Bienvenido a esta jornada por uno de los casos más macabros y aterrorizantes de la historia de Querétaro. Antes de comenzar, te invito a dejar en los comentarios aquí abajo de dónde estás viendo este vídeo y a qué horas. Y también si te gustan historias como esta, suscríbete al canal para más casos diarios.
¿Listo? Ahora aumenta el volumen y vamos a comenzar. En el verano de 1953, la familia Morales era considerada la más respetable de San Juan del Río, un próspero pueblo en las afueras de Querétaro. Don Aurelio Morales había construido su fortuna en el negocio de las telas, convirtiéndose en el principal proveedor de las haciendas cercanas.
Su esposa, doña Carmen, dirigía con mano firme las actividades benéficas de la parroquia local. Tenían cuatro hijos. Emilio, de 25 años, quien ya manejaba gran parte del negocio familiar. Esperanza de 22, prometida con el hijo del alcalde, los gemelos Rafael y Ricardo de 19 años y la pequeña Soledad de apenas 12 años. La familia vivía en una imponente casona de estilo colonial en la calle principal, frente a la plaza central del pueblo.
Era una construcción de dos plantas con gruesos muros de piedra, balcones de hierro forjado y un extenso patio interior rodeado por arcos. Los lugareños solían comentar que nunca habían visto una familia tan unida y devota. Los domingos ocupaban toda la primera fila de la iglesia de San Francisco y don Aurelio era conocido por su generosidad hacia las familias más necesitadas.
Sin embargo, lo que nadie imaginaba era que detrás de esa fachada de perfección cristiana se ocultaba uno de los secretos más siniestros que jamás había conocido el estado de Querétaro. Un secreto que comenzó a salir a la luz de manera accidental cuando el padre José María Contreras, párroco de la iglesia local, decidió investigar ciertos rumores que habían llegado hasta sus oídos.

Todo comenzó con una conversación que el sacerdote tuvo con doña Refugio, la lavandera más antigua del pueblo. Era una mujer de 70 años, conocida por su discreción y su lengua prudente. Pero aquella tarde de agosto, mientras lavaba la ropa de varias familias en el río que bordeaba San Juan del Río, se acercó al Padre con una expresión de profunda inquietud grabada en el rostro.
Según el testimonio que el padre Contreras escribió en sus notas personales encontradas décadas después en el archivo parroquial, doña Refugio le confesó haber notado algo extraño en la ropa de la familia Morales. Durante los últimos meses, las prendas llegaban con manchas oscuras que no lograba identificar.
No era barro, no era sangre común como la que podría provenir de alguna herida doméstica. Eran manchas de un color pardusco con un olor peculiar que le resultaba imposible eliminar por completo sin importar cuánto jabón utilizara. La lavandera también mencionó que las manchas aparecían siempre en las mismas prendas.
Las camisas blancas de don Aurelio, los vestidos dominicales de doña Carmen y curiosamente en la ropa interior de todos los miembros de la familia. Lo más perturbador era que estas manchas aparecían siguiendo un patrón específico cada tres semanas aproximadamente, siempre después de los fines de semana. El padre Contreras inicialmente desestimó estos comentarios atribuyéndolos a la imaginación de una mujer mayor.
Sin embargo, la insistencia de doña Refugio y el hecho de que ella misma parecía asustada de lo que había observado, lo llevó a prestar mayor atención a la familia Morales durante las misas dominicales. Lo que comenzó a notar lo inquietó profundamente. La familia llegaba siempre puntual a la misa de las 8 de la mañana, pero había algo en su comportamiento que no encajaba con la imagen de devoción que proyectaban.
Durante los rezos, observó que ninguno de ellos realmente movía los labios. Sus ojos permanecían cerrados, pero sus expresiones no mostraban recogimiento espiritual, sino más bien una especie de concentración intensa, como si estuvieran realizando algún tipo de meditación diferente. Además, notó que cuando llegaba el momento de la comunión, todos se acercaban al altar con una solemnidad exagerada, casi teatral.
Don Aurelio siempre se colocaba primero en la fila, seguido por su esposa, luego Emilio, después Esperanza, los gemelos y finalmente la pequeña soledad. Este orden nunca variaba y el padre observó que cada uno de ellos mantenía las manos juntas de una manera específica, con los dedos entrelazados de forma particular, que no correspondía a la posición tradicional de oración católica.
Pero lo que más le llamó la atención fue el comportamiento de Soledad, la hija menor. Mientras el resto de la familia mantenía esa compostura artificial, la niña ocasionalmente abría los ojos durante los momentos de oración más profunda y su mirada se dirigía no hacia el altar, sino hacia las vigas del techo de la iglesia.
En varias ocasiones el padre lavio mover los labios como si estuviera susurrando algo. Pero cuando intentó acercarse para escuchar, ella inmediatamente volvía a su posición de oración normal. Las sospechas del padre Contreras se intensificaron cuando durante el mes de septiembre comenzó a recibir visitas nocturnas en la sacristía. Diferentes habitantes del pueblo llegaban a confesarse, pero no por pecados comunes.
Eran confesiones extrañas, fragmentadas, como si las personas estuvieran luchando contra algún tipo de miedo interno que les impedía hablar con claridad. Don Sebastián, el herrero del pueblo, le confesó haber escuchado cánticos extraños provenientes de la casona de los morales durante las noches de luna nueva.
No eran oraciones católicas, sino algo que describió como voces que subían y bajaban como si estuvieran llamando a alguien que no debería responder. Doña Esperanza, propietaria de la tienda de abarrotes, admitió haber visto luces extrañas en las ventanas del segundo piso de la casa Morales. Luces que se movían de manera rítmica, como si siguieran algún tipo de danza.
Pero el testimonio más perturbador llegó de boca de Jacinto, un niño de 11 años, hijo de los trabajadores de la hacienda más cercana. El pequeño había estado jugando cerca del río una noche cuando vio a toda la familia Morales caminando en fila por el sendero que llevaba al antiguo cementerio colonial ubicado a unos 2 km del pueblo.
Lo extraño no era solo que caminaran a medianoche, sino que llevaban consigo objetos que el niño no pudo identificar claramente, algo parecido a baúles pequeños y lo que describió como palos largos con cosas colgando de las puntas. El padre Contreras anotó en su diario que estos testimonios, aunque inquietantes, podrían tener explicaciones racionales.
Sin embargo, lo que no podía explicar era la serie de coincidencias perturbadoras que comenzaron a suceder después de que empezara a sospechar de la familia. En primer lugar, cada vez que intentaba acercarse a algún miembro de los morales para entablar una conversación casual, ellos parecían anticipar sus intenciones y evitaban el contacto de manera sutil, pero efectiva.
Además, comenzó a notar que otros habitantes del pueblo mostraban un comportamiento evasivo cuando él mencionaba a la familia. Era como si existiera un acuerdo tácito de no hablar demasiado sobre los morales, a pesar de que todos reconocían su importancia social y económica en la comunidad. Esta conspiración de silencio se hizo más evidente cuando el padre intentó investigar los antecedentes de la familia consultando los registros parroquiales más antiguos.
Lo que encontró en esos documentos fue la primera pista real de que algo no encajaba en la historia oficial de los morales. Según los registros de bautismo, matrimonio y defunción que se conservaban en el archivo de la parroquia, la familia había llegado a San Juan del Río en 1935 provenientes de una pequeña comunidad llamada San Miguel de los Remedios, ubicada en las montañas al norte de Querétaro.
Sin embargo, cuando el padre Contreras contactó con el párroco de esa región, descubrió que no existían registros de una familia morales en San Miguel de los Remedios. Más aún, el sacerdote de aquella parroquia le informó que ese pueblo había sido prácticamente abandonado alrededor de 1930 después de una serie de eventos que él describió vagamente como desgracias que llevaron a los habitantes a buscar refugio en otros lugares.
Intrigado por esta discrepancia, el padre Contreras decidió realizar una investigación más profunda. Aprovechando un viaje que debía hacer a la capital del estado por asuntos administrativos, se dirigió al Archivo Histórico de Querétaro para buscar información sobre San Miguel de los Remedios y sobre las familias que habían habitado la región durante las primeras décadas del siglo.
Lo que encontró en esos archivos cambió por completo su percepción de la situación. En una serie de documentos fechados entre 1928 y 1930, había referencias a investigaciones realizadas por las autoridades civiles y eclesiásticas sobre prácticas irregulares en varias comunidades rurales de la región montañosa de Querétaro.
Uno de esos documentos, firmado por el entonces obispo de Querétaro, mencionaba específicamente rituales contrarios a la fe cristiana que habían sido reportados en San Miguel de los Remedios. El informe describía testimonios de habitantes de poblados cercanos que aseguraban haber presenciado ceremonias nocturnas en las que participaban familias completas de esa comunidad.
Estas ceremonias, según los testigos, incluían el uso de símbolos no cristianos, cánticos en idiomas desconocidos y prácticas que involucraban elementos que el documento describía cautelosamente como ofrendas de naturaleza preocupante. El informe del obispo también mencionaba que las autoridades civiles habían encontrado en San Miguel de los Remedios evidencias delo que clasificaron como cultos sincréticos.
que mezclaban tradiciones prehispánicas con elementos de brujería europea. Aunque el documento no entraba en detalles específicos, hacía referencia a la existencia de construcciones subterráneas utilizadas para estos rituales y al descubrimiento de objetos ceremoniales que habían sido confiscados y posteriormente destruidos por orden eclesiástica.
Lo más significativo era la fecha del último documento relacionado con San Miguel de los Remedios, marzo de 1930. El informe final indicaba que la comunidad había sido dispersada por orden de las autoridades competentes y que las familias involucradas en las prácticas irregulares habían sido reubicadas en diferentes regiones para su reinserción en comunidades cristianas apropiadas.
No había menciones específicas de nombres de familias, pero las fechas coincidían perfectamente con la aparición de los morales en San Juan del Río. Con esta información, el padre Contreras regresó a su parroquia con una mezcla de curiosidad científica y preocupación pastoral. Si sus sospechas eran correctas, la familia que durante 18 años había sido considerada el ejemplo de rectitud cristiana en su comunidad, podría estar manteniendo prácticas secretas que databan de generaciones anteriores.
Decidió entonces adoptar una estrategia de observación más sistemática. Durante las siguientes semanas comenzó a documentar meticulosamente todos los aspectos del comportamiento de la familia Morales que le parecían inusuales. Estableció un horario de vigilancia discreta, aprovechando sus responsabilidades pastorales para pasar cerca de la casona en diferentes momentos del día y de la noche.
Sus observaciones revelaron patrones que confirmaron sus sospechas. La familia seguía rutinas muy específicas que no correspondían con las prácticas católicas tradicionales. Cada tres semanas, exactamente durante las noches de luna nueva, todas las luces de la casa se apagaban temprano, pero pequeños resplandores aparecían en las ventanas del sótano, una parte de la construcción que desde la calle no era visible, pero que el Padre pudo distinguir desde el campanario de la Iglesia.
Además, observó que durante esas noches específicas, la familia no consumía la cena que habitualmente preparaban. La cocinera de los Morales, una mujer llamada Petra, que vivía en una pequeña casa detrás de la propiedad principal, le había comentado casualmente al padre que los señores ayunaban ciertos días del mes, pero que ella nunca entendía el criterio que seguían para elegir esas fechas.
El padre también notó que los hijos varones de la familia, particularmente los gemelos Rafael y Ricardo, salían de la casa durante esas noches especiales, llevando consigo bolsas que parecían contener objetos pesados. Los veía dirigirse hacia el antiguo camino que llevaba al cementerio colonial, pero siempre perdía su rastro en la oscuridad.
Lo que sí pudo confirmar era que regresaban antes del amanecer y que al día siguiente toda la familia mostraba un comportamiento particularmente sereno, casi extático. La situación tomó un giro decisivo cuando el padre Contreras decidió realizar lo que él mismo describió en sus notas como una vigilancia nocturna exhaustiva.
Era la noche del 24 de octubre de 1953, una noche de luna nueva particularmente oscura. El sacerdote se había apostado en el campanario de la iglesia desde las 9 de la noche con la intención de observar toda la actividad nocturna de la familia Morales. Lo que presenció esa noche superó todas sus expectativas y temores.
Alrededor de las 11:30 vio salir de la casona a toda la familia, vestidos con ropas oscuras que no correspondían a su vestimenta habitual. caminaban en el mismo orden que mantenían durante las misas. Don Aurelio al frente, seguido por su esposa, luego Emilio, Esperanza, Los Gemelos y finalmente Soledad. Cada uno de ellos llevaba algo en las manos.
Los hombres portaban objetos largos que el Padre no pudo identificar claramente en la distancia, pero que parecían ser bastones o varas decoradas. Las mujeres llevaban recipientes que podrían ser vasijas o baúles pequeños. La pequeña soledad cargaba algo que desde la perspectiva del campanario parecía ser un libro o cuaderno de gran tamaño.
La familia se dirigió por el sendero que llevaba al cementerio colonial, pero en lugar de entrar por la puerta principal, tomó un desvío hacia la izquierda, que conducía a una zona del campo santo que había sido abandonada hacía décadas. Era una sección donde se encontraban las tumbas más antiguas del periodo colonial, muchas de las cuales habían perdido sus lápidas y cruces debido al paso del tiempo y la falta de mantenimiento.
El padre Contreras perdió de vista a la familia cuando se internaron en esa zona, pero pudo distinguir resplandores intermitentes que aparecían y desaparecían entre los árboles que rodeaban el cementerio. Eran luces quese movían de manera rítmica, como si siguieran algún tipo de danza o procesión circular. Estos resplandores duraron aproximadamente dos horas, acompañados por sonidos que el viento llevaba hasta el campanario.
No eran voces humanas normales, sino algo que él describió como cánticos que subían y bajaban siguiendo un patrón que no parecía cristiano. Aledor de las 2 de la madrugada, las luces cesaron abruptamente y el padre vio regresar a la familia por el mismo sendero. Sin embargo, notó algo que lo perturbó profundamente.
El orden en el que regresaban era diferente. Ahora era la pequeña soledad quien caminaba al frente del grupo, seguida por los demás miembros de la familia. La niña se movía con una seguridad y determinación que no correspondía a su edad, como si hubiera asumido algún tipo de liderazgo durante la ceremonia.
Al día siguiente, el padre Contreras se sentía obligado a actuar, pero sabía que necesitaba más evidencias concretas antes de confrontar a la familia o alertar a las autoridades civiles. Decidió entonces realizar una investigación física de la zona del cementerio donde había visto las luces. esperó hasta el mediodía, cuando el sol proporcionaba la mejor iluminación y se dirigió hacia el campo santo con la excusa de bendecir las tumbas más antiguas, una práctica que realizaba ocasionalmente.
Lo que encontró en esa sección abandonada del cementerio confirmó sus peores sospechas. En un área circular de aproximadamente 10 m de diámetro, el suelo mostraba señales claras de uso reciente. La hierba había sido pisoteada siguiendo un patrón específico, creando lo que parecía ser un diseño geométrico complejo.
En el centro del círculo había restos de cenizas y carbón, evidencia de que se habían encendido fogatas en múltiples ocasiones. Pero lo más perturbador eran los objetos que encontró semienterrados alrededor del perímetro del círculo. Pequeños huesos que inicialmente pensó que podrían pertenecer a animales, pero que bajo una observación más cuidadosa revelaron características que lo inquietaron.
También encontró fragmentos de tela que correspondían a los colores de la vestimenta que habitualmente usaba la familia Morales, y trozos de metal que parecían ser partes de objetos ceremoniales. En una de las tumbas coloniales más deterioradas, aquella cuya lápida había desaparecido por completo, notó que la tierra había sido removida recientemente.
No parecía ser obra de animales o de erosión natural, sino que alguien había excavado deliberadamente alrededor de la base de la tumba. Al examinar más de cerca, descubrió que habían abierto un pequeño túnel que se extendía hacia el interior de la sepultura. El padre Contreras sabía que no podía investigar más sin ayuda, pero también era consciente de que acusar a la familia más respetada del pueblo sin evidencias irrefutables, podría tener consecuencias graves para su posición como párroco y para la estabilidad de la comunidad.
decidió entonces contactar discretamente con las autoridades eclesiásticas superiores, específicamente con el obispo de Querétaro, para solicitar orientación sobre cómo proceder. La respuesta del obispado llegó dos semanas después en forma de una visita pastoral de rutina realizada por el padre Fernando Aguirre, un sacerdote especializado en investigaciones de irregularidades doctrinales.
El padre Aguirre llegó a San Juan del Río con la excusa oficial de evaluar las necesidades pastorales de la parroquia, pero su verdadera misión era investigar las sospechas sobre la familia Morales. Durante los tres días que duró su visita, el padre Aguirre realizó entrevistas individuales con varios habitantes del pueblo, siempre de manera casual y sin revelar el verdadero propósito de sus preguntas.
Lo que descubrió a través de estos testimonios proporcionó un contexto más amplio sobre la influencia que la familia Morales ejercía sobre la comunidad. Doña Remedios, la partera más antigua del pueblo, le reveló que durante los últimos años había notado una disminución significativa en los nacimientos de niños en San Juan del Río.
Las pocas mujeres que habían dado a luz recientemente habían experimentado complicaciones inusuales durante el embarazo y varias habían perdido a sus bebés en circunstancias que ella no lograba explicar médicamente. Lo más extraño era que estos casos se concentraban en familias que tenían vínculos laborales o comerciales cercanos con los morales.
El maestro de la escuela local, don Juvenal, compartió observaciones inquietantes sobre los hijos de la familia. Según él, Soledad mostraba un nivel de conocimiento que no correspondía con la educación formal que había recibido. La niña ocasionalmente hacía comentarios sobre temas históricos y geográficos que no formaban parte del currículo escolar, especialmente relacionados con culturas prehispánicas de la región.
Cuando él le preguntaba dónde había aprendido esas cosas, ella simplemente respondía que su familia le enseñaba en casa. Eh, más perturbador aún era el comportamiento de los gemelos, Rafael y Ricardo, en la escuela. Aunque ya habían completado su educación básica años atrás, ocasionalmente aparecían en los alrededores del edificio escolar durante los recreos, observando a los niños más pequeños de una manera que el maestro describió como demasiado intensa e interesada.
Varios padres de familia habían comentado que sus hijos llegaban a casa hablando de conversaciones que habían tenido con los hermanos Morales, conversaciones que incluían preguntas extrañas sobre las rutinas familiares, las creencias religiosas de sus padres y detalles sobre sus hogares que no parecían corresponder a charlas casuales entre adultos y niños.
El tendero del pueblo, don Evaristo, proporcionó información sobre los hábitos de compra de la familia Morales, que añadieron otra capa de misterio a la situación. Según él, la familia adquiría regularmente productos que no correspondían con las necesidades de una casa normal, grandes cantidades de sal de grano, carbón vegetal específico, hierbas medicinales que no crecían en la región y velas de cera de abeja en cantidades que excedían cualquier uso doméstico razonable.
Además, don Evaristo había notado que los pedidos se realizaban siguiendo un calendario específico. Los productos se encargaban siempre tres días antes de las lunas nuevas y la entrega se realizaba exclusivamente por Emilio, quien insistía en cargar personalmente todos los paquetes sin permitir que los empleados de la tienda los ayudaran.
El joven también pagaba siempre en efectivo con monedas de plata que parecían más antiguas que las que circulaban comúnmente en la región. Con esta información, el padre Aguirre decidió realizar su propia vigilancia nocturna durante la siguiente luna nueva, que coincidía con la última noche de su visita oficial.
Se coordinó con el padre Contreras para establecer dos puntos de observación. Uno en el campanario de la iglesia y otro en una colina cercana que proporcionaba una vista panorámica tanto del pueblo como del cementerio colonial. La noche del 8 de noviembre de 1953 se convirtió en el punto de quiebre de toda la investigación. Los dos sacerdotes fueron testigos de una ceremonia que superó todas sus expectativas sobre la naturaleza de las actividades secretas de la familia Morales.
que presenciaron no era simplemente una práctica religiosa alternativa, sino un ritual complejo que evidenciaba décadas de tradición secreta y conocimientos que claramente no pertenecían al ámbito cristiano. La ceremonia comenzó de la misma manera que había observado el padre Contreras anteriormente. La familia salió de su casa alrededor de las 11:30 de la noche, siguiendo el orden jerárquico habitual.
Sin embargo, esta vez llevaban consigo objetos adicionales que los sacerdotes pudieron distinguir con mayor claridad desde sus puntos de observación. Don Aurelio portaba lo que parecía ser un bastón tallado con figuras que reflejaban la luz lunar, sugiriendo la presencia de incrustaciones metálicas. Doña Carmen llevaba un recipiente que despedía vapores, indicando que contenía algún tipo de sustancia humeante.
Los hijos varones cargaban lo que claramente eran instrumentos musicales de percusión, pero no correspondían a ningún tipo de tambor o instrumento tradicional mexicano que los sacerdotes pudieran reconocer. Esperanza llevaba consigo lo que parecía ser un conjunto de telas o vestimentas, mientras que la pequeña soledad portaba no solo el libro que habían observado anteriormente, sino también una caja pequeña que manejaba con extremo cuidado.
Lo más inquietante era que toda la familia se movía con una coordinación y sincronización que evidenciaba años de práctica en estos desplazamientos nocturnos. Al llegar al cementerio, la familia se dirigió directamente a la sección abandonada, pero esta vez los sacerdotes pudieron observar que su destino no era exactamente el área que había investigado el padre Contreras.
En cambio, se dirigieron hacia una zona aún más apartada, donde las tumbas coloniales más antiguas se encontraban parcialmente cubiertas por la vegetación silvestre. En esa área comenzaron a realizar lo que claramente era un ritual de preparación. Los hombres de la familia iniciaron la construcción de una fogata en el centro de un círculo que evidentemente había sido utilizado en múltiples ocasiones anteriores.
Mientras tanto, las mujeres comenzaron a distribuir objetos alrededor del perímetro del círculo, siguiendo un patrón específico que sugería un conocimiento profundo de simbologías no cristianas. La pequeña soledad abrió su libro y comenzó a leer en voz alta. Aunque desde la distancia los sacerdotes no podían distinguir las palabras, sí podían percibir que elritmo y la entonación no correspondían al español.
Cuando la fogata estuvo completamente encendida, la familia formó un círculo alrededor de ella, pero no de la manera casual que podría esperarse en una reunión familiar nocturna. Cada miembro ocupó una posición específica y comenzaron a realizar movimientos coordinados que claramente seguían una coreografía establecida.
Los sonidos que emanaban del grupo incluían no solo cánticos, sino también el uso de los instrumentos de percusión que habían llevado consigo. Lo que más perturbó a los sacerdotes fue el papel central que asumió Soledad durante la ceremonia. A pesar de ser la más joven de la familia, parecía dirigir gran parte del ritual.
En varios momentos, los demás miembros se inclinaban hacia ella mientras ella leía del libro y ocasionalmente la familia completa se postraba en dirección a donde ella se encontraba. Esto sugería una jerarquía ritual que no correspondía con la estructura familiar tradicional, donde la autoridad normalmente recaería en el Padre.
Después de aproximadamente una hora de cánticos y movimientos rituales, la familia se dirigió hacia una de las tumbas coloniales que había llamado la atención del padre Contreras durante su investigación previa. Los sacerdotes observaron como los miembros masculinos de la familia comenzaron a excavar alrededor de la base de la sepultura, utilizando herramientas que habían llevado consigo y que habían mantenido ocultas.
Hasta ese momento, la excavación duró cerca de 30 minutos y cuando finalmente cesó, don Aurelio extrajo del interior de la tumba un objeto que los sacerdotes no pudieron identificar claramente, pero que parecía ser una caja o cofre de dimensiones considerables. Este objeto fue llevado hasta el círculo central donde ardía la fogata y toda la familia se reunió alrededor de él.
Lo que siguió fue la parte más inquietante de toda la ceremonia. Soledad abrió la caja utilizando lo que parecía ser una llave especial y del interior extrajo objetos que distribuyó entre los miembros de la familia. Aunque la distancia y la iluminación limitada de la fogata no permitían distinguir claramente la naturaleza de estos objetos, los sacerdotes pudieron observar que cada miembro de la familia recibió algo específico y que la manipulación de estos elementos provocó un cambio notable en el comportamiento del grupo.
Los cánticos se intensificaron adquiriendo un tono más grave y resonante. Los movimientos corporales se volvieron más expresivos, casi estáticos, y lo más perturbador de todo, los sacerdotes comenzaron a percibir que había respuestas a los cánticos de la familia, sonidos que parecían provenir de diferentes direcciones del cementerio, como si hubiera otras voces, respondiendo a la invocación que realizaba la familia Morales.
El clímax de la ceremonia llegó cuando Soledad extrajo de la caja el último objeto, algo que reflejaba la luz de manera metálica y que manejó con extrema reverencia. Lo elevó por encima de su cabeza mientras el resto de la familia se postraba completamente en el suelo y pronunció lo que parecían ser palabras de invocación en un idioma que los sacerdotes no pudieron identificar.
En ese momento, ambos observadores experimentaron algo que los marcó profundamente. Desde sus respectivos puntos de observación sintieron una presión atmosférica que no correspondía con las condiciones meteorológicas de la noche, una sensación de peso y opresión que pareció descender sobre todo el valle donde se encontraba San Juan del Río.
Además, observaron cambios en el comportamiento de los animales de la región, perros que comenzaron a aullar simultáneamente desde diferentes puntos del pueblo, y aves nocturnas que alzaron vuelo en bandadas como si estuvieran huyendo de algo. La ceremonia concluyó de manera abrupta. Soledad devolvió el objeto metálico a la caja que fue nuevamente sepultada en la tumba colonial.
La familia extinguió la fogata, recogió todos sus objetos ceremoniales y regresó a su casa siguiendo el mismo orden en el que había llegado. Sin embargo, los sacerdotes notaron que durante el regreso el comportamiento del grupo era diferente. Caminaban con una coordinación perfecta, como si estuvieran bajo la influencia de algún tipo de trance colectivo.
Al día siguiente, el padre Aguirre se reunió en privado con el padre Contreras para analizar lo que habían presenciado. Ambos coincidieron en que lo observado trascendía cualquier práctica religiosa alternativa o superstición local. Era evidente que se trataba de un sistema de creencias complejo, probablemente heredado de generaciones anteriores, que había sido mantenido en secreto durante décadas y que claramente entraba en conflicto directo con la doctrina católica.
El padre Aguirre decidió entonces realizar una confrontación directa con la familia, pero de manera estratégica. En lugar de acusar abiertamente a todala familia, decidió enfocar su aproximación en don Aurelio como cabeza visible del hogar. Program visita pastoral oficial a la casona de los Morales con el pretexto de bendecir la casa y conversar sobre las necesidades espirituales de la familia.
La visita se realizó en la tarde del 10 de noviembre. Don Aurelio recibió al padre Aguirre con la cortesía característica que había mostrado hacia las autoridades eclesiásticas durante todos sus años en San Juan del Río. Sin embargo, el sacerdote notó inmediatamente varios detalles en el interior de la casa que confirmaron sus sospechas.
La decoración de la casa mostraba una mezcla extraña de elementos católicos tradicionales con objetos que no correspondían a esa tradición religiosa. Había crucifijos y imágenes de santos en las paredes, pero también había objetos decorativos que incluían símbolos geométricos complejos, piedras pulidas de diferentes colores y plantas secas colgadas en ramilletes que no correspondían a las hierbas culinarias o medicinales comunes en la región.
Además, el padre Aguirre notó que ciertos espacios de la casa parecían haber sido modificados de manera sutil. Había puertas que parecían haber sido selladas o clausuradas y escaleras que conducían a secciones de la casa que no parecían corresponder con la distribución arquitectónica visible desde el exterior.
Cuando preguntó sobre estos espacios, don Aurelio respondió vagamente que se trataba de áreas de almacenamiento que habían caído en desuso. Durante la conversación, el padre Aguirre adoptó una estrategia indirecta, mencionando casualmente su interés por la historia de las familias del pueblo y su curiosidad sobre los orígenes de los morales.
Don Aurelio respondió de manera evasiva, proporcionando la misma información general que había dado durante años cuando se le preguntaba sobre su pasado, que provenían de una pequeña comunidad rural y que habían llegado a San Juan del Río buscando mejores oportunidades comerciales. Sin embargo, cuando el padre Aguirre mencionó específicamente San Miguel de los remedios, notó un cambio sutil, pero perceptible en el comportamiento de don Aurelio.
El hombre mantuvo su compostura, pero sus respuestas se volvieron más calculadas y ocasionalmente dirigía miradas hacia el interior de la casa, como si estuviera comunicándose silenciosamente con otros miembros de la familia que se encontraban fuera del alcance visual del sacerdote. El momento decisivo de la visita llegó cuando el padre Aguirre pidió reunirse con todos los miembros de la familia para realizar una bendición familiar.
Don Aurelio no pudo negarse a esta solicitud sin parecer sospechoso, pero el sacerdote observó que tardó un tiempo inusualmente largo en reunir a todos los miembros del hogar. Cuando finalmente toda la familia se reunió en la sala principal, el padre Aguirre pudo observar de cerca el comportamiento que había notado durante las misas dominicales.
Había una coordinación sutil, pero evidente, entre todos los miembros de la familia, como si estuvieran siguiendo señales no verbales que el sacerdote no podía detectar. Además, cuando comenzó a recitar las oraciones de bendición tradicionales,
notó que ninguno de los miembros de la familia realmente participaba en las respuestas, sino que simplemente movían los labios sin emitir sonidos audibles.
Lo más inquietante fue la reacción de Soledad durante la bendición. Mientras el padre recitaba las oraciones en latín, la niña mantuvo los ojos abiertos y fijos en él con una expresión de evaluación que no correspondía a su edad. En un momento específico, cuando el sacerdote pronunció las palabras de protección contra las fuerzas del mal, observó que Soledad movió los labios como si estuviera recitando algo diferente, posiblemente en respuesta o contrapunto a las oraciones católicas.
Después de completar la bendición, el padre Aguirre se despidió de la familia, pero antes de abandonar la casa, pidió usar el baño. Don Aurelio lo dirigió hacia una puerta específica, pero el sacerdote observó que había otras puertas en el pasillo que el patriarca evitó mencionar. Mientras se dirigía hacia el baño indicado, alcanzó a distinguir sonidos provenientes de una de estas otras habitaciones, voces en conversación susurrada y lo que parecían ser sonidos metálicos como si estuvieran manipulando objetos. Al día siguiente,
el padre Aguirre se reunió nuevamente con el padre Contreras y con las autoridades eclesiásticas superiores para reportar sus hallazgos. La evidencia acumulada durante la investigación era suficientemente preocupante como para justificar una intervención oficial, pero también era necesario proceder con extrema cautela debido a la posición social de la familia y las posibles repercusiones en la comunidad.
La decisión final fue realizar una investigación formal bajo la supervisión directa del obispado conla participación de especialistas en prácticas religiosas irregulares y con el apoyo de las autoridades civiles locales. Sin embargo, antes de que esta investigación pudiera llevarse a cabo, ocurrió un evento que cambió completamente el curso de la situación.
En la madrugada del 16 de noviembre de 1953, los habitantes de San Juan del Río fueron despertados por sonidos que describieron como gritos que no parecían humanos provenientes de la dirección de la casona de los morales. Varios vecinos reportaron haber visto luces intensas emanando de las ventanas de la casa.
Luces que parpadeaban de manera irregular y que ocasionalmente adquirían tonalidades que no correspondían a ninguna fuente de iluminación conocida. Don Sebastián, el herrero cuya casa se encontraba más cerca de la propiedad de los morales, fue el primero en acercarse para investigar. Según su testimonio posterior, cuando llegó al portón principal de la casona, encontró la puerta abierta de par en par, lo cual era inusual, porque la familia siempre mantenía su propiedad cerrada durante la noche. Los sonidos provenían del
interior de la casa, pero no eran gritos de dolor o angustia, sino algo que él describió como voces que subían y bajaban como si estuvieran llamando o respondiendo a algo. acompañado por otros vecinos que habían llegado al lugar don Sebastián se aventuró hacia el interior de la casa. Lo que encontraron en la planta baja los perturbó profundamente.
Todos los muebles habían sido movidos de su lugar original y reorganizados, siguiendo patrones geométricos complejos. Las alfombras habían sido retiradas revelando símbolos que habían sido tallados directamente en el piso de madera. Las paredes estaban cubiertas por dibujos realizados con sustancias que parecían ser carbón vegetal y otros materiales no identificados.
Pero lo más inquietante era que no había rastro de ningún miembro de la familia. Las habitaciones del primer piso estaban vacías, aunque mostraban señales de haber sido ocupadas recientemente, camas deshechas, ropa esparcida y objetos personales abandonados, como si los habitantes hubieran abandonado el lugar apresuradamente.
Los sonidos que habían alertado a los vecinos continuaban emanando de algún lugar de la casa, pero no podían identificar su origen exacto. parecían provenir del piso superior, pero cuando los hombres subieron las escaleras encontraron esas habitaciones igualmente vacías. Fue entonces cuando don Sebastián recordó haber notado durante su visita anterior que había puertas que parecían selladas o clausuradas y comenzó a buscar accesos ocultos en la estructura de la casa.
El descubrimiento que realizaron en el sótano de la Casona superó todas sus expectativas sobre la naturaleza de las actividades secretas que había realizado la familia Morales durante sus años en San Juan del Río. El acceso al sótano estaba oculto detrás de una estantería de libros en el estudio de don Aurelio y solo fue descubierto porque uno de los vecinos notó que los sonidos se intensificaban cuando se encontraban cerca de esa pared específica.
Al mover la estantería, encontraron una puerta de metal que había estado disimulada detrás de los libros. Esta puerta no tenía cerradura visible, pero estaba entreabierta, permitiendo que escaparan tanto los sonidos como un aroma intenso que describieron como una mezcla de incienso, hierbas quemadas, y algo más que no pudieron identificar, pero que les resultó profundamente desagradable.
El sótano al que conducía esta puerta no correspondía con la arquitectura original de la casa. Era una construcción subterránea que se extendía mucho más allá de los límites de la casona, creando una serie de habitaciones conectadas que, evidentemente habían sido excavadas y construidas específicamente para los propósitos rituales de la familia.
Las paredes estaban revestidas con piedra y el techo estaba reforzado con vigas de madera que sugerían una construcción profesional y planificada. La primera habitación a la que accedieron contenía lo que claramente era un altar ceremonial. Era una estructura de piedra tallada con símbolos que no correspondían a ninguna tradición religiosa que los vecinos pudieran reconocer.
Sobre el altar había objetos que incluían velas de diferentes colores, recipientes de metal con residuos de sustancias quemadas y libros escritos en idiomas que no parecían ser español ni latín, pero lo que más los impactó fueron los objetos que rodeaban el altar, una colección de artefactos que claramente habían sido acumulados durante años y que incluían elementos que sugerían conexiones.
con tradiciones prehispánicas, objetos que parecían ser de origen europeo, pero de periodos históricos antiguos, y elementos que los vecinos no pudieron identificar, pero que les provocaron una sensación inmediata de incomodidad y temor. Las habitaciones adyacentes revelaron la verdadera extensión de lasactividades secretas de la familia.
Una de ellas contenía lo que parecía ser una biblioteca especializada, cientos de libros y manuscritos organizados cuidadosamente en estanterías que cubrían las paredes desde el suelo hasta el techo. Los títulos visibles estaban en diferentes idiomas y muchos de los volúmenes parecían ser muy antiguos, sugiriendo que habían sido conservados durante generaciones.
Otra habitación estaba configurada como un taller donde, evidentemente se habían fabricado los objetos ceremoniales que la familia utilizaba en sus rituales. Había herramientas para tallar madera y metal, sustancias para crear pinturas y pigmentos y materiales para confeccionar las vestimentas especiales que habían sido observadas durante las ceremonias nocturnas.
Lo más perturbador era que había evidencia de trabajo reciente, proyectos incompletos, materiales preparados y herramientas que aún conservaban residuos de uso. La habitación final del sótano era la más inquietante de todas. Era un espacio circular con el suelo cubierto por una superficie de piedra pulida en la que habían sido tallados símbolos y diagramas geométricos complejos.
Las paredes estaban decoradas con pinturas que representaban figuras humanas en diferentes poses rituales, animales que no correspondían a la fauna local y símbolos astronómicos que sugerían un conocimiento avanzado de los ciclos celestes. En el centro de esta habitación había una estructura que claramente había sido utilizada como altar principal para las ceremonias más importantes.
Era una plataforma elevada rodeada por canales tallados en la piedra que convergían hacia un punto central donde se encontraba un recipiente de metal de gran tamaño. Los residuos en este recipiente y en los canales circundantes sugerían que se habían realizado rituales que involucraban líquidos, posiblemente como parte de ceremonias de ofrenda o invocación.
Pero lo que más perturbó a los vecinos que exploraron el sótano fue la evidencia de que había sido utilizado recientemente, posiblemente esa misma noche. Las velas aún estaban encendidas, los recipientes ceremoniales contenían residuos frescos y había objetos dispuestos como si los rituales hubieran sido interrumpidos abruptamente. Esto sugería que la familia había estado realizando una ceremonia cuando algo los había obligado a abandonar el lugar precipitadamente.
Los sonidos que habían alertado a los vecinos continuaban emanando de algún lugar del sótano, pero no podían identificar su origen exacto. Parecían provenir de detrás de las paredes, como si hubiera espacios adicionales que no habían descubierto aún. Sin embargo, la intensidad de estos sonidos y la atmósfera opresiva del lugar los llevó a decidir que era necesario buscar ayuda profesional antes de continuar la exploración.
Fue entonces cuando contactaron al padre Contreras, quien inmediatamente se dirigió a la casona acompañado por el padre Aguirre. Los dos sacerdotes descendieron al sótano y confirmaron que se encontraban ante evidencias de prácticas rituales que claramente no pertenecían a ninguna tradición cristiana. La complejidad de la instalación subterránea y la sofisticación de los objetos ceremoniales sugerían décadas de desarrollo y refinamiento de estas prácticas.
El padre Aguirre tomó la decisión de contactar inmediatamente con las autoridades eclesiásticas superiores y con las autoridades civiles para reportar el descubrimiento. Sin embargo, antes de que pudieran abandonar el sótano, los sonidos que habían estado emanando de las paredes se intensificaron significativamente y comenzaron a percibir vibraciones que parecían provenir del suelo.
Fue entonces cuando don Sebastián recordó algo que había observado durante la ceremonia nocturna que había presenciado semanas atrás. La familia había excavado alrededor de una de las tumbas del cementerio colonial y había extraído objetos que luego habían vuelto a sepultar. Se preguntó si podría existir una conexión subterránea entre el sótano de la casa y el cementerio, lo que explicaría tanto los sonidos como las vibraciones.
Esta especulación resultó ser correcta. En una exploración más detallada del sótano, encontraron una puerta oculta detrás del altar principal que conducía a un túnel excavado en la roca. Este túnel se extendía en dirección al cementerio colonial, confirmando que la familia Morales había construido una conexión subterránea entre su casa y el lugar donde realizaban sus ceremonias más importantes.
El túnel en sí mismo era una obra de ingeniería impresionante. había sido excavado siguiendo la topografía natural del terreno, aprovechando las formaciones rocosas existentes para crear un pasaje que era tanto funcional como discreto. Las paredes habían sido reforzadas con piedra y había binalado un sistema rudimentario de ventilación que permitía el flujo de aire desde lasuperficie.
A lo largo del túnel había espacios adicionales que habían sido utilizados como depósitos para los objetos ceremoniales más importantes. Estos espacios contenían artefactos que evidentemente tenían un valor especial para la familia, incluyendo objetos que parecían ser muy antiguos y que posiblemente habían sido heredados de generaciones anteriores.
También había documentos y manuscritos que sugerían una tradición escrita que acompañaba a las prácticas rituales. El túnel terminaba en una cámara subterránea ubicada directamente debajo del cementerio colonial, específicamente debajo de la sección donde habían observado las ceremonias nocturnas de la familia.
Esta cámara era mucho más grande que las habitaciones del sótano de la casa y estaba configurada como un templo subterráneo con capacidad para ceremonias que involucraran a grupos numerosos de personas. Las paredes de esta cámara estaban cubiertas por pinturas y tallados que representaban escenas ceremoniales complejas. Había representaciones de figuras humanas participando en rituales, pero también había imágenes que incluían elementos que no correspondían a ninguna tradición religiosa conocida por los exploradores.
Los símbolos astronómicos eran particularmente prominentes, sugiriendo que las ceremonias estaban vinculadas a ciclos celestiales específicos. En el centro de la cámara había una estructura que claramente era el altar principal para las ceremonias más importantes. Era una construcción de piedra tallada con una complejidad que superaba cualquier cosa que hubieran encontrado en el sótano de la casa.
Los símbolos tallados en la piedra incluían elementos que parecían provenir de diferentes tradiciones culturales, sugiriendo un sincretismo que había evolucionado a lo largo de generaciones. Pero lo más inquietante de todo era que esta cámara subterránea mostraba evidencias de uso reciente y de una actividad que había sido interrumpida abruptamente.
Había objetos ceremoniales dispuestos, como si estuviera a punto de comenzar un ritual importante, velas que aún ardían y residuos frescos de las sustancias utilizadas en las ceremonias. Además, había indicios de que esta cámara había sido utilizada no solo por la familia Morales, sino por un grupo más amplio de participantes. Había vestimentas ceremoniales en diferentes tamaños, objetos personales que claramente pertenecían a diferentes individuos y evidencia de que las ceremonias involucraban a múltiples familias o grupos de la región.
Esto sugería que las actividades secretas de los morales no eran una práctica aislada, sino parte de una red más amplia de individuos y familias que mantenían estas tradiciones rituales en secreto mientras proyectaban una imagen de conformidad religiosa tradicional en sus comunidades respectivas. Los sonidos que habían estado emanando de las paredes se intensificaron cuando los exploradores llegaron a la cámara principal y fue entonces cuando se dieron cuenta de que no estaban solos en el complejo subterráneo.
Los sonidos eran voces humanas, voces que estaban realizando cánticos en idiomas que no podían identificar, pero que claramente seguían patrones rituales complejos. Siguiendo el origen de estos sonidos, los exploradores descubrieron que había túneles adicionales que se extendían desde la cámara principal en diferentes direcciones.
Estos túneles conducían a cámaras más pequeñas, donde encontraron a los miembros de la familia Morales, junto con otras personas que no habían sido identificadas previamente como participantes en las actividades rituales. La escena que encontraron era profundamente perturbadora. Todas las personas presentes estaban vestidas con las vestimentas ceremoniales que habían sido observadas durante las vigilancias nocturnas, pero su comportamiento no era normal.
parecían estar en un estado de trance profundo, realizando cánticos y movimientos rituales de manera coordinada, pero sin mostrar conciencia de la presencia de los exploradores. En el centro del grupo se encontraba Soledad, quien efectivamente parecía estar dirigiendo la ceremonia a pesar de su juventud. tenía el libro ceremonial abierto frente a ella y estaba leyendo en voz alta en un idioma que los exploradores no pudieron identificar.
Los demás participantes respondían a sus invocaciones con cánticos coordinados, creando una atmosfera de intensidad ritual que resultaba profundamente inquietante para los observadores. El padre Aguirre intentó interrumpir la ceremonia dirigiéndose directamente a don Aurelio, pero descubrió que el hombre no respondía a su presencia.
Sus ojos estaban abiertos, pero parecía estar completamente absorto en el ritual, como si se encontrara en un estado alterado de conciencia que lo aislaba del mundo exterior. Lo mismo ocurría con todos los demás participantes. Estaban físicamente presentes, pero psicológicamente ausentes.
Fue entonces cuando el padreAguirre tomó la decisión de realizar una intervención más directa. comenzó a recitar oraciones católicas en voz alta, específicamente oraciones de protección y exorcismo que tenían la intención de interrumpir cualquier práctica ritual que estuviera en curso. La reacción de los participantes en la ceremonia fue inmediata y dramática. Los cánticos cesaron abruptamente y todos los participantes dirigieron su atención hacia los exploradores por primera vez.
Desde que habían llegado a la cámara. Sus expresiones mostraban una mezcla de confusión y lo que parecía ser miedo, como si hubieran sido despertados súbitamente de un sueño profundo. Soledad cerró el libro ceremonial y se dirigió directamente al padre Aguirre, pero no con la actitud de una niña asustada, sino con la autoridad de alguien que estaba acostumbrado a liderar situaciones complejas.
Lo que ocurrió a continuación fue una confrontación que ninguno de los exploradores había anticipado. Soledad se dirigió al padre Aguirre en un español perfecto, pero con una formalidad y sofisticación que no correspondían a su edad. le explicó que lo que habían presenciado era una tradición familiar que databa de generaciones, que no causaba daño a nadie y que había sido mantenida en secreto precisamente para evitar malentendidos con las autoridades religiosas tradicionales.
Según Soledad, las prácticas que realizaba su familia eran una forma de preservar conocimientos y tradiciones que habían sido transmitidos a través de las generaciones femeninas de su linaje. Estas tradiciones incluían conocimientos sobre astronomía, herbología y lo que ella describió como maneras de comunicarse con aspectos de la naturaleza que la religión moderna había olvidado.
La niña explicó que su familia había llegado a San Juan del Río después de que las autoridades de su región anterior hubieran malinterpretado sus prácticas y los hubieran obligado a abandonar su hogar. Durante los años que habían vivido en el pueblo, habían mantenido sus tradiciones en secreto mientras participaban públicamente en las actividades religiosas católicas para evitar conflictos con la comunidad.
Lo que más perturbó al padre Aguirre fue la manera en que soledad se expresaba. No hablaba como una niña que hubiera sido adoctrinada por adultos, sino como alguien que tenía un entendimiento profundo y personal de las prácticas que estaba describiendo. Sus explicaciones incluían referencias a conceptos filosóficos y religiosos complejos y demostraba un conocimiento de la historia regional que superaba cualquier educación formal que pudiera haber recibido.
Además, mientras Soledad hablaba, los demás participantes en la ceremonia se mantuvieron en silencio, pero no con la actitud de personas que estuvieran siendo defendidas por una representante. Su comportamiento sugería que efectivamente reconocían la autoridad de la niña en estos asuntos, confirmando que el liderazgo ritual que habían observado durante las ceremonias nocturnas no era una anomalía, sino la estructura normal de este grupo.
El padre Aguirre intentó explicar a Soledad que, independientemente de las intenciones de la familia, las prácticas que realizaban entraban en conflicto directo con la doctrina católica y que su continuación en secreto constituía una forma de engaño hacia la comunidad que los había acogido. También expresó su preocupación por el hecho de que una niña de su edad estuviera involucrada en actividades que claramente no correspondían a un desarrollo religioso apropiado para menores.
La respuesta de soledad a estas objeciones fue inesperadamente sofisticada. argumentó que las tradiciones que practicaba su familia no negaban ni contradecían los aspectos fundamentales del cristianismo, sino que añadían dimensiones de conocimiento que habían sido perdidas o suprimidas por la institucionalización de la religión.
Según ella, era posible ser tanto cristiano como practicante de estas tradiciones ancestrales. Y su familia había estado viviendo esta integración durante décadas sin causar conflictos ni daños. Además, Soledad señaló que su participación en estas prácticas no era una imposición de los adultos, sino una elección personal basada en una afinidad natural hacia estos conocimientos.
explicó que desde muy pequeña había mostrado habilidades especiales para entender y practicar estos rituales y que su familia simplemente había reconocido y cultivado estas habilidades naturales. Esta explicación planteó dilemas complejos para el padre Aguirre. Por un lado, era evidente que se encontraban ante prácticas que no correspondían con la ortodoxia católica y que habían sido mantenidas en secreto de manera deliberada.
Por otro lado, no había evidencia de que estas prácticas hubieran causado daño directo a los participantes o a la comunidad. Y la sofisticación intelectual de Soledad sugería que su participación no eraresultado de manipulación o abuso. Sin embargo, la posición del padre Aguirre como representante de la autoridad eclesiástica no le permitía simplemente ignorar la situación.
Las prácticas que había presenciado claramente constituían una forma de sincretismo religioso que entraba en conflicto con las enseñanzas oficiales de la Iglesia y la existencia de una instalación subterránea elaborada sugería un nivel de organización y permanencia que no podía ser tolerado. El padre tomó la decisión de suspender temporalmente la ceremonia y solicitar que todos los participantes regresaran a sus hogares mientras las autoridades eclesiásticas y civiles determinaban cómo proceder.
Soledad aceptó esta solicitud, pero expresó su expectativa de que cualquier investigación posterior fuera conducida con respeto hacia las tradiciones de su familia y con un entendimiento de que sus prácticas no tenían intenciones maliciosas. Los participantes en la ceremonia procedieron a recoger sus objetos ceremoniales y a extinguir las velas que habían estado ardiendo durante el ritual.
Su comportamiento durante esta tarea fue ordenado y respetuoso, sugiriendo que efectivamente tenían experiencia en concluir sus ceremonias de manera apropiada cuando era necesario. Sin embargo, antes de abandonar la cámara subterránea, Soledad se acercó nuevamente al padre Aguirre y le hizo una observación que lo perturbó profundamente.
dijo que entendía que las autoridades religiosas tenían obligaciones que cumplir, pero que esperaba que recordaran que había muchas maneras de entender la espiritualidad y la conexión con lo divino, que la supresión de una tradición no siempre resultaba en el fortalecimiento de otra. Esta observación final demostró una comprensión de las implicaciones políticas y sociales de la situación que era extraordinaria para una niña de 12 años.
Sugería que Soledad no solo entendía las prácticas rituales de su familia, sino también las dinámicas más amplias de poder religioso y autoridad comunitaria que estaban en juego en esta confrontación. Los exploradores abandonaron el complejo subterráneo en silencio, cada uno absorto en las implicaciones de lo que habían descubierto. Era evidente que la situación era mucho más compleja de lo que habían anticipado inicialmente.
No se trataba simplemente de una familia que hubiera adoptado prácticas supersticiosas, sino de un grupo que mantenía una tradición sofisticada que tenía raíces históricas profundas. El día siguiente se convirtió en un punto de inflexión para toda la comunidad de San Juan del Río. La noticia del descubrimiento del complejo subterráneo se extendió rápidamente por el pueblo, generando reacciones que iban desde la curiosidad hasta el miedo y la indignación.
Las opiniones de los habitantes se polarizaron entre quienes consideraban que la familia Morales había estado engañando a la comunidad durante años y quienes argumentaban que sus prácticas privadas no afectaban su contribución positiva al pueblo. El padre Contreras se encontró en una posición particularmente difícil. Como párroco local, era responsable del bienestar espiritual de toda la comunidad, incluyendo a la familia Morales.
Sin embargo, también tenía obligaciones hacia las autoridades eclesiásticas superiores, que esperaban que tomara medidas decisivas contra prácticas que claramente no se conformaban con la ortodoxia católica. Mientras tanto, las autoridades civiles locales también se vieron obligadas a tomar una posición. El alcalde de San Juan del Río era consciente de la importancia económica de la familia Morales para la comunidad, pero también entendía que ignorar las preocupaciones religiosas podría generar conflictos sociales más amplios. La situación se
complicó aún más cuando llegaron representantes de las autoridades estatales para investigar lo que había sido reportado como actividades religiosas irregulares. Durante los días que siguieron al descubrimiento se realizaron múltiples entrevistas con los miembros de la familia Morales y con otros habitantes del pueblo que pudieran haber estado involucrados en las actividades rituales.
Estas entrevistas revelaron que la red de participantes era más amplia de lo que se había sospechado inicialmente, incluyendo a familias de comunidades vecinas que habían estado viajando secretamente a San Juan del Río para participar en las ceremonias. Las autoridades también descubrieron que las actividades rituales habían estado generando ingresos económicos para la región de maneras que no habían sido reconocidas oficialmente.
Algunas de las familias participantes habían estado adquiriendo hierbas medicinales, objetos ceremoniales y otros materiales de proveedores locales, creando una red comercial informal que beneficiaba a varios sectores de la economía regional. Además, la investigación reveló que los conocimientos de herbología y medicinatradicional que había desarrollado la familia Morales habían sido utilizados discretamente para ayudar a habitantes de la región con problemas de salud que no habían sido resueltos por los métodos médicos convencionales
disponibles en las comunidades rurales. Varios testimonios confirmaron que miembros de la familia, particularmente las mujeres, habían proporcionado tratamientos efectivos para enfermedades que habían resistido otros enfoques terapéuticos. Estos descubrimientos complicaron significativamente la evaluación moral y legal de las actividades de la familia.
Por un lado, era claro que habían estado manteniendo prácticas secretas que no se conformaban con las expectativas religiosas de la comunidad. Por otro lado, había evidencia de que estas prácticas habían generado beneficios tangibles tanto para los participantes como para la comunidad más amplia.
La situación se volvió aún más compleja cuando los investigadores descubrieron documentos en el complejo subterráneo que sugerían conexiones históricas entre las tradiciones practicadas por la familia Morales y movimientos religiosos que habían existido en la región durante el periodo colonial. Estos documentos incluían mapas, genealogías y registros ceremoniales que databan de varios siglos atrás.
Uno de los documentos más significativos era un manuscrito que describía la migración de grupos familiares desde diferentes regiones de México durante los siglos X y XVI como resultado de la persecución religiosa dirigida contra prácticas que las autoridades coloniales habían clasificado como herejías o brujerías. El manuscrito sugería que muchas de estas familias habían mantenido sus tradiciones en secreto durante generaciones, adaptándolas a las circunstancias cambiantes, pero preservando elementos fundamentales de sus sistemas de creencias originales.
Este contexto histórico proporcionó una nueva perspectiva sobre las actividades de la familia Morales. En lugar de ser una anomalía moderna, sus prácticas parecían ser la continuación de tradiciones que tenían raíces profundas en la historia religiosa de México. Esto no las hacía más aceptables desde la perspectiva de la ortodoxia católica, pero sí las colocaba en un marco cultural e histórico que las hacía más comprensibles.
Sin embargo, independientemente de las implicaciones históricas o de los beneficios prácticos que pudieran haber generado estas tradiciones, las autoridades eclesiásticas mantuvieron su posición de que las prácticas observadas eran incompatibles con la fe católica y no podían ser toleradas en una comunidad cristiana.
El obispo de Querétaro emitió una declaración oficial clasificando las actividades como prácticas supersticiosas que contradecían las enseñanzas fundamentales de la Iglesia. M.















