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TODOS SE RIERON CUANDO UNA GANADERA ARRENDÓ 49 HECTÁREAS DE PRADO ENCHARCADO QUE NADIE QUERÍA… TRES AÑOS DESPUÉS, DURANTE EL INVIERNO EN QUE MEDIA COMARCA SE QUEDÓ SIN HENO, FUERON A SU GRANERO A PREGUNTAR CUÁNTAS TONELADAS PODÍA VENDER

PARTE 2

La primera siega produjo más volumen de lo que Adela esperaba.

Eso la engañó.

Había tanto material que tuvieron que utilizar una nave prestada para almacenar una parte.

Pero cantidad no era lo mismo que alimento útil.

Los problemas aparecieron pronto.

Una parte había entrado demasiado húmeda.

Dos lotes calentaron.

Algunos fardos desarrollaron olor a humedad y tuvieron que descartarse.

Otros estaban secos, pero la planta se había cortado demasiado madura.

Los tallos eran bastos.

Cuando Adela los puso en el comedero, las vacas hicieron exactamente lo que Basilio habría disfrutado viendo.

Separaron.

Comieron hojas.

Sacaron tallos.

Pisotearon una parte.

Después esperaron algo mejor.

Julián señaló el montón desperdiciado.

—Ahí está nuestra ganga.

Adela no discutió.

Cogió una horca.

Pesó aproximadamente lo rechazado.

Después hizo algo todavía más incómodo.

Calculó.

Arrendamiento.

gasóleo.

siega.

empacado.

transporte.

pérdidas por humedad.

desperdicio.

El coste real por kilogramo consumido era muy diferente del coste por tonelada metida en el almacén.

La libreta quedó abierta sobre la mesa.

Julián leyó.

—Entonces abandonamos.

—No.

—Adela.

—He cosechado mal.

—La hierba es mala.

—Parte.

—Las vacas la dejan.

—Dejan los tallos tardíos.

Los lotes de la zona alta, que cortamos algo antes, los comen mejor.

Julián miró los números.

Era cierto.

Adela había separado algunos fardos por zonas.

No pensando en un experimento.

Simplemente porque entraron en días distintos.

La diferencia era evidente.

La sección sur:

más alta.

mejor drenada.

segada antes.

Menos tallo.

Más aceptación.

La parte central:

cortada tarde.

Mucho desperdicio.

El extremo húmedo:

ni siquiera debería haberse segado en algunos puntos.

—Entonces ¿qué propones?

—Dejar de tratar cuarenta y nueve hectáreas como si fueran una sola parcela.

Aquella primavera, Adela marcó cuatro zonas.

A.

La más alta.

B.

Intermedia.

C.

Baja.

D.

Muy húmeda.

No habría una única fecha de siega.

Entraría cuando:

el suelo soportara maquinaria.

la vegetación estuviera en una fase adecuada.

y hubiera previsión suficiente para secar.

La zona D no se cosecharía algunos años.

Eso le dolía.

Pagaba por toda la superficie.

Pero entrar donde el suelo no podía soportar una máquina era una forma excelente de convertir forraje barato en:

averías.

surcos.

compactación.

y gasto.

También compraron una vieja segadora-acondicionadora.

Costó 92.000 pesetas.

Estaba usada.

Muy usada.

Un rodamiento sonaba como si tuviera piedras dentro.

Julián pasó dos días reparándola.

—Estamos gastando más dinero en el pantano.

—Estamos gastando en secar antes.

—O eso esperas.

—Sí.

La máquina aplastaba parcialmente los tallos y favorecía un secado más uniforme.

En terrenos donde conseguir varios días buenos seguidos era difícil, unas horas importaban.

La segunda campaña fue distinta.

Menos tonelaje por hectárea en la primera entrada.

Más calidad.

Adela mandó analizar muestras a través de un servicio agrario.

Nada extraordinario.

No era alfalfa.

No era un concentrado.

Pero el material temprano podía funcionar como forraje de base si la ración se equilibraba con otros alimentos.

Aquella fue la segunda gran corrección.

Adela había intentado pensar:

“Este prado sustituirá el heno comprado.”

No.

El prado debía cumplir una función.

Aportar materia seca utilizable.

Otros alimentos aportarían:

más proteína.

energía.

minerales.

según necesidades.

Una tarde Basilio apareció.

—¿Siguen dejando los palos?

Adela señaló el comedero.

Había residuos.

Pero muchos menos.

—Algo.

—Entonces.

—Mucho menos que el año pasado.

—¿Qué has cambiado?

—Yo.

Basilio rio.

—Eso sale caro.

—Menos que seguir igual.

PARTE 3

En 1990 llegó una primavera seca.

Después un junio todavía peor.

Los pastos altos empezaron a perder crecimiento.

Los agricultores que normalmente hacían una segunda siega comenzaron a hablar de hacer ninguna.

Julio fue duro.

Agosto peor.

Las Lagunillas no permaneció como un jardín verde.

Eso habría sido mentira.

También sufrió.

Pero la parte baja conservó humedad mucho más tiempo.

Las gramíneas de pradera húmeda disminuyeron crecimiento, pero no desaparecieron al mismo ritmo que varias parcelas altas.

Adela ya había hecho una primera siega temprana en las zonas accesibles.

Después dejó descansar.

En agosto parte de la superficie había producido rebrote suficiente para valorar una segunda entrada.

No todas las zonas.

No quería destrozar el terreno.

Tampoco cortar demasiado bajo.

Pero pudo obtener otra cantidad modesta.

El granero empezó a llenarse.

No solo de Las Lagunillas.

También había:

heno de sus parcelas altas.

algo de alfalfa comprada.

paja.

forraje de avena.

Adela dejó de buscar “el alimento perfecto”.

Empezó a construir inventario.

En septiembre hizo cuentas.

Necesidades estimadas del rebaño.

Pérdidas.

Margen de seguridad.

Julián preguntó:

—¿Por qué quieres guardar tanto?

—Porque el invierno no ha firmado ningún contrato.

—Podemos vender ahora.

—No.

—El heno está caro.

—Precisamente.

Aquello parecía una contradicción.

No lo era.

Si vendían por entusiasmo y después compraban en enero, podían terminar pagando el doble.

Adela calculó hasta marzo.

Después añadió un margen.

—Lo que sobre en febrero se puede vender.

Julián sonrió.

—Te estás convirtiendo en tu padre.

—Eso es una amenaza.

En noviembre nevó antes de tiempo.

Diciembre fue frío.

Enero peor.

Las vacas comían más.

El inventario bajaba.

Pero seguía dentro de lo previsto.

Basilio no tuvo la misma suerte.

Su explotación dependía más de heno comprado.

Había planeado adquirir treinta toneladas después de Navidad.

El proveedor habitual canceló.

Necesitaba guardar su producción para sus propios animales.

Otro vendedor pidió un precio que Basilio consideraba absurdo.

El 18 de enero de 1991 entró en la nave de Adela.

No hizo bromas.

Miró los fardos.

—¿Te sobra?

Adela ya había recalculado.

—Depende.

—Necesito quince toneladas.

—Quince puedo.

—¿De esto?

Señaló Las Lagunillas.

—Parte.

Te llevarás también otro heno.

—¿Por qué?

—Porque no quiero venderte una cosa y fingir que sirve para todo.

Basilio cogió un puñado.

—Está mucho mejor que el primer año.

—Lo cortamos antes.

—¿Cuánto quieres?

Adela dio precio.

No abusivo.

Tampoco barato.

Basilio pagó.

Tres semanas después volvió por siete toneladas más.

Otro ganadero compró ocho.

La noticia corrió.

La parcela de la que todos se habían reído estaba produciendo alimento en un año en que terrenos mucho mejores habían dado menos.

No porque fuera mejor tierra.

Porque era diferente.

Esa palabra se convirtió en el centro de toda la explotación.

Cuando lo alto se secaba, lo bajo podía mantener más humedad.

Cuando la primavera era excesivamente húmeda y Las Lagunillas no permitía entrar, las parcelas altas eran más fáciles de trabajar.

Una compensaba parcialmente a la otra.

Adela comprendió que el valor no estaba en que una parcela ganara siempre.

Estaba en que no perdiera exactamente bajo las mismas condiciones que las demás.

PARTE 4

El invierno de 1991 no hizo rica a la familia Ferrero.

Eso también conviene aclararlo.

Las ventas de heno dieron dinero.

Pero:

habían pagado arrendamiento.

maquinaria.

reparaciones.

gasóleo.

mano de obra.

almacenamiento.

El beneficio ayudó.

Sobre todo evitó otra cosa.

No tuvieron que vender vacas por falta de alimento.

No pidieron un crédito de emergencia.

No recorrieron tres provincias buscando fardos.

La explotación sobrevivió un año malo sin convertirlo en crisis.

Para Adela eso valía más que una gran cosecha aislada.

Empezó a llevar una libreta azul.

Su padre había usado verde.

Ella eligió azul porque era la que encontró.

Había columnas:

TONELADAS COSECHADAS.

MATERIA SECA ESTIMADA.

ANÁLISIS.

COSTE.

DESPERDICIO.

TONELADAS CONSUMIDAS.

La última columna era la más importante.

En 1988 había celebrado cada fardo como si fuera dinero.

Ahora no contaba un fardo como alimento completo hasta saber cuánto acababa realmente dentro del animal.

Una mañana Julián dijo:

—Eso es obsesivo.

—El desperdicio también cuesta.

—Siempre habrá algo.

—Entonces lo medimos.

No pretendían reducirlo a cero.

Eso habría requerido otros sistemas y otros costes.

Pero podían mejorar.

Ajustaron longitud de corte en determinados materiales.

Separaron lotes por calidad.

Los mejores para categorías con necesidades mayores.

Los más bastos:

mezclados o destinados donde fueran adecuados.

Lo inservible no se convertía mágicamente en alimento por haber costado dinero.

Esa fue otra lección.

En 1992 la primavera fue húmeda.

Demasiado.

Las Lagunillas se volvió casi inaccesible.

Basilio pasó.

—Este año tu maravilla no vale nada.

Adela sonrió.

—Este año la parcela alta está produciendo muy bien.

Basilio quedó quieto.

—Ah.

—Exacto.

Esperó.

Entró tarde en una parte.

Otra la dejó sin cosechar.

Los rendimientos del prado húmedo fueron peores para sus necesidades.

Pero tenía producción de otras superficies.

El sistema estaba haciendo exactamente lo que ella pretendía.

No ganar siempre.

No fracasar todo a la vez.

PARTE 5

En 1994 murió Venancio.

Setenta y nueve años.

Había visto a su hija convertir la explotación en algo bastante distinto de lo que él habría hecho.

Una semana antes de morir preguntó:

—¿Cuánto te cuesta alimentar una vaca en invierno?

Adela rio.

—Hasta enfermo haces cuentas.

—Número.

Ella se lo dio.

Venancio cerró los ojos.

—Bien.

—¿Bien qué?

—Sabes el número.

Fue prácticamente su despedida.

Adela guardó la libreta de su padre junto a la suya.

Durante los años siguientes amplió lentamente.

No porque el ganado estuviera caro.

Porque las reservas permitían más animales.

De cuarenta y tres vacas pasó a:

cuarenta y siete.

Después cincuenta y dos.

Nunca compraba diez porque “el mercado estaba bueno”.

Antes calculaba:

forraje.

pastos.

mano de obra.

espacio.

agua.

Un comprador preguntó una vez:

—¿No quieres llegar a setenta?

—¿Por qué setenta?

—Porque tienes tierra.

—También tengo inviernos.

La respuesta se hizo famosa en el pueblo.

Basilio empezó a usarla como si fuera suya.

En 1996 el propietario de Las Lagunillas anunció que vendería.

Sus hijos vivían fuera.

No querían mantener la finca.

Adela llevaba ocho años arrendándola.

El precio solicitado fue mucho mayor de lo que había pagado por alquiler.

No podía comprarla sin deuda.

Julián preguntó:

—¿De verdad la quieres?

—Sí.

—Hace ocho años decías que solo querías probar.

—La prueba terminó.

Solicitaron valoración.

Revisaron:

situación registral.

accesos.

limitaciones.

zonas húmedas.

usos permitidos.

No compraron pensando que podían:

drenarla.

rellenarla.

convertirla en maíz.

Eso habría destruido precisamente la característica que le daba valor al sistema.

El día de la subasta privada hubo tres interesados.

Uno quería una parte más seca.

Otro pensaba en usos recreativos.

Adela estaba allí por el forraje.

Compró finalmente por algo más de 7,6 millones de pesetas, incluyendo los gastos asociados de la operación.

No tenía ese dinero en una caja.

Habían ahorrado.

Aportaron una parte importante.

Financiaron el resto con una carga limitada sobre la propia adquisición y otras garantías estudiadas.

Adela odiaba deber dinero.

No porque toda deuda fuera mala.

Porque conocía el coste de perder flexibilidad.

El préstamo se calculó con un escenario conservador.

No contando el mejor año.

Contando uno mediocre.

Julián preguntó:

—¿Y si vienen tres años malos?

—Entonces tardamos más.

—¿Y si son peores?

—Vendemos vacas antes que la casa.

No era una frase heroica.

Era un plan.

PARTE 6

A finales de los noventa cambió otra cosa.

Elena Ferrero, la hija de Adela y Julián, regresó.

Tenía veintisiete años.

Había trabajado cinco años en una cooperativa de alimentación animal.

Creía que algunas prácticas de sus padres eran excesivamente intuitivas.

—Necesitamos analizar más lotes.

Adela respondió:

—Llevo analizándolos años.

—Algunos.

—Los importantes.

—¿Y los intermedios?

—Los miramos.

Elena levantó las manos.

—“Miramos” no es un análisis.

La discusión duró tres días.

Después empezaron a enviar más muestras.

Elena tenía razón en algunas cosas.

La calidad variaba más de lo que pensaban.

Misma parcela.

Distinto momento.

Distinta zona.

Distinto año.

No existía:

“heno de Las Lagunillas”

como una única categoría.

Había lotes muy diferentes.

Ajustaron raciones mejor.

Redujeron errores.

Elena también digitalizó parte de las cuentas.

Adela siguió usando la libreta.

—El ordenador se rompe.

—La libreta se quema.

—No le des ideas a tu padre.

También revisaron el manejo ambiental de la parcela.

Había zonas que no debían segarse.

Bordes sensibles.

Tramos donde la maquinaria podía causar daño cuando el suelo estaba saturado.

No intentaban exprimir cada metro cuadrado.

Eso era importante.

Una zona productiva para forraje podía coexistir con áreas que debían mantenerse fuera de la explotación intensiva.

El valor de Las Lagunillas no justificaba destruir su funcionamiento.

Además, algunas de las gramíneas y plantas que allí dominaban podían comportarse de manera problemática si se extendían fuera de los sectores donde se manejaban.

Elena insistió:

—Utilizar algo no significa quererlo en todas partes.

Adela rio.

—Te has vuelto igual que yo.

—Espero que no.

—Tarde.

PARTE 7

La crisis de 2005 llegó por combustible, precios y una primavera difícil.

Nada comparable a una película.

Pero suficiente para recordarles que ninguna explotación está “salvada” para siempre.

El gasto subió.

Los precios del ganado no acompañaron.

Una segadora necesitó reparación.

Las Lagunillas dio una campaña mediocre.

Adela tenía sesenta y cinco años.

Elena ya llevaba buena parte de la gestión diaria.

Una noche revisaron cuentas.

—¿Reducimos animales?

—Sí —dijo Adela.

Elena la miró sorprendida.

—Pensé que discutirías.

—¿Qué dicen los números?

—Que vamos justas.

—Entonces.

Vendieron siete vacas.

No esperaron a quedarse sin forraje.

Basilio, ya jubilado, se enteró.

Apareció.

—¿Tantos años calculando y todavía tienes que reducir?

Adela respondió:

—Precisamente por calcular reduzco antes.

Basilio sonrió.

—Odio cuando tienes respuesta.

—Tienes cuarenta años de práctica escuchándolas.

Se sentaron.

Miraron Las Lagunillas.

Basilio preguntó:

—¿Sabes qué fue lo que más me molestó?

—Que yo tuviera razón.

—No.

—Mientes.

—Un poco.

Después:

—Pensé que tuviste suerte con la sequía.

Luego vino otro año.

Y otro.

Y seguías usándola.

—El primer año lo hice fatal.

—Ya.

—Las vacas dejaron medio heno.

—También lo recuerdo.

—Entonces no tenía razón.

—No.

Basilio pensó.

—Prestaste atención después de equivocarte.

Eso era peor.

Adela sonrió.

—Eso sí te lo acepto.

PARTE 8

En 2026 Adela tiene ochenta y seis años.

Ya no dirige la explotación.

Elena sí.

Las Lagunillas continúa formando parte de la finca.

No parece una parcela extraordinaria.

En primavera:

agua en zonas bajas.

En algunas semanas:

demasiada.

Hay franjas donde la maquinaria no entra.

Sectores que no se siegan ciertos años.

Otros producen bien.

La mezcla vegetal ha cambiado con el tiempo y el manejo.

Nadie llama a toda aquella superficie “la hierba salvadora.”

Elena detesta esa expresión.

Una mañana llegó un grupo de estudiantes de ganadería.

Adela insistió en acompañarlos.

Caminaba con bastón.

Una chica señaló:

—¿Esta es la finca que salvó el rebaño?

Adela respondió:

—Una vez ayudó mucho.

—¿Por la sequía?

—Sí.

—Entonces es mejor que las otras.

—No.

La estudiante quedó confundida.

—Pero produjo cuando las demás se secaron.

—Y otros años no pudimos entrar cuando las otras estaban perfectas.

—Entonces ¿por qué es tan valiosa?

Adela miró a Elena.

Su hija sonrió.

—Porque falla de manera distinta.

La joven frunció el ceño.

Adela explicó:

—Si todas tus parcelas necesitan exactamente el mismo clima, tienes un problema.

Este suelo mantiene humedad mejor en determinados veranos.

Las parcelas altas permiten trabajar antes en primaveras húmedas.

Una no sustituye a la otra.

—¿Entonces es diversificación?

—Puedes llamarlo así.

Otra estudiante preguntó:

—¿Qué hierba crecía originalmente?

Elena explicó que era una pradera húmeda con mezcla de gramíneas adaptadas a esas condiciones y presencia de especies menos interesantes en sectores concretos.

—¿Y simplemente la segaron?

—No.

—¿Qué hicieron?

—El primer año, tarde y mal —respondió Adela.

Risas.

—¿Qué pasó?

—Conseguimos muchísimos fardos.

—Eso parece bueno.

—Las vacas no opinaban igual.

Contó:

tallos.

humedad.

calentamiento.

desperdicio.

—Entonces la primera cosecha fue mala.

—Sí.

—¿Por qué siguió?

Adela levantó un dedo.

—Porque había una diferencia entre:

“esta parcela no produce alimento”

y

“yo todavía no sé producir alimento utilizable aquí.”

—¿Cómo supo cuál de las dos era?

—No lo sabía.

Probamos otro año.

Ese era el punto que más costaba explicar.

Las historias posteriores hacen parecer que Adela vio una finca húmeda y supo inmediatamente el secreto.

No.

Vio una posibilidad.

La primera aplicación de esa posibilidad salió mal.

Después midió la razón.

Otra estudiante preguntó:

—¿Cuál fue el mayor cambio?

Elena respondió:

—Separar la parcela por zonas.

Adela añadió:

—Y dejar de celebrar toneladas.

—¿Por qué?

—Porque mis vacas no comen estadísticas.

Risas.

—Una tonelada en el granero puede ser:

buen alimento.

forraje mediocre.

material húmedo que se deteriora.

o tallos que terminan en el suelo.

Lo importante era cuánto alimento útil consumíamos y a qué coste.

Llegaron a la parte más baja.

Elena se detuvo.

—Aquí no entramos este año.

—¿Por qué?

—Demasiado húmedo.

—Pero se pierde producción.

—Sí.

—Entonces.

—No toda producción potencial debe recogerse.

La estudiante parecía incómoda.

Elena explicó:

—Si para obtener unas toneladas dañamos el suelo, enterramos maquinaria o afectamos una zona que necesita protección, la cuenta completa puede ser negativa.

Adela sonrió.

—Eso lo aprendió ella.

Yo tardé más.

A media mañana apareció Basilio.

Noventa y tres años.

Su nieto lo había llevado.

—¿Todavía cuentas la historia del pantano?

Adela respondió:

—Hasta que admitas públicamente que te reíste.

—Nunca.

—Hay testigos.

Basilio miró a los estudiantes.

—Yo solo expresé prudentes dudas técnicas.

Adela empezó a reír.

—Dijiste que criaría ranas.

—También.

Uno de los chicos preguntó:

—¿Y después le compró heno?

Basilio señaló a Adela.

—Eso no hace falta contarlo.

—Veintidós toneladas un invierno.

—Quince primero.

—Después siete.

—Tienes demasiada memoria.

—Tengo libreta.

Todos rieron.

Después Basilio se puso serio.

—La verdad es que yo miraba aquella parcela pensando en maíz.

Todo el mundo lo hacía.

—Porque habían intentado cultivarlo.

—Sí.

—Y fallaba.

—Mucho.

—Entonces la llamamos mala.

Adela asintió.

—Era mala para aquel trabajo.

Eso no es lo mismo.

Aquella frase resumía casi cuarenta años.

Las Lagunillas nunca se convirtió en la parcela más productiva de la explotación.

No fue:

drenada completamente.

nivelada.

convertida en cereal.

ni transformada en un prado perfecto.

Seguía teniendo limitaciones.

Precisamente por eso había resultado útil.

Sus características eran distintas.

Durante ciertos años de sequía:

una reserva.

Durante años húmedos:

un problema que debía manejarse con paciencia.

Elena había incorporado ahora otras herramientas.

Análisis de forraje más frecuentes.

Mejores previsiones de necesidades.

almacenamiento mejorado.

balance de raciones.

registros digitales.

Y una política sencilla:

ningún aumento de rebaño sin comprobar antes que existía una base razonable para alimentarlo.

Una tarde, ya solos, Elena enseñó a Adela el antiguo libro azul.

—Mira.

Primera campaña.

Adela leyó:

“1988.

Mucho volumen.

Demasiado desperdicio.”

Debajo:

“NO CONTAR FARDOS.

CONTAR COMIDA.”

Adela rio.

—Qué dramática.

—Lo escribiste tú.

—Era joven.

—Tenías treinta y ocho.

—Muy joven.

Elena pasó páginas.

Sequía.

Venta a Basilio.

Demasiada humedad.

Compra.

Reducción de vacas.

No había una línea ascendente perfecta.

Había:

años buenos.

malos.

errores.

precios.

pérdidas.

Eso era la explotación.

La parcela húmeda no había salvado mágicamente todo.

Había hecho algo más específico.

En un momento crítico, dio a la familia una fuente de forraje que respondía de forma diferente a la sequía.

Aquella pequeña diferencia les compró:

tiempo.

margen.

y capacidad para no tomar decisiones desesperadas.

Después ellos construyeron alrededor de esa ventaja.

Adela cerró la libreta.

Miró hacia el prado.

—¿Sabes lo que pienso ahora?

—Qué.

—Que probablemente el antiguo propietario hizo bien en dejar de sembrar maíz.

—Eso era evidente.

—Ahora.

—Sí.

—En aquella época todos pensábamos que si una tierra no daba cereal había que arreglarla.

—¿Y ahora?

Adela señaló el agua brillante entre la vegetación.

—Ahora creo que antes de arreglar una finca hay que preguntarle qué estás intentando obligarla a ser.

Elena sonrió.

—Eso suena bonito.

—No lo pongas en ningún folleto.

—¿Por qué?

—Porque después vendrán diez personas a comprar prados inundados pensando que esconden oro.

Ambas rieron.

Ese era quizá el último peligro de la historia.

Creer que el aprendizaje era:

“comprar tierra mala.”

No.

No toda tierra barata es una oportunidad.

No todo prado húmedo produce buen forraje.

No toda vegetación basta puede utilizarse de forma segura o rentable.

No todo terreno debe cosecharse.

El aprendizaje era otro.

No juzgar una parcela únicamente por el cultivo que fracasó en ella.

Las Lagunillas había sido llamada inútil porque:

el maíz fallaba.

el cereal fallaba.

los tractores se hundían.

Pero las vacas de Adela nunca pidieron maíz.

Pidieron una dieta adecuada.

Y cuando Adela dejó de preguntar:

“¿Cómo convierto este prado en un buen campo?”

pudo hacer una pregunta mucho más útil:

“¿Qué puede aportar esta parcela que las demás no me dan?”

La respuesta terminó siendo:

forraje de base en determinadas ventanas.

Producción diferente en años secos.

Y diversidad dentro del riesgo de la explotación.

No era espectacular.

Pero una explotación ganadera no necesita que todas sus hectáreas sean espectaculares.

Necesita que suficientes cosas sigan funcionando cuando otras dejan de hacerlo.

Al final de la tarde, Adela regresó lentamente a la casa.

Basilio se quedó unos minutos mirando el prado.

Elena le preguntó:

—¿Todavía lo llamas pantano?

El anciano respondió:

—Solo cuando tu madre no escucha.

Adela gritó desde veinte metros:

—¡Te oigo!

Y todos empezaron a reír.

FIN

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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