La mañana del 15 de marzo de 2024, cuando Valeria Montes reapareció caminando descalza por la carretera que conecta San Miguel de Las Palmas con la ciudad de Oaxaca, el sol apenas comenzaba a pintar el cielo de naranja. Sus pies sangraban, su ropa estaba rasgada y sucia, y sus ojos miraban al frente con una fijeza que hacía temblar a quien se atreviera a sostenerle la mirada.
Había estado desaparecida exactamente 60 días y todo el pueblo la había dado por muerta. Pero lo que Valeria contó cuando finalmente pudo hablar, dejó a San Miguel de Las Palmas sumido en un silencio sepulcral que duraría meses, porque su historia no solo hablaba de su propio calvario, sino que destapaba secretos que muchos habían preferido mantener enterrados.
San Miguel de Las Palmas era uno de esos pueblos del estado de Oaxaca, donde todos se conocían, donde las casas de adobe pintadas de colores vivos se alineaban en calles empedradas.
y donde el sonido de las campanas de la iglesia marcaba el ritmo de la vida. Un poco más de 3,000 habitantes, el pueblo vivía principalmente de la agricultura y de la elaboración de textiles tradicionales que las mujeres tejían en telares de cintura, una práctica que pasaba de madres a hijas desde generaciones atrás.
Los domingos la plaza principal se llenaba de vendedores de tallayudas. mole negro y tamales de chipilín, mientras los niños corrían entre los puestos y los ancianos se sentaban en las bancas de hierro forjado a comentar sobre las cosechas y el clima. Valeria tenía 23 años y trabajaba en la pequeña clínica de salud del pueblo como auxiliar de enfermería.
Era una joven menuda de cabello negro largo que siempre llevaba recogido en una trenza, ojos café oscuros y una sonrisa que había iluminado muchas mañanas difíciles en la clínica. Vivía con su madre, lucía montes, en una casa modesta en la calle Hidalgo, a dos cuadras de la plaza. Su padre había muerto 7 años atrás en un accidente en la carretera y desde entonces Valeria se había convertido en el sostén emocional y económico de su madre, quien trabajaba limpiando casas, pero sufría de diabetes y problemas en las articulaciones que le dificultaban
cada vez más el trabajo. El día que Valeria desapareció, el 14 de enero de 2024, era domingo. Había terminado su turno en la clínica a las 2 de la tarde y le había dicho a su madre que iría a casa de su amiga Josefina Ruiz para ayudarla a preparar las decoraciones para la fiesta de 15 años de su prima.

Regreso antes de que oscurezca, mamá. Te dejé la comida tapada en la estufa. Fueron las últimas palabras que Lucía escuchó de su hija antes de verla salir por la puerta con una pequeña mochila al hombro. Josefina vivía al otro lado del pueblo, cerca del camino que llevaba a los campos de maíz y al pequeño bosque de encinos que bordeaba San Miguel de las Palmas.
Pero Valeria nunca llegó a casa de Josefina. Cuando el sol se puso y la oscuridad comenzó a tragarse las calles del pueblo, Lucía empezó a preocuparse. Marcó al celular de su hija una, dos, cinco veces. Ninguna respuesta. A las 8 de la noche, con el corazón latiéndole en la garganta, Lucía salió a buscarla. Primero fue a casa de Josefina, quien abrió la puerta con expresión confundida.
Valeria, no, doña Lucía, no la he visto en todo el día. Me mandó un mensaje en la mañana diciendo que no podría venir, que había surgido algo. El estómago de Lucía se retorció. Su hija no había mencionado ningún cambio de planes. Esa noche, Lucía recorrió cada calle del pueblo acompañada por vecinos que se fueron sumando a la búsqueda.
Tocaron puertas, preguntaron en cada casa, revisaron la clínica, la iglesia, la plaza. Nada. Nadie había visto a Valeria después de las 2:30 de la tarde, cuando don Esteban, el dueño de la papelería, la vio pasar frente a su negocio caminando en dirección al camino de los campos. iba sola con su mochila, me saludó con la mano y siguió caminando.
Pensé que iba donde la familia Ruiz, declaró don Esteban esa noche con la voz temblando. Al día siguiente, lunes 15 de enero, Lucía interpuso la denuncia en la agencia del Ministerio Público de la Cabecera Municipal a 20 km de San Miguel de Las Palmas. La gente que la atendió, una mujer joven con expresión cansada, tomó los datos con rutina mecánica.
Tenía su hija problemas con alguien, novio, enemistades, consumía drogas o alcohol. Las preguntas caían como piedras sobre Lucía, quien negaba con la cabeza mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Valeria no tenía novio, no se metía en problemas. Era una hija ejemplar que dedicaba su vida a cuidar a su madre y a ayudar a los enfermos del pueblo.
Los días se convirtieron en semanas y lassemanas en meses. San Miguel de Las Palmas se llenó de carteles con el rostro sonriente de Valeria desaparecida. Valeria Montes García, 23 años. Vista por última vez el 14 de enero de 2024. Los carteles se pegaron en cada poste, en cada pared, en la iglesia, en las tiendas.
Lucía organizó marchas, pidió ayuda en redes sociales, acudió a programas de radio locales. La historia de Valeria se viralizó en la región y pronto llegaron periodistas de la ciudad de Oaxaca para cubrir el caso. Las autoridades realizaron búsquedas en los campos circundantes, en el bosque de encinos, en los barrancos cercanos.
Usaron perros de búsqueda, drones y convocaron a grupos de voluntarios que peinaron cada rincón del territorio. Pero Valeria parecía haberse desvanecido en el aire. No había rastros, no había pistas, no había testigos que hubieran visto algo fuera de lo común. El pueblo entero vivía en un estado de angustia permanente.
Las madres ya no dejaban salir solas a sus hijas. Los rumores se multiplicaban. Y el miedo se instaló en cada hogar como un inquilino no deseado. Algunos decían que Valeria había sido víctima del crimen organizado, que bandas de traficantes rondaban las carreteras secuestrando a jóvenes para explotarlas. Otros murmuraban que quizás había huído con algún hombre secreto, que tal vez su vida no era tan perfecta como parecía.
Lucía sufría cada uno de esos rumores como una puñalada. Pero no dejaba de buscar. Cada mañana antes del amanecer caminaba por los caminos polvorientos gritando el nombre de su hija, pegando carteles nuevos sobre los que el sol y la lluvia habían desteñido. En la clínica donde Valeria trabajaba, sus compañeros mantuvieron su locker intacto con su bata blanca colgada y sus pertrechos organizados, como si en cualquier momento fuera a volver a ponérselos.
La doctora Patricia Vega, quien dirigía la clínica, era una mujer de 50 años que había visto a Valeria crecer y la consideraba como una sobrina. Era la mejor auxiliar que hemos tenido decía con la voz quebrada. Responsable, compasiva, siempre dispuesta a quedarse después de su turno. Si había alguna emergencia, no puedo entender qué le pasó.
Pasaron 30 días, 40, 50. Con cada día que pasaba, las esperanzas de encontrar a Valeria con vida se desvanecían como el humo. Lucía había perdido peso, apenas comía, apenas dormía. Sus ojos se habían hundido en cuencas oscuras y su cabello se había llenado de canas prematuras. Los vecinos la veían pasar como un fantasma, arrastrando su dolor por las calles mientras seguía buscando, preguntando, gritando el nombre de su hija al viento.
El padre Miguel Ángel Santos, párroco de la Iglesia de San Miguel Arcángel, celebró tres misas especiales pidiendo por el regreso de Valeria. La iglesia se llenaba hasta el último rincón con personas que rezaban, lloraban y encendían veladoras. El padre Santos, un hombre de 60 años con canas en las cienes y una voz profunda que resonaba en las paredes de piedra, conocía a Valeria desde que era niña.
La había visto crecer, hacer su primera comunión, ayudar en las posadas navideñas. Durante sus sermones hablaba de la importancia de la comunidad, de cuidarnos unos a otros, de no perder la fe ni la esperanza. Fue precisamente el padre Santos quien recibió a Valeria cuando ella reapareció esa mañana del 15 de marzo.
Había salido temprano a caminar por la carretera, como hacía cada mañana para reflexionar y rezar cuando la vio a lo lejos. una figura delgada, tambaleante, caminando descalsa por el asfalto. Al principio pensó que era una aparición, un espejismo creado por la luz del amanecer, pero cuando se acercó corriendo, reconoció ese rostro que había visto en miles de carteles durante dos meses.
“Valeria, ¿eres tú?” Su voz temblaba mientras se quitaba su chamarra para cubrirla. La joven lo miró. Pero fue como si mirara a través de él, como si estuviera viendo algo que solo ella podía ver. No habló, simplemente siguió caminando con pasos mecánicos, ignorando el dolor que debían causarle sus pies heridos.
El padre Santos la tomó suavemente del brazo. Valeria, soy yo, el padre Miguel, estás a salvo. Vamos a llevarte a casa con tu mamá. Al escuchar la palabra mamá, algo cambió en los ojos de Valeria. Sus piernas cedieron y cayó de rodillas en medio de la carretera. Un gemido profundo, casi animal, brotó de su garganta.
El padre Santos la sostuvo mientras ella temblaba violentamente. “Mi mamá, mi mamá”, repetía entre soylozos. El padre marcó inmediatamente a la doctora Vega, quien llegó en su auto en menos de 5 minutos junto con uno de los agentes de la policía municipal. La noticia corrió por San Miguel de Las Palmas como pólvora.
En cuestión de minutos, decenas de personas se congregaron en la clínica donde habían llevado a Valeria. Lucía llegó corriendo descalza, todavía en bata de dormir, con el rostro desencajado entre la esperanza y elterror. Cuando entró a la sala donde estaban examinando a su hija, las piernas casi le fallan. Valeria estaba sentada en la camilla, envuelta en mantas, siendo atendida por la doctora Vega.
Lucía se lanzó hacia ella, la abrazó, la cubrió de besos mientras lloraba desconsoladamente. Mi niña, mi niña, gracias a Dios, gracias a Dios. Aleria respondió al abrazo, pero su cuerpo permanecía rígido. Sus ojos seguían teniendo esa mirada perdida. “Mamá, perdóname, perdóname”, susurraba una y otra vez. La doctora Vega tuvo que pedirle a Lucía que la dejara terminar el examen.
Valeria tenía múltiples heridas en los pies, deshidratación, desnutrición, moretones en los brazos y las piernas. Pero lo más preocupante era su estado mental. No respondía coherentemente a las preguntas. Parecía estar en shock profundo. Las autoridades llegaron poco después. agentes de la policía municipal, del Ministerio Público e incluso elementos de la Policía Estatal.
Todos querían saber qué había pasado, dónde había estado, quién la había secuestrado, pero Valeria no podía hablar o no quería. Pasaron horas antes de que pudiera articular algo más allá de fragmentos sin sentido. La doctora Vega insistió en que necesitaba tiempo, que había sufrido un trauma severo y que forzarla a hablar podría empeorar su condición.
Durante los primeros tres días después de su regreso, Valeria permaneció en su casa, en su habitación, acostada en su cama, mirando el techo. Apenas comía, apenas hablaba. Lucía no se separaba de ella ni un segundo, temiendo que si cerraba los ojos su hija volvería a desaparecer. Las autoridades instalaron vigilancia en la casa, temiendo que quien había tenido cautiva a Valeria pudiera intentar llevársela nuevamente.
El cuarto día algo cambió. Valeria pidió ver al padre Santos. Cuando el párroco llegó a la casa de los montes, Valeria estaba sentada en la sala con las piernas recogidas contra su pecho, abrazándose a sí misma. Padre, necesito confesarme, necesito contarlo todo, pero no puedo decírselo solo a usted.
El pueblo entero necesita saber la verdad. Su voz era apenas un susurro, pero había una determinación de acero en sus palabras. Al día siguiente, el padre Santos convocó a una reunión comunitaria en la iglesia. Nunca había visto tanta gente congregada al mismo tiempo. Cada banca estaba ocupada, los pasillos laterales estaban llenos.
Había personas de pie al fondo y afuera asomándose por las puertas y ventanas. El silencio era absoluto, solo roto por alguna tos ocasional o el llanto de algún bebé. Valeria entró acompañada de su madre y de la doctora Vega. Caminó hasta el altar con pasos lentos pero firmes. El padre Santos le ofreció el micrófono. Durante un largo momento, Valeria solo miró a la multitud.
Reconoció rostros que había conocido toda su vida. Don Esteban de la papelería, Josefina y su familia, sus compañeros de la clínica, sus antiguas maestras de la escuela, sus vecinos, las señoras del mercado, todos la miraban con una mezcla de alivio, curiosidad y aprensión. Tomó aire profundamente y comenzó a hablar. Desaparecí el 14 de enero porque alguien me engañó.
Ese día recibí un mensaje de un número desconocido. El mensaje decía que una señora del rancho, el Mesquital, estaba muy enferma, que necesitaba ayuda urgente, que su familia no podía llevarla a la clínica y que si yo podía ir. El mesquital está a solo 3 km del pueblo por el camino de los campos. He ido varias veces antes a atender emergencias ahí.
Su voz temblaba, pero continuó. No le dije nada a mi mamá porque pensé que sería rápido. Tomé mi mochila con algunos suministros médicos básicos y fui. Un murmullo recorrió la iglesia. El rancho, el mezquital, era conocido por todos, una propiedad de unas 20 heectáreas, donde vivían tres familias dedicadas a la agricultura y a la cría de borregos.
Cuando llegué al rancho, no vi a nadie. Las casas parecían vacías. Toqué en la primera casa, nadie respondió. Empecé a sentir que algo estaba mal. Di la vuelta para regresar al pueblo y fue entonces cuando aparecieron. Eran tres hombres con el rostro cubierto. Uno de ellos me agarró por detrás. Me pusieron un trapo en la cara con algo que me hizo perder el conocimiento.
El silencio en la iglesia era ensordecedor. Lucía lloraba en silencio, sosteniendo la mano de la doctora Vega. Valeria continuó. Cuando desperté, estaba en un cuarto oscuro, sin ventanas. No sé dónde estaba exactamente, pero podía escuchar ruidos de animales, gallos cantando, perros ladrando.
Estaba amarrada a un catre de metal. Tenía miedo de gritar porque no sabía si me harían algo peor. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, pero su voz no flaqueó. Los primeros días, uno de los hombres venía a traerme comida y agua. Siempre tenía la cara cubierta. No me hablaba, solo dejaba un plato de comida y se iba.
Yo no entendía qué querían de mí, por quéme habían llevado. ¿Querían dinero? Mi familia no tiene dinero. Querían hacerme daño, pero no me tocaban, solo me mantenían ahí encerrada. En la oscuridad, Valeria hizo una pausa limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Pasaron días, tal vez una semana, no estoy segura.
Perdí la noción del tiempo en esa oscuridad. Entonces, una noche el hombre que me traía la comida se quitó el pasamontañas y cuando vi su cara, la voz de Valeria se quebró. Esperó un momento, respiró hondo y continuó. Cuando vi su cara, me di cuenta de por qué me habían llevado y entendí que mi pesadilla apenas comenzaba. El padre Santos se acercó a ella preocupado de que no pudiera continuar, pero Valeria levantó la mano indicándole que estaba bien.
El hombre que me tenía secuestrada era Ramiro Salazar. Muchos de ustedes lo conocen. Es hijo de don Fermín Salazar, dueño del acerradero más grande de la región. Un grito ahogado colectivo recorrió la iglesia. La familia Salazar era una de las más respetadas y ricas del área. Don Fermín era un hombre de 70 años, viudo, que había construido un imperio madero, desde cero y que era conocido por su generosidad.
Había financiado la construcción de la escuela primaria, donaba despensas a las familias necesitadas, patrocinaba las fiestas patronales. Ramiro me dijo que me había llevado porque estaba enamorado de mí. Dijo que me había estado observando durante meses, que se había obsesionado conmigo, que yo era perfecta.
Le dije que estaba loco, que me dejara ir, que lo que estaba haciendo era un delito. Se ríó. Me dijo que nadie me buscaría en ese lugar, que podía mantenerme ahí el tiempo que quisiera. Valeria temblaba visiblemente. Ahora Lucía se levantó de su banca y subió al altar para estar junto a su hija, sosteniéndola.
Durante 60 días, Ramiro me mantuvo prisionera en un cuarto que había construido debajo de uno de los almacenes del acerradero de su padre. Era un sótano secreto al que solo se podía acceder por una trampilla escondida. Me traía comida, ropa limpia, libros. Hablaba conmigo durante horas como si fuéramos una pareja normal.
me decía que me amaba, que cuando yo aprendiera a amarlo también me dejaría salir y nos casaríamos. Yo fingía que lo escuchaba, pero por dentro estaba planeando cómo escapar. Intenté escapar tres veces. La primera vez logré desatar mis manos y llegué hasta la trampilla, pero estaba cerrada con candado desde afuera.
Ramiro me descubrió y me amarró con cadenas más fuertes. La segunda vez fingí estar enferma esperando que me sacara para llevarme a un médico, pero solo trajo medicinas. La tercera vez logré golpearlo con una lámpara cuando se distrajo. Llegué a salir del sótano, pero el acerradero está rodeado de barda alta con alambre de púas. Ramiro me alcanzó antes de que pudiera encontrar la salida.
La congregación estaba paralizada. Algunos lloraban abiertamente, otros apretaban los puños con rabia. ¿Cómo era posible que esto hubiera sucedido tan cerca que el hijo de uno de los hombres más respetados del pueblo fuera capaz de algo así? Valeria continuó. Después del tercer intento, Ramiro cambió. se volvió paranoico. Decía que si lo dejaba me mataría y se mataría él también.
Comenzó a pasar más tiempo en el sótano conmigo, descuidando su trabajo en el acerradero. Su padre empezó a preguntar por él, a buscarlo. Ramiro entraba en pánico. Entonces, hace 4 días escuché una discusión arriba. Era don Fermín. Había encontrado la trampilla. Escuché golpes, gritos. Don Fermín bajó al sótano y cuando me vio ahí encadenada, sucia, desnutrida, se quedó paralizado.
No podía creer lo que estaba viendo. Ramiro intentó explicarle, justificarse, decirle que me amaba, que íbamos a ser felices. Don Fermín se derrumbó. Lloró como nunca he visto llorar a un hombre. me pidió perdón una y otra vez mientras me liberaba de las cadenas. Un sollozo atravesó la iglesia. Era una voz conocida.
Al fondo, junto a la puerta, estaba don Fermín Salazar. El anciano estaba demacrado, con los ojos hundidos y rojos de tanto llorar. Había envejecido 10 años en 4 días. caminó lentamente hacia el altar, arrastrando los pies con la espalda encorbada por el peso de la vergüenza y el dolor. “Don Fermín me sacó de ahí”, continuó Valeria.
me llevó a su casa, me dio de comer, me curó las heridas, llamó a la policía estatal y entregó a su propio hijo. Ramiro está arrestado esperando juicio. Don Fermín me suplicó que no le dijera a nadie, que le diera tiempo para procesar lo que había pasado para decidir qué hacer. me ofreció dinero, me dijo que me iría del pueblo, que comenzara una nueva vida, pero yo no puedo hacer eso.
No puedo cargar este secreto sola. Y ustedes necesitan saber que los monstruos no siempre son desconocidos. A veces viven entre nosotros, se sientan en nuestras mesas, caminan por nuestras calles. Don Fermín había llegado alaltar, se arrodilló frente a Valeria, frente a Lucía, frente a toda la congregación. Perdónenme.
Perdónenme por lo que mi hijo hizo. Perdónenme por no haberlo visto, por no haber sabido que criaba a un monstruo. Valeria, Lucía, no hay palabras suficientes para expresar mi vergüenza y mi dolor. Mi hijo les arrebató 60 días de sus vidas. Mi familia les ha causado un sufrimiento inimaginable. Su voz se quebraba con cada palabra.
El Padre Santo se acercó a él ayudándolo a levantarse. La iglesia seguía en silencio absoluto. Valeria miró al anciano y aunque había dolor y rabia en sus ojos, también había algo más, una profunda tristeza por el sufrimiento compartido. Don Fermín, usted no tiene la culpa de las acciones de su hijo, pero si tiene la responsabilidad de asegurarse de que enfrente las consecuencias.
Y todos nosotros tenemos la responsabilidad de preguntarnos cómo pudimos no ver las señales. Porque ahora que lo pienso, continuó Valeria mirando a la multitud, cuántas veces vimos a Ramiro comportarse de manera extraña con las mujeres del pueblo. Cuántas veces lo vimos mirando fijamente a las jóvenes en la plaza, siguiéndolas con la mirada.
Cuántas veces escuchamos rumores de que se había obsesionado con alguna muchacha, pero los ignoramos diciendo que eran solo habladurías. Yo misma recuerdo que hace como un año Ramiro empezó a aparecer frecuentemente en la clínica con excusas de malestares leves. Siempre me buscaba a mí, específicamente. Me sentía incómoda, pero nunca dije nada.
Pensé que estaba exagerando, que era mi imaginación. Josefina se levantó de su banca con las mejillas encendidas. Es verdad. Hace dos años Ramiro me esperó afuera de mi casa una noche. Me dijo que quería hablar conmigo, que le gustaba. Cuando le dije que no estaba interesada, se puso muy agresivo. Me asusté tanto que dejé de caminar sola por las noches.
Se lo conté a mis papás, pero ellos dijeron que probablemente solo estaba borracho, que no le hiciera caso. Cuando dejó de buscarme, pensé que se le había pasado. Una por una, otras mujeres comenzaron a levantarse. Rosa, la maestra de primaria, contó que Ramiro la había acosado en redes sociales con mensajes inapropiados.
Mariana, que trabajaba en la tienda de abarrotes, relató que Ramiro pasaba horas merodeando la tienda solo para verla. Elena, una de las enfermeras de la clínica, recordó que Ramiro le había hecho comentarios sobre su cuerpo que la hicieron sentir violada solo con palabras. Todas estas historias habían sido guardadas, silenciadas, minimizadas.
“Ven”, dijo Valeria con voz firme. “las señales estaban ahí, pero nosotros como sociedad escogimos ignorarlas. Escogimos proteger la reputación de una familia respetable en lugar de escuchar a las mujeres que se sentían amenazadas. Y yo casi pago eso con mi vida.” El peso de sus palabras cayó sobre la congregación como una losa de concreto.
La vergüenza colectiva era palpable. El padre Santos, con lágrimas en los ojos, tomó el micrófono. Valeria tiene razón. Como comunidad fallamos. Fallamos en proteger a nuestras mujeres, en escuchar sus voces cuando nos decían que algo andaba mal. Nos escudamos en la comodidad de la normalidad, de no hacer olas, de respetar a las familias prominentes.
Y mientras nosotros mirábamos hacia otro lado, Valeria sufría en un sótano a kilómetros de aquí. Esto no puede volver a pasar nunca más. La reunión se extendió por más de 3 horas. Las autoridades que estaban presentes tomaron declaraciones de todas las mujeres que se atrevieron a hablar. Se prometió una investigación exhaustiva, no solo del caso de Valeria, sino de todos los reportes de acoso que nunca habían sido tomados en serio.
Don Fermín, destruido por la revelación de que su hijo había estado acosando a mujeres del pueblo durante años sin que él lo supiera, prometió vender el acerradero y usar todo el dinero para crear un fondo de apoyo para víctimas de violencia de género en la región. Los días siguientes fueron caóticos en San Miguel de Las Palmas.
Periodistas de todo el estado y del país llegaron para cubrir la historia. El caso de Valeria se convirtió en un símbolo nacional de la crisis de violencia contra las mujeres en México, de la importancia de escuchar y creer a las víctimas, de no permitir que el estatus social proteja a los perpetradores. El pueblo se vio obligado a mirarse en el espejo y confrontar sus propias complicidades.
Ramiro Salazar fue formalmente acusado de privación ilegal de la libertad. secuestro agravado y múltiples delitos relacionados. La evidencia era abrumadora. El sótano donde había mantenido a Valeria con las cadenas todavía colgando del catre, los mensajes en su teléfono, las declaraciones de múltiples mujeres sobre su comportamiento acosador.
Su padre se negó a pagarle un abogado privado, permitiendo que fuera representado por un defensor público. “Debe enfrentar las consecuencias de susactos. Ya no es mi hijo”, declaró don Fermín en un comunicado. Valeria inició terapia intensiva con una psicóloga especializada en trauma que viajaba desde Oaxaca dos veces por semana.
El proceso de recuperación fue lento y doloroso. Había noches en que despertaba gritando, soñando que seguía en el sótano. Había días en que no podía salir de su casa porque la ansiedad la paralizaba. Pero con el apoyo de su madre, de la doctora Vega, del padre Santos y de toda una comunidad que ahora estaba determinada a reparar el daño que su indiferencia había causado, Valeria comenzó a sanar.
Tres meses después de su regreso, Valeria dio su primera entrevista televisiva a nivel nacional. Lucía estaba sentada junto a ella sosteniendo su mano. Valeria habló con una claridad y una fortaleza que impresionaron a millones de espectadores. Quiero que mi historia sirva para algo más que solo morvo o sensacionalismo. Quiero que sirva como un llamado de alerta.
La violencia contra las mujeres no comienza con un secuestro o un feminicidio. Comienza con comentarios que se ignoran, con acoso que se minimiza, con comportamientos amenazantes que se justifican. Si realmente queremos proteger a nuestras hijas, hermanas, madres, amigas, tenemos que empezar por creer sus palabras cuando nos dicen que se sienten inseguras.
¿Qué habrías hecho tú en el lugar de Valeria durante esos 60 días? ¿Crees que hubieras encontrado la manera de escapar o de resistir? Déjanos tu opinión en los comentarios. La historia de Valeria también puso un reflector sobre la crisis nacional de desapariciones en México. Al momento de su secuestro había más de 100,000 personas desaparecidas en el país y el número seguía creciendo cada día.
La mayoría eran mujeres jóvenes, muchas de ellas de comunidades rurales e indígenas, donde la impunidad era la norma y las investigaciones eran deficientes o inexistentes. El caso de Valeria fue una anomalía porque ella fue encontrada con vida y porque su secuestrador fue identificado y arrestado.
La gran mayoría de las familias de personas desaparecidas nunca tendrían ese cierre. Lucía se convirtió en una activista inesperada. Comenzó a asistir a reuniones de colectivos de familiares de personas desaparecidas en Oaxaca y en otras partes del país. Escuchó historias que partían el alma, madres que habían estado buscando a sus hijos durante años, hermanas que habían abandonado sus trabajos para dedicarse tiempo completo a buscar a sus hermanas.
padres que habían vendido todo lo que tenían para financiar investigaciones privadas, porque las autoridades no hacían nada. Lucía compartía su historia de esperanza. Después de 60 días, su hija había vuelto, pero sabía que su historia era la excepción, no la regla. En San Miguel de Las Palmas, la vida lentamente volvió a una nueva normalidad, pero el pueblo había cambiado para siempre.
Se creó un comité de seguridad comunitaria donde las mujeres podían reportar situaciones de acoso o amenazas sin temor a ser ignoradas o culpabilizadas. La clínica implementó protocolos de seguridad para el personal que respondía a llamadas de emergencia fuera del pueblo. La escuela secundaria incorporó talleres sobre violencia de género y relaciones saludables en su currículum.
Don Fermín cumplió su promesa. Vendió el acerradero a una cooperativa de trabajadores y usó el dinero para establecer la Fundación Valeria Montes, dedicada a apoyar a víctimas de violencia de género en comunidades rurales de Oaxaca. El anciano nunca pudo perdonarse a sí mismo por no haber visto lo que su hijo era capaz de hacer.
Su salud se deterioró rápidamente y falleció 6 meses después del arresto de Ramiro. En su funeral, Valeria fue una de las pocas personas que habló. Don Fermín cargó con un peso que no debió ser solo suyo. La responsabilidad era de todos nosotros, de una sociedad que cría hombres que creen tener derecho sobre el cuerpo y la voluntad de las mujeres.
El juicio de Ramiro Salazar fue seguido de cerca por medios de todo el país. El acusado se presentó en la corte sin mostrar remordimiento. su defensa, intentó argumentar que sufría de un trastorno mental que lo hacía incapaz de controlar sus impulsos. Pero los psiquiatras forenses determinaron que Ramiro sabía perfectamente lo que hacía, que había planeado meticulosamente el secuestro, que había construido el sótano con meses de anticipación, que había estudiado las rutinas de Valeria antes de actuar.
Era plenamente consciente de que sus acciones eran delictivas, pero simplemente no le importaba. Durante su testimonio en el juicio, Valeria tuvo que revivir cada momento de su cautiverio. Escribió como Ramiro le hablaba durante horas sobre su amor por ella, cómo le llevaba comida preparada especialmente para ella, cómo le regalaba ropa y libros que pensaba que le gustarían, como si todo eso pudiera compensar el hecho de que la tenía secuestrada.
describió el miedo constante, la desesperación de gritar sabiendo que nadie la escucharía, la humillación de tener que depender de su captor para las necesidades más básicas. Describió las noches interminables en la oscuridad, preguntándose si alguna vez volvería a ver a su madre, si moriría en ese sótano sin que nadie supiera qué había sido de ella.
Ramiro fue sentenciado a 45 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional. Cuando se leyó la sentencia, no mostró ninguna emoción, simplemente miró a Valeria con una intensidad que hizo que ella sintiera un escalofrío. Pero esta vez Valeria no apartó la mirada, lo miró directamente a los ojos y vio lo que siempre debió haber visto.
Un hombre vacío, incapaz de empatía, consumido por un sentido de posesión tóxico. Y en ese momento Valeria sintió que algo dentro de ella se liberaba. Ya no era su víctima, era una sobreviviente. Un año después de su regreso, Valeria regresó a trabajar en la clínica. La doctora Vega la recibió con lágrimas de alegría.
Sus compañeros habían decorado la clínica con flores y pancartas de bienvenida. “Nunca perdimos la esperanza de que volverías”, le dijo Martín, uno de los enfermeros. mientras la abrazaba. Volver a ponerse la bata blanca, a atender pacientes, a hacer el trabajo que amaba fue una de las experiencias más emocionales de la vida de Valeria. Cada paciente que atendía, cada curación que aplicaba, cada palabra de consuelo que daba, era una afirmación de que había sobrevivido, de que había recuperado su vida.
Pero Valeria sabía que no todos los días serían fáciles. Todavía había momentos en que el trauma la emboscaba sin previo aviso. Un olor particular, una sombra en cierto ángulo, el sonido de una puerta cerrándose con candado. En esos momentos tenía que detenerse, respirar, recordarse a sí misma que estaba a salvo, que había escapado, que Ramiro estaba en prisión y nunca más podría hacerle daño.
Con el tiempo, esos episodios se hicieron menos frecuentes, pero nunca desaparecieron por completo. aprendió que sanar del trauma no significaba olvidar o volver a ser la persona que era antes. Significaba integrar la experiencia, convertirse en una versión de sí misma, que había conocido la oscuridad y había elegido la luz de todas formas.
Lucía también estaba sanando a su manera. Las canas prematuras que habían aparecido durante los 60 días de búsqueda se quedaron. Pero la luz había vuelto a sus ojos. Redujo sus horas de trabajo para pasar más tiempo con Valeria. Juntas cocinaban las recetas que la abuela de Valeria les había enseñado.
Veían las telenovelas que tanto les gustaban, caminaban por la plaza los domingos. Eran momentos simples, ordinarios, pero después de haber estado tan cerca de perderlos para siempre, cada uno de esos momentos era un regalo preciado. El padre Santos incluyó la historia de Valeria en sus sermones, no como una historia de horror, sino como una historia de resistencia y comunidad.
Valeria nos enseñó que romper el silencio, por más doloroso que sea, es el primer paso hacia la sanación. nos enseñó que la verdadera fortaleza no está en sufrir en silencio, sino en encontrar la voz para gritar cuando algo está mal. y nos enseñó que como comunidad tenemos el poder y la responsabilidad de protegernos unos a otros, de escucharnos, de creer cuando alguien dice que tiene miedo.
San Miguel de Las Palmas se convirtió en un modelo para otras comunidades rurales en México sobre cómo confrontar y prevenir la violencia de género. Organizaciones de derechos humanos visitaban el pueblo para estudiar las medidas que habían implementado, para entrevistar a Valeria y a otros miembros de la comunidad sobre lo que había cambiado.
No era un sistema perfecto, todavía había mucho trabajo por hacer, pero era un comienzo. Era la prueba de que el cambio era posible, de que las comunidades podían elegir hacer las cosas de manera diferente. Dos años después de su desaparición, en enero de 2026, Valeria dio una plática en la universidad en la ciudad de Oaxaca.
El auditorio estaba completamente lleno de estudiantes, profesores, activistas y sobrevivientes de violencia. Valeria subió al escenario con su madre a su lado. Ya no temblaba al hablar en público como lo hacía al principio. Su voz era clara y firme. Estuve desaparecida 60 días. Comenzó. 60 días que se sintieron como 60 años.
60 días durante los cuales mi madre no supo si estaba viva o muerta. 60 días durante los cuales un pueblo entero vivió con miedo y culpa. Pero no estoy aquí para hablarles solo de esos 60 días. Estoy aquí para hablarles de los días después, de los 700 y pico de días que he vivido desde que escapé. Porque esos días también cuentan.
Esos días son los que definen quién soy ahora. Al principio pensé que mi vida había terminado con ese secuestro. Pensé que siempre sería la chica que fue secuestrada, que miidentidad estaría para siempre definida por lo que me hicieron. Pero poco a poco, con mucho apoyo y mucho trabajo, entendí que yo tengo el poder de decidir qué parte de mi historia defino yo.
Sí, fui víctima de un crimen horrible, pero también soy una enfermera que salva vidas. Soy una hija que ama profundamente a su madre. Soy una amiga, una vecina, una ciudadana que está trabajando para hacer del mundo un lugar más seguro para otras mujeres. Soy todas esas cosas y el secuestro es solo una parte de mi historia, no toda mi historia.
Las palabras de Valeria resonaron profundamente en la audiencia. Varias personas se levantaron a hacer preguntas, a compartir sus propias historias, a pedir consejo. Una joven estudiante levantó la mano con lágrimas en los ojos. Yo también fui víctima de violencia hace dos años, pero nunca lo he contado porque me da miedo que la gente me juzgue, que piensen que fue mi culpa.
¿Cómo encontraste el valor para hablar públicamente? Valeria la miró con empatía. El valor no es algo que aparece de la noche a la mañana. Es algo que construyes poco a poco con cada pequeña decisión de no dejar que el miedo te silencie. Y no tienes que contárselo al mundo entero si no estás lista. Empieza por contárselo a una persona de confianza, luego a otra.
Y con cada persona que te cree, que te apoya, que te dice, “No fue tu culpa. recuperas un pedacito de tu voz y eventualmente si decides que quieres hablar públicamente tendrás una red de apoyo que te sostenga. Pero incluso si nunca hablas públicamente, eso no te hace menos valiente. La valentía es sobrevivir. Todo lo demás es extra.
¿Conoces a alguien que haya pasado por una situación similar? ¿Crees que las comunidades pueden realmente cambiar o es solo un ideal? Comparte tu perspectiva en los comentarios. Nos interesa saber qué piensas. Después de la plática, docenas de personas se acercaron a Valeria. Algunas solo querían darle las gracias por compartir su historia.
Otras querían contarle sus propias experiencias. Una mujer mayor de unos 60 años se acercó con paso vacilante. Estuve desaparecida durante 3 meses cuando tenía 20 años. Eso fue hace 40 años. Nunca lo había contado a nadie fuera de mi familia inmediata. Pero escucharte hoy me hizo darme cuenta de que no estoy sola, de que no tengo que cargar esa vergüenza sola.
Valeria la abrazó mientras la mujer lloraba en su hombro. En los meses siguientes, Valeria recibió cientos de mensajes y cartas de personas de todo México y de otros países de América Latina, sobrevivientes que encontraron consuelo en su historia, madres de personas desaparecidas que encontraron un atisbo de esperanza, activistas que encontraron inspiración para continuar su trabajo.
Cada mensaje era un recordatorio de por qué era importante seguir hablando, por más difícil que fuera, la Fundación Valeria Montes, establecida con el dinero de don Fermín, creció más allá de lo que nadie había imaginado. se expandió para incluir refugios para víctimas de violencia doméstica, programas de capacitación en oficios para mujeres que necesitaban independencia económica y talleres de educación sobre masculinidades no tóxicas para hombres y niños.
Valeria era miembro del Consejo Directivo y participaba activamente en la planeación de programas. Ver cómo algo positivo surgía de su experiencia horrible le daba sentido a todo lo que había sufrido. En San Miguel de Las Palmas, la vida continuaba con su ritmo característico. Las campanas de la iglesia seguían marcando las horas.
Las mujeres seguían tejiendo sus textiles tradicionales. Los niños seguían corriendo por la plaza los domingos. Pero había una diferencia sutil, pero importante en el ambiente del pueblo. La gente se cuidaba más unos a otros. Las mujeres caminaban con más confianza, sabiendo que si levantaban la voz serían escuchadas.
Los hombres del pueblo, avergonzados por lo que uno de los suyos había hecho, reflexionaban más sobre sus propios comportamientos y los de sus hijos. Don Esteban, el dueño de la papelería, que había sido el último en ver a Valeria antes de su desaparición, instaló un sistema de cámaras de seguridad en su negocio que compartía con la policía municipal.
Si hubiera tenido cámaras ese día, tal vez hubiéramos podido seguir el rastro de Valeria más rápido, decía con pesar. Otros negocios del pueblo siguieron su ejemplo. Poco a poco, San Miguel de Las Palmas se transformaba de un pueblo donde las personas miraban hacia otro lado, a un pueblo donde las personas se cuidaban activamente.
3 años después de su regreso, en enero de 2027, Valeria conoció a Javier, un maestro de secundaria que había llegado al pueblo para enseñar historia. Javier conocía la historia de Valeria, pero no la definía por ella. La veía como la enfermera dedicada que era, la hija amorosa, la mujer fuerte e inteligente.
Su relación se desarrolló lentamente conValeria, estableciendo límites claros y Javier respetándolos completamente. Para Valeria era la primera vez que confiaba en un hombre de esa manera. desde el secuestro. Y aunque era aterrador, también era liberador. Era la prueba de que podía tener una vida completa, que el trauma no tenía que robarle la posibilidad de amar y ser amada.
Lucía observaba la relación de su hija con una mezcla de alegría y aprensión. Tenía miedo de que Valeria fuera lastimada nuevamente, pero la doctora Vega, que se había convertido en una confidente cercana, le recordaba. Lucía, no podemos vivir con miedo para siempre. Valeria está sanando, está eligiendo vivir, no solo sobrevivir.
Y eso es lo mejor que podemos esperar. En abril de 2027, Ramiro Salazar apeló su sentencia argumentando que había sido excesiva. Valeria tuvo que volver a testificar, revivir nuevamente los detalles de su cautiverio. Fue agotador y traumático, pero esta vez se sentía más fuerte. La apelación fue rechazada. La sentencia se mantuvo.
45 años. Ramiro tendría más de 60 años cuando saliera de prisión, si es que vivía tanto. Después de la audiencia, Valeria le dio una entrevista a un periodista que había estado siguiendo su caso desde el principio. ¿Alguna vez lo has perdonado?, preguntó el periodista. Valeria pensó durante un largo momento antes de responder.
El perdón es complicado. Veces la gente piensa que perdonar significa olvidar o justificar lo que pasó. Para mí el perdón no es eso. Es soltar la rabia que me envenena por dentro. Es decidir que no voy a dejar que él tenga poder sobre mi vida. He llegado a ese punto algunos días sí, algunos días no.
Y está bien, no hay una fórmula o un cronograma para sanar. Cada quien lo hace a su ritmo. Lo que sí sé, continuó Valeria, es que ya no siento odio hacia él. Siento lástima, lástima por alguien tan roto por dentro que solo podía sentir una conexión con otra persona a través del control y la violencia. Lástima por una vida desperdiciada en prisión, pero más que nada siento gratitud de que mi vida no terminó en ese sótano.
Gratitud por cada día que puedo despertar en mi cama, en mi casa, con mi mamá preparando café en la cocina. Gratitud por poder hacer el trabajo que amo. Gratitud por esta segunda oportunidad de vivir. La entrevista se viralizó alcanzando millones de visualizaciones. Los comentarios estaban llenos de mensajes de apoyo, pero también de debate sobre el tema del perdón, sobre si era necesario o incluso deseable perdonar a alguien que había causado tanto daño.
Valeria leía algunos de los comentarios y entendía que su historia había tocado nervios profundos en la sociedad. No había respuestas fáciles, no había un camino único hacia la sanación. En San Miguel de Las Palmas, la historia de Valeria se había convertido en parte de la identidad colectiva del pueblo. Era una historia que las abuelas contaban a sus nietas, no para asustarlas, sino para enseñarles la importancia de hablar, de pedir ayuda, de no minimizar las señales de peligro.
Era una historia que los maestros usaban en las escuelas para hablar sobre respeto, consentimiento y relaciones saludables. Era una historia que el pueblo llevaba con una mezcla de vergüenza por su complicidad inicial y orgullo por cómo habían elegido cambiar. 5 años después de su desaparición, en enero de 2029, Valeria y Javier se casaron en la iglesia de San Miguel Arcángel.
Fue una ceremonia sencilla pero hermosa. Lucía lloró de felicidad al ver a su hija caminar hacia el altar con un vestido blanco bordado a mano por las artesanas del pueblo. El padre Santos, ahora más anciano, pero con la misma voz profunda, ofició la ceremonia. Hoy celebramos no solo la unión de Valeria y Javier, sino también la victoria del amor sobre el miedo, de la esperanza sobre la desesperación, de la vida sobre la oscuridad.
La recepción se llevó a cabo en la plaza del pueblo. Había mesas llenas de comida tradicional, mole negro, talludas, tamales y mezcal artesanal. Música de marimba llenaba el aire. Era una celebración de vida, de amor, de comunidad. Cada persona presente entendía el significado profundo de ese momento.
Valeria no solo había sobrevivido, estaba viviendo plenamente. Cuando llegó el momento del brindis, Valeria pidió silencio. Con Javier a su lado y Lucía sosteniéndole la mano, habló una última vez. Hace poco más de un año pensé que mi vida había terminado en la oscuridad de un sótano, pero ustedes me devolvieron la luz.
Esta comunidad con todos sus errores y todas sus virtudes, eligió cambiar. Eligió escó proteger. Y eso me salvó no solo a mí, sino a todas las mujeres que vendrán después. Hay miles de familias en México que todavía buscan a sus seres queridos desaparecidos, madres que recorren carreteras con fotografías desgastadas, hermanas que no pierden la esperanza.
Esta boda no es solo nuestra celebración, es un mensaje para ellas.No están solas. Seguiremos buscando, seguiremos exigiendo justicia. Seguiremos creyendo que es posible recuperar lo que nos han arrebatado. Las lágrimas corrían por los rostros de los presentes. El Padre Santos alzó su copa por Valeria, por Lucía, por todas las que fueron encontradas y por todas las que aún esperamos encontrar.
Por un México donde ninguna madre tenga que pegar carteles de su hija desaparecida por la esperanza que nunca muere. El brindis resonó por toda la plaza. Salud. Esa noche, mientras las estrellas brillaban sobre San Miguel de Las Palmas y la música seguía sonando, Valeria bailó con su esposo, con su madre, con el pueblo que la había recuperado.
Sus pies, que una vez sangraron caminando descalza por la carretera, ahora se movían con alegría sobre las piedras de la plaza. Sus ojos, que una vez miraron al vacío con trauma, ahora brillaban con vida. La historia de los 60 días que congelaron al pueblo se había transformado en la historia de la resiliencia que lo despertó.
Y aunque las cicatrices permanecerían para siempre, también lo haría la certeza de que la oscuridad, por más profunda que sea, nunca es más fuerte que la voluntad humana de encontrar la luz nuevamente. San Miguel de Las Palmas aprendió que salvar una vida no termina con encontrarla. Termina cuando esa vida vuelve a florecer, cuando vuelve a bailar, cuando vuelve a soñar.
Y Valeria Montes, la joven que regresó de la oscuridad, era la prueba viviente de que siempre, siempre vale la pena seguir buscando. M.















