La noche del 23 de octubre comenzó como cualquier otra para Fernanda Morales. Después de un largo turno limpiando habitaciones en el Hotel Imperial de la Ciudad de México, regresó al pequeño departamento que compartía con su prima Lucía y su hija Sofía, de 4 años. Pero a las 22 horas con30 minutos todo cambió. Sofía despertó llorando, su cuerpecito ardiendo en fiebre, vomitando sin control. Fernanda no lo pensó dos veces. envolvió a su niña en una manta, llamó un taxi y corrió hacia el hospital general más cercano.
Ahora, a las 23 horas 45 minutos, Fernanda sostiene a Sofía en brazos mientras espera en la sala de urgencias pediátricas. El corazón le late desbocado, no solo por la preocupación de madre, sino por algo más, algo que no puede nombrar. Está de vuelta en esta ciudad, la ciudad donde todo comenzó, la ciudad donde todo terminó. Una enfermera sale del consultorio y llama su nombre. Fernanda se levanta con piernas temblorosas, apretando a Sofía contra su pecho. La niña gime débilmente.
Sus mejillas son rozadas por la fiebre. Caminan por el pasillo blanco. El olor a desinfectante le revuelve el estómago trayendo recuerdos que ha intentado enterrar durante cinco largos años. La enfermera abre la puerta del consultorio número siete. Fernanda entra. Sus ojos fijos en su hija, sin mirar aún al médico que está de espaldas revisando una carpeta. “Buenas noches. Pase y tome asiento, por favor”, dice una voz masculina profunda y cálida. Una voz que Fernanda conoce mejor que la suya propia.
Una voz que la persigue en sueños. Una voz que pertenece a un fantasma. El mundo se detiene. Fernanda se congela en medio del consultorio. No puede respirar, no puede moverse, no puede pensar. El médico se gira y sus ojos se encuentran. Diego Santana, el hombre que amó con cada fibra de su ser, el hombre cuyo hijo sostiene en brazos, el hombre que murió hace 5 años, excepto
que no murió, está aquí frente a ella, vivo, real, con su bata blanca, su estetoscopio colgando del cuello, mirándola con esos ojos verdes que una vez la miraron con amor infinito. Pero ahora hay algo diferente en esa mirada. Hay confusión, curiosidad, pero no reconocimiento. ¿Señora, ¿se encuentra bien? Pregunta Diego dando un paso hacia ella con preocupación profesional. ¿Necesita sentarse? Fernanda no puede responder. Las lágrimas brotan de sus ojos sin permiso. Sus rodillas amenazan con ceder. Diego está vivo.
Diego está aquí, pero Diego no la recuerda. Yo, yo tartamudé a Fernanda, abrazando a Sofía con más fuerza. La niña llora contra su pecho. Tranquila, respire profundo”, dice Diego con voz calmada acercando una silla. “Entiendo que puede ser muy estresante cuando nuestros pequeños están enfermos. Permítame ayudarla.” Diego guía suavemente a Fernanda hacia la silla. Su mano rosa el brazo de ella y en ese instante algo extraño sucede. Diego se detiene. Una expresión desconcertada cruza su rostro. Su corazón late más rápido sin razón aparente.
Una sensación cálida y familiar recorre su cuerpo como si reconociera algo que su mente no puede alcanzar. ¿Nos conocemos? Pregunta Diego de repente estudiando el rostro de Fernanda con intensidad. Sus ojos verdes la recorren como si buscaran algo perdido. Tengo la extraña sensación de que ya nos habíamos visto antes. No, Fernanda miente la voz apenas un susurro quebrado. No puede hacer esto ahora. Sofía lo necesita. Puede desmoronarse después. No nos conocemos, doctor. Diego parece dudar. Ese rostro, esos ojos color miel llenos de lágrimas le provocan algo profundo en el pecho, una nostalgia sin nombre.
Pero finalmente asiente y se enfoca en la pequeña Sofía, aunque la inquietud permanece, se arrodilla frente a ellas. Su presencia tan cercana que Fernanda puede oler su colonia, la misma que usaba hace 5 años. El olor que la hacía sentir segura, amada, en casa. “Hola, princesa”, dice Diego con una sonrisa dulce dirigida a Sofía. Su voz se suaviza de una manera que hace que el corazón de Fernanda se rompa en mil pedazos. ¿Cómo te llamas? Sofía, susurra la niña débilmente.
Sus grandes ojos verdes, exactamente iguales a los de su padre, lo miran con confianza infantil. Sofía, repite Diego, y algo brilla en sus ojos. Una emoción que no puede nombrar. Qué nombre tan hermoso. ¿Me permites revisarte? Te prometo que seré muy cuidadoso y rápido. Sofía asiente y Diego comienza su examen con manos expertas, pero gentiles. Fernanda lo observa. Cada movimiento es tan familiar y a la vez tan extraño. Este es el hombre que juró amarla para siempre.
El hombre que puso sus manos sobre su vientre cuando Sofía aún no había nacido y prometió ser el mejor padre del mundo, el hombre que la defendió contra su propia familia y ahora la mira como a una completa desconocida. ¿Cuánto tiempo lleva así?, pregunta Diego mientras revisa la garganta de Sofía con una linterna. Desde hace unas tres horas, responde Fernanda, tratando de mantener la voz estable. La fiebre subió muy rápido y comenzó a vomitar. ¿Ha comido algo diferente hoy?
No, solo su comida normal. Estaba bien durante todo el día. Diego asiente, revisando los oídos de la niña. Sofía se queja un poco y él inmediatamente la consuela. Ya casi terminamos, valiente. Lo estás haciendo muy bien. Mientras Diego aussculta el pecho de Sofía, Fernanda no puede evitar estudiar su rostro. Hay pequeños cambios, algunas líneas finas alrededor de sus ojos que no estaban antes. Su cabello, aunque todavía oscuro y abundante, tiene algunas canas prematuras en las cienes, pero sigue siendo el hombre más guapo que ha visto jamás.
El único hombre que ha amado, el único hombre que amará. Parece ser una infección viral”, explica Diego después de completar el examen. Se sienta en su silla frente a ellas escribiendo en su computadora, “La garganta está inflamada, pero no veo signos de infección bacteriana. La fiebre debería bajar en las próximas 24 a 48 horas. Voy a recetar un antipirético para la fiebre y algo para las náuseas. ¿Es grave?”, pregunta Fernanda, su voz materna superando su dolor personal.
No, para nada. Diego le sonríe y esa sonrisa, esa sonrisa que solía derretir su corazón sigue teniendo el mismo efecto. Es algo común en niños de su edad. Con los cuidados adecuados estará saltando y jugando en unos días. Explica las instrucciones de cuidado, cómo administrar el medicamento, qué síntomas vigilar. Fernanda escucha atentamente asintiendo, pero una parte de ella está atrapada en el pasado, en cuando este mismo hombre le prometía que cuidarían juntos a su bebé. ¿Alguna pregunta?
Dice Diego imprimiendo la receta. No creo que entendí todo, responde Fernanda, tomando los papeles con manos temblorosas. Diego la mira nuevamente con esa expresión curiosa. Disculpe si esto suena extraño, pero está segura de que no nos conocemos. Su rostro me resulta increíblemente familiar. El corazón de Fernanda se acelera. Por un momento, solo por un momento, se permite soñar que tal vez en algún lugar profundo de su subconsciente, Diego la recuerda. Tal vez tengo uno de esos rostros comunes Fernanda, forzando una pequeña sonrisa mientras se levanta con Sofía en brazos.
No dice Diego con certeza absoluta, poniéndose de pie también. No hay nada común en su rostro. El comentario cuelga en el aire entre ellos cargado de algo innombrable. Fernanda siente que si no sale ahora se derrumbará completamente. Gracias doctor. Buenas noches dice rápidamente dirigiéndose hacia la puerta. Espere. Diego la detiene extendiendo una tarjeta. Este es mi número directo. Si la fiebre no baja en 48 horas o si nota cualquier cambio preocupante, llámeme. No importa la hora. Fernanda toma la tarjeta, sus dedos rozándolos de él.
Otra vez esa chispa. Ambos lo sienten. Diego la mira con ojos llenos de preguntas sin respuesta. Cuídense, dice Diego suavemente, su mirada alternando entre Fernanda y Sofía. Algo en su pecho se aprieta al verlas partir. Una sensación de pérdida que no puede explicar. Fernanda sale del hospital en piloto automático. Lucía la está esperando en el lobby, preocupada. ¿Cómo está Sofía? pregunta su prima inmediatamente. Estará bien, responde Fernanda con voz hueca. Es solo una infección viral. Entonces, ¿por qué parece que has visto un fantasma?
Porque lo vi, susurra Fernanda, las lágrimas finalmente cayendo libremente. Vi a Diego. Él está vivo. Lucía está vivo y no me recuerda. Lucía la abraza mientras Fernanda llora en silencio, sosteniendo a su hija dormida, el corazón hecho pedazos nuevamente. Esa noche, después de acostar a Sofía y administrarle el medicamento, Fernanda se sienta en la pequeña sala del departamento con Lucía. Su prima le prepara un té de manzanilla, esperando pacientemente a que Fernanda esté lista para hablar. “Cuéntame todo”, dice Lucía finalmente y Fernanda lo hace.
Le cuenta sobre el encuentro en el hospital. sobre cómo Diego no la reconoció, sobre la sensación surrealista de estar tan cerca del hombre que ama y que a la vez sea un completo extraño. Pero, ¿cómo es posible? Pregunta Lucía. Su madre te dijo que había muerto. ¿Fuiste al funeral? No fui al funeral, corrige Fernanda. Victoria me dijo que Diego había muerto por complicaciones después del accidente, pero nunca me dejó verlo. Dijo que lo habían cremado inmediatamente por razones médicas y que el funeral sería privado.
Solo familia. Esa mujer te mintió, dice Lucía con indignación. Te mintió, sobre todo. Fernanda recuerda aquella horrible conversación en el hospital 5 años atrás. Tres días después del accidente, Victoria la encontró en la cafetería y le dijo con frialdad calculada que Diego había muerto durante la noche por complicaciones inesperadas. “Tu presencia aquí es innecesaria ahora”, había dicho Victoria. “Mi hijo se ha ido y ese bebé que llevas no cambia nada. No recibirás ni un peso de esta familia.
Si intentas reclamar algo, te destruiré. Tengo abogados que harán que tu vida sea un infierno. Destrozada por el dolor y el shock, Fernanda había huído. Abandonó sus estudios, empacó sus pocas pertenencias y regresó a San Miguel de Allende, al pueblo donde creció. Allí, con el apoyo de sus humildes padres, dio a luz a Sofía sola, sin el hombre que amaba, creyendo que estaba muerto. Durante 4 años trabajó limpiando casas, cuidando jardines, haciendo cualquier cosa para mantener a su hija.
Nunca terminó su carrera de enfermería. El sueño murió junto con Diego. O eso pensaba. Tienes que confrontarlo, dice Lucía. Tienes que decirle la verdad. Sofía merece conocer a su padre. ¿Y qué le digo? pregunta Fernanda desesperada. Hola, sé que no me recuerdas, pero estuvimos enamorados y esta es tu hija. ¿Crees que me creerá? Probablemente piense que soy una loca o peor una oportunista como su madre siempre dijo que era. Entonces encuentra pruebas. Debe haber fotografías, mensajes, algo.
Fernanda niega con la cabeza. Cuando huí, dejé todo atrás. Mi vieja computadora, mi teléfono, todo. No tenía dinero ni para el boleto de autobús. Mis padres tuvieron que enviármelo. Lo único que traje fue la ropa que llevaba puesta y los documentos de mi embarazo y las fotos en redes sociales. Diego nunca publicó nada sobre nosotros. Manteníamos la relación privada para protegernos de su familia. Fernanda suspira sintiéndose derrotada. No tengo nada que pruebe que lo que digo es verdad.
Las siguientes 48 horas son agonizantes. Fernanda cuida a Sofía, quien mejora gradualmente gracias a la medicación, pero su mente está constantemente en Diego. Está vivo. Después de 5 años de llorar su muerte, de visitar la iglesia cada aniversario para rezar por su alma, está vivo. La pregunta que la atormenta es, ¿por qué? ¿Por qué Victoria mintió? ¿Por qué le hicieron creer que Diego había muerto cuando claramente estaba vivo? La respuesta la golpea con fuerza brutal para mantenerlos separados.
Victoria sabía que si Fernanda pensaba que Diego estaba muerto, desaparecería. Y así fue exactamente lo que pasó. El tercer día después de la visita al hospital, Fernanda está limpiando una suite en el piso 20 del hotel Imperial cuando su teléfono suena. Es un número desconocido. Bueno. Contesta, equilibrando el teléfono entre su oreja y hombro mientras dobla toallas. Señora Morales, habla el Dr. Diego Santana del Hospital General. Fernanda casi deja caer las toallas. Su corazón comienza a latir salvajemente.
Doctor Santana, sí, hola, logra decir. Solo llamaba para verificar cómo está Sofía. Ha bajado la fiebre. Sí, mucho mejor. Ya está casi completamente recuperada. Gracias por preguntar. Hay una pausa en la línea. Luego Diego dice con una voz más suave, más personal. Me alegro mucho y disculpe si esto es inapropiado, pero no he podido dejar de pensar en ustedes, en usted y en Sofía. Fernanda se sienta en la cama que acababa de tender, las piernas débiles. ¿Por qué?
Pregunta, aunque sabe que no debería. No lo sé”, admite Diego sonando tan confundido como ella se siente. Es la cosa más extraña. Desde que se fueron de mi consultorio, he tenido esta sensación persistente de pérdida, como si hubiera dejado ir algo importante. “Sé que suena absurdo. Somos completos extraños.” “Sí”, dice Fernanda con lágrimas quemando sus ojos completos, extraños. “Pero no se siente así, ¿verdad?”, Presiona Diego. Cuando la vi, cuando nuestras manos se tocaron, sentí algo, una conexión.
Y sé que usted también la sintió. Fernanda cierra los ojos. Esto no puede estar pasando. No puede permitirse albergar esperanzas. No, otra vez. Doctor Santana. Diego, por favor, llámame Diego. Diego, el nombre se siente como miel en su lengua, dulce y familiar. Tengo que volver al trabajo. Espera, por favor, dice Diego rápidamente. Podríamos reunirnos, tomar un café. Sé que esto es inusual, pero necesito necesito entender por qué siento esto. Cada instinto de autopreservación le grita a Fernanda que diga que no, pero su corazón, ese corazón tonto que nunca dejó de amarlo, dice sí antes de que su cerebro pueda detenerla.
Está bien. ¿Cuándo? Mañana. ¿Hay algún lugar que te guste? Fernanda piensa. No puede ser cerca de donde viven. No puede arriesgarse a que Victoria descubra. Hay una cafetería en la colonia Roma. Se llama Café del Recuerdo. ¿Conoces el lugar? Lo encontraré. A las 17 horas. Allí estaré. Después de colgar, Fernanda se queda mirando el teléfono, preguntándose si acaba de cometer el mayor error de su vida o si tal vez, solo tal vez, el destino le está dando una segunda oportunidad.
Al día siguiente, Fernanda se para frente a su pequeño armario sin saber qué ponerse. ¿Cómo te vistes para encontrarte con el amor de tu vida que no te recuerda? ¿Cómo te presentas ante el padre de tu hija que no sabe que tiene una hija? Finalmente, elige un vestido sencillo color azul marino, el único vestido bonito que posee. Se mira en el espejo, ha cambiado en 5 años. Su rostro es más delgado. Hay sombras bajo sus ojos de noche sin dormir y años de preocupación.
Su cuerpo lleva las marcas del embarazo y del trabajo duro. Ya no es la joven estudiante universitaria de ojos brillantes que Diego conoció. Es una madre soltera que ha luchado por sobrevivir cada día. Te ves hermosa, dice Lucía, quien ha aceptado cuidar a Sofía. Vas a estar bien. No sé si puedo hacer esto, admite Fernanda. Si puedes, eres la mujer más fuerte que conozco. Has criado a una niña hermosa, tú sola has sobrevivido a una pérdida devastadora.
Puedes enfrentar esto. Fernanda abraza a su prima agradecida por su apoyo inquebrantable. Luego besa a Sofía, quien está jugando con sus muñecas en el piso. ¿A dónde vas, mami?, pregunta Sofía con curiosidad infantil. A resolver algo importante, mi amor, responde Fernanda. Regreso pronto. El café del recuerdo está en una calle tranquila de la Roma, un barrio que Fernanda y Diego solían explorar juntos. Ella llega 15 minutos temprano y elige una mesa en la esquina donde puede ver la puerta.
Su corazón late como un tambor de guerra. A las 17 horas exactamente, Diego entra, viste jeans y una camisa casual sin la bata blanca de médico. Se ve más joven así, más parecido al Diego que ella conoció. Sus ojos buscan el café hasta que la encuentra y su rostro se ilumina con una sonrisa. Hola dice Diego acercándose a la mesa. Gracias por venir. Hola responde Fernanda. Su voz apenas estable. Diego se sienta frente a ella y por un momento ambos simplemente se miran.
Es Diego quien rompe el silencio. Tengo que confesarte algo extraño dice pasándose una mano por el cabello en un gesto nervioso que Fernanda conoce también. Anoche busqué este café en internet, Café del Recuerdo, y cuando vi las fotos del lugar tuve la sensación más fuerte de que había estado aquí antes. Es posible. El corazón de Fernanda se detiene. Este era su lugar, donde pasaban horas hablando de todo y nada, donde compartieron su primer beso, donde Diego le propuso matrimonio con un anillo que compró con su primer salario como interno.
Es posible, dice Fernanda suavemente. Entonces, ¿nos conocemos? ¿Conocíamos? presiona Diego inclinándose hacia adelante. Por favor, sé honesta conmigo. Fernanda toma una respiración profunda. Este es el momento. Puede decir la verdad o puede seguir mintiendo, pero mira esos ojos verdes que una vez la miraron con tanto amor y sabe que no puede mentir más. Sí, admite, nos conocíamos hace 5 años. Diego deja escapar un suspiro que suena como alivio mezclado con frustración. Lo sabía. Sabía que no estaba loco.
¿Qué pasó? ¿Por qué no me acuerdo de ti? Tuviste un accidente de auto, explica Fernanda. Cada palabra como un cuchillo en su corazón. Sufriste amnesia. Los médicos dijeron que perdiste los recuerdos de los últimos dos años antes del accidente. “Dios”, murmura Diego frotándose la cara. Mi madre me contó sobre el accidente, pero nunca mencionó que había alguien que había alguien importante en mi vida que olvidé. Tu madre tenía sus razones”, dice Fernanda con amargura. “¿Qué tipo de razones?” Fernanda duda.
¿Cuánto debería decirle? Todo de una vez o poco a poco. Una mesera se acerca y toman sus órdenes. Café americano para Diego. Té de manzanilla para Fernanda. Cuando la mesera se va, Diego toma la mano de Fernanda sobre la mesa enviando electricidad por su brazo. “Por favor”, dice Diego, “ne saber qué fuimos el uno para el otro. Lo fuimos todo”, dice Fernanda, las lágrimas finalmente cayendo. “Nos amábamos, Diego. Íbamos a casarnos.” Diego se queda inmóvil procesando sus palabras.
Sus ojos buscan el rostro de ella como si pudiera encontrar la verdad escrita allí. nos amábamos, repite. Y después del accidente, tu madre me dijo que habías muerto, dice Fernanda, su voz rompiéndose. Después de tres días en el hospital me dijo que habías fallecido por complicaciones. Me prohibió verte. Me echó. Yo yo te lloré. Te lloré durante 5 años, creyendo que estabas muerto. Hasta la otra noche en el hospital. Dios mío. Diego se levanta abruptamente, comenzando a caminar de un lado a otro.
No puede ser cierto. Mi madre no haría algo así. No podría. Tu madre no me quería en tu vida, dice Fernanda, manteniendo la calma, aunque su interior es un caos. Pensaba que yo solo estaba contigo por tu dinero. Eso es ridículo. Si nos amábamos, yo era pobre, Diego. Soy pobre. Estudiaba enfermería con una beca. Vengo de un pueblo pequeño. Tu familia es millonaria. Tu madre pensó que era una casa fortunas. Diego se detiene mirándola con intensidad. ¿Y lo eras?
La pregunta duele, pero Fernanda entiende. Él no la recuerda. Tiene todo el derecho de dudar. No, dice con firmeza, te amaba. Te amaba tanto que cuando pensé que habías muerto quise morir también. Te amaba tanto que dejé todo. Mi carrera, mis sueños, mi vida en la ciudad, porque cada rincón me recordaba a ti y era demasiado doloroso. Te amaba entonces. Y Dios me ayude, todavía te amo ahora. Las palabras cuelgan en el aire entre ellos. Diego la mira como si la viera por primera vez.
Realmente la viera. Si nos amábamos tanto, dice Diego lentamente volviendo a sentarse. ¿Por qué no luchaste por mí? ¿Por qué te fuiste cuando mi madre te dijo que había muerto? Porque estaba rota, responde Fernanda, porque estaba sola y asustada. ¿Y por qué se detiene sabiendo que está a punto de cambiar todo? ¿Porque, ¿qué? Presiona Diego, porque estaba embarazada de tu hijo. El silencio que sigue es ensordecedor. Diego la mira fijamente, sin pestañar, procesando esta bomba que acaba de detonar entre ellos.
Sofía susurra finalmente. Sofía es mi hija. No es una pregunta, es una realización. Fernanda asiente, las lágrimas corriendo libremente por sus mejillas. Tengo una hija”, dice Diego, su voz llena de asombro. “Tengo una hija de 4 años y no lo sabía.” Se levanta nuevamente, esta vez caminando hacia la puerta del café. Por un momento horrible, Fernanda piensa que va a irse, que la va a dejar allí, pero Diego simplemente necesita aire. se queda en la entrada respirando profundamente tratando de procesar información que ha volcado su mundo.
Fernanda espera dándole espacio, rogando en silencio que no la odie, que no piense lo peor de ella. Finalmente, Diego regresa, se sienta, toma ambas manos de Fernanda entre las suyas y la mira con ojos llenos de emoción. Esos ojos, dice, los ojos de Sofía son mis ojos. Lo vi en el hospital, pero no. No hice la conexión. Es tu hija confirma Fernanda. Y es maravillosa, Diego. Es inteligente y amable y fuerte. Se parece tanto a ti que a veces duele mirarla.
¿Por qué no me buscaste? Pregunta Diego. Cuando descubriste que estaba vivo, ¿por qué no me dijiste inmediatamente en el hospital? Estaba en shock, admite Fernanda, y tenía miedo. No sabía cómo habías cambiado en 5 años. No sabía si todavía eras el hombre que conocí. No sabías si me creerías o si pensarías que estaba tratando de atrapar a un médico exitoso con un niño que no es suyo. Sofía tiene mis ojos dice Diego con una pequeña sonrisa. Esa es toda la prueba que necesito.
Pero si quieres podemos hacer una prueba de paternidad, no porque dude de ti, sino para tener documentación legal. Está bien, acepta Fernanda. Diego se queda en silencio por un momento, su pulgar acariciando el dorso de la mano de Fernanda. distraídamente. Es un gesto tan familiar, tan típico de él, que Fernanda tiene que contener un soyo. Cuéntame sobre ella, dice Diego finalmente. Cuéntame todo sobre mi hija. Y Fernanda lo hace. Le cuenta sobre el embarazo, sobre cómo dio a luz sola en un hospital público en San Miguel de Allende con solo su madre sosteniendo su mano.
Le cuenta sobre los primeros pasos de Sofía, sus primeras palabras. le habla de cómo a Sofía le encantan los libros de cuentos y los animales. Cómo quiere ser doctora cuando crezca, aunque no sabe que su padre es médico. Le cuenta sobre las noches difíciles, los momentos en que tuvo que elegir entre comprar comida o pagar el alquiler. Le cuenta todo. Diego escucha con lágrimas en los ojos, procesando 5 años de vida que se perdió. Lo siento dice cuando Fernanda termina.
Siento no haber estado ahí. Siento que tuviste que pasar por todo eso sola. No fue tu culpa, dice Fernanda. No pediste el accidente, no pediste la amnesia, pero mi madre, Diego aprieta la mandíbula. Mi madre sabía, sabía sobre ti, sobre el bebé, y te dijo que estaba muerto. Me mantuvo alejado de mi propia hija. La odié durante mucho tiempo, admite Fernanda, pero luego me di cuenta de que el odio solo me envenenaba a mí, así que decidí enfocarme en Sofía, en darle la mejor vida que pudiera.
Eres increíble, dice Diego con admiración genuina. Criaste a nuestra hija sola, trabajaste duro, sacrificaste tus propios sueños. Eres la persona más fuerte que conozco. Hice lo que cualquier madre haría. No, insiste Diego. No cualquier madre. Tú elegiste mantenerla cuando mi madre te ofreció dinero para que abortaras, ¿verdad, Fernanda asciente. Elegiste luchar cuando habría sido más fácil rendirte. Eres extraordinaria, Fernanda Morales. El sonido de su nombre en los labios de Diego hace que su corazón se acelere. ¿Qué pasa ahora?, pregunta Fernanda.
¿A dónde vamos desde aquí? Diego se queda pensativo. Quiero conocer a mi hija. Quiero ser parte de su vida, si tú me lo permites, y quiero Se detiene eligiendo sus palabras cuidadosamente. Quiero conocerte de nuevo. Sé que no recuerdo nuestro pasado, pero hay algo en ti, Fernanda, algo que hace que mi corazón reconozca lo que mi mente no puede. Tu madre no lo permitirá, advierte Fernanda. Cuando se entere de que nos encontramos, hará todo lo posible para separarnos otra vez.
Tengo 32 años, dice Diego con firmeza. Ya no soy el chico de 25 años que ella podía manipular. He construido mi propia vida, mi propia práctica médica. No dependo de ella y esta vez no permitiré que ella destruya lo que sea que podamos reconstruir. ¿Y si no podemos reconstruirlo? Pregunta Fernanda, permitiéndose ser vulnerable. ¿Y si tus memorias no puedes amarme de la misma manera? Diego se inclina sobre la mesa, su rostro a centímetros del de ella. Entonces construiremos algo nuevo.
No puedo prometerte que recuperaré esas memorias. Los médicos dijeron que probablemente nunca lo haré, pero puedo prometerte que quiero intentarlo, que hay algo en ti que me llama de una manera que no puedo explicar y eso tiene que significar algo, ¿verdad? Fernanda quiere creerlo. Quiere creer que el amor verdadero trasciende la memoria, que lo que tuvieron fue tan profundo que incluso la amnesia no puede borrarlo completamente. Okay, dice finalmente, intentémoslo. La sonrisa de Diego ilumina toda la cafetería, toma su teléfono y marca un número.
¿Qué haces?, pregunta Fernanda. Canceling my appointments for the rest of the day, dice Diego. Quiero conocer a mi hija ahora. Si eso está bien contigo, el corazón de Fernanda se llena de esperanza y terror en partes iguales. Está bien, pero Diego, tenemos que tener cuidado sobre cómo le decimos. Lo sé, dice Diego. No tengo que decirle que soy su padre hoy. Puedo simplemente ser su amigo primero, ganarme su confianza, hacerlo gradualmente. Media hora después están frente al edificio donde vive Fernanda.
Mientras suben las escaleras, Fernanda se disculpa por el humilde apartamento. No tienes que disculparte, dice Diego. Es un hogar lleno de amor. Eso es lo que importa. Cuando Lucía abre la puerta, sus ojos se agrandan al ver a Diego. Santo cielo, susurra. Lucía. Este es Diego Santana. Presenta Fernanda. Diego, mi prima Lucía. Lucía le estrecha la mano torpemente, todavía en shock. No sabía que ibas a traer. Pensé que solo ibas a hablar. Cambio de planes”, dice Fernanda con una pequeña sonrisa.
“Mami”. Sofía corre hacia Fernanda abrazando sus piernas. Luego nota a Diego y se esconde tímidamente detrás de su madre. Diego se arrodilla a su nivel, su rostro lleno de emoción al ver a su hija en un contexto que no es el hospital. “Hola, Sofía. ¿Te acuerdas de mí? Soy el doctor que te atendió cuando no te sentías bien.” Sofía lo mira con ojos grandes, idénticos a los de él. Lentamente asiente. “¿Ya te sientes mejor?”, pregunta Diego con voz gentil.
“Sí”, responde Sofía con voz pequeña. “Mamá me dio la medicina y ya no me duele la panza. Me alegra mucho escuchar eso. Tu mamá te cuida muy bien, ¿verdad?” Sofía asiente con entusiasmo. “Mamá es la mejor.” Diego sonríe mirando a Fernanda con ojos llenos de afecto. Estoy de acuerdo. Tu mamá es muy especial. Durante las siguientes dos horas, Diego juega con Sofía, le lee cuentos, construye torres con sus bloques y la escucha hablar sobre su muñeca favorita.
Fernanda y Lucía los observan desde la cocina preparándote. No puedo creer que esté aquí, susurra Lucía. No puedo creer que esté vivo. Yo tampoco, admite Fernanda, observando a Diego hacer reír a Sofía. Parece un sueño. ¿Qué vas a hacer sobre su madre? No lo sé, pero Diego dice que él se encargará, que esta vez será diferente. Espero que tengas razón, porque si esa bruja trata de lastimarte otra vez, lo sé, dice Fernanda, pero tengo que creer que esta vez tenemos una oportunidad por Sofía, sino por mí.
Cuando Diego finalmente se prepara para irse, Sofía lo abraza espontáneamente. Diego se congela por un segundo. Luego envuelve a su hija en sus brazos, cerrando los ojos como si quisiera grabar este momento en su memoria para siempre. “¿Volverás a visitarnos?”, pregunta Sofía. “Si tu mamá dice que está bien, me encantaría”, responde Diego mirando a Fernanda. “puedes venir cuando quieras”, dice Fernanda. En la puerta Diego se detiene. Gracias, dice en voz baja, por mantenerla, por criarla, por ser tan fuerte.
No sé cómo empezar a agradecerte. Ella es tu agradecimiento, dice Fernanda. Es la mejor parte de nosotros dos. Diego toma la mano de Fernanda besándola suavemente. Es un gesto simple, pero cargado de promesa. Mañana tengo el día libre. Dice, “¿Podríamos hacer algo juntos? Los tres tal vez ir al parque. A Sofía le encantaría. ¿Y a ti te gustaría? Fernanda sonríe permitiéndose sentir esperanza por primera vez en 5 años. Sí, me encantaría. Los siguientes días son una mezcla de felicidad y cautela.
Diego viene cada día pasando tiempo con Sofía conociéndola, enamorándose de su hija, pero también pasa tiempo con Fernanda preguntándole sobre su pasado juntos, escuchando historias de su relación tratando de recuperar lo que se perdió. Una tarde, mientras Sofía duerme la siesta, Diego y Fernanda están sentados en el pequeño balcón del apartamento. Fui al hospital hoy dice Diego. Revisé mis registros médicos del accidente y tienes razón, perdí dos años de memorias, pero hay algo más. Encontré notas de las primeras semanas después del accidente.
Mi madre le dijo a los médicos que no había nadie significativo en mi vida, que era soltero y sin compromisos. Por supuesto que lo hizo. También encontré algo interesante. Durante las primeras semanas, antes de que la amnesia se solidificara, aparentemente seguía mencionando un nombre. ¿Qué nombre?, pregunta Fernanda, aunque su corazón ya lo sabe. Fernanda, dice Diego, mirándola con intensidad. Seguía preguntando por Fernanda y cada vez que lo hacía mi madre decía que estaba confundido, que era el efecto de la medicación.
Las lágrimas llenan los ojos de Fernanda. Me estabas buscando. Alguna parte de mí siempre te ha estado buscando Diego tomando su mano. Durante 5 años he tenido este vacío en mi pecho como si faltara algo importante. Los médicos decían que era normal después de una amnesia traumática, pero no era solo la pérdida de memorias, era la pérdida de ti. Diego. He estado pensando mucho sobre esto. Continúa, Diego. Sobre nosotros. Y sé que dijiste que todavía me amas, pero yo no recuerdo nuestro amor.
No puedo recordar nuestra primera cita, nuestro primer beso, todas las cosas que hicieron que nos enamoráramos. El corazón de Fernanda se hunde. Aquí viene el rechazo, la realidad de que no puedes amar a alguien que no recuerdas. Pero dice Diego levantando su barbilla para que lo mire a los ojos, “cada día que paso contigo, cada momento que compartimos, me enamoro de ti de nuevo. No es el mismo amor que teníamos. Es nuevo, es fresco, pero es real, Fernanda.
Es tan real como cualquier cosa que haya sentido. De verdad, susurra Fernanda, apenas atreviéndose a creer. De verdad, confirma Diego. No sé qué pasará con mi madre. No sé cómo manejaremos todas las complicaciones, pero sé que quiero intentar esto. Quiero ser el padre de Sofía. Quiero estar en tu vida. Quiero ver a dónde nos lleva esto. Fernanda se lanza a sus brazos y Diego la sostiene fuerte, respirando su aroma, sintiendo cómo encaja perfectamente contra él, como si sus cuerpos recordaran lo que sus mentes no pueden.
Se besan y es como volver a casa después de un largo viaje. Es familiar y nuevo al mismo tiempo. Es todo lo que Fernanda soñó y más. Te amo. Susurra contra sus labios. Nunca dejé de amarte. Entonces, ayúdame a recordar, dice Diego, no con memorias perdidas, sino con nuevas. Ayúdame a enamorarme de ti cada día, pero su burbuja feliz no puede durar para siempre. Una semana después, mientras Diego está visitando, su teléfono suena. Es su madre. Tengo que contestar, dice Diego con una mueca.
Ha estado llamando sin parar. Ve dice Fernanda, aunque su estómago se aprieta con ansiedad, Diego se aleja al balcón para hablar. Fernanda puede ver como su expresión cambia de neutral a tensa a absolutamente furiosa. No, madre, dice Diego con voz dura. No voy a discutir esto. No, no es asunto tuyo, porque soy un adulto y puedo tomar mis propias decisiones. Te veré mañana y hablaremos de esto en persona. Cuelga y regresa adentro. Su rostro una máscara de ira contenida.
¿Cómo se enteró?, pregunta Fernanda. No lo sé, dice Diego, pero sabe que hemos estado viéndonos. Exige que vaya a la casa familiar mañana. ¿Vas a ir? Sí, dice Diego con determinación. Pero no solo vienes conmigo. Es hora de que confrontemos esto juntos. El corazón de Fernanda late con miedo. Diego, no creo que sea una buena idea. Tu madre me odia y es hora de que entienda que eso no importa, que tú y Sofía son mi familia ahora, que no puede controlarme más.
La mansión de Los Santana es exactamente como Fernanda la recuerda, imponente, fría, intimidante. Cuando entran tomados de la mano, Victoria los espera en la sala principal. Diego dice Victoria ignorando completamente a Fernanda. ¿Qué significa esto? Significa que sé lo que hiciste. Responde Diego con voz calmada, pero letal. Sé que le dijiste a Fernanda que había muerto. Sé que mantuviste a mi hija alejada de mí durante 5 años. Victoria no se inmuta. Hice lo que era necesario para protegerte.
Protegerme, ríe Diego sin humor. ¿De qué exactamente? De ella. Victoria señala a Fernanda con desprecio. De esa casa fortunas que solo quería tu dinero. Fernanda nunca me pidió un solo peso dice Diego. Crió a nuestra hija sola, sin ninguna ayuda, sin pedirme nada. Trabajó como empleada doméstica para mantenerla. ¿Cómo exactamente eso la hace una casa fortunas? Porque ahora que descubrió que estás vivo, aquí está, responde Victoria, reclamando que la niña es tuya, buscando apoyo financiero. La niña es mía, dice Diego.
Tiene mis ojos, mi sonrisa, hasta mi misma manía de morderse el labio cuando está pensando. Es mi hija y la amo. Diego, has perdido la memoria, dice Victoria cambiando de táctica. Esta mujer puede decirte cualquier cosa y tú la creerás. ¿Cómo sabes que realmente tuvieron una relación? Porque cada instinto en mi cuerpo me lo dice”, responde Diego. Porque cuando la toco siento algo que no puedo explicar, porque cuando estoy con ella siento que finalmente encontré la pieza que faltaba en mi vida.
Victoria mira a Fernanda con odio puro. “Tú hiciste esto, lo manipulaste entonces y lo estás manipulando ahora.” No, dice Fernanda, encontrando su voz y su coraje. Yo lo amé. Lo amé con todo mi ser. Y cuando pensé que había muerto, una parte de mí murió también. No vine a buscar su dinero. Vine a esta ciudad buscando un trabajo, nada más. Encontrarme con Diego fue casualidad. No creo en las casualidades, dice Victoria. Entonces, créelo o no, dice Diego.
Ya no me importa. Quiero que sepas esto, madre. Fernanda y Sofía son mi familia. Voy a ser parte de sus vidas. Voy a apoyarlas financieramente. Voy a estar presente. Voy a ser el padre que debía haber sido desde el principio. Si haces eso, amenaza Victoria, te desheredaré. Hazlo. Dice Diego sin vacilar. Ya no necesito tu dinero. Tengo mi propia práctica, mi propio éxito. Lo construí solo, sin tu ayuda. Así que adelante, déjale tu fortuna a quien quieras.
No me importa. Victoria se queda sin palabras por primera vez en su vida. Pero lo que no vas a hacer, continúa Diego, es mantenerme alejado de mi hija. Si lo intentas, voy a los medios. Le diré al mundo cómo le mentiste a una mujer embarazada sobre mi muerte. ¿Cómo mantuviste a un nieto alejado de su padre? ¿Cómo crees que eso afectará tu preciosa reputación? El rostro de Victoria se pone rojo de furia. No te atreverías. Inténtalo y descúbrelo, dice Diego.
Te estoy dando una opción, madre. Puedes aceptar a Fernanda y a Sofía. ser parte de nuestras vidas de manera civilizada o puedes rechazarnos y perderás a tu único hijo para siempre. Tú decides. Con eso Diego toma la mano de Fernanda y salen de la mansión dejando atrás una victoria atónita. En el auto, Fernanda finalmente respira. Eso fue intenso. Debió hacerse hace mucho tiempo, dice Diego. Debía haberla enfrentado así hace 5 años cuando nos rechazó. Tal vez si lo hubiera hecho, nada de esto habría pasado.
No sabemos eso, dice Fernanda. El accidente pudo haber pasado de todos modos. Tal vez, pero al menos Sofía habría conocido a su padre. Al menos tú no habrías tenido que pasar por todo sola. Estoy aquí ahora dice Fernanda apretando su mano. Estamos aquí ahora. Eso es lo que importa. Durante las siguientes semanas, Diego se integra completamente en sus vidas. le cuenta a Sofía que es su padre y para sorpresa de ambos, la niña lo acepta con facilidad, como si en algún lugar de su corazón siempre hubiera sabido.
¿Así que ahora tengo un papá? Pregunta Sofía, sus grandes ojos verdes llenos de asombro. Sí, princesa dice Diego arrodillándose frente a ella. Siento mucho no haber estado aquí antes, pero ahora estoy aquí y nunca voy a irme. ¿Me lo prometes? pregunta Sofía extendiendo su meñique. Diego engancha su meñique con el de ella. Te lo prometo. Diego insiste en apoyarlos financieramente. Le consigue a Fernanda un apartamento mejor en un barrio más seguro. Insiste en pagar la guardería de Sofía, su ropa, todo.
Fernanda resiste al principio, acostumbrada a su independencia, pero Diego es firme. Por favor, dice, “déjame hacer esto. Déjame compensar los 5 años que perdí. Déjame cuidar de mi familia. Su familia. Las palabras hacen que el corazón de Fernanda se derrita. Pero lo más importante, Diego le sugiere algo que Fernanda nunca pensó que sería posible. Vuelve a la escuela, dice una noche mientras están cenando juntos. Sofía dormida en su cuarto. Termina tu carrera de enfermería, Diego. No puedo.
Tengo que trabajar. Tengo que cuidar a Sofía. Yo puedo cuidar de Sofía insiste Diego. Y puedo pagar tus gastos mientras estudias. Es lo menos que puedo hacer. Es demasiado. Protesta Fernanda. No, dice Diego tomando sus manos. No es suficiente. Nunca será suficiente para compensar lo que perdiste. Pero déjame intentarlo. Déjame ayudarte a recuperar tus sueños. Con lágrimas en los ojos, Fernanda acepta. Seis meses después, Fernanda está de vuelta en la Universidad Nacional estudiando enfermería nuevamente. Es difícil haciendo malabares con las clases, el tiempo con Sofía y su relación creciente con Diego, pero es feliz, más feliz de lo que ha sido en años.
Diego y Fernanda se toman las cosas despacio. Él la corteja adecuadamente esta vez con cenas, flores, caminatas románticas. Es diferente de antes, pero también es hermoso. Están construyendo algo nuevo juntos. Una noche, mientras pasean por el bosque de Chapultepec, el mismo lugar donde se besaron por primera vez hace 6 años, Diego se detiene bajo un árbol iluminado. ¿Qué pasa?, pregunta Fernanda. Me dijiste que te propuse matrimonio aquí, dice Diego, en este mismo lugar. Sí, confirma Fernanda, su corazón comenzando a latir más rápido.
Bajo este árbol. Exactamente. No puedo recordar ese momento dice Diego, y hay tristeza en su voz. No puedo recordar cómo te lo pedí, qué dije, qué sentí, pero sé lo que siento ahora. se arrodilla sacando una pequeña caja de terciopelo de su bolsillo. Fernanda jadea, las lágrimas ya cayendo. Fernanda Morales dice Diego abriendo la caja para revelar un hermoso anillo de diamantes. No puedo darte el pasado, no puedo recuperar los años que perdimos, pero puedo darte el futuro.
Cásate conmigo, no por lo que fuimos, sino por lo que somos ahora, porque te amo. Me enamoré de ti de nuevo, día tras día, momento tras momento, y quiero seguir enamorándome de ti por el resto de mi vida. Sí, soyosa Fernanda. Sí, sí, mil veces sí. Diego desliza el anillo en su dedo y la besa bajo las estrellas, exactamente como lo hizo hace 6 años, creando una nueva memoria para reemplazar la que se perdió. Tres meses después se casan en una ceremonia pequeña e íntima.
Sofía es la niña de las flores, radiante en su vestido blanco. Los padres de Fernanda vienen desde San Miguel de Allende llorando de felicidad al ver a su hija finalmente conseguir el amor que siempre mereció. Para sorpresa de Diego, su padre Mauricio aparece sin victoria, quien aparentemente decidió mantener su distancia. No apruebo todo lo que tu madre hizo”, dice Mauricio en privado a Diego. “No estuve de acuerdo con muchas de sus decisiones. Fernanda parece ser una buena mujer y Sofía, Sofía es mi nieta.
Me gustaría conocerla, si me lo permites. Es un comienzo, un pequeño paso hacia la sanación familiar. Cuando el sacerdote declara a Diego y Fernanda marido y mujer, y se besan sellando sus votos, Sofía aplaude más fuerte que nadie. Ahora somos una familia de verdad, grita con alegría. Siempre fuimos una familia, dice Diego levantando a su hija en sus brazos mientras abraza a Fernanda. Solo nos tomó un tiempo encontrarnos. Dos años después, Fernanda se gradúa de la universidad con honores.
Diego, Sofía y sus padres están en la audiencia aplaudiendo con orgullo. Ha logrado su sueño finalmente. Ahora trabaja como enfermera en el mismo hospital donde Diego es pediatra. Es extraño y maravilloso trabajar juntos viendo cómo cuida a sus pequeños pacientes con el mismo amor que muestra a Sofía. Una tarde, mientras revisan expedientes juntos, Diego encuentra una vieja fotografía en uno de sus cajones. Es de ellos dos hace 7 años en su época de estudiantes. Fernanda tiene su cabeza en el hombro de Diego.
Ambos sonriendo a la cámara. Se ven tan jóvenes, tan enamorados. tan ajenos al dolor que les esperaba. ¿De dónde sacaste esto?, pregunta Fernanda, sorprendida. Estaba en mi departamento, viejo, explica Diego. Mi asistente lo encontró cuando estaba limpiando. Estaba en un libro de medicina que nunca terminé de leer. Estudian la fotografía juntos. Dos versiones más viejas y sabias de esas personas jóvenes. ¿Alguna vez desearías poder recordar?, pregunta Fernanda. Diego lo piensa por un momento, a veces, admite, me gustaría recordar nuestro primer beso, nuestra primera vez diciéndonos, “Te amo.
Me gustaría recordar cómo se sintió cuando supimos de Sofía por primera vez.” “Pero pero entonces pienso que tal vez fue una bendición disfrazada”, dice Diego. “Tuvimos que empezar de nuevo construir nuestra relación desde cero y lo que construimos ahora es fuerte porque lo elegimos. Cada día elijo amarte, no por memoria o obligación, sino porque genuinamente eres la persona más increíble que conozco. Fernanda se inclina y lo besa suavemente. Te amo. Te amo más. Imposible. Se ríen. Y en ese momento, con la fotografía de su pasado en sus manos y su futuro brillante adelante, Fernanda se da cuenta de que todo pasó como debía pasar.
El dolor, la pérdida, los años de lucha, todo los llevó a este momento. Los hizo más fuertes, más resistentes, más capaces de apreciar el amor que tienen. Esa noche, mientras arropa a Sofía en la cama, la niña pregunta, “Mami, ¿cuándo tendré un hermanito o hermanita?” Fernanda se sonroja. “¿Por qué preguntas eso?” “Porque mi amiga del kinder tiene un hermanito y se ve divertido. Y ahora que tengo papá podemos tener más bebés, ¿verdad, Diego? que está en la puerta escuchando, sonríe ampliamente.
“¿Qué opinas, mamá? ¿Debería Sofía tener un hermanito o hermanita?” Fernanda mira a su esposo, luego a su hija y sonríe. Tal vez algún día pronto. Sofía aplaude emocionada antes de acostarse feliz. Más tarde, en su propia cama, Fernanda y Diego hablan sobre el futuro, sobre quizás expandir su familia, sobre los sueños que tienen, sobre lo agradecidos que están de tener esta segunda oportunidad. Hace 5 años, dice Fernanda en la oscuridad, pensé que mi vida había terminado. Pensé que nunca volvería a ser feliz.
Y ahora pregunta Diego abrazándola más fuerte. Ahora sé que las historias de amor más grandes son las que sobreviven las pruebas más difíciles. Nosotros sobrevivimos la muerte, la amnesia, la separación y seguimos encontrándonos el uno al otro. Siempre te encontraría, promete Diego, en esta vida y en cualquier otra. Mi corazón te reconoce incluso cuando mi mente no puede. Se quedan dormidos envueltos en los brazos del otro. Dos almas que se perdieron y se encontraron de nuevo, más fuertes por el viaje.
Los años pasan. Sofía crece saludable y feliz con ambos padres presentes. Eventualmente tiene un hermanito, Mateo, quien se parece a su madre, pero tiene la personalidad traviesa de su padre. Victoria nunca se disculpa completamente, pero con el tiempo su hostilidad disminuye. Eventualmente hace pequeños gestos hacia Sofía y Mateo, regalos en cumpleaños, presencia en eventos escolares. No es perfecto, pero es algo. Fernanda y Diego construyen una vida hermosa juntos. Trabajan en el mismo hospital, crían a sus hijos con amor y cada día eligen estar juntos.
Diego nunca recupera sus memorias perdidas, pero como él siempre dice, prefiere crear nuevas memorias que estar atrapado en el pasado. En su décimo aniversario de bodas renuevan sus votos. Sofía, ahora de 14 años y Mateo de 6 son sus testigos. Toda su familia está allí, incluyendo Mauricio, quien se ha convertido en un abuelo amoroso y, sorprendentemente, Victoria, quien se ve un poco más suave con los años. Hace 12 años, dice Diego en sus votos personalizados, te conocí en una biblioteca y mi vida cambió para siempre.
Aunque no puedo recordar ese momento, sé que fue el mejor día de mi vida porque me llevó a ti. Hemos pasado por infiernos que probarían a cualquier pareja. Nos separaron, nos mintieron, nos lastimaron, pero aquí estamos todavía de pie, todavía enamorados. Y eso es porque lo que tenemos es más fuerte que la memoria. Es más fuerte que cualquier obstáculo. Es amor verdadero, Fernanda, y me siento honrado de pasarte amando por el resto de mi vida. No hay un ojo seco en la casa cuando se besan, sellando su compromiso una vez más.
Esa noche, después de que todos se han ido, Fernanda y Diego están solos en su jardín mirando las estrellas. Feliz, pregunta Diego, más de lo que jamás pensé que sería posible, responde Fernanda honestamente. Hace años, cuando pensé que te había perdido, pensé que nunca volvería a sentir alegría. Y mírame ahora. Tengo todo lo que siempre quise. ¿Tienes algún arrepentimiento? Pregunta Diego. Fernanda lo piensa, solo uno. Desearía que pudieras recordar cómo nos enamoramos la primera vez. Fue tan mágico.
Puedo no recordar la primera vez, dice Diego besando su frente. Pero me enamoré de ti por segunda vez y eso es igualmente mágico, si no más, porque esta vez lo elegí conscientemente. Esta vez sabía exactamente en lo que me estaba metiendo y te elegí de todos modos. Fernanda sonríe, su corazón tan lleno que podría explotar. Te amo, Diego Santana. Te amo, Fernanda Morales de Santana, hoy, mañana y por todos los días que nos queden. Y mientras se besan bajo el mismo cielo estrellado que los vio enamorarse hace tantos años, Fernanda sabe que esta es su verdadera historia, no la que perdieron, sino la que reconstruyeron.
Una historia de amor que sobrevivió lo imposible. Una historia de esperanza, perdón y segundas oportunidades. Una historia que demuestra que el amor verdadero nunca muere. Incluso cuando la memoria se desvanece, porque el amor vive en el corazón, no en la mente, y sus corazones siempre se han pertenecido el uno al otro a través de la pérdida, el dolor y, finalmente, el regreso triunfante al hogar. Su historia no terminó con la tragedia, solo tomó un desvío inesperado antes de encontrar su camino de regreso. Y el final, después de todo, es feliz.















