Cuñados lo expulsaron con solo una mula vieja como herencia, pero él haya un tesoro que lo cambia todo. Mírenlo bien. Mírenlo arrastrando los pies por ese camino de terracería que parece no tener fin. bajo un sol que cae a plomo y quema la piel hasta dejarla curtida como cuero viejo. Ese hombre con el sombrero de paja deilachado y la camisa pegada al cuerpo por el sudor y el polvo es Mateo. Y lo que lleva en la mano no es una maleta llena de dinero ni las escrituras de una propiedad.
No. Lo que lleva es un pedazo de mecate roído amarrado al cuello de una mula vieja, huesuda y terca que se llama la pecas. Cualquiera que lo viera cruzar el valle de San Jacinto pensaría que es un poriosero, un nadie que la vida masticó y escupió a la orilla del camino. Pero se equivocan. Se equivocan rotundamente porque en la alforja desgastada de esa mula, escondida entre trapos sucios y herramientas oxidadas, está a punto de revelarse el secreto más grande que estas tierras han visto en 100 años.
¿Cómo es posible que su propia sangre, la gente con la que compartió la mesa y el techo, lo haya traicionado de una manera tan bil, dejándolo con nada más que un animal que supuestamente no valía ni para hacer jabón? El aire en la hacienda el roble estaba pesado, cargado con ese olor dulzón y mareador de las flores de Sempazuchil y la cera derretida de las veladoras.
Habían pasado apenas tres días desde que enterraron a don Aurelio, el patrón, el padre de Mateo. La casa grande, que siempre había sido un lugar de puertas abiertas y risas francas, ahora se sentía fría, hostil, como si las paredes mismas supieran que una injusticia estaba por cometerse. Mateo estaba de pie en la esquina de la sala principal, con su sombrero en las manos, frotando el borde del ala con nerviosismo. Sus manos eran manos de trabajo, llenas de callos, con tierra bajo las uñas, que ni el mejor jabón podía sacar.
Manos que habían levantado esa hacienda piedra por piedra junto a su padre. Sentados en los sillones de cuero, como si fueran reyes en un trono prestado, estaban ellos, Rogelio y Esteban, sus cuñados. Rogelio se había casado con Claudia, la hermana de Mateo, hacía apenas dos años. Esteban, su hermano, había llegado de visita una semana después de la boda y nunca se había ido. Eran hombres de ciudad, de esos que usan oción cara para tapar el olor a ambición con camisas almidonadas que nunca habían conocido el sudor del campo.
Y en medio de ellos, pequeña y con los ojos rojos de tanto llorar, estaba Claudia. Siéntate, Mateo, por favor, nos pones nerviosos ahí parado como estatua”, dijo Rogelio, cruzando la pierna y sacudiendo una pelusa invisible de su pantalón. Su voz tenía ese tono condescendiente que siempre usaba con Mateo, como si le hablara a un niño lento o a un peón ignorante. “Estoy bien aquí”, respondió Mateo con voz ronka. No quería sentarse con ellos, no quería ser parte de esa farsa, solo quería escuchar la voluntad de su padre y volver al trabajo.
Las vacas no sabían de lutos ni de testamentos, había que ordeñarlas. El notario, un hombrecito sudoroso con un traje que le quedaba grande, se aclaró la garganta y abrió la carpeta de cuero sobre la mesa de centro. El sonido del papel crujiendo resonó en el silencio tenso de la sala. Bien. Procedamos a la lectura del testamento público abierto del señor Aurelio Mondragón”, dijo el notario, evitando mirar a Mateo a los ojos. Eso fue lo primero que le dio mala espina a Mateo.
Don Aurelio siempre había dicho que el notario era un hombre de confianza, pero ahora el tipo sudaba como puerco en matadero. Yo, Aurelio Mondragón, estando en pleno uso de mis facultades mentales, empezó a leer el notario con voz monótona. Mateo cerró los ojos recordando la voz de su padre fuerte y clara, enseñándole a sembrar maíz, a curar a los caballos, a respetar la tierra. La tierra es de quien la trabaja con amor, mi hijo le decía siempre.
Y respecto a mis bienes terrenales, dispongo lo siguiente. La voz del notario tembló levemente. A mi hija Claudia y a su esposo Rogelio nombro herederos universales y albaceas de la totalidad de la hacienda el roble, incluyendo la casa principal, las 200 hectáreas de cultivo, el ganado vacuno y caballar, así como las cuentas bancarias y maquinaria agrícola. Mateo abrió los ojos de golpe. El mundo pareció detenerse. Un zumbido agudo le llenó los oídos. Herederos universales, Claudia y Rogelio.
Espere un momento. Interrumpió Mateo dando un paso adelante. Sus botas de trabajo golpearon el piso de madera con fuerza. Eso no puede ser. Mi padre me dijo. Él siempre dijo que la mitad sería para Claudia y la mitad para mí. que yo me encargaría de las tierras porque yo soy el que sabe trabajarlas. Esto es un error. Rogelio soltó un suspiro dramático y miró al notario. Licenciado, por favor, continúe. Mi cuñado está alterado por el dolor. No estoy alterado, gruñó Mateo, sintiendo como la sangre le subía a la cara.
Estoy diciendo que eso es mentira. Claudia, tú lo sabes. Papá te lo dijo mil veces. Claudia levantó la vista, pero no miró a su hermano. Miró a Rogelio, quien le puso una mano sobre el hombro, apretando ligeramente, un gesto que parecía de consuelo, pero Mateo sabía que era de control. “Mateo, por favor”, susurró Claudia con un hilo de voz. Papá cambió de opinión al final. dijo que dijo que tú no estabas preparado para administrar un negocio tan grande.
¿Qué necesitabas? Dirección. Dirección. Mateo sintió una risa amarga subirle por la garganta. Dirección de quién? De este par de parásitos que no saben distinguir una vaca de un toro. Cuidado con tu boca, indio igualado. Saltó Esteban, el hermano de Rogelio, poniéndose de pie. Era un tipo grande, blando, con ojos de coyote hambriento. Deberías agradecer que no te dejamos en la calle sin nada. Escucha lo que falta. El notario, pálido, se apresuró a leer el final. Y para mi hijo Mateo, en reconocimiento a su afecto por los animales, leo a la pecas, la mula, valla del
establo sur, junto con sus aperos y lo que pueda cargar en ella al momento de abandonar la propiedad, lo cual deberá suceder de inmediato tras la lectura de este documento. El silencio que siguió fue absoluto, pesado, denso. Mateo miró al notario, luego a su hermana y finalmente a sus cuñados. Una mula. Su herencia de 30 años de trabajo, de sol a sol, de cuidar a su padre enfermo, era una mula vieja y medio ciega. Es una broma, susurró Mateo.
Es una broma cruel. Es la voluntad de tu padre, dijo Rogelio con una sonrisita triunfal curvando sus labios. Y la ley es la ley. Esa mula ya no sirve para nada, igual que tú aquí en la casa. Solo comen y ocupan espacio. Te estamos haciendo un favor, Mateo. Te damos la oportunidad de empezar de cero, de demostrar si eres tan hombrecito como dices. Mateo sintió una furia caliente en el pecho, ganas de saltar sobre Rogelio y borrarle esa sonrisa a golpes, pero miró a Claudia.
Estaba temblando, encogida en el sillón. Si él hacía algo violento, llamarían a la policía, lo meterían preso y entonces sí que perdería todo hasta la dignidad. Está bien, dijo Mateo, y su voz sonó extrañamente calmada, fría como el viento de la sierra. Está bien, quédense con todo. Quédense con la casa, con las tierras, con el dinero. Pero les digo una cosa y escúchenme bien, la tierra tiene memoria. La tierra sabe quién la ama y quién la explota.
Y esto, esto se les va a secar en las manos. Dio media vuelta y salió de la sala. Sus pasos resonaron por el pasillo largo donde colgaban los retratos de sus abuelos. Sintió que los ojos de los antepasados lo miraban con vergüenza. Fue a su cuarto, un cuarto sencillo al fondo de la casa. No tenía mucho. Metió en un costal de isle dos mudas de ropa, la navaja de su abuelo, una foto de sus padres el día de su boda y un poco de queso seco que tenía guardado.
Caminó hacia el establo sur. El lugar estaba descuidado. Rogelio había ordenado dejar de comprar pastura buena para ahorrar dinero. En el último corral, echada sobre la paja sucia estaba la pecas. Era una mula vaya vieja con parches de pelo faltante y una oreja mordida por algún perro años atrás. Cuando vio a Mateo, soltó un resoplido cansado. “Órale, vieja”, le dijo Mateo suavemente, acariciándole el hocico áspero. Parece que nos corrieron. “Somos tú y yo, no más. Levántate que el camino es largo.” Le puso el apero viejo, aseguró su costal y la sacó del corral.
Al pasar por el patio principal, Rogelio y Esteban estaban en el porche con vasos de tequila en la mano celebrando. Adiós, Terrateniente, gritó Esteban soltando una carcajada borracha. No te gastes toda tu herencia en un solo lugar. Cuidado, no te vaya a tirar la mula, que vale más que tú. añadió Rogelio. Mateo no volteó, apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. Siguió caminando con la cabeza alta, aunque por dentro se estaba desmoronando. Cruzó el portón del roble y escuchó como el cerrojo de hierro se cerraba detrás de él con un golpe seco definitivo.
El sonido de su vida anterior terminando. El camino real estaba polvoriento y seco. Mateo caminó sin rumbo fijo durante las primeras horas, cegado por la rabia y el dolor. El sol del mediodía castigaba sin piedad. No tenía dinero, no tenía casa. Y en el pueblo de San Jacinto, Rogelio tenía demasiada influencia. Si se quedaba ahí, se aseguraría de que nadie le diera trabajo. Tenía que irse lejos hacia la sierra, hacia los terrenos comunales olvidados donde nadie iba.
Vamos, pecas, no te rajes ahora”, le decía a la mula, que caminaba lento arrastrando las pezuñas. Al caer la tarde, el cielo se tiñó de un naranja violento y luego de un morado oscuro. El frío de la sierra empezó a bajar, un frío que se metía debajo de la ropa y calaba los huesos. Mateo encontró un pequeño claro rodeado de ocotes y encinos. No era un refugio, pero tendría que servir. Amarró a la pecas a un tronco seco y buscó un poco de leña.
Sus manos temblaban, no solo por el frío, sino por la bajada de adrenalina. Hizo una fogata pequeña. No tenía comida para la mula, así que la dejó pastar lo poco que había entre las piedras. Él se comió un pedazo de queso duro y bebió un trago de agua de su cantimplora. se envolvió en su zarape delgado y se recargó contra una roca. La noche fue terrible. El viento hullaba entre los árboles como lamentos de almas en pena.
Mateo no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de burla de sus cuñados. Veía a su hermana bajando la mirada. La impotencia era un veneno que le quemaba el estómago. ¿Por qué, papá? ¿Por qué permitiste esto? Le preguntaba a la oscuridad. De repente escuchó un ruido. Ramas rompiéndose. Mateo se puso alerta con la mano en la navaja de su abuelo. Podía ser un puma o peor gente mala que anduviera por la sierra, pero solo era la pecas.
La mula se había acercado a la fogata y se había echado junto a él. El calor del animal grande fue un alivio inmediato. Mateo suspiró y recargó su cabeza en el flanco de la mula. ¿Quién lo diría, Pecas? Susurró. Todos decían que no valías nada y ahorita eres lo único que me da calor. Eres la única familia que me queda. Al amanecer del segundo día, el hambre apretaba fuerte. Tenían que encontrar agua. Mateo conocía la sierra, pero no esta parte tan alta y escarpada.
Caminaron durante horas entre barrancos y peñascos. Sus guaraches ya estaban gastados y sentía cada piedra en la planta de los pies. Agua, pecas, busca agua, le pedía a la mula. Los animales tienen un instinto para eso. Y entonces sucedió algo extraño. Iban bordeando una ladera empinada llena de maleza espinosa y rocas sueltas. De repente, la peca se detuvo en seco. Clavó las patas delanteras en la tierra y se negó a dar un paso más. Ándale, mula terca, le gritó Mateo jalando del mecate.
No te pares aquí, es peligroso. Pero la mula no se movía. Rebuznó fuerte y giró la cabeza hacia la derecha, hacia una pared de roca cubierta de una enredadera tupida y espinosa, una uño de gato que parecía impenetrable. ¿Qué traes? Mateo estaba frustrado y cansado. Ahí no hay nada. Pura espina. Camina. La pecas, en lugar de obedecer, dio un tirón fuerte, casi arrancándole la cuerda de la mano a Mateo, y se metió de lleno contra la enredadera.
Empezó a morder las ramas, a pisotearlas, abriendo un hueco con una insistencia desesperada. ¿Estás loca? Te vas a lastimar. Mateo intentó sacarla, pero entonces vio algo detrás de la cortina de hojas verdes que la mula había destrozado. Había oscuridad, una grieta. No, no era una grieta natural. Había vigas de madera podrida. Era una entrada, una boca de mina antigua, colapsada y olvidada por el tiempo, escondida perfectamente por la naturaleza. El corazón de Mateo dio un vuelco. Su abuelo le había contado historias de la revolución, de como los antiguos ascendados escondían sus minas para que los revolucionarios no se las quitaran y luego con la guerra se morían y las ubicaciones se perdían.
“¿Qué encontraste, vieja mañosa?”, murmuró Mateo, olvidando el cansancio. Sacó su machete y terminó de limpiar la entrada. El aire que salía de ahí era fresco y olía a humedad mineral. a tierra profunda. Entró con cuidado. La luz del sol apenas penetraba unos metros. Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra. Las paredes eran de roca gris, sólida. Caminó un poco más adentro, palpando la pared. Algo le llamó la atención. En la pared derecha, incrustada en la roca gris había una beta.
No parecía oro ni plata, era una costra de piedra volcánica de un color rojizo opaco, fea a simple vista. Mateo, casi por instinto golpeó la costra con el mango de su machete. Un pedazo de roca se desprendió y cayó al suelo. Mateo se agachó y la recogió. Pesaba más de lo que parecía. salió a la luz del sol para verla mejor. Estaba sucia de polvo. Escupió en su dedo y frotó la superficie de la piedra para limpiarla.
Lo que vio lo dejó sin aliento. Casi se cae de espaldas. Bajo la capa de suciedad. La piedra no era gris ni roja opaca. Tenía fuego adentro. Un destello intenso, vibrante, de color naranja neón, con chispas verdes y amarillas que bailaban como si hubiera una llamarada atrapada en el cristal. “Virgen santísima”, susurró Mateo con las manos temblando tanto que casi tira la piedra. “Ópalo, es ópalo de fuego.” Miró la piedra, luego miró la entrada de la mina y luego a la pecas, que estaba tranquilamente masticando unas raíces ajena a que acababa de descubrir una fortuna.
No era cualquier ópalo. Mateo había visto los anillos de su madre. Sabía un poco, pero esto, la claridad, el juego de colores, el tamaño. Esto era calidad gema de primera y la beta en la pared. La beta era gruesa. “Pecas!”, gritó Mateo, riendo y llorando al mismo tiempo, abrazando el cuello sudoroso de la mula. Vieja hermosa, me diste más que una hacienda. Me diste un tesoro. Pero la euforia duró poco. Un pensamiento frío le cruzó la mente.
Estaba en terrenos federales. Sí, pero si bajaba al pueblo con esta piedra gritando que era rico, Rogelio se enteraría. Diría que la mula era de la hacienda, que Mateo se la robó o inventaría que esos terrenos eran suyos. Si sabían lo que tenía, lo matarían. Lo matarían y tirarían su cuerpo en un barranco y nadie preguntaría por el pobre Mateo. Tenía que ser inteligente, tenía que ser un fantasma. Guardó la piedra en lo más profundo de su costal, envuelta en su camisa sucia.
Cubrió la entrada de la mina lo mejor que pudo con ramas y piedras para que pareciera un derrumbe natural. Marcó el lugar en su mente usando tres pinos altos como referencia. Vámonos, pecas. Tenemos que buscar ayuda, pero no de cualquiera. Mateo sabía a quién buscar. Don Jacinto era un viejo ermitaño que vivía en las afueras de San Jacinto rumbo a la barranca. La gente decía que estaba loco, que era brujo. Pero Mateo sabía la verdad. Don Jacinto había sido el mejor lapidario, tallador de piedras de la región hace 40 años, hasta que un patrón abusivo le robó sus diseños y lo dejó en la ruina.
El viejo odiaba a los ricos prepotentes más que a nada en el mundo. Si había alguien en quien confiar, era él. Bajaron de la sierra amparados por la oscuridad. Llegaron a la choa de don Jacinto pasadas las 10 de la noche. La casita era humilde, de adobe y techo de lámina, rodeada de chatarra y hierba crecida. Mateo tocó la puerta de madera carcomida. Don Jacinto, soy yo, Mateo Mondragón. Se escuchó el ruido de un cerrojo y la puerta se abrió un poco.
Un ojo desconfiado lo miró a través de la rendija, iluminado por una vela. Mondragón, el hijo de Aurelio. Escuché que te moriste o que te corrieron, que es lo mismo. ¿Qué quieres aquí a estas horas? Traes olor a problema. Me corrieron, don Jacinto, me quitaron todo, pero traigo algo, algo que necesito que vea. Y traigo frijoles y café si me deja pasar. La mención del café ablandó al viejo. Abrió la puerta. Don Jacinto era un hombre seco como una rama, con la piel arrugada como pasa y unos lentes gruesos fondo de botella que le agrandaban los ojos.
La chosa olía a madera quemada y a solventes. Pásale, pues, amarra esa bestia afuera. Mateo entró. Se sentaron en una mesa coja. Mateo sirvió el café que traía en su morral, lo poco que había salvado, y luego con mucho cuidado sacó la piedra, la puso sobre la mesa bajo la luz temblorosa de la vela. Mire esto. Don Jacinto se ajustó los lentes. Al principio mostró desinterés, pero cuando acercó la piedra a la luz, soltó un silvido largo y agudo.
“¡Ay caray!”, murmuró el viejo. Tomó la piedra con dedos huesudos pero delicados. Sacó una pequeña lupa de su bolsillo y la examinó. “¿De dónde sacaste esto, chamaco? No me digas que te la robaste de la colección de tu abuela. No, señor. La encontré en la sierra. Hay una beta, don Jacinto. Una beta grande. El viejo lo miró por encima de los lentes, sus ojos brillando con una mezcla de codicia y admiración. Esto es sangre de dragón, muchacho.
Ópalo de fuego de primera. No tiene fracturas. Tiene un color cereza que no se ve todos los días. Si la cortas bien, si le sacas el fuego, esta piedrita sola vale más que la camioneta del año de tu cuñado. Mateo sintió un alivio inmenso. No estaba loco. Era real. Necesito venderla, don Jacinto. Necesito dinero para recuperar lo mío. Pero no puedo ir a Guadalajara así como estoy. Me van a ver la cara o me van a robar.
Y mis cuñados, si se enteran, me matan. Don Jacinto asintió masticando su labio sin dientes. Tienes razón. Si vas con los coyotes de la ciudad con esa facha de peón, te van a dar 10 pesos y te van a echar a patadas. Necesitas pulirla. Necesitas que brille. Una piedra en bruto es una promesa, pero una piedra tallada es dinero contante y sonante. Enséñeme, dijo Mateo de pronto. No quería solo venderla. Quería entender su valor. Quería trabajarla el mismo como trabajaba la tierra.
¿Qué te enseñe? Rió el viejo. El arte de la lapidaria no se aprende en un día, chamaco. Se necesita paciencia, pulso de cirujano y ojo de artista. Tú tienes manos de arriero. Mateo puso sus manos callosas sobre la mesa. Tengo manos de trabajador, don Jacinto. Aprendo rápido y tengo hambre. Hambre de justicia. Si usted me enseña y me ayuda a venderlas, vamos a michas. Mitad y mitad. Usted pone el conocimiento y el taller. Yo pongo el riesgo y la piedra.
El viejo lo miró fijamente. Vio en los ojos de Mateo no solo la desesperación, sino una determinación de hierro, la misma que tenía su padre Aurelio cuando era joven. Vio la oportunidad de darle una última patada al destino y a los ricos que tanto odiaba. Mitad y mitad, repitió don Jacinto. Y tú traes la comida y el café. Trato hecho, socio. Pero te apvierto. Si abres la boca, si le dices a un alma dónde está esa mina, los dos amanecemos con la boca llena de moscas.
Esto es secreto de confesión, secreto de tumba, prometió Mateo. Esa noche Mateo no durmió en el suelo frío de la sierra. durmió en un petate en el rincón del taller de don Jacinto, rodeado de polvo de piedras y olor a aceite. Afuera, la peca rumeaba tranquila. Mateo cerró los ojos y por primera vez en tres días sonrió. Sus cuñados pensaron que lo habían enterrado, pero no sabían que él era como una semilla. Lo habían enterrado en la oscuridad, sí, pero ahí es donde se encuentran los tesoros.
Y él acababa de empezar a echar raíces. Los siguientes seis meses fueron una transformación lenta y dolorosa, como cuando una oruga se encierra en su capullo para dejar de ser gusano. Mateo, que toda su vida había usado la fuerza bruta para domar la tierra, tuvo que aprender una disciplina nueva, la delicadeza. Don Jacinto resultó ser un maestro tan duro como el sol del desierto. No permitía errores. “Suave, chamaco, suave!”, le gritaba el viejo golpeándole los nudillos con una vara de mezquite cuando Mateo presionaba demasiado la piedra contra la rueda de esmeril.
No estás harando la tierra, estás acariciando a una mujer. Si le metes mucha fuerza, la quiebras o la quemas. La piedra tiene alma, tienes que escucharla. Mateo se mordía los labios, frustrado, viendo como el polvo de piedra y agua le manchaba la cara. Sus manos, acostumbradas al mango del hacha, se sentían torpes con las pequeñas piezas de ópalo. Rompió tres piedras buenas en la primera semana. Lloró de coraje una noche, pensando que no servía para eso, que sus cuñados tenían razón y era aún inútil.
Pero entonces miró a la pecas, echada en el rincón del taller improvisado, masticando alfalfa fresca que él había comprado con los últimos centavos de sus ahorros. La mula lo miró con esos ojos grandes y líquidos y Mateo sintió vergüenza de rendirse. “Si tú me encontraste el tesoro, vieja, yo tengo que aprender a sacarle brillo”, le prometió. Volvió a la rueda. Practicó con piedras de río sin valor hasta que sus dedos sangraron y luego callos nuevos se formaron sobre los viejos.
Aprendió a identificar la matriz, la roca volcánica que abrazaba al ópalo y a desgastarla poco a poco para dejar expuesta la ventana de fuego. Aprendió a pulir con cuero y polvo de diamante hasta que la superficie quedaba como espejo. Y un día sucedió. Mateo estaba trabajando una pieza pequeña del tamaño de una uña, pero con un color naranja profundo, casi rojo sangre. Trabajó durante 4 horas seguidas sin levantar la cabeza, en un trance absoluto. El zumbido hipnótico de la máquina era el único sonido en la chosa.
Cuando finalmente la levantó y la limpió con un trapo de franela, la luz de la tarde entró por la ventana y golpeó la gema. No brilló. Ardió. Parecía que tenía una brasa viva adentro. Don Jacinto, que estaba tallando madera en la esquina, se acercó cojeando, tomó la piedra, se puso sus lentes y la miró en silencio durante un largo minuto. Mateo contuvo la respiración. Esta no es una piedra, Mateo dijo el viejo con voz suave. Esto es un atardecer capturado.
Lo lograste. Ya tienes el toque. Ese fin de semana hicieron su primer viaje a Guadalajara. No fueron en autobús para no dejar rastro. Se fueron en la vieja camioneta desvencijada de un compadre de Jacinto que les cobró el favor con una botella de tequila. Mateo iba nervioso, vestido con ropa limpia pero humilde, aferrando una pequeña bolsa de terciopelo en su bolsillo como si fuera su vida. Fueron al centro joyero, un edificio enorme lleno de locales que brillaban tanto que lastimaban la vista.
Don Jacinto conocía el camino. Evitó los locales grandes y lujosos de la entrada y se dirigió a una oficina pequeña en el tercer piso sin letrero. “Aquí es donde compran los que saben, no los que apantan”, le susurró. El comprador era un hombre calvo, de lentes, que miraba a todos con desconfianza. Pero cuando don Jacinto saludó, el hombre sonrió. “Jacinto. Pensé que ya te habías muerto, viejo zorro. Todavía no, Don Samuel, todavía doy lata y traigo a un aprendiz.
Mateo puso las piedras sobre el paño negro del escritorio. Eran cinco ópalos. Don Samuel las revisó una por una con su lupa. El silencio en la oficina era tenso. Mateo sentía que el corazón se le salía del pecho. Y si no valían nada. Y si se reían de él. Don Samuel dejó la lupa y suspiró. Son excepcionales. El corte es antiguo, estilo Jacinto, pero el fuego hacía años que no veía este material. ¿De dónde salen? Del suelo, Samuel.
Del suelo de Dios. Atajó Jacinto. ¿Cuánto? Salieron de la oficina media hora después. Mateo caminaba como si flotara. En su bolsillo ya no traía piedras, traía un sobre grueso con billetes. 30,000 pesos por cinco piedras pequeñas. Era lo que ganaba un peón en dos años de trabajo duro. “Cierra la boca, chamaco, que te van a entrar moscas”, se rió Jacinto al verlo. “Y guarda eso bien.” Regresaron a San Jacinto de noche. Lo primero que hizo Mateo no fue comprarse ropa cara ni emborracharse.
fue a la tienda de forrajes del pueblo vecino para que no lo vieran en el suyo y compró tres costales de la mejor avena para la pecas y un apero nuevo de cuero suave para que no le lastimara el lomo. También compró víveres, carne, café, azúcar, medicinas para la artritis de don Jacinto y herramientas nuevas, discos de diamante importados para cortar mejor. Los meses pasaron, la rutina se estableció. De lunes a jueves, Mateo subía a la sierra con la mula antes del amanecer.
Entraba a la mina escondida, trabajaba con pico y sin cel extrayendo el mineral con cuidado quirúrgico y bajaba al anochecer cargando solo lo mejor. De viernes a domingo se encerraba en la choa de Jacinto a cortar y pulir. Nadie lo veía. Para el pueblo, Mateo era un fantasma, un vagabundo que vivía de la caridad del viejo loco de la barranca. Pero Mateo estaba cambiando. Su espalda se enderezó. Su mirada, antes temerosa y triste, se volvió firme, segura.
Comía bien y se notaba. Su piel perdió ese tono cenizo del hambre. La pecas también cambió. El animal esquelético que salió de la hacienda se puso gorda, lustrosa, con el pelo brillante y lleno de energía. La mina a la que Mateo bautizó en secreto como la cueva de la pecas. era generosa. La beta parecía no tener fin. Una tarde, mientras pulía una piedra grande, un ópalo arlequín con patrones de colores geométricos, Mateo tuvo un recuerdo repentino. Vio la cara de su padre, don Aurelio, sonriendo.
“La verdadera riqueza no se grita, mi hijo se susurra.” Le decía. Mateo entendió. Rogelio y Esteban gritaban su riqueza con fiestas y coches, pero era una riqueza vacía, prestada. La de él era silenciosa, real, nacida de la tierra y del esfuerzo. “Ya tenemos suficiente para comprar un terreno lejos de aquí, Mateo”, le dijo Jacinto una noche, contando el dinero que guardaban en una caja fuerte vieja escondida bajo el piso. “Podrías irte a otro estado, empezar de nuevo, olvidarte de esos buitres.
Mateo miró hacia la dirección donde quedaba la hacienda el roble. No, don Jacinto, no me voy a ir. Esa es la tierra de mis padres. Es mi hogar. No voy a descansar hasta recuperarla. No por venganza, sino por justicia. Ellos la están matando. Yo la voy a salvar. Si esta historia de superación y trabajo duro ya te ha tocado el corazón, déjanos tu me gusta y compártela con ese amigo que necesita saber que después de la tormenta siempre sale el sol y a veces brilla más fuerte que nunca.
Mientras Mateo construía su fortuna en las sombras, la hacienda el roble se desmoronaba a la luz del día. Era domingo por la tarde. En el porche de la casa grande, Rogelio y Esteban estaban tirados en las hamacas, rodeados de botellas vacías de cerveza y platos sucios con restos de comida. El lugar apestaba a decadencia. El jardín que la madre de Mateo cuidaba con tanto esmero estaba seco, lleno de hierba mala. La pintura de la fachada se estaba descarapelando.
“Maldita sea!”, gritó Rogelio, aventando una hoja de papel al suelo. Otro aviso del banco. Dicen que si no pagamos los intereses del préstamo agrícola para el mes que viene, nos van a embargar la maquinaria. Esteban eru ruidosamente y se ajustó el cinturón que ya le apretaba demasiado la panza. Pues vende más vacas, hermano. ¿Qué tanto problema? Ya no quedan vacas que vender, imbécil. escupió Rogelio. Vendimos las últimas 50 cabezas el mes pasado para pagar tu camioneta nueva y la fiesta de tu cumpleaños.
El ganado que queda está flaco y enfermo porque no compraste las vacunas. Yo, tú eres el administrador, se defendió Esteban. Además, esa tierra está Nada se da. Los aguacates se cayeron antes de madurar. Yo digo que vendamos todo y nos larguemos a la ciudad. No podemos vender”, dijo Claudia apareciendo en la puerta. Se veía demacrada, ojerosa, con un vestido caro, pero manchado. Había perdido ese brillo de niña mimada. El testamento tiene una cláusula. No se puede vender la propiedad principal hasta después de 10 años.
Papá, papá lo puso así para protegernos o para proteger la tierra de nosotros. Rogelio la miró con asco. Cállate, Claudia. Tu papá era un viejo senil. Si tan solo ese inútil de tu hermano hubiera peleado la herencia, podríamos haberle echado la culpa a él. Pero se largó como perro con la cola entre las patas. En ese momento, el destino decidió jugar sus cartas. Esa misma tarde, Mateo cometió su primer y único error. Se le había acabado el solvente especial para limpiar las piedras y don Jacinto estaba muy adolorido de las piernas para ir.
Mateo tuvo que bajar al pueblo. Era domingo. Pensó que sus cuñados estarían borrachos en la hacienda y no saldrían. Fue a la ferretería El Martillo en el centro de San Jacinto. Compró el solvente y un par de limas nuevas. Al momento de pagar, sacó su cartera. No se dio cuenta de que entre los billetes chicos asomaba un fajo de billetes de 500 y de 1000 pesos que no había guardado en la caja fuerte. El cajero, un muchacho chismoso llamado Beto, abrió los ojos como platos.
Órale, Mateo, ¿te ha ido bien pidiendo limosna? Eh, traes buena feria. Mateo guardó el dinero rápido, sintiendo un sudor frío en la nuca. Son ahorros, Beto, de muchos años. Cóbrame rápido. Salió de la tienda casi corriendo, montó a la pecas y se dirigió hacia la salida del pueblo. Pero no fue lo suficientemente rápido. Esteban estaba en la gasolinera de enfrente, llenando el tanque de su camioneta a crédito, por supuesto. Dio salir a Mateo. Dio las botas. Mateo traía puestas unas botas de trabajo Rwen, importadas de las que duran toda la vida.
Estaban sucias de polvo, sí, pero eran botas de 3000 pesos. Y la mula. Esteban se quedó helado. La pecas no parecía una mula de desecho. Tenía el cuello grueso, el pelaje brillante color canela y llevaba un apero de cuero fino con nevillas de plata. ¿Pero qué? Murmuró Esteban. dejó la manguera de gasolina y se subió a su camioneta. Ese indio no está pidiendo limosna. Esteban siguió a Mateo a una distancia prudente. Vio que no tomaba el camino a la barranca donde vivía Jacinto, sino que cortaba hacia el camino viejo de la sierra, el que llevaba a los terrenos valdíos.
Esteban no lo siguió hasta arriba. Sabía que su camioneta no pasaría por las piedras. Dio la vuelta y regresó a la hacienda a toda velocidad. levantando una nube de polvo. Entró derrapando al patio. Rogelio, Rogelio, despierta borracho. Rogelio se cayó de la hamaca del susto. ¿Qué te pasa, animal? Es Mateo. Lo acabo de ver. ¿Y qué te pidió dinero? No, idiota. Trae dinero, mucho dinero. Le vi unas botas gringas y la mula, la mula trae un apero mejor que el cinturón que traes puesto.
Y se fue para la sierra, para los terrenos del norte. Rogelio se frotó la cara tratando de enfocar la vista. La sierra. Allá no hay nada. Pura piedra y espinas. Exacto.” dijo Esteban con una sonrisa maliciosa formándose en su cara grasosa. Pura piedra. ¿Te acuerdas lo que decía el abuelo de Claudia? Que en esa sierra había minas viejas de los cristeros. Minas que nunca se vaciaron. Los ojos de Rogelio brillaron. La codicia le despejó la borrachera en un segundo.
¿Crees que ese imbécil encontró algo? Es la única explicación. Anda muy escondidito, muy calladito. Si encontró una mina en terrenos comunales y no la ha registrado, entonces es de quien la agarre. Terminó Rogelio. Prepara las armas y llama al capataz nuevo, al tuercas. Vamos a ir de cacería mañana temprano. A la mañana siguiente, Mateo estaba en la mina. Había encontrado una bolsa de ópalo, una cavidad en la roca llena de nódulos sueltos de altísima calidad. Estaba tan emocionado que perdió la noción del tiempo.
Trabajó hasta que el sol empezó a bajar. Cargó dos costales pesados sobre la pecas. Vámonos, chula. Con esto tenemos para comprar el tractor que quiere don Jacinto. Salió de la cueva y empezó a cubrir la entrada con ramas. Como siempre. Estaba dándole la espalda al sendero. El sonido de un rifle cortando cartucho lo paralizó. Clic clac. Buenas tardes, socio”, dijo la voz de Rogelio a sus espaldas. Mateo se giró lentamente. Ahí estaban Rogelio con una escopeta recortada, Esteban con un rifle de cacería y el tuercas, un tipo con cara de pocos amigos sosteniendo un machete.
“¿Qué hacen aquí?”, preguntó Mateo. Trató de mantener la voz firme, pero el corazón le golpeaba las costillas como un tambor. “Venimos a inspeccionar nuestra propiedad”, dijo Rogelio, acercándose y pateando uno de los costales que estaban en el suelo. Se escuchó el sonido de piedras chocando. “A ver qué tenemos aquí.” El tuerca se acercó y rajó el costal con el machete. Las piedras rodaron por el suelo. A la luz del atardecer, incluso sin pulir, algunas brillaban con fuego rojo.
Híjole, patrón, silvó el tuercas. Mire nomás, esto es puro billete. Esteban soltó una carcajada histérica. Lo sabía. Sabía que este muerto de hambre nos estaba robando. Mira. Rogelio es ópalo. Mina de ópalo. Mateo dio un paso adelante. Eso no es suyo. Estos son terrenos nacionales. Yo la encontré. Yo la trabajo. Cállate. Rogelio le soltó un culatazo con la escopeta en el pecho. Mateo cayó de espaldas sin aire. El dolor fue agudo, cegador. Intentó levantarse, pero el tuercas le puso la bota en el cuello, aplastándolo contra la tierra.
Escúchame bien, peón, siseó Rogelio, agachándose para quedar cara a cara con Mateo. Todo lo que está en esta sierra es de la familia Mondragón. Oh, sí, mío. Tú eres un ladrón. Has estado robando el patrimonio de tu hermana. Mi hermana no sabe de esto, jadeó Mateo. Y no tiene por qué saber los detalles, dijo Rogelio. Esteban, agarra la mula, cárgala con todo lo que hay adentro. Tuercas, amarra a este infeliz. ¿Qué van a hacer?, preguntó Mateo, viendo con terror como Esteban jalaba a la pecas con violencia.
La mula intentó morderlo, pero Esteban le dio un puñetazo en el hocico. Mateo gritó de rabia. Déjenla con ella no se metan. Cállate o la mato aquí mismo y hacemos carnitas, gritó Esteban apuntándole a la cabeza del animal. Mateo se quedó inmóvil. Sabía que eran capaces de hacerlo. Saquearon la entrada de la mina. Cargaron a la pecas hasta que las patas le temblaban. Luego Rogelio se acercó a Mateo, que seguía en el suelo con las manos atadas a la espalda.
¿Sabes qué es lo mejor, Mateo? Que no te vamos a matar. No somos asesinos, somos gente de negocios. Vamos a dejar que la ley se encargue de ti. Rogelio sacó su celular y marcó un número. Comandante. Sí. Habla Rogelio Méndez de la Hacienda del Roble. Sí. Fíjese que agarramos a un ratero infragant y sí, es mi cuñado. El Mateo nos ha estado robando mineral de una mina antigua de la propiedad. Sí, aquí lo tenemos sometido. Venga por él.
Ah, y comandante trae mucho material robado. Se va a ir al bote por años. Colgó y sonrió con una maldad pura. Ahí te quedas, cuñado. Disfruta la cárcel. Nosotros nos vamos a encargar de administrar tu mina. Gracias por hacer el trabajo sucio de encontrarla. Se fueron riendo, llevándose a la pecas, llevándose el trabajo de meses, llevándose la esperanza. Mateo se quedó tirado en la tierra, sangrando por la boca, viendo cómo se llevaban a su única amiga. La impotencia era peor que los golpes.
Había perdido otra vez. Pero mientras veía el polvo que levantaban al irse, algo dentro de Mateo se rompió. No fue su espíritu, fue su miedo. Ya no tenía nada que perder. Y un hombre que no tiene nada que perder es el hombre más peligroso del mundo. No se va a quedar así, susurró Mateo contra la tierra escupiendo sangre. Juro por mi padre que no se va a quedar así. La noche cayó sobre él atado y solo, esperando el sonido de las sirenas que vendrían a llevarlo a un infierno de rejas.
Parecía el fin, pero Mateo había olvidado una cosa. Don Jacinto sabía dónde estaba y don Jacinto no era un viejo cualquiera. Don Jacinto tenía amigos antiguos, amigos que no usaban uniforme, pero que conocían la ley mejor que nadie. Las sirenas aullaron en la oscuridad de la sierra, pintando los árboles de luces rojas y azules intermitentes. Mateo seguía en el suelo con las costillas ardiendo y las muñecas amoratadas por la cuerda apretada. El comandante Robles, un hombre corpulento con bigote de aguacero, bajó de la patrulla con la mano en la pistola.
Detrás de él venían dos oficiales jóvenes. Ahí está el malandro, dijo Robles alumbrando a Mateo con una linterna potente. Tal como dijo el patrón Rogelio, agárrenlo y súbanlo a la batea. Mateo intentó hablar, pero tenía la boca seca y llena de sangre. Comandante, escúcheme, es una trampa. Cállate la boca, ratero! Le gritó uno de los oficiales, levantándolo bruscamente de los brazos. Te robaste mineral de la hacienda. Eso es delito federal. Lo empujaron hacia la patrulla. Mateo sintió que el mundo se le venía encima.
La injusticia era un peso físico que lo asfixiaba. Iba a terminar sus días en una celda húmeda mientras sus cuñados se hacían ricos con su trabajo. Pero justo cuando iban a cerrar la reja de la patrulla, unos faros potentes segaron a todos. Una camioneta suburban negra impecable apareció por el camino de terracería, seguida por otra patrulla, esta de la policía federal. El comandante Robles se tapó los ojos. ¿Quién diablos es? De la camioneta bajó un hombre alto vestido con un traje gris impecable a pesar del polvo del camino.
Caminaba con una autoridad que hizo que los policías locales bajaran las armas. Detrás de él, cojeando, pero con una sonrisa de satisfacción, venía don Jacinto. Alto ahí, comandante Robles, dijo el hombre del traje con voz de trueno. Suelte a mi cliente inmediatamente. Robles frunció el seño. ¿Y usted quién se cree que es? Soy el licenciado Víctor Morales, abogado penalista y representante legal del dueño legítimo de esta concesión minera. Y usted, comandante, está a punto de cometer un secuestro y una detención ilegal si no le quita esas esposas al señor Mateo Mondragón ahora mismo.
Hubo un silencio tenso. Solo se escuchaban los grillos y el motor de las camionetas. Robles se rioó nerviosamente. Licenciado, me reportaron un robo. El dueño de la hacienda el roble dice que este tipo. El dueño de la hacienda el roble no tiene jurisdicción en terrenos federales interrumpió Morales sacando una carpeta de cuero. Aquí está el título de concesión debidamente registrado ante la Secretaría de Economía hace 6 meses a nombre de Mateo Mondragón. Esta mina es suya. El mineral es suyo.
Y los hombres que lo golpearon y le robaron su animal de carga son los verdaderos criminales. Don Jacinto se acercó a la patrulla. Órale, Robles. Ya oíste. Quítale los ganchos a mi socio o te juro que el licenciado te mete al bote junto con nosotros por complicidad. El comandante Robles, viendo los sellos oficiales en los documentos y la presencia de los federales detrás, cambió de color. Se puso pálido. Sabía cuando había perdido. Hizo una seña a sus oficiales.
Suéltenlo. Mateo cayó al suelo cuando le quitaron las esposas frotándose las muñecas. Don Jacinto lo ayudó a levantarse. Te dije que aguantaras, chamaco. Te dije que no estaba solo. Mateo miró al abogado. Y mis cosas. Y la pecas. El licenciado Morales cerró la carpeta con un golpe seco. Vamos por ellos, Mateo. Los federales tienen orden de cateo y aprensión. Esta noche se acaba la fiesta en el roble. La caravana de vehículos bajó de la sierra como una tormenta.
En la hacienda del roble, la celebración estaba en su apogeo. Rogelio y Esteban tenían la música de banda a todo volumen. Habían vaciado los costales de ópalo sobre la mesa del comedor y bebían tequila brindando por su astucia. “Mira, qué colores, Rogelio, decía Esteban sosteniendo una piedra contra la luz del candelabro. Somos ricos, carnal. Ahora sí, adiós deudas. Y el idiota de Mateo pudriéndose en el calabozo. Nadie escuchó los vehículos entrar porque la música estaba muy alta.
La puerta principal estalló de una patada. Agentes federales con armas largas inundaron la sala. Policía federal, manos arriba. Al suelo. Rogelio soltó la botella que se hizo añicos en el piso. Esteban intentó correr hacia la puerta trasera, pero se topó de frente con el pecho del comandante de los federales, que lo tiró al suelo de un golpe. El silencio volvió a la casa cuando apagaron la música. Rogelio y Esteban estaban esposados en el suelo con las caras pegadas a las baldosas frías.
Mateo entró caminando despacio, seguido por el licenciado y don Jacinto. Se veía golpeado, sucio, con la camisa rota, pero nunca se había visto más digno. Se paró frente a sus cuñados. Mateo, hermano, por favor. Gimió Rogelio con el miedo deformándole la cara. Fue un malentendido. Solo queríamos asustarte. Somos familia. Mateo lo miró con una frialdad que heló la sangre de Rogelio. Familia, repitió Mateo. Familia es la que te cuida. Familia es la que no te roba. Ustedes no son mi familia, son una plaga.
Y hoy se fumiga la casa. El licenciado Morales leyó los cargos en voz alta para que todos escucharan, incluso la servidumbre que miraba asustada desde la cocina. Señores Rogelio y Esteban Méndez quedan detenidos por los delitos de privación ilegal de la libertad, lesiones calificadas, robo con violencia, despojo de bienes nacionales y falsificación de documentos oficiales. Resulta que el notario ya cantó, muchachos. Nos contó cómo alteraron el testamento de don Aurelio. Al escuchar esto, Claudia bajó las escaleras corriendo en bata de dormir.
¿Qué está pasando, Mateo? vio a su esposo y a su cuñado esposados. Vio las piedras en la mesa, vio la cara golpeada de su hermano. Mateo, yo no sabía. Rogelio me dijo que tú habías renunciado a la herencia, que te había sido por gusto. Mateo la miró. Había dolor en sus ojos, pero ya no había ingenuidad. No sabías porque no quisiste saber, Claudia. Preferiste cerrar los ojos y vivir cómoda mientras a mí me echaban a la calle como a un perro.
Pero no te preocupes, el abogado dice que tú no firmaste los papeles del fraude. No vas a ir a la cárcel, pero esta casa, esta casa ya no es tuya. Vuelve a ser de quien la trabaja. Mateo no se quedó a ver cómo se llevaban a sus cuñados. Tenía una prioridad más importante. Salió al patio y corrió hacia los establos. “Pecas, pecas!”, gritó. Escuchó un rebusno débil proveniente del granero viejo. Corrió hacia allá. La pecas estaba amarrada corto a un poste, todavía con la carga pesada encima.
Estaba sudando, temblando, con espuma en la boca. Esteban la había golpeado. Tenía una herida sangrante en el flanco. Mateo sacó su navaja y cortó las cuerdas de un tajo. Quitó los costales pesados y los aventó lejos. abrazó la cabeza del animal llorando sinvergüenza. “Perdóname, vieja, perdóname por no protegerte.” La mula recargó su cabeza en el hombro de Mateo y soltó un suspiro largo, un sonido que le rompió y le sanó el corazón al mismo tiempo. “Aquí estoy, chula.
Ya nadie te va a hacer daño, nunca más.” Esa noche Mateo no durmió en la cama grande de sus padres, aunque ya era suya de nuevo. Durmió en el establo sobre la paja limpia junto a su mula, asegurándose de que comiera y bebiera, curándole las heridas con unento. La justicia legal se había servido. Sí, pero la verdadera victoria era esa, estar en paz con su leal amiga a salvo. 5 años después. Si pasas hoy por el camino que lleva a San Jacinto, verás un arco de piedra enorme que dice: Rancho la esperanza, hogar del ópalo de fuego.
Lo que antes era la ruinosa hacienda el roble, ahora es un vergel. Los campos de aguacate están verdes y cargados de fruto porque Mateo volvió a contratar a los capataces antiguos y les pagó lo justo. El ganado pasta gordo en los potreros. Pero lo que más llama la atención es el edificio nuevo junto a la casa grande, el taller de lapidaria, don Jacinto. Es un sábado por la mañana y hay fiesta en el rancho. Mateo está en el patio central.
Ya no usa ropa remendada, pero tampoco usa trajes de seda. Lleva una guayavera blanca, limpia y sus botas de trabajo bien boleadas. está más robusto, más sonriente. A su lado está su esposa Mariana, la hija del veterinario del pueblo, una mujer buena que ama la tierra tanto como él. Tienen un niño de 2 años, Aurelio, que corretea persiguiendo a las gallinas. Don Jacinto, ahora con un bastón de plata y lentes nuevos, está sentado en una mecedora supervisando a un grupo de jóvenes aprendices que están aprendiendo a cortar piedra.
Mateo creó una escuela de oficios para los jóvenes del pueblo para que no tuvieran que irse de mojados al norte. El arte se queda aquí, dice siempre. Claudia también está ahí. No vive en la casa grande, vive en una casita modesta en el pueblo y trabaja administrando la tienda de la hacienda. Mateo no la dejó desamparada, pero tampoco le regaló la vida. Ella tuvo que aprender a ganarse el pan. ha cambiado. Es más humilde, más callada y poco a poco, con los años ha ido reconstruyendo el puente roto con su hermano.
El perdón es un camino largo, pero Mateo decidió caminarlo porque el rencor pesa más que un costal de piedras. Rogelio y Esteban siguen en el penal de Puente Grande. Les quedan 10 años más. Nadie en el pueblo los menciona. Es como si se los hubiera tragado la tierra. Mateo camina hacia el jardín principal. Ahí, bajo la sombra de un árbol de pirul centenario, hay un corral especial. El cerco es de madera barnizada y el pasto parece alfombra.
Adentro, descansando sobre una cama de acerrín fresco, está la pecas. Ya es una mula muy anciana. Su hoico está completamente blanco por las canas y camina despacio. Ya no carga nada. Su único trabajo es comer manzanas y dejarse acariciar por el pequeño Aurelio. Mateo se recarga en la cerca y mira a su animal. Recuerda esa noche fría en la sierra. Recuerda el hambre, recuerda la desesperación y recuerda el momento exacto en que esa mula terca decidió morder una enredadera y cambiar su destino.
Mucha gente le dijo que vendiera la mula, que comprara caballos finos, cuartos de milla, puras sangres. Pero Mateo nunca quiso otro animal. ¿En qué piensas, amor?, le pregunta Mariana abrazándolo por la espalda. En que mi papá tenía razón, dice Mateo, sin dejar de mirar a la pecas. Me dejó la mejor herencia de todas. No fue la mina, Mariana. La mina se va a acabar algún día. Los ópalos se terminan. Pero la lealtad, la lealtad de este animal y la fuerza que me dio para no rendirme, eso no se acaba.
Eso es lo que le voy a dejar a nuestro hijo. Se acerca al corral y le silva suavemente. La pecas levanta las orejas y se acerca lento buscando la mano de Mateo. Él le da un trozo de piloncillo, su dulce favorito. Gracias, socia, le susurra. Descansa, te ganaste el cielo. La cámara se aleja subiendo hacia el cielo azul de Jalisco, mostrando la hacienda llena de vida, los campos verdes y a un hombre que fue despojado de todo, pero que regresó siendo dueño de algo que nadie puede comprar, su propia dignidad.
Esta historia nos enseña que a veces cuando la vida te quita todo y te deja solo con lo que parece basura, te está haciendo un favor, te está quitando el peso muerto para que puedas encontrar tu verdadero camino. No desprecies tus comienzos humildes y nunca, nunca subestimes a quien parece débil, porque dentro de esa mula vieja puede estar la fuerza que derrumbe imperios, y dentro de ti está el fuego capaz de iluminar la oscuridad más profunda.















