En Reyosa. Ahí conocío al compadre Lupe que traía un dueto que se llama La mansión de Rosendo Cantú en San Pedro Garza García, que alguna vez fue símbolo de poder y elegancia, hoy yace en silencio, cubierta de polvo con las cortinas cerradas desde hace años. Detrás de esas paredes se tomaron decisiones que cambiaron el rumbo político de Nuevo León y quizás del país entero. Un documento filtrado en 2022 por la Fiscalía reveló algo perturbador. El nombre de Cantú aparecía en más de 27 transacciones vinculadas a redes de corrupción y lavado de dinero.
¿Por qué nadie habló antes? ¿Quién protegía al hombre que parecía tener las llaves del poder? Pero nunca ocupó un cargo público. Durante décadas, Rosendo Cantú guardó silencio, pero ahora con 80 años ha decidido hablar. Y lo que está a punto de confesar, según quienes lo escucharon, no solo confirma nuestras sospechas, sino que las supera. Cuando hoy se habla de Rosendo Cantú, muchos lo asocian con poder, influencia y silencio. Pero pocos recuerdan o pocos se atreven a recordar de dónde viene realmente ese hombre que hoy con 80 años ha decidido romper décadas de mutismo calculado.
Rosendo creció en el norte de México, en un entorno marcado por la disciplina, la jerarquía y el miedo a equivocarse. Su familia no era pobre, pero tampoco vivía con lujos visibles. Lo que sí abundaba era el control. Desde muy joven entendió que en su casa no se premiaban las emociones, sino la obediencia y la capacidad de guardar secretos. Su padre, vinculado a estructuras de seguridad del Estado, le inculcó una idea que marcaría toda su vida. Hablar de más es una debilidad.
Su madre, de carácter fuerte y distante, reforzaba esa lógica con una educación fría, casi militar. Quienes lo conocieron de niño coinciden en algo inquietante. Rosendo no jugaba como los demás, prefería observar. Escuchaba conversaciones de adultos escondido tras las puertas. memorizaba nombres, fechas, tensiones. A una edad en la que otros niños soñaban con ser futbolistas o músicos, él ya entendía que la información era poder y que quien controla la información controla a las personas. Durante su adolescencia ese rasgo se acentuó.
En la escuela era correcto, educado, pero distante. No tenía muchos amigos cercanos. En cambio, desarrolló una habilidad especial para ganarse la confianza de profesores y directivos. Sabía exactamente qué decir y cuándo callar. Algunos excompañeros recuerdan episodios extraños, grabaciones ocultas, cuadernos con anotaciones sobre discusiones internas del colegio, situaciones que nunca llegaron a sanción formal porque alguien intervenía antes. Al cumplir la mayoría de edad, parecía lógico que siguiera una carrera convencional, derecho, administración o incluso una vía institucional ligada al Estado.
Ingresó brevemente a la universidad, pero su paso fue tan rápido como silencioso. Abandonó sin explicaciones públicas. Oficialmente fue una decisión personal. Extraoficialmente comenzaron a circular rumores sobre su incorporación a redes de asesoría y seguridad paralelas, estructuras que no aparecían en ningún organigrama, pero que operaban en la sombra. Poco después, Rosendo desapareció del radar durante varios años. No concedió entrevistas, no figuró en registros académicos ni empresariales. Algunas versiones aseguran que vivió fuera del país, moviéndose entre Europa y América Latina, aprendiendo cómo funcionaban los flujos de dinero, la influencia política y los acuerdos no escritos.
Nada de eso quedó documentado y ese vacío, con el tiempo se convertiría en una de las piezas más inquietantes de su historia. Cuando regresó ya no era el joven reservado de antes. Era un hombre formado, seguro, con una red de contactos que parecía surgir de la nada. Empezó a moverse cerca de campañas políticas, no como candidato, sino como estratega silencioso. No aparecía en los carteles, pero estaba en las reuniones privadas. No daba discursos, pero redactaba mensajes clave.
Su nombre no figuraba en las actas, pero sus decisiones se ejecutaban. En paralelo, comenzó a interesarse por los medios de comunicación, primero de manera discreta, financiando proyectos pequeños, asesorando desde las sombras, luego de forma más directa. entendió algo que pocos comprendían en ese momento. Quien controla el relato público no necesita exponerse. Así empezó a construir una imagen externa respetable, casi invisible, mientras por dentro tejía una red de influencias que cruzaba política, negocios y comunicación. En lo personal, formó una familia que hacia afuera parecía estable.
matrimonio, hijos, apariciones contadas en eventos sociales, pero puertas adentro el ambiente era otro. Personas cercanas hablan de un hombre ausente, emocionalmente distante, obsesionado con el control y la discreción. En su casa no se hablaba de trabajo, no se hacían preguntas y quien preguntaba aprendía rápido a no volver a hacerlo. Con los años, Rosendo Cantú logró algo que muy pocos consiguen, estar en el centro del poder sin jamás ocupar un cargo público. Sin embargo, esa construcción silenciosa tenía grietas desde el inicio, demasiados vacíos, demasiadas etapas sin explicación, demasiadas personas que con el tiempo prefirieron no recordar, porque detrás de ese origen aparentemente ordenado, ¿qué decisiones se tomaron en la sombra?
¿Qué pactos marcaron su camino desde el principio? ¿Y cuántas verdades quedaron enterradas mucho antes de que alcanzara la cima? Rosendo Cantú nunca necesitó una oficiuna con su nombre en la puerta. Para él, el poder verdadero no se ejercía desde un escritorio visible, sino desde los rincones donde las cámaras no entraban. A finales de los años 80 ya era considerado uno de los hombres más influyentes del norte de México, aunque pocos podían explicar con precisión qué hacía exactamente.
Su ascenso fue meticuloso, quirúrgico. Primero, a través de asesorías políticas se convirtió en una figura clave en varias campañas electorales a nivel estatal y municipal, diseñando estrategias de comunicación que le valieron fama entre los candidatos, como el que te lleva a ganar sin que nadie sepa cómo. No hablaba en público, no concedía entrevistas y apenas se dejaba ver en actos oficiales, pero su teléfono nunca dejaba de sonar. En 1991 dio el salto que consolidaría su posición. Fundó el consorcio de medios Grupo Nortevión, una red de periódicos, emisoras de radio y canales de televisión local que en pocos años controló buena parte de la narrativa informativa de Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas.
La Voz del Norte, su buque insignia, se convirtió en un referente informativo, pero también en una herramienta de presión. Según reportes extraoficiales de la época, varios políticos que se negaron a colaborar con Cantú vieron sus carreras erosionadas por campañas mediáticas que surgían justo antes de elecciones. Nadie podía probar que él estuviera detrás, pero todos sabían que no era casualidad. Durante los años 90 y principios de los 2000, Rosendo Cantú amasó una fortuna estimada en más de 40 millones de dólares, repartida en propiedades en Monterrey, Cancún, Madrid y Houston.
A pesar de ello, siempre mantuvo un perfil bajo. Viajaba en vuelos comerciales, evitaba los excesos y rechazaba con firmeza cualquier reconocimiento público. Su lema, repetido entre sus allegados era claro: “El poder se pierde cuando se presume.” Lo que sí cultivaba con obsesión era la lealtad. Construyó una red de colaboradores que le debía todo. Favores, ascensos, protección. Y si alguien osaba traicionarlo, simplemente desaparecía del círculo, no por violencia, sino por exclusión total, como si Rosendo tuviera la capacidad de borrar personas del mapa político y mediático con una sola llamada.
El punto culminante de su influencia llegó en el sexenio de 2006 a 2012. Aunque nunca fue parte formal del gobierno, su grupo editorial se convirtió en un actor indispensable en la negociación de alianzas, promoción de reformas y contención de escándalos. En ciertos círculos se hablaba de él como el gobernador no electo de Nuevo León. Al mismo tiempo, su figura se envolvía en una aura de misterio. Nunca asistía a eventos sociales, no aparecía en revistas. Su única fotografía pública era un retrato en blanco y negro colgado en la entrada de La Voz del Norte, tomada 15 años antes.
Y sin embargo, su nombre aparecía en documentos de compraaventa millonarios, en contratos de publicidad gubernamental, en conversaciones grabadas subrepticiamente por opositores políticos. Era omnipresente y ausente al mismo tiempo. Es en este periodo cuando comenzó a gestarse una leyenda oscura en torno a él. Varios periodistas que intentaron investigar sus negocios o sus relaciones con grupos de poder reportaron intimidaciones, seguimientos y llamadas amenazantes. Algunos se retractaron, otros abandonaron sus investigaciones, uno desapareció durante tres semanas y al volver no volvió a hablar del tema jamás.
Pese a ello, Rosendo mantuvo una imagen casi inmaculada frente al público general. Para la mayoría era simplemente un empresario exitoso y reservado. Nunca fue acusado formalmente de ningún delito. Sus impuestos estaban en regla. Sus declaraciones eran escasas pero impecables. Durante años cultivó una narrativa de neutralidad. Decían no pertenecer a ningún partido político, aunque todos sabían que influía en todos. aseguraba defender el periodismo libre, aunque su imperio mediático tenía líneas editoriales afiladamente controladas. Promovía la transparencia desde la sombra.
Lo más perturbador era la disonancia entre lo que se veía y lo que se sabía. Mientras sus medios publicaban editoriales contra la corrupción, él cenaba con funcionarios bajo sospecha. Mientras su empresa impulsaba campañas ciudadanas, él financiaba, según rumores persistentes, redes de espionaje interno para anticiparse a los movimientos de sus enemigos. Y entonces surgía una pregunta inevitable. ¿Cómo logró sostener tanto poder durante tanto tiempo sin mancharse las manos? ¿Era Rosendo Cantú genio estratégico o simplemente un maestro del encubrimiento?
¿Hasta qué punto construyó su imperio sobre favores o sobre miedo? Las respuestas parecían enterradas bajo capas de silencio, pero algo comenzaba a crujir. Y lo más inquietante era esto. Mientras más alto parecía llegar, más oscura se volvía la sombra a su alrededor. A mediados de la década de 2010 comenzaron a aparecer grietas en el imperio hermético de Rosendo Cantú. No fueron grandes explosiones ni escándalos estruendosos. Fueron pequeñas fisuras, un comentario fuera de lugar, un silencio incómodo, un rostro ausente en reuniones clave.
Y aunque el hombre seguía proyectando control, quienes lo rodeaban empezaban a notar algo extraño. Primero fueron los rumores. Pequeñas notas anónimas comenzaron a circular entre reporteros de Monterrey y Saltillo. Había mensiones de empresas fantasmas ligadas a fondos públicos, contratos de publicidad triangulados entre gobiernos estatales y su grupo editorial, e incluso insinuaciones de nexos con figuras del crimen organizado. Nada de eso llegó a portada, al menos no en sus medios, pero lo que realmente llamó la atención fue el cambio en su comportamiento.
Durante décadas Rosendo había sido metódico, frío, impecable, pero ahora se mostraba errático. Interrumpía reuniones con llamadas que nadie sabía de dónde venían. Cancelaba entrevistas pactadas. Se le vio discutir con su equipo directivo en más de una ocasión, algo que jamás había ocurrido antes. Una fuente cercana relató en condición de anonimato. Un día lo vi entrar a la redacción de La Voz del Norte. No saludó a nadie, caminó hasta su oficina, cerró la puerta y no salió en 8 horas.
Cuando finalmente salió, su camisa estaba desabrochada y tenía los ojos rojos. Nunca lo habíamos visto así. Al mismo tiempo, algunas de sus decisiones comenzaron a levantar sospechas entre sus propios aliados. Uno de los casos más comentados fue la abrupta cancelación de un reportaje de investigación sobre desvíos de recursos en un municipio del norte del país. El reportaje estaba listo, respaldado con documentos sólidos, pero a última hora Cantú ordenó que se archivara indefinidamente. Nadie entendió por qué, hasta que días después el alcalde implicado apareció en una cena privada con él.
Era una coincidencia o una transacción invisible había tenido lugar. El círculo interno de Rosendo también empezó a resentir el desgaste. Su hijo mayor, quien se perfilaba como sucesor natural en los negocios familiares, decidió abandonar la empresa y mudarse al extranjero. En una entrevista años después declaró escuetamente, “No estaba de acuerdo con ciertas prácticas. Decidí alejarme para no convertirme en lo que juré que nunca sería. Esa frase fue suficiente para desatar más preguntas que respuestas. ¿Qué había visto el hijo de Cantú?
¿Qué secretos lo hicieron huir de una fortuna segura? Por su parte, los empleados de su grupo editorial también comenzaron a notar movimientos extraños. Algunos recibieron instrucciones de destruir documentos antiguos sin explicación. Otros fueron trasladados de oficina sin previo aviso. En una ocasión, el servidor principal de la empresa se cayó por casi 48 horas y cuando volvió, muchos archivos habían desaparecido. Paralelamente surgieron testimonios aislados de periodistas que aseguraban haber recibido pagos para omitir ciertos temas. No había pruebas concretas, pero el patrón era claro.
Cualquier historia que rozara a Cantú, sus amigos o sus negocios, simplemente no se publicaba. Las redes sociales, que hasta ese momento habían sido irrelevantes para él, se convirtieron en un campo de batalla peligroso. Varios usuarios comenzaron a compartir documentos, imágenes y audios no verificados que apuntaban a una red de favores oscuros. Uno de los audios más compartidos fue el de una supuesta llamada entre cantú y un funcionario estatal, negociando el silenciamiento de un escándalo a cambio de terrenos en una zona de alto valor.
El audio nunca fue autenticado, pero tampoco fue desmentido. En este ambiente de sospechas crecientes, Cantú optó por lo que mejor sabía hacer, callar. No respondió públicamente a ninguna acusación, no emitió comunicados. simplemente desapareció de la vida pública durante más de un año. Para muchos eso fue prueba de culpabilidad, para otros una mañobra más de un maestro del silencio. Pero había algo más, algo que no podía controlarse con dinero ni con miedo, la percepción. Por primera vez en décadas, Rosendo Cantú dejaba de ser visto como un hombre visionario y empezaba a ser descrito como una figura opaca, peligrosa, casi fantasmal.
Y entonces surgió una duda fundamental. ¿La imagen del hombre impecable había sido una ilusión desde el principio o era simplemente una estratega que tras tantos años manipulando el sistema había perdido su propia narrativa? Las señales estaban ahí. Solo faltaba que alguien las conectara y cuando finalmente lo hicieron, todo comenzó a desmoronarse. El principio del fin comenzó con un nombre, operación centauro. En enero de 2022, la Fiscalía General de la República anunció discretamente la apertura de una investigación sobre una red de lavado de dinero que involucraba a exfuncionarios, empresarios y al menos tres medios de comunicación del norte del país.
Al principio parecía otro caso más que moriría en los pasillos burocráticos, pero algo era distinto. Esta vez la investigación no venía desde dentro, venía de fuera. Una colaboración entre autoridades mexicanas, agencias de inteligencia financiera europeas y analistas forenses digitales reveló una lista de más de 40 operaciones sospechosas en cuentas ubicadas en Luxemburgo, Andorra y Panamá. Y en el centro de esa red, como un eje silencioso, aparecía el nombre que por años nadie se atrevió a mencionar, Rosendo Cantú.
La noticia cayó como una bomba en Monterrey. Aunque los medios locales apenas lo mencionaron, por miedo, por lealtad o por censura autoimpuesta, las redes sociales estallaron. Se filtraron documentos, capturas de pantalla, extractos bancarios. Uno de ellos mostraba una transferencia por más de 1.3 millones dó a una firma offshore registrada en Belice, firmada por el director financiero de Grupo Nortevisión, la joya mediática de Cantú. Durante años, la leyenda del empresario intocable se había sostenido por la falta de pruebas concretas, pero ahora, por primera vez había rastros y lo más inquietante no era el dinero, sino lo que venía con él.
nexos con campañas políticas amañadas, contratos públicos inflados y vínculos con personajes que estaban literalmente en la lista negra de Estados Unidos. La reacción de Cantú fue al principio la habitual, silencio absoluto. Durante semanas no emitió una sola palabra, pero esta vez el silencio no bastó. En cuestión de días, varios de sus antiguos aliados comenzaron a deslindarse. Políticos que le debían favores salieron públicamente a negar cualquier relación con él. Empresas rompieron contratos con sus medios y lo más doloroso, dos de sus hijos aparecieron en televisión declarando que no conocían la magnitud de lo que su padre había construido.
Fue entonces cuando surgió una imagen que marcó un antes y después. Rosendo Cantú, entrando solo a una notaría de San Pedro, vestido con ropa modesta, usando bastón y cubriéndose el rostro con una gorra vieja. Ningún guardaespaldas, ningún asesor, nadie, solo él, tambante como un monumento que se resquebraja por dentro. En ese mismo mes, Grupo Nortevisión anunció una reestructuración profunda y varios directores fueron despedidos. Se congelaron cuentas, se clausuraron oficinas, lo que había tardado décadas en construirse se desmoronaba en cuestión de semanas.
La prensa nacional, que durante años lo ignoró por miedo o complicidad, ahora se lanzaba sobre su figura como buitre sobre una presa herida. Portadas con titulares como El poder detrás del silencio o El hombre que manejaba el norte, dominaron los kioscos. Pero lo más devastador vino del extranjero. Un reportaje de una cadena europea filtró grabaciones en las que la voz de Cantú, según peritos forenses, negociaba protección institucional a cambio de dinero y aún faltaba lo peor. La segunda explosión mediática llegó semanas después cuando se filtró un video de 17 minutos grabado en una finca privada en Tamaulipas.
En él se observa a Rosen docantú, claramente más joven, conversando con dos hombres cuyo rostro está parcialmente cubierto. Aunque la calidad del video era baja, el audio era nítido. Se hablaba de porcentajes, de protección en la prensa y de limpiar el terreno político antes del cambio de gobierno. Las implicaciones eran brutales. Cantún no solo había colaborado con sectores oscuros del poder, los había orquestado. El video se volvió viral. Algunos lo calificaron de montaje, otros aseguraron que no quedaba duda.
El empresario respetable había sido durante décadas un operador de redes ocultas mucho más profundas de lo que nadie imaginaba. En paralelo, su salud comenzó a deteriorarse. Un infarto menor lo obligó a internarse de urgencia. Fue en ese hospital privado donde por primera vez Rosendo accedió a recibir a un periodista. La entrevista acordada sin cámaras y con regrabadora apagada fue filtrada semanas después por el propio reportero. En ella, Cantún no negaba nada, pero tampoco afirmaba. Solo dijo una frase que se repetiría en redes como una letanía.
Yo no inventé las reglas, solo las entendí antes que los demás. Mientras tanto, el aparato que durante años le había sido fiel se volcaba contra él. Exocios lo demandaban. Excolaboradores daban entrevistas contando detalles antes impensables. Cómo se decidía qué políticos serían destruidos mediáticamente, cómo se financiaban campañas sin dejar rastro, cómo se manejaban llamadas para silenciar a reporteros incómodos, historias que parecían sacadas de una serie de ficción, pero que ahora aparecían en expedientes judiciales. Una de las declaraciones más duras vino de su exasistente personal, quien afirmó bajo Uramento que Cantú tenía un archivo físico guardado en
una oficina secreta de su casa con información sensible sobre más de 150 figuras públicas, políticos, empresarios, periodistas, expedientes con regrabaciones, documentos, fotos. Nunca fue encontrado, pero solo el rumor de su existencia generó pánico en ciertos círculos. Conforme pasaban los meses, la figura de Rosendo se desdibujaba. Algunos lo veían como un genio estratega atrapado en un sistema que él mismo ayudó a construir. Otros lo consideraban un criminal que había corrompido la democracia desde las sombras y unos pocos, los más cercanos, simplemente lo describían como un hombre cansado que ya no quiere seguir fingiendo.
Finalmente, en septiembre de 2024, su nombre apareció formalmente en una lista de personas investigadas por delitos federales. fue citado a declarar. Llegó al tribunal caminando lentamente con el rostro demacrado y una carpeta en las manos. No llevaba abogado, no hizo declaraciones, solo entregó la carpeta, saludó al juez con un gesto tenue y se retiró. Esa fue la última vez que se le vio en público. El hombre que durante décadas moldeó el poder en silencio se marchaba del escenario sin aplausos, sin despedida, sin defensa.
Pero aún faltaba una pieza más, la confesión que en secreto preparaba desde hacía meses. Durante meses, después de su última aparición pública en el tribunal, Rosendo Cantú desapareció de la vida pública. Algunos medios lo daban por muerto, otros aseguraban que había huido del país, pero la verdad era mucho más inquietante y mucho más humana. Se encontraba recluido en una residencia privada a las afueras de San Pedro Garza García, bajo cuidados médicos, acompañado únicamente por una enfermera y un viejo amigo de juventud.
Fue allí donde, según confirmó después el periodista Javier Galindo, Rosendo decidió dejar por escrito lo que nunca se atrevió a decir en vida pública. Su versión. En octubre de 2024, ese documento salió a la luz. No se trataba de un libro ni de unas memorias para limpiar su nombre. Era simplemente una carta. Una carta de 18 páginas, mecanografiada, sin firma, con fecha. fue enviada de forma anónima a cuatro periodistas, tres universidades y una ONG dedicada a la transparencia.
El texto comenzaba así: “Mi nombre ha sido usado para esconder verdades y para proteger mentiras. Si estas líneas llegan a usted, es porque decidí que ya era suficiente silencio.” La carta no ofrecía una confesión lineal. No se trataba de una cronología de delitos ni de una justificación. Era más bien un lamento, un recorrido introspectivo por las decisiones que marcaron su vida. Rosendo no negaba su poder, pero cuestionaba lo que ese poder había exigido a cambio. No sé exactamente en qué momento dejé de ser una persona y me convertí en una función.
No recuerdo cuándo fue la última vez que tomé una decisión sin calcular su efecto sobre otros. En la carta reconocía haber participado en estructuras paralelas de influencia política y mediática desde la década de los 80. hablaba de pactos necesarios, de silencios estratégicos, de favores que no podían ser rechazados, pero también dejaba claro que, según él, nunca actuó por ambición personal, siempre escribía, creyó que estaba protegiendo algo mayor, la estabilidad, la continuidad, la paz simulada de un país que, según sus palabras, no podía soportar la verdad completa.
Durante años sostuve mentiras para evitar un colapso mayor. Me convencí de que si yo no lo hacía, alguien más lo haría sin control. Me convertí en centinela y en carcelero. Más impactante aún fue su revelación sobre la llamada habitación del archivo secreto. Rosendo no solo confirmó su existencia, sino que detalló su contenido, grabaciones, documentos, registros contables y testimonios, no con el fin de chantajear, según él, sino como seguro de vida en un entorno donde la traición era la regla.
Pero añadió algo que dejó perplejos a quienes leyeron la carta. Todo fue destruido en 2018. Lo que meé yo mismo. Me cansé de vivir con miedo. Nadie debería tener ese tipo de poder sobre otros. En uno de los pasajes más crudos del texto, Rosendo relató la fractura con su familia. Reconoció haber priorizado su red de poder por encima de sus hijos, haberlos alejado para evitar que la bestia se los tragara también. contó que su esposa murió sin conocer la mitad de lo que él había construido ni de lo que había destruido.
Y concluyó esa parte con una frase que heló la sangre de muchos lectores. Creé un imperio para protegerlos y terminé convirtiéndome en el muro que los separó de mí. Pero quizá lo más revelador de todo fue lo que no dijo. En ningún momento mencionó nombres, no delató a nadie, no señaló culpables, no arrojó luz sobre los cómplices de décadas y al final del documento escribió lo que parecía una declaración de derrota o de redención. He cargado con demasiadas verdades, algunas no me correspondían.
Esta será la última. Después de esto, el silencio me pertenece. La publicación de la carta dividió a la opinión pública. Para algunos fue un intento cobarde de suavizar su legado, para otros un acto de valentía tardía. Lo que nadie pudo negar fue el impacto emocional. La figura que durante décadas fue sinónimo de control total, ahora se desnudaba emocionalmente no para justificarse, sino para dejar constancia de su humanidad. Desde entonces, Rosendo Cantún no ha vuelto a hablar, no ha vuelto a escribir, no ha vuelto a aparecer.
Dicen que pasa sus días mirando por la ventana en completo silencio, que no recibe visitas, que no contesta llamadas. Y aunque su cuerpo aún habita este mundo, la voz que lo definió durante medio siglo se ha extinguido para siempre. La historia de Rosendo Cantú no termina con su carta ni con su silencio. Termina, si es que puede hablarse de un final con las preguntas que dejó flotando en el aire. Durante décadas fue considerado un arquitecto del poder, un estratega implacable que moldeó a su antojo la política, los medios y las lealtades del norte del país.
Y lo hizo sin levantar la voz, sin ocupar cargos públicos, sin buscar la gloria. Era el hombre detrás del telón, el que movía los hilos y al mismo tiempo borraba sus propias huellas. Pero cuando todo cayó, no quedó en pie ni su imperio ni su imagen. Lo que quedó fue un retrato más complejo, más humano, más contradictorio. El de alguien que desde muy joven aprendió a sobrevivir en un sistema donde el silencio era la única forma de poder, que eligió ser útil antes que ser libre, que acumuló información para protegerse, pero terminó encerrado por ella.
Muchos lo juzgarán como un manipulador, otros como una víctima del propio monstruo que ayudó a crear. Y quizás ambas cosas sean ciertas, porque Cantú no fue un simple villano, fue un producto de su tiempo, de un país acostumbrado a las sombras, donde los pactos ocultos y las verdades a medias eran la moneda más valiosa. Su historia es también un espejo incómodo para quienes aún creen que el poder se ejerce solo desde los reflectores, porque lo verdaderamente perturbador no fue lo que dijo en su carta final, sino todo lo que eligió callar.
Y en ese silencio, el mismo que cultivó durante décadas, tal vez se esconda una verdad aún más dolorosa, que el poder no se pierde cuando se acaba, sino cuando uno se convierte en prisionero de él. Hoy, a sus 80 años, Rosendo Cantú ya no es temido ni citado, ni reverenciado. Solo queda su nombre flotando entre archivos, recortes de prensa, rumores y un eco que se resiste a morir. Y entonces surge una última pregunta, la más incómoda de todas. Rosendo fue el único o apenas la punta de un iceberg que aún permanece oculto.















