(1974) LA TRAGEDIA de los 9 militares chilenos que DESAPARECIERON patrullando el Altiplano

El 14 de agosto de 1974 a las 06:47 horas nueve hombres salieron de la base militar de Putre con destino al sector conocido como Cerro Belén, a 4680 m sobre el nivel del mar. La patrulla llevaba provisiones para 5 días. Registros oficiales indican que debían regresar el 19 de agosto antes del mediodía. El 20 de agosto ninguno había vuelto. Tres días después, equipos de búsqueda encontraron el vehículo de la patrulla intacto estacionado en las coordenadas exactas del punto de destino.

Las provisiones seguían en la parte trasera. Las armas estaban alineadas dentro del compartimento de seguridad. Las llaves permanecían en el contacto, pero no había cuerpos, no había sangre, no había señales de lucha ni de accidente. Lo único fuera de lugar era una grabadora de carrete abandonada junto al asiento del conductor. La cinta seguía dentro. Cuando fue reproducida en la base, contenía exactamente 19 minutos y 40 segundos de audio. Las primeras transcripciones de esa grabación fueron clasificadas. Los nombres de los nueve hombres fueron eliminados del registro oficial de personal activo el mismo día que se archivó el caso.

Durante 50 años, ningún familiar recibió explicación y hasta hoy nadie ha podido responder dos preguntas. ¿Qué registró esa cinta? ¿Por qué el Ejército de Chile decidió que nunca debía revelarse? Este archivo fue marcado con el código P74 ALT09 y permaneció sellado en los archivos del comando de operaciones especiales hasta 1998, cuando fue reclasificado como material sensible no divulgable. No existe documentación pública sobre esta patrulla. No hay registro de funeral militar, ni reconocimiento póstumo, ni mención en los libros de historia.

Lo que sigue es una reconstrucción basada en documentos internos filtrados, testimonios de personal retirado que rompió su silencio décadas después y la transcripción parcial de aquella grabación que el ejército jamás quiso que saliera de su archivo. La patrulla estaba compuesta por nueve hombres cuyas identidades fueron borradas del sistema el 23 de agosto de 1974, apenas 3 días después de que se declarara su desaparición. Sin embargo, en documentos internos previos a esa fecha, sus nombres aún aparecen. El sargento primero Héctor Valdivia Soto, 34 años, jefe de la operación.

El cabo segundo, Andrés Pizarro Muñoz, 28 años. El soldado conscripto Mario Leiva Cáceres, 21 años. Los otros seis también fueron identificados en registros de salida de la base, pero sus nombres fueron tachados con tinta negra en los archivos posteriores. Lo que no pudo ser borrado fue el registro de salida del vehículo, un camión militar Ga Z6 con matrícula E46782, firmado por el teniente coronel Raúl Osorio a las 06:41 horas del 14 de agosto. La misión aparece descrita como reconocimiento de ruta alternativa sector norte, zona Cerro Belén.

Duración estimada 4 días, armamento asignado, nueve rifles FAL y tres cajas de munición estándar. Provisiones. Raciones para 5 días, dos bidones de agua de 20 L cada uno, un equipo de radio portátil marca Motorola HT220 y una grabadora Grundik TK121. utilizada habitualmente para registrar informes de campo, el 19 de agosto a las 13:00 horas, el teniente coronel Osorio solicitó confirmación de regreso. No hubo respuesta por radio. A las 18:30 horas se activó el protocolo de búsqueda. Dos equipos salieron al día siguiente antes del amanecer.

El primero localizó el vehículo a las 11:15 horas del 20 de agosto estacionado en las coordenadas 18 de 1244S 69108 do exactamente donde debía estar según el plan de misión. Pero la escena no correspondía con ningún protocolo conocido. El camión estaba perfectamente estacionado, orientado hacia el sur. Las puertas permanecían cerradas. No había señales de impacto, derrape o maniobra evasiva. Cuando los equipos de búsqueda ingresaron al vehículo, encontraron todas las provisiones intactas. Las raciones no habían sido abiertas.

Los bidones de agua seguían llenos. Las armas estaban guardadas en el compartimento de seguridad, limpias, sin disparar. Los uniformes de repuesto estaban doblados en las mochilas. Lo único fuera de lugar era la grabadora. Estaba colocada en el suelo junto al asiento del conductor con la tapa abierta. La cinta seguía dentro. El contador marcaba exactamente 19 minutos y 40 segundos. Uno de los soldados del equipo de rescate, el cabo Luis y Barra Rojas, presionó el botón de reproducción.

Escuchó 5 segundos. Luego detuvo la cinta y solicitó por radio que el equipo regresara a la base de inmediato. No dio explicaciones, simplemente repitió la orden. Según su propio testimonio, en 2003, lo que escuchó fue suficiente para saber que aquello no debía reproducirse en campo abierto. No eran voces normales”, declaró Ibarra en una entrevista grabada en Arica 3 meses antes de morir. eran voces asustadas y luego había otra cosa, un sonido que no debería existir allí arriba.

La grabadora fue entregada al teniente coronel Osorio esa misma tarde. Él la escuchó completa en su oficina con la puerta cerrada. A las 19:45 horas convocó una reunión extraordinaria con el comandante de la base, el coronel Arturo Medina Lagos. La reunión duró 43 minutos. No hay acta oficial, pero hay un registro de llamada telefónica desde la oficina de Medina hacia Santiago a las 20:32 horas con destino al Ministerio de Defensa. Al día siguiente, 21 de agosto, llegaron tres vehículos civiles sin identificación a la base de Putre.

Cuatro hombres vestidos de traje bajaron de ellos. No firmaron el registro de ingreso, no portaban credenciales visibles, permanecieron en la base durante 6 horas. Cuando se fueron, la grabadora ya no estaba en poder del teniente coronel Osorio. Dos semanas después, el 7 de septiembre, todos los registros relacionados con la patrulla fueron transferidos a un archivo especial bajo código P74 ALT09. El expediente fue marcado como clasificado indefinidamente. Los nombres de los nueve hombres desaparecieron del sistema de personal activo.

Sus familias recibieron notificaciones estándar de fallecimiento en servicio activo, causa no especificada. No hubo funerales militares, no hubo entrega de medallas, no hubo explicación. Pero en 1982, 8 años después, algo inesperado sucedió. Un sobre manila sin remitente llegó a la dirección de Rosa Valdivia de Soto, madre del sargento, primero Héctor Valdivia. Dentro había una fotografía en blanco y negro, sin fecha visible y una nota mecanografiada con una sola frase. Su hijo llegó a donde debía llegar. La fotografía mostraba un paisaje montañoso.

En primer plano se distinguía parte de un vehículo militar. Al fondo, borroso identificable, había una estructura vertical de aproximadamente 3 m de altura. Parecía metálica, no correspondía con ninguna instalación oficial registrada en esa zona. Rosa Valdivia llevó la fotografía a la base militar en Arica. fue recibida por un oficial que revisó la imagen durante menos de 20 segundos. Luego le devolvió la foto y le dijo, “Esto no es de su hijo, es un error.” Ella insistió, pidió ver al comandante de la base, le fue negado, intentó presentar una denuncia formal.

La denuncia nunca fue registrada. Cuando volvió a su casa esa tarde encontró la puerta de su domicilio abierta. La fotografía ya no estaba, tampoco la nota, solo quedaba el sobre manila vacío con una marca circular en la esquina inferior derecha, el sello de un remitente que había sido deliberadamente borrado con tinta negra. Rosa Valdivia murió en 1991 sin obtener respuesta, pero antes de morir le contó la historia a su sobrina, quien en 2007 intentó solicitar la desclasificación del expediente P74 ALT09 a través de una petición formal ante el Ministerio de Defensa.

La respuesta llegó 6 meses después. El expediente solicitado no existe en nuestros archivos. Sin embargo, existen dos copias. Una de ellas fue filtrada en 2019 por un funcionario retirado del comando de operaciones especiales. Esa copia contiene algo que nunca debió salir de ese archivo, los primeros 4 minutos de la transcripción de aquella grabación. Y lo que revelan esos 4 minutos no es un accidente, no es un error de navegación, no es una tormenta ni un desprendimiento de rocas.

Es una voz, una voz que no debería estar allí. Y una pregunta que ninguno de esos nueve hombres debería haber escuchado jamás. La transcripción parcial de la grabación fue filtrada en julio de 2019 como parte de un conjunto de documentos clasificados del periodo 19731978. El archivo llegó a manos de investigadores independientes a través de una fuente anónima identificada únicamente como funcionario J. El documento contenía 4 minutos y 12 segundos de texto transcrito correspondientes al inicio de la grabación.

El resto permanece censurado bajo el código de seguridad nivel 3, el mismo que se utiliza para operaciones de inteligencia en zonas de conflicto. La transcripción comienza a las 0914 horas del 15 de agosto de 1974, según el marcador de tiempo que aparece al inicio del texto. decir, un día después de que la patrulla saliera de la base, la voz que habla es identificada como la del sargento Héctor Valdivia. Su tono es profesional, controlado, como si estuviera dictando un informe de rutina.

09 1403, Valdivia. Registro de Patrulla P108, día 2. Ubicación confirmada en coordenadas previstas. Vehículo operativo sin novedades climáticas. Visibilidad completa, temperatura estimada 3ºC. Procedemos al reconocimiento del perímetro norte según plan de emisión. Hasta ese momento, todo corresponde con un reporte estándar, pero lo que sigue introduce la primera contradicción. A las 0918 horas se escucha la voz del cabo Andrés Pizarro. No está dirigiéndose al sargento, está describiendo algo que ve. 91841. Pizarro, sargento. ¿Usted ve eso? 09 1846.

Valdivia Ver 09151. Pizarro. Esa estructura al noroeste como a 200 m. C919 CO2. Valdivia. No hay estructuras registradas en esta zona. C91908. Pizarro. Lo sé, pero está ahí. Aquí la grabación se detiene. Hay un silencio de 9 segundos. Luego se escucha el sonido de pasos sobre tierra suelta, el roce de uniformes, respiraciones. Alguien murmura algo inaudible. La siguiente voz clara es nuevamente la de Valdivia. 091923 Valdivia Leiva trae los binoculares. 0930 Leiva. Sí, sargento. Otro silencio. Esta vez de 17 segundos.

Cuando Valdivia vuelve a hablar, su voz ya no suena profesional, suena confundida. 0919. Valdivia, eso no debería estar ahí. 0954 Pizarro. ¿Qué es 9201? Valdivia. No lo sé. Parece metálico, vertical, como un poste, pero no es un poste. C9 2011. Pizarro quiere que nos acerquemos. 0916 Valdivia. Espera. La transcripción termina abruptamente en ese punto. El resto del documento está marcado con la palabra censurado en bloques de texto negro. No hay explicación de por qué se detuvo la transcripción allí.

No hay nota aclaratoria. Solo un código al final de la página. Segmento completo restringido. Autorización nivel tres requerida. Pero esa estructura que Pizarro y Valdivia observaron ese día no aparece en ningún mapa oficial. Revisiones del archivo cartográfico militar de la zona de Cerro Belén correspondientes al año 1974 no muestran instalación alguna en un radio de 5 km desde las coordenadas de la patrulla. Tampoco hay registro de construcción civil, torre de comunicaciones o estación meteorológica en ese sector.

Sin embargo, en el archivo fotográfico del servicio aerofotogramétrico de la Fuerza Aérea existe una imagen satelital de esa zona fechada el 22 de agosto de 1974, 3 días después de la fecha prevista de regreso de la patrulla. La fotografía fue tomada como parte de un reconocimiento de rutina de la frontera norte. Cuando se amplía digitalmente en la sección correspondiente a las coordenadas 18 y Jodec 1244s 69318 blbu se distingue una sombra vertical que no corresponde con formaciones rocosas naturales.

La sombra mide aproximadamente 3,2 m de largo, lo que sugiere una estructura de entre 2 y5 y 3 m de altura. Esa fotografía fue solicitada para análisis en 1998 por un equipo de investigación geológica de la Universidad de Chile. La solicitud fue denegada sin justificación. Cuando el equipo insistió, recibieron una respuesta del comando de operaciones especiales, indicando que el material solicitado no está disponible para fines académicos. La imagen satelital nunca fue desclasificada, permanece en el archivo bajo código restringido hasta hoy, pero no es el único elemento físico que desapareció.

En septiembre de 1974, el soldado que formó parte del equipo de rescate, Luis Ibarra Rojas, fue trasladado de forma abrupta desde la base de Putre a la base militar de Punta Arenas, a más de 3000 km de distancia. El traslado no estaba programado, no había solicitud previa, simplemente recibió la orden el 10 de septiembre y debía presentarse en su nuevo destino antes del 15 del mismo mes. Ibarra permaneció en Punta Arenas hasta 1977. Nunca volvió a la zona norte.

Durante esos 3 años no habló del caso, pero en 2003, ya retirado y viviendo en Arica, aceptó dar una entrevista para un proyecto de historia oral militar. La grabación duró 2 horas y 14 minutos. En ella, Ibarra describió lo que realmente vio cuando ingresó al vehículo abandonado aquel 20 de agosto. El camión estaba limpio, demasiado limpio. Declaró como si nadie hubiera estado ahí. Pero la grabadora estaba en el suelo junto al asiento del conductor con la tapa abierta.

Y había algo más, algo que no puse en mi reporte porque me dijeron que no lo hiciera. El entrevistador le preguntó qué era y barra tardó casi 20 segundos en responder. Había marcas en el volante, dijo finalmente. Marcas de manos como si alguien lo hubiera agarrado con mucha fuerza. Pero no eran marcas de sudor ni de suciedad, eran marcas quemadas, como si las manos que tocaron ese volante hubieran estado ardiendo. Esa declaración no aparece en ningún informe oficial del equipo de rescate.

El reporte firmado por Ibarra el 21 de agosto de 1974 menciona únicamente que el vehículo fue hallado en condiciones normales, sin señales de forcejeo ni uso reciente. Cuando se le preguntó por qué había omitido ese detalle en su reporte, Ibarra respondió, “Porque el teniente coronel Osorio me llamó a su oficina esa misma noche y me dijo que había cosas que no podían escribirse. Me dijo que si yo quería seguir en el ejército, debía olvidar lo que había visto.” Luis Ibarra murió el 12 de noviembre de 2003, tres meses después de esa entrevista.

Causa oficial, paro cardíaco. Tenía 56 años, no tenía antecedentes cardíacos. Su cuerpo fue cremado dos días después, sin autopsia. La grabación de su testimonio fue guardada en un archivo privado por el entrevistador, quien solicitó permanecer anónimo. Ese archivo fue filtrado en 2011, pero nunca fue verificado oficialmente. Sin embargo, hay otro testimonio, uno que nunca debió existir. En diciembre de 1974, 4 meses después de la desaparición, el teniente coronel Raúl Osorio fue internado en el hospital militar de Santiago por un cuadro descrito como estrés postraumático severo.

Permaneció internado durante 18 días. Durante ese periodo fue medicado con sedantes y mantuvo conversaciones con un psiquiatra militar, el mayor Ernesto Figueroa Lagos. Esas sesiones fueron confidenciales, pero en 2016, tras la muerte del mayor Figueroa, su hija encontró entre sus pertenencias un cuaderno de notas personales. En una de las páginas, fechada el 19 de diciembre de 1974, había una anotación breve escrita a mano. Osorio sigue insistiendo. Dice que escuchó toda la grabación. dice que al final, antes de que se cortara, había una voz que no era humana.

Pregunta si es posible que algo más estuviera allí con ellos. Le he dicho que no, pero él no me cree. Y, honestamente, yo tampoco estoy seguro. Esa nota nunca fue incluida en el expediente médico oficial de Osorio y el cuaderno desapareció en circunstancias no aclaradas apenas tres meses después de que la hija de Figueroa lo mencionara públicamente en una entrevista. Ella reportó el robo a la policía. La denuncia fue archivada sin investigación. Raúl Osorio nunca volvió a hablar del caso.

Murió en 1989. Su expediente médico permanece clasificado y la pregunta que dejó escrita en ese cuaderno sigue sin respuesta. ¿Qué más estaba allí con ellos? El 11 de agosto de 1974, tres días antes de que la patrulla saliera de la base de Putre, un arriero llamado Esteban Contreras Vilca transitaba por el sector de Cerrobelén con una tropilla de seis llamas. Contreras, de 62 años, conocía esa ruta desde niño. Había trabajado como guía ocasional para expediciones científicas y equipos militares durante más de cuatro décadas.

Su nombre aparece en registros de la base como colaborador civil confiable en documentos fechados entre 1968 y 1973. Esa mañana Contreras vio algo que lo hizo detenerse. Según su propio relato, dado a su hijo menor en 1979, observó algo que brillaba en la ladera norte del cerro, aproximadamente a la altura donde después sería hallado el vehículo de la patrulla. Describió el objeto como metálico, vertical, como un tubo de metal clavado en la tierra. No se acercó, simplemente lo observó durante varios minutos antes de continuar su camino.

Cinco días después, el 16 de agosto, Contreras volvió a pasar por la misma zona. Esta vez lo acompañaba su hijo mayor, Luciano Contreras Mamani, de 34 años. Ambos declararon después que el objeto seguía allí, pero ahora había algo más. Vehículos militares estacionados cerca. Contreras contó tres camiones. Luciano dijo que eran cuatro. Ambos coincidieron en que había hombres uniformados caminando alrededor de la estructura metálica. “Mi padre me dijo que no nos acercáramos”, relató Luciano en una entrevista grabada en 1996.

Me dijo que cuando los militares hacen algo en el altiplano es mejor no preguntar. Así que seguimos de largo, pero yo miré hacia atrás y vi que uno de los soldados nos estaba observando con binoculares. Dos días después, el 18 de agosto, Esteban Contreras recibió la visita de dos hombres en su casa de putre. No eran uniformados. Vestían ropa civil, pantalones oscuros, chaquetas de cuero, lentes de sol. Llegaron en un jeep sin identificación. Tocaron la puerta a las 19:30 horas, cuando ya había oscurecido.

Luciano estaba presente. Según su testimonio, los hombres preguntaron por su padre. Cuando Esteban salió, le pidieron que los acompañara afuera. Hablaron durante aproximadamente 10 minutos. Luciano no pudo escuchar la conversación completa, pero alcanzó a oír una frase. Lo que usted vio el día 16 no estaba allí. ¿Entiende? Cuando su padre regresó al interior de la casa estaba pálido. No dijo nada, no. Se sentó en silencio durante varios minutos. Finalmente miró a su hijo y le dijo, “Nunca estuvimos allí, nunca vimos nada.

Esteban Contreras no volvió a trabajar como guía, dejó de transitar por el sector de Cerro Belén. Durante 5 años, cada vez que alguien le preguntaba por qué ya no subía al altiplano, cambiaba de tema. Pero en 1979, poco antes de morir de neumonía, llamó a su hijo menor Ramiro Contreras Mamani y le contó todo. Le describió la estructura metálica, los vehículos, los hombres que lo visitaron y le dijo algo más. Me dijeron que si hablaba mi familia iba a sufrir.

No usaron esas palabras exactas, pero fue lo que quisieron decir. Esteban Contreras murió el 3 de abril de 1979. Su familia nunca reportó lo que les había contado, pero Ramiro guardó la historia y en 2004, 25 años después, decidió compartirla con un periodista de Arica que investigaba casos de desapariciones no resueltas en la zona norte. El periodista Claudio Fernández Bravo grabó la entrevista y comenzó a investigar. Fernández solicitó acceso a los archivos militares de la base de Putre correspondientes a agosto de 1974.

La solicitud fue denegada. intentó entrevistar a exmilitares que hubieran servido en la zona durante ese periodo. Cuatro de ellos aceptaron hablar bajo condición de anonimato. Todos dijeron lo mismo. No sabemos nada de eso. Uno de ellos agregó, y si supiera algo, no podría decírselo. El 14 de junio de 2004, Claudio Fernández fue asaltado en su departamento en Arica. Los ladrones se llevaron su computadora portátil, dos cámaras fotográficas y todas las cintas de audio de sus entrevistas. No tocaron su billetera, no tocaron su teléfono celular, solo se llevaron el material de investigación.

Fernández reportó el robo a la policía. El caso fue archivado tres semanas después sin resultados, pero Fernández había hecho copias. Una de esas copias llegó en 2011 a manos de investigadores independientes y en esa copia estaba la entrevista con Ramiro Contreras. También estaba otra cosa, una fotografía que Ramiro le había entregado a Fernández durante la entrevista. La fotografía era antigua, en blanco y negro, con los bordes desgastados. Mostraba una vista del altiplano desde una elevación. Al fondo se distinguía Cerrobelén y en primer plano, apenas visible, había una sombra vertical que no correspondía con el paisaje natural.

La foto no tenía fecha, pero en el reverso había una inscripción escrita a lápiz. Agosto 74. E Esteban Contreras. Esa fotografía nunca fue autenticada oficialmente, pero análisis independientes realizados en3 por expertos en fotografía forense determinaron que el tipo de papel y el proceso de revelado correspondían con técnicas utilizadas en Chile durante la década de 1970. La imagen no mostraba señales de manipulación digital. Si era un montaje, había sido hecho con métodos analógicos de la época. Sin embargo, lo más perturbador no era la fotografía en sí, era lo que Ramiro Contreras había dicho al final de

su entrevista con Fernández en un segmento que casi no se escucha porque bajó la voz hasta convertirla en un susurro. Mi padre me dijo que esa cosa que vio no estaba quieta. Dijo que se movía no como una máquina, como algo vivo. Ese fragmento de audio fue analizado en 2015. La voz de Ramiro es apenas audible, pero las palabras son claras. Y hay algo más en la grabación, un sonido de fondo casi imperceptible que aparece exactamente cuando Ramiro pronuncia la palabra vivo.

Es un sonido agudo, breve, que dura menos de 2 segundos. Técnicos de audio que analizaron la grabación no pudieron identificar su origen. No corresponde con ruido eléctrico, interferencia telefónica ni sonido ambiental. reconocible. Ramiro Contreras murió en 2009, 5 años antes de que esa grabación fuera analizada. Causa oficial, accidente de tránsito. Su vehículo salió de la carretera en un tramo recto, sin señales de frenado, sin testigos. El informe policial concluyó que probablemente se quedó dormido al volante. Tenía 64 años.

No tenía antecedentes de problemas de salud ni consumo de alcohol. Pero tres semanas antes de su muerte, Ramiro había contactado nuevamente a Claudio Fernández. Le dijo que tenía algo más que mostrarle, algo que su padre le había dado antes de morir y que él nunca había compartido con nadie. Acordaron reunirse el 18 de marzo de 2009. Ramiro murió el 12 de marzo, 6 días antes de la reunión. Nunca dijo qué era lo que quería mostrarle. Y entonces aparece la segunda grabación.

En octubre de 2017, un sobre Manila fue dejado en la recepción de una radio comunitaria de Putre. No tenía remitente, solo una nota mecanografiada. Esto es lo que no quisieron que escucharan. Dentro había un cassette marca Sony sin etiqueta, con cinta magnética visiblemente envejecida. Cuando fue reproducido contenía 6 minutos y 32 segundos de audio. La calidad era pésima, llena de estática y cortes, pero se distinguían voces, voces que hablaban en español con acento chileno y al fondo, muy débil, pero presente, ese mismo sonido agudo que aparecía en la entrevista de Ramiro Contreras.

La estación de radio intentó verificar la autenticidad del cassette. consultaron con técnicos. Nadie pudo determinar si era real o fabricado, pero hubo algo que llamó la atención. En uno de los segmentos más claros del audio se escucha una voz masculina que dice, “No deberían habernos enviado aquí.” Y luego, después de un silencio de 4 segundos, otra voz responde, “Ya es tarde para eso.” Esas voces nunca fueron identificadas oficialmente, pero la primera voz, según análisis de voz realizados en 2018, presenta características acústicas compatibles con la voz del sargento Héctor Valdivia, la misma que aparece en la transcripción parcial de la grabadora encontrada en el vehículo.

El cassette fue entregado a las autoridades en 2018, nunca fue devuelto. La estación de radio que lo recibió cerró en 2019 y la persona que lo entregó jamás fue identificada. En marzo de 1974, 5 meses antes de que la patrulla desapareciera, el Ministerio de Defensa aprobó una partida presupuestaria extraordinaria de $40,000 para adecuación de infraestructura en zona norte. El documento marcado como interno fue firmado por el subsecretario de defensa general de división, Óscar Bonilla Bradovic. La partida no especificaba ubicación exacta ni naturaleza de las obras, solo mencionaba el código de proyecto CTnalt07.

Ese código no aparece en ningún registro público de obras militares. No hay licitaciones asociadas, no hay permisos de construcción, no hay facturas de materiales, pero hay un documento filtrado en 2018 que demuestra que esos fondos fueron transferidos. El 12 de abril de 1974, la suma completa fue girada desde el Ministerio de Defensa hacia una cuenta bancaria registrada a nombre de empresa constructora austral Leltida con domicilio en Santiago. Esa empresa no existe en los registros del Servicio de Impuestos Internos, no tiene ruta asignado, no aparece en ningún directorio comercial de la época.

Sin embargo, el giro bancario fue procesado sin observaciones. Y hay un detalle más. La cuenta de destino fue cerrada el 30 de agosto de 1974, exactamente una semana después de que se archivara el caso de la patrulla desaparecida. Pero alguien construyó algo en esa zona. En julio de 1974, un ingeniero civil llamado Rodrigo Saavedra Mont fue contratado para supervisar obras en el altiplano. El contrato fue verbal, no hay documentación oficial, pero Saavedra lo mencionó en una carta personal enviada a su esposa el 18 de julio de 1974.

La carta fue encontrada en 2005 entre pertenencias familiares tras la muerte de su viuda. Estoy en un lugar que no puedo nombrar, escribió Saavedra. El trabajo es extraño. No parece una base militar convencional. Hay estructuras que no entiendo. Me dijeron que solo debo supervisar la instalación eléctrica, nada más. No puedo hacer preguntas. Volveré en dos semanas. Rodrigo Saavedra regresó a Santiago el 2 de agosto de 1974. 12 días antes de que la patrulla saliera hacia Cerro Belén, nunca volvió a hablar de ese trabajo.

Cuando su esposa le preguntó qué había hecho exactamente, él respondió, “Es mejor no saberlo.” En 1983, Saavedra murió en un accidente laboral en una obra en Valparaíso. tenía 47 años, pero en 2014 un topógrafo retirado llamado Héctor Bustos Vera decidió romper su silencio. Bustos había trabajado como asistente técnico en proyectos militares durante la década de 1970. En una entrevista grabada para un documental independiente, reveló que en junio de 1974 fue convocado a una reunión en el Ministerio de Defensa.

Le mostraron planos de una instalación subterránea. Le pidieron calcular coordenadas exactas para una estructura en el altiplano. No era una base normal, declaró Bustos. Los planos mostraban algo enterrado, como un silo o un depósito, pero no tenía las características de un almacén militar estándar. Tenía conductos de ventilación que bajaban más de 20 m y había una sala central con dimensiones extrañas, 7 m de diámetro techo abobedado. Cuando pregunté para qué era, me dijeron que no era de mi incumbencia.

Bustos realizó los cálculos. Las coordenadas que entregó corresponden exactamente con el área donde fue hallado el vehículo de la patrulla. Latitud 18 Boramida 244S, longitud 69B de Green Team y Nono 8 DOV. Pero cuando entregó el informe final, le hicieron firmar un acuerdo de confidencialidad. Le advirtieron que si revelaba esa información enfrentaría consecuencias legales severas. Bustos guardó silencio durante 40 años. Sin embargo, existe evidencia física. En 1991, una expedición científica de la Universidad Católica del Norte realizó estudios geológicos en el sector de Cerroblén.

Uno de los geólogos, el Dr. Arturo Pino Gallardo, detectó anomalías magnéticas en un área específica. Según su informe técnico, los instrumentos de medición registraron variaciones inusuales en el campo magnético local, no compatibles con formaciones geológicas naturales. El Dr. Pino solicitó autorización para realizar excavaciones exploratorias. La solicitud fue denegada por el comando de operaciones especiales. La justificación oficial, zona restringida por razones de seguridad nacional. Pino apeló la decisión. La apelación fue rechazada. Cuando intentó publicar sus hallazgos en una revista científica, recibió una carta del Ministerio de Defensa solicitándole abstenerse de divulgar información sobre zonas sensibles.

El drctor Pino acató la orden, pero guardó sus notas. Y en esas notas hay un detalle que nunca fue publicado. Las anomalías magnéticas formaban un patrón circular perfecto de 7 m de diámetro. Exactamente las mismas dimensiones de la sala central descrita en los planos que Héctor Bustos había visto en 1974. En 2001, un grupo de montañistas aficionados transitó por el sector de Cerro Belén. Uno de ellos, Mauricio Lagos Soto, tomó fotografías del paisaje. En una de esas fotografías, tomada desde una elevación de aproximadamente 4700 m, se distingue algo inusual, un área rectangular de aproximadamente 4 m donde la vegetación del altiplano no crece.

El suelo se ve compactado, diferente al terreno circundante. Lagos no le dio importancia en ese momento, pero en 2016, cuando comenzaron a circular en internet informes filtrados sobre la patrulla desaparecida, revisó sus fotografías antiguas, reconoció la zona, amplió la imagen digitalmente y notó algo más. En uno de los bordes del área rectangular, parcialmente cubierto por tierra, había un borde metálico, como el marco de una compuerta o una tapa de acceso. Lagos intentó regresar a la zona en 2017, no pudo acceder.

El área había sido cercada. Había letreros que indicaban zona militar restringida, prohibido el paso. Los letreros no estaban allí en 2001. Mauricio consultó con autoridades locales. Nadie pudo explicarle cuándo se había instalado el cercado ni por qué. Pero hay otro testimonio. En septiembre de 2008, un pastor de ovejas llamado Pedro Gutiérrez Mamani reportó a Carabineros de Putre que había escuchado ruidos extraños provenientes del sector de Cerro Belén durante la noche. Describió los sonidos como metálicos, como si algo se estuviera abriendo o cerrando bajo tierra.

Carabineros tomó nota del reporte, pero no realizó ninguna investigación. Dos semanas después, Gutiérrez volvió a la comisaría. Esta vez dijo que había visto luces. No eran linternas, declaró. Eran luces azuladas que salían del suelo como si hubiera algo enterrado que se estuviera encendiendo. El carabinero de turno le sugirió que probablemente había sido un reflejo de la luna. Gutiérrez insistió en que no. El reporte fue archivado. Pedro Gutiérrez dejó de trabajar en esa zona. Cuando le preguntaron por qué, respondió, “Hay cosas que es mejor no ver.” Nunca volvió a hablar del tema.

Murió en 2012. Su familia no supo de esos reportes hasta 2019, cuando un investigador independiente revisó archivos antiguos de la comisaría de Putre y encontró las actas. Y entonces aparece el documento más perturbador. En enero de 2020, un sobre fue entregado de forma anónima en las oficinas de un diario de Arica. Dentro había tres páginas mecanografiadas, sin membrete, sin firma, solo un código en la esquina superior derecha, CTn07, el mismo código que aparecía en la partida presupuestaria de 1974.

El texto describía procedimientos operativos para mantenimiento de instalación subterránea en zona altiplánica. Mencionaba protocolos de acceso, sistemas de ventilación y medidas de seguridad. Pero lo más inquietante estaba en la última página. Había una sección titulada protocolo en caso de contacto no autorizado. La sección indicaba lo siguiente. Si personal militar o civil accede a la instalación sin autorización previa, debe ser contenido de inmediato. No se permite comunicación externa. El personal afectado será trasladado a instalación secundaria para evaluación.

Toda documentación relacionada será clasificada bajo nivel tres. No se emitirán reportes públicos. El diario intentó verificar la autenticidad del documento. Consultaron con expertos en documentos militares. Nadie pudo confirmar ni desmentir su origen. El Ministerio de Defensa emitió un comunicado breve. El documento mencionado no corresponde a material oficial de las fuerzas armadas. Pero el código CNalt07 era real y las coordenadas mencionadas en los informes técnicos filtrados correspondían con el lugar donde desapareció la patrulla y si esa instalación existía, entonces la pregunta ya no es qué le pasó a esos nueve hombres.

La pregunta es, ¿qué encontraron allí abajo? En noviembre de 2021, un técnico de archivo militar retirado, identificado únicamente como MR en documentos filtrados, entregó a investigadores independientes una copia digital de la grabación completa, no la transcripción parcial de 4 minutos que había circulado desde 2019. La grabación entera, 19 minutos y 40 segundos. El archivo de audio completo que el ejército de Chile había mantenido clasificado durante 47 años. La grabación comienza exactamente como indica la transcripción oficial, el sargento Valdivia dictando un informe de rutina a las 0914 horas del 15 de agosto de 1974.

Luego está el diálogo sobre la estructura metálica y después el silencio de 17 segundos. Pero lo que sigue no aparece en ninguna transcripción oficial. A las 092048 se escucha la voz del soldado Mario Leiva. Está respirando con dificultad, como si hubiera corrido o subido una pendiente. 0920 48 Leiva, sargento. Esto no es un poste. 09253. Valdivia. ¿Qué es entonces C1? Leiva parece una antena o algo así, pero no tiene cables y está vibrando. 092109 Pizarro vibrando. 9 214 Leiva.

Sí, pongan la mano cerca. No la toquen, solo acérquense. Hay un silencio de 12 segundos. Se escucha el viento. Luego la voz de Valdivia, ahora notablemente alterada. 92129. Valdivia. Dios santo. 92134. Pizarro. ¿Qué es eso? 9214. Valdivia. No lo sé, pero está caliente. Puedo sentirlo desde aquí. 92150. Leiva. Sargento. Hay algo más. Mire el suelo. Durante los siguientes 2 minutos, la grabación registra pasos, murmullos inaudibles y lo que parece ser el sonido de algo siendo removido, tierra o piedras siendo apartadas.

Luego a las 092417 la voz del cabo Pizarro se eleva. 092417 Pizarro. Aquí hay una compuerta. 092423. Valdivia. ¿Qué? 092428. Pizarro. Una compuerta metálica. Está enterrada, parcialmente cubierta, pero está aquí. 092437 Valdivia. Tiene marcas identificación. 092443 Pizarro. No, solo un código. Letras y números. ctn ALT07 código, el mismo que aparecía en la partida presupuestaria de marzo de 1974, el mismo que aparecía en el documento filtrado en 2020. La grabación continúa. Se escucha el sonido de metal contra metal.

Alguien está intentando abrirla compuerta. 092556 Valdivia. Esperen, no sabemos qué hay ahí abajo. 09263 Pizarro está entreabierta. Puedo ver Luz 092611, Valdivia. Luz 092616. Pizarro, sí, azulada, como si hubiera electricidad ahí dentro. 092625. Valdivia, eso no tiene sentido. No hay líneas eléctricas en esta zona. Durante el siguiente minuto, los hombres discuten Valdivia sugiere regresar a la base y reportar el hallazgo. Pizarro insiste en que deben revisar primero. Leiva no dice nada. Finalmente, a las 092751, Valdivia toma una decisión.

092751. Valdivia, está bien, pero solo bajamos dos. Pizarro, ¿vienes conmigo? Leiva, tú te quedas arriba. Si pasa algo, regresas al vehículo y llamas por radio 092804 Leiva. Sí, sargento. 092811, Valdivia. y graba esto todo. A la 092834 se escucha el sonido de la compuerta siendo abierta completamente. Es un sonido grave, metálico, seguido de un eco hueco que sugiere un espacio amplio debajo. Luego, pasos descendiendo, el sonido cambia. Ya no es tierra compacta, es metal, como si estuvieran bajando por una escalera de acero.

Durante 43 segundos solo se escucha el eco de los pasos. Luego la voz de Valdivia, ahora distante, amplificada por el espacio cerrado. N 2931 Valdivia, hay luces, están encendidas. 092938, Pizarro, ¿cómo es posible? 092945, Valdivia, no lo sé, pero esto es una instalación. Hay equipos, computadoras, pantallas, 92958, Pizarro, computadoras, 0936, Valdivia, sí, pero no como las que he visto, son diferentes. Aquí comienza la parte más perturbadora de la grabación. Durante los siguientes 3 minutos, Valdivia y Pizarro describen lo que ven.

Mencionan paneles de control con indicadores luminosos, cables que atraviesan el techo, una sala circular de aproximadamente 7 m de diámetro, exactamente como aparecía en los planos que Héctor Bustos había visto en 1974. Y al centro de esa sala algo que ninguno de los dos puede identificar. 0932 Ty Pizarro, ¿qué es eso? 09321 Valdivia, no lo sé. Parece una cápsula o un contenedor. 093229 Pizarro, está cerrado. Tiene un panel en el costado. 093237. Valdivia, no lo toques. 09 3243.

Pizarro, solo quiero ver. Y entonces sucede algo. Hay un sonido, no es mecánico, no es humano. Es un tono agudo constante que dura exactamente 7 segundos. El mismo tono que aparecía en la entrevista de Ramiro Contreras, el mismo que aparecía en el cassete entregado a la radio de Putre. Pero esta vez es mucho más claro, mucho más fuerte. 93304. Pizarro. ¿Qué fue eso? 9339 Valdivia, sal de ahí. Ahora se escucha el sonido de pasos corriendo, respiraciones agitadas, alguien tropieza, hay un golpe seco.

Luego la voz de Valdivia gritando hacia arriba. Tereso 9338. Valdivia, Leiva, prepara el vehículo. Nos vamos, pero no hay respuesta. Valdivia grita de nuevo. Silencio. Y entonces, desde arriba se escucha otra voz. No es Leiva, es una voz distinta. grave, calmada, habla en español, pero con un acento imposible de ubicar. 093351 Voz desconocida. No deberían estar aquí. 093358 Valdivia, ¿quién es usted? 09345 voz desconocida. Salgan de la instalación. Ahora 09341. Pizarro. Somos personal militar. Tenemos autorización para estar aquí.

093420. Voz desconocida, no la tienen. Hay un silencio de 11 segundos. Luego el sonido de los pasos de Valdivia y Pizarro subiendo rápidamente la escalera metálica. Cuando emergen la voz de Leiva se escucha de nuevo. Está asustado. 09353 Leiva. Sargento. ¿Hay alguien más aquí? 093509 Valdivia. ¿Dónde? 0935 14 Leiva. No lo sé. Pero escuché voces y la frase queda inconclusa. Hay un sonido que los técnicos de audio que analizaron la grabación en 2021 no pudieron identificar. Es como una ráfaga de aire comprimido o una explosión sorda.

Dura menos de 2 segundos y después silencio absoluto. Durante 38 segundos no se escucha nada, ni voces, ni pasos, ni viento, solo un zumbido eléctrico de fondo. Y entonces a las 0935:558 una voz vuelve a hablar. Es la voz del sargento Valdivia, pero ya no suena asustada, suena vacía. 093558 Valdivia. Entendido. Regresaremos. 093607 voz desconocida. No, se quedarán. 0936 14 Valdivia. Sí. 093619 Pizarro. Sí. 0936 23 Leiva. Sí. Y ahí termina. Los últimos 3 minutos y 20 segundos de la grabación son solo silencio.

El marcador de tiempo continúa corriendo hasta llegar a 1940, pero no hay sonido alguno, solo estática, como si la grabadora hubiera seguido funcionando, pero ya no hubiera nada que grabar. Cuando el técnico MR entregó esta grabación, adjuntó una nota manuscrita. En ella decía, “Este archivo fue escuchado por cuatro personas en 1974. Dos de ellas murieron ese mismo año. Las otras dos nunca volvieron a hablar. Yo lo escuché en 2003 cuando me asignaron a digitalizar material clasificado. Desde entonces no he podido dormir bien y ahora ustedes lo tienen.

Hagan lo que crean correcto, pero sepan que habrá consecuencias. La grabación fue analizada por expertos independientes en 2022. Determinaron que no había sido editada, no había cortes, no había manipulación digital, era una grabación continua de 19 minutos y 40 segundos, registrada en una grabadora Grundig TK121, el mismo modelo que la patrulla llevaba ese día. El Ministerio de Defensa de Chile fue contactado para comentar sobre la autenticidad del audio. No respondieron. Cuando se les envió una copia, emitieron un comunicado de prensa una semana después.

El material presentado no puede ser verificado ni autenticado. No forma parte de archivos oficiales de las fuerzas armadas. Pero la grabación existe y la voz que habla desde arriba de esa instalación subterránea nunca fue identificada y los nueve hombres de esa patrulla nunca regresaron. Y la pregunta ya no es qué encontraron allí abajo. La pregunta es, ¿quién los estaba esperando? El 23 de agosto de 1974, el mismo día en que los nueve nombres fueron eliminados del registro oficial de personal activo, el Ministerio de Defensa emitió una orden interna clasificada.

El documento filtrado en fragmentos durante las últimas dos décadas contenía una directiva específica. Todo material relacionado con el incidente P74 ALT09 será reclasificado bajo nivel de seguridad máximo. No se emitirán declaraciones públicas. Las familias recibirán notificación estándar de fallecimiento sin detalles operacionales. El personal involucrado en la recuperación será transferido a otras zonas. La instalación CTnalt07 será sellada indefinidamente. Esa última frase confirma lo que los documentos filtrados habían sugerido durante años. La instalación existía, era real y sigue allí.

En 2019, imágenes satelitales de acceso público mostraron que el área de Cerro Belén permanece cercada. Los letreros de zona militar restringida siguen en pie. No hay actividad visible desde el aire. Pero en análisis térmicos realizados por investigadores independientes en 2020 se detectaron anomalías de temperatura en el subsuelo, pequeñas variaciones que sugieren circulación de aire o actividad eléctrica subterránea, como si algo todavía estuviera funcionando allí abajo, pero nadie puede acceder. Todos los intentos de solicitar información bajo leyes de transparencia han sido rechazados.

Todas las peticiones de desclasificación de documentos han sido denegadas y todas las personas que se acercaron demasiado a la verdad enfrentaron consecuencias. Claudio Fernández, el periodista que investigó el caso en 2004, dejó de publicar sobre el tema después del robo en su departamento. En 2012 emigró a Argentina. Nunca volvió a trabajar como periodista de investigación. Cuando fue contactado en 2018 para una entrevista, declinó responder. Solo envió un mensaje breve. No puedo hablar de eso y si usted es inteligente, tampoco lo hará.

El Dr. Arturo Pino, el geólogo que detectó las anomalías magnéticas en 1991, se retiró de la vida académica en 2005. Sus notas de investigación fueron donadas a la Universidad Católica del Norte, pero la sección correspondiente al estudio de Cerro Belén fue removida del archivo antes de ser catalogada. Nadie sabe quién la retiró ni cuándo, simplemente desapareció. Mauricio Lagos, el montañista que fotografió el área rectangular en 2001, dejó de escalar en 2018. Cuando le preguntaron por qué, respondió, “Ya no disfruto la montaña como antes.” Borró todas sus fotografías antiguas de internet y cuando investigadores le solicitaron una copia de la imagen del área rectangular, respondió que ya no la tenía.

“Se perdió”, dijo en una actualización del sistema. Y el técnico MR, quien filtró la grabación completa en 2021, nunca reveló su identidad. Después de entregar el archivo, desapareció. No ha vuelto a contactar a nadie. No sabemos si sigue vivo. No sabemos dónde está. Solo sabemos que cumplió su advertencia. Hubo consecuencias. Porque este no es un misterio sin resolver, es un secreto deliberadamente mantenido. Los nueve hombres de esa patrulla no desaparecieron por accidente. No se perdieron, no sufrieron un percance climático.

Encontraron algo que no debían encontrar. Entraron a un lugar donde no debían entrar y alguien tomó la decisión de que nunca saldrían. La instalación subterránea sigue allí. Las grabaciones existen. Los documentos están archivados bajo códigos clasificados que no expiran. Y cada persona que intentó revelar la verdad fue silenciada, trasladada o simplemente decidió que su vida valía más que la verdad. Porque lo que estaba en esa instalación no era solo tecnología, no era solo un proyecto militar olvidado, era algo más, algo que requería protección, algo que requería aislamiento, algo que no podía ser revelado sin consecuencias, que iban mucho más allá de nueve hombres desaparecidos en el altiplano.

Y la pregunta que nadie ha podido responder, la pregunta que sigue resonando en cada documento filtrado, en cada testimonio silenciado, en cada advertencia emitida desde las sombras, es una que probablemente nunca tendrá respuesta oficial si esos nueve hombres murieron ese día. ¿Por qué el ejército de Chile sigue custodiando un lugar vacío en medio del altiplano? ¿O acaso no está vacío? Este archivo permanece abierto no porque se busque la verdad, sino porque la verdad ya fue encontrada y alguien decidió que era demasiado peligrosa para ser compartida. Expediente P74 ALT09 clasificado indefinidamente.