Ayudé A Un Anciano En El Autobús, ¡Y Resultó Ser El Dueño Del Bufete De Mi Marido! Mi Esposo…

Esa mañana ni siquiera la luz del sol que se colaba por la ventana lograba calentar el alma de Valeria. Su mirada estaba vacía, fija en el sobre marrón que reposaba en silencio sobre la mesa del comedor. El logo de los juzgados de familia de Madrid destacaba con una claridad dolorosa. La mano de Valeria temblaba violentamente mientras se extendía lentamente hacia el sobre. Su corazón latía desbocado, como si ya supiera las malas noticias que se escondían dentro. Hacía tres semanas que su marido, Marcos, no volvía a casa. Aquel hombre con el que había construido una vida desde la nada, el que había prometido estar con ella en las alegrías y en las penas, se había transformado en un completo desconocido.

A medida que la carrera de Marcos como un joven y prometedor abogado en Madrid despegaba y su nombre ganaba prestigio, su actitud se había vuelto gélida. Apenas respondía a sus llamadas, ponía excusas de reuniones interminables y finalmente se había marchado de casa sin decir una palabra. Conteniendo la respiración, Valeria abrió el sobre. Sus ojos recorrieron las líneas de texto sobre el papel blanco. Era una citación para la vista del juicio de divorcio. La fecha era mañana mismo por la mañana.

Valeria sintió que el pecho se le oprimía como si el aire de la habitación se hubiera vuelto de repente irrespirable. Las lágrimas caían sobre el papel que certificaba el fracaso de su matrimonio. Antes de que pudiera secarse las mejillas, su móvil vibró. Era un mensaje de texto. En la pantalla apareció el nombre Marcos. Antes ver su nombre le habría provocado una sonrisa. Ahora solo le traía un dolor punzante. Con los dedos aún temblorosos, Valeria abrió el mensaje.

Supongo que ya has recibido los papeles. No te olvides de venir mañana y no montes un drama, Valeria. Coopera y no hagas las cosas más difíciles. El mensaje era frío, sin un saludo, sin un ¿Cómo estás? como si ella fuera una extraña que acababa de conocer. Valeria respiró hondo, reuniendo el coraje que le quedaba para responder. ¿Por qué tenemos que llegar a esto, Marcos? ¿No podemos hablarlo tranquilamente? Tengo derecho a saber por qué de repente quieres el divorcio.

¿Qué he hecho mal? La respuesta de Marcos no tardó en llegar. Era un mensaje más largo, pero cada palabra era una puñalada en el corazón de Valeria. Hablar. Ya no tenemos nada de que hablar. Valeria, sé realista. Míranos a ti y a mí ahora. Soy abogado en uno de los bufetes más prestigiosos del país. Trato a diario con presidentes de multinacionales, altos cargos y gente influyente. Y tú eres una simple ama de casa que no conoce más allá de la cocina y el dormitorio.

Ya no estás a mi nivel. Llevarte a los eventos de la empresa es una vergüenza para mí. No encajas en mi mundo. Valeria se dejó caer sin fuerzas en la silla del comedor. El corazón se le hizo añicos ante la cruel sinceridad de su marido. Recordó los tiempos difíciles cuando Marcos aún era estudiante de derecho y tenían que compartir un bocadillo de tortilla porque él se había gastado todo el dinero en libros. Fue ella, Valeria, quien se quedaba cociendo hasta la madrugada, haciendo arreglos de ropa para las vecinas para poder ayudar a pagar sus estudios.

Fue ella quien lo animó cada vez que suspendía los exámenes y estaba a punto de rendirse. “Has olvidado quién estuvo a tu lado cuando no eras nadie.” Tecleó entre soyosos, las lágrimas cayendo sin control. ¿Quién te cosió tu primer traje para que pudieras ir a las entrevistas? Fui yo, tu esposa. No saques el pasado. La respuesta de Marcos fue instantánea, como si las palabras de Valeria fueran un ataque molesto. Era tu deber como esposa apoyar a tu marido y yo te he recompensado dándote un techo y comida.

Así que estamos en paz. Escúchame bien, Valeria. Mañana en el juzgado tienes que aceptar mi demanda de divorcio sin poner ninguna objeción. Y olvídate del reparto de bienes. Este piso, el coche, los ahorros, todo está a mi nombre. Tú no has contribuido económicamente a nada de esto, así que ni sueñes con pedir nada. Valeria no podía creer lo que leía. Qué astuto había sido Marcos. La entrada para su pequeño piso la habían pagado con el dinero que Valeria había ahorrado durante años cosiendo, mucho antes de que Marcos tuviera éxito.

Pero Marcos, la entrada del piso, empezó a escribir ella, pero antes de que pudiera terminar, el teléfono sonó. Era él. Con manos temblorosas, Valeria respondió. Tenía miedo, pero necesitaba una explicación. Diga. Su voz sonaba ronca y débil. Escúchame, Valeria. La voz de Marcos al otro lado era fuerte. autoritaria y amenazante. No se te ocurra oponerte. Soy abogado. Conozco todos los resquicios de la ley. Si te atreves a pedir el reparto de bienes o a complicar el divorcio, me aseguraré de que no veas ni un solo euro.

Sacaré todos tus trapos sucios ante el juez. Haré que no puedas levantar cabeza en tu vida. Que nadie quiera volver a ser tu amigo. Qué trapos sucios. Me he dedicado a ti toda mi vida. No he hecho nada, soyosó Valeria, dolida por ser acusada de algo que no existía. Puedo inventármelos. Es mi especialidad, gritó él con arrogancia. Puedo manipular los hechos y hacerte parecer la culpable. Así que si quieres vivir tranquila después de esto, haz lo que te digo.

Ven mañana. Asiente ante el juez. Firma y desaparece de mi vida. Coge solo tu ropa, el resto es mío. La llamada se cortó abruptamente. Valeria dejó caer el teléfono sobre la mesa. El silencio en el comedor era abrumador. Miró a su alrededor, al pequeño hogar que había cuidado con amor durante 5 años. Las paredes que pintó, las cortinas que cosió, cada rincón tenía su toque. Y ahora Marcos quería arrebatárselo todo porque ella ya no encajaba en su camino hacia el éxito, un éxito que se había construido sobre las oraciones y el sudor de Valeria.

El dolor se transformó lentamente en una presión que le oprimía el pecho. Se sentía tan pequeña, tan indefensa. Se enfrentaba a su propio marido, un abogado que conocía la ley y dominaba la palabra. ¿Qué podía hacer una mujer corriente como ella? No tenía dinero para un abogado ni contactos influyentes. Pero en medio de esa desesperación, Valeria vio su reflejo en el espejo del aparador. Tenía la cara hinchada y los ojos enrojecidos. ¿Voy a rendirme así? Se preguntó.

De repente recordó las últimas palabras de su madre, que le había pedido que fuera una mujer fuerte y defendiera su honor. No susurró Valeria secándose las lágrimas con rabia. Puede que ahora no tenga dinero, puede que no tenga los estudios de Marcos, pero tengo mi dignidad. No dejaré que me pisotee más, que se quede con sus cosas, pero no le permitiré que destruya mi honor. Esa noche Valeria no pudo dormir. Pasó las horas metiendo algo de ropa en una vieja maleta.

No se llevaría nada que Marcos quisiera, pero mañana iría al juzgado con la cabeza bien alta. Se enfrentaría a él. Le demostraría que podía divorciarse de ella, pero no destruir su alma. Mañana era el día de la batalla. Valeria cerró la vieja maleta. No tenía dinero para un taxi hasta el juzgado. Marcos había bloqueado la cuenta conjunta. El único coche que tenían se lo había llevado él hacía una semana. “Tendré que el autobús,”, murmuró. “No importa.” Antes de que Marcos tuviera éxito, estaba acostumbrada a caminar y usar el transporte público.

Afuera, el viento de la noche soplaba con fuerza, como un presagio de la tormenta que enfrentaría al día siguiente. Valeria cerró los ojos y rezó en silencio, pidiendo fuerzas para soportar el duro día que le esperaba. Lo que no sabía era que el destino ya había preparado un guion diferente, un guion que ni ella ni Marcos podían imaginar. Un humilde encuentro en el autobús de la mañana lo cambiaría todo. El sol de la mañana aún no estaba alto, pero sus rayos se sentían punzantes sobre la piel de Valeria.

Era el día que tanto temía, pero que inevitablemente debía afrontar. De pie, frente al viejo espejo de su habitación, se abrochó una sencilla chaqueta de punto de color crema descolorida por los lavados. Había sido un regalo de Marcos 5 años atrás. con su primer sueldo como abogado Nobel, se la había dado con ojos llenos de amor. Ahora, esa prenda era un testigo mudo de cómo su destino había cambiado drásticamente. Eligió un vestido largo y discreto con un pequeño estampado floral.

No llevaba ninguna joya. Se había quitado la alianza la noche anterior y la había guardado en el cajón de la cómoda. Sentía que era demasiado pesado llevar el símbolo de un vínculo sagrado que hoy sería roto a la fuerza ante la ley. Intentó cubrir su rostro hinchado por el llanto nocturno con un ligero maquillaje, pero las ojeras no se podían ocultar del todo. Valeria salió del pequeño piso que había sido su hogar. cerró la puerta con cuidado.

Quizás pronto tendría que entregarle también esa llave a Marcos, cumpliendo la amenaza de su marido. “Coge solo tu ropa, el resto es mío.” Sus palabras resonaban en sus oídos hiriéndola de nuevo. Al salir del portal de su bloque, vio a varias vecinas cotillando no muy lejos. Valeria bajó la cabeza esperando pasar desapercibida, pero fue en vano. “¡Anda, mira, ahí va Valeria”, susurró una de ellas, lo suficientemente alto como para que se oyera. ¿A dónde irá tan arreglada por la mañana?

He oído que tiene el juicio de divorcio, respondió otra con tono de chismorreo. Qué pena. Su marido es ahora un abogado de éxito. No para de cambiar de coche. Y mírala a ella pobre yendo a pie al juzgado. A saber qué habrá hecho para que la dejen. Es posible. Los ricos buscan a gente de su nivel. Quizás se descuidó y él encontró a otra más guapa. Las palabras afiladas atravesaron los oídos de Valeria. Quiso gritar, defenderse, decirles que había sacrificado su juventud, su piel tera y su energía por el éxito de Marcos, que no se

había descuidado por pereza, sino porque ahorraba en gastos para poder comprarle a él zapatos caros con los que no pasara vergüenza delante de sus clientes, pero las palabras no le salieron. Aceleró el paso, dejando atrás las miradas despectivas de sus vecinas. La parada del autobús estaba bastante lejos, a casi 1 kómetro de su casa. Caminó por la acera polvorienta mientras los coches pasaban a toda velocidad a su lado. Los vehículos de alta gama le recordaban al de Marcos.

Antes ella se sentaba en el asiento del copiloto, escuchando sus historias sobre los casos que había ganado. Ahora era solo una peatona marginada. El sudor frío comenzó a perlar su frente, una mezcla de sol y polvo de la calle. Pero el miedo en su pecho era mucho más agobiante que el calor. La imagen de la fría y formal sala del juzgado la atormentaba. Imaginaba a Marcos con su traje caro, sentado junto a sus elocuentes colegas, listo para destrozar su dignidad con argumentos legales que ella no entendía.

Y si digo algo equivocado, se angustiaba. Y si el juez se cree todas las mentiras de Marcos y si me echan sin un céntimo, ¿dónde viviré? El miedo era como un monstruo que devoraba lentamente su valor. Valeria apretó con fuerza la correa de su bolso. Se sentía tan pequeña, como una hormiga intentando luchar contra un elefante. Marcos lo tenía todo. Dinero, estatus, conocimiento legal y contactos. Ella solo tenía su honestidad y la fe que le quedaba en que la justicia divina existía.

Al llegar a la parada, se sentó en un banco de hierro que empezaba a oxidarse. Esperó el autobús de línea que la llevaría a los juzgados. A su alrededor la gente iba a lo suyo. Unos absortos en sus móviles, otros con la mirada perdida, algunos cabeceando por el cansancio de un turno de noche. En medio de todo ese bullicio, Valeria se sintió terriblemente sola. No tenía una mano a la que agarrarse, ni un hombro en el que apoyarse.

Un sedán negro y brillante pasó lentamente frente a la parada. Las lunas estaban tintadas, pero Valeria reconoció la matrícula. Era el coche de Marcos. El corazón se le detuvo. El coche se deslizó con arrogancia entre el tráfico mientras ella seguía esperando un viejo autobús que no llegaba. La diferencia de sus destinos se mostraba cruelmente ante sus ojos. Marcos avanzaba cómodamente mientras que ella luchaba incluso para llegar al lugar donde se decidiría su futuro. “Dios mío”, rezó en su interior con los ojos llenos de lágrimas mirando el asfalto.

“Si esta separación es el mejor camino, por favor dame fuerzas. No dejes que me derrumbe ante la arrogancia de Marcos. Envíame una sola señal, una ayuda para sentir que hoy no estoy sola.” Poco después, el autobús que esperaba finalmente apareció doblando la esquina, echando humo negro por el tubo de escape. Estaba abarrotado. Valeria suspiró y reunió fuerzas para levantarse. Se preparó para apretujarse entre la multitud, un viaje tan incómodo como el que estaba viviendo en su propia vida.

Subió al autobús sin saber que dentro de ese estrecho transporte público, su desesperada oración estaba a punto de ser respondida de la forma más inesperada. El interior del autobús urbano era asfixiante. El aire era una mezcla de sudor de los pasajeros, olor a tabaco impregnado en la ropa y el polvo de la calle que entraba por las ventanas abiertas. Valeria se quedó de pie, atrapada entre un hombre con un gran saco y un grupo de estudiantes ruidosos.

Las piernas empezaron a dolerle de tener que mantener el equilibrio cada vez que el autobús aceleraba o frenaba bruscamente. El conductor manejaba el viejo vehículo con brusquedad, como si compitiera en una carrera sin importarle la comodidad de los pasajeros. Valeria cerró los ojos por un momento, intentando calmar la ansiedad en su pecho, pero el sonido de un claxon la mantuvo alerta. La fila de asientos reservados para personas mayores justo delante de ella estaba llena. Irónicamente, estaban ocupados por jóvenes absortos en sus móviles, fingiendo dormir o con auriculares ajenos a su entorno.

Nadie parecía prestar atención a una mujer embarazada que se sostenía con dificultad más al fondo, ni a un anciano que se aferraba a una de las barras metálicas. El autobús volvió a frenar al acercarse a la siguiente parada. Las puertas automáticas averiadas se abrieron con un chirrido. Desde abajo, un hombre muy mayor intentaba subir con dificultad. Su pelo era completamente blanco, su cuerpo frágil, vestido con una camisa descolorida y unos pantalones que le quedaban holgados. Sus manos arrugadas temblaban al intentar alcanzar el alto pasamanos del autobús.

Sus pasos eran pesados y lentos. “Venga, abuelo, un poco más rápido, que no tenemos todo el día.” le espetó al conductor con impaciencia. Ni siquiera se movió para ayudarle. El resto de los pasajeros lanzaron miradas de fastidio y volvieron a sus asuntos. Para ellos, aquel anciano lento era solo un obstáculo en su camino al trabajo. El anciano finalmente logró poner un pie en el suelo del autobús, jadeando, pero antes de que pudiera agarrarse a algo firme, el conductor pisó el acelerador a fondo.

El autobús dio un tirón violento hacia delante. El frágil cuerpo del hombre se tambaleó hacia atrás. perdió el equilibrio. “Cuidado”, gritó una mujer cerca de la puerta, pero tampoco se movió para ayudar. Valeria, que vio la escena desde el centro del pasillo, reaccionó al instante, olvidando su propia pena, su propia vergüenza, su instinto humano se impuso. Con agilidad se abrió paso entre los otros pasajeros y agarró el brazo del anciano justo cuando estaba a punto de caer hacia la puerta que aún estaba abierta.

“Agárrese, señor”, exclamó Valeria, soportando el peso del hombre con todas sus fuerzas. Su mano, suave pero firme, lo salvó de un accidente que podría haber sido fatal. El anciano estaba pálido por el susto, sin aliento. Miró a Valeria con los ojos todavía llenos de pavor. “Gracias. Muchas gracias, señorita”, dijo con voz ronca y temblorosa. Valeria le dedicó una leve sonrisa sincera y tranquilizadora. “De nada, señor. Apóyese en mí.” Miró a su alrededor buscando un asiento libre. No había ninguno.

Todos estaban ocupados. Su mirada se posó en un joven sentado en el asiento reservado justo delante que seguía absorto en su juego del móvil ajeno al revuelo. “Disculpa, joven”, dijo Valeria con voz suave, pero firme. “¿Podrías cederle el asiento a este señor? Le cuesta mucho mantenerse en pie.” El joven levantó la vista mirando a Valeria y al anciano con fastidio. Suspiró molesto, como si Valeria hubiera interrumpido un momento crucial de su vida. A regañadientes y con mala cara, se levantó sin decir palabra.

y se fue refunfuñando hacia la parte trasera del autobús. “Siéntese aquí, por favor”, dijo Valeria, guiando lentamente al anciano hasta el asiento. No lo soltó hasta asegurarse de que estaba cómodamente sentado. El hombre suspiró aliviado cuando su frágil espalda tocó el respaldo. Se masajeó las rodillas temblorosas. Una vez recuperado, levantó la vista hacia Valeria, que ahora estaba de pie a su lado, agarrada al respaldo del asiento. “De verdad, muchas gracias, señorita. Si no llega a ser por usted, podría haberme caído a la calle”, repitió el anciano.

Esta vez Valeria pudo ver su rostro con más detalle. Estaba surcado de arrugas, pero sus ojos eran agudos y amables. Había una extraña dignidad en su humilde apariencia, algo que no encajaba con la ropa gastada que llevaba. “No se preocupe, señor, ¿es normal ayudarnos unos a otros?”, respondió ella cortésmente, intentando ocultar su mano izquierda. ahora sin alianza, reajustando la posición de su bolso. En los tiempos que corren, no es fácil encontrar a una joven con un corazón como el suyo murmuró el anciano, casi para sí mismo.

Sus ojos recorrieron la figura de Valeria. Notó que su ropa era modesta pero pulcra. Su rostro era hermoso, pero ensombrecido por una profunda tristeza, y sus ojos estaban hinchados. Aquel anciano llamado Arturo no era en realidad una persona corriente que hubiera cogido el autobús por casualidad. Ese día había dejado deliberadamente su coche de lujo y a su chóer en casa. Quería rememorar sus viejos tiempos cuando luchaba desde abajo por la justicia. Quería sentir el pulso de la gente común a la que tantas veces había defendido en sus sentencias.

Pero nunca imaginó que estaría a punto de sufrir un accidente y que sería rescatado por una joven que parecía llevar todo el peso del mundo sobre sus hombros. El autobús volvió a traquetear al pasar por un bache. Arturo vio a Valeria tambalearse ligeramente, pero intentando mantenerse firme. “Señorita, ¿a dónde se dirige con esa ropa tan formal en un autobús?”, preguntó Arturo tratando de iniciar una conversación. Quería saber más sobre esa mujer de buen corazón. Valeria dudó un momento.

No estaba acostumbrada a sincerarse con extraños y su destino no era precisamente algo de lo que enorgullecerse. A los juzgados de familia, la vergüenza la invadió. ¿Cómo responder? Decir que iba a divorciarse, que su exitoso marido la había abandonado. Yo tengo que hacer un recado, señor, respondió diplomáticamente, forzando una sonrisa que le resultó rígida. Arturo asintió lentamente, como comprendiendo que había algo que ella no quería revelar, pero los viejos ojos de Arturo, que habían visto los rostros de miles de personas en el banquillo de los acusados durante décadas, sabían leer el lenguaje corporal.

vio la ansiedad, el miedo y la profunda tristeza en los ojos de Valeria. “Su rostro está tan nublado como el cielo de ahí fuera”, dijo Arturo de repente. Su voz era suave, como la de un padre hablándole a su hija. “Una persona tan buena como usted no merece llevar esa expresión tan triste.” Esas simples palabras, por alguna razón, tocaron una fibra sensible en el corazón de Valeria. La coraza que había construido desde la mañana empezó a resquebrajarse en medio del ruidoso autobús entre gente indiferente.

El interés genuino de este anciano desconocido hizo que sus ojos volvieran a humedecerse. Valeria giró la cara hacia la ventana para evitar que las lágrimas se desbordaran en público. Este encuentro inesperado había empezado a abrir una pequeña grieta en su corazón congelado. El autobús urbano avanzaba a trompicones entre el tráfico matutino. Allí, en medio de los gases de escape y el rugido del motor diesésel, la conversación entre Valeria y Arturo fluyó lentamente, creando un espacio de calma solo para ellos, ajeno al bullicio de los demás pasajeros.

Valeria respiró hondo tratando de disipar la opresión que volvía a sentir en el pecho por la pregunta del anciano a su lado. Volvió a mirar el rostro de Arturo. Le recordaba a su difunto padre, amable, lleno de las arrugas de la experiencia y emanando una sinceridad difícil de encontrar en la gran ciudad. Sin saber de dónde sacó el valor, las defensas de Valeria se derrumbaron. Quizás estaba cansada de guardárselo todo para ella. O quizás sintió que nunca volvería a ver a este hombre después de hoy, por lo que compartir un poco de su carga no le haría daño.

Yo voy a los juzgados de familia, señor, respondió finalmente en una voz casi inaudible para que los demás pasajeros no la oyeran. Sus ojos volvieron a fijarse en la punta de sus viejos zapatos. Arturo guardó silencio por un momento, no pareció sorprendido, pero su expresión se tornó más seria, más empática. Se movió un poco en su asiento para oírla mejor entre el ruido del autobús. No creo que vaya a ser testigo en la boda de nadie, ¿verdad?, preguntó con delicadeza, aunque ya intuía la respuesta por el aura de tristeza que envolvía a la joven.

Valeria negó lentamente con la cabeza. Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. No, señor, voy a poner fin a mi matrimonio. Hoy es la primera vista. Un breve silencio se instaló entre ellos, solo roto por el grito de un vendedor ambulante que ofrecía pañuelos y botellas de agua. “Mi marido, ya no me quiere, señor”, continuó Valeria, incapaz de contener las lágrimas esta vez. Una gota cayó sobre el dorso de su mano que apretaba con fuerza. Ahora tiene éxito.

Es alguien importante. Dice que ya no merezco estar a su lado, que soy una vergüenza para su carrera. Al oír esa confesión, la mandíbula de Arturo se tensó sutilmente. Su mano arrugada apretó con más fuerza el pomo de su bastón de madera. Como hombre que había pasado décadas en el mundo de la ley, había visto casos como este hasta la saciedad. La vieja historia del desagradecido, de la lealtad traicionada por el brillo de la riqueza y el estatus.

Pero oírlo directamente de una mujer que parecía tan buena y dulce como Valeria todavía le revolvía el estómago de ira. “Es un necio”, dijo Arturo de repente. Su voz era baja, pero firme. Valeria se giró sorprendida. No esperaba una afirmación tan tajante de un hombre de aspecto tan apacible. “Perdón, señor.” Arturo la miró directamente a los ojos. Su mirada era penetrante, pero tranquilizadora, como si le transmitiera una fuerza mágica para hacerla un poco más fuerte. Señorita, en este mundo hay muchos necios ciegos”, dijo Arturo con tono filosófico.

“Ven un trozo de cristal que brilla al sol y creen que es una joya. Y por perseguir ese trozo de cristal tiran el diamante auténtico que han tenido en sus manos durante años. Su marido es uno de esos.” Pronto se dará cuenta con lágrimas de sangre de lo que ha tirado. Valeria se quedó sin palabras. Las palabras del anciano eran tan hermosas y certeras que le llegaron directas al corazón. Hasta ahora, Marcos siempre la había hecho sentir como algo sin valor, un desecho que merecía ser descartado.

Pero este extraño al que había conocido hacía apenas 10 minutos la llamaba diamante. “Pero yo no soy un diamante, señor”, replicó ella en voz baja. Su autoestima, por los suelos, todavía la dominaba. Soy una mujer corriente. No tengo estudios superiores. No soy rica. No soy tan guapa como las compañeras de trabajo de mi marido. La belleza del rostro y los títulos universitarios se desvanecen con el tiempo, señorita. La interrumpió Arturo rápidamente. Pero un corazón sincero, la valentía de ayudar a un viejo en un autobús cuando tú misma estás sufriendo, eso es un lujo poco común.

Ese es el verdadero diamante. Y créame, llegará el día en que su marido llore lágrimas de sangre al darse cuenta de lo que ha perdido hoy. Las palabras de Arturo fueron como una lluvia fresca en el alma reseca de Valeria. Por primera vez desde que recibió los papeles del divorcio, se sintió un poco valorada. Se sintió vista como un ser humano, no como un objeto caducado. “Gracias, señor. Es usted muy amable”, dijo sinceramente secándose los restos de lágrimas de las mejillas.

Con lo sabio que es, seguro que sus hijos le adoran y le hacen mucho caso. Arturo esbozó una sonrisa enigmática ante esa bendición. No afirmó ni negó, simplemente le dio una palmadita en la mano que Valeria tenía apoyada en el respaldo del asiento. Guarde sus lágrimas, señorita. No llore por alguien que no sabe valorarla. Levante la cabeza. Usted no ha hecho nada malo. Deje que el mundo vea que es fuerte. Poco después, el conductor del autobús gritó, “¡Jados!

¡Juzgados de familia! Los que bajen preparados.” Valeria se sobresaltó. El corto viaje se le había pasado volando. El corazón empezó a latirle de nuevo con fuerza al pensar que había llegado al campo de batalla. “Tengo que bajar aquí, señor.” Se despidió cortésmente. Se levantó al instante y por reflejo volvió a tenderle la mano a Arturo. “¿Usted dónde baja?” Me aparto para que pueda sentarse cómodamente cuando suba otro pasajero. Arturo, en cambio, se agarró a la mano de Valeria y la usó como apoyo para levantarse lentamente.

Yo también bajo aquí, señorita. Valeria frunció el seño, extrañada. ¿Usted también tiene asuntos en los juzgados? Sí, un pequeño asunto que resolver. Y de paso me gustaría acompañarla, respondió él con naturalidad mientras cojeaba hacia la salida. Oh, no, por favor. No se moleste, estará cansado. Se negó ella sintiéndose culpable. No es molestia. Quiero asegurarme de que entra en ese lugar con la cabeza bien alta. Tómelo como mi forma de agradecerle que me haya ayudado antes. La insistencia de Arturo era firme, pero amable.

El autobús se detuvo en la parada frente al imponente edificio de los juzgados, que a Valeria le pareció frío. Ella bajó primero y luego ayudó pacientemente a Arturo a bajar los escalones bastante altos del autobús. Ambos se quedaron en la acera, mirando la entrada principal del edificio donde se decidiría el destino de su matrimonio. El sol calentaba cada vez más, pero la presencia de Arturo a su lado le daba una extraña calma. ya no se sentía como si estuviera sola contra el mundo.

Aunque solo fuera con un anciano que acababa de conocer, era mucho mejor que llegar sola como una perdedora. Valeria respiró hondo, llenando sus pulmones de un nuevo valor. Entró por la puerta principal de los juzgados junto a Arturo, lista para enfrentarse a Marcos y a toda su arrogancia. no sabía que los pequeños pasos del hombre que caminaba a su lado estaban a punto de provocar una onda expansiva de consecuencias inimaginables dentro de ese edificio. El edificio de los juzgados de familia se erigía imponente con sus enormes columnas, como si quisiera subrayar que allí todas las promesas sagradas eran puestas a prueba y sentenciadas por el mazo de un juez.

Valeria entró en el patio del edificio sintiendo como su corazón latía de forma irregular. El aire a su alrededor parecía denso, quizás por el aura de tristeza e ira que emanaban las decenas de parejas que acudían allí con el propósito de separarse. A su lado, Arturo caminaba lento, pero seguro. Su bastón de madera golpeaba el suelo de baldosas del vestíbulo con un ritmo regular. La imagen de ambos, tan dispar, llamó la atención de algunas personas. La joven Valeria, con el rostro hinchado y ropa modesta, caminando junto a un anciano cuya ropa parecía gastada y fuera de lugar en una institución tan formal.

Al llegar cerca del mostrador de información, Valeria se detuvo. Se sentía culpable por arrastrar a este hombre que acababa de conocer a su vergonzoso drama familiar. Para ella había sido demasiada amabilidad por parte de Arturo el simple hecho de acompañarla desde el autobús. “Señor, muchísimas gracias por haberme acompañado hasta aquí”, dijo Valeria, volviéndose hacia él con suavidad. “Si tiene otros asuntos, por favor vaya a atenderlos. Mi juicio podría alargarse y no quiero hacerle esperar. Además, este no es un lugar agradable para que esté una persona mayor.” Arturo sonrió levemente y las arrugas alrededor de sus ojos se acentuaron con amabilidad.

No se movió de su sitio. Señorita Valeria, un viejo como yo tiene mucho tiempo. Mi casa es silenciosa. No tengo amigos con los que hablar. Además, fuera hace calor y aquí hay aire acondicionado. Déjeme sentarme un rato en la sala de espera a descansar las piernas. Sí. Valeria lo miró dubitativa. Pero, señor, me preocupa que cuando llegue mi marido pueda decirle alguna grosería. No quiero que se lleve un disgusto o que lo insulten por mi culpa. Mi marido tiene mal genio cuando las cosas no salen como él quiere.

La expresión de Arturo se tornó un poco más seria. Su sonrisa no desapareció del todo, pero le dio una palmadita en el dorso de la mano a Valeria. Precisamente por eso quiero quedarme. Quiero ver con mis propios ojos qué clase de hombre es capaz de desperdiciar a una mujer tan educada y buena como usted. No se preocupe por mí. Este viejo ha visto de todo en la vida. Los gritos de un jovencito no me van a provocar un infarto.

El trato de señora que le dio Arturo hizo que el corazón de Valeria diera un vuelco. Era un título que implicaba un respeto sincero, algo que había desaparecido de la boca de Marcos hacía mucho tiempo. Finalmente, Valeria asintió resignada, aunque por dentro se sentía aliviada. Si era sincera, le aterrorizaba enfrentarse a Marcos sola. La presencia de Arturo, aunque solo fuera la de un extraño sentado en silencio, le proporcionaba cierta seguridad, como si estuviera acompañada de un padre dispuesto a defenderla.

“Como usted desee, señor, vayamos a sentarnos en aquella sala de espera”, propuso Valeria. Caminaron hacia las sillas alineadas en el pasillo que conducía a la sala principal del tribunal. Varias personas los miraron con curiosidad. Incluso un guardia de seguridad observó a Arturo con recelo, como si su vestimenta no fuera lo suficientemente formal. Pero Arturo caminó con la cabeza alta, ignorando las miradas. Tenía una extraña confianza, como si el edificio fuera su propia casa. Mientras se sentaban, Valeria no paraba de juguetear con el bajo de su vestido.

Sus ojos recorrían el lugar nerviosamente, buscando a Marcos. El miedo seguía ahí. Se le revolvía el estómago al imaginarlo aparecer con su traje caro, oliendo a colonia fuerte, listo para soltar sus palabras afiladas. “Tranquila, señorita”, susurró Arturo a su lado, como si pudiera oír el eco de la ansiedad en el pecho de Valeria. “Respire hondo, no deje que la vea temblar. Si parece débil, él se crecerá aún más.” Valeria siguió su consejo. Respiró profundamente, intentando regular los latidos de su corazón.

“¿Usted ha pasado por algo así antes?”, preguntó en voz baja, intentando aliviar la tensión con la conversación. Arturo se quedó pensativo, mirando a lo lejos a un cuadro de la balanza de la justicia que colgaba en la pared de enfrente. He visto llorar a miles de personas en edificios como este, señorita. Algunos lloran de arrepentimiento, otros de dolor, y otros lloran de alegría, liberados de un sufrimiento. Un divorcio es doloroso, pero a veces es la puerta a la verdadera felicidad.

Quizás Dios le está rompiendo el corazón hoy para salvarle el alma mañana. Aquellas sabias palabras volvieron a calar hondo en Valeria. Empezó a sentir que el hombre a su lado no era una persona cualquiera. Su elocuencia era demasiado refinada para serla de un simple pasajero de autobús, pero no se atrevió a preguntar más. Para ella era suficiente con que Arturo se hubiera convertido en su ángel guardián ese día. Número de espera a 15. Se ruega al demandante y al demandado que se preparen.

Resonó una voz por los altavoces del pasillo. Valeria se sobresaltó. No era su número, pero el anuncio le recordó que su hora se acercaba. Miró el reloj de la pared. Eran casi las 9. Marcos ya debería haber llegado. De repente, desde la entrada principal, se oyó el sonido de unos zapatos de suela dura golpeando el suelo, unos pasos llenos de confianza y arrogancia. Valeria conocía bien esa forma de andar. Su cuerpo se tensó al instante. Es él, susurró.

Su rostro se puso pálido. Arturo también giró la cabeza en la dirección que miraba Valeria. Allí, entrando, había un hombre joven apuesto, pero altanero, vestido con un traje de marca impecable, camisa blanca y corbata de seda. Detrás de él, otro hombre con un maletín de cuero grueso lo seguía de cerca. Probablemente otro abogado. Marcos caminaba como si fuera el dueño del lugar. No miraba a los lados. Su vista estaba fija al frente, como si todos en la sala debieran apartarse a su paso.

Un aura de prepotencia lo envolvía. Arturo entrecerró los ojos, observando fijamente la figura de Marcos que se acercaba. Su vieja mano apretó con más fuerza el bastón de madera, no por miedo, sino para contener la rabia que le provocaba la actitud de aquel joven engreído. “Aí que es él”, pensó Arturo. “Veamos qué tan alto puede volar antes de que se le rompan las alas.” Valeria agachó la cabeza para intentar ocultarse, pero era demasiado tarde. Marcos ya la había visto.

Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios al ver a su esposa sentada en un rincón de la sala de espera. Cambió de dirección y se acercó a ella con desprecio, listo para lanzar la primera estocada que la hundiría anímicamente antes de empezar el juicio. Marcos ni siquiera se percató de la presencia del anciano de ropa gastada que estaba sentado, inmóvil como una estatua al lado de Valeria, observando cada uno de sus movimientos como un halcón a su presa.

El sol subía en el cielo, pero la temperatura en el vestíbulo de los juzgados le parecía gélida a Valeria. Marcos estaba de pie justo delante de ella, mirándola desde arriba con una arrogancia que parecía llenar toda la sala. El olor de su cara colonia le llegó a la nariz, pero solo consiguió revolverle el estómago, recordándole lo extraño que se había vuelto el hombre que una vez fue su marido. A su lado, otro hombre, igual de impecable, sostenía un maletín de cuero con aire altivo, ajustándose unas gafas de montura cara mientras miraba a Valeria con desdén.

“Vaya, vaya”, empezó Marcos con un sarcasmo mordaz, alzando la voz deliberadamente para que la gente de alrededor se girara. Al final has venido. Pensaba que estarías todo el día llorando en un rincón del baño, demasiado asustada para enfrentarte a mí. Valeria respiró hondo, intentando enderezar la espalda que sentía frágil. Recordó las palabras de Arturo. No parezcas débil. He venido porque es mi obligación legal. Solo estoy respondiendo a una citación, respondió en voz baja, pero clara. Marcos soltó una carcajada corta y hiriente, respetando la ley.

Ja, no me hagas reír. Ubícate, Valeria. Mírate. Qué aspecto más lamentable y provinciano. ¿En qué has venido? ¿En mototaxi o has venido andando para dar pena? Hueles a sudor y a polvo de la calle. El rostro de Valeria ardió. La vergüenza le llegó hasta las orejas. Marcos sabía perfectamente dónde hacerle daño. “He venido en autobús”, respondió con sinceridad. En autobús, repitió Marcos la palabra con un asco fingido, como si Valeria acabara de confesar que comía basura. Se giró hacia el hombre que lo acompañaba.

¿Has oído Ríos? La esposa del abogado senior de uno de los mejores bufetes del país viaja en autobús urbano. ¡Qué vergüenza! Menos mal que ese estatus se le acaba pronto. No quiero ni imaginar qué pensarían mis clientes VIP si supieran que mi mujer se codea con la gente del mercado, mezclando su olor a sudor. El hombre llamado Ríos asintió cómplice con una sonrisa burlona. Desde luego, hay niveles, don Marcos. Su decisión es la correcta. Este tipo de mujer solo mancharía la imagen de una firma tan prestigiosa como la nuestra.

La sangre de Valeria empezó a hervir. Hablaban de ella como si fuera un objeto inanimado, sin oídos ni sentimientos. Ser humillada públicamente por su propio marido y un extraño era un dolor insoportable. “Te presento, Valeria. Este es el abogado Ríos”, dijo Marcos señalando a su colega con el pulgar sin el más mínimo respeto. Es mi colega, el número uno de su promoción en la universidad y el abogado que se va a encargar de que salgas de este juicio sin nada más que la ropa vieja que llevas puesta.

Así que mi consejo es que te rindas ahora. En lugar de pasar la vergüenza ahí dentro con los argumentos legales de Ríos, que tu cerebro de pueblo ni siquiera entenderá. Marcos chasqueó los dedos. Ríos sacó una gruesa carpeta azul de su maletín y se la plantó bruscamente en el pecho a Valeria, obligándola a cogerla. “Firma esto ahora mismo,”, ordenó Marcos con frialdad, sus ojos brillando con una amenaza afilada. Es una declaración en la que renuncias a todos tus derechos sobre los bienes gananciales.

El piso, el coche, los ahorros, todo está a mi nombre. Yo pagué las cuotas. Tú solo vivías de mí. Firma. Y te daré 3,000 € como compensación. Suficiente para que vuelvas a tu pueblo y te montes un pequeño negocio. Valeria miró la carpeta azul que sostenía con manos temblorosas por la rabia. 3,000 € Marcos valoraba sus 5 años de dedicación, sudor y lealtad desde que no tenían nada en solo 3,000 € y eso, a pesar de que la entrada del piso en el que vivían se pagó con el dinero que ella había ahorrado cosciendo día y noche antes de que él tuviera éxito.

No voy a firmar, se negó. Su voz temblaba, conteniendo un soyo. Ese piso lo compramos juntos. La entrada la pagué con mi dinero. Yo también tengo derecho sobre esa casa. El rostro de Marcos se puso rojo de ira. Se le marcaron las venas del cuello. No esperaba que la habitualmente callada y sumisa Valeria se atreviera a contradecirle delante de su colega. Insolente, gruñó dando un paso hacia ella, su rostro a centímetros del de Valeria, en un claro intento de intimidación física.

¿Te quieres poner chula? ¿Crees que ese dinero miserable que pusiste significa algo? Yo pagué el resto de la hipoteca. No ha sido más que un parásito. La diatriba de Marcos se detuvo en seco. Sus ojos furiosos se fijaron de repente en la figura anciana que permanecía sentada en silencio en el banco junto al lugar donde estaba Valeria. El hombre de ropa gastada y bastón de madera que había estado escuchando en silencio, ahora lo miraba fijamente con una expresión extrañamente impasible.

Marcos frunció el ceño, molesto por la presencia de ese extraño que se interponía en su campo de visión. hizo un gesto despectivo con la mano hacia Arturo, como si espantara a un mendigo. Apártese, viejo, no se meta en asuntos de ricos. Esto es un problema familiar, no un espectáculo gratuito, espetó con rudeza. Arturo no se movió ni un centímetro, simplemente reajustó la posición de su bastón y esbozó una leve sonrisa cargada de misterio. Continúe, joven. Estoy disfrutando del espectáculo.

No todos los días se ve a alguien cavar su propia tumba con su lengua afilada. Marcos se sintió profundamente insultado y abrió los ojos como platos. ¿Qué dice, viejo insolente? Oiga, ¿dónde está el guardia? ¿Cómo dejan entrar a un mendigo a la sala de espera del juzgado? Qué asco. Se giró hacia Ríos. Ríos llama a seguridad. Que saquen a este viejo de aquí. Su olor me distrae. Marcos, basta ya, gritó Valeria sin poder evitarlo. No podía soportar que insultaran así a Arturo.

Dio un paso adelante, interponiéndose entre su marido y el anciano para protegerlo. No le falte el respeto a un mayor. Este señor me ha ayudado antes en el autobús. Es una persona mucho más educada y decente que usted. Marcos se rió a carcajadas ante la defensa de Valeria. Oh, así que este es tu nuevo amigo, un mendigo del autobús. Jajaja. Vaya, Valeria, vaya. Has caído muy bajo. Te divorcias de un abogado de éxito y ahora buscas la protección de un viejo que huele a tierra.

Hacéis buena pareja. Ambos sois igual de patéticos. Ríos también soltó una risita burlona ajustándose la corbata con prepotencia. Déjelo, don Marcos. No merece la pena discutir con un viejo senil. Es una pérdida de tiempo. Obligue a su esposa a firmar y acabemos con esto. Marcos dejó de reír y volvió a mirar a Valeria con ferocidad, ignorando a Arturo, que seguía sentado en silencio detrás de ella. Escucha, Valeria, se me está acabando la paciencia. O firmas ahora o prepárate para que te desnude de todos tus secretos en esa sala.

Haré que no puedas volver a enseñar la cara en esta ciudad. Valeria se quedó paralizada, las lágrimas cayendo por sus mejillas. Se sentía tan pequeña ante el poder de Marcos. Detrás de ella, Arturo se levantó lentamente. Su movimiento fue tranquilo, pero emanaba un aura de autoridad que contrastaba fuertemente con su aspecto humilde. Le dio una suave palmadita en el hombro a Valeria, una señal para que se apartara un poco. Señor Marcos. La voz de Arturo era baja, profunda y resonante, lo que hizo que Marcos se girara instintivamente.

Piensa continuar con esta arrogancia. le aconsejaría que moderara el tono con su esposa y con sus mayores. En la profesión legal de la que tanto presume, la ética está por encima de todo. Marcos fulminó a Arturo con la mirada, su ira a punto de estallar al sentirse cermoneado por un don, nadie. ¿Y usted quién es para darme lecciones? ¿Qué sabrá de leyes? Soy Marcos Jiménez, el mejor abogado del bufete más grande de Madrid. Usted no es más que el polvo bajo mis zapatos.

Apártese antes de que llame a seguridad para que lo echen a la fuerza. Arturo simplemente suspiró y negó lentamente con la cabeza como si mirara a un niño perdido e insensato. Marcos no tenía ni idea. No sabía que el grito que acababa de lanzar se convertiría en el mayor error de su vida. Acababa de despertar a un gigante cuya foto veneraba en la pared de su despacho, pero cuyo rostro en persona era incapaz de reconocer. La atmósfera en el vestíbulo del juzgado se volvió repentinamente silenciosa y tensa, como si hubieran succionado todo el aire.

Marcos, ofendido por el consejo del anciano, soltó un bufido de desprecio. La pluma que sostenía en la mano temblaba de ira contenida, apuntando al rostro de Arturo. Escúcheme bien, Vegestorio! gruñó Marcos, entrecerrando los ojos amenazadoramente. Me da igual quién sea. Si vuelve a abrir la boca, lo denunciaré por acoso. Este es un asunto entre mi esposa, que no sabe cuál es su lugar, yo. Volvió su ira hacia Valeria. La agarró bruscamente del brazo, haciéndola gemir de dolor.

Marcos, ¿me haces daño? se quejó Valeria tratando de liberarse. “Firma ahora mismo”, gritó él empujando la carpeta azul contra su pecho. “Y no esperes que venga un príncipe azul a rescatarte. Asume tu realidad, Valeria. Sin mío no eres nada. Suéltala inmediatamente. La voz no era de Valeria, sino de Arturo. Esta vez no era la voz de un anciano frágil. Fue un trueno, una voz cargada de una autoridad y una resonancia que el hararía la sangre a cualquiera.

Marcos, sorprendido, soltó instintivamente el brazo de Valeria. Arturo dio un paso adelante. El golpe de su bastón de madera contra el suelo de Baldosas sonó fuerte y seco. “¡Clac!”, se irguió, enderezando la espalda y sacando pecho, como si el peso de los años que lo encorbaban se hubiera desvanecido en un instante. Sus ojos, antes apagados, ahora eran afilados como los de un halcón, clavados en marcos. “¿Desde cuando el bufete Vargas y Asociados contrata a matones de mercado como abogado senior?”, preguntó Arturo con un tono glacial y un acento muy particular.

Marcos se quedó helado con los ojos como platos. El nombre de ese bufete pronunciado con esa entonación tan específica, un acento que un ciudadano de a pie no podría conocer. Vargas y Asociados era donde él trabajaba, una de las firmas más prestigiosas del país. ¿Cómo? ¿Cómo sabe el nombre de mi despacho? Tartamudeó, su arrogancia comenzando a flaquear. Arturo no respondió. Lentamente se ajustó el cuello de su camisa gastada. Luego, con un gesto tranquilo pero significativo, se pasó los dedos por el pelo canoso, echándoselo hacia atrás.

Su rostro quedó plenamente iluminado por las luces del vestíbulo, una mandíbula firme, una nariz aguileña y un característico lunar bajo el ojo izquierdo. El colega de Marcos, Ríos, que estaba detrás, se quedó petrificado de repente. El maletín de cuero que abrazaba se le cayó de las manos golpeando el suelo con un ruido sordo. ¿Qué? ¿Qué te pasa, Ríos? Preguntó Marcos desconcertado, girándose para ver a su colega, que se había puesto pálido como si hubiera visto un fantasma.

El cuerpo de Ríos temblaba violentamente. Sus ojos estaban fijos en el rostro de Arturo con una mezcla de horror y una reverencia abrumadora. “Don, don Marcos”, susurró Ríos con la voz ahogada, señalando a Arturo con un dedo tembloroso. “Señor, mire bien mirar el qué.” Expetó Marcos con irritación, volviéndose para observar de nuevo al anciano. En ese instante, el tiempo pareció detenerse para Marcos. Sus ojos recorrieron ese rostro envejecido y su memoria voló hacia el enorme retrato al óleo de 2 m de altura que colgaba majestuosamente en el vestíbulo de la sede de Vargas y Asociados.

El retrato del fundador del bufete, una leyenda viva del derecho español, el Dios de la justicia, cuyos libros eran la Biblia de todo estudiante de derecho, la persona que Marcos idolatraba y cuya foto tenía en su escritorio para motivarse, pero a quien nunca había conocido en persona porque la leyenda se había retirado de la vida pública hacía mucho tiempo. El rostro que tenía delante, aunque más viejo y delgado que en el retrato, era el mismo. El color desapareció del rostro de Marcos en un instante.

Su cara antes roja de ira, ahora era blanca como el papel. Las piernas le fallaron como si fueran de gelatina. Gotas de sudor frío del tamaño de garbanzos comenzaron a brotar en su frente. Su corazón, que antes latía de rabia, ahora galopaba de un pánico asfixiante. “Don don Arturo Vargas”, musitó con una voz casi inaudible, tragado por un terror abrumador. Arturo sonrió levemente, pero no era la sonrisa amable del autobús, era la sonrisa fría de un juez del Tribunal Supremo a punto de dictar sentencia.

Veo que aún no está completamente ciego, señor Jiménez”, dijo Arturo con calma, pronunciando el nombre completo de Marcos con una precisión escalofriante. “Pensé que ya se habría olvidado del rostro del fundador del lugar que le da de comer.” El mundo de Marcos se vino abajo en un segundo. Sus rodillas temblaban tanto que tuvo que agarrarse al respaldo de una silla para no caer. El anciano de ropa gastada al que había insultado llamado mendigo, al que olía a tierra y al que había intentado echar como a un perro, era nada menos que el único dueño de

su bufete, el catedrático emérito don Arturo Vargas, el hombre que tenía su carrera y su futuro en la palma de su mano. Valeria, de pie junto a Arturo, observaba atónita el drástico cambio. Veía como su marido, antes un león feroz, se había encogido hasta convertirse en un ratón aterrorizado. “Marcos, ¿qué te pasa?”, preguntó ella con inocencia, sin entender la situación. Marcos no pudo responder. Tenía la lengua pegada al paladar, un nudo en la garganta. Ríos, el primero en reaccionar, se inclinó inmediatamente ante Arturo en una reverencia de casi 90 gr.

Su postura llena de miedo y un respeto desmedido. Lo siento, profesor. Yo no le reconocí con esta ropa. Por favor, perdone mi falta de respeto. Yo solo acompañaba al señor Jiménez. No sabía nada. balbució tratando de salvarse a sí mismo. Arturo no miró a Ríos. Su mirada seguía fija en Marcos, que permanecía paralizado con la boca abierta. “Decías que te avergonzaba que tu esposa viajara en autobús?”, preguntó Arturo en voz baja pero cortante. “Yo también he viajado en autobús hoy.

¿Significa eso que yo también soy una vergüenza para ti, señor Jiménez?” No, no, profesor, no, no quería decir eso. Tartamudeó Marcos, el sudor frío empapando su cara camisa. Yo, no sabía que era usted. Se lo juro, profesor. Si lo hubiera sabido. Si hubieras sabido que era yo, me habrías lamido las botas. Lo interrumpió Arturo. Pero como pensabas que era un pobre hombre, te sentiste con el derecho de pisotearme. Es ese el espíritu del abogado que he formado en mi bufete?

La voz de Arturo se elevó en la última frase, haciendo que varias personas en el vestíbulo se giraran. Marcos sentía que el mundo daba vueltas. La carrera que había construido durante años, el prestigio del que se enorgullecía, ahora pendía de un hilo por su propia arrogancia. Había insultado a su rey. Miró a Valeria con ojos suplicantes, esperando que su esposa pudiera aplacar la ira de la leyenda. Pero Valeria solo podía permanecer paralizada, contemplando la majestuosidad de Arturo, que ahora llenaba la sala.

La justicia por fin comenzaba a mostrar su verdadero rostro y ese rostro miraba a Marcos con una profunda, profundísima decepción. Marcos se desplomó en una de las sillas de espera. Sus piernas habían perdido por completo la fuerza para sostenerlo. La carpeta azul con el acuerdo abusivo que quería imponerle a Valeria había caído al suelo, pisoteada por sus propios zapatos brillantes, que ya no parecían tan imponentes. La escena era un contraste brutal. El joven abogado, siempre erguido y seguro de sí mismo, ahora parecía un condenado a muerte.

Frente a él, Arturo no necesitaba gritar para demostrar su poder. Su silencio era mucho más aterrador que mil reprimendas. La gente en el vestíbulo empezó a murmurar. Varios abogados veteranos que pasaban por allí y reconocieron a la legendaria figura se detuvieron en seco con los ojos desorbitados por la incredulidad. “¿No es ese el profesor Arturo Vargas?”, susurró un abogado de mediana edad a su colega. ha bajado de la montaña. ¿Qué caso tan importante será para que el maestro venga en persona a un juzgado de familia?

Los murmullos llegaron a oídos de Marcos, destrozando aún más su entereza. Sabía perfectamente a quién se enfrentaba. Don Arturo Vargas, catedrático emérito, doctor en derecho, ex magistrado del Tribunal Supremo, cuya integridad era reconocida internacionalmente. Su libro Conciencia y justicia era la obra que Marcos citaba en todos sus alegatos para parecer más inteligente. Su foto presidía la sala de juntas y Marcos siempre presumía ante sus clientes. Nuestro bufete fue fundado por él. Nuestra excelencia es incuestionable. Pero hoy la mayor de las ironías había ocurrido.

El discípulo que pretendía seguir su ideología había sido pillado infragante y pisoteando los mismos valores que su maestro enseñaba. “Abogado Ríos”, llamó Arturo en voz baja, sin volverse. Ríos, que seguía inclinado, respondió al instante con voz temblorosa. “Sí, sí, profesor, recoja esa carpeta”, ordenó Arturo, señalando con la punta de su bastón la carpeta azul del suelo. Ríos se apresuró a recogerla. limpió el polvo con la manga de su traje y se quedó rígido como un soldado asustado esperando la siguiente orden.

Arturo extendió la mano. Ríos le entregó la carpeta con manos temblorosas. Arturo la abrió lentamente y ojeó su contenido. Sus ojos entrenados necesitaron solo unos segundos para captar la injusticia de aquel documento. Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. “Impresionante”, murmuró. su tono cargado de un sarcasmo punzante. Miró a Marcos, que seguía con la cabeza gacha. Las cláusulas que has redactado son muy limpias, Jiménez. Has explotado con gran astucia los vacíos legales sobre la acreditación de los bienes comunes.

Has manipulado el hecho de que la escritura del piso esté a tu nombre para anular los derechos de tu esposa. Técnicamente es brillante. Marcos levantó un poco la cara con un atisbo de esperanza de que Arturo estuviera elogiando su habilidad, pero esa esperanza se hizo añicos cuando Arturo continuó. Pero moralmente esto es basura. Arturo rasgó la carpeta por la mitad con todo su contenido justo delante de la cara de Marcos. El sonido del papel rasgado pareció anormalmente fuerte en el silencioso vestíbulo.

Marcos se encogió sobresaltado. Aprendiste derecho para proteger a los débiles Jiménez o para extorsionar a tu propia esposa amparándote en las cláusulas. La voz de Arturo se elevó resonando en la sala. Yo levanté ese bufete con sudor y sangre. Construimos una reputación de defensores de la verdad durante décadas. Y tú, tú usas el nombre de mi bufete para oprimir a la mujer que te acompañó desde que no tenías nada. ¿Pensabas que me quedaría de brazos cruzados viendo cómo mi nombre se usa para esta tiranía?

Lo siento, profesor. Yo Perdí la cabeza por un momento. Balbució Marcos, aterrorizado, las lágrimas asomando a sus ojos. Su arrogancia se había evaporado. ¿Puedo explicarlo? Es un asunto personal, profesor. Tus asuntos personales reflejan tu carácter. Lo cortó Arturo con firmeza. Un abogado que no puede ser justo con su propia familia nunca podrá hacerlo con sus clientes. Si eres capaz de traicionar y engañar a la esposa que te lo dio todo, ¿qué no harás con otros por dinero?

Tu integridad es cero, Jiménez. Valeria, que había permanecido en silencio hasta entonces, miraba a Arturo con una mezcla de asombro y emoción. Nunca habría imaginado que el anciano al que ayudó en el autobús por lástima era una figura tan colosal capaz de reducir a su arrogante marido a la nada. Dios realmente le había enviado ayuda desde el lugar más inesperado. Arturo se giró entonces hacia Valeria. Su rostro, antes fiero, se suavizó al instante. “Lo siento, señora Valeria”, dijo con sinceridad.

“Me siento culpable. Formé a mi subordinado, pero fracasé en hacerlo una persona por la negligencia de alguien como yo al contratar a este hombre. Usted ha sufrido hoy. No, no, señor. Quiero decir, profesor. Valeria no sabía cómo dirigirse a él. Usted no tiene la culpa de nada, al contrario, le estoy muy agradecida por haberme defendido. Arturo sonrió y volvió a mirar a Marcos, que seguía sentado sin fuerzas. Levántate, Jiménez, ordenó con sequedad. Marcos se puso en pie a duras penas.

Sus rodillas seguían temblando violentamente, pero no se atrevía a mirar a Arturo a los ojos. Mantenía la cabeza profundamente inclinada como un criminal. “El juicio está a punto de empezar”, dijo Arturo mirando su viejo reloj de pulsera. ¿Querías divorciarte de tu esposa? No. Pues adelante. Entra en la sala. Marcos abrió los ojos como platos. Estaba confundido. Arturo se lo estaba permitiendo. Pero profesor, entra. Lo cortó Arturo. Pero recuerda una cosa, ahí dentro ante el tribunal, yo no me sentaré como espectador, me sentaré como testigo de parte de tu esposa.

El rostro de Marcos, ya pálido, se tornó de un gris ceniciento por el terror. Tes. Testigo. ¿Usted va a ser testigo de Valeria? Tartamudeó. Sí, respondió Arturo. Testificaré sobre el noble carácter de tu esposa, sobre un corazón que ayuda a un viejo incluso en su peor momento. Y también testificaré sobre tu carácter, Jiménez, sobre cómo has tratado a un mayor y a tu esposa en este vestíbulo hoy. El juez que preside esa sala es un antiguo alumno mío.

Veamos si les da más crédito a tus mentiras o al testimonio de su maestro. Marcos sintió como si un rayo le hubiera caído encima en un día despejado. Si Arturo Vargas testificaba en su contra, su vida estaba acabada. Ningún juez en este país se atrevería a contradecir la credibilidad de don Arturo Vargas. No solo perdería el juicio de divorcio. Su carrera como abogado quedaría destrozada. Su nombre estaría en la lista negra de toda la comunidad jurídica. Profesor, por favor, no, suplicó Marcos, arrodillándose de repente en el frío suelo del vestíbulo, arrojando por la borda el poco orgullo que le quedaba.

Se abrazó a las piernas de Arturo, soyloosando. Se lo suplico, profesor. Mi carrera, mi futuro, no me destruya. Retiraré la demanda, profesor. Cancelaré el divorcio. Volveré con mi esposa. Por favor, profesor. La escena era a la vez patética y catártica. Marcos, que había entrado como un rey, ahora suplicaba a los pies del hombre al que había insultado. Valeria apartó la mirada. Sentía lástima, pero también asco por la hipocresía de su marido. No suplicaba por amor a ella, sino por miedo a perder su estatus.

Arturo miró fríamente a Marcos postrado a sus pies. No se inmutó. Lentamente apartó las piernas para que Marcos lo soltara. Es demasiado tarde para el teatro, Jiménez, dijo con frialdad. No suplicas porque te arrepientas de haber herido a tu esposa, sino porque tienes miedo de perder tu mundo. Tu esposa merece ser libre hoy. Merece librarse de un parásito como tú. Levántate, no te humilles más. Terminaremos esto ante el juez. Como un hombre que se responsabiliza de sus actos.

Arturo se giró hacia Valeria y le tendió su mano arrugada pero firme. Vamos, señora Valeria, entremos. No tema, la justicia está de su parte. Valeria, con lágrimas de emoción tomó esa mano. Entró en la sala del tribunal con la cabeza alta de la mano de una leyenda del derecho, mientras Marcos, con pasos vacilantes y el alma vacía, lo siguió por detrás, arrastrando los pies hacia la sala, que sería la tumba de su arrogancia. La sala tres del tribunal parecía mucho más fría y solemne de lo habitual.

Las paredes de un blanco desbaído y las largas hileras de bancos de madera se convirtieron en testigos mudos de la tensión que impregnaba el aire. En el banquillo del demandante, Marcos estaba sentado con el cuerpo encorvado. Ya no había espalda erguida con orgullo. Su rostro estaba pálido, sus ojos fijos en el estrado a un vacío del tribunal. El aire acondicionado zumbaba con fuerza, pero el sudor frío seguía corriendo por su frente. A su lado, su colega Ríos, habitualmente lo cuas y elocuente, estaba ahora rígido como una figura de cera a punto de derretirse.

No se atrevía ni a abrir su maletín. sabía perfectamente que la carrera de ambos pendía de un hilo en esa sala. Luchar contra Valeria podría haber sido fácil, pero luchar contra la sombra del gigante que estaba detrás de ella era un suicidio. En el lado opuesto, en el banquillo de la demandada, Valeria estaba sentada con calma, con las manos entrelazadas sobre su regazo. A su lado se sentaba Arturo, aunque solo vestía su camisa gastada y sus pantalones descoloridos, el aura de majestuosidad que emanaba hacía que el humilde banco de madera pareciera un trono real.

Arturo estaba sentado con la espalda recta, las manos apoyadas en su bastón de madera. Tenía los ojos cerrados por un momento, como si meditara antes del comienzo de la batalla. Se levanta la sesión. La voz de un funcionario rompió el silencio. Una puerta lateral se abrió y tres jueces, ataviados con togas negras entraron en la sala. Todos los presentes se pusieron en pie. El juez presidente, un hombre de mediana edad con rostro severo y gafas gruesas, caminó hacia su asiento central, pero antes de sentarse, mientras sus ojos recorrían la sala, su movimiento se detuvo de repente.

La mirada del juez se fijó en la figura anciana del banquillo de la demandada, entrecerró los ojos para asegurarse de que no le engañaba la vista. Al instante siguiente, ese rostro severo se transformó en una expresión de asombro y un respeto abrumador. Reconoció a esa figura. ¿Quién no la reconocería? Había sido su director de tesis y al mismo tiempo el exmistrado del Supremo, cuya integridad era leyenda en el poder judicial. Profesor Vargas, muscitó el juez casi para sí mismo.

Su voz se oyó claramente debido al silencio de la sala. Los otros dos jueces también giraron la cabeza, sorprendidos, y por reflejo inclinaron ligeramente el cuerpo hacia el banquillo de la demandada. una muestra de respeto muy inusual en un tribunal. Arturo abrió los ojos, esbozó una leve sonrisa y luego asintió lentamente con dignidad. Continúe con su noble labor, señoría. Hagan como si yo no estuviera aquí. Solo soy un viejo ayudando a un familiar a encontrar justicia. Esas palabras, hagan como si yo no estuviera aquí.

Tuvieron el efecto contrario. La presencia de Arturo cambió por completo la atmósfera de la sala. El juez presidente tragó saliva, consciente de que el maestro en persona estaba supervisando este juicio. El listón de la justicia en esta sala acababa de elevarse al máximo nivel. No habría lugar para artimañas sucias. Sí, sí, profesor. Gracias por su presencia. Es un honor para nosotros, respondió el juez con una voz ligeramente nerviosa, pero respetuosa. Luego lanzó una mirada fulminante a Marcos, una mirada que parecía decir, “Tienes que estar loco para enfrentarte a la protegida del maestro.

El juez golpeó el mazo tres veces. Comienza la vista. Señor Marcos Jiménez, demandante. La voz del juez sonaba grave y solemne. Según la demanda presentada, usted solicita el divorcio por diferencias irreconciliables y exige la plena titularidad de todos los bienes familiares, alegando que su esposa, la demandada Valeria López, no ha realizado ninguna contribución económica. ¿Mantiene usted esa demanda? La sala estaba en silencio, todas las miradas puestas en marcos. Él intentó abrir la boca, pero no le salía la voz.

Parecía que se le había pegado la lengua. Miró de reojo a Arturo. El anciano no lo miraba a él, simplemente miraba al frente con calma. Pero Marcos sabía que una sola palabra equivocada, una sola mentira más delante del maestro de su maestro, acabaría con su vida. Arturo podría destruir su reputación con una simple llamada al colegio de abogados. Ríos le dio un codazo a Marcos por debajo de la mesa. Una señal de pánico. “Retírala, jefe, retírala.” “No seas idiota”, susurraban los gestos de Ríos.

Marcos tembló. recordó la amenaza de Arturo en el vestíbulo. Tu integridad es cero. Si insistía en dejar a Valeria sin nada delante de Arturo, no solo perdería el respeto, perdería su futuro. El bufete en el que trabajaba era de Arturo. Demandante, llamó el juez con más fuerza al ver que Marcos no respondía. Le repito la pregunta. ¿Mantiene su reclamación sobre los bienes? Marcos respiró hondo, una respiración pesada y dolorosa. Miró de reojo a Valeria. Ella no lo miraba con odio, sino con lástima, y esa mirada hirió más su orgullo que la ira.

Se dio cuenta de que estaba completamente derrotado antes de que cayera el mazo. “No, señoría,”, respondió finalmente. Su voz era ronca y débil, como un globo desinflado. El juez enarcó una ceja. “¿Qué quiere decir con no?” Marcos inclinó la cabeza profundamente, sin atreverse a levantar la vista. Yo retiro mi reclamación sobre los bienes, señoría. Yo reconozco que la vivienda y su contenido son bienes gananciales. Incluso estoy dispuesto a cederle toda mi parte a mi esposa como muestra de mi responsabilidad.

Ríos a su lado, suspiró aliviado. Al menos no iban a cometer un suicidio colectivo hoy. Valeria abrió los ojos. sorprendida, se giró para mirar a Arturo. El anciano permanecía sereno. No había triunfo en su rostro, solo un leve asentimiento, como si eso fuera lo justo y lo que debía ocurrir. “Tome nota, secretario”, dijo el juez con firmeza. “El demandante cede todos los bienes a la demandada. ¿Y qué hay de la causa del divorcio? ¿Sigue manteniendo que la demandada no estaba a la altura para acompañar al demandante?” Esta pregunta era una trampa.

Si Marcos respondía sí, basándose en el estatus económico o social como en su demanda inicial, quedaría como un ser despreciable a los ojos de Arturo. Marcos negó débilmente con la cabeza. Una lágrima de frustración y vergüenza cayó sobre la mesa. No, señoría, esa causa no es válida. El culpable he sido yo. No he sido un buen marido. Deseo el divorcio porque yo ya no estoy a su altura. Un leve murmullo de emoción se extendió en la tensión.

La confesión de Marcos, aunque nacida del miedo, sonó sincera a oídos de Valeria. Era la primera vez que lo oía admitir su culpa. Aunque fuera forzado por las circunstancias, Arturo levantó de repente la mano derecha ligeramente. Señoría, si me lo permite, como acompañante de la demandada, podría decir unas palabras. El juez asintió inmediatamente con respeto. Por supuesto, profesor. La sala es suya. Arturo no se levantó, permaneció sentado, pero su voz llenó la sala. No miró al juez, sino directamente al perfil de Marcos, que seguía con la cabeza gacha.

La ley se hizo para humanizar a los hombres, “Giménez”, dijo Arturo con una voz suave, pero que calaba hasta los huesos. “Tu título de abogado y tus trajes caros no valen nada si los usas para oprimir a la persona que te dedicó su vida. Hoy has perdido a tu esposa, pero al menos has salvado un trozo de tu conciencia con tu sinceridad de ahora. No repitas este error en el futuro. Sé un abogado que defiende la verdad, no la codicia.

Marcos soyosó en voz baja, sus hombros sacudiéndose. Aquellas palabras eran un sermón y un último consejo del ídolo al que había decepcionado. La humillación que sintió hoy sería una cicatriz para toda la vida, una pesadilla que nunca olvidaría. Gracias, profesor, dijo el juez en voz baja, recuperando su solemnidad. Bien, dado que el demandante admite su culpa, cede los derechos sobre los bienes y ambas partes están de acuerdo en la separación, este tribunal dictará sentencia inmediatamente. Valeria escuchó cada palabra que salía de la boca del juez con una mezcla de alivio, tristeza y liberación.

No la habían dejado en la calle, no la habían humillado, al contrario, había visto a su arrogante marido derrumbarse de arrepentimiento. Cuando el mazo golpeó tres veces, confirmando el divorcio, Valeria sintió como si le quitaran 1000 toneladas de peso de los hombros. Se giró hacia un lado y miró el rostro anciano y amable de Arturo. “Gracias, señor”, susurró con los ojos llenos de lágrimas. “No solo me ayudó en el autobús, me ha salvado la vida.” Arturo sonrió y le dio una palmadita en el dorso de la mano.

No he sido yo, señorita. Ha sido su propia bondad la que la ha salvado. Yo solo he sido el intermediario. En la mesa de enfrente, Marcos se levantó lentamente. No se atrevió a mirar a Valeria y mucho menos a Arturo. Estrechó la mano del juez con dedos temblorosos y luego salió rápidamente de la sala sin mirar atrás, seguido por un ríos que se apresuraba a seguirle. Marcos se marchó con la derrota total y una vergüenza que probablemente perseguiría su carrera para siempre.

Mientras tanto, Valeria permaneció sentada, erguida, con la cabeza alta y lista para afrontar un nuevo capítulo de su vida. El juicio de la conciencia lo había ganado la honestidad. Las puertas de la sala se cerraron lentamente a espaldas de Valeria, dejando dentro toda la amargura de su pasado. En el pasillo, los pasos apresurados de Marcos se alejaban como si huyera de su propia sombra. El hombre que había llegado por la mañana con la cabeza tan alta, el hombre al que una vez amó tanto, ahora desaparecía por la esquina del pasillo con los hombros caídos, sin atreverse a mirar ni una sola vez en dirección a Valeria.

Su abogado, Ríos, lo seguía a cierta distancia, como si no quisiera que lo asociaran con el perdedor que acababa de ser humillado por su maestro. Valeria exhaló un largo suspiro. El aire fuera de la sala del tribunal se sentía mucho más fresco, como si el suministro de oxígeno que había estado oprimiendo su pecho ahora fluyera sin obstáculos. Ya no era la esposa ignorada de un abogado de éxito. Ahora era una mujer libre que había defendido sus derechos, su dignidad y el hogar que había construido con su sudor.

¿Se siente mejor ahora, señorita? Una voz baja y amable sonó a su lado. Valeria se giró. Arturo le sonreía cálidamente. El aura intimidante que había desplegado ante Marcos y los jueces se había desvanecido, volviendo a ser el anciano afable y paternal. “Sí, mucho mejor, señor. Es como si me acabaran de quitar una enorme piedra de la espalda”, respondió Valeria con sinceridad, con los ojos todavía húmedos. “No sé cómo agradecérselo. Si no hubiera sido por usted, probablemente habría salido de aquí solo con la ropa puesta.” Caminaron lentamente, uno al lado del otro, hacia la salida del edificio.

El paso de Arturo seguía siendo cojeante, apoyado en su bastón, y Valeria lealmente se mantuvo a su lado, adaptándose a su ritmo, igual que cuando se encontraron por primera vez en el autobús. “No tiene que agradecerme nada, señora Valeria”, dijo Arturo, mirando hacia el soleado patio del juzgado. “Su victoria de hoy no se debe a mi grandeza, sino a la de su propio corazón. Dios es un gran director. Él escribió el guion para que usted y yo estuviéramos en el mismo autobús, para que usted me ayudara y así yo pudiera devolverle el favor.

Es su manera de abrazarla en sus dificultades. Al llegar al vestíbulo principal, un sedán negro, mucho más lujoso que el de Marcos, esperaba. Un chóer con un impecable uniforme se apresuró a bajar para abrir la puerta trasera. Era el chóer de Arturo que había venido a recogerlo. Antes de subir al coche, Arturo se detuvo un momento, rebuscó en el bolsillo de su camisa y sacó una sencilla tarjeta de visita de color marfil con letras doradas en relieve.

En ella solo figuraba su nombre y un número de teléfono personal sin una larga lista de títulos. “Guarde esto”, dijo Arturo poniendo la tarjeta en la mano de Valeria. “Su casa ya está a salvo, pero la vida debe continuar. Si en el futuro necesita un trabajo o cualquier ayuda legal, no dude en llamar a este número. Las puertas de mi despacho siempre estarán abiertas para una persona honesta como usted. Valeria recibió la tarjeta con manos temblorosas. En un gesto de respeto, le besó el dorso de la mano a Arturo como una hija a un padre.

Gracias, señor. Cuídese mucho y que viva muchos años. Un último consejo, dijo Arturo dándole una suave palmada en el hombro. Su mirada era profunda y seria. Nunca se arrepienta de esta separación. No llore por haber perdido a ese hombre. Usted no ha perdido nada, señora Valeria. Quien ha perdido es él, que tiró una joya por perseguir un guijarro. Usted acaba de recuperar su dignidad. Vuelva a casa con la cabeza bien alta, redecore su casa, cocine su comida favorita y comience una nueva y feliz vida.

Valeria asintió con firmeza, las lágrimas de emoción rodando por sus mejillas, pero esta vez no eran lágrimas de tristeza. Sí, señor. Recordaré sus palabras. Arturo sonrió ampliamente y subió a su lujoso sedán. La ventanilla bajó lentamente y pudo ver la mano de la leyenda del derecho despidiéndose antes de que el coche abandonara lentamente el patio del juzgado y se perdiera en el bullicio de Madrid. Tras la partida de Arturo, Valeria se quedó sola en la acera, pero extrañamente no se sentía sola, se sentía plena.

Vio pasar de nuevo el autobús urbano en el que había viajado por la mañana echando su humo negro. Ese viejo autobús, que había pensado que era el símbolo de su pobreza, había sido en realidad el carruaje dorado que la había llevado a la justicia. Valeria miró hacia el cielo azul, despejado y sin nubes. El sol brillaba con fuerza, pero era un calor reconfortante. Se tocó el bolsillo de su vestido, sintiendo la textura de la tarjeta de visita de Arturo y las llaves de la casa, que ahora era completamente suya.

Ya no había miedo ni complejo de inferioridad. Marcos podía tener estatus y dinero, pero Valeria tenía algo que el dinero no podía comprar, valor y una conciencia limpia. Valeria sonrió. La sonrisa más genuina que había esbozado en el último año con paso ligero, caminó hacia la parada del autobús. Estaba lista para volver a su casa, su hogar y comenzar un nuevo capítulo. La vida ciertamente está llena de sorpresas. Y hoy Valeria había aprendido que ninguna buena acción, por pequeña que sea, queda sin recompensa. La justicia, aunque a veces tarda, siempre encuentra su camino de vuelta a casa.