90 DÍAS DESAPARECIDA — lo que confesó al regresar dejó a todos en silencio

El autobús avanzaba lentamente por las calles mojadas de Guadalajara, mientras la lluvia golpeaba las ventanas con un ritmo constante que invitaba el sueño. Era jueves 14 de marzo de 2024 y Valeria Soto apretó su mochila contra el pecho mientras miraba por la ventana las luces de la ciudad difuminarse en el cristal empañado.

Tenía 23 años. estudiaba derecho en la Universidad de Guadalajara y trabajaba medio tiempo en un despacho de abogados en la zona de Chapultepec. Su vida era ordenada, predecible, llena de rutinas que la hacían sentir segura. Cada mañana tomaba el mismo autobús a las 7:30. Compraba un café en el puesto de don Ramiro en la esquina de su oficina y regresaba a casa antes de las 8 de la noche.

 Sus padres, Roberto y Claudia vivían en Tlaquepaque a 30 minutos de distancia y ella compartía un pequeño departamento con su mejor amiga Mónica en la colonia americana. Aquella tarde de marzo, Valeria había salido más tarde del trabajo porque el licenciado Estrada le había pedido que terminara de revisar unos documentos urgentes para un caso que se presentaría al día siguiente.

 Eran las 9:30 cuando finalmente salió del edificio despidiéndose del vigilante con un gesto rápido de la mano mientras buscaba refugio bajo el toldo de una tienda cerrada. La lluvia había arreciado y las calles estaban casi desiertas. Marcó el número de Mónica para avisarle que llegaría tarde, pero la llamada entró directamente al buzón de voz.

 No le dio importancia. Probablemente su amiga estaba en el gimnasio donde la señal era pésima. Si te está gustando esta historia, te invito a que te suscribas al canal y nos comentes en qué parte de México o del mundo nos estás viendo. Tu apoyo significa mucho para nosotros y nos ayuda a seguir trayéndote contenido como este.

 Valeria caminó dos cuadras hasta la parada del autobús, protegiéndose de la lluvia como podía con su mochila sobre la cabeza. La parada estaba vacía, iluminada apenas por un farol que parpadeaba intermitentemente. Consultó la aplicación del transporte público en su teléfono. El próximo autobús llegaría en 15 minutos. se recargó contra el refugio de plástico sucio, observando como los pocos autos que pasaban levantaban cortinas de agua sucia del pavimento.

Escuchó pasos detrás de ella y se giró ligeramente. Un hombre con una chamarra oscura y una gorra que le cubría el rostro se acercó a la parada, manteniéndose a unos metros de distancia. Valeria sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la lluvia, pero se dijo a sí misma que estaba siendo paranoica.

 Era solo otro pasajero esperando el autobús. Pasaron 5 minutos. El hombre sacó un cigarrillo y lo encendió. El brillo naranja de la llama iluminó brevemente sus facciones, pero Valeria no alcanzó a verlo bien. Entonces apareció una camioneta blanca, vieja con las luces delanteras opacas por el polvo y la mugre.

 Se detuvo justo frente a la parada. Valeria no le prestó atención al principio, pensando que alguien solo se había orillado momentáneamente, pero entonces la puerta corrediza lateral se abrió de golpe. Todo sucedió en segundos. Dos hombres bajaron rápidamente sus rostros cubiertos con pasamontañas negros.

 Valeria intentó gritar, pero una mano le tapó la boca con fuerza brutal, mientras otro par de brazos la sujetaban por la cintura. La mochila cayó al suelo, su contenido desparramándose sobre el pavimento mojado, libros, su cartera, un estuche de maquillaje. Todo quedó atrás mientras la arrastraban hacia el interior de la camioneta. El hombre de la gorra que esperaba en la parada simplemente se dio vuelta y caminó en dirección contraria como si no hubiera visto nada.

La puerta se cerró con un golpe metálico y la camioneta arrancó con un chirrido de llantas sobre el asfalto mojado. Valeria intentó pelear, golpear, morder la mano que la cubría, pero alguien le sujetó las muñecas con cinta adhesiva, mientras otro le vendaba los ojos con un trapo que olía a grasa y gasolina.

sintió algo punzante en el brazo, una aguja y luego una sensación de pesadez que comenzó a invadirla. “Cálmate, no vamos a lastimarte si cooperas”, dijo una voz ronca cerca de su oído. Pero Valeria ya no podía mantenerse despierta. La oscuridad la envolvió completamente mientras la camioneta se perdía en las calles de Guadalajara.

Mónica llegó al departamento cerca de las 11 de la noche, empapada por la lluvia y molesta porque se le había olvidado llevar paraguas. Esperaba encontrar a Valeria ya dormida o viendo alguna serie en la sala, como solía hacer los jueves, pero el departamento estaba a oscuras y en silencio. Encendió las luces y llamó a su amiga.

No hubo respuesta. Revisó su habitación. La cama estaba hecha, tal como Valeria la dejaba cada mañana. Marcó su número de celular. El tono sonó varias veces hasta que entró la grabación del buzón de voz. Mónica frunció el ceño. No eranormal que Valeria no contestara y mucho menos que no avisara si iba a quedarse en otro lado.

 Le mandó varios mensajes por WhatsApp. ¿Dónde estás? ¿Estás bien? Me tienes preocupada. Los mensajes mostraban una sola palomita, como si el teléfono de Valeria estuviera apagado o sinal. A la 1 de la mañana, Mónica llamó a Claudia, la madre de Valeria. La mujer contestó con voz adormilada, pero despertó completamente cuando Mónica le explicó la situación.

¿Cómo que no sabes dónde está? ¿La llamaste? ¿Hablaste a su trabajo? Claudia disparó las preguntas con una voz cada vez más alterada. Roberto, el padre de Valeria, tomó el teléfono. Su voz era más calmada, pero firme. Vamos para allá. Tú quédate en el departamento por si llega. Nosotros vamos a buscarla. colgaron y Mónica se quedó sentada en el sofá abrazando un cojín, mirando su teléfono cada 30 segundos, esperando que Valeria le devolviera la llamada o entrara por la puerta con alguna explicación lógica. Roberto y Claudia

llegaron al departamento 40 minutos después. Roberto inmediatamente comenzó a hacer llamadas al despacho donde Valeria trabajaba, que por supuesto estaba cerrado a esa hora. a los pocos amigos de su hija, cuyos números tenía, a los hospitales cercanos. Claudia no podía quedarse quieta. Caminaba de un lado a otro de la sala mientras apretaba un pañuelo de sechecho entre sus manos.

Algo le pasó, Roberto, algo le pasó a nuestra hija, repetía con voz temblorosa. Roberto intentaba mantener la calma, pero su rostro pálido y la forma en que sus manos temblaban mientras marcaba números telefónicos traicionaban su propio terror. A las 5 de la mañana, cuando ya había amanecido con un cielo gris y amenazante, fueron a la agencia del Ministerio Público a presentar la denuncia.

 El agente que los atendió, un hombre de mediana edad con aspecto cansado y desinteresado, tomó los datos con una lentitud exasperante. “¿Cuántas horas lleva desaparecida?”, preguntó sin levantar la vista del teclado de su computadora. Desde las 9 de la noche aproximadamente”, respondió Roberto. El agente dejó de escribir y lo miró con expresión escéptica.

 “Mire, señor, no han pasado ni 24 horas. Probablemente su hija se fue con el novio o con unas amigas y no avisó. Pasa mucho con chavitas de su edad.” Claudia explotó. “Mi hija no es así. Algo le pasó. Tienen que buscarla ahora.” El agente suspiró con resignación y continuó llenando el formulario. De acuerdo, voy a levantar el reporte, pero les recomiendo que vayan a buscarla a los lugares que frecuenta.

En el 90% de estos casos, las personas aparecen por su cuenta en las siguientes horas, pero Valeria no apareció en las siguientes horas ni en los siguientes días. Roberto y Claudia movilizaron a toda la familia. Los hermanos de Valeria, Daniel y Sofía, dejaron sus trabajos y estudios para ayudar en la búsqueda.

 Imprimieron miles de volantes con la foto de Valeria, su descripción física, la ropa que llevaba puesta el día de su desaparición. Los pegaron en postes, en paradas de autobús, en tiendas, en escuelas. Mónica organizó una cadena en redes sociales compartiendo la información en Facebook, Twitter, Instagram.

 La publicación se viralizó rápidamente. Miles de personas la compartieron, dejaron comentarios de apoyo, rezos, promesas de estar alertas, pero nadie tenía información concreta sobre el paradero de Valeria. El licenciado Estrada, el jefe de Valeria, revisó las cámaras de seguridad del edificio. Las imágenes mostraban claramente a Valeria saliendo del edificio a las 9:32 de la noche, caminando hacia la derecha por la banqueta bajo la lluvia.

 Eso fue lo último que se vio de ella en video. Roberto consiguió que la policía revisara las cámaras de tráfico y de algunos negocios en las calles cercanas, pero la mayoría no funcionaba o tenía ángulos que no capturaban las banquetas. Había un video borroso de una parada de autobús donde se veía la silueta de una persona que podría ser Valeria, pero la calidad era tan mala y la lluvia tan intensa que era imposible confirmarlo.

Y ahí terminaba el rastro. La familia Soto contactó a colectivos de búsqueda de personas desaparecidas en Jalisco. Una mujer llamada Patricia Ríos, quien llevaba años buscando a su propio hijo desaparecido, se convirtió en una guía invaluable para ellos. No bajen la guardia, no dejen de buscar ni un solo día”, les dijo Patricia, “coneza, nacida de años de dolor y resistencia.

Las autoridades no van a hacer todo el trabajo. Ustedes tienen que ser los ojos y oídos de su hija. Patricia les enseñó a organizar búsquedas en terrenos valdíos, en fosas clandestinas que, lamentablemente eran demasiado comunes en el estado, en hospitales y centros de rehabilitación. Cada fin de semana, un grupo de familiares y voluntarios se reunía en diferentes puntos de la ciudad para peinar áreas que podrían tener pistas.

Claudia adelgazó 15 kg en las primerasseis semanas. Dejó de comer, de dormir, de vivir. Su mundo se redujo a una sola obsesión: encontrar a Valeria. Todas las mañanas se despertaba con la esperanza de que ese fuera el día en que su hija regresaría y todas las noches se acostaba con el corazón destrozado por otra jornada sin respuestas.

Roberto se volvió metódico, casi obsesivo. Creó carpetas con toda la información recopilada, contactos de personas que decían haber visto algo, seguimientos de pistas que siempre terminaban en callejones sin salida. recibieron decenas de llamadas de extorsionadores que afirmaban tener a Valeria y pedían rescate.

 Cada vez Roberto exigía pruebas de vida que nunca llegaban. Eran solo buitres, aprovechándose del dolor de una familia desesperada. Daniel, el hermano menor de Valeria, se culpaba a sí mismo. Debía haberla ido a recoger esa noche. Repetía una y otra vez. Le dije que la recogiera, pero me dijo que no me preocupara, que el autobús la dejaba cerca.

 Sofía, la hermana mayor, intentaba ser el pilar fuerte de la familia, pero en privado lloraba cada noche, abrazada a una foto de cuando ella y Valeria eran niñas y jugaban en el jardín de la casa de sus abuelos. Mónica se mudó de vuelta con sus padres. No soportaba estar en el departamento que había compartido con Valeria. Cada rincón le recordaba a su amiga la taza de café que Valeria siempre usaba en las mañanas, el sofá donde se sentaban a ver películas los domingos, la planta de menta en la ventana que Valeria cuidaba con tanto esmero y que ahora se

marchitaba lentamente sin su atención. Los medios de comunicación cubrieron el caso durante las primeras dos semanas. Valeria apareció en noticieros locales, en programas matutinos, en periódicos. Claudia y Roberto dieron entrevistas desesperadas, suplicando información, pidiendo a quien tuviera a su hija que la dejara ir.

 Pero después de 15 días, el interés mediático disminuyó. Aparecieron nuevas desapariciones, otros casos que requerían atención. Valeria se convirtió en una más entre miles de rostros en carteles desteñidos por el sol y la lluvia. Para el sistema era solo una estadística. Para su familia era todo su mundo derrumbándose.

 ¿Qué harías tú si alguien que amas desapareciera sin dejar rastro? ¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para encontrar respuestas? Déjanos tu opinión en los comentarios. La investigación oficial avanzaba con una lentitud desesperante. El agente asignado al caso, un detective llamado Jiménez parecía genuinamente interesado al principio, pero confesó a Roberto en privado que tenía más de 30 casos de desaparición activos y recursos limitados para investigarlos todos.

“Estamos haciendo lo que podemos”, dijo con expresión cansada. Pero necesitamos algo más concreto, alguna pista real, sin testigos, sin video claro, sin evidencia física. Es como buscar una aguja en un pajar. Roberto apretó los puños conteniendo la furia que amenazaba con desbordarse.

 Quería gritarle que su hija no era una aguja, que era una persona con sueños y familia que la amaba, pero sabía que perder los estribos no ayudaría a Valeria. En el día 45 de la desaparición de Valeria llegó la primera pista real. Una mujer llamó a la línea anónima que la familia había publicado en los volantes. Su voz sonaba nerviosa, casi aterrada.

Vi a una muchacha que coincide con la descripción en un rancho cerca de Tlajomulco. Dijo rápidamente. No estoy segura de que sea ella, pero tiene el cabello oscuro y la complexión similar. El rancho se llama El Refugio. Está sobre la carretera vieja. La mujer colgó antes de que Roberto pudiera hacerle más preguntas.

 Roberto contactó inmediatamente al Detective Jiménez, quien prometió investigar, pero pasaron tres días antes de que las autoridades fueran al lugar. Para entonces, el supuesto testigo ya no estaba disponible y el dueño del rancho negó rotundamente tener a alguna muchacha en su propiedad. “Pueden revisar si quieren”, dijo con una sonrisa que a Roberto le pareció burlona.

La policía hizo una inspección superficial y no encontró nada, otra pista muerta. Mientras tanto, en un lugar que Valeria no podía identificar, ella luchaba por sobrevivir. Había despertado de la sedación en un cuarto pequeño, sin ventanas, con paredes de concreto sin pintar y un colchón delgado en el suelo.

 Tenía las muñecas adoloridas por las amarras y un dolor de cabeza punzante. Cuando intentó gritar, se dio cuenta de que tenía la boca cubierta con cinta. Escuchó voces del otro lado de una puerta metálica, pasos. La puerta se abrió y entraron dos hombres. Ninguno de ellos cubría su rostro ahora. Uno era alto y delgado, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda.

 El otro era más bajo, robusto, con tatuajes que le subían por el cuello. “Despierta, princesa”, dijo el alto con una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos. Tenemos trabajo para ti. Valeria pronto entendió la horrible verdad de susituación. Había sido secuestrada por una red de trata de personas que operaba en la zona metropolitana de Guadalajara.

No era la única. En el mismo lugar que parecía ser una bodega o almacén abandonado, había otras seis mujeres. La más joven aparentaba 15 años, la mayor quizás 30. Todas compartían la misma expresión de terror resignado. Una de ellas, una muchacha de cabello rizado llamada Fernanda, le susurró a Valeria en la oscuridad de la noche.

 No intentes escapar. Ya lo intenté dos veces. La segunda vez me rompieron dos costillas. le mostró a Valeria las marcas moradas que aún tenía en el torso. Los días se convirtieron en una pesadilla de la que Valeria no podía despertar. Los hombres que las vigilaban, que ellas llamaban los guardias, las obligaban a trabajar limpiando droga, empaquetándola en bolsitas pequeñas durante horas y horas.

Si trabajaban lento, las golpeaban. Si protestaban, las castigaban dejándolas sin comida. Valeria aprendió rápidamente a obedecer, a mantener la cabeza baja, a no hacer contacto visual, pero en su mente nunca dejó de buscar una salida. observaba todo, los horarios de los guardias, los momentos en que cambiaban turnos, cuántas veces al día abrían la puerta principal, los sonidos del exterior que pudieran darle pistas sobre dónde estaban.

 Escuchaba el tráfico lejano, el silvido de un tren que pasaba todas las mañanas a las 6, el ladrido de perros que sonaba más cerca por las noches. Fernanda llevaba ahí 7 meses. Otras muchachas habían estado más tiempo, años incluso. ¿Por qué no las buscan? ¿Por qué no las encuentran? Preguntó Valeria una noche con la voz quebrada por la desesperación.

Fernanda la miró con una tristeza profunda. Nos buscan, pero estos tipos saben moverse, cambian de lugar cada cierto tiempo y tienen contactos, ¿entiendes? Policías que les avisan si van a ser redadas. Así es como funciona esto. Valeria sintió que se le rompía algo por dentro.

 ¿Significaba eso que nunca sería encontrada? E su familia la buscaría en vano mientras ella estaba atrapada en este infierno. No, no podía permitirse pensar así. Tenía que creer que sus padres la estaban buscando, que no se darían por vencidos y ella tampoco se rendiría. En el día 62 cambió. Los guardias estaban más nerviosos, hablaban en voz baja entre ellos con expresiones tensas.

 Valeria escuchó fragmentos de sus conversaciones. Operativo en la zona norte. Movimos la mercancía justo a tiempo. Tenemos que ser más cuidadosos. Esa noche los guardias las despertaron a todas abruptamente. Levántense, nos vamos, ordenó el hombre alto de la cicatriz. Las subieron a una camioneta con las ventanas pintadas de negro, las mismas en las que habían llegado.

 Valeria intentó memorizar el trayecto, pero era imposible sin ver nada. Después de lo que pareció una hora de viaje, las bajaron en otro lugar similar, un edificio abandonado, frío, húmedo, que olía a óxido y moo. El nuevo lugar era peor. No había colchones, solo mantas delgadas sobre el piso de cemento. Hacía frío por las noches y el lugar se inundaba cuando llovía.

 Valeria enfermó, probablemente una infección respiratoria. Tosía constantemente y tenía fiebre. Los guardias no le dieron medicina, solo le dijeron que se callara porque su tos molestaba. Fernanda compartió con ella su manta y le consiguió agua tibia. “Tienes que aguantar”, le dijo. “Si te pones demasiado mal, te te deshacen de ti.

” Aleria entendió perfectamente lo que eso significaba. Así que luchó contra la fiebre, obligó a su cuerpo a recuperarse porque rendirse significaba la muerte. Pero también en ese nuevo lugar, Valeria hizo un descubrimiento crucial. Había una ventana alta casi en el techo que, aunque estaba cubierta con tablas, dejaba entrar rendijas de luz durante el día.

Y a través de una de esas rendijas, Valeria podía ver un pedazo pequeño del exterior. Vio un letrero. Abarrotes Lupita, 200 mero. Era poco, muy poco, pero era algo, algo que podría ayudar a identificar el lugar si alguna vez tenía la oportunidad de decírselo a alguien. guardó esa información en su mente como un tesoro.

 En el día 78, una de las muchachas, la más joven, intentó escapar. Había logrado soltar una de las tablas de una ventana trasera durante la noche y se había escurrido por el hueco estrecho. Los guardias se dieron cuenta a los 20 minutos. Salieron a buscarla con linternas y perros. Valeria y las demás muchachas esperaron en silencio, rezando para que la chica lo lograra, pero dos horas después la trajeron de vuelta.

 Estaba golpeada, sangrando, llorando. La encerraron sola en un cuarto separado. Durante tres días escucharon sus gritos pidiendo ayuda, agua, comida y luego silencio. Nunca la volvieron a ver. Nadie preguntó qué había pasado con ella porque todas sabían la respuesta. Ese fue el momento en que algo se endureció en Valeria. El miedo seguía ahí paralizante y real, pero debajo de él creció unadeterminación férrea.

 Si iba a salir de ahí, no podía ser mediante un escape desesperado y mal planeado. Tenía que ser más inteligente, tenía que esperar el momento correcto y, sobre todo, tenía que sobrevivir. Así que Valeria hizo algo que requirió toda su fuerza de voluntad. Comenzó a fingir cooperación. empezó a trabajar sin quejarse, a obedecer inmediatamente, a mostrar su misión.

Los guardias bajaron la vigilancia sobre ella. Ya no la veían como una amenaza, sino como alguien que había sido domesticada, como ellos lo llamaban. Mientras tanto, afuera, en el mundo real habían pasado 85 días desde la desaparición de Valeria. La familia Soto estaba al borde del colapso emocional.

 Claudia había desarrollado insomnio crónico y tomaba pastillas para poder dormir aunque fuera tres o 4 horas por noche. Roberto había tenido que volver al trabajo para mantener los gastos, incluyendo los miles de pesos que habían gastado en la búsqueda, pero su mente nunca estaba realmente en la oficina. Daniel había abandonado su semestre en la universidad.

 Simplemente no podía concentrarse en estudiar mientras su hermana estaba desaparecida. Sofía, quien había regresado a su trabajo como enfermera, lloraba en el baño del hospital durante sus turnos, incapaz de contener el dolor. Patricia Ríos seguía apoyándolos, pero incluso ella, con toda su experiencia y fortaleza, les advirtió que debían prepararse para lo peor.

 “No quiero quitarles la esperanza”, les dijo con voz suave pero firme. “Pero también tienen que ser realistas. Mientras más tiempo pasa, más difícil es encontrar a alguien con vida. Claudia se negó rotundamente a aceptar esa posibilidad. Mi hija está viva. Lo siento, una madre sabe estas cosas. Roberto, más pragmático, había comenzado a prepararse mentalmente para la posibilidad de que solo encontraran un cuerpo.

 Esa idea lo carcomía por dentro, lo llenaba de una culpa abrumadora. Como padre se suponía que debía proteger a su hija y había fallado. El día 90 llegó tres meses exactos desde la desaparición de Valeria. La familia organizó una vigilia en el parque central de Guadalajara. junto con otros familiares de personas desaparecidas. Cientos de personas se reunieron sosteniendo velas portando fotografías de sus seres queridos perdidos.

Claudia habló frente a la multitud, su voz amplificada por un megáfono. Mi hija Valeria lleva 90 días desaparecida. 90 días en los que no sé si está comiendo, si tiene frío, si está asustada, si me estás viendo, Valeria, si de alguna manera puedes escucharme, quiero que sepas que no hemos dejado de buscarte ni un solo día y no nos vamos a rendir.

 No importa cuánto tiempo pase, te vamos a encontrar, te lo prometo. Valeria no pudo ver esa vigilia, no pudo escuchar las palabras de su madre. Pero esa misma noche, el día 90, ocurrió algo que cambiaría todo. Uno de los guardias, el hombre bajo y robusto de los tatuajes en el cuello, llegó borracho al lugar donde las tenían encerradas.

 Estaba de mal humor, gritando obsenidades, pateando cosas. Los otros guardias intentaron calmarlo, pero él los empujó. En su estupor etílico cometió un error. Dejó la puerta principal sin el candado puesto correctamente. Solo la cerró, asumiendo que el pestillo automático se activaría, pero no lo hizo. La puerta quedó cerrada, pero sin seguro.

 Valeria se dio cuenta inmediatamente. Eran las 3 de la madrugada. Los guardias estaban en otra habitación discutiendo entre ellos, posiblemente peleándose por el descuido del borracho. Valeria miró a Fernanda, quien también había notado la puerta. Se comunicaron solo con los ojos. Este era el momento, tal vez el único momento que tendrían.

 Fernanda negó con la cabeza, aterrada, recordando lo que les había pasado a las que intentaron escapar antes, pero Valeria ya había tomado su decisión. Se levantó silenciosamente con el corazón martillándole el pecho tan fuerte que pensó que los guardias lo escucharían. Caminó descalza hacia la puerta, cada paso una eternidad. Las demás muchachas la miraban con una mezcla de esperanza y terror.

 Valeria empujó la puerta suavemente, se abrió sin resistencia, sin el sonido del candado. Casi no podía creerlo. Miró hacia atrás una última vez. Fernanda le hizo un gesto con la mano, una despedida silenciosa, lágrimas corriendo por sus mejillas. Valeria quiso decirles que volvería por ellas, que traería ayuda, pero no había tiempo.

 Si los guardias se daban cuenta, todos estarían perdidas. Así que salió y cerró la puerta detrás de ella con el mismo cuidado, como si estuviera manipulando una bomba. Afuera estaba oscuro, pero había suficiente luz de luna para ver. Valeria se encontraba en lo que parecía ser una zona industrial abandonada. Había otros edificios alrededor, todos en estado de deterioro, con ventanas rotas y paredes llenas de graffiti.

 A lo lejos podía ver luces de la ciudad. No sabía exactamente dónde estaba, perosabía que tenía que alejarse de ahí lo más rápido posible. Comenzó a correr, ignorando el dolor en sus pies descalzos que pisaban piedras y vidrios rotos. Corrió como nunca había corrido en su vida, impulsada por tr meses de terror y desesperación. Detrás de ella escuchó gritos.

 Los guardias se habían dado cuenta. Escuchó el motor de una camioneta arrancando. El pánico la invadió, pero no dejó de correr. Vio una grieta en una cerca metálica y se metió por ella, raspándose los brazos y las piernas, pero sin detenerse. Del otro lado había un terreno valdío lleno de basura y maleza.

 se adentró en él, agachándose entre los matorrales. Escuchó la camioneta pasar por la calle principal, los guardias gritando, las linternas iluminando la oscuridad. Valeria se quedó completamente inmóvil, respirando por la boca para no hacer ruido. Con cada músculo de su cuerpo tenso, la camioneta pasó de largo. Siguieron buscándola, pero en la dirección equivocada.

 Valeria esperó lo que pareció una eternidad, probablemente 20 minutos antes de atreverse a moverse de nuevo. Entonces continuó avanzando, esta vez más despacio, más cuidadosamente. Cruzó el terreno valdío y llegó a una calle. Estaba desierta a esa hora. Vio un letrero. Avenida Industrias. No le decía nada. Siguió caminando, manteniéndose en las sombras, alerta a cualquier sonido de vehículos.

Cada par de faros que aparecía a lo lejos la hacía esconderse detrás de árboles o autos estacionados. Después de caminar durante lo que estimó fue una hora, llegó a una zona más habitada. Casas pequeñas, tiendas cerradas con cortinas metálicas, un puesto de tacos que increíblemente aún estaba abierto. Valeria se acercó corriendo.

El señor que atendía el puesto, un hombre mayor con un mandil manchado, la miró con ojos grandes cuando la vio llegar. Descalza con la ropa sucia y rota, el cabello enmarañado, rasguños y moretones por todo el cuerpo. Señor, por favor, ayúdeme. Valeria apenas podía hablar, la voz se lebraba. Necesito llamar a la policía, a mi familia, por favor.

 El hombre no dudó ni un segundo. Le dio su celular y un vaso de agua. Valeria marcó el número de su madre con manos temblorosas. El teléfono sonó tres veces antes de que Claudia contestara con voz somnolienta. Bueno, mamá, mamá, soy yo. Hubo un silencio del otro lado, luego un grito que Valeria escuchó perfectamente, a pesar de que el teléfono casi se le cae de las manos.

Valeria, Valeria. Dios mío. Roberto, Roberto, despierta. Es Valeria. Hija, ¿dónde estás? Valeria comenzó a llorar. Ya no podía contenerse más. No sé dónde estoy, mamá. Escapé. Me tuvieron encerrada, pero escapé. La voz de Roberto se escuchó en el fondo, igualmente desesperada. Pregúntale dónde está.

 Vamos por ella ahora mismo. El señor del puesto de tacos le preguntó a Valeria dónde estaba exactamente y ella le pasó el teléfono. El hombre le dio la dirección a los padres. Estaban en la colonia El Saus en una avenida llamada Insurgentes. Yo me quedo con ella hasta que lleguen prometió el hombre. Y ya llamé a la policía también.

Valeria se sentó en una de las sillas de plástico del puesto, todavía temblando, mirando constantemente hacia la calle, temiendo ver aparecer la camioneta blanca de sus captores. El señor del puesto le preparó unos tacos. Come algo, muchacha. Te ves como si no hubieras comido en días.

 Valeria intentó comer, pero su estómago estaba tan cerrado por los nervios que apenas pudo tragarse medio taco. La policía llegó primero, dos patrullas con las sirenas encendidas. Los oficiales le hicieron preguntas rápidas. ¿Dónde estabas? ¿Quién te tuvo secuestrada? ¿Cuántos eran? ¿Puedes llevarnos al lugar? Valeria intentó responder, pero las palabras se atropellaban en su boca.

 Les habló del edificio abandonado, de la zona industrial, del letrero de Abarrotes Lupita, de las otras muchachas que seguían ahí. Tienen que ir ahora, por favor. Todavía hay otras muchachas ahí. Tienen que rescatarlas. Los oficiales se comunicaron por radio reportando la información. Uno de ellos, una mujer policía de expresión seria pero amable, le puso una manta sobre los hombros.

 Ya estás a salvo”, le dijo. Ya pasó lo peor. Pero lo peor no había pasado. Valeria lo sabía. Lo peor era lo que venía ahora, tener que contar lo que había vivido, revivir cada momento de terror y preguntarse si alguna vez podría volver a sentirse normal. Y luego llegaron sus padres. Valeria los vio bajar de su auto a toda velocidad, corriendo hacia ella.

Claudia llegó primero y la envolvió en sus brazos con tanta fuerza que Valeria apenas podía respirar, pero no le importó. Escuchó los soyozos de su madre, sintió las lágrimas calientes contra su cuello. “Mi niña, mi niña,” era todo lo que Claudia podía decir entre llanto. Roberto las rodeó a ambas con sus brazos, su cuerpo entero sacudido por el llanto.

Un hombre que había mantenido lacompostura durante 90 días finalmente se derrumbó liberando todo el dolor y el miedo que había estado conteniendo. Daniel y Sofía llegaron minutos después junto con Mónica. Todos lloraban, abrazaban a Valeria, le tocaban el rostro, el cabello, como si necesitaran confirmar físicamente que era real, que realmente había regresado.

Ónica se arrodilló frente a Valeria y tomó sus manos. Pensé que te había perdido para siempre, dijo con voz ahogada. Lo siento tanto. Debía haber insistido en que te quedaras conmigo esa noche. Debía haber Valeria negó con la cabeza. No fue tu culpa. No fue culpa de nadie, excepto de ellos. Los paramédicos llegaron y quisieron llevar a Valeria al hospital para examinarla, pero ella se negó inicialmente.

 No quería separarse de su familia ni un segundo. Finalmente accedió cuando Roberto le prometió que estarían con ella todo el tiempo. En el hospital, los doctores la revisaron minuciosamente. Estaba desnutrida, deshidratada, tenía múltiples contusiones, cortes infectados en los pies y la infección respiratoria que había desarrollado aún no se había curado completamente, pero considerando todo, estaba en condiciones relativamente estables.

Es una sobreviviente, dijo uno de los doctores a Roberto. Muchas personas no salen de situaciones así. Su hija es muy fuerte. Mientras Valeria estaba en el hospital, la policía realizó un operativo en la zona que ella había descrito. Encontraron el edificio abandonado, pero cuando llegaron ya estaba vacío.

 Los captores habían huído tomándose a las otras muchachas con ellos, probablemente en cuanto se dieron cuenta de que Valeria había escapado y que era cuestión de tiempo antes de que llegara la policía. Fernanda y las demás habían desaparecido nuevamente tragadas por la red de trata que operaba con eficiencia terrorífica.

 Valeria lloró cuando le dijeron las noticias. Se sentía culpable, como si su escape hubiera sellado el destino de las otras. “No es tu culpa”, le dijo el detective Jiménez, quien finalmente tenía evidencia real para trabajar. “Gracias a ti, ahora sabemos cómo operan. Podemos seguir las pistas, vamos a encontrarlas. Los días siguientes fueron un torbellino.

 Los medios de comunicación se enteraron del regreso de Valeria y el caso volvió a estar en todas las noticias. “Joven reaparece después de 90 días”, titulaban los periódicos. “Sobreviviente de trata regresa con su familia”, decían los noticieros. Reporteros acampaban fuera de la casa de la familia Soto, queriendo entrevistas, queriendo la historia completa.

 Roberto los mantenía a raya firmemente. “Mi hija necesita privacidad para recuperarse”, decía una y otra vez. Pero la presión era inmensa. Todos querían saber qué había pasado durante esos 90 días. Todos querían saber cómo había sobrevivido, cómo había escapado. Y luego llegó el momento que Valeria había estado temiendo.

 Tuvo que dar su declaración oficial completa. Sentada en una sala de la fiscalía, con sus padres a su lado y una psicóloga presente para apoyarla, Valeria contó todo, desde el momento en que fue secuestrada en la parada del autobús hasta su escape 90 días después. habló de los hombres que la secuestraron, describió sus rostros con tanto detalle como pudo recordar.

Habló de las otras muchachas, de Fernanda especialmente, de la chica joven que intentó escapar y nunca regresó. Habló del trabajo forzado, de los golpes, del hambre, del frío, del miedo constante. Su voz era monótona mientras relataba los hechos, como si estuviera hablando de alguien más. una forma de disociación que su mente había adoptado para poder lidiar con el trauma.

El detective Jiménez y un equipo especializado en trata de personas tomaron notas detalladas. Le mostraron fotografías de sospechosos conocidos para que intentara identificarlos. Le hicieron dibujar el layout del lugar donde la habían tenido. Valeria cooperó en todo porque sabía que esta información era crucial no solo para atrapar a sus captores, sino para encontrar a las otras muchachas.

Fernanda, la chica del cabello rizado que le había dado su manta cuando estaba enferma. Tenía que hacer todo lo posible para que las encontraran, pero cuando los fiscales le preguntaron si estaría dispuesta a dar una conferencia de prensa, a contar públicamente su historia, Valeria dudó. La gente necesita saber lo que está pasando”, argumentó uno de los fiscales.

Su testimonio podría ayudar a generar presión para que se tomen más medidas contra la trata y podría alentar a otras víctimas a denunciar. Claudia intervino firmemente. “Mi hija ya dio su declaración, ya cooperó con todo. No pueden pedirle que se exponga públicamente así. Necesita sanar. El fiscal insistió. Roberto miró a Valeria esperando su decisión. Valeria respiró profundamente.

Pensó en Fernanda, en la chica joven que había muerto intentando escapar, en todas las muchachas que seguíanatrapadas en ese infierno. “Lo haré”, dijo finalmente, “Pero a mi manera.” Dos días después, la familia Soto organizó una conferencia de prensa en un hotel del centro de Guadalajara. La sala estaba llena de reporteros, cámaras, fotógrafos.

 Valeria entró tomada de la mano de su madre con su padre y sus hermanos flanqueándola como guardaespaldas. Se veía frágil, había perdido peso, tenía ojeras profundas, pero en sus ojos había una determinación que no estaba ahí antes. Se sentó frente a los micrófonos y las cámaras. El silencio en la sala era absoluto. “Mi nombre es Valeria Soto”, comenzó.

 Su voz clara a pesar del temblor. Hace 93 días fui secuestrada cuando esperaba el autobús para ir a casa después del trabajo. Durante 90 días estuve cautiva en manos de una red de trata de personas. Lo que voy a decirles no es fácil de escuchar, pero es necesario que lo sepan. Y entonces Valeria contó su historia.

 No dio todos los detalles más oscuros. Su psicóloga le había aconsejado que no lo hiciera por su propia salud mental, pero contó lo suficiente. Habló del secuestro, del encierro de las otras muchachas. Habló de cómo la movieron de un lugar a otro, de cómo vivían con miedo constante y habló de su escape, de cómo tuvo que esperar el momento exacto, de cómo corrió por su vida.

 Pero lo más importante que quiero decir,” continuó Valeria, su voz ahora más fuerte, “es que yo no soy la única. Hay cientos miles de muchachas y muchachos en la misma situación en la que yo estuve. Fernanda, si estás viendo esto de alguna manera, quiero que sepas que no te he olvidado. Voy a hacer todo lo que esté en mi poder para que te encuentren a ti y a las demás.

 Y a todas las familias que tienen a alguien desaparecido, quiero decirles, no se rindan. Mi familia nunca se rindió conmigo. Pusieron volantes, organizaron búsquedas, nunca dejaron de presionar a las autoridades y por eso estoy aquí hoy, porque ellos no dejaron que mi nombre se perdiera entre las estadísticas. Valeria hizo una pausa mirando directamente a las cámaras y a las autoridades, a los políticos, a todos los que tienen el poder de hacer algo.

La trata de personas no es un problema que va a desaparecer solo. Necesita acción real, recursos reales, compromiso real. Cada día que pasa sin hacer nada, más personas son secuestradas, más familias son destrozadas. Ya no podemos seguir ignorando esto. Cuando terminó de hablar, hubo un momento de silencio antes de que los reporteros explotaran con preguntas, pero Claudia se levantó indicando que la conferencia había terminado.

“Mi hija ya dijo lo que tenía que decir”, anunció con firmeza. “Ahora necesita descansar.” El testimonio de Valeria se volvió viral. fue compartido millones de veces en redes sociales, transmitido en noticieros nacionales e internacionales. Su historia tocó a muchas personas, generó conversaciones importantes sobre la trata de personas en México.

Colectivos de familiares de desaparecidos la contactaron para agradecerle por darle voz a su dolor. Patricia Ríos la abrazó y le dijo, “Eres muy valiente. Has hecho más con una conferencia de prensa de lo que muchos políticos han hecho en años.” Pero para Valeria nada de eso importaba tanto como una llamada que recibió tres semanas después de su regreso.

Era el detective Jiménez. Valeria, tengo noticias. Encontramos a dos de las muchachas que estaban contigo. Una de ellas es Fernanda. Valeria sintió que el corazón se le salía del pecho. ¿Está bien? ¿Está viva? Sí, confirmó el detective. Está en el hospital un poco golpeada, pero viva, y ha estado preguntando por ti.

 Dijo que quiere verte. Valeria comenzó a llorar, pero esta vez eran lágrimas de alivio y alegría. Quiero verla. ¿Cuándo puedo verla? Al día siguiente, Valeria fue al hospital acompañada de su madre. Fernanda estaba en una habitación en el tercer piso. Cuando Valeria entró, Fernanda estaba sentada en la cama con vendajes en los brazos y un moretón grande en la mejilla, pero viva, real.

En cuanto vio a Valeria, comenzó a llorar. Valeria corrió hacia ella y se abrazaron como hermanas que no se habían visto en años. Aunque solo habían pasado tres semanas desde aquella noche en el edificio abandonado. Pensé que te habían atrapado solosó Fernanda. Cuando escuchamos los gritos de los guardias esa noche, pensé que estabas muerta y yo pensé que nunca te encontraríamos, respondió Valeria.

¿Cómo? Gracias a ti, explicó Fernanda. Tu conferencia de prensa hizo que las autoridades intensificaran la búsqueda. Nos movieron a otro lugar, pero alguien nos vio y llamó a la línea anónima. La policía hizo un operativo y nos rescataron. Las dos muchachas pasaron horas hablando, llorando, riendo de alivio.

Compartieron algo que muy pocas personas podrían entender, la experiencia de haber sobrevivido al infierno y haber regresado. Claudia, observándolas desde la puerta de la habitación, lloró silenciosamente.Su hija había regresado, pero no regresó sola. Había traído consigo la esperanza de que otras también podían ser encontradas.

¿Crees que el testimonio de sobrevivientes como Valeria puede realmente generar cambios en cómo se combate la trata de personas? ¿Qué medidas crees que deberían tomarse? Nos gustaría conocer tu opinión. Los meses siguientes fueron de recuperación lenta y dolorosa para Valeria. No era solo el cuerpo lo que necesitaba sanar.

 La mente llevaba heridas mucho más profundas. comenzó terapia intensiva con una psicóloga especializada en trauma. Las pesadillas eran constantes. Casi todas las noches se despertaba gritando, soñando que estaba de vuelta en ese cuarto oscuro sin ventanas, que los guardias venían por ella. Claudia dormía en la habitación de Valeria durante las primeras semanas, sosteniendo su mano hasta que volvía a dormir. También estaba el proceso legal.

Los fiscales habían arrestado a tres de los hombres involucrados en la red de trata, incluyendo al hombre alto de la cicatriz que Valeria recordaba con tanto terror. Ella tuvo que identificarlos en una rueda de reconocimiento, pararse detrás de un vidrio y señalar a los hombres que la habían secuestrado y torturado.

Fue una de las cosas más difíciles que había hecho ver esos rostros de nuevo, pero lo hizo. Los tres fueron procesados y eventualmente condenados apenas de entre 20 y 30 años de prisión por secuestro. Trata de personas y trabajo forzado. El juicio fue largo y agotador. Valeria tuvo que testificar múltiples veces, revivir los momentos más oscuros una y otra vez, frente a abogados, jueces, y lo peor de todo, frente a los mismos hombres que la habían torturado.

Pero cada vez que sentía que no podía más, recordaba a Fernanda, a las otras muchachas que habían sido rescatadas. gracias a su testimonio y a las que aún seguían desaparecidas. Su dolor tenía un propósito ahora asegurar que esos hombres no pudieran hacerle lo mismo a nadie más. La recuperación psicológica fue un camino sinuo y difícil.

 Valeria experimentó síntomas de estrés postraumático severo, hipervigilancia constante, flashbacks, ataques de pánico cuando veía camionetas blancas o cuando alguien se acercaba demasiado a ella en la calle. Hubo días en que no quería salir de su habitación, días en que la simple idea de estar en un espacio cerrado le provocaba una crisis.

Su psicóloga trabajó con ella utilizando terapia de exposición gradual, técnicas de procesamiento del trauma y grupos de apoyo con otras sobrevivientes. Fernanda se convirtió en una presencia constante en su vida. Las dos muchachas se reunían semanalmente, a veces solo para tomar café y hablar de cosas triviales, otras veces para llorar juntas o compartir sus avances en terapia.

 Formaron un vínculo que iba más allá de la amistad. eran hermanas de guerra, unidas por una experiencia que nadie más podía comprender completamente. Juntas comenzaron a asistir a reuniones de colectivos de víctimas de trata, compartiendo sus historias para ayudar a otras sobrevivientes a entender que la recuperación era posible. Un año después de su regreso, en marzo de 2025, Valeria tomó una decisión importante.

 Volvería a estudiar derecho, pero esta vez con un enfoque específico. Quería especializarse en derechos de víctimas y en combatir la trata de personas desde el ámbito legal. No puedo cambiar lo que me pasó, le dijo a sus padres una noche durante la cena. Pero puedo usar esa experiencia para ayudar a otros. Puedo ser la abogada que yo necesité cuando fui secuestrada.

Roberto y Claudia la apoyaron completamente. Habían visto a su hija transformarse de la joven asustada y rota que regresó aquella noche a una mujer resiliente con un propósito claro. Valeria regresó a la universidad en agosto de 2025, acompañada por Mónica, quien había esperado pacientemente a que su amiga estuviera lista.

 Los primeros días fueron difíciles. Valeria sentía las miradas de los otros estudiantes que conocían su historia. escuchaba los murmullos, pero aprendió a mantener la cabeza en alto. No tenía nada de qué avergonzarse. En noviembre de 2025, gracias a la información proporcionada por Valeria y otras víctimas rescatadas, las autoridades desmantelaron completamente la red de trata que la había secuestrado.

arrestaron a 15 personas más, incluyendo a varios funcionarios corruptos que facilitaban las operaciones de la red. Rescataron a 28 personas, entre ellas tres de las muchachas que habían estado con Valeria en aquel edificio abandonado. No todas las historias tuvieron final feliz.

 Algunas nunca fueron encontradas, pero cada persona rescatada era una victoria, un recordatorio de por qué valía la pena seguir luchando. Valeria visitó a cada una de las muchachas rescatadas en el refugio donde estaban recibiendo atención. Les llevó flores, les habló de su propia recuperación, les dio esperanza de que la vida después deltrauma era posible.

Una de ellas, una chica de 19 años llamada Andrea, la abrazó y le dijo, “Gracias por no olvidarnos. Gracias por hacer que nos buscaran.” Valeria lloró, pero eran lágrimas de gratitud y propósito. En diciembre de 2025, casi dos años después de su secuestro, Valeria dio una segunda conferencia de prensa.

 Esta vez no era la joven frágil y asustada de antes. Estaba más fuerte, con la voz firme y la mirada clara. Hace dos años fui víctima de trata de personas, comenzó. Hoy soy sobreviviente, estudiante de derecho y activista. Mi mensaje es simple. La trata de personas es un crimen que nos afecta a todos. No es algo que solo pasa en otro lugar o a otras personas.

 Me pasó a mí una estudiante común en una de las ciudades más grandes de México y puede pasarle a cualquiera. Pero también quiero hablar de esperanza, continuó. Porque a pesar de todo lo que viví, a pesar del dolor y el trauma, estoy aquí, estoy reconstruyendo mi vida. Y lo mismo están haciendo Fernanda, Andrea y tantas otras.

 La recuperación es posible, la justicia es posible y el cambio es posible, pero solo si todos nos comprometemos a luchar contra esta atrocidad. Valeria nunca volvió a ser la misma persona que era antes del 14 de marzo de 2024. Esa Valeria murió en aquella parada de autobús bajo la lluvia. Pero la nueva Valeria, la que emergió de 90 días de oscuridad, era más fuerte, más resiliente y tenía un propósito que daba sentido incluso al sufrimiento más profundo.

Llevaba cicatrices, tanto visibles como invisibles, pero esas cicatrices eran testimonio de que había sobrevivido, de que había peleado, de que no se había rendido. Sus padres la miraban con una mezcla de dolor por lo que había perdido y orgullo por lo que se había convertido. Daniel y Sofía se habían vuelto más protectores, pero también habían aprendido de la fortaleza de su hermana.

Mónica seguía siendo su mejor amiga, ahora con un vínculo aún más profundo. Y mientras Valeria caminaba por el campus universitario en ese diciembre de 2025, con sus libros bajo el brazo y el sol de la tarde iluminando su rostro, pensó en todas las personas que seguían desaparecidas, en todas las familias que seguían buscando.

Pensó en su propia familia, que nunca dejó de buscarla. que puso volantes en cada esquina, que gritó su nombre hasta que fue escuchado. Lo que confesó al regresar no solo dejó a todos en silencio, cambió vidas, generó conciencia y ayudó a rescatar a otras víctimas. Su testimonio demostró que incluso en la oscuridad más profunda, la voz de una sobreviviente puede iluminar el camino para otras.

 Y esa, comprendió Valeria, era la razón por la que había sobrevivido, no solo para vivir, sino para hablar por quienes no podían hacerlo, para ser la luz que ella misma necesitó en su momento más oscuro. La historia de Valeria Soto se convirtió en símbolo de resistencia y esperanza en México. Un recordatorio de que el amor de una familia que no se rinde, la valentía de sobrevivir y el compromiso de luchar por la justicia pueden incluso en los casos más desesperados traer luz a la oscuridad. Yeah.