El 14 de enero de 1998, la ciudad de Asunción despertó con el calor húmedo, típico de mediados del verano paraguayo. Las calles del barrio Trinidad comenzaban a llenarse de vida. Vendedores ambulantes pregonando frutas frescas, el ruido de los colectivos recorriendo la avenida Mariscal López y el murmullo constante de la radio ñandutí saliendo de las ventanas abiertas de las casas coloniales. Era un sábado común, o al menos eso parecía. Nadie imaginaba que ese día marcaría el inicio de uno de los casos de desaparición más inquietantes en la historia reciente del país.

En una modesta casa de paredes encaladas en la calle Capitán Rivas, Marina Duarte Pereira, de 19 años, terminaba de arreglarse frente al espejo de su habitación mientras su madre, Hortensia preparaba chipa y cocido en la cocina. El ventilador de techo giraba perezosamente, sin lograr aliviar del todo el bochorno que se colaba por las ventanas entreabiertas. Marina era estudiante de segundo año de comunicación social en la Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción. alta, de cabello castaño largo y ojos oscuros, tenía esa energía característica de quien está descubriendo el mundo más allá de las fronteras de su barrio.

Durante el último año se había involucrado cada vez más en el periodismo universitario escribiendo artículos para el boletín estudiantil sobre temas sociales que muchos preferían ignorar. Sus compañeros la describían como curiosa, persistente, a veces demasiado directa. Su mejor amiga, Natalia Cabrera Díaz, de 20 años, compartía esa misma pasión por contar historias que otros no querían escuchar. Se habían conocido en la clase de redacción periodística y desde entonces eran inseparables. Natalia vivía en el barrio Villamorra con su padre viudo, un funcionario público del Ministerio de Obras Públicas y su hermano menor.

era más reservada que Marina, pero cuando se trataba de investigar tenía una determinación férrea que sorprendía a quienes la conocían superficialmente. Esa mañana de enero, Marina y Natalia habían quedado en encontrarse en la plaza Uruguay a las 10 de la mañana. tenían una misión, viajar a la ciudad de Coronel Oviedo, a 130 km al este de Asunción para entrevistar a la familia de un joven que había denunciado irregularidades en la municipalidad local. Era su primer trabajo de investigación real, como le gustaba llamarlo a Marina, algo más allá de los trabajos académicos que entregaban para aprobar materias.

Durante las últimas tres semanas habían estado comunicándose con un contacto anónimo a través del correo electrónico de la universidad, alguien que firmaba simplemente como PR y que les había proporcionado documentos escaneados que sugerían malversación de fondos públicos destinados a la construcción de un hospital comunitario. Contacto insistía en que hablaran con la familia Vera, específicamente con un joven llamado Patricio, quien supuestamente tenía pruebas adicionales que no se atrevía a entregar directamente a la prensa tradicional por miedo a represalia.

Antes de salir de su casa, Marina encendió la computadora que compartía con su hermano en el pequeño estudio que su padre había improvisado en un rincón del comedor. Se conectó a internet a través del modem telefónico, esperando pacientemente mientras la conexión se establecía con ese característico sonido chirriante. ingresó a su cuenta de correo electrónico en Hotmail y escribió un mensaje breve pero inquietante. El asunto decía, “Por si acaso, el contenido era escueto. Si no regresamos esta noche, busquen en la municipalidad de Coronel Oviedo los nombres: Dionisio Acuña, Ramón Peralta, PR.

Teníamos razón sobre el dinero del hospital. Hay más gente involucrada de lo que pensábamos. MD releyó el mensaje dos veces antes de hacer clic en enviar dirigido a su profesor de ética periodística, el Dr. Augusto Benítez, uno de los pocos docentes en quien confiaba plenamente. Luego abrió su cuenta en el foro estudiantil de la universidad, un espacio digital rudimentario donde los estudiantes intercambiaban información sobre clases, trabajos y eventos. Allí publicó un mensaje similar, aunque más críptico. Nat y yo vamos tras una historia importante.

Coronel Oviedo. Si algo nos pasa, no fue accidente. 170198 947 AM. Si te está gustando esta historia, por favor suscríbete al canal y déjanos un comentario diciéndonos desde dónde nos estás viendo. Tu apoyo nos ayuda a seguir trayéndote más casos como este. Hortensia Pereira, la madre de Marina, vio a su hija guardar una carpeta manila en su mochila de lona azul. Dentro había copias impresas de los correos electrónicos del contacto anónimo y los documentos escaneados que mostraban discrepancias en las licitaciones municipales.

“¿Vas a estar bien, mija hija?”, le preguntó su madre desde la cocina con esa intuición maternal que percibe peligros invisibles. “Sí, mamá, vuelvo esta noche. Nat y yo solo vamos a hacer unas entrevistas para un trabajo de la universidad. respondió Marina besando la mejilla de su madre antes de salir. No mencionó coronel Oviedo específicamente ni el verdadero propósito del viaje. Su madre asumió que se trataba de algo relacionado con las bibliotecas o instituciones culturales de Asunción, como tantas otras veces.

Marina cerró la puerta de hierro de la entrada y caminó por la calle empedrada hacia la avenida principal donde tomaría el colectivo que la llevaría hasta la plaza Uruguay. Natalia ya estaba esperando cuando Marina llegó, sentada en uno de los bancos de la plaza bajo la sombra de un lapacho. Llevaba unos jeans desgastados, una camiseta blanca y su cámara Nikon colgando del cuello, heredada de su madre fallecida que había sido fotógrafa aficionada. Se abrazaron brevemente antes de dirigirse hacia la terminal de ómnibus.

Durante el trayecto en taxi hasta la terminal repasaron su plan. Tomarían el bus de las 11 de la mañana con destino a Coronel Oviedo. Llegarían alrededor de la 1 de la tarde. Buscarían la dirección que su contacto les había proporcionado en el barrio San Roque, harían las entrevistas necesarias y regresarían en el bus de las 6 de la tarde para estar de vuelta en Asunción antes de las 9 de la noche. Era un plan simple, directo, sin complicaciones aparentes.

compraron dos pasajes de ida y vuelta en la empresa Risa, por guaraníes cada uno, y abordaron el autobús que ya estaba casi lleno de pasajeros, comerciantes que viajaban a vender mercadería, familias que visitaban parientes, estudiantes que regresaban a sus ciudades de origen después de las vacaciones. El viaje transcurrió sin incidentes durante la primera hora. La ruta dos se extendía recta y monótona. atravesando campos de soja y pequeños poblados que aparecían y desaparecían en cuestión de minutos. Marina y Natalia ocupaban los asientos del lado derecho, aproximadamente a mitad del ómnibus.

Marina escribía notas en un cuaderno espiral, preparando las preguntas que harían a la familia Vera, mientras Natalia miraba por la ventana, fotografiando ocasionalmente el paisaje rural que se desplegaba ante ellas. Alrededor de las 12:15, cuando el bus acababa de pasar el peaje de Itahua, Marina notó algo extraño. Un automóvil Chevrolet Corsa de color blanco con vidrios polarizados. Había estado siguiendo al ómnibus durante varios kilómetros, manteniéndose siempre a la misma distancia. Al principio no le dio importancia. Era una ruta muy transitada y muchos vehículos hacían el mismo trayecto.

Pero cuando el autobús redujo la velocidad para dejar pasar a otro vehículo, el Corsa Blanco también disminuyó su marcha como si no quisiera adelantarlo. “Nat, ese auto nos está siguiendo”, susurró Marina señalando discretamente hacia atrás. Natalia se volteó disimuladamente y observó el vehículo durante unos segundos. ¿Estás segura? Puede ser coincidencia, respondió, aunque su voz delataba una preocupación creciente. Lo sé. Lo he estado observando desde que salimos de Itahua. No nos adelanta, pero tampoco se queda atrás, insistió Marina.

Durante los siguientes 20 minutos, ambas vigilaron el Corsa Blanco con creciente nerviosismo. En un momento cuando el ómnibus se detuvo brevemente en la estación de servicio de Cacoué para que algunos pasajeros compraran refrescos y empanadas, el auto blanco también se detuvo a unos 50 m de distancia, pero nadie bajó de él. Marina sintió un nudo en el estómago, tomó su cuaderno y escribió rápidamente: “Corsa blanco, vidrios polarizados, patente y legible por el polvo. Nos sigue desde Itahá.

Si algo pasa, investiguen este auto.” Arrancó la página y la guardó en el bolsillo interior de su mochila, separada del resto de sus notas. Cuando el autobús reanudó la marcha hacia coronel Oviedo, el Corsa Blanco continuó su seguimiento silencioso. Natalia sugirió que quizás deberían bajarse en algún pueblo intermedio y regresar a Asunción, pero Marina, con esa mezcla de valentía y temeridad característica de su personalidad, insistió en continuar. Ya llegamos hasta aquí. Además, puede que realmente sea solo una coincidencia.

No podemos dejar que el miedo nos paralice”, argumentó Natalia, aunque dudosa, estuvo de acuerdo. Habían invertido semanas en esta investigación. Habían convencido al contacto anónimo de que podían contar esta historia de manera responsable y sentían la obligación de no decepcionar a las personas que confiaban en ellas. A la 1:15 de la tarde, el ómnibus ingresó a la terminal de Coronel Oviedo, una estructura de cemento con techos de zinc que ofrecía poco respiro del calor sofocante del mediodía.

Los pasajeros comenzaron a descender lentamente, recogiendo bolsas, mochilas y paquetes de los compartimentos superiores. Marina y Natalia fueron de las últimas en bajar. Mientras descendían por los escalones metálicos del autobús, Marina miró discretamente alrededor buscando el corsa blanco. Lo vio estacionado al otro lado de la calle, frente a una tienda de neumáticos. Los hombres estaban sentados en el interior, pero desde esa distancia era imposible distinguir sus rostros debido a los vidrios polarizados. Ahí está, le señaló a Natalia, quien también lo vio.

Decidieron actuar con normalidad, caminando hacia la salida de la terminal, como si no hubieran notado nada extraño. Una vez fuera, se mezclaron rápidamente con la multitud del mercado municipal que se extendía junto a la terminal, entre puestos de frutas, ropa usada y vendedores de chipas y cocidos. Durante unos minutos zigzaguearon entre los puestos, verificando constantemente si alguien la seguía. El corsa blanco no apareció por ningún lado y después de 10 minutos comenzaron a relajarse. Preguntaron a varios vendedores cómo llegar al barrio San Roque y todos les dieron indicaciones similares.

caminar hacia el este por la avenida Agustín Pío Barrios durante aproximadamente 15 cuadras hasta llegar a una iglesia pequeña de color amarillo y desde allí doblar a la izquierda hacia la calle Tacuari. La casa de la familia Vera supuestamente estaba en esa cuadra, una construcción de ladrillos a la vista con un portón verde. El sol del mediodía caía implacable sobre las calles de tierra y asfalto agrietado. Marina y Natalia caminaban por la vereda desigual, pasando frente a casas modestas con jardines descuidados, talleres mecánicos improvisados y pequeñas despensas familiares.

El barrio San Roque era evidentemente una zona trabajadora, sin los lujos de los barrios céntricos de Asunción, pero con esa calidez comunitaria que caracteriza a las ciudades del interior paraguayo. Niños jugaban al fútbol descalzos en una cancha de tierra y mujeres conversaban en las puertas de sus casas mientras pelaban mandioca o cosían ropa. Después de 20 minutos de caminata, encontraron la iglesia amarilla, una pequeña capilla dedicada a San Roque, con su pintura descascarada por el sol y las lluvias.

Giraron a la izquierda en la calle Tauari, una calle residencial tranquila con árboles de mango proporcionando sombra irregular sobre el camino. Contaron las casas según las indicaciones que tenían. Tercera casa del lado derecho, portón verde, ladrillos a la vista. La encontraron exactamente como se las habían descrito. Marina tocó el timbre, un viejo artefacto que emitía un sonido cascado y débil. Esperaron nada. Volvió a tocar esta vez más insistentemente. Silencio. Natalia se asomó por el portón intentando ver a través de las rendijas de metal.

No parece haber nadie”, dijo. “Está todo cerrado, las persianas están bajas.” Marina sacó de su mochila el papel donde había anotado el número de teléfono que su contacto le había proporcionado. “Vamos a buscar un teléfono público para llamar”, sugirió. Regresaron hacia la avenida principal y encontraron una cabina telefónica frente a una farmacia. Marina marcó el número esperando mientras el tono de llamada sonaba una, dos, tres veces. Finalmente alguien contestó. Era una voz de mujer mayor, cautelosa, casi susurrante.

Hola dijo la voz. Buenas tardes, señora. Soy Marina Duarte, estudiante de periodismo. Estoy buscando a Patricio Vera. Tenemos una cita para hoy explicó Marina. tratando de sonar profesional pero amigable. Hubo un silencio largo del otro lado de la línea, tan largo que Marina pensó que la comunicación se había cortado. Luego la voz volvió, esta vez con un tono de urgencia apenas contenida. No vengan. No es seguro. Patricio ya no está aquí. Se lo llevaron anoche. Por favor, regresen a Asunción.

No pregunten más sobre esto. Antes de que Marina pudiera responder, la línea se cortó abruptamente. Marina se quedó parada frente a la cabina telefónica con el auricular todavía en la mano, procesando lo que acababa de escuchar. Natalia, que había estado observando su expresión, supo inmediatamente que algo malo había ocurrido. ¿Qué pasó?, preguntó. Marina le contó la conversación mientras caminaban de regreso hacia el centro de Coronel Oviedo. Dijo que se llevaron a Patricio anoche. Nos advirtió que no es seguro y que regresemos a Asunción, relató.

El miedo que habían sentido en el bus se intensificó, transformándose en una certeza incómoda. Estaban metidas en algo mucho más peligroso de lo que habían anticipado. “Entonces, vámonos ahora mismo. Tomemos el próximo bus de regreso.” Urgió Natalia. Marina asintió, pero su mente periodística seguía funcionando, grabando cada detalle, cada anomalía. Primero, necesitamos confirmar algo. Vamos a la municipalidad solo para ver si los nombres que teníamos corresponden a personas reales. 5 minutos, nada más. Y después nos vamos. La municipalidad de Coronel Oviedo era un edificio de dos pisos de estilo colonial tardío, con paredes blancas y un patio central con fuente.

Llegaron alrededor de las 2:30 de la tarde. La recepción estaba casi vacía, solo una secretaria joven tecleando en una computadora anticuada y un guardia de seguridad mayor leyendo el diario ABC color en una silla junto a la entrada. Marina se acercó al mostrador de información. Buenas tardes. Estamos haciendo un trabajo universitario sobre la administración municipal. ¿Podríamos saber quiénes ocupan los cargos de secretario de obras públicas y director de licitaciones? Preguntó con su mejor sonrisa estudiantil. La secretaria, sin levantar mucho la vista, abrió una carpeta y consultó una lista.

Secretario de obras públicas es el señor Dionisio Acuña. Director de licitaciones es el señor Ramón Peralta. ¿Necesitan alguna cita con ellos? Marina sintió que el corazón le daba un vuelco. Los nombres coincidían exactamente con los que su contacto anónimo había mencionado. No, gracias. Solo queríamos confirmar los nombres para nuestro trabajo. Muchas gracias por su ayuda. Salieron de la municipalidad caminando rápidamente, sin mirar atrás. Ya tenían lo que necesitaban. Confirmación de que los nombres eran reales, que ocupaban exactamente las posiciones que el contacto había indicado y que toda esta historia tenía fundamentos concretos.

Pero también tenían algo más, miedo. Un miedo vceral que les decía que cada minuto que permanecieran en Coronel Oviedo aumentaba el peligro. Se dirigieron directamente a la terminal de ómnibus, decididas a tomar el primer bus disponible de regreso a Asunción, sin importar si era de su empresa original o no. Eran las 3:10 de la tarde cuando llegaron a la terminal. El próximo bus con destino a Asunción salía a las 3:30 de la empresa La Santaniana. Compraron dos pasajes y se sentaron en la sala de espera, vigilando constantemente la entrada, buscando cualquier señal del Corsa Blanco o de personas sospechosas.

Los minutos se arrastraban con una lentitud agónica. A las 3:20, cuando faltaban solo 10 minutos para el embarque, Marina vio algo que heló su sangre. El corsa blanco acababa de estacionarse frente a la terminal. Esta vez ambos hombres bajaron del vehículo. Uno era alto, de complexión robusta, con bigote oscuro y camisa de manga corta. El otro era más bajo, pero igualmente corpulento, con lentes de sol oscuros y una gorra de béisbol. No llevaban uniformes, pero algo en su postura, en la forma autoritaria con la que caminaban, sugería que estaban acostumbrados a ejercer poder.

Entraron a la terminal mirando metódicamente alrededor. “Nat, son ellos, los del auto blanco,” susurró Marina tratando de hacerse pequeña en su asiento. Natalia también los vio. Sin decir palabra, ambas se levantaron y caminaron rápidamente hacia los baños de mujeres ubicados en un pasillo lateral de la terminal. Una vez dentro, se encerraron en cubículos contiguos con el corazón latiendo violentamente. “¿Qué hacemos?”, preguntó Natalia en voz baja. “No sé. Si subimos al bus, nos verán. Si nos quedamos aquí, eventualmente nos encontrarán”, respondió Marina.

Con la voz temblorosa. Permanecieron en los baños durante 5 minutos que parecieron horas escuchando los sonidos de la terminal, anuncios de salida de buses, conversaciones de pasajeros, el llanto de un bebé. Finalmente escucharon el último llamado para el bus de las 3:30 con destino a Asunción. Tenían que decidir, perder ese bus y esperar dos horas más para el siguiente o arriesgarse a ser vistas. Marina tomó la decisión. Vamos, nos mezclamos con la gente y subimos rápido. Si nos ven, al menos estaremos en el bus con otros pasajeros.

No pueden hacer nada en público. Salieron de los baños y se unieron al flujo de pasajeros que caminaban hacia la plataforma donde esperaba el ómnibus. Marina llevaba su mochila abrazada contra el pecho y Natalia tenía su cámara guardada dentro de su bolso. Caminaban rápido, pero sin correr, tratando de no llamar la atención. Estaban a solo metros del autobús cuando Marina sintió una mano pesada sobre su hombro, se volteó bruscamente y se encontró cara a cara con el hombre del bigote.

Disculpe, señorita, ¿podría acompañarnos un momento? Necesitamos hacerle unas preguntas”, dijo el hombre con una voz que intentaba sonar amable, pero que destilaba amenaza. Su aliento olía a tabaco y mate. “¿Quiénes son ustedes?” “No tenemos que responder nada”, respondió Marina con más valentía de la que realmente sentía. El segundo hombre, el de los lentes oscuros, se posicionó junto a Natalia, bloqueando cualquier intento de escape. Somos de la comisaría de Coronel Oviedo. Tenemos información de que ustedes están realizando preguntas sobre asuntos municipales sin autorización.

Es solo una verificación de rutina”, explicó mostrando brevemente una identificación que guardó antes de que pudieran leerla bien. El corazón de Marina latía tan fuerte que estaba segura de que los hombres podían escucharlo. Natalia, a su lado, había palidecido notablemente sus nudillos blancos por la fuerza con la que aferraba su bolso. Los pasajeros que subían al autobús pasaban junto a ella sin prestar mayor atención a la escena. Para cualquier observador casual, simplemente parecía una interacción rutinaria con autoridades locales.

El hombre del bigote sonrió, pero la sonrisa no alcanzó sus ojos, que permanecieron fríos y calculadores. No queremos problemas, señoritas. Simplemente acompáñenos a la comisaría. Aclaramos este asunto en 10 minutos y pueden tomar el siguiente bus a Asunción. Es solo protocolo, ¿entienden? Su tono era superficialmente cortés, pero la amenaza implícita era inconfundible. El otro hombre, el de los lentes oscuros, añadió, “O podemos hacerlo aquí mismo frente a todos. Ustedes deciden qué prefieren. Marina evaluó rápidamente sus opciones.

Si gritaban pidiendo ayuda, ¿alguien intervendría? En una ciudad pequeña del interior, donde las autoridades locales tenían un poder casi absoluto, era poco probable. Si se resistían físicamente, estos hombres claramente tenían la ventaja. Si los seguían, esa opción tampoco prometía nada bueno. En ese momento de duda, el conductor del autobús tocó la bocina indicando que estaba por cerrar las puertas. Era ahora o nunca. Marina tomó a Natalia de la mano y en un movimiento súbito se zafó del hombre del bigote y corrió hacia el autobús.

“Espere, vamos subiendo”, gritó el conductor, un hombre mayor con gorra de la empresa, las vio correr y mantuvo las puertas abiertas. Los dos hombres reaccionaron inmediatamente corriendo tras ellas, pero Marina y Natalia lograron subir al autobús justo cuando las puertas neumáticas comenzaban a cerrarse. El hombre del bigote llegó un segundo tarde golpeando la puerta con la palma abierta mientras el autobús comenzaba a moverse lentamente fuera de la plataforma. “¡Detengan este bus, policía!”, gritó el hombre, sacando ahora claramente una identificación y agitándola en el aire.

Algunos pasajeros se asustaron, mirando nerviosamente hacia las dos jóvenes que acababan de subir. El conductor, confundido, disminuyó la velocidad. Marina se adelantó rápidamente. Por favor, señor, no pare. Esos hombres no son policías. Nos están siguiendo desde Asunción. Por favor, siga conduciendo. Su voz tenía tal desesperación que el conductor, después de un momento de vacilación, mirando hacia atrás, donde los dos hombres ahora corrían junto al bus, tomó una decisión. Aceleró dejando atrás la terminal y enfilando hacia la ruta dos que conducía de regreso a Asunción.

Los dos hombres se detuvieron en el borde de la plataforma, observando al autobús alejarse. Marina los vio a través de la ventana trasera hablando urgentemente por un teléfono celular, uno de esos primeros modelos grandes que parecían ladrillos. supo, sin ninguna duda, que esto no había terminado. Natalia y Marina se dejaron caer en los primeros asientos disponibles, jadeando por la adrenalina y el miedo. Los otros pasajeros las miraban con una mezcla de curiosidad y recelo. Una señora mayor con una canasta de frutas en el regazo, se inclinó hacia ellas.

“¿Están bien, niñas? ¿Qué pasó allá atrás?”, preguntó con genuina preocupación. Marina intentó componerse limpiándose el sudor de la frente. Estamos bien, señora. Gracias. Solo fue un malentendido. La mujer no parecía convencida, pero asintió y volvió su atención hacia adelante. Durante los primeros 20 minutos del viaje, Marina y Natalia permanecieron en silencio tratando de procesar lo que acababa de suceder. Sus manos todavía temblaban. Finalmente, Natalia rompió el silencio. ¿Qué vamos a hacer ahora? Si realmente están involucradas autoridades locales, esto es mucho más grande de lo que pensábamos.

Marina sacó su cuaderno y comenzó a escribir frenéticamente todo lo que recordaba, la descripción física de los dos hombres, la patente del corsa blanco que finalmente había podido ver claramente cuando corrían hacia el bus. XPD 847. El nombre de la mujer que había contestado el teléfono en la casa de los Vera. Todo. Cuando lleguemos a Asunción vamos directo a la universidad. Hablaremos con el doctor Benítez. Él sabrá qué hacer, dijo Marina con más convicción de la que realmente sentía.

El Dr. Augusto Benítez era un periodista veterano que había trabajado en ABC color durante los últimos años de la dictadura de Stroesner, conocido por su integridad y su compromiso con el periodismo de investigación. Si alguien podía ayudarlas a manejar esta situación, era él. El autobús avanzaba por la ruta dos y el paisaje familiar de campos y pequeños poblados desfilaba por las ventanas, pero ahora cada vehículo que se acercaba por detrás las ponía en alerta. Cada vez que veían un auto blanco, el pulso se les aceleraba.

Alrededor de las 5 de la tarde, cuando llevaban aproximadamente una hora de viaje, Natalia notó algo inquietante. Mari, ese auto ha estado siguiéndonos durante los últimos 20 km, dijo señalando discretamente hacia atrás. Marina se volteó lo suficiente para ver sin ser obvia. Era un Toyota Corolla de color gris oscuro con dos ocupantes visibles en los asientos delanteros. ¿Estás segura de que nos sigue? Puede ser que simplemente van hacia Asunción, respondió Marina, aunque su estómago ya se estaba encogiendo en un nudo familiar de ansiedad.

Natalia sacó su cámara de su bolso y, fingiendo fotografiar el paisaje por la ventana, tomó varias fotos del vehículo que lo seguía. Lo he estado observando. Cada vez que nuestro bus disminuye la velocidad, ellos también lo hacen. Cuando aceleramos, aceleran. No nos adelantan ni se quedan atrás, explicó Marina. maldijo en voz baja. Deben haber llamado por radio o teléfono desde Coronel Oviedo. Probablemente tienen gente esperándonos en varios puntos de la ruta. La situación se estaba complicando rápidamente.

Si estos hombres realmente estaban conectados con autoridades corruptas de coronel Oviedo, tenían recursos y coordinación. No eran simplemente matones improvisados, era una operación organizada. “Tenemos que pensar estratégicamente”, dijo Marina, su instinto periodístico tomando control sobre el pánico. “Cuando lleguemos a la terminal de Asunción habrá mucha gente. Es un lugar público con seguridad. No pueden hacer nada obvio allí.” Pero Natalia tenía otra preocupación. Y si nos esperan afuera de la terminal o siguen el bus hasta que bajemos o ya saben dónde vivimos y nos esperan en nuestras casas, cada pregunta habría nuevas posibilidades aterradoras.

Marina pensó intensamente. Cuando lleguemos a la terminal, no bajamos inmediatamente. Esperamos a que baje la mayoría de la gente. Luego salimos rápido y nos metemos en un taxi. No damos nuestras direcciones reales. Pedimos que nos dejen en algún lugar público cerca de la universidad. Y desde ahí caminamos hasta la oficina del Dr. Benítez. Era un plan improvisado, lleno de puntos débiles, pero era mejor que nada. Natalia asintió apretando su bolso contra su pecho. Dentro estaba su cámara con las fotos que había tomado, evidencia de que alguien efectivamente los había estado siguiendo.

Si algo les pasaba, al menos habría un registro fotográfico. Pasaron la siguiente hora en un estado de hipervigilancia, observando cada movimiento del Toyota gris, cada parada que hacía el autobús para dejar o recoger pasajeros en los pueblos intermedios. Cuando el autobús finalmente entró a los límites de Asunción, alrededor de las 6:30 de la tarde, el cielo comenzaba a teñirse de naranja y púrpura con el atardecer. Las calles de la capital, siempre congestionadas a esa hora, ofrecían cierto anonimato en su caos.

El Toyota Gris seguía detrás de ellos, ahora separado por dos o tres vehículos, pero aún visible. La terminal de ómnibus de Asunción era un hervidero de actividad. Cientos de personas entrando y saliendo, vendedores ambulantes pregonando empanadas y bebidas, taxis tocando bocinas, anuncios de salidas y llegadas retumbando por los altavoces. El autobús se estacionó en la plataforma 14 y los pasajeros comenzaron a levantarse, estirándose después del largo viaje, recogiendo sus pertenencias. Marina y Natalia permanecieron sentadas como habían planeado esperando.

El Toyota gris se había detenido en el estacionamiento de la terminal, pero desde su posición en el bus claramente si los ocupantes habían bajado o permanecían dentro. Pasaron 5 minutos. La mayoría de los pasajeros ya había descendido, incluyendo la Sra. mayor de las frutas, que les dedicó una última mirada preocupada antes de desaparecer entre la multitud. “Ahora”, dijo Marina y ambas se levantaron rápidamente bajando del autobús. No corrieron, pero caminaron con paso rápido y decidido hacia la salida principal de la terminal.

Marina tenía su mochila bien sujeta con todos los documentos que habían impreso días atrás sobre el caso de Coronel Oviedo. No podían perder esa información. Salieron a la calle donde la fila de taxis esperaba pasajeros. Subieron al primer taxi disponible. Un viejo Nissan centra amarillo conducido por un hombre de mediana edad que escuchaba fútbol en la radio. “A la avenida España con Brasilia, por favor”, dijo Marina nombrando una intersección a unas cuadras de la Universidad Católica. El taxista asintió y arrancó, uniéndose al tráfico pesado de la avenida Fernando de la Mora.

Marina miró por el espejo retrovisor. Durante un momento no vio nada sospechoso, pero entonces, tres autos atrás apareció el Toyota gris. “Todavía nos siguen”, susurró a Natalia. “¿Qué hacemos? ¿Le decimos al taxista?” Natalia consideró la pregunta. Si le decimos puede asustarse y echarnos o peor puede estar involucrado. No sabemos en quién confiar. El tráfico de Asunción a esa hora era denso, un río lento de vehículos avanzando metro a metro. El taxi se movía con frustrante lentitud. Marina observaba obsesivamente el Toyota gris, que mantenía su posición tres o cuatro autos.

Cuando llegaron finalmente a la esquina de España y Brasilia, pagaron al taxista y bajaron rápidamente. Era un área comercial, todavía con mucha gente caminando por las veredas, tiendas abiertas, vendedores callejeros. Caminaron rápidamente por la avenida España hacia el campus universitario, a unas seis cuadras de distancia. El Toyota Gris había pasado de largo cuando se bajaron del taxi, pero Marina sospechaba que simplemente estaba dando la vuelta a la manzana. “Rápido, entremos a esa tienda”, dijo Natalia señalando una librería que todavía tenía las luces encendidas.

Entraron fingiendo examinar libros en los estantes mientras vigilaban la calle a través del ventanal. Efectivamente, un minuto después, el Toyota Gris pasó lentamente frente a la tienda, los ocupantes mirando hacia ambos lados, claramente buscándolas. “Conocen nuestras caras, saben cómo nos vemos”, murmuró Marina. “Esto no va a terminar hasta que tengamos protección real o hasta que hagamos pública toda la información.” El empleado de la librería, un joven con lentes y camisa a cuadros, las miró con curiosidad. ¿Las puedo ayudar en algo?, preguntó.

Marina improvisó rápidamente. Estamos buscando libros sobre derecho administrativo y corrupción municipal. ¿Tienen algo así? El empleado pensó un momento y luego señaló hacia el fondo de la tienda. Tenemos algunos textos de derecho en aquella sección. Pueden revisar allí. Les agradeció y se dirigió hacia donde indicó, aunque su verdadero objetivo era alejarse de las ventanas. Natalia susurró urgentemente, “Mari, necesitamos llamar a alguien, a nuestras familias, a la policía, a alguien.” Marina asintió. Llamemos al Dr. Benítez desde aquí.

Preguntémosle al empleado si podemos usar su teléfono. Es una emergencia. Se acercaron nuevamente al mostrador y Marina, con su expresión más seria explicó, “Disculpe, tenemos una emergencia familiar. Podríamos usar su teléfono. Es solo una llamada local.” El empleado, percibiendo la urgencia genuina en sus voces, asintió. Claro, está allí detrás del mostrador. Marina marcó el número del despacho del doctor Benítez en la universidad, un número que tenía memorizado de tanto llamarlo durante el semestre. El teléfono sonó cinco, seis, siete veces.

Nadie contestó. Era sábado por la tarde. Probablemente el doctor ya se había ido a su casa. Marina sintió una ola de desesperación. No contesta le dijo a Natalia. Intenta su casa o su celular si tiene. Marina no tenía el número de la casa del doctor y en 1998 no todos los profesores universitarios tenían teléfonos celulares. Se quedó pensando frenéticamente. Llamemos a la redacción del ABC color. Él tiene contactos allí. Tal vez puedan ubicarlo. Marcó el número de la redacción del periódico que sí recordaba porque había tenido que llamar varias veces para un trabajo del semestre pasado.

Esta vez alguien contestó. Una voz femenina, profesional. A B Color. Buenas tardes. Marina tragó saliva. Buenas tardes. Necesito contactar urgentemente al Dr. Augusto Benítez. Es profesor de la Universidad Católica y tiene vínculos con su periódico. Es una emergencia. Hubo una pausa. ¿De parte de quién? Preguntó la recepcionista. Marina Duarte, estudiante del doctor Benítez. Por favor, es realmente urgente. Estamos en peligro. Otra pausa más larga. Luego, espere en línea, por favor. La música de espera, una versión instrumental de una guarania, sonó durante lo que pareció una eternidad, pero fueron probablemente solo 2 minutos.

Finalmente, la línea se reconectó, pero no era la recepcionista. Era una voz masculina, madura, con un acento distintivo de alguien acostumbrado a hacer preguntas. Habla Emilio Vera, editor de la sección de investigación. Me dijeron que una estudiante del doctor Benítez está tratando de contactarlo por una emergencia. ¿Qué está sucediendo? Marina, sintiendo tanto alivio que casi se le quiebra la voz, explicó rápidamente. Señor Vera, mi nombre es Marina Duarte. Mi amiga Natalia Cabrera y yo somos estudiantes de periodismo.

Hemos estado investigando un caso de corrupción en la municipalidad de Coronel Oviedo. Viajamos allá esta mañana para hacer entrevistas, pero fuimos seguidas, amenazadas y ahora mismo hay personas siguiéndonos en Asunción. Necesitamos ayuda. El editor Emilio Vera, veterano de décadas cubriendo historias difíciles durante y después de la dictadura, reconoció inmediatamente el tono de miedo genuino en la voz de la joven. ¿Dónde están ahora?, preguntó con tono urgente, pero calmado. En una librería en la avenida España, cerca de Brasilia, hay un auto Toyota Gris siguiéndonos.

patente. Marina intentó recordar. No había logrado verla claramente no pude verla patente, pero son dos hombres. Nos han seguido desde Coronel Oviedo. El editor pensó rápidamente, escuchen con atención. Quédense en ese lugar público. No salgan. Voy a enviar a dos periodistas de mi equipo que están cerca de esa zona. Llegarán en menos de 15 minutos. Mientras tanto, no cuelguen si es posible. Mantengan la línea abierta. ¿Tienen los documentos de los que hablan? ¿Los tienen con ustedes? Marina miró su mochila.

Sí, están aquí. Documentos impresos, correos electrónicos, todo perfecto. No los pierdan. Son su mejor protección. Ahora, si alguien intenta hacer algo, crear escándalo, gritar, hacer ruido, mientras haya testigos, es menos probable que los enfrenten directamente. El empleado de la librería, que había escuchado parte de la conversación sin poder evitarlo, lucía cada vez más nervioso. Marina le explicó brevemente, “Estamos esperando que vengan a recogernos, personas del periódico ABC color. Podemos esperar aquí. El joven, aunque claramente incómodo con la situación, asintió.

Sí, pueden quedarse, pero por favor, si hay problemas, no quiero líos aquí. Marina le aseguró que todo estaría bien, aunque ella misma no estaba segura de eso. Natalia mantenía vigilancia en la ventana. El Toyota ha pasado otra vez, informó. van despacio buscando. Creo que saben que estamos por aquí, pero no exactamente dónde. Los siguientes 15 minutos fueron los más largos de sus vidas. Se mantuvieron al teléfono con el editor Vera, quien les hablaba ocasionalmente para mantenerlas calmadas, haciéndoles preguntas sobre exactamente qué información tenían, cómo habían llegado a este caso, cuáles eran los nombres específicos involucrados.

Marina le contó todo. El contacto anónimo, PR, los documentos sobre el hospital comunitario, los nombres Dionisio Acuña y Ramón Peralta, la familia Vera, la llamada telefónica donde les advirtieron que Patricio había sido llevado. Finalmente, alrededor de las 7:20 de la noche, un vehículo se detuvo frente a la librería. No era el Toyota Gris, era una camioneta blanca con el logo de ABC Color en las puertas laterales. Dos hombres bajaron, ambos con cámaras colgando del cuello y credenciales de prensa visibles.

Uno de ellos entró a la librería y miró alrededor. Marina Duarte llamó. Marina levantó la mano casi con lágrimas de alivio. Aquí el periodista, un hombre de unos 35 años con cabello corto y expresión seria se acercó. Soy Héctor Brites, reportero de ABC. Emilio nos envió a buscarlas. Vengan con nosotros. Las llevaremos a un lugar seguro. Marina y Natalia no necesitaron que se lo dijeran dos veces. Le agradecieron apresuradamente al empleado de la librería y salieron con los periodistas hacia la camioneta.

El otro periodista más joven las ayudó a subir rápidamente a los asientos traseros y cerró las puertas. Mientras la camioneta arrancaba, Marina vio por el espejo lateral que el Toyota gris aparecía en la esquina, pero al ver el vehículo de prensa, disminuyó la velocidad y finalmente se detuvo sin seguirlos. La camioneta de ABC color atravesó las calles de Asunción con una velocidad prudente, pero decidida. Héctor Brites, el periodista que las había recogido, conducía mientras su compañero, que se presentó como Rodrigo Leiva, se volteó desde el asiento del copiloto para hablar con ellas.

“Están a salvo ahora”, dijo Rodrigo con una sonrisa tranquilizadora. Nadie va a intentar nada contra un vehículo de prensa en plena ciudad, demasiado visible, demasiado arriesgado. Marina y Natalia finalmente permitieron que la tensión acumulada en sus cuerpos comenzara a disiparse, aunque el miedo todavía pulsaba bajo la superficie. ¿A dónde vamos?, preguntó Natalia, su voz todavía un poco temblorosa. Héctor respondió sin quitar la vista del tráfico. Primero a la redacción del periódico. Emilio quiere escuchar personalmente toda la historia y ver los documentos que tienen.

Después, dependiendo de lo que tengan, decidiremos los siguientes pasos. Probablemente necesitemos contactar con la policía, pero no cualquier policía. Hay que ser cuidadosos cuando hay corrupción municipal involucrada. Nunca sabes hasta dónde llegan las conexiones. Llegaron a la sede del ABC color en la calle Jgros del centro de Asunción, aproximadamente 20 minutos después. Era un edificio de varios pisos con el característico logo rojo del periódico iluminado en la entrada. A esa hora del sábado, solo una parte del edificio estaba operativa, principalmente las secciones de edición para preparar la edición dominical.

Las llevaron directamente al tercer piso donde estaba el departamento de investigación. Emilio Vera las esperaba en su oficina. un espacio abarrotado de archivos, recortes de periódicos, libros de consulta y dos computadoras viejas sobre escritorios de madera gastada. Era un hombre de unos 50 años con el cabello gris, profundas líneas de expresión alrededor de los ojos y esa mirada aguda de alguien que ha visto y escrito sobre las peores corrupciones imaginables. Se levantó cuando entraron y les extendió la mano.

Marina, Natalia, adelante, siéntense, por favor. señaló dos sillas frente a su escritorio. Héctor y Rodrigo se quedaron de pie junto a la puerta, claramente interesados en escuchar la historia. Emilio Vera sacó una grabadora de cassette de un cajón y la colocó sobre el escritorio. Con su permiso, me gustaría grabar esta conversación. Es para protegerlas tanto como para documentar lo que tienen que decir. ¿Están de acuerdo? Ambas asintieron. Vera presionó el botón de grabar y la cinta comenzó a girar.

Bien, ahora cuéntenme todo desde el principio, sin apuros, con todos los detalles que puedan recordar. Durante la siguiente hora, Marina y Natalia relataron toda la historia, cómo habían recibido el primer correo electrónico del contacto anónimo PR. Tres semanas atrás, los documentos que les había enviado mostrando discrepancias en las licitaciones para el hospital comunitario de Coronel Oviedo, cómo habían verificado que los nombres y cargos eran reales. la decisión de viajar a Coronel Oviedo para entrevistar a la familia Vera, el Corsablanco, que las había seguido en la ruta dos, el encuentro en la terminal con los hombres

que decían ser de la comisaría, la huida en el autobús, el Toyota gris que las había perseguido de regreso a Asunción, todo. Emilio Vera escuchaba sin interrumpir, solo ocasionalmente tomando notas en un cuaderno amarillo. Cuando terminaron, Vera detuvo la grabadora y se reclinó en su silla pensativo. Esto es serio dijo finalmente. Más serio de lo que probablemente ustedes se dan cuenta. Si hay corrupción en licitaciones municipales para construcción de infraestructura sanitaria, estamos hablando de sumas significativas de dinero.

Y si tienen recursos para coordinar seguimientos con múltiples vehículos y personas entre Coronel Oviedo y Asunción, significa que hay una red organizada detrás de esto. Marina sacó su mochila y extrajo la carpeta Manila con todos los documentos impresos. Aquí está todo lo que tenemos. los correos electrónicos, los documentos de licitación, las discrepancias que identificamos en los montos y los contratistas. Vera tomó la carpeta y comenzó a revisar los documentos cuidadosamente, su expresión volviéndose cada vez más seria con cada página.

“¿Saben qué significa PR?”, preguntó sin levantar la vista de los papeles. Asumimos que son iniciales de nombre. Pero nunca nos lo confirmó, solo firmaba así, respondió Marina. Vera asintió. Podría ser Patricio Ramírez, Pablo Rojas, cualquier combinación. O podría ser una designación de posición, procurador regional, planificación y regulación. Lo importante es que quien sea esta persona les envió documentos genuinos. Estos formatos son auténticos de licitaciones municipales y las discrepancias que identificaron son reales. Héctor Bríez se acercó al escritorio y también examinó algunos documentos.

Emilio, esto es material de investigación de primera línea. Si ABC publica esto con la investigación adecuada, podríamos estar hablando de un escándalo que sacude a varias administraciones municipales en el departamento de Cahuazú, no solo coronel Oviedo. Rodrigo asintió desde su posición junto a la puerta. Pero también significa que estas chicas están en peligro real. No podemos simplemente dejarlas irse a sus casas como si nada. Si los que las siguieron tienen alguna conexión con autoridades locales, probablemente ya saben dónde viven.

El silencio que siguió fue pesado. Marina sintió un escalofrío recorriendo su espalda al comprender plenamente la dimensión del problema en el que se habían metido. No era solo una historia de investigación universitaria. habían tocado intereses poderosos y esos intereses habían reaccionado con violencia preventiva. Natalia, con voz pequeña, preguntó, “¿Qué hacemos entonces? ¿No podemos ir a nuestras casas?” Emilio Vera dejó los documentos sobre su escritorio y las miró directamente. No, esta noche es demasiado arriesgado. Vamos a hacer lo siguiente.

Ustedes se quedarán aquí en el periódico esta noche tenemos un cuarto de descanso en el cuarto piso, donde los periodistas duermen cuando trabajan turnos nocturnos. Mañana domingo, con Luz del día y más gente en las calles, las llevaremos a hablar con un contacto que tengo en la Fiscalía General del Estado, alguien de absoluta confianza. Marina sintió una mezcla de alivio y nueva ansiedad. Y nuestras familias estarán preocupadas si no llegamos a casa. Vera asintió comprensivamente. Pueden llamar a sus familias desde aquí, desde mi teléfono.

Díganles que están bien, que están con profesores de la universidad trabajando en un proyecto importante y que se quedarán en casa de una compañera de clase. No mencionen nada sobre coronel Oviedo ni sobre estar en el periódico. Si alguien está monitoreando, cuanta menos información específica, mejor. Natalia sacó de su bolso una pequeña libreta con números telefónicos. Necesito llamar a mi padre. Va a enloquecer si no llego. Vera le pasó el teléfono. Natalia marcó el número de su casa con manos temblorosas.

Su padre contestó al segundo timbre y la voz de alivio mezclada con preocupación fue audible incluso para los demás en la oficina. Nat, ¿dónde estás? Ya son casi las 8 de la noche. Natalia respiró profundo. Papá, estoy bien. Estoy con Marina. Nos quedamos más tiempo en la universidad trabajando en un proyecto y ahora vamos a dormir en casa de una compañera. Volveré mañana en la tarde. Está bien. Hubo una pausa del otro lado. ¿Estás segura de que estás bien?

Suenas nerviosa. Natalia forzó una risa. Solo cansada, papá. Te prometo que estoy bien. Te llamo mañana temprano. Después de algunas reticencias más, su padre aceptó y colgaron. Marina hizo una llamada similar a su casa hablando con su madre y repitiendo esencialmente la misma historia. Hortensia Pereira tampoco sonó completamente convencida, pero la intuición maternal que había sentido esa mañana no encontró palabras específicas para articularse y finalmente aceptó. Cuando ambas terminaron las llamadas, Emilio Vera se puso de pie.

Héctor, Rodrigo, lleven a las chicas al cuarto piso. Asegúrense de que tengan todo lo que necesiten. Agua, algo de comer, mantas limpias. Yo me quedaré aquí un par de horas más revisando estos documentos en detalle y haciendo algunas llamadas. Mañana a primera hora comenzamos los procedimientos formales. Los dos periodistas asintieron y condujeron a Marina y Natalia fuera de la oficina hacia el elevador. El cuarto piso del edificio de ABC color era notablemente más silencioso que los niveles inferiores.

Contenía principalmente oficinas administrativas y al fondo de un pasillo poco iluminado el cuarto de descanso que Vera había mencionado. Era una habitación pequeña, pero funcional, con dos camas individuales, un pequeño baño privado, un armario y una mesa con sillas. Las ventanas tenían cortinas gruesas que bloqueaban completamente la vista desde afuera. No es el Sheraton, pero es seguro. Bromeó Héctor mientras encendía las luces. El baño está allí. Hay toallas limpias en el armario. Si necesitan algo, marquen el interno 302 desde ese teléfono y llegarán directamente a la oficina de Emilio.

Después de que los periodistas se fueron cerrando la puerta detrás de ellos, Marina y Natalia se quedaron solas por primera vez desde la terminal de Coronel Oviedo. Se miraron y toda la tensión acumulada durante las últimas 12 horas finalmente encontró liberación. Natalia comenzó a llorar primero en silencio, luego con soyloos que sacudían sus hombros. Marina la abrazó y ella también sintió lágrimas corriendo por sus mejillas. “Casi nos atrapan”, susurró Natalia entre soyosos. Si no hubiéramos corrido en ese momento, no sé qué nos habrían hecho.

Marina la sostuvo con fuerza. Pero estamos bien. Estamos a salvo y vamos a contar esta historia. Todo lo que pasamos no será en vano. Permanecieron abrazadas durante largo rato, permitiéndose finalmente sentir el miedo que habían estado reprimiendo para poder funcionar. Eventualmente el llanto se calmó, reemplazado por un agotamiento profundo. Se lavaron la cara en el pequeño baño, bebieron agua directamente del grifo porque no había vasos y se sentaron en las camas, todavía vestidas con la misma ropa que habían usado durante todo ese interminable día.

¿Crees que el contacto, PR esté bien?, preguntó Natalia después de un rato. La señora que contestó el teléfono dijo que se llevaron a Patricio anoche. Si Patricio es PR, entonces Marina terminó el pensamiento. Entonces está en problemas por habernos contactado y es nuestra culpa. Pero Natalia sacudió la cabeza. No, Mari, él nos contactó a nosotros. Él tomó la decisión de exponer esta corrupción. probablemente sabía los riesgos. No podemos culparnos por su valentía. Marina quiso creer eso, pero la culpa seguía allí pesada en su pecho.

Se recostaron en las camas, sin apagar las luces, ninguna de las dos queriendo quedarse en la oscuridad. Natalia se durmió primero, el agotamiento venciendo finalmente al miedo. Marina permaneció despierta más tiempo, mirando el techo manchado de humedad. repasando mentalmente cada decisión que habían tomado. Habían sido imprudentes, ingenuas, valientes, estúpidas, probablemente una mezcla de todo. Eran estudiantes jugando a ser periodistas de investigación y casi les había costado. ¿Qué exactamente? No sabía. y esa ignorancia era quizás lo más aterrador.

A la mañana siguiente, domingo 18 de enero, Marina despertó con la luz del sol, filtrándose apenas por los bordes de las cortinas gruesas. Por un momento desorientado, no recordó dónde estaba. Luego, todo volvió de golpe. Coronel Oviedo, la persecución, la redacción del periódico. Miró su reloj. Eran las 7:30 de la mañana. Natalia todavía dormía profundamente en la otra cama. Marina se levantó silenciosamente y fue al baño. Su reflejo en el espejo le mostró una versión desaliñada y cansada de sí misma.

Cabello enredado, ojeras profundas, la camiseta arrugada. se lavó la cara con agua fría tratando de despejarse. Cuando salió del baño, Natalia estaba despertando. “Buenos días”, murmuró con voz ronca. “¿Dormiste algo?” “Un poco y tú, como una piedra. Creo que mi cuerpo simplemente se apagó”, admitió Natalia estirándose. Tocaron el interno 302 como les habían indicado. Emilio Vera contestó casi inmediatamente como si hubiera estado esperando la llamada. “Buenos días, chicas. ¿Cómo pasaron la noche?” “Bien, gracias. ¿Qué hacemos ahora?”, preguntó Marina.

“Bajen al tercer piso. Les tengo café y pan. Y tenemos que hablar sobre los próximos pasos. Cuando llegaron a la oficina de Vera, encontraron que no estaba solo. Había otra persona con él, una mujer de aproximadamente 40 años, cabello corto, traje formal, con un maletín de cuero sobre sus rodillas. Se presentó como la doctora Lourdes Aquino, fiscal de la Unidad Especializada en Delitos Económicos de la Fiscalía General del Estado. Tenía una expresión seria, pero no hostil, más bien intensamente concentrada.

El señor Vera me contactó anoche y me explicó brevemente la situación. He revisado los documentos que ustedes trajeron. Son preocupantes, por decirlo menos, comenzó la fiscal. Antes de proceder formalmente, necesito que me cuenten toda la historia directamente a mí. El señor Vera tiene una grabación, pero necesito escucharla de sus propias palabras y hacer algunas preguntas. Durante la siguiente hora y media, Marina y Natalia repitieron su relato, esta vez con la fiscal, interrumpiendo frecuentemente para aclarar detalles específicos, fechas exactas, horarios, descripciones físicas de los hombres que las habían perseguido, la patente del Corsa Blanco, el contenido exacto de la conversación telefónica con la mujer de la familia Vera.

La doctora Aquino tomaba notas meticulosas en un cuaderno legal con una caligrafía sorprendentemente clara y organizada. Cuando terminaron, la fiscal se reclinó en su silla y juntó las manos sobre el escritorio. Esto es lo que vamos a hacer. Primero voy a iniciar una investigación formal sobre las irregularidades en las licitaciones de Coronel Oviedo, basándome en los documentos que trajeron. Eso me da jurisdicción legal para actuar. Segundo, voy a solicitar protección policial para ustedes dos, no de la policía local de Coronel Oviedo, obviamente, sino de la policía nacional aquí en Asunción, específicamente de unidades que no tienen conexiones con administraciones municipales del interior.

Tercero, necesito que ustedes hagan declaraciones formales bajo juramento de todo lo que experimentaron ayer. Esas declaraciones se convertirán en parte del expediente oficial. Marina sintió un peso quitándosele de encima. Finalmente, autoridades competentes estaban tomando acción. ¿Y qué hay de Patricio Vera o quien sea, PR, si realmente lo detuvieron? La fiscal levantó una mano. Voy a averiguar sobre eso también. Si hubo una detención ilegal es un delito federal, pero necesito proceder cuidadosamente. Si alerto a las personas equivocadas demasiado pronto, podrían destruir evidencia o peor poner en mayor peligro a testigos potenciales.

El resto del domingo transcurrió en una serie de procedimientos burocráticos, pero necesarios. declaraciones escritas, firmas en documentos oficiales, fotografías de todos los materiales que habían traído para que quedaran registrados formalmente en el expediente. Emilio Vera, mientras tanto, comenzó a escribir un artículo preliminar para la edición del lunes de ABC Color. No incluiría aún nombres específicos ni acusaciones directas. Eso requeriría más verificación y protección legal. Pero sí mencionaría que el periódico estaba investigando posibles irregularidades en licitaciones municipales en el departamento de Cahuazú, basándose en documentación obtenida por estudiantes de periodismo.

Era una forma de poner el caso en el dominio público, ofreciendo una capa adicional de protección. Una vez publicado, cualquier acción contra Marina y Natalia sería obviamente conectada con la historia, haciéndola demasiado visible para ser ignorada. Alrededor de las 4 de la tarde, cuando finalmente terminaron todos los procedimientos, la doctora Aquino organizó que dos oficiales de la Policía Nacional, ambos en ropa civil, escoltaran a Marina y Natalia de regreso a sus respectivas casas. Las instrucciones eran claras.

debían permanecer en sus hogares durante los próximos días, no hablar con periodistas aparte de ABC color y reportar inmediatamente cualquier actividad sospechosa. El oficial que llevó a Marina a su casa en el barrio Trinidad era un hombre joven, probablemente de unos 25 años que se identificó simplemente como agente Sosa. condujo un Chevrolet Corsa azul discreto, nada que llamara la atención. Durante el trayecto, Marina miraba constantemente por los espejos laterales, buscando señales de que los estuvieran siguiendo. No vio nada obvio.

Cuando llegaron a su calle, el agente verificó que no hubiera vehículos sospechosos estacionados cerca antes de permitirle bajar. Va a haber patrullas discretas pasando por esta cuadra durante los próximos días”, le informó. “Si ve algo extraño, cualquier cosa, llame inmediatamente al número que la fiscal le dio.” Marina asintió y bajó del auto. Caminó rápidamente hacia el portón de hierro de su casa, sacó sus llaves y entró. Su madre estaba en el comedor y la expresión de alivio mezclado con ira en su rostro fue inmediata.

¿Dónde estuviste realmente, Marina Duarte? Y no me digas que en casa de una compañera, porque tu voz ayer por teléfono me decía que estabas mintiendo. Marina cerró la puerta detrás de ella y se dejó caer en el sofá. Por primera vez en más de 24 horas se sintió verdaderamente segura. Mamá, siéntate. Tengo que contarte algo. Esa noche, después de explicarle toda la historia a su horrorizada madre que oscilaba entre el orgullo por su valentía y la furia por su imprudencia, Marina se conectó a internet en la computadora familiar.

Ingresó al foro estudiantil de la universidad, donde había dejado su mensaje críptico el sábado por la mañana. Habían pasado solo 36 horas, pero parecía una eternidad. Vio que su mensaje había generado varias respuestas, principalmente de compañeros confundidos preguntando de qué estaba hablando. Escribió un nuevo mensaje. Nat y yo estamos bien. La historia es real y más grande de lo que pensábamos. Pronto sabrán más. Gracias por preocuparse. Md. Luego cerró la sesión y apagó la computadora. Estaba exhausta, pero también sentía algo más, un sentido de propósito.

Habían sobrevivido, habían expuesto el inicio de algo corrupto y peligroso. Y aunque el camino hacia adelante estaba lleno de incertidumbre, sabía que no podían detenerse ahora. La historia debía ser contada completa sin importar los riesgos. Se durmió esa noche en su propia cama con su madre sentada en una silla junto a la puerta, negándose a dejarla sola, incluso después de que Marina le asegurara repetidamente que había policías vigilando la casa. El lunes 19 de enero amaneció con cielos grises y la promesa de lluvia, algo inusual para mediados del verano paraguayo, pero no sin precedentes.

Marina despertó tarde, alrededor de las 10 de la mañana, después de la noche más larga y profunda de sueño que había tenido en días. Su cuerpo seguía procesando el trauma de las últimas 48 horas. Cuando bajó a la cocina, encontró a su madre preparando sopa paraguaya y chipas con el diario ABC color extendido sobre la mesa del comedor. Marina lo tomó inmediatamente buscando el artículo de Emilio Vera. Lo encontró en la página 7 en la sección de investigación.

Estudiantes de periodismo denuncian irregularidades en licitaciones municipales del interior. Fiscalía inicia investigación sobre posible corrupción en obras públicas. El artículo era cuidadosamente redactado, mencionando que dos estudiantes de la Universidad Católica, cuyas identidades se mantienen en reserva por razones de seguridad, habían aportado documentación que sugería discrepancias significativas en procesos de licitación para la construcción de infraestructura sanitaria en municipios del departamento de Cahuazú. No nombraba específicamente a coronel Oviedo ni a ninguno de los funcionarios, pero dejaba claro que había una investigación oficial en curso.

Marina leyó el artículo tres veces, sintiendo una mezcla de satisfacción y aprensión. satisfacción porque su trabajo estaba siendo reconocido y tomado en serio, aprensión porque ahora era público y cualquiera con conexiones podría fácilmente deducir quiénes eran las dos estudiantes de la Universidad Católica. Sonó el teléfono. Hortensia contestó y después de un breve intercambio le pasó el auricular a Marina. Es el Dr. Benítez de tu universidad. Marina tomó el teléfono con cierto nerviosismo. Doctor Benítez, Marina, acabo de leer el artículo de Emilio en ABC.

También recibí el correo electrónico que me enviaste el sábado por la mañana. ¿Estás bien? Tú y Natalia, ¿están seguras? Su voz denotaba genuina preocupación. Marina sintió un calor de gratitud. Estamos bien, doctor. Fue complicado, pero la fiscalía está involucrada ahora y hay protección policial. El doctor Benítez suspiró audiblemente. Marina, lo que hicieron fue extremadamente valiente, pero también extremadamente peligroso. Como tu profesor, me siento parcialmente responsable. debía haberles advertido más claramente sobre los riesgos del periodismo de investigación en un país donde la corrupción todavía tiene raíces profundas.

No se culpe, doctor. Fuimos nosotras quienes decidimos seguir la historia. Lo sé, lo sé, pero escúchame, los próximos días y semanas van a ser difíciles. Habrá presión, posiblemente intentos de intimidación y definitivamente habrá gente tratando de desacreditar su trabajo. Necesitan ser fuertes, pero también inteligentes. No den entrevistas sin consultar primero con la fiscal o con Emilio. No publiquen nada en redes o foros estudiantiles sobre detalles del caso. Y por favor, por favor, mantengan un perfil bajo hasta que la situación se estabilice.

Marina prometió seguir sus consejos. Después de colgar, se sentó con su madre y ambas comieron en un silencio contemplativo. Alrededor de la 1 de la tarde sonó nuevamente el teléfono. Esta vez era Natalia. ¿Viste el artículo? Sí, lo leí esta mañana. ¿Cómo estás? Asustada, pero bien. Mi padre está furioso conmigo, pero también está asustado por mí, así que es una mezcla extraña. ¿Has sabido algo más de la fiscal? No, nada desde ayer. Supongo que están procesando la información e iniciando la investigación formal.

Mari, he estado pensando, “¿Y si esto no lleva a nada? ¿Y si los corruptos tienen suficiente poder para enterrar la investigación? Habríamos pasado por todo esto para nada. Marina entendía el miedo de Natalia. No podemos pensar así. Hicimos lo correcto. Expusimos algo que necesitaba ser expuesto. El resto está fuera de nuestras manos ahora. Los siguientes días transcurrieron en una extraña combinación de aburrimiento y ansiedad. Marina y Natalia permanecieron mayormente en sus casas, comunicándose por teléfono varias veces al día.

El martes, la doctora Aquino las llamó para informarles que la investigación estaba procediendo, que habían solicitado documentación oficial a la municipalidad de Coronel Oviedo, lo cual, por supuesto, alertaría a los involucrados y que estaban tratando de localizar a la familia Vera para verificar la historia de la detención de Patricio. El miércoles, Emilio Vera publicó un segundo artículo, esta vez con un poco más de detalles, mencionando específicamente irregularidades en la licitación para la construcción del hospital comunitario de Coronel Oviedo, con discrepancias entre los fondos asignados y los montos aparentemente pagados a contratistas.

El artículo causó revuelo. Otros periódicos comenzaron a recoger la historia. La radiouti, una de las emisoras más escuchadas del país, dedicó un segmento de su programa matinal a discutir corrupción en municipios del interior. Coronel Oviedo, específicamente no fue mencionado al principio, pero para el jueves ya circulaban rumores en medios de comunicación y en conversaciones públicas. La presión mediática estaba funcionando. El viernes 23 de enero, 5 días después de su regreso de Coronel Oviedo, Marina recibió una llamada inesperada.

Era un número desconocido. Vaciló antes de contestar, pero finalmente lo hizo. Hola, Marina Duarte. Era una voz masculina, joven, nerviosa. Sí. ¿Quién habla? Me llamo Patricio Vera. Creo que estuviste buscándome el sábado pasado. El corazón de Marina dio un salto. Patricio, ¿eres tú? ¿Estás bien? Tu madre o la persona que contestó el teléfono dijo que te habían llevado. Fue mi tía quien contestó el teléfono y tenía razón. Me detuvieron la noche del viernes, pero no oficialmente. Fueron hombres sin identificación.

Me llevaron a un lugar. Me interrogaron durante horas. sobre qué había estado diciendo a periodistas o estudiantes. Me amenazaron. Dijeron que si no me callaba mi familia sufriría, pero no tenían nada concreto contra mí, así que eventualmente me soltaron con una advertencia. Estuve escondido en casa de un primo en Villarrica durante estos días, pero ahora que la historia está saliendo en los periódicos, decidí que era el momento de hablar. Marina apenas podía creer lo que escuchaba. Fuiste tú quien nos contactó.

Eres PR. Sí. Patricio Roque Vera, trabajo. Trabajaba en la oficina de obras públicas de la municipalidad como asistente administrativo. Vi las irregularidades, hice copias de documentos y sabía que si los entregaba directamente a la prensa local, sería inmediatamente identificado y probablemente terminaría desaparecido permanentemente. Por eso los envié a estudiantes de periodismo en Asunción. Pensé que podrían contar la historia sin que se rastreara directamente hasta mí. “¿Estás dispuesto a testificar, a hablar con la fiscalía?”, preguntó Marina urgentemente.

Hubo una pausa. “Sí, por eso te estoy llamando. Vi tu publicación en el foro universitario. Encontré tu número a través de la guía telefónica. Necesito contactar con la fiscal que está manejando el caso. ¿Puedes ayudarme? Marina no podía creer su suerte. Sí, absolutamente. Espera, déjame darte el número directo de la doctora Lourdes Aquino. Ella te protegerá. Hay procedimientos para testigos en casos de corrupción. Le dio el número y Patricio lo anotó. Gracias, Marina. Y gracias a ti y a tu amiga por tener el coraje de seguir con esto, incluso después de lo que les pasó.

Escuché sobre la persecución. Lo siento. No pensé que reaccionarían tan agresivamente tan rápido. No te disculpes. Hiciste lo correcto al exponer esto. Ahora vamos a terminarlo juntos. Después de colgar, Marina inmediatamente llamó a la doctora Aquino para informarle sobre Patricio Vera. La fiscal se mostró extremadamente interesada y dijo que esperaría la llamada de Patricio para coordinar un encuentro seguro. Esto podría ser el punto de quiebre del caso, dijo Aquino. Un testigo interno con documentación directa es exactamente lo que necesitamos para proceder con acusaciones formales.

El sábado 24 de enero, exactamente una semana después de su viaje a Coronel Oviedo, Marina y Natalia fueron invitadas a una reunión en la oficina de la doctora Aquino. Patricio Vera estaba allí, un joven de aproximadamente 23 años, delgado, con lentes gruesos y una expresión que mezclaba miedo y determinación. Se abrazaron como viejos amigos, unidos por una experiencia compartida de peligro y propósito. Patricio había traído documentación adicional que había mantenido escondida. registros de pagos, facturas falsificadas, correos electrónicos internos de la municipalidad que mostraban conocimiento consciente de las irregularidades por parte de funcionarios de alto nivel.

Con esta evidencia, la doctora Aquino explicó podía proceder a solicitar órdenes de arresto contra Dionisio Acuña y Ramón Peralta, junto con varios otros funcionarios involucrados. Esto va a explotar en los medios, advirtió la fiscal. Cuando hagamos los arrestos, probablemente la semana que viene ustedes tres van a ser identificados públicamente como las personas que destaparon el caso. Habrá atención, habrá presión y posiblemente habrá intentos de represalias legales o sociales. Necesitan estar preparados para eso. Los tres jóvenes se miraron entre sí.

Patricio habló primero. He vivido con miedo durante meses. Ya no quiero tener miedo. Prefiero vivir con la verdad afuera que con el secreto envenenándome por dentro. Natalia asintió. Lo mismo aquí. Ya llegamos hasta aquí. No tiene sentido retroceder ahora. Marina sintió una oleada de afecto por estos dos compañeros en esta extraña batalla. Entonces lo hacemos juntos. Contamos la historia completa. Los arrestos se produjeron el miércoles 28 de enero temprano por la mañana. Dionisio Acuña fue detenido en su casa en Coronel Oviedo.

Ramón Peralta fue arrestado en su oficina de la municipalidad y tres funcionarios más fueron apreendidos durante operativos coordinados. Las imágenes de los arrestos filmadas por equipos de prensa que la fiscalía había alertado estratégicamente dominaron los noticieros de televisión ese día. Ibor publicó un artículo extenso de primera plana al día siguiente con fotografías de Marina, Natalia y Patricio, identificándolos como los jóvenes que destaparon la red de corrupción en Coronel Oviedo. El artículo detallaba toda la historia, la investigación inicial de las estudiantes, el viaje peligroso, la persecución, el testimonio valiente de Patricio.

La reacción pública fue abrumadoramente positiva. En un país todavía recuperándose de décadas de dictadura y corrupción institucionalizada, la historia de tres jóvenes enfrentando a poderosos corruptos resonó profundamente. Hubo manifestaciones de apoyo en Asunción y en Coronel Oviedo. La Universidad Católica organizó un evento público donde Marina y Natalia hablaron sobre periodismo ético e investigativo, llenando el auditorio más grande del campus. Sin embargo, también hubo costos. Marina recibió llamadas telefónicas amenazantes en su casa durante las primeras semanas después de los arrestos, todas desde números bloqueados.

Natalia fue acosada brevemente en redes sociales por personas que cuestionaban sus motivos o la acusaban de buscar fama. Patricio perdió su trabajo, lo cual era esperado, y tuvo dificultades para encontrar uno nuevo durante meses debido a la notoriedad del caso. Pero los tres se mantuvieron firmes, testificaron en las audiencias preliminares, proporcionaron toda la documentación y evidencia necesarias y soportaron los interrogatorios agresivos de los abogados defensores que intentaban desacreditar sus testimonios. El proceso judicial se extendería durante más de un año.

Finalmente, en marzo de 1999, Dionisio Acuña y Ramón Peralta fueron condenados a 8 y 6 años de prisión, respectivamente, por delitos de malversación de fondos públicos, fraude en licitaciones y asociación ilícita. Los otros funcionarios involucrados recibieron sentencias menores o penas suspendidas a cambio de cooperación. Se recuperaron aproximadamente el 60% de los fondos desviados que fueron redistribuidos para completar la construcción del hospital comunitario de Coronel Oviedo. En diciembre de 1999, casi 2 años después de aquellos tensos días de enero de 1998, el hospital finalmente abrió sus puertas al público.

Marina, Natalia y Patricio fueron invitados como huéspedes de honor a la ceremonia de inauguración. Fue un momento agridulce, satisfacción por haber contribuido a algo tangiblemente bueno, pero también el reconocimiento de que esta era solo una pequeña victoria en una guerra mucho más grande contra la corrupción sistemática. Marina se graduó de comunicación social en el año 2000 con honores, presentando su tesis sobre ética en periodismo de investigación, naturalmente basada en su experiencia con el caso de coronel Oviedo.

Fue contratada inmediatamente por ABC Color, trabajando en el mismo departamento de investigación donde Emilio Vera continuaba siendo editor. dedicaría su carrera a destapar casos de corrupción y dar voz a los sin voz, convirtiéndose en una de las periodistas más respetadas de Paraguay. Natalia también se graduó el mismo año, pero decidió tomar un camino diferente. Utilizó su experiencia fotográfica para convertirse en fotoperiodista independiente, documentando historias de comunidades rurales y pueblos indígenas, trabajo que le valdría varios reconocimientos nacionales e internacionales.

Patricio Vera, después de meses de dificultades económicas, fue contratado por una organización no gubernamental enfocada en transparencia gubernamental y anticorrupción. Su experiencia interna en cómo funcionaban las irregularidades municipales lo convirtió en un valioso consultor para capacitaciones sobre detección de fraude en instituciones públicas. Los tres permanecieron amigos cercanos, unidos por aquella experiencia compartida que los había marcado para siempre. Años más tarde, en entrevistas y conferencias, cuando les preguntaban sobre aquellos días de enero de 1998, los tres ofrecían reflexiones similares.

Patricio solía decir, “El silencio es cómplice de la injusticia. Hablar tiene un costo, pero el costo de callar es mucho mayor para la sociedad. Natalia reflexionaba. éramos jóvenes e ingenuos, sí, no medimos completamente los riesgos, pero a veces la ingenuidad y el idealismo juvenil son exactamente lo que se necesita para desafiar sistemas corruptos que los adultos han aceptado como inevitables. Marina, cuando le preguntaban si volvería a hacerlo sabiendo los peligros, siempre respondía sin dudar, absolutamente, porque descubría en aquellos días quién quería ser realmente, no solo como periodista, sino como persona.

Y esa claridad, esa certeza de propósito es algo que muchas personas buscan toda su vida sin encontrar. Yo la encontré a los 19 años en un autobús huyendo de coronel Oviedo, aterrorizada, pero absolutamente segura de que estábamos haciendo lo correcto. El caso del Paraguay de 1998, como llegó a ser conocido informalmente, se convirtió en un caso de estudio en facultades de periodismo, no solo en Paraguay, sino en toda América Latina. Representaba tanto lo mejor como lo más peligroso del periodismo de investigación.

Jóvenes ideales dispuestos a arriesgar su seguridad para exponer la verdad. Instituciones corruptas dispuestas a intimidar y amenazar para proteger sus intereses y el poder de la transparencia y la presión pública para eventualmente lograr justicia. Sin embargo, la historia no terminó completamente en 1999 con las condenas. En 2003, durante una investigación no relacionada sobre narcotráfico en el departamento de Cahuasú, autoridades federales descubrieron conexiones entre algunos de los mismos funcionarios que habían sido condenados en el caso del hospital y redes de lavado de dinero vinculadas al crimen organizado.

La corrupción en la municipalidad de Coronel Oviedo había sido solo la punta de un iceberg mucho más grande. Esta revelación validó retroactivamente lo que Marina, Natalia y Patricio habían intuido en 1998 que se estaban enfrentando a algo más profundo y peligroso de lo que habían comprendido inicialmente. Cuando la nueva evidencia salió a luz, Emilio Vera escribió un artículo editorial en ABC color, reflexionando sobre el caso original. Concluía con estas palabras: “Tres jóvenes, armados solo con curiosidad, principios y un coraje que desafiaba su propia seguridad, iniciaron un proceso que eventualmente ayudó a exponer una red criminal que operaba con impunidad.

Su historia nos recuerda que el cambio social no siempre viene de instituciones establecidas o políticos profesionales. A veces viene de estudiantes con mochilas llenas de documentos impresos y corazones llenos de indignación contra la injusticia. Paraguay les debe una deuda de gratitud. El artículo fue enmarcado y colgado en la pared de la Facultad de Comunicación de la Universidad Católica, donde permanece hasta hoy. En enero de 2008, en el décimo aniversario del caso, ABCOR organizó una reunión conmemorativa. Marina, ahora editora asistente del departamento de investigación, Natalia, cuyo trabajo fotográfico había sido exhibido en Galerías de Buenos Aires y Sao Paulo.

Y Patricio, quien dirigía un programa nacional de capacitación en transparencia municipal, se reunieron nuevamente en la misma oficina del tercer piso, donde habían pasado aquella noche de enero de 1998. Emilio Vera, ahora semiretirado, pero todavía escribiendo columnas ocasionales, también estaba presente. Se sentaron alrededor del mismo escritorio manchado de café, riendo mientras recordaban detalles que con el tiempo se habían vuelto menos aterradores y más anecdóticos. La mochila azul de Marina con los documentos originales. La cámara Nikon de Natalia capturando fotos del Toyota Gris que los seguía, el mensaje críptico en el foro universitario que nadie había entendido en ese momento.

La llamada telefónica de Patricio, que había cambiado todo. “¿Saben cuál fue el momento más aterrador para mí?”, preguntó Natalia durante la reunión. No fue cuando nos perseguían en el autobús ni cuando esos hombres nos agarraron en la terminal. Fue después, esa noche en el cuarto del cuarto piso, cuando finalmente nos dejaron solas y me di cuenta de que nuestras vidas habían cambiado permanentemente, que nunca volveríamos a ser las estudiantes ingenuas que habíamos sido esa mañana. Marina asintió.

Yo también sentí eso. Es como si hubiéramos cruzado un umbral y no había forma de volver. Nos habíamos convertido en algo diferente, testigos, participantes, protagonistas de algo más grande que nosotras mismas. Patricio agregó su propia reflexión. Para mí, el momento decisivo fue cuando finalmente los llamé. Había estado escondido durante días debatiendo si debía simplemente desaparecer, cambiar mi nombre, mudarme a Argentina o Brasil y olvidar todo. Pero entonces vi el artículo en el periódico sobre dos estudiantes valientes que habían arriesgado sus vidas siguiendo la información que yo les había enviado.

Me di cuenta de que si yo no daba un paso adelante, estaría traicionando su coraje. Así que hice esa llamada y mi vida también cambió para siempre. Emilio Vera, escuchando a los tres jóvenes que ya no eran tan jóvenes, sonrió con una mezcla de orgullo y nostalgia. ¿Saben qué es lo que más me impresiona de esta historia? Incluso ahora, 10 años después, no es solo que expusieron la corrupción o que lograron condenas, es que nunca se rindieron a pesar de tener todas las razones para hacerlo.

El miedo, las amenazas, la presión social, las dificultades personales y profesionales que vinieron después. Cualquiera de esas cosas podría haber hecho que desistieran, pero los tres se mantuvieron firmes. Eso, esa perseverancia es lo que realmente cambia sociedades. En 2018, 20 años después de los eventos, el gobierno de Paraguay anunció la creación del Premio Nacional de Periodismo de Investigación Marina Duarte y Natalia Cabrera. en honor a las dos periodistas que habían iniciado el caso. Ambas asistieron a la ceremonia de inauguración, ahora mujeres de 40 años con carreras distinguidas y familias propias, pero todavía con ese brillo en los ojos de quienes habían vivido algo extraordinario en su juventud.

Cuando les pidieron que hablaran, Marina tomó el micrófono primero. Natalia y yo éramos apenas estudiantes con más curiosidad que sentido común cuando comenzamos esto. No teníamos la experiencia de periodistas veteranos, no teníamos las conexiones de investigadores establecidos, no teníamos los recursos de instituciones poderosas. Lo que teníamos era la creencia fundamental de que la verdad importa, de que la corrupción debe ser expuesta y de que personas comunes pueden hacer cosas extraordinarias cuando se niegan a aceptar la injusticia como inevitable.

Ese mensaje, esa lección es lo que esperamos que este premio inspire en futuras generaciones de periodistas. Natalia agregó, y también queríamos que este premio llevara un mensaje implícito. El periodismo de investigación es peligroso, es difícil, a menudo es ingrato, pero es absolutamente esencial para una democracia saludable. Si nuestros nombres en este premio pueden inspirar aunque sea a una persona más a tomar ese camino, a hacer las preguntas incómodas, a no aceptar las versiones oficiales sin cuestionarlas, entonces todo lo que pasamos habrá valido la pena multiplicado por 1000.

El caso del Paraguay de 1998 permanece más de dos décadas después como un recordatorio poderoso de varias verdades fundamentales sobre el periodismo, la justicia y el coraje cívico. Primero que la edad y la experiencia no son requisitos previos para el periodismo importante. A veces la perspectiva fresca y la determinación no comprometida de la juventud ven verdades que observadores más experimentados han aprendido a ignorar. Segundo, que la tecnología emergente en 1998, el correo electrónico e internet estaban apenas comenzando a ser herramientas periodísticas, puede democratizar el acceso a información y crear nuevas formas de exponer corrupción.

Tercero, que el periodismo de investigación requiere no solo habilidades técnicas, sino también coraje moral, la voluntad de enfrentar consecuencias personales por el bien público y, finalmente, que sistemas de apoyo, mentores como el doctor Benítez y Emilio Vera, instituciones como ABC Color, profesionales comprometidos como la doctora Aquino, son esenciales para proteger y empoderar a quienes se atreven a desafiar poderes corruptos. Marina, Natalia y Patricio nunca se consideraron héroes. En conversaciones privadas, los tres admitían que habían tenido tanta suerte como valentía, que las cosas podrían haber salido terriblemente mal en docenas de momentos diferentes durante aquellos días de enero de 1998.

Pero también reconocían que habían hecho elecciones conscientes en momentos críticos. La decisión de Marina de escribir ese correo electrónico preventivo antes de salir, la decisión de correr hacia el autobús en lugar de acompañar a los hombres. la decisión de Patricio de hacer esa llamada telefónica después de días de esconderse. Esas elecciones, tomadas en fracción de segundos bajo inmenso estrés habían determinado no solo sus destinos individuales, sino también el destino de una investigación que eventualmente expuso corrupción que afectaba a miles de personas.

Los archivos del caso, incluyendo los documentos originales que Marina había llevado en su mochila azul ese sábado fatídico, fueron eventualmente donados al Archivo Nacional de Paraguay, donde están disponibles para investigadores e historiadores. Las fotografías que Natalia tomó durante aquellos días del Toyota Gris, siguiéndolas de reuniones con la fiscal de Patricio, cuando lo conocieron por primera vez, fueron incluidas en una exposición retrospectiva titulada Testigos de coraje, periodismo de investigación en América Latina, que viajó por varios países de la región y las grabaciones de audio que Emilio Vera había hecho de las entrevistas originales.

Con las dos estudiantes asustadas, pero determinadas, se convirtieron en material de enseñanza en cursos universitarios sobre ética periodística. El hospital comunitario de Coronel Oviedo, que había estado en el centro de todo el escándalo, fue finalmente completado y expandido en 2005, convirtiéndose en uno de los centros médicos regionales más importantes del departamento de Caguazú. Una placa en el vestíbulo principal conmemora a los ciudadanos valientes que expusieron la corrupción que originalmente retrasó este proyecto, asegurando que estos recursos finalmente sirvieran al pueblo para el cual fueron destinados.

Aunque la placa no nombra específicamente a Marina, Natalia y Patricio, todos en la región saben a quiénes se refiere. En 2023, 25 años después de los eventos, una productora paraguaya anunció planes para crear una miniserie televisiva basada en el caso. Marina, Natalia y Patricio fueron consultados como asesores históricos, asegurando que la dramatización permaneciera fiel a los hechos esenciales mientras reconocía las necesidades narrativas de la ficción. televisiva. Durante las sesiones de consultoría, los tres revisitaron juntos cada detalle de aquellos días, a veces riéndose de cosas que en su momento habían sido aterradoras, a veces todavía sintiendo el peso emocional de decisiones que habían tomado cuando eran apenas mayores que adolescentes.

¿Lo harían de nuevo?, les preguntó el director de la serie durante una de esas sesiones. Los tres respondieron simultáneamente, sin dudar, “Sí, como luego casi en el mismo momento, los tres añadieron, pero con más preparación esta vez.” Esa respuesta encapsuló perfectamente la complejidad de su experiencia. orgullo por lo que habían logrado, reconocimiento de los riesgos que habían asumido y la sabiduría que solo viene de haber vivido las consecuencias de decisiones valientes. La historia de Marina Duarte Pereira y Natalia Cabrera Díaz, las dos jóvenes estudiantes que dejaron un mensaje en sus redes antes de desaparecer brevemente

en los peligros del periodismo de investigación y luego reaparecieron para cambiar no solo el curso de sus propias vidas, sino también el panorama de la lucha contra la corrupción en Paraguay continúa inspirando nuevas generaciones. En aulas de periodismo en Asunción, Buenos Aires, Bogotá, Ciudad de México y más allá, profesores utilizan su caso para ilustrar tanto las oportunidades como los peligros del periodismo comprometido con la verdad. Y cada año, el 17 de enero, aniversario del día en que dos estudiantes abordaron un autobús hacia Coronel Oviedo, sin saber completamente a qué se enfrentaban, ABCOR publica un editorial

recordando que el periodismo no es solo una profesión, sino también un acto de fe en la posibilidad de que la verdad eventualmente y contra todas las probabilidades prevalezca. Okay.