

No encontraron nada. Buzos inspeccionaron los estanques de agua y sistemas de drenaje alrededor del aeropuerto. Nada. Helicópteros con cámaras térmicas sobrevolaron el perímetro del aeropuerto buscando señales de calor corporal en áreas abiertas circundantes. Nada. El 26 de julio, 3 días después de la desaparición, la PDI convocó una segunda conferencia de prensa, esta vez fue más detallada y más sombría. El director nacional Héctor Espinoza admitió que a pesar del despliegue masivo de recursos, no habían encontrado pistas concretas sobre el paradero de Sofía Castillo.

confirmó que habían revisado más de 500 horas de grabaciones de video, interrogado a 128 personas, analizado los registros de 47 vuelos que salieron del aeropuerto esa tarde y verificado los movimientos de 234 vehículos que abandonaron el estacionamiento en el periodo crítico. Nada había generado una pista sólida. Espinoa también reveló algo que generó controversia inmediata. El ángulo muerto donde Sofía desapareció no debería haber existido, según los estándares de seguridad establecidos en el manual de operaciones del aeropuerto. Una auditoría interna realizada en 2016 había identificado ese punto ciego y había recomendado instalar dos cámaras adicionales para cubrirlo, pero la recomendación nunca se había implementado.

La razón oficial era restricciones presupuestarias y priorización de otras mejoras de seguridad. La noticia generó indignación pública. Medios de comunicación comenzaron a investigar quién había tomado la decisión de no instalar esas cámaras. Se descubrió que el aeropuerto era operado por una concesión privada, un consorcio de empresas chilenas e internacionales que habían ganado la licitación en 2015. Los términos del contrato establecían que la concesionaria era responsable de mantener y mejorar los sistemas de seguridad, pero bajo supervisión de autoridades gubernamentales.

El escándalo escaló rápidamente. Diputados de oposición exigieron investigar posibles responsabilidades penales por negligencia. El ministro de Transportes fue citado a declarar ante una comisión del Congreso. El gerente general del consorcio que operaba el aeropuerto renunció el 28 de julio bajo presión pública. Pero todo eso no ayudaba a encontrar a Sofía. Rodrigo Castillo, desesperado y furioso con la lentitud del proceso oficial, decidió tomar acciones paralelas. contrató a una empresa privada de investigación especializada en casos de secuestro y extorsión.

La empresa llamada Grupo Fénix era dirigida por exagentes de inteligencia chilenos con experiencia en casos complejos. Su fundador, Marcelo Bravo, se reunió con Rodrigo el 27 de julio. Bravo era un hombre de 55 años, exmiembro de la Agencia Nacional de Inteligencia, con contactos profundos en el mundo del crimen organizado chileno y conexiones internacionales. Le explicó a Rodrigo que el caso tenía elementos muy inusuales. desaparición de una menor en un aeropuerto sin señales de forcejeo, sin testigos, sin imágenes claras, sugería dos posibilidades.

O Sofía había sido llevada por alguien que conocía perfectamente los sistemas de seguridad del aeropuerto y sabía cómo evitar las cámaras o había ocurrido algo completamente accidental que nadie estaba considerando. Bravo propuso revisar todo desde cero. Sin confiar en las conclusiones preliminares de la PDI, el equipo de Grupo Féix comenzó su propia investigación paralela. Enviaron agentes encubiertos al aeropuerto para caminar exactamente la misma ruta que Sofía había tomado, cronometrando cada paso, identificando cada posible desviación. descubrieron algo que la PDI había pasado por alto.

El ángulo muerto donde Sofía desapareció tenía acceso directo a una puerta de servicio utilizada por personal de limpieza. Esa puerta conducía a un pasillo restringido que conectaba con las áreas operativas del aeropuerto, oficinas, depósitos, talleres de mantenimiento. La puerta debería haber estado cerrada con llave y accesible solo mediante tarjeta electrónica de empleados autorizados. Pero cuando los investigadores de Grupo Fénix la revisaron el 29 de julio, descubrieron que el mecanismo de cierre estaba defectuoso. La puerta podía abrirse simplemente empujándola con fuerza.

Bravo reportó este hallazgo inmediatamente a la PDI. Los detectives verificaron y confirmaron el defecto, revisaron los registros de acceso electrónico de esa puerta y descubrieron algo perturbador. El sistema de registro había estado funcionando mal durante semanas. No había registros confiables de quién había usado esa puerta en los días previos y posteriores a la desaparición de Sofía. Eso habría una posibilidad terrible. Alguien podría haber llevado a Sofía a través de esa puerta hacia las áreas restringidas del aeropuerto sin ser detectado por las cámaras.

La investigación tomó un giro nuevo. La PDI comenzó a interrogar a todo el personal que tenía acceso a las áreas restringidas del aeropuerto. Eso incluía empleados de limpieza, técnicos de mantenimiento, personal de seguridad, trabajadores de aerolíneas, empleados de tiendas y restaurantes. Eran más de 3,000 personas. Cada una debía ser entrevistada, verificada, descartada o investigada más a fondo. El proceso era monumental. Mientras tanto, Rodrigo Castillo aumentó la recompensa a 500 millones de pesos, más de 600,000. Comenzaron a llegar cientos de llamadas anónimas con supuestas pistas.

La mayoría eran falsas, bien intencionadas, pero inútiles, o directamente intentos de estafa. Cada una debía ser verificada. El 2 de agosto, 10 días después de la desaparición, apareció la primera pista concreta. Un empleado de limpieza llamado Jorge Pinto se presentó voluntariamente en las oficinas de la PDI. Estaba nervioso, sudaba copiosamente. Dijo que había recordado algo que tal vez era importante. El 23 de julio, aproximadamente a las 14:45, Jorge estaba limpiando los baños del área de llegadas internacionales cuando vio a un hombre salir apresuradamente de la puerta de servicio defectuosa, esa misma que conectaba con las áreas restringidas.

El hombre llevaba un uniforme de técnico de mantenimiento, gorra y lentes oscuros. Jorge no le dio importancia en ese momento porque era común ver técnicos transitando por esa zona. Pero lo que le llamó la atención retrospectivamente era que el hombre llevaba una mochila grande en la espalda y que caminaba de forma extraña, como si la mochila pesara mucho o contuviera algo delicado. Los investigadores mostraron a Jorge fotografías de todos los técnicos de mantenimiento que trabajaban en el aeropuerto ese día.

Jorge no pudo identificar con certeza a ninguno. Tampoco pudo dar una descripción facial detallada porque el hombre llevaba gorra baja y lentes oscuros, pero recordaba que era de estatura media, complexión delgada, piel clara, sin barba visible. Los investigadores obtuvieron los registros de todos los técnicos de mantenimiento que habían estado trabajando en el aeropuerto el 23 de julio. Eran 34 personas. Todos fueron interrogados nuevamente. Todos proporcionaron coartadas verificables. Ninguno coincidía perfectamente con la descripción vaga de Jorge. Eso planteó una posibilidad aún más inquietante.

Y si el hombre que Jorge vio no era realmente un empleado del aeropuerto y si alguien había falsificado un uniforme para poder moverse libremente por las áreas restringidas. La PDI solicitó a la empresa de seguridad del aeropuerto los registros de uniformes emitidos a empleados. Descubrieron que el control era laxo. Los uniformes no tenían chips de identificación. No había un sistema riguroso para verificar que cada persona con uniforme fuera realmente un empleado autorizado. Cualquiera con acceso a un uniforme podría haberse hecho pasar por técnico.

La investigación se complicaba cada vez más. Cada respuesta generaba tres preguntas nuevas. El 5 de agosto, casi dos semanas después de la desaparición, Carolina y Rodrigo aparecieron juntos en todos los canales de televisión nacional haciendo un llamado desesperado. Carolina, con los ojos rojos de tanto llorar, suplicó directamente a quien tuviera a su hija que la devolviera. Dijo que no importaba qué había pasado, que solo querían recuperar a Sofía sana y salva, que no habría represalias. Rodrigo pagar cualquier rescate, cualquier suma, sin preguntas, sin condiciones.

El llamado fue transmitido también en Argentina, Perú, Bolivia. Generó una ola masiva de solidaridad pública. Miles de personas salieron a las calles con carteles con la foto de Sofía. Se organizaron vigilias con velas frente al aeropuerto. Artistas, deportistas, políticos compartieron el llamado en redes sociales, pero pasaron los días y nadie se presentó exigiendo rescate. No hubo llamadas de extorsionadores, no hubo mensajes con pruebas de vida. El silencio era ensordecedor y aterrador. La ausencia de demanda de rescate descartaba la teoría más común en secuestros de hijos de millonarios.

Entonces, ¿qué había pasado? ¿Por qué alguien se llevaría a una niña sin pedir nada a cambio? Las teorías comenzaron a multiplicarse, cada una más oscura que la anterior. Tráfico de menores, redes de peder human trafficking, venganzas personales contra Rodrigo por negocios. incluso especulaciones sobre rituales satánicos. La PDI no descartaba ninguna línea de investigación. Mientras el caso de Sofía Castillo entraba en su tercera semana sin resolverse, Chile observaba con horror como los protocolos de seguridad más básicos se habían roto simultáneamente, permitiendo que una niña simplemente se esfumara.

A medida que la búsqueda de Sofía Castillo se extendía sin resultados, comenzaron a surgir preguntas incómodas sobre el papel que el dinero y la influencia de Rodrigo Castillo estaban jugando en la investigación. El 12 de agosto, 20 días después de la desaparición, un artículo publicado en el diario digital El mostrador planteó una interrogante que muchos susurraban, pero pocos se atrevían a formular públicamente. El poder económico de Rodrigo Castillo estaba ayudando a encontrar la verdad o estaba distorsionando la investigación.

El artículo firmado por la periodista investigativa Daniela Fuentes documentaba cómo Rodrigo había utilizado sus conexiones para acceder a información privilegiada, contratar equipos de investigación privada que trabajaban en paralelo a la PDI y ejercer presión sobre autoridades para priorizar el caso. Fuentes argumentaba que si bien era comprensible que un padre usara todos los recursos a su disposición para encontrar a su hija, existía el riesgo de que esa interferencia estuviera contaminando la cadena de evidencia, generando conflictos entre investigadores y potencialmente ahuyentando a testigos que podrían temer represalias de un hombre poderoso.

El artículo generó un debate nacional inmediato. Algunos defendieron el derecho de Rodrigo a hacer todo lo posible por su hija. Otros advirtieron sobre los peligros de permitir que dinero privado dirija investigaciones públicas. Rodrigo Castillo no respondió públicamente al artículo, pero en privado estaba furioso. En una reunión con sus abogados el 13 de agosto, expresó su frustración. Había ofrecido recompensas millonarias. Había contratado a los mejores investigadores privados de América Latina. Había movilizado contactos en tres países y después de tres semanas seguía sin saber dónde estaba su hija, de qué servía todo su dinero y su poder si no podía proteger a lo que más amaba.

Sus abogados le aconsejaron mantener un perfil más bajo, dejar que la PDI liderara públicamente la investigación para evitar acusaciones de interferencia. Rodrigo aceptó a regañadientes, pero en paralelo Grupo Fénix continuó trabajando intensamente. Marcelo Bravo había desplegado un equipo de 15 investigadores que estaban siguiendo líneas que la PDI había descartado o no tenía capacidad de perseguir. Una de esas líneas involucraba investigar detalladamente la vida personal y profesional de todos los empleados del aeropuerto que habían estado trabajando el 23 de julio.

Bravo operaba bajo una premisa simple. En el 90% de los casos de desaparición de menores, el responsable es alguien cercano, alguien con acceso, alguien que conoce las rutinas y los sistemas. Aplicando esa lógica al caso de Sofía, el universo de sospechosos se reducía a personas que trabajaban en el aeropuerto y que conocían sus puntos ciegos de seguridad. El equipo de Bravo comenzó a construir perfiles detallados. solicitaron antecedentes penales, historiales financieros, registros de redes sociales, todo lo que pudieran obtener legalmente y algunos datos que obtuvieron en zonas grises de la legalidad.

identificaron a 47 empleados del aeropuerto que tenían antecedentes penales previos, aunque ninguno relacionado con delitos contra menores. De esos 47 enfocaron la investigación en 12 que habían estado trabajando en turnos que les permitían estar en el área crítica entre las 14:30 y las 150 del 23 de julio. Uno de esos 12 era un empleado de limpieza llamado Cristian Mora. Cristian tenía 38 años. Trabajaba en el aeropuerto desde 2015. Vivía solo en una comuna periférica de Santiago llamada Puente Alto.

Sus antecedentes mostraban una condena en 2008 por robo con intimidación, por la cual había cumplido 2 años de cárcel. Desde su liberación en 2010 no había tenido problemas con la ley. Los investigadores de Grupo Fénix decidieron vigilarlo discretamente. Durante una semana siguieron sus movimientos. Cristian tenía rutinas regulares. Trabajaba de lunes a viernes en el aeropuerto. Regresaba a su casa alrededor de las 7 de la noche. Salía ocasionalmente los fines de semana a bares locales. Nada sospechoso. Pero el 19 de agosto algo llamó la atención de los investigadores.

Cristian salió de su casa un domingo por la tarde y condujo su vehículo, un Chevrolet Park viejo hacia el sur de Santiago. Lo siguieron manteniendo distancia. Cristian condujo durante casi una hora hasta llegar a una zona rural en las afueras de Buín, un área agrícola con casas dispersas y caminos de tierra. Se detuvo frente a una propiedad cercada, bajó del vehículo y entró llevando una bolsa de supermercado. Los investigadores de Grupo Fénix aparcaron a distancia y observaron con binoculares.

La propiedad era una casa pequeña de un piso, construcción antigua, con un patio amplio rodeado de árboles. No había señales de movimiento visible desde afuera. Cristian permaneció dentro durante aproximadamente 40 minutos. Cuando salió, ya no llevaba la bolsa. Subió a su vehículo y regresó a Santiago. Los investigadores tomaron nota de la dirección y decidieron investigarla. Una búsqueda en registros públicos mostró que la propiedad pertenecía a María Luisa Mora, de 67 años, madre de Cristian. Los investigadores reportaron el hallazgo a Bravo.

Él decidió que era suficientemente sospechoso como para notificarlo a la PDI. El 20 de agosto, detectives de la PDI solicitaron una orden judicial para registrar la propiedad en Buín. El juez autorizó la diligencia basándose en la información proporcionada por Grupo Fénix, aunque con advertencias sobre la delgada línea legal que estaban pisando. El 21 de agosto a las 6 de la mañana, un equipo de 12 detectives de la PDI acompañados por dos investigadores de Grupo Fénix como observadores, llegó a la propiedad en Buin.

Tocaron la puerta. María Luisa Mora abrió. Confundida y asustada, los detectives le mostraron la orden de registro y le explicaron que estaban investigando un caso de desaparición de una menor. María Luisa, una mujer pequeña con cabello gris recogido en un moño, negó saber nada sobre ninguna niña. Los detectives ingresaron y comenzaron a registrar la casa metódicamente. La casa tenía tres habitaciones pequeñas, una cocina, un baño y una sala comedor. Los detectives revisaron cada rincón: armarios, bajo las camas, depósitos.

En la cocina encontraron la bolsa de supermercado que Cristian había llevado el día anterior. Contenía alimentos no perecederos, algunas revistas y una muñeca nueva aún en su caja. María Luisa explicó que esos eran regalos que su hijo le había traído para ella y para su nieta. Los detectives preguntaron por la nieta. María Luisa dijo que era hija de su otra hija, que vivía en Rancagua y que venía a visitarla ocasionalmente. Nada de eso era sospechoso en sí mismo, pero los detectives no estaban convencidos.

Revisaron el patio trasero. Había un pequeño cobertizo de madera usado para guardar herramientas de jardín. Abrieron la puerta. Dentro había palas, rastrillos, bolsas de fertilizante. Movieron algunos objetos y notaron que una sección del piso de tierra parecía haber sido removida recientemente. La tierra estaba más suelta, de color diferente. Uno de los detectives sintió un escalofrío, pidió palas y comenzaron a cabar. A unos 30 cm de profundidad encontraron algo envuelto en plástico negro. El corazón de todos los presentes se aceleró.

Extrajeron cuidadosamente el paquete, lo desenvolvieron con manos temblorosas. No era un cuerpo, era ropa, ropa de niña, pantalones vaqueros, un suéter azul marino, una mochila rosa con estampado de unicornios. El tiempo se detuvo. Los detectives se miraron entre sí. Esa era la ropa que Sofía Castillo llevaba el día de su desaparición. Estaba sucia, con manchas de tierra, pero era inconfundible. María Luisa fue arrestada inmediatamente. Cristian Mora fue localizado en su trabajo en el aeropuerto y también arrestado.

Ambos fueron trasladados a las dependencias centrales de la PDI para interrogatorio. La noticia del hallazgo se filtró rápidamente a la prensa. A las 11 de la mañana del 21 de agosto, todos los canales de televisión interrumpieron su programación regular para reportar que se había encontrado la ropa de Sofía Castillo enterrada en una propiedad rural y que dos personas habían sido detenidas. Rodrigo y Carolina fueron notificados de inmediato. Llegaron corriendo a las oficinas de la PDI. El director nacional, Héctor Espinoa, los recibió personalmente.

Les mostró fotografías de la ropa recuperada. Carolina identificó cada prenda con absoluta certeza. Era la ropa de su hija. Rodrigo preguntó con voz quebrada, “¿Dónde está Sofía? ¿Qué le hicieron?” Espinoza no tenía respuesta. Cristian Mora estaba siendo interrogado en ese mismo momento, pero hasta ahora se negaba a hablar sin presencia de un abogado. El interrogatorio de Cristian Mora duró 7 horas. Su abogado defensor, un funcionario de la Defensoría Penal Pública, le aconsejó no declarar. Pero los investigadores tenían evidencia suficiente para retenerlo.

La ropa de Sofía había sido encontrada en propiedad de su madre. Él había visitado esa propiedad recientemente. Tenía acceso a las áreas del aeropuerto donde Sofía desapareció. Conocía los horarios y las rutas. La presión era inmensa. Cristian, visiblemente nervioso, sudando, con las manos temblando, finalmente pidió hablar. Lo que dijo dejó a todos estupefactos. Admitió que había tomado la ropa de Sofía, pero insistió en que no había secuestrado a la niña. Explicó que el 23 de julio, alrededor de las 14:50 estaba limpiando un baño en el área de llegadas cuando escuchó un golpe fuerte proveniente de uno de los cubículos cerrados.

Fue a verificar. Encontró la puerta del cubículo atascada desde adentro. forzó la puerta y dentro encontró a una niña inconsciente en el piso. Era Sofía. Había restos de vómito alrededor de ella. Cristian entró en pánico. Su primera reacción no fue llamar a emergencias, sino huir de la situación, porque, según dijo, tenía antecedentes penales y sabía que cualquier cosa mala que pasara lo culparían a él primero. Pero al ver que la niña no respondía, sintió que no podía simplemente dejarla allí.

decidió sacarla del baño para llevarla a algún lugar donde pudiera recibir ayuda sin que él fuera involucrado. La versión de Cristian era casi imposible de creer. Los detectives lo presionaron. ¿Cómo había sacado a una niña del baño sin que nadie lo viera? Cristian explicó que usó la puerta de servicio defectuosa. Puso a Sofía dentro de un carrito de limpieza, la cubrió con toallas y la transportó a través de los pasillos restringidos hasta un área de carga donde había estacionado su vehículo personal para cargar suministros de limpieza que había comprado con su dinero.

La puso en el asiento trasero de su Chevrolet Spark, la cubrió con una manta y condujo fuera del aeropuerto. Todo eso en medio del caos de la búsqueda que ya había comenzado. Los detectives preguntaron, “¿Y luego qué hiciste con ella?” Cristian bajó la mirada. Dijo que condujo sin rumbo fijo durante casi una hora, completamente aterrado, sin saber qué hacer. Finalmente decidió llevarla a la casa de su madre en Win porque no sabía a quién más recurrir. Al llegar, Sofía seguía inconsciente.

Su madre lo ayudó a llevarla dentro de la casa y la pusieron en una cama. Intentaron despertarla, no respondía. María Luisa, que había trabajado como enfermera auxiliar en su juventud, verificó el pulso de la niña. No había pulso. Sofía Castillo estaba muerta. El interrogatorio se detuvo abruptamente. Los detectives salieron de la sala. Héctor Espinoza fue informado de inmediato. Él personalmente tuvo que entrar a la sala donde Rodrigo y Carolina esperaban y decirles las palabras que ningún padre debería escuchar jamás.

Creemos que su hija falleció el mismo día de su desaparición. El sospechoso alega que la encontró ya sin vida. Carolina gritó. Rodrigo golpeó la mesa con tal fuerza que se le abrió la piel de los nudillos. Espinoza continuó explicando que aún estaban verificando la versión de Cristian, que necesitaban encontrar el cuerpo para confirmar causa de muerte, que todo esto era preliminar, pero la devastación en el rostro de los padres era absoluta. Rodrigo, con voz apenas audible, preguntó, “¿Dónde está su cuerpo?

Los detectives volvieron a interrogar a Cristian. Él dijo que él y su madre entraron en pánico total. No sabían qué hacer. Temían ser acusados de asesinato. Decidieron esconder el cuerpo. Lo envolvieron en plástico y lo enterraron en el patio trasero, en una zona boscosa detrás del cobertizo. La ropa la enterraron por separado en el cobertizo para poder deshacerse de ella después. Cristian lloró mientras confesaba. Repetía una y otra vez que él no había matado a la niña, que solo intentaba ayudarla, que todo salió terriblemente mal.

El 22 de agosto a las 7 de la mañana, un equipo forense de la PDI llegó a la propiedad en Wiin, acompañado de excavadoras. acordonaron toda el área, comenzaron a excavar en la zona que Cristian había indicado. A las 10:34 de la mañana encontraron restos humanos enterrados a aproximadamente 1, y5 de profundidad. Estaban envueltos en plástico negro, exactamente como Cristian había descrito. Los restos fueron extraídos con extremo cuidado y transportados inmediatamente al servicio médico legal para autopsia.

El director del SML, Dr. Patricio Bustos, asignó a su equipo más experimentado para realizar el procedimiento. La autopsia comenzó esa misma tarde. Los resultados preliminares estuvieron disponibles 24 horas después. Confirmaron que los restos eran de una niña de aproximadamente 8 años. La identificación definitiva mediante ADN tomaría algunos días más, pero las características físicas coincidían con Sofía Castillo. En cuanto a la causa de muerte, el Dr. Bustos encontró evidencia de asfixia por aspiración. El análisis del contenido estomacal y de los tejidos pulmonares sugería que Sofía había vomitado y aspirado el contenido hacia sus pulmones, provocando obstrucción de las vías respiratorias y muerte por asfixia.

No había señales de violencia física, trauma craneal, abuso sexual, ni uso de sustancias tóxicas. La conclusión preliminar era que Sofía había sufrido lo que médicamente se conoce como síndrome de muerte súbita por aspiración, probablemente desencadenado por una reacción alérgica severa o una condición médica preexistente no diagnosticada. El informe forense planteó más preguntas. ¿Por qué Sofía había vomitado súbitamente? Los investigadores revisaron todo lo que había comido ese día. En el avión le habían servido un snack estándar de la Tam, un sándwich de jamón y queso, jugo de manzana y galletas.

Su madre confirmó que Sofía no tenía alergias alimentarias conocidas. Entonces, ¿qué había causado la reacción? El Dr. Bustos sugirió que era posible que Sofía tuviera una condición cardíaca no diagnosticada que provocó un episodio de arritmia, lo cual podría haber causado náuseas, vómito y, finalmente, la asfixia. Para verificar eso, solicitó acceso al historial médico completo de Sofía. Carolina proporcionó todos los registros que tenía. mostraban que Sofía había sido una niña generalmente sana, con chequeos regulares, vacunas al día, sin enfermedades crónicas conocidas.

Pero en una nota médica de 2016, un pediatra había mencionado detectar un soplo cardíaco leve durante un examen de rutina. Había recomendado un seguimiento con cardiólogo pediátrico, pero según los registros ese seguimiento nunca se realizó. Carolina no recordaba esa recomendación específica. Probablemente se había perdido entre la agitación del divorcio y la mudanza argentina. Esa omisión, esa simple consulta médica que nunca se realizó potencialmente había costado la vida de Sofía. La confirmación de ADN llegó el 25 de agosto.

Los restos encontrados en Buin eran definitivamente de Sofía Castillo. Rodrigo y Carolina recibieron la noticia juntos, sostenidos por familiares y psicólogos. La pesadilla de no saber había terminado, pero había sido reemplazada por una realidad aún más dolorosa. Su hija había muerto sola en un baño de aeropuerto y en lugar de recibir ayuda inmediata, que tal vez podría haberla salvado, había sido escondida por un hombre aterrado que priorizó protegerse a sí mismo sobre salvar una vida. Cristian Mora y su madre María Luisa fueron formalmente acusados.

Los cargos contra Cristian incluían homicidio en grado de abandono, ocultamiento de cadáver y obstrucción a la justicia. María Luisa fue acusada de complicidad en ocultamiento de cadáver. El juicio comenzó en marzo de 2019. La defensa de Cristian argumentó que él no había causado la muerte de Sofía, que había actuado en pánico, pero sin intención criminal, que merecía condena por sus acciones posteriores, pero no por homicidio. La fiscalía argumentó que al no llamar inmediatamente a emergencias cuando encontró a Sofía, Cristian eliminó cualquier posibilidad de que la niña sobreviviera y que eso constituía homicidio por omisión.

El juicio se extendió durante 4 meses. En julio de 2019, el tribunal dictó sentencia. Cristian Mora fue condenado a 15 años de prisión por homicidio simple, con atenuantes de no premeditación y por ocultamiento de cadáver. María Luisa Mora recibió 3 años de libertad vigilada como cómplice, pero las condenas no trajeron paz. La muerte de Sofía Castillo desató una investigación paralela sobre las fallas sistémicas que habían permitido que una niña muriera en un aeropuerto sin que nadie la ayudara a tiempo.

El Ministerio de Transportes formó una comisión investigadora compuesta por expertos en seguridad aeroportuaria, médicos de emergencia, especialistas en protocolos de atención a menores y auditores independientes. La comisión tenía un mandato claro, identificar cada punto de falla, cada decisión equivocada, cada protocolo ignorado que contribuyó a la tragedia. El informe final publicado en noviembre de 2019 fue devastador. Identificó un total de 17 fallas críticas que, actuando en conjunto crearon las condiciones para que Sofía muriera y su cuerpo fuera ocultado sin que nadie reaccionara a tiempo.

La primera falla era la más obvia, el ángulo muerto en las cámaras de seguridad. A pesar de que una auditoría de 2016 había identificado ese punto ciego y recomendado instalar cámaras adicionales, la recomendación nunca se implementó. La comisión descubrió que el consorcio privado que operaba el aeropuerto había decidido posponer esa inversión para priorizar otras mejoras que generaban mayor retorno económico, como ampliación de tiendas y restaurantes. La supervisión gubernamental tampoco había exigido cumplimiento. Esa falla permitió que Sofía desapareciera de la vista de las cámaras en el momento crítico.

Segunda falla involucraba la puerta de servicio defectuosa. El mecanismo de cierre había estado roto durante semanas, según testimonios de empleados de limpieza que usaban esa puerta regularmente. Habían reportado verbalmente el problema a sus supervisores, pero nunca se generó una orden de trabajo formal para repararlo. El sistema de mantenimiento preventivo del aeropuerto había fallado completamente. Esa puerta sin seguro permitió a Cristian Mora sacar a Sofía del área pública sin ser detectado. La tercera falla era aún más preocupante, la ausencia de protocolos claros para respuesta ante emergencias médicas en el área de llegadas.

El aeropuerto tenía personal para médico de guardia, pero estaban ubicados en una zona diferente del terminal. No había comunicación directa entre los baños del área de llegadas y el personal médico. Si Sofía hubiera podido activar algún botón de emergencia o si alguien la hubiera encontrado y llamado inmediatamente a emergencias, habría existido una posibilidad razonable de salvarla. Pero esa cadena de respuesta nunca se activó. La cuarta falla involucraba los protocolos de la Tam para menores no acompañados. La azafata Patricia Valdés había seguido los procedimientos establecidos hasta el punto en que Sofía cruzó el control migratorio, pero el protocolo no especificaba claramente qué debía hacer si un menor desaparecía de su vista.

Después de ese punto, Patricia esperó 3 minutos antes de alertar a su supervisor. Tiempo crítico que se perdió. El protocolo debería haber exigido alerta inmediata. La quinta falla era sistémica en el personal de seguridad del aeropuerto. Cuando Patricia Valdés reportó que Sofía no estaba localizada, los primeros agentes de seguridad que respondieron no activaron inmediatamente el protocolo de emergencia para menor perdido. En cambio, asumieron que probablemente estaba en un baño o se había adelantado y perdieron 8 minutos valiosos en una búsqueda informal antes de escalar el asunto.

Esos 8 minutos fueron cruciales. Si hubieran revisado sistemáticamente todos los baños de inmediato, podrían haber encontrado a Sofía cuando todavía había posibilidad de reanimarla. La sexta falla involucraba la cultura organizacional del aeropuerto. Varios empleados entrevistados por la comisión admitieron que había una cultura de no hacer olas, donde reportar problemas formalmente podía resultar en represalias o ser ignorado. explicaba por qué la puerta rota nunca se reparó, por qué empleados como Cristian Mora preferían resolver problemas por su cuenta en lugar de involucrar a autoridades.

Esa cultura tóxica había sido cultivada durante años sin que nadie la cuestionara. La séptima falla era la capacitación deficiente del personal. Cristian Mora, según su propio testimonio, entró en pánico al encontrar a Sofía inconsciente porque no tenía entrenamiento en primeros auxilios y no sabía cómo reaccionar ante una emergencia médica. Si hubiera recibido capacitación básica en RCP o manejo de emergencias, tal vez habría actuado diferente. Pero la empresa que proveía servicios de limpieza al aeropuerto no exigía ese entrenamiento a sus empleados.

La octava falla identificada por la comisión involucraba los sistemas de control de acceso. Cualquier persona con un uniforme que pareciera oficial podía moverse por las áreas restringidas del aeropuerto sin verificación rigurosa. No había torniquetes con lectura de tarjetas de acceso en todas las puertas. No había verificación biométrica. El sistema confiaba demasiado en reconocimiento visual por parte de guardias de seguridad que procesaban miles de empleados diariamente y no podían memorizar todos los rostros. Esa falla permitió que Cristian moviera a Sofía a través de áreas restringidas sin levantar sospechas.

La novena falla era la coordinación deficiente entre diferentes agencias. Cuando se reportó la desaparición de Sofía, la PDI, Carabineros, la seguridad privada del aeropuerto y el personal de la Tam respondieron, pero no había un comando unificado claro. Cada agencia seguía sus propios protocolos sin coordinación efectiva. Eso resultó en duplicación de esfuerzos en algunas áreas y vacíos en otras. La décima falla involucraba la comunicación con los padres. Rodrigo Castillo esperó más de media hora en la zona pública sin recibir información oficial sobre qué estaba pasando.

Esa demora no solo causó angustia innecesaria, sino que también perdió tiempo valioso en el que Rodrigo podría haber movilizado recursos adicionales. Las fallas continuaban. La comisión identificó problemas en los sistemas informáticos que no permitían rastrear en tiempo real la ubicación de menores no acompañados una vez que cruzaban el control migratorio. Identificó deficiencias en los contratos con empresas subcontratistas de limpieza que no incluían verificación rigurosa de antecedentes de empleados ni requisitos de capacitación mínima. identificó ausencia de auditorías de seguridad independientes que deberían realizarse anualmente, pero que en la práctica se hacían cada tres o 4 años.

Identificó presiones económicas del modelo de concesión privada que priorizaba rentabilidad sobre seguridad. Cada falla analizada individualmente parecía menor, pero en conjunto crearon un sistema frágil donde una cadena de eventos improbables podía resultar en tragedia. El informe de la comisión concluyó con 34 recomendaciones específicas para evitar que algo así volviera a suceder. Incluían instalación de cámaras adicionales para eliminar todos los ángulos muertos, implementación de sistemas de rastreo electrónico para menores no acompañados. Capacitación obligatoria en primeros auxilios para todo el personal que trabaja en áreas públicas del aeropuerto, botones de emergencia en todos los baños, protocolos unificados de respuesta ante emergencias, auditorías de seguridad semestrales independientes y sanciones severas.

para empresas concesionarias que no cumplieran estándares mínimos de seguridad. El informe fue presentado públicamente en una conferencia de prensa el 15 de noviembre de 2019. El ministro de Transportes, Juan Pablo Echeverría, admitió que el Estado chileno había fallado en su responsabilidad de garantizar la seguridad en infraestructura crítica. anunció que todas las 34 recomendaciones serían implementadas en un plazo máximo de 18 meses con un presupuesto asignado de 15,000000. También anunció que el contrato de concesión del aeropuerto sería revisado y que se impondrían multas millonarias a la empresa operadora por las negligencias identificadas.

Rodrigo y Carolina estuvieron presentes en esa conferencia. No hablaron públicamente, pero al final Rodrigo leyó un breve comunicado. Ninguna cantidad de recomendaciones devolverá a mi hija. Pero si estas medidas evitan que otra familia pase por lo que nosotros pasamos, entonces al menos la muerte de Sofía no habrá sido completamente en vano. Exigimos que estas recomendaciones no queden en papel, que se implementen de verdad, que alguien rinda cuentas. El caso de Sofía Castillo se convirtió en un catalizador para reformas en seguridad aeroportuaria, no solo en Chile, sino en toda América Latina.

Aeropuertos en Argentina, Perú, Colombia y Brasil revisaron sus propios protocolos después de estudiar lo que había pasado en Santiago. Se implementaron estándares regionales para manejo de menores no acompañados. Se crearon sistemas de alerta temprana compartidos entre países, pero más allá de las reformas técnicas, el caso expuso algo más profundo, la fragilidad de sistemas complejos que dependen de múltiples actores coordinándose perfectamente. Un aeropuerto moderno es una máquina increíblemente complicada donde aerolíneas privadas, empresas de seguridad, autoridades gubernamentales, concesionarios comerciales y miles de empleados deben trabajar en sincronía.

Cuando esa sincronía se rompe, las consecuencias pueden ser catastrafficking. El dinero de Rodrigo Castillo, a pesar de ser inmenso, no pudo comprar respuestas instantáneas ni forzar a un sistema burocrático a moverse más rápido de lo que sus estructuras permitían. En las semanas posteriores a la publicación del informe de la comisión, periodistas investigativos comenzaron a profundizar en el rol que la influencia de Rodrigo había jugado. descubrieron que había ejercido presión sobre políticos para que priorizaran el caso, que había ofrecido financiamiento privado para investigaciones que el Estado no podía costear, que había usado contactos para acceder a información que normalmente no estaría disponible para civiles.

Algunas de esas acciones aceleraron la investigación, otras potencialmente la complicaron. El funeral de Sofía Castillo se realizó el 30 de agosto de 2018 en el Parque del Recuerdo en Santiago. Existieron más de 1000 personas, familiares, amigos, compañeros de colegio de Argentina, empleados de las empresas de Rodrigo, autoridades gubernamentales, periodistas, ciudadanos anónimos que habían seguido el caso y sentían la necesidad de acompañar a los padres en su dolor. El ataúd blanco de Sofía, cubierto de flores rosadas y blancas, fue bajado a la tierra mientras Carolina y Rodrigo lloraban abrazados, sostenidos por familiares de ambos lados.

El sacerdote que ofició la ceremonia habló sobre la inocencia perdida, sobre la fragilidad de la vida, sobre la responsabilidad colectiva de proteger a los más vulnerables. Pero ninguna palabra podía aliviar el abismo de dolor que los padres sentían. Después del funeral, Rodrigo y Carolina regresaron juntos al apartamento de Rodrigo en Las Condes. Por primera vez desde el divorcio pasaron tiempo prolongado en el mismo espacio. Conversaron durante horas compartiendo memorias de Sofía, llorando, abrazándose en silencio. Carolina le mostró a Rodrigo videos en su teléfono que había grabado de Sofía durante el último mes.

Sofía dibujando en su habitación. Sofía cantando una canción de Disney. Sofía riendo mientras jugaba con el perro de una vecina. Rodrigo no podía dejar de llorar. Se culpaba por no haber estado más presente en la vida de su hija, por haber permitido que el divorcio y la distancia física lo separaran, por no haber insistido en ese seguimiento cardiológico que tal vez hubiera detectado el problema a tiempo. Carolina también cargaba culpa. se culpaba por no haber revisado más cuidadosamente el historial médico de Sofía, por haber dejado que esa recomendación de ver a un cardiólogo se perdiera entre las mil cosas que una madre soltera tenía que manejar.

Se culpaba por haber permitido que Sofía viajara sola tantas veces, confiando en que los protocolos aeroportuarios garantizarían su seguridad. Se culpaba por no haber estado allí cuando su hija más la necesitaba. Los psicólogos que atendían a ambos les explicaron que la culpa era una respuesta natural ante pérdidas traumáticas, pero que objetivamente ninguno de ellos había causado la muerte de Sofía. Fue una convergencia de factores, una condición médica no diagnosticada, una reacción fisiológica impredecible, un empleado de limpieza que tomó decisiones catastróficamente equivocadas y un sistema lleno de agujeros que permitió que todo saliera mal simultáneamente.

Pero entender eso intelectualmente no aliviaba el dolor emocional. Durante los meses siguientes, tanto Rodrigo como Carolina tuvieron que reconstruir sus vidas alrededor de un vacío imposible de llenar. Carolina regresó a Buenos Aires, pero no pudo seguir viviendo en el apartamento donde había criado a Sofía. Los recuerdos eran demasiado dolorosos. se mudó a un barrio diferente e intentó volver a su trabajo como arquitecta, pero descubrió que no podía concentrarse. Cada proyecto de diseño le recordaba habitaciones que nunca diseñaría para su hija.

Tomó licencia médica por 6 meses. Rodrigo canalizó su dolor de manera diferente. Se sumergió en trabajo y en activismo. creó la Fundación Sofía Castillo con un fondo inicial de 5 millones de dólares dedicado a mejorar seguridad aeroportuaria para menores en toda América Latina. La fundación trabajaba con aeropuertos, aerolíneas y gobiernos para implementar mejores protocolos. Financiaba investigación sobre sistemas de rastreo para menores no acompañados y ofrecía becas a familias de bajos recursos. para que pudieran pagar servicios de acompañamiento de menores en vuelos.

Rodrigo también se convirtió en un vocero público sobre la importancia de chequeos médicos preventivos para niños. Financió campañas de concientización sobre problemas cardíacos pediátricos no diagnosticados. Patrocinó programas de capacitación en primeros auxilios y RCP para trabajadores de servicio en aeropuertos. estaciones de tren, centros comerciales, cualquier lugar donde una emergencia médica pudiera ocurrir y donde personal capacitado podría marcar la diferencia entre vida y muerte. El activismo de Rodrigo le daba un sentido de propósito, una forma de canalizar su dolor hacia algo constructivo, pero en privado seguía destrozado.

Desarrolló insomnio crónico. Perdió más de 20 kg en 6 meses. Sus amigos cercanos estaban preocupados por su salud mental. Le insistieron en que buscara ayuda profesional. finalmente accedió y comenzó terapia intensiva. En marzo de 2019, durante el juicio contra Cristian Mora, Rodrigo y Carolina tuvieron que enfrentar cara a cara al hombre cuyas decisiones habían sellado el destino de su hija. Cristian declaró en el estrado con voz quebrada, llorando, insistiendo en que nunca quiso dañar a Sofía, que actuó por pánico y no por malicia, que reviviría ese día mil veces diferentes si pudiera.

Su abogado defensor presentó evidencia de que Cristian sufría de trastorno de ansiedad crónico no tratado, que provenía de un entorno de pobreza, donde había aprendido a desconfiar de las autoridades, que sus antecedentes penales habían sido por delitos menores cometidos cuando era joven y desesperado. Argumentó que Cristian merecía compasión, no solo castigo. La fiscalía contraargumentó que, independientemente de las circunstancias personales de Cristian, sus acciones habían resultado en la muerte de una niña inocente. Al no llamar inmediatamente a emergencias, al esconder el cuerpo, al mentir durante semanas, mientras una familia entera sufría sin saber qué había pasado con su hija, Cristian había cruzado líneas que no podían ser justificadas por pánico o ansiedad.

Cuando llegó el momento de que los padres de Sofía hablaran ante el tribunal, Carolina habló primero. Con voz temblorosa, pero clara, dijo, “No puedo perdonar lo que hiciste. Robaste los últimos momentos de vida de mi hija. Robaste la posibilidad de que recibiera ayuda. Robaste semanas de mi vida donde podría haber comenzado a sanar si al menos hubiera sabido la verdad. Pero tampoco puedo odiarte completamente porque veo que también estás destruido y eso no me da satisfacción. Solo me hace sentir que todo esto fue una tragedia que destruyó múltiples vidas.

Rodrigo habló después. Su declaración fue más larga y más furiosa. Detalló cada día de esas cuatro semanas de búsqueda desesperada cada vez que había mirado su teléfono esperando noticias. cada noche sin dormir imaginando los peores escenarios, describió el dolor de ver el cuerpo de su hija exumado de un patio trasero envuelto en plástico como basura desechable. Miró directamente a Cristian y le dijo, “Tú decidiste que proteger tu pellejo era más importante que salvar la vida de mi hija.

Esa decisión te perseguirá por el resto de tu vida, esté donde esté.” Y espero que cada día de esos 15 años que pasarás en prisión recuerdes su rostro. El tribunal escuchó ambas declaraciones en silencio. Cuando llegó el momento del veredicto final, el juez reconoció la complejidad del caso, pero concluyó que Cristian Mora había tenido múltiples oportunidades de tomar decisiones diferentes y había fallado en todas ellas. La sentencia de 15 años fue confirmada. Cristian fue trasladado a la cárcel de Colina I para cumplir su condena.

Su madre, María Luisa, cumplió su sentencia de libertad vigilada y luego se mudó a una ciudad del sur para escapar de la atención mediática. nunca volvió a hablar públicamente sobre el caso. Después del juicio, Rodrigo y Carolina tuvieron una conversación profunda sobre su futuro. Ambos reconocieron que la muerte de Sofía los había cambiado fundamentalmente. Ya no eran las mismas personas que se habían casado en 2007, que se habían divorciado en 2016, que habían peleado por custodia y visitación.

eran dos sobrevivientes de una tragedia compartida. Decidieron intentar reconstruir una relación no necesariamente romántica, pero sí de apoyo mutuo, genuino. Comenzaron a reunirse regularmente, a compartir memorias de Sofía, a trabajar juntos en proyectos de la fundación. Con el tiempo desarrollaron una amistad profunda basada en comprensión mutua de un dolor que nadie más podía entender completamente. En 2021, 3 años después de la muerte de Sofía, inauguraron el centro Sofía Castillo en Santiago, un espacio dedicado a capacitación en seguridad aeroportuaria y atención de emergencias para menores.

El centro ofrece cursos gratuitos a empleados de aeropuertos, enseña protocolos de respuesta ante emergencias médicas, simula escenarios de crisis y evalúa sistemas de seguridad. Hasta 2025, más de 2,000 empleados de aeropuertos en Chile, Argentina, Perú y Colombia se han capacitado en el centro Sofía Castillo. Las reformas implementadas en el aeropuerto Arturo Merino Benítez, después del caso de Sofía, se convirtieron en modelo para otros aeropuertos de la región. Los ángulos muertos fueron eliminados mediante instalación de 43 cámaras adicionales.

Se implementó un sistema de rastreo electrónico obligatorio para todos los menores no acompañados, que permite a las aerolíneas y a los padres ver en tiempo real dónde está el menor dentro del aeropuerto. Se instalaron botones de emergencia en todos los baños conectados directamente con el Centro de Seguridad y Servicios Médicos. Se capacitó a todo el personal en primeros auxilios básicos. Se crearon protocolos unificados de respuesta ante emergencias que todos los actores dentro del aeropuerto deben seguir. Se implementaron auditorías de seguridad semestrales independientes con resultados públicos.

El legado de Sofía Castillo es complejo y doloroso. Por un lado, su muerte expuso fallas sistémicas que habían existido durante años y que potencialmente ponían en riesgo a miles de menores que viajaban solos. Las reformas implementadas después de su caso probablemente han salvado vidas, aunque nunca sabremos exactamente cuántas. Por otro lado, ninguna reforma puede devolverle la vida a Sofía. ni aliviar el dolor de quienes la amaban. En 2024, 6 años después de la tragedia, Rodrigo dio una entrevista para un documental que estaba siendo producido sobre el caso.

Con 48 años, visiblemente envejecido por el dolor, pero también mostrando una serenidad que no tenía antes, reflexionó sobre lo que había aprendido. Pasé la primera mitad de mi vida creyendo que el dinero podía resolver cualquier problema. Construí un imperio, acumulé riqueza, cultivé influencia y luego perdí a mi hija y descubrí que todo ese poder era completamente inútil para lo único que realmente importaba. No pude comprar una segunda oportunidad para Sofía. No pude forzar al tiempo a retroceder.

No pude sobornar a la muerte. Lo único que pude hacer fue intentar que su muerte significara algo que resultara en cambios que protegieran a otros niños. Eso no me da paz, pero me da propósito. Carolina también reflexionó sobre el caso en la misma entrevista. Como madre vives con el terror constante de que algo malo le pase a tu hijo. Haces todo lo posible para protegerlos, los alimentas bien, los llevas al médico, les enseñas a cruzar la calle, a no hablar con extraños, pero nunca imaginas que el peligro vendrá de algo tan mundano como un problema cardíaco no diagnosticado y una serie de decisiones terribles tomadas por un hombre aterrado.

He tenido que aprender a vivir con eso. He tenido que perdonarme a mí misma por no haber insistido en ese seguimiento con el cardiólogo. He tenido que aceptar que hice lo mejor que pude con la información que tenía en ese momento y he tenido que encontrar una manera de seguir viviendo a pesar del agujero permanente que la ausencia de Sofía dejó en mi corazón. El caso de Sofía Castillo planteó preguntas fundamentales sobre sistemas complejos. responsabilidad colectiva y los límites del poder individual.

¿Quién fue realmente responsable de su muerte? El empleado de limpieza que tomó decisiones catastróficamente malas. ¿Los administradores del aeropuerto que no repararon una puerta ni instalaron cámaras recomendadas? ¿Los supervisores que no exigieron cumplimiento de protocolos? el sistema de salud que no detectó su problema cardíaco, sus padres que no insistieron en seguimiento médico. La respuesta incómoda es que todos esos factores contribuyeron. La tragedia fue el resultado de múltiples fallas pequeñas que se alinearon en el momento exacto. En cuanto a si el dinero de Rodrigo ayudó a encontrar la verdad o ayudó a esconderla, la respuesta es matizada.

Su influencia aceleró partes de la investigación, permitió movilizar recursos que el Estado no tenía, presionó a autoridades para que tomaran el caso seriamente, pero también generó tensiones, complicó líneas de mando y planteó preguntas éticas sobre acceso desigual a justicia. Una familia sin recursos similares habría obtenido el mismo nivel de atención de parte del Estado. Probablemente no. Esa inequidad sistémica es parte de la realidad en Chile y en gran parte de América Latina. El caso Sofía Castillo la expuso claramente, pero no la resolvió.

Hoy el nombre de Sofía está en placas conmemorativas en el aeropuerto Arturo Merino Benítez en el centro de capacitación que lleva su nombre en protocolos de seguridad implementados en aeropuertos de cinco países. su fotografía. Esa niña de 8 años con sonrisa radiante y mochila rosa con unicornios, sigue siendo recordada por miles de personas que nunca la conocieron en vida, pero que fueron tocadas por su historia. Cada año, el 23 de julio, Carolina y Rodrigo se reúnen en el parque del Recuerdo frente a la tumba de su hija.

Llevan flores rosadas y blancas. Pasan horas allí. hablando con Sofía como si pudiera escucharlos, contándole sobre los cambios que su legado ha generado, pidiéndole perdón por no haberla podido proteger, prometiéndole que nunca será olvidada.