¿Conoces el corrido del barquillero? ¿Sabías que ese caballo nació tan deforme que quisieron matarlo al segundo día de vida? ¿Sabías que su propio padre era el semental más famoso de Jalisco, pero que Barquillero parecía una burla de la genética? Pero lo que el corrido no te cuenta es quién fue el hombre que apostó su reputación entera por un potro que nadie más quería. Aquí te cuento la verdadera historia detrás del corrido de barquillero, el caballo que nació sin valor y murió convertido en leyenda.
Marzo de 2018, Rancho de la L yuada el 50, cerca de Ejutla, Jalisco. 3 de la madrugada, don Artemio Salazar llevaba dos horas sentado en el piso de paja del establo, esperando. La yegua del 50. Así le decían todos por el número que le habían puesto cuando la registraron.
Estaba echada de costado, respirando fuerte. Esta era la yegua que había parido tres campeones en 5 años. la yegua que todos los criadores de Jalisco envidiaban. Y esta vez, esta Mariana vez, la habían montado con el generoso. El generoso, no más con decir el nombre se te ponía la piel chinita. Semental de pura raza española, traído de Andalucía cuando era potro, con un pedigrí que daba vueltas hasta España y regresaba limpio como el agua del manantial.
15 años tenía ya el caballo, pero seguía siendo el mejor. Sus hijos se vendían en fortunas. Sus nietos ganaban competencias por todo México. Y ahora, por primera vez en 3 años, la yegua del 50 iba a parir un hijo suyo. Artemio llevaba 6 meses soñando con este momento. 6 meses imaginando el potro que vendría. Se lo veía perfecto, patas largas y fuertes, cuello arqueado, ese brillo en los ojos que tienen los caballos que nacen para algo grande.
Ya hasta le había conseguido comprador un ranchero de Guadalajara que había ofrecido 150,000 pesos por el potro sin siquiera verlo, solo por el apellido, solo porque era hijo del generoso. La yegua hizo un sonido ronco, se arqueó y comenzó. Artemio se arrimó con las manos listas. Pancho, su ayudante, sostenía la lámpara de mano para que hubiera luz. El parto fue rápido, demasiado rápido, pensó Artemio después, como si el potro tuviera prisa por salir, aunque no debiera. Primero salieron las patas delanteras envueltas en la membrana brillosa, luego el hocico, luego el cuerpo entero resbalando sobre la paja mojada.
Artemio cortó la membrana, limpió la cara del potro, esperó a que respirara y fue entonces cuando lo vio. Las patas delanteras no estaban derechas, se doblaban hacia adentro como si los huesos no se hubieran formado bien. El cuello era más corto de lo normal, caído, sin la elegancia que debía tener un hijo del generoso. Y los ojos, Dios mío, los ojos estaban demasiado separados, dándole a la cara una expresión rara, casi boba. Pancho bajó la lámpara. Patrón.
Artemio no dijo nada, solo se quedó ahí de rodillas en la paja, mirando al potro que trataba de pararse y no podía. Las patas se le doblaban. El cuello no aguantaba el peso de la cabeza. El animal se caía, se volvía a levantar, se volvía a caer. La yegua del 50 lo lamió como hacen todas las madres. Pero hasta ella parecía confundida. Artemio se pasó la mano por la cara. Llevaba despierto 20 horas. Había esperado 6 meses.
Había soñado con este potro y lo que tenía enfrente era era, “¿Qué hacemos, patrón?”, preguntó Pancho con voz bajita. Artemio no respondió. Se levantó, salió del establo, caminó hasta la casa. Se sirvió un tequila, se lo tomó de un trago, se sirvió otro. Afuera empezaba a amanecer. El cielo se ponía gris sobre los cerros de Ejutla. A las 8 de la mañana llegó don Esteban, el dueño de la yeguada. Venía emocionado con una sonrisa grande preguntando por el potro.
Artemio lo llevó al establo sin decir palabra. Don Esteban vio al potro que ya se había logrado parar tambaleándose como borracho. Y la sonrisa se le borró de la cara. Este es hijo del generoso. Sí, patrón. ¿Estás seguro? La yegua no ha estado con ningún otro semental en dos años. Don Esteban se agachó, le revisó las patas al potro, le abrió el hocico, le miró los dientes, luego se enderezó y negó con la cabeza. Esto es una desgracia, Artemio.
Mira nada más cómo tiene las patas. Mira el cuello. Este caballo no va a servir para nada. Todavía es muy chico, patrón. A lo mejor con el tiempo, ¿no? Don Esteban fue tajante. He visto muchos potros en mi vida. Los que nacen así no mejoran. Y si llega a sobrevivir, nunca va a poder competir, nunca va a poder trabajar. Va a ser un gasto no más, un recordatorio de que hasta los mejores sementales pueden fallar. Entonces, ¿qué hacemos?
Don Esteban suspiró. Llama al veterinario que lo revise. Si confirma lo que yo pienso, pues lo mejor es no hacerlo sufrir. Artemio sintió algo apretándole el pecho. No era tristeza exactamente, era algo peor. Era vergüenza. Vergüenza de haber soñado tanto. Vergüenza de haberle presumido a medio Jalisco que iba a tener el mejor potro de la temporada. Vergüenza de que el hijo del generoso hubiera salido así. Sí, patrón. Don Esteban le puso la mano en el hombro. No es tu culpa, Artemio.
Así pasa a veces. La naturaleza es caprichosa. Y se fue dejando a Artemio solo con la yegua, con Pancho y con el potro deforme que no dejaba de caerse. Artemio se quedó ahí parado mirándolo. El animal lo miraba de vuelta con esos ojos separados, respirando fuerte por el esfuerzo de mantenerse en pie. No sabía nada. El pobre no sabía que había nacido mal. No sabía que su propio padre era una leyenda y que él era una decepción.
No sabía que probablemente no vería el final de la semana. Solo sabía que tenía hambre, que tenía frío y que su madre estaba ahí cerca. Artemio llamó al Dr. Felipe Guzmán a las 9 de la mañana. Para el mediodía ya estaba en el rancho con su maletín y su cara de haber visto de todo. La revisión duró 20 minutos. Patas, cuello, ojos, hocico, columna. todo. El Dr. Guzmán tomaba notas en una libreta. Asentía de vez en cuando, fruncía el ceño.
Cuando terminó, se limpió las manos con un trapo y miró a Artemio. Las patas tienen una malformación en los tendones. No es gravísimo, pero va a afectar su marcha toda la vida. El cuello tiene las vértebras comprimidas, por eso lo tiene caído. Y los ojos así de separados a veces indican problemas neurológicos. Se puede arreglar. El doctor negó con la cabeza. No con cirugía, no. Tal vez con el tiempo las patas mejoren un poco, pero nunca va a caminar derecho y lo del cuello no tiene remedio.
Va a sufrir, no necesariamente. Puede vivir, pero no va a tener calidad de vida. No va a poder hacer lo que hacen los otros caballos. Va a ser un animal de adorno, no más. Y eso si es que logra sobrevivir los primeros meses. El doctor cerró su maletín. Mi consejo, Artemio, es que lo duermas. Ahórrele el sufrimiento y ahórrate tú el dinero y el trabajo de mantener un caballo que no va a servir para nada. Es lo más humano.
Humano. Esa palabra le rebotó en la cabeza a Artemio todo el día. Para la tarde, mediojutla sabía que el hijo del generoso había nacido deforme. Así son los pueblos chicos. Las noticias corren más rápido que el viento. Para cuando Artemio terminó de darle de comer a los otros caballos, ya tenía tres llamadas en el celular. rancheros preguntando si era cierto, conocidos ofreciendo condolencias como si alguien se hubiera muerto y uno, maldito sea, preguntando si ya había espacio para otro semental en la yeguada.
Ahora que el generoso había demostrado que ya estaba viejo, Artemio no contestó ninguna llamada. Al día siguiente llegaron las visitas. Primero fue don Rutilio, ranchero de tonaya, que tenía yeguas propias y siempre andaba buscando buenos sementales. Llegó como a las 10 de la mañana con sombrero nuevo y botas relucientes, diciendo que venía a ver al famoso potro. Artemio lo llevó al establo. Don Rutilio vio al potro, que seguía cayéndose cada vez que intentaba caminar y soltó una risa.
Ay, Artemio, este es el que ibas a vender en 150,000. Todavía está chico, chico y mal hecho. Mira nás las patas. Parece que tiene las rodillas al revés. Se agachó para verlo mejor. Y el cuello parece tortuga. Artemio apretó los puños, pero no dijo nada. Don Rutilio se enderezó, se sacudió las manos. Bueno, cada quien sus tragedias. Yo venía a ofrecerte tres yeguas para el generoso, pero viendo esto, creo que mejor busco otro semental. No vaya a ser que me salgan así también.
Se fue riéndose, dejando a Artemio con las mandíbulas apretadas y las ganas de partirle la cara. Después llegó don Macario, que tenía un rancho grande cerca de Outlán. Llegó con su hijo, un muchacho de unos 20 años que estudiaba veterinaria en Guadalajara. Déjame verlo, Artemio. Mi hijo quiere aprender a identificar malformaciones. El muchacho se puso en cuclillas junto al potro. Lo tocaba como si fuera experimento de laboratorio. Le abría las patas, le jalaba las orejas, tomaba notas en una libreta.
Displasia en ambas extremidades anteriores. Decía en voz alta, como si estuviera en clase. Lordosis cervical, posible hipertelorismo ocular. Palabras grandes para decir que el potro estaba mal hecho. Don Macario negaba con la cabeza. Es una lástima, Artemio. La genética a veces falla. ¿Ya pensaste qué vas a hacer con él? Todavía no, porque si quieres yo conozco un rastro en Guadalajara que compra carne de caballo. Te pueden dar algo por él. No mucho, pero algo. Artemio los echó del rancho y luego, como a las 4 de la tarde llegó Salvador Chava a Mendoza.
Chava había sido amigo de Artemio. Compadres, de hecho, se conocían desde chamacos. habían crecido juntos en Ejutla. Habían aprendido a montar en los mismos corrales, pero la vida los había llevado por caminos distintos. Chava se había casado con una mujer de familia rica. Había heredado un rancho grande. Tenía su propia yeguada. Le iba bien, demasiado bien, y nunca perdía oportunidad de restregárselo a Artemio. Llegó en una camioneta Ram nueva, negra, reluciente. Se bajó con botas de piel de avestruz y cinturón con evilla de plata del tamaño de un plato.
“Artemio, vine a ver al fenómeno.” Ni siquiera disimuló. Fenómeno. Así le dijo. Artemio lo llevó al establo porque no tuvo los huevos de decirle que se largara. Chava entró silvando con las manos en los bolsillos como quien va a ver una película. Se paró frente al potro y lo miró de arriba a abajo. El potro estaba echado junto a la yegua. Ya había aprendido que pararse era muy difícil. Entonces pasaba la mayor parte del tiempo acostado. Levantó la cabeza cuando Chava se acercó con esos ojos grandes y separados.
Chava soltó una carcajada. Ay, compadre, este es el hijo del generoso. Sí, ¿estás seguro? Porque a mí me parece que tu yegua se fue de pinta con un burro. Pancho, que estaba limpiando los otros establos, dejó de trabajar. Hasta él sintió el golpe. Artemio respiró hondo. Chava, si no tienes nada útil que decir, “No, no, espérate.” Chava se agachó frente al potro, le empujó una pata con la bota. Mira nás, ni para la machaca sirve, burlesco compadre.
En serio, ni para hacer carne seca sirve. Este caballo está tan mal formado que ni los perros se lo van a querer comer, ni para la machaca sirve. Esas palabras se le quedaron grabadas a Artemio en el cerebro como fierro caliente. Chava se enderezó, se limpió las manos en los pantalones como si se hubiera ensuciado de tocar al potro. Mira, compadre, te voy a dar un consejo de amigo. Se recargó contra la pared del establo. Mátalo. En serio, mátalo ya.
Cada día que lo tengas vivo, es un día que estás desperdiciando comida, tiempo y dinero. Y lo peor de todo es que cada día que la gente lo vea se van a acordar de que tú, Artemio Salazar, el gran arrendador de la yeguada el 50, sacaste esto del mejor semental de Jalisco. Ya me lo dijo el veterinario. Entonces, ¿qué esperas? Chava se acercó más, bajó la voz. Mira, yo sé que duele. Yo sé que tenías esperanzas. Pero esto no es un caballo, compadre.
Es un error de la naturaleza. Y entre más pronto lo corrijas, más pronto vas a poder olvidarte de esto y seguir adelante. Artemio lo miró a los ojos. ¿Ya terminaste? Chava sonró. Sí, ya terminé. No más vine a confirmarlo. Me habían dicho que estaba feo, pero no sabía que tanto se dirigió a la puerta. Ah, y cuando lo mates, no digas que fue consejo mío. No quiero que la gente piense que ando diciendo qué hacer con los fracasos ajenos.
Se subió a su camioneta y se fue levantando polvo. Artemio se quedó ahí parado en medio del rancho, viendo cómo se alejaba la Ram negra. Sentía un peso en el pecho que no era tristeza, era rabia, rabia pura y dura. Pancho se acercó. No le haga caso, patrón. Ese compadre suyo siempre ha sido unosicón. Lo sé. De verdad lo va a Pancho no terminó la pregunta. Artemio no respondió. Regresó al establo. Se sentó en el piso junto al potro.
La yegua del 50 lo miró como preguntándole qué iba a hacer. El potro respiraba tranquilo con los ojos cerrados. Artemio se quedó ahí hasta que oscureció. Esa noche no durmió. se quedó sentado en el portal de la casa con una botella de tequila que se fue vaciando de a poco. Pensaba en el doctor Guzmán diciendo lo más humano. Pensaba en Chava diciendo, “Ni para la machaca sirve.” Pensaba en don Esteban diciendo, “No lo hagas sufrir.” Todos tenían razón.
Todos, Mariana El potro estaba mal hecho. Nunca iba a ser un caballo normal. Nunca iba a poder competir. Nunca iba a poder trabajar. Nunca iba a servir para nada más que para comer y ocupar espacio. Lo lógico era matarlo, lo práctico era matarlo. Lo humano, según todos era matarlo. Pero algo en Artemio no podía. No era compasión. Exactamente. No era que le diera lástima el potro. Era algo más complicado, algo que ni él mismo entendía bien.
Tal vez era orgullo, tal vez era terquedad o tal vez, y esto era lo que más lo molestaba. era que cada vez que recordaba la cara de Chava riéndose, cada vez que recordaba esas palabras, “Ni para la machaca sirve”. Algo dentro de él gritaba que no, que no iba a darles ese gusto. A las 4 de la mañana tomó la decisión, se levantó, tiró lo que quedaba del tequila, entró a la casa y se fue a dormir.
Al día siguiente, cuando don Esteban llegó al rancho esperando que el potro ya estuviera muerto, Artemio le dijo, “Me lo quedo.” Don Esteban lo miró como si estuviera loco. “¿Qué? ¿Que me quedo con el potro, patrón? Yo lo cuido. Yo pago su comida. Yo me hago responsable, pero no lo voy a matar. Artemio, si quiere me lo descuenta del sueldo, pero me lo quedo. Don Esteban suspiró. Era un hombre mayor, cansado de pelear. Está bien, pero cuando te des cuenta de que no sirve para nada, no vengas a decirme que no te lo advertí.
No voy a venir. Don Esteban se fue negando con la cabeza. Artemio entró al establo. El potro estaba parado, milagrosamente parado, con las patas temblando, pero parado junto a su madre. Lo miró con esos ojos raros separados. Artemio se acercó, le puso la mano en el cuello. “Te voy a poner barquillero”, le dijo. Como el que vende dulces en la calle, “porque si el mundo te va a menospreciar, que al menos tengas un nombre que te recuerde de dónde vienes.” El potro no entendió nada.
solo siguió parado ahí temblando. Pero Artemio sintió algo en ese momento. No sabía qué. Solo sabía que acababa de apostar su reputación entera por un caballo que todos decían que no valía nada y que ahora tenía que demostrar, aunque fuera no más a sí mismo, que no estaba completamente loco. Los primeros se meses fueron un infierno. No porque el potro estuviera muriendo, al contrario, el maldito animal resultó ser más terco que su dueño. Comía bien, crecía despacio, pero constante.
Y aunque seguía cayéndose cada dos pasos, no se daba por vencido. Se levantaba, se volvía a caer, se volvía a levantar. El infierno era todo lo demás. Las burlas no pararon. Cada vez que Artemio iba al pueblo por provisiones, alguien tenía que decir algo. ¿Cómo va el fenómeno? ¿Ya aprendió a caminar? ¿Todavía lo tienes o ya recapacitaste? en la ferretería, en el molino, en la tienda de Don Chano, donde vendían alimento para ganado, todos sabían, todos opinaban y nadie, nadie entendía por qué Artemio seguía desperdiciando tiempo y dinero en un caballo que no servía para nada.
Un día, en junio, estaba comprando soga en la ferretería cuando escuchó a dos rancheros hablando cerca del mostrador. ¿Ya viste al potro ese de Artemio? El deforme. Sí, lo vi la semana pasada. ¿Y qué? ¿Ya mejoró? Mejorar. Está peor. Ya tiene 3 meses y sigue caminando como si estuviera borracho. Las patas para adentro, el cuello chueco. Es un desastre. No entiendo por qué no lo mata. Está tirando el dinero. Orgullo, compadre. Puro orgullo, Mariana Artemio pagó la soga y se fue sin decir nada.
En julio vino la peor parte. Chava organizó una reunión en su rancho. Invitó a todos los criadores de caballos de la región, supuestamente para hablar sobre un torneo que querían hacer en Outlán. Artemio no fue invitado, pero Pancho sí conocía a uno de los muchachos que trabajaban con Chava. Y ese muchacho le contó después lo que había pasado. Chava había sacado el tema. Ya vieron el potro de Artemio, el hijo del generoso. Risas. comentarios. Alguien dijo que parecía que le habían dado un batazo en las patas cuando era feto.
Lo peor, había dicho Chava, es que el necio se lo quedó. Le dije que lo matara. Todos le dijimos que lo matara, pero ahí sigue, tirándole de comer, cuidándolo como si fuera a servir para algo. ¿Y para qué lo quiere?, había preguntado alguien. ¿Quién sabe? A lo mejor de mascota, más risas. Yo lo que digo, había continuado Chava, es que esto le va a costar caro a Artemio porque cada vez que alguien vea a ese caballo se va a acordar de que él lo crió y nadie, escúchenme bien, nadie va a querer traer sus yeguas a la yeguada el 50 si piensan que les puede salir algo así.
Y ahí estaba el verdadero problema, porque Chava tenía razón. Para septiembre, don Esteban había perdido tres contratos. Tres rancheros que iban a traer yeguas para el generoso cambiaron de opinión. Uno de ellos fue honesto. No es nada personal, don Esteban, pero ese potro deforme que sacaron, mejor no arriesgo. Don Esteban no le dijo nada a Artemio directamente, pero Artemio lo veía en su cara cada vez que pasaban por el establo donde estaba barquillero. Lo veía en la forma en que desviaba la mirada.
en el silencio que se hacía cuando entraban juntos a la oficina. El arrepentimiento de haberlo dejado quedarse con el potro. Una noche de octubre, Artemio estaba sentado en el portal fumando un cigarro. Había vuelto a fumar después de 5 años sin hacerlo. Cuando Pancho llegó con dos cervezas. Tome, patrón. Gracias. Se sentaron en silencio un rato, viendo las estrellas sobre los cerros. ¿Ya pensó qué va a hacer?, preguntó Pancho. ¿Con qué? con barquillero. Artemio le dio una fumada al cigarro.
No es que Pancho dudó. La gente habla mucho, patrón. Que hablen. Sí, pero don Esteban está perdiendo clientes y usted también va a perder trabajo si esto sigue así. Artemio sabía que Pancho tenía razón. Lo sabía desde hacía meses, pero cada vez que pensaba en ir al establo con la pistola, cada vez que se imaginaba poniendo el cañón detrás de la oreja del potro, algo en él se negaba. “Dame un mes más”, dijo finalmente. “Y luego luego veremos.” Pero no vieron nada porque dos semanas después pasó algo que Artemio no esperaba.
Era un domingo. Artemio estaba en el establo limpiando los bebederos cuando vio que barquillero, que ya tenía 7 meses y había crecido bastante, aunque seguía torcido, se paraba frente a la yegua del 50 de una forma rara. No estaba no más parado, estaba moviéndose. Las patas delanteras subían y bajaban una tras otra con un ritmo. El cuello, ese cuello chueco que todos decían que estaba mal, se arqueaba. No mucho, pero se arqueaba. Artemio dejó el balde que traía.
Pancho, ven a ver esto. Pancho llegó corriendo. ¿Qué pasa, patrón? Artemio señaló. Los dos se quedaron viendo a Barquillero hacer esos movimientos raros frente a su madre. La yegua lo miraba sin mucho interés, pero el potro seguía. Arriba, abajo, arriba, abajo, como si estuviera bailando. ¿Qué está haciendo?, preguntó Pancho. No sé. Duró como un minuto. Luego Barquillero se cansó, dejó de moverse y se fue a beber agua. Artemio y Pancho se miraron. vio eso, patrón, lo vi.
Parecía que estaba No digas nada todavía. Pero Artemio sintió algo, una chispa, una Mariana chispa diminuta de algo que podría ser tal vez posiblemente esperanza. Al día siguiente puso música en el establo, consiguió una bocina vieja que tenía guardada, la conectó al celular y puso banda. música de viento con tambora y todo. La dejó sonando mientras limpiaba, mientras le daba de comer a los caballos, mientras hacía sus tareas. Barquillero levantó las orejas y después de un rato empezó a moverse otra vez.
No era nada impresionante todavía. Las patas todavía se le doblaban, el ritmo no estaba bien y se cansaba rápido. Pero había algo ahí, algo que Artemio no podía explicar, pero que veía clarísimo. El caballo tenía ritmo. Durante las siguientes semanas, Artemio empezó a poner música todos los días, a veces banda, a veces mariachi, a veces corridos. Y Barquillero respondía. Cada día se movía un poco mejor, cada día aguantaba un poco más. Las patas todavía se veían chuecas, pero cuando bailaba, porque eso era, estaba bailando, las movía con una gracia rara, como si la deformidad se volviera parte del estilo.
El cuello torcido se arqueaba cuando la música subía de volumen y aunque no era la elegancia del generoso, tenía algo propio, algo diferente. Artemio no le dijo a nadie, no le dijo a don Esteban, no le dijo a los otros trabajadores del rancho, ni siquiera le dijo a Pancho que estaba viendo lo que estaba viendo, porque todavía no estaba seguro. Y porque, y esto era lo más importante, si se equivocaba, si esto no era nada, si el potro no más estaba haciendo movimientos raros sin significado, entonces no quería que nadie más supiera que Artemio Salazar, el arrendador que ya era el asmerreír de Jutla.
Había sido tan Mariana de pensar que su caballo deforme podía bailar. En diciembre, Barquillero cumplió 9 meses. Ya no era un potro pequeño, era un caballo joven, flaco, con las patas todavía chuecas y el cuello todavía corto, pero más grande, más fuerte. Y cuando Artemio ponía música, bailaba, no como los caballos bailadores profesionales que Artemio había visto en ferias y competencias. No con esa perfección, pero había algo en la forma en que barquillero se movía que llamaba la atención, algo hipnótico.
Las patas que parecían al revés se levantaban alto, muy alto, con fuerza. El cuello, que parecía débil se doblaba hacia atrás con un arco dramático y los ojos, esos malditos ojos separados, brillaban cuando bailaba, como si finalmente hubiera encontrado para qué había nacido. Una tarde, Artemio estaba viendo a Barquillero bailar cuando Pancho entró al establo. Se quedó congelado. Patrón, ya sé desde cuándo. Como dos meses. Pancho se acercó despacio, sin apartar los ojos del caballo. ¿Usted le enseñó?
No, él solo empezó a hacerlo. Barquillero siguió bailando ajeno a la conversación. La banda sonaba en la bocina. La tambora marcaba el ritmo y el caballo respondía: “Izquierda, derecha, arriba, abajo, el cuerpo entero moviéndose como si la música le corriera por las venas.” Cuando terminó la canción, Barquillero dejó de moverse y se fue a comer eno como si nada. Pancho se volteó hacia Artemio. Patrón, esto, esto es No digas nada todavía. ¿Por qué no? Artemio se recargó contra la pared del establo.
Porque si se lo decimos a alguien y luego resulta que no es lo que pensamos, voy a quedar peor que ahorita. Y no creo que se pueda quedar peor que ahorita. Pero patrón, yo vi lo que vi. Ese caballo puede bailar, puede moverse. Todavía no sé si puede bailar de verdad. Artemio encendió un cigarro. Le temblaban un poco las manos. Dame unos meses más. Voy a trabajar con él. Voy a ver si esto es real o si no más es mi cabeza queriendo ver algo que no existe.
Y luego Artemio le dio una fumada al cigarro. Soltó el humo despacio. Luego vamos a llevarlo a las fiestas del pueblo. Entrenar a un caballo bailador no es como entrenar a uno normal. No es enseñarle a trotar, a galopar, a detenerse cuando jalas las riendas. Un caballo bailador tiene que sentir la música, tiene que responder al ritmo como si fuera instinto y lo más importante, tiene que querer hacerlo. Artemio sabía esto porque había visto caballos bailadores toda su vida.
En las ferias de Jalisco, en las competencias de Guadalajara, en los jaripeos de los pueblos, había visto a los mejores, caballos de pura raza, entrenados desde potros, con años de práctica, caballos que costaban fortunas y ahora tenía que hacer lo mismo con un caballo que todos decían que no servía para nada. Empezó despacio. Todas las mañanas, después de darle de comer a barquillero, ponía música. Siempre la misma canción al principio, un corrido con ritmo marcado, con tambora fuerte.
Dejaba que el caballo escuchara, nada más, solo escuchar. Barquillero levantaba las orejas, movía la cabeza un poco, pero no bailaba todavía. Tranquilo le decía Artemio. No más escucha. Después de una semana, cuando la canción sonaba, Artemio empezaba a caminar alrededor del establo al ritmo de la música. Pasos lentos marcados. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Barquillero lo seguía con la mirada. Así. Mira cómo es. Esto es ritmo. Pasó otra semana antes de que Artemio intentara montarlo. Barquillero ya tenía 11 meses.
Era lo suficientemente fuerte para cargar peso, aunque las patas todavía se le doblaban si caminaba mucho rato. Artemio le puso una silla ligera sin los adornos pesados que usaban los charros. Solo lo básico. Se subió despacio. Parquillero se quedó quieto respirando fuerte. No estaba asustado, solo confundido. Tranquilo, muchacho, tranquilo. Artemio no lo hizo caminar ese día. Solo se quedó montado 10 minutos, dejando que el caballo se acostumbrara al peso. Luego se bajó, le dio de comer y lo dejó en paz.
Al día siguiente hizo lo mismo. Y al siguiente, y al siguiente. Pancho veía todo desde lejos, sin hacer preguntas. Don Esteban pasaba por el rancho de vez en cuando, pero nunca preguntaba por barquillero. Era como si el caballo ya no existiera para él, lo cual le venía bien a Artemio. En febrero, dos semanas antes del primer aniversario de barquillero, Artemio lo montó y puso la música. El mismo corrido, ritmo marcado, tambora fuerte. Barquillero movió las orejas. Artemio empezó a marcar el ritmo con las piernas.
Presión suave en los costados del caballo. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Al principio no pasó nada. Luego, despacio, muy despacio, barquillero empezó a mover las patas. No era bailar, no todavía, era más bien caminar al ritmo, pero era algo, era el principio. Artemio sintió un nudo en la garganta. Así, muchacho, así. Trabajaron así por semanas, todos los días, a veces dos veces al día. Artemio ponía música, se montaba, marcaba el ritmo con las piernas y Barquillero respondía: “Cada día un poco mejor, cada día un poco más confiado.” Las patas torcidas empezaban a moverse con propósito.
El cuello chueco se arqueaba cuando la tambora tronaba. Y esos ojos separados, esos malditos ojos que todos habían usado para burlarse, se ponían brillantes cuando la música sonaba. Pero todavía había problemas. Barquillero se cansaba rápido. Las patas, por más que se movían bien cuando bailaba, todavía eran débiles. Después de 5 minutos ya no aguantaba. Se detení. Respiraba agitado y necesitaba descansar. No aguanta”, le dijo Artemio a Pancho una tarde de marzo después de una sesión particularmente frustrante.
Se mueve bien por 4 o 5 minutos y luego ya no puede más. Está creciendo todavía, patrón. A lo mejor cuando sea más grande. No tengo tiempo para esperar a que sea más grande. Las fiestas del pueblo son en agosto. Si no está listo para entonces. No terminó la frase, pero ambos sabían lo que significaba. Si Barquillero no estaba listo para las fiestas, entonces nunca iba a estar listo. Y si nunca estaba listo, entonces todo esto, los meses de trabajo, las burlas aguantadas, la terquedad de no matarlo, habría sido para nada.
Artemio aumentó el entrenamiento. Dos sesiones al día, una en la mañana, una en la tarde, siempre con música, siempre marcando el ritmo, empujando un poco más cada día. Farquillero respondía, pero Artemio veía que le costaba. El caballo terminaba las sesiones con la cabeza baja, respirando como si hubiera corrido kilómetros. Las patas le temblaban. Una noche de abril, Artemio estaba en el portal tomándose un tequila cuando Pancho se sentó junto a él. Patrón, ¿puedo decir algo? Dime. Creo que lo está forzando mucho.
Artemio no volteó a verlo. Tiene que estar listo. Sí, pero las patas le tiemblan después de cada sesión. Se ve cansado. A lo mejor necesita descansar un poco. No hay tiempo para descansar. Patrón. Mira, Pancho. Artemio se volteó. Yo sé lo que estoy haciendo. Este caballo tiene que estar perfecto para agosto. Perfecto. Porque si no lo está, si sale ahí y la gente ve que no más es un caballo chueco haciendo movimientos raros, entonces no era más que una pérdida de tiempo.
Y yo voy a quedar como el Mariana más grande de Jalisco. Pancho no dijo nada más, pero tenía razón. Dos días después, en plena sesión de la tarde, Barquillero se detuvo en medio de la música. Dale, muchacho, sigue. El caballo no se movió. Barquillero, dale. Nada. Artemio le marcó el ritmo con las piernas. Más fuerte esta vez. Insistente. Barquillero dio dos pasos y se detuvo otra vez. ¿Qué te pasa? Dale, Mariana El caballo volteó la cabeza, lo miró con esos ojos grandes y Artemio vio algo que no había visto antes.
Cansancio. No, el cansancio normal después de trabajar. Era algo más profundo. Era el cansancio de alguien, de algo que ha dado todo lo que tiene y necesita un respiro. Artemio se bajó del caballo. Se quedó ahí parado, viendo a barquillero respirar. Las patas le temblaban. El sudor le corría por el cuello, la cabeza la tenía baja. “Perdón, muchacho, dijo Artemio en voz baja. Perdón.” Le quitó la silla, lo limpió, le dio agua fresca y lo dejó en paz.
Esa noche no durmió. se quedó en el portal pensando en lo que estaba haciendo, en por qué lo estaba haciendo, en si realmente era por el caballo o si era por su propio orgullo. Y tuvo que admitir, aunque le doliera, que tal vez era más lo segundo que lo primero. Al día siguiente cambió el plan en lugar de dos sesiones diarias, una en lugar de empujar hasta que barquillero no pudiera más parar cuando el caballo todavía tenía energía.
En lugar de ver los errores y las debilidades, empezar a ver lo que el caballo hacía bien. Y lo que hacía bien era mucho. Las patas torcidas cuando bailaba, se levantaban más alto que las de cualquier caballo normal. El cuello chueco se arqueaba con un dramatismo que los cuellos normales no podían lograr. Y el ritmo, el maldito ritmo era perfecto, como si la música le corriera directo de las orejas a las patas sin pasar por el cerebro.
En mayo, Barquillero cumplió un año y dos meses. Ya no parecía un potro. Era un caballo joven, delgado, pero musculoso, con las patas que todavía se veían raras, pero que ya no se doblaban cuando caminaba. El pelaje le había oscurecido a un café profundo, casi chocolate. Y cuando bailaba, cuando realmente bailaba sin estar cansado, sin estar presionado, era hermoso. Raro, sí, diferente, sin duda, pero hermoso. Artemio lo vio bailar una tarde de junio y sintió algo que no había sentido en meses.
Orgullo. No el orgullo herido que lo había hecho quedarse con el caballo. No el orgullo terco que lo había hecho aguantar las burlas. Era algo más limpio, más honesto. Era el orgullo de ver a alguien, a algo, lograr lo que todos decían que era imposible. Patrón, Pancho estaba en la puerta del establo. Dime, ¿de verdad lo va a llevar a las fiestas? Artemio asintió. De verdad. Y si Pancho no terminó la pregunta, pero Artemio sabía qué iba a decir.
Y si sale mal, ¿y si la gente se burla? ¿Y si todo esto fue para nada? Entonces al menos sabré que lo intenté. En julio empezaron los preparativos. Artemio mandó hacer una silla nueva para barquillero, no lujosa. No tenía dinero para eso, pero decente. Con grabados sencillos, cuero bueno, de plata. También compró riendas nuevas, espuelas pulidas, aunque no las iba a usar para picar al caballo, sino solo para verse bien, y sacó su traje de charro del closet.
Hacía 3 años que no se lo ponía. Le quedaba un poco apretado. Había subido de peso con el estrés, pero todavía se veía bien. Negro con botones de plata, sombrero de ala ancha, botas de charol. Se miró en el espejo y casi no se reconoció. ¿Cuándo había sido la última vez que se vistió de charro? ¿Cuándo había sido la última vez que fue a una fiesta sin sentir vergüenza? Las fiestas de agosto estaban a tres semanas de distancia.
Artemio intensificó el entrenamiento, pero con cuidado. Una sesión al día, buena música, ritmo marcado y siempre, siempre parar antes de que barquillero se cansara. El caballo respondía cada vez mejor. Ya no se detenía a la mitad. ya no dudaba. Cuando la música sonaba, bailaba y cuando bailaba, era como si nada más existiera en el mundo más que él y el ritmo. Una semana antes de las fiestas, Artemio tomó una decisión. Le iba a decir a don Esteban.
Don Esteban llegó al rancho un martes por la tarde, como siempre lo hacía, para revisar los caballos y ver cómo iban las cosas. Artemio lo esperaba en la oficina, nervioso, sudando más de lo normal. ¿Querías hablar de algo?”, preguntó don Esteban mientras se sentaba. “Sí, patrón.” Artemio respiró hondo. Quiero llevar a Barquillero a las fiestas de agosto. Don Esteban lo miró como si le hubiera dicho que quería volar a la luna. ¿Qué? A las fiestas del pueblo, a la competencia de caballos bailadores.
Hubo un silencio largo. Don Esteban se quitó el sombrero. Se pasó la mano por el cabello gris. “Artemio, ¿estás tomando?” No, patrón. Entonces, ¿qué chingados te pasa? ¿Llevar a ese caballo a las fiestas? ¿Para qué? ¿Para que todos se burlen otra vez? ¿Para que la gente recuerde por qué ya no quieren traer sus yeguas aquí? Barquillero puede bailar. Don Esteban se rió. No una risa alegre, una risa amarga, cansada. Artemio, ese caballo apenas puede caminar derecho. Puede bailar, patrón.
En serio, no. No puede. Y aunque pudiera, ¿de qué serviría? Ya hiciste suficiente daño quedándote con él. Ahora quieres exhibirlo frente a todo el pueblo Artemio apretó los puños. Déjeme mostrárselo. Mostrarme qué? Déjeme traer a Barquillero aquí con música 5 minutos. Si después de eso usted cree que estoy loco, pues no lo llevo. Don Esteban suspiró. Estaba cansado de pelear. Llevaba más de un año cansado de pelear. Está bien, muéstrame, pero esto es la última vez que hablamos de ese caballo.
¿Entendido? ¿Entendido? Artemio salió de la oficina casi corriendo. Le hizo señas a Pancho, que estaba limpiando un corral. Trae a Barquillero con la silla nueva y trae la bocina. 10 minutos después, Artemio estaba montado en barquillero frente a la oficina. Don Esteban salió con los brazos cruzados. con esa cara de alguien que está haciendo un favor que no quiere hacer. Pancho puso la bocina en el suelo, conectó el celular. Listo, patrón. Artemio asintió. La música empezó. Un corrido norteño, de esos con tambora pesada y acordeón chillón.
Ritmo marcado, fuerte, imposible de ignorar. Barquillero levantó las orejas. Artemio le marcó el ritmo con las piernas, suave, izquierda, derecha. Y barquillero empezó a bailar. Las patas delanteras, esas patas torcidas que todos habían dicho que no servían, se levantaron alto, muy alto, con fuerza y precisión. El cuello se arqueó hacia atrás, dramático, como si estuviera desafiando a la gravedad. El cuerpo entero se movió al ritmo de la tambora, cada paso sincronizado, cada movimiento intencional. No era como los caballos bailadores profesionales que don Esteban había visto en competencias de Guadalajara.
Era distinto. Las patas subían más alto, el cuello se doblaba más, los movimientos eran más dramáticos, más intensos. Raro, sí, pero hipnótico. Don Esteban se enderezó, dejó caer los brazos. Barquillero bailó durante 3 minutos. Tres minutos en los que no hubo nada más en el mundo que el caballo, la música y el ritmo. Luego la canción terminó y Barquillero se detuvo respirando fuerte pero tranquilo. Artemio se bajó. Don Esteban se quedó callado un momento largo, luego caminó hasta Barquillero, le puso la mano en el cuello, lo miró de arriba a abajo.
Hace esto seguido, todos los días, sin que se canse. Aguanta cinco, seis canciones antes de necesitar descanso. Don Esteban negó con la cabeza, pero esta vez no era un negativo de decepción, era un negativo de asombro. No lo puedo creer. Entonces, ¿puedo llevarlo? Don Esteban volteó a verlo. Artemio, si lo llevas a las fiestas y sale mal, te van a destrozar. A ti y a mí va a ser peor que cuando nació. Lo sé. La gente va a decir que estás loco.
Van a decir que la yeguada el 50 está acabada. Van a Lo sé, patrón, pero tiene que verlo. Este caballo puede ganar. Don Esteban se rió otra vez, pero esta vez la risa tenía algo distinto, algo que sonaba casi a esperanza. ¿Estás loco, Artemio? Probablemente. Está bien, llévalo, pero con una condición. ¿Cuál? Si sale mal, si la gente se burla, si esto es un desastre, te olvidas del caballo, lo vendes, lo regalas, lo que quieras. Pero se acaba.
No voy a aguantar otro año de esto. Artemio extendió la mano. Trato. Don Esteban se la estrechó. Que Dios nos ayude. Las siguientes dos semanas fueron un torbellino. Artemio no le dijo a nadie que iba a llevar a Barquillero a las fiestas, ni a los otros trabajadores, ni a los rancheros conocidos, ni siquiera a su hermana que vivía en Guadalajara. Esto tenía que ser una sorpresa, porque si la gente se enteraba antes, las burlas empezarían desde ya.
Y Artemio necesitaba que Barquillero entrara a ese ruedo sin que nadie supiera qué esperar. Entrenó todos los días, una sesión en la mañana temprano antes de que saliera el sol. Música, ritmo, repetición. Barquillero respondía mejor cada vez. Ya no dudaba, ya no se cansaba tan rápido. Era como si supiera que algo grande estaba por venir. Artemio también se preparó. Practicó montar con el traje de charro completo, con todo y sombrero y espuelas, para acostumbrarse al peso y la incomodidad.
Ensayó cómo iba a entrar al ruedo, cómo iba a presentar a barquillero, cómo iba a mantener la calma cuando todos lo vieran, porque iban a verlo todos. Los que se habían burlado, los que habían dicho que el caballo no servía, los que le habían aconsejado matarlo. Chava estaría ahí, don Rutilio estaría ahí, todos los rancheros de la región que lo habían mirado con lástima durante más de un año, todos iban a ver lo que Barquillero podía hacer y tenía que ser perfecto.
Cco días antes de las fiestas, Artemio llevó a Barquillero al campo abierto detrás del rancho. Quería ver cómo respondía el caballo a un espacio más grande, con más distracciones. El ruedo de las fiestas iba a estar lleno de gente, de ruido, de otros caballos. Barquillero necesitaba estar listo. Montó, puso la música y empezó. Farquillero bailó como nunca. Las patas subían y bajaban con una energía que Artemio no había visto antes. El cuello se arqueaba tanto que casi tocaba el lomo.
Los ojos brillaban y el ritmo, el maldito ritmo, era tan perfecto que daba miedo. Cuando terminó, Artemio se quedó sentado en la silla respirando fuerte con el corazón latiéndole rápido. Pancho, que había estado viendo desde la cerca, se acercó. Patrón, ese caballo lo sé, va a ganar. Artemio quería creerlo. Quería creerlo con cada fibra de su ser, pero había una parte de él, una parte pequeña pero ruidosa, que seguía dudando, que seguía recordando las burlas, las miradas de lástima, las palabras de chava.
Ni para la machaca sirve. ¿Y si estaba equivocado? ¿Y si esto era nada más su mente queriendo ver algo que no existía? ¿Y si barquillero salía al ruedo? Y la gente veía lo que siempre habían visto. Un caballo deforme haciendo movimientos raros. Patrón. Pancho lo miraba preocupado. Está bien. Artemio se bajó del caballo, le quitó la silla, lo limpió. Estoy bien, pero no estaba bien. Estaba aterrado. Dos noches antes de las fiestas, Artemio no pudo dormir. Se quedó en el establo con barquillero, sentado en el piso de paja, viendo al caballo dormir.
La luna entraba por la ventana, iluminando el pelaje café oscuro. Barquillero respiraba tranquilo, sin saber nada de lo que venía. Artemio se acordó del día que nació. Se acordó de cómo lo había visto ahí en la paja, torcido y feo, y de cómo había sentido vergüenza. Vergüenza de haber esperado tanto, vergüenza de que el hijo del generoso hubiera salido así. Y ahora, más de un año después, estaba a punto de llevarlo frente a todo el pueblo. No sé si estoy haciendo lo correcto, muchacho, le dijo en voz baja.
A lo mejor estoy loco, a lo mejor todos tienen razón y yo estoy viendo algo que no existe. Farquillero abrió un ojo, lo miró y volvió a cerrarlo. Pero ya llegamos hasta aquí y si vamos a fallar, pues que sea fallando con todo. se levantó, le puso la mano en el cuello al caballo. “Tú no más haz lo que sabes hacer. Baila, baila como lo has hecho todos estos meses y yo me encargo del resto.” Barquillero no respondió, solo siguió durmiendo, tranquilo, ajeno a todo.
El día de las fiestas llegó. Artemio se despertó a las 5 de la mañana, aunque no tenía que presentarse hasta la tarde. No pudo quedarse en la cama. Se levantó, se bañó, se vistió con el traje de charro, se peinó, se puso la loción que tenía guardada desde quién sabe cuándo, se miró en el espejo. Se veía bien, nervioso, pero bien. A las 2 de la tarde, cuando el sol ya estaba alto y el calor apretaba, Artemio ensilló a Barquillero.
La silla nueva, las riendas nuevas, las espuelas pulidas. El caballo se veía imponente, raro todavía. Sí. Las patas seguían viéndose chuecas, el cuello seguía viéndose corto, los ojos seguían separados, pero había algo en él, algo en la forma en que levantaba la cabeza, en la forma en que pisaba, en la forma en que sus ojos brillaban. Como si supiera, Pancho llevó el tráiler al frente del rancho. Listo, patrón. Artemio subió a Barquillero al tráiler. El caballo entró sin problemas.
Tranquilo. Listo. Subieron a la camioneta y arrancaron hacia Ejutla. Las fiestas del pueblo los esperaban. Las fiestas de agosto en Ejutla eran lo más grande del año. Artemio lo sabía porque había ido a todas desde que era chamaco. Recordaba cuando su papá, que en paz descanse, lo llevaba montado en los hombros para ver los jaripeos, las carreras de caballos, los concursos de escaramuzas. recordaba el olor a tacos de carnitas, a churros, a tequila derramado en el suelo.
Recordaba la banda tocando tan fuerte que los oídos le zumbaban toda la noche y ahora iba de vuelta, pero no como espectador. El camino de 20 minutos desde el rancho hasta el pueblo se le hizo eterno. Artemio iba callado con las manos apretadas en el volante. Pancho tampoco decía nada. Atrás, en el tráiler, barquillero viajaba tranquilo. Cuando llegaron a la entrada del pueblo, ya había coches estacionados por todos lados, camionetas, tráilers con caballos, familias caminando hacia la plaza principal.
El aire olía a polvo y comida frita. La banda ya estaba tocando. Artemio podía escucharla desde lejos, esa tambora inconfundible que hacía vibrar el pecho. Ay, patrón, dijo Pancher. Hay un chingo de gente. Ya sé. Nervioso. No, mentira. Estaba cagado de miedo. Pero ya no había vuelta atrás. Siguieron las indicaciones hasta el área de participantes. Detrás del ruedo. Ya había como 20 tráilers estacionados. Artemio reconoció algunas camionetas. Don Rutilio, don Macario, otros rancheros de la región. Y ahí reluciente como siempre la Ram negra de Chava.
Artemio estacionó lo más lejos que pudo. Voy a registrarme, le dijo a Pancho. Tú quédate con barquillero, no lo saques todavía. Sí, patrón. Artemio caminó hacia la mesa de registro. Había una fila de como 10 rancheros esperando, todos vestidos de charro, todos con sombreros caros, todos platicando y riéndose como si esto fuera nada más un día normal. Para ellos probablemente lo era. Cuando le tocó el turno a Artemio, la señora de la mesa lo miró sorprendida. Artemio Salazar.
Sí, señora. ¿Vienes a competir? Sí. ¿Con qué caballo? Artemio tragó saliva con barquillero de la yeguada el 50. La señora escribió el nombre, luego levantó la vista. Barquillero, el hijo del generoso. Sí, señora. Hubo un silencio incómodo. La señora no dijo nada más, pero Artemio vio cómo lo miraba. con lástima, con confusión, como preguntándose por qué estaba haciendo esto. “Participas en el tercer bloque”, dijo finalmente, “Como en hora y media.” “Gracias.” Cuando Artemio regresaba al tráiler, escuchó una voz conocida.
Artemio se volteó. Era don Rutilio, el mismo que había venido al rancho a burlarse del potro. Venía con su hijo, ambos vestidos de charro, ambos con expresión de sorpresa. Don Rutilio, ¿vas a competir? Sí. ¿Con cuál caballo? Artemio podía haber mentido, podía haber dicho otro nombre, pero no lo hizo. Con barquillero, don Rutilio se quedó callado un momento, luego soltó una risa nerviosa. El el deforme, ese mismo, el hijo de don Rutilio, el estudiante de veterinaria, se acercó.
El que tenía displacia y lordosis cervical. Ese. Los dos se miraron entre ellos. Luego don Rutilio le puso la mano en el hombro a Artemio. Artemio, no sé si esto es valiente o es una estupidez, pero te deseo suerte. Se fueron caminando hacia sus propios caballos, negando con la cabeza. Artemio siguió hacia su tráiler. Pancho lo esperaba afuera, pálido. ¿Qué pasó, patrón? Nada. ¿Cómo está, arquillero? Tranquilo, pero patrón, acaba de pasar chava. Artemio sintió que se le apretaba el estómago.
¿Qué quería? Preguntó de quién era el tráiler. Le dije que suyo. Se quedó ahí parado un rato viendo hacia el tráiler y luego se fue riéndose. Dijo algo no más se rió. Artemio abrió la puerta del tráiler. Barquillero estaba ahí tranquilo comiendo un poco de eno. Levantó la cabeza cuando Artemio entró. lo miró con esos ojos grandes. Ya casi, muchacho, ya casi. El tiempo pasó demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo, Artemio se quedó junto al tráiler viendo a los otros competidores prepararse.
Todos tenían caballos hermosos. Pura raza española, azteca, algunos frisones, caballos con cuellos largos y elegantes, patas perfectas, pelajes brillosos, caballos que habían costado fortunas, caballos entrenados por años y luego estaba barquillero. A las 4 de la tarde empezó la competencia. El ruedo estaba rodeado de gente, cientos de personas sentadas en las gradas de pie alrededor de la cerca, apretadas bajo el toldo que daba sombra. La banda estaba en una tarima al lado, lista para tocar y en el centro el juez, un hombre mayor de Guadalajara que venía todos los años, esperaba con su libreta.
El primer competidor entró. Un caballo español hermoso, negro brillante, con su jinete vestido de charro con traje blanco y oro. La banda tocó. El caballo bailó bien, muy bien. Los pasos limpios, el ritmo marcado, la elegancia perfecta. La gente aplaudió fuerte. Luego entró el segundo, un azteca café con blanco, igual de impresionante. Bailó mejor que el primero. La multitud rugió y entonces le tocó a Artemio. Participante número tres. Anunció el juez por el micrófono. Artemio Salazar de la yeguada el 50 montando a Hubo una pausa.
El juez revisó sus papeles. Barquillero. Artemio escuchó murmullos en la multitud. La gente se preguntaba quién era ese caballo. Nadie lo conocía todavía. Artemio montó a barquillero detrás del ruedo, donde nadie los veía todavía. El caballo se sentía diferente hoy, más tenso, más alerta, como si supiera que esto era importante. Tranquilo, muchacho, respira. Pancho estaba junto a ellos con la cara pálida. Patrón, hay mucha gente. Lo sé. ¿Estás seguro de esto? Artemio no respondió, solo le dio palmadas en el cuello a Barquillero.
Escucha la música, no más escucha la música y haz lo que sabes hacer. Entonces escuchó su nombre otra vez por el micrófono. Artemio Salazar, ¿estás listo? Artemio respiró hondo, dio la vuelta con barquillero y empezó a caminar hacia la entrada del ruedo. Y fue entonces cuando la gente lo vio. Primero fue un murmullo, luego risas, luego voces claras. Ese es el caballo. Mira cómo tiene las patas. Ese es el hijo del generoso. Está chueco. Las voces se multiplicaban.
Más risas, más comentarios. Artemio podía sentir los ojos de todos clavados en él, en barquillero, juzgando, burlándose. Barquillero sintió la tensión. Empezó a moverse nervioso, las patas temblándole un poco. “Tranquilo”, le susurró Artemio. “Tranquilo, muchacho, no les hagas caso.” Llegaron a la entrada del ruedo. Artemio podía ver las gradas llenas de gente. Podía ver a don Rutilio sentado adelante con cara de pena ajena. podía ver a don Macario negando con la cabeza y ahí, recargado en la cerca con una cerveza en la mano y una sonrisa enorme en la cara, estaba Chava viéndolo esperando, listo para disfrutar el espectáculo de la humillación de Artemio Salazar.
El juez levantó la mano. Cuando estés listo. Artemio le hizo una seña a la banda. La música empezó y en ese momento, en ese preciso segundo, cuando la tambora tronó y el acordeón chilló, algo cambió en barquillero. Las orejas se levantaron, la cabeza se alzó, los ojos brillaron y el caballo que todos habían llamado deforme, el caballo que nadie había querido, el caballo que había nacido mal y había vivido su vida entre burlas y desprecio. Entró al ruedo.
La primera vez que las patas de barquillero se levantaron del suelo, las risas se callaron. No todas. Todavía había algunos que seguían riéndose, pero la mayoría de la gente, la que estaba prestando atención, la que había venido a ver caballos bailadores de verdad, se quedó callada, porque lo que estaban viendo no tenía sentido. Las patas delanteras subían alto, más alto de lo normal, tan alto que casi tocaban el pecho, y cuando bajaban golpeaban el suelo con una fuerza que hacía eco.
Pum, pum, pum. Al ritmo perfecto de la tambora, el cuello, ese cuello corto que todos habían criticado, se arqueaba hacia atrás de una forma que ningún caballo normal podía hacer. No era elegancia tradicional, era algo más dramático, más intenso y barquillero no caminaba, bailaba. Cada paso era intencional, cada movimiento tenía propósito. La banda tocaba recio, así como dice el corrido. Y barquillero respondía. El acordeón subía, las patas subían, la tambora tronaba, el cuello se arqueaba. Era como si la música le corriera por las venas y saliera por las patas.
Artemio sentía el poder del caballo debajo de él. Sentía como barquillero se movía con una confianza que nunca había tenido antes, como si todo el año de burlas, de dudas, de caídas y levantadas hubiera sido preparación para este momento. El cuaco estando cante, así es como lo cuenta el corrido, se tiró a matar para el ruedo y vaya que se tiró. Barquillero hizo un círculo completo alrededor del ruedo, bailando sin parar. Las patas golpeaban el suelo como truenos.
El polvo se levantaba con cada paso y la multitud, esa multitud que había entrado riéndose, empezaba a cambiar. Los comentarios se volvieron susurros. ¿Viste eso? ¿Cómo está haciendo eso con esas patas? Nunca había visto un caballo bailar así. Artemio no escuchaba nada, solo sentía la música, sentía a barquillero, sentía el momento. Marcaba el ritmo con las piernas, suave, dejando que el caballo hiciera lo suyo, porque esto ya no era entrenamiento, esto era barquillero mostrándole al mundo lo que era.
La canción cambió de ritmo, se hizo más rápida, más intensa. Barquillero respondió. Las patas se movieron más rápido, el cuello se arqueaba y se estiraba en movimientos rápidos, fluidos. Todo el cuerpo del caballo se convirtió en ritmo puro y esos ojos, esos ojos separados que habían sido motivo de burla, brillaban con una intensidad que daba miedo, como si barquillero supiera, como si supiera que todos los que se habían burlado estaban viéndolo ahora, como si supiera que todos los que habían dicho que no servía para nada estaban callados ahora, como si supiera que este era su momento de demostrar que habían estado equivocados.
Don Rutilio, sentado en las gradas, ya no tenía cara de pena ajena. Tenía la boca abierta. Don Macario había dejado de negar con la cabeza. Estaba inclinado hacia delante, viendo cada movimiento. Y Chava, el que había dicho, “Ni para la machaca sirve, ya no estaba sonriendo.” La cerveza se le quedó a medio camino de la boca, olvidada. La banda seguía tocando fuerte, imparable y Barquillero seguía bailando. Hizo otro círculo, luego se detuvo en el centro del ruedo.
La música bajó un momento, ese momento dramático que tienen todos los corridos buenos. Y barquillero se quedó quieto, las patas plantadas, el cuello alzado, la cabeza alta esperando. Y cuando la tambora tronó de nuevo, ese último tronazo antes del final, barquillero se levantó, las patas delanteras se alzaron del suelo, el cuerpo entero se elevó. No mucho, no como los caballos que hacen corbetas completas, pero lo suficiente. Lo suficiente para que se viera majestuoso, para que se viera poderoso, para que se viera imposible.
Porque ese caballo, ese caballo que había nacido torcido, que había sido rechazado, que había sido llamado fenómeno y desgracia, estaba ahí parado como si fuera un rey. La canción terminó. Barquillero bajó las patas, sacudió la cabeza una vez y se quedó quieto. El ruedo entero quedó en silencio. Nadie aplaudía, nadie gritaba, nadie se movía. Por tres segundos que se sintieron como 3 horas, no hubo sonido. Y entonces alguien, una mujer en las gradas del fondo, empezó a aplaudir.
Luego otro, luego otro. Y entonces todo el maldito pueblo explotó. El ruido fue ensordecedor, aplausos, gritos, silvidos. La gente se levantó de sus asientos. Algunos brincaban, otros gritaban el nombre del caballo. Los que habían estado riéndose 30 segundos antes, ahora aplaudían más fuerte que nadie. Artemio sintió algo caliente bajándole por las mejillas. se dio cuenta de que estaba llorando. Pancho estaba en la entrada del ruedo con las manos en la cabeza gritando algo que Artemio no podía escuchar.
Don Esteban, que se había aparecido sin que Artemio supiera, estaba junto a él con una sonrisa enorme en la cara. Artemio le dio palmadas en el cuello a Barquillero. Lo hiciste, muchacho. Lo hiciste. Dio la vuelta al caballo para salir del ruedo y fue entonces cuando vio a los otros competidores. Estaban todos ahí junto a la cerca viendo los 20 rancheros que habían traído sus caballos caros y perfectos, los 20 jinetes que habían entrenado por años y todos, todos tenían la misma expresión.
Asombro. Don Rutilio se acercó cuando Artemio pasó junto a él. Artemio, yo no sé qué decir. Artemio no dijo nada, solo asintió y siguió caminando. Don Macario estaba más adelante. Se quitó el sombrero cuando Artemio pasó. Ese caballo nunca había visto nada igual. Artemio llegó a donde estaba su tráiler. Bajó de barquillero, le quitó la silla. Las manos le temblaban. El caballo respiraba fuerte, pero tranquilo. Se veía cansado, pero satisfecho, como si supiera lo que había hecho.
Pancho llegó corriendo. Patrón, ¿lo viste? Todos quedaron callados. Todos. Don Esteban llegó caminando más despacio con esa sonrisa que no se le borraba. Artemio, tenías razón. Sí, patrón. Ese caballo es es no terminó la frase, no encontró las palabras, la competencia siguió. Entraron más caballos, buenos caballos, caballos hermosos y bien entrenados. Pero todos sabían, todos en ese ruedo sabían que ya no importaba, porque lo que habían visto no se podía superar. El último competidor era Chava. montaba un caballo español blanco precioso que había costado una fortuna.
Un caballo que Chava había estado entrenando por 3 años específicamente para esta competencia. Un caballo que hasta hace media hora parecía que iba a ganar. Chava entró al ruedo con la cara seria, sin sonrisas, sin burlas. Sabía lo que tenía que hacer. Su caballo bailó bien, muy bien, los pasos limpios, la elegancia perfecta, todo técnicamente correcto, pero no tenía lo que tenía barquillero, no tenía ese fuego, esa intensidad, ese algo que hacía que no pudieras apartar los ojos.
Cuando Chava terminó, la gente aplaudió, pero no como habían aplaudido para Barquillero. Era un aplauso educado, respetuoso, pero sin emoción. Chava salió del ruedo y fue directo a su tráiler. Ni siquiera volteó a ver a Artemio. El juez se subió a la tarima con el micrófono. Señoras y señores, después de deliberar con los otros jueces, hemos tomado una decisión. El ruedo quedó en silencio otra vez. El tercer lugar es para don Macario Ruiz con el caballo emperador.
Aplausos. El segundo lugar es para Salvador Mendoza con el caballo relámpago blanco. Más aplausos. Chava recibió su trofeo sin sonreír. Y el primer lugar, el juez hizo una pausa. El primer lugar es para Artemio Salazar, de la yeguada el 50, montando a Barquillero. El ruido que siguió fue más fuerte que cuando Barquillero había terminado de bailar. La gente gritaba, aplaudía, silvaba. Algunos hasta se subieron a la cerca para ver mejor. Artemio caminó hacia la tarima para recibir el trofeo.
Le temblaban las piernas, le temblaban las manos, le temblaba todo. El juez le entregó el trofeo, una copa grande de plata con una figura de un caballo encima y el sobre con el premio en efectivo. Felicidades, Artemio. En mis 30 años juzgando caballos bailadores, nunca había visto algo así. Gracias. El juez se volteó hacia el micrófono. ¿Quiere decir algo? Artemio miró la multitud. Todas esas caras viéndolo esperando. Encontró a Chava entre la gente. Lo vio ahí parado, con los brazos cruzados, con la mandíbula apretada.
Y Artemio supo exactamente qué decir. Este caballo empezó con voz fuerte para que todos escucharan. Nació mal. Todos lo saben. Todos ustedes lo vieron cuando era potro y todos me dijeron que lo matara. Silencio. Me dijeron que no servía, que era un error, que era una desgracia para la yeguada. El 50 hizo una pausa. Uno de ustedes me dijo que ni para la machaca servía. Algunos en la multitud se rieron nerviosamente. Chava miró hacia otro lado. Pero yo vi algo.
No sé qué. Tal vez era terquedad. Tal vez era orgullo o tal vez. Artemio levantó el trofeo. Tal vez era que este caballo merecía una oportunidad. La gente aplaudió. barquillero no es perfecto, nunca va a ser perfecto, pero hoy les demostró que a veces lo imperfecto puede ser extraordinario. El aplauso creció más fuerte, más sincero. Artemio bajó de la tarima y caminó de regreso a su tráiler. Y mientras caminaba, con el trofeo en las manos y el sol quemándole la nuca, sintió algo que no había sentido en más de un año.
Paz. Artemio pensó que después de recibir el trofeo, la gente lo dejaría en paz, que podría subir a barquillero al tráiler y regresar al rancho tranquilo. Estaba equivocado. Apenas llegó a su tráiler cuando lo rodearon. Rancheros, familias, gente que ni siquiera conocía. Todos querían ver a Barquillero de cerca. Todos querían tocarlo, tomarle fotos, preguntarle a Artemio cómo lo había entrenado. ¿Cuánto tiempo te llevó? ¿Dónde aprendiste a hacer eso? ¿Lo vas a llevar a otras competencias? ¿Cuánto quieres por él?
Esa última pregunta la hicieron como 10 personas diferentes. Artemio siempre respondía lo mismo. No está a la venta. Pancho ayudaba a mantener a la gente a distancia para que Barquillero pudiera descansar. El caballo estaba tranquilo, comiendo eno, ajeno a todo el alboroto, como si ganar competencias fuera algo que hacía todos los días. Don Esteban se quedó junto a Artemio sonriendo cada vez que alguien nuevo se acercaba a felicitarlos. “¿Sabes que esto cambia todo, verdad?”, le dijo a Artemio en voz baja.
“¿A qué se refiere? A la yeguada, a el generoso. Todo el mundo va a querer traer yeguas ahora. Porque si el hijo deforme salió así, imagínate los que salgan bien. Artemio no había pensado en eso. Había estado tan enfocado en las fiestas, en demostrar que Barquillero valía algo, que no había pensado en las consecuencias. Vamos a tener que contratar más gente, continuó don Esteban. Ya me llegaron tres llamadas mientras estabas en el ruedo. Tres. Todos queriendo apartar espacio para el año que viene.
En serio, en serio, don Esteban le puso la mano en el hombro. Me alegro de que no me hicieras caso cuando te dije que lo mataras. Artemio se rió. Una risa honesta, liberada, como si acabara de soltar un peso que había cargado todo el año. Yo también, patrón. Don Rutilio se acercó con paso tímido. Ya no tenía la actitud arrogante de antes. Se veía avergonzado. Artemio, quiero disculparme. No es necesario. Si lo es, te traté mal a ti y a tu caballo.
Dije cosas que no debía haber dicho. Se quitó el sombrero. Ese caballo que tienes ahí es extraordinario y tú eres un chingón por no haber tirado la toalla. Artemio le extendió la mano. Gracias, don Rutilio. Se la estrecharon larga, firme. Don Macario también se acercó. Su hijo, el estudiante de veterinaria, venía con él. Artemio, mi hijo quiere preguntarte algo. El muchacho se veía nervioso. Señor Salazar, yo yo fui de los que dijo que su caballo no iba a servir para nada.
Estaba equivocado, completamente equivocado. Está bien, muchacho. No, no está bien. Aprendí algo hoy. Aprendí que no todo se puede ver en una radiografía o en un examen físico, que a veces, a veces hay cosas que no se pueden medir. Artemio asintió. A veces lo que parece debilidad es solo algo diferente esperando su momento. El muchacho sacó una libreta. Puedo hacerle algunas preguntas para mi tesis sobre el proceso de entrenamiento, sobre cómo superó las limitaciones físicas. Artemio le dio una entrevista completa, le contó todo, los meses difíciles, el día que Barquillero empezó a moverse al ritmo, las dudas, los miedos, todo.
El muchacho tomaba notas rápidamente, fascinado. Cuando terminaron, don Macario le dijo, “Si alguna vez necesitas algo, Artemio, no más dime, en serio, lo que sea.” La tarde se fue convirtiendo en noche. Las luces del pueblo se encendieron. La banda seguía tocando, la gente seguía celebrando, pero la multitud alrededor del tráiler de Artemio empezó a dispersarse hasta que solo quedó una persona. Chava estaba recargado en su camioneta negra a unos metros de distancia. No se había acercado en toda la tarde.
Solo había estado ahí viendo con una cerveza en la mano que probablemente ya estaba caliente. Artemio lo vio y supo que tenía que enfrentarlo. Pancho, sube a Barquillero al tráiler. Ya nos vamos. ¿Estás seguro, patrón? Sí, yo te alcanzo en un momento. Artemio caminó hacia donde estaba Chava. Su excompadre no se movió, solo lo vio acercarse con esa mirada que Artemio ya no sabía cómo leer. Chava, Artemio se quedaron callados un momento. El ruido de la fiesta sonaba lejano.
Viniste a burlarte, dijo Chava finalmente. A restregarme que ganaste. No deberías. Yo lo haría. Artemio negó con la cabeza. No vine a eso. Entonces, ¿a qué? a decirte que tenías razón. Chava lo miró sorprendido. ¿Qué? Tenías razón. Ese caballo no servía. Al menos no para lo que los caballos normales sirven. Las patas están chuecas, el cuello está mal, los ojos están separados técnicamente, médicamente, objetivamente. No debería poder hacer lo que hace. Chava no dijo nada, pero resulta que lo raro de él es exactamente lo que lo hace especial.
Las patas chuecas le dan ese paso único. El cuello corto le permite arquearse de formas que otros caballos no pueden. Todo lo que está mal en él es lo que lo hace extraordinario. Artemio hizo una pausa y yo no lo vi al principio. No lo vi hasta que dejé de tratar de arreglarlo y empecé a aceptarlo como era. Chava miró hacia el suelo. Quisiste matarlo también. Sí, pero no lo hiciste. No, no porque fuera mejor persona que tú.
Lo hice por terquedad, por orgullo, porque estaba enojado con todos los que se burlaban. Artemio se acercó más. Pero aprendí algo, compadre. Aprendí que a veces las cosas que parecen errores son solo milagros que todavía no se revelan. Chava levantó la vista. Tenía los ojos rojos. No sabía Artemio si era del sol. del alcohol o de algo más. Felicidades, Artemio. Tu caballo es impresionante. Gracias. Ay, tú. Chava tragó saliva. Tú fuiste mejor hombre que yo. Te burlé, te humillé y aún así sigues tratándome con respeto.
Artemio extendió la mano. Fuimos compadres alguna vez. A lo mejor podemos serlo otra vez. Chava miró la mano. Por un momento, pareció que no iba a aceptarla. Luego despacio la tomó. A lo mejor se estrecharon las manos, no como enemigos, no todavía como amigos, pero como algo intermedio, como un comienzo. Chava se subió a su camioneta y se fue. Artemio regresó a su tráiler. Pancho ya había subido a barquillero. Don Esteban se había ido. Solo quedaban ellos dos y el caballo.
Listo, patrón. Listo. Subieron a la camioneta y empezaron el camino de regreso al rancho. El pueblo de Jutla se iba haciendo pequeño en el espejo retrovisor. Las luces de la fiesta titilaban en la distancia. La música de la banda se iba apagando poco a poco. Artemio manejaba en silencio con el trofeo en el asiento del copiloto brillando bajo las luces de la carretera. Pancho también estaba callado hasta que dijo, “Patrón, ¿se da cuenta de lo que pasó hoy?
Sí. Ganamos, le ganamos a todos. Artemio negó con la cabeza. No le ganamos a nadie, Pancho. Solo le demostramos al mundo que barquillero valía la pena. Eso es todo. Pero la gente, la gente va a olvidar. En un año, dos años van a recordar que hubo un caballo raro que ganó una vez, pero no van a recordar por qué fue importante. ¿Y por qué fue importante? Artemio pensó en la pregunta. Pensó en el año que había pasado, en las burlas, en las dudas, en las noches sin dormir preguntándose si estaba loco.
Pensó en el momento en que Barquillero bailó por primera vez, en el momento en que entró al ruedo hoy, en la cara de todos cuando vieron que estaban equivocados. Fue importante porque un caballo que todos dijeron que no servía para nada encontró exactamente para qué servía. Y eso, compadre, eso es lo único que importa. Llegaron al rancho pasadas las 10 de la noche. Bajaron a barquillero del tráiler. El caballo estaba cansado, pero tranquilo. Lo llevaron a su establo.
Le dieron agua fresca, eno limpio. Artemio se quedó un momento ahí viéndolo comer. El trofeo brillaba sobre la mesa de madera en la esquina. Mañana lo iba a poner en la oficina junto a los otros premios que la yeguada había ganado a lo largo de los años, pero por esta noche solo quería quedarse ahí. Pancho se asomó por la puerta. Patrón, ya me voy a dormir. Ve, Pancho, gracias por todo. Gracias a usted y a Barquillero. Se fue.
Artemio se quedó solo con el caballo. Lo hiciste, muchacho. Lo hiciste. Barquillero levantó la cabeza de Leno. Lo miró con esos ojos grandes y separados. Luego volvió a comer como si nada. Artemio se sentó en el piso del establo con la espalda contra la pared, cerró los ojos y por primera vez en más de un año durmió tranquilo. Las ofertas empezaron a llegar dos días después. La primera fue de un ranchero de Colima, 50,000 pesos por barquillero.
Artemio ni siquiera consideró responder. Luego vino una de Michoacán, 75,000. Después una de Guadalajara, 100,000. Y luego llegó la grande, un empresario de la Ciudad de México que tenía caballos de exhibición, 200,000 pesos más la garantía de que Barquillero participaría en las mejores competencias del país. Más un contrato para usar su imagen en promociones. Era más dinero del que Artemio había visto en su vida. ¿Qué vas a hacer?, le preguntó Pancho cuando Artemio le contó de la oferta.
Nada, nada. El caballo no está a la venta, pero patrón, 200,000 pesos. Artemio lo miró. ¿Cuánto vale tu dignidad, Pancho? El muchacho se quedó callado. Exacto. No tiene precio. Y barquillero tampoco. Los siguientes meses fueron un torbellino. La yeguada el 50 empezó a recibir solicitudes de todo Jalisco y estados vecinos. rancheros que querían traer yeguas para el generoso, criadores que querían comprar potros, gente que solo quería conocer a Barquillero. Don Esteban tuvo que contratar a dos personas más para ayudar con la carga de trabajo.
La oficina, que antes estaba medio vacía, ahora tenía el teléfono sonando todo el día. No lo puedo creer, le dijo a Artemio un día de octubre. Hace un año estábamos a punto de cerrar y ahora las cosas cambian, patrón. Sí, gracias a un caballo que todos dijeron que no servía, Artemio llevó a Barquillero a tres competencias más ese año. Ganó dos. En la tercera quedó en segundo lugar. Un caballo español de Aguascalientes lo superó, pero ni siquiera le importó.
Ya había demostrado lo que tenía que demostrar. En diciembre llegó algo inesperado. Un compositor de Sinaloa, un tal Edén Muñoz de calibre 50, contactó a Artemio. Había escuchado la historia de Barquillero y quería escribir un corrido sobre él. Es una historia que tiene que contarse, le dijo por teléfono. Un caballo que nació sin valor y se convirtió en leyenda. Es perfecto. No sé, dijo Artemio. No soy de los que buscan fama. No es sobre ti, es sobre el caballo y sobre lo que representa.
¿Cuánta gente nace en este mundo sintiendo que no vale nada, que no sirve? Y nunca nadie les da una oportunidad de demostrar lo contrario. Artemio pensó en eso, en todas las personas que habían llamado a barquillero un error, en todas las voces que habían dicho que lo mejor era matarlo, en cómo estuvo a punto de escucharlas. Está bien, hágale. El corrido salió en abril de 2020. Se llamaba simplemente barquillero y contaba la historia, no exactamente como había pasado, porque los corridos siempre adornan un poco, pero con la esencia correcta.
“Ni para la machaca sirve burlesco”, gritó un amigo. Aunque tenía buena sangre, no quisieron al potrillo. Cuando Artemio lo escuchó por primera vez, se le hizo un nudo en la garganta. Ahí estaba. La historia de su caballo, la historia de su terquedad, la historia de cómo algo que todos rechazaron se convirtió en algo extraordinario. Pancho entró a la oficina mientras sonaba la canción. Lo está escuchando, patrón. Sí. ¿Qué le parece? Artemio escuchó hasta el final. de no servir para nada a ser el más codiciado, pues lo bueno sale caro.
Me parece que barquillero ya es más que un caballo. Es una historia. Siempre fue una historia, patrón, no más que ahora todo el mundo la conoce. La última oferta llegó en mayo de 2021. No fue de un ranchero, fue de un museo en España. Querían a Barquillero para exhibición, no para competir, solo para que la gente lo viera, para que supieran que existió. Ofrecían medio millón de pesos. Artemio rechazó la oferta en menos de 5 minutos. Ese caballo se queda aquí, le dijo a don Esteban, en su tierra, donde nació, donde todos dijeron que no servía.
Aquí es donde tiene que estar. Don Esteban sonrió. Ya me lo imaginaba. Una tarde de julio, dos años después de las fiestas, Artemio estaba en el establo limpiando cuando llegó una visita inesperada. Chava. No venía en su camioneta negra, venía en una camioneta más vieja, más humilde. Se bajó con un sombrero simple y botas gastadas. Artemio, chava, ¿tienes un momento? Artemio dejó el rastrillo. Claro. Se sentaron en el portal de la casa con dos cervezas frías entre las manos.
Chava no hablaba, solo veía hacia los cerros, hacia el mismo paisaje que ambos habían visto toda su vida. “Me fue mal”, dijo. Finalmente perdí el rancho. Artemio no dijo nada, solo esperó. La esposa me dejó, se llevó la mitad de todo y yo yo no supe administrar lo que quedó. Me endeudé. Tuve que vender. Lo siento, compadre. No lo sientas. Me lo merecía por soberbio, por creído. Chava tomó un trago de cerveza. Vine a pedirte trabajo. Artemio lo miró sorprendido.
Trabajo. Sé que no tengo derecho. Sé que fui un cabrón contigo, pero necesito trabajo, Artemio. Y tú, tú eres el único que todavía me habla. Artemio pensó en las burlas. En el nipalamacha sirve, en todas las veces que Chava había venido a restregarle su éxito. Y pensó en barquillero, en cómo todos lo habían rechazado, en cómo él le había dado una oportunidad. Don Esteban necesita alguien para los establos. Paga lo justo. Nada del otro mundo. Chava levantó la vista.
En serio, en serio, pero con una condición. ¿Cuál? que trates a los caballos con respeto, a todos, hasta a los que parezcan que no valen nada. Chava extendió la mano. Trato. Se la estrecharon. ¿Cuándo empiezo? El lunes. Chava se terminó la cerveza. Se levantó. Gracias, compadre, de verdad. Cuando se fue, Pancho salió de la casa. Le dio trabajo a Chava. Sí. ¿Por qué? Artemio miró hacia el establo donde estaba barquillero. Porque si yo le di una oportunidad a un caballo que nadie quería, lo menos que puedo hacer es darle una oportunidad a un hombre que se cayó.
Los años pasaron. Barquillero siguió compitiendo hasta los 6 años. Ganó más trofeos, más dinero, más fama. Pero Artemio nunca lo vendió, nunca lo sacó de la yeguada el 50. Cuando el caballo se retiró de las competencias, se quedó en el rancho como semental y resultó que sus hijos, aunque ninguno salió con las mismas deformidades, heredaron ese ritmo especial, esa capacidad de bailar como si la música les corriera por las venas. La yeguada el 50 se convirtió en una de las más prestigiosas de Jalisco, no por tener los caballos más caros, no por tenerlos más perfectos, sino por tener los más especiales.
En 2025, don Esteban se jubiló, le dejó la administración de la yeguada a Artemio. “Te la mereces”, le dijo, “por no rendirte, por creer en lo que todos decían que era imposible.” Pancho se quedó como segundo al mando. Chava, que llevaba 4 años trabajando ahí, se ganó el respeto de todos por su dedicación y su humildad. Y Barquillero, ya viejo, ya cansado, seguía en su establo. Ya no bailaba, las patas ya no le respondían como antes, pero los ojos todavía brillaban cuando escuchaba música.
Una tarde de marzo de 2026, Artemio estaba sentado en el establo con barquillero. El caballo estaba echado, respirando despacio. Tenía 8 años. No era viejo para un caballo, pero había vivido intensamente. ¿Te acuerdas del día que naciste?, le dijo Artemio. Todos querían que murieras. Yo también estuve a punto de matarte. Barquillero lo miró con esos ojos separados. Pero no lo hice y mira todo lo que pasó. Cambiaste la yeguada, cambiaste mi vida, cambiaste la forma en que la gente ve a los caballos imperfectos.
Le acarició el cuello. Gracias, muchacho, por enseñarme que a veces lo roto es más hermoso que lo perfecto. Barquillero cerró los ojos, no de cansancio, de paz. En un rancho de Jalisco, un arrendador comenta, casi no trae semental en la yegua del 50. Pero el que sabe, el que estuvo ahí, el que vio todo, sabe la verdad, que barquillero no fue solo un caballo, fue una lección. Una lección sobre el valor, sobre la fe, sobre darle oportunidades a lo que todos rechazan.
fue la prueba viviente de que no servir para nada y no haber encontrado tu propósito son dos cosas muy diferentes. Y que a veces, solo a veces, lo que el mundo llama defecto es exactamente lo que te hace único. El corrido dice que de no servir para nada, barquillero se convirtió en el más codiciado, que cinco potrillos finos y ganado sardo dieron por él, que lo bueno sale caro, pero la verdad es más simple y más profunda.
barquiller nunca dejó de ser el mismo caballo que nació torcido en marzo de 2018. Lo que cambió no fue él, fue la forma en que el mundo decidió verlo. Acabas de escuchar el canal Caballón Cronista.
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