Se rieron cuando una viuda excavó su casa bajo la tierra del altiplano de Granada… hasta que una ventisca sepultó el pueblo y los que se burlaban llamaron a su puerta

PARTE 2
Catalina no tapó la grieta inmediatamente.
Eso fue lo primero que desconcertó a Mateo.
—Está entrando aire.
—Lo sé.
—Entonces hay que cerrarla.
—Todavía no.
Colocó una vela cerca del suelo.
La llama se inclinó hacia el interior.
Luego llevó otra junto al hogar.
Finalmente observó el humo que ascendía hacia la chimenea.
Durante casi una hora no hizo nada más.
Mateo perdió la paciencia.
—¿Qué estás mirando?
—Por dónde quiere pasar el aire.
—Quiere entrar.
—Y también quiere salir.
Catalina había aprendido algo parecido en casa de su abuela.
Las cuevas donde había pasado parte de su infancia nunca estaban completamente selladas.
El fuego necesitaba aire.
Las personas también.
El problema no era impedir todo movimiento.
Era decidir por dónde se producía.
Al día siguiente construyó una pantalla interior utilizando madera, cañizo y barro.
No cerraba el corredor.
Lo dividía.
El viento que entraba ya no podía cruzar directamente hacia la habitación.
Bajaba.
Pasaba cerca del fuego.
Y el aire más caliente ascendía hacia la salida superior.
Tomás observó el resultado.
—Parece un laberinto.
—Perfecto.
—No era un elogio.
—Igualmente.
Durante los días siguientes comprobaron que el interior se calentaba más rápido.
Consumían menos leña que en la vieja casa.
Por la noche, cuando apagaban casi completamente el fuego, las paredes seguían templadas durante horas.
Eso empezó a llamar la atención de algunas personas.
No de Roque.
Él acababa de construir dos viviendas de madera para trabajadores que habían llegado a la zona.
Eran rápidas de levantar.
Rectas.
Limpias.
Con tejados inclinados.
Desde el exterior parecían mucho más modernas que la casa semienterrada de Catalina.
—Dentro de veinte años la gente no vivirá bajo tierra —dijo en la taberna.
—Quizá —respondió Tomás.
—Lo que hace tu hermana pertenece al pasado.
Tomás bebió vino.
—El frío también.
Roque sonrió.
—Y por eso construimos mejor.
Julián Vela, sentado cerca, intervino:
—En eso tiene razón.
Tomás lo miró.
—¿Has dormido en casa de Catalina?
—No necesito hacerlo.
—Entonces sabes mucho.
Julián no respondió.
Él había trabajado como carpintero durante años.
Conocía vigas.
Tejados.
Ventanas.
Sabía levantar una casa cuadrada con rapidez.
La vivienda de Catalina le parecía poco elegante.
Pero había empezado a observar algunos detalles.
Después de una noche de helada, la escarcha permanecía sobre las casas de madera.
Sobre el techo de tierra de Catalina apenas se apreciaba diferencia.
Un día apoyó la mano contra la pared exterior.
Helada.
Entró por curiosidad.
Dentro estaba Inés haciendo cuentas sobre la mesa.
No había más que un pequeño fuego.
Julián se quitó el sombrero.
—¿Dónde está tu madre?
—En el corral.
—¿Hace mucho que encendió esto?
—Desde esta mañana no pone leña.
Julián se acercó al muro interior.
Lo tocó.
No estaba caliente.
Pero tampoco frío.
Parecía conservar una temperatura tranquila.
Catalina entró.
—¿Buscas algo?
Julián retiró la mano.
—Pasaba por aquí.
—La carretera está a cien metros.
—He dado un rodeo.
—Eso veo.
Él miró hacia el techo.
—¿Cuánta tierra has puesto encima?
Catalina le dijo aproximadamente.
—Es demasiado peso.
—Por eso hay vigas.
—Podrían ceder.
—Por eso hay muchas.
Julián señaló una de ellas.
—Esta está demasiado separada de la siguiente.
Catalina levantó la vista.
—¿Cuánto?
Él se sorprendió.
Esperaba una discusión.
Tomó medidas.
—Yo pondría otra aquí.
Catalina estudió el techo.
—¿Puedes conseguirla?
Julián tardó unos segundos.
—Sí.
—Te la pagaré.
—No he dicho…
—No quiero regalos.
Aquella tarde llevó la viga.
No cobró inmediatamente.
Trabajaron juntos.
Fue la primera vez que Julián comprendió algo que las bromas le habían impedido ver.
Catalina no estaba construyendo según una superstición.
Preguntaba.
Medía.
Corregía.
Recordaba lo que había funcionado durante generaciones, pero no lo repetía ciegamente.
Cuando algo fallaba, lo modificaba.
Dos semanas después, una lluvia intensa probó el techo.
Apareció humedad en una esquina.
Roque se enteró antes de que Catalina pudiera repararla.
—¿Qué tal la tumba?
Catalina lo miró.
—Mojada en una esquina.
Él soltó una carcajada.
—Al menos eres sincera.
—¿Y tus casas?
Roque dejó de reír.
Una de las ventanas de la vivienda nueva había perdido dos tablas con el viento.
—Eso se arregla.
—También esto.
Catalina retiró parte de la tierra exterior.
Descubrió que el agua se acumulaba porque había dejado una ligera depresión.
Corrigió la pendiente.
Añadió piedra y una capa nueva de arcilla.
La filtración no volvió.
Noviembre terminó.
Diciembre empezó.
Y el altiplano entró lentamente en el invierno.
Las mañanas amanecían blancas.
Las acequias pequeñas se congelaban.
El viento golpeaba las fachadas.
Catalina quemaba aproximadamente la mitad de la leña que había gastado el año anterior.
Mateo empezó a anotarlo.
—¿Para qué?
—Para cuando vuelva a reírse Bruno.
—¿Vas a pegarle otra vez?
—No.
Catalina levantó una ceja.
—Voy a decirle cuánto gasta su padre en leña.
Ella sonrió.
—Eso puede doler más.
Pero el verdadero invierno todavía no había llegado.
A finales de diciembre apareció un anciano llamado Eusebio Marín.
Había sido pastor durante más de cuarenta años.
Se detuvo frente a la casa.
No se rio.
Subió al techo cubierto de tierra.
Se arrodilló.
Apoyó la palma.
Después bajó.
Catalina estaba en la puerta.
—¿Qué buscas?
—Calor.
—¿Y?
Eusebio miró hacia las casas de madera del otro extremo.
—Aquí dentro guardas lo que allí fuera pierden.
No explicó más.
Antes de marcharse añadió:
—Este enero viene malo.
Catalina miró el cielo.
—¿Por qué?
El viejo señaló unas nubes muy altas sobre Sierra Nevada.
—Porque las cabras están comiendo como si supieran algo.
Catalina sonrió.
—Gran ciencia.
Eusebio no.
—Los animales no necesitan ciencia para tener razón.
Tres semanas después, el cielo se volvió gris oscuro al mediodía.
Y durante varias horas no sopló absolutamente nada de viento.
Ese silencio fue lo que más asustó a Catalina.
PARTE 3
—Mete toda la leña dentro.
Mateo miró hacia el cielo.
—No está nevando.
—Todavía.
—Pero…
—Toda.
Catalina llevaba dos horas preparándose.
Había revisado la entrada.
La salida de humo.
Los pequeños conductos de ventilación.
La reserva de agua.
Harina.
Legumbres.
Aceite.
Patatas.
Mantas.
Velas.
No era la primera tormenta de su vida.
Pero algo en aquella quietud le recordaba historias que había escuchado de niña.
El aire parecía contenerse.
Los animales también.
Las gallinas se habían metido solas.
El burro permanecía pegado a la pared del corral.
A las cuatro de la tarde Eusebio apareció andando por el camino.
—Viene del norte.
—¿Cuánto?
—Mucho.
Catalina señaló su casa.
—Quédate.
—Tengo la mía.
—Está a más de una hora.
—La conozco.
—Precisamente.
Eusebio la estudió.
Después entró.
No discutió.
Aquello preocupó aún más a Catalina.
En el pueblo, Roque Aranda preparaba sus viviendas nuevas.
Tenía suficiente leña.
Eso creía.
Había contratado dos trabajadores para mantener fuego durante la noche.
Julián Vela ayudaba a reforzar ventanas.
—Hay huecos en esta pared.
—Los taparemos.
—El viento entra por todas partes.
Roque señaló los tablones.
—Para eso está el fuego.
Julián miró la construcción.
Un mes antes habría respondido lo mismo.
Ahora no estaba tan seguro.
Había pasado varias tardes en casa de Catalina ayudando con pequeños ajustes.
Había notado algo.
Allí el fuego no luchaba continuamente contra el exterior.
Calentaba lentamente una masa de tierra, piedra y barro que después devolvía parte de esa energía.
En la casa de madera, el fuego calentaba el aire.
Y aquel aire encontraba cualquier grieta para escapar.
A las seis comenzaron los primeros copos.
A las siete ya no podía verse el camino.
A las ocho el viento llegó.
No gradualmente.
Golpeó.
Las ventanas de la taberna vibraron.
Las ramas se doblaron.
La nieve comenzó a viajar horizontalmente.
Catalina cerró la puerta exterior.
El corredor recibió el primer golpe.
Dentro apenas se sintió.
Mateo observó la llama.
—No se mueve.
—Un poco.
Eusebio estaba sentado cerca del hogar.
—La entrada está bien hecha.
Catalina agradeció aquel comentario más que cualquier elogio que hubiera recibido.
A medianoche el temporal aumentó.
Inés dormía.
Mateo no.
—¿Y si el techo no aguanta?
Catalina también había pensado en eso.
—Aguantará.
—¿Seguro?
Ella no mintió.
—Todo lo seguro que puedo estar.
La nieve se acumulaba sobre la tierra del techo.
Pero la forma baja de la vivienda presentaba poca resistencia al viento.
No había un gran muro vertical contra el que pudiera golpear.
El temporal pasaba por encima.
Dentro, el pequeño fuego continuaba.
No necesitaban grandes troncos.
Solo mantenerlo.
A doscientos metros, Roque estaba descubriendo una realidad diferente.
El aire atravesaba las juntas.
Habían colocado paños.
Después barro.
Después mantas.
El viento encontraba nuevos huecos.
Quemaron tanta leña durante las primeras seis horas que uno de los trabajadores preguntó:
—¿Cuánto queda?
Roque miró el montón.
Menos de lo esperado.
—Suficiente.
Julián no dijo nada.
Tenía hielo en la barba.
No porque estuviera fuera.
Porque la humedad se congelaba cerca de una de las paredes.
A las dos de la madrugada una tabla del tejado comenzó a levantarse.
Tres hombres tuvieron que sujetarla desde dentro mientras el cuarto intentaba fijarla.
El fuego disminuyó.
El frío entró.
—Necesitamos más leña —dijo Julián.
—Hay otra pila en el almacén.
—El almacén está fuera.
Roque abrió la puerta.
El viento casi se la arrancó de las manos.
La cerraron.
—No podemos salir ahora.
Nadie respondió.
En casa de Catalina, Eusebio se levantó.
—No tapes más la entrada baja.
—¿Por qué?
—Necesitamos aire para el fuego.
Mateo señaló el viento.
—¿Más aire?
Catalina explicó:
—Si cerramos todo, el humo puede quedarse dentro.
Eusebio asintió.
El sistema seguía funcionando.
Una pequeña entrada de aire.
Fuego central.
Salida superior.
Nada sofisticado.
Pero equilibrado.
A las cuatro, Catalina comprobó las paredes.
Una zona estaba húmeda.
No peligrosa.
El resto continuaba firme.
A las cinco escucharon algo.
Golpes.
Muy lejanos.
Mateo se incorporó.
—¿Qué ha sido?
Otro golpe.
No era el viento.
Venía de la puerta exterior.
Catalina tomó una lámpara.
—Quédate aquí.
—Voy contigo.
—Mateo.
—Voy.
Atravesaron el corredor.
Abrieron con dificultad.
La nieve bloqueaba parte de la entrada.
Excavaron con una pala.
Entonces escucharon una voz.
—¡Catalina!
Ella reconoció a Julián.
Había cruzado doscientos metros en medio de la ventisca.
Solo.
Tenía el rostro cubierto de hielo.
—¡Necesitamos ayuda!
—¿Qué ha pasado?
—El tejado de Roque está cediendo.
Catalina miró hacia el blanco absoluto.
—¿Cuánta gente?
—Cinco.
—¿Heridos?
—Todavía no.
—¿Y la casa vieja de piedra?
—Demasiado lejos.
Julián respiró con dificultad.
—No podemos mantener calor.
Catalina tomó una decisión.
—Los traemos aquí.
Mateo la miró.
—¿Todos?
—Todos.
Julián señaló la tormenta.
—No encontrarán el camino.
Catalina entró.
Cogió una cuerda larga.
Ató un extremo al poste interior de la entrada.
Entregó el otro a Julián.
—Entonces no tendrán que encontrarlo.
PARTE 4
—No vas.
Mateo sostuvo la cuerda.
Catalina se cubrió la cabeza con un pañuelo grueso.
—Sí voy.
—Puede traerlos Julián.
—Julián apenas ha llegado.
Eusebio se levantó.
—Voy yo.
Catalina negó.
—Tú te quedas con Inés.
—He cruzado tormentas peores.
—Y por eso sabes que alguien debe quedarse manteniendo el fuego.
El anciano la miró.
No discutió.
Catalina ató la cuerda alrededor de su cintura.
Mateo hizo lo mismo.
—Tú tampoco.
—Mamá.
—He dicho…
—No vas sola.
Por un instante vio a su marido muerto en el rostro de aquel muchacho.
La misma mandíbula.
La misma terquedad.
Catalina cedió.
—No sueltas la cuerda.
—No.
—Aunque me caiga.
—No.
—Aunque escuches algo.
—No.
Julián iba delante.
Avanzaron casi a ciegas.
Doscientos metros parecían dos kilómetros.
La nieve golpeaba los ojos.
El viento obligaba a caminar inclinados.
Cada pocos pasos Catalina comprobaba la cuerda.
La casa de madera apareció de repente.
Una sombra rectangular.
Parte del tejado se había levantado.
Entraron.
Roque estaba junto al fuego.
Dos trabajadores sostenían una viga.
Otro hombre estaba cubierto con mantas.
—¿Está herido?
—Se golpeó el hombro cuando cayó una tabla.
Catalina inspeccionó rápidamente.
—Podemos llevarlo.
Roque parecía aturdido al verla.
—¿Has venido desde tu casa?
—No. Desde Sevilla.
Julián soltó una risa breve.
Incluso entonces.
—Vamos.
Roque señaló el exterior.
—No podemos salir.
Catalina levantó la cuerda.
—Sí podemos.
—Mi casa…
—Tu casa puede esperar.
—Si abandonamos el fuego…
—Roque.
Catalina se acercó.
—No vamos a discutir sobre madera mientras tienes cinco personas congelándose.
Aquello terminó la conversación.
Ataron a todos a la línea a intervalos.
El trabajador lesionado caminaba entre dos hombres.
Catalina iba última.
Antes de salir miró el montón de leña.
Quedaba poco.
Roque lo vio también.
Por primera vez no dijo nada sobre su casa.
El regreso fue peor.
La cuerda vibraba con el viento.
A mitad de camino uno de los trabajadores cayó.
Mateo quiso volver.
Catalina gritó:
—¡No sueltes!
Retrocedieron utilizando la misma línea.
Lo levantaron.
Continuaron.
Cuando llegaron a la entrada semienterrada, Eusebio estaba retirando nieve desde dentro.
Inés sostenía una lámpara.
Uno por uno desaparecieron bajo tierra.
Roque entró el último.
Se quedó inmóvil.
Dentro había calor.
No un calor sofocante.
No parecía una fragua.
Era estable.
La diferencia con el exterior resultaba tan grande que durante varios segundos nadie habló.
Julián se quitó el abrigo.
—Nunca había estado tan contento de entrar en una tumba.
Catalina lo miró.
—Puedes volver fuera.
—Retiro lo dicho.
El hombre lesionado se acomodó sobre una cama.
Eusebio revisó el hombro.
Parecía un fuerte golpe, pero podía mover el brazo.
Catalina repartió mantas.
—Comeremos algo.
Roque observó el fuego.
—¿Eso es todo?
—¿Qué?
—El fuego.
Era pequeño.
—Sí.
—Nosotros teníamos tres veces más.
Eusebio respondió antes que ella.
—Y calentabais la tormenta.
Roque se quedó callado.
Las paredes de tierra habían absorbido calor durante semanas.
El interior no dependía únicamente de la llama de aquel momento.
El suelo estaba protegido.
El techo cubierto de tierra.
La casa mantenía una temperatura mucho más estable.
—¿Cuánta leña tienes? —preguntó Roque.
Catalina señaló un rincón.
No demasiado.
—¿Y si dura tres días?
—La racionamos.
—¿Y si dura cinco?
—La racionamos más.
Roque la miró.
No encontró arrogancia.
Eso hizo que se sintiera peor.
Amaneció sin que nadie pudiera saberlo por la luz exterior.
La entrada estaba casi completamente sepultada.
Habían dejado una pequeña salida protegida para ventilación.
Mateo retiraba nieve desde dentro regularmente.
El viento continuó todo el día.
Y el siguiente.
Doce personas terminaron dentro de la casa porque al mediodía llegó otra familia desde una construcción cercana.
Catalina reorganizó el espacio.
Los niños juntos.
Adultos contra las paredes.
Comida medida.
Fuego reducido.
Nada era cómodo.
Pero nadie temblaba de frío.
La segunda noche, Roque no pudo dormir.
Observaba el techo.
—¿Qué pasa?
Catalina estaba cerca del hogar.
—Estoy esperando que caiga.
—No caerá.
—¿Cómo lo sabes?
Ella miró las vigas.
—Porque Julián me hizo añadir esa.
Julián, desde su manta, levantó una mano sin abrir los ojos.
—De nada.
Roque casi sonrió.
—Yo me reí de vosotros.
—Sí.
—Bastante.
—También.
—Y ahora estoy dentro.
Catalina añadió una pequeña rama al fuego.
—Ahora estás dentro.
—¿No vas a decir nada más?
—¿Quieres que te eche un sermón a las tres de la mañana?
Roque bajó la mirada.
—No.
—Perfecto.
A la mañana del tercer día el viento desapareció.
No disminuyó.
Desapareció.
El silencio despertó a todos.
Catalina abrió parcialmente la salida.
Entró una luz blanca.
Habían sobrevivido.
Pero cuando comenzaron a excavar la puerta, descubrieron que la tormenta todavía tenía una última sorpresa.
La nieve exterior llegaba casi hasta el nivel del techo.
Y nadie sabía qué edificios del pueblo seguían en pie.
PARTE 5
Tardaron dos horas en abrir un paso.
Mateo salió primero unido a una cuerda.
El paisaje había desaparecido.
Cercas.
Caminos.
Matorrales.
Todo estaba cubierto.
Solo sobresalían algunos tejados y chimeneas.
La casa de Roque seguía en pie.
Apenas.
Parte de la cubierta había volado.
Una pared estaba inclinada.
La nieve había entrado en el interior.
—Mis herramientas —murmuró.
Catalina lo escuchó.
No hizo ningún comentario.
Más lejos vieron humo.
Después personas.
El pueblo había sufrido daños, pero las casas de piedra más antiguas resistieron.
Un establo se había derrumbado.
Varias cubiertas ligeras se perdieron.
Dos familias habían pasado la última noche refugiadas juntas en la posada.
No había muertos.
Aquello fue lo primero que importó.
Durante los días siguientes empezaron las reparaciones.
Catalina abrió su vivienda a quienes necesitaban calentarse.
No porque quisiera demostrar nada.
Porque tenía sitio.
Roque apareció cada mañana.
Al principio para ayudar a retirar nieve.
Después para observar.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Llevas tres días haciéndolo.
—¿Por qué no construiste una cueva normal?
Catalina señaló el terreno.
—¿Dónde?
—Ya.
—No tenía ladera.
—Entonces imitaste una.
—Más o menos.
Roque caminó sobre el techo.
—¿Y la humedad?
—Si haces mal la pendiente, entra.
—Como te pasó.
—Como me pasó.
—¿Y el peso?
—Si ahorras en vigas, puedes morir.
—¿Y el aire?
Catalina le enseñó el corredor.
La pequeña entrada baja.
La salida superior.
—No está completamente cerrada.
—No.
—Yo pensaba que una casa caliente debía impedir que entrara cualquier aire.
—Entonces te ahogas o te llenas de humo.
Roque se apoyó contra la pared.
—Creí que estabas haciendo esto porque no podías permitirte algo mejor.
Catalina lo miró.
—No podía.
Él pareció satisfecho.
—Entonces…
—Pero eso no significa que esto sea peor.
Roque volvió a callar.
Aquella diferencia era la que no había entendido.
Pobreza y conocimiento podían coexistir.
Tener pocos recursos obligaba a veces a utilizar mejor los disponibles.
Catalina no había construido una casa perfecta.
La había construido con tierra local.
Piedra.
Madera.
Caña.
Paja.
Trabajo.
Y conocimientos que había heredado de personas que jamás habían estudiado arquitectura.
Julián comenzó a ayudarla a reforzar algunas zonas.
Eusebio insistió en aumentar la protección de la salida de humo.
Tomás excavó un pequeño drenaje adicional.
La casa cambió otra vez.
Roque se rio al verlo.
—¿Después de sobrevivir al temporal todavía la modificas?
Catalina levantó una pala.
—Precisamente porque quiero sobrevivir al siguiente.
Él empezó a entender algo más.
Aquella vivienda no era una reliquia.
Era un proceso.
En febrero, Roque tomó una decisión que hizo reír ahora a otros.
Comenzó a excavar.
No su casa principal.
Un refugio bajo junto al almacén.
—¿Qué haces? —le preguntó Bruno, su hijo.
—Una despensa.
—Parece una tumba.
Roque se detuvo.
Catalina estaba a pocos metros.
Lo había escuchado.
Bruno continuó:
—Papá, ¿por qué te ríes?
Roque se tapó la boca.
—Por nada.
Catalina levantó una ceja.
—El invierno contesta.
Roque terminó riéndose abiertamente.
—Me lo merezco.
La historia comenzó a crecer.
Como ocurre en los pueblos, cada persona añadió algo.
Algunos aseguraban que dentro de la casa de Catalina había hecho tanto calor que habían dormido sin mantas.
Falso.
Otros decían que la nieve cubrió completamente la vivienda y nadie lo notó.
También falso.
Alguien aseguró que no habían utilizado fuego durante tres días.
Absurdo.
Catalina corregía a cualquiera que quisiera escuchar.
—Tuvimos frío.
—Pero menos.
—Claro.
—¿Y estabais seguros?
—Todo lo seguros que puede estar alguien durante una tormenta así.
No quería convertir la casa en magia.
Esa era precisamente la lección.
No había magia.
Había física sin llamarla física.
Tierra gruesa que cambiaba de temperatura lentamente.
Menor superficie expuesta al viento.
Una entrada protegida.
Una cubierta pesada.
Ventilación.
Mantenimiento.
Y una comunidad capaz de llegar a tiempo cuando algo fallaba.
A principios de primavera, un maestro de obras de Guadix llamado Manuel Herrero visitó la finca.
Había escuchado la historia.
Pasó casi cuatro horas midiendo.
—Quiero construir algo parecido.
Catalina sonrió.
—Entonces no copies esto.
Manuel frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque tu terreno será distinto.
Aquella respuesta terminó de convencerlo de que Catalina sabía mucho más de lo que el pueblo le había reconocido.
PARTE 6
Manuel regresó varias veces.
No llegó como maestro dispuesto a enseñar.
Llegó haciendo preguntas.
Eso le ganó el respeto de Catalina.
—En Guadix tenemos cuevas excelentes —dijo—, pero aquí el terreno es diferente.
—Exactamente.
—La tierra contiene más arcilla en algunos puntos.
—Y el agua baja por allí cuando llueve.
Catalina señaló una pequeña depresión.
—Nunca excavaría en esa zona.
—¿Por qué?
—Porque en verano parece seca.
Manuel sonrió.
—Eso no responde.
—En otoño sí.
Caminaron por la finca.
Catalina conocía dónde se acumulaba agua.
Dónde el terreno se endurecía.
Dónde aparecían grietas.
Dónde el viento atacaba con más fuerza.
Aquello no aparecía en planos.
Se aprendía viviendo allí.
Manuel aportó otras cosas.
Calculó cargas.
Explicó cómo distribuir mejor las vigas.
Le enseñó una forma más eficaz de drenar humedad alrededor de los muros.
Catalina escuchaba.
Preguntaba.
Y cuando algo le parecía útil, lo aplicaba.
Una tarde Roque los vio trabajar.
—Esto se está poniendo peligroso.
Manuel levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Ahora Catalina aprende palabras técnicas.
Ella lanzó un puñado de tierra hacia él.
Roque se apartó riendo.
La relación entre ambos había cambiado.
No se hicieron amigos íntimos.
Pero él dejó de mirarla como una mujer pobre construyendo algo extraño.
La consultaba.
Y, más importante, empezó a escuchar antes de opinar.
Ese verano varias familias construyeron pequeñas despensas semienterradas.
Una familia levantó un refugio para animales.
Otra excavó parcialmente una vivienda nueva contra una ladera.
No todos los proyectos funcionaron bien.
Uno tuvo problemas graves de humedad.
Otro necesitó reforzar el techo.
Catalina repetía:
—La tierra ayuda. No perdona errores.
Cuando alguien le preguntaba si debía construir igual que ella, respondía:
—No.
Aquello sorprendía.
—¿Entonces tu casa no es buena?
—Para mi terreno, sí.
—¿Y para el mío?
—No lo sé hasta verlo.
La fama disminuyó cuando llegó el verano.
Como ocurre con casi todo.
La gente tenía cosechas.
Bodas.
Animales.
Deudas.
Otros problemas.
Catalina lo agradeció.
No quería convertirse en curiosidad.
Solo quería vivir.
Mateo cumplió dieciséis años.
Ayudaba cada vez más a Julián con trabajos de carpintería.
El hombre que había llamado “tumba” a la casa comenzó a enseñarle a calcular estructuras.
Una tarde Mateo volvió con una pregunta.
—Quiero aprender el oficio.
Catalina lo miró.
—¿Carpintería?
—Construcción.
—¿Por qué?
—Porque quiero saber por qué funcionó esto.
Catalina señaló el techo.
—Pregúntale a tu abuela.
—Está muerta.
—Precisamente. Tendrás que pensar.
Mateo resopló.
—Sabes lo que quiero decir.
Catalina sí lo sabía.
—Entonces aprende de todos.
—¿De Manuel?
—Sí.
—¿De Julián?
—Sí.
—¿De ti?
—Sobre todo de mis errores.
Aquel otoño Mateo empezó a acompañar a Manuel algunos días.
Aprendió a medir.
A dibujar.
A diferenciar terrenos.
A mirar una casa no solo como paredes.
También como aire.
Agua.
Peso.
Sol.
Viento.
Personas.
Catalina veía algo hermoso en ello.
La tradición no desaparecía porque alguien estudiara.
Podía hacerse más fuerte.
El conocimiento de su abuela y los cálculos de Manuel no eran enemigos.
Se corregían.
Se completaban.
Ese diciembre no hubo gran tormenta.
Solo frío.
Una noche Roque visitó la casa.
Traía vino.
—Por el aniversario de nuestra humillación.
Catalina tomó la botella.
—Fue en enero.
—Estoy adelantándome.
Eusebio estaba sentado junto al fuego.
—Eso hiciste mal el año pasado.
Roque señaló al anciano.
—No sé por qué sigue entrando aquí.
—Porque hay vino —respondió Eusebio.
Cenaron juntos.
Hablaron.
Rieron.
Fuera hacía varios grados bajo cero.
Dentro el fuego era pequeño.
Roque miró a Catalina.
—¿Sabes qué fue lo peor?
—¿Casi congelarte?
—Después de eso.
—¿Perder parte del tejado?
—No.
Esperó.
—Entrar aquí y descubrir que estabas caliente.
Catalina soltó una carcajada.
—Eso sí dolió.
—Muchísimo.
Después se puso serio.
—Te traté como si fueras ignorante.
Catalina dejó el vaso.
—Sí.
—Porque yo tenía dinero para comprar madera y tú estabas usando tierra.
—También.
—Lo siento.
No necesitaba decir más.
Catalina asintió.
—Aceptado.
Eusebio levantó el vaso.
—Ahora podemos volver a insultarnos con tranquilidad.
Brindaron.
Parecía que aquella tormenta había quedado atrás.
Pero muchos años después, durante otro invierno terrible, la vieja casa tendría que demostrar su valor una segunda vez.
Y esta vez Catalina no estaría dentro para dirigir a nadie.
PARTE 7
Pasaron diecisiete años.
Mateo Morales tenía treinta y dos años.
Ya no era el muchacho enfadado que golpeaba a quien se burlaba de su madre.
Trabajaba como constructor entre Guadix y varios pueblos de la comarca.
Había aprendido de Manuel.
De Julián.
De Catalina.
Y de cada casa que había visto fallar.
Su madre seguía viviendo en la vivienda semienterrada.
Había ampliado una habitación.
Reforzado el drenaje.
Sustituido dos vigas.
El techo estaba cubierto de hierba durante parte del año.
Inés se había casado y vivía a varios kilómetros.
Roque Aranda tenía el pelo completamente blanco.
Todavía poseía la serrería.
Y seguía diciendo que Catalina era la única persona a la que permitía recordarle públicamente que una vez había construido “un congelador de madera”.
Aquel enero llegó otra gran nevada.
Catalina estaba en casa de Inés ayudándola después del nacimiento de su segundo hijo.
La vieja vivienda quedó vacía.
La tormenta comenzó durante la tarde.
Mateo estaba trabajando en una casa a varios kilómetros.
Intentó regresar.
No pudo.
El camino desapareció.
Se refugió con otros hombres en un cortijo de piedra.
A medianoche comprendieron que el temporal era serio.
En el pueblo, seis personas quedaron atrapadas en una vivienda cuyo tejado sufrió daños.
Dos eran niños.
Una anciana apenas podía caminar.
Roque estaba allí.
—La casa de Catalina.
Uno de los hombres lo miró.
—Está cerrada.
—Tengo llave.
Catalina le había dejado una años antes para emergencias.
—Está lejos.
—Menos que la posada.
Un joven dudó.
—¿Aguantará?
Roque lo miró.
—Aguantó cuando tú no habías nacido.
Ataron una cuerda.
Repitieron casi exactamente lo que Catalina había hecho diecisiete años antes.
Roque caminó delante.
Llegaron.
Retiraron nieve.
Abrieron.
Dentro hacía frío.
Claro.
Llevaba días vacía.
Pero no estaba congelada como el exterior.
Encendieron el fuego.
Lentamente las paredes comenzaron a devolver calor.
Roque revisó la ventilación.
Abrió la entrada baja.
Un muchacho quiso cerrarla.
—No.
—Entra frío.
—El fuego necesita aire.
—¿Cómo sabes eso?
Roque lo miró.
—Porque hace años fui lo suficientemente tonto como para preguntar lo mismo.
Al amanecer estaban seguros.
Dos días después la tormenta terminó.
Mateo llegó.
Encontró humo saliendo de la chimenea de la casa de su madre.
Corrió.
Abrió.
Roque estaba preparando café.
—¿Qué haces aquí?
—Ocupación ilegal.
Mateo vio a las familias.
Comprendió.
—Mi madre va a matarte por usar su café.
—Eso sí me preocupa.
Catalina regresó tres días después.
Roque esperaba una reprimenda.
Ella entró.
Miró las mantas.
Las marcas de barro.
La leña consumida.
Después preguntó:
—¿Todos bien?
—Todos.
—Entonces perfecto.
Esa tarde Mateo se sentó junto a ella.
—La casa volvió a servir.
Catalina sonrió.
—Las casas sirven todos los días.
—Sabes lo que quiero decir.
—Sí.
Mateo observó las paredes.
—Estoy pensando en documentarla.
—¿Qué?
—Dibujos. Medidas. Cómo hiciste la entrada. El drenaje. Lo que cambiaste después.
Catalina se rio.
—Haz también una página con todo lo que hice mal.
—La necesitaré grande.
Ella le dio un golpe suave en el brazo.
—Imbécil.
Mateo tomó su mano.
Estaba áspera.
Cansada.
La misma mano que había compactado barro contra aquellas paredes casi dos décadas antes.
—Quiero que quede escrito.
Catalina lo miró.
—¿Para qué?
—Porque algún día alguien volverá a pensar que lo viejo no sirve simplemente porque es viejo.
Ella negó.
—Y otro pensará que sirve solamente porque es viejo.
Mateo sonrió.
—Entonces escribiré eso primero.
Catalina aprobó.
Durante meses trabajaron juntos.
No escribieron un manual universal.
Escribieron una historia técnica y familiar.
Qué terreno habían elegido.
Por qué.
Qué había fallado.
Qué reforzaron.
Dónde entró humedad.
Cómo corregirla.
Qué partes eran tradición.
Qué partes habían aprendido después.
Qué consejos de Julián mejoraron la estructura.
Qué cálculos de Manuel evitaron problemas.
Mateo comprendió que el legado de su madre no era una casa.
Era una manera de pensar.
Escuchar lo antiguo.
Comprobarlo.
Corregirlo.
Y no avergonzarse de aprender algo nuevo.
PARTE 8
Catalina murió en 1924.
Tenía sesenta y siete años.
Murió durante la primavera.
Con las ventanas abiertas.
Sin tormenta.
Sin dramatismo.
Su funeral reunió a más gente de la que Mateo esperaba.
Roque llegó apoyado en un bastón.
Eusebio ya había muerto años antes.
Julián también.
Manuel viajó desde Guadix.
Después del entierro, varias personas acompañaron a Mateo hasta la casa.
Nadie la llamó tumba.
Nadie la llamó madriguera.
Era simplemente la casa de Catalina.
Mateo no quiso convertirla en monumento.
Durante un tiempo vivió allí una familia joven.
Después fue utilizada como almacén.
Más tarde volvió a acondicionarse.
Los años cambiaron el pueblo.
Llegó mejor transporte.
Nuevas técnicas.
Materiales distintos.
Electricidad.
Estufas modernas.
Tejas industriales.
Hormigón.
Algunas casas semienterradas fueron abandonadas.
Otras se conservaron.
La de Catalina permaneció.
No porque fuera indestructible.
Necesitaba reparaciones.
Drenajes limpios.
Vigas revisadas.
Tierra recompuesta.
Nada construido por personas se mantenía solo.
En 1936, Mateo llevó a su hijo Antonio hasta allí.
El muchacho tenía trece años.
—¿Aquí vivía la abuela?
—Sí.
—Parece pequeña.
—Éramos más pequeños entonces.
Entraron.
Hacía calor fuera.
Dentro se sentía fresco.
Antonio tocó la pared.
—¿Por qué está fría?
Mateo sonrió.
Había escuchado una versión inversa de aquella pregunta durante toda su vida.
—Porque la tierra cambia despacio.
—No entiendo.
—En verano tarda en calentarse. En invierno tarda en enfriarse.
—¿Entonces no hace falta fuego?
—Claro que hace falta.
—¿Mucho?
—Menos.
Antonio miró alrededor.
—Papá dice el abuelo Roque que se rio de ella.
Mateo soltó una carcajada.
—Muchísimo.
—¿Y ella se enfadó?
—Seguro.
—¿Qué hizo?
Mateo pensó en aquella frase.
“Deja que el invierno conteste.”
—Siguió construyendo.
El muchacho miró hacia el techo.
—¿Y el invierno contestó?
Mateo se sentó en el viejo banco.
—Dos veces.
Antonio esperó una historia heroica.
Mateo no se la dio.
Le contó la verdad.
La grieta.
La humedad.
Las vigas.
Las dudas.
El primer temporal.
Los hombres atravesando la nieve con una cuerda.
La casa llena.
El pequeño fuego.
El miedo a que el techo cediera.
La segunda tormenta.
Roque utilizando lo que había aprendido de la mujer a la que había ridiculizado.
—Entonces la abuela tenía razón.
Mateo negó.
—No siempre.
—Pero su casa funcionó.
—Porque corrigió las cosas cuando no funcionaban.
Antonio pareció decepcionado.
—Eso es menos bonito.
—Es más útil.
Mateo tomó uno de los papeles que guardaba en una caja.
Eran los dibujos que había hecho con Catalina.
—Tu abuela nunca dijo que debíamos construir todas las casas así.
—¿Entonces?
—Decía que cada lugar te dice algo.
El viento.
La tierra.
El agua.
El sol.
Los materiales.
La gente que va a vivir dentro.
—Una casa buena no empieza preguntando qué está de moda. Empieza preguntando contra qué debe protegerte y qué tienes alrededor para hacerlo.
Antonio hojeó los dibujos.
En una página había una frase escrita por Catalina.
La letra era irregular.
“Lo antiguo no es bueno por ser antiguo. Lo nuevo no es bueno por ser nuevo. Lo bueno es lo que entiendes, pruebas y cuidas.”
Antonio la leyó dos veces.
—¿Ella escribió esto?
—Sí.
—Pensaba que apenas había ido a la escuela.
—Así fue.
—Entonces…
Mateo lo miró.
—La escuela es muy importante.
—Pero…
—No es el único lugar donde aprende una persona.
Años más tarde Antonio se convertiría también en constructor.
Usaría materiales que Catalina nunca conoció.
Hormigón.
Acero.
Aislantes fabricados.
Nuevos sistemas de calefacción.
Nunca intentó volver al siglo XIX.
Pero tampoco olvidó la casa.
Cuando diseñaba un edificio, preguntaba primero por el terreno.
Por la orientación.
Por el viento dominante.
Por dónde entraba el agua.
Por cuánto sol recibía cada pared.
Algunos compañeros se burlaban.
—Piensas demasiado.
Antonio respondía:
—Una vez mi abuela enterró una casa porque todo el mundo estaba pensando demasiado poco.
La historia continuó cambiando.
Décadas después algunos dijeron que Catalina había inventado algo.
No era verdad.
Las viviendas excavadas, las cuevas habitadas y las construcciones que utilizaban la tierra como protección existían en Granada desde mucho antes de que ella naciera.
Catalina nunca pretendió inventarlas.
Hizo algo mucho más humilde.
Tomó un conocimiento viejo.
Lo adaptó a un terreno donde no había ladera.
Lo combinó con lo que podía pagar.
Aceptó ayuda.
Corrigió errores.
Y construyó algo que funcionó.
Eso fue suficiente.
Muchos años después, un bisnieto suyo encontró los dibujos de Mateo dentro de una caja.
Visitó la vieja parcela.
La casa seguía allí.
Modificada.
Reparada.
Más pequeña de lo que las historias familiares hacían imaginar.
Entró durante una mañana fría de enero.
Fuera había escarcha.
Dentro no había fuego.
Sin embargo, el aire se sentía menos agresivo.
Apoyó la mano contra la pared de tierra.
Recordó una frase que su abuelo Antonio repetía.
“El invierno no pregunta cuánto dinero gastaste.”
Pregunta si entendiste el lugar donde construiste.
Salió.
El viento cruzaba nuevamente el altiplano.
El mismo viento que había hecho reír a hombres convencidos de que una mujer estaba enterrando su futuro.
El mismo viento que después los obligó a seguir una cuerda hasta su puerta.
La casa permanecía baja.
Discreta.
Casi confundida con el terreno.
No había vencido al invierno.
Catalina jamás habría utilizado aquellas palabras.
Nadie vence al invierno.
Solo aprende a vivir dentro de sus reglas.
Y aquella fue siempre la diferencia entre Catalina y quienes se rieron de ella.
Ellos construyeron intentando obligar al frío a quedarse fuera.
Ella construyó entendiendo por dónde entraría, dónde se perdería el calor y qué podía ofrecerle la propia tierra.
Cuando llegó la ventisca, no fue la fuerza de sus paredes lo que sorprendió al pueblo.
Fue algo más sencillo.
Mientras todos intentaban luchar contra el paisaje, Catalina había hecho del paisaje parte de su casa.
Y por eso, cuando el invierno finalmente respondió, nadie volvió a llamarla tumba.
FIN