LE CERRARON EL AGUA PARA OBLIGARLA A VENDER SU TIERRA… ENTONCES EL VIEJO BURRO QUE RESCATÓ LA GUIÓ HASTA UN MANANTIAL QUE EL PUEBLO HABÍA OLVIDADO

PARTE 2
Dos semanas antes de que cerraran el canal, Blandina había subido a buscar leña.
No necesitaba gran cosa.
Ramas secas.
algo para la cocina.
La temporada llevaba meses sin lluvia.
La tierra estaba:
dura.
polvorienta.
quebrada.
A media ladera escuchó un ruido.
No un rebuzno fuerte.
Algo más bajo.
Un resoplido repetido.
Blandina dejó el haz de leña.
Se acercó al borde de un barranco estrecho.
Abajo vio al burro.
Viejo.
Gris.
Atascado en una pequeña repisa de tierra y piedra.
Una roca caída bloqueaba la salida más fácil.
El animal apoyaba mal una pata delantera.
Blandina se quedó mirando.
—¿Cómo demonios llegaste ahí?
El burro levantó la cabeza.
No intentó moverse.
El descenso era malo.
Blandina tenía setenta y cuatro años.
Lo razonable habría sido regresar al pueblo y buscar ayuda.
Pero el camino de ida y vuelta significaba horas.
Y el animal parecía llevar tiempo allí.
Bajó despacio.
Utilizó:
raíces.
piedras firmes.
un mezquite como apoyo.
Dos veces tuvo que sentarse.
Cuando llegó junto al burro vio que la pata no parecía fracturada.
Había:
inflamación.
una pequeña herida.
cansancio.
La roca que bloqueaba el paso era demasiado grande para levantarla.
Blandina buscó una rama larga.
La utilizó como palanca.
Primero:
nada.
Cambió el apoyo.
Movió piedras pequeñas.
Volvió a empujar.
La roca giró apenas.
—Vamos.
No sé si te hablo a ti o a mí.
Trabajó casi una hora.
Finalmente la piedra rodó lo suficiente para abrir un paso.
El burro intentó subir.
Resbaló.
Blandina cortó ramas y las colocó sobre el suelo suelto para mejorar apoyo.
Encontró además una cuerda vieja enganchada en un arbusto.
No arrastró al animal del cuello como si fuera un saco.
Improvisó un lazo ancho alrededor del pecho para poder orientarlo sin ahogarlo.
—Tú haces la fuerza.
Yo solo te digo por dónde.
El burro avanzó.
Un paso.
Descanso.
Otro.
Descanso.
Tardaron casi tres horas.
Cuando llegaron arriba, Blandina se dejó caer al suelo.
Tenía:
dos raspaduras.
las manos abiertas.
la rodilla derecha latiendo.
El burro caminó unos metros.
Se detuvo.
Miró atrás.
Blandina esperaba que se marchara.
No lo hizo.
—Vete.
El animal siguió mirándola.
—No tengo comida para ti.
Nada.
El burro dio un paso hacia ella.
Blandina abrió la bolsa.
Llevaba seis tortillas para el día.
Partió dos.
Las puso sobre una piedra plana.
—Dos.
No seis.
El burro comió.
Al final:
fueron cuatro.
—Eres un ladrón.
Cuando Blandina regresó a casa:
el burro la siguió.
Al día siguiente preguntó por el dueño.
En El Sauzillo:
nadie.
En la ranchería vecina:
tampoco.
Don Filemón, herrero retirado, salió a verlo.
—Es viejo.
—Eso ya lo vi.
Filemón examinó:
cascos.
oreja.
cicatrices.
—Ha trabajado con carga muchos años.
Blandina señaló las marcas del lomo.
—Eso pensé.
—Puede tener veinticinco o más.
—¿Lo conoces?
Filemón negó lentamente.
—No estoy seguro.
Hay algo en esa oreja…
Después cambió de tema.
—Necesita reposo.
Y esa mano debería verla alguien si no mejora.
Blandina gastó parte del poco dinero que tenía en:
forraje.
desinfectante.
una revisión básica.
Remedios se enfadó.
—No tienes para ti.
—Él tampoco.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Blandina no pensaba quedarse con el animal.
Solo quería que pudiera marcharse sin dolor.
Pero pasaron:
tres días.
cinco.
ocho.
El burro empezó a apoyar mejor.
Y no se fue.
Por las noches permanecía cerca del corredor.
Blandina descubrió algo que no esperaba.
Después de cuatro años sola, el sonido de otro ser respirando cerca de la casa hacía el silencio menos pesado.
Una tarde, mientras cepillaba el polvo de su lomo, encontró un tipo de nudo viejo atrapado en restos de cuerda del atalaje.
Lo reconoció.
Su padre había sido arriero.
—Tú trabajabas con recua.
El burro siguió comiendo.
—¿De quién eras?
Tres días después llegaron Epifanio y Gumersindo.
El animal observó desde el corral mientras cerraban el canal.
Blandina no pensó nada especial.
Un burro era un burro.
No un testigo.
No una señal.
No una promesa.
Pero a partir de aquella mañana empezó a mirar con frecuencia hacia la misma loma donde Blandina lo había encontrado.
Como si en algún lugar de aquel monte todavía hubiera un camino que solo él consideraba importante.
PARTE 3
La primera semana sin agua fue mala.
La segunda:
peor.
Blandina podía traer agua para:
beber.
cocinar.
el burro.
algunas gallinas.
No para mantener un maizal completo.
Intentó priorizar una pequeña parte.
El resto empezó a secarse.
Gumersindo envió un trabajador con una nueva oferta.
Blandina ni siquiera salió.
—Dile que no.
El muchacho respondió desde afuera:
—Dice que en una semana vale menos.
—Entonces en una semana mi respuesta valdrá lo mismo.
El burro estaba junto a la sombra.
Su pata había mejorado.
Blandina podría haberlo soltado.
No lo hizo.
Tampoco lo mantenía atado todo el día.
El animal no intentaba marcharse.
Remedios apareció con frijoles.
—No quiero limosna.
—Perfecto.
Entonces son mis frijoles y voy a comerlos aquí.
Prepararon comida.
Blandina enseñó nuevamente el documento.
Remedios señaló:
—Tu apellido está mal escrito aquí.
Blandina acercó el papel.
Era cierto.
“Florez.”
Con z.
Su credencial y documentos antiguos decían:
Flores.
—El sello no arregla una firma falsa.
dijo Remedios.
—No.
—Voy a hablar con Porfirio.
Él estaba cuando tu padre abrió ese ramal.
—Eso fue hace más de cincuenta años.
—Por eso hay que preguntarle antes de que se muera y luego todos inventen lo que recuerdan.
Don Porfirio tenía ochenta y siete.
Recordaba el sistema.
No con precisión jurídica.
Sí con suficiente detalle para decir:
—Aurelio Flores no era dueño del arroyo.
Nadie lo era.
La comunidad hizo esa toma y cada parcela tenía turno.
El padre de Blandina ayudó a abrir parte del canal.
Remedios preguntó:
—¿Se podía vender el turno así?
—Cambios había.
Pero los veía el comisariado.
No bastaba con una firma en una hoja.
Aquello era importante.
Pero Blandina aún necesitaba:
agua.
Mientras se organizaba una solicitud formal para revisar el documento, el maíz seguía secándose.
Un jueves por la mañana el burro empezó a tirar de la cuerda.
Blandina estaba sentada en el corredor.
—Quieto.
El animal tiró otra vez.
No hacia:
el bebedero.
la comida.
el camino del pueblo.
Hacia la loma.
Blandina salió.
El burro dejó de tirar.
Caminó unos metros.
Se volvió.
—No.
Blandina estaba cansada.
Había desayunado apenas un pedazo de tortilla.
El animal continuó.
Se detuvo otra vez.
Miró atrás.
Blandina pensó en la primera vez que lo había visto en el barranco.
La misma forma de mirar.
No sabía qué quería.
Pero necesitaba caminar para despejar la cabeza.
Soltó la cuerda.
—Vamos.
El burro subió por un sendero casi borrado.
No iba rápido.
Su pata todavía lo obligaba a avanzar con cuidado.
Cada cierto tiempo:
esperaba.
Blandina conocía aquella loma.
O creía conocerla.
El sendero giró hacia un sector donde ya casi nadie pasaba desde que desaparecieron las recuas.
Treinta minutos.
Cuarenta.
La rodilla de Blandina protestaba.
—Si me estás llevando a buscar pasto, te voy a abandonar aquí.
El burro siguió.
El terreno cambió.
Más sombra.
Roca.
Musgo en lugares donde no debía haber mucho musgo en plena temporada seca.
Blandina se detuvo.
Tocó el suelo.
Fresco.
No mojado.
Pero más húmedo.
El burro llegó hasta una pared de roca parcialmente cubierta por:
helechos secos.
hojas.
raíces.
Se quedó allí.
Blandina apartó vegetación.
La piedra estaba húmeda.
Siguió limpiando.
Debajo:
tierra oscura.
Escarbó con una rama.
Una pequeña cantidad de agua apareció entre dos piedras.
No era un chorro.
No un manantial cinematográfico.
Una filtración constante.
Lenta.
Fría.
Blandina quedó agachada durante mucho tiempo.
Colocó una taza.
Esperó.
El nivel subió.
—No puede ser.
El burro bebió de una pequeña depresión lateral.
No parecía sorprendido.
Como si aquello no fuera descubrimiento.
Como si fuera regreso.
Blandina observó alrededor.
Encontró piedras colocadas formando un borde antiguo.
No naturales.
Y medio enterrada:
una losa plana.
La limpió.
Dos letras.
-
M.
Blandina conocía ese nombre.
No por sí misma.
Por historias de infancia.
Rufino Montiel.
El último gran arriero de aquel lado del ejido.
Había muerto más de una década atrás.
Sin hijos.
Sus animales se vendieron.
Algunos escaparon.
Otros cambiaron de dueño.
Su padre decía que Rufino conocía una fuente escondida en la sierra donde daba agua a los animales durante la época seca.
Nunca decía exactamente dónde.
Blandina se volvió hacia el burro.
Oreja rota.
marcas de carga.
edad.
Ruta antigua.
—¿Eras suyo?
El burro no podía responder.
Tampoco hacía falta afirmar algo sin prueba.
Pero la posibilidad era demasiado fuerte para ignorarla.
Blandina no pensó:
“el animal me ha pagado una deuda.”
Pensó algo mucho más sencillo.
“Este burro ya conocía este camino.”
PARTE 4
Blandina no comenzó a regar el maizal con el manantial.
No podía.
El caudal era demasiado pequeño.
Tardaba minutos en llenar un recipiente grande.
Servía para:
beber.
animales.
algunas plantas.
No para sustituir el turno del canal.
Eso terminó siendo importante.
Porque obligó a Blandina a no convertir el hallazgo en una solución mágica.
Al día siguiente llevó a Remedios.
Después a Filemón.
El herrero caminó alrededor del burro durante un minuto entero.
Miró:
oreja.
una cicatriz en la grupa.
marcas.
Después se quedó callado.
—¿Qué?
preguntó Blandina.
Filemón acarició la frente del animal.
—Yo herré un burro con esta oreja para Rufino.
Hace muchos años.
—¿Este?
—No puedo jurarlo solo por verlo.
Pero se parece muchísimo.
Remedios señaló la losa.
—Y esas iniciales.
Filemón asintió.
—Rufino utilizaba esta ruta.
Eso sí lo recuerdo.
Encontraron además restos de:
un pequeño abrevadero de piedra.
un canalillo colmatado.
No era un manantial “secreto” en sentido legal.
Era una surgencia antigua que había dejado de utilizarse.
Eso planteaba otra pregunta.
¿En qué terreno estaba?
Epifanio fue obligado a subir con ellos dos días después.
Llevaba una carpeta.
Esta vez:
sin Gumersindo.
Revisó un plano ejidal moderno.
La surgencia parecía estar dentro de una franja de uso común.
No en la parcela individual de Blandina.
Ella preguntó:
—Entonces ¿es mía?
—No.
—¿De Gumersindo?
—Tampoco.
—¿Del ejido?
—Eso parece según este plano.
Pero hay que verificar con el Registro Agrario y con el acta de delimitación.
Blandina asintió.
—Hazlo.
Epifanio parecía sorprendido.
—¿No vas a reclamar que el burro te la entregó?
Blandina lo miró.
—El burro no firma títulos.
Remedios se rio.
Aquella frase terminó recorriendo el pueblo.
El hallazgo sirvió para otra cosa.
Demostró que la loma todavía tenía agua natural y que antiguas rutas de uso comunitario existían antes de las modificaciones recientes.
No anulaba por sí mismo la cesión falsa.
Pero reabrió conversaciones que Gumersindo prefería cerradas.
La presión aumentó.
Remedios consiguió firmas suficientes de ejidatarios para solicitar una asamblea extraordinaria.
El tema:
revisión del supuesto acuerdo de cesión.
uso del ramal.
condición de la surgencia de Rufino.
Gumersindo apareció furioso en casa de Epifanio.
—¿Qué estás haciendo?
—Lo que debí hacer antes.
—Hay un documento sellado.
—Con una firma que ella niega.
—Porque ahora encontró agua.
Epifanio negó.
—La negó desde el primer día.
Eso era verdad.
Y quedaba:
la firma.
La Procuraduría Agraria de la región fue consultada.
No apareció nadie para arrestar a Gumersindo.
Simplemente indicaron algo esencial.
Si existía controversia sobre:
autenticidad.
acuerdo de asamblea.
derechos reconocidos.
el comisariado no debía tratar aquella hoja como una cesión incuestionable.
La situación tenía que revisarse formalmente.
El sello de Epifanio no convertía por arte de magia un documento privado en un derecho definitivo.
La cadena fue retirada de forma provisional hasta la reunión, restaurando el reparto anterior mientras se aclaraban los hechos.
Gumersindo estaba allí.
—No puedes hacer esto.
Epifanio respondió:
—Puedo dejar de actuar como si ya estuviera probado que ella cedió algo.
—Me debes.
El hombre se puso pálido.
Blandina escuchaba desde unos metros.
Epifanio respondió:
—Sí.
Te debo dinero por semilla.
Eso no te da derecho a utilizar mi cargo para validar papeles.
Gumersindo se acercó.
—Piensa bien.
—Llevo semanas pensando mal.
Ya fue suficiente.
Epifanio abrió el candado.
La derivación volvió a funcionar según el turno anterior.
No salió una ola heroica.
No revivió el campo en un minuto.
Un hilo de agua empezó a recorrer el pequeño canal.
Blandina miró.
Después al burro.
El animal estaba comiendo hierba.
Completamente indiferente al drama humano que se había organizado alrededor de un camino que él probablemente solo recordaba porque alguna vez conducía a agua.
PARTE 5
La asamblea extraordinaria se celebró doce días después.
No en una plaza llena de discursos.
En la casa ejidal.
Sillas de plástico.
calor.
papeles.
personas hablando demasiado.
Gumersindo acudió con un abogado.
Blandina no.
Tenía a una asesora de la Procuraduría Agraria presente como orientación y a Remedios sentada a su lado.
La primera cuestión fue sencilla.
¿Existía una asamblea previa que hubiera aprobado transferir permanentemente el derecho de Blandina?
No.
¿Había un registro de modificación en el padrón correspondiente?
No.
¿Reconocía Blandina haber firmado?
No.
Se compararon documentos antiguos donde aparecía su firma.
La diferencia era evidente a simple vista.
Pero nadie allí tenía autoridad técnica para declarar judicialmente una falsificación solo observándola.
Por eso la asesora fue cuidadosa.
—Aquí no vamos a emitir una pericial grafoscópica improvisada.
Lo que sí puede constatar la asamblea es que existe una controversia seria sobre autenticidad y procedimiento.
Gumersindo protestó.
—El documento tiene sello.
Epifanio habló.
—Yo puse el sello.
Sin verla firmar.
Hubo murmullos.
—¿Por qué?
preguntó un ejidatario.
Epifanio respondió:
—Porque Gumersindo me dijo que ya habían acordado.
Y porque yo le debía dinero.
El silencio cambió.
No era una confesión de un delito completo.
Era suficiente para destruir la apariencia de normalidad.
Gumersindo se levantó.
—Estás intentando salvarte.
Epifanio respondió:
—Sí.
Pero diciendo la verdad.
Después hablaron del manantial.
Don Porfirio recordó el antiguo abrevadero de Rufino.
Filemón habló del animal.
No como prueba jurídica.
Como parte de la historia.
—No puedo afirmar con certeza que sea exactamente el mismo burro.
dijo.
—Pero tiene la oreja, las marcas y la edad aproximada.
Y la ruta coincide con la que usaba Rufino.
Blandina agradeció esa precisión.
La historia no necesitaba convertirse en leyenda para ser poderosa.
El plano confirmó que la surgencia estaba en área común.
La asamblea acordó:
mantenerla como punto de uso comunitario controlado.
No privatizarla.
Limpiarla sin destruir su protección natural.
Analizar la calidad del agua antes de recomendar consumo habitual.
Porque agua clara no significaba automáticamente agua potable.
Aquella fue otra corrección importante.
Blandina había bebido un poco el primer día.
Después decidió esperar.
Se tomó una muestra.
Mientras tanto:
se utilizó para animales y otros fines apropiados.
El resultado bacteriológico fue razonable tras acondicionar correctamente el punto, pero la comunidad estableció mantenimiento.
No querían descubrir otro “manantial olvidado” dentro de veinte años porque nadie cuidó éste.
La supuesta cesión quedó sin efecto dentro del manejo ejidal mientras se revisaba su autenticidad por las vías correspondientes.
Gumersindo abandonó la reunión antes de terminar.
No perdió sus tierras.
No fue esposado.
No salió pobre.
Pero por primera vez en años una deuda privada no le había permitido conseguir una decisión pública.
Blandina volvió a casa caminando.
Remedios a su lado.
El burro las esperaba.
—Parece que sabe.
dijo Remedios.
Blandina negó.
—Sabe que llego a esta hora.
—Arruinas todas mis historias bonitas.
—Alguien tiene que hacerlo.
Remedios rió.
Después se puso seria.
—¿Vas a vender?
Blandina miró el maizal.
Parte se había perdido.
Parte quizá se recuperaría.
—No.
—¿Ni aunque Gumersindo suba la oferta?
—Menos.
PARTE 6
El maíz no resucitó por completo.
Eso fue lo primero que Blandina aprendió después de recuperar el turno de agua.
Varias plantas habían sufrido demasiado.
Las mazorcas quedaron:
pequeñas.
incompletas.
Algunos surcos se perdieron.
La cosecha sería mala.
No inexistente.
Mala.
Blandina aceptó.
No necesitaba un final donde la naturaleza devolviera todo lo perdido.
Necesitaba seguir.
Remedios ayudó a cosechar.
Filemón llevó una carreta.
Epifanio apareció una mañana con dos sacos.
—¿Qué es eso?
—Semilla para la próxima temporada.
—¿Regalo?
—No.
—Entonces.
—Descuenta de lo que te debo por haber sido un cobarde.
Blandina lo miró.
—No puedes pagarme eso con semilla.
Epifanio bajó la cabeza.
—Lo sé.
Ella señaló la bodega.
—Déjala.
Pero no digas que estamos a mano.
—No lo haré.
El burro se recuperó bastante.
La cojera nunca desapareció del todo.
Un veterinario que pasó por el pueblo dijo:
—Articulación vieja.
probable desgaste.
No va a volver a ser animal de carga.
Blandina respondió:
—No tiene que hacerlo.
Le construyó un pequeño techo.
No lo amarraba salvo cuando era necesario.
El animal seguía caminando a veces hacia la loma.
Una mañana Blandina lo siguió de nuevo.
Llegaron al manantial.
El burro bebió.
Después se quedó bajo un encino.
Nada más.
No la llevó a:
oro.
documentos.
otro secreto.
Blandina agradeció que fuera así.
Las historias ya tenían suficiente imaginación sin pedirle más al animal.
La investigación sobre el documento continuó.
Apareció algo incómodo.
Gumersindo no había escrito personalmente la firma.
Un empleado suyo declaró que el papel llegó preparado desde una gestoría particular.
Quién imitó la rúbrica:
no quedó claro inmediatamente.
Lo que sí quedó documentado fue que Gumersindo había presentado el documento como válido sabiendo que Blandina no había acudido a firmar ante el comisariado.
Su posición legal empeoró.
Terminó retirando formalmente cualquier reclamación sobre ese turno de agua mientras el asunto era revisado.
Meses después pagó una multa administrativa relacionada con otras irregularidades de manejo que salieron a la luz durante la revisión, y enfrentó procedimientos separados sobre el documento.
No cayó un imperio.
El Sauzillo era demasiado pequeño para imperios.
Pero su influencia cambió.
La gente empezó a hacer algo que antes evitaba.
Preguntar:
—¿Dónde está escrito?
Cuando Gumersindo decía:
“Siempre se ha hecho así,”
alguien pedía:
acta.
acuerdo.
registro.
Aquello era más peligroso para un hombre acostumbrado a la obediencia que cualquier pelea.
La surgencia también cambió la comunidad.
Se limpió el antiguo abrevadero.
Se colocó una pequeña protección para evitar que animales entraran directamente en el punto de nacimiento.
El agua sobrante seguía su cauce natural.
No se entubó toda.
No se repartió como botín.
El ejido definió prioridades durante la seca.
El caudal era modesto.
No podía resolver las necesidades de todos.
Pero podía servir como:
reserva.
abrevadero.
apoyo.
Blandina llevaba a veces una cubeta.
Nunca dijo:
“mi manantial.”
Decía:
“el de Rufino.”
Remedios la corregía.
—Es del ejido.
—Sí.
Pero Rufino lo cuidó antes que nosotros.
Aquello satisfacía a ambas.
PARTE 7
Un año después, la historia del burro ya había cambiado de forma en boca del pueblo.
Según una versión:
el animal había permanecido treinta años esperando a Blandina.
Según otra:
Rufino Montiel le había enseñado personalmente el manantial antes de morir.
Una niña afirmaba que el burro solo obedecía a Blandina porque entendía cada palabra.
Filemón decía:
—Dentro de diez años también hablará.
Blandina corregía cuando podía.
—No sé cuánto tiempo anduvo suelto.
—No sé si era exactamente el burro de Rufino.
—Sí sabía el camino.
Eso lo vimos.
—Y eso basta.
Un día un periodista de la cabecera municipal quiso hacerle una nota.
—¿Cree que el animal quiso agradecerle que lo salvara?
Blandina respondió:
—Creo que los burros recuerdan rutas.
—Pero queda más bonito decir que fue gratitud.
—Entonces escribe un cuento.
No una entrevista.
El periodista terminó utilizando ambas ideas.
Blandina no se molestó demasiado.
Lo importante estaba ocurriendo en otra parte.
Su parcela había cambiado.
No se volvió rica.
No multiplicó hectáreas.
Instaló un pequeño depósito para manejar mejor su turno de agua.
Mejoró:
surcos.
compuertas.
horarios.
Plantó una superficie menor de maíz, pero la manejó mejor.
Introdujo cultivos menos demandantes de agua en una parte.
Una técnica agrícola le había dicho:
—Recuperar el turno no significa que debas seguir dependiendo de él exactamente igual.
Blandina aceptó.
Esa frase le gustó.
El manantial tenía también un registro básico de:
caudal estacional.
calidad.
mantenimiento.
Epifanio, todavía dentro del comisariado pero ya sin manejar documentos solo, propuso una regla.
Toda cesión o modificación importante debía:
leerse en presencia de las partes.
registrarse.
tener testigos cuando correspondiera.
y quedar disponible para revisión.
Un ejidatario bromeó:
—¿Ahora descubrimos que leer papeles sirve?
Epifanio respondió:
—Yo lo descubrí tarde.
Pero lo descubrí.
Gumersindo empezó a aparecer menos.
No abandonó la región.
Seguía siendo:
ganadero.
acreedor.
hombre con dinero.
Pero la conversación había cambiado.
Una tarde se cruzó con Blandina.
Ella llevaba al burro hacia el manantial.
Él se detuvo.
—Te salió bien.
Blandina respondió:
—No.
—¿No?
—Perdí media cosecha.
Gasté dinero.
Casi me quedo sin comida.
Y todavía tengo setenta y cinco años.
Gumersindo frunció el ceño.
—Entonces ¿qué quieres decir?
—Que no lograste sacarme.
Eso sí salió bien.
Él miró al burro.
—Todo por ese animal.
Blandina negó.
—No.
El burro encontró agua.
Los papeles los tuvimos que arreglar nosotros.
Gumersindo no respondió.
Ella siguió.
Aquello resumía mejor la historia que cualquier leyenda.
El animal había mostrado un camino.
Pero los humanos todavía tuvieron que hacer:
el resto.
PARTE 8
Tres años después, el burro empezó a caminar menos.
Blandina lo notó antes que nadie.
Ya no subía a la loma cada semana.
Prefería quedarse bajo el encino junto a la casa.
Comía despacio.
Dormía más.
El veterinario dijo:
—Es viejo.
No hay enfermedad grave.
Simplemente viejo.
Blandina se sentó junto a él.
—Yo también.
El animal movió una oreja.
Remedios encontró aquella escena.
—Parecen matrimonio.
—Cállate.
—Los dos sordos.
—Remedios.
—Los dos tercos.
Blandina empezó a reír.
El burro vivió otro invierno.
Una mañana de abril no se levantó.
Respiraba tranquilo.
Blandina permaneció con él.
No llamó al pueblo hasta después.
Cuando murió:
Filemón ayudó a enterrarlo.
No junto al manantial.
Blandina no quería convertir una zona de agua en cementerio.
Eligieron un punto alto cerca del encino.
Colocó una piedra pequeña.
Sin nombre.
Solo una marca:
una oreja sencilla tallada por Filemón.
Remedios preguntó:
—¿No vas a poner que encontró el manantial?
—No.
—¿Por qué?
—Yo sé lo que hizo.
Eso es suficiente.
Tiempo después, Blandina subió sola hasta la fuente.
La antigua piedra de Rufino seguía:
-
M.
Alguien había limpiado el pequeño abrevadero.
El agua corría.
Despacio.
Constante.
Blandina llenó una taza.
Se sentó.
Había pensado muchas veces en lo ocurrido.
La parte que más se contaba era:
una viuda pobre rescata un burro.
el burro recuerda un manantial.
la viuda derrota al hombre rico.
Era buena historia.
Demasiado limpia.
La verdad tenía:
papeles falsos.
personas asustadas.
maíz perdido.
deudas.
reuniones.
testigos.
un caudal demasiado pequeño para salvar una parcela completa.
un animal viejo que quizá había pertenecido a Rufino y quizá no podía demostrarse ya.
Y aun así:
la verdad le gustaba más.
Porque no necesitaba magia.
Blandina encontró al burro por casualidad.
Podía haber seguido caminando.
No lo hizo.
El animal conocía una ruta.
Podía haberla olvidado.
No la olvidó.
El manantial seguía allí.
Pero nadie lo utilizaba porque la memoria de su existencia se había perdido.
Epifanio había firmado algo que no debía.
Después tuvo oportunidad de seguir protegiéndose.
Decidió reconocerlo.
Remedios podía haberse limitado a decir:
“qué injusticia.”
En cambio buscó:
testigos.
firmas.
asamblea.
Filemón podía haber inventado certeza sobre el burro.
Dijo:
“no puedo jurarlo.”
Cada persona hizo una parte.
Eso era más interesante que creer que un animal había resuelto todos los problemas.
A sus setenta y siete años, Blandina ya no sembraba tanto maíz.
Había reducido superficie.
Una familia joven le ayudaba con trabajos pesados a cambio de utilizar parte del terreno.
La casa seguía siendo suya.
Gumersindo nunca volvió a ofrecer comprarla.
Una mañana, una niña de la comunidad acompañó a Blandina hasta el manantial.
—¿Es verdad que el burro te lo regaló?
Blandina sonrió.
—No.
—Pero te trajo.
—Sí.
—Entonces era suyo.
—Tampoco.
—¿Entonces de quién era?
Blandina señaló la ladera.
—Del agua.
La niña hizo una mueca.
—Eso no tiene sentido.
—Cuando seas vieja quizá tenga un poco más.
La niña se agachó.
Tocó la corriente.
—¿Y por qué el burro se acordaba?
Blandina respondió:
—Porque durante años ese camino le importó.
Los animales recuerdan los sitios donde:
comieron.
descansaron.
bebieron.
volvieron a casa.
Nosotros también.
La niña miró hacia el valle.
—¿Y tú qué recuerdas?
Blandina pensó en:
Hernán.
sus hijos.
su padre.
sus manos lavando ropa.
el candado.
el burro volviéndose en el camino.
—Más cosas de las que quisiera.
Y menos de las que debería.
Regresaron despacio.
Al pasar por el encino, Blandina tocó la pequeña piedra de la oreja.
No dijo gracias.
Ya lo había dicho muchas veces mientras el animal estaba vivo.
Aquello también importaba.
En El Sauzillo, con el paso de los años, algunos siguieron contando que Blandina había vencido al hombre más rico del pueblo gracias a un burro que nadie quería.
Ella nunca corrigió del todo esa versión.
Solo añadía una frase.
—El burro me llevó hasta el agua.
Pero después tuvimos que hacer el trabajo.
Y quizá esa era la verdadera razón por la que la historia duraba.
No porque el bien siempre regresara convertido en recompensa.
La vida no funcionaba así.
Blandina lo sabía mejor que nadie.
Había cuidado personas que murieron.
había trabajado sin recibir agradecimiento.
había perdido hijos a quienes había dado todo.
No existía una contabilidad moral perfecta donde cada buena acción regresara con intereses.
Aquella vez:
simplemente ocurrió algo distinto.
Ayudó a un animal sin saber si obtendría algo.
El animal recordó un camino.
Ese camino llevó a una fuente.
Y aquella fuente recordó al pueblo otra verdad que llevaba demasiado tiempo enterrada.
Ni el agua.
ni la tierra.
ni los documentos comunitarios,
debían convertirse en propiedad de quien tuviera suficiente dinero para hacer que los demás dejaran de hacer preguntas.
Blandina volvió a casa.
El maizal nuevo empezaba a levantar.
No enorme.
No perfecto.
Verde.
Y eso bastaba.
FIN