El calor de mayo en Cuernavaca era denso, casi palpable. Las jacarandas habían comenzado a soltar sus flores moradas sobre las banquetas del centro, creando alfombras efímeras que se marchitaban bajo el sol implacable de la tarde. Era jueves 23 de mayo de 2019 y las calles bullían con ese ritmo característico de la ciudad.
vendedores ambulantes pregonando elotes y esquites, el tráfico congestionado de siempre, el olor a tortillas recién hechas, mezclándose con el escape de los camiones. Valeria Ochoa tenía 19 años y estudiaba diseño gráfico en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Ese jueves había quedado de verse con su mejor amiga Sofía Rentería, en el jardín Borda, para trabajar juntas en un proyecto final que entregarían la siguiente semana.
Valeria llegó puntual a las 3 de la tarde con su mochila negra de lona colgada al hombro, el cabello castaño recogido en una coleta despeinada y sus lentes de sol cubriéndole los ojos verdes que heredó de su abuela paterna.
Ahora continuemos. Sofía la esperaba bajo la sombra de un fresno con dos aguas frescas de Jamaica que había comprado en el puesto de la esquina. Se abrazaron como siempre con ese afecto genuino de dos personas que se conocían desde la secundaria. Cuando ambas formaban parte del coro de la escuela enutepec, trabajaron durante casi 3 horas sus laptops conectadas al wifi público del jardín, discutiendo paletas de colores y tipografías, mientras el sol descendía lentamente hacia el horizonte.
A las 6:15 de la tarde, cuando el cielo comenzaba a teñirse de naranja y rosa, Valeria miró su celular y suspiró. tenía que regresar a casa. Vivía con sus padres y su hermano menor en la colonia Chapultepec, a unos 20 minutos en autobús desde el centro. Su madre, Patricia era enfermera en el hospital general y ese día tenía turno nocturno, pero había dejado preparada la cena y Valeria había prometido cuidar de su hermano Mateo de 13 años hasta que su padre llegara del trabajo.

“Ya me tengo que ir, Sofi”, dijo Valeria mientras guardaba su laptop en la mochila. “Mi mamá me va a matar si no llego antes de que se vaya al hospital.” Sofía también comenzó a recoger sus cosas. vivía en la colonia Lomas de la Selva, en la zona norte de la ciudad, y su novio pasaría por ella en su coche en unos minutos.
Caminaron juntas hasta la parada de autobuses en la avenida Morelos, cerca del Palacio de Cortés. El tráfico vespertino había comenzado a intensificarse y una fila de personas esperaba bajo el letrero oxidado de la parada. ¿Segura que no quieres que te llevemos?”, ofreció Sofía. Rodrigo no tarda en llegar y la Chapultepec no nos queda tan de camino.
“No te preocupes, respondió Valeria sonriendo. El camión pasa cada 10 minutos. Además, tu novio odia el tráfico y yo sé que quieres llegar temprano a tu casa.” Sofía la conocía bien. Valeria siempre había sido independiente, responsable, incluso un poco obstinada. Nunca le gustaba ser una carga para nadie.
Era la típica hija mayor que asumía responsabilidades sin que nadie se lo pidiera, que cuidaba de su hermano como si fuera su propia madre, que ayudaba económicamente en casa con trabajos freelance de diseño que conseguía por internet. El autobús Ruta 12, con destino hacia el norte de la ciudad apareció en la esquina pintado de verde y blanco, escupiendo humo negro por el escape.
Tenía las ventanas abiertas y dentro se veían los asientos gastados de vinil azul, ocupados a medias por pasajeros que regresaban del trabajo. Valeria abrazó a Sofía rápidamente. “Nos vemos mañana en la U”, dijo mientras subía al autobús. Y no olvides mandarme los archivos que editaste. Ya te los mandé por WhatsApp”, gritó Sofía mientras el autobús cerraba sus puertas con un chirrido metálico.
Esa fue la última vez que Sofía vio a su amiga. Valeria encontró un asiento junto a la ventana en la parte media del autobús. Sacó su celular y comenzó a revisar sus redes sociales mientras el vehículo avanzaba lentamente entre el tráfico. publicó una historia en Instagram, una foto de su mano sosteniendo el agua de Jamaica con el jardín borda de fondo con el texto jueves productivo con la mejor.
Era las 6:27 de la tarde. Esa sería su última publicación. El autobús tomó su ruta habitual. Avenida Morelos hacia el norte. Luego plan de Ayala pasando frente al mercado Adolfo López Mateos, donde los comerciantes comenzaban a cerrar sus puestos y finalmente girando hacia la colonia Chapultepec. El trayecto normalmente tomaba 20 minutos, 25 si el tráfico estaba pesado.
Patricia Ochoa, la madre de Valeria, salió de su casa a las 7:15 de la tarde para llegar a tiempo a su turno en el hospital. Antes de irse, le envió un mensaje de WhatsApp a su hija. Mi hija, ya me voy. La comida está en la estufa.Cuida bien a tu hermano. Te amo. El mensaje apareció con dos palomitas grises. Entregado, pero no leído.
No le dio mayor importancia. Tal vez Valeria estaba bañándose o había dejado el celular en su habitación. Su hija era responsable. Siempre cumplía con lo que prometía. Patricia se fue tranquila, sin imaginar que ese mensaje quedaría sin leer para siempre. Cuando Roberto Ochoa, el padre de Valeria, llegó a casa a las 8:30 de la noche después de su jornada como contador en una empresa de construcción en Hutepec, encontró a Mateo viendo televisión en la sala.
“¿Dónde está tu hermana?”, preguntó mientras dejaba su portafolio en la entrada. No sé, respondió Mateo sin apartar la vista del televisor. No ha llegado. Roberto sintió una pequeña punzada de preocupación, pero la ignoró. Tal vez Valeria se había quedado más tiempo con Sofía o había ido a la papelería a comprar algo para su proyecto.
Calentó la comida que Patricia había dejado preparada, cenó con su hijo y cuando el reloj marcó las 9:30 de la noche y Valeria aún no había llegado, marcó a su celular. El teléfono sonó cinco veces antes de ir al buzón de voz. Hola, soy Vale. Deja tu mensaje y te regreso la llamada. Roberto dejó un mensaje.
Mija, ¿dónde estás? Tu mamá y yo estamos preocupados. Llámame. Volvió a marcar. Misma respuesta. Buzón de voz. A las 10000 de la noche llamó a Patricia al hospital. ¿Ya llegó Valeria?”, preguntó su esposa inmediatamente con ese tono que usan las madres cuando saben que algo no está bien. No le he marcado como 10 veces y va directo al buzón.
“¿No te ha escrito?” Patricia revisó su celular. Su último mensaje seguía sin leer. Las palomitas grises se burlaban de ella desde la pantalla. Sintió como el estómago se le contraía. Su hija nunca jamás dejaba de responder mensajes por más de una hora. Era casi una obsesión en ella. Siempre estaba pegada al teléfono, siempre contestaba, siempre avisaba dónde estaba.
“Llama a Sofía”, dijo Patricia y Roberto pudo escuchar el temblor en su voz. Pregúntale si sabe algo. Roberto buscó el número de Sofía en el celular de Mateo porque él no lo tenía guardado. Cuando Sofía contestó, su voz sonaba tranquila, sin preocupación. Buenas noches, señor Roberto. ¿Qué pasó, Sofía? ¿Está Valeria contigo? Valeria, no, señor.
Nos despedimos como a las 6:30. Ella tomó su camión de regreso a su casa. La tranquilidad en la voz de Sofía se evaporó cuando escuchó el silencio del otro lado de la línea. ¿Por qué, señor? No llegó a su casa. No. Y su teléfono está apagado. Sofía sintió cómo se le erizaba la piel. De inmediato comenzó a recordar cada detalle de esa tarde.
Valeria subiendo al autobús, despidiéndose con la mano, sonriendo. Todo había sido tan normal. tan rutinario. Señor, yo la vi subir al camión Ruta 12, que va para la Chapultepec. Era como las 6:30. Ella estaba bien, normal. Hasta publicó una historia en Instagram. Roberto colgó y revisó el Instagram de su hija. La última publicación era de las 6:27 de la tarde, casi 4 horas atrás.
A las 10:45 de la noche, Roberto Ochoa llegó a las instalaciones de la policía municipal de Cuernavaca para reportar la desaparición de su hija. El oficial de guardia, un hombre de unos 40 años con barriga prominente y actitud desinteresada, ni siquiera levantó la vista de su computadora cuando Roberto comenzó a explicarle. Señor, su hija es mayor de edad”, dijo el oficial con Tedio.
No podemos hacer nada hasta que pasen 72 horas. Seguramente se fue con el novio o con unas amigas y no avisó. “Mi hija no tiene novio”, respondió Roberto tratando de controlar la frustración y siempre avisa. Siempre. Todos los papás dicen lo mismo. El oficial finalmente lo miró y luego resulta que las muchachas están en una fiesta o en casa de algún amigo.
Vuelva en tres días si no aparece. Roberto quiso golpear el escritorio, gritar, exigir que hicieran algo, pero sabía que era inútil. En México las personas desaparecen y la respuesta inicial de las autoridades casi siempre es la misma. Esperen, no es para tanto, ya aparecerá. Salió de la comandancia con las manos vacías y el corazón retorciéndose en el pecho.
Manejó de regreso a casa con la mente acelerada, imaginando mil escenarios. Tal vez Valeria había ido a casa de alguna compañera de la universidad y se le había descargado el celular. Tal vez había sufrido un asalto y alguien le había robado su teléfono y su mochila. Tal vez estaba en algún hospital, herida, pero consciente, esperando que alguien la identificara.
Patricia llegó a casa a las 6 de la mañana del viernes 24 de mayo después de terminar su turno. Cuando Roberto le contó que Valeria no había llegado en toda la noche, ella simplemente se derrumbó. Se sentó en el sillón de la sala y comenzó a llorar en silencio con ese llanto profundo y desgarrador de una madre que sabe con ese instinto primitivo e inexplicableque algo terrible ha sucedido.
Tenemos que buscarla, dijo Patricia limpiándose las lágrimas. No podemos esperar tres días. No podemos. Sofía llegó a la casa de los Ochoa a las 8 de la mañana. Había pasado toda la noche sin dormir, revisando obsesivamente su celular, esperando un mensaje de Valeria que nunca llegó. Traía consigo a su novio Rodrigo y a otras dos amigas de la universidad, Daniela y Mariana.
Entre todos comenzaron a hacer lo que las autoridades no harían. buscar. Diseñaron un cartel con la foto más reciente de Valeria, tomada apenas dos semanas atrás en su cumpleaños número 19. En la imagen, Valeria sonreía con ese gesto genuino que la caracterizaba, con su cabello castaño suelto sobre los hombros y una blusa amarilla que resaltaba su test morena clara.
El cartel incluía sus datos. Valeria Ochoa Rentería, 19 años. 1.65 m de estatura, complexión delgada, cabello castaño largo, ojos verdes. Última vez vista el 23 de mayo de 2019 en Avenida Morelos, centro de Cuernavaca. Vestía pantalón de mezclilla, blusa blanca y tenis negros. Llevaba una mochila negra de lona. Imprimieron 200 carteles en una papelería del centro y salieron a pegarlos por toda la ciudad en postes de luz.
en paradas de autobuses, en las entradas de supermercados, en las ventanas de comercios cuyos dueños aceptaron ayudar. Con cada cartel que pegaban, Patricia sentía que una parte de ella se desgarraba un poco más. Roberto fue personalmente a las oficinas de la empresa de transporte que operaba la ruta 12.
Habló con el gerente, un hombre de traje arrugado que mascaba chicle mientras lo escuchaba. Le explicó la situación. Le mostró la foto de Valeria. Le suplicó que revisara los registros de sus chóeres, las cámaras de seguridad, si es que las tenían. “Señor, nuestros camiones no tienen cámaras”, respondió el gerente.
“Y tenemos como 30 unidades en esa ruta. ¿Cómo voy a saber cuál abordó su hija? Pueden preguntarles a los chóeres, hacer una junta, mostrarles su foto?” El gerente suspiró como si le estuvieran pidiendo que escalara el Everest. Déjeme su número y la foto. Si alguien recuerda algo, le hablo. Roberto sabía que no lo llamarían.
Salió de esas oficinas con la certeza de que estaban solos en esta búsqueda. Los días pasaron como una tortura lenta. El viernes se convirtió en sábado. El sábado en domingo. 72 horas. 96 horas, 120 horas. Valeria seguía sin aparecer. Su celular permanecía apagado, sus redes sociales inactivas. La última señal de su teléfono había sido captada por una antena en el centro de Cuernavaca alrededor de las 6:40 de la tarde del jueves 23.
Después de eso nada, como si se la hubiera tragado la tierra. El lunes 27 de mayo, exactamente 96 horas después de la desaparición, Patricia y Roberto volvieron a la policía. Esta vez fueron recibidos por una detective de la Fiscalía Especializada en personas desaparecidas, la agente Claudia Vega. Era una mujer de unos 35 años de estatura media, con el cabello corto y una mirada que había visto demasiado.
“Lamento mucho lo que están pasando”, dijo la agente Vega mientras tomaba nota de todos los detalles. “Vamos a iniciar la carpeta de investigación de inmediato. Necesito que me den toda la información posible, amigos, conocidos, rutinas, lugares que frecuentaba. Patricia le entregó una lista que había preparado obsesivamente durante el fin de semana.
Nombres de compañeros de la universidad, profesores, lugares donde Valeria trabajaba como freelance, cafeterías que le gustaban, todo. Valeria tenía problemas con alguien, algún exnovio, algún conflicto reciente, respondió Patricia. Mi hija es tranquila, no tiene novio, se lleva bien con todos, es responsable, estudiosa, esto no tiene sentido.
La agente Vega había escuchado esas palabras cientos de veces. Buena hija, buena estudiante, ningún problema. Y luego resultaba que había novios celosos, acosadores silenciosos, deudas de drogas, vidas secretas. Pero también había casos en los que era exactamente lo que parecía, víctimas inocentes que simplemente estaban en el lugar equivocado, en el momento equivocado.
“Voy a solicitar los videos de las cámaras de seguridad de la zona del centro”, explicó la agente. También vamos a revisar la ruta del transporte público y hablar con los chóeres. ¿Tienen acceso a sus cuentas de redes sociales? Sí, tengo sus contraseñas”, dijo Patricia. “Revisamos todo, no hay nada extraño, ningún mensaje amenazante, ningún contacto sospechoso.
” Durante los siguientes días, la agente Vega y su equipo comenzaron a reconstruir los últimos movimientos de Valeria. obtuvieron las grabaciones de las cámaras de seguridad del palacio de Cortés y del jardín Borda. En las imágenes granuladas y en blanco y negro se veía claramente a Valeria caminando junto a Sofía hacia la parada de autobuses.
Se veía su mochila negra colgada del hombro derecho. Se veía cómo abordaba el autobús ruta 12 a las 6:28de la tarde. identificaron al chóer de esa unidad específica, un hombre de 52 años llamado Arturo Beltrán, con 20 años trabajando para la empresa de transporte. Lo interrogaron durante 3 horas. Arturo recordaba ese día, pero no recordaba específicamente a Valeria.
Sub y bajan como 200 personas en cada turno, explicó Arturo, nervioso sudando. No me fijo en las caras, solo quiero terminar mi ruta y llegar a mi casa. Le mostraron la foto de Valeria. Arturo la estudió cuidadosamente tratando de recordar. Tal vez sí subió, dijo finalmente. No estoy seguro. Era jueves.
Siempre hay mucha gente los jueves. Recuerda algo inusual ese día. ¿Algún incidente? ¿Alguna discusión? No, todo normal. Hice mi ruta completa. Llegué al final sin problemas. Lo liberaron. No había razón para retenerlo. No era sospechoso de nada. Solo un testigo involuntario que no había visto nada. Entrevistaron a otros pasajeros que habían abordado ese mismo autobús, cuyos nombres obtuvieron de los registros de cámaras cercanas.
Nadie recordaba a Valeria. Nadie había visto nada extraño. Era como si Valeria hubiera desaparecido dentro del autobús mismo, evaporándose entre la parada del centro y su destino en la colonia Chapultepec. Pasaron dos semanas. Los carteles con el rostro de Valeria comenzaron a despegarse de los postes por la lluvia, a cubrirse con otros anuncios, a desvanecerse en la memoria colectiva de la ciudad.
Patricia dejó de comer, Roberto dejó de dormir. Mateo dejó de ir a la escuela. La familia Ochoa se convirtió en un cascarón de lo que había sido. Tres personas viviendo en la misma casa, pero existiendo en dimensiones separadas de dolor. Sofía no podía dejar de pensar en ese último momento. Valeria despidiéndose con la mano desde la ventana del autobús sonriendo.
¿Por qué no insistió en llevarla? ¿Por qué la dejó subir sola? La culpa la carcomía por dentro, aunque racionalmente sabía que no era su culpa, pero el corazón no entiende de lógica. El 8 de junio de 2019, 16 días después de la desaparición, la vida de la familia Ochoa dio otro giro devastador. La agente Vega lo citó urgentemente en las oficinas de la fiscalía.
Patricia y Roberto llegaron con el corazón en la garganta. con esa mezcla de esperanza y terror que caracteriza a las familias de personas desaparecidas. Esperanza de que la hayan encontrado, terror de en qué condiciones. La agente Vega los recibió en su oficina con expresión seria. Recibimos un reporte de la Fiscalía de Jalisco, comenzó a explicar.
Encontraron una mochila en las afueras de Guadalajara, cerca de un basurero clandestino en el municipio de Tlajomulco, una mochila negra de lona. Patricia sintió que el piso se abría bajo sus pies. Es de Valeria. Creemos que sí. Tiene una identificación de la universidad con su nombre. También encontraron una laptop y algunos cuadernos con trabajos escolares a nombre de ella.
“Pero Guadalajara está a más de 300 km de aquí”, dijo Roberto tratando de procesar la información. ¿Cómo llegó su mochila a Jalisco? Eso es lo que estamos tratando de averiguar. La mochila fue encontrada por un grupo de pepenadores que trabajan en el basurero. Ellos reportaron el hallazgo a las autoridades locales hace tres días y la Fiscalía de Jalisco nos contactó cuando identificaron la procedencia.
Y Valeria, preguntó Patricia con voz quebrada. ¿La encontraron a ella? No, solo la mochila y su contenido. No había ropa ni ningún otro objeto personal, solo la mochila, la laptop, los cuadernos, algunos bolígrafos y su credencial de estudiante. La laptop estaba dañada, posiblemente por haber estado expuesta a la intemperie.
La agente Vega les mostró fotos del hallazgo. La mochila estaba sucia, embarrada, pero reconocible. era definitivamente la mochila de Valeria. Patricia la reconocería en cualquier parte. Ella misma se la había regalado en Navidad. ¿Qué significa esto?, preguntó Roberto. ¿Por qué su mochila está en Jalisco? Hay varias posibilidades, explicó la agente Vega.
Alguien pudo haberla subido a un autobús de larga distancia hacia Guadalajara. pudo haber sido transportada en un vehículo particular o alguien de Guadalajara pudo haber venido a Cuernavaca y llevársela. Estamos coordinando con la Fiscalía de Jalisco para revisar cámaras de las centrales de autobuses y seguir esta nueva línea de investigación.
Pero si encontraron su mochila. Patricia no pudo terminar la frase. No quería decir en voz alta lo que todos estaban pensando. No saquen conclusiones todavía dijo la agente Vega, aunque su tono no era muy convincente. El hecho de que encontraran la mochila no significa necesariamente que algo malo le haya pasado a Valeria. Es posible que alguien le haya robado la mochila y luego se haya deshecho de ella en Jalisco.
Es posible que Valeria esté en otro lugar, pero todos en esa oficina sabían que era poco probable. Las estadísticas no mentían. Cuando aparecenlas pertenencias de una persona desaparecida en un lugar alejado, especialmente cerca de un basurero, las posibilidades de encontrarla con vida disminuyen drásticamente. La noticia del hallazgo de la mochila en Jalisco le dio un nuevo impulso a la investigación.
Los medios de comunicación locales comenzaron a cubrir el caso. El rostro de Valeria apareció en los noticieros nocturnos de Cuernavaca, Hutepec y Guadalajara. Joven desaparecida en Morelos. Hayan sus pertenencias en Jalisco, decían los titulares. Patricia y Roberto dieron entrevistas en televisión suplicando información.
Patricia lloraba frente a las cámaras, mostrando fotos de su hija, pidiendo que quien supiera algo, lo que fuera, se comunicara con las autoridades o con ellos directamente. Su número de celular aparecía en pantalla. Las llamadas comenzaron a llegar. La mayoría eran de personas solidarias que querían expresar su apoyo. Algunas eran devidentes y charlatanes que decían tener información sobre el paradero de Valeria a cambio de dinero.
Hubo llamadas crueles de personas que se burlaban de su dolor y hubo una llamada que cambiaría el rumbo de la investigación. Era el 12 de junio por la noche. 4 días después del hallazgo de la mochila, Patricia contestó su celular. sin mirar el número, como había estado haciendo compulsivamente durante semanas. Señora Ochoa.
La voz era de una mujer joven, nerviosa. Sí, soy yo. Yo yo vi a su hija. La vi en el autobús ese jueves. Patricia sintió que el corazón se le aceleraba. Hizo señas a Roberto para que se acercara. ¿Qué vio? Por favor, dígame todo. La mujer respiró profundo al otro lado de la línea. Mi nombre es Brenda. No quiero dar mi apellido.
Ese jueves yo también iba en el camión Ruta 12. Me subí en el centro como tres paradas después de donde subió su hija. La vi sentada junto a la ventana en la parte de en medio del camión. Tenía su celular en la mano. ¿Y qué pasó? ¿La vio bajar? No, ese es el problema. Yo me bajé antes en la colonia Lomas, pero antes de bajarme vi algo extraño.
Había un hombre sentado unas filas atrás de ella. Un hombre como de tre y tantos años, moreno, con una gorra de los diablos rojos. Él estaba viéndola, no dejaba de verla y no era una mirada normal, era una mirada rara, ¿me entiende? Intensa. ¿Reconocería a ese hombre si lo viera de nuevo? Creo que sí. Tal vez, no estoy segura.
Yo no le di importancia en ese momento. Uno ve tantas cosas raras en los camiones. Pero cuando vi las noticias sobre su hija, recordé esa mirada y recordé que ese hombre se cambió de asiento. Se cambió de asiento. Sí. Cuando el camión estaba ya más vacío, después de que yo me bajé, según me acuerdo, él se movió hacia adelante, se sentó más cerca de su hija.
Yo lo vi por la ventana cuando el camión arrancó después de mi parada. Lo siento. No sé si esto ayude. No sé si sea importante. Es muy importante, dijo Patricia anotando todo frenéticamente en un papel. Recuerda algo más del hombre, su ropa, su físico. Era moreno, más alto que el promedio, delgado, pero no flaco.
Llevaba una playera gris o beige, no recuerdo bien, y la gorra roja de los diablos. Tenía barba de varios días. Eso sí lo recuerdo porque cuando me pasó para bajarme lo vi de cerca. Olía a cigarro. Patricia le rogó que fuera a la fiscalía a dar su declaración formal. Brenda dudó. Explicó que tenía miedo, que no quería involucrarse, que solo llamaba porque no podía dormir pensando en que tal vez su información podría ayudar.
Finalmente, después de mucha insistencia, aceptó reunirse con la agente Vega al día siguiente, pero solo si le garantizaban confidencialidad. La agente Vega entrevistó a Brenda durante dos horas. Con base en su descripción, un dibujante forense creó un retrato hablado del hombre de la gorra.
El resultado fue un dibujo de un hombre de 30 a 40 años, moreno, con barba de 3 días, rasgos comunes, nada particularmente distintivo excepto la gorra de los diablos rojos del México. Ese retrato hablado se distribuyó por todas las redes sociales y se mostró en los noticieros. Se busca a este hombre para interrogatorio en relación con la desaparición de Valeria Ochoa, decían los reportes.
La agente Vega fue cuidadosa en aclarar que el hombre no era necesariamente un sospechoso, solo una persona de interés que podría tener información relevante. Las llamadas volvieron a multiplicarse. de personas reportaron haber visto a un hombre similar en diferentes partes de Cuernavaca.
Cada pista tenía que ser verificada, cada reporte investigado. La mayoría resultaban ser callejones sin salida, hombres con gorras de los diablos que no tenían nada que ver con el caso, personas confundidas que creían haber visto algo, pero no estaban seguras. Mientras tanto, en Guadalajara, la Fiscalía de Jalisco continuaba investigando el basurero donde habían encontrado la mochila de Valeria.
Enviaron equipos de búsqueda con perrosentrenados en detección de cadáveres. Pasaron días excavando en esa montaña de basura bajo el sol abrazador de junio, buscando cualquier evidencia que pudiera estar relacionada con la joven desaparecida. No encontraron nada, ni rastro de Valeria, ni más pertenencias suyas, ninguna evidencia de violencia o crimen, solo la mochila, como un mensaje cruel dejado en medio de la basura.
Los investigadores interrogaron a los trabajadores del basurero, a los pepenadores que habían encontrado la mochila, a los vecinos de las zonas cercanas. Nadie había visto nada. El basurero era un lugar transitado por cientos de personas cada día, muchas de ellas buscando objetos para vender, todas ellas en sus propias luchas por sobrevivir.
Una mochila más entre toneladas de desechos no llamaba la atención. ¿Es posible que alguien la haya traído desde Cuernavaca y simplemente la haya tirado aquí?”, preguntó la agente Vega durante una videoconferencia con sus colegas de Jalisco. Es posible, respondió el fiscal a cargo. Este basurero es conocido por ser usado para deshacerse de evidencia.
Hemos encontrado desde autos robados hasta hizo una pausa. Restos humanos. Es un lugar al que la gente viene específicamente a esconder cosas. Patricia y Roberto viajaron a Guadalajara a finales de junio. Necesitaban ver el lugar con sus propios ojos, aunque no sabían exactamente qué esperaban encontrar.
La agente Vega les había advertido que no era necesario, que no había nada que ver, pero ellos insistieron. Cuando llegaron al basurero de Tlajomulco, Patricia sintió náuseas. El olor era insoportable, una mezcla de desechos orgánicos en descomposición, productos químicos y algo más, algo indefinible que se pegaba a la garganta.
Las moscas zumbaban en nubes densas sobre las montañas de basura que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Aquí encontraron su mochila. preguntó Patricia a uno de los investigadores de Jalisco que los acompañaba. Sí, señora, en ese sector, señaló hacia una zona que ya había sido excavada. Estaba parcialmente enterrada bajo otros desechos.
Los pepenadores la encontraron porque vieron la esquina de la laptop sobresaliendo. Patricia se acercó al área ignorando las advertencias del investigador sobre el terreno irregular. Roberto la siguió. sosteniéndola del brazo. Se quedaron parados ahí en medio de ese mar de basura, tratando de entender cómo las pertenencias de su hija habían terminado en ese lugar a más de 300 km de casa.
¿Creen que ella, Patricia, no pudo terminar la pregunta? No lo sabemos, señora, respondió el investigador con honestidad. Hemos buscado exhaustivamente. Si hubiera algo más aquí, lo habríamos encontrado. Pero eso no significa nada definitivo. Pudo haber sido traída a otro lugar. O simplemente desecieron sus pertenencias aquí para despistar la investigación.
regresaron a Cuernavaca, más confundidos y devastados que antes. El hallazgo de la mochila, que inicialmente pareció ser un avance en la investigación, solo había agregado más preguntas sin respuestas. Julio llegó con su calor sofocante. Habían pasado casi dos meses desde la desaparición de Valeria.
Los Ochoa habían gastado todos sus ahorros en la búsqueda, viajes a Guadalajara, impresión de carteles, recompensas ofrecidas por información. Patricia había dejado su trabajo en el hospital. No podía concentrarse, no podía funcionar sabiendo que su hija estaba en algún lugar, tal vez sufriendo, tal vez no. No podía pensar en eso.
Roberto continuaba trabajando porque alguien tenía que mantener a la familia, pero era un zomb en la oficina. Sus compañeros lo veían llegar cada mañana con la misma expresión derrotada, sentarse frente a su computadora y pasar horas mirando la pantalla sin realmente hacer nada. Su jefe era comprensivo, pero había límites a la paciencia de cualquier empleador.
Mateo, el hermano menor, apenas hablaba. Había desarrollado un ritual nocturno. Entraba al cuarto de Valeria, se sentaba en su cama, abrazaba su almohada y lloraba en silencio. Patricia lo encontraba ahí noche tras noche, pero no tenía fuerzas para consolarlo porque ella misma se estaba ahogando. Sofía organizó marchas y protestas junto con otros estudiantes de la universidad.
¿Dónde está Valeria Ochoa?, preguntaban sus pancartas. marcharon del centro de Cuernavaca hasta el palacio de gobierno, exigiendo justicia, exigiendo que las autoridades hicieran más. Los medios cubrieron las protestas, pero después de unos días las cámaras se fueron a cubrir otras noticias, otros casos, otras tragedias.
En México las desapariciones son tan comunes que dejan de ser noticias rápidamente. La investigación continuaba técnicamente. La agente Vega seguía trabajando el caso, pero con cada día que pasaba, las posibilidades disminuían. Las pistas se enfriaban, los testigos olvidaban detalles. La vida seguía su curso para todos, excepto para la familia Ochoa,que permanecía congelada en aquel jueves 23 de mayo.
En agosto surgió una nueva pista. Un hombre llamó anónimamente a la línea directa de la fiscalía. Su voz sonaba nerviosa, dubitativa. “Yo conozco al tipo de la gorra”, dijo el del retrato hablado. Se llama Osvaldo Ruiz. Trabaja como ayudante en una construcción en Guutepec. La gente Vega y su equipo actuaron rápidamente. Investigaron a Osvaldo Ruiz.
Era un hombre de 36 años, nacido en Tepiic, Nayarit, que había llegado a Morelos hacía 5 años buscando trabajo. Tenía un par de antecedentes por robo menor, nada violento. Vivía en un cuarto de azotea en la colonia Revolución, compartido con otros dos trabajadores de la construcción. lo citaron para interrogatorio.
Cuando Osvaldo Ruiz entró a la sala de entrevistas de la fiscalía, la agente Vega lo estudió cuidadosamente. Efectivamente, se parecía al retrato hablado, moreno, de complexión delgada, con barba de varios días, y en su cabeza llevaba una gorra de los diablos rojos del México. Señor Ruis, ¿sabe por qué está aquí? No, agente.
Me dijeron que venía a dar mi testimonio sobre una desaparición, pero no me dijeron de quién. La agente Vega le mostró la foto de Valeria. Reconoce a esta joven. Osvaldo estudió la foto cuidadosamente, demasiado cuidadosamente. No, no la conozco. El jueves 23 de mayo por la tarde, ¿dónde estaba usted? 23 de mayo. Osvaldo pareció pensar.
Ese día trabajé hasta como las 5 de la tarde en una obra enutepec. Luego tomé el camión a mi casa. ¿Qué camión? El que va de Jutepec al centro de Cuernavaca. Siempre tomo ese. Y después me bajé en el centro, fui a comprar unas cervezas en el Oxo y tomé otro camión a mi casa. Qué ruta Osvaldo vaciló por primera fracción de segundo.
No me acuerdo. Tomo varios. El que pase primero pudo haber sido la ruta 12. Puede ser, no me fijo mucho. La agente Vega le mostró el retrato hablado que habían creado basándose en la descripción de Brenda. Este dibujo fue hecho a partir del testimonio de una testigo que vio a un hombre en el autobús, ruta 12, ese mismo jueves.
Un hombre que viajaba en el mismo camión que Valeria Ochoa, la joven de la foto. Un hombre que la miraba intensamente, un hombre con una gorra de los diablos rojos. Osvaldo miró el dibujo. Su mano derecha comenzó a temblar ligeramente. Hay muchos hombres con gorra de los diablos, dijo. Es un equipo popular. La testigo dice que ese hombre se cambió de asiento para estar más cerca de Valeria. ¿Usted hizo eso? Yo no.
Osvaldo se pasó la mano por la cara. Mire, agente, a veces me cambio de asiento en los camiones si hay mucho sol o si encuentro un lugar con más espacio. Eso no significa nada. Admite entonces que estaba en ese autobús. No estoy admitiendo nada, solo digo que es posible. Pero yo no hice nada. No le hice nada a esa muchacha.
La agente Vega lo presionó durante dos horas más, pero Osvaldo no cambió su versión. Sí, tal vez estuvo en ese autobús. Sí, tal vez vio a Valeria. No, no le habló, no la siguió, no le hizo nada. Se bajó en su parada habitual y fue a su casa. ¿Puede corroborar que llegó a su casa esa noche? Mis compañeros de cuarto, ellos estaban ahí cuando llegué.
Estábamos viendo el fútbol, verificaron su cuartada. Los compañeros de cuarto de Osvaldo efectivamente dijeron que él había llegado alrededor de las 7:30 u 8 de la noche del jueves 23 de mayo. Vieron juntos un partido de la Copa Oro que empezó a las 8. Osvaldo se quedó ahí toda la noche tomando cervezas con ellos.
Si eso era cierto, Osvaldo no pudo haber seguido a Valeria, secuestrarla, transportar su mochila a Jalisco. Los tiempos no cuadraban, pero la agente Vega sentía que algo no estaba bien. La forma en que Osvaldo había reaccionado, ese momento de vacilación, el temblor en su mano, decidió profundizar más. Solicitaron una orden para revisar el cuarto donde vivía Osvaldo.
La búsqueda se llevó a cabo el 15 de agosto. El cuarto era exactamente lo que esperaban. Un espacio pequeño y desordenado, con tres colchones en el suelo, ropa amontonada, botellas de cerveza vacías, un televisor viejo. Nada relacionado con Valeria, ninguna evidencia de crimen. Revisaron su teléfono celular. un aparato barato de prepago con mensajes principalmente de su familia en Nayarit y de compañeros de trabajo.
Ninguna llamada o mensaje a Valeria, ninguna foto comprometedora. Osvaldo Ruiz no podía ser detenido, no había evidencia suficiente. El testimonio de Brenda no era concluyente. Ella misma había admitido que no estaba completamente segura de su identificación, y su cohartada, aunque proporcionada por amigos que podrían estar encubriéndolo, era plausible.
Lo dejaron ir, pero mantuvieron vigilancia discreta sobre él. Si estaba involucrado, tal vez cometería un error. Tal vez visitaría algún lugar relacionado con Valeria. Tal vez haría alguna llamada sospechosa. No hizo nada. Osvaldo continuó con suvida normal, trabajo, casa, cervezas con sus amigos, algún partido de fútbol los fines de semana.
Si estaba escondiendo algo, era un actor excepcional. Patricia y Roberto se sintieron destrozados cuando supieron que habían tenido que liberar a Osvaldo. Para ellos, él era la única pista real que habían tenido. El hombre en el autobús, el hombre que miraba a su hija con esa mirada rara. Tenía que ser él. Tenía que saber algo. ¿Por qué no lo obligan a decir la verdad? Le gritó Patricia a la agente Vega durante una reunión en septiembre.
Él sabe algo. Lo sé, señora Ochoa, no podemos detener a alguien sin evidencia, explicó la agente con paciencia infinita. Créame que queremos resolver este caso tanto como ustedes, pero tenemos que seguir protocolos legales. Al los protocolos. Patricia estaba histérica. Mi hija está desaparecida. Han pasado casi 4 meses.
Roberto la abrazó. tratando de calmarla, pero él mismo estaba al borde del colapso. Septiembre se convirtió en octubre. Las lluvias de otoño llegaron a Cuernavaca, lavando los últimos carteles de Valeria, que aún permanecían pegados en los postes. El caso continuaba oficialmente abierto, pero la realidad era que la investigación se había estancado.
No había nuevas pistas, no había nuevos testimonios, no había nada. La familia Ochoa se convirtió en parte de una estadística escalofriante. Había más de 100,000 personas desaparecidas en México y cada día se sumaban más. Familias rotas, vidas suspendidas en un limbo eterno de no saber. Patricia comenzó a asistir a reuniones de un colectivo de familiares de personas desaparecidas.
Se reunían en el sótano de una iglesia en el centro de Cuernavaca cada jueves por la tarde. Eran madres principalmente, pero también padres, hermanos, hijos, todos unidos por el mismo dolor insoportable. En esas reuniones, Patricia escuchó historias que hacían que su corazón se partiera una y otra vez. Una madre cuyo hijo desapareció hace 8 años.
Un padre cuya hija fue vista por última vez saliendo de la escuela hace 5 años. Una hermana, cuyo hermano se fue a trabajar una mañana y nunca regresó. Algunos tenían pistas, otros no. Algunos habían encontrado restos identificados a través de pruebas de ADN. Otros seguían buscando, organizando brigadas de búsqueda en terrenos valdíos, en lotes abandonados, en fosas clandestinas.
Aprendió que en México existían decenas de miles de estas fosas, lugares donde se desaparecen los cuerpos junto con las personas, lugares donde familias enteras iban con palas y picos excavando bajo el sol, buscando a sus seres queridos entre la tierra y los huesos. El colectivo organizó una brigada de búsqueda para noviembre.
irían a un terreno en las afueras de Temixco, donde había rumores de una fosa clandestina. Patricia se apuntó inmediatamente. Roberto también. El sábado 9 de noviembre de 2019, casi 6 meses después de la desaparición de Valeria, Patricia y Roberto se levantaron antes del amanecer. Se vistieron con ropa de trabajo, jeans, botas, gorras para protegerse del sol.
Empacaron agua, guantes, palas. Se reunieron con unas 20 personas más del colectivo en el punto de encuentro. El terreno en Temixo era una extensión de tierra árida, rodeada de matorrales, ubicada detrás de unas bodegas abandonadas. El lugar parecía sacado de una pesadilla, silencioso, desolado, con esa atmósfera pesada de los espacios donde han ocurrido cosas horribles.
Un antropólogo forense del colectivo les dio instrucciones sobre cómo excavar de manera apropiada, cómo identificar posibles restos humanos, qué hacer si encontraban algo. Patricia escuchó con atención, aunque cada palabra era como un cuchillo en su corazón. Realmente había llegado a esto, acabar en busca del cuerpo de su propia hija.
Comenzaron a excavar alrededor de las 8 de la mañana. El sol ya estaba alto y el calor comenzaba a ser opresivo. Patricia hundió su pala en la tierra seca con una determinación feroz. Cada palada era una oración, un ruego a Dios, al universo, a quien sea que estuviera escuchando. Por favor, que no esté aquí, por favor, que esté viva en algún lugar.
A media mañana, uno de los buscadores gritó, “Había encontrado algo.” Todos corrieron hacia donde él estaba con el corazón en la garganta. Era un hueso. El antropólogo lo examinó cuidadosamente. “Es humano”, confirmó. Un fémur. Hay que seguir excavando con mucho cuidado. Durante las siguientes horas encontraron más restos, huesos de al menos tres personas diferentes, según el antropólogo.
Los restos estaban mezclados, enterrados sin orden, algunos todavía con fragmentos de ropa adherida. Era exactamente lo que todos temían encontrar y al mismo tiempo lo que necesitaban encontrar. evidencia de las desapariciones, prueba de que sus seres queridos no habían simplemente abandonado a sus familias. Patricia trabajó mecánicamente, excavando, tamizando tierra, buscando.
Cada vez queaparecía un hueso, su corazón se detenía. ¿Sería de Valeria? Los huesos todos parecían viejos, desgastados por el tiempo y la tierra. No era posible determinar a simple vista cuánto tiempo llevaban ahí. Al final del día, cuando el sol comenzaba a ponerse y tuvieron que detener la búsqueda, habían recuperado restos que el antropólogo estimaba pertenecían a entre tres y cinco personas.
Todos los restos fueron debidamente documentados, fotografiados, empaquetados para su análisis en laboratorio. Eventualmente se realizarían pruebas de ADN para tratar de identificar a las víctimas. Patricia y Roberto proporcionaron muestras de ADN ese mismo día, sumándose a las miles de familias en la base de datos nacional que esperaban una coincidencia que nadie realmente quiere.
Una coincidencia que significa que tu ser querido está muerto, pero que al menos te da la terrible certeza de saber. Los resultados de las pruebas de ADN tardarían meses. En México, los laboratorios estaban sobresaturados con decenas de miles de muestras esperando ser procesadas. Pero Patricia y Roberto hicieron algo que muchas familias no podían hacer.
pagaron por un análisis privado para acelerar el proceso. Las semanas de espera fueron insoportables. Cada vez que sonaba el teléfono, Patricia sentía que se iba a desmayar. Roberto no podía dormir. Se levantaba en medio de la noche y se quedaba sentado en la oscuridad de la sala mirando las fotos de Valeria en su teléfono. Los resultados llegaron el 18 de diciembre de 2019.
Una semana antes de Navidad, la agente Vega los llamó para informarles personalmente. “Los restos que encontraron en Temixo no pertenecen a Valeria”, dijo. Patricia no supo si sentirse aliviada o más desesperada. Por un lado, su hija no estaba en esa fosa. Por otro lado, seguían sin saber dónde estaba. El no saber continuaba.
El limbo se extendía indefinidamente. Las pruebas identificaron a tres de las cinco víctimas, continuó la agente Vega. Todas eran mujeres jóvenes desaparecidas entre 2016 y 2018 en diferentes municipios de Morelos. Sus familias finalmente tendrán respuestas, finalmente podrán darles sepultura apropiada.
Patricia pensó en esas otras familias, en su dolor que ahora se transformaba. de no saber a saber demasiado. Al menos ellos podrían llorar sus muertes. Podrían tener un lugar donde llevar flores, donde despedirse. Ella seguía atrapada en la incertidumbre. La Navidad de 2019 fue la más oscura de sus vidas. El árbol navideño que Patricia habitualmente decoraba con tanto esmero se quedó guardado en su caja en el closet.
No hubo cena especial, no hubo regalos, no hubo música, solo silencio y ausencia. Mateo cumplió 14 años en enero de 2020 sin celebración alguna. Había crecido varios centímetros en estos meses, pero había perdido esa chispa juvenil que lo caracterizaba. Ya no era un niño y la forma en que había dejado de serlo era la más cruel posible.
El caso de Valeria oficialmente permanecía abierto, pero prácticamente todos sabían que se había enfriado. La agente Vega seguía asignada a él, pero también tenía otros 50 casos de personas desaparecidas que atender. No había suficientes recursos, no había suficiente tiempo, no había suficiente nada.
En febrero de 2020, cuando el país comenzaba a escuchar las primeras noticias sobre un virus en China que eventualmente se convertiría en pandemia global, Patricia recibió una llamada inesperada. era de una mujer llamada Teresa, que se identificó como trabajadora social en un albergue para personas en situación de calle en Querétaro. “Señora Ochoa, vi los carteles de su hija hace meses en internet”, explicó Teresa.
Y hace una semana llegó al albergue una joven que, bueno, tiene un parecido con su hija. Está en condiciones difíciles. parece haber sufrido algún tipo de trauma. No habla, no se identifica. Pensé que tal vez Patricia sintió que el mundo se detenía. ¿Puede mandarme una foto? Sí, ahora mismo se la envío por WhatsApp.
Los segundos que tardó en llegar la foto fueron eternos. Cuando finalmente apareció en su pantalla, Patricia la estudió con intensidad desesperada. Era una joven de cabello largo y oscuro, más delgada de lo normal, con la mirada perdida. Tenía más o menos la edad de Valeria, la misma complexión, pero no era ella. No es mi hija, dijo Patricia.
Y en su voz había una mezcla de alivio y decepción. Pero gracias por llamar, gracias por intentar ayudar. Esta no sería la última vez que recibiría una llamada así. A lo largo de los siguientes meses hubo varios avistamientos reportados de jóvenes que supuestamente se parecían a Valeria en Ciudad de México, en Puebla, en Veracruz.
Cada vez Patricia y Roberto corrían a verificar con el corazón latiendo con fuerza, con esperanza mezclada con terror y cada vez resultaba ser otra persona. Había miles de jóvenes desaparecidas en México y muchas se parecían entre sí. Cabello oscuro, ojosclaros o oscuros, complexión delgada, edad similar. Los carteles de personas desaparecidas empezaban a verse todos iguales, un mural infinito de rostros jóvenes que nunca regresaron a casa.
La pandemia de COVID-19 golpeó a México en marzo de 2020. El país entró en cuarentena, las calles se vaciaron, todo se detuvo. Para la familia Ochoa fue como si el mundo exterior finalmente se alineara con su realidad interna, todo paralizado, todo suspendido, todo en espera. Patricia cayó en una depresión profunda durante los meses de encierro, sin poder salir a buscar, sin poder pegar carteles, sin poder hacer nada más que quedarse en casa con sus pensamientos torturantes, comenzó a desmoronarse.
Dejó de comer regularmente, dejó de bañarse algunos días, pasaba horas acostada en la cama de Valeria, respirando el olor desvaneciente de su hija en las almohadas. Roberto intentaba mantenerse fuerte, pero él también se estaba quebrando. Tuvo que aceptar un recorte de sueldo en su trabajo debido a la crisis económica causada por la pandemia. El dinero se estaba acabando.
Los ahorros hacía mucho que se habían agotado en la búsqueda de Valeria y ahora tenían que preocuparse por cómo pagar la renta, la comida, los servicios básicos. Mateo se encerró en sí mismo. Las clases virtuales eran un desastre. No podía concentrarse, no le importaba. Sus calificaciones cayeron en picada y sus maestros estaban preocupados.
Pero en medio de una pandemia global, un adolescente con problemas académicos no era prioridad para nadie, excepto para su familia devastada. Los meses pasaron en una nebulosa. Abril. Mayo, junio, un año desde la desaparición de Valeria. El 23 de mayo de 2020, la familia Ochoa realizó una pequeña ceremonia privada en su casa.
Encendieron velas, pusieron fotos de Valeria, lloraron juntos. Sofía vino a acompañarlos, manteniendo la distancia social apropiada, pero ofreciendo su presencia y su dolor compartido. Las búsquedas en campo se reanudaron gradualmente en julio cuando las restricciones comenzaron a flexibilizarse. Patricia volvió a unirse al colectivo de familiares, volvió a excavar en terrenos sospechosos, volvió a buscar entre la tierra y los huesos.
era lo único que le daba propósito, lo único que la mantenía funcionando. En agosto de 2020, 15 meses después de la desaparición, hubo otro avance en la investigación. Un interno en el penal de Atlacholoya, cumpliendo sentencia por secuestro, ofreció información sobre Valeria a cambio de beneficios en su condena. Según él, conocía a gente involucrada en una red de tráfico de personas que operaba en la región y había escuchado comentarios sobre una joven que encajaba con la descripción de Valeria.
La agente Vega interrogó al interno durante días. Su historia era vaga, llena de inconsistencias, posiblemente fabricada para obtener un trato mejor. hablaba de una casa en las afueras de Cuernavaca, donde supuestamente retenían a mujeres jóvenes antes de transportarlas a otros estados o al extranjero. Mencionaba nombres de personas involucradas, describía rutas y métodos.
La fiscalía investigó cada detalle de su testimonio. Algunos elementos resultaron ser ciertos. Existía efectivamente una red de tráfico operando en Morelos y algunos de los nombres que mencionó correspondían a personas bajo investigación por otros delitos, pero la supuesta casa donde retenían a las víctimas nunca fue encontrada.
Las direcciones que dio llevaban a lugares abandonados o a residencias de personas que claramente no tenían nada que ver con el caso. El interno eventualmente admitió que había exagerado su información, que había mezclado cosas que había escuchado con cosas que inventó. Todo con la esperanza de reducir su sentencia.
fue acusado de obstrucción a la justicia, pero el daño ya estaba hecho. Había dado esperanzas falsas a la familia Ochoa, había desviado recursos de investigación valiosos, había añadido otra capa de confusión a un caso ya extremadamente complejo. El tiempo seguía pasando. Septiembre, octubre, noviembre de 2020. 18 meses sin Valeria, el mundo seguía girando, las personas seguían con sus vidas, pero para Patricia y Roberto, el tiempo se había detenido en aquel jueves de mayo.
En diciembre, Osvaldo Ruiz, el hombre de la gorra que había sido interrogado meses atrás, dejó Cuernavaca, simplemente empacó sus pocas pertenencias y regresó a Nayarit, según le dijeron sus compañeros de cuarto a la policía. No avisó a su patrón, no dejó dirección de contacto, simplemente se fue. Este hecho renovó la sospecha sobre él.
La agente Vega coordinó con autoridades de Nayarit para localizarlo, pero Osvaldo Ruiz parecía haberse esfumado tan completamente como Valeria. Su familia en Tepic dijo que no sabían dónde estaba, que no habían tenido contacto con él en meses. Su número de celular estaba cancelado, simplemente se había desvanecido. Para Patricia esto era una confirmación.Osvaldo Ruiz sabía algo.
Tal vez no había actuado solo. Tal vez era solo una pieza de algo más grande, pero definitivamente sabía algo. ¿Por qué más huiría? Pero sin evidencia concreta, sin una confesión, sin un cuerpo, no había nada que hacer legalmente. Osvaldo Ruiz se convirtió en otro fantasma más en esta historia de fantasmas.
El 2021 llegó sin fanfarrias, 2 años sin Valeria. Patricia había perdido casi 20 kg. Roberto tenía canas que no tenía antes y arrugas profundas alrededor de los ojos. Mateo cumplió 15 años en enero, esa edad que debió haberse celebrado con una gran fiesta. y en cambio pasó en silencio comiendo pastel comprado en el supermercado con sus padres en la mesa de la cocina, el lugar vacío de Valeria, gritando su ausencia.
La agente Claudia Vega fue transferida a otra unidad en marzo de 2021. Su reemplazo fue un detective llamado Héctor Montes, un hombre de unos 40 años con menos empatía y más cinismo. En su primera reunión con los Ochoa dejó claro cuál era su perspectiva. “Señores, voy a ser honesto con ustedes”, dijo sin rodeos. “Han pasado casi dos años.
Las estadísticas no están de nuestro lado. La mayoría de las personas desaparecidas que no aparecen en las primeras 72 horas. Bueno, ustedes saben, “Mi hija está viva”, insistió Patricia con esa determinación feroz que era lo único que la mantenía de pie. “No me importa lo que digan las estadísticas. Entiendo su posición, señora, pero necesito que sean realistas sobre las expectativas.
Vamos a seguir trabajando el caso, por supuesto. Pero, pero, ¿qué?” Interrumpió Roberto. ¿Van a archivarlo? ¿Van a dejarlo como otro expediente más en un cajón? No vamos a archivarlo, pero tampoco puedo prometerles milagros. Este es un caso difícil, sin pistas sólidas, sin testigos confiables, sin evidencia forense.
Patricia salió de esa reunión sintiéndose más sola que nunca. Ni siquiera las autoridades creían que Valeria estuviera viva. Para todos los demás, su hija ya estaba muerta. Solo faltaba encontrar el cuerpo para oficializarlo. Pero una madre sabe, o al menos quiere creer que sabe. Patricia se aferraba a esa convicción con una desesperación que rayaba en lo irracional.
Su hija estaba viva en algún lugar. tenía que estarlo porque la alternativa era un abismo demasiado profundo para mirarlo. En abril de 2021, el colectivo de familiares organizó otra brigada de búsqueda, esta vez en un terreno cerca de Cuautla. Patricia participó como siempre, excavando bajo el sol implacable con la esperanza de encontrar algo, cualquier cosa.
Ese día encontraron restos de dos personas. Ninguna era Valeria. Cada búsqueda que no la encontraba era simultáneamente un alivio y una tortura. Alivio porque no estaba muerta en esa fosa específica. Tortura porque seguían sin respuestas. Mayo de 2021, dos años exactos desde la desaparición. Patricia y Roberto organizaron una misa en la iglesia de su colonia.
Asistieron unas 30 personas, familiares, amigos, compañeros de la Universidad de Valeria, miembros del colectivo de búsqueda. El padre José María, que había conocido a Valeria desde niña cuando venía al catecismo, dio una homilía conmovedora sobre la esperanza y la fe en tiempos oscuros. No sabemos dónde está Valeria”, dijo con voz temblorosa, “No sabemos qué le ha pasado, pero sabemos que su familia no la ha abandonado, que su comunidad no la ha olvidado y que Dios no la ha dejado sola donde quiera que esté.” Patricia lloró
durante toda la misa. Roberto la sostenía, aunque él mismo apenas podía mantenerse en pie. Mateo se quedó inmóvil en la banca, mirando al frente con ojos vidriosos. Después de la misa, Sofía se acercó a Patricia. Ahora tenía 21 años. Estaba a punto de graduarse de la universidad, pero su rostro todavía cargaba la culpa de aquella tarde.
“Señora Patti, yo nunca voy a dejar de buscarla”, dijo Sofía. “Nunca voy a dejar de preguntar. Valeria es era es mi mejor amiga. No me voy a rendir. Patricia la abrazó con fuerza. Lo sé, mi hija, lo sé. Los meses continuaron su marcha inexorable. Junio, julio, agosto. El mundo seguía cambiando. La pandemia empezaba a ceder. Las personas retomaban sus vidas normales, pero para los Ochoa todo permanecía congelado.
En ese jueves de mayo, en septiembre de 2021, Patricia recibió un mensaje de Facebook de una cuenta anónima. El perfil no tenía foto, no tenía información, acababa de ser creado. El mensaje decía simplemente, “Busquen en Temixo, cerca del antiguo balneario Las huertas, hay algo ahí.” Patricia tomó una captura de pantalla y se la envió inmediatamente al detective Montes. Él fue escéptico como siempre.
Señora, recibimos docenas de estos mensajes anónimos. La mayoría son bromas crueles o gente que busca atención. Y si no es una broma, insistió Patricia. Y si es real. El detective suspiró. Vamos a verificarlo. Pero no se haga muchas ilusiones. El balneario Las Huertas había sido unlugar popular en los años 90, pero había cerrado hace más de una década.
Ahora era una propiedad abandonada con albercas vacías llenas de hojas secas y edificios deteriorados cubiertos de graffiti. Era exactamente el tipo de lugar que los colectivos de búsqueda conocían demasiado bien. Aislado, abandonado, perfecto para esconder cosas que no deben ser encontradas. Patricia no esperó a que las autoridades organizaran una búsqueda oficial.
convocó al colectivo y el sábado 18 de septiembre de 2021 se presentaron en el antiguo balneario con palas, picos, guantes y la terrible experiencia de 2 años buscando a sus seres queridos entre la tierra. El terreno era extenso, varias hectáreas de jardines ahora convertidos en maleza, edificios vacíos, la estructura principal del balneario con sus albercas secas como tumbas abiertas.
Dividieron el área en secciones y comenzaron a buscar metódicamente cualquier señal de tierra removida, cualquier olor característico, cualquier indicio de que el suelo había sido excavado recientemente. Fue Mateo quien lo encontró. Había insistido en acompañar a su madre esta vez. Tenía 15 años.
Ya no era el niño que había sido cuando Valeria desapareció. Había crecido en estos dos años terribles. Había madurado de la peor forma posible. Y ese sábado, mientras buscaba en la zona detrás de los vestidores abandonados, notó algo extraño. Había un área donde la vegetación era diferente, menos densa, más reciente.
El suelo se veía distinto, como si hubiera sido removido, y luego intentaran disimularlo dejando crecer plantas sobre él. Mateo llamó a su madre. Patricia corrió hacia donde estaba su hijo. Uno de los miembros del colectivo que tenía experiencia en búsquedas examinó el área cuidadosamente. Aquí hay algo confirmó. Este suelo fue movido.
No hace tanto tiempo, tal vez meses. Comenzaron a excavar con cuidado extremo, documentando cada paso con fotografías. A medio metro de profundidad, la pala de Roberto golpeó algo que no era tierra, algo envuelto en plástico negro. Patricia sintió que sus piernas se doblaban. Roberto la sostuvo mientras otros continuaban excavando alrededor del objeto.
Era un bulto grande envuelto en varias capas de plástico negro asegurado con cinta adhesiva industrial. llamaron inmediatamente a las autoridades. El detective Montes y un equipo forense llegaron en menos de una hora. Acordonaron el área, comenzaron el protocolo oficial de excavación y recuperación. Patricia y Roberto fueron obligados a retroceder, a esperar detrás del perímetro amarillo que marcaba la escena.
Las siguientes horas fueron las más largas de sus vidas. Veían desde la distancia como los forenses trabajaban meticulosamente, cómo extraían el bulto, cómo lo fotografiaban desde todos los ángulos antes de comenzar a abrirlo. Finalmente, el detective Montes se acercó a ellos. Su expresión era indescifrable. “Encontramos restos humanos”, dijo.
El cuerpo está en avanzado estado de descomposición. va a necesitar análisis forense completo y pruebas de ADN para identificación. Pero, ¿pero qué? Susurró Patricia. El cuerpo corresponde a una mujer joven, altura y complexión consistentes con la descripción de su hija. Y había algo más en el plástico.
Una credencial de estudiante. Está dañada por la humedad, pero todavía se puede leer el nombre. Valeria Ochoa Rentería. El mundo de Patricia se detuvo, se desmoronó. Roberto la atrapó antes de que cayera al suelo. Mateo gritó, un grito desgarrador que salió de lo más profundo de su alma de 15 años. Sofía, que había venido con ellos, se cubrió la boca con ambas manos, las lágrimas corriendo por sus mejillas.
No podía ser verdad. Después de dos años de buscar, de esperanzas y falsas pistas, de excavaciones y llanto, de aferrarse a la convicción de que su hija estaba viva, terminaba así en un terreno abandonado, enterrada en plástico negro como basura. Necesitamos la confirmación de ADN, continuó el detective Montes.
Pero dadas las circunstancias, la credencial, la ubicación específica mencionada en el mensaje anónimo, es muy probable que sea ella. Los análisis de ADN tardaron tres semanas. Tres semanas en las que Patricia vivió en un limbo aún más cruel que el anterior. Durante dos años había buscado a su hija sin saber si estaba viva o muerta.
Ahora casi con certeza estaba muerta. Pero todavía no era oficial. Todavía había ese pequeño porcentaje de posibilidad de que fuera otra persona, otro error, otra víctima, pero no su valeria. El 9 de octubre de 2021, el detective Montes los llamó a su oficina. Patricia supo por su tono de voz antes de que dijera una palabra.
Los resultados de ADN confirman que los restos pertenecen a Valeria Ochoa Rentería”, dijo con toda la delicadeza que pudo reunir. “Lo siento mucho. Patricia no lloró en ese momento. Ya no le quedaban lágrimas. Solo asintió lentamente, absorbiendo lainformación que su corazón ya conocía, pero su mente se había negado a aceptar.
¿Cómo murió?”, preguntó Roberto con voz ahogada. El informe forense indica trauma craneal severo, golpe contundente en la parte posterior del cráneo. La muerte fue probablemente instantánea o muy rápida. No hay evidencia de El detective vaciló. No hay evidencia de agresión sexual. Eso es algo al menos. Era un consuelo terrible.
Tu hija está muerta, pero al menos no sufrió esa violencia específica antes de morir. ¿Cómo se supone que eso consuele a alguien? ¿Cuándo murió?, preguntó Patricia. Basándonos en el estado de descomposición y otros factores, los forenses estiman que la muerte ocurrió poco después de su desaparición, probablemente dentro de las primeras 24 a 48 horas.
Valeria había estado muerta todo este tiempo. Durante dos años que Patricia buscó desesperadamente, organizó marchas, pegó carteles, excavó en docenas de terrenos. Su hija ya estaba muerta. Había muerto casi inmediatamente, probablemente aquella misma noche del 23 de mayo de 2019. ¿Quién lo hizo? La voz de Roberto era apenas un susurro roto.
¿Quién mató a mi hija? Estamos investigando activamente. El mensaje anónimo que recibieron es nuestra mejor pista en este momento. Estamos tratando de rastrear el origen de la cuenta de Facebook, pero es difícil. Quien quiera que lo envió sabía exactamente dónde buscar, lo que sugiere participación directa o conocimiento detallado.
Osvaldo Ruiz, dijo Patricia inmediatamente. El hombre de la gorra, él la seguía en el autobús, luego desapareció. Tiene que ser él. Es una línea de investigación, confirmó el detective. Estamos intensificando los esfuerzos para localizarlo. También estamos analizando el plástico, la cinta adhesiva, cualquier evidencia que pueda llevar al responsable.
Pero Patricia sabía cómo funcionaban estas cosas en México. Habían encontrado el cuerpo, que era más de lo que muchas familias lograban, pero encontrar al culpable, llevarlo a juicio, obtener justicia, eso era otra historia completamente diferente. El funeral de Valeria se realizó el 15 de octubre de 2021, 2 años, 4 meses y 22 días después de su desaparición.
La iglesia de la colonia Chapultepec estaba llena hasta el tope. Compañeros de la universidad, profesores, vecinos, miembros del colectivo de búsqueda, familias de otras personas desaparecidas, todos vinieron a despedirse de una joven que la mayoría nunca conoció en vida, pero que representaba a tantas otras.
El ataúd estaba cerrado. No había forma de que estuviera abierto después de 2 años. Patricia había colocado sobre él fotos de Valeria. Valeria de niña con su primer día de escuela. Valeria en su graduación de secundaria. Valeria en su cumpleaños número 19. esa misma foto que habían usado en los carteles de búsqueda, una vida entera condensada en imágenes, una vida que debió haber continuado por décadas, pero fue brutalmente cortada a los 19 años.
Sofía dio el elogio. Habló de su amistad desde la secundaria, de las tardes estudiando juntas, de los sueños que Valeria tenía sobre su futuro. Quería terminar la universidad, trabajar en una agencia de diseño, tal vez algún día abrir su propio estudio. Quería viajar, conocer otros países, aprender otros idiomas, quería vivir. Valeria era luz.
dijo Sofía con voz quebrada por las lágrimas. Era bondad, era talento, era futuro y alguien nos la quitó. Alguien decidió que su vida no valía nada, que podía ser descartada como basura, pero estaban equivocados. Su vida valió, su vida importó y nunca, nunca la vamos a olvidar. Mateo no pudo hablar.
Se quedó sentado en la primera fila, sosteniendo la mano de su madre, mirando el ataúdana mayor, esa hermana que lo había cuidado, que lo había ayudado con su tarea, que lo hacía reír. Ya no era un niño de 13 años esperando que su hermana regresara a casa. Era un joven de 15 años enterrando a su hermana. Roberto leyó una carta que había escrito para Valeria.
Mi hija, no puedo creer que esté aquí despidiéndome de ti de esta manera. Se suponía que yo moriría primero. Se suponía que tú estarías en mi funeral llorando a tu viejo padre después de una vida larga y plena. No se suponía que fuera al revés. Quiero que sepas que nunca dejamos de buscarte ni un solo día en estos dos años.
Tu mamá, Mateo y yo movimos cielo y tierra tratando de encontrarte. Y cuando finalmente te encontramos, parte de mí deseó no haberlo hecho, porque significaba aceptar que ya no estás con nosotros. No sé cómo vamos a continuar sin ti. No sé cómo tu mamá va a despertar cada mañana, sabiendo que nunca más va a escuchar tu voz. No sé cómo Mateo va a crecer sin su hermana mayor.
No sé cómo yo voy a vivir con este agujero en mi corazón, pero lo vamos a intentar. Porque eso es lo que tú hubieras querido. Tú que eras tan fuerte, tan responsable, tan llena de vida, nos hubieras dicho quesiguiéramos adelante, que viviéramos nuestras vidas, que encontráramos la forma de ser felices otra vez. Te amamos, mi hija.
Te amamos más de lo que las palabras pueden expresar. Y vamos a pelear por ti. Vamos a pelear para que quien te hizo esto pague. Vamos a pelear para que tu nombre no sea solo otra estadística. Vamos a asegurarnos de que el mundo sepa quién eras. Valeria Ochoa Rentería. Una joven brillante, talentosa, amorosa, que merecía vivir una vida larga y feliz.
Descansa en paz, mi niña. Finalmente descansa. El cementerio estaba en la zona norte de Cuernavaca, en una colina desde donde se podía ver toda la ciudad extendida abajo. Era un día claro de octubre con ese cielo azul intenso, característico de Morelos. Patricia pensó que era irónico, casi cruel, que el día del funeral de su hija fuera tan hermoso.
Cuando bajaron el ataúd, Patricia finalmente se quebró completamente. Se tiró sobre la tumba soyando, gritando el nombre de su hija. Roberto y Mateo tuvieron que levantarla, sostenerla entre los dos, mientras el padre José María decía las últimas oraciones. Después del funeral, la vida no mejoró, pero cambió.
La búsqueda había terminado. El no saber había sido reemplazado por la terrible certeza. Ahora comenzaba una nueva fase, la búsqueda de justicia. El detective Montes continuó investigando. El mensaje anónimo de Facebook fue rastreado hasta un café internet en Tepic, Nayarit, la misma ciudad donde Osvaldo Ruiz había nacido, la misma ciudad a donde supuestamente había regresado.
Finalmente, en noviembre de 2021, localizaron a Osvaldo Ruiz. Estaba viviendo en un barrio marginal de Tepic, trabajando en la construcción como siempre. Cuando lo arrestaron, no opuso resistencia. Durante el interrogatorio, Osvaldo inicialmente negó todo, pero confrontado con la evidencia del mensaje de Facebook rastreado a su ciudad, con testimonios de que lo habían visto en el café internet ese día, con el testimonio original de Brenda sobre su comportamiento en el autobús, su historia comenzó a desmoronarse.
Finalmente, después de 18 horas de interrogatorio, confesó, “Sí, había estado en ese autobús el 23 de mayo de 2019.” Sí, había anotado a Valeria. La encontró atractiva, según dijo. Cuando el autobús llegó a su parada habitual, algo en él lo impulsó a no bajarse. Siguió en el autobús, moviéndose más cerca de ella.
Cuando Valeria bajó en su parada en la colonia Chapultepec, él también bajó, la siguió por la calle. En un momento, en una cuadra poco transitada, se acercó a ella. Le dijo algo. Según su confesión, solo quería hablar con ella, pedirle su número de teléfono. Valeria se asustó, le dijo que la dejara en paz.
Él insistió. Ella comenzó a caminar más rápido. Él la agarró del brazo. Ella gritó y entonces, según Osvaldo, algo en él se rompió. La golpeó una vez con fuerza en la parte posterior de la cabeza. Valeria cayó al suelo. Osvaldo entró en pánico. Se dio cuenta de lo que había hecho. Miró alrededor. No había nadie en la calle en ese momento.
Tomó la mochila de Valeria, la cargó y la arrastró hacia un lote valdío cerca. Escondió el cuerpo detrás de unos escombros y huyó. Pasó dos días aterrorizado, esperando que la policía llegara a arrestarlo, pero no pasó nada. Nadie lo había visto, nadie lo conectaba con ella. Entonces tuvo una idea. Un compañero de trabajo tenía un camión y estaba planeando un viaje a Guadalajara para visitar a su familia.
Osvaldo le pidió que lo llevara. Durante el viaje se deshizo de la mochila de Valeria en el basurero de Tlajomulco, pensando que si la encontraban lejos de Cuernavaca, desviaría la investigación. Luego regresó y en medio de la noche volvió al lote baldío. Envolvió el cuerpo de Valeria en plástico que había robado de la construcción donde trabajaba.
Lo cargó en su espalda y lo llevó caminando durante kilómetros hasta el antiguo balneario, Las huertas. Conocía el lugar porque había trabajado en una obra cercana meses atrás. excavó una tumba con sus propias manos, enterró a Valeria y trató de continuar con su vida como si nada hubiera pasado.
¿Por qué enviaste el mensaje? Le preguntó el detective. ¿Por qué después de dos años decidiste decirle a la familia dónde estaba? Osvaldo lloró. Entonces no podía dormir, no podía vivir con eso. Veía su cara cada vez que cerraba los ojos. La veía caer. Escuchaba el sonido cuando la golpeé. Me estaba volviendo loco.
Pensé que tal vez si la familia la encontraba, si podían enterrarla apropiadamente, tal vez yo podría, no sé, tal vez podría vivir conmigo mismo, pero no pudo vivir consigo mismo y ahora pasaría el resto de su vida en prisión. El juicio fue rápido. Con su confesión, con la evidencia forense, con los testimonios, no había mucho que defender.
Osvaldo Ruiz fue sentenciado a 45 años de prisión por feminicidio agravado. En México, con las leyesactuales, saldría cuando tuviera 80 años, si es que vivía tanto tiempo en prisión. Para Patricia y Roberto, la sentencia no trajo el alivio que esperaban. Sí, el asesino de su hija estaba en prisión. Sí, había confesado. Sí, había justicia, al menos en el sentido legal de la palabra.
Pero Valeria seguía muerta y ninguna cantidad de años de prisión podría cambiar eso. Los Ochoa trataron de reconstruir sus vidas o al menos los fragmentos que quedaban. Patricia eventualmente regresó a trabajar en el hospital, no porque quisiera, sino porque necesitaban el dinero. Pero ya no era la misma enfermera dedicada y sonriente de antes.
Era un fantasma cumpliendo movimientos mecánicos. Roberto continuó en su trabajo de contador, pero sus jefes notaron que cometía más errores, que su mente estaba en otro lugar. Era funcional, pero apenas. Mateo fue el que más preocupaba. Tenía 16 años cuando terminó todo y los últimos 3 años de su vida habían sido definidos por la desaparición y muerte de su hermana.
Su rendimiento escolar nunca se recuperó completamente. Comenzó a tener problemas de ansiedad, ataques de pánico, depresión. Patricia lo llevó a terapia, pero el daño era profundo. En el primer aniversario de haber encontrado el cuerpo de Valeria en septiembre de 2022, la familia visitó su tumba. Llevaron flores, limpiaron la lápida, se sentaron en el pasto hablándole como si pudiera escucharlos.
La lápida decía Valeria Ochoa Rentería, 200029, hija, hermana, amiga, nunca olvidada, siempre amada. Patricia se sentó con la espalda contra la lápida, mirando la ciudad de Cuernavaca extendida abajo. “No entiendo por qué te pasó esto”, dijo en voz alta. Eras buena, eras responsable, hiciste todo bien y aún así alguien te quitó la vida por nada, por absolutamente nada.
El silencio del cementerio fue su única respuesta. La historia de Valeria Ochoa se convirtió en otra estadística en el registro interminable de feminicidios y desapariciones en México. Su caso fue uno de los pocos que realmente se resolvió. Uno de los pocos donde se encontró el cuerpo, se identificó al culpable, se hizo justicia.
Pero eso era un consuelo frío para una familia destrozada. Patricia se involucró más con el colectivo de familiares de personas desaparecidas. Si no podía salvar a su propia hija, al menos podía ayudar a otros a encontrar a las suyas. continuó participando en brigadas de búsqueda, ahora con la terrible experiencia de alguien que había llegado al final del camino y sabía cómo se sentía.
En esas búsquedas conoció a docenas de otras madres, padres, hermanos, todos buscando. Algunos llevaban buscando 5 años, 10 años, 15 años. Algunos nunca encontrarían respuestas. Sus seres queridos permanecerían en ese limbo eterno, ni vivos ni muertos, simplemente desaparecidos. Tres años después de la muerte de Valeria, en mayo de 2024 se inauguró un memorial en el centro de Cuernavaca.
Era un muro con los nombres y fotos de todas las personas desaparecidas en Morelos en la última década. Había cientos de nombres, cientos de rostros. Valeria estaba ahí. En la sección de los que habían sido encontrados fallecidos. Patricia, Roberto y Mateo asistieron a la inauguración. Caminaron lentamente por el memorial, viendo todos esos rostros jóvenes.
La mayoría eran mujeres, pero también había hombres. Algunos eran niños. Todos tenían historias, familias, sueños que nunca se cumplieron. Esto no debería existir”, dijo Mateo, que ahora tenía 18 años y una madurez más allá de sus años. No debería haber necesidad de un memorial como este. No, acordó Roberto. Pero existe porque este es el país en el que vivimos, donde las personas simplemente desaparecen y sus familias tienen que convertirse en detectives, en forenses, en buscadores, porque las autoridades no hacen suficiente.
Patricia tocó la foto de Valeria en el muro. Su hija sonreía en esa imagen, tomada en tiempos más felices cuando el futuro se extendía brillante e ilimitado frente a ella. “Te extraño cada día, mi hija”, susurró. “Cada maldito día.” La vida continuó porque no tenía otra opción que continuar. Roberto cumplió 60 años.
Patricia cumplió 58. Mateo se graduó de la preparatoria. Decidió estudiar derecho porque quería dedicar su vida a ayudar a familias como la suya, a pelear por justicia en un sistema que tantas veces fallaba a las víctimas. Sofía se casó en 2024. Invitó a toda la familia Ochoa a su boda. En su ramo de novia llevaba una foto pequeña de Valeria para que su mejor amiga estuviera presente de alguna manera en su día especial.
Cuando llegó el momento de bailar, Sofía sacó a bailar a Patricia y las dos lloraron juntas en medio de la pista de baile, recordando a la joven que debió haber estado ahí. En noviembre de 2025, casi 6 años y medio después de aquella tarde en que Valeria subió a un autobús y nunca llegó a casa, Patricia estaba en lacocina preparando la cena.
La radio estaba encendida de fondo, transmitiendo las noticias locales. Hoy se reportó la desaparición de una joven de 20 años en el municipio de Hutepec. Andrea Flores Mendoza fue vista por última vez saliendo de su trabajo en un supermercado. Su familia hace un llamado urgente. Patricia cerró los ojos.
Otra familia comenzaba ese camino terrible que ella conocía demasiado bien. Otra joven desaparecida, otro conjunto de padres que no dormirían esa noche ni muchas noches más. Otra comunidad que se movilizaría, pegaría carteles, buscaría respuestas. Al día siguiente, Patricia llamó al número que habían dado en las noticias.
habló con la madre de Andrea, le ofreció su experiencia, su apoyo, la conexión con el colectivo de búsqueda, porque esto era lo único que podía hacer ahora, ayudar a otros a navegar la pesadilla que ella había vivido. La historia de Valeria Ochoa no tuvo un final feliz, no hubo milagros, no hubo reencuentros emotivos, no hubo segundas oportunidades, hubo solo dolor, pérdida y eventualmente una resolución que no sanó nada, pero al menos cerró algunas preguntas.
Su vida fue cortada brutalmente por un extraño en un momento de violencia sin sentido. Nunca cumplió sus sueños, nunca se graduó de la universidad, nunca viajó al extranjero, nunca se enamoró, nunca tuvo hijos, nunca envejeció junto a su familia, pero tampoco fue olvidada. Su nombre vivió en el memorial del centro.
Su historia se contó en documentales sobre personas desaparecidas. Su caso se enseñó en clases de criminología como ejemplo de investigación persistente y más importante, vivió en los corazones de quienes la amaron. Patricia visita su tumba cada jueves, el mismo día de la semana en que Valeria desapareció.
se sienta junto a la lápida, le cuenta sobre su semana, sobre cómo está Mateo, sobre el trabajo en el hospital, sobre las pequeñas cosas cotidianas que conforman una vida. Habla como si Valeria pudiera escucharla, porque en algún nivel del dolor necesita creer que puede. Roberto mantiene la habitación de Valeria exactamente como estaba.
Su ropa sigue en el closet, sus pósters en las paredes, sus cuadernos de diseño apilados en el escritorio. Es un santuario, un espacio congelado en el tiempo, una negación física de que ella se fue para siempre. Mateo lleva un tatuaje en el brazo con el nombre de su hermana y sus fechas de nacimiento y muerte.
Es su forma de cargarla con él siempre, de nunca olvidar, de mantenerla presente en su vida, aunque ya no esté físicamente. La familia Ochoa aprendió a vivir con su ausencia de la única manera posible, un día a la vez. Algunos días son mejores que otros. Algunos días Patricia puede levantarse, funcionar, incluso sonreír genuinamente.
Otros días el peso es tan abrumador que apenas puede salir de la cama, pero continúan. Porque rendirse sería deshonrar la memoria de Valeria, porque ella hubiera querido que siguieran adelante, que encontraran momentos de alegría entre el dolor, que vivieran las vidas que ella no pudo vivir. Y entonces, 6 años y medio después, en una tarde nublada de noviembre, Patricia recibió una llamada que nunca esperó.
Era una mujer mayor de voz temblorosa que se identificó como Amelia Ruiz. Señora Ochoa, soy la madre de Osvaldo Ruiz, el hombre que mató a su hija. Patricia sintió que el corazón se le aceleraba porque esta mujer la estaba llamando. ¿Qué posible propósito podía tener? Yo sé que no hay nada que pueda decir que alivie su dolor, continuó Amelia con voz quebrada.
Yo sé que mi hijo le quitó lo más preciado, pero necesitaba llamarla. Necesitaba decirle que lo siento, que lo siento con cada fibra de mi ser, que he rezado por su hija y por su familia cada día desde que me enteré de lo que hizo. Patricia no sabía qué decir. Parte de ella quería colgar, gritar, maldecir a esta mujer y a su hijo asesino.
Pero otra parte escuchaba el dolor genuino en su voz, el dolor de una madre que también había perdido a su hijo, no a la muerte, sino a sus propias acciones monstruosas. No fue su culpa, dijo Patricia finalmente. Usted no hizo esto, su hijo lo hizo. Yo lo crié, soyozó Amelia. Algo hice mal, algo fallé como madre para que él fuera capaz de algo así.
Los padres no podemos controlar todo lo que nuestros hijos hacen, respondió Patricia, sorprendida de encontrarse consolando a la madre del asesino de su hija. Créame, he pasado 6 años preguntándome si había algo que yo pudiera haber hecho diferente ese día, si hubiera insistido en ir por Valeria, si le hubiera dicho que tomara un taxi, si simplemente le hubiera pedido que se quedara una noche más en casa.
Pero la verdad es que no fue mi culpa. y tampoco es la suya. Las dos mujeres lloraron juntas al teléfono, unidas por la tragedia que había destruido ambas familias de maneras diferentes. Cuando colgó, Patricia se quedó sentada en silencio durante largo tiempo. Pensar enAmelia Ruiz le dio una perspectiva que no había considerado antes.
Osvaldo había destruido la vida de Valeria, pero también había destruido su propia vida y la de su familia. Su madre probablemente sufría todos los días sabiendo lo que su hijo había hecho, cargando con esa vergüenza y ese dolor. No lo excusaba. Nada lo excusaba. Pero era un recordatorio de que la violencia nunca existe en el vacío, que sus ondas se expanden tocando a innumerables personas, arruinando innumerables vidas.
Esa noche, cuando Roberto llegó a casa, Patricia le contó sobre la llamada. Esperaba que se enojara, que dijera que Amelia Ruiz no tenía derecho a llamarla, a pedirle perdón, pero Roberto simplemente la abrazó. ¿Te sientes mejor?, preguntó. No lo sé, admitió Patricia. No cambia nada. Valeria sigue muerta, pero no sé, tal vez me ayuda a saber que él tampoco encontró paz, que su propia conciencia lo devoró por dentro hasta que tuvo que confesar.
Tal vez hay algo de justicia en eso. La verdadera justicia habría sido que Valeria nunca hubiera subido a ese autobús ese día o que Osvaldo Ruiz hubiera elegido no seguirla o que alguien hubiera estado en esa calle para intervenir. La verdadera justicia habría sido que Valeria cumpliera 20 años, 21, 30, 50, que viviera una vida completa y plena, rodeada de amor.
Pero esa justicia era imposible. Solo quedaba la versión imperfecta. Un hombre en prisión, una familia aprendiendo a vivir con una ausencia permanente y una sociedad que seguía fallando a sus mujeres jóvenes una y otra vez. Cuando Patricia visitó la tumba de Valeria ese jueves, le contó sobre la llamada de Amelia Ruiz.
No sé si perdonarlo alguna vez, mi hija”, dijo. No sé si pueda, pero tal vez puedo aprender a soltar un poco de este veneno, a no dejar que el odio me consuma por completo, porque si dejo que me destruya, entonces él gana otra vez y no voy a darle esa satisfacción. El viento movió las hojas del árbol cercano creando sombras danzantes sobre la lápida.
Patricia eligió tomarlo como una señal de que su hija la había escuchado, que entendía. La historia de Valeria Ochoa es la historia de miles de jóvenes en México. Es la historia de vidas truncadas por violencia sin sentido, de familias destrozadas buscando respuestas, de un sistema que tantas veces falla a las víctimas.
Es una historia de dolor inconmensurable, pero también de amor inquebrantable, de determinación feroz, de familias que nunca se rinden. No tiene un final feliz porque la realidad raramente los tiene, pero tiene verdad. Y en esa verdad, en ese testimonio de lo que sucedió a una joven de 19 años en una tarde de mayo, hay un recordatorio importante.
Cada persona desaparecida no es una estadística. Es un individuo con sueños, con familia, con un futuro que le fue robado. con hijas como Valeria, hermanas como Valeria, amigas como Valeria, y merecían vivir.















