Hijo Abandonó a Su Madre Por Ser Pobre… SIN SABER QUE ELLA SE VOLVERÍA…

Doña Rosa terminó de envolver los últimos elotes en papel periódico. Eran los mejores de la cosecha, los que siempre apartaba para Miguel. Sus manos con las uñas negras de tierra acomodaron el paquete dentro de una bolsa de mandado. Mañana lo mandaría por autobús como cada mes, como cada año. Se levantó despacio, la espalda encorbada de tantas madrugadas doblada sobre el surco. Antes de salir, abrió el frasco de vidrio junto a la ventana. Contó las monedas. Todavía no era suficiente para cuando Miguel lo necesite”, murmuró.

6 horas de camión. Rosa llegó a la ciudad con la bolsa de elotes en una mano y las escrituras de la tierra en la otra. La granizada había acabado con todo. No tenía ni para la próxima siembra. Miguel la esperaba afuera de su edificio. No la invitó a subir. Aquí afuera platicamos, mamá. Lorena está descansando. Rosa le explicó la cosecha perdida. las deudas, la tierra seca. Miguel miró su reloj dos veces, tres. Mamá, tú siempre sales adelante.

Eres fuerte. El rancho es lo tuyo. Le extendió un billete de 200 pesos y un boleto de autobús. ¿No puedo quedarme unos días?, preguntó Rosa. Solo mientras no puedo. Viene mi suegro a cenar. Se olía las manos mientras hablaba. Rosa entendió. Olían a tierra, a rancho, a todo lo que él quería olvidar. Miguel abrió la puerta de su carro. Te marco luego, mamá. No la abrazó. El carro arrancó. Rosa se quedó sola en la banqueta con el boleto en la mano.

En la terminal, Rosa buscó un pañuelo en su bolsa. Al sacarlo, un sobre amarillento cayó al piso. Las escrituras de la tierra, las mismas que su padre le heredó hace 50 años, las recogió y las guardó en el bolsillo de su delantal sin mirarlas. Esas 12 hectáreas que Miguel consideraba tierra muerta escondían algo que él jamás imaginó. Pero Rosa en ese momento solo quería llegar a casa. Rosa subió al camión de regreso, se sentó en la última fila junto a la ventana, apretó la bolsa contra el pecho.

El motorista la miró por el espejo. Está bien, señora. Rosa asintió sin hablar. El camión arrancó. Las luces de la ciudad fueron quedando atrás. Rosa abrió la bolsa. Ahí estaban los elotes, todavía envueltos en periódico, intactos. Miguel ni los había mirado. La señora del asiento de al lado observó el paquete. Son elotes. Sí, dijo Rosa. Lléveselos, se van a echar a perder. La señora los tomó. Miró a Rosa con lástima. Oh, gracias la señora. Rosa volteó hacia la ventana.

No respondió. El camión llegó al pueblo de madrugada. La terminal estaba cerrada. Rosa bajó sola. Caminó por la carretera de tierra con la bolsa vacía en la mano. Llegó al rancho. La puerta estaba abierta. El viento había entrado. La lluvia había mojado el piso. Sus pocos muebles estaban húmedos. Rosa cerró la puerta, miró el frasco de vidrio junto a la ventana. Las monedas seguían ahí intactas. “Para cuando Miguel lo necesite”, murmuró. Rosa se quedó quieta. Recordó, tenía 25 años.

Estaba en el mercado del pueblo con tres chivos amarrados. Un hombre le dio un fajo de billetes. Ella los contó. Caminó hasta la escuela, pagó la inscripción de Miguel. El niño salió corriendo con la mochila nueva, sonriendo. Gracias, mamá. Rosa lo miró irse. Las manos le olían a chivo. No le importó. Rosa volvió al presente, miró sus manos, las uñas negras, la piel agrietada. sacó las escrituras del bolsillo del delantal. El papel amarillento estaba doblado. Lo miró sin entender.

La ventana tenía una grieta. El viento entraba frío. Rosa dobló el sobre, lo metió en la grieta, tapó el hueco, se acostó en la cama sin cenar. La casa estaba oscura, el viento silvaba por la ventana tapada con las escrituras. Rosa cerró los ojos. En la ciudad, Miguel cenaba con su suegro, reía, brindaba. fingía. Rosa despertó con el sol, se levantó despacio, le dolía la espalda, le dolían las manos, le dolía todo. Salió al terreno, la tierra estaba seca, agrietada.

La granizada había acabado con todo. No quedaba nada que sembrar. Rosa se agachó, tomó un puño de tierra, la dejó caer entre los dedos. ¿Y ahora qué hago? Murmuró. No había respuesta, solo el viento. Rosa caminó hasta el pueblo, entró a la tienda de don Carmelo. El hombre estaba detrás del mostrador acomodando latas. Buenos días, don Carmelo. Buenos días, Rosita. Rosa se acercó. Bajó la voz. Necesito frijoles y un poco de arroz. Se lo pago en cuanto pueda.

Don Carmelo suspiró. Negó con la cabeza. Rosita, ya me debes tres meses. Lo sé, pero la granizada acabó con todo. Lo siento, no puedo darte más fiado. Rosa sintió el calor en la cara. Y si trabajo, puedo limpiar lo que sea. Don Carmelo la miró, dudó. Está bien, limpia la bodega, te doy un kilo de frijoles. Rosa asintió. Gracias, don Carmelo. Rosa entró a la bodega. Estaba sucia, llena de polvo y cajas viejas. Se arrodilló en el piso, empezó a limpiar con un trapo.

La puerta de la tienda se abrió. Entró una mujer. Rosa la reconoció. Era doña Esperanza, la esposa del carnicero. Doña Esperanza miró hacia la bodega, vio a Rosa en el piso. “¿Esa no es la mamá de Miguel?”, preguntó en voz alta. “El que vive en la ciudad.” “Sí, es ella,”, dijo don Carmelo. Doña Esperanza alzó las cejas. Qué raro que su hijo la deje así, ¿no? Que le iba muy bien allá. Rosa escuchó, bajó la cabeza, siguió limpiando.

Las lágrimas le picaban en los ojos. Doña Esperanza apagó y salió. Rosa siguió de rodillas con las manos en el piso. En la ciudad, Miguel llegó a la oficina. El traje estaba arrugado. No había dormido bien. La secretaria lo miró. El licenciado Aurelio quiere verte. Miguel tragó saliva. Caminó hasta la oficina. tocó la puerta. Adelante. Don Aurelio tenía una carpeta abierta, no sonreía. Siéntate, Miguel. Miguel se sentó, las manos le sudaban. Pasa algo, suegro. Don Aurelio señaló la carpeta.

Gastos del mes pasado. Tarjeta de la empresa. ¿Puedes explicarme esto? Miguel miró los números, el restaurante caro, el regalo para Lorena, la ropa nueva. Fueron gastos de representación. Don Aurelio lo miró fijo. Miguel, no me veas la cara. Miguel bajó la mirada. Lo voy a reponer, te lo prometo. Don Aurelio cerró la carpeta. Más te vale, porque si no vamos a tener problemas. Miguel salió de la oficina, le temblaban las piernas. El teléfono de Miguel sonó. Era Lorena.

Mi amor, ¿ya viste el carro que te mandé? El rojo está hermoso. Eh, sí, lo vi. ¿Cuándo lo compramos? Ya les dije a mis amigas. Miguel cerró los ojos. Ay, pronto, mi amor, pronto. Ah, siempre dices lo mismo. Colgó antes de que Lorena siguiera. Rosa terminó de limpiar la bodega. Don Carmelo le dio una bolsa con frijoles. Aquí tienes, Rosita. Eh, gracias. Rosa salió de la tienda. Caminó despacio por la calle de Tierra. Recordó. Tenía 40 años.

Estaba sentada en la cocina. La vela iluminaba apenas no había luz. Miguel dormía. Al día siguiente era su graduación. Rosa cosía el saco del traje. Se picó el dedo, sangró, se limpió en el delantal, siguió cosciendo. A la mañana siguiente, Miguel se puso el traje. Sonrió frente al espejo. Mmm, me queda perfecto, mamá. Rosa lo miró, los dedos le ardían. No había dormido. Te ves muy guapo, mi hijo. Miguel se fue a la graduación. Rosa se quedó en la cocina.

No la invitó. No había dinero para su pasaje. La foto llegó un mes después. Miguel sonreía. El traje le quedaba perfecto. Rosa no aparecía en la foto. Rosa volvió al presente. Seguía en la calle del pueblo. Un carro pasó por la carretera. Rosa lo vio de lejos. Era nuevo, brillante. Se detuvo junto al terreno de rosa. Un hombre bajó, traía casco y chaleco. Miró la tierra, sacó una libreta, anotó algo, tomó fotos. Rosa lo observó desde lejos, no entendió.

El hombre subió al carro, se fue. Rosa volvió a su casa, no pensó más en el carro. En la noche, Miguel estaba en la sala del departamento. Lorena veía la televisión. Él miraba las cuentas en la computadora, los números rojos. Lorena, ¿qué? Tenemos que hablar de dinero. Lorena bajó el volumen. Otra vez. Estamos apretados. Si vendemos el terrenito de mi mamá, algo sacamos. Lorena alzó las cejas. Tu mamá tiene un terreno. Sí, en el pueblo. 12 haáreas.

¿Y cuánto vale? Miguel negó con la cabeza. Ada es pura piedra. Tierra muerta. No dan ni para frijoles. Entonces, ¿para qué sirve? Para nada. Pero algo nos darían. Lorena volvió a subir el volumen. Pues véndelo, yo que sé, de terrenos. Miguel cerró la computadora, miró por la ventana, solo veía deudas. Rosa llegó a su casa, encontró un sobre en el piso junto a la puerta, lo recogió, lo abrió. Era una carta del gobierno. Impuestos atrasados de la tierra, 3 años sin pagar, 30 días para liquidar o perdería la propiedad.

Rosa leyó los números, no tenía ni la mitad. Se sentó en la silla de la cocina, apretó la carta entre las manos. “Dios mío, murmuró, ¿y ahora qué hago?” Al día siguiente, Rosa fue al pueblo, tocó puertas, pidió prestado. Don Jacinto, lo siento, Rosita, ando igual que tú, doña Lupita, quisiera ayudarte, pero no tengo ni para mí. Nadie tenía o nadie quería. Llegó a casa de Concha, su vecina. Concha la recibió en la puerta. No la invitó a pasar.

Rosita, yo quisiera ayudarte, pero ando igual. Lo sé, Concha, pero no sé a quién más pedirle. Concha cruzó los brazos y tu, hijo, el que vive en la ciudad, Rosa bajó la mirada. Miguel está ocupado, tiene su vida. Concha chasqueó la lengua. Pues para eso lo mandaste a estudiar, ¿no? Para que te ayudara. Rosa no respondió. Pídele a él, Rosita, que para eso eres su madre. Rosa se dio la vuelta, caminó de regreso a su casa sola.

La carta seguía en la mesa 30 días, no tenía nada. Pasaron tr días. Rosa no durmió bien ninguna noche. La carta del gobierno seguía en la mesa. Los números no cambiaban, el plazo seguía corriendo. 27 días, 26, 25. Rosa salió al corral. Solo le quedaba una cabra. La última. La miró largo rato. El animal levantó la cabeza, la miró con ojos tranquilos. Perdóname, le dijo Rosa, pero no hay de otra. Amarró la cabra con un lazo, le dio unas palmadas en el lomo, caminó hasta el pueblo, hasta el mercado.

El mercado estaba lleno, gente vendiendo, gente comprando, ruido, polvo, calor. Olía a fruta madura y a carne colgada. Rosa se paró en una esquina. La cabra balaba nerviosa. Rosa le habló bajito para calmarla. Un hombre se acercó. tenía sombrero y botas lodosas. La miró de arriba a abajo, miró la cabra. ¿Cuánto por la cabra? 10000, dijo Rosa. El hombre se rió. Está flaca. Mírele las costillas. Te doy 400. No es buen animal. Sana. Da buena leche. 100 es mi última oferta.

Rosa apretó el lazo. No puedo. Necesito más. El hombre se encogió de hombros. se fue sin despedirse. Otro hombre se acercó gordo, sudoroso, 500 por la cabra. No. Una mujer con delantal ofreció 300. Rosa rechazó. Un joven ofreció 200. Rosa ni respondió. Nadie quería pagar lo justo. Nadie veía el valor. Rosa se sentó en una banca de madera. La cabra se echó a su lado. El sol quemaba fuerte, le ardía la cabeza. Ni para esto sirvo ya”, murmuró.

Un hombre cruzó el mercado. Caminaba diferente, no era del pueblo. Traía pantalón de vestir y camisa clara, zapatos limpios. Miraba todo con curiosidad. Tomaba notas en una libreta. Se acercó a un vendedor de verduras. Disculpe, busco a la dueña del terreno que está en el cerro norte, 12 haáreas. ¿La conoce? El vendedor lo miró con desconfianza. ¿Para qué la busca? Asuntos de trabajo, nada malo. El vendedor señaló hacia la esquina. Ahí está la viejita de la cabra.

Esa es doña Rosa. El hombre caminó hacia Rosa, se detuvo frente a ella, sonrió con cortesía. Doña Rosa. Rosa lo miró con desconfianza, apretó el lazo de la cabra. ¿Quién pregunta? Me llamo Arturo Méndez. Soy ingeniero geólogo. Trabajo para una empresa de exploración. Rosa frunció el ceño. No entendía. Exploración de ¿qué? De minerales. Estamos buscando ciertos terrenos en esta zona. Terrenos con potencial. Rosa se puso tensa. Se levantó de la banca. Mi terreno no está en venta.

Es lo único que tengo. Méndez levantó las manos. No vengo a comprar nada, señora. Solo quiero conocer la tierra, ver qué tiene, tomar unas muestras. ¿Para qué? Es mi trabajo. Hacemos estudios. Análisis del suelo. Rosa negó con la cabeza. No, no quiero problemas. Ya tengo suficientes. Méndez la miró, no insistió. Sacó una tarjeta del bolsillo de la camisa, se la extendió. Está bien, la entiendo. Pero tome mi tarjeta. Cuando quiera hablar, llámeme sin compromiso. Rosa tomó la tarjeta, la miró sin entender.

Letras, números, un logo. Méndez sonrió otra vez. Esa tierra tiene más de lo que usted cree, doña Rosa, mucho más. Se dio la vuelta, caminó de regreso al carro brillante, subió, arrancó, se fue. Rosa se quedó de pie mirando la tarjeta. ¿Qué va a tener? Murmuró. Si no da ni para frijoles. Guardó la tarjeta en el bolsillo del delantal lado de las escrituras viejas. Rosa volvió a su casa con la cabra. No la vendió, no pudo, no quiso.

Entró a la cocina, sacó la tarjeta, la puso en la mesa. Arturo Méndez, ingeniero geólogo, exploraciones del norte, SA. No entendía nada. Dejó la tarjeta junto a la carta del gobierno. Dos papeles, dos destinos. Uno amenazaba quitarle todo. El otro prometía algo que no comprendía. Miró la ventana. Las escrituras seguían tapando la grieta. El viento soplaba afuera, frío, constante. “¿Qué va a tener esa tierra?”, repitió. “Nada, nunca ha dado nada, solo trabajo y más trabajo.” Se sentó en la silla vieja, sola, en la cocina oscura.

En la ciudad, Miguel estaba en la oficina de don Aurelio de pie como empleado que espera regaño. Don Aurelio tenía papeles en la mano, facturas, recibos, estados de cuenta. Miguel, esto ya es el colmo. ¿Qué pasa, suegro? Encontré otra factura, 3000 pesos en un restaurante la semana pasada. ¿Me puedes explicar? Miguel tragó saliva. El sudor le bajaba por la nuca. Fue una comida de negocios con un cliente. ¿Con quién? Miguel no respondió. No podía. Había sido con Lorena.

Caprichos. Don Aurelio dejó los papeles en el escritorio. Golpe seco. Creí que eras diferente, Miguel. Creí que eras un hombre honesto, trabajador. Lo soy, suegro. No, no lo eres. Me has estado viendo la cara durante meses. Miguel sintió el frío en el estómago. Dame otra oportunidad. Te prometo que no vuelve a pasar. Don Aurelio lo miró fijo, ojos duros, sin piedad. Es la última, la última, Miguel. Si me vuelves a fallar, te vas de la empresa y de mi familia.

Miguel asintió. Salió de la oficina. Las piernas le temblaban. El pasillo se sentía largo, interminable. El teléfono de Miguel vibró. Era Lorena. ¿Ya hablaste con tu papá sobre el carro nuevo? No es mi papá, es tu papá. ¿Cómo sea le dijiste, “No es buen momento, Lorena. Nunca es buen momento contigo. Siempre hay un pretexto. Estoy en problemas en el trabajo. Tu papá está furioso. Siempre tienes problemas. Estoy harta de esto. Harta de ti.” Colgó. Miguel se quedó mirando el teléfono, el pasillo vacío, las paredes grises, el zumbido del aire acondicionado, todo se estaba cayendo, pieza por pieza.

Esa noche Rosa no pudo dormir. Se levantó a las 3 de la mañana, fue a la cocina, la carta del gobierno, la tarjeta del ingeniero, las escrituras en la ventana. Rosa tomó las escrituras, las desenrolló, las miró con cuidado. Papel viejo, amarillento, manchas de humedad, la firma de su padre, tinta desvanecida. “Ay, papá, murmuró, me dejaste esta tierra. Trabajé toda mi vida en ella, pero no sé qué hacer ahora.” Acarició el papel con los dedos, como si acariciara la mano de su padre.

Guardó las escrituras en el bolsillo del delantal junto a la tarjeta del ingeniero. Se sentó en la silla, miró por la ventana rota. La noche estaba oscura, fría, sin estrellas. Afuera, la tierra seguía ahí, seca, callada, esperando. Rosa no sabía qué esperaba, no sabía lo que tenía. En la ciudad, Miguel estaba acostado en la cama. Lorena dormía dándole la espalda, lejos, fría. No lo había tocado, no le había hablado en toda la noche. Miguel miraba el techo, las grietas, las sombras, las deudas, el suegro, el trabajo, el matrimonio, todo se desmoronaba como castillo de arena.

Pensó en el terreno de su madre, 12 hactáreas de piedra, de polvo, de nada. Si tan solo valiera algo, murmuró en la oscuridad. Cerró los ojos. No sabía cuánto se equivocaba. Rosa caminó hasta el pueblo. Iba al municipio a preguntar por la deuda, a buscar una solución. Entró al edificio viejo, paredes descascaradas, olor a humedad, filas largas. Esperó dos horas. Cuando llegó su turno, el funcionario ni la miró. Nombre: Rosa Martínez. Asunto. Impuestos atrasados. Me llegó una carta.

El funcionario tecleó en la computadora. miró la pantalla. 3 años sin pagar, la deuda ya está en proceso de embargo. Rosa sintió frío en el pecho. De embargo, sí, si no paga en 30 días, la propiedad pasa a remate. Pero, pero es mi casa, mi tierra, es lo único que tengo. El funcionario la miró sin expresión. Así es la ley, señora. Rosa apretó los papeles contra el pecho. No hay nada que pueda hacer. Pagar. Eso es lo único que puede hacer.

Rosa salió del edificio, las piernas le temblaban. Afuera, en la banqueta, un hombre esperaba traje claro, zapatos limpios. Era Méndez, el ingeniero. Rosa se detuvo. ¿Qué hace usted aquí? La estaba esperando doña Rosa. ¿Cómo supo que estaría aquí? Este es un pueblo chico. Las noticias corren. Rosa lo miró con desconfianza. Ya le dije que no vendo. Méndez levantó las manos. No vengo a comprar. Vengo a hacerle una propuesta. ¿Qué propuesta? Méndez dio un paso adelante. Yo le pago la deuda, los impuestos, todo.

Rosa frunció el seño. ¿A cambio de qué? De que me deje visitar su tierra, tomar muestras, nada más. Rosa no respondió, lo miró fijo. ¿Por qué haría eso? Méndez sonrió. Porque trabajo para una empresa que busca ciertos minerales y creo que su tierra puede tener algo importante. Minerales. Sí, hay ciertas rocas, ciertos elementos que valen mucho. Rosa negó despacio. Mi tierra no tiene nada, solo piedras y polvo. Déjeme comprobarlo. Solo eso le pido. Rosa miró hacia el edificio del municipio.

30 días en embargo remate. Miro a Méndez. Me paga la deuda completa. Completa hoy mismo. Rosa apretó los labios. Pero no viendo nada. No le estoy pidiendo que venda, solo que me deje entrar. Rosa dudó. El viento soplaba polvo. El sol quemaba. Está bien, dijo al fin. Pero si me quiere engañar, lo corro a palos. Méndez sonríó. Ah. Trato hecho, doña Rosa. Esa tarde Méndez fue al municipio, pagó la deuda completa. Rosa lo vio firmar los papeles.

El funcionario le entregó un recibo a Rosa. Deuda liquidada, señora. La propiedad ya no está en riesgo. Rosa tomó el papel. Las manos le temblaban, no de miedo, de alivio. Méndez la acompañó hasta la salida. Mañana pasó por su rancho. ¿Le parece? Rosa asintió. Temprano antes de que caliente el sol. Al día siguiente Méndez llegó al rancho. Traía equipo, maletines, aparatos que Rosa no conocía. Buenos días, doña Rosa. Buenos días. ¿Quiere un agua de limón? Se lo agradezco.

Rosa fue a la cocina, preparó el agua, se la llevó. Méndez bebió, después caminó por el terreno. Rosa lo seguía de lejos observando. Méndez sacaba herramientas, tomaba muestras de tierra, las guardaba en bolsas, marcaba puntos con estacas. Rosa no entendía nada. ¿Qué busca exactamente?, preguntó. Litio, dijo Méndez sin dejar de trabajar. Litio es un mineral. Se usa para baterías, para carros eléctricos, para teléfonos. Y eso vale Méndez la miró. Vale mucho, doña Rosa, muchísimo. Rosa miró la tierra seca, agrietada, la misma tierra de siempre.

Pues yo solo veo piedras, dijo. Méndez sonríó. Las piedras a veces esconden tesoros. Tres días después, Méndez volvió. Traía una carpeta gruesa. Doña Rosa, necesito hablar con usted. Se sentaron en la cocina. Rosa le sirvió café. Negro, sin azúcar. Méndez abrió la carpeta. Ya tengo los resultados. Y Méndez la miró serio. Su tierra tiene uno de los depósitos de litio más grandes de la región. Rosa no entendió. Eso qué significa. Ma, significa que su tierra vale millones, doña Rosa.

Muchos millones. Rosa soltó una risa corta. No juegue conmigo. A, no estoy jugando. Méndez sacó unos papeles, se los mostró. Esto es un contrato. Si usted firma, la empresa le paga por los derechos de extracción. Usted conserva la tierra, conserva la casa y recibe dinero cada mes. Rosa miró los papeles. Números, ceros, muchos ceros. Las manos le temblaban. ¿Cuánto dinero? Méndez señaló una cifra. Esto es el anticipo y esto es lo que recibiría cada mes. Rosa leyó los números.

No podía creerlo. Esto es de verdad. De verdad, Rosa sintió que el mundo daba vueltas, pero yo yo solo quiero quedarme en mi casa. Méndez asintió. Puede quedarse. La casa es suya. La tierra es suya. Solo vendemos el derecho a sacar el mineral. Rosa miró las escrituras viejas, las mismas que había usado para tapar la ventana. ¿Y esto es legal? Completamente. Vamos al notario del pueblo. Firmamos ahí. Todo en regla. Rosa cerró los ojos, respiró hondo. Está bien, dijo.

Vamos. El notario del pueblo era don Refugio, un hombre viejo. Conocía a Rosa de toda la vida. Leyó el contrato, revisó las escrituras, miró a Rosa. Rositales, ¿entiendes lo que vas a firmar? Ma, más o menos. Te voy a explicar. Esta empresa te va a pagar mucho dinero por sacar un mineral de tu tierra. Tú sigues siendo la dueña. Ellos solo sacan el litio. Y mi casa, tu casa sigue siendo tuya. Nadie te saca de ahí. Rosa asintió.

Entonces firmó. Don Refugio le dio la pluma. Rosa firmó. Mano temblorosa, letra chueca. Méndez firmó después. Sellos, copias, papeles. Listo. Dijo don Refugio. Felicidades, Rosita. Ya no tienes que preocuparte por nada. Rosa no respondió. miró el contrato, su firma, los ceros. Afuera, don Carmelo pasaba por la calle. Vio a Rosa salir del notario, no entendió nada. En la ciudad, Miguel estaba en la sala. Lorena veía la televisión. El teléfono de Miguel sonó. Era don Aurelio. Miguel, necesito verte mañana temprano.

¿Pasó algo? Sí. Tu mamá salió en las noticias. Miguel frunció el seño. Mi mamá, ¿qué noticias? No sé los detalles, pero parece que firmó un contrato millonario por un terreno con litio. Miguel sintió que el piso se movía. “Litio, ¿de qué habla? Eso mismo te pregunto yo. No, que tu mamá era una campesina sin nada.” Miguel no respondió. “Mañana hablamos”, dijo don Aurelio. Colgó. Lorena volteó. “¿Qué pasó?” Miguel miró la pantalla. El noticiero mostraba una imagen, un terreno, una mujer vieja firmando papeles.

Era Rosa. El titular decía campesina de 68 años firma contrato millonario por litio. Miguel se quedó helado. No puede ser, murmuró. Esa tierra no vale nada. Lorena leyó el titular. Esa es tu mamá. Miguel no contestó. Todo lo que había despreciado, todo lo que había ignorado, ahora valía más que su vida entera. Miguel no durmió esa noche, se levantó cinco veces, buscó la noticia en el teléfono, la leyó una y otra vez. campesina de 68 años, firma contrato millonario por litio.

La foto de su madre, las manos arrugadas firmando papeles, el notario del pueblo sonriendo. No podía ser, tenía que ser un error. A las 7 de la mañana, Miguel llegó a la oficina de don Aurelio. El suegro ya lo esperaba. Tenía el periódico abierto en el escritorio. Siéntate, Miguel. Miguel se sentó. Las manos le sudaban. Don Aurelio señaló el periódico. Esta es tu mamá. Miguel miró la foto. Rosa, su madre, la mujer que había abandonado en la terminal.

Sí, dijo en voz baja. La misma que me dijiste que había fallecido hace años. Miguel tragó saliva. No respondió. Don Aurelio se recargó en la silla, lo miró fijo. Chiste, Miguel. Suegro, ¿puedo explicar? Explicar qué escondías a tu madre que te daba vergüenza. No es así. Entonces, ¿cómo es? Miguel abrió la boca, no salieron palabras. Don Aurelio negó con la cabeza. Toda mi vida trabajé con gente honesta, gente que dice la verdad. Aunque duela, yo soy honesto.

No, no lo eres. Me vendiste una imagen falsa. El hombre exitoso, el que salió de la nada, el que no tiene lastre. Miguel bajó la mirada. Tenía miedo de que me juzgaran. Y eso te daba derecho a mentir, a esconder a tu propia madre. Miguel no respondió. Don Aurelio se puso de pie. ¿Estás despedido, Miguel? Miguel lo miró. ¿Qué? Lo que oíste, no quiero un mentiroso en mi empresa ni en mi familia. Pero suegro, ya no soy tu suegro.

Recoge tus cosas y vete. Miguel se quedó sentado, paralizado. Don Aurelio abrió la puerta. Que no te encuentre aquí en una hora. Salió. La puerta se cerró. Miguel se quedó solo mirando el periódico, la foto de su madre. Miguel llegó a su departamento al mediodía. Lorena estaba en la sala. Tenía maletas junto a la puerta. ¿Qué haces?, preguntó Miguel. Me voy. ¿A dónde? A casa de mis papás. Miguel dejó caer el portafolio. Lorena, espera. Podemos hablar. Lorena se dio la vuelta, los ojos rojos, furiosos.

Hablar de qué? de que me mentiste, de que escondías a tu mamá como si fuera una vergüenza. No es así. Entonces, ¿cómo es? Porque yo te pregunté mil veces por tu familia y tú siempre decías que no tenías a nadie, que estabas solo. Miguel bajó la mirada. Tenía miedo. ¿Miedo de qué? ¿De que supiera que eres hijo de una campesina? No. Sí, eso exactamente. Te daba vergüenza. Te avergonzabas de la mujer que te dio la vida. Lorena tomó las maletas.

No me importa que seas pobre, Miguel. Eso me daba igual. Entonces, ¿qué te importa? Que eres un cobarde y un mentiroso. Abrió la puerta. Lorena, por favor, no me busques. Salió. La puerta se cerró. Miguel se quedó solo en el departamento vacío, sin trabajo, sin esposa, sin nada. Esa noche Miguel intentó llamar a Rosa. El teléfono sonó. Nadie contestó. Llamó otra vez. Nada. Mandó un mensaje. Mamá, necesito hablar contigo, por favor. No hubo respuesta. Miguel se sentó en el sillón, miró el teléfono, la pantalla oscura, la foto de la noticia seguía ahí.

Su madre firmando el contrato sonriendo. Miguel cerró los ojos, las lágrimas le quemaban. Al día siguiente, Miguel tomó un camión. 6 horas de viaje, las mismas 6 horas que Rosa había viajado para pedirle ayuda. Llegó al pueblo por la tarde, caminó por la carretera de tierra hacia el rancho. Se detuvo frente a la casa, no la reconoció. Habían arreglado el techo, pintado las paredes. La puerta era nueva. Había una banca en el portal, flores en macetas. Rosa estaba sentada en la banca.

Tomando café, mirando la tierra. Miguel caminó hacia ella, las piernas le temblaban. Mamá. Rosa levantó la vista, lo vio, no se sorprendió. Miguel, ¿puedo puedo sentarme? Rosa no respondió, siguió mirando la tierra. Miguel se quedó de pie. Me enteré de lo del contrato. Todo el mundo se enteró. No sabía que la tierra valía tanto. Nadie sabía. Ni yo. Miguel tragó saliva. Mamá, vine a pedirte perdón. Rosa lo miró, los ojos cansados, viejos. Eh, perdón. ¿Por qué? Por todo.

¿Por dejarte en la terminal? ¿Por no ayudarte? ¿Por por tener vergüenza de mí? Miguel bajó la cabeza. Sí, por eso también. Rosa tomó un sorbo de café despacio. ¿Sabes, mi hijo? Toda mi vida trabajé para ti. Vendí chivos para pagarte la escuela. Cosí tu traje de graduación. Te mandaba elotes cada mes. Los mejores. Guardé dinero en un frasco durante 12 años para cuando lo necesitaras. Miguel sintió el peso de cada palabra. Nunca te pedí nada, siguió Rosa.

Nunca te cobré, nunca te reclamé. Solo quería que estuvieras bien. Lo sé, mamá. Lo sabes, de verdad lo sabes. Miguel no respondió. Rosa dejó la taza en la banca. Cuando fui a verte, no me dejaste entrar a tu casa. Me oliste las manos. Me diste 200 pesos y un boleto de camión. Estaba equivocado. No, Miguel, no estabas equivocado. Estabas siendo quien eres. Miguel levantó la vista. Eh, ¿qué quieres decir? ¿Que te avergüenzas de lo que eres? ¿De dónde vienes?

¿De mí? Y eso no lo puedo cambiar. Puedo cambiar. Mamá, dame otra oportunidad. Rosa negó despacio. Mi hijo, ya no tengo espacio para ti. Miguel la miró. ¿Qué? No por rencor. No te odio, pero ya no queda lugar. Me acostumbré a estar sola, a no esperarte, a no necesitarte, pero soy tu hijo. Sí, eres mi hijo y yo te quiero, pero el amor no borra todo. A veces solo queda vivir con lo que pasó. Miguel sintió las lágrimas en los ojos.

No me vas a perdonar. Rosa lo miró. Ya te perdoné, mi hijo, hace mucho, pero perdonar no significa volver a abrirte la puerta. Miguel se quedó de pie, sin palabras, sin respuestas. Rosa se levantó. Voy a entrar, hace frío. ¿Puedo quedarme un rato? La banca es tuya. Rosa entró a la casa, cerró la puerta. Miguel se quedó afuera solo, mirando la tierra que había despreciado, la tierra que ahora valía millones, la tierra de su madre. Pasaron tres meses.

Rosa despertó temprano, como siempre, antes del sol. El cuerpo ya no sabía dormir hasta tarde. Se levantó despacio, fue a la cocina, preparó café negro, sin azúcar, como le gustaba a su padre. Salió al portal, se sentó en la banca nueva, miró la tierra, la misma tierra de siempre, seca, callada. Pero ahora había máquinas a lo lejos, ingenieros con cascos, camionetas blancas yendo y viniendo. Rosa tomó un sorbo de café, respiró hondo, estaba en paz. Concha apareció por el camino, traía una canasta con pan.

Rosita, buenos días. Rosa la miró, no sonríó. Buenos días, Concha. Concha se acercó, dejó la canasta en la banca. Te traje pan dulce del que te gusta. Gracias. Concha se quedó de pie incómoda. Oye, Rosita, quería pedirte disculpas. ¿Por qué? Por lo que te dije aquel día cuando me pediste prestado. Fui muy dura contigo. Rosa tomó otro sorbo de café. No te preocupes, concha. Ya pasó. Es que me siento mal. Tú siempre fuiste buena conmigo y yo ya pasó, repitió Rosa.

No hay rencor. Concha asintió. Se quedó un momento más, luego se fue. Rosa miró la canasta de pan, no la abrió. Una hora después llegó don Carmelo. El de la tienda traía una caja de frutas. Doña Rosa, buenos días. Buenos días, don Carmelo. Don Carmelo dejó la caja en el suelo. Le traje unas frutas de las buenas para que se las coma. Rosa lo miró. Y eso es un regalo por los años que ha sido mi clienta.

Rosa asintió despacio. Gracias, don Carmelo. Y quería pedirle perdón por negarle el fiado aquel día. Estuvo mal de mi parte. Rosa se quedó callada un momento. No hay rencor, don Carmelo, pero ya no necesito nada. Don Carmelo bajó la mirada. Lo sé. Solo quería que supiera. Se fue. Rosa miró la caja de frutas. Tampoco la abrió. Por la tarde, Rosa caminó hasta el panteón del pueblo. Llevaba flores silvestres de las que crecían junto al arroyo. Se detuvo frente a una tumba vieja, lápida de piedra, letras borrosas.

Aurelio Martínez, padre amado. Rosa dejó las flores, se hincó. Aquí estoy, papá, como siempre. El viento soplaba suave, movía las flores. Me dejaste la tierra. Trabajé en ella toda mi vida. Pensé que no valía nada. Pero tú sabías, ¿verdad? Sabías que algo había ahí. Rosa sonríó. Ahora ya no me preocupo por nada. Tengo comida, tengo techo, tengo paz. Tocó la lápida con los dedos. Gracias, papá, por todo. Se levantó despacio, caminó de regreso a casa. En la ciudad, Miguel estaba sentado en un cuarto pequeño, un departamento rentado, barato, oscuro.

Tenía una foto en la mano, la foto de su graduación, el traje perfecto, la sonrisa falsa. Rosa no aparecía en la foto. Miguel la miró largo rato, los ojos húmedos. Afuera la ciudad seguía su ruido, carros, gente, vida. Pero Miguel estaba solo. No había llamadas, no había mensajes, no había nadie. Se quedó sentado en la oscuridad con la foto en la mano, con el peso de todo lo que perdió. Rosa llegó a su casa, entró a la cocina, vio el frasco de vidrio junto a la ventana, el mismo frasco donde guardó monedas durante 12 años para cuando Miguel lo necesitara.

Lo tomó, lo miró. Todavía tenía algunas monedas adentro. Rosa sonrió, guardó el frasco en una caja de madera, lo cerró, lo puso en el ropero. Ya no hacía falta. Rosa salió al portal, se sentó en la banca. El sol se estaba poniendo, el cielo se pintaba de naranja y rojo, la tierra seguía ahí, la misma tierra de siempre, la que su padre le heredó, la que ella trabajó 45 años. Rosa respiró hondo, cerró los ojos. “Valió la pena, papá”, murmuró. Todo valió la pena. El viento sopló suave. Las máquinas a lo lejos dejaron de sonar. Rosa se quedó sentada en paz en su tierra, en su casa, sola, pero completa. A veces la vida nos enseña tarde, pero enseña fuerte.