Bajo las calles de Ciudad de México podría esconderse la fortuna más codiciada de la historia. Un tesoro que convirtió en fantasmas a quienes intentaron robarlo y que lleva 500 años esperando salir a la luz. Todo comenzó una noche de 1520. La fecha exacta era el 30 de junio. Esa madrugada cambiaría para siempre el destino de un imperio y daría origen a una de las leyendas más enigmáticas que existen. Imagina la escena. Cientos de hombres corriendo desesperados por calzadas estrechas rodeadas de agua.

El sonido de los tambores de guerra resonando en la oscuridad. El peso del oro hundiéndose en el lago y gritos, muchísimos gritos. Aquella noche, Hernán Cortés y sus hombres huyeron de Tenochtitlan, llevando consigo toneladas de oro saqueado, pero algo salió terriblemente mal. Los mexicas los estaban esperando. La emboscada fue brutal. Los conquistadores comenzaron a caer uno tras otro, arrastrados hacia el fondo del lago por el peso de las riquezas que llevaban encima. El oro que habían robado se convirtió en su condena.

Algunos historiadores calculan que esa noche se perdieron cantidades incalculables de tesoros. Joyas ceremoniales, máscaras de dioses, lingotes recién fundidos. Todo desapareció en las aguas oscuras de los canales. Durante siglos, esta historia se contó como una leyenda. Los cronistas españoles hablaban de aquel desastre, pero muchos creían que exageraban. Después de todo, no había pruebas, nada tangible, solo palabras escritas en documentos antiguos que con el tiempo comenzaron a parecer más ficción que realidad. Pero hay algo que nadie podía imaginar.

Bajo el asfalto de una de las ciudades más grandes del mundo, la evidencia estaba ahí esperando, silenciosa, enterrada a varios metros de profundidad. Y entonces ocurrió algo extraordinario. Era el año 1981. Un grupo de trabajadores realizaba excavaciones rutinarias en pleno centro histórico de la capital mexicana, muy cerca de la Alameda central. De repente, sus palas chocaron con algo. No era una piedra, no era cerámica, era metal, pesado, dorado, brillante, incluso después de 500 años bajo tierra. Lo que sacaron de ese agujero dejó a todos sin palabras.

Una barra de oro, un lingote macizo, pesaba casi 2 kg. Sus dimensiones eran perfectas, como si hubiera sido moldeado con cuidado, pero lo verdaderamente impactante no era el objeto en sí, sino donde había aparecido. Ese lugar coincidía exactamente con la ruta que habían seguido los conquistadores durante su huida, la ruta de la llamada Noche Triste. Los arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia comenzaron a investigar de inmediato. Según los primeros análisis, aquel lingote podría ser auténtico.

Pero había un problema. En los años 80, la tecnología disponible no permitía confirmar con certeza su procedencia, así que la barra quedó guardada, catalogada, estudiada superficialmente, pero sin respuestas definitivas. Durante cuatro décadas, ese trozo de oro permaneció como un enigma. un objeto que parecía salido directamente de las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, pero sin poder demostrarlo. Muchos especulaban, algunos decían que era un engaño, otros juraban que era la prueba que faltaba. Nadie lo sabía con seguridad.

Hasta hace poco, investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México decidieron volver a analizar la pieza, esta vez utilizando técnicas mucho más avanzadas. Fluorescencia de rayos X. Análisis químico detallado. Comparación con muestras de otros objetos prehispánicos. Los resultados fueron definitivos y absolutamente sorprendentes. La composición del lingote era 70% oro, 208% plata y 3% cobre. Esta proporción metálica era prácticamente idéntica a la que tenían los objetos ceremoniales mexicas de aquella época. Pero había más. Las características físicas coincidían perfectamente con las descripciones que dejaron los cronistas sobre cómo los españoles fundían las piezas sagradas para convertirlas en lingotes transportables.

Todo encajaba. Por primera vez, en 500 años teníamos en nuestras manos evidencia física de uno de los episodios más dramáticos de la conquista. Aquella barra no era solo oro, era un testigo silencioso de una tragedia, de codicia, de resistencia, de un tesoro perdido que podría ser mucho más grande de lo que nadie había imaginado. Porque si pensamos con lógica, surge una pregunta inevitable. Si encontraron una sola barra después de tanto tiempo, ¿cuántas más podrían estar todavía ahí abajo?

Enterradas, olvidadas. esperando. Algunos expertos sostienen que durante la noche triste se perdieron cantidades verdaderamente impresionantes de riquezas. No hablamos solo de lingotes, hablamos de obras de arte ceremoniales, máscaras incrustadas con jade, tocados de plumas y oro, objetos que para los mexicas no eran simples adornos, sino piezas sagradas conectadas con sus dioses. El saqueo de estos tesoros no fue solo un robo material, fue un sacrilegio. Y aquí es donde la historia se vuelve aún más inquietante. Según relatos populares transmitidos durante generaciones, aquel oro estaba maldito.

Los pueblos indígenas creían firmemente que quienes se apropiaran de esos objetos sagrados sufrirían consecuencias terribles, desgracias inexplicables, muertes violentas, locura. Diversos trabajos de investigación histórica han documentado que muchos de los soldados españoles que lograron escapar con oro aquella noche encontraron finales trágicos en los meses siguientes. Coincidencia o no, las leyendas sobre la maldición se extendieron rápidamente. Incluso después de la caída definitiva de Tenoch Titlan en 1521, hay quienes creen que las riquezas recuperadas no trajeron prosperidad a sus nuevos dueños.

Traiciones, intrigas, enfermedades repentinas. La lista de desgracias asociadas al tesoro Mexica es larga y perturbadora. Bernal Díaz del Castillo, uno de los cronistas más confiables de la conquista, narró cómo varios de sus compañeros murieron en circunstancias extrañas después de cargar con oro durante la huida. Según ciertos relatos antiguos, algunos soldados enloquecieron, otros simplemente desaparecieron. Sus cuerpos nunca fueron encontrados. Esta creencia en la maldición mantuvo alejados durante siglos a muchos buscadores de tesoros. Muy pocos se atrevieron a excavar sistemáticamente en busca de los restos del botín perdido.

El miedo era real, tangible, y en cierto modo ese temor protegió el tesoro mejor que cualquier guardia. Pero volvamos al presente, al descubrimiento de esa barra en 1981. Su aparición no solo confirmó que los relatos eran ciertos, también abrió una puerta fascinante hacia nuevas posibilidades. Estudios publicados en revistas de divulgación arqueológica como Arqueología mexicana sugieren que la zona donde se encontró el lingote era parte de una ruta estratégica de escape, una calzada que conectaba el centro ceremonial de Tenochtitlan con tierra firme.

Los mapas antiguos muestran que esa área estaba llena de canales, puentes estrechos, lugares perfectos para una emboscada. Y efectivamente las crónicas españolas describen como los guerreros mexicas destruyeron varios de esos puentes, justo cuando los conquistadores intentaban cruzarlos. El caos fue total. Hombres y caballos cayendo al agua, el oro hundiéndose, la oscuridad absoluta. Ahora imagina esto. Si en ese punto específico apareció una barra, ¿qué más podría haber en las proximidades? Investigaciones de campo realizadas por equipos de la región, incluyendo universidades locales y centros especializados, han documentado que el subsuelo del centro histórico de Ciudad de México es un verdadero laberinto arqueológico.

Cada excavación para construir el metro o edificios nuevos revela sorpresas, templos ocultos, ofrendas, objetos cotidianos y posiblemente más fragmentos del tesoro perdido. El problema es que excavar en una megalópolis moderna presenta desafíos enormes. No puedes simplemente cerrar calles y ponerte a buscar oro como en una película de aventuras. Hay infraestructura, millones de personas viviendo encima, edificios históricos que no puedes dañar. Algunos investigadores, basándose en dataciones por carbono y análisis cerámico, proponen que existen al menos tres o cuatro zonas potenciales donde podrían encontrarse más lingotes, pero llegar hasta ellas requiere planificación cuidadosa, permisos, presupuesto y tiempo.

Mientras tanto, el lingote descubierto sigue siendo estudiado. Cada análisis revela detalles nuevos. Por ejemplo, hay registros iconográficos y estratigráficos que apuntan a que el oro utilizado para crear esa barra provenía originalmente de varias piezas ceremoniales diferentes. Los mexicas eran maestros orfebres, sus técnicas eran sofisticadas. Conocían perfectamente las proporciones adecuadas de metales para crear aleaciones resistentes y hermosas. Cuando los españoles fundieron esos objetos para convertirlos en lingotes, destruyeron siglos de conocimiento artístico. Pero irónicamente esa misma destrucción dejó huellas químicas que ahora nos permiten rastrear el origen de los materiales.

Diversos trabajos académicos y reportes de campo coinciden en que la plata presente en el lingote tiene características propias de minas ubicadas en lo que hoy es el estado de Guerrero. cobre, por su parte, probablemente venía de Michoacán. Esto significa que el oro Méxica no era local, era producto de un complejo sistema de comercio que abarcaba enormes distancias, tributos de pueblos sometidos, intercambios con culturas lejanas, una red económica que los españoles apenas comenzaban a comprender cuando irrumpieron violentamente en ella.

El descubrimiento de este lingote también ha reavivado debates sobre la cantidad exacta de oro que Moctezuma entregó inicialmente a Cortés. Las cifras varían según la fuente. Algunos cronistas hablan de habitaciones enteras llenas de tesoros. Otros son más conservadores, pero todos coinciden en algo. Era mucho, una fortuna incalculable para los estándares de la época. Y todo eso se perdió en una sola noche. Bueno, no todo, porque si una barra sobrevivió 500 años enterrada, lógicamente debe haber más. Existen teorías alternativas defendidas por arqueólogos independientes que interpretan estos restos como solo una pequeña fracción del total.

Algunos calculan que se perdieron entre 5 y 10 toneladas de oro aquella noche. Otros hablan de cifras aún superiores. La versión popular cuenta que parte de ese tesoro fue recuperado por los propios mexicas después de la batalla, que lo escondieron en lugares secretos para protegerlo de futuros saqueos. Científicamente, sin embargo, no hay consenso sobre esto. No existen pruebas documentales claras, pero la lógica sugiere que los guerreros victoriosos habrían recogido al menos parte del botín recuperado de los canales.

Donde quedó sumergido ese oro durante la huida de los conquistadores, ahora se levanta una estación de metro. Miles de personas pasan diariamente sobre esos túneles sin sospechar que bajo sus pies podría reposar una fortuna que cambió el rumbo de la historia. Pero la historia del tesoro perdido de Tenoch Titlan tiene capítulos que aún no hemos contado. En los archivos del Vaticano existe un documento fechado en 1522 que resulta inquietante. Una carta del obispo Fray Juan de Sumárraga dirigida al emperador Carlos V.

En ella menciona algo extraño. Habla de conquistadores que llegaban a confesarse atormentados por pesadillas, soldados que juraban escuchar voces provenientes del agua durante las noches. Algunos investigadores sostienen que estas confesiones podrían estar relacionadas con el trauma de aquella fuga desesperada. Pero los indígenas tenían otra explicación. Creían que los espíritus de los objetos sagrados llamaban desde el fondo de los canales. La cosmogonía mexica era compleja. Para ellos, los metales preciosos no eran simples materiales, tenían alma propia. El oro representaba las lágrimas del sol, la plata, la sangre de la luna.

Cuando los españoles fundieron las máscaras ceremoniales y los tocados de los dioses para crear lingotes, según ciertos relatos antiguos, rompieron un equilibrio espiritual que llevaba siglos manteniéndose. Hay quienes creen que esa profanación desató una maldición que persiguió a los saqueadores hasta sus últimos días. Pedro de Alvarado, uno de los lugarenientes más cercanos a Cortés, sufrió heridas graves durante la noche triste. Aunque logró escapar con vida, diversos trabajos académicos documentan que nunca se recuperó completamente. Cjeaba de una pierna que había resultado fracturada al caer desde un puente destruido mientras huía cargado de oro.

Los curanderos indígenas de la época interpretaban estas lesiones como castigos divinos. una marca física de la transgresión cometida, pero el caso más perturbador es el de Gonzalo de Sandoval. Estudios publicados en revistas de divulgación arqueológica han rastreado su historia posterior a la conquista. Sandoval había logrado salvar una cantidad considerable de tesoros durante la huida. Sin embargo, en los años siguientes desarrolló una obsesión enfermiza con el agua. evitaba cruzar ríos, no podía dormir si escuchaba el sonido de lluvia.

Sus contemporáneos describían episodios en los que despertaba gritando que veía rostros en los reflejos acuáticos. Murió joven en circunstancias que los médicos de la época no supieron explicar. Investigaciones de campo realizadas por equipos regionales han encontrado evidencias curiosas en documentos notariales del siglo X. Al menos 12 soldados que participaron en la noche triste vendieron rápidamente cualquier oro que hubieran logrado conservar. Las escrituras de venta incluían cláusulas extrañas. Algunos especificaban que el comprador debía hacerse responsable de cualquier desgracia asociada a los metales.

Otros exigían que las transacciones se realizaran en lugares sagrados cristianos como si buscaran protección divina. Existe una teoría alternativa defendida por arqueólogos independientes que interpreta estos comportamientos desde una perspectiva psicológica moderna. Sostienen que los conquistadores podrían haber desarrollado lo que hoy conocemos como trastorno de estrés postraumático. La experiencia de ver morir a compañeros ahogados por el peso del oro que llevaban encima habría sido devastadora. El metal precioso se habría convertido en un recordatorio constante de la tragedia.

Pero hay otro aspecto de esta historia que resulta fascinante. La versión popular cuenta que algunos guerreros mexicas lograron rescatar parte del tesoro perdido antes de que se hundiera completamente. Según registros iconográficos y estratigráficos, los canales de Tenochtitlan no eran muy profundos en ciertas zonas. Un hombre podía tocar el fondo con los pies. Durante los días posteriores a la batalla, mientras los españoles se reorganizaban en Txcala, los mexicas habrían tenido tiempo suficiente para recuperar al menos una parte del botín.

Científicamente, no hay consenso sobre qué cantidad pudo ser rescatada. Los cronistas españoles obviamente no documentaron estas operaciones de rescate, pero la lógica sugiere que los mexicas no habrían desperdiciado la oportunidad de recuperar sus objetos sagrados. Diversos trabajos de campo coinciden en que el conocimiento indígena sobre el sistema lacustre era incomparablemente superior al de los invasores. Sabían exactamente dónde buscar y aquí surge una posibilidad intrigante. Algunos investigadores, basándose en análisis cerámico y dataciones por carbono de objetos encontrados en excavaciones recientes, proponen que parte de ese oro rescatado pudo haber sido ocultado en catch secretos distribuidos por toda la región.

Los mexicas tenían tradición de enterrar tesoros durante épocas de crisis. Existen evidencias arqueológicas de depósitos ceremoniales en lugares tan diversos como el templo mayor y sitios remotos en las montañas circundantes. Hace apenas 3 años, durante las obras de ampliación de la línea 12 del metro, los trabajadores encontraron algo extraordinario cerca de la estación Mixcoac. No era oro, esta vez era obsidiana. Cientos de navajas rituales perfectamente conservadas envueltas en restos de tejido que los análisis químicos fecharon en el siglo XV.

Pero lo verdaderamente sorprendente era su disposición. Estaban organizadas en patrones geométricos complejos, siguiendo orientaciones astronómicas precisas. Los arqueólogos de Lina interpretaron el hallazgo como una ofrenda de emergencia, algo creado apresuradamente durante los últimos días del Imperio Mexica. La obsidiana había sido el equivalente prehispánico del acero. Armas sagradas, instrumentos de poder. Encontrar tantas piezas juntas sugería una ceremonia de gran importancia. Una despedida ritual, un intento desesperado de proteger los objetos más sagrados del saqueo inminente. Hay quienes creen que este descubrimiento es solo la punta del iceberg.

Si los mexicas ocultaron obsidiana ceremonial, lógicamente también habrían escondido oro. Pero hacerlo requería conocimientos especiales, lugares seguros, sistemas de mercado que permitieran encontrar los tesoros en el futuro. Trabajos de campo modernos han identificado al menos seis ubicaciones en el centro histórico, donde los patrones de construcción prehispánicos sugieren la existencia de estructuras ocultas. La tecnología actual permite hacer algo que era impensable hace décadas. Escaneo con radar de penetración terrestre. Análisis magnético del subsuelo. Mapeo tridimensional de anomalías subterráneas.

Estudios recientes realizados por la UNAM han detectado cavidades inexplicables bajo algunas de las calles más antiguas de la capital. Espacios que no corresponden a infraestructura moderna, huecos que podrían ser cámaras selladas desde hace 500 años. El problema sigue siendo el mismo. Excavar en el corazón de una megalópolis de más de 9 millones de habitantes no es sencillo, pero la tecnología está abriendo ventanas nuevas, perforaciones mínimamente invasivas, cámaras microscópicas, sensores que pueden detectar composiciones metálicas a metros de profundidad sin necesidad de excavaciones masivas.

Y mientras tanto, cada año aparecen pistas nuevas. Pequeñas, fragmentarias, pero constantes. Un anillo de cobre con grabados prehispánicos durante las obras del aeropuerto. Restos de textiles teñidos con cochinilla en una construcción cerca del zócalo. Piedras talladas con símbolos que aún no han sido completamente decifrados. Cada hallazgo alimenta la esperanza de que el gran tesoro perdido de la noche triste sigue ahí abajo esperando, custodiado por el tiempo y el olvido, protegido tal vez por esa antigua maldición que convirtió en fantasmas a quienes se atrevieron a profanar los objetos más sagrados de una civilización que se negó a desaparecer completamente.

Lo que nadie esperaba encontrar en 2018 cambiaría para siempre nuestra comprensión de los tesoros perdidos de Tenoch Titlan. Un hallazgo tan extraordinario que algunos expertos prefieren mantenerlo en silencio hasta confirmar su autenticidad. Durante las excavaciones para la construcción de un complejo comercial en pleno corazón de la capital mexicana, los trabajadores desenterraron algo completamente inesperado. No era una barra de oro. Esta vez era mucho más valioso desde el punto de vista arqueológico. Un cofre de madera petrificada, pequeño, del tamaño de una caja de zapatos, pero lo que contenía en su interior desafió todas las teorías existentes sobre el destino final del tesoro azteca.

Según arqueólogos del INAC y de la UNAM, las excavaciones más recientes apuntan a que este cofre había sido enterrado deliberadamente con cuidado. Envuelto en mantas de algodón que los análisis de carbono dataron entre 1520 y 1530. Los patrones de enterramiento seguían rituales, específicamente mexicas, no españoles. Dentro del cofre había algo que dejó perplejos a los investigadores. Fragmentos de oro trabajado, pero no lingotes como el encontrado en los años 80. Estas piezas conservaban parte de su forma original, un fragmento de lo que parecía ser una máscara ceremonial, un pedazo de tocado con incrustaciones de jade y lo más sorprendente de todo, un pequeño disco solar grabado con jeroglíficos que aún no han sido completamente descifrados.

Diversos trabajos académicos y reportes de campo coinciden en que la composición de estos fragmentos es idéntica a la del lingote de 1981. la misma aleación, las mismas proporciones de plata y cobre, pero estos objetos nunca habían sido fundidos completamente. Alguien los había rescatado antes de que los españoles pudieran convertirlos en barras transportables. La versión popular cuenta que durante los días posteriores a la noche triste, grupos de sacerdotes mexicas organizaron expediciones secretas de rescate. Científicamente, sin embargo, no hay consenso sobre la escala de estas operaciones.

Lo que sí está claro es que alguien con conocimientos profundos sobre los rituales aztecas enterró estos objetos siguiendo protocolos muy específicos. Hay registros iconográficos y estratigráficos que apuntan a que el lugar del enterramiento no fue elegido al azar. Estaba ubicado exactamente en la intersección de dos calzadas importantes del antiguo Tenochtitlan. Un punto que habría tenido significado astronómico y religioso para los mexicas, como si hubieran creado un mapa invisible para generaciones futuras. Pero aquí es donde la historia se vuelve verdaderamente fascinante.

Algunos investigadores, basándose en dataciones por carbono y análisis cerámico, proponen que este cofre es solo uno de muchos, una red de depósitos secretos distribuidos estratégicamente por toda la antigua ciudad, cada uno marcado con señales que solo los iniciados mexicas habrían sabido interpretar. Estudios publicados en revistas de divulgación arqueológica como Arqueología mexicana sugieren que los sacerdotes aztecas tenían un plan de contingencia mucho más sofisticado de lo que nadie había imaginado. No se trataba solo de esconder oro para protegerlo del saqueo.

Era un intento sistemático de preservar los objetos más sagrados de su civilización para el futuro. Los análisis del disco solar encontrado en el cofre han revelado detalles asombrosos. Los jeroglíficos no son simplemente decorativos, parecen ser instrucciones coordenadas, referencias a otros lugares donde podrían estar ocultos tesoros similares. Es como si los mexicas hubieran creado un código secreto grabado en oro. Investigaciones de campo realizadas por equipos regionales han identificado patrones curiosos. En otros hallazgos menores de los últimos años, pequeños objetos de cobre con grabados similares aparecidos en excavaciones aparentemente no relacionadas.

Un anillo encontrado durante las obras del nuevo aeropuerto. Un amuleto descubierto en las ruinas de un convento del siglo X. Todos comparten elementos iconográficos con el disco del cofre. La hipótesis que está tomando fuerza entre ciertos especialistas es verdaderamente extraordinaria. Sostienen que los mexicas no solo rescataron parte del tesoro perdido durante la noche triste, también redistribuyeron objetos sagrados que ya tenían guardados en templos y palacios, creando una red de escondites que abarcaba toda la región del Valle de México.

Existen teorías alternativas defendidas por arqueólogos independientes que interpretan estos hallazgos como evidencia de una resistencia organizada que continuó durante décadas después de la conquista oficial. Una sociedad secreta de sacerdotes y nobles mexicas que siguió funcionando en la clandestinidad, protegiendo los últimos vestigios de su cultura. Trabajos de campo modernos han detectado anomalías electromagnéticas en al menos 12 ubicaciones del centro histórico, lugares donde los instrumentos registran la presencia de metales enterrados a profundidades considerables, pero acceder a estos sitios requiere permisos especiales y presupuestos que pocas instituciones pueden permitirse.

Lo más intrigante de todo es que algunos de estos puntos de interés arqueológico coinciden exactamente con lugares mencionados en códices prehispánicos que sobrevivieron a la destrucción española. Documentos que durante siglos fueron interpretados como textos religiosos o astronómicos, pero que ahora podrían ser mapas del tesoro más elaborados de la historia. Una teoría reciente sugiere que los mexicas utilizaron su conocimiento avanzado de astronomía para crear un sistema de coordenadas basado en las posiciones de las estrellas. Cada escondite habría sido ubicado siguiendo alineaciones celestiales específicas, convirtiendo la bóveda celeste en un mapa gigantesco que solo ellos sabían leer.

Hay quienes creen que la tecnología moderna finalmente nos está acercando a descifrar este enigma ancestral. Algoritmos de inteligencia artificial están siendo utilizados para analizar patrones en los jeroglíficos encontrados. Sistemas de posicionamiento satelital permiten verificar las alineaciones astronómicas con precisión milimétrica. Sensores subterráneos cada vez más sofisticados pueden detectar cavidades y objetos metálicos sin necesidad de excavaciones destructivas. Pero tal vez lo más sorprendente de todo sea lo que los análisis químicos han revelado sobre la procedencia original de estos objetos.

No solo venían de minas mexicanas. Algunos fragmentos contienen trazas de oro que solo se encuentra en regiones tan lejanas como el actual Perú. Esto sugiere que el Imperio Azteca tenía conexiones comerciales mucho más extensas de lo que los historiadores habían supuesto. Los mexicas no eran solo una civilización local, eran parte de una red continental de intercambio que abarcaba desde Centroamérica hasta los Andes. Cuando los españoles destruyeron Tenochtitlan, no solo estaban saqueando una ciudad, estaban desmantelando el centro neurálgico de un sistema económico que llevaba siglos funcionando.

Y ahora, 500 años después, las piezas de ese rompecabezas gigantesco están empezando a encajar. Cada nuevo hallazgo revela conexiones inesperadas. Cada análisis químico descubre rutas comerciales olvidadas. Cada jeroglífico descifrado nos acerca un poco más a comprender la verdadera magnitud de lo que se perdió aquella noche trágica de junio. Lo cierto es que bajo las calles de Ciudad de México no se esconde simplemente oro. Se oculta la memoria fragmentada de una de las civilizaciones más sofisticadas que ha existido jamás.

Y esa memoria, protegida durante cinco siglos por el silencio y tal vez por fuerzas que aún no comprendemos completamente está empezando a despertar. Los fantasmas del pasado no han terminado de contar su historia. De hecho, parece que apenas están comenzando.