Amigas DESAPARECIERON en Saltillo en 1993 — la verdad del bosque salió a la luz

El viento soplaba con fuerza esa tarde de octubre en Saltillo, levantando pequeñas nubes de polvo en las calles del centro. Era el 16 de octubre de 1993, un sábado como cualquier otro en esa ciudad industrial del norte de México que se preparaba para el otoño. Tres amigas caminaban por la calle de Victoria rumbo a la terminal de autobuses, riendo y compartiendo secretos como lo habían hecho desde la secundaria.

Claudia Hernández, de 19 años, era la más alta del grupo con el cabello castaño recogido en una coleta alta y unos jeans desgastados que había comprado en el Mercado Juárez. A su lado, Mónica Saldívar, también de 19, llevaba una chamarra de mezclilla con parches bordados y un walkman colgando de su cinturón.

La tercera, Ana Patricia Ruiz, de 18 años recién cumplidos, era la más callada, pero también la más aventurera, siempre dispuesta a explorar lugares nuevos en las afueras de la ciudad. Las tres habían planeado ese viaje durante semanas. Querían ir a la sierra de Arteaga, a unas cabañas que el tío de Claudia tenía cerca del bosque de Pinos, a poco más de una hora de Saltillo.

Era su forma de celebrar que Claudia y Mónica habían sido aceptadas en la Universidad Autónoma de Coahuila para estudiar contaduría y comunicación, respectivamente. Mientras que Ana Patricia acababa de conseguir trabajo en una de las fábricas textiles que habían abierto en la zona industrial. El plan era sencillo, tomar el autobús a Arteaga, caminar hasta las cabañas, pasar la noche allí y regresar el domingo por la tarde.

Nadie imaginó que ese viaje cambiaría todo para siempre. La terminal de autobuses estaba llena ese sábado. Familias que viajaban a Monterrey, comerciantes que regresaban de sus rutas, estudiantes que iban a casa a visitar a sus padres.

Claudia compró tres boletos en la ventanilla de transportes del norte, pagando con el dinero que las tres habían juntado. El autobús saldría a las 4 de la tarde y llegaría a Arteaga alrededor de las 5:30. Desde allí, según le había explicado su tío por teléfono, tenían que caminar por un sendero de terracería que bordeaba el bosque de pinos subiendo hacia la sierra.

 Las cabañas estaban a unos 40 minutos de caminata, pero el paisaje valía la pena. Su tío les había dado indicaciones precisas, seguir el camino principal hasta ver un árbol caído en forma de arco, girar a la izquierda y continuar hasta encontrar un pequeño arroyo. Las cabañas estaban justo después de cruzar ese arroyo. Mónica revisaba su mochila por tercera vez, asegurándose de que no faltara nada.

 Había empacado linternas, cerillos, una cobija extra, latas de frijoles y atún, pan de caja y varias botellas de agua. Ana Patricia había traído su cámara desechable, emocionada por capturar fotos del bosque y del atardecer en las montañas. Claudia llevaba el mapa que su tío le había dibujado en una servilleta junto con las llaves de la cabaña atadas a un llavero de metal con forma de venado.

 Las tres subieron al autobús cuando el conductor anunció la salida, eligiendo los asientos del lado derecho para poder ver la sierra mientras se acercaban. El viaje transcurrió sin problemas. El autobús atravesó las colonias del sur de Saltillo. Pasó por los campos donde algunos agricultores todavía cultivaban maíz y frijol y comenzó a subir suavemente hacia las montañas.

 El paisaje cambiaba gradualmente, de la árida planicie a las primeras elevaciones cubiertas de mezquites y nopales, hasta que aparecieron los pinos. Ana Patricia tomó varias fotos desde la ventana, capturando el contraste entre el cielo azul intenso y las copas verdes de los árboles. Mónica escuchaba música en su walk compartiendo uno de los audífonos con Claudia que tarareaba bajito las canciones de Caifanes y Soda Estéreo que tanto les gustaban.

 Llegaron a Arteaga cuando el sol comenzaba a descender hacia el horizonte. El pueblo era pequeño, con calles empedradas y casas de adobe pintadas en colores pastel. Había una plaza principal con un kiosco, una iglesia con campanario y algunos comercios cerrados por ser tarde de sábado. Las tres amigas bajaron del autobús y se orientaron según el mapa.

El sendero que buscaban comenzaba al final de la calle principal, justo donde terminaban las últimas casas del pueblo. Un letrero de madera desgastado indicaba Sierra de Arteaga, zona de cabañas turísticas. Empezaron a caminar con energía, disfrutando del aire fresco de la montaña que contrastaba con el calor seco de Saltillo.

El sendero era ancho al principio, claramente transitado por vehículos durante el día. A ambos lados se alzaban los pinos, algunos tan altos que parecían tocar el cielo. El olor a resina y tierra húmeda llenaba el ambiente. Pájaros que no podíanidentificar cantaban desde las ramas más altas.

 Cada tanto se detenían para admirar el paisaje o para que Ana Patricia tomara fotos. Claudia iba adelante consultando el mapa y buscando las señales que su tío le había descrito. Caminaron durante casi media hora sin encontrar a nadie más en el sendero. No era extraño. Su tío les había dicho que entre semana el lugar estaba bastante solitario y aunque era sábado, la temporada alta de turismo no comenzaría hasta diciembre cuando llegara el frío intenso y la posibilidad de nieve.

El sol bajaba cada vez más y la luz comenzaba a tomar ese tono dorado del atardecer. Fue entonces cuando Mónica señaló hacia adelante el árbol caído en forma de arco, exactamente como lo había descrito el tío de Claudia. Las tres se miraron con emoción y giraron a la izquierda, siguiendo un sendero más estrecho que se adentraba más profundamente en el bosque. Este nuevo camino era diferente.

Los pinos crecían más juntos, creando una especie de túnel natural por donde apenas pasaba la luz del atardecer. El suelo estaba cubierto de agujas de pino que amortiguaban sus pasos. Hacía más frío aquí dentro. Y Mónica se ajustó la chamarra de mezclilla mientras Ana Patricia guardaba su cámara en la mochila, preocupada de que no hubiera suficiente luz para más fotos.

Claudia mantenía el paso firme, aunque internamente comenzaba a preocuparse por la velocidad con que oscurecía. Necesitaban llegar a las cabañas antes de que cayera la noche por completo. Caminaron otros 20 minutos. Ahora en silencio, concentradas en no tropezar con las raíces que sobresalían del suelo.

 El sonido de agua corriendo les indicó que estaban cerca del arroyo. Efectivamente, al doblar una curva del sendero, encontraron el pequeño arroyo que su tío había mencionado. No era más ancho que 2 m y el agua fluía clara y fría sobre rocas redondeadas. Había un puente improvisado hecho con troncos gruesos y tierra compactada. Las tres lo cruzaron con cuidado, conscientes de que la madera estaba húmeda y podía ser resbaladiza.

Al otro lado del arroyo, el sendero se dividía en dos. Claudia revisó el mapa con creciente ansiedad. Su tío no había mencionado ninguna bifurcación. Según las indicaciones, las cabañas deberían estar justo después de cruzar el arroyo, pero no había ninguna construcción a la vista, solo más bosque en ambas direcciones.

 El camino de la derecha parecía más transitado, con huellas de llantas que indicaban que vehículos habían pasado por ahí recientemente. El de la izquierda era más estrecho y salvaje, apenas un sendero marcado entre los pinos. Mónica sugirió tomar el de la derecha por la lógica de que si había señales de vehículos probablemente llevara a algún lugar habitado.

 Ana Patricia no estaba tan segura. Argumentó que las cabañas de las que hablaba el tío de Claudia eran rústicas y probablemente no tenían acceso vehicular. Claudia miró el cielo. La luz se desvanecía rápidamente y pronto necesitarían las linternas. Tomó una decisión. Seguirían por el camino de la derecha durante 15 minutos.

 Si no encontraban las cabañas, regresarían e intentarían con el otro camino. Tomaron el sendero de la derecha. Las huellas de neumáticos eran claramente visibles en la tierra húmeda junto con pisadas de botas grandes. Alguien había estado aquí hace poco, quizás ese mismo día. Eso las hizo sentir más seguras, como si la presencia de otras personas cercanas disminuyera la sensación de aislamiento que el bosque comenzaba a provocarles.

Siguieron avanzando, ahora más rápido, ansiosas por encontrar las cabañas antes de que oscureciera completamente. Fue Ana Patricia quien vio primero la luz, una luz amarillenta que parpadeaba entre los árboles más adelante, como si alguien tuviera una lámpara de petróleo o una fogata encendida. Las tres se miraron y aceleraron el paso, sintiendo un alivio inmediato.

 Había gente allí, lo que significaba que probablemente estaban cerca de las cabañas o de algún asentamiento. Al acercarse más, pudieron distinguir una construcción de madera entre los pinos. No era exactamente como las habían descrito, pero era una cabaña y había luz adentro. Se detuvieron a unos 20 metros de la construcción.

Algo en el ambiente las hizo dudar. La cabaña tenía un aspecto descuidado, con tablas sueltas en las paredes y ventanas cubiertas con plástico negro. Alrededor había herramientas esparcidas, tamb lo que parecían restos de madera cortada apilados sin orden. No era el tipo de lugar turístico que el tío de Claudia había descrito.

Una camioneta chebrolet verde oscuro estaba estacionada al costado con el capó levantado y cables expuestos. La luz que habían visto provenía de una lámpara de gas dentro de la cabaña. Mónica susurró que tal vez deberían regresar y buscar el otro sendero, pero era demasiado tarde. La puerta de la cabaña se abrió y un hombre saliósecándose las manos en un trapo grasiento.

 Era alto, de unos 45 años, con bigote grueso y sombrero vaquero. Vestía camisa de franela y jeans manchados de aceite. Al verlas se detuvo en seco, claramente sorprendido de encontrar a tres jóvenes en medio del bosque al anochecer. “¿Qué hacen ustedes aquí?”, preguntó con voz grave, sin hostilidad, pero tampoco con amabilidad.

 Claudia dio un paso adelante tratando de sonar segura mientras explicaba que buscaban unas cabañas turísticas, que el tío de una de ellas tenía propiedades por la zona. El hombre las observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Luego escupió a un lado y negó con la cabeza. No hay cabañas turísticas por aquí.

 Lo más cercano está del otro lado del bosque, casi llegando a la carretera federal. Si tomaron el camino después del arroyo, se equivocaron de dirección. El corazón de Claudia se hundió. Habían perdido tiempo precioso yendo en la dirección equivocada y ahora estaba casi completamente oscuro. El hombre pareció notar su preocupación porque su expresión se suavizó ligeramente.

Miren, ya es muy tarde para que anden caminando por el bosque. El sendero es peligroso de noche. Hay pozos y árboles caídos. Si quieren pueden quedarse aquí esta noche y mañana temprano les indico cómo llegar a dónde van. Otro hombre más joven salió de la cabaña limpiándose las manos en los pantalones.

 Tenía unos 30 años y miró a las tres amigas con una intensidad que las hizo sentir incómodas. Ana Patricia tomó el brazo de Claudia y le susurró urgentemente que prefería arriesgarse a caminar de noche que quedarse allí. Había algo en ese lugar, en esos hombres, que no se sentía bien. Mónica asintió rápidamente, respaldando la opinión de Ana Patricia.

 Claudia agradeció al hombre por su ofrecimiento, pero dijo que preferían regresar al pueblo, que ya era muy tarde y sus familias estarían preocupadas. Fue una mentira piadosa. En realidad, ninguna de sus familias esperaba noticias hasta el domingo, pero esperaba que la mención de gente esperándolas las hiciera parecer menos vulnerables.

El hombre mayor se encogió de hombros. Como quieran, pero les va a costar trabajo regresar en la oscuridad. Síganme. Les puedo mostrar un atajo que las lleva más rápido al pueblo. Comenzó a caminar hacia el bosque en una dirección completamente diferente al sendero por el que habían llegado. Las tres amigas se miraron con indecisión.

Por un lado, no confiaban en ese hombre, pero por otro, la idea de perderse en el bosque oscuro era aterradora. Finalmente decidieron seguirlo, pero manteniéndose juntas y alertas. El hombre caminaba rápido, claramente familiarizado con cada piedra y raíz del sendero. El más joven se había quedado en la cabaña, pero las observaba desde la puerta mientras se alejaban.

 Claudia sacó una de las linternas de la mochila de Mónica iluminando el camino. Caminaron durante lo que pareció mucho tiempo, internándose cada vez más en el bosque. Las copas de los pinos eran tan densas que ni siquiera la luz de la luna que había comenzado a salir podía penetrar. Después de unos 20 minutos, el hombre se detuvo en un claro pequeño.

“Aquí se divide el camino otra vez”, dijo señalando hacia adelante donde efectivamente se veían dos senderos más. Si toman el de la izquierda y siguen recto, van a llegar al arroyo otra vez, pero más abajo. Pueden seguir el curso del agua y eso las llevará de regreso al pueblo.

 Claudia iluminó los senderos con la linterna. Ambos parecían igualmente oscuros e inhóspitos. ¿Y el de la derecha? Preguntó Mónica con voz temblorosa. El hombre escupió de nuevo. Ese lleva a una zona minera abandonada. Nadie va por ahí. Ana Patricia sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la montaña.

 Algo en la forma en que el hombre había dicho eso último, sonaba como una advertencia o como algo más siniestro. Claudia agradeció nuevamente y las tres comenzaron a caminar hacia el sendero de la izquierda, pero el hombre las detuvo. Esperen una cosa más. Si encuentran algo raro en el bosque, algo que no deberían ver, lo mejor es que actúen como si no hubieran visto nada.

 ¿Entienden? Las miró fijamente y en ese momento, con solo la luz de la linterna iluminando su rostro desde abajo, se veía vagamente amenazante. Las tres asintieron rápidamente y se alejaron por el sendero izquierdo sin mirar atrás. Caminaron en silencio durante varios minutos con Claudia iluminando el camino y las otras dos pegadas a ella.

 El bosque de noche era un lugar completamente diferente al que habían atravesado durante el atardecer. Sonidos extraños provenían de todas direcciones, crujidos de ramas, el ulular de un búo, el susurro del viento entre los pinos que sonaba casi como voces. Ana Patricia sacó su segunda linterna y la encendió dándole algo de luz adicional, aunque las pilas no eran muy fuertes. Caminaron durante casi unahora sin encontrar el arroyo.

 El sendero parecía interminable, serpenteando entre los árboles sin un destino claro. Mónica comenzó a sospechar que el hombre les había mentido, que las había enviado por el camino equivocado a propósito. Pero, ¿por qué haría eso y para qué? Claudia consultaba constantemente el mapa hecho a mano, aunque bajo la luz temblorosa de la linterna era difícil distinguir los detalles.

Nada de lo que veían coincidía con lo que el tío había dibujado. Fue entonces cuando escucharon el ruido, un motor diésel funcionando en algún lugar del bosque, no muy lejos de donde estaban. Las tres se detuvieron en seco tratando de ubicar la dirección del sonido. Parecía venir de su derecha, más profundo en el bosque.

 También había voces, varias personas hablando, aunque no podían distinguir las palabras, y algo más, luces, varias luces moviéndose entre los árboles como linternas o lámparas de mano. Ana Patricia sugirió que fueran hacia esas luces. Donde hubiera gente y vehículos, probablemente habría un camino que la sacara del bosque.

 Pero Claudia recordó la advertencia del hombre. Si encuentran algo raro en el bosque, algo que no deberían ver, lo mejor es que actúen como si no hubieran visto nada. Algo en todo esto no encajaba. ¿Por qué habría gente trabajando en el bosque a esas horas de la noche? Y por qué ese hombre les había advertido específicamente. Mónica tomó la decisión por ellas.

Estaba asustada y cansada y quería salir de ese bosque lo antes posible. Comenzó a caminar hacia donde venían las luces, apartando ramas bajas y saltando sobre troncos caídos. Claudia y Ana Patricia la siguieron, aunque con más cautela. Se movieron en dirección a los sonidos que se hacían cada vez más claros.

 El motor diésel pertenecía a un generador o algún tipo de maquinaria pesada. Las voces eran de varios hombres hablando en tono bajo, pero urgente. Se acercaron lo suficiente para ver lo que estaba sucediendo, escondiéndose detrás de un grupo de pinos gruesos. Lo que vieron las dejó congeladas. Había cuatro camionetas estacionadas en un claro grande con las luces encendidas iluminando el área.

 Varios hombres, tal vez siete u ocho, cargaban cajas de madera desde las camionetas hacia una entrada en la ladera de la montaña, lo que parecía ser una mina abandonada. Dos hombres con rifles vigilaban la operación, sus siluetas recortadas contra las luces de los vehículos. El generador que habían escuchado alimentaba varias lámparas halógenas que convertían la noche en día en ese claro específico.

 Las tres amigas se miraron con pánico creciente. No necesitaban ser expertas para saber que estaban presenciando algo ilegal. Tal vez contrabando, tal vez algo peor. Y ahora entendían la advertencia del hombre. Si alguien descubría que habían visto esta operación, estarían en grave peligro. Claudia hizo señas de retroceder lentamente, tratando de no hacer ningún ruido que pudiera delatar su presencia.

Ana Patricia la siguió y Mónica comenzó a retroceder también, pero en su nerviosismo pisó una rama seca que se partió con un chasquido que sonó como un disparo en el silencio del bosque. Todos los hombres en el claro se detuvieron. Uno de los que tenía rifle giró bruscamente hacia donde estaban escondidas.

 Gritó algo y apuntó su linterna en dirección a ellas. El as de luz recorrió los árboles pasando peligrosamente cerca de donde se escondían. Claudia agarró a sus amigas y les susurró urgentemente: “¡Corran! No necesitaron más.” Las tres se levantaron y comenzaron a correr de regreso por donde habían venido, sin importarles el ruido que hacían, solo pensando en alejarse lo más posible de ese lugar.

Detrás de ella se escucharon gritos y el sonido de hombres corriendo. Las luces de varias linternas comenzaron a perseguirlas entre los árboles. Una voz masculina gritó, “¡Detenganse! No les vamos a hacer nada.” Pero el tono era amenazante y ninguna de las tres pensaba detenerse. Corrían tropezando con raíces, golpeándose con ramas bajas, dejando caer sus mochilas en el camino, porque el peso las frenaba.

 La linterna de Claudia iluminaba de forma errática el camino mientras trataba de mantener el equilibrio. No sabían en qué dirección corrían, solo querían escapar. El bosque parecía interminable, un laberinto oscuro de árboles y sombras. Las luces de sus perseguidores seguían detrás de ellas, aunque parecían estar perdiendo terreno.

 Las tres estaban en mejor forma física y conocían el miedo que da a alas. Corrieron hasta que los pulmones les ardían y las piernas les temblaban, hasta que ya no escucharon las voces, ni vieron las luces detrás de ellas. Finalmente se detuvieron en otro claro pequeño, jadeando y tratando de recuperar el aliento.

 Mónica se inclinó con las manos en las rodillas tosiendo. Ana Patricia se apoyó contra un árbol con lágrimas corriendo por sus mejillas.Claudia apagó la linterna para que no pudieran verlas desde lejos y las tres se quedaron en la oscuridad casi total, solo iluminadas por la débil luz de la luna que apenas penetraba entre las copas de los pinos.

“Tenemos que salir de aquí”, susurró Claudia cuando pudo hablar de nuevo. “Tenemos que encontrar el camino al pueblo, pero ninguna de ellas sabía dónde estaban. Habían corrido sin dirección, solo alejándose del peligro, y ahora estaban completamente perdidas en un bosque enorme en medio de la noche.

 Ana Patricia sugirió que esperaran hasta el amanecer, que sería más seguro moverse con luz del día. Mónica estuvo de acuerdo, pero Claudia señaló un problema. Si esos hombres las estaban buscando, el amanecer también les facilitaría encontrarlas a ellos. Decidieron buscar un lugar donde esconderse durante lo que quedaba de la noche y moverse al amanecer.

 Encontraron un grupo de rocas grandes, cubiertas parcialmente por arbustos espesos, formando una especie de cueva natural. Se metieron allí acurrucándose juntas para darse calor. Claudia mantuvo la linterna apagada para conservar las pilas. Mónica temblaba tanto de frío como de miedo. Ana Patricia rezaba en voz baja, repitiendo oraciones que su abuela le había enseñado cuando era niña.

 Las horas pasaron con una lentitud agonizante. El bosque de noche estaba lleno de sonidos que alimentaban su imaginación. Cada crujido de rama podía ser uno de esos hombres acercándose. Cada susurro del viento sonaba como voces en la distancia. En algún momento durante la madrugada, Mónica comenzó a llorar quedamente, diciendo que nunca debieron haber venido, que sus padres tenían razón cuando le dijeron que era peligroso andar por el bosque sin un adulto.

 Claudia la abrazó, sintiéndose terriblemente culpable por haber insistido en este viaje. Cuando finalmente comenzó a amanecer, un débil resplandor gris filtrando entre los árboles, las tres salieron de su escondite. Estaban rígidas, congeladas y exhaustas, pero vivas. La luz del día, aunque todavía tenue, les devolvió algo de esperanza.

 Claudia propuso una estrategia. Si encontraban el arroyo que habían cruzado el día anterior y seguían su curso hacia abajo, eventualmente tenía que llevarlas hacia el valle donde estaba Arteaga. Era lógico. El agua siempre fluye hacia abajo, hacia los valles donde están los pueblos. Comenzaron a caminar esta vez con más cuidado, escuchando atentamente cualquier sonido de actividad humana.

 El bosque de día era menos aterrador, pero seguía siendo inmenso y desorientador. Todos los árboles se veían iguales, todas las direcciones parecían idénticas. Caminaron durante casi dos horas antes de escuchar el sonido inconfundible de agua corriendo. Siguieron ese sonido y encontraron un arroyo, aunque no podían estar seguras de que fuera el mismo que habían cruzado.

 Decidieron que no importaba. Cualquier arroyo eventualmente las llevaría a algún lugar. comenzaron a seguir su curso caminando por la orilla donde el terreno era más despejado. El arroyo serpenteaba entre las rocas descendiendo gradualmente. En algunos puntos tenían que trepar sobre piedras grandes o badear el agua cuando el bosque se volvía demasiado denso a los lados.

 Ana Patricia encontró su cámara desechable en la mochila que de alguna manera había logrado conservar y tomó una foto del arroyo, un gesto casi automático de normalidad en medio del caos. ¿Alguna vez te has perdido en un lugar desconocido? ¿Cómo reaccionarías en una situación como esta? Déjanos tu comentario. Siguieron el arroyo durante horas.

El sol subió en el cielo, calentando el aire frío de la mañana. Tenían hambre y sed, pero no se atrevían a beber del arroyo sin hervir el agua primero y no tenían forma de hacer fuego. Mónica encontró unas vallas en un arbusto, pero ninguna estaba segura de si eran comestibles, así que las dejaron. La prioridad era encontrar el camino de regreso a la civilización.

 Fue cerca del mediodía cuando finalmente vieron señales de actividad humana. Primero fue una lata de refresco oxidada tirada en la orilla del arroyo, luego una cuerda podrida atada a un árbol y finalmente el sonido distante de un vehículo. Apresuraron el paso siguiendo ese sonido hasta que el bosque comenzó a aclararse y pudieron ver una carretera de terracería a través de los árboles.

 Era una carretera estrecha, pero claramente transitada con huellas frescas de neumáticos. Salieron del bosque a la carretera con una sensación de alivio tan intensa que Mónica se dejó caer de rodillas soyozando. Estaban sucias, arañadas, exhaustas, pero estaban fuera del bosque. Claudia ayudó a Mónica a levantarse y las tres comenzaron a caminar por la carretera sin saber en qué dirección estaba Arteaga, pero esperando que cualquier dirección eventualmente las llevara a algún lugar con gente.

 Caminaron durante media hora antes de que una camioneta pickup apareciera en la distancia,levantando polvo a su paso. Las tres se pusieron en medio del camino, agitando los brazos desesperadamente. El vehículo disminuyó la velocidad y se detuvo. Era un hombre mayor de unos 60 años con sombrero de paja y camisa de trabajo.

 Los miró con sorpresa y preocupación. ¿Qué les pasó, muchachas? ¿Están bien? Claudia se acercó rápidamente a la ventana del conductor y le explicó con voz entrecortada que se habían perdido en el bosque la noche anterior. No mencionó lo que habían visto, solo que necesitaban llegar a Arteaga urgentemente para contactar a sus familias.

 El hombre asintió comprensivamente y les indicó que subieran a la parte trasera de la pickup. Voy hacia Arteaga. Las puedo llevar. Súbanse. Las tres treparon a la caja de la camioneta, sentándose sobre sacos de fertilizante. Mientras el vehículo comenzaba a moverse, se miraron entre ellas. Estaban a salvo, al menos por ahora, pero todas compartían la misma pregunta no verbalizada.

¿Qué habían visto exactamente en ese claro del bosque y qué harían al respecto? El viaje a Arteaga tomó unos 30 minutos por esa carretera de terracería, que eventualmente se conectó con la carretera principal. Cuando finalmente vieron las primeras casas del pueblo, las tres suspiraron aliviadas. El hombre las dejó en la plaza principal, frente a la iglesia.

 Claudia le agradeció efusivamente. Él solo asintió y les dijo, “Tengan más cuidado la próxima vez. El bosque puede ser peligroso, especialmente de noche. Una vez que la camioneta se alejó, las tres se sentaron en una banca de la plaza tratando de procesar todo lo que había pasado. Mónica quería ir directamente a la terminal de autobuses y regresar a Saltillo lo antes posible, olvidar todo el asunto y nunca volver a hablar de ello.

 Ana Patricia no estaba de acuerdo. argumentaba que habían visto algo claramente ilegal y tenían la obligación de reportarlo a las autoridades. Claudia estaba dividida. Por un lado, sentía que tenían una responsabilidad moral, pero por otro tenía miedo de lo que podría pasar si esos hombres descubrían que habían ido a la policía.

 Mientras debatían, una patrulla de la policía municipal pasó lentamente por la plaza. Era una camioneta blanca con el escudo de Arteaga en la puerta. Ana Patricia se levantó impulsivamente y comenzó a agitar los brazos. La patrulla se detuvo y un oficial uniformado bajó, acercándose a ellas con expresión curiosa. Era un hombre joven de unos 25 años con bigote delgado y placa que decía oficial Méndez.

Ana Patricia le contó todo, las palabras saliendo atropelladamente. Le habló de cómo se habían perdido, del hombre que las había redirigido, de lo que habían visto en el claro del bosque, las camionetas, los hombres armados, las cajas siendo cargadas en la mina. El oficial escuchó con atención creciente tomando notas en una libreta pequeña.

Cuando Ana Patricia terminó, él les hizo varias preguntas. ¿A qué hora fue esto? ¿Cuántos hombres vieron? Reconocerían el lugar si regresaban. Los hombres las vieron claramente. Claudia respondió con cautela, explicando que sí. Los habían descubierto y las habían perseguido, pero lograron escapar.

 El oficial se veía cada vez más serio. Les dijo que lo que habían visto sonaba consistente con actividades que las autoridades estatales habían estado investigando en la zona, posible tráfico de armas o drogas utilizando las minas abandonadas como puntos de almacenamiento. Pero necesitaban más información, pruebas concretas, ubicaciones exactas.

Mónica se negó rotundamente a regresar a ese bosque. Estaba traumatizada y solo quería volver a casa. El oficial pareció entender su miedo y dijo que no las obligarían a nada, pero que su testimonio podría ser crucial para una investigación más grande. Les pidió que lo acompañaran a la delegación municipal para hacer una declaración formal.

 Las tres aceptaron, aunque con diferentes niveles de entusiasmo. La delegación de Arteaga era un edificio pequeño de dos pisos en una calle lateral, pintado de blanco con barrotes en las ventanas. Adentro había un escritorio de recepción atendido por una mujer mayor y varias oficinas pequeñas. El oficial Méndez las llevó a una sala donde podían sentarse y les ofreció café y pan dulce de una panadería cercana.

Mientras comían, él llamó a su superior explicándole la situación. 20 minutos después llegó el comandante de la policía municipal, un hombre corpulento de unos 50 años con cabello entrecano y uniforme impecable. Se presentó como comandante Salazar y les pidió que le contaran todo de nuevo desde el principio.

 Las tres se turnaron para narrar los eventos, llenando los detalles que cada una recordaba. El comandante escuchaba sin interrumpir, ocasionalmente tomando notas o pidiendo clarificación sobre algún punto específico. Cuando terminaron, el comandante se reclinó en su silla y suspiró pesadamente.

 Les explicó quehabía habido sospechas de actividades ilícitas en esa zona del bosque durante meses, pero las autoridades locales no tenían los recursos para investigar adecuadamente. La zona era vasta. El terreno difícil y los grupos criminales que operaban allí eran peligrosos y bien organizados. Lo que las tres habían visto podría ser la evidencia que necesitaban para justificar una operación más grande con apoyo de la policía estatal o incluso federal.

 Sin embargo, les advirtió seriamente sobre los riesgos. Si esos hombres descubrían que habían reportado lo que vieron, podrían intentar intimidarlas o algo peor. Les recomendó que regresaran a Saltillo, que no hablaran con nadie más sobre esto y que permitieran que las autoridades se encargaran de la investigación. También dijo que probablemente un agente de la policía estatal las contactaría en los próximos días para hacer una declaración más formal.

 Las tres firmaron sus declaraciones y el comandante les ofreció llevarlas personalmente a la terminal de autobuses. Durante el corto trayecto en su patrulla, les dio un último consejo. A veces lo que parece lo correcto puede traer consecuencias que no esperábamos. Ustedes hicieron lo correcto al reportar esto, pero ahora necesitan ser muy cuidadosas.

 Si notan algo extraño, si alguien las sigue o las contacta preguntando sobre lo que vieron, me llaman inmediatamente. Les dio su número directo escrito en una tarjeta. El autobús de regreso a Saltillo salía en media hora. Compraron boletos y esperaron en la terminal en silencio, cada una perdida en sus propios pensamientos.

 El viaje que había comenzado como una aventura alegre entre amigas se había convertido en una pesadilla que cambiaría sus vidas. Cuando el autobús finalmente llegó, subieron y encontraron asientos juntas en la parte trasera. Durante todo el viaje de regreso, ninguna habló mucho, solo miraban por las ventanas mientras el paisaje cambiaba de las montañas boscosas de vuelta a las planicies áridas cerca de Saltillo.

Llegaron a Saltillo alrededor de las 5 de la tarde del domingo, casi exactamente 24 horas después de cuando habían planeado originalmente regresar. Desde la terminal, cada una tomó su propio camino a casa. Se despidieron con abrazos largos y promesas de llamarse pronto, pero había algo diferente en esas despedidas, una atención que no había estado allí antes.

 Claudia llegó a su casa en la colonia República, donde vivía con sus padres y dos hermanos menores. Su madre estaba en la cocina preparando la cena cuando entró. Al verla sucia y arañada, dejó caer la cuchara que sostenía. Dios mío, ¿qué te pasó? Claudia intentó minimizar la situación diciendo que se habían perdido un poco en el bosque, pero que estaban bien.

 Su padre, que leía el periódico en la sala, se acercó con el ceño fruncido. Era un hombre serio, mecánico, en una de las fábricas automotrices y no le gustaban las sorpresas. Claudia tuvo que contar una versión editada de los eventos, omitiendo la parte sobre los hombres armados y lo que habían visto en el claro. Solo dijo que se perdieron, pasaron una noche muy incómoda en el bosque y lograron encontrar el camino de regreso por la mañana.

 Su padre no parecía convencido, pero no presionó más. Su madre insistió en que se duchara y comiera algo caliente, preocupada por las marcas y arañazos en sus brazos y cara. Esa noche, acostada en su cama mirando el techo, Claudia no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía las luces moviéndose entre los árboles.

 Escuchaba las voces de los hombres gritando que se detuvieran. sentía el pánico de correr en la oscuridad sin saber hacia dónde. Se preguntó si Mónica y Ana Patricia también estarían despiertas, reviviendo los mismos momentos. El lunes por la mañana, Claudia tenía que ir a la universidad para completar su inscripción formal en el semestre.

Mónica también estaría allí. Habían quedado en hacerlo juntas. Se encontraron en el campus frente al edificio de rectoría. Mónica se veía tan cansada como Claudia se sentía. Sus ojos tenían ojeras profundas y había una tensión en sus hombros que no había estado allí antes. Mientras hacían fila para los trámites administrativos, hablaron en voz baja sobre lo que había pasado.

 Mónica confesó que tampoco había dormido, que seguía asustada y que se arrepentía de haber ido con el oficial. Y si esos hombres nos encuentran y si descubren quiénes somos. Claudia trató de calmarla diciendo que el comandante les había asegurado que mantendrían sus identidades protegidas, que solo eran testigos anónimas en este punto.

 Completaron sus inscripciones y decidieron ir a la cafetería del campus a tomar algo. Allí hablaron de llamar a Ana Patricia, quien trabajaba en la fábrica textil y probablemente estaría en su turno. decidieron pasar por la fábrica después en el cambio de turno para verla y asegurarse de que tambiénestuviera bien. La fábrica textil Manufacturas del Norte estaba en la zona industrial al sur de Saltillo, un complejo grande de edificios grises donde trabajaban cientos de personas.

Llegaron a las 3 de la tarde cuando el turno diurno estaba terminando. Esperaron en la entrada junto con familiares de otros trabajadores que venían a recoger a sus seres queridos. Cuando Ana Patricia salió, se sorprendió de verlas allí. Se veía agotada con el uniforme de trabajo manchado de tinta y el cabello recogido en una red.

 Se alejaron un poco de la multitud para poder hablar con algo de privacidad. Ana Patricia les contó que tampoco había dormido bien y que su supervisor le había preguntado qué le había pasado porque estaba distante y cometiendo errores que no eran comunes en ella. No le había contado nada, solo que había tenido un fin de semana difícil.

 también mencionó algo inquietante. En el camión de regreso a casa el domingo había notado un carro que parecía seguirla, un sedán gris con dos hombres dentro que se mantuvo detrás del autobús urbano durante varias cuadras hasta que ella bajó en su parada. Claudia sintió que el estómago se le revolvía.

 ¿Estás segura de que te seguían? Ana Patricia no estaba segura. Podía haber sido paranoia, producto del miedo y el cansancio, pero no podía sacarse esa sensación. Mónica sugirió que llamaran al comandante Salazar inmediatamente, pero Claudia propuso que esperaran un poco más, que no saltaran a conclusiones sin evidencia clara.

 Los días siguientes transcurrieron en una tensión constante. Las tres volvieron a sus rutinas diarias. Claudia y Mónica comenzando sus clases en la universidad, Ana Patricia continuando con su trabajo en la fábrica, pero nada se sentía normal. Constantemente miraban sobre sus hombros, notaban carros que podían estar siguiéndolas, interpretaban miradas casuales de extraños como amenazas potenciales.

 El jueves siguiente, 4 días después de su regreso de Arteaga, Claudia recibió una llamada en su casa. Era un hombre que se identificó como agente contreras de la policía estatal de Coahuila. dijo que el comandante Salazar le había compartido su declaración y que necesitaba hacerle algunas preguntas adicionales. Podría reunirse con él mañana viernes en una oficina en el centro de Saltillo.

Claudia aceptó nerviosamente y luego llamó a Mónica y Ana Patricia para avisarles. El agente también las había contactado a ellas con la misma solicitud. acordaron reunirse antes de la cita para estar juntas y apoyarse mutuamente. La reunión estaba programada para las 11 de la mañana del viernes en un edificio gubernamental en la calle Allende.

 El viernes llegaron juntas al edificio una estructura de tres pisos con fachada de cantera. La oficina de la gente Contreras estaba en el segundo piso, una sala pequeña con escritorio de metal, archiveros y un mapa grande de coahuila en la pared. El agente era un hombre de unos 40 años, delgado, con lentes y una actitud profesional, pero amable.

Estaba acompañado por una asistente que tomaría notas de la reunión. Pasaron casi 2 horas repasando cada detalle. de lo que habían visto esa noche en el bosque. El agente Contreras les mostró fotos de varias camionetas y les preguntó si reconocían alguna como las que habían visto. También les mostró fotos de personas preguntándoles si reconocían al hombre que las había redirigido o a alguno de los hombres del claro.

 Claudia creyó reconocer a uno, un hombre con gorra de béisbol que podría haber sido uno de los que cargaban las cajas, pero no estaba completamente segura. El agente les explicó que había una operación en marcha coordinada entre la policía estatal y agentes federales para investigar una red de tráfico de armas que operaba entre Coahuila y estados vecinos.

 Se sospechaba que utilizaban las minas abandonadas en la sierra de Arteaga como almacenes temporales, trasladando las armas por rutas de bosque evitaban las carreteras principales y los puntos de control. Lo que las tres habían visto probablemente era una de esas operaciones de traslado. Les hizo una pregunta que las hizo estremecer.

¿Estarían dispuestas a regresar al bosque con un equipo de la policía para identificar el lugar exacto? Ana Patricia dijo que sí inmediatamente impulsada por su sentido de justicia. Mónica dijo que no rotundamente, que ya habían hecho suficiente. Claudia estaba indecisa, sintiendo el peso de ambas posiciones.

 Finalmente, el agente les dijo que no tenían que decidir en ese momento, que se tomaran unos días para pensarlo. Salieron de la reunión sintiéndose abrumadas. La realidad de lo que habían tropezado era más grande y más peligrosa de lo que habían imaginado. No era solo un grupo de delincuentes locales, sino una red organizada de tráfico de armas.

Mientras caminaban por el centro de Saltillo intentando procesar todo, Mónica expresó lo que todas estaban pensando.Esto es mucho más grande que nosotras. Tal vez deberíamos solo olvidarlo y seguir con nuestras vidas. Pero Ana Patricia no podía dejarlo ir. Si no hacemos nada, esos criminales seguirán operando.

 ¿Cuántas armas están moviendo? ¿Para qué se usarán esas armas? Podríamos estar contribuyendo a prevenir violencia, muertes. Claudia entendía ambos puntos de vista. quería hacer lo correcto, pero también tenía miedo por su seguridad y la de sus amigas. Decidieron tomarse el fin de semana para pensarlo, hablar con sus familias si era necesario y reunirse de nuevo el lunes para tomar una decisión final.

 Se despidieron en la plaza de armas, cada una yendo en direcciones diferentes hacia sus casas. Claudia caminó por la calle Victoria, observando la vida normal de la ciudad, familias comprando, niños jugando, vendedores ofreciendo dulces y refrescos. Todo parecía tan normal, tan ajeno a lo que ella había experimentado. El sábado por la mañana, Claudia decidió hablar con su tío, el mismo que les había dado las indicaciones para las cabañas.

 lo llamó por teléfono y le preguntó si podían reunirse. Él aceptó y quedaron de verse en su casa en la colonia Vir Reyes. Cuando llegó, su tío estaba en el patio trasero regando sus plantas. Era un hombre de unos 50 años, hermano mayor de su padre, que trabajaba como contador en una empresa local. Claudia le contó todo, decidiendo que necesitaba confiar en alguien de su familia.

 Su tío escuchó con creciente preocupación y cuando ella terminó se sentó pesadamente en una silla de jardín. Claudia, esto es muy serio. Esos grupos de los que hablas, los que trafican armas, no son gente con la que se juega. Si te identifican, si descubren que fuiste tú quien los reportó. No terminó la frase, pero no hacía falta.

 le preguntó sobre las cabañas, por qué las indicaciones no coincidían con el mapa que le había dado. Su tío se confundió y fue a buscar su propio mapa de la zona. Cuando lo desplegó en la mesa de la cocina, quedó claro lo que había pasado. Las cabañas de las que él hablaba estaban en una zona completamente diferente, más cerca de la carretera federal.

 El sendero que las chicas habían tomado después del arroyo era el equivocado y, de hecho, llevaba hacia una zona remota que él ni siquiera había marcado en su mapa porque no la conocía bien. El problema, explicó su tío, es que esa zona del bosque ha sido territorio en disputa durante años. leñadores ilegales, cazadores furtivos y aparentemente ahora estos traficantes.

Las autoridades locales no tienen los recursos para patrullar todo, así que hay áreas que básicamente son tierra de nadie. le advirtió que involucrarse más con esta investigación podría ponerla en la mira de gente muy peligrosa. Claudia regresó a su casa con más dudas que antes. Esa noche no pudo cenar, el estómago cerrado por la ansiedad.

 Su madre notó su estado y se sentó con ella en su habitación, preguntándole qué realmente había pasado ese fin de semana. Claudia finalmente rompió y le contó todo. Su madre la abrazó mientras lloraba, todas las emociones reprimidas de los últimos días finalmente saliendo. Su padre se unió a ellas y después de escuchar toda la historia tomó una decisión firme.

 Claudia no regresaría al bosque con la policía. ya había cumplido con su deber ciudadano al reportar lo que vio, pero su seguridad era más importante. Si las autoridades necesitaban más ayuda que buscaran otra forma de obtenerla. Claudia sintió un alivio inmediato, como si le hubieran quitado un peso enorme de los hombros.

 No sabía que era lo que quería hasta que su padre tomó esa decisión por ella. El lunes por la mañana, las tres amigas se reunieron en un café cerca de la universidad. Mónica llegó con la misma decisión. Su familia le había prohibido involucrarse más. Ana Patricia, sin embargo, había llegado a la conclusión opuesta.

 había hablado con su padre, un hombre que había servido en el ejército años atrás, y él le había dicho que cuando uno tiene la oportunidad de hacer lo correcto, especialmente en cosas importantes, uno debe tener el valor de hacerlo sin importar el riesgo. Ana Patricia había decidido que ayudaría a la policía a encontrar ese lugar, incluso si tenía que ir sola.

 Las tres discutieron durante casi una hora. Claudia y Mónica trataron de persuadir a Ana Patricia de que reconsiderara, argumentando que ya habían hecho suficiente, que su testimonio escrito era más que suficiente para la investigación. Pero Ana Patricia era terca cuando se trataba de sus principios. Finalmente acordaron una posición intermedia.

 Las tres llamarían a la gente Contreras. y le ofrecerían ayudar a identificar el lugar usando mapas detallados o fotografías aéreas sin necesidad de regresar físicamente al bosque. Claudia hizo la llamada desde el teléfono público del café. El agente Contreras escuchó su propuesta y aceptó, diciendoque de hecho tenían mapas topográficos detallados y fotografías aéreas de la zona que las chicas podrían revisar.

programaron una reunión para el miércoles siguiente. Los días entre el lunes y el miércoles pasaron con una tranquilidad engañosa. Claudia y Mónica asistieron a sus clases tratando de concentrarse en cálculo y teoría de la comunicación mientras sus mentes divagaban hacia el bosque. Ana Patricia trabajaba sus turnos en la fábrica, el ruido constante de las máquinas de coser proporcionando una distracción bienvenida de sus pensamientos.

 El miércoles llegó y las tres se reunieron nuevamente en el edificio gubernamental. Esta vez el agente Contreras tenía preparada toda una mesa con mapas desplegados, fotografías aéreas tomadas desde avionetas e incluso algunas imágenes satelitales que había conseguido a través de contactos en la Ciudad de México. Las fotos no eran de muy alta resolución, pero mostraban claramente la topografía del área.

 bosque denso, los claros, las antiguas minas marcadas con pequeños puntos rojos. Pasaron horas revisando los materiales. Claudia intentó trazar la ruta que habían seguido desde Arteaga, identificando el arroyo que habían cruzado, el lugar donde el sendero se bifurcaba. Mónica recordó detalles específicos sobre la cabaña donde habían encontrado al primer hombre, como que estaba cerca de un grupo de tres pinos muy altos que formaban un triángulo casi perfecto.

Ana Patricia se concentró en las fotos aéreas buscando el claro donde habían visto a los hombres con las camionetas. Fue Ana Patricia quien finalmente lo encontró. En una de las fotografías aéreas, tomada aproximadamente un mes antes, se veía un claro grande en medio del bosque denso, con lo que parecían ser varios vehículos estacionados y una perturbación en la tierra que podía ser la entrada a una mina.

 El agente Contreras marcó las coordenadas en su mapa y verificó los registros históricos. Efectivamente, había una mina abandonada en esa ubicación, la mina San Rafael. que había operado extrayendo plomo y zinc hasta principios de los años 70. El agente les agradeció efusivamente. Esta información era exactamente lo que necesitaban para planificar una operación.

 les explicó que probablemente en las próximas semanas coordinarían un operativo con fuerzas federales para intervenir ese sitio. Les pidió que mantuvieran absoluta confidencialidad, que no le contaran a nadie más sobre esto, ni siquiera a familiares cercanos que ya supieran parte de la historia. También les dio una advertencia seria. Durante las próximas semanas, mientras se planeaba y ejecutaba el operativo, debían estar especialmente alertas.

 Si notaban cualquier cosa sospechosa, personas siguiéndolas, llamadas extrañas, visitantes inusuales, debían contactarlo inmediatamente a cualquier hora del día o noche. Les dio un número de Bper y un código especial que podían usar en emergencias. Salieron de esa reunión con sentimientos encontrados. Por un lado, satisfacción de haber ayudado concretamente a la investigación.

 Por otro, un miedo renovado de lo que podría venir. Las siguientes dos semanas fueron las más estresantes de sus vidas. Cada ruido extraño en la noche, cada carro que parecía seguirlas, cada llamada telefónica sin respuesta las ponía en alerta máxima. Claudia comenzó a tener pesadillas recurrentes. Soñaba que estaba de nuevo en el bosque corriendo entre los árboles mientras las luces la perseguían.

 Pero esta vez no podía escapar. Las luces se acercaban cada vez más hasta que despertaba sudando. Mónica desarrolló ansiedad que le causaba dolores de estómago constantes. Ana Patricia se volvió hipervigilante, memorizando las placas de carros que veía repetidamente, anotando descripciones de personas que le parecían sospechosas. Fue el 4 de noviembre, exactamente tres semanas después de su fatídico viaje a Arteaga, cuando el agente Contreras las contactó nuevamente.

 La operación se llevaría a cabo esa noche. Un equipo combinado de la Policía Estatal y agentes de la Procuraduría General de la República entrarían al bosque y asaltarían la mina a San Rafael. les pidió que esa noche se quedaran en sus casas con las puertas cerradas y que no respondieran a la puerta a menos que reconocieran definitivamente quién era.

Esa noche Claudia apenas pudo comer. Se sentó con su familia a ver la televisión, pero no podía concentrarse en la telenovela que su madre seguía religiosamente. Cada media hora iba a la ventana mirando la calle vacía, esperando, no sabía qué. Mónica llamó tres veces necesitando escuchar una voz amiga, confirmar que todo estaría bien.

 Ana Patricia se quedó despierta en su habitación con la radio prendida en bajo volumen, esperando noticias que sabía no llegarían hasta el día siguiente. La operación comenzó a las 2 de la mañana del 5 de noviembre. Más de 40 agentes entraron al bosquedesde tres direcciones diferentes, convergiendo en la mina San Rafael. Tenían órdenes de capturar a quien estuviera allí y asegurar cualquier evidencia de actividades ilícitas.

 El operativo fue planeado meticulosamente durante semanas usando la información que las tres amigas habían proporcionado como base. Las tres no supieron nada de esto hasta el día siguiente, cuando el agente Contreras las llamó temprano por la mañana. La operación había sido un éxito parcial.

 habían encontrado la mina y asegurado una cantidad significativa de armas, rifles de asalto, pistolas, municiones, equipamiento militar, pero los traficantes habían sido alertados de alguna manera y la mayoría había escapado antes de que llegaran las fuerzas. Solo capturaron a tres hombres que habían quedado como vigilantes. Lo más importante desde la perspectiva de la seguridad de las chicas era que habían decomizado documentos y registros que mostraban las operaciones de la red.

En ninguno de esos documentos había menciones de las tres testigos. Al parecer, los traficantes nunca las habían identificado, probablemente asumiendo que solo eran excursionistas perdidas que habían tenido la mala suerte de toparse con su operación. El agente les dijo que esto era una buena noticia.

 significaba que probablemente no estaban en peligro inmediato. Sin embargo, les aconsejó que mantuvieran precaución durante algunos meses más hasta que la investigación se cerrara completamente y todos los miembros de la red fueran capturados o dispersados. Las noticias de la operación salieron en los periódicos de Saltillo y Monterrey al día siguiente.

 Los titulares hablaban de un golpe importante al tráfico de armas en el noreste de México, de la desarticulación de una red que había estado operando durante años. No se mencionaba cómo las autoridades habían descubierto la ubicación de la operación, solo que había sido resultado de inteligencia policial. Las tres amigas leían los artículos con una mezcla de orgullo y alivio, sabiendo el papel crucial que habían jugado, pero agradecidas de que sus nombres nunca aparecieran.

 Los meses siguientes transcurrieron gradualmente hacia algo parecido a la normalidad. Claudia y Mónica se sumergieron en sus estudios universitarios. Ana Patricia se concentró en su trabajo. Las pesadillas disminuyeron en frecuencia. La ansiedad constante se fue relajando poco a poco. Se veían regularmente, pero trataban de no hablar mucho sobre lo que había pasado, prefiriendo enfocarse en el presente y el futuro.

 Fue en marzo de 1994, casi 5 meses después de los eventos en el bosque, cuando el agente Contreras las contactó por última vez. Los tres hombres capturados en la mina habían sido condenados y la investigación había llevado a la captura de otros cinco miembros de la red en diferentes estados. La organización había sido efectivamente desmantelada.

Les agradeció formalmente por su valentía y les dijo que podían cerrar este capítulo de sus vidas. También les contó algo que no habían sabido. El hombre que las había redirigido en el bosque esa noche, el que les había dado indicaciones y les había advertido sobre no ver cosas que no debían, había sido uno de los capturados.

Durante su interrogatorio había mencionado a tres chicas que había encontrado perdidas cerca de la operación. había decidido mandarlas por un camino diferente en lugar de retenerlas o lastimarlas, porque según sus propias palabras, eran solo niñas asustadas que se habían metido donde no debían. Esa revelación las dejó en silencio.

 El hombre que habían temido, que las había llenado de tanto miedo, en realidad podría haberles salvado la vida esa noche. Era un criminal involucrado en tráfico de armas, pero también era humano, capaz de compasión en un momento crucial. El mundo, descubrieron, raramente era tan simple como villanos y héroes. La vida continuó.

 Claudia se graduó de la universidad en 1997 con honores, convirtiéndose en contadora pública. Mónica terminó su carrera en comunicación y empezó a trabajar para una estación de radio local. Ana Patricia siguió en la fábrica textil durante algunos años antes de decidir estudiar enfermería en una escuela técnica.

 Las tres mantuvieron su amistad, aunque con el paso de los años y las diferentes direcciones que tomaron sus vidas se veían con menos frecuencia. ¿Qué harías tú si vieras algo que no deberías? ¿Tendrías el valor de reportarlo sabiendo los riesgos? Comparte tu opinión en los comentarios. Pasaron años antes de que pudieran hablar abiertamente sobre lo que les había pasado ese octubre de 1993.

Eventualmente se convirtió en una historia que compartían ocasionalmente, usualmente en reuniones entre ellas, recordando detalles que el tiempo había suavizado, el terror que habían sentido corriendo por el bosque oscuro, el frío de esa noche, escondidas entre las rocas, la incertidumbre de no saber si volverían acasa, todo eso se convirtió en memoria, en parte de la narrativa de quiénes eran.

Fue en el año 2000, 7 años después de los eventos, cuando decidieron regresar a Arteaga. Esta vez lo hicieron en el carro de Claudia, un suru blanco que había comprado con su primer salario decente. Llevaron a sus parejas, Claudia, a su novio, Roberto, Mónica, a su prometido Daniel, Ana Patricia a su esposo Javier, con quien se había casado el año anterior.

 Querían mostrarles el lugar donde había comenzado todo, exorcizar los demonios que aún quedaban. El pueblo de Arteaga había crecido un poco con algunas casas nuevas y una gasolinera en la entrada. Pasaron por la plaza principal, donde todo había comenzado esa tarde de octubre, 7 años atrás. Luego condujeron hacia las cabañas turísticas, las verdaderas esta vez, las que el tío de Claudia había intentado indicarles originalmente.

Eran un complejo pequeño pero acogedor, con seis cabañas de madera bien mantenidas y una vista espectacular de la sierra. Rentaron dos cabañas para pasar el fin de semana. Durante el día caminaron por senderos marcados y seguros, admirando el bosque que bajo la luz del día y con compañía era hermoso en lugar de aterrador.

 Ana Patricia tomó fotos, muchas fotos, con su nueva cámara digital. Mónica y Daniel hicieron un picnic de un arroyo cristalino. Claudia y Roberto exploraron las rutas de senderismo señalizadas. La segunda noche, sentados alrededor de una fogata frente a las cabañas, las tres amigas finalmente contaron la historia completa a sus parejas.

hablaron sin interrupciones durante más de una hora, llenando todos los detalles que habían omitido en conversaciones anteriores. Sus parejas escucharon con asombro creciente, ocasionalmente interrumpiendo con preguntas o exclamaciones de sorpresa. Cuando terminaron, hubo un silencio largo. Javier, el esposo de Ana Patricia, fue el primero en hablar.

No tenía idea de que habían pasado por todo eso. Ana, me habías dicho que tuvieron una experiencia difícil en el bosque, pero esto esto fue realmente peligroso. Ana Patricia asintió tomando su mano. Por eso nunca quise dar muchos detalles. Pero ya pasó, ya terminó. Estamos aquí, estamos bien y logramos hacer algo bueno con una situación terrible.

Roberto, el novio de Claudia, tenía una perspectiva diferente. Lo que hicieron fue increíblemente valiente. Pudieron simplemente no decir nada, volver a casa y olvidarlo, pero decidieron hacer lo correcto, incluso cuando era arriesgado. Claudia sonrió tristemente. No sé si fue valentía o ingenuidad. Teníamos 19 y 18 años.

 No entendíamos completamente en qué nos estábamos metiendo. Daniel, el prometido de Mónica, estaba más preocupado y nunca tuvieron problemas después. Nadie las buscó o las amenazó. Mónica negó con la cabeza. Tuvimos suerte. Nunca nos identificaron y la red fue desmantelada antes de que pudieran representar una amenaza real para nosotras.

 La conversación continuó hasta altas horas de la noche, las llamas de la fogata proyectando sombras danzantes en sus rostros. Hablaron sobre cómo esa experiencia las había cambiado, las lecciones que habían aprendido sobre el valor, el miedo, la amistad, la responsabilidad cívica. También hablaron sobre cómo los había afectado de maneras que solo ahora, con años de distancia podían empezar a entender completamente.

 Claudia admitió que durante mucho tiempo después había tenido dificultad para confiar en su propio juicio. Había sido ella quien insistió en el viaje, quien siguió las indicaciones equivocadas, quien tomó decisiones que las pusieron en peligro. Tomó años de reflexión para entender que no había sido culpa suya, que eran solo chicas jóvenes que habían tenido mala suerte y que habían hecho lo mejor que podían en circunstancias imposibles.

Mónica habló sobre cómo la ansiedad que desarrolló durante esas semanas de incertidumbre la había perseguido durante años. Había necesitado terapia para aprender a manejar los ataques de pánico que la asaltaban sin advertencia. Usualmente cuando se sentía atrapada o fuera de control. Solo recientemente, con el apoyo de Daniel y el trabajo continuo con su terapeuta, había empezado a sentirse verdaderamente libre de ese peso.

 Ana Patricia reflexionó sobre cómo la experiencia había solidificado algo en ella, un núcleo de fuerza y determinación que la había ayudado en momentos difíciles posteriores. cuando su madre se enfermó gravemente en 1998. Fue esa misma fuerza la que le permitió cuidarla durante meses mientras trabajaba y estudiaba simultáneamente. Si pude sobrevivir esa noche en el bosque, dijo, “pude sobrevivir cualquier cosa.

” La fogata se fue apagando lentamente mientras la noche avanzaba. Eventualmente, cansados, pero en paz, se retiraron a sus cabañas. Claudia, antes de dormir, salió un momento al pequeño porche de su cabaña. Miró hacia el bosque oscuro en la distancia, las siluetas de los pinosrecortadas contra el cielo estrellado. Ya no le daba miedo.

 Era solo un bosque hermoso y sereno en su inmensidad. regresaron a Saltillo el domingo por la tarde, llevándose buenos recuerdos y fotos que reemplazaban los recuerdos traumáticos del pasado. Ese viaje marcó un punto de inflexión para las 3. Después de eso, cuando hablaban de lo que pasó en 1993, el tono era diferente.

 Ya no era algo que habían sobrevivido, sino algo que las había formado, una parte integral de sus historias personales. Los años siguientes trajeron más cambios. Mónica y Daniel se casaron en 2001 y tuvieron su primera hija en 2003. Ana Patricia y Javier compraron una casa pequeña en la colonia Jardines del Valle y tuvieron gemelos en 2004.

 Claudia y Roberto se casaron en 2005, mudándose a Monterrey, donde Claudia había aceptado un trabajo como contadora senior en una empresa multinacional. A pesar de la distancia geográfica y las diferentes trayectorias de vida, las tres mantuvieron contacto cercano. Se reunían al menos cada tres meses, alternando entre Saltillo y Monterrey.

Sus hijos crecieron conociendo la historia de la aventura en el bosque en versiones apropiadas para su edad, aprendiendo sobre valentía, amistad y hacer lo correcto, incluso cuando es difícil. En 2013, 20 años después de los eventos, las tres organizaron una cena especial para conmemorar el aniversario. Se reunieron en un restaurante en Saltillo, sin sus familias esta vez, solo ellas tres.

 Brindaron, por la amistad que había sobrevivido, no solo el paso del tiempo, sino también la prueba del miedo y el peligro extremos. Durante esa cena, Mónica sacó algo de su bolso, la cámara desechable que Ana Patricia había llevado ese día en 1993. “Nunca revelé el rollo,” confesó. Lo guardé todos estos años sin saber muy bien por qué.

 Pero hoy pensé, tal vez es tiempo. Las otras dos estuvieron de acuerdo. Después de la cena, fueron a una de las pocas tiendas de fotografía que aún revelaban rollos tradicionales en Saltillo y dejaron la cámara. Una semana después recogieron las fotos. Eran 27 imágenes en total capturando los momentos antes de que todo saliera mal. Fotos del autobús en camino a Arteaga, el paisaje de montañas desde la ventana, las tres sonriendo en la terminal antes de comenzar la caminata.

Imágenes del sendero durante el atardecer, los pinos altos, el cielo azul intenso y las últimas fotos tomadas justo antes de que encontraran el arroyo donde el camino se bifurcaba, mostrando a tres jóvenes llenas de vida y optimismo, sin idea de lo que les esperaba. Mirando esas fotos, las tres sintieron una mezcla de nostalgia y gratitud.

 Nostalgia por esa inocencia perdida. por las chicas que habían sido antes de esa noche. Gratitud por haber sobrevivido, por haber tenido la fuerza de hacer lo correcto, por la amistad que las había sostenido durante las semanas y meses difíciles que siguieron. pusieron las fotos en un álbum especial junto con recortes de los periódicos de 1993 que habían guardado una copia de la declaración que firmaron y notas que cada una escribió sobre sus recuerdos de esos días.

 El álbum se convirtió en un testimonio privado de un capítulo extraordinario en sus vidas ordinarias. En 2018, el agente Contreras, ya retirado de la policía estatal, se las contactó inesperadamente. Estaba escribiendo unas memorias sobre casos significativos de su carrera y quería incluir la historia del desmantelamiento de la red de tráfico de armas en 1993.

les preguntó si estarían dispuestas a compartir sus perspectivas, manteniendo sus identidades anónimas, por supuesto. Las tres se reunieron para discutirlo y decidieron que sí. Habían pasado 25 años. Las personas involucradas estaban muertas o cumpliendo sentencias largas. Ya no había riesgo.

 Le dieron permiso a la gente Contreras de contar su historia con la única condición de que cambiara sus nombres y algunos detalles identificables. El libro se publicó en 2019, una colección de casos policiales del noreste de México. El capítulo sobre la operación en la sierra de Arteaga se titulaba El coraje de tres testigos. contaba la historia desde la perspectiva de la gente, describiendo como tres jóvenes que accidentalmente presenciaron una operación criminal decidieron reportarlo a pesar del miedo, proporcionando la información crucial

que permitió desmantelar una red de tráfico de armas. El capítulo terminaba con una reflexión sobre cómo actos de valentía cotidiana por ciudadanos comunes son esenciales para combatir el crimen organizado. Las tres compraron copias del libro y lo leyeron con emociones complejas. Era extraño ver su experiencia narrada desde una perspectiva externa, ver cómo lo que para ellas había sido terror visceral y confusión se leía como una historia de heroísmo cívico.

 Ambas cosas eran verdad, supusieron. habían estado aterradas y confundidas y también habían sido valientes. Años más tarde, en 2023,30 años después de los eventos, organizaron otra reunión conmemorativa. Esta vez incluyeron a sus familias, esposos, hijos ya adolescentes o adultos jóvenes, incluso algunos nietos. Rentaron las mismas cabañas en Arteaga, donde habían estado en el año 2000.

 Era un fin de semana de tres generaciones lleno de risas, comida, caminatas por el bosque ahora completamente seguro y turistificado. Una tarde, mientras los demás jugaban voleibol en el área común de las cabañas, las tres se alejaron un poco, caminando por un sendero marcado hacia un mirador que ofrecía vista panorámica de la sierra.

 Se sentaron en un banco de madera contemplando las montañas que se extendían hasta el horizonte. ¿Alguna vez se arrepienten? preguntó Mónica de repente, “De haber ido a la policía, de haberse involucrado. Si pudiéramos volver, lo harían diferente.” Ana Patricia fue la primera en responder. “No, a pesar del miedo, a pesar de todo fue lo correcto.

 Esas armas que decomizaron podrían haber matado a personas. Familias podrían haber perdido a seres queridos. No me arrepiento. Claudia pensó más tiempo antes de responder. Fue complicado. Nos puso en peligro. Nos causó trauma que tomó años superar, pero también nos mostró de qué estábamos hechas. Nos enseñó que podíamos enfrentar cosas difíciles y sobrevivir.

 Así que no, no me arrepiento. Aunque no fue fácil. Mónica asintió lentamente. Yo tampoco me arrepiento, pero desearía que hubiéramos sido mayores, más preparadas para manejar todo. 19 años es muy joven para ese tipo de presión. Se quedaron en silencio un momento, cada una perdida en sus pensamientos. Luego Claudia sonríó.

Pero, ¿sabes qué es lo más loco de todo esto? Que 30 años después, aquí estamos, seguimos siendo amigas. Nuestras familias son amigas, nuestros hijos se conocen. Esa noche en el bosque podría habernos separado, podría haber creado resentimientos o culpas, pero de alguna manera nos unió más. Era verdad. La experiencia compartida del peligro, del miedo, de tomar decisiones difíciles juntas, había creado un lazo que el tiempo y la distancia no habían podido romper.

 habían pasado por algo extraordinario juntas y eso las conectaba de una manera que pocas amistades experimentan. Mientras bajaban del mirador de regreso hacia las cabañas donde sus familias las esperaban, Ana Patricia se detuvo un momento. “Hay algo que nunca les dije”, confesó. Sobre esa noche en el bosque, cuando estábamos escondidas entre las rocas esperando el amanecer, estaba tan asustada que estaba segura de que moriríamos allí.

 Y recuerdo pensar que si iba a morir, al menos no estaba sola. Estaba con ustedes, mis mejores amigas. Eso me dio algo de paz en medio del terror. Mónica la abrazó con lágrimas en los ojos. Yo pensé exactamente lo mismo, gracias a Dios que no tuvimos que descubrir si esa paz hubiera sido suficiente. Claudia se unió al abrazo, las tres juntas, como habían estado tantas veces a lo largo de tres décadas.

Sobrevivimos, hicimos lo correcto, vivimos buenas vidas, eso es lo que importa. regresaron a donde sus familias esperaban, llevando con ellas la serenidad que viene de haber enfrentado el pasado completamente y haberlo dejado ir. El bosque, que había sido el escenario de su mayor miedo, ahora era solo un lugar hermoso donde podían hacer nuevos recuerdos con las personas que amaban.

Esa noche, alrededor de otra fogata, los más jóvenes pidieron que contaran la historia una vez más y esta vez la contaron completa, sin omitir los detalles difíciles, sin suavizar el miedo que habían sentido. Sus hijos y nietos escucharon con asombro, viendo a sus madres y abuelas bajo una nueva luz, no solo como las mujeres que conocían en el día a día, sino como jóvenes que una vez enfrentaron el peligro con valentía.

La historia terminó como siempre terminaba ahora con Claudia diciendo, “Y por eso nunca olviden que hacer lo correcto no siempre es fácil, a veces es aterrador, pero es necesario. Tengan el valor de ser testigos, de no mirar hacia otro lado cuando ven injusticia, pero también sean inteligentes sobre cómo manejan esas situaciones.

” Las llamas de la fogata ardían brillantes en la noche de Arteaga, iluminando los rostros de tres generaciones. El bosque alrededor estaba en silencio, pacífico, guardando sus secretos. y tres mujeres que habían sido chicas asustadas corriendo entre esos mismos árboles 30 años atrás. Ahora se sentaban en paz, rodeadas de amor, habiendo convertido una experiencia traumática en una lección de vida para todos los que las conocían.

La verdad del bosque había salido a la luz en 1993, llevando a la justicia a quienes la merecían. Pero la verdad más profunda, la que las tres amigas habían aprendido en esas horas oscuras de octubre, era que la valentía no es la ausencia de miedo, sino la elección de hacer lo correcto a pesar del miedo.

 Y esa verdad las había guiado no solo en esa nocheterrible, sino en los 30 años que siguieron. El fuego se apagó eventualmente, como todos los fuegos hacen. Las familias se retiraron a sus cabañas bajo un cielo lleno de estrellas, y en algún lugar del bosque un búo ululó, su canto resonando entre los pinos antiguos, que habían sido testigos silenciosos de todo, del peligro, del miedo, de la huida desesperada.

 Y ahora, tres décadas después de la paz y la sanación. Las amigas que desaparecieron brevemente en el bosque de Saltillo en 1993 nunca fueron encontradas perdidas porque nunca se perdieron realmente. Siempre supieron quiénes eran y qué representaban. Y esa certeza las había traído de regreso, no solo del bosque aquella noche, sino de cada desafío que la vida les presentó después.

 Su historia no era de desaparición, sino de reaparición, como testigos, como mujeres fuertes, como amigas leales, como madres sabias, como sobrevivientes que se convirtieron en prosperadoras. Y esa finalmente era la verdad más importante de todas. M.