Esta historia comienza en agosto de 2012 en Rosario, Argentina. Dos amigas inseparables salieron de sus casas para una tarde común de compras. Un plan simple, ir al centro, buscar un regalo, volver antes del anochecer. Luciana Acosta tenía 23 años. Natalia Ferreira 24. Nunca regresaron. Durante 8 años, sus familias vivieron con la agonía de no saber qué les había pasado.
Buscaron en cada rincón de la ciudad, pegaron carteles por toda Rosario. Aparecieron en programas de televisión suplicando información. La policía siguió cada pista imaginable, pero las chicas simplemente habían desaparecido como si se las hubiera tragado la tierra. Hasta que en mayo de 2020, en plena pandemia, cuando todo el mundo estaba encerrado en sus casas, algo imposible ocurrió.
El teléfono celular de Natalia, que había permanecido apagado durante casi 8 años, inició sesión en WhatsApp y alguien escribió tres palabras desde ese número. Mamá, soy yo. Pero lo más perturbador no fue el mensaje, fue lo que vino después. Porque cuando la policía rastreó esa señal, encontraron algo que nadie esperaba y la verdad que salió a la luz fue tan oscura que cambió todo lo que creían saber sobre aquel día de agosto.
Rosario es la tercera ciudad más grande de Argentina, más de un millón de habitantes.
Ciudad portuaria sobre el río Paraná, hermosa pero peligrosa. En 2012, la ciudad ya empezaba a tener problemas de inseguridad, narcotráfico, violencia, nada comparado con otras ciudades, pero la gente ya no se sentía tan segura como antes. El barrio Fisherton quedaba al oeste del centro, zona residencial de clase media, calles tranquilas con árboles, comercios pequeños, plazas donde los vecinos se conocían entre sí.
Ahí vivían las familias Acosta y Ferreira, a solo tres cuadras de distancia una de la otra. Habían sido vecinos durante más de 20 años. Luciana Acosta tenía 23 años en agosto de 2012. era la menor de tres hermanos. Su mamá, Silvia era enfermera. Su papá había muerto de un infarto 4 años atrás. Luciana medía 165, cabello castaño oscuro que siempre llevaba en cola alta, ojos marrones que parecían estar siempre sonriendo.
Trabajaba como administrativa en una empresa de seguros en el centro. Un trabajo que había conseguido 6 meses antes después de terminar un curso de auxiliar contable. era meticulosa con sus rutinas. Cada mañana tomaba el mismo colectivo. Se sentaba del lado de la ventana, llevaba su termo de mate para compartir con sus compañeras.

Sus amigas bromeaban que era demasiado organizada para tener 23 años. Pero así era Luciana. Le gustaba la estabilidad, la previsibilidad. Saber qué vendría después. Natalia Ferreira era todo lo contrario. 24 años recién cumplidos en julio de 2012. Más alta que Luciana. 170. Cabello rubio teñido que cambiaba de tono cada pocos meses.
Su mamá Patricia ya ni le decía nada sobre los cambios de color. Extrovertida, impulsiva, soñaba con viajar por el mundo. Trabajaba como vendedora en una tienda de ropa en un centro comercial. Había estudiado turismo dos años en la universidad, pero lo dejó. Decía que prefería vivir las experiencias en lugar de estudiarlas.
Eso causó problemas con su papá, Roberto. Él era contador, valoraba la educación formal, no entendía por qué su hija dejaba todo a medias, pero Natalia tenía su propia forma de ver la vida y aunque peleaba con su papá, seguían siendo cercanos. Más o menos. Luciana y Natalia eran amigas desde los 5 años. Se conocieron en el jardín de infantes del barrio.
Pasaron toda la primaria juntas, toda la secundaria juntas. Compartieron sus primeros amores, sus primeras desilusiones. Cuando el papá de Luciana murió en 2008, Natalia pasó casi todas las noches en casa de los Acosta, acompañando a su amiga en silencio. Y cuando el hermano de Natalia tuvo un accidente de moto, Luciana organizó turnos para acompañar a la familia en el hospital.
eran diferentes, pero se complementaban perfectamente. Luciana le daba sensatez a los impulsos de Natalia. Natalia sacaba a Luciana de su zona de confort. Se veían casi todos los días. Cuando no se veían, hablaban por WhatsApp, una aplicación que habían descargado un año antes y que ya era parte de su vida.
Nadie imaginaba que esa aplicación después sería la clave para encontrarlas. El sábado 11 de agosto de 2012 amaneció fresco en Rosario. 14 grados que subirían a 20 para el mediodía. Un día de invierno normal, sol brillante, humedad del río, nada especial. Luciana se despertó tarde ese día, alrededor de las 9. La noche anterior había visto una película con su hermanoy se quedó dormida en el sofá.
Tenía planes con Natalia. iban a ir al centro a buscar un regalo para el cumpleaños de Silvia, que era el jueves siguiente. A las 10:30, Luciana le escribió a Natalia por WhatsApp. Le preguntó a qué hora se veían. Natalia respondió casi de inmediato. Quedaron en encontrarse a la 1 de la tarde en la terminal del centro.
Ese intercambio de mensajes después la policía lo analizaría cientos de veces. La hora exacta. Las doble tilditas azules, el tono normal de la conversación. No había nada que sugiriera que algo andaba mal, nada que indicara peligro. Luciana desayunó con su mamá. Hablaron sobre qué regalo comprar. Luciana sugirió una cartera, algo práctico pero lindo.
A las 11:45 subió a su habitación. Se duchó. Se vistió con un jein azul oscuro, remera blanca con rayas grises, su campera de jein que usaba siempre cuando hacía frío. Zapatillas deportivas blancas y negras, cola de caballo, un poco de rímel y brillo labial. Bajó a la cocina. Le dijo a su mamá que se iba al centro con Natalia, que no preguntara qué regalo iban a comprar.
Su mamá le dijo que no gastara mucho. Luciana le dio un beso en la mejilla. Dijo que volvería tipo 6 o 7 a más tardar. Eran las 12:35 cuando cerró la puerta de su casa. Su hermano Sebastián estaba en su cuarto. Escuchó la puerta cerrarse, pero no bajó a despedirse. Ese detalle lo atormentaría durante años.
No haber bajado a decirle adiós. Mientras tanto, Natalia también se preparaba en su casa. Su mamá Patricia había salido temprano a hacer compras. Su papá, Roberto estaba leyendo el diario en el living como todos los sábados. Su hermano Damián no había llegado de la noche anterior. Algo normal en él los fines de semana.
Natalia se levantó a las 10, pero se quedó en su cuarto navegando en Facebook desde su celular. Un Samsung Galaxy Mini con carcasa rosada. Ese teléfono estaba siempre en su mano. Sus amigas decían que era como una extensión de su cuerpo. A las 12 bajó a la cocina. Se preparó café con leche y tostadas.
Su papá le preguntó qué iba a hacer. Le dijo que iba al centro con Luciana a buscar un regalo. Roberto asintió y siguió leyendo. No hubo más conversación, solo esa distancia cotidiana que a veces existe entre padres e hijos adultos. Natalia subió a cambiarse. Pantalón negro, remera gris de manga larga, campera de cuero negra que le había regalado su exnovio.
Botas negras de caña corta. Se retocó el maquillaje, su delineado de ojos perfecto como siempre. Tomó su cartera marrón grande con tachas plateadas. Guardó su celular, su billetera, las llaves, un paquete de cigarrillos. bajó y le dijo a su mamá que se iba. Patricia le preguntó si llevaba plata suficiente. Natalia dijo que sí.
Eran las 13:05 cuando Natalia salió de su casa. La terminal del centro de Rosario siempre está llena de gente los sábados, especialmente en esa zona de alta circulación. Las cámaras de seguridad de un comercio cercano captaron a Luciana llegando a las 13:18. Se la ve caminando por la vereda con su campera de Jein, mirando su celular. Se detiene cerca de un kiosco en la entrada de la terminal.
Se apoya contra la pared. Sigue mirando su teléfono, esperando. A las 13:22, otra cámara capta a Natalia aproximándose por la calle opuesta, también mirando su celular. Levanta la vista, ve a Luciana. le hace un gesto con la mano. Luciana levanta la cabeza, sonríe, guarda su teléfono. Se abrazan brevemente, ese abrazo rápido de amigas que se ven todo el tiempo.
Intercambian algunas palabras. Comienzan a caminar juntas hacia la calle Córdoba. Esa fue la última vez que las cámaras de seguridad las captaron. Caminaron por la calle Córdoba, la arteria comercial principal del centro. Un sábado de agosto está moderadamente lleno. Las tiendas sacan ropa de primavera, aunque todavía hace frío.
Mucha gente recorre las vidrieras. Luciana y Natalia entraron a varios locales esa tarde. Una empleada de una tienda de carteras recordaría después que dos chicas coincidentes con sus descripciones habían estado ahí alrededor de las dos. Miraron carteras, se probaron algunas, preguntaron precios, dijeron que era mucho.
Se fueron. A las 4:20 de la tarde, Natalia le envió un mensaje a su mamá por WhatsApp. Malu, encontró algo para la mamá. Ya vamos para casa en un ratito. Patricia respondió, “Okay, hijita, te espero.” Ese fue el último mensaje que Natalia envió desde su celular. Aproximadamente a las 5 de la tarde, una mujer llamada Mónica Quinteros, que trabajaba en un puesto de bijutería, vio algo.
Dos jóvenes paradas en una esquina cerca de Avenida Pellegrini, como esperando algo. La más alta estaba hablando por teléfono, parecía nerviosa. La otra miraba su celular. Estuvieron ahí unos 5 o 10 minutos. Después Mónica vio que se acercó un auto oscuro, posiblemente negro o gris oscuro de cuatro puertas. Las chicas se subieron. Mónica pensó queera un remis o algo así.
No le dio importancia, pero ese testimonio después sería crucial. Aunque Mónica no pudo dar más detalles, no vio la patente, no vio al conductor, no estaba segura si eran Luciana y Natalia, pero el horario coincidía, el lugar coincidía y después de ese momento, Luciana y Natalia desaparecieron por completo.
Pasaron las 6 de la tarde y Luciana no regresó a su casa. Silvia no se preocupó de inmediato. Su hija había dicho tipo seis o siete. Todavía había tiempo. Pero a las 7:30, cuando Luciana no había llegado ni llamado, esa punzada de inquietud empezó a crecer. Silvia intentó llamar al celular de Luciana. Sonó varias veces, pero nadie atendió.
Dejó un mensaje. Lu, llámame cuando escuches esto. Esperó. Volvió a llamar. Mismo resultado. A las 8 de la noche, Silvia llamó a la casa de los Ferreira. Patricia contestó. Le preguntó si Luciana estaba ahí. Patricia dijo que no, que Natalia tampoco había llegado. En la voz de Patricia, Silvia escuchó el mismo tono de preocupación que ella sentía.
Acordaron esperar un poco más. Tal vez las chicas se habían distraído. Tal vez encontraron amigas. Tal vez fueron a tomar algo, pero a las 9 de la noche, cuando ninguna de las dos había dado señales de vida, la preocupación se transformó en alarma. Sus celulares seguían sin ser atendidos. A las 9:30, Silvia tomó la decisión.
Fueron a la comisaría. Roberto y Patricia la acompañaron, explicaron la situación al oficial de guardia y recibieron la respuesta que muchas familias reciben. Señora, no han pasado ni 24 horas. Seguramente están en algún lado y se olvidaron de avisar. Pasa todo el tiempo. Vuelvan mañana si no aparecen. Frustrados y asustados regresaron a sus casas. Esa noche nadie durmió.
A las 7 de la mañana del domingo 12 de agosto volvieron a la comisaría. Esta vez el oficial era diferente. Vio la desesperación en sus rostros. tomó la denuncia de inmediato. La investigación del caso Luciana Acosta y Natalia Ferreira comenzó oficialmente ese domingo. Los registros de las compañías telefónicas mostraron que el último uso del teléfono de Natalia fue alrededor de las 5:10 de la tarde en la zona de Avenida Pellegrini.
Después de eso, el teléfono se apagó o la batería se agotó. El celular de Luciana tuvo su última actividad a las 4:50. también en la misma zona. El lunes 13 de agosto, las fotos comenzaron a circular en los medios. Los noticieros de Rosario abrieron con la noticia. Los diarios publicaron las fotos en primera plana. Las redes sociales explotaron.
Se revisaron cámaras de seguridad de decenas de comercios, se entrevistaron testigos. Se investigó si las jóvenes tenían problemas personales. El cuadro que emergió era claro. Luciana y Natalia eran chicas normales, con vidas normales, sin problemas graves. Aunque algunos amigos mencionaron que Natalia en las últimas semanas había estado un poco más callada, como preocupada por algo.
Una amiga Yamila dijo que Natalia había comentado algo sobre un chico que le gustaba, pero nunca dio detalles. Pasaron las semanas y las pistas se agotaban. El auto oscuro que Mónica había descrito era imposible de rastrear. No había placas, no había descripción del conductor, nada. No había evidencia de que las jóvenes hubieran subido a transporte público.
El caso empezó a perder prominencia en los medios. Para octubre ya no habría los informativos. Las familias desarrollaron rutinas de dolor. Silvia dejó su trabajo en el hospital. no podía concentrarse. Patricia intentó mantener su empleo como maestra, pero era difícil. Los hermanos también sufrían.
Sebastián con culpa por no haberse despedido. Damián con rabia que no sabía cómo canalizar. El primer aniversario en agosto de 2013 fue devastador. Para 2014 la investigación había llegado a un punto muerto. Las habitaciones de Luciana y Natalia permanecieron intactas. como si en cualquier momento fueran a regresar.
Los años pasaron 2015, 2016, 2017, 2018, 2019. El caso seguía abierto, pero ya no se le dedicaban recursos. En las redes sociales, las páginas seguían activas, pero las publicaciones recibían cada vez menos atención. La gente olvidaba, la vida continuaba. Excepto para las familias Acosta y Ferreira. Para ellos cada día era un recordatorio.
Cada cumpleaños que pasaba, cada Navidad sin ellas. En 2019, Silvia enfermó gravemente. Cáncer de mama. Durante el tratamiento decía que solo quería vivir lo suficiente para saber qué le había pasado a su hija. El tratamiento funcionó. Entró en remisión, pero la pregunta seguía sin respuesta. Llegó el año 2020 y con él la pandemia de COVID-19.
En marzo, Argentina entró en una cuarentena estricta, una de las más duras del mundo. Las familias Acosta y Ferreira se encontraron confinadas en sus casas con más tiempo para pensar, para recordar, para revivir el dolor. Fue durante esos meses de aislamiento cuando ocurrió algo que cambiaría todo.Era el 28 de mayo de 2020.
Argentina llevaba más de dos meses encerrada. Nadie salía, excepto para lo esencial. Patricia Ferreira estaba en su casa esa tarde. Su esposo había salido a comprar comida. Estaba en la cocina preparando la cena cuando escuchó el sonido de notificación de WhatsApp. Tomó su teléfono, lo desbloqueó.
tenía varios mensajes sin leer. Comenzó a revisarlos distraídamente y entonces se detuvo. Su corazón literalmente dejó de latir por un segundo. Había un mensaje de un número que la aplicación identificaba como Natalia. El número de su hija, el número inactivo desde agosto de 2012, casi 8 años atrás.
El mensaje decía tres palabras. Mamá soy yo. ¿Quién envió ese mensaje? ¿Cómo era posible que el celular de Natalia estuviera activo después de 8 años? ¿Y qué pasaría cuando la policía comenzará a investigar ese mensaje imposible? En la siguiente parte vamos a descubrir cómo ese mensaje reabrió el caso, como la búsqueda se intensificó y como un hallazgo terrible cambió todo.
Si quieres saber qué pasó después, dale like a este video, compártelo y suscríbete al canal para no perderte la continuación. Nos vemos en la parte dos, donde la verdad comienza a salir a la luz. Patricia se quedó paralizada mirando su teléfono. Mamá, soy yo. Tres palabras que no tenían sentido. Tres palabras imposibles.
Sus manos comenzaron a temblar violentamente. Con dedos temblorosos escribió una respuesta. Natalia, ¿eres vos? Los dos tildes azules aparecieron casi inmediatamente. El mensaje había sido leído. Patricia esperó. 5 minutos. 10 minutos. Nada. Llamó al número. El teléfono sonó, pero nadie atendió. Volvió a llamar.
Mismo resultado. Llamó a su esposo. Roberto, “Vení”. Ya. Recibí un mensaje de Natalia. Del celular de Natalia. Mientras esperaba, Patricia siguió enviando mensajes, preguntando, suplicando. Ninguno fue leído después de ese primero. Roberto llegó corriendo. Vieron juntos el mensaje. Intentaron llamar una y otra vez. Nada.
Después de media hora decidieron llamar a la policía. Esa noche contactaron a las autoridades. El caso fue inmediatamente reabierto con prioridad alta. Un equipo llegó la mañana siguiente. Tomaron el teléfono de Patricia para análisis técnico. Pusieron en marcha protocolos para rastrear el número. La noticia llegó a la familia Acosta.
Silvia recibió la llamada de Roberto alrededor de las 10 de la noche y Luciana dijeron algo de Lu. Roberto tuvo que admitir que no, solo de Natalia. Los técnicos descubrieron información crucial. El teléfono de Natalia había sido encendido brevemente alrededor de las 6:35 de la tarde del 28 de mayo. Durante aproximadamente 12 minutos, el dispositivo estuvo activo.
Se conectó a una antena celular ubicada en el barrio de Nuevo Alberdi, zona sur de Rosario. Después el teléfono se apagó nuevamente. Se organizó un operativo policial en la zona. Revisaron casas, hablaron con residentes, mostraron fotos de las chicas. Nadie había visto nada. Nadie reconocía a las jóvenes.
La historia del mensaje trascendió a los medios. Después de 8 años, el caso de Luciana y Natalia volvía a ser noticia de primera plana. Los noticieros cubrían cada desarrollo. Las redes sociales explotaron con especulaciones. Estaban vivas. Las tenían secuestradas. Era una broma cruel, era un milagro. Nadie sabía qué pensar.
El inspector a cargo ahora era Juan Pablo Castiglione, un investigador experimentado que tomó el caso con seriedad extrema. Lo primero que hizo fue reunirse con el inspector ya jubilado. Repasar todos los detalles del caso de 2012. Castiglione decidió reentrevistar a personas clave. Yamila, la amiga que había mencionado que Natalia conoció un chico, fue contactada nuevamente.
Ahora vivía en Buenos Aires. Confirmó lo que había dicho años atrás. Natalia había conocido alguien, pero fue vaga con los detalles. Lo vi una vez hablando con ella en el centro. Cuando me acerqué, él se fue rápido. Era un hombre de unos 30 y pico. Nada particular. Castiglione revisó el Facebook de Natalia con mejores herramientas tecnológicas que en 2012.
Encontraron algo interesante. En las cintos semanas previas a su desaparición, Natalia había comenzado a interactuar con el perfil de una persona llamada Mauro Sosa. El perfil había sido eliminado en 2013. Con órdenes judiciales obtuvieron información. El perfil había sido creado en mayo de 2012.
Su último uso fue en agosto de 2012. Todo sugería que era un perfil falso. Otra amiga Andrea llamó después de ver las noticias. Natalia me mostró ese perfil. Me dijo que había conocido a alguien por Facebook, que era mecánico, que tenía 29 años. Creo que planeaban encontrarse en persona a principios de agosto.
La investigación tenía ahora una dirección, un perfil falso, un encuentro planeado, una desaparición, pero todavía faltaba la pieza más importante. ¿Quién estaba detrás del perfil de Mauro Sosa?Pasaron dos meses desde el mensaje. La investigación parecía haber llegado a otro punto muerto. Pero entonces, el 18 de julio, ocurrió algo que cambiaría todo.
Un hombre llamado Federico Lamberti tenía un campo en la zona de Funes a unos 25 km de Rosario. Ese día estaba limpiando una asequia que atravesaba su propiedad. Con las lluvias recientes, la asequia se había llenado de escombros y ramas. Mientras trabajaba con un rastrillo, encontró algo entre el barro, una cartera de mujer. Al principio no le dio importancia, era común encontrar basura en las asequias.
Pero cuando limpió la cartera y la abrió, encontró documentos adentro. Documentos con el nombre de Natalia Ferreira. Federico reconoció el nombre de inmediato. Todo Rosario conocía el caso. Llamó a la policía. Castiglione llegó al campo de Lamberti en menos de una hora. El área fue acordonada. Un equipo forense llegó a revisar la asequia y los alrededores.
La cartera era marrón con tachas plateadas, exactamente como la habían descrito los padres de Natalia 8 años atrás. Incluso después de tanto tiempo sumergida, todavía era reconocible. Adentro encontraron las llaves de la casa de Natalia. Tarjetas de crédito, aproximadamente 300 pesos en billetes desintegrados, un paquete de cigarrillos completamente deshecho y algo más, un teléfono celular, un Samsung Galaxy Mini con carcasa rosada.
Después de casi 8 años sumergido en agua y barro, estaba completamente destruido. No había forma de recuperar datos. Los circuitos corroídos, la batería oxidada, la pantalla opaca, pero había un detalle crucial. Los técnicos verificaron el número email del dispositivo. Es como una huella digital de cada teléfono.
El email del celular encontrado no coincidía con el del número que había enviado el mensaje en mayo. Eso significaba algo importante. Natalia tenía dos celulares o alguien había puesto un celular diferente en su cartera. Patricia y Roberto fueron consultados. Natalia tenía dos celulares.
Ambos padres se miraron confundidos. que nosotros supiéramos, ¿no? Pero entonces Patricia recordó algo. Hace como un año antes de que desapareciera, Natalia tenía un Nokia viejo. Era su primer celular de cuando era más chica. Lo había guardado en un cajón. Pero un día en 2012 lo vi que lo estaba cargando. Le pregunté para qué lo quería y me dijo algo sobre dárselo a una chica del trabajo.
No le di importancia. Esta información era crucial. Castiglione pidió verificar todos los números registrados a nombre de Natalia. El proceso tomó dos días. Finalmente obtuvieron la respuesta. Además del número principal había otro de 2009 hasta 2012, correspondiente a un Nokia antiguo. Y ese número, cuando fue verificado contra los registros del mensaje de WhatsApp de mayo coincidía exactamente.
Natalia había tenido un segundo celular. un celular que mantenía activo y que nadie más sabía que usaba. Y ese era el celular desde el cual se había enviado el mensaje 8 años después. Pero si ese celular no estaba en la cartera encontrada, entonces, ¿dónde estaba? ¿Quién lo tenía? ¿Y cómo había enviado un mensaje en 2020? Si la cartera de Natalia había sido encontrada en Funes, era razonable pensar que algo más había ocurrido en esa área.
Castiglione organizó búsquedas extensivas en los campos circundantes, no solo en el campo de Lamberti, sino en todas las propiedades vecinas. Se trajeron perros de búsqueda especializados, entrenados para detectar restos humanos incluso después de muchos años. Fue el 23 de julio cuando uno de los perros comenzó a comportarse diferente.
Un pastor alemán llamado Thor se había separado del grupo olfateando intensamente en una zona boscosa particularmente densa. A aproximadamente 1 km de donde se encontró la cartera. Su manejador reconoció la señal. Thor se sentó. Miraba fijamente un punto específico. Ladraba de una manera particular.
era la señal de detección de restos humanos. El área fue inmediatamente acordonada. Forenses especializados llegaron al lugar. No se podía simplemente empezar a acabar. Cada movimiento tenía que ser documentado. Cada capa de tierra fotografiada. Colocaron una carpa sobre el área. Instalaron iluminación artificial. Sabían que el trabajo tomaría días.
Las primeras horas no revelaron nada. tierra, piedras, raíces. Pero a medida que profundizaban aproximadamente a 60 cm bajo la superficie, uno de los forenses encontró algo, un fragmento de tela, luego otro. continuaron con más cuidado y entonces cuando habían excavado aproximadamente un metro encontraron el primer hueso.
Era parte de un fémur humano. El trabajo se detuvo momentáneamente. Se tomaron fotografías desde todos los ángulos. Se documentó la posición exacta. Luego continuaron. Lo que encontraron en los días siguientes fue una fosa poco profunda que contenía los restos de dos cuerpos. Estaban enterrados juntos. Lado a lado, los cuerpos estaban en avanzado estadode descomposición, prácticamente esqueletizados, consistente con 8 años enterrados.
Junto a los restos encontraron fragmentos de ropa, aunque deteriorados, aún mostraban colores y patrones. un par de zapatillas deportivas blancas y negras, unas botas negras de caña corta, restos de una campera de jein, fragmentos de una campera de cuero negro y crucialmente encontraron algo más, un teléfono celular.
No estaba directamente con los cuerpos, estaba ligeramente separado, envuelto en lo que alguna vez había sido una bolsa plástica transparente. La bolsa había protegido parcialmente el dispositivo de la humedad extrema, aunque no completamente. El celular fue extraído con extremo cuidado y llevado al laboratorio forense.
Cuando todos los restos fueron exumados, comenzó el proceso de identificación formal. Se necesitaban semanas para completar todos los análisis, ADN, estudios antropológicos, análisis odontológicos. Cada prueba tomaba tiempo. Las familias esperaban en agonía. Durante esas semanas, los técnicos también trabajaron en el teléfono encontrado en la bolsa plástica.
Era un Nokia viejo, un modelo de principios de los 2000. La bolsa había ayudado, pero el dispositivo había sufrido daños considerables. Los técnicos lo abrieron en un ambiente controlado. Extrajeron la tarjeta SIM. Comenzaron el proceso de intentar recuperar información. Usaron técnicas especializadas, limpieza ultrasónica, reemplazo de batería, secado en cámaras especiales.
Después de días de trabajo, lograron que el dispositivo respondiera. La pantalla se iluminó débilmente. El Nokia estaba funcional, al menos parcialmente. Cuando accedieron al contenido del teléfono, encontraron algo que el heló la sangre. La memoria contenía mensajes de texto guardados, conversaciones entre Natalia y un número sin nombre registrado.
Los mensajes databan de julio y principios de agosto de 2012. Castiglione los leyó con tensión creciente. Eran conversaciones donde Natalia discutía planes para encontrarse con alguien. ¿Cuándo podemos vernos? Preguntaba Natalia el 28 de julio. Cuando quieras. Tengo ganas de conocerte en persona, respondía el otro número.
Me da un poco de miedo escribía Natalia. No tengas miedo. Soy lo que ves en las fotos. Una persona normal que quiere conocerte. El 10 de agosto Natalia escribió algo que ahora sonaba terrible. Lu va a venir conmigo. No se lo dije a nadie más. La respuesta fue, “Está bien que traigas a tu amiga. Así te sentís más segura.
” Pero no le digas a nadie más, por favor. El último mensaje de Natalia fue el 11 de agosto a las 442 de la tarde. Dale, te escribo cuando estemos por ahí. Aquí estaba la evidencia faltante. Natalia había acordado encontrarse con alguien el 11 de agosto de 2012. Había llevado a Luciana con ella como medida de seguridad.
La persona había insistido en que no le dijeran a nadie. Un detalle que ahora sonaba siniestro. El 15 de agosto de 2020, casi exactamente 8 años después del desaparecimiento, Castiglione, recibió el informe de ADN. Los restos del primer cuerpo correspondían a una mujer de aproximadamente 23 a 25 años, altura aproximada 165. El ADN coincidía con las muestras de la familia Acosta. Era Luciana.
Los restos del segundo cuerpo correspondían a una mujer de aproximadamente 24 a 26 años, altura aproximada 170. El ADN coincidía con las muestras de la familia Ferreira. Era Natalia. Castiglione tuvo que hacer las llamadas más difíciles de su carrera. Primero llamó a Silvia Acosta. “Señora Acosta, necesito que venga a la comisaría.
Es importante. Su voz era cuidadosamente neutral, pero Silvia, después de 8 años de espera, entendió inmediatamente. ¿La encontraron? No era una pregunta. Sí, señora, la encontramos. Por favor, venga. Silvia comenzó a llorar al teléfono, luego llamó a Roberto Ferreira. La conversación fue similar. ¿Está viva?, preguntó Roberto, aunque ya sabía la respuesta.
No, señor, lo lamento mucho. Las familias fueron notificadas formalmente esa tarde. En una sala privada de la comisaría con psicólogos presentes, Castiglione les explicó lo que habían encontrado, les mostró las evidencias, les explicó que sus hijas habían sido encontradas juntas, que no habían sido separadas.
No les dio todavía todos los detalles sobre cómo habían muerto. Eso vendría después. Por ahora solo necesitaban procesar el hecho fundamental. Después de 8 años de no saber, finalmente sabían. Luciana y Natalia habían muerto probablemente poco después de desaparecer. Habían sido enterradas en un campo en Funes. Silvia soylozaba inconsolablemente abrazada por su hijo Sebastián.
Patricia estaba en shock mirando al vacío mientras Roberto tenía una mano en su hombro con lágrimas corriendo por su rostro. Damián golpeó la pared con su puño, dejando una marca mientras gritaba de frustración y dolor. Al día siguiente, la noticia se hizo pública. Encontraron los cuerpos de lasjóvenes desaparecidas hace 8 años.
Era el titular en todos los medios. Las redes sociales se llenaron de mensajes de condolencia, pero también de preguntas. ¿Quién las había matado? ¿Por qué habría justicia? Los informes forenses completos tardaron otra semana. El esqueleto de Luciana mostraba evidencia de trauma balístico, un agujero en el esternón consistente con un disparo.
El proyectil había atravesado el corazón. La muerte habría sido casi instantánea. El esqueleto de Natalia mostraba evidencia diferente, una fractura en el cráneo del lado derecho, consistente con un golpe fuerte o una caída sobre una superficie dura. La lesión habría causado hemorragia severa y muerte en minutos.
Basándose en toda la evidencia, Castiglione pudo reconstruir un escenario probable. Natalia había conocido a alguien en línea. Habían acordado encontrarse. Natalia llevó a Luciana como medida de seguridad. Se encontraron cerca de Pellegrini alrededor de las 5 de la tarde. Algo salió terriblemente mal. Luciana fue baleada.
Natalia sufrió un trauma craneal fatal. Ambas fueron enterradas en funes, pero todavía quedaban preguntas enormes. ¿Quién era la persona detrás del perfil de Mauro Sosa? ¿Cuál había sido su intención? ¿Había planeado hacerles daño o algo salió mal? ¿Y quién había enviado el mensaje de WhatsApp en mayo de 2020? ¿Por qué? La respuesta llegaría de una fuente completamente inesperada.
¿Quién estaba detrás del perfil falso de Facebook? ¿Por qué envió ese mensaje 8 años después? ¿Y qué lo llevó finalmente a confesar la verdad? En la parte final vamos a descubrir cómo el responsable se presentó voluntariamente en la comisaría, cómo confesó todo lo que había pasado aquel día de agosto y cómo una mentira en internet terminó en tragedia.
Si esta historia te tiene en suspenso, dale like, compártela y activa las notificaciones para no perderte el final impactante. Nos vemos en la parte tres, donde toda la verdad sale a la luz. Era el 25 de agosto de 2020. Una semana después de que se hiciera pública la identificación de los cuerpos, los medios todavía cubrían intensamente la historia.
Las familias habían dado entrevistas. El dolor era visible en cada palabra. Esa tarde, alrededor de las 4, un hombre se presentó en la entrada de la comisaría central de Rosario. Estatura media, complexión normal, cabello corto oscuro, jein y remera azul simple, aproximadamente 40 años. Era el tipo de persona que pasaría completamente desapercibida en cualquier multitud.
Alguien que se ve y se olvida. Se acercó al oficial de guardia. Necesito hablar con el inspector Castiglione sobre el caso de las chicas que encontraron en Funes. Tengo información importante. El oficial lo miró con escepticismo. Desde que el caso era noticia, habían tenido docenas de personas con información importante que resultaba ser nada.
¿Qué tipo de información? Prefiero hablar directamente con el inspector. Dígale que Claudio Santana está acá. Había algo en el tono del hombre que hizo que el oficial lo tomara en serio. 20 minutos después, Claudio Santana estaba sentado en una sala de interrogatorios. había llegado con un abogado. Castiglione entró en la sala acompañado por dos investigadores.
Todo estaba siendo grabado. Se sentó frente a Santana y lo estudió por un momento. El hombre parecía exhausto. Ojeras profundas, manos temblando. Señor Santana, entiendo que tiene información sobre el caso Ferreira. Santana asintió. miró a su abogado, quien le hizo un gesto. Tomó un respiro profundo y dijo las palabras que cambiarían todo.
Yo soy responsable de lo que les pasó a esas chicas, por eso estoy acá. Hubo silencio absoluto en la sala. Después de 8 años, la respuesta estaba sentada frente a ellos confesando. Castiglione le advirtió sobre sus derechos. Santana dijo que entendía, que necesitaba decir la verdad y comenzó a hablar.
En 2012 tenía 31 años, casado, pero el matrimonio estaba destruido. Me sentía invisible, solo. Trabajaba como mecánico, pero mi vida personal era un desastre. Una noche en mayo creé un perfil falso en Facebook. Mauro Sosa, fotos de internet, edad inventada, historia inventada. Solo quería sentir que alguien se interesaba por mí. Conocí a Natalia por Facebook.
Empezamos a chatear. Conversaciones que se volvieron diarias, personales. Me sentía vivo cuando hablaba con ella. En julio me dio un número alternativo más privado. Empezamos a mandar mensajes de texto. Ella empezó a decir que quería conocerme en persona. Yo entraba en pánico porque sabía que cuando me viera sabría que todo era mentira.
Pero finalmente le dije que sí. Quedamos para el 11 de agosto. Esa mañana me escribió que traía a una amiga. Le dije que no había problema. Salí hacia Rosario en mi peyot gris. Llegué a Pellegrini alrededor de las 5:15. Mi corazón latía como loco. Les vi caminando. Natalia, tal como sus fotos. Luciana másbajita. Me bajé del auto.
Cuando Natalia me vio, la confusión fue inmediata. Yo no era el de las fotos. Hola, Nati. Soy Mauro. ¿Vos sos Mauro, ¿no te pareces a las fotos? Les pedí que subieran al auto para hablar más tranquilos. Dudaron, pero subieron. Natalia adelante, Luciana, atrás. En cuanto cerraron las puertas, empezaron las preguntas.
¿Por qué las mentiras? ¿Quién eres realmente? Yo intentaba explicar, pero ella estaba cada vez más enojada. Luciana decía, “Nati, bajémonos.” Empecé a manejar hacia Funes. Pensé que encontraría un lugar tranquilo para hablar. Ellas gritaban que parara. Luciana dijo que llamaría a la policía. Entré en pánico. Me imaginé todo saliendo a la luz.
Estábamos en un camino de tierra. Frené bruscamente. Luciana marcó en su celular. Yo me estiré para quitárselo. Hubo forcejeo. En la guantera tenía una pistola. La había comprado después de un asalto. Nunca la había usado. En el forcejeo, la guantera se abrió. La pistola cayó. Natalia y yo tratamos de agarrarla al mismo tiempo y se escuchó el disparo.
Santana respiraba con dificultad. Luciana se agarró el pecho. Sangre cayó hacia atrás. Natalia gritó y salió corriendo. Yo salí detrás. No pensaba con claridad. Sabía que Luciana estaba muerta, que mi vida estaba terminada. Alcancé a Natalia. Forcejeamos. Yo solo quería que dejara de gritar. Entonces ella tropezó, cayó hacia atrás.
Su cabeza golpeó contra una piedra, un golpe seco horrible. Se quedó quieta, ojos abiertos, pero sin moverse. Había sangre en la piedra, también estaba muerta. Me senté al lado de su cuerpo mirando lo que había hecho. Dos chicas muertas por mi culpa, porque había sido un egoísta mentiroso.
Tenía que decidir ir a la policía o intentar ocultar todo. Tomé la decisión equivocada, la cobarde. Volví al auto, busqué una pala, cabé durante horas. Cuando terminé ya era de noche. Llevé los cuerpos a la fosa, los puse lado a lado. No quería separarlas. Tomé sus cosas, pero antes de llenar la fosa, saqué el Nokia viejo de Natalia.
Lo puse en una bolsa plástica y lo dejé cerca de los cuerpos. Tal vez era evidencia que algún día podría querer que se encontrara. Llené la fosa, cubrí todo con hojas. Los siguientes días fueron una pesadilla. Vi las noticias, las familias buscándolas. Cada día pensaba en confesar, pero no lo hacía. Me divorcié, me mudé a nuevo al Verdi.
Conseguí otro trabajo. Los años pasaron. 2013, 2014, 2015. Cada noche soñaba con ellas. Para 2019 la culpa me estaba matando. Problemas de salud, insomnio, ataques de pánico. Llegó 2020, la pandemia. Encerrado en mi departamento sin distracciones, solo yo y mis pensamientos sobre lo que había hecho. En mayo decidí dar a las familias una forma de encontrar los cuerpos sin entregarme directamente.
Era cobarde, pero pensé que al menos así tendrían un cierre. El Nokia de Natalia estaba con los cuerpos. Un conocido en telefonía me consiguió una SIM nueva con ese número. Compré un teléfono barato, instalé WhatsApp, escribí, “Mamá, soy yo.” Lo envié desde nuevo Alberdi, sabiendo que rastrearían la señal. Apagué el teléfono, lo destruí.
Vi en las noticias que reabrieron el caso, que investigaban, que finalmente encontraron los cuerpos. Cuando vi la noticia, sentí alivio y terror y me di cuenta de algo. Ya no quería escapar. Por eso estoy acá para confesar, para que las familias sepan la verdad, para enfrentar las consecuencias. Merezco la cárcel y mucho más. Los siguientes días, Santana mostró todo a los investigadores.
El camino de tierra, la piedra, cada detalle fue verificado. Los forenses encontraron sangre de Natalia en la piedra. Su exesposa confirmó el matrimonio roto, el peuyot gris vendido en 2013. El amigo de telefonía admitió haberle conseguido la SIM. Todo encajaba perfectamente. En abril de 2021 fue juzgado. La defensa argumentó accidente, remordimiento, confesión voluntaria.
La fiscalía argumentó decisiones deliberadas, engaño, ocultamiento. Durante 8 años. El jurado deliberó dos días, culpable en ambos casos, 25 años de prisión sin libertad condicional antes de cumplir 18. El 10 de septiembre de 2020, Luciana y Natalia fueron enterradas. Dos funerales, cientos de personas. Un capítulo cerrado después de 8 años.
Patricia dijo después. Ese hombre nos robó 8 años de saber, de despedirnos, todo por cobardía. Silvia fue igual de contundente. Mi hija murió porque un hombre no podía enfrentar su vida miserable. En 2021, una plaza del barrio fue renombrada plaza Luciana y Natalia, con placas que muestran sus fotos sonriendo.
En memoria de dos amigas que soñaban con el futuro. Las familias siguen viviendo en el mismo barrio, unidos por la tragedia. Se apoyan, visitan juntos las tumbas. El dolor nunca desaparece, pero han aprendido a vivir con él. Esta historia nos enseña lecciones dolorosas. Primero que las redes sociales pueden ser peligrosas cuando no sabemos conquién hablamos.
Mauro Sosa no existía, era una invención, pero Natalia no tenía forma de saberlo. Segundo, que llevar a alguien de confianza no siempre es suficiente. Luciana fue precisamente para protegerla y aún así no fue suficiente. Tercero, que los secretos no se guardan para siempre. Santana vivió 8 años con la culpa. Finalmente no pudo más.
Cuarto, que la tecnología es arma de doble filo. Un perfil falso llevó a la tragedia, pero fue un mensaje de WhatsApp lo que llevó a encontrar los cuerpos. Si esta historia te impactó, compártela, no por morvo, sino para crear conciencia. Sobre los peligros reales de conocer gente por internet, sin tomar las precauciones necesarias.
sobre la importancia de decirle a alguien dónde vas cuando te encuentras con alguien nuevo. Sobre verificar que la persona con quien hablas es realmente quien dice ser. Hay aplicaciones y formas de verificar identidades, videollamadas antes de encontrarse en persona, encuentros en lugares públicos con mucha gente. Natalia hizo muchas cosas bien.
No le dio su número principal, llevó a una amiga, pero no fue suficiente porque Claudio Santana tomó decisiones que convirtieron un engaño en tragedia.















