Julio Iglesias: Su Empleada ACABA DE Revelar lo que Pasaba Cada Noche…

Julio Iglesias me usaba casi todas las noches. Eso declaró hace tr días una exempleada, 22 años. Trabajaba en su mansión del Caribe, limpiaba, servía y cuando caía la noche, él la llamaba a su habitación. Ella tenía 22, él tenía 77. Y mientras tú bailabas, hey, en bodas, mientras tu madre tarareaba de niña a mujer en la cocina, mientras millones de mujeres suspiraban por él, esto es lo que pasaba dentro de sus mansiones. Pero eso no es todo, porque el hombre que vendió 300 millones de discos tiene un hijo que lleva 30 años suplicando que lo reconozca.

Tiene otro hijo que no le habla y tiene una esposa que vive en otra casa a miles de kilómetros de él. Hoy, a los 82 años, la Fiscalía Española lo investiga. Su nombre es Julio Iglesias. Primero, el momento exacto en que humilló a su propio hijo de 13 años delante de las cámaras.

Un niño que solo quería conocer a su padre. un niño que salió destruido de esa rueda de prensa. Segundo, los testimonios de las empleadas que lo acusan. Un sistema de control que incluía exámenes ginecológicos obligatorios, pruebas de embarazo sin su consentimiento y noches que ninguna de ellas quiere recordar. Tercero, la confesión de Isabel Prisler. Cinco palabras, solo cinco palabras sobre cómo Julio trató a Enrique cuando quiso ser cantante. Cinco palabras que lo cambian todo y cuarto, la razón verdadera por la que sus tres hijos fueron arrancados de los brazos de su madre y enviados a Miami.

Lo que nadie cuenta sobre el secuestro de su padre Poreta. Te voy a avisar cuando llegue cada revelación. Si te vas antes del final, te pierdes lo que este hombre más ha intentado borrar de su historia. Pero antes de contarte qué pasaba en esas habitaciones del Caribe, necesitas saber cómo empezó todo. Y esta historia empieza con sangre. 22 de septiembre de 1962. 2 de la madrugada Madrid duerme, las calles vacías, el frío de finales de septiembre. Un grupo de jóvenes celebra en un coche por las carreteras de majada onda.

Al volante no va Julio, él va de pasajero. Están festejando su cumpleaños número 19, que es al día siguiente. Risas. Música. La inconsciencia de los 20 años. El coche toma una curva demasiado rápido. Las ruedas pierden agarre. El conductor pierde el control. El impacto contra los arbustos, el silencio. Julio queda inconsciente. Los minutos pasan. Alguien llama a una ambulancia, lo trasladan al hospital. Las luces de neón del pasillo, el olor a desinfectante, los médicos corriendo y cuando Julio abre los ojos, cuando por fin recupera la consciencia, los médicos le dan la noticia que cambiaría el curso de su vida para siempre.

No volverá a caminar, pero espera porque aquí viene el detalle que casi nadie cuenta. Julio Iglesias no era un joven cualquiera que soñaba con el fútbol. No era un aficionado de domingo. Era portero del Real Madrid. del Real Madrid Club de Fútbol, el equipo más grande de España, uno de los más grandes del mundo. Entrenaba junto a leyendas. Feren Puscas, el húngaro que revolucionó el fútbol con su pierna izquierda. Alfredo Di Stefano, la saeta rubia, el hombre que ganó cinco copas de Europa consecutivas.

Francisco Gento, el único jugador en la historia con seis copas de Europa, Pirri y Amancio, que se convertirían en sus amigos de toda la vida. Julio estaba en las categorías juveniles, pero ya había debutado con el primer equipo. Los técnicos lo veían con buenos ojos. Tenía reflejos de gato, tenía altura, tenía hambre de gloria. estaba a punto de dar el salto definitivo. Por edad, si ese accidente no hubiera ocurrido, Julio podría haber sido el portero titular del Real Madrid que ganó la Copa de Europa en 1966.

El famoso equipo de los Yyés. La historia del fútbol español habría sido diferente y la historia de la música mundial también. Guarda este detalle, lo vas a necesitar para entender todo lo que viene después. Año y medio, 547 días. Eso es lo que pasó Julio Iglesias, paralizado en una cama de hospital, sin poder mover las piernas, sin saber si volvería a caminar, viendo como sus sueños de futbolista se desvanecían con cada amanecer. Imagina eso un momento. Un joven de 19 años en la flor de la vida, con todo el futuro por delante, postrado en una

cama, los amigos siguiendo con sus vidas, el equipo entrenando sin él, las novias olvidándolo, el mundo girando mientras él se quedaba quieto mirando el techo blanco de un hospital. Y entonces apareció un hombre que cambiaría todo. El adio Magdaleno era enfermero, un hombre sencillo de manos grandes y corazón más grande todavía. No tenía ambiciones de fama, solo hacía su trabajo, cuidar pacientes. Pero vio algo en ese joven paralizado que otros no veían. vio tristeza, vio desesperación, vio a alguien que necesitaba algo más que medicina.

Un día, el adio entró en la habitación con un regalo bajo el brazo. Una guitarra. No era una guitarra cara, no era para que se convirtiera en músico profesional. Era para que ejercitara los dedos, para que tuviera algo que hacer durante las interminables horas en esa cama. para que su mente se ocupara en algo que no fuera el dolor y la desesperanza. Julio nunca había tocado un instrumento en su vida. No sabía leer partituras. No tenía oído musical desarrollado.

No conocía ni un solo acorde. Sus dedos torpes tropezaban con las cuerdas, pero empezó a practicar hora tras hora, día tras día, noche tras noche. Mientras los médicos trabajaban en su recuperación física, Julio trabajaba en algo diferente, algo que ni él mismo entendía. Y en esa cama de hospital, paralizado, sin saber si volvería a caminar, compuso su primera canción. La tituló La vida sigue igual. Escucha esa frase, grábatela en la mente. La vida sigue igual. Un joven de 20 años que había perdido todo lo que soñaba, escribiendo que la vida sigue igual.

Hay algo profético en eso, algo oscuro, algo que marcaría toda su existencia. Porque para Julio Iglesias, pasara lo que pasara, la vida siempre seguiría igual. Los éxitos vendrían y se irían. Las mujeres entrarían y saldrían de su cama. Los hijos nacerían y crecerían sin él. Los escándalos explotarían y se olvidarían. Y la vida seguiría igual, siempre igual, aunque todo a su alrededor se derrumbara. Esa canción ganaría el festival de Benidorm en 1968. Sería el inicio de una carrera que nadie podía imaginar.

Y ese título, esa frase de cuatro palabras se convertiría en el lema de su vida. Recuerda esa frase, vas a entender por qué al final de este video. Julio se recuperó. Contra todo pronóstico, volvió a caminar. Las secuelas en la espalda lo acompañarían toda la vida. Dolor crónico, operaciones, limitaciones, pero estaba de pie y tenía una guitarra y tenía una canción. 1970. Han pasado 8 años desde el accidente. Julio Iglesias ya es una estrella en España. Ha representado al país en Eurovisión con Gendolin.

Una canción dedicada a una joven francesa de familia noble que conoció en Inglaterra. Quedó cuarto en el festival, pero eso bastó para convertirlo en el cantante del momento. Las mujeres lo adoraban, los hombres querían ser como él. Las discográficas se peleaban por ficharlo. España entera cantaba sus canciones en la radio. Y entonces, una noche cualquiera de ese año, en una fiesta en Madrid, Julio vio a una mujer que cambiaría el rumbo de su historia. María Isabel Prisler Arrastia.

Filipina, 19 años, piel de porcelana, ojos almendrados, una elegancia que no se puede comprar ni fingir. Acababa de llegar a España para estudiar secretariado internacional. No conocía a nadie, no hablaba bien español. Pero cuando entró en aquella sala, todas las miradas se giraron hacia ella, incluida la de Julio. Tenía un toque de fascinación, diría él después en una entrevista. Tenía clase, era distinta a todas. Isabel lo recordaba diferente. Yo no le hacía mucho caso al principio, pero era tan persistente.

Estaba al pendiente de mí, me adoraba. Julio le dijo a un amigo esa noche señalándola desde el otro lado de la sala, “Esa mujer va a ser mía.” Y lo fue. Empezaron a salir. Él la conquistó con su fama, su encanto, su persistencia obsesiva. Ella se dejó conquistar. Era joven. Él era el cantante más famoso de España. Parecía un cuento de hadas, pero los cuentos de hadas tienen un precio y el precio que pagó Isabel Prisler fue altísimo.

Atención, porque aquí llega la primera de las cuatro cosas que casi nadie se atreve a contar sobre Julio Iglesias. Isabel Prisler se casó embarazada. El 20 de enero de 1971, Iglesia Parroquial de Illescas, Toledo. El día amaneció frío. Las cámaras de televisión apostadas en la puerta, fotógrafos de todas las revistas, España entera pendiente de aquella boda. El cantante más famoso del país se casaba con la mujer más elegante que nadie había visto. Isabel caminó hacia el altar con un vestido blanco impoluto.

Sonrisa perfecta, pasos medidos, el velo cubriendo su rostro. Nadie sabía que bajo ese vestido Isabel ya llevaba varios meses de embarazo. Chabeli, la primera hija del matrimonio, nació el 1 de agosto de ese mismo año, 6 meses y medio después de la boda. Las cuentas no mienten. Isabel caminó hacia el altar con un hijo de Julio creciendo en su vientre. En aquella España de 1971, eso era un escándalo, una vergüenza, una deshonra para la familia. No había otra opción que casarse y casarse rápido.

Décadas después, la propia Isabel lo confesaría en una entrevista. Podría decir que nos casamos porque estábamos enamorados y sería verdad, pero lo cierto es que me quedé embarazada. Entonces parecía una tragedia no pasar por la vicaría. No había alternativa y añadió algo que revela todo el dolor de aquella situación, algo que se me quedó grabado cuando lo leí. El cura que nos casó declaró que nunca había visto a una novia llorar tanto en su vida. Piensa en eso, el día de tu boda, el día que se supone más feliz de tu vida.

Y el cura recuerda que nunca vio a nadie llorar tanto. Lloraba de felicidad, pensaron los invitados. La novia emocionada, lágrimas de alegría. Pero Isabel no lloraba de felicidad. Isabel lloraba porque sabía en lo más profundo de su corazón que se estaba casando con un hombre al que apenas conocía, un hombre que la había dejado embarazada después de pocos meses de noviazgo. Un hombre que, como ella descubriría muy pronto, era incapaz de serle fiel ni una sola semana.

A lo mejor tú también has tomado decisiones que te persiguen todavía, cosas que hiciste porque era lo correcto en ese momento, cosas que parecían la única opción y que años después, cuando cierras los ojos por la noche siguen doliendo como el primer día. Isabel Prisler pasaría los siguientes 7 años preguntándose si había cometido el error más grande de su vida. Pero lo peor aún no había empezado. El matrimonio comenzó como todos los matrimonios de famosos, con portadas de revistas, sonrisas perfectas y promesas de amor eterno.

La pareja ideal. El cuento de hadas hecho realidad. 1971 nace Chavelí. 1973 nace Julio José. 1975 nace Enrique Miguel. Tres hijos en 4 años. Tres embarazos. Tres partos. Tres niños pequeños gateando por el piso de Madrid mientras su padre conquistaba el mundo. Porque eso es lo que hacía Julio, conquistar. conquistar países, conquistar escenarios, conquistar mujeres. América Latina se rindió a sus pies. Europa lo adoraba. Asia empezaba a conocerlo. Llenaba estadios de 50,000 personas que coreaban sus canciones.

Vendía millones de discos. Las mujeres se desmayaban cuando lo veían aparecer en el escenario con su sonrisa perfecta y su pelo negro brillante. Y Julio no desaprovechaba ninguna oportunidad. Los rumores de infidelidades empezaron casi desde el principio del matrimonio. Quizás antes, quizás desde siempre. Lo que sí se sabe es que Isabel lo sabía. Todo Madrid lo sabía. Los rumores corrían de boca en boca, los periodistas murmuraban en los pasillos. Las revistas insinuaban con titulares de doble sentido.

Julio de gira con una corista, Julio en un hotel con una modelo, Julio saliendo de madrugada de un apartamento que no era el suyo. Pero en aquella España de los 70 las mujeres aguantaban, las mujeres perdonaban, las mujeres miraban hacia otro lado mientras sus maridos hacían lo que querían. Era el precio de ser esposa de un hombre exitoso. Era lo que tocaba. Isabel aguantó 7 años. 7 años de criar tres hijos prácticamente sola. 7 años de ver a su marido en portadas con otras mujeres.

7 años de sonreír para las cámaras mientras por dentro algo se iba rompiendo poco a poco. 7 años de llamadas que no llegaban, de camas vacías, de explicaciones que no convencían a nadie. Hasta que un día de 1978, Isabel Prisler miró a Julio Iglesias a los ojos y le dijo una frase que él jamás olvidaría, una frase que le devolvía toda la dignidad que él le había quitado. Tú me pediste muchas veces que me casara contigo y yo te voy a pedir una única vez que me quiero separar de ti.

Una única vez. Eso fue todo lo que necesitó Isabel Prisler para terminar con el matrimonio. Una frase, una decisión, una dignidad que Julio nunca entendió, nunca valoró y nunca mereció. Recuerda esta frase también porque dice mucho sobre quién era Isabel y quién era Julio. La separación fue en 1978. La nulidad eclesiástica llegó un año después otorgada por un tribunal de Brooklyn, Nueva York. Isabel no pidió la mitad del patrimonio de julio como habría sido su derecho legal.

Se quedó con dos casas, un piso en Madrid y una propiedad en Málaga, y 85,000 pesetas mensuales para mantener a los tres hijos. Una cantidad ridícula comparada con lo que Julio ganaba en una sola noche de concierto. Muchos pensaron que Isabel había sido demasiado generosa, demasiado digna, demasiado señora. Julio siguió con su vida. La vida sigue igual al fin y al cabo, pero lo que vino después fue aún más oscuro, mucho más oscuro. Porque mientras Julio Iglesias llenaba estadios y coleccionaba amantes por todo el mundo, algo terrible estaba a punto de ocurrir, algo que cambiaría

a la familia iglesias para siempre, algo que obligaría a tres niños pequeños a abandonar España, a dejar a su madre y a huir al otro lado del océano. Prepárate porque lo que viene es una de las razones por las que hice este vídeo. 29 de diciembre de 1981. Navidad en Madrid, las calles llenas de luces, los villancicos sonando en las tiendas, las familias comprando regalos de última hora, el frío del invierno castellano calando los huesos. El Dr.

Julio Iglesias Puga tiene 66 años. Es uno de los ginecólogos más respetados de España. Sus pacientes incluyen actrices famosas, cantantes, mujeres de la alta sociedad madrileña. Lo llaman cariñosamente papuchi. Es simpático, es carismático, tiene una sonrisa que ilumina cualquier habitación. es casi tan famoso como su hijo. Esa mañana recibe una llamada en su consulta. Unos periodistas de una televisión alemana quieren entrevistarlo. Hablar del padre de Julio Iglesias para un programa especial sobre el cantante español que conquista Europa.

Suena prestigioso, suena importante, suena a buena publicidad. Papuchi acepta encantado. Queda con ellos en su consulta del centro de Madrid. Los periodistas llegan puntuales. Traen cámaras, micrófonos, un aire profesional que no levanta sospechas. Lo recogen, lo suben a un Seat 131 de color rojo. Empiezan a conducir hacia las afueras de la ciudad. A mitad del trayecto, el coche cambia de dirección. El doctor Iglesias pregunta, ¿qué está pasando? ¿Por qué no van hacia donde habían quedado? ¿Por qué están tomando esa carretera?

La respuesta es el frío del metal de una pistola contra su pecho. No son periodistas, son miembros de ETA, la banda terrorista que en aquellos años sembraba el terror en España. Atentados con bomba, secuestros, asesinatos a sangre fría, cientos de muertos, miles de familias destrozadas. Un país entero viviendo con miedo. Lo obligan a tragar pastillas para dormir. Le atan las manos con cuerdas ásperas que se clavan en la piel. Le atan los pies. Lo amordazan, lo meten en el maletero del coche como si fuera un bulto de ropa sucia.

El maletero se cierra. Oscuridad total. El ruido del motor, el olor a gasolina, el miedo. Durante horas, el padre del cantante más famoso de España viaja inconsciente hacia un destino desconocido, hacia un pueblo diminuto en las montañas de Zaragoza, hacia una pesadilla que duraría 20 días. Cuando Papuchi despierta, está en una habitación que parece una tumba. 4 m², paredes de piedra húmeda, sin ventanas, sin luz natural, una bombilla sucia que apenas ilumina, un colchón en el suelo lleno de manchas, un cubo de plástico en la esquina para hacer sus necesidades.

El pueblo se llama Trasmoz. Está al pie del Moncayo, en la provincia de Zaragoza. Apenas tiene habitantes, casas de piedra medio derruidas, calles donde no pasa nadie, el lugar perfecto para esconder a un secuestrado. Eta pide 2000 millones de pesetas por su liberación. 2000 millones, el equivalente a más de 12 millones de euros de hoy. Una cifra que nadie en España había pagado jamás por un secuestro. Julio Iglesias estaba en Miami grabando un disco cuando recibió la llamada.

Su corazón se detuvo por un segundo. Las manos empezaron a temblarle. ¿Sabes quién le dio la noticia? Isabel Prisler, su exmujer, la madre de sus hijos. La mujer de la que se había divorciado 3 años antes, la mujer a la que había humillado con decenas de infidelidades. Fue Isabel quien tuvo que llamar a Julio para decirle que su padre había desaparecido, que probablemente estaba en manos de terroristas, que nadie sabía si seguía vivo. Piensa en eso un momento.

La mujer a la que había hecho llorar en su propia boda. La mujer que había criado a sus hijos sola mientras él estaba de gira. La mujer que había tenido la dignidad de no destruirlo en el divorcio. Esa mujer fue quien tuvo que darle la peor noticia de su vida. ¿Hay algo de justicia poética en eso? ¿O quizás solo ironía cruel? Julio emitió un comunicado público, suplicó a los secuestradores que se pusieran en contacto. Ofreció lo que hiciera falta.

Su voz, normalmente segura, temblaba ante las cámaras. España entera contenía la respiración. Durante 20 días, el doctor Iglesias Puga estuvo encerrado en esa habitación sin ventanas, 20 días sin saber si viviría o moriría. 20 días escuchando los pasos de sus captores en el piso de arriba. 20 días comiendo lo que le tiraban como a un perro. 20 días rezando para que alguien lo encontrara. 20 noches sin dormir, mirando la oscuridad. esperando el tiro en la nuca. El 19 de enero de 1982, los Geo, el grupo especial de operaciones de la policía española, localizaron la casa de Trasmoz y rescataron a Papuchi.

Estaba vivo. Había perdido 10 kg. tenía la barba de 20 días, los ojos hundidos, las manos temblando, pero estaba vivo. La versión oficial siempre ha dicho que no se pagó ni un céntimo de rescate, que fue una operación policial limpia y perfecta. Pero años después surgieron otras versiones. Carlos el Chacal, el famoso terrorista venezolano, que según algunas fuentes colaboró con ETA en la operación, declaró algo inquietante en una entrevista. El acuerdo era de 8 millones de dólares para ETA y dos para nosotros.

Lo más complicado fue cobrar la cantidad pactada. ¿Se pagó o no se pagó? El misterio nunca se ha resuelto por completo. Hay documentos que sugieren que hubo preparativos para el pago. Hay testimonios contradictorios. Hay silencios que dicen más que las palabras. Pero eso no es lo importante de esta historia. Lo importante es lo que pasó después. Aquí viene la segunda revelación, la que conecta el secuestro de papuch con la destrucción de la familia Iglesias. la que explica por qué los hijos de Julio crecieron sin su madre.

La razón que nadie quiere recordar. Julio Iglesias tomó una decisión, una decisión que él consideró necesaria, una decisión que destrozó lo que quedaba de su familia. Por seguridad decidió llevarse a sus tres hijos a vivir con él a Miami, lejos de España, lejos de ETA, lejos de cualquier amenaza. Chaí tenía 10 años, Julio José 8o, Enrique 6, tres niños pequeños arrancados de su país de un día para otro, arrancados de su colegio, arrancados de sus amigos, arrancados de sus abuelos, arrancados de todo lo que conocían, arrancados de su madre.

Isabel Prisler se quedó en Madrid sola, sin sus hijos, viéndolos crecer a través de llamadas telefónicas que nunca eran suficientes y visitas esporádicas que terminaban demasiado pronto. Las leyes de custodia de la época, el dinero de julio, la amenaza terrorista que era real, la fama que todo lo complicaba, todo se combinó para que Isabel perdiera a sus hijos. No por maltrato, no por abandono, no por ser mala madre, por las circunstancias, por decisiones que otros tomaron. Imagina ese dolor.

Quizá tú también has sentido algo parecido alguna vez. Ver cómo te arrancan lo que más quieres en el mundo. Ver cómo tus hijos se suben a un avión y desaparecen al otro lado del océano. Saber que las decisiones de otros determinan tu vida. saber que no puedes hacer nada, absolutamente nada. Los niños llegaron a Miami, se instalaron en la mansión de Indian Creek, una isla artificial entre Miami Beach y Bal Harbur, el paraíso de los millonarios. Casas de 20 millones de dólares con jardines perfectos.

Seguridad privada en cada esquina, Yats blancos en cada muelle, piscinas infinitas, lujo en cada rincón. Pero para tres niños pequeños que echaban de menos a su madre, aquello no era un paraíso, era una cárcel de oro. No tenían amigos, no conocían a nadie, no hablaban bien inglés. y su madre estaba a 8000 km de distancia llorando en un piso de Madrid. Chavely lo recordaría años después en una entrevista. Fue un trauma. Nos pilló de sorpresa y nos cambió la vida.

Un trauma. Esa es la palabra exacta que usó. No una aventura, no una oportunidad, no un cambio, un trauma. El secuestro de Papuchi no solo traumatizó al padre de Julio, destruyó la infancia de tres niños que no habían hecho nada malo. Separó a una madre de sus hijos durante los años más importantes de su desarrollo. Creó heridas que cuatro décadas después siguen supurando. Recuerda esto cuando hablemos de Enrique. Recuerda que creció sin su madre. Recuerda que fue arrancado de España a los 6 años.

Recuerda que su infancia fue un trauma. La vida sigue igual”, cantaba Julio en los escenarios mientras llenaba estadios. Pero para sus hijos la vida nunca volvió a ser igual. Y mientras los niños crecían en Miami sin su madre, mientras intentaban adaptarse a un país extraño y una cultura diferente, mientras aprendían a vivir sin abrazos de buenas noches y sin besos de buenos días, Julio Iglesias se dedicaba a otra de sus grandes pasiones. Las mujeres, la cifra es legendaria, se ha repetido millones de veces en entrevistas, artículos, programas de televisión.

3000 mujeres. El propio Julio la mencionó más de una vez, a veces con orgullo, a veces con esa sonrisa pícara que derretía a medio país. 3000 conquistas, 3000 noches, 3000 nombres que probablemente ni él mismo recordaría aunque quisiera. Alfredo Fraile fue el representante de Julio durante 15 años. estuvo a su lado en giras interminables, grabaciones maratonianas, fiestas que duraban hasta el amanecer. Lo vio todo, absolutamente todo. Y cuando le preguntaron por esa cifra mítica, respondió con contundencia, “La agenda la tengo yo y no hay ni 3000 mujeres ni 300.

Por lo menos en los 15 años que estuve con él no hubo tantas.” Pero Baitiare Bandera, la mujer taitiana que fue novia de Julio durante 6 años, escribió algo muy diferente en su libro Muñeca de Trapo, un libro que Julio intentó que no se publicara. Le gustaba llevar una mujer distinta a su cama cada noche. Una mujer distinta cada noche durante 6 años. Eso serían más de 2000 mujeres solo en ese periodo. ¿Quién tiene razón? Probablemente los dos a su manera, porque Julio Iglesias era perfectamente capaz de mantener una relación estable de cara a la galería mientras multiplicaba sus aventuras por todo el planeta.

¿Quiénes fueron algunas de esas mujeres? Voy a darte nombres, nombres reales, historias documentadas. Virginia Siple, ex Miss Venezuela. Una morena espectacular que quitaba el aliento a cualquiera. Julio la llamaba la flaca, aunque su cuerpo no tenía nada de flaco. Vivió con él 5 años en la mansión de Indian Creek. Lo esperaba pacientemente mientras él giraba por el mundo. Lo perdonaba cuando las revistas lo fotografiaban con otras que se cansó. Hasta que entendió que Julio nunca cambiaría, hasta que su dignidad pudo más que su amor.

Sydney Rome, actriz americana, famosa por sus películas italianas y sus videos de aerobic que vendieron millones en los 80. Rubia platino, cuerpo de escándalo, sonrisa de anuncio. Va en serio, declaró Julio a la prensa cuando empezaron a salir. Los rumores de boda corrieron como la pólvora por todos los medios. Nunca hubo boda, nunca fue en serio. Con Julio nada iba nunca en serio. Priscila Presley, la viuda de Elvis, el rey del rock, había muerto en 1977. y su viuda era una de las mujeres más deseadas y fotografiadas del mundo.

La revista Garbo publicó una portada que hizo historia. Se confirma boda julio Iglesias, Priscilla Presley. Todo el mundo hablaba de ello. La boda del siglo, el cantante latino más famoso con la viuda del rey del rock. No hubo boda, nunca hubo compromiso real. Priscilla declaró después en una entrevista que dio la vuelta al mundo, que él la había utilizado para hacerse más famoso en Estados Unidos. “Quería ser el nuevo Sinatra”, dijo ella. me usó para conseguirlo. Y Jehan Sadat, la hija del presidente de Egipto.

Angar el Sadatad, el hombre que firmó la paz histórica con Israel, el hombre que fue asesinado por fundamentalistas islámicos en 1981. Su hija cayó rendida ante el encanto de Julio durante una gira por Oriente Medio. Gianina Facio, costarricense de belleza exótica. Hija de un diplomático importante, exnovia de Philip Junot, el primer marido de Carolina de Mónaco. Clase, dinero, conexiones internacionales. La lista sigue y sigue, pero hay nombres que casi nadie menciona. Nombres que las hemerotecas de la época registraron, pero que hoy resultan incómodos.

Mónica Gonzaga, modelo argentina de pelo negro y ojos verdes. Según las revistas de la época, tenía 16 años cuando empezó su relación con Julio. Él tenía 33. Baitiare Hirson, taitiana de belleza salvaje. Según los registros de entonces, tenía 17 años cuando empezaron a salir. Julio tenía 40. En aquella época nadie decía nada. Las revistas publicaban las fotos como si fuera lo más normal del mundo. La sociedad miraba hacia otro lado. Eran otros tiempos, dicen algunos, como si eso lo justificara, como si el calendario cambiara lo que está bien y lo que está mal.

Y así pasaban los años. Giras interminables por los cinco continentes, estadios llenos de fans que gritaban su nombre. Discos oro y platino acumulándose en las paredes. Mujeres entrando y saliendo de hoteles de lujo. La vida siguiendo igual, siempre igual, hasta que apareció Miranda. Diciembre de 1990, aeropuerto de Ycarta, Indonesia. Son las 7 de la mañana. Julio Iglesias tiene 47 años. El pelo empieza a clarear en las sienes. Las arrugas empiezan a marcarse alrededor de los ojos, pero sigue siendo uno de los hombres más deseados del planeta.

Está haciendo escala en el aeropuerto, rodeado de su séquito habitual. Cuando ve a una mujer entre la multitud de pasajeros, rubia, natural, alta, joven, elegante, sin esfuerzo, camina con la seguridad de quien no necesita impresionar a nadie. Julio le dice a Alfredo Fraile, su representante, señalándola con la barbilla, esa va a ser mi mujer. Se acerca, se presenta, la invita a su concierto de esa noche en Yacarta. Miranda Reinsburger tiene 25 años. Es holandesa de un pueblo pequeño llamado Ley Muiden.

Trabaja como secretaria en una empresa de Rotterdam y hace trabajos esporádicos como modelo publicitaria para llegar a fin de mes. Se ha criado en una casa flotante, en una familia sin recursos ni pretensiones. No sabe quién es Julio Iglesias. Nunca ha oído sus canciones. No le importa su fama ni su dinero. Lo vi rodeado de mujeres y pensé que alguna de ellas era su esposa. Recordaría Miranda años después en una entrevista. No sabía nada de su vida personal.

Me lo pensé mucho, pero finalmente accedí. aceptó ir al concierto. Después Julio la invitó a seguir con él en su gira por Asia, cualumpur, Singapur, Tokio. Semanas viajando juntos en aviones privados y suits de hotel conociéndose. Miranda no era como las otras. No buscaba fama, no buscaba portadas de revistas, no buscaba joyas ni caprichos, buscaba algo que Julio nunca había podido dar a ninguna mujer. Estabilidad, compromiso, presencia. Y por alguna razón que nadie entiende completamente, incluyendo quizás el propio Julio, esta vez fue diferente.

35 años después siguen juntos. Miranda le ha dado cinco hijos más. Miguel Alejandro en el 97, Rodrigo en el 99, Las gemelas Victoria y Cristina en 2001 y Guillermo en 2007. Se casaron el 24 de agosto de 2010, después de 20 años juntos y cinco hijos en una ceremonia íntima en su finca de Marbella. Solo asistieron sus cinco hijos y los caseros de la propiedad. Ni prensa, ni invitados famosos, ni portadas negociadas. Pero aquí viene un detalle que casi nadie conoce.

Un detalle que revela que incluso en esta relación estable, incluso con la mujer que supuestamente le dio paz, Julio sigue siendo Julio. Hoy, según varias fuentes cercanas a la familia, Miranda y Julio viven en casas separadas. Ella reside en la mansión de Indian Creek en Miami con los hijos que todavía viven en casa. Él pasa la mayor parte del tiempo solo, completamente solo, en su propiedad de Puntacana, República Dominicana. Se ven gracias a su avión privado. Viajan de una casa a otra cuando les apetece o cuando las circunstancias lo exigen, pero cada uno tiene su espacio, su vida, su rutina, su soledad.

La mujer que finalmente le dio estabilidad a Julio Iglesias vive a miles de kilómetros de él. La vida sigue igual. Y ahora sí, la tercera revelación. Esta es quizás la más dolorosa de todas, porque habla de un padre y un hijo, de ego descontrolado, de celos enfermizos, de una competición que no debería existir entre sangre de la misma sangre, de una guerra que destruyó lo que quedaba de familia. ¿Recuerdas que te pedí que guardaras el detalle de que Enrique fue arrancado de España a los 6 años?

que creció sin su madre, que su infancia fue un trauma. Ahora vas a entender por qué. Enrique Iglesias creció en Miami sin su madre. Tenía 6 años cuando lo arrancaron de España después del secuestro de su abuelo. 6 años. Una edad en la que los niños todavía necesitan que su madre los arrope por las noches. Una edad en la que todavía tienen miedo de la oscuridad. una edad en la que el mundo es demasiado grande y demasiado frío.

Creció viendo a su padre triunfar por todo el mundo. Escuchaba sus canciones sonar en la radio de la mansión a todas horas. Veía su cara en las portadas de las revistas que se acumulaban en la mesa del salón. Oía los aplausos grabados de los estadios. veía los premios acumularse en las vitrinas y soñaba. Soñaba con ser como él, con subirse a un escenario, con que miles de personas corearan su nombre, con que su padre por una vez lo mirara con orgullo.

Pero no se lo contaba a nadie. Desde los 13 años, Enrique componía canciones en secreto. Cerraba la puerta de su habitación con llave y escribía letras en cuadernos que escondía debajo del colchón. Grababa melodías en cassetes baratos con una grabadora de mano. Soñaba con los escenarios mientras todos dormían. ¿Por qué el secreto? ¿Por qué ese miedo a contarlo? Quizás porque intuía la reacción de su padre, quizás porque había visto como Julio trataba a cualquiera que se atreviera a competir con él.

Quizás porque sabía que el ego de Julio no toleraba rivales, ni siquiera si llevaban su propia sangre. Quizás porque en el fondo de su corazón de niño temía que su padre lo rechazara. A los 18 años, Enrique tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre. Firmó un contrato discográfico sin decirle a su padre, sin pedirle consejo, sin pedirle permiso, sin usar el apellido Iglesias. Se presentó a las audiciones como Enrique Martínez, un nombre falso, una identidad inventada.

quería que lo juzgaran por su voz, por sus canciones, por su talento, no por su sangre, no por su apellido, no por ser el hijo de cómo financió aquella aventura. Aquí viene un detalle que lo dice todo sobre la relación de Enrique con su padre. Un detalle que duele. El dinero lo puso Elvira Olivares. ¿Sabes quién era Elvira Olivares? La niñera, la mujer que lo había cuidado desde que era un niño pequeño en Miami. La mujer que lo había consolado cuando lloraba porque echaba de menos a su madre.

La mujer que le había contado cuentos para dormir. La mujer que había estado presente en cada cumpleaños, cada Navidad, cada momento importante de su infancia. La mujer que en muchos sentidos había sido más madre para él que su propia madre, que vivía al otro lado del océano sin poder hacer nada. $00. Eso es lo que Elvira le prestó a Enrique para grabar su primer demo. 00 de sus ahorros de niñera. La canción se llamaba Si tú te vas.

Piensa en eso. El hijo de uno de los hombres más ricos de España, de uno de los cantantes que más dinero ganaba en el mundo, tuvo que pedirle dinero prestado a su niñera para perseguir su sueño, porque no se atrevía a pedírselo a su padre, porque sabía, con esa intuición que tienen los hijos, que su padre no lo apoyaría. Durante se meses, Enrique mantuvo el secreto. Grabó demos, negoció con discográficas, firmó contratos, planeó su debut, todo a espaldas de su familia, todo escondido, hasta que Julio lo descubrió.

La llamada telefónica que siguió destruiría la relación entre padre e hijo durante una década completa. Enrique lo recordaría años después en una entrevista con la voz todavía marcada por el dolor. Tuvimos una pelea por teléfono. Mi padre gritaba, me decía, “¿Qué haces? ¿Tú estás loco? ¿Por qué has hecho esto sin decirme nada? Yo soy el que está en la música. Yo sé de esto. No vas a conseguir nada sin mí. Escucha bien esas palabras, grábatelas. No le preguntó si era feliz, no le preguntó si necesitaba ayuda.

No le dijo que estaba orgulloso de que siguiera sus pasos. No le dijo, “Hijo, si esto es tu sueño, yo te apoyo.” Le dijo que estaba loco, que no conseguiría nada, que él era el único músico de la familia, que sin él Enrique no era nadie, un padre diciéndole a su hijo que no es nadie. La respuesta de Enrique fue la única posible para alguien con dignidad. Después de eso hice las maletas y me fui de casa.

Tenía 18 años. Se fue de la mansión de Indian Creek con una maleta y $500 prestados y no volvió a hablar con su padre en 10 años. 10 años. Una década completa. 3650 días. un padre y un hijo sin dirigirse la palabra, mientras ambos llenaban estadios en diferentes continentes, mientras ambos vendían millones de discos, mientras el mundo entero cantaba sus canciones, sin saber que detrás de esas letras de amor había un silencio que dolía más que cualquier ruptura.

Pero lo peor estaba por llegar, 1998. Los American Music Awards, la ceremonia más importante de la industria musical americana. El teatro lleno de estrellas, todo Hollywood presente, cámaras transmitiendo en directo a cientos de millones de hogares en todo el mundo. Julio Iglesias y Enrique Iglesias están nominados al mismo premio, artista latino favorito, Padre e Hijo, compitiendo frente a frente por el mismo trofeo, el mundo entero mirando. Ganó Julio. Se levantó de su asiento con esa sonrisa que conoce medio planeta.

Subió al escenario con pasos seguros. Las cámaras lo seguían. Los aplausos llenaban el teatro y entonces las cámaras enfocaron a Enrique sentado entre el público, mirando a su padre en el escenario, aplaudiendo educadamente con una sonrisa que no llegaba a los ojos. Y entonces Julio tomó el micrófono y dijo algo que ningún hijo debería escuchar jamás de boca de su padre, algo que millones de personas vieron en directo. Quiero decirle a mi hijo que mientras siga subiendo a los escenarios, seguiré compitiendo con él.

Eso le dijo en público, delante de sus colegas, delante de las cámaras, delante del mundo entero. No le dijo que estaba orgulloso de él. No celebró que su hijo hubiera llegado tan lejos por méritos propios. No le deseó suerte en su carrera. No aprovechó ese momento para atender un puente, para curar heridas, para ser padre por una vez en su vida. le dijo que iba a competir con él, que iba a intentar vencerlo, que no le iba a dejar espacio, que el trono era suyo y de nadie más.

La respuesta de Enrique llegó días después en otra entrevista con la mirada dura, con la mandíbula apretada. Yo quiero ser mejor que mi padre. Siempre he querido ser mejor que mi padre. Siempre he querido vender más discos que mi padre. Siempre he querido ser mejor cantante que mi padre. Dos hombres con el mismo apellido, dos hombres con la misma sangre, hablando de competir y ganar en lugar de hablar de amor y familia. Ignacio Peiró, el escritor que publicó la biografía más completa y documentada de Julio Iglesias, lo explicó con una precisión que corta.

Julio es una persona profundamente egoísta. Fue un padre a distancia, ausente. La relación con el hijo nunca ha sido de franqueza y cercanía. No hay odio entre ellos. Pero a Julio no le gusta tener rivales. Él solamente admite a Frank Sinatra como igual. Todo lo demás no existe para él y eso incluye a su propio hijo. Y entonces llegó la confesión que lo cambió todo. Las cinco palabras que te prometí al principio del video. Isabel Prisler, la madre de Enrique, la mujer que lo parió.

la mujer que lo vio crecer a través de llamadas telefónicas y visitas que nunca eran suficientes. La mujer que sufrió en silencio mientras su hijo luchaba solo al otro lado del océano. Le preguntaron en una entrevista reciente, directa y sin rodeos. Julio se portó bien con Enrique cuando quiso ser cantante. La respuesta de Isabel fueron cinco palabras. Solo cinco palabras. Pero esas cinco palabras dicen más que cualquier biografía, cualquier documental, cualquier análisis psicológico. No, no como debería.

Lo dejo ahí. Lo dejo ahí. Como quien cierra una puerta y tira la llave. como quien no quiere hurgar más en la herida porque sabe que duele demasiado, como quien sabe que si sigue hablando dirá cosas que no tienen remedio. Y añadió algo más con los ojos brillantes. Me contó que estaba dolido, que estaba muy dolido con su padre. Dolido. Esa es la palabra que usó un hijo para describir lo que sentía por su padre. No enfadado, no decepcionado, dolido como una herida que nunca termina de cerrar.

El propio Julio, años después, cuando la edad empezaba a pesar y quizás la conciencia también, reconoció su fracaso. Lo reconoció públicamente en una entrevista. Yo no fui un padre muy apegado a mis hijos. Yo en aquella época estaba todo el día viajando. Viajaba como un peón, de ciudad en ciudad, de país en país. Y entonces dijo algo que lo explica todo, algo que revela que él mismo sabe exactamente lo que hizo mal. Mi padre dejó su carrera por dos años cuando me quedé muerto en una cama de hospital en el año 63.

me acompañó continuamente, día y noche, sin separarse de mi lado. Esa relación mía con mi padre no tiene nada que ver con la relación que tuve yo con mi hijo Enrique. Lo sabía, siempre lo supo. Sabía que su padre había sido mil veces mejor padre que él. sabía que cuando él estuvo paralizado en aquella cama de hospital, cuando los médicos dijeron que no volvería a caminar, su padre lo dejó todo para acompañarlo. Abandonó pacientes, abandonó dinero, abandonó su vida.

Y Julio nunca hizo lo mismo por Enrique, ni por Julio José, ni por Chavely, ni por ninguno de sus otros hijos. Eligió los escenarios, eligió los aplausos, eligió las mujeres, eligió la fama. El dato más doloroso de toda esta historia lo dio el propio Enrique en una entrevista. Mi padre nunca ha venido a un concierto mío. Nunca, jamás, ni una sola vez. Julio Iglesias, el padre, jamás ha ido a ver cantar a Enrique Iglesias, el hijo. Jamás se ha sentado entre el público como un padre orgulloso.

Jamás ha aplaudido cuando su hijo saluda al final del show. Jamás le ha demostrado de esa manera tan simple y tan directa que está orgulloso de él. Pero Enrique también dijo algo más, algo que añade una capa de tristeza infinita a toda esta historia. Tenemos llamadas de dos horas que me hacen llorar. dos horas llorando al teléfono con su padre, hablando de quién sabe qué, intentando arreglar quién sabe qué, buscando quién sabe qué, pero ni un solo concierto, ni una sola vez entre el público, ni un solo abrazo después del show.

Quizá tú también conoces esa sensación. Padres que te quieren a su manera, padres que no saben expresarlo, amor que llega siempre mal. Amor que llega siempre tarde, amor que hace daño precisamente porque existe, pero no encuentra nunca la forma correcta de demostrarse. La vida sigue igual. Y ahora llegamos a la cuarta y última revelación, la que te prometí al principio del video, la que el cantante más ha intentado borrar de su historia. Si has llegado hasta aquí, esto es para ti.

Porque Julio Iglesias no tiene ocho hijos reconocidos, tiene nueve, 1975. Julio está casado con Isabel Prisler. Viven en Madrid. Tienen dos hijos pequeños en casa, Chaveli y Julio José. Isabel está embarazada de Enrique el tercero. La familia feliz, el cuento de hadas. Y Julio está de gira como siempre, como toda la vida. Según los documentos judiciales del caso, en algún momento de ese año, en una discoteca de Girona llamada Bocacho, Julio conoció a una bailarina portuguesa después de una actuación.

Se llamaba María Edite Santos. Era joven, era guapa, tenía ese acento portugués que suena a música. Era una más de las cientos, quizás miles de mujeres que pasaban por la vida de Julio Iglesia sin dejar rastro. Tuvieron una aventura, una semana, quizás menos, noches de hotel, promesas vacías y después Julio se fue a la siguiente ciudad, al siguiente país, a la siguiente mujer, a la siguiente aventura. María Edite se quedó en Girona, sola, sin número de teléfono, sin dirección, sin nada más que un recuerdo.

9 meses después, el 19 de abril de 1976, nació un niño en un hospital de Valencia. Lo llamaron Javier. María Edite sabía perfectamente quién era el padre, pero no dijo nada durante años. No tenía pruebas, no tenía dinero para abogados, no tenía contactos. ¿Quién le iba a creer a una bailarina de discoteca contra el cantante más famoso de España? Crió a su hijo sola, sin ayuda económica, sin el apellido que le correspondía por sangre, sin que nadie supiera la verdad, excepto ella y su conciencia.

Hasta que en 1991, cuando Javier tenía 15 años, María Edite decidió que ya era suficiente. Presentó una demanda de paternidad contra Julio Iglesias ante los tribunales españoles. Lo que siguió fue una batalla legal de tres décadas, 30 años, toda una vida adulta, peleando por algo que debería ser un derecho básico de cualquier ser humano, saber quién es tu padre. Julio se negó a hacerse la prueba de ADN, no una vez, tres veces. Sistemáticamente, durante años, durante décadas, rechazó someterse a la prueba que habría resuelto todo en una semana.

Piensa en eso. Pregúntate por qué. ¿Por qué un hombre inocente se negarías a hacerse una simple prueba de ADN? ¿Por qué preferiría gastar cientos de miles de euros en abogados antes que escupir en un tubo de ensayo? ¿Qué tenía que esconder? En 1992, un juez le dio la razón a María Edite. Declaró que Julio Iglesias era el padre biológico de Javier Sánchez Santos. Caso cerrado. Victoria. Pero Julio no aceptaba perder. Nunca aceptaba perder. Contrató a los mejores abogados de España.

Movió todos los hilos que el dinero puede mover. Apeló. recurrió, presionó y ganó. La sentencia fue anulada por un tecnicismo legal. Supuestamente no se le habían explicado correctamente las consecuencias de no presentarse a la prueba de ADN. El caso quedó archivado. Javier siguió sin padre reconocido. María Edite siguió sin justicia. Los años pasaron uno tras otro. Javier creció, se hizo adulto, tuvo su propia vida, pero nunca dejó de luchar, nunca dejó de soñar con que su padre lo reconociera.

En 2017, según la investigación periodística que cubrió el caso, su abogado, Fernando Osuna, tuvo una idea. Si Julio no quería hacerse la prueba de ADN voluntariamente, quizás podrían conseguir material genético de otra manera. una manera que no requiriera su consentimiento. Contrataron a un detective privado en Miami, un profesional discreto especializado en casos complicados. El detective siguió a Julio José Iglesias, el hijo de Julio, con Isabel Prisler durante semanas. Lo observó, aprendió sus rutinas, esperó pacientemente su oportunidad.

Un día de verano, Julio José fue a hacer surf a una playa pública de Miami. Era una mañana normal, sol, olas, sal en el aire. Al terminar de surfear, se secó con una toalla, caminó hacia la papelera más cercana y tiró una botella de plástico vacía que había usado para beber agua. El detective la recogió, la metió en una bolsa de plástico sellada, la envió a un laboratorio certificado y esperó los resultados. El análisis de ADN fue contundente, irrefutable, científicamente perfecto, 99.9% de coincidencia.

Javier Sánchez Santos era genéticamente, biológicamente, sin ninguna duda posible, hermano de Julio José Iglesias, lo que significaba, con certeza científica absoluta que Julio Iglesias era el padre de Javier. En 2019, un juez de Valencia volvió a examinar el caso con las nuevas pruebas y reconoció oficialmente la paternidad. Por primera vez en casi 30 años de batalla, Javier tenía una sentencia judicial que decía negro sobre blanco, firmada y sellada, que Julio Iglesias era su padre biológico. Pero Julio volvió a recurrir y volvió a ganar.

La Audiencia Provincial de Valencia anuló la sentencia. El argumento legal fue que el caso ya se había juzgado en los años 90. Cosa juzgada lo llaman los abogados. Lo que se juzgó una vez no puede juzgarse de nuevo. No importa que las pruebas ahora sean diferentes. No importa que el ADN sea irrefutable. No importa que la ciencia haya demostrado la verdad. Javier recurrió al Tribunal Supremo de España. Rechazado. Recurrió al Tribunal Constitucional. Rechazado. Recurrió al Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Estrasburgo.

Rechazado. Recurrió a la ONU. Todavía esperando respuesta después de 2 años. 30 años de batalla. 99.9% de coincidencia genética. La ciencia diciendo una cosa, la justicia diciendo otra. Y la justicia española con todos sus tecnicismos y sus formalismos dice que Javier Sánchez Santos no es hijo de Julio Iglesias. Pero hay un momento que marcó a Javier para siempre, un momento que revela la crueldad de la que es capaz Julio Iglesias cuando se siente amenazado. Un momento que cuando lo leí tuve que dejar de leer para respirar.

1992. Valencia. Javier tiene 13 años. acaba de descubrir hace poco quién es su padre biológico. Su madre se lo ha contado finalmente. Está confundido, está adolido, está esperanzado. Tiene 13 años y sueña con conocer a su padre. Dos periodistas se enteran de la historia y lo animan a ir a una rueda de prensa donde estará Julio Iglesias presentando un disco. Le dicen que quizás sea su oportunidad. Quizás Julio lo vea y sienta algo. Quizás lo reconozca públicamente.

Quizás por fin tenga un padre. Javier Ba es un niño de 13 años con el corazón latiéndole a mil por hora. Se sienta entre los periodistas, mira al hombre que supuestamente es su padre. Espera. Lo que encontró fue la humillación más brutal que un niño puede sufrir. Julio vio a Javier, supo quién era. Los periodistas se lo habían dicho. Y delante de todos, delante de las cámaras, delante de ese niño de 13 años, con los ojos muy abiertos, Julio negó ser su padre, pero no se quedó ahí.

Después de negarlo, según el relato que Javier ha contado en múltiples entrevistas, Julio se puso a bromear sobre las múltiples demandas de paternidad que había recibido a lo largo de su vida. Hizo chistes, se ríó, el público rió con él. Todos rieron, todos menos un niño de 13 años, que miraba al hombre que llevaba su sangre burlarse de él delante del mundo entero. Javier lo recordaría décadas después con la voz todavía quebrada. Fue profundamente traumático. Nunca lo he podido olvidar.

Hoy Javier Sánchez Santos tiene 49 años, casi 50. Sigue luchando. Prepara una nueva demanda, esta vez en tribunales de Estados Unidos, donde Julio tiene propiedades y residencia. Su abogado dice que están buscando un bufete americano dispuesto a tomar el caso. Y aquí viene el detalle que demuestra que Javier no busca lo que Julio cree que busca. está dispuesto a firmar un documento notarial legalmente vinculante, renunciando a cualquier derecho sobre la herencia de Julio Iglesias. Renuncia al dinero, renuncia a los millones, renuncia a las mansiones, los aviones, las empresas.

Solo quiere una cosa, una sola cosa. Solo quiere que su padre lo reconozca. Solo quiere que Julio Iglesias diga una sola vez en su vida. Cuatro palabras. Javier, eres mi hijo. María Edite Santos, la madre de Javier, la mujer que ha luchado 30 años por su hijo, lo resumió así en una entrevista. Julio se lo está perdiendo. Tiene un hijo maravilloso y no quiere conocerlo. La vida sigue igual, pero lo que te voy a contar ahora hace que todo lo anterior parezca un cuento de hadas.

Porque en enero de 2026, hace apenas unos días, la imagen pública de Julio Iglesias se ha derrumbado quizás para siempre. El diario. Univisión Noticias publicaron los resultados de una investigación que les llevó 3 años completar. 3 años contactando exempleadas en tres continentes. 3 años recopilando documentos, contratos, mensajes de WhatsApp, informes médicos, visados, fotografías. 3 años verificando cada detalle. 3 años asegurándose de que cada palabra fuera verdad. Lo que publicaron es lo más oscuro que jamás se ha escrito sobre Julio Iglesias.

Dos mujeres que trabajaron para él en sus mansiones del Caribe lo acusan de agresión sexual. La primera se identifica con el nombre ficticio de Rebeca para proteger su identidad. Según la investigación, tenía 22 años en 2021. Trabajaba como empleada doméstica en la mansión de Julio en Puntacana, República Dominicana. Limpiaba, ordenaba, servía comidas. Esto es lo que declaró a los periodistas. Me sentía como un objeto, como una esclava en pleno siglo XXI. Según su testimonio, Julio la obligaba a visitarlo en su habitación casi todas las noches.

Describe relaciones forzadas, agresiones físicas, insultos. un hombre de 77 años haciendo lo que quería con una joven de 22 que dependía de él para vivir. La segunda mujer se identifica como Laura, también nombre ficticio. Era la fisioterapeuta personal de Julio. Tenía que tratarle la espalda por las secuelas que le quedaron del accidente de 1962. Mases, ejercicios, terapia física. Según su declaración a los periodistas, Julio la tocaba de forma inapropiada constantemente, sin previo aviso, sin pedir permiso, sin importarle que ella dijera que no.

Describe besos forzados, tocamientos mientras ella intentaba trabajar, siempre enmascarados como bromas o cosas de viejos. Pero la investigación revela algo más grave todavía. un sistema de control sobre las empleadas que, según los testimonios recogidos, parecía sacado de otra época. Las trabajadoras vivían en régimen interno dentro de las mansiones. Según las denunciantes, no podían salir cuando querían, no podían llamar a sus familias cuando querían. En algunos periodos solo se les permitía abandonar la propiedad después de meses de trabajo ininterrumpido, meses sin ver a sus hijos, meses sin ver a sus padres, meses encerradas.

El proceso de contratación, según la investigación, era inquietante. Incluía el envío previo de fotografías personales, no del currículum, no de las referencias laborales, no de la experiencia. fotografías de cuerpo entero, de cara, de perfil. Julio quería ver cómo eran físicamente antes de decidir si las contrataba o no. Durante las entrevistas, según los testimonios, él mismo les hacía preguntas que ningún empleador debería hacer. Les preguntaba si habían tenido hijos, si tenían novio, si estaban casadas, si se habían operado el cuerpo.

Según la investigación, en junio de 2021, varias empleadas domésticas fueron sometidas a exámenes ginecológicos obligatorios, pruebas de embarazo, tests de enfermedades de transmisión sexual, tests de VIH, sin consentimiento informado, sin explicación médica, sin que nadie les preguntara si estaban de acuerdo, sin que pudieran negarse. Rebeca, la empleada doméstica, tenía 22 años cuando ocurrieron los hechos que denuncia. Julio Iglesias tenía 77. La Fiscalía de la Audiencia Nacional Española ha abierto diligencias de investigación penal. El caso está todavía en fase preliminar.

No hay imputación formal, no hay juicio, pero la maquinaria judicial se ha puesto en marcha. Julio Iglesias no se ha pronunciado públicamente sobre las acusaciones. Su entorno, según todas las fuentes, se ha blindado. Nadie habla, nadie comenta, nadie da explicaciones. Algunas figuras políticas han salido en su defensa sin esperar a que haya un juicio. Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de la Comunidad de Madrid, declaró públicamente, “Madrid jamás contribuirá al desprestigio del cantante más universal.” Pero los testimonios existen.

La investigación periodística está publicada. Los documentos son reales, los informes son reales y la vida ya no sigue igual. Julio Iglesias tiene 82 años. Vive prácticamente solo en una propiedad de lujo en Puntacana, República Dominicana. La misma propiedad donde, según las acusaciones, ocurrieron los hechos que ahora investiga la justicia española. Su esposa Miranda está en Miami con los hijos que todavía viven en casa a miles de kilómetros en otro país, en otra vida. Sus hijos mayores tienen sus propias familias, sus propias carreras, sus propios problemas.

Chaveli en Palm Beach, Julio José saltando de programa en programa. Enrique sin hablarle más que en llamadas, que duran horas, pero que no curan nada. Uno de sus hijos, Javier Santos, sigue sin ser reconocido después de 30 años de lucha. Ha vendido 300 millones de discos a lo largo de su carrera. Ha acumulado un patrimonio que algunas fuentes estiman en 750 millones de euros. Tiene mansiones en Miami, Puntacana, Marbella, Galicia. Una isla privada entera en las Bahamas.

Un avión Golfstream valorado en 20 millones de euros. Empresas, inversiones, participaciones en aeropuertos y hoteles de lujo, todo el dinero del mundo. Y está solo en una isla esperando a ver si la justicia llama a su puerta. En su cumpleaños número 80, hace dos años grabó un video para agradecer las felicitaciones de sus fans. Estaba sentado en un sillón. Se le veía mayor, cansado, con esa fragilidad que tienen las personas cuando empiezan a entender que el tiempo se acaba.

Dijo algo que he visto ahora. Suena casi como una confesión. He visto a mis hijos llorar. Los ha visto llorar. desde lejos, desde el otro lado de una pantalla, desde el otro lado de un océano, porque eso es lo más cerca que ha estado de muchos de ellos en décadas. Netflix prepara una serie biográfica sobre su vida. El propio Julio participa activamente en el proyecto. Ha declarado a los medios que quiere contar la verdad por primera vez.

¿Qué verdad contará esa serie? contará la verdad de Javier Santos, el hijo que lleva 30 años suplicando reconocimiento, mientras él gasta fortunas en abogados para negarlo. Contará la verdad de Enrique, el Hijo al que humilló públicamente, el Hijo con el que compitió en lugar de apoyarlo, el hijo que nunca ha ido a ver en un concierto. contará la verdad de las empleadas que lo acusan de haberlas agredido en sus mansiones del Caribe. Contará la verdad de Isabel Prisler, la mujer que lloró el día de su boda porque sabía que se estaba equivocando.

Contará la verdad de sus tres hijos mayores, arrancados de los brazos de su madre y enviados a Miami cuando eran niños. Julio Iglesias escribió una canción hace más de 40 años. Se llamaba Me olvidé de vivir. La letra decía que mientras corría detrás de la fama, mientras llenaba estadios, mientras conquistaba países, se olvidó de lo único que importaba. Quizás esa canción fue siempre su confesión más sincera. Quizás fue su advertencia al mundo, quizás fue su disculpa anticipada por todo lo que haría después.

Porque Julio Iglesias tuvo absolutamente todo lo que un hombre puede desear. Fama mundial, dinero infinito, mujeres sin cuento, éxito en cada continente donde puso un pie. Aplausos de millones de personas que cantaban sus canciones de amor. Pero se olvidó de estar presente. Se olvidó de ser padre cuando sus hijos lo necesitaban. Se olvidó de ser esposo cuando su mujer lo esperaba. Se olvidó de ser humano cuando el poder lo cegó. Vendió amor en los escenarios. Cantó al amor durante 50 años.

hizo llorar a millones de personas con sus baladas románticas y fue incapaz de amar de verdad a los suyos. A los 82 años, rodeado de un lujo que ya no puede disfrutar, solo en una isla del Caribe, acusado de crímenes que podrían destruir todo su legado, con un hijo que suplica reconocimiento y otro que no contesta sus llamadas. Julio Iglesias quizás empieza a entender lo que significaba aquella canción que escribió paralizado en una cama de hospital hace 63 años.

La vida sigue igual, pero a veces la vida no debería seguir igual. A veces deberíamos parar la carrera, mirar a nuestros hijos a los ojos, decirles que los queremos, decirles que estamos orgullosos de ellos, abrazarlos cuando lloran, aplaudirlos cuando triunfan, estar presentes en los momentos que importan, pedir perdón cuando nos equivocamos. Julio no lo hizo. Eligió los escenarios sobre los cumpleaños de sus hijos. Eligió las giras sobre las cenas familiares. Eligió las mujeres nuevas sobre la mujer que lo esperaba.

eligió la fama sobre el amor y ahora es demasiado tarde. A los 82 años, con la salud menguada y las acusaciones creciendo, ya no hay tiempo para recuperar lo perdido. Ya no hay tiempo para ser el padre que nunca fue. Ya no hay tiempo para pedir perdón a quienes más daño hizo. 300 millones de discos vendidos, 750 millones de euros en el banco, mansiones en cuatro continentes y ni un solo abrazo de hijo que valga la pena recordar.

Tal vez tú también sabes lo que es darte cuenta demasiado tarde, cuando los hijos ya crecieron, cuando las oportunidades ya pasaron, cuando el tiempo ya no perdona ni vuelve atrás. Pero tú todavía puedes cambiar. Todavía estás a tiempo de llamar a ese hijo, de pedir perdón a esa persona, de decir te quiero antes de que sea tarde. Julio Iglesias ya no puede.