Fui de crucero con mis hijos y sus esposas. En el segundo puerto dijeron, “Papá, baja a conocer el mercado.” Cuando regresé, el barco ya no estaba. Mis maletas tampoco. Me dejaron en un país extraño, sin pasaporte, sin dinero, sin nombre. Pero lo que no sabían es que un viejo lobo de mar siempre encuentra la manera de volver. Y cuando volví, traje la tormenta conmigo. Me vieron en el noticiero.
Estoy sentado en una silla de plástico verde en una comisaría de Cartagena, Colombia. Huelo a sudor viejo, a sal de mar pegada en la piel, a miedo seco. Llevo la misma camisa blanca de lino que usé hace dos días, cuando todavía creía que mis hijos me querían. Ahora está arrugada, manchada de tierra en los codos, con una mancha de café en el pecho que ni siquiera recuerdo haberme echado. Frente a mí, una policía joven teclea algo en una máquina de escribir antigua que suena como huesos quebrándose.
Clac, clac, clac. Hay un ventilador en el techo que no gira completo. Se traba cada tres vueltas y hace un ruido metálico que me está volviendo loco. Una mosca camina por la pared amarilla, lenta, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo cuento las grietas en el cemento para no desmoronarme aquí delante de esta muchacha que me mira con lástima. Me llamo Juárez Montalván Robledo. Tengo 78 años. Nací en Veracruz, México, el 5 de marzo de 1947.
Fui dueño del astillero más grande de Veracruz durante 45 años. Construí barcos que navegaron por todo el Caribe, que llevaron mercancías, turistas, sueños de gente que confiaba en mi trabajo. Empleé a más de 200 hombres, pagué salarios justos, ayudé a familias enteras a comer, a educar a sus hijos, a tener dignidad. Y ahora, ahora ni siquiera tengo un maldito papel que diga quién soy. La policía me mira como si fuera un vagabundo que inventó una historia para conseguir comida.
No me creen. Y lo peor es que yo mismo empiezo a dudar si todo esto es real o si me estoy volviendo loco. Hace dos días en el crucero, mi nieto Matías me abrazó fuerte en la cubierta del barco. Él tiene 12 años. Todavía es un niño, pero sus ojos ya no lo son. me susurró al oído tan bajo que casi no lo escuché. Abuelo, no quiero que vayas mañana al puerto. Yo me reí. Le despeiné el cabello castaño que siempre tiene revuelto.
¿Por qué, mi niño? Va a ser divertido. Vamos a comprar cosas bonitas para llevar a casa. Él bajó los ojos, miró sus zapatos deportivos blancos que yo le regalé en su cumpleaños. Solo no vayas”, dijo eso y se fue corriendo. Yo pensé que estaba jugando, que los niños dicen cosas raras. Ahora sentado en esta silla que me clava el plástico en las nalgas, entiendo. Él sabía, mi propio nieto sabía que me iban a dejar y no pudo hacer nada.
O tal vez tuvo miedo. ¿Qué hace un niño de 12 años contra sus propios padres? La máquina de escribir sigue sonando. Clac, clac, clac. La mosca ahora está en el borde de mi taza de café frío. Hay una película grasosa flotando en la superficie del líquido marrón. No lo he bebido. No puedo tragar nada. Mi garganta está cerrada desde ayer. Cierro los ojos y veo la cara de Silvana en el desayuno. Hace dos mañanas, cuando todavía estábamos en el barco, ella estaba sonriente, demasiado sonriente.
Papá, hoy hace un calor terrible. No deberías bajar conmigo al puerto. Te va a hacer bien estirar las piernas. Gabriela, mi nuera, la esposa de Marcondes, intervino rápido, demasiado rápido. Sí, suegro, baje. Nosotros cuidamos sus cosas aquí en el camarote. No se preocupe por nada. Ella tiene esa forma de hablar, educada, correcta, pero fría como el hielo. Siempre supe que Gabriela no me quería, pero nunca pensé que me odiara tanto. Gabriela insistió mucho en que dejara mi mochila, la mochila negra de lona donde yo llevaba todo, mi pasaporte, mi cartera con $200 en efectivo, mi celular, los documentos del testamento de Josefina que Marcondes me pidió guardar.
Es más seguro aquí, suegro. ¿Para qué cargar con todo eso en el calor? Usted va a estar caminando bajo el sol, mejor viaje liviano. Yo, como un idiota, asentí. Dejé la mochila en la cama del camarote. Solo llevé mi sombrero de Panamá y 50 en el bolsillo del pantalón. $50 que gasté comprando artesanías que Sylvana escogió y que ahora están perdidas en algún mercado de Cartagena. Ahora entiendo. Ella sabía exactamente lo que hacía. No fue improvisado, fue milimétrico, calculado, planeado como se planea un asesinato.
Porque esto fue un asesinato, aunque yo siga respirando. La puerta de la comisaría se abre con un chirrido. Entra una mujer mayor como de 60 y pico de años, pelo canoso corto, lentes de sol grandes que se quita al entrar. Viste pantalón blanco y blusa azul claro. Viene caminando derecho hacia mí y la policía. Oficial. Yo vi todo. Yo estaba ahí en el puerto. Su voz es firme con acento colombiano suave. La policía levanta la vista de la máquina.
Usted es testigo. La mujer asiente. Me llamo Elena Vázquez. Soy pasajera del mismo crucero. Vi cuando la hija de este señor lo abandonó. Tengo fotos. Tengo video en mi celular. Mi corazón, que llevaba dos días latiendo como un tambor roto, de repente pega un salto. Alguien me vio. Alguien sabe que no estoy loco. Alguien sabe que esto pasó de verdad. Elena me mira y en sus ojos veo algo que no he visto en días. Compasión verdadera. No lástima.
Compasión. Hay diferencia. La lástima te hace sentir pequeño. La compasión te hace sentir humano otra vez. Señor, yo estaba comprando en el mismo mercado. Vi cuando su hija se fue al baño y no volvió. Vi cuando usted empezó a buscarla preguntando a todos. Vi cuando corrió hacia el puerto. Ella saca su celular un iPhone con funda rosada y le muestra algo a la policía. No puedo ver la pantalla desde aquí, pero veo la cara de la policía cambiar.
Sus cejas se juntan, su boca se aprieta. Esto es serio, dice la policía. Elena asiente muy serio. Este hombre fue abandonado intencionalmente por su propia familia y alguien tiene que hacer algo al respecto. La policía me mira diferente ahora, ya no con lástima de vagabundo, sino con respeto de víctima. Señor Montalván, vamos a hacer un reporte completo. Vamos a contactar a la embajada mexicana. Esto no se va a quedar así. Yo asiento, pero no puedo hablar todavía.
Tengo un nudo en la garganta del tamaño de un puño. Elena se sienta en la silla de plástico al lado mío. Huele a perfume de vainilla. Es el primer olor agradable que percibo en dos días. No está solo, me dice bajito. Yo me voy a quedar aquí hasta que esto se resuelva. Quiero agradecerle, pero si abro la boca sé que voy a llorar. Y ya he llorado demasiado. 78 años y he llorado más en estos dos días que en toda mi vida.
Así que solo asiento y miro la mosca que ahora camina por el borde de la ventana. La policía pregunta, “Señor Montalván, ¿usted tiene forma de contactar a su familia? Ahí es cuando la realidad me golpea otra vez, como una ola fría. No tengo sus números de memoria, siempre llamaba desde mi celular y mi celular está en el barco.” Elena interviene. Oficial, ¿podemos buscar en internet el nombre del crucero? Tal vez hay forma de contactar a la compañía.
La policía asiente y empieza a buscar en una computadora vieja que tarda siglos en cargar cada página. Yo miro el reloj en la pared. Son las 3 de la tarde. Hace 48 horas que bajé del barco. 48 horas que no sé nada de mis hijos. 48 horas que ellos saben perfectamente dónde estoy y no han hecho nada, nada, absolutamente nada. Elena saca su celular otra vez. Señor Juárez, usted me permite publicar su historia en mis redes sociales.
Tengo como 8000 seguidores. No es mucho, pero tal vez alguien puede ayudar. Yo la miro sin entender bien qué son las redes sociales. Josefina y yo nunca fuimos de esas cosas. Teníamos Facebook, pero nunca lo usábamos. Haga lo que crea necesario”, le digo. Mi voz suena ronca, como si no fuera mía. Elena empieza a escribir algo en su teléfono. Sus dedos se mueven rápido sobre la pantalla. Voy a poner las fotos y voy a contar lo que vi.
La gente tiene que saber lo que le hicieron. Yo asiento. Parte de mí tiene vergüenza. Vergüenza de que el mundo entero sepa que mis propios hijos me botaron como basura. Pero otra parte de mí, la parte que todavía tiene dignidad, quiere que todos sepan, quiere justicia, quiere que ellos paguen. La policía levanta la vista de la computadora. Encontré el crucero, se llama Estrella del Caribe. Salió de Cartagena hace 48 horas. Tiene paradas en Panamá y luego regresa a Veracruz en 5 días.
5co días. Cinco días más de esta pesadilla. Cinco días en que ellos van a estar comiendo, bebiendo, bailando en ese maldito barco. Mientras yo estoy aquí en esta silla de plástico sin nada. La policía continúa. Voy a enviar un comunicado oficial a la capitanía del barco. Ellos están obligados a responder. Elena me toca el brazo suavemente. Va a estar bien, se lo prometo. Y ahí, en ese momento, entendí que tal vez, solo, tal vez, yo no estaba tan solo como creía.
Tal vez el mar me había quitado a mis hijos, pero me había dado un ángel. un ángel con pelo canoso y celular con funda rosada. Cierro los ojos en esta comisaría y me veo con 31 años parado frente al terreno vacío en el puerto de Veracruz. Era 1978, el año en que Josefina y yo nos casamos. Ella tenía un vestido blanco sencillo, sin velo, sin nada de eso. Nos casamos en el juzgado porque no teníamos dinero para una boda grande.
Su papá, don Emilio Robledo, era dueño de una ferretería en el centro. Un hombre serio, de manos grandes y pocas palabras. El día que le pedí su bendición para casarme con su hija, me miró fijo durante lo que me pareció una eternidad. Luego dijo, “Juarez, no tengo dinero para darle a mi hija, pero tengo esto.” Sacó un sobre con 50,000 pesos. Dicen que tienes talento para construir. Construye algo que valga la pena. Esa va a ser tu dote.
Le prometí a mi suegro ahí mismo en su sala con piso de mosaico y olor a café recién hecho. Don Emilio, este astillero va a ser el orgullo de Veracruz. Y lo fue, Dios mío. Lo fue durante 45 años. Contraté a cinco hombres al principio. Todos eran como yo, jóvenes con hambre de trabajar, de salir adelante. Empezamos reparando barcos pequeños de pescadores. Luego vinieron los barcos más grandes. A los 3 años ya teníamos 30 empleados. A los 10 años 100.
Josefina llevaba la contabilidad en un cuaderno de pastas duras. se sentaba en la oficina diminuta que teníamos con un ventilador que apenas giraba, sumando números con un lápiz que se le acababa la punta cada media hora. “Amor, vamos bien”, me decía siempre. Y yo le creía porque Josefina nunca mentía, nunca. Marcondes nació en 1973, 5 años antes de que abriera el astillero. Desde chico fue competitivo, siempre queriendo ser el mejor en todo. En la escuela sacaba puros dieces, pero no por amor al estudio, sino porque no soportaba que otro niño fuera mejor que él.
Jugaba fútbol y se enojaba si perdían. Culpaba a sus compañeros, nunca a él mismo. Josefina me decía, “Amor, tienes que hablar con él. tiene que aprender a perder con dignidad. Yo hablaba con él, pero Marcóndes solo asentía y seguía igual. Cuando cumplió 22 años, estudió ingeniería civil. Yo estaba orgulloso. Pensé que iba a trabajar conmigo en el astillero, pero él dijo, “Papá, yo no quiero arreglar barcos viejos. Yo quiero construir edificios modernos.” Se fue a trabajar a una constructora en la ciudad de México.
Volví a poco, cada vez menos. Silvana nació tres años después de Marcondes, mi princesa. Así le decía yo siempre, mi princesa. Era la única mujer entre tres hombres y sí, la consentíamos. Josefina me regañaba, Juárez, la estás malcriando. Y tenía razón, la estaba malcriando, pero era tan dulce cuando era niña. Me abrazaba y decía, “Papi, cuando sea grande me voy a casar contigo.” Yo me reía. No se puede, mi amor, pero vas a encontrar a alguien que te quiera tanto como yo.
Silvana creció hermosa, estudiosa, educada. Se casó con un contador a los 24 años. Un hombre bueno, o eso creí, tuvieron dos hijas, pero se divorciaron a los 8 años. Silvana volvió a casa con sus niñas. Josefina y yo las cuidamos durante dos años hasta que ella conoció a su segundo esposo. Nunca me devolvió el dinero que le presté para el divorcio, 40,000 pesos. Pero no importó. Era mi hija, mi princesa. Rafael, el más chico, nació cuando yo tenía 34 años.
Fue un bebé difícil. Lloraba mucho, dormía poco. Josefina se desvelaba con él todas las noches. Yo trabajaba en el astillero hasta tarde y llegaba a casa cuando ya estaban dormidos. Rafael creció callado, tímido, siempre escondido detrás de sus hermanos. En la escuela le hacían bullying, gordo, le decían. Rafael no era gordo, era robusto, fuerte. Pero los niños son crueles. Empezó a comer más como defensa y sí, subió de peso. A los 16 años empezó a beber. Encontrábamos botellas escondidas en su cuarto.
Josefina lloraba. ¿Qué hicimos mal? Yo no sabía qué responder. Rafael nunca terminó la universidad. Trabajó en el astillero conmigo durante 5 años, pero siempre llegaba tarde, siempre olía a alcohol. Lo tuve que despedir. Fue el día más difícil de mi vida, despedir a mi propio hijo. Él no me habló durante un año. En 1995 pasó algo que nunca olvidé. Una explosión en el astillero, un tanque de combustible mal sellado. Tres hombres resultaron heridos. Uno de ellos, Héctor Restrepo, estuvo al borde de la muerte.
Era colombiano. Había venido a México buscando trabajo. Dejó a su familia en Cartagena con la promesa de mandarles dinero cada mes. Héctor tenía 28 años y un hijo de cinco. La explosión le quemó el 40% del cuerpo. Los doctores decían que no iba a sobrevivir. Yo pagué todo. El hospital privado, las cirugías, los injertos de piel, la rehabilitación. Me costó más de 200,000 pesos. El seguro del astillero no cubría todo. No importó. Héctor era mi responsabilidad. Josefina vendió sus aretes de oro, los únicos que tenía para ayudar a pagar.
Cuando Héctor salió del hospital, 5co meses después me abrazó llorando. Héctor me dijo con su voz todavía rasposa por el humo que tragó. Don Juárez, usted me salvó la vida. Mi familia estará eternamente agradecida. Si algún día usted necesita algo, cualquier cosa, mi familia estará ahí. Se lo juro por Dios. Yo le di una palmada en el hombro. No tienes que jurarme nada, Héctor. Solo recupérate bien y sigue trabajando. Y trabajó. Héctor Restrepo. Trabajó en mi astillero durante 20 años más hasta que se jubiló y volvió a Colombia.
Nos escribíamos por correo a veces. me mandaba fotos de su hijo Miguel Ángel que iba creciendo. Luego el correo se hizo menos frecuente. La vida sigue, las promesas se olvidan. O eso pensaba yo. Nunca imaginé que esa promesa hecha por un hombre quemado en una cama de hospital iba a hacer lo que me salvara 30 años después, pero eso lo supe después. Mucho después. En el 2020 tuve un derrame cerebral. Bueno, así lo llamó el doctor, accidente cerebrovascular leve, dijo.
Yo estaba en la oficina del astillero revisando unos planos cuando de repente ya no podía mover el brazo izquierdo. La boca se me torció. Uno de mis trabajadores me vio y llamó a la ambulancia. Pasé tres días en el hospital. Josefina no se movió de mi lado. Los doctores decían que tuve suerte, que podía haber sido peor, pero me advirtieron. Don Juárez tiene que bajarle al estrés, tiene que descansar. Tiene 73 años. Marcondes vino desde la Ciudad de México.
Se sentó al pie de mi cama. Papá, ya es hora. Deja el astillero. Ya hiciste suficiente. Descansa. Yo no quería. El astillero era mi vida. Pero Josefina me tomó la mano y me dijo suavecito, “Amor, yo también quiero que descanses. Quiero que estemos juntos sin preocupaciones.” Y cedí. Por ella cedí. Vendí el astillero en el 2020. Me dieron un buen precio. 3 millones de dólares. Era mucho dinero. Josefina y yo íbamos a viajar, a conocer lugares que siempre habíamos soñado.
Pero Josefina se enfermó 6 meses después. Cáncer de páncreas. Los doctores dijeron que era agresivo. 3 meses le daban. Vivió ocho. Peleó cada día. Yo estuve con ella hasta el último segundo. Murió en nuestra cama, en la casa donde vivimos 42 años agarrando mi mano. Sus últimas palabras fueron, amor, cuida el testamento. Prométeme que lo vas a abrir solo cuando sea el tiempo. Yo no entendía por qué decía eso, pero le prometí, lo prometo. Mi vida, descansa.
Aesró los ojos. Era el 5 de enero del 2021, el día de Reyes. Josefina siempre decía que ese era su día favorito, porque era cuando los niños recibían regalos. Murió en su día favorito. Después del funeral, mis hijos empezaron con las preguntas. Papá, ¿cuándo vamos a abrir el testamento? Papá, necesitamos saber qué dejó mamá. Papá, tenemos que arreglar las cosas legales. Yo les decía, cuando sea el tiempo. Su mamá dejó instrucciones claras. El testamento se abre 4 años después de su muerte en presencia mía y del abogado.
Respeten su voluntad. Marcóndes se enojaba. Eso no tiene sentido. ¿Por qué 4 años? Yo no sabía. Josefina nunca me explicó, pero era su voluntad y yo la iba a respetar. Los meses pasaban y las llamadas seguían. Siempre las mismas preguntas, siempre la misma presión. Silvana lloraba por teléfono. Papá, necesito saber si mamá me dejó algo. Tengo deudas. Las niñas necesitan cosas. Rafael casi no llamaba, pero cuando lo hacía estaba borracho. Ese dinero es nuestro también, viejo. No es solo tuyo, viejo.
Me llamaba viejo, como si yo fuera un estorbo. Hace 6 meses, sin querer, escuché una conversación. Fue en la casa de Marcondes. Él me había invitado a comer. Yo fui al baño y al volver los escuché en la cocina. Marcondes y Gabriela. Marcondes debe 3 millones de pesos, decía Gabriela. Su voz era fría, calculadora. Si no pagamos en 6 meses, perdemos todo. La casa, los autos, todo. Marcondes respondió, “El testamento se abre en dos meses. Ahí va a haber dinero.
Gabriela dijo algo que me heló la sangre. Y si algo le pasa al viejo antes, entonces nosotros controlamos todo. Silencio. Luego Marcondes, Gabriela, no digas esas cosas. Pero no sonó como reprimenda, sonó como duda. Yo me quedé parado en el pasillo con el corazón desbocado. Pensé Pensé que eran solo palabras de frustración, palabras dichas en un momento de desesperación. No pensé que No pensé que lo fueran a hacer de verdad, pero lo hicieron. Dios mío, lo hicieron.
El día del embarque amaneció con un sol que rajaba las piedras en Veracruz. Yo llegué al puerto con mi maleta vieja de cuero café, la misma que usé cuando Josefina y yo fuimos a Acapulco en nuestro viéso aniversario. Pesa como si trajera ladrillos adentro. Llevo ropa para 7 días, mis medicinas para la presión. El libro que nunca termino de leer y la foto de Josefina que siempre cargo en la cartera. Subo por la rampa de metal que suena hueco bajo mis zapatos.
Delante de mí va una familia joven. Los niños gritan emocionados. Atrás viene Marcondes con su maleta con ruedas moderna, negra, brillante. No me ofrece ayuda, ni siquiera voltea a ver si necesito algo. Gabriela camina a su lado con lentes de sol que cuestan más que mi pensión de un mes. Me sonríe cuando me ve sudando. Qué emoción, suegro. Su primer crucero. Su voz suena estudiada como de actriz mala en telenovela barata. Nos registramos en recepción. Una muchacha con uniforme azul marino me entrega una tarjeta electrónica.
Camarote 412, señor Montalván. Cubierta cuatro. Marcondes y Gabriela reciben sus tarjetas. Suite familiar 320, cubierta 3. Suite familiar. Yo, camarote, subo a mi cuarto y es tan pequeño que apenas puedo estirar los brazos. Una cama individual pegada a la pared. Un baño del tamaño de un closet. Una ventanilla redonda que da al mar. Eso es todo. Me siento en la cama y los resortes chirrían. Marcón desaparece en la puerta. Todo bien, papá. Le digo que sí. Es mejor así, papá.
más tranquilo para ti. Nosotros con Matías hacemos mucho ruido. Asiento, tiene sentido, o eso me digo a mí mismo, pero algo en mi pecho se siente pesado. Josefina me hubiera dicho, “Amor, esto no está bien. Una familia viaja junta, pero Josefina ya no está para decirme nada. La primera noche hay cena formal en el comedor principal. Es enorme, con candelabros de cristal y meseros con guantes blancos. Nunca he estado en un lugar así. Me pongo mi camisa blanca buena, la que uso para las bodas, y mi saco azul marino, que ya tiene 20 años, pero todavía se ve decente.
Llego a la mesa y ya están todos sentados. Marcóndes, Gabriela Silvana con su esposo nuevo. Rafael con Lucía, su esposa, y Matías, mi nieto, que me ve con ojos grandes y tristes. El capitán del barco se acerca a nuestra mesa. Se llama Humberto Salazar. Tiene como 50 y pico de años. Pelo canoso, bien peinado, uniforme blanco impecable. Levanta su copa, un brindis. A las familias que navegan juntas, todos levantan sus copas. Yo levanto la mía. Miro a Marcondes.
Él evita mi se concentra en su copa. Rafael ya va en su tercera cerveza. Tiene los ojos vidriosos. Silvana no deja de ver su celular, teclea algo, sonríe para la pantalla. No para mí. Matías se levanta de su silla y se sienta en la que está al lado mío. Gabriela lo había puesto al otro extremo de la mesa, lejos de mí. Abuelo, ¿me cuentas de cuando construiste el barco de la marina? Mi nieto tiene los ojos de Josefina del mismo color, café claro, casi miel.
Le empiezo a contar de aquella vez en 1985 cuando el gobierno nos contrató para reparar un barco de la Armada. Estoy apenas empezando. Cuando Gabriela interrumpe, su voz corta como cuchillo. Matías, deja a tu abuelo descansar. Ven aquí. Matías baja la cabeza. Pero mamá, yo quiero escuchar ahora. Matías. El niño se levanta despacio, me aprieta la mano por debajo de la mesa. Cuando vuelve a su silla, veo que tiene los ojos llenos de lágrimas. Algo está mal aquí.
Muy mal. Pero no sé qué es todavía. Soy un viejo tonto que no ve lo que tiene delante de las narices. En una mesa del otro lado del comedor hay una mujer sola. Debe tener como 60 y pocos años. Pelo corto canoso, vestido verde elegante. Está comiendo despacio, mirando alrededor, como si estudiara a la gente. Sus ojos se detienen en nuestra mesa. Nos observa con atención. Luego veo que anota algo en una libreta pequeña que tiene al lado del plato.
Es extraño. ¿Por qué nos estaría mirando? No le doy importancia. Después de cenar, cuando salgo del comedor, ella sale al mismo tiempo. Caminamos por el mismo pasillo. Ella me sonríe cortés. Buenas noches. Buenas noches, señora. Su voz es colombiana, suave. Veo que lleva un anillo de matrimonio en la mano izquierda, pero camina sola. viuda, pienso como yo. Ella sigue su camino, yo sigo el mío. No sé entonces que esa mujer, Elena Vázquez, va a ser quien me salve la vida días después.
La vida es rara así. Te pone ángeles en el camino y tú no los reconoces hasta que ya es demasiado tarde. La segunda noche, después de cenar, Marcondes toca la puerta de mi camarote. Son las 10 de la noche. Vengo saliendo de la ducha. Traigo puesta mi pijama vieja de rayas azules. Papá, ¿tienes un minuto? Claro que tengo un minuto. Tengo todos los minutos del mundo para mis hijos. Siempre los tuve. Él entra, cierra la puerta, trae un sobre manila en las manos.
Papá, ¿puedes guardar estos documentos en tu camarote? Son del testamento de mamá. Los traje porque el abogado me pidió revisarlos antes de la apertura oficial. Saca unos papeles, se ven oficiales, con sellos, firmas. Es más seguro contigo, papá. Tú eres el más cuidadoso de todos nosotros. Me siento honrado. Mi hijo confía en mí. Le digo que sí, que los guarde donde quiera. Marcondes abre el closet pequeño, mete el sobre en mi mochila negra. Gracias, papá. Sabía que podía contar contigo.
Me abraza. Huele a lo cara. Cuando se va, me quedo con una sensación rara. No sé si es felicidad porque mi hijo me necesita o inquietud porque algo no cuadra. Lo que yo no veo, lo que yo no puedo ver desde dentro de mi camarote pequeño y ciego, es lo que pasa afuera en el pasillo. Marconde sale de mi puerta. Gabriela está esperándolo, recargada en la pared, los brazos cruzados. Él le hace una señal con el pulgar arriba.
Ya está. Ella sonríe. No es una sonrisa feliz, es una sonrisa de satisfacción, como de jugador de ajedrez que acaba de poner una pieza en el lugar perfecto. Luego hace un gesto con los dedos como diciendo, “Okay, listo, hecho.” Rafael viene caminando por el pasillo con una cerveza en la mano. Ve la escena, se detiene. Gabriela le hace señas de que se acerque. Rafael camina despacio, arrastrando los pies. ¿Ya lo hiciste? Pregunta Gabriela. Marcón desaciente. Rafael se ve incómodo.
Cambia el peso de un pie a otro. No sé si esto está bien. Gabriela lo mira con desprecio. Ya es tarde para dudas. O estás con nosotros o estás contra nosotros. Rafael bebe de su cerveza. No dice nada más. El silencio es una forma de decir que sí. A las 3 de la madrugada alguien toca mi puerta. Toc. Toc. Toc, suave, como si no quisiera despertar a nadie más. Me levanto confundido, medio dormido. Abro. Es Matías. Trae puesto su pijama de superhéroes.
Está descalso. Tiene los ojos rojos de llorar. Matías, ¿qué pasó, mi niño? se lanza a mis brazos, tiembla como hoja en tormenta. Abuelo, escuché a papá y mamá hablando. Van a hacer algo malo. No sé qué, pero escuché cuando mamá decía tu nombre y decía algo de Cartagena y papá decía que no podían echarse para atrás. Mi corazón empieza a latir más rápido. ¿Qué más? Dijeron. No sé, abuelo. Me dieron miedo. Mamá sonaba. Sonaba como cuando está enojada, pero finge que no.
Y papá solo decía que sí a todo. Le acarició el pelo. Está empapado en sudor. El niño está aterrado. Pero yo, viejo no entiendo la magnitud de lo que me está diciendo. Pienso que son cosas de adultos, problemas de dinero, de su matrimonio, tal vez. Siento a Matías en mi cama. Le seco las lágrimas con la manga de mi pijama. Tranquilo, mi niño. Son cosas de adultos. A veces los papás tienen conversaciones difíciles, pero todo va a estar bien.
Él me mira con esos ojos de Josefina, tan parecidos a los de ella que me duele el pecho. ¿Me lo prometes, abuelo? Te lo prometo. Mentira. Es una mentira. No lo sé todavía, pero es una mentira que me va a perseguir el resto de mi vida. Le doy un vaso de agua, lo acompaño, de regreso a su suite, toco la puerta, Gabriela abre. Traía puesta una bata de seda roja. Me mira con fastidio. ¿Qué pasó? Matías tuvo una pesadilla.
Vino a mi cuarto. Ella jala al niño hacia adentro. Matías, ya te dije que no molestes al abuelo. No molesta, Gabriela. Para eso soy su abuelo. Ella cierra la puerta sin decir gracias. Escucho cómo regaña a Matías adentro. Vuelvo a mi camarote. No puedo dormir el resto de la noche. Algo está mal. Pero soy un viejo tonto. Un viejo tonto que todavía cree que la familia es sagrada. Amanece el segundo día. El barco llega a Cartagena a las 8 de la mañana.
Desde mi ventanilla redonda veo el puerto, las montañas verdes al fondo, el cielo azul limpio. Es hermoso. Bajo al comedor para desayunar. Todos ya están ahí. Silvana está más arreglada que de costumbre. Lleva un vestido blanco de flores, lentes de sol grandes, aunque estamos adentro. Me siento, pido café y pan. El aire está tenso como antes de una tormenta. Silvana toma un sorbo de su jugo de naranja, se limpia los labios con la servilleta. Papá, hoy hace mucho calor en Cartagena, ¿no?
Dicen que van a ser como 34 grados. Asiento. Sí, hace calor. Ella sonríe demasiado. Deberías bajar conmigo al mercado artesanal. Ven conmigo. Te va a hacer bien estirar las piernas. Quiero comprar cosas bonitas para mamá. Para mamá. Dijo para mamá. Josefina lleva 4 años muerta y Silvana dice que quiere comprar cosas para ella. Es un golpe bajo. Sabe que no puedo negarle nada cuando menciona a su madre. Mi pecho se aprieta cuando Silvana dice para mamá. Esa frase me desarma, me deja sin defensas.
Josefina adoraba las artesanías, los colores, las cosas hechas a mano. Siempre que viajábamos a algún lado, volvíamos con bolsas llenas de manteles bordados, figuras de barro, cosas que nunca necesitábamos pero que ella amaba tener. “Para recordar que estuvimos aquí”, decía. “Miro a Silvana.” Ella sonríe. Una sonrisa dulce. La sonrisa de mi princesa. Está bien, hija. Vamos. Gabriela interviene rápido. Perfecto. Nosotros nos quedamos descansando en el barco. Usted vaya tranquilo, suegro. Marcón desaciente. Sí, papá. Disfruta. Te lo mereces.
Rafael no dice nada. Mira su plato. Matías me mira con esos ojos tristes otra vez. Yo me levanto, dejo mi café a medias. Cuando dijo para mamá, algo en mi pecho se apretó como puño cerrado. Una voz pequeña dentro de mí gritaba, “No vayas, no vayas, no vayas.” Pero la ignoré. Bajé igual por ella, por mi Josefina. Ese fue mi error, el error que casi me cuesta la vida. Son las 9 de la mañana con 47 minutos cuando Silvana y yo bajamos del barco.
Lo sé porque miro mi reloj, un casio viejo de números digitales que Josefina me regaló hace 15 años. Todavía funciona perfecto. El calor me golpea la cara como cachetada. 34 gr, dijo Silvana. Parece más. El aire huele a una mezcla rara. Pescado frito de los puestos del mercado, diésel de los barcos, frutas tropicales que se pudren en las esquinas y ese olor a mar salado que se te mete en la piel y no te suelta. Llevo puesta mi camisa blanca de lino, la que se arruga apenas te la pones, pero que es fresca.
Mi sombrero Panamá para protegerme del sol. Pantalón de mezclilla y zapatos cafés cómodos. Silvana trae lentes de sol enormes que le cubren media cara, vestido blanco de flores rosadas, sandalias de tacón que chasquean contra el pavimento. Caminamos hacia el mercado artesanal. Ella va adelante, yo voy atrás tratando de seguir su paso. Llegamos al mercado a las 9:52. Lo sé porque vuelvo a mirar el reloj. Es un hábito que tengo desde que trabajaba en el astillero. Siempre necesitaba saber la hora exacta.
El mercado está lleno de color. Barracas con toldos rojos, amarillos, verdes. Manteles colgando, hamacas, sombreros, collares de cuentas brillantes, pulseras de plata, figuras de madera tallada. Hay música de algún lado, algo tropical con tambores. Silvana se detiene en una barraca de lenzos bordados. La señora que atiende tiene como 50 años. Piel morena oscura, sonrisa grande. Muy bonitos, mi amor, para la mamá, para la hermana, para la suegra. Silvana toca las telas, las sostiene contra la luz. Este para la prima Lucero, este para la tía Consuelo.
Yo saco mi cartera. 50 es todo lo que traigo. Pago los lenzos. Silvana sonríe. Gracias, papi. Me da un beso en la mejilla. Huele a perfume caro, a flores que no existen en la naturaleza. Eres el mejor papá del mundo. Caminamos a otras barracas. Silvana compra collares, aretes, una blusa bordada. Yo pago todo. Son las 10 de la mañana con 15 minutos. Ella se detiene, de repente, se lleva la mano a la barriga. Ay, papá, necesito ir al baño, hace una mueca.
Son cosas de mujer. Puede tardar un poco, ya sabes cómo es. Yo asiento. Entiendo. Bueno, no entiendo realmente porque soy hombre, pero entiendo que hay cosas que las mujeres necesitan privacidad. Tranquila, hija. Ve nomás. Yo me quedo aquí mirando las artesanías. Ella señala un edificio a dos cuadras. Ahí hay baños públicos. No me tardo. Sí, tú ve escogiendo más recuerdos. Vuelvo en un ratito. Me da otro beso en la mejilla. Te amo, papi. Y se va caminando rápido con sus tacones.
Clac, clac, clac. La veo alejarse. El vestido blanco se mueve con el viento. Se ve bonita mi hija. Se ve como cuando tenía 20 años y era mi princesa. No sé que esa va a ser la última vez que la veo como mi hija. La última vez antes de que se convierta en una desconocida. Me quedo mirando unas figuras de madera. Hay una que es un barco pequeño hecho a mano con detalles bonitos. Me recuerda a mi astillero.
Estoy negociando el precio con el vendedor cuando una mujer mayor se acerca. Es la señora del comedor del crucero, la que estaba sola. Elena, creo que se llama, aunque no sé si ella me dijo su nombre o si yo lo inventé. Ella está comprando un mantel bordado con pájaros. Me ve y me sonríe. Buen día, señor. También está aprovechando la parada. Sí, señora, con mi hija. Miro alrededor, pero no veo a Silvana. Elena compra su mantel, se queda en la misma barraca mirando otras cosas.
Yo compro el barquito de madera. El vendedor lo envuelve en papel periódico. Son las 10:17 de la mañana. Silvana dijo que volvía en un ratito. Un ratito son 10, 15 minutos máximo. Espero. El sol calienta el pavimento. Siento como el sudor me baja por la espalda. Por debajo de la camisa de lino. Me quito el sombrero. Me limpio la frente con un pañuelo. 10:35. Silvana no vuelve. Empiezo a mirar el reloj cada 2 minutos. 10:37 1039 1042.
Ya van 20 minutos. Tal vez la fila del baño está larga. Tal vez se sintió mal. Las mujeres tienen esas cosas. Problemas de estómago, cosas que uno no entiende. Trato de calmarme. Camino un poco por las barracas cercanas, buscándola con la vista, vestido blanco de flores. Debería ser fácil de ver, pero no la veo. Pregunto a una vendedora de sombreros. Disculpe, ¿no ha visto pasar a una señora de vestido blanco? Como de unos 50 años, pelo castaño.
La señora niega con la cabeza. No, señor, aquí pasa mucha gente. Pregunto a otro vendedor. Tampoco. El corazón empieza a latirme un poco más rápido. No es pánico todavía, solo preocupación. Tal vez Sylvana se perdió. Tal vez está buscándome a mí. Regreso al punto donde nos separamos. Espero ahí como estatua para que ella me encuentre cuando vuelva. 10:50. 50 minutos. Esto ya no es normal. Camino hacia donde ella señaló los baños públicos. Encuentro el edificio. Es una construcción vieja de cemento pintado de blanco sucio.
Hay fila, turistas, mujeres locales con bolsas de mercado. Me acerco a una señora que está esperando. Disculpe, ¿podría hacer un favor? Estoy buscando a mi hija. Entró al baño hace como una hora. ¿No ha visto a una señora de vestido blanco? La señora se ve confundida. Hace una hora. Pues no, señor. Yo llevo aquí 20 minutos y no he visto a nadie con vestido blanco. Le pido otro favor. Podría ver si está adentro. Por favor, estoy preocupado.
La señora es amable. Entra al baño. Sale un minuto después. No hay nadie con vestido blanco, señor. Solo hay dos muchachas jóvenes arreglándose el pelo. Algo frío me recorre el cuerpo, como agua helada por las venas. ¿Está segura? ¿Segura? Señor, ¿quiere que pregunte si alguien la vio? Por favor. Ella entra otra vez. Sale. Nadie la vio. 11:05 de la mañana. La primera ola de pánico real me golpea. Mi hija ha desaparecido. Está en una ciudad que no conoce, en un país extranjero.
¿Y si le pasó algo? ¿Y si alguien se la llevó? Cartagena es bonita, pero también hay peligros. Eso lo sabe cualquiera. Empiezo a caminar más rápido, mirando en cada barraca, preguntando a cada persona que veo. Ha visto a una señora de vestido blanco, pelo castaño como de 50 años, lentes de sol grandes. Nadie la ha visto. Es como si se la hubiera tragado la tierra. Vuelvo a la zona de baños. Busco en las calles cercanas. Nada. Mi corazón ahora late como tambor de guerra.
Boom. Boom, boom. Tan fuerte que siento el pulso en las cienes. Empiezo a sudar más, no solo por el calor. Sudo frío, el sudor del miedo, pienso. Y si está enferma tirada en algún lado y si tuvo un desmayo, tengo que encontrarla. Tengo que encontrar a mi niña, mi princesa, mi Silvana. 11:20. 1 hora y 5 minutos desde que se fue. Me quito el sombrero Panamá. Lo uso para abanicarme. No sirve de nada. El calor es asfixiante.
La camisa de lino está empapada, pegada a mi espalda. Siento que no puedo respirar bien. El pecho me aprieta. Es el corazón. Voy a tener otro derrame. No, no puedo. No, ahora necesito encontrar a Silvana. Respiro hondo. Una vez, dos veces, tres veces. Me obligo a calmarme. Pienso con lógica. Y si ella volvió al barco claro, eso debe ser. Tal vez me buscó, no me encontró, pensó que yo había vuelto al barco y ella fue para allá.
Tiene sentido. Perfecto sentido. Me siento mejor. El pánico baja un poco. El barco. Tengo que ir al barco. Ahí va a estar Silvana, preocupada buscándome. Tal vez hasta enojada porque yo no estaba donde debía estar. Empiezo a caminar hacia el puerto. El puerto está a 20 minutos caminando. Me acuerdo porque vi el letrero cuando bajamos. Puerto a 1.5,000 km. 20 minutos si caminas normal. Yo ya no camino normal. Tengo 78 años y las rodillas me duelen. 11:45.
Estoy a medio camino del puerto cuando ella aparece. Elena, la señora del crucero, me ve caminando rápido, casi corriendo, sudando como si hubiera nad ropa. Señor, está buscando a alguien. Lo vi hace rato con una mujer en el mercado. Me detengo. El alivio de ver una cara conocida es tan grande que casi lloro. Sí, mi hija. Se fue al baño hace hora y media. No la encuentro. Creo que volvió al barco. Voy para allá. Elena me mira y algo en su cara cambia.
Se pone seria, saca su celular, mira la hora. Señor, usted es pasajero de la estrella del Caribe. Sí, sí, por eso voy corriendo. Seguro Silvana está esperándome ahí. Elena traga saliva, me pone una mano en el brazo. Señor, su voz suena rara, asustada. Ese barco zarpa en 15 minutos. El mundo se detiene. 15 minutos. 15 minutos. No, no puede ser. Miro mi reloj. 11:47. El barco sale a las 12. Siempre sale a las 12. Lo dijeron en el anuncio de ayer.
Quedan 13 minutos. 13 minutos y estoy a 20 minutos de distancia. No, no, no, señor. Hay que correr ahora. Elena empieza a correr. Yo trato de seguirla. Corro. No recuerdo la última vez que corrí. Hace 10 años, 15. Mis pulmones arden. Las rodillas protestan con cada paso. El corazón late tan rápido que siento que va a explotar. La gente nos mira raro, un viejo y una vieja corriendo como locos por las calles de Cartagena. Elena voltea. Vamos, señor.
Puede hacerlo, pero no puedo. Mis piernas no dan más. Me detengo agachado, las manos en las rodillas tratando de respirar. Elena vuelve corriendo hacia mí. No, no puedo más, digo. Ella no me dejaría aquí. Mi hija no haría eso. Elena me mira con una expresión que no puedo descifrar. Lástima, horror, comprensión. Señor, tenemos que intentarlo. Vamos. Me toma del brazo. Caminamos rápido, lo más rápido que puedo. Doblamos una esquina, otra. El puerto ya se ve. Veo barcos, muchos barcos.
¿Cuál es el nuestro? El Estrella del Caribe tiene que estar ahí. Entramos al área del puerto. Guardias de seguridad, turistas con maletas, vendedores de souvenirs de última hora. Busco con la vista. ¿Dónde está Elena? Señala. Ahí. Veo un crucero grande, blanco, alejándose del muelle. Despacio, muy despacio, pero alejándose. En la popa se lee el nombre en letras azules, Estrella del Caribe. No, no puede ser. Corro los últimos metros hasta el borde del muelle. Esperen, soy pasajero. Grito con todo lo que me queda de voz.
Silvana Marcondes, estoy aquí. Agito los brazos. El barco sigue alejándose, lento, inexorable, como la muerte, como el olvido. 15 minutos. Si hubiéramos tenido 15 minutos más, pero no los tuvimos. Y mi hija, mi hija no me dejó aquí. Ella no haría eso. No puede ser. Esto tiene que ser un error, un terrible, terrible error. Si estás escuchando mi historia, por favor, dime en los comentarios desde dónde nos estás viendo. A veces saber que hay alguien ahí escuchando me hace sentir menos solo en todo esto.
Son las 11 de la mañana con 47 minutos. Elena me jala del brazo. Señor, hay que correr ahora. Y corremos. Dios mío, corremos. ¿Hace cuánto que no corro así? Mis rodillas protestan, crujen madera vieja. Los pulmones me arden como si hubiera tragado fuego. Cada respiración es un cuchillo en el pecho. 78 años. Tengo 78 años y estoy corriendo por las calles de Cartagena como si me persiguiera el Tal vez me persigue. Tal vez el tiene la cara de mis hijos.
La gente nos mira. Una pareja joven se hace a un lado. Un vendedor de cocos grita, “¡Cuidado, abuelo, sigo corriendo, no puedo parar. Si paro, pierdo el barco. Si pierdo el barco, pierdo a mi familia, aunque ya la perdí, solo que todavía no lo sé.” Elena corre a mi lado. Vamos, señor, falta poco. Ella tiene 62 años, pero está en mejor forma que yo. Sus piernas se mueven ágiles, su respiración es más controlada. Yo voy tropezando, jadeando como perro viejo.
Señor, espere, voy con usted. Me grita cuando me ve adelantarme demasiado. Pero no puedo esperar. No hay tiempo. El reloj marca 1150. 10 minutos. Quedan 10 minutos antes de que el barco zarpe. 10 minutos y estamos a 15 de distancia. Las matemáticas no cuadran, pero las matemáticas nunca han detenido a un padre desesperado. Sigo corriendo. El sombrero Panamá se me cae. No me detengo a recogerlo. Que se quede ahí. Que se lo lleve quien quiera. Solo necesito llegar al barco.
11:51. Mi pie se engancha en una piedra suelta del pavimento. Caigo de rodillas, las manos hacia delante para amortiguar. La palma derecha se raspa contra el cemento áspero. Arde. Veo sangre. No mucha, pero sangre. Elena llega corriendo. Señor, ¿está bien? Me levanto. Las rodillas me duelen, pero funcionan. Estoy bien. Vamos, seguimos. Ahora cojeo un poco. La rodilla derecha protesta cada vez que la doblo. Un turista alemán rubio alto me mira preocupado. Dice algo en su idioma. No entiendo.
Sigo adelante. Un vendedor de sombreros grita, “Abuelo, cuidado, va a matarse. No importa. Prefiero morirme corriendo que quedarme aquí solo, abandonado como perro en carretera. 11:53. Me detengo. Tengo que hacerlo. Las piernas no responden. Me agacho. Manos en las rodillas tratando de meter aire a los pulmones que no quieren recibirlo. Todo me duele. Todo. Hasta los huesos me duelen. El pecho me aprieta. Es un infarto. Por favor, Dios, no. Ahora no puedo. No puedo más. Las palabras salen entre jadeos.
Elena me pone la mano en la espalda. Sí puede, señor. Vamos, ya falta poco. Vea, el puerto está ahí. Señala adelante. Efectivamente, veo las grúas, los mástiles de los barcos. Estamos cerca, muy cerca. Respiro hondo tres veces. Me obligo a enderezarme. Mi cuerpo grita que no, pero mi corazón, ese viejo músculo terco que todavía quiere a sus hijos, dice que sí. Seguimos caminando rápido. Ya no puedo correr, pero camino lo más rápido que puedo. 11:58. Llegamos a la entrada del puerto.
Hay una reja, un guardia de seguridad con uniforme azul. ¿Pases? Pregunta aburrido. Soy pasajero. El barco se va. Elena muestra su pase. El guardia lo revisa. Usted puede pasar, señora. Y usted, señor, busco en mis bolsillos la tarjeta del camarote. ¿Dónde está? Bolsillo derecho del pantalón, no. Izquierdo. No. Bolsillo de la camisa tampoco. La dejé en el barco. Está en mi mochila. El guardia niega. Sin pase no puede entrar. Elena interviene. Es pasajero de la Estrella del Caribe.
Está zarpando ahora. El guardia mira su reloj. Señora, ese barco zarpa a las 12. Son las 12:2. Ya cerró embarque. Pero él está aquí sin pase. No entra. Elena me mira, toma una decisión. Venga, me jala. Pasamos por un costado donde hay una abertura en la cerca. 12:1 minuto. Corremos por el muelle. Hay varios barcos atracados. ¿Cuál es el nuestro? Todos se ven iguales, blancos, enormes, como edificios flotantes. ¿Cuál es?, pregunta Elena. Busco con la vista el Estrella del Caribe.
¿Dónde está el nombre? Ahí, en la popa de uno que está más lejos. Letras azules. Estrella del Caribe. Ahí, ese es. Pero algo está mal. El barco no está pegado al muelle. Hay agua entre el barco y nosotros. 3 m, 5 m. El barco se está alejando lentamente, pero se aleja. Corremos hacia allá. Mis pulmones no dan más, pero corro. Llegamos al borde del muelle, justo cuando el barco está a 10 m de distancia. Un guardia portuario está enrollando las cuerdas.
Señor, soy pasajero. El crucero ya cerró embarque. Señor, lo siento. 12:3 minutos. Me paro al borde del muelle. El barco se aleja lento, como en cámara lenta, como en pesadilla. Puedo ver la cubierta. Hay gente ahí arriba. Turistas despidiéndose del puerto. ¿Está Silvana? Ahí está Marcondes. Levanto los brazos. Fanjito. Grito con toda la voz que me queda. Silvana Marcondes. Estoy aquí. No me vieron. Regresé en Mi voz se quiebra en la última palabra. Grito otra vez. Rafael, aquí estoy.
Soy yo, su papá. Sigo agitando los brazos. Tal vez me ven. Tal vez el capitán puede regresar. Los barcos pueden regresar, ¿verdad? Solo es cuestión de decirles, Elena está a mi lado, también grita, también agita los brazos, pero el barco sigue alejándose. 20 m, 30 m, 50 m. En la cubierta del barco alguien me ve. Es un niño. Pelo castaño revuelto. Matías, mi nieto está asomado en la barandilla de la cubierta cinco. Me ve. Sé que me ve porque levanta la mano.
Está llorando. Veo las lágrimas brillando en su cara desde aquí. Levanta la mano como diciendo adiós o como pidiendo perdón. Gabriela aparece detrás de él, le pone las manos en los hombros, lo jala hacia atrás. La veo decirle algo. No escucho qué, pero sé que le dice, “No mires o entra ya o no es tu culpa.” Matías desaparece hacia adentro. Gabriela se queda un segundo más. Me mira directamente. Nuestros ojos se encuentran a través de los 50 m de agua salada.
Ella no levanta la mano, no hace ningún gesto, solo me mira. Luego se da la vuelta y entra así como si nada. En algún lugar de ese barco, en la cabina de mando, el capitán Humberto Salazar está parado frente a los controles. Tiene los binoculares en la mano. Está mirando hacia el muelle, hacia mí. ¿Me v? Sé que me ve. Veo como su mano se mueve hacia el radio. La mano tiembla, se detiene. Alguien le dice algo.
Es un oficial más joven que señala algo en una pantalla. El capitán baja la mano, guarda los binoculares. Da una orden. El barco acelera un poco. Ya no se mueve lento. Ahora se mueve con propósito, con intención. El capitán me vio. El capitán sabe, pero no hace nada. No da la orden de regresar, no manda una lancha, no hace nada, absolutamente nada. Y yo entiendo que esto no es un malentendido, esto es una decisión. Mis piernas no me sostienen más.
Me derrumbo. Caigo de rodillas en el cemento caliente del muelle. Elena trata de sostenerme, pero soy pesado. Caigo igual. Las rodillas golpean fuerte. No siento el dolor, solo siento un vacío enorme en el pecho, como si me hubieran arrancado el corazón con las manos. El barco ya está a 100 m, 200 se hace pequeño. Un punto blanco contra el azul del mar. Ya pasó, señor, ya pasó. Elena se arrodilla a mi lado, me abraza, huele a perfume de vainilla y a sudor.
Llora. Una desconocida llora por mí. Yo no puedo llorar todavía. Estoy en shock. Es como si mi cerebro no pudiera procesar lo que acaba de pasar. Mi familia, mi familia me acaba de dejar en un país extranjero, sin documentos, sin dinero, sin nada. Entonces recuerdo mi celular, puedo llamarlos, puedo explicarles que no alcancé el barco. Ellos van a entender, van a hablar con el capitán, van a arreglar esto. Meto la mano al bolsillo derecho del pantalón. vacío.
Bolsillo izquierdo, vacío. Bolsillos de atrás vacíos. Busco mi cartera. Tampoco está, pero yo traía mi cartera. Tenía los $50 que sobraron. Busco en el bolsillo de la camisa. Nada. Todo está en mi mochila, en el camarote, en el barco que se aleja, mi pasaporte, mi dinero, mi celular, mi identificación, todo. Lo único que tengo son los pantalones y la camisa que llevo puestos, y la sangre seca en mi mano derecha, y una vieja en el suelo llorando conmigo.
Y ahí, con el sabor a bilis en la boca y el corazón roto en pedazos, entendí que esto no fue un error, fue un plan. Y yo fui el idiota que lo siguió como cordero al matadero. 12:15 de la tarde. Estoy sentado en una oficina portuaria que huele a papel viejo y a café quemado. Tiemblo. No sé si es por el shock o porque tengo frío a pesar del calor. Un hombre gordo con bigote y camisa de manga corta me mira desde detrás de un escritorio lleno de carpetas.
Tiene cara de cansado, de astío, de haber visto demasiadas cosas raras. A ver, señor, cuénteme qué pasó. Mi voz sale rasposa. Soy Juárez Montalbán Robledo, pasajero de la Estrella del Caribe, camarote 412. Bajé al puerto con mi hija. Ella fue al baño y no volvió. Cuando llegué al muelle, el barco ya había zarpado. Necesito que los contacten. Mi familia está ahí. Tienen mis cosas, mis documentos. El hombre asiente aburrido. Ha escuchado mil historias de turistas despistados. Teclea en su computadora vieja.
Las teclas suenan fuerte. Clac, clac, clac. Igual que en la comisaría de hace dos días o fue hace dos horas, no sé. El tiempo ya no significa nada. Montalbán Robledo. Tecla. Pausa. Frunce el seño. Tecla más. No aparece, señor. Mi corazón da un vuelco. ¿Cómo que no aparece? En el sistema no hay ningún Montalbán Robledo registrado como pasajero de la Estrella del Caribe. Sacudo la cabeza. Eso es imposible. Revise bien. M O N T a l b acento en la A r o b e d O.
Él teclea otra vez lento, como si me hiciera un favor. No aparece, señor. Elena se acerca al escritorio. Tiene que haber un error. Yo lo vi en el barco. Cenaba con su familia. El burócrata suspira. ¿Con quién viaja, señor? Con mi hijo Marcondes Montalván. Él reservó el camarote. El hombre teclea. Marcondes Montalbán. Sí, aquí está. Camarote 412. Siento alivio. Lo encontró. ¿Lo ve? Ese es. Pero según el sistema, Marcondes Montalván viaja con su esposa Gabriela Montalbán y su hijo Matías Montalván.
Tres pasajeros, nadie más. Las palabras me caen como piedras. Tres pasajeros. Yo soy el cuarto. O debería serlo. Eso no puede ser correcto. Yo viajaba con ellos, compartíamos las comidas. Dormí dos noches en ese barco. El burócrata me mira con expresión de que ha escuchado esto antes. Señor, tal vez usted era pasajero de otro camarote. Revisó bien su tarjeta de embarque. Silencio. Un silencio pesado que me aplasta el pecho. Y yo, mi voz suena pequeña, como de niño perdido.
¿Dónde estoy yo en el sistema? El hombre revisa otra vez la pantalla. Haz scroll arriba. Abajo. Usted no está registrado, señor. Lo siento. No está registrado. Las palabras rebotan en mi cabeza. No estoy registrado. Como si nunca hubiera existido, como si las dos noches que pasé en ese maldito camarote pequeño hubieran sido un sueño, como si las cenas con mis hijos hubieran sido inventadas. Elena pone su mano sobre la mía en el escritorio. Eso no puede ser.
Tiene que haber un error en el sistema. Estas computadoras viejas a veces fallan. El burócrata se ofende. La computadora funciona perfectamente, señora. Elena insiste. Yo lo vi. Vi a este señor en el barco. Desayunábamos en mesas cercanas. Lo vi con sus hijos. El burócrata se encoge de hombros. Entonces tal vez era pasajero de otro camarote y se confundió. Me hierve la sangre. No me confundí. Dormí en el 412. Mi mochila está ahí, mi pasaporte, mi celular, todo.
¿Tiene algún comprobante de pago, un recibo, un email de confirmación? Pienso, claro, el comprobante. Sí, yo pagué parte del viaje. Mis hijos me invitaron, pero yo insistí en pagar mi parte. Le transferí $5,000 a mi hijo Marcóndes hace un mes para cubrir mi boleto y mis gastos. El burócrata levanta las cejas. Tiene el comprobante de esa transferencia. Meto la mano al bolsillo por reflejo. Luego recuerdo, vacío. Todo vacío. Está en mi celular. El comprobante llegó por mensaje.
Lo guardé. Pero mi celular está en el barco, en mi mochila, en el camarote que ahora usted dice que no es mío. El burócrata cierra los ojos un momento como pidiendo paciencia. Señor, sin documentos, sin comprobante de pago, sin registro en el sistema, no puedo hacer nada legalmente. Usted no es pasajero de ese barco. Siento náusea, una ola que sube del estómago a la garganta. Me levanto tambaleando, busco un baño. No hay. Veo un bote de basura en la esquina.
Vomito ahí, agua y bilis. No he comido nada desde el desayuno. Elena me sostiene. Me limpia la boca con un pañuelo de papel que encuentra en su bolsa. Tranquilo, señor. Vuelvo a sentarme en la silla. Tiemblo más. Elena se dirige al burócrata. Por favor, ¿puede mostrarme la lista completa de pasajeros? Tal vez hay un error en el número de camarote. Tal vez él está registrado en otro cuarto. El hombre suspira, pero accede. Imprime una hoja. Son tres páginas.
Elena las revisa, sus ojos recorren nombre por nombre. Pasa los dedos por la lista. Yo la miro con esperanza. Ella va a encontrarme. Tiene que encontrarme. Primera página. Nada. Segunda, nada. Tercera, nada. Elena levanta la vista, me mira con horror en los ojos, no está. Le quito las hojas, las leo yo mismo, busco Montalbán, ahí está Marcondes, Gabriela, Matías, pero Juárez, no hay ningún Juez. Leo otra vez y otra y otra como si mirando más veces fuera a aparecer mi nombre mágicamente.
El burócrata se aclara la garganta. Señor, según este sistema, usted nunca estuvo en ese barco. Nunca estuve. Nunca. Las palabras no tienen sentido, pero al mismo tiempo tienen todo el sentido del mundo. Me borraron. Mi propio hijo me borró del registro. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Desde cuándo planeaba esto? Pienso en el día que me invitó. Papá, vamos a hacer un crucero todos juntos. Pienso en cómo insistió que él se encargaría de todo. No te preocupes por nada, papá. Yo hago la reserva.
Tú solo prepara tu maleta. Pienso en la transferencia de $,000 que hice. Dinero que ahora no puedo probar que di. Dinero que desapareció como yo. Elena me toma del brazo. Vamos afuera, señor. Necesita aire. Salgo tambaleando. El sol me ciega. Afuera de la oficina hay una banca de cemento. Me siento. Elena se sienta a mi lado. Hay un cesto de basura al lado. Me inclino y vomito otra vez. Bilis pura, amarga como mi vida ahora. Elena me frota la espalda.
Ya, ya, tranquilo. No puedo tranquilizarme. Tiemblo como si tuviera fiebre. Me borraron. Mi voz sale quebrada. Mis propios hijos me borraron del sistema como si yo no existiera, como si no hubiera estado ahí. Elena no dice nada. ¿Qué puede decir? No hay palabras para esto. No hay consuelo para esta traición. Me limpio la boca con el dorso de la mano. La mano que tiene sangre seca de cuando me caí corriendo. Miro la sangre. Miro mis manos viejas, arrugadas, manchadas.
Las manos que construyeron barcos, que abrazaron a mis hijos, que trabajaron 50 años para darles todo. Y ellos me borraron. Elena saca su celular, busca algo. Voy a tomar fotos de esto, del puerto, de usted, de todo. Esto no puede quedar así. Toma fotos. Yo ni siquiera volteo a ver. Miro el mar, el agua azul que se ve tan tranquila desde aquí. El barco ya no se ve. Se fue. Se llevó a mi familia, se llevó mi identidad.
Se llevó los últimos 4 años de mi vida esperando que el testamento se abriera para poder estar todos juntos otra vez. Para esto, para que me abandonaran en un puerto extranjero. Elena termina de tomar fotos. Se sienta otra vez. Señor Juárez, vamos a arreglar esto. Vamos a ir al consulado mexicano. Ellos pueden ayudarlo, pueden darle documentos temporales, pueden contactar a su familia, asiento sin fuerzas, pero sé la verdad. Y ahí, con el sabor a bilis en la boca y el corazón hecho pedazos, entendí que esto no fue un error, fue un plan, un plan perfecto.
Y yo fui el idiota que lo siguió hasta el final. Me quedo sentado en esa banca de cemento no sé cuánto tiempo. Podría ser una hora, podrían ser 5 minutos. El tiempo ya no funciona igual. Elena hace llamadas. Habla rápido en español colombiano. Oigo palabras. Consulado, embajada, emergencia, anciano abandonado. Anciano abandonado. Eso soy ahora. Un anciano abandonado. Ya no soy Juarez Montalbán Robledo, constructor de barcos, dueño de astillero, padre de tres, abuelo de uno. Soy un anciano abandonado sin nombre en un puerto de Cartagena, sin documentos que prueben quién soy, sin dinero para comprar aunque
sea un vaso de agua, sin familia que me busque, sin nadie excepto esta mujer colombiana de 62 años que no me conoce de nada, pero que está aquí llamando por teléfono, peleando por mí, llorando por mí y pienso, tal vez la sangre no es tan importante como dicen. Tal vez la familia no es quien te dio la vida. Tal vez la familia es quien se queda cuando todos los demás se van en el barco. Las 6 de la tarde.
Elena me lleva a un albergue. Es un edificio viejo con paredes amarillas descascaradas. Huele a humedad y a detergente barato. Quédate aquí esta noche, señor Juárez. Mañana vemos qué hacer. Me consigue una cama en un cuarto compartido con otros cinco hombres. Yo me siento en el colchón delgado. Los resortes crujen. Elena me trae un vaso de agua. Toma, tienes que hidratarte. Bebo sin ganas. El agua sabe a cloro. Ella se sienta a mi lado. Voy a volver mañana temprano.
¿Estarás bien? Asiento. Mentira. No estaré bien. Nunca volveré a estar bien. Pero ella necesita irse. Ya hizo demasiado por mí. Elena me aprieta la mano y se va. 7:30 de la noche, Elena aparece otra vez con un celular prestado. Es de la dueña del albergue. Dijo que puedes hacer una llamada. Pienso, ¿a quién llamar? Mis hijos me abandonaron. Mis amigos hace años que no hablo con la mayoría. Entonces recuerdo, Dr. Armando Cisneros, mi viejo amigo, amigo de Josefina.
Él sabrá qué hacer. Elena marca el número que le digo. Espera. Pone el altavoz. Ring, ring, ring. Buzón de voz. El número que marcó no está disponible. Cuelga. Vuelve a marcar. Mismo resultado. ¿Quieres intentar con otro número? Niego con la cabeza. No hay nadie más. Literalmente no hay nadie más en el mundo que me pueda ayudar. Elena se lleva el teléfono. Mañana intentamos otra vez. 8 de la noche. No puedo quedarme aquí. Este cuarto me ahoga. Los otros hombres roncan.
Uno huele a alcohol, otro toce sin parar. Me levanto, salgo a la calle. El aire nocturno es más fresco. Camino sin rumbo. Termino en el barrio Getsemaní. Es hermoso a pesar de mi dolor. Paredes pintadas de colores brillantes, amarillo, naranja, turquesa. Murales gigantes, flores en las ventanas. Música sale de los bares, salsa, vallenato, gente joven riendo, bailando, parejas tomadas de la mano, familias cenando en las mesas afuera de los restaurantes. Vida, tanta vida alrededor mío y yo, muerto por dentro, caminando como fantasma entre los vivos.
8:45. Me siento en los escalones de una iglesia cerrada. Miro a la gente pasar. Un joven con cámara profesional está fotografiando turistas. Les cobra 10,000 pesos por foto. Tiene como 28 años, pelo negro, largo, amarrado en coleta, barba de días. Lleva camiseta negra y jeans rotos. Me mira, sigue con su cliente, pero vuelve a mirarme. Termina con el turista, guarda su dinero, camina hacia mí. Se detiene a 3 m, me mira fijamente. Don Juárez. Su voz tiembla.
Levanto la cabeza. Me conoce. El joven se acerca más. Es usted, Ju Montalbán, de Veracruz. Mi corazón late más rápido. Sí, soy yo. ¿Quién eres? El joven se arrodilla frente a mí. Sus ojos están llenos de lágrimas. Soy Miguel Ángel Restrepo. Mi padre, mi padre trabajó en su astillero. Usted le salvó la vida. El mundo se detiene. Restrepo. Héctor Restrepo, el hombre de la explosión. Héctor, susurro. Miguel asiente. Sí, señor. Héctor Restrepo era mi papá. Uso pasado.
Era era Miguel se limpia los ojos. Murió hace 2 años. cáncer, pero hasta su último día habló de usted. Decía, Miguel, si algún día ves a don Juárez, págale la deuda. Nuestra familia le debe todo. Empiezo a llorar. No puedo evitarlo. Miguel me abraza. Ahí, en los escalones de esa iglesia, lloro en brazos de un desconocido que es hijo de un amigo muerto. Miguel se sienta a mi lado, saca su celular, me muestra fotos. Esta es mi papá, ¿lo recuerda?
Veo a Héctor mayor con canas pero sonriente. Yo tenía 5co años cuando pasó la explosión. No recuerdo mucho, pero papá me contaba la historia todo el tiempo. Cómo usted corrió hacia el fuego, cómo lo sacó cargando, cómo pagó todo el hospital, cómo mamá y yo comimos gracias a usted mientras papá no podía trabajar. Miguel pasa más fotos. Héctor en el astillero. Héctor con su familia. nos hablaba de usted siempre. Decía que usted era el hombre más noble que conoció, que le debíamos la vida.
Me quiebro otra vez. Tu papá era un buen hombre, un gran hombre. Miguel me mira bien. Ve mi ropa sucia, mis manos raspadas, mis ojos hinchados. Don Juárez, ¿qué hace aquí en Cartagena? solo y ahí me derrumbo completamente. Le cuento todo, el crucero, la invitación, el abandono, el barco que se fue, mi nombre borrado del sistema, los documentos perdidos, mi familia que me dejó como basura. Miguel escucha en silencio, su cara cambia. Primero confusión, luego shock, luego furia.
Una furia tan grande que le tiemblan las manos. Sus propios hijos. Asiento. Sus propios hijos. Miguel se levanta, camina en círculos. No, no, no, no. Esto no se queda así. Esto no puede quedar así. Se detiene. Me mira. Don Juárez me permite tomarle unas fotos. Dudo. Fotos. ¿Para qué? Miguel se arrodilla otra vez. Voy a publicar esto en mis redes. Tengo muchos seguidores. Soy fotógrafo. Mi trabajo se comparte mucho. El mundo tiene que saber lo que le hicieron.
Tiene que haber justicia. Niego con la cabeza. No quiero causar problemas. Son mis hijos. Miguel me toma de los hombros. Don Juárez. Ellos lo abandonaron, lo borraron, lo dejaron sin nada. Eso no es amor. Eso es eso es crueldad. Tiene razón, lo sé, pero son mis hijos. Durante 78 años me enseñaron que la familia es sagrada. ¿Cómo romper eso? Miguel insiste. Don Juárez, usted le dio un padre a mi familia. Déjeme darle justicia a usted. Asiento sin fuerzas.
Haz lo que creas correcto. Miguel levanta su cámara. No pose, solo sea usted. Toma fotos. Yo sentado en los escalones. Mis manos raspadas, mi camisa sucia, mi cara de 78 años que parece de 90, mi mirada perdida. Clic, clic, clic. Miguel revisa las fotos en su cámara. Perfectas. Estas fotos van a hablar más que 1000 palabras. Guarda su cámara. Me ayuda a levantarme. Venga, don Juárez. Lo voy a llevar a un lugar mejor que ese albergue. Tengo un amigo que tiene un hotel pequeño.
Les voy a explicar. se va a quedar ahí. No tengo dinero para yo pago por mi papá, por usted, por lo correcto. Miguel me lleva a un hotelito limpio, habla con el dueño, le explica. El dueño asiente comprensivo, claro, sin problema. Me dan un cuarto pequeño, pero limpio, con baño privado. Miguel me compra comida en un restaurante cercano, sopa y pan. Coma, don Juárez, mañana esto va a cambiar, se lo prometo. Come. La sopa está caliente, reconfortante.
Primera comida decente en dos días. Miguel se despide. Voy a publicar las fotos ahorita. Mañana temprano vengo a verlo. Se va. Me quedo solo en ese cuarto. Me ducho. El agua caliente me hace llorar. Otra vez me acuesto en la cama. Es cómoda, demasiado cómoda para un hombre que no merece nada. Cierro los ojos. No sabía que esa foto, esa imagen mía, sentado en los escalones, sucio, perdido, roto, iba a cambiar todo. Iba a ser mi salvación y la condena de ellos.
No duermo esa noche. Miro el techo, cuento las manchas de humedad. 27 Pienso en Josefina, en lo que diría si supiera, amor, no llores, levántate, pelea. Siempre fue más fuerte que yo. Pienso en Matías llorando en la cubierta del barco. Mi nieto que sabía y no pudo hacer nada. Pienso en el capitán que me vio y no hizo nada. Pienso en Gabriela haciendo señas de OK en el pasillo. Todo planeado, todo calculado. Y yo, viejo tonto, creyendo que mis hijos me querían, creyendo que la sangre era más fuerte que el dinero.
Me equivoqué. El dinero siempre gana, siempre. Afuera, en algún lugar de internet, Miguel está subiendo fotos, está escribiendo mi historia, está encendiendo una mecha que va a explotar en las caras de mis hijos. Día 2, 8 de la mañana. Me despierto con golpes en la puerta. Es Miguel, trae café y pan dulce. Don Juárez tiene que ver esto. Saca su celular, me muestra la foto mía en los escalones. Tiene una leyenda larga. Leo. Este hombre se llama Juarez Montalbán.
Ayer sus hijos lo abandonaron en Cartagena. Tiene 78 años. Construyó barcos toda su vida. salvó a mi padre y ahora está solo, sin documentos, sin dinero, sin nada. Compartan, el mundo tiene que saber. Justicia para Juárez. Miro los números debajo, 3000 compartidos, 1000 comentarios. La subí hace 6 horas, dice Miguel. Esto apenas empieza 10 de la mañana. Miguel vuelve. Don Juárez, mire el número ahora dice 50,000 compartidos. 50,000. No entiendo qué significa. Miguel me explica. 50,000 personas compartieron su historia.
Hay comentarios de México, Colombia, Argentina, España. Todos están furiosos. Me muestra comentarios. ¿Cómo pueden hacer eso a su propio padre? Mis hijos son mi vida. No entiendo a esta gente que se pudran en el infierno. ¿Dónde están? Denles nombre. Miguel sonríe. Todavía no doy nombres, pero si no responden, lo voy a hacer. No sé cómo sentirme. Aliviado, avergonzado, vengativo, todo junto. Mediodía. Elena llega corriendo al hotel. Juárez, ¿estás en las noticias? Trae un periódico colombiano. Primera página, mi foto.
El titular, Escándalo en crucero, anciano mexicano abandonado por su familia. Leo el artículo. Cuenta todo. El abandono. El sistema sin mi nombre. Elena como testigo. Miguel como el fotógrafo que lo expuso. El artículo termina. Las autoridades colombianas y mexicanas ya están investigando. La naviera estrella del Caribe no ha dado declaraciones. Elena me abraza. Ya no estás solo. Todo el país está contigo. Miro la foto en el periódico. Me veo tan viejo, tan cansado, tan roto, pero ya no invisible.
Ahora el mundo me ve. 2 de la tarde llega un equipo de televisión al hotel Noticias Caracol. Quieren entrevistar a Elena, acepta. La maquillan rápido, ponen luces, cámara. ¿Puede contarnos exactamente qué vio? Elena respira hondo. Yo vi todo. Vi cuando la hija se fue supuestamente al baño. Vi cuando el señor Juárez la buscó desesperado. Vi cuando corrimos al puerto. La hija sabía lo que hacía. Esto fue premeditado, planeado, cruel. Muestra las fotos en su celular. El periodista las graba.
¿Por qué cree que lo hicieron? Elena me mira. Por dinero. Siempre es por dinero. La entrevista sale en el noticiero de la noche. 5 millones de personas la ven. 3 de la tarde. En el barco. Marcondes está en su suite. Su celular vibra. Una notificación. Otra. Otra. 50 notificaciones. Abre. Ve la foto. Lee la leyenda. Su cara pierde todo el color. Gabriela, tenemos un problema. Gabriela está en el baño arreglándose. ¿Qué problema? Sale, ve el celular. Lee rápido.
Ve los números. 500,000 compartidos ahora. ¿Cómo supieron? Marcóndes tiembla. No sé. Alguien lo vio. Alguien tomó fotos. Gabriela camina en círculos. Teníamos que haberlo hecho en Panamá, no en Cartagena. Cartagena tiene muchos turistas. Marcondde se sienta en la cama. ¿Y ahora qué hacemos? Gabriela piensa, negarlo. Fue un malentendido. Él se perdió. Nosotros lo buscamos. 3:30. Silvana entra corriendo a la suite de Marcondes. ¿Vieron esto? Tiene el celular en la mano, lágrimas en los ojos, no de tristeza, de pánico.
Esto no puede estar pasando. Dijeron que no había cámaras en el puerto. Dijeron que era seguro. Gabriel a la calla. Baja la voz. Matías está en el cuarto de al lado. Pero es tarde. Matías ya escuchó. Rafael entra después. trae una cerveza en la mano borracho a las 3:30 de la tarde. Yo les dije, yo les dije que esto era una locura, pero nadie me escucha nunca. Nadie me escucha. Se deja caer en el sofá. Estamos jodidos, completamente jodidos.
4 de la tarde. El capitán Humberto Salazar recibe una llamada de la central. Capitán, hay una situación. Las redes están explotando con una historia de un pasajero abandonado en Cartagena. ¿Usted sabe algo de esto? Salazar siente que el piso se abre bajo sus pies. Yo vi a un hombre en el muelle, pero pensé, pensó que que se iba a resolver solo. Capitán, la prensa va a estar esperando cuando atraque en Veracruz y la policía marítima también. Prepárese, cuelgan.
Salazar se sienta. Le tiemblan las manos. Tenía que haber detenido el barco. Tenía que haber mandado una lancha. Pero Marcondes le había dado 00 para hacer la vista gorda. 00 que ahora van a costarle su carrera, su honor, todo. 5 de la tarde. Salazar va al camarote 41. Toca. Marcondes abre. Capitán, ¿qué se le ofrece? Salazar entra sin pedir permiso. Señor Montalbán, necesito hablar con usted sobre su padre. Marcondes intenta parecer inocente. Mi padre, ¿qué pasa con él?
No se haga. El mundo entero sabe lo que hicieron. Ustedes lo abandonaron. Marcondes cambia de táctica, saca su cartera. Capitán, ¿podemos arreglar esto, puedo pagarle más, mucho más? Salazar lo mira con desprecio. Ya no. Guarde su dinero. Ya no hay arreglo posible. Sale dando un portazo en el pasillo. Se cruza con Matías. El niño tiene los ojos rojos, abraza su celular contra el pecho. En la pantalla se ve una foto. Él y su abuelo en el astillero hace años sonriendo.
Matías vuelve a su cuarto, se encierra en el baño, saca su celular, abre la foto de su abuelo, la que tomaron el año pasado en su cumpleaños. Juarez sopla las velas. Matías lo abraza, ambos sonríen. Matías llora. Lo siento, abuelo, lo siento tanto. Escuchó todo. Escuchó a su mamá planeando. Escuchó a su papá aceptando. Escuchó a la tía Silvana preguntando si estaban seguros. Y él no dijo nada. No hizo nada. Solo le advirtió esa noche, “No vayas al puerto.” Pero no fue suficiente.
Nunca fue suficiente. Ahora su abuelo está solo en Colombia y todo el mundo sabe que su familia lo abandonó. Matías abraza el celular. Te voy a ver pronto, abuelo, te lo prometo. Mientras tanto, en el consulado mexicano en Cartagena, una mujer de uniforme entra. Teniente Mónica Aguirre, policía marítima. Tiene 46 años, pelo negro corto, cara seria. ¿Dónde está el señor Montalbán? La recepcionista señala, Mónica camina hacia mí. Me extiende la mano. Don Juárez, soy la teniente Mónica Aguirre.
Vine desde Bogotá. Vamos a traerlo de vuelta a México y vamos a garantizar que sus hijos respondan por lo que hicieron. Me pongo de pie. Responder. Sí, señor. Abandono de persona vulnerable, fraude. Posiblemente más cargos. Esto no se va a quedar así. Me tiembla la voz. Pero son mis hijos. Mónica me mira con ojos que entienden. Lo sé, señor, y lo siento, pero la ley es la ley. Me siento otra vez. Mónica se sienta frente a mí.
Don Juárez, perdí a mi padre hace 3 años. También lo abandonaron. En un asilo, la familia prometió visitarlo. Nunca fueron. Murió solo. Por eso, cuando vi su historia, tuve que venir. Tuve que ayudar. Tiene lágrimas en los ojos. Esta mujer ruda de uniforme con pistola al cinto tiene lágrimas. Usted no va a morir solo, no va a quedar en el olvido. Tiene mi palabra. Y ahí con esa mujer de uniforme frente a mí, un fotógrafo de 28 años luchando por mí, una viúva colombiana defendiéndome, entendí algo.
Mi voz, la voz que mis hijos intentaron ahogar en el mar, la voz que creyeron que nadie escucharía, estaba siendo escuchada por millones por todo un continente. Y esa voz iba a traer justicia, aunque me rompiera el corazón en el proceso. Día 4. Aeropuerto internacional de Veracruz. Son las 2 de la tarde cuando bajo del avión. La teniente Mónica Aguirre camina a mi lado derecho. A mi izquierda, un abogado joven que se ofreció a representarme gratis. Se llama Ricardo Maldonado.
Tiene 32 años y dice que su abuelo también fue abandonado por su familia. Por eso hago esto, don Juárez, por mi abuelo que ya no está. Salimos a la terminal y ahí están decenas de periodistas, cámaras de televisión, flashes que me ciegan, micrófonos que se estiran hacia mí como serpientes. Don Juárez. Aquí don Juárez. Una pregunta. Mónica levanta la mano. Una declaración breve, nada más. Un periodista de TV Azteca grita más fuerte, “Don Juárez, ¿qué siente al regresar a casa?
Respiro hondo, miro a las cámaras, siento que mi esposa está vengada.” La frase cae como bomba. Los periodistas se quedan en silencio un segundo, luego explotan en más preguntas. ¿Qué quiere decir con eso? Su esposa sabía algo, pero Mónica ya me está sacando de ahí. Caminamos rápido hacia la salida. Afuera hay más gente, no prensa, gente común con carteles. Justicia para Juez. Los viejos merecen respeto. Estamos contigo, don Juárez. Una señora mayor se acerca llorando. Mi hijo también me abandonó, don Juárez.
Gracias por hablar por todos nosotros. Me abraza. Huele a jabón y a lágrimas. No sé qué decir, solo le palmeo la espalda. Subimos a una camioneta oficial. Mónica arranca. Nos vamos directo al puerto. El barco llega a las 4. Miro el reloj. 2 horas. En 2 horas veo a mis hijos. No sé si estoy listo. Nunca voy a estar listo. 4 de la tarde. Puerto de Veracruz. El Estrella del Caribe está atracando. Es enorme desde aquí. Blanco, imponente, como monstruo que regresa después de tragarse mi vida.
Hay más prensa, más policías, una multitud de curiosos. El barco termina de atracar. Bajan la rampa. Los primeros pasajeros empiezan a salir. Turistas felices, bronceados, con maletas llenas de recuerdos. Luego los veo. Marcondes sale primero. Traje gris. Lentes de sol que no esconden su cara pálida. Gabriela va detrás, pañuelo en la cabeza, lentes enormes intentando esconderse. Silvana viene después sin maquillaje, pelo suelto, se ve 10 años más vieja. Rafael cierra la fila, mira al suelo. Los cuatro avanzan por la rampa.
Ven la multitud, las cámaras, la policía. Se detienen. Marcóndes ve hacia dónde estoy. Nuestros ojos se encuentran. Él quiere decir algo, pero no puede porque Matías sale corriendo del barco. Mi nieto me ve, grita, abuelo, corre bajando la rampa. Gabriela trata de agarrarlo. Matías, no, quédate aquí. Pero el niño es rápido, esquiva su mano, corre hacia mí. Marcondes grita, “¡Matías, regresa!” No regresa, llega hasta mí, se lanza a mis brazos. Pesa más de lo que recordaba. Casi me tira, pero lo sostengo.
Lo abrazo fuerte. Huele a champú de niño y a lágrimas. Perdón, abuelo. Perdón, perdón, perdón. Llora en mi hombro. Todo su cuerpito tiembla. Yo sabía. Yo escuché y no hice nada. No pude hacer nada. Le acaricio el pelo. Es suave, como cuando era bebé. No es tu culpa, mi niño. Nunca fue tu culpa. Las cámaras nos están filmando. Los flashes explotan. Pero no me importa. Tengo a mi nieto en brazos y eso es lo único que importa en este momento, lo único bueno que queda de mi familia.
Matías se aferra a mí. No me voy a ir con ellos. No quiero irme con ellos. Tranquilo, ya veremos qué pasa. Levanto la vista. Mis hijos están a 10 met parados ahí como estatuas. Marcondes tiene las manos en los bolsillos. Silvana se limpia los ojos con un pañuelo. Rafael mira sus zapatos. Gabriela tiene los brazos cruzados. Ninguno se acerca. Ninguno dice nada. Las cámaras los filman. Un periodista grita, “¿Por qué lo hicieron?” Otro, “No tienen nada que decir.” Marcóndes finalmente se mueve.
Camina hacia mí despacio, como si caminara hacia su propia ejecución. Se detiene a 2 m. Papá, su voz tiembla. Papá, yo no fue un malentendido. Nosotros levanto mi mano libre. La otra sostiene a Matías. No, una palabra seca final. No digas nada, ya no quiero escuchar nada. Marcondes abre la boca, la sierra, sus hombros caen. La teniente Mónica se acerca a mis hijos. Señores Montalván, señora Robledo, señor Montalbán, señala a cada uno, tienen que acompañarnos a la delegación.
Hay una investigación abierta por abandono de persona vulnerable en situación de desamparo y fraude. Silvana da un paso atrás. Fraude. Nosotros no. El señor Juárez pagó $000 por su pasaje. Ustedes lo borraron del sistema. Eso constituye fraude. Mónica saca unas esposas, no las pone todavía, pero el mensaje es claro. Rafael se deja caer en una maleta. Ya sabía, ya sabía que esto iba a pasar. Gabriela de repente explota, grita, “Él está bien, miren, está aquí, está vivo, no le pasó nada.
No hay crimen si no hay víctima.” Mónica la mira con frialdad. Hay tentativa, hay intención. Eso basta para proceder legalmente. Vamos. Dos policías se acercan. Marcóndes, Silvana y Rafael caminan hacia ellos sin resistirse. Gabriela sigue gritando. Esto es un abuso. Vamos a demandar. Tenemos derechos. Un policía la toma del brazo. Señora, cálmese. Nadie está arrestado todavía. Solo van a declarar. Los llevan hacia unas patrullas. Matías aprieta su cara contra mi pecho. No quiere ver. Yo tampoco quiero ver, pero tengo que hacerlo.
Tengo que ver cómo se llevan a mis hijos, a los bebés que cargué, a los niños que enseñé a andar en bicicleta, a los jóvenes que ayudé en la universidad. Se van en las patrullas. Las sirenas no suenan, pero el silencio es más ruidoso que cualquier sirena. La multitud aplaude. Algunos gritan, “¡Justicia! ¡Que paguen! Yo no aplaudo, no grito, solo abrazo a Matías y siento que mi corazón se parte en dos porque sigue siendo mis hijos, aunque me hayan destruido, siguen siendo mis hijos.
De repente una voz conocida. Juárez, me volteo. Dr. Armando Cisneros camina hacia mí. Tiene 81 años. Pelo completamente blanco, bastón en mano, pero sus ojos siguen siendo los mismos. Los ojos del amigo de toda la vida. Armando. Lo abrazo con un brazo. Con el otro sigo sosteniendo a Matías. Traté de llamarte desde Colombia. No contestabas. Lo sé. Estaba en el hospital. Otra cirugía de la rodilla. Pero en cuanto salí y vi las noticias, vine para acá. Mete la mano a su saco.
Saca un sobre amarillo viejo, sellado con cera roja. Juárez. Josefina me dio esto hace 4 años. El día antes de morir. Mi corazón se detiene me dijo. Armando, si algo le pasa a Juarez, si mis hijos hacen lo que yo creo que van a hacer, dale esto. Solo si pasa eso. Yo pensé que estaba delirando por los medicamentos, pero lo guardé. Y ahora me extiende el sobre. Ahora es el momento. Tomo el sobre con mano temblorosa. La cera está intacta.
Nadie lo ha abierto en 4 años. Matías levanta la cabeza. ¿Qué es eso, abuelo? Una carta de tu abuela. Rompo el sello. Saco una hoja doblada, papel de carta de los buenos con el monograma de Josefina en la esquina. Su letra cursiva perfecta. Leo en silencio primero. Las palabras me golpean como olas. Luego leo en voz alta para que todos escuchen. Las cámaras se acercan. Mi amor, si estás leyendo esto es porque nuestros hijos hicieron lo que yo temía.
Los conozco mejor de lo que tú crees. Sé de qué son capaces. Vi cómo me trataron en mis últimos meses. La impaciencia, las preguntas sobre el dinero, las miradas. Por eso cambié el testamento dos semanas antes de morir. Todo queda para ti. La casa, los ahorros, las inversiones, todo. Y si algo te pasa a ti, si ellos logran hacerte daño, todo va para instituciones de caridad. Ellos no reciben nada, ni un peso. Perdónalos si puedes, amor mío.
Yo no pude, pero tú siempre fuiste más noble que yo. Te amo. Siempre te amé. Cuida de Matías. Él es el único que vale la pena. Tú Josefina. Termino de leer. Hay silencio completo. Hasta los periodistas se quedaron callados. Miro el papel. Las lágrimas caen sobre la tinta, pero no la borran. Josefina sabía. Mi esposa sabía desde hace 4 años que mis hijos iban a intentar algo así. Por eso el testamento cerrado, por eso la espera de 4 años para protegerme, para darles tiempo de mostrar quiénes eran realmente.
Y lo mostraron. Dios mío, lo mostraron. Doblo la carta con cuidado, la guardo en el bolsillo de mi camisa cerca del corazón. Armando me pone la mano en el hombro. Ella te amó hasta el final. Juárez, y más allá. Asiento. No puedo hablar. La garganta está cerrada. Matías me abraza más fuerte. La abuela era muy lista. Sonrío entre lágrimas. Sí, mi niño. Tu abuela era la más lista de todos nosotros. Y ahí, con esa carta en mis manos, con la letra de mi esposa muerta protegiéndome desde la tumba, entendí.
Ella me cuidó hasta después de muerta. Me protegió cuando yo no pude protegerme solo. Mi Josefina, mi eterna Josefina. Ricardo, mi abogado, se acerca. Don Juárez, esta carta cambia todo. Con esto podemos proceder no solo por el abandono, sino también por intento de fraude testamentario. Esto es evidencia de que había premeditación desde hace años. Las cámaras siguen grabando. Un periodista grita, “Don Juárez va a proceder legalmente contra sus hijos. Miro a Matías, miro a Armando, miro la carta en mi bolsillo, miro las patrullas donde están mis hijos.
Ay, digo la verdad, voy a hacer lo que mi esposa hubiera querido. Voy a protegerme y voy a proteger a mi nieto. Lo demás, lo demás que lo decida la justicia. Mónica asiente. Bien dicho, don Juárez. Vamos a asegurarnos de que reciba lo que le corresponde y ellos ellos van a recibir lo que se merecen. Subo a la camioneta. Matías no me suelta. Armando sube con nosotros. Las puertas se cierran. Arrancamos por el espejo lateral. Veo el puerto alejarse, veo el Estrella del Caribe, veo a la gente, veo el mar.
Y pienso, el mar me llevó, pero también me trajo de regreso. Y ahora, con la bendición de Josefina desde el más allá, voy a reconstruir lo que ellos intentaron destruir. Tr meses después, juzgado civil de Veracruz. Estoy sentado en la primera fila con Ricardo a mi lado. Matías está conmigo. Tomó el día libre de la escuela. Quiso venir. Quiero ver, abuelo. Necesito ver. Del otro lado de la sala están Marcondes, Silvana y Rafael, cada uno con su abogado.
No se miran entre ellos. Gabriela no está. Se divorció de Marcondes a las dos semanas de llegar. lo culpó de todo. “Yo te dije que era mala idea. Tú insiste.” Le gritó frente a todos en la delegación. Se llevó la mitad de lo poco que les quedaba. Marcondde se ve 10 años más viejo, flaco, ojeroso. Silvana tiene el pelo atado en cola, simple, sin maquillaje, vestido negro. Parece que va a un funeral. Tal vez sí va. Rafael es el único que me mira.
Tiene los ojos rojos. Lleva tres semanas sobrio, está en rehabilitación. La jueza entra. Todos nos ponemos de pie. Caso civil número 247, Montalbán contra Montalbán. Procedemos. La jueza lee el veredicto. Después de revisar toda la evidencia presentada, este tribunal determina que los acusados Marcondes, Silvana y Rafael Montalván actuaron con premeditación y alevocía al abandonar a su padre en territorio extranjero. Aunque no hubo lesiones físicas graves ni muerte, hubo daño moral, psicológico y emocional considerable. Hace una pausa.
Mira a mis hijos. La tentativa de fraude testamentario también ha sido comprobada gracias a la carta póstuma de la señora Josefina Robledo. Mira hacia mí. El señor Juarez Montalbán Robledo ha renunciado a demandar herencia de sus hijos. Su declaración fue: “No quiero su dinero, quiero mi paz.” Sin embargo, ha solicitado indemnización por daños y perjuicios. La jueza golpea el mazo. Este tribunal concede indemnización por 2 millones de pesos mexicanos a dividirse en partes iguales entre los tres demandados.
Tienen 6 meses para pagar. Caso cerrado. El mazo suena otra vez. Se acabó. Salimos del juzgado. Los periodistas están afuera, pero ya no son tantos. La historia es vieja. Ya tr meses es mucho en el ciclo de noticias. Algunos me preguntan, ¿cómo se siente don Juárez? Aliviado, respondo, y es verdad, no feliz. El dolor no se va con un veredicto, pero aliviado de que haya terminado, Marcóndees sale después, está solo. Su abogado lo abandonó a media audiencia.
No puedo seguir representándolo. Esto es indefendible. Marcóndes me ve. Quiere acercarse, pero Mónica está a mi lado. Le hace una seña de que no. Él se detiene, mete las manos en los bolsillos, se va caminando solo. Su empresa de construcción quebró. Nadie quiere trabajar con el hombre que abandonó a su padre. perdió su casa, su carro, su esposa, sus amigos, todo. Vive ahora en un departamento pequeño, solo, trabajando en lo que puede. Y yo no siento alegría por eso, solo tristeza, porque sigue siendo mi hijo, mi primogénito, y verlo caer me duele, aunque él me haya tirado primero.
Silvana tampoco sale bien. Tuvo una crisis nerviosa dos semanas después de volver del crucero. Las redes sociales la destruyeron. La hija que abandonó al padre. Su foto circuló en todos lados. La reconocían en la calle, en el súper, en la gasolinera. Le gritaban cosas. Sinvergüenza, mala hija. Tuvo que mudarse a otra ciudad. Cambió de nombre legalmente. Ahora se hace llamar Ana Robledo. Eliminó todos sus perfiles de redes. No sale de su casa. Su psiquiatra dice que tiene depresión severa y ansiedad.
Sus dos hijas ya no le hablan. No podemos estar asociadas contigo, mamá. Nos están haciendo bullying en la escuela por lo que hiciste. Se quedó sola, completamente sola. Y yo a veces pienso en llamarla, pero no puedo. Todavía no. Tal vez nunca, porque cada vez que cierro los ojos veo su cara cuando me abandonó en ese mercado y el dolor vuelve fresco como el primer día. Rafael es diferente. A la semana de volver me buscó, tocó a mi puerta.
Yo vivía temporalmente en casa de Armando mientras arreglaba mis cosas. Abrí. Rafael estaba en el escalón, flaco, temblando. Papá, ¿puedo pasar? Lo dejé pasar. Se sentó en la sala. Lloró durante 20 minutos, no dijo nada, solo lloró. Luego habló. Papá, soy un cobarde. Siempre lo fui. Nunca tuve el valor de decirle que no a Marcondes, a Gabriela, a nadie. Bebía para no sentir que era un fracaso. Y cuando hicieron el plan, yo sabía que estaba mal. Lo sabía, pero no hice nada.
Ni siquiera te avisé. Ni siquiera intenté. Su voz se quebró. Soy un cobarde y lo siento. Siento no haber sido el hijo que merecías. Lo miré. Vi al niño gordito al que le hacían bullying, al adolescente que se escondía detrás de botellas, al hombre roto frente a mí y dije, “Rafael, todavía puedes cambiar. Es tarde, pero no demasiado tarde.” Rafael entró a rehabilitación tres días después. Lleva tr meses sobrio. Va a terapia. Trabaja en un taller mecánico.
Gana poco, pero está orgulloso de su trabajo. Me llama cada domingo. ¿Cómo está, papá? Bien, hijo. Matías está bien. Está bien. ¿Usted usted cree que algún día pueda perdonarme? No lo sé, Rafael, pero te respeto por intentarlo. No es perdón. Todavía no, pero es algo. Matías vive conmigo ahora. legalmente tiene custodia compartida. Una semana con Marcondes, una semana conmigo. Pero después del primer mes, Matías me dijo, “Abuelo, ¿puedo quedarme contigo siempre? Hablé con Marcondes. Tu hijo te necesita, pero necesita estabilidad, paz.” Marcóndes, derrotado, aceptó.
“Quédatelo. Yo yo ya no sé cómo ser padre.” Y así Matías se quedó conmigo. Contigo me siento seguro, abuelo. Esas palabras valen más que todo el dinero del mundo. El capitán Humberto Salazar también pagó su precio. La investigación de la naviera comprobó que él vio mi abandono y no hizo nada. Peor aún, encontraron el depósito de $00 que Marcóndes le hizo. Soborno y negligencia grave. Lo despidieron. 30 años de carrera. perdidos. Un mes después apareció en mi puerta don Juárez.
Sé que no tengo derecho, pero perdóneme. Lo miré. Vi a un hombre roto. Como yo estuve roto. Capitán, yo no soy quien tiene que perdonarlo. Es su espejo, es su conciencia. Yo ya no puedo ayudarlo con eso. Él asintió. se fue. Supe que trabaja ahora en un barco pesquero pequeño, ganando una décima parte de lo que ganaba. Su esposa lo dejó. Sus hijos adultos no le hablan. El mar le quitó todo, igual que casi me quitó todo a mí.
Pero yo tuve suerte. Yo tuve gente que me ayudó. Él no. Elena, mi ángel colombiano, terminó mudándose a Veracruz. Allá en Colombia ya no tengo nada. Mi esposo murió. Mis hijos están en Estados Unidos. ¿Por qué no empezar de nuevo aquí? Compró una casita a tres cuadras de la mía. Cada domingo almorzamos juntos. Ella cocina, hace una bandeja paisa que me recuerda que la vida todavía tiene sabor. Somos dos sobrevivientes, Ju me dice. El mar trató de ahogarnos, pero aquí seguimos.
A veces pienso que Josefina me mandó a Elena. que desde arriba vio todo y dijo, “Mi amor necesita ayuda. Mándame a alguien.” Y apareció Elena con su celular de funda rosada, con su corazón enorme, con su compasión que me salvó. No es romance. Los dos somos muy viejos y muy cansados para eso. Es algo mejor. esa amistad verdadera, de esas que no necesitan palabras para entenderse. Miguel Ángel vino a visitarme el mes pasado. Trajo a su novia, una muchacha bonita que estudia medicina.
Don Juárez sabía que su historia fue vista por 40 millones de personas. 40 millones. Me mostró los números en su celular, compartidos, vistas, comentarios de México, Colombia, Argentina, España, Estados Unidos. todos los países donde se habla español. Su historia cambió conversaciones, don Juárez. La gente ahora habla más sobre el abandono de ancianos. Hay nuevas leyes propuestas, hay campañas. Todo porque usted habló. Sonreí. No importa, Miguel. Lo que importa es que Matías está bien, que está seguro, que sabe que su abuelo lo ama.
Lo demás, lo demás es ruido. Miguel me abrazó. Mi papá estaría orgulloso de usted, de lo que hizo por mí, de todo. Lloré en el hombro de ese muchacho de 28 años que salvó mi vida con una foto, con una historia, con su lealtad a la memoria de su padre. Compré una casita en la playa, pequeña, dos cuartos, cocina diminuta, pero tiene vista al mar y tiene paz. Eso es lo único que necesito ahora, paz. Matías y yo pasamos los fines de semana ahí.
Le enseño a pescar, igual que le enseñé a sus tíos cuando eran niños. Le enseño a reparar motores pequeños, a lijar madera, a soldar. Estas son habilidades de hombre Matías, habilidades que nadie te puede quitar. Él aprende rápido. Tiene manos hábiles como las mías cuando era joven. A veces me mira con esos ojos de Josefina y pregunta, “Abuelo, ¿crees que papá cambie algún día?” “No lo sé, mi niño. Eso depende de él y tú lo vas a perdonar.” Suspiro.
Tal vez algún día cuando duela menos. Y es la verdad. Tal vez algún día. Pero hoy no. Hoy todavía duele demasiado. Hoy todavía veo el barco alejándose cada vez que cierro los ojos. ¿Sabes que aprendí en todo esto? Que el mar siempre devuelve lo que es tuyo. A veces tarda días, a veces meses, a veces años, pero siempre, siempre vuelve. Mis hijos me tiraron al agua pensando que me iba a ahogar, pensando que un viejo de 78 años no iba a poder sobrevivir solo en un país extranjero.
Pero olvidaron algo importante. Olvidaron quién soy. Yo soy Jar Montalbán Robledo. Construí barcos durante 45 años. Navegué tormentas. Salvé vidas. Levanté un imperio desde cero. Soy un lobo de mar. Y los lobos de mar, aunque estén viejos, aunque tengan las rodillas cansadas y el corazón roto, siempre saben nadar de regreso a casa, siempre encuentran la orilla, siempre sobreviven. Porque llevamos el mar en la sangre y el mar nunca abandona a los suyos, nunca.















