La tarde del 15 de octubre de 2022, Vanessa Herrera salió de su casa en el centro histórico de Mérida con una sonrisa que nadie volvería a ver. A sus años trabajaba como diseñadora gráfica freelance y había quedado de verse con un cliente potencial en una cafetería del paseo de Montejo. Su madre, Esperanza Herrera, la vio partir desde la ventana de su casa colonial, pintada de amarillo ocreada a pocas cuadras de la plaza grande. Vanesa llevaba puesto un vestido floreado azul y sus sandalias favoritas, las mismas que había comprado en el mercado Lucas de Gálvez tres meses atrás.
El calor húmedo de octubre en Yucatán hacía que el aire pareciera espeso como miel. Los flambollanes comenzaban a florecer, tiñiendo las calles de rojo intenso, y el aroma cochinita pibil se escapaba de los pequeños restaurantes familiares. Vanessa caminó por las calles empedradas del centro, saludando a los vendedores que ya la conocían. Don Aurelio, el señor que vendía dulces típicos en la esquina de la calle 60, la vio pasar y le gritó, “Que tengas buen día, herita. Esas fueron las últimas palabras que alguien le dirigiría antes de su desaparición.
La cita era a las 3 de la tarde en Café La Habana, un lugar emblemático del paseo de Montejo, frecuentado tanto por locales como por turistas. Según las cámaras de seguridad de los edificios circundantes, Vanessa llegó puntual, pero la persona con quien se suponía que se encontraría nunca apareció.
Los videos muestran a una mujer joven de cabello castaño ondulado, sentada sola en una mesa junto a la ventana, revisando constantemente su teléfono celular. Pidió un café con leche y un pan dulce. Pagó en efectivo y esperó durante casi 2 horas. A las 5:30 de la tarde, las cámaras capturan el momento en que Vanessa se levanta de la mesa, claramente frustrada. Se ve cómo guarda su teléfono en su bolso de mano color café y sale del establecimiento.
Los meseros que trabajaban ese día recordarían después que la joven parecía nerviosa, mirando constantemente hacia la calle, como si esperara ver llegar a alguien. Uno de ellos, Miguel Canché, de 45 años y padre de tres hijos, le ofreció llamar a la persona con quien tenía la cita. Pero Vanessa declinó cortésmente, explicando que ya había intentado comunicarse varias veces sin éxito. Lo que sucedió después de que Vanessa saliera del café se convirtió en un misterio que consumiría a su familia durante los siguientes dos años.

Las cámaras de la zona capturan imágenes borrosas de una mujer con vestido azul caminando hacia el norte por el pasejo de Montejo, pero la calidad de la grabación y la distancia hacían imposible confirmar que se tratara de ella. La última imagen clara que se tiene de Vanessa es cuando sale por la puerta principal del café, ajustándose el bolso al hombro derecho y mirando una última vez hacia atrás. Su madre, Esperanza. comenzó a preocuparse cuando su hija no regresó para la cena.
Era una tradición familiar cenar juntas todos los viernes y Vanessa jamás faltaba sin avisar. A las 9 de la noche, Esperanza llamó al teléfono de su hija por primera vez. El timbre sonó varias veces antes de ir directamente al buzón de voz. Hola, soy Vanessa. Deja tu mensaje después del tono,” decía la grabación con esa voz alegre que tanto extrañaría después. Esperanza no se alarmó inicialmente. Pensó que quizás la reunión se había extendido o que Vanessa había decidido quedarse con algún amigo.
Pero cuando llegó la medianoche y Vanessa seguía sin contestar el teléfono, Esperanza supo que algo estaba terriblemente mal. Su hija era extremadamente responsable y siempre mantenía comunicación, especialmente cuando salía por las tardes. Esperanza vivía sola con Vanessa desde que su esposo había fallecido de un infarto 5 años atrás y ambas se habían vuelto muy unidas. Conocía perfectamente los hábitos de su hija, sus rutinas, sus amistades y sabía que este comportamiento era completamente fuera de lo normal. A las 6 de la mañana del 16 de octubre, Esperanza se dirigió a la comisaría de policía más cercana para reportar la desaparición de su hija.
El oficial de turno, el comandante Jesús Ordóñez, recibió la denuncia con la seriedad que merecía, aunque explicó que según el protocolo debían esperar 72 horas antes de considerar oficialmente desaparecida a una persona adulta. Sin embargo, las circunstancias particulares del caso, una joven responsable que jamás desaparecía sin avisar la cita misteriosa con un cliente inexistente y la falta total de comunicación llevaron a las autoridades a comenzar las investigaciones de inmediato. Los primeros días de la búsqueda se centraron en rastrear los últimos movimientos conocidos de Vanessa.
Los investigadores contactaron a todos sus clientes regulares, amigos, conocidos y cualquier persona que pudiera tener información sobre su paradero. Su computadora personal reveló correspondencia por email con alguien que se identificaba como Roberto Maldonado, quien decía representar a una empresa de turismo local interesada en contratar sus servicios de diseño. Los emails eran profesionales y detallados. incluyendo un briefing específico para el proyecto y una propuesta de pago bastante generosa. Sin embargo, cuando los investigadores intentaron localizar tanto a Roberto Maldonado como a la supuesta empresa de turismo, se encontraron con que ninguno de los dos existía.
La dirección de email había sido creada apenas dos semanas antes del encuentro y los datos de registro eran completamente falsos. El número de teléfono proporcionado estaba fuera de servicio y la dirección física que mencionaban en los emails correspondía a un lote valdío en las afueras de Mérida. Quedó claro que alguien había creado una identidad completamente ficticia para atraer a Vanessa a esa cita. La revelación de que su hija había sido víctima de un engaño elaborado destrozó a esperanza.
Durante las siguientes semanas no pudo comer ni dormir adecuadamente, perdiendo más de 10 kg y desarrollando una ansiedad severa que requirió atención médica. Sus hermanas Cristina y Amparo se turnaron para acompañarla y ayudarla con las tareas diarias mientras ella se dedicaba completamente a la búsqueda de Vanessa. Cada mañana Esperanza salía a pegar carteles con la foto de su hija por toda la ciudad. Visitaba hospitales, hablaba con personas en la calle y seguía cualquier pista sin importar qué tan remota pareciera.
Los meses pasaron sin mayores avances en la investigación. La policía revisó cientos de horas de video de cámaras de seguridad, entrevistó a decenas de personas y siguió múltiples pistas que llevaban a callejones sin salida. El teléfono de Vanessa nunca volvió a tener señal después de esa tarde, sugiriendo que había sido apagado o destruido. Sus cuentas bancarias permanecieron intactas, sin movimientos posteriores a su desaparición, lo que descartaba la posibilidad de que hubiera huido voluntariamente. Todos los que conocían a Vanessa coincidían en que era imposible que hubiera abandonado a su madre sin explicación alguna.
Durante el primer año, Esperanza organizó marchas y eventos públicos para mantener vivo el caso de su hija. La comunidad de Mérida se solidarizó con ella y las redes sociales se llenaron de publicaciones compartiendo la foto de Vanessa y pidiendo información. Medios locales cubrieron extensamente la historia e incluso algunos programas de televisión nacionales dedicaron segmentos especiales al caso. La presión mediática ayudó a mantener la investigación activa, pero los meses se convertían en un año sin resultados concretos. El primer aniversario de la desaparición de Vanessa fue particularmente doloroso para Esperanza.
organizó una misa en la catedral de Sanilde Fonso, ubicada frente a la plaza grande, donde familiares, amigos y desconocidos se reunieron para rezar por el regreso de la joven o al menos por obtener respuestas sobre su paradero. El padre Martín Góngora, quien había bautizado a Vanessa cuando era bebé, ofició la ceremonia con palabras de esperanza, pero también de realismo sobre la situación. No perdemos la fe en que Vanessa regrese con nosotros”, dijo, “pero también pedimos fortaleza para su madre y su familia en estos momentos tan difíciles.
Después del primer año, la cobertura mediática comenzó a disminuir gradualmente. Otros casos ocuparon los titulares y la atención del público se desvió hacia nuevas historias. Esperanza se sintió abandonada por un sistema que parecía haber olvidado a su hija, pero nunca dejó de buscarla. Continuó visitando la comisaría cada semana para preguntar sobre avances en la investigación. Mantuvo activas las páginas de redes sociales dedicadas a encontrar a Vanessa y siguió pegando carteles actualizados por toda la ciudad. La rutina de búsqueda se había convertido en la nueva normalidad para esperanza.
Cada mañana se levantaba con la esperanza de que ese día traería noticias sobre su hija y cada noche se acostaba con la decepción de otro día sin respuestas. Sus hermanas la animaban a buscar ayuda psicológica profesional, pero Esperanza se resistía, argumentando que no podía seguir con su vida normal. Mientras Vanessa siguiera desaparecida, su mundo se había reducido a esa búsqueda incesante que consumía cada minuto de su existencia. Los amigos cercanos de Vanessa también luchaban con su propia versión del dolor.
Su mejor amiga desde la infancia, Carolina Estrella, se culpaba constantemente por no haber insistido en acompañarla a esa cita. Si hubiera estado con ella, esto no habría pasado. Repetía una y otra vez durante la sesiones de terapia a las que finalmente accedió a asistir. Carolina había sido quien le recomendó a Vanessa que fuera más selectiva con los clientes después de algunos encuentros incómodos con hombres que parecían más interesados en ella personalmente que en sus servicios profesionales. Durante el segundo año de la desaparición, la investigación policial se había reducido considerablemente.
Aunque técnicamente el caso seguía abierto, ya no se le asignaban recursos activos y las autoridades lo habían clasificado informalmente como un caso frío. El comandante Ordóñez, quien había manejado el caso desde el principio, se jubiló en agosto de 2024 y su reemplazo, la comandante Patricia Marín heredó un archivo lleno de pistas que no llevaban a ningún lado y una familia desesperada que seguía exigiendo respuestas. Esperanza había aprendido a navegar el sistema burocrático policial con la experiencia amarga de 2 años de frustraciones.
Conocía de memoria los números de expediente, los nombres de todos los oficiales involucrados y los procedimientos legales relacionados con casos de personas desaparecidas. se había convertido, sin quererlo, en una experta en desapariciones y frecuentemente otras familias en situaciones similares la contactaban buscando consejos o simplemente alguien que entendiera su dolor. Fue en este contexto de resignación forzada y rutina dolorosa que ocurrió lo impensable. El 3 de septiembre de 2024, casi dos años después de la desaparición de Vanessa, Esperanza recibió una llamada telefónica que cambiaría todo.
La persona del otro lado de la línea era Carolina y su voz temblaba de una manera que Esperanza no había escuchado desde los primeros días después de la desaparición. Esperanza dijo Carolina con dificultad para respirar. ¿Necesitas ver algo? Voy para tu casa ahora mismo. No puedo explicártelo por teléfono, pero alguien alguien ha subido fotos nuevas al Facebook de Vanessa. La noticia era imposible de procesar inicialmente. El perfil de Facebook de Vanessa había permanecido intacto desde su desaparición, convirtiéndose en una especie de memorial digital donde amigos y familiares dejaban mensajes de esperanza y recuerdos compartidos.
Esperanza revisaba esa página religiosamente cada día, leyendo los comentarios nuevos y manteniendo viva la presencia digital de su hija. Nunca, en los 700 días transcurridos desde la desaparición había aparecido contenido nuevo en esa cuenta. Cuando Carolina llegó a la casa, ambas mujeres se sentaron frente a la computadora con manos temblorosas. Al acceder al perfil de Vanessa encontraron algo que desafió toda lógica. Tres fotografías nuevas habían sido agregadas al álbum familiar con fecha de publicación del 2 de septiembre de 2024, apenas un día antes.
Las imágenes mostraban a una mujer de espaldas con cabello largo y ondulado, similar al de Vanessa, en lo que parecía ser un mercado local. La calidad de las fotos era deliberadamente baja y el ángulo hacía imposible ver claramente el rostro de la persona. La primera foto mostraba a la mujer comprando frutas en un puesto que Carolina reconoció inmediatamente como parte del mercado San Benito, ubicado en el centro de Mérida. La segunda imagen la capturaba caminando entre los pasillos del mismo mercado, llevando una bolsa de tela en la mano izquierda.
La tercera y más inquietante foto la mostraba saliendo del mercado hacia una calle lateral con la cabeza ligeramente girada, como si hubiera notado que alguien la estaba fotografiando. Lo más perturbador no eran las imágenes en sí, sino el hecho de que habían sido publicadas desde la propia cuenta de Vanessa. Esto significaba que alguien tenía acceso a sus credenciales de Facebook o que ella misma había publicado las fotos. Esperanza y Carolina examinaron cada detalle de las imágenes con una mezcla de esperanza desesperada y terror.
Era posible que Vanessa estuviera viva y tratando de comunicarse, o alguien más tenía acceso a su cuenta y estaba jugando un juego cruel con la familia. La ropa que llevaba la mujer en las fotos no coincidía con nada del guardarropa de Vanessa que Esperanza recordara. Llevaba una blusa blanca de manga larga y unos jeans oscuros, combinación simple que podría pertenecer a cualquier persona. Sus zapatos eran tenis blancos genéricos diferentes a las sandalias artesanales que Vanessa prefería usar.
Sin embargo, la constitución física de la mujer, su altura aproximada y la manera de caminar parecían familiares a los ojos de una madre que había criado a esa persona durante 28 años. Carolina fue la primera en notar un detalle crucial. En la segunda fotografía se podía ver parcialmente una pulsera en la muñeca izquierda de la mujer. Era una pulsera delgada de plata con un dije pequeño que, aunque borroso en la imagen, parecía tener la forma de una mariposa.
Vanessa tenía una pulsera casi idéntica, un regalo de cumpleaños número 25 de parte de su padre antes de que falleciera. Esperanza había notado su ausencia entre las pertenencias de Vanessa después de la desaparición, asumiendo que la llevaba puesta el día que desapareció. Sin perder tiempo, ambas mujeres se dirigieron inmediatamente a la comisaría para reportar este desarrollo extraordinario. La comandante Marín recibió la información con escepticismo profesional, pero reconoció la importancia potencial de estas nuevas evidencias. ordenó inmediatamente que el Departamento de Delitos Cibernéticos iniciara una investigación técnica del perfil de Facebook para determinar desde qué dispositivo y ubicación se habían subido las fotografías.
Los resultados de la investigación digital llegaron tres días después y trajeron más preguntas que respuestas. Las fotografías habían sido subidas desde una dirección IP asociada con un café internet ubicado en la colonia García Jinés, a aproximadamente 15 minutos en coche del centro histórico de Mérida. El establecimiento llamado Cercafé Los Primos era un local pequeño atendido por dos hermanos que ofrecían servicios de internet, impresión y papelería básica, principalmente a estudiantes universitarios y personas que no tenían acceso regular a computadoras.
Cuando los investigadores visitaron el café Internet, los propietarios Ramón y Eduardo Cantún cooperaron completamente con la investigación. Revisaron sus registros de usuarios y las grabaciones de las cámaras de seguridad internas correspondientes al 2 de septiembre. Las imágenes mostraban a una mujer joven usando una de las computadoras durante aproximadamente 20 minutos entre las 4:30 y 4:50 de la tarde. Sin embargo, la calidad de la grabación y el ángulo de la cámara hacían difícil distinguir claramente las características faciales de la usuaria.
La mujer había pagado en efectivo por el tiempo de computadora y no había proporcionado identificación, como era común en este tipo de establecimientos. Según Ramón Cantún, ella parecía nerviosa y revisaba constantemente hacia la puerta como si temiera que alguien pudiera entrar. usaba una gorra de béisbol que ocultaba parcialmente su rostro y mantuvo una bufanda ligera alrededor del cuello, a pesar del calor típico de septiembre en Yucatán, lo que más intrigó a los investigadores fue el comportamiento específico de la mujer en el café.
Según las cámaras, había usado únicamente Facebook durante su sesión, sin navegar por ningún otro sitio web o plataforma de redes sociales. Esto sugería que tenía un propósito muy específico para estar allí. Además, uno de los hermanos Cantún recordaba que la mujer había preguntado específicamente por una computadora ubicada en la parte trasera del local, donde era menos probable que otros usuarios pudieran ver su pantalla. La investigación de las fotografías reveló metadatos que proporcionaron información adicional. Las imágenes habían sido tomadas con un teléfono móvil de gama media.
probablemente un dispositivo Android durante la mañana del plino de septiembre de 2024. Esto significaba que las fotos habían sido capturadas un día antes de ser subidas a Facebook. Los datos de geolocalización habían sido eliminados deliberadamente antes de la publicación, impidiendo que los investigadores determinaran la ubicación exacta donde fueron tomadas. El análisis técnico también reveló que la cuenta de Facebook había sido accedida desde múltiples ubicaciones durante los dos años de desaparición, aunque estas sesiones habían sido extremadamente breves y no habían resultado en actividad visible.
Los técnicos especularon que alguien había estado monitoreando la cuenta regularmente, posiblemente leyendo los mensajes que familiares y amigos dejaban en el perfil de Vanessa. Esta revelación añadió una dimensión inquietante al caso, sugiriendo que la desaparición podría haber sido más calculada de lo que inicialmente se pensaba. Esperanza se sintió simultáneamente esperanzada y aterrorizada por estos desarrollos. Por un lado, las fotografías sugerían que su hija podría estar viva, lo cual había sido su mayor esperanza durante dos años de incertidumbre.
Por otro lado, las circunstancias extrañas, rodeando la publicación de las imágenes, la naturaleza misteriosa, el acceso a la cuenta, la eliminación deliberada de metadatos, indicaban que Vanessa podría estar en una situación de peligro o coerción. La comunidad de Mérida reaccionó intensamente a las noticias sobre las fotografías misteriosas. Los medios locales retomaron la historia con renovado interés y las redes sociales se llenaron de especulaciones y teorías sobre lo que realmente había sucedido. Algunos creían que Vanessa estaba tratando de comunicarse secretamente con su familia, mientras otros sospechaban que alguien estaba manipulando cruelmente a una madre desesperada.
El debate público se intensificó. Cuando las imágenes fueron analizadas por expertos independientes que llegaron a conclusiones contradictorias sobre su autenticidad, Carolina organizó un grupo de búsqueda voluntario que se concentró en el mercado San Benito y sus alrededores. Durante varias semanas, voluntarios se turnaron para patrullar la zona, mostrar fotografías de Vanessa a comerciantes y visitantes e investigar cualquier pista que pudiera surgir. El esfuerzo comunitario demostró el impacto duradero que la desaparición había tenido en la ciudad, pero también reveló la frustración colectiva ante la falta de respuestas concretas.
Los comerciantes del mercado San Benito fueron entrevistados exhaustivamente por los investigadores. Varios recordaban haber visto a mujeres que podrían coincidir con la descripción física de Vanessa durante las semanas anteriores a la aparición de las fotografías, pero ninguno pudo proporcionar información definitiva. El mercado, con sus cientos de puestos y miles de visitantes diarios, era un lugar donde era relativamente fácil pasar desapercibido, especialmente para alguien que estuviera intentando evitar ser reconocido. Doña Carmen Rejón, una vendedora de frutas de 58 años que llevaba trabajando en el mercado durante más de tres décadas, creyó reconocer a la mujer de las fotografías.
Según su testimonio, una joven que coincidía con la descripción había visitado su puesto varias veces durante el mes de agosto, siempre comprando las mismas frutas, naranjas y mangos, que curiosamente eran las favoritas de Vanessa según su madre. La mujer pagaba siempre en efectivo exacto y evitaba el contacto visual directo, comportamiento que Carmen había notado, pero no considerado particularmente extraño hasta que vio las fotografías. Sin embargo, cuando Carmen fue llevada al café internet para intentar identificar a la mujer en las grabaciones de seguridad, no pudo hacer una identificación positiva.
La combinación de la calidad de imagen, la gorra y la bufanda hacían imposible una confirmación visual confiable. Esta frustración se repitió con otros testigos potenciales, creando un patrón de casi reconocimientos que mantenían la esperanza viva, pero no proporcionaban evidencia sólida. A medida que septiembre avanzaba hacia octubre, acercándose al segundo aniversario de la desaparición, la presión sobre las autoridades aumentaba considerablemente. Esperanza organizó una conferencia de prensa donde exigió una investigación más agresiva y recursos adicionales para el caso.
Con lágrimas en los ojos, pero voz firme, se dirigió directamente a las cámaras. Mi hija está tratando de comunicarse conmigo. Estas fotografías son una señal de que está viva y necesita ayuda. No puedo entender cómo es posible que tengamos evidencia nueva y la investigación no avance más rápidamente. La comandante Marín respondió a las críticas públicas asignando oficiales adicionales al caso y estableciendo una línea telefónica directa para recibir información relacionada con las fotografías. También coordinó con autoridades estatales para expandir la investigación más allá de los límites de Mérida, reconociendo que Vanessa podría haber sido trasladada a otra ciudad o estado.
Esta escalada, en la respuesta oficial renovó las esperanzas de la familia, pero también aumentó la presión para obtener resultados tangibles. Durante este periodo de intensificación de la búsqueda ocurrió un incidente que añadiría otra capa de misterio al caso. El 18 de septiembre de 2024, exactamente 15 días después de la aparición de las primeras fotografías misteriosas, el perfil de Facebook de Vanessa mostró actividad una vez más. Esta vez no se trataba de nuevas fotografías, sino de una actualización del estado que simplemente decía, “Estoy bien, no me busquen más.” El mensaje fue publicado a las 2:47 de la madrugada, hora en que la mayoría de las personas estarían durmiendo.
La brevedad y el tono del mensaje provocaron reacciones encontradas. Esperanza lo interpretó como evidencia de que su hija estaba bajo coerción o amenaza, argumentando que Vanessa nunca se referiría a su familia de manera tan distante y fría. Ella jamás me diría que no la busque más”, declaró esperanza a los medios. “Ella sabe que yo nunca dejaré de buscarla sin importar qué.” Este mensaje demuestra que alguien la está obligando a decir estas cosas o que alguien más está usando su cuenta para lastimarnos.
Carolina y otros amigos cercanos compartían la interpretación de esperanza. Conocían el estilo de escritura de Vanessa, su manera de expresarse en redes sociales y el tipo de lenguaje que usaría para comunicarse con su familia. El mensaje era demasiado formal, demasiado distante y completamente fuera de carácter para alguien que había mantenido una relación extremadamente cercana con su madre. Además, Vanessa siempre había sido muy expresiva en sus comunicaciones digitales, usando emojis y referencias familiares que brillaban por su ausencia en este mensaje.
La investigación técnica del nuevo mensaje reveló que había sido publicado desde la misma dirección IP del café internet, pero en un horario en que el establecimiento estaba cerrado. Esto sugería que alguien había accedido a la red wifi desde el exterior del local, posiblemente desde un vehículo estacionado cerca o desde un edificio adyacente. Los hermanos Kanto confirmaron que su red Wi-Fi tenía protección con contraseña, pero reconocieron que era técnicamente posible para alguien con conocimientos informáticos avanzados hackear la conexión.
Esta revelación llevó a los investigadores a expandir su búsqueda más allá del café internet. Comenzaron a examinar las cámaras de seguridad de comercios y residencias en un radio de varias cuadras alrededor del establecimiento, buscando vehículos sospechosos o personas que pudieran haber estado en la zona durante la madrugada del 18 de septiembre. El proceso era laborioso y requería la cooperación de docenas de propietarios y administradores de edificios, pero la importancia del caso justificaba el esfuerzo extenso. Mientras tanto, expertos en análisis de comportamiento digital fueron consultados para evaluar tanto las fotografías como el mensaje de texto.
Su conclusión fue que el patrón de comunicación sugería la presencia de un intermediario, alguien que tenía acceso a la cuenta, pero no era la persona original. La manera en que las fotografías habían sido seleccionadas y editadas, combinada con el tono del mensaje de texto, indicaba un nivel de deliberación y planificación que no coincidía con el comportamiento de alguien en una situación de estrés extremo o peligro inmediato. El análisis también reveló patrones temporales interesantes. Las actividades en la cuenta de Facebook ocurrían en intervalos específicos que parecían calculados para mantener la atención sin proporcionar información suficiente para una localización exitosa.
Los expertos especularon que quien controlaba la cuenta entendía perfectamente el impacto psicológico que esta comunicación esporádica tendría en la familia, manteniendo la esperanza viva mientras evitaba dar pistas concretas sobre el paradero de Vanessa. A medida que octubre avanzaba, la investigación se volvía cada vez más compleja y frustrante. Se habían seguido docenas de pistas, entrevistado a cientos de personas, analizado gigabytes de datos digitales y gastado recursos considerables sin llegar a una resolución. La comandante Marín enfrentaba presión tanto de la familia como de sus superiores para mostrar progreso tangible.
La atención mediática había convertido el caso en un símbolo de las limitaciones del sistema de justicia para resolver desapariciones complejas. Esperanza, por su parte, se encontraba en un estado emocional precario. Las fotografías y el mensaje habían reavivado esperanzas que habían comenzado a extinguirse después de dos años de búsqueda infructuosa. Sin embargo, la naturaleza misteriosa y potencialmente manipulativa de estas comunicaciones la llenaba de ansiedad y dudas. Se debatía constantemente entre la esperanza de que su hija estuviera viva y el terror de que alguien estuviera usando su desaparición para causar daño psicológico adicional.
Las sesiones de terapia que finalmente había aceptado asistir se volvieron cruciales para su estabilidad mental. La psicóloga doctora María Elena UC, especializada en traumas familiares y pérdidas ambiguas, ayudó a Esperanza a desarrollar estrategias para manejar la incertidumbre prolongada. La pérdida ambigua es uno de los tipos más difíciles de duelo”, explicó la doctora UK. Cuando no sabemos si un ser querido está vivo o muerto, nuestro cerebro no puede procesar adecuadamente la pérdida, manteniéndonos en un estado perpetuo de activación emocional.
Durante una de estas sesiones, Esperanza compartió un detalle que no había mencionado anteriormente a los investigadores. Recordó que aproximadamente un mes antes de la desaparición de Vanessa, su hija había comentado sentirse observada cuando caminaba por el centro de la ciudad. En varias ocasiones, Vanessa había mencionado la sensación de que alguien la seguía, pero cuando giraba para mirar no veía nada sospechoso. Esperanza había atribuido estas preocupaciones al estrés del trabajo freelance y las presiones económicas que Vanessa enfrentaba como joven profesional independiente.
Esta información llevó a los investigadores a reconsiderar la cronología del caso. Si Vanessa había estado siendo vigilada antes de su desaparición, esto sugería un nivel de premeditación que no había sido considerado anteriormente. La desaparición podría no haber sido el resultado de un encuentro casual con un depredador oportunista, sino el culminar de un plan elaborado por alguien que había estado estudiando sus hábitos y rutinas durante semanas o incluso meses. La comandante Marín ordenó una revisión exhaustiva de todas las cámaras de seguridad disponibles en las rutas que Vanessa frecuentaba durante los meses anteriores a su desaparición.
Esta tarea monumental requería examinar miles de horas de grabación buscando patrones o la presencia repetida de individuos o vehículos sospechosos. El departamento solicitó la ayuda de voluntarios civiles entrenados en análisis de video para acelerar el proceso de revisión. El 25 de octubre de 2024, 3 días antes del segundo aniversario de la desaparición, ocurrió un desarrollo que cambiaría drásticamente la dirección de la investigación. Una mujer llamada Beatriz Morales contactó a las autoridades después de ver la cobertura mediática del caso.
Beatriz trabajaba como empleada doméstica en una casa ubicada en el fraccionamiento Las Américas, en las afueras de Mérida, y tenía información que podría ser relevante para el caso. Según el testimonio de Beatriz, en noviembre de 2022, aproximadamente un mes después de la desaparición de Vanessa, había comenzado a trabajar en una casa donde vivía un hombre soltero de aproximadamente 40 años que se identificaba como Alberto Canto. La propiedad era una casa de dos pisos con jardín amplio, relativamente aislada de las casas vecinas.
Lo que había llamado la atención de Beatriz durante sus meses de trabajo allí era el comportamiento extremadamente secretivo del propietario y ciertas inconsistencias en la casa que no podía explicar. Alberto Canto era un hombre reservado que trabajaba desde casa, aparentemente en algo relacionado con computadoras o internet, aunque nunca había sido específico sobre sus actividades profesionales. Pagaba a Beatriz generosamente en efectivo para que limpiara la casa dos veces por semana, pero con instrucciones muy específicas sobre qué áreas podía acceder.
tenía prohibido entrar a ciertos cuartos del segundo piso y Alberto siempre estaba presente durante las horas de trabajo, observándola de manera que la hacía sentir incómoda. Lo más extraño, según Beatriz, era que frecuentemente escuchaba sonidos que parecían provenir del segundo piso cuando se suponía que Alberto estaba solo. Ocasionalmente escuchaba lo que parecían ser pasos de otra persona, movimiento de muebles o incluso conversaciones en voz baja. Cuando preguntaba al respecto, Alberto siempre tenía explicaciones vagas sobre programas de televisión, llamadas de trabajo o visitantes que habían salido antes de que ella llegara.
En marzo de 2023, Beatriz había encontrado accidentalmente ropa femenina en lavandería. que no coincidía con el estilo o tamaño que usaría un hombre de la complexión de Alberto. Entre las prendas había un vestido floreado azul que, aunque ella no lo sabía en ese momento, era idéntico al que Vanessa llevaba puesta el día de su desaparición. También había encontrado productos de higiene femenina, maquillaje y otros artículos personales que sugerían la presencia regular de una mujer en la casa.
Cuando Beatriz confrontó sutilmente a Alberto sobre estos objetos, él se puso extremadamente nervioso y agresivo, explicando que pertenecían a una prima que venía de visita ocasionalmente. Sin embargo, Beatriz nunca vio a ninguna mujer entrar o salir de la propiedad durante los días que trabajaba allí. Además, Alberto cambió las instrucciones de lavado después de este incidente, indicando que él mismo se encargaría de toda la ropa. A partir de ese momento, la situación se volvió más sospechosa en julio de 2023, cuando Beatriz notó que Alberto había instalado cerraduras adicionales en varias puertas del segundo piso y había comenzado a comportarse de manera aún más paranoica.
revisaba constantemente las ventanas, mantenía las cortinas cerradas durante todo el día y se sobresaltaba visiblemente cuando sonaba el timbre o llegaban visitantes inesperados. En varias ocasiones, Beatriz lo escuchó hablando por teléfono en conversaciones que parecían tensas y amenazantes. El testimonio de Beatriz proporcionó a los investigadores la primera pista sólida en meses. La comandante Marín obtuvo inmediatamente una orden de cateo para la propiedad en las Américas y organizó un operativo para el día siguiente. Sin embargo, cuando las autoridades llegaron a la dirección proporcionada por Beatriz, encontraron la casa completamente vacía.
Alberto Canto había desaparecido, llevándose todas sus pertenencias y dejando atrás solo muebles básicos que probablemente venían con la casa. Los vecinos confirmaron que habían visto camiones de mudanza en la propiedad aproximadamente una semana antes, pero nadie había prestado especial atención porque era común que las casas en esa zona cambiaran de inquilinos frecuentemente. La investigación de antecedentes reveló que Alberto Canto era una vez más una identidad falsa. El contrato de arrendamiento había sido firmado con documentos fraudulentos y los pagos se hacían a través de transferencias bancarias desde cuentas que habían sido cerradas recientemente.
El análisis forense de la casa vacía reveló evidencias inquietantes. En el segundo piso, los técnicos encontraron rastros de ADN femenino en varias superficies, así como fibras de tela que coincidían con el vestido azul que Vanessa llevaba el día de su desaparición. También descubrieron que una de las habitaciones había sido modificada con cerraduras especiales que solo podían abrirse desde el exterior, sugiriendo que había sido usada como una especie de prisión improvisada. En el sótano de la casa oculto detrás de una pared falsa, los investigadores encontraron un pequeño cuarto equipado con una computadora, cámaras de video y equipos de edición fotográfica.
Los discos duros habían sido borrados profesionalmente, pero los técnicos especialistas lograron recuperar fragmentos de archivos que incluían las fotografías que habían aparecido en el Facebook de Vanessa, así como docenas de otras imágenes que parecían haber sido tomadas en secreto en varios lugares de Mérida. El descubrimiento más escalofriante fue un diario manuscrito que Alberto había dejado atrás. aparentemente por accidente o porque la evacuación había sido demasiado precipitada. Las entradas detallaban una obsesión enfermiza con Vanessa que se remontaba a meses antes de su desaparición.
Alberto había estado siguiéndola, fotografiándola sin su conocimiento, estudiando sus rutinas y planificando meticulosamente su secuestro. El diario revelaba que había creado la identidad falsa de Roberto Maldonado, específicamente para atraerla a la cita en el café. Las entradas más recientes del diario mostraban un deterioro mental progresivo en Alberto. Describía conversaciones imaginarias con Vanessa, planes elaborados para convencerla de quedarse con él voluntariamente y una desconexión creciente de la realidad. La última entrada fechada el 20 de septiembre de 2024 mencionaba su preocupación de que ella está tratando de comunicarse con el exterior y su decisión de mudarse a un lugar más seguro donde nadie pueda encontrarlos.
Esta información transformó completamente la investigación. Ya no se trataba de una desaparición misteriosa, sino de un secuestro prolongado llevado a cabo por un individuo claramente perturbado mentalmente. La comandante Marín coordinó inmediatamente con autoridades federales para emitir una alerta nacional y expandir la búsqueda más allá de los límites de Yucatán. El perfil psicológico de Alberto, combinado con la evidencia física encontrada, sugería que era extremadamente peligroso y que la vida de Vanessa podría estar en peligro inmediato. Esperanza recibió estas noticias con una mezcla de horror y alivio.
Por un lado, finalmente tenían respuestas sobre lo que había sucedido con su hija y evidencia concreta de que había estado viva hasta al menos septiembre de 2024. Por otro lado, la realización de que Vanessa había sido víctima de un secuestrador obsesivo durante casi dos años era devastadora. Al menos ahora sabemos que ella no se fue voluntariamente, dijo Esperanza a través de lágrimas. Mi hija ha sido prisionera de un monstruo, pero todavía hay esperanza de encontrarla. La revelación del secuestro desató una respuesta masiva de la comunidad y los medios.
organizaciones de derechos humanos, grupos de búsqueda de personas desaparecidas y voluntarios de toda la región se movilizaron para apoyar los esfuerzos de búsqueda. Se distribuyeron fotografías actualizadas tanto de Vanessa como de Alberto Canto usando las imágenes de las cámaras de seguridad del café internet y se estableció una recompensa significativa por información que llevara a su localización. El análisis de los patrones de comportamiento de Alberto, basado en el diario y otras evidencias llevó a los investigadores a concentrar su búsqueda en áreas rurales alejadas de centros urbanos grandes.
Su paranoia creciente y necesidad de aislamiento, sugerían que habría elegido una ubicación donde pudiera mantener a Vanessa Cautiva sin riesgo de descubrimiento por vecinos o transeútes casuales. Se priorizaron propiedades rurales en estados vecinos, especialmente aquellas que habían sido rentadas o compradas recientemente por individuos que pagaban en efectivo. Durante la primera semana de noviembre, múltiples pistas llegaron de diferentes estados. Reportes de avistamientos de una pareja que coincidía con las descripciones llegaron desde Campeche, Quintana Roo y Tabasco. Cada pista era investigada meticulosamente, pero ninguna resultó en la localización de Vanessa y Alberto.
La frustración crecía entre los investigadores y la familia, especialmente porque el tiempo transcurrido desde la evacuación de la casa en las Américas sugería que podrían haber viajado a cualquier lugar del país. El 12 de noviembre de 2024, exactamente dos semanas después del descubrimiento de la casa vacía, llegó la llamada que cambiaría todo. Una mujer llamada Rosa Delgado, que trabajaba como cajera en una tienda de conveniencia en un pueblo pequeño llamado Jalpa de Méndez en Tabasco, contactó a las autoridades después de reconocer las fotografías de Vanessa y Alberto, que habían sido distribuidas ampliamente en los medios.
Rosa reportó que una pareja coincidente con las descripciones había estado comprando suministros en su tienda dos veces por semana durante aproximadamente un mes. El hombre siempre pagaba en efectivo y compraba cantidades inusuales de comida enlatada, agua embotellada y artículos de primera necesidad, como si estuviera abasteciendo para una estancia prolongada en un lugar aislado. La mujer nunca hablaba y parecía estar bajo gran estrés, evitando el contacto visual y manteniéndose siempre cerca del hombre. Lo más importante del testimonio de Rosa era que había notado que la mujer parecía estar tratando de comunicarse silenciosamente durante su última visita ocurrida apenas tres días antes.
Mientras el hombre pagaba, la mujer había señalado discretamente hacia un calendario en la pared que mostraba la fecha actual y luego había hecho gestos sutiles que Rosa interpretó como una petición de ayuda. Sin embargo, Rosa no había comprendido completamente la situación en ese momento y no había actuado. La comandante Marín coordinó inmediatamente con las autoridades de Tabasco para localizar la pareja en Jalpa de Méndez. Los investigadores llegaron al pueblo esa misma tarde y comenzaron una búsqueda sistemática de propiedades rurales en los alrededores, donde una pareja podría estar viviendo aisladamente.
La operación involucró equipos de búsqueda terrestre, helicópteros y la cooperación de residentes locales que conocían la geografía de la zona. La búsqueda se concentró inicialmente en un radio de 20 km alrededor del pueblo, enfocándose en propiedades que habían estado desocupadas recientemente o que habían cambiado de ocupantes en las últimas semanas. Los equipos usaron drones con cámaras térmicas para identificar signos de ocupación en estructuras remotas y investigadores locales entrevistaron a propietarios de tierra sobre inquilinos. o compradores recientes.
El 14 de noviembre, al atardecer del segundo día de búsqueda, un equipo dirigido por el comandante local Miguel Santos, localizó una pequeña cabaña de madera ubicada aproximadamente 15 km al norte del pueblo, oculta entre vegetación densa cerca de un arroyo. La estructura había sido construida originalmente como refugio de pescadores, pero había estado abandonada durante varios años hasta que recientemente alguien había comenzado a habitarla. Las cámaras térmicas del dron detectaron dos firmas de calor dentro de la cabaña, confirmando la presencia de dos personas.
Los investigadores establecieron un perímetro de seguridad alrededor de la propiedad. y comenzaron a planificar un rescate que minimizara el riesgo tanto para Vanessa como para los oficiales involucrados. La prioridad absoluta era asegurar la supervivencia de la víctima, quien había estado en cautiverio durante más de 2 años. A las 6:30 de la mañana del 15 de noviembre de 2024, equipos especializados en rescate de rehenes ejecutaron la operación. Alberto Canto fue arrestado sin resistencia mientras intentaba escapar por la parte trasera de la cabaña y Vanessa fue encontrada viva, pero en condición física y emocional crítica.
Había perdido peso considerablemente y mostraba signos evidentes de estrés postraumático severo, pero estaba consciente y fue capaz de confirmar su identidad a los rescatistas. Vanessa fue trasladada inmediatamente a un hospital en VillaHermosa para evaluación médica y tratamiento, mientras Alberto fue transportado bajo custodia máxima para enfrentar cargos por secuestro, privación ilegal de la libertad y múltiples delitos relacionados. La noticia del rescate exitoso se difundió rápidamente por los medios nacionales, generando una ola de alivio y celebración tanto en Mérida como en todo el país.
Esperanza recibió la llamada sobre el rescate de su hija mientras estaba en su casa preparando el desayuno, la misma rutina que había mantenido durante 26 meses de búsqueda incesante. Al escuchar la voz de la comandante Marín anunciando que Vanessa había sido encontrada viva, Esperanza colapsó en lágrimas de alivio que había contenido durante más de 2 años. Sus hermanas Cristina y Amparo llegaron inmediatamente para acompañarla en el viaje a Tabasco para reunirse con su hija. El reencuentro entre madre e hija en el hospital de Villaermosa fue emotivo y complejo.
Vanessa había sobrevivido una experiencia traumática que requeriría años de terapia y rehabilitación para superar completamente. Sin embargo, el hecho de estar finalmente libre y reunida con su familia representaba el comienzo de un proceso de sanación que había parecido imposible durante los oscuros meses de cautiverio. La fortaleza que Esperanza había demostrado durante la búsqueda ahora se convertiría en el apoyo fundamental que Vanessa necesitaría para reconstruir su vida. El caso de Vanessa Herrera se convirtió en un símbolo nacional de la perseverancia familiar y la importancia de nunca abandonar la búsqueda de personas desaparecidas.
Su historia demostró que incluso en los casos más desesperanzadores, la combinación de investigación policial dedicada, apoyo comunitario y la determinación inquebrantable de una madre puede llevar a resultados positivos. Aunque el camino hacia la recuperación completa sería largo y desafiante, Vanessa finalmente estaba en casa y su familia podía comenzar a sanar las heridas que dos años de incertidumbre habían dejado en sus corazones. M.















