Lo que mató a Begoña Palacios hace que Annabelle parezca un juguete

El silencio. En la última residencia de Begoña, Palacios, no era un silencio de paz, sino una pausa expectante, como el aire que se retira antes de un terremoto. La actriz, que una vez fue el rostro de la elegancia y la vitalidad en la pantalla, se encontraba en el ocaso de su vida.

Pero lo que la consumía no era solo el paso del tiempo. Todo se rastreaba a un punto de origen una tarde de otoño en el mercado de Tlacula, Oaxaca, 3 años antes. Un hombre de manos callosas y ojos noblados por las cataratas le entregó un bulto envuelto en una manta sucia. No fue una compra, fue una entrega. Ella escoge a quien cuidar, dijo el hombre, pero la muñeca no venía a cuidar, venía literalmente a hacer el mal.

Sin más, comenzamos. [música] [música] [música] La muñeca era una aberración de la artesanía, cuero curtido de forma irregular, cabello parecido al humano real, donado, según decía por una mujer que murió de pen, y unos ojos de obsidiana negra que no reflejab la luz, sino que parecían absorberla. Al llegar a la Ciudad de México, la muñeca fue colocada en el dormitorio principal.

Al principio los cambios fueron imperceptibles. Para el ojo casual, un ligero olor a humedad que ninguno desinfectante podía eliminar, un frío localizado, una mancha térmica de 2 gr bajo cer que se movía por el pasillo. Pero para quienes vivían ahí, las enfermeras y el personal de servicio, la realidad empezó a desilacharse por los bordes.

Una de las cuidadoras, una mujer escéptica llamada Matilde, fue la primera en notar que el tiempo se dilataba dentro de la habitación. Entraba a las 8 de la noche para administrar el medicamento y al salir, creyendo que habían pasado 10 minutos, el reloj marcaba las 3 de la madrugada. Begoña, en su cama ya no hablaba de sus películas o de su pasado.

Empezó a hablar con ellos. No eran amigos imaginarios ni delirios silientes. Eran sombras que se proyectaban en las paredes incluso cuando no había una fuente de luz que las generar. La muñeca sentada en su silla de mimbre era el eje sobre el cual giraban estas presencias. El horror real no reside en el salto o el grito, sino en la erosión de la cordura.

Begoña empezó a perder peso de manera alarmante, pero no era una pérdida de grasa o músculo. Parecía que su misma densidad física [música] se estaba evaporando. Las sábanas de seda aparecían marcadas con huellas de manos pequeñas del tamaño de un niño, pero hechas de un aceite negro y viscoso que quemaba la piel al contacto.

Las personas que cuidaban a la actriz empezaron a sufrir accidentes inexplicables, cortes profundos con objetos caídas en escaleras que se sentían como si alguien les hubiese empujado los tobillos y una depresión paralizante que les impedía renunciar. Estaban atrapados en la órbita de la muñeca. A medida que el segundo año terminaba, la entidad dentro del objeto empezó a manifestarse con mayor fuerza.

La muñeca ya no parecía donde la dejaban. Malilde la encontraba debajo de la cama de Begoña o mirando hacia la ventana en plena madrugada. Lo más aterrador era el sonido, un crujido seco como los huesos rompiéndose que emanaba del interior de trapo [música] y cuero de la figura begña. En sus breves momentos de lucidez suplicaba que no la dejaran sola con la niña de obsidián.

Decía que la muñeca le mostraba lugares que no eran el cielo ni el infierno, sino un vacío gris donde miles de almas gritaban sin voz, esperando un recipiente para volver. El caso [música] de Annabel es un cuento de hadas comparado con esto, porque Anabel era una entidad extraña tratando de entrar en la casa de palacios.

La entidad ya estaba instalada, estaba usando la fama y la energía. remanente de una leyenda del cine para alimentar algo mucho más antiguo que la propia cinematografía. Las sombras que la muñeca traían eran parásitos de umbral. No atacaba el cuero directamente, atacaba el hilo de plata que une el alma a la materia.

Por las noches el personal escuchaba a Begoña forcejear, pero al entrar la encontraban paralizada con los ojos abiertos de par en par, mientras la muñeca flotaba a escasos centímetros de su rostro. Algunos afirman que eso fue de risa. Sin embargo, el personal afirmó que fue cierto. En el último año la casa se convirtió en una zona de guerra espiritual.

Los sacerdotes que intentaron entrar se retiraban en el umbral alegando que Dios no tenía jurisdicción en ese lugar. Los espejos de la casa se tronaron y los tuvieson los tuvieron que quitar. No es que estuvieran sucios, no es que estorbasen, sino cada vez que se ponía un espejo se volvía a romper. Begoña, en sus últimos momentos ya no dormí.

Sus ojos se habían vuelto lechosos, similares a los de un hombre que entregó la muñeca en Oaxaca. Se sabe que Begoña, en aras de buscar salud había adquirido la muñeca porque según el hombre le había prometido [música] que si la tenía le iba a dar salud y bienestar. La comunicación literalmente era imposible. solo emitía un zombido constante que vibraba en los dientes de quienes se acercaban.

La noche final del primero de marzo del año 2000, la atmósfera en la habitación alcanzó una presión crítica. El aire pesaba tanto que Matilde apenas podía caminar. A las 3 de la mañana, todos los relojes de la casa, según su dicho, se [música] detuvieron al uníso. No hubo un grito, solo un silencio absoluto, un vacío sónico que dolía en los oídos.

En ese momento, las sombras que habían estado acechando en las esquinas se fundieran en una sola masa de negrura que cubrió la cama de Begoña. La muñeca por primera vez en 3 años se perdió. Se desapareció cuando la luz del alma finalmente penetró en las cortinas rasgadas. Begoña Palacios ya no estaba ahí. había fallecido.

El cuerpo que yacía en la cama era una cáscara seca, como si hubiese pasado siglos bajo el sol del desierto en cuestión de minutos. Lo más perturbador no fue lo que sucedió a Begoña, lo más perturbador fue que el personal que le ayudaba constantemente tenía pesadillas. veían a una entidad, a una especie de mujer que acechaba en sus cuartos, que se sentaba a la orilla de la cama y que les empezaba a rezar el Padre Nuestro, pero al revés.

Esta serie de circunstancias, evidentemente que llenaron de terror a todos los presentes. La muñeca, aunque todo el mundo la quiso buscar, nadie la encontró, nadie supo de ella, nadie pudo testificar de qué estaba hecha ni a quién se parecía. Algunos afirman que la muñeca quería poseer a Begoña. Sin embargo, esta estaba demasiado débil para poder sostenerse en vida.

Muchas gracias y hasta la próxima. M.