El Sicario Que Entró A Cobrar Piso — Jamás Imaginó Que Estaba Siendo Grabado Por La DEA…

El sicario que entró a cobrar piso jamás imaginó que estaba siendo grabado por la DEA. Son las 347 de la tarde del martes 14 de mayo de 2024, cuando un hombre con tatuaje de calavera en el antebrazo izquierdo empuja la puerta de cristal de la papelería San Judas en la calle Morelos número 428, colonia centro Culiacán, Sinaloa. Viste jeans negros, camisa a cuadros azul. y tenis Nike blancos. Lleva una pistola Vereta 92 FS escondida en la cintura.

Viene a cobrar 8000 pesos de cuota semanal a don Alfredo Domínguez, un señor de 59 años que lleva 23 años vendiendo cuadernos, plumas y mochilas escolares. Lo que este sicario del cártel de Sinaloa no sabe es que cada palabra que va a decir en los próximos 4 minutos está siendo grabada en audio y video de alta definición por tres cámaras ocultas instaladas por agentes de la DEA. Tampoco sabe que don Alfredo Domínguez no es un simple papelero asustado.

Es el informante más valioso que la Administración para el Control de Drogas ha tenido en México en los últimos 5 años. Y lo que va a suceder en esta papelería durante los próximos 40 minutos va a desmantelar toda una estructura criminal que opera en seis estados del país. Don Alfredo acomoda cajas de lápices de colores en el mostrador cuando escucha la puerta abrirse. Levanta la vista, reconoce al sicario inmediatamente. Es el mismo que vino hace 7 días, le dicen el chango.

T, tres hijos, una esposa, una amante, dos casas y 17 muertos confirmados en su historial criminal. Aunque la DEA sospecha que son al menos 30. El chango camina despacio entre los pasillos de la papelería, toca las libretas con los dedos, mira los precios, sonríe. Es una sonrisa que no llega a los ojos, una sonrisa que don Alfredo ha aprendido a descifrar durante 6 meses trabajando como informante. “Buenas tardes, don Alfredo”, dice el chango con voz tranquila. “¿Cómo van las ventas, don Alfredo?

Respira hondo. Tiene un pequeño micrófono pegado con cinta adhesiva bajo su camisa. Tiene una cámara oculta dentro de una calculadora sobre el mostrador. Tiene otra cámara dentro de un reloj de pared. Y tiene miedo, mucho miedo, porque si el chango descubre algo, lo van a torturar antes de matarlo. Ahí van, responde don Alfredo limpiando el mostrador con un trapo. Flojas. Ya saben, fin de mes. El chango se acerca al mostrador, apoya las manos sobre el vidrio. Don Alfredo puede ver el tatuaje de la calavera, puede ver las cicatrices en los nudillos, puede oler su colonia barata mezclada con sudor.

Me da gusto que las ventas vayan bien, dice el chango, porque necesito mi dinero completo esta semana, los 8,000 sin descuentos. Don Alfredo asiente, saca un sobre amarillo de debajo de la caja registradora. Adentro hay 8,000 pesos en billetes de 500 y 200. Los contó tres veces en la mañana bajo la mirada atenta de la agente especial Ctherine Morrison de la DEA, quien estaba sentada en la trastienda con audífonos monitoreando todo desde una laptop. Aquí está”, dice don Alfredo empujando el sobre hacia el chango.

El chango toma el sobre, lo abre, cuenta los billetes rápido, profesional. Sus dedos se mueven con la práctica de alguien que ha contado dinero sucio toda su vida. 8000 completos, confirma guardando el sobre en el bolsillo trasero de su pantalón. “Muy bien, don Alfredo, así me gusta. Sin problemas. Don Alfredo siente el sudor correr por su espalda. La camisa se le pega a la piel, pero mantiene la expresión neutral. 6 meses de entrenamiento con agentes de la DEA le han enseñado a controlar el miedo.

La semana que entra es lo mismo, pregunta don Alfredo. Es la pregunta que la agente Morrison le pidió que hiciera. Una pregunta simple, inocente, pero diseñada para hacer que el chango confirme verbalmente la extorsión continua. Claro que sí, responde el chango. Todos los martes 8000 pesos. Y si las ventas mejoran, pues hablamos de subir un poquito la cuota. Nada personal, don Alfredo. Es el negocio. Entiendo, dice don Alfredo. El chango se da vuelta para irse, pero entonces se detiene.

Se voltea otra vez hacia don Alfredo y dice algo que no estaba en el guion. Oiga, don Alfredo, usted tiene hijos. La pregunta cae como piedra en agua quieta. Don Alfredo siente que el corazón se le acelera. Sí, responde, dos ya grandes. Qué bueno, dice el chango. Porque los hijos son lo más importante, ¿verdad? Uno hace lo que sea por protegerlos. Por eso es importante que usted siga cooperando para que sus hijos no tengan problemas. Es una amenaza clara, directa, grabada en alta definición.

No se preocupe, dice don Alfredo con voz que casi no tiembla. Yo no quiero problemas. Nadie quiere problemas, responde el chango. Pero a veces los problemas llegan solos. Por eso hay que ser cuidadoso, muy cuidadoso con quién habla uno y qué dice. Sale de la papelería sin despedirse. La puerta de cristal se cierra detrás de él. Don Alfredo se queda solo en su negocio. Las manos le tiemblan, las piernas también. Se sienta en una silla detrás del mostrador antes de que se le doblen las rodillas.

En la trastienda, la agente Morrison se quita los audífonos. Tiene 38 años. Lleva 14 en la DEA. Ha trabajado en Colombia, en Perú, en Guatemala, pero nunca ha tenido un informante tan valiente como don Alfredo Domínguez. y nunca ha estado tan cerca de desmantelar una estructura tan grande del cártel de Sinaloa. Si quieres saber cómo termina esta historia, suscríbete al canal porque lo que viene va a cambiar todo lo que creías saber sobre cómo opera realmente el narcotráfico en México.

La historia de don Alfredo Domínguez como informante de la DEA comenzó 6 meses atrás, noviembre de 2023, un mes frío en Culiacán. Don Alfredo llevaba 22 años con su papelería. Vida tranquila, ganancias modestas, suficiente para mantener a su esposa Marta y para ayudar a sus dos hijos adultos que ya tenían familias propias, hasta que llegaron ellos, tres hombres. Uno de ellos era el chango. Los otros dos eran sicarios jóvenes que don Alfredo nunca volvió a ver. Entraron un martes por la tarde, igual que ahora.

Cerraron la puerta, voltearon el letrero de abierto a cerrado. Don Alfredo supo inmediatamente qué estaba pasando. Llevaba toda la vida en Culiacán. Conocía las historias. Sabía cómo funcionaba esto. “Venimos a ofrecerle protección”, dijo el chango. 6000 pesos a la semana para que nadie lo moleste, para que pueda trabajar tranquilo. Don Alfredo intentó negociar. Explicó que sus ganancias apenas alcanzaban. que tenía gastos, que la papelería no daba para tanto. El chango escuchó todo con paciencia, luego sacó su pistola, la puso sobre el mostrador, no la apuntó a don Alfredo, solo la dejó ahí visible.

Mire, don Alfredo, dijo con voz calmada, yo entiendo que el dinero está difícil, por eso le voy a dar una semana para que lo piense, pero tiene que entender algo. Esta no es una negociación, es un aviso. O paga o pasan cosas malas a su negocio, a su familia. ¿Me explico? Don Alfredo asintió. Los tres hombres se fueron. Don Alfredo se quedó mirando el espacio vacío donde había estado la pistola. Esa noche no durmió. Le contó todo a Marta.

Ella lloró. Hablaron de cerrar el negocio, de mudarse a otro estado, de pedir ayuda a la policía. Pero don Alfredo sabía que nada de eso funcionaría. La policía local estaba comprada. Mudarse significaba abandonar 22 años de trabajo y el cártel los encontraría de todas formas. Pasó la semana más larga de su vida. El siguiente martes el chango regresó. Solo don Alfredo le dio los 6000 pesos ahorros que tenía guardados para emergencias. Perfecto. Dijo el chango contando el dinero.

Así me gusta. Gente que entiende cómo funcionan las cosas. Durante tres meses, don Alfredo pagó religiosamente todos los martes 6,000es. Luego el chango subió la cuota a 8,000. Don Alfredo no protestó, solo pagó hasta febrero de 2024. Ese mes, don Alfredo tuvo que llevar a Marta al hospital. Problemas del corazón. Tres días internada, 45,000 pesos en gastos médicos. Don Alfredo vació sus ahorros, pidió prestado a sus hijos, vendió su camioneta vieja. El martes siguiente no tuvo los 8,000 pesos completos, solo tenía 5,000.

Cuando el chango llegó, don Alfredo se lo explicó todo, le mostró los recibos del hospital, le suplicó comprensión. Una semana más, solo una. El chango escuchó en silencio. Luego dijo, “Lo siento por su esposa, don Alfredo, de verdad, pero yo tengo órdenes y las órdenes son claras. ¿Usted paga completo o hay consecuencias? Don Alfredo sintió algo romper dentro de él. No era miedo, era rabia. Rabia de 22 años trabajando honestamente. Rabia de ver a su esposa enferma.

Rabia de tener que pagar a criminales mientras sus propios hijos pasaban necesidades. “Está bien”, dijo don Alfredo. “le traigo los 3000 que faltan el viernes.” El Chango negó con la cabeza. No funciona así, pero voy a ser generoso. Le doy hasta el sábado y la próxima semana paga 10,000. Los 8000 normales más los 2000 de multa por pago incompleto. Salió de la papelería dejando a don Alfredo con las manos vacías y el corazón lleno de furia. Esa noche, don Alfredo tomó una decisión, una decisión que cambiaría su vida, que pondría en riesgo todo lo que amaba, pero que finalmente le daría algo que había perdido, dignidad.

Buscó en internet, encontró el número de la oficina de la DEA en Hermosillo, Sonora, la más cercana que atendía casos en Sinaloa. Marcó con manos temblorosas. Una voz femenina contestó, “Administración para el control de drogas. ¿En qué puedo ayudarle?” Don Alfredo respiró hondo. Quiero reportar una extorsión del cártel de Sinaloa. Hubo una pausa. Luego, un momento, por favor. 3 minutos después, otra voz. Esta vez un hombre. Habla el agente especial David Chen. ¿Cuál es su nombre y ubicación?

Don Alfredo dudó. Todavía podía colgar, todavía podía fingir que fue una llamada equivocada, pero pensó en Marta en el hospital, en sus hijos preocupados, en 22 años de trabajo honesto, en la pistola del chango sobre su mostrador. “Mi nombre es Alfredo Domínguez”, dijo. “Tengo una papelería en Culiacán y necesito ayuda. La gente especial David Chen voló desde Hermosillo a Culiacán al día siguiente. No vino solo, vino con la agente especial Ctherine Morrison, experta en operaciones encubiertas con informantes civiles.

Se reunieron con don Alfredo en un motel discreto en las afueras de la ciudad. Habitación 204. Cortinas cerradas. dos agentes federales estadounidenses frente a un papelero mexicano de 59 años que apenas podía creer lo que estaba haciendo. “Señor Domínguez”, comenzó la agente Morrison, entiende que lo que está a punto de hacer es extremadamente peligroso. Si el cártel descubre que está cooperando con nosotros, lo van a matar a usted y posiblemente a su familia. Don Alfredo asintió. Lo sé, pero ya no puedo seguir así.

Prefiero morir de pie que vivir de rodillas. Morrison estudió su rostro. 22 años trabajando con informantes le habían enseñado a distinguir entre los que hablaban por miedo momentáneo y los que realmente tenían determinación. Don Alfredo pertenecía al segundo grupo. Está bien, dijo Morrison. Entonces esto es lo que vamos a hacer. Usted va a seguir pagando la cuota, va a actuar normal, pero vamos a grabar cada interacción, vamos a documentar cada pago, cada amenaza, cada nombre que mencionen, cada detalle que pueda darnos sobre cómo opera la célula.

El agente Chen abrió una maleta negra. Adentro había equipos de vigilancia, micrófonos del tamaño de una moneda, cámaras ocultas en objetos cotidianos, grabadoras de voz activadas por movimiento. “Vamos a convertir su papelería en una sala de grabación”, explicó Chen. Tres cámaras, cuatro micrófonos, todo inalámbrico, todo transmitiendo en tiempo real a un punto de monitoreo que estableceremos cerca. “¿Y si revisan mi negocio?”, preguntó don Alfredo. A veces traen gente nueva, a veces miran alrededor. Por eso usamos equipos de nivel militar, respondió Morrison.

Esta calculadora es una cámara. Este reloj de pared es otra. Este detector de humo es la tercera. Nadie va a notar nada. y usted va a llevar un micrófono personal escondido en la ropa. Durante 3 horas, los agentes explicaron el plan completo. Don Alfredo haría grabaciones durante al menos 4 meses. El objetivo no era solo atrapar al chango, el objetivo era mapear toda la estructura, identificar a los jefes, seguir el dinero, construir un caso federal sólido que pudiera desmantelar la célula completa.

Necesitamos nombres, dijo Morrison. Necesitamos caras. Necesitamos ubicaciones. Cada vez que el chango mencione a alguien, anótelo mentalmente. Cada vez que diga dónde se reúnen o dónde guardan el dinero, queremos saberlo. ¿Y mi familia? Preguntó don Alfredo. Están protegidos. Jen asintió. Vamos a tener vigilancia discreta en su casa. Vamos a monitorear cualquier amenaza y cuando tengamos suficiente evidencia antes de hacer los arrestos, vamos a sacar a su esposa y a sus hijos del país. Protección de testigos completa.

Nuevas identidades, si es necesario. Don Alfredo sintió un nudo en la garganta. Y si no, sobrevivo para verlos otra vez. Morrison lo miró directo a los ojos. Señor Domínguez, no le voy a mentir, hay riesgo, hay mucho riesgo, pero también le digo esto, usted no está solo. Vamos a estar monitoreando todo. Si vemos peligro inmediato, intervenimos. Y cuando esto termine, va a poder mirar a sus hijos a los ojos y decirles que hizo algo importante, algo que salvó vidas.

Esa noche, don Alfredo regresó a su casa. Marta estaba dormida. Se sentó junto a ella en la oscuridad del cuarto, observó su respiración tranquila. Pensó en los 35 años que llevaban juntos, en todo lo que habían construido, en todo lo que ahora arriesgaba. Le acarició el cabello con ternura. “Perdóname”, susurró. “perdóname por lo que voy a hacer.” Al día siguiente, los técnicos de la DEA instalaron todo el equipo. Trabajaron de noche, entraron como clientes normales que compraban material escolar.

Uno de ellos era experto en electrónica. En 40 minutos instaló las tres cámaras, los cuatro micrófonos y el sistema de transmisión. Todo invisible, todo funcionando perfectamente. Morrison estableció el punto de monitoreo en un departamento rentado a dos cuadras de la papelería. Desde ahí, ella y Chen se turnarían para vigilar las transmisiones en vivo. Grabarían todo, analizarían todo, construirían el caso pieza por pieza. El primer martes después de la instalación, el chango llegó como siempre. 3:47 de la tarde.

Don Alfredo ya tenía los 10,000 pesos listos, los 8000 normales más los 2000 de multa. En el departamento de monitoreo, Morrison se puso los audífonos. Chen verificó que las tres cámaras estuvieran grabando correctamente. Todo funcionaba. “Muy bien, don Alfredo”, dijo el chango contando el dinero. “Veo que aprendió la lección. Espero que no vuelva a haber retrasos. No, señor, respondió don Alfredo. No habrá más problemas. El chango guardó el dinero. Luego dijo algo inesperado. Oiga, don Alfredo, mi jefe quiere conocerlo.

Don Alfredo sintió que se le helaba la sangre. Su jefe. Sí, el que maneja toda esta zona. Le dije que usted es buen pagador, que no da problemas. Le gustaría saludarlo personalmente. Vamos a venir el viernes los dos a las 5 de la tarde, cierre temprano. Esto es privado. Morrison escuchaba todo desde el departamento. Escribió rápido en su laptop, jefe del chango. Viernes 5 pm. Oportunidad grande. Está bien, dijo don Alfredo tratando de mantener la voz firme.

Aquí los espero. El chango se fue. Don Alfredo esperó 5 minutos, luego volteó el letrero acerrado. Salió por la puerta trasera, caminó tres cuadras como le habían enseñado. Entró a una farmacia, compró aspirinas que no necesitaba, salió por otra puerta, dio dos vueltas más, verificó que nadie lo siguiera. Finalmente llegó al departamento de monitoreo. Morrison lo recibió con café caliente. Señor Domínguez, lo hizo perfecto. Perfecto. Y esto del jefe es exactamente lo que necesitábamos. ¿Quién creen que sea?, preguntó don Alfredo.

Chen mostró fotos en la laptop. Tenemos tres candidatos, operadores de nivel medio que controlan diferentes colonias de Culiacán. Necesitamos saber cuál de ellos es. Una grabación con él sería oro puro. Los días hasta el viernes fueron tortura. Don Alfredo apenas dormía. Cuando cerraba los ojos veía escenarios terribles. El jefe descubriendo las cámaras. Tortura, muerte. Marta llorando sobre su cadáver. Pero también veía otra cosa. Veía a sus nietos creciendo sin miedo. Veía un Culiacán donde los comerciantes pudieran trabajar sin pagar cuotas.

Veía justicia. El viernes llegó. Don Alfredo abrió la papelería como siempre. Atendió clientes normales toda la mañana. A las 4:30 de la tarde cerró la puerta, volteó el letrero, se sentó detrás del mostrador a esperar. En el departamento de monitoreo, Morrison y Chen no estaban solos. Habían llamado refuerzos, dos agentes más de la DEA, cuatro elementos de la Policía Federal Mexicana de confianza absoluta y un equipo de respuesta rápida esperando a seis cuadras, listos para intervenir si algo salía mal.

A las 50:04 de la tarde tocaron la puerta de cristal de la papelería. Don Alfredo se levantó, caminó despacio hacia la puerta, podía ver dos siluetas afuera. Abrió el chango, entró primero. Detrás de él venía un hombre de unos 45 años, traje negro, camisa blanca sin corbata, zapatos caros, cabello peinado hacia atrás. Rostro que don Alfredo había visto en las fotos que Chen le mostró. Era Elieser Montes, conocido como el Lechusa, segundo al mando de toda la operación del cártel de Sinaloa en Culiacán, responsable de coordinar extorsiones en 200 negocios, supervisor de 40 sicarios, enlace

directo con los líderes máximos del cártel y acababa de entrar voluntariamente a una papelería llena de cámaras ocultas de la DEA. Antes de continuar, escribe en los comentarios el país y ciudad desde donde nos estás viendo. Don Alfredo, mucho gusto dijo el Lechuza extendiendo la mano. He escuchado cosas buenas de usted. Don Alfredo estrechó la mano. Estaba fría, firme, la mano de alguien acostumbrado a dar órdenes que se cumplían sin cuestionamientos. El gusto es mío”, respondió don Alfredo.

El Lechuza caminó lentamente por la papelería, tocó las libretas, miró los estantes, se detuvo frente al reloj de pared donde estaba escondida una de las cámaras. La observó durante 5 segundos eternos. En el departamento de monitoreo, Morrison contuvo la respiración. Chen tenía la mano sobre el radio, listo para ordenar la intervención de emergencia. Bonito reloj”, dijo el Lechusa. “¿De dónde lo sacó?” “Me lo regaló mi esposa”, mintió don Alfredo. “Por nuestro aniversario.” El lechuza asintió. Se dio vuelta, caminó hacia el mostrador, se sentó en la única silla para clientes que había ahí.

El chango se quedó de pie junto a la puerta. Posición de vigilancia. Siéntese, don Alfredo”, dijo el lechuza, señalando una silla detrás del mostrador. “Hablemos como gente civilizada.” Don Alfredo se sentó. Podía sentir el micrófono pegado bajo su camisa. podía ver la calculadora con cámara oculta sobre el mostrador apuntando directamente al Lechuza. “Vine personalmente porque me gusta conocer a la gente que trabaja conmigo,”, comenzó en Lechuza. “Y sí, don Alfredo, usted trabaja conmigo ahora. Nos guste o no, así funcionan las cosas en Culiacán.” Entiendo, dijo don Alfredo.

El chango me dice que usted es puntual, que no causa problemas, que entiende cómo funciona el negocio. Eso me gusta. La gente problemática me hace perder tiempo y yo odio perder tiempo. El Lechusa sacó un cigarro, lo encendió sin pedir permiso. El humo se elevó hacia el detector de humo donde estaba la tercera cámara. Déjeme explicarle algo, don Alfredo. Yo no soy un criminal, soy un empresario. Mi negocio es ofrecer protección, servicios de seguridad, como cualquier empresa de seguridad privada, solo que más eficiente.

Morrison escuchaba cada palabra, grababa cada gesto, cada admisión, cada amenaza disfrazada de conversación cordial. Yo administro 200 negocios en Culiacán”, continuó el Lechuza. Restaurantes, talleres, tiendas, papelerías como la suya. Todos pagan, todos están protegidos. Es un sistema que funciona, todos ganan. ¿Y si alguien no quiere pagar? Preguntó don Alfredo. La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Morrison cerró los ojos en el departamento de monitoreo, demasiado directo, demasiado arriesgado, pero el lechuza solo sonríó. Buena pregunta, don Alfredo, muy buena pregunta.

¿Sabe qué pasa cuando alguien decide no cooperar? Don Alfredo negó con la cabeza. El lechuza se inclinó hacia adelante. Su rostro quedó a medio metro del de don Alfredo. Les damos oportunidades dijo con voz suave, una, dos, hasta tres oportunidades. Porque somos razonables, porque entendemos que a veces hay problemas económicos, pero si después de tres oportunidades alguien sigue negándose, entonces ya no es un problema económico, es un problema de respeto. ¿Y entonces qué pasa? Entonces respondió el lechuza apagando el cigarro en el borde del mostrador, dejando una marca negra en la madera.

Pasan cosas desafortunadas, incendios, robos, accidentes familiares, cosas que podrían haberse evitado con un poco de cooperación. Es una amenaza directa grabada en tres ángulos con audio cristalino, admisión de extorsión, admisión de violencia. suficiente para una orden de arresto federal. Pero Morrison sabía que no era suficiente todavía. Necesitaban más. Necesitaban la estructura completa. El Lechuza se levantó, caminó hacia la ventana, miró la calle. “¿Sabe cuántos negocios he tenido que cerrar en los últimos 2 años?”, preguntó sin voltear.

No, señor. 12 negocios que decidieron ser tercos, que pensaron que podían ir a la policía, que creyeron que alguien los iba a proteger. ¿Sabe dónde están esos dueños ahora? Don Alfredo no respondió. “Seis están muertos”, dijo el lechuza volteándose. Tres están desaparecidos. Los otros tres huyeron a Estados Unidos y viven escondidos como ratas. ¿Es eso lo que quiere don Alfredo? vivir como rata. No, señor. Entonces, sigamos siendo amigos. Usted paga sus 8,000 semanales. Nosotros garantizamos que su negocio esté seguro.

Nadie lo molesta, nadie lo roba, nadie le pide dinero extra. Es un trato justo. El chango se acercó al mostrador, sacó una libreta pequeña, la abrió en una página llena de nombres y números. Don Alfredo está en la lista verde”, dijo mostrándole la libreta al Lechusa. Cooperadores sin problemas. Perfecto, respondió el lechuza. Me alegro. Ve, don Alfredo, hay diferentes listas, verde, amarilla, roja. Usted quiere estar siempre en la verde, créame. ¿Qué significa estar en la roja? Preguntó don Alfredo.

El lechuza sonrió. Eso no le va a pasar a usted porque usted es inteligente. El chango guardó la libreta, luego sacó su celular, marcó un número, esperó. Jefe, habla el chango. Estoy con el Lechuza en la papelería de don Alfredo. Todo tranquilo. Sí. Ajá, entendido. Colgó, miró al Lechuza. El tiburón dice que todo bien, que sigamos con el plan para la expansión en la colonia Guadalupe. Morrison escribió rápido, Tiburón, jefe superior, expansión Guadalupe. El Lechuza asintió. Dile que mañana nos vemos en el punto acordado, 8 de la noche, que lleve los números de la semana.

El chango volvió a marcar. repitió el mensaje. Colgó. En el departamento de monitoreo, Chen ya estaba rastreando la señal del celular del chango. Triangulación, ubicación, número de la persona que contestó, todo registrado. Don Alfredo, dijo el Lechuza dirigiéndose hacia la puerta. Fue un placer conocerlo. El chango va a seguir viniendo cada martes. Usted sigue cooperando y todos contentos. ¿Alguna pregunta? Don Alfredo negó con la cabeza. Perfecto. Ah, una cosa más. Si alguien le pregunta por mí, usted no me conoce, nunca me vio.

Nunca hablamos. ¿Entendido? ¿Entendido? El Lechuza salió primero. El Chango lo siguió. Don Alfredo esperó hasta que los vio subir a un BM dulb negro estacionado a media cuadra. Esperó hasta que el carro arrancó y desapareció. Solo entonces se permitió temblar. En el departamento de monitoreo, Morrison y Chen revisaban las grabaciones. Tenían al Lechuza admitiendo extorsión, amenazando con violencia, mencionando a un superior llamado El Tiburón, confirmando una reunión para mañana a las 8 de la noche. Esto es enorme, dijo Chen.

Enorme. Con esto podemos pedir órdenes de arresto federales. Morrison negó con la cabeza. Todavía no. Necesitamos al tiburón. Necesitamos saber dónde es esa reunión. Necesitamos la estructura completa antes de movernos. Chen la miró. Kaie, el señor Domínguez está en peligro extremo. Acabamos de grabar a un capo de nivel medio. Si sospechan algo, lo matan. Lo sé, respondió Morrison, pero estamos más cerca que nunca de desmantelar toda la operación en Culiacán. Seis estados, David. Esta célula opera en seis estados.

Si agarramos solo al Lechuza, los demás se esconden. Necesitamos ir por todos al mismo tiempo. Esa noche, don Alfredo se reunió con Morrison en el departamento de monitoreo. Llegó por la ruta de siempre, verificando que nadie lo siguiera. “Señor Domínguez”, dijo Morrison, “lo que hizo hoy fue increíble. Tenemos evidencia suficiente para arrestar al Lechuza y al Chango. Entonces, háganlo, respondió don Alfredo. Por favor, ya no aguanto más esta presión. Morrison le sirvió café, se sentó frente a él.

Escúcheme bien. El Lechusa mencionó a alguien llamado el tiburón. Ese es el jefe superior, el que realmente controla todo. Si arrestamos al Lechusa ahora, el tiburón desaparece y toda la organización sigue operando con otro segundo al mando. ¿Qué quiere que haga?, preguntó don Alfredo. Necesitamos que el chango regrese el próximo martes. Necesitamos que usted lo haga hablar, que mencione dónde fue esa reunión con el tiburón, cualquier detalle, cualquier ubicación. Don Alfredo cerró los ojos. Estoy cansado. Tengo miedo.

Mi esposa me pregunta por qué estoy tan nervioso. Mis hijos notan que algo anda mal. Morrison puso su mano sobre la de don Alfredo. Una semana más, solo una. Le prometo que después de la próxima grabación sacamos a su familia, los ponemos a salvo y ejecutamos todos los arrestos. Una semana, señor Domínguez. Don Alfredo respiró profundo. Está bien, una semana. El martes siguiente llegó con lluvia. Culiacán amanecido gris. Don Alfredo abrió la papelería a las 8 de la mañana.

Como siempre había dormido 3 horas. Marta le había preparado café extra fuerte. le había preguntado si estaba enfermo. Don Alfredo había mentido. Dijo que solo estaba cansado. En el departamento de monitoreo, Morrison y Chen comenzaron su turno a las 7 de la mañana. Verificaron que las tres cámaras funcionaran, que los cuatro micrófonos estuvieran activos, que el sistema de grabación tuviera suficiente memoria. Todo perfecto. A las 3:47 de la tarde, exactamente como siempre, el chango entró a la papelería, pero esta vez no venía solo.

Traía a otro hombre, más joven, unos 25 años, tatuajes en el cuello, cicatriz en la mejilla izquierda, mirada dura, caminaba como soldado. Morrison se inclinó hacia la pantalla. ¿Quién es ese? Chen ya estaba corriendo reconocimiento facial en la base de datos. Esperaron 30 segundos. El resultado apareció. Rutilio Ochoa, leyó Chen, conocido como El Mapache. 26 años, tres arrestos previos, sicario de confianza del Lechusa, sospechoso en cinco homicidios, considerado extremadamente violento. Morrison agarró el radio. Equipo de respuesta, tenemos situación potencial.

Prepárense para intervención. En la papelería, don Alfredo sintió que el corazón se le aceleraba. El chango nunca había traído a nadie más. Esto era nuevo. Esto no estaba en el plan. Buenas tardes, don Alfredo, saludó el chango. Le presento al Mapa. Viene conmigo hoy. Mucho gusto dijo don Alfredo tratando de mantener la voz estable. El mapache no respondió, solo caminó por la papelería mirando todo. Abrió cajones, revisó debajo del mostrador, levantó cajas, miró detrás de los estantes.

Morrison observaba cada movimiento. Están buscando algo saben algo chango se acercó al mostrador. Tiene mi dinero, don Alfredo. Sí, claro. Don Alfredo sacó el sobre amarillo. 8,000 pesos. El chango tomó el sobre. Lo abrió, contó los billetes, pero no los guardó, los dejó sobre el mostrador. Oiga, don Alfredo, necesito preguntarle algo. Dígame, ¿usted ha hablado con alguien sobre nosotros, con la policía, con militares, con alguien? Don Alfredo sintió que la sangre se le helaba. No, señor, con nadie.

Yo solo quiero trabajar tranquilo. El chango lo estudió con la mirada. El mapache seguía revisando la papelería, se detuvo frente al reloj de pared, lo miró fijamente. Morrison agarró el radio. Prepárense. Si tocan ese reloj, intervenimos. El mapache pasó su mano por el marco del reloj, lo tocó, lo movió ligeramente. La cámara oculta se movió con él, pero no la vio. No la encontró. siguió caminando. Morrison soltó el aire que había estado conteniendo. Es que mire, don Alfredo, continuó el chango.

Nos llegó información de que alguien en esta zona está cooperando con autoridades, alguien está grabando conversaciones, alguien está dando información. Don Alfredo forzó una sonrisa. Pues yo no sé nada de eso. Yo solo vendo cuadernos y plumas. El chango asintió. Eso espero, porque el lechuza está muy molesto y cuando el lechuza se molesta, pasan cosas feas. El mapache terminó su inspección, regresó junto al chango, negó con la cabeza. No veo nada raro. Está bien, dijo el chango guardando finalmente el dinero.

Perdone la desconfianza, don Alfredo. Son tiempos difíciles. Hay que ser cuidadosos. Lo entiendo perfectamente. El chango caminó hacia la puerta, pero entonces se detuvo. Se volteó. Ah, casi lo olvido. El de lechusa quiere que sepa que la reunión de ayer salió muy bien. Se cerró un trato grande. Vamos a expandir operaciones a Anabolato y a Wasabe. Eso significa más negocios, más cuotas, más trabajo para todos. Morrison escribió rápido, expansión Nabolato y wasabe, confirmar. ¿Y eso me afecta a mí?

Preguntó don Alfredo. No directamente, respondió el chango. Pero el Lechuza está contento y cuando él está contento, todos estamos más seguros. La reunión fue en el rancho del tiburón. Salió todo perfecto. El rancho del tiburón. El chango se dio cuenta de que había dicho demasiado. Su expresión cambió. Olvidé que dije eso. Usted no escuchó nada. Salió rápido. El mapache lo siguió. La puerta se cerró. Jenya estaba en la computadora. Rancho del tiburón. Necesito ubicación. Cruzando bases de datos, propiedades rurales registradas en Culiacán y alrededores.

Morrison llamó inmediatamente a don Alfredo por teléfono. Código de emergencia. Salga ahora. Ruta C. Lo esperamos en 20 minutos. Don Alfredo cerró la papelería, salió por la puerta trasera, siguió la ruta que había memorizado, farmacia, vuelta a la derecha, tienda de abarrotes, vuelta a la izquierda, tres cuadras más, departamento de monitoreo, entró sudando. Morrison lo recibió. Señor Domínguez, lo hizo perfecto. El chango mencionó el rancho. Eso es exactamente lo que necesitábamos. Chen levantó la vista de su computadora.

Creo que lo encontré. Hay una propiedad de 50 hectáreas registrada a nombre de una empresa fantasma. Está a 30 km al norte de Culiacán. Las imágenes satelitales muestran una casa grande. Seguridad perimetral, vehículos de lujo. Encaja perfectamente. Morrison sonrió. Ese es el rancho del tiburón. Ahí es donde se reúnen. Ahí es donde planean las operaciones. Ahora sí van a arrestarlos, preguntó don Alfredo. Ahora sí, respondió Morrison, pero primero vamos a sacar a su familia esta noche, su esposa, sus hijos, sus nietos, todos a un lugar seguro.

Mañana ejecutamos los arrestos simultáneos. Esa noche, a las 11, dos camionetas de la DEA llegaron a la casa de don Alfredo. Marta estaba confundida, asustada. Los hijos de don Alfredo hacían preguntas que no tenían respuestas. Don Alfredo los abrazó a todos, les explicó lo mínimo, les dijo que confiaran en él, que todo estaría bien. Lo subieron a las camionetas rumbo a un hotel en Hermosillo, protección completa, agentes armados. Comunicación limitada. Don Alfredo se quedó solo en su casa.

Morrison le había dado la opción de irse también, pero él se negó. Quiero estar aquí cuando los arresten. Quiero ver sus caras. El miércoles amaneció despejado. Morrison había coordinado con la policía federal, con la fiscalía general, con elementos de élite. Tenían órdenes de arresto para 37 personas. el Lechuza, el Chango, el Mapache, 34 operadores más y si tenían suerte, al tiburón. A las 6 de la mañana, cinco equipos se movieron simultáneamente. Equipo uno, Casa del Lechuza en colonia Chapultepec.

Equipo dos, departamento del Chango en colonias recursos hidráulicos. Equipo 3, Casa del Mapache en Colonia Guadalupe. Equipo 4, Rancho del Tiburón al norte de la ciudad. Equipo 5, 15 ubicaciones adicionales de operadores menores. Morrison comandaba la operación desde una unidad móvil. Chen estaba con el equipo 4, el que iba por el tiburón. A las 6:23 de la mañana, los reportes comenzaron a llegar. Equipo uno, Lechuza arrestado, sin resistencia. Equipo dos, Chango arrestado. Intentó huir. Capturado en dos cuadras.

Equipo tres. Mapache resistió. Disparos herido. Custodia médica. Equipo cuatro. Rancho asegurado. Cinco detenidos. El tiburón no está. Repito, el tiburón no está. Morrison apretó el puño. Maldición. Chen revisaba el rancho. Encontraron computadoras, dinero en efectivo, armas, documentos, pero el jefe principal había desaparecido. Alguien le avisó, dijo Chen por radio. Alguien filtró la información. Morrison sabía que era posible. Las operaciones grandes siempre tenían ese riesgo, pero habían capturado a 36 de 37. Habían desmantelado la estructura. habían rescatado evidencia masiva.

En su casa, don Alfredo escuchó las noticias en la radio. Golpe histórico al cártel de Sinaloa en Culiacán. 36 arrestos. Se desmanteló red de extorsión que operaba en 200 negocios. Lloró. Lloró de alivio, de agotamiento, de miedo liberado. Su teléfono sonó. Era Morrison. Señor Domínguez, lo logramos. Los atrapamos. Su testimonio y sus grabaciones van a meter a esta gente a prisión por décadas. Y el tiburón se escapó. Pero lo vamos a encontrar ahora. Sabemos quién es. Tenemos su estructura, sus propiedades, sus contactos.

Es cuestión de tiempo. Puedo ver a mi familia mañana. Le prometo que mañana se reúne con ellos. Don Alfredo colgó, miró alrededor de su casa vacía, pensó en los últimos seis meses, en el miedo, en las noches sin dormir, en cada martes esperando al chango, y pensó en algo más, en que un hombre común, un simple papelero, había derrotado a un cartel. ¿Qué habrías hecho tú en su lugar? Cuéntanos en los comentarios. Don Alfredo se reunió con su familia el jueves por la tarde en un hotel de Hermosillo.

Marta lo abrazó durante cinco minutos sin soltarlo. Sus hijos tenían 1000 preguntas. Sus nietos lo miraban sin entender por qué el abuelo había hecho algo tan peligroso. Papá, dijo su hijo mayor Roberto, “¿Cómo pudiste arriesgar todo así? ¿Y si te mataban?” Don Alfredo miró a sus nietos jugando en la habitación del hotel porque quiero que ellos crezcan en un México diferente, un México donde nadie tenga que pagar cuotas para trabajar honestamente. Los juicios comenzaron tres meses después.

Don Alfredo testificó en todos. Protegido por mamparas, voz distorsionada, identidad oculta. Pero su testimonio fue devastador. Las grabaciones se reprodujeron en la corte. En lechuza admitiendo extorsión, amenazando con violencia, el chango cobrando las cuotas, el mapache revisando la papelería, todo grabado, todo documentado, imposible de negar. El Lechuza fue sentenciado a 45 años de prisión federal, el Chango a 38 años, el mapache a 40 años más cargos por intento de homicidio contra los agentes que lo arrestaron. Los otros 33 recibieron sentencias entre 15 y 35 años, pero el tiburón seguía libre.

Morrison nunca dejó de buscarlo. Dedicó dos años completos a rastrear cada pista, cada propiedad, cada contacto. Chen se unió a la cacería, analizaron las computadoras del rancho, descifraron comunicaciones encriptadas, siguieron movimientos financieros. En enero de 2026 recibieron un soplo. El tiburón estaba escondido en Mazatlán. Vivía bajo identidad falsa. trabajaba como gerente de un hotel frente al mar. Morrison coordinó el operativo personalmente. 20 agentes, apoyo de fuerzas especiales mexicanas, plan de captura sin disparos. Querían al tiburón vivo.

El 8 de enero a las 5 de la mañana rodearon el hotel. Morrison entró primero, subió al tercer piso. Habitación 304. Tocó la puerta. Servicio de habitaciones. La puerta se abrió. Un hombre de 52 años con barba cana y lentes. Parecía un turista cualquiera, pero Morrison reconoció los ojos. Los había estudiado en fotografías durante dos años. Herberto Parra, también conocido como el tiburón, está arrestado. El hombre intentó cerrar la puerta. Morrison la bloqueó. Cinco agentes entraron detrás de ella.

Lo esposaron, lo leyeron sus derechos, lo sacaron del hotel mientras huéspedes miraban confundidos. Morrison llamó a don Alfredo esa misma mañana. Señor Domínguez, cerramos el círculo, atrapamos al último. Don Alfredo estaba en su nueva vida, nueva ciudad, nueva identidad. Había abierto otra papelería en Querétaro, pequeña, tranquila, sin amenazas, sin miedo. Gracias, agente Morrison. Gracias por cumplir su promesa. No, señor Domínguez, gracias a usted. Sin su valor, nada de esto hubiera sido posible. El juicio del tiburón fue el más mediático.

Los medios cubrieron cada día. La fiscalía presentó evidencia de 200 negocios extorsionados, 15 homicidios ordenados, operaciones en seis estados, ganancias ilegales de 80 millones de pesos anuales. Don Alfredo testificó nuevamente, esta vez sin distorsión de voz, esta vez mostrando su rostro. Ya no tenía que esconderse. La célula completa estaba destruida. miró al tiburón directo a los ojos desde el estrado. Usted y su gente me quitaron 6 meses de paz. Seis meses donde no pude dormir, donde mi esposa lloraba sin saber por qué, donde mis hijos se preocupaban, pero no me quitaron mi dignidad y al final la dignidad ganó.

El tiburón fue sentenciado a cadena perpetua, 60 años sin posibilidad de reducción. Morrison se retiró de la DEA 2 años después, 22 años de servicio. Pero el caso de don Alfredo Domínguez fue el que marcó su carrera, el que demostró que los ciudadanos comunes podían derrotar al crimen organizado cuando tenían apoyo correcto. Escribió un libro sobre el caso, cambió nombres, protegió identidades, pero contó la historia completa. volvió texto de estudio en academias de policía, en entrenamientos de la DEA, en cursos de investigación criminal.

Don Alfredo nunca regresó a Culiacán. Su papelería en Querétaro prosperó. Se volvió lugar de reunión del barrio. Los clientes lo querían, lo respetaban. Algunos sabían su historia, otros solo veían a un señor amable que vendía cuadernos. En 2027, la Secretaría de Gobernación de México le otorgó un reconocimiento especial, medalla al valor civil, ceremonia privada por razones de seguridad, pero reconocimiento oficial. Don Alfredo llevó a Marta. Ella sostuvo su mano durante todo el evento. El secretario leyó su historia, omitió detalles clasificados, pero reconoció su contribución.

Alfredo Domínguez representa lo mejor de México, un ciudadano que se negó a ser víctima, que arriesgó todo por justicia, que confió en las instituciones cuando muchos habían perdido la fe. Su valor salvó 200 negocios, protegió a cientos de familias y demostró que sí podemos ganar esta guerra. El aplauso duró 3 minutos. Esa noche en su hotel, Marta le preguntó, “¿Valió la pena todo el miedo? ¿Todo el riesgo?” Don Alfredo miró por la ventana. Pensó en los seis meses de terror, en cada martes esperando al chango, en la pistola del Lechuza sobre su mostrador, en las amenazas del mapache.

Pero también pensó en otra cosa. Pensó en los 200 comerciantes que ya no pagaban cuotas, en las familias que dormían tranquilas, en los niños que crecían sin miedo, en el mensaje que había enviado. Los criminales no son invencibles. Sí. respondió. Valió cada segundo. En Culiacán la colonia centro cambió. Los comerciantes formaron asociaciones, instalaron cámaras de vigilancia, crearon redes de comunicación, denunciaban amenazas inmediatamente. Las autoridades respondían más rápido. No era perfecto. El crimen organizado seguía existiendo, pero ya no controlaban todo.

Ya no operaban con impunidad absoluta. La papelería San Judas en la calle Morelos 428 cerró. Don Alfredo nunca regresó. Pero los vecinos pusieron una placa pequeña afuera. Aquí operó un héroe anónimo, un ciudadano que se negó a rendirse, que eligió la dignidad sobre el miedo, que nos enseñó que sí podemos ganar. Morrison visitó la placa en 2028, tomó una fotografía, la envió a don Alfredo por mensaje encriptado. Don Alfredo la miró durante largo rato. Lloró. Marta lo abrazó.

hiciste algo importante”, le dijo ella, “algo que va a inspirar a otros.” Y así fue. En los años siguientes, 47 comerciantes en diferentes estados contactaron a la DEA. Querían hacer lo mismo. Querían grabar extorsiones, querían testificar. Querían ser como don Alfredo. No todos tuvieron el mismo valor, no todos pudieron aguantar la presión, pero 12 de ellos sí. 12 comerciantes que se convirtieron en informantes, que ayudaron a desmantelar células criminales, que recuperaron sus comunidades. Morrison coordinó varios de esos casos.

Cada vez pensaba en don Alfredo, en el papelero de 59 años que cambió todo. En 2029, don Alfredo cumplió 65 años. jubiló de la papelería, le dejó el negocio a su hijo menor, decidió dedicarse a sus nietos, a viajar con Martha, a vivir la vida que había arriesgado. Morrison lo llamó para felicitarlo. ¿Cómo se siente, señor Domínguez? ¿Algún arrepentimiento? Ninguno, respondió don Alfredo. Hice lo correcto. Dormí con miedo durante 6 meses, pero ahora duermo en paz para siempre.

Los nietos de don Alfredo crecieron sin saber toda la historia. Solo sabían que el abuelo era especial, que había hecho algo importante. Los detalles llegarían cuando fueran mayores. Marta murió en 2031, diabetes, complicaciones cardíacas. Don Alfredo estuvo con ella hasta el final, le sostuvo la mano, le agradeció por apoyarlo, por creer en él, por no dejarlo rendirse. En el funeral, Morrison viajó desde Estados Unidos. Se sentó en la última fila. No quiso llamar atención, pero quería estar ahí.

Después de la ceremonia se acercó a don Alfredo. Lamento su pérdida. Marta era una mujer extraordinaria. Lo era, respondió don Alfredo. Ella fue mi fuerza. Sin ella nunca hubiera tenido el valor. Se abrazaron dos personas unidas por una misión que había cambiado vidas. Don Alfredo vivió hasta los 81 años. Murió en 2045. Rodeado de familia, en paz, sin miedo. En su funeral, el gobierno de México envió representante oficial. Leyeron un comunicado. Alfredo Domínguez ejemplificó el mejor civismo mexicano.

Su legado inspira a generaciones. Demostró que un ciudadano puede cambiar el rumbo de la historia. Morrison no pudo asistir. Estaba enferma. Cáncer, pero envió carta que leyó el hijo de don Alfredo. Trabajé con cientos de informantes, ninguno como Alfredo. Su valor no venía de entrenamiento, venía de amor. Amor a su familia, a su comunidad, a su país. México necesita más Alfredos. El mundo necesita más Alfredos. Descansa en paz, amigo mío. Ganamos. La historia de don Alfredo Domínguez se volvió leyenda.

No en periódicos, no en televisión, pero en academias de policía, en entrenamientos de investigadores, en manuales de operaciones encubiertas. Se volvió el caso modelo, el ejemplo perfecto de cómo ciudadanos y autoridades pueden trabajar juntos, de cómo el valor de uno puede inspirar a muchos. Las grabaciones de la papelería San Judas siguen siendo material clasificado. Solo personal autorizado puede verlas, pero los que las han visto dicen lo mismo. Muestran a un hombre común enfrentando monstruos y ganando. 30 años después de aquella tarde del 14 de mayo de 2024, la colonia Centro de Culiacán organizó ceremonia conmemorativa.

Invitaron a los hijos de don Alfredo, a sus nietos, a Morrison, que a sus 68 años viajó una última vez a México. Develaron estatua pequeña, un hombre detrás de mostrador vendiendo cuadernos, título simple: Al valor cotidiano. El nieto mayor de don Alfredo, que ahora tenía 25 años y estudiaba derecho, dio discurso. Mi abuelo no era soldado, no era policía, era papelero, pero tuvo más valor que muchos con armas, porque el verdadero valor no es ausencia de miedo, es hacer lo correcto a pesar del miedo.

La plaza aplaudió comerciantes actuales, familias jóvenes, niños que nunca conocieron a don Alfredo, pero que vivían en ciudad más segura gracias a él. Morrison se acercó a la estatua. Tocó la mano de bronce, recordó la primera llamada, la voz temblorosa de don Alfredo. Necesito ayuda. Y recordó lo último que le dijo antes de morir. Habían hablado por teléfono. Morrison sabía que don Alfredo estaba grave. Agente Morrison le había dicho don Alfredo con voz débil. ¿Cree que hice diferencia, señor Domínguez?

había respondido Morrison llorando. Usted cambió todo y era verdad, porque el caso de don Alfredo Domínguez demostró algo fundamental, que el crimen organizado no gana cuando tiene armas, gana cuando los ciudadanos se rinden, cuando aceptan el miedo como normal, cuando dejan de creer que pueden cambiar las cosas. Don Alfredo nunca se rindió, nunca aceptó, nunca dejó de creer y por eso ganó.