Mi familia sentó a mis hijos en el piso durante el cumpleaños de mi madre, mientras los hijos de mi hermana ocupaban la mesa principal con regalos, platos finos y tarjetas bordadas; dijeron que así aprenderían humildad, pero cuando la coordinadora vino a confirmar el servicio, le respondí: “Cobre solo por los que tienen silla”. Esa tarde, en Veracruz, dejé de ser el hijo obediente.
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