La mañana del 11 de febrero de 1996 amaneció como cualquier otra en el barrio de Coyoacán, Ciudad de México. El sol apenas comenzaba a asomar entre los edificios cuando Eduardo Salas se levantó de la cama a las 5:30 de la mañana como había hecho durante los últimos 14 años. Su esposa Valentina sintió el movimiento, pero permaneció con los ojos cerrados, acostumbrada a ese ritual matutino que marcaba el inicio de cada día laboral de su marido. El agua de la regadera comenzó a correr en el baño pequeño del departamento de dos habitaciones que habían alquilado desde que se casaron en 1982.
Eduardo trabajaba como contador en una empresa mediana de textiles llamada Manufacturas Industriales del Valle, ubicada en la zona industrial de Naucalpan. Era un hombre metódico de 42 años que nunca había faltado un solo día al trabajo sin previo aviso. Sus compañeros lo describían como serio, pero amable, alguien que siempre cumplía con sus responsabilidades y nunca se involucraba en los chismes de oficina. Valentina conocía cada uno de sus hábitos, cómo doblaba sus camisas, como siempre se ponía el zapato izquierdo primero, cómo tomaba su café solo y sin azúcar mientras leía el periódico durante exactamente 15 minutos antes de salir.
Esa mañana, Eduardo salió del baño envuelto en una toalla y se dirigió al pequeño closet que compartían. Valentina abrió los ojos y lo observó mientras él se vestía con su traje gris, el mismo que usaba los lunes y martes. Había algo diferente en él, una tensión en sus hombros que ella no logró descifrar en ese momento. Cuando sus miradas se cruzaron, Eduardo esbozó una sonrisa breve, casi forzada, y murmuró un buenos días que sonó más apagado que de costumbre.
Valentina se incorporó en la cama y le preguntó si se sentía bien. Él asintió sin decir nada más y continuó vistiéndose. En la cocina, mientras Eduardo preparaba su café, Valentina notó que sus manos temblaban ligeramente al sostener la taza. Le preguntó de nuevo si todo estaba bien, si había dormido mal o si algo le preocupaba. Eduardo negó con la cabeza y le dijo que solo había tenido una mala noche, que probablemente había comido algo pesado en la cena.
Ella no quedó convencida, pero conocía a su marido lo suficiente como para saber que cuando él decidía guardar silencio sobre algo, era inútil presionarlo. Ya hablaría cuando estuviera listo, pensó. Siempre lo hacía. A las 6:45 de la mañana, Eduardo tomó su maletín de cuero café, el mismo que Valentina le había regalado 5 años atrás por su cumpleaños.
Lo revisó dos veces, como si verificara que no olvidara nada importante. Besó a su esposa en la frente, un gesto que había repetido miles de veces, pero que esa mañana se sintió diferente, más prolongado, casi como una despedida. Valentina se quedó parada en el marco de la puerta de la cocina, observándolo mientras él caminaba hacia la salida. Eduardo se detuvo por un momento con la mano en el picaporte y se volteó para mirarla una última vez. Sus ojos tenían una expresión que ella no pudo interpretar.

tristeza, miedo, arrepentimiento. Antes de que pudiera preguntarle algo, él abrió la puerta y salió del departamento. El sonido de sus pasos bajando las escaleras del edificio se desvaneció gradualmente hasta que solo quedó el silencio. Valentina se quedó de pie en la cocina durante varios minutos con una sensación extraña en el estómago que no podía explicar. Era como si una parte de ella supiera que algo fundamental acababa de cambiar, aunque su mente racional le decía que estaba siendo dramática, que Eduardo simplemente había tenido una mala noche y que regresaría a las 6:30 de la tarde, como siempre hacía.
Las horas pasaron con una lentitud agobiante. Valentina trabajaba como maestra en una escuela primaria a pocas cuadras de su casa. Y ese día le costó concentrarse en sus clases. Los niños de tercer grado notaron su distracción y uno de ellos, un pequeño llamado Arturo, le preguntó si se sentía mal. Ella sonrió y le aseguró que todo estaba bien, pero la inquietud no la abandonó durante todo el día. Durante el recreo llamó a la oficina de Eduardo desde el teléfono público de la escuela, pero la secretaria le informó que él había salido temprano a una reunión con un cliente y que aún no había regresado.
Eso era inusual, pero no completamente fuera de lo normal. Eduardo ocasionalmente tenía reuniones fuera de la oficina. A las 6:30 de la tarde, Valentina llegó a su departamento y encontró todo exactamente como lo había dejado por la mañana. El café de Eduardo seguía en la taza sobre la mesa de la cocina a medio terminar. Ella preparó la cena esperando escuchar en cualquier momento el sonido de la llave en la cerradura. A las 7 comenzó a preocuparse seriamente.
A las 8 volvió a llamar a la oficina. Pero nadie contestó. A las 9 llamó a la casa de Rodrigo, el mejor amigo de Eduardo y también su compañero de trabajo. Pero su esposa le dijo que Rodrigo no sabía nada sobre el paradero de Eduardo y que él tampoco había llegado tarde al trabajo ese día. A las 10 de la noche, Valentina estaba caminando de un lado a otro del pequeño departamento, retorciendo sus manos con ansiedad. había llamado a los tres hospitales principales de la zona preguntando si habían ingresado a alguien con el nombre de Eduardo Salas, pero todos le dieron respuestas negativas.
También había llamado a la policía de tránsito para preguntar sobre accidentes, pero tampoco había información. Su mente comenzó a imaginar los peores escenarios: un asalto, un accidente grave, un secuestro. En México, especialmente en 1996, los secuestros eran una realidad aterradora que afectaba a muchas familias de clase media. Esa noche, Valentina no durmió. Se quedó sentada en el sofá de la sala con todas las luces encendidas, esperando que en cualquier momento se abriera la puerta y Eduardo entrara con alguna explicación razonable para su ausencia.
Pero la puerta nunca se abrió. Al amanecer del 13 de febrero, con los ojos hinchados y el corazón destrozado, Valentina tomó una decisión. Iría directamente a la oficina de Eduardo para obtener respuestas. El edificio de manufacturas industriales del Valle era una construcción de cinco pisos de concreto gris ubicado en una zona industrial ruidosa y contaminada. Valentina llegó a las 8 de la mañana y subió directamente al tercer piso, donde estaba el departamento de contabilidad. La secretaria, una mujer joven llamada Patricia, la reconoció de inmediato porque había estado en varias fiestas de la empresa.
Su rostro mostró sorpresa cuando Valentina le preguntó por Eduardo. “¿No está en casa?”, preguntó Patricia con genuina confusión. No ha venido al trabajo desde ayer. El licenciado Fuentes estaba muy molesto porque Eduardo tenía que entregar unos reportes importantes y nunca llegó. Pensamos que estaba enfermo. Las palabras de Patricia cayeron sobre Valentina como un balde de agua helada. Eduardo nunca había llegado al trabajo el día anterior. Eso significaba que había desaparecido apenas salió de su casa o en algún momento durante su trayecto habitual.
Valentina sintió que las piernas le flaqueaban y tuvo que sostenerse del escritorio de Patricia para no caer. La secretaria se levantó rápidamente y la ayudó a sentarse en una silla ofreciéndole un vaso de agua. Tengo que hablar con el licenciado Fuentes”, dijo Valentina con voz temblorosa. “Por favor, necesito saber si Eduardo dijo algo, si mencionó algún problema, cualquier cosa que pueda ayudarme a encontrarlo.” El licenciado Fuentes era un hombre corpulento de unos 50 años, con un bigote grueso y una expresión perpetuamente seria.
Recibió a Valentina en su oficina con una mezcla de preocupación y molestia. le explicó que Eduardo había estado comportándose de manera extraña durante las últimas dos semanas, que parecía nervioso y distraído, que había cometido algunos errores inusuales en sus reportes. Fuentes había pensado en hablar con él sobre eso, pero Eduardo siempre había sido un empleado ejemplar y decidió darle el beneficio de la duda. “¿Notó algo más?”, preguntó Valentina, aferrándose a cualquier pista que pudiera explicar lo que había sucedido.
Eduardo recibió llamadas extrañas. Alguien vino a buscarlo, mencionó problemas con alguien. Fuentes negó con la cabeza, pero luego hizo una pausa como recordando algo. Ahora que lo menciona, hace como una semana vi a Eduardo hablando con un hombre en el estacionamiento. No lo reconocí, no era de la empresa. Eduardo parecía, no sé como asustado. Cuando le pregunté después quién era, me dijo que era un primo lejano que necesitaba un favor. No le di más importancia. Valentina sintió que el mundo se inclinaba.
Un primo lejano. Eduardo no tenía primos en la Ciudad de México. Toda su familia vivía en Guadalajara y él no mantenía contacto cercano con ellos. ¿Por qué le mentiría a su jefe sobre algo así? ¿Qué estaba ocultando? Las preguntas se acumulaban en su mente sin respuestas satisfactorias. Después de salir de la oficina, Valentina se dirigió directamente a la delegación de policía más cercana para reportar formalmente la desaparición de su marido. El agente que la atendió, un hombre de mediana edad con una actitud desinteresada que reflejaba la sobrecarga de trabajo y la falta de recursos del sistema, tomó su declaración con una lentitud exasperante.
hizo preguntas rutinarias. Descripción física de Eduardo, qué ropa llevaba puesta. Si tenía alguna señal particular, si había tenido problemas maritales recientemente, si consumía drogas o alcohol, si tenía deudas conocidas. Valentina respondió cada pregunta con paciencia, aunque por dentro sentía que iba a explotar. El agente le dijo que en casos de adultos desaparecidos había que esperar 48 horas antes de iniciar una búsqueda activa, porque muchas veces las personas aparecían por su cuenta. Ella protestó. explicó que Eduardo no era el tipo de hombre que desaparecía sin avisar, que algo grave debía haber sucedido, pero el agente se limitó a tomar notas y le prometió que comenzarían a investigar si Eduardo no aparecía en los próximos días.
Frustrada y desesperada, Valentina regresó a su departamento. La realidad de la situación comenzaba a asentarse. Eduardo había desaparecido sin dejar rastro y nadie parecía tomar el asunto con la seriedad que merecía. Se sentó en el sofá de la sala y, por primera vez desde que Eduardo había salido por esa puerta se permitió llorar. Las lágrimas brotaron con una intensidad que la sorprendió, como si todo el miedo, la angustia y la confusión que había estado conteniendo finalmente encontraran una salida.
Después de llorar durante lo que parecieron horas, Valentina se secó los ojos y tomó una decisión. Si la policía no iba a buscar a su marido con la urgencia que el caso requería, ella lo haría por su cuenta. Comenzó a hacer una lista mental de todas las personas que conocían a Eduardo, sus compañeros de trabajo, sus amigos, sus conocidos del edificio. Hablaría con cada uno de ellos. Buscaría cualquier pista, por pequeña que fuera, que pudiera llevarla hasta él.
Durante los siguientes tres días, Valentina se convirtió en una detective improvisada. Habló con todos los vecinos del edificio, preguntando si alguien había visto algo inusual la mañana del 11 de febrero. Visitó la ruta que Eduardo tomaba habitualmente para ir al trabajo, mostrando su fotografía en las tiendas y puestos de periódicos, preguntando si alguien lo había visto ese día. fue a la central de autobuses para verificar si Eduardo había comprado algún boleto, aunque eso no tenía sentido porque su auto seguía estacionado en el garaje del edificio.
El descubrimiento más perturbador llegó el cuarto día de la desaparición de Eduardo. Valentina había estado evitando revisar las pertenencias personales de su marido, sintiendo que hacerlo sería una invasión de su privacidad, pero la desesperación finalmente venció a sus escrúpulos. comenzó con su closet, revisando los bolsillos de sus trajes y pantalones, buscando cualquier cosa que pudiera darle una pista, un recibo, una nota, un número de teléfono. No encontró nada relevante, solo tickets viejos del metro y algunas monedas sueltas.
Luego pasó a revisar los cajones de la cómoda que compartían. Los tres cajones superiores contenían ropa interior, calcetines y camisetas, todo doblado con la meticulosidad característica de Eduardo. El cajón inferior era diferente. Valentina sabía que Eduardo lo usaba para guardar documentos importantes, su pasaporte, sus títulos universitarios, algunas fotografías viejas. Nunca había tenido razón para revisarlo detalladamente, confiando en que su marido mantendría allí solo papeles legítimos. Cuando abrió ese cajón inferior, lo primero que notó fue que estaba cerrado con llave.
Eso era extraño. Nunca antes había estado cerrado, o al menos ella nunca había intentado abrirlo y encontrarlo asegurado de esa manera. ¿Desde cuándo Eduardo había puesto un candado en ese cajón? ¿Y por qué? Su corazón comenzó a latir más rápido mientras buscaba la llave. Revisó el joyero donde Eduardo guardaba sus gemelos y su reloj de bolsillo, pero no estaba allí. Buscó en el tocador del baño, en los bolsillos de todas sus chaquetas, incluso en los libros de su pequeña biblioteca personal, pensando que quizás la había escondido entre las páginas.
Después de una hora de búsqueda infructuosa, Valentina tomó una decisión drástica. Fue al pequeño armario donde guardaban las herramientas y sacó un desarmador y un martillo. Regresó al cajón y con manos temblorosas comenzó a forzar el cierre. El mecanismo era simple, no estaba diseñado para resistir un ataque determinado. Y después de varios minutos de esfuerzo, el cajón finalmente se dio con un crujido de madera astillada. Lo que Valentina encontró dentro la dejó sin aliento. Sobre los documentos que ella esperaba ver había un sobre manila grueso sin marcas externas.
Lo abrió con manos temblorosas y sacó su contenido. Fotografías. Decenas de fotografías en blanco y negro, todas tomadas con teleobjetivo, todas mostrando a Eduardo en diversos lugares de la ciudad, aparentemente sin que él supiera que estaba siendo fotografiado. En algunas imágenes estaba entrando o saliendo de su oficina. En otras caminaba por calles que Valentina no reconocía. Había fotos de él sentado en cafeterías, esperando en esquinas, mirando por encima de su hombro como si supiera que lo seguían.
Pero lo más perturbador eran las fotografías que mostraban a Eduardo con otras personas. En varias de ellas aparecía conversando con un hombre corpulento de traje oscuro, alguien que Valentina nunca había visto antes. Las expresiones en el rostro de Eduardo en esas imágenes eran de clara incomodidad, a veces incluso de miedo. En una de las fotos, el hombre corpulento tenía su mano sobre el hombro de Eduardo, en lo que parecía ser un gesto amenazante, disfrazado de familiaridad. Debajo de las fotografías había algo más, recortes de periódico.
Todos databan de los últimos 6 meses y todos trataban sobre el mismo tema, una investigación gubernamental sobre fraude fiscal y lavado de dinero que involucraba a varias empresas manufactureras en el área metropolitana. Valentina leyó los artículos con creciente horror, tratando de encontrar la conexión entre esas noticias y su marido. ¿Por qué Eduardo guardaba esos recortes? ¿Qué tenían que ver con él? En el fondo del sobre encontró una carta. No estaba dentro de un sobre, era simplemente una hoja de papel doblada escrita a mano con letra que no reconocía.
El mensaje era breve y escalofriante. Eduardo, sabes lo que vimos, sabes lo que tienes que hacer. No nos obligues a tomar medidas más drásticas. Piensa en tu familia. No había firma, no había fecha, solo esas palabras amenazantes que parecían saltar de la página. Valentina dejó caer la carta como si quemara. Sus manos temblaban violentamente y sintió que el cuarto comenzaba a dar vueltas a su alrededor. Se sentó en el suelo con la espalda contra la cama tratando de procesar lo que acababa de descubrir.
Eduardo estaba metido en algo peligroso, algo que involucraba vigilancia, amenazas y posiblemente actividades ilegales. El hombre metódico y confiable que ella conocía, el contador que nunca llegaba tarde al trabajo, estaba viviendo una vida secreta que ella ni siquiera había sospechado. ¿Cuánto tiempo llevaba esto sucediendo? Las fotografías parecían haber sido tomadas durante varios meses, quizás más. Eduardo había estado cargando con este peso en silencio, sin compartirlo con ella, probablemente tratando de protegerla. Pero protegerla de qué exactamente, Valentina necesitaba respuestas y la única forma de obtenerlas era profundizar en la investigación, aunque eso significara descubrir verdades dolorosas sobre el hombre con quien había compartido su vida durante 14 años.
Se obligó a ponerse de pie y continuó revisando el contenido del cajón. Debajo de los documentos habituales encontró algo más, una libreta pequeña con tapas de cuero negro. La abrió y reconoció de inmediato la letra de Eduardo. Eran anotaciones, fechas, números y nombres que no significaban nada para ella a primera vista. Las primeras páginas databan de agosto de 1995, casi 6 meses antes de su desaparición. Las entradas eran crípticas escritas en una especie de código personal 15895 reunión con FC propuesta inaceptable.
Rechacé. 220895. Segundo contacto. Amenazas veladas. Mencionó AB 030995. Presión aumenta. No sé qué hacer. Si no coopero. ¿Qué pasará? sintió que se le cortaba la respiración cuando leyó la entrada del 3 de septiembre. Braa, ella tenía que serlo. Eduardo había estado recibiendo amenazas que la involucraban directamente. ¿Por qué no le había dicho nada? ¿Por qué había decidido cargar con este peso solo? Siguió leyendo, con lágrimas nublando su visión. Las entradas subsecuentes mostraban a un Eduardo cada vez más desesperado, atrapado entre dos opciones igualmente terribles.
180995. Descubrí las irregularidades en los libros. No puedo fingir que no las vi. Si reporto me convierto en objetivo. Si no reporto, soy cómplice. 250995 FC dice que solo necesita que mire hacia otro lado, que no es asunto mío, que mi trabajo es solo mantener los números en orden, no cuestionar de dónde vienen. 10 10 95 Vi documentos que no debía ver. Ahora saben que sé demasiado. Estoy en peligro real. Las iniciales FC aparecían repetidamente en la liberación.
Valentina trató de pensar en alguien con esas iniciales que trabajara en la empresa de Eduardo, pero no podía recordar a nadie. Quizás era alguien de fuera de la compañía o quizás Eduardo estaba usando iniciales falsas para proteger identidades reales en caso de que la libreta cayera en manos equivocadas. Las entradas de noviembre y diciembre mostraban un Eduardo cada vez más paranoico y asustado. Escribía sobre sentirse seguido, sobre notar autosconocidos estacionados cerca de su edificio, sobre recibir llamadas telefónicas en las que nadie hablaba al otro lado de la línea.
Valentina sintió una punzada de culpa al recordar esos meses. Eduardo había estado pasando por todo eso y ella no había notado nada o había notado cambios en su comportamiento, pero los había atribuido al estrés laboral normal. 11195 han comenzado a fotografiarme. Los vi hoy, un hombre con cámara en el metro. Pretendí no darme cuenta qué quieren lograr con esto. Intimidarme. Ya estoy aterrorizado. 241195 Navidad. B me preguntó por qué estoy tan callado. Casi se lo cuento todo.
Pero, ¿cómo puedo cargarla con este peso? Si algo me pasa, ella estará más segura sin saber nada. La última entrada de 1995 estaba fechada el 31 de diciembre. Nuevo año mañana. Esperaba que las cosas mejoraran, pero siento que se están cerrando las paredes. Fec quiere una respuesta definitiva. O coopero completamente o enfrento las consecuencias. He estado investigando por mi cuenta. Si logro reunir suficiente evidencia, quizás pueda entregarla a las autoridades y negociar protección para V y para mí.
Es arriesgado, pero no veo otra salida. Las entradas de enero y principios de febrero de 1996 eran aún más alarmantes. Eduardo había comenzado a documentar lo que había descubierto, una red compleja de fraude fiscal que involucraba a manufacturas industriales del Valle y varias otras empresas. Los directivos estaban usando compañías fantasma para ocultar ingresos, evitar impuestos y lavar dinero de procedencia dudosa. El licenciado Fuentes, el jefe de Eduardo, estaba profundamente involucrado, pero no era el único. Había nombres de funcionarios gubernamentales, inspectores fiscales corruptos, abogados que facilitaban las transacciones ilegales.
Eduardo había estado recopilando evidencia, copias de documentos, números de cuenta, fechas de transacciones. Escribía que guardaba todo en un lugar seguro, lejos del departamento, donde nadie pensaría en buscar. No especificaba dónde, probablemente por la misma razón que usaba iniciales en lugar de nombres completos. Proteger esa información en caso de que la libreta fuera descubierta. La penúltima entrada estaba fechada el 10 de febrero, dos días antes de su desaparición. Mañana me reuniré con alguien de la Procuraduría, un contacto que Rodrigo me consiguió, alguien que supuestamente es confiable.
Voy a entregarle todo lo que he reunido. Me prometieron protección, un nuevo comienzo para B y para mí, si mi testimonio lleva a arrestos. Tengo miedo, pero también esperanza por primera vez en meses. Solo tengo que pasar estos próximos días sin levantar sospechas. La última entrada estaba fechada el 11 de febrero, el día antes de que Eduardo desapareciera. La reunión fue un desastre. El contacto nunca llegó. Esperé dos horas en el lugar acordado y nada. Rodrigo dice que hubo un malentendido que reagendará la reunión, pero algo se siente mal.
Y si Rodrigo no es de confianza. Y si le contó a alguien sobre mis planes, tengo que ser más cuidadoso. Mañana iré al trabajo como si nada pasara, pero después voy a mover los documentos a otro lugar. No puedo arriesgarme a que los encuentren. Vicky merece una vida mejor que esta constante ansiedad. Si algo me pasa, espero que algún día ella entienda que todo lo hice para protegerla. Valentina cerró la libreta y la apretó contra su pecho soylozando.
Ahora entendía todo, la tensión de Eduardo en sus últimos días, su mirada extraña esa última mañana, el beso prolongado en la frente. Él sabía que estaba en peligro, sabía que algo malo podría sucederle y efectivamente había sucedido. Alguien lo había estado vigilando. Alguien había descubierto sus planes de exponer el fraude y habían actuado antes de que pudiera entregar la evidencia a las autoridades. Pero si Eduardo había guardado esa evidencia en algún lugar seguro, todavía existía la posibilidad de encontrarla.
Si Valentina podía dar con esos documentos, podría terminar lo que su marido había empezado. Podría exponer a las personas responsables de su desaparición. Y quizás, solo quizás eso llevaría a encontrarlo, porque ella se negaba a creer que estuviera muerto. Sin cuerpo, sin evidencia definitiva, se aferraba a la esperanza de que Eduardo seguía vivo en algún lugar, escondido o retenido contra su voluntad. La mención de Rodrigo en la libreta de Eduardo había sembrado una semilla de duda en la mente de Valentina.
Rodrigo Ibarra. había sido el mejor amigo de Eduardo desde que comenzaron a trabajar juntos en manufacturas industriales del Valle hacía más de 10 años. Habían compartido incontables almuerzos, habían ido juntos a partidos de fútbol. Sus esposas se habían hecho amigas. Valentina había confiado en Rodrigo casi tanto como confiaba en Eduardo, pero las palabras en la libreta sugerían que Eduardo había comenzado a dudar de él en sus últimos días. Valentina sabía que tenía que hablar con Rodrigo, pero no podía simplemente llamarlo y confrontarlo con sus sospechas.
Si él estaba involucrado en la desaparición de Eduardo, una aproximación directa podría ser peligrosa. Necesitaba ser inteligente, cautelosa. decidió que lo mejor sería hacer una visita casual, mantener la conversación ligera al principio y observar cuidadosamente sus reacciones cuando ella introdujera temas más delicados. Tres días después de encontrar el cajón cerrado, Valentina se presentó en la casa de Rodrigo y su esposa Diana sin previo aviso. Era un sábado por la tarde y sabía que probablemente estarían en casa.
Diana abrió la puerta con expresión sorprendida, pero amigable. Era una mujer menuda de unos 35 años, con cabello corto y una sonrisa que siempre parecía genuina. Cuando vio a Valentina, su expresión cambió inmediatamente a una de preocupación. Valentina, por Dios, pasa, por favor. ¿Hay alguna noticia sobre Eduardo?, preguntó Diana mientras la guiaba hacia la sala. Rodrigo y yo hemos estado muy preocupados. He querido llamarte, pero no sabía si sería apropiado, si querrías espacio o compañía. Rodrigo estaba sentado en el sofá viendo un partido de fútbol en la televisión.
Cuando vio a Valentina, se puso de pie de inmediato y apagó el televisor. Era un hombre alto y delgado, de complexión atlética, con lentes de marco grueso que le daban un aire académico. Su rostro mostraba preocupación, pero Valentina, ahora hipervigilante a cualquier señal de engaño, notó algo más en sus ojos. Nerviosismo, culpa. Valentina. ¿Cuánto lo siento? dijo Rodrigo, acercándose como si fuera a abrazarla, pero deteniéndose a medio camino. No puedo imaginar lo que estás pasando. La policía ha encontrado algo.
¿Tienen alguna pista? Valentina se sentó en la silla que Diana le ofreció y aceptó el vaso de agua que le trajeron. decidió comenzar con cuidado, sin revelar todo lo que había descubierto. “La policía no está haciendo mucho”, dijo con voz cansada que no tuvo que fingir. “Dicen que muchos adultos desaparecen voluntariamente y que Eduardo probablemente aparecerá por su cuenta, pero yo sé que algo malo le pasó. Eduardo nunca me dejaría así, sin una palabra, sin una explicación.
Por supuesto que no. Coincidió Diana sentándose junto a Valentina y tomando su mano. Eduardo te adoraba, todos lo sabíamos. Algo definitivamente le pasó. Valentina observó a Rodrigo cuidadosamente mientras continuaba. He estado tratando de entender qué pudo haber sucedido. He hablado con sus compañeros de trabajo, he revisado sus cosas en casa. Ustedes notaron algo diferente en Eduardo en las últimas semanas. ¿Les mencionó algún problema, alguna preocupación? Rodrigo intercambió una mirada rápida con Diana antes de responder. Una mirada tan breve que alguien menos atento podría haberla perdido.
Pero Valentina la captó y su corazón se aceleró. Definitivamente estaban ocultando algo. Bueno, comenzó Rodrigo con cautela. Ahora que lo mencionas, Eduardo sí parecía estresado últimamente. Pensé que eran solo los reportes de fin de trimestre. Ya sabes cómo se pone la empresa cuando se acercan las fechas límite. Pero quizás había algo más que no me contó. Algo más. ¿Como qué? Presionó Valentina suavemente. Rodrigo, tú eras su mejor amigo. Si alguien sabría si Eduardo tenía problemas, serías tú.
Por favor, si sabes algo, cualquier cosa, necesito que me lo digas. Necesito encontrar a mi marido. El rostro de Rodrigo mostró un conflicto interno evidente. Se quitó los lentes y los limpió con el borde de su camisa. un gesto nervioso que Valentina lo había visto hacer antes cuando estaba incómodo. Diana lo miraba con expresión interrogante, claramente sorprendida por la tensión que había aparecido súbitamente en la habitación. “Valentina”, dijo Rodrigo finalmente, volviendo a ponerse los lentes. “No estoy seguro de que sea relevante, pero Eduardo me pidió un favor hace algunas semanas.
me pidió que le consiguiera el contacto de alguien en la Procuraduría, alguien del Departamento de Delitos Fiscales. No me explicó por qué lo necesitaba, solo dijo que era importante. Yo tengo un primo que trabaja allí, así que le di el nombre y el número. Y lo instó Valentina sintiendo que estaba cerca de algo importante. Eduardo contactó a esa persona. No lo sé, respondió Rodrigo, pero su tono era poco convincente. No hablamos más del tema después de eso.
Yo yo asumí que era algo relacionado con el trabajo, quizás consultando sobre regulaciones o algo así. Eduardo nunca me dio más detalles. Valentina sabía que estaba mintiendo, o al menos no estaba contando toda la verdad. La libreta de Eduardo había mencionado que Rodrigo le consiguió el contacto y que había una reunión planeada que nunca se materializó. Rodrigo tenía que saber más de lo que estaba diciendo. Rodrigo dijo Valentina con voz más firme, decidiendo arriesgarse un poco más.
encontré algunas cosas en casa, una libreta donde Eduardo escribía sobre problemas en el trabajo, sobre irregularidades que había descubierto. Tu nombre aparecía en esas notas. Necesito que seas honesto conmigo. ¿De qué estaba hablando Eduardo? ¿Qué descubrió? El rostro de Rodrigo palideció visiblemente. Diana lo miró con ojos muy abiertos, claramente sorprendida por esta revelación. El silencio en la sala se volvió denso y opresivo. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Rodrigo se derrumbó. “No quería involucrarte en esto”, dijo con voz apenas audible.
Eduardo tampoco quería. Estaba tratando de protegerte, pero supongo que ya es demasiado tarde para eso. Se levantó y caminó hacia la ventana, dándoles la espalda a ambas mujeres. Eduardo descubrió algo grande, Valentina, algo peligroso. La empresa para la que trabajábamos. No todo era legal. Había dinero que no debería estar allí, transacciones que no tenían sentido desde el punto de vista comercial legítimo. Eduardo comenzó a hacer preguntas, a investigar por su cuenta. ¿Y tú lo sabías?, preguntó Valentina, sintiendo una mezcla de alivio por finalmente obtener respuestas y traición por haber sido mantenida en la oscuridad por tanto tiempo.
Me di cuenta de algunas cosas hace tiempo”, admitió Rodrigo todavía de espaldas. “Pero hice lo que la mayoría hace en estas situaciones. Miré hacia otro lado. Necesitaba el trabajo, el salario. Diana y yo acabábamos de comprar esta casa. No podía arriesgar todo eso cuestionando a los jefes. Le dije a Eduardo que hiciera lo mismo, que no valía la pena ser héroe, pero él no pudo hacerlo. Dijo Valentina sabiendo que eso era exactamente lo que su marido haría.
Eduardo tenía un código moral inquebrantable, algo que ella siempre había admirado en él, aunque a veces le pareciera ingenuo. No confirmó Rodrigo volteándose finalmente para mirarla. Sus ojos estaban húmedos. Eduardo decidió que tenía que reportarlo. Dijo que no podía vivir consigo mismo si no lo hacía. Cuando me pidió el contacto en la Procuraduría, intenté disuadirlo una última vez. Le advertí que las personas involucradas en esto no eran gente con la que se pudiera jugar, que había mucho dinero en juego y que harían cualquier cosa para proteger sus intereses.
Pero él estaba decidido. “Le conseguiste el contacto”, dijo Valentina, “no como pregunta, sino como afirmación. Sí. admitió Rodrigo con voz cargada de culpa. Le di el nombre de mi primo Javier, que trabaja en la unidad de delitos fiscales. Eduardo iba a reunirse con él el 11 de febrero, pero algo salió mal. Javier me llamó esa noche diciendo que Eduardo nunca apareció en el punto de encuentro. Pensé que quizás Eduardo había cambiado de opinión, que había decidido que era demasiado arriesgado, pero cuando no llegó al trabajo al día siguiente y tú llamaste preguntando por él, supe que algo terrible había pasado.
“¿Por qué no me dijiste nada de esto cuando llamé?”, exigió saber Valentina, su voz subiendo de volumen. “¿Por qué no le dijiste a la policía lo que sabías?” Porque tenía miedo, respondió Rodrigo, su voz quebrándose. Tengo una familia que proteger. Si le decía a la policía lo que sabía sobre las irregularidades en la empresa, me convertiría en otro objetivo. Las mismas personas que probablemente tomaron a Eduardo vendrían por mí. También sé que es cobarde. Sé que debía haber hecho más, pero no soy tan valiente como Eduardo.
Diana se había puesto de pie y estaba mirando a su marido con una expresión que mezclaba shock, decepción y miedo. Era evidente que ella no había sabido nada de esto hasta ese momento. Rodrigo susurró, “¿Qué has hecho? He estado viviendo en el infierno estos últimos días”, dijo Rodrigo sentándose pesadamente en el sofá y enterrando su cara en sus manos. Cada vez que suena el teléfono, pienso que son ellos. Cada coche que se estaciona frente a la casa, me pregunto si vienen por mí.
No he dormido, apenas como. Pero seguía diciéndome que si me mantenía callado, si fingía que no sabía nada, estaría seguro. Valentina sentía una rabia ardiente en su pecho, pero también entendía el miedo de Rodrigo. Estas no eran personas comunes, eran criminales organizados con recursos y conexiones que podían hacer desaparecer a alguien sin dejar rastro, como le había pasado a Eduardo. Aún así, la cobardía de Rodrigo le había costado a Eduardo cualquier posibilidad de ayuda en esos primeros días cruciales después de su desaparición.
Necesito hablar con tu primo Javier”, dijo Valentina con determinación. “Necesito saber exactamente qué le dijo Eduardo antes de la reunión planeada, si le envió alguna información previa, cualquier cosa que pueda ayudarme a entender qué pasó.” Rodrigo asintió miserablemente. Te daré su número, pero Valentina tienes que tener cuidado. Si empiezas a hacer preguntas, si intentas continuar lo que Eduardo empezó, te pondrás en el mismo peligro en el que él estaba. Ya estoy en peligro, respondió Valentina con una calma que no sentía.
Desde el momento en que Eduardo desapareció, mi vida cambió para siempre. No voy a quedarme sentada esperando que la policía haga su trabajo mientras mi marido está Dios sabe dónde, posiblemente sufriendo. Si hay alguna posibilidad de encontrarlo, de hacer justicia por lo que le hicieron, voy a tomarla. Rodrigo le dio el número de teléfono de su primo y también algo más, una dirección. Hace unos meses, explicó Eduardo, me pidió que guardara algo para él. dijo que era importante, que si algo le pasaba, yo debía dárselo a las autoridades.
Es una caja de metal, pequeña, cerrada con candado. Nunca la abrí, no quise saber qué contenía. Está en mi escritorio en el trabajo. Mañana es lunes. Puedo dártela. Valentina sintió una chispa de esperanza. Esa caja probablemente contenía la evidencia que Eduardo había estado recopilando los documentos que mencionaba en su libreta. Con eso, en su poder, tendría las herramientas necesarias para exponer a los responsables y presionar a las autoridades para que tomaran su caso en serio. “Tráame la mañana”, dijo Valentina poniéndose de pie.
“Y Rodrigo, una cosa más. ¿Quién es FC? Esas iniciales aparecen repetidamente en las notas de Eduardo. Rodrigo la miró con expresión sombría. Fernando Carvajal es uno de los directores senior de la empresa encargado de las operaciones financieras. Si había alguien orquestando el fraude, era él. Es un hombre poderoso con conexiones en todos los niveles del gobierno. Eduardo me dijo una vez que Carvajal tenía en su nómina a policías, jueces, funcionarios de la procuraduría. Valentina, este hombre es extremadamente peligroso.
Por favor, piénsalo bien antes de continuar con esto. Pero Valentina ya había tomado su decisión. por Eduardo, por la verdad, por la justicia, seguiría adelante sin importar los riesgos. Salió de la casa de Rodrigo, sintiendo que finalmente estaba comenzando a entender la verdadera magnitud de lo que le había sucedido a su marido, y también que el camino por delante sería mucho más peligroso de lo que había imaginado inicialmente. Esa noche, Valentina apenas durmió. Su mente no paraba de darle vueltas a todo lo que había descubierto.
La red de corrupción en la que Eduardo se había visto envuelto, el peligro real que había enfrentado en sus últimas semanas, la evidencia que aparentemente había escondido y que ahora podría estar en esa caja de metal que Rodrigo tenía en su poder. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Eduardo aquella última mañana, su expresión de despedida que en ese momento no había comprendido, pero que ahora cobraba un significado devastador. A las 6 de la mañana del lunes, Valentina ya estaba despierta preparando café y tratando de mantener la calma.
Había decidido no ir a trabajar ese día. llamó a la escuela temprano para reportarse enferma, algo que rara vez hacía, pero la directora no cuestionó su ausencia dadas las circunstancias, todos en la escuela sabían que su marido había desaparecido y sus colegas habían sido comprensivos, ofreciéndole el tiempo que necesitara. Rodrigo le había dicho que llegaría a su departamento alrededor de las 9 de la mañana antes de ir a su oficina para entregarle la caja. Valentina pasó esas tres horas verificando y volviendo a verificar el contenido del cajón de Eduardo, leyendo de nuevo sus notas, tratando de memorizarse cada detalle.
Si iba a enfrentarse a personas tan peligrosas como Fernando Carvajal, necesitaba estar completamente preparada, conocer cada aspecto del caso, tan bien como Eduardo lo había conocido. A las 9 en punto, el timbre sonó. Valentina corrió a abrir la puerta y encontró a Rodrigo parado en el pasillo con una caja metálica del tamaño de una caja de zapatos bajo el brazo. Se veía terrible. como si él tampoco hubiera dormido. Tenía ojeras profundas y su ropa, normalmente impecable, estaba arrugada.
“Buenos días”, dijo Rodrigo con voz cansada. “Aquí está Eduardo me la dio hace tres meses en noviembre. Me hizo prometer que si algo le pasaba, yo me aseguraría de que llegara a las manos correctas. Supongo que eso significa tus manos ahora.” Valentina tomó la caja. Era pesada, claramente llena de documentos o archivos. Tenía un candado pequeño pero resistente. ¿Tienes la llave?, preguntó Rodrigo. Negó con la cabeza. Eduardo nunca me la dio. Dijo que era mejor así, que yo no necesitaba saber qué había dentro para protegerme, supongo.
Probablemente puedas forzar el candado con herramientas. es similar al del cajón que ya abriste. Después de que Rodrigo se fue, Valentina colocó la caja sobre la mesa de la cocina y la observó durante varios minutos como si fuera una bomba que pudiera explotar en cualquier momento. En cierto sentido, lo era. Lo que hubiera dentro podría cambiar todo. podría ser la clave para encontrar a Eduardo o al menos para entender completamente qué le había sucedido. Con manos temblorosas, pero determinadas, tomó las mismas herramientas que había usado antes y comenzó a trabajar en el candado.
Le tomó casi media hora, pero finalmente el mecanismo se dio con un clic satisfactorio. Valentina respiró profundo y abrió la tapa de la caja. Dentro había exactamente lo que esperaba, carpetas llenas de documentos, hojas de cálculo impresas, fotografías de documentos que parecían haber sido tomadas en secreto y varios disquets de computadora etiquetados con fechas y números de cuenta. Eduardo había sido meticuloso en su recopilación de evidencia. Valentina comenzó a revisar el contenido sistemáticamente. Los documentos mostraban una operación de fraude fiscal.
increíblemente sofisticada. Manufacturas Industriales del Valle estaba reportando ingresos muy por debajo de lo que realmente generaba, usando una red de compañías fantasma registradas en paraísos fiscales para ocultar las ganancias reales. Había facturas falsas, contratos ficticios con proveedores que no existían y transferencias de dinero a cuentas en el extranjero que luego regresaban al país limpias a través de inversiones aparentemente legítimas. Pero lo más revelador eran las listas de nombres que Eduardo había compilado. No solo estaba Fernando Carvajal, el director financiero que Rodrigo había mencionado.
También había otros ejecutivos de la empresa, abogados que facilitaban las transacciones, contadores externos que certificaban libros falsificados y lo más perturbador, funcionarios públicos que recibían sobornos para mirar hacia otro lado. Había nombres de inspectores de Hacienda, un juez de distrito e incluso un subdirector de la Procuraduría General. Valentina sintió que el estómago se le revolvía al ver ese último nombre, Octavio Linares, subdirector de la Unidad de Delitos Económicos de la Procuraduría. Si ese hombre estaba en la nómina de los criminales, entonces el contacto de Rodrigo Javier, que trabajaba en esa misma institución, podría estar en peligro también, o peor, podría ser parte de la conspiración.
Y si la reunión fallida del 11 de febrero no había sido un accidente y si había sido una trampa, esta posibilidad le el heló la sangre. Si Eduardo había ido a esa reunión confiando en que entregaría su evidencia a alguien honesto, pero en cambio había encontrado a alguien trabajando para las mismas personas que estaba tratando de exponer, habría caminado directo hacia su propia captura. Valentina necesitaba hablar con Javier, el primo de Rodrigo, pero tendría que hacerlo con extremo cuidado.
Sacó el número de teléfono que Rodrigo le había dado y lo marcó desde el teléfono de su departamento. Después de tres tonos, una voz masculina contestó, “Bueno, Javier Ibarra.” Señor Ibarra”, comenzó Valentina tratando de mantener su voz firme. “Mi nombre es Valentina Salas. Soy la esposa de Eduardo Salas. Creo que usted tenía una reunión programada con mi marido hace algunas semanas.” Hubo una pausa significativa al otro lado de la línea. Luego Javier habló con voz cautelosa. “Señora Salas, lamento mucho la situación de su esposo.
Mi primo Rodrigo me contó que desapareció. Es terrible, “Señor Ibarra, necesito hablar con usted en persona sobre esa reunión”, dijo Valentina. Es urgente. Tengo información que creo que debe ver. Otra pausa. Señora Salas, le recomendaría que llevara cualquier información que tenga directamente a una delegación de policía. Yo puedo darle el nombre de algunos investigadores confiables. Con todo respeto, respondió Valentina. eligiendo sus palabras cuidadosamente. He encontrado evidencia que sugiere que no todos los funcionarios públicos son confiables. Necesito hablar con alguien que pueda garantizar que esta información llegue a las personas correctas, no a las que están siendo investigadas.
Hubo un silencio más prolongado. Esta vez Valentina podía casi escuchar a Javier pensando, evaluando la situación. Finalmente él habló. Entiendo su preocupación. Señora Salas, le seré franco. La reunión con su esposo nunca sucedió porque recibí órdenes de cancelarla a último minuto, órdenes de alguien muy por encima de mí en la cadena de mando. Cuando cuestioné por qué, me dijeron que el caso de su esposo ya estaba siendo manejado por otra división y que no era de mi jurisdicción.
Eso me pareció extraño, pero no tengo la autoridad para desobedecer a mis superiores. El corazón de Valentina latía con fuerza. ¿Quién le dio esas órdenes? No puedo decirle eso por teléfono, respondió Javier. Pero puedo reunirme con usted en un lugar público donde ambos estemos seguros. ¿Conoce el café La Habana en el centro? Puedo estar allí a las 2 de la tarde hoy. Venga sola y traiga lo que tenga. Pero, señora Salas, debe entender que una vez que abramos esta caja de Pandora, no habrá vuelta atrás.
Las personas involucradas en esto tienen mucho que perder. Lo entiendo, dijo Valentina con determinación. Estaré allí a las 2. Después de colgar, Valentina se permitió un momento para procesar lo que acababa de escuchar. Valentina pasó las siguientes horas preparándose para la reunión con Javier Ibarra. Sabía que no podía llevar la caja completa de evidencia a un café público. Era demasiado voluminosa y conspicua. En cambio, seleccionó cuidadosamente los documentos más importantes, las hojas de cálculo que mostraban las discrepancias financieras más evidentes, copias de facturas falsas, la lista de nombres que Eduardo había compilado y fotografías de algunos documentos bancarios que probaban las transferencias ilegales.
Todo lo colocó en una carpeta delgada que cabía fácilmente en su bolso. Antes de salir, Valentina escribió una carta detallada explicando todo lo que había descubierto, incluyendo dónde estaba escondida la evidencia completa. Selló la carta en un sobre y la dejó con una vecina de confianza, una señora mayor llamada Dolores, que vivía en el departamento de abajo. Le dio instrucciones claras. Si Valentina no regresaba antes de las 6 de la tarde, debía abrir el sobre y llevarlo directamente al periódico la jornada.
Era una medida de seguridad cruda, pero la mejor que se le ocurrió dadas las circunstancias. El café La Habana estaba ubicado en una esquina concurrida del centro histórico, un lugar que había existido desde los años 40 y que era frecuentado por intelectuales, periodistas y artistas. Valentina llegó 15 minutos antes de las 2, como había planeado, y eligió una mesa desde donde pudiera ver tanto la entrada principal como la calle. El café estaba moderadamente lleno, con suficientes personas para proporcionar testigos si algo salía mal, pero no tan atestado como para que no pudieran hablar con cierta privacidad.
A las 2 en punto exactamente, un hombre de aproximadamente 40 años entró al café. Era de estatura media, con cabello negro peinado hacia atrás y un bigote bien recortado. Vestía un traje gris que parecía de calidad, pero no ostentoso y llevaba un maletín de cuero negro. Sus ojos escanearon el café rápidamente hasta encontrar a Valentina. Ella había levantado levemente la mano para identificarse y él se dirigió directamente a su mesa. “Señora Salas”, dijo Javier en voz baja mientras se sentaba frente a ella.
“Gracias por venir. Antes de que hablemos, necesito que sepa que esta conversación no es oficial. Técnicamente no debería estar aquí. No debería involucrarme en esto. Pero mi primo Rodrigo me contó lo suficiente como para que mi conciencia no me dejara ignorar la situación. Entiendo, respondió Valentina, y le agradezco que haya venido de todas formas. Necesito saber exactamente qué sucedió con la reunión que tenía planeada con mi esposo. Un mesero se acercó y ambos ordenaron café. esperaron en silencio hasta que le sirvieron y el mesero se alejó lo suficiente.
Entonces Javier comenzó a hablar, manteniendo su voz baja pero clara. Su esposo me contactó a través de Rodrigo a finales de enero. Me dijo que había descubierto irregularidades serias en la empresa donde trabajaba, que había estado documentando todo durante meses y que necesitaba entregar esa información a alguien de confianza en la procuraduría. Yo le dije que necesitaríamos reunirnos primero para evaluar la calidad de la evidencia antes de proceder oficialmente. Acordamos encontrarnos el 11 de febrero en un pequeño restaurante en la colonia Roma.
Valentina asintió instándolo a continuar. Javier tomó un sorbo de su café antes de proseguir. La mañana del 11 de febrero recibí una llamada de mi superior directo, el licenciado Octavio Linares. Me preguntó sobre mi agenda del día, lo cual fue extraño porque normalmente no supervisa mi trabajo tan de cerca. Cuando le mencioné que tenía una reunión con un informante potencial, me pidió más detalles. No vi razón para ocultarle nada. Así que le conté sobre Eduardo y las alegaciones de fraude fiscal.
Su reacción fue inmediata. Me ordenó cancelar la reunión. Dijo que ese caso ya estaba siendo investigado por otra unidad y que yo no debía interferir. ¿Le pareció sospechoso? Preguntó Valentina, aunque ya conocía la respuesta. En ese momento no, admitió Javier con expresión de remordimiento. Linares es mi superior. Lleva años en el cargo. Tiene reputación de ser duro pero efectivo. No tenía razón para dudar de él, así que seguí sus instrucciones y llamé a Rodrigo para decirle que cancelara la reunión, que había surgido un problema operacional.
Rodrigo debía transmitirle el mensaje a Eduardo, pero Eduardo nunca recibió ese mensaje a tiempo, dijo Valentina, o si lo recibió, ya era demasiado tarde. Desapareció al día siguiente. Javier asintió con expresión sombría. Cuando Rodrigo me llamó días después para contarme que Eduardo había desaparecido, empecé a atar cabos. Comencé a investigar discretamente, revisando los archivos de nuestra unidad para ver si realmente existía una investigación previa sobre manufacturas industriales del Valle. No encontré nada, ningún expediente, ninguna mención, nada.
Entonces busqué en los registros de otras unidades de la Procuraduría. Tampoco había nada. Entonces Linares mintió. Concluyó Valentina sintiendo una oleada de ira. No había ninguna investigación. Canceló la reunión para proteger a los criminales. Esa es la única conclusión lógica, coincidió Javier. Y señora Salas, hay más. He estado observando a Linares desde entonces. Hace tres días lo vi reunirse en un restaurante con un hombre que reconocí de fotografías en nuestros archivos. Fernando Carvajal. uno de los ejecutivos de la empresa de su esposo.
Estaban en una mesa apartada hablando en voz baja, pero definitivamente era una reunión privada, no profesional. Valentina sintió que se le erizaba la piel. Todo estaba conectado. Linares estaba recibiendo sobornos de Carvajal. Probablemente había estado protegiéndolo durante años. Cuando Eduardo intentó exponer el fraude, Linares se enteró a través de Javier y alertó a Carvajal. Ellos habían actuado rápido para silenciar a Eduardo antes de que pudiera entregar su evidencia. “Traje documentos”, dijo Valentina sacando la carpeta de su bolso.
Eduardo recopiló todo esto durante meses. Pruebas de fraude fiscal, lavado de dinero, listas de personas involucradas. Su nombre está aquí, señor Ibarra. El nombre de Octavio Linares aparece en los documentos de mi esposo como alguien que recibía pagos regulares para ignorar las irregularidades. Javier tomó la carpeta y comenzó a revisar su contenido. Valentina observó como su expresión cambiaba de seria horrorizada mientras pasaba las páginas. Cuando llegó a la lista de nombres, su rostro palideció. visiblemente. “Dios mío”, murmuró, “esto es, esto es enorme.
No es solo Linares, hay gente en todos los niveles, jueces más, funcionarios de la procuraduría, incluso alguien de la Secretaría de Hacienda. Si esta información se hace pública, va a caer un escándalo masivo.” “Exactamente”, dijo Valentina. Y esas mismas personas son las que tienen a mi marido o saben qué le pasó. Necesito su ayuda, señor Ibarra. Necesito que esta evidencia llegue a alguien que no esté corrupto, alguien que realmente pueda hacer algo con ella. Javier cerró la carpeta y la colocó sobre la mesa, pero no la devolvió a Valentina.
Se quedó mirándola durante un largo momento, claramente luchando con una decisión difícil. Finalmente habló con voz decidida. Hay alguien en quien confío. La fiscal general adjunta Claudia Méndez. Ella es nueva en el cargo. Llegó hace solo 6 meses con un mandato específico de limpiar la corrupción en el sistema. No está en ninguna de estas listas y por lo que sé de ella es incorruptible. Pero acercarse a ella es arriesgado. Si Linares y los otros se enteran de que estamos moviéndonos contra ellos, podrían actuar para destruir evidencia o peor para silenciar testigos.
¿Qué propone?, preguntó Valentina. Necesitamos ser estratégicos, explicó Javier bajando aún más la voz. Primero, necesito hacer copias de todos estos documentos, múltiples copias que guardaremos en diferentes lugares seguros. Segundo, necesitamos más que solo documentos, necesitamos testimonios. ¿Conoce a alguien más en la empresa de su esposo que pueda corroborar lo que Eduardo descubrió? ¿Alguien que esté dispuesto a hablar? Valentina pensó inmediatamente en Rodrigo, pero luego recordó su cobardía, su miedo de involucrarse. No estaba segura de que pudiera contar con él para dar un testimonio formal.
Pero debía haber otras personas en la empresa que supieran algo, otros empleados del departamento de contabilidad que habían notado las irregularidades, aunque hubieran elegido ignorarlas. Puedo intentar encontrar a alguien”, dijo Valentina. “¿Pero qué pasa con Eduardo? ¿Cómo lo encontramos? Cada día que pasa las posibilidades de que esté bien disminuyen.” La expresión de Javier se suavizó con compasión. “Señora Salas, debo ser honesto con usted. Las probabilidades de encontrar a su esposo con vida después de tantos días no son buenas.
Las personas que hicieron esto son criminales experimentados. Si sintieron que Eduardo era una amenaza lo suficientemente seria como para hacerlo desaparecer, probablemente no dejaron testigos ni evidencia. Pero agregó rápidamente al ver la expresión devastada en el rostro de Valentina, si construimos un caso sólido y arrestamos a las personas responsables, existe la posibilidad de que alguien hable. Los criminales a menudo negocian información a cambio de sentencias reducidas. Si hay alguna posibilidad de saber qué le pasó a Eduardo, ese es el camino.
Valentina sabía que Javier tenía razón, aunque cada fibra de su ser se resistía a aceptar que Eduardo pudiera estar muerto. Todavía se aferraba a la esperanza de que estuviera vivo en algún lugar, retenido, esperando ser rescatado, pero tenía que ser realista. tenía que trabajar con las probabilidades, no con las fantasías. “Está bien”, dijo con determinación renovada. “Hagamos esto correctamente, ¿qué necesita de mí?” Durante la siguiente hora, Javier y Valentina diseñaron un plan. Javier haría copias de todos los documentos en una copiadora de confianza fuera de su oficina.
guardaría una copia en su casa, otra en una caja de seguridad en un banco y una tercera la dejaría con un abogado de su confianza con instrucciones de que la hiciera pública si algo le sucedía. Mientras tanto, Valentina regresaría a la empresa de Eduardo e intentaría hablar discretamente con otros empleados del departamento de contabilidad, buscando a alguien que pudiera servir como testigo. También acordaron que Valentina debía ser extremadamente cuidadosa. Si Carvajal o Linares sospechaban que ella estaba investigando, podrían verla como otra amenaza que necesitaba ser eliminada.
Javier le dio algunas instrucciones básicas de seguridad. variar sus rutas diarias, no hablar de sus actividades por teléfono fijo o desde líneas que pudieran estar intervenidas, estar atenta a cualquier señal de que la estuvieran siguiendo. Cuando finalmente se separaron, Valentina sintió por primera vez desde la desaparición de Eduardo que había un camino claro hacia adelante. Sería fácil y ciertamente sería peligroso, pero al menos tenía un plan y un aliado que parecía genuinamente comprometido con hacer justicia. Recogió el sobre de la casa de su vecina Dolores y pasó el resto de la tarde en su departamento, revisando de nuevo todos los documentos y preparándose mentalmente para los días difíciles que vendrían.
Los siguientes días fueron una prueba de resistencia física y emocional para Valentina. Siguiendo el plan que había trazado con Javier, comenzó a frecuentar los alrededores del edificio de manufacturas industriales del Valle durante las horas de almuerzo y salida de trabajo, esperando encontrar oportunidades para hablar con los antiguos colegas de Eduardo. podía simplemente entrar al edificio y preguntar abiertamente, eso levantaría demasiadas sospechas, especialmente si Fernando Carvajal o el licenciado Fuentes se enteraban. Su primera aproximación fue con una mujer llamada Silvia Campos, una contadora junior que había trabajado directamente bajo la supervisión de Eduardo.
Valentina la recordaba de una fiesta de la empresa a la que había asistido el año anterior. Era una mujer joven de unos 28 años con lentes de marco grueso y una personalidad tímida. la interceptó en una cafetería cerca de la oficina donde Silvia solía almorzar. “Silvia”, dijo Valentina acercándose a su mesa con una sonrisa que esperaba pareciera casual. “Soy Valentina, la esposa de Eduardo Salas, no sé si me recuerdas.” Silvia levantó la vista de su sándwich y su rostro mostró reconocimiento inmediato, seguido de incomodidad.
Oh, sí, claro que te recuerdo. Yo siento mucho lo de Eduardo. Todos en la oficina estamos muy preocupados. ¿Puedo sentarme un momento? Preguntó Valentina. Sin esperar respuesta, se sentó frente a Silvia. Necesito hacerte algunas preguntas sobre el trabajo de Eduardo sobre lo que estaba haciendo en sus últimas semanas en la empresa. La expresión de Silvia se cerró inmediatamente. Yo realmente no sé nada sobre eso. Eduardo y yo no hablábamos mucho de cosas fuera del trabajo diario. Valentina podía ver el miedo en los ojos de la joven.
Silvia, sé que esto es difícil y probablemente asustante, pero mi marido desapareció porque descubrió algo que no debía ver, algo ilegal que está pasando en esa empresa. Si sabes algo, cualquier cosa, necesito que me lo digas. No solo para encontrar a Eduardo, sino para protegerte a ti también. Si estás al tanto de las irregularidades, podrías ser la siguiente. Silvia tragó saliva con dificultad. Sus manos temblaban ligeramente mientras dejaba su sándwich sobre el plato. Miró alrededor de la cafetería nerviosamente antes de hablar en voz muy baja.
No puedo hablar de esto aquí. Trabajo en esa empresa. Necesito ese empleo. Tengo que mantener a mi madre que está enferma. Si me despiden por hablar, entiendo dijo Valentina con empatía genuina. Pero, Silvia, si hay algo ilegal sucediendo y tú lo sabes, quedarte callada no te protegerá. Eventualmente, cuando todo esto salga a la luz y saldrá, todos los que supieron y no dijeron nada serán vistos como cómplices. Es mejor estar del lado correcto antes de que eso suceda.
Silvia cerró los ojos por un momento, claramente luchando con su decisión. Cuando los abrió de nuevo, había lágrimas en ellos. Eduardo vino a hablar conmigo en diciembre, susurró. me preguntó si había notado ciertas discrepancias en los libros, transacciones que no tenían sentido. Yo yo había notado cosas, pero había aprendido a no hacer preguntas. El licenciado Fuentes dejó claro cuando me contrató que mi trabajo era ingresar números, no analizarlos. Pero Eduardo fue diferente. Él realmente se preocupaba por hacer las cosas correctamente.
¿Qué le dijiste?, preguntó Valentina inclinándose hacia delante. Le dije la verdad. Le mostré algunas de las facturas que me parecían falsas, proveedores que supuestamente nos vendían materiales, pero que nunca había visto mencionados en los inventarios físicos. Eduardo tomó fotos de algunos documentos con una cámara pequeña que traía escondida en su maletín. Me hizo prometer que no le diría a nadie sobre nuestra conversación que estaba investigando algo grande y que me mantendría fuera de problemas si podía. Y después de eso, presionó Valentina.
Después de eso noté que Fernando Carvajal comenzó a prestarme más atención. Venía a mi escritorio ocasionalmente preguntándome sobre mi trabajo, siendo inusualmente amigable. Al principio pensé que solo estaba siendo cordial, pero luego empezó a hacer preguntas sobre Eduardo, sobre si él me había pedido que hiciera algo fuera de lo normal. Me di cuenta de que sospechaba que yo había hablado con Eduardo. Eso me aterrorizó. Valentina sintió una punzada de culpa por presionar a esta joven que claramente ya estaba asustada, pero necesitaba saber más.
Silvia, ¿estarías dispuesta a testificar sobre lo que viste? ¿A hablar con las autoridades sobre las irregularidades? Silvia negó con la cabeza vigorosamente. No puedo, Valentina. No entiendes lo peligrosas que son estas personas. Después de que Eduardo desapareció, hubo una reunión. Carvajal reunió a todo el departamento de contabilidad y dijo que cualquier persona que hablara con la policía o con extraños sobre asuntos internos de la empresa sería despedida inmediatamente y enfrentaría consecuencias legales por violar acuerdos de confidencialidad.
Fue una amenaza velada, pero todos entendimos el mensaje real. Valentina sintió una oleada de frustración, pero no podía culpar a Silvia. La joven tenía razones legítimas para tener miedo. Decidió cambiar de táctica. Está bien, entiendo que no puedas testificar públicamente, pero hay algo más que puedas decirme, algo que Eduardo mencionara, algún lugar donde pudiera haber guardado copias adicionales de documentos. Silvia pensó por un momento mordiéndose el labio inferior. Hubo una cosa. En enero vi a Eduardo hablando con alguien fuera del edificio, un hombre que no era de la empresa.
Estaban junto a un coche y Eduardo le estaba entregando algo. Parecía un sobre grande. Cuando Eduardo regresó, lo confronté sutilmente, preocupada de que estuviera haciendo algo que lo pusiera en peligro. Él me sonrió y me dijo que estaba tomando un seguro, que si algo le pasaba, la verdad saldría de todas formas. ¿Reconociste al hombre?, preguntó Valentina con urgencia. No, nunca lo había visto antes. Era mayor, tal vez de 60 años, con cabello canoso, vestía como profesor o intelectual, con un chaleco y una boina.
Eduardo nunca me dijo quién era. Valentina anotó mentalmente esta información. Eduardo había estado distribuyendo copias de su evidencia, asegurándose de que no todo estuviera en un solo lugar. Esto significaba que, además de la caja que le había dado a Rodrigo, podría haber otro juego completo de documentos con este hombre desconocido. Pero, ¿cómo encontrarlo sin más información? Después de agradecer a Silvia y prometerle que mantendría su nombre fuera de cualquier investigación oficial, Valentina salió de la cafetería con más preguntas que respuestas.
Pasó el resto del día intentando interceptar a otros empleados, pero la mayoría la evitaban. Apenas la reconocían, claramente temerosos de ser vistos hablando con ella. Al caer la tarde, frustrada y exhausta, Valentina regresó a su departamento. Encontró un mensaje en su contestadora automática. Era de Javier y Barra, hablando en código como habían acordado. Señora Salas, aquí su contador. Las copias que solicitó están listas. Podemos reunirnos mañana para revisar los números. Llámeme. Valentina llamó inmediatamente desde un teléfono público en la calle, siguiendo las precauciones que Javier le había enseñado.
Él contestó al segundo tono. “Tengo noticias”, dijo Javier. Sin preámbulos. Las copias están hechas y distribuidas como planeamos, pero hay algo más. Contacté discretamente a la fiscal Méndez y le mencioné que tenía información sobre corrupción de alto nivel. Ella quiere reunirse, pero insiste en que debe ser absolutamente confidencial. Su propia oficina podría estar comprometida, así que sugirió un lugar neutral. ¿Cuándo?, preguntó Valentina. Mañana por la noche a las 8 hay una librería pequeña en la colonia Condesa llamada El Péndulo.
Tiene un área de café en el segundo piso que es relativamente tranquila a esa hora. Méndez estará allí con uno de sus investigadores más confiables. Traiga todo lo que tenga. Ella necesita ver la evidencia completa para decidir cómo proceder. Valentina estuvo de acuerdo y colgaron. esa noche apenas durmió de nuevo, repasando mentalmente todo lo que diría en la reunión con la fiscal. Esta era su oportunidad de finalmente poner la investigación en manos de alguien con el poder real para hacer algo al respecto.
Si todo salía bien, podrían tener arrestos en cuestión de días y con arrestos vendrían interrogatorios. y con interrogatorios esperaba vendrían respuestas sobre qué le había sucedido a Eduardo. La librería El Péndulo era un lugar hermoso con estantes de madera que llegaban hasta techos altos y una escalera de caracol que conducía al segundo piso donde estaba el café. Valentina llegó 15 minutos temprano, llevando consigo una bolsa grande que contenía todas las carpetas originales de Eduardo, la libreta con sus anotaciones y las fotografías que había encontrado en el cajón cerrado.
A las 8 en punto, dos personas subieron las escaleras hacia el café. Una era una mujer de unos 45 años, alta y delgada, con cabello corto y traje oscuro. Tenía una presencia autoritaria que inmediatamente identificó a Valentina como alguien acostumbrada a estar en posiciones de poder. A su lado había un hombre más joven, de unos 35 años, fornido, con expresión seria y ojos que constantemente escaneaban el entorno. La mujer se acercó directamente a la mesa de Valentina.
Señora Salas, soy Claudia Méndez y este es el inspector Marcos Gutiérrez. Gracias por contactarnos. entiendo que tiene información sobre actividades criminales que involucran a funcionarios públicos. Valentina asintió y después de que se sentaran comenzó a contarles toda la historia desde el principio. La desaparición de Eduardo, el descubrimiento del cajón cerrado, la libreta con sus anotaciones, la evidencia de fraude fiscal y lavado de dinero, las amenazas que había recibido, la conexión con Octavio Linares. habló durante casi una hora mientras Méndez y Gutiérrez escuchaban atentamente, ocasionalmente haciendo preguntas para clarificar detalles.
Cuando Valentina terminó, colocó toda la evidencia sobre la mesa. Claudia Méndez revisó cada documento con una meticulosidad impresionante. Sus ojos expertos identificaban inmediatamente las irregularidades más graves, las conexiones más peligrosas. Cuando llegó a la lista de nombres y vio el de Octavio Linares, su expresión se endureció. “Esto explica muchas cosas”, murmuró. He estado tratando de investigar ciertos casos de corrupción desde que asumí el cargo, pero siempre encuentro obstáculos inexplicables. Ahora entiendo por qué Linares ha estado saboteando investigaciones desde dentro.
Levantó la vista hacia Valentina con respeto evidente. Su esposo era un hombre muy valiente, señora Salas. lo que hizo, lo que arriesgó para documentar todo esto. No muchas personas tienen ese coraje. Solo quiero saber qué le pasó, dijo Valentina con voz quebrada. ¿Pueden ayudarme a encontrarlo? Méndez intercambió una mirada con el inspector Gutiérrez antes de responder. Señora Salas, voy a ser directa con usted porque se merece la verdad. Con esta evidencia puedo iniciar una investigación formal inmediatamente.
Podemos obtener órdenes de arresto para Fernando Carvajal, Octavio Linares y varios otros en esta lista. Pero debo advertirle, en casos como este, donde ha pasado tanto tiempo desde la desaparición y las personas involucradas son criminales sofisticados, las probabilidades de encontrar a su esposo con vida son muy bajas. Sin embargo, una vez que comencemos a arrestar personas y a presionarlas con la evidencia, alguien podría hablar. Alguien siempre habla cuando se enfrenta a décadas de prisión. Durante los siguientes 5co días, Valentina vivió en un estado de ansiedad constante.
Méndez le había explicado que la operación debía ejecutarse con precisión militar, arrestos simultáneos en múltiples ubicaciones para evitar que los sospechosos se alertaran entre sí o destruyeran evidencia. Mientras tanto, Valentina debía continuar con su vida normal, sin dar señales de que algo estaba por suceder. El 4 de marzo de 1996, la operación finalmente se llevó a cabo. A las 6 de la mañana, equipos de la Policía Federal y la Procuraduría ejecutaron simultáneamente 17 órdenes de arresto. Fernando Carvajal fue sacado de su casa en las lomas en esposas.
Octavio Linares fue arrestado en su oficina antes de que pudiera llegar a su caja fuerte, donde guardaba documentos comprometedores. El licenciado Fuentes intentó huir por la puerta trasera de su residencia, pero fue capturado en el jardín. En total, 13 de los 17 sospechosos fueron detenidos ese día. Los otros cuatro lograron escapar temporalmente, aunque tres serían capturados en las semanas siguientes. Valentina vio las noticias desde su departamento. Todos los canales principales cubrían lo que los reporteros llamaban el mayor escándalo de corrupción fiscal de la década.
Los nombres de los arrestados aparecían en pantalla uno tras otro, sus fotografías siendo tomadas mientras los llevaban esposados a las patrullas. Valentina sintió una mezcla extraña de satisfacción y tristeza. Eduardo había logrado lo que se propuso. Su evidencia estaba exponiendo a los criminales, pero él no estaba allí para verlo. Dos días después del operativo masivo, Valentina recibió una llamada de Méndez pidiéndole que fuera a su oficina. El tono de la fiscal era grave y Valentina supo instintivamente que no eran buenas noticias.
Cuando llegó, encontró a Méndez y al inspector Gutiérrez, esperándola con expresiones sombrías. “Señora Salas, por favor, siéntese”, dijo Méndez con gentileza. Fernando Carvajal ha decidido cooperar con nuestra investigación a cambio de una reducción de sentencia. Nos ha dado información sobre su esposo. El corazón de Valentina latía tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. ¿Dónde está Eduardo? Méndez tomó la mano de Valentina antes de continuar. Según el testimonio de Carvajal, que estamos en proceso de verificar, Eduardo fue interceptado la mañana del 11 de febrero cuando salía de su edificio.
Dos hombres contratados por Carvajal lo forzaron a entrar en un vehículo. Lo llevaron a una bodega abandonada en el Estado de México con la intención de interrogarlo sobre qué sabía exactamente y si había compartido información con alguien más. Carvajal insiste en que la intención original era solo asustarlo, hacerlo entender que debía guardar silencio. Valentina sintió que se le cerraba la garganta. ¿Qué salió mal? Según Carvajal, Eduardo se resistió violentamente. Hubo una pelea. Uno de los hombres lo golpeó con demasiada fuerza.
Méndez hizo una pausa, sus ojos mostrando genuina compasión. Eduardo murió esa tarde por traumatismo craneal. Carvajal dice que nunca fue su intención matarlo, que solo querían silenciarlo temporalmente, pero el resultado fue el mismo. Señoras alas, su esposo murió el mismo día que desapareció. Las palabras cayeron sobre Valentina como piedras. Durante tres semanas se había aferrado a la esperanza de que Eduardo estuviera vivo en algún lugar. Había imaginado escenarios donde lo rescataban, donde se reunían, donde él la abrazaba y le decía que todo estaría bien.
Pero esos habían sido solo fantasías. La verdad era brutal y definitiva. Eduardo había muerto hacía casi un mes y ella había estado esperando a un fantasma. ¿Dónde está su cuerpo? Logró preguntar con voz apenas audible. Carvajal nos dio la ubicación, una zona boscosa cerca de Toluca. El inspector Gutiérrez y un equipo forense ya están en camino. Señora Salas, lamento profundamente tener que darle esta noticia. Su esposo era un héroe y vamos a asegurarnos de que los responsables de su muerte enfrenten la justicia completa.
Los días siguientes fueron un torbellino de dolor y procedimientos legales. El cuerpo de Eduardo fue recuperado y formalmente identificado. Valentina tuvo que hacer los arreglos funerales, notificar a la familia de Eduardo en Guadalajara, enfrentar la realidad de que su marido nunca volvería a casa. El velorio fue una mezcla extraña de duelo personal y atención mediática. Reporteros querían entrevistarla. Querían saber sobre el contador héroe que había dado su vida para exponer la corrupción. Rodrigo asistió al funeral. destruido por la culpa, se acercó a Valentina con lágrimas en los ojos y le pidió perdón por no haber sido más valiente, por no haber protegido a su mejor amigo.
Valentina, aunque todavía sentía algo de resentimiento, entendió que Rodrigo también era una víctima de las circunstancias, atrapado entre el miedo y la lealtad. lo perdonó porque guardar rencor no traería a Eduardo de vuelta. Silvia Campos también vino manteniendo distancia de los demás, pero acercándose brevemente a Valentina para expresar sus condolencias. Ojalá hubiera sido tan valiente como él”, susurró antes de alejarse rápidamente. El juicio de Fernando Carvajal y los otros acusados se extendió durante meses. Valentina asistió a cada audiencia sentándose en la primera fila, mirando directamente a los ojos del hombre que había ordenado el secuestro de su marido.
Carvajal nunca sostuvo su mirada por mucho tiempo. sus ojos siempre desviándose hacia otro lado. Octavio Linares, por su parte, mantuvo una expresión de arrogancia durante las primeras semanas, convencido de que sus conexiones lo protegerían. Pero a medida que la evidencia se acumulaba y más testigos declaraban en su contra, esa arrogancia se desvaneció gradualmente. En noviembre de 1996, 9 meses después de la desaparición de Eduardo, se dictaron las sentencias. Fernando Carvajal recibió 25 años de prisión por homicidio involuntario, fraude fiscal y lavado de dinero.
Su cooperación le había ahorrado una sentencia de cadena perpetua. Octavio Linares fue sentenciado a 30 años por corrupción, obstrucción de la justicia y complicidad en secuestro. El licenciado Fuentes recibió 20 años. Los dos hombres que físicamente habían llevado a cabo el secuestro y habían golpeado a Eduardo, fueron sentenciados a 40 años cada uno por homicidio. Cuando el juez leyó la última sentencia, Valentina sintió que algo se rompía dentro de ella. No era satisfacción lo que sentía, ni siquiera alivio.
Era simplemente una profunda tristeza por todo lo que se había perdido, por la vida que ella y Eduardo habían planeado juntos y que nunca tendrían. Las sentencias no devolvían a Eduardo. La justicia no llenaba el vacío que él había dejado. En los meses que siguieron, Valentina trató de reconstruir su vida. vendió el departamento donde había vivido con Eduardo. Cada rincón le recordaba a él y se había vuelto insoportable quedarse allí. Se mudó a un lugar más pequeño en otra colonia, un nuevo comienzo.
Continuó trabajando como maestra, encontrando consuelo en la rutina y en la alegría inocente de sus estudiantes. La historia de Eduardo Salas se convirtió en un símbolo en México. Los periódicos escribieron artículos sobre el contador ordinario que había tenido el coraje extraordinario de enfrentarse a la corrupción. Se propusieron leyes de protección para denunciantes en su nombre. Universidades lo mencionaban en clases de ética como ejemplo de integridad profesional. Pero para Valentina, Eduardo no era un símbolo ni un héroe abstracto.
Era simplemente el hombre que amaba, el hombre que preparaba su café cada mañana, el hombre que se ponía el zapato izquierdo primero, el hombre que la había besado en la frente por última vez aquella mañana de febrero. Un año después de su muerte, en el aniversario del día que desapareció, Valentina visitó su tumba en el panteón de Dolores. Llevaba flores frescas, las gardenias blancas que siempre habían sido las favoritas de Eduardo. Se sentó en el pasto frente a la lápida de mármol gris que había elegido con la inscripción simple: Eduardo Salas, 1954-196, un hombre de principios, un esposo amado.
“Lo logramos, Eduardo”, susurró al viento. “Todos están en prisión. Tu evidencia funcionó. hiciste la diferencia. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero su voz era firme. Desearía que estuvieras aquí para verlo. Desearía que hubieras sido menos valiente, más egoísta, que hubieras mirado hacia otro lado como todos los demás. Entonces todavía estarías conmigo. Pero sé que eso no eras tú. Eras hombre que no podía vivir consigo mismo si no hacía lo correcto sin importar el costo. Se quedó allí durante horas hablándole, recordando, llorando.
Cuando finalmente se levantó para irse, sintió algo que no había sentido en meses, una pequeña semilla de paz. Eduardo había muerto. Esa verdad nunca cambiaría y el dolor nunca desaparecería completamente. Pero su muerte no había sido en vano. Había expuesto un sistema de corrupción que había operado impunemente durante años. Había inspirado a otros a hablar, a no quedarse callados ante la injusticia. Valentina sabía que tendría que aprender a vivir con su ausencia, a construir una vida nueva sin él.
No sería fácil y habría días oscuros por delante. Pero también sabía que honraría su memoria viviendo con la misma integridad que él había demostrado, enseñando a sus estudiantes sobre la importancia de hacer lo correcto, incluso cuando era difícil, asegurándose de que la historia de Eduardo Salas no fuera olvidada. Mientras caminaba hacia la salida del cementerio, el sol de la tarde proyectaba sombras largas sobre las lápidas. Valentina no miró atrás. Eduardo ya no estaba en ese lugar. Vivía en sus recuerdos, en las vidas que había tocado, en el cambio que había logrado con su valentía.
Y eso pensó Valentina mientras salía por las puertas del panteón hacia el mundo exterior, tendría que ser suficiente.















