Mi husky destrozó mi portafolio antes de la junta que podía cambiar mi carrera en Reforma esa mañana. Creí que Max me estaba arruinando la vida, rompiendo mi laptop, mi gafete y mi futuro entero. Pero una hora después mi jefe llamó llorando y me rogó que no pisara la oficina jamás. Todos en la sala de Meridian habían caído, y nadie podía explicar una tragedia tan precisa allí. Entonces entendí que mi perro no me atacaba, me estaba salvando de una trampa imposible ese día. Y la llamada de Roberto abrió una verdad que nadie en la agencia quería escuchar esa mañana.
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