LA VIUDA IBA A SACRIFICAR A SU CABALLO HERIDO CUANDO ÉL SE NEGÓ A QUEDARSE QUIETO Y CAMINÓ HACIA UNA PARED DE ROCA… HORAS DESPUÉS, ELLA ENCONTRÓ DENTRO DE LA MONTAÑA LA ÚNICA FUENTE QUE SEGUÍA CORRIENDO EN TODA LA COMARCA, Y EL HOMBRE QUE VENDÍA AGUA A LOS VECINOS LLEGÓ CON ABOGADOS PARA DECIR QUE ERA SUYA
PARTE 2
Elena pasó la noche dentro de la cavidad.
No porque quisiera instalarse.
Porque Moro no podía caminar mucho más.
Limpió la herida con agua hervida después de recoger suficiente y dejarla enfriar.
No hizo tratamientos improvisados más allá de lo básico.
Necesitaban un veterinario.
Pero la inflamación parecía haber bajado un poco después de horas de descanso.
La humedad fresca del lugar ayudaba.
Elena observó.
La cavidad no era virgen.
Había:
restos de un pequeño muro de piedra.
ceniza antigua.
cerámica rota.
una hornacina tallada.
y marcas en una pared.
Alguien había utilizado aquel lugar décadas antes.
Quizá siglos.
No sabía.
No tocó casi nada.
La parte que más le llamó la atención fue el suelo.
En una zona donde caía luz desde arriba había tierra oscura.
Mucho más rica que la superficie exterior.
Eso no significaba que pudiera plantar un huerto inmediatamente.
Pero explicaba por qué pequeñas plantas silvestres sobrevivían dentro.
A la mañana siguiente llenó recipientes.
Descansó.
Y decidió volver al pueblo.
El problema era Moro.
El caballo podía caminar mejor, pero seguía cojo.
Elena no quería forzarlo.
Dejó parte de sus cosas escondidas.
Marcó discretamente la entrada para poder encontrarla.
Después caminaron hacia el sur.
Tardaron casi todo el día.
Cuando llegaron a Valdearenas, la gente miró a Elena como si hubiera regresado de otro país.
El pueblo estaba peor de lo que recordaba.
Los depósitos municipales llegaban con restricciones.
Varias explotaciones compraban agua transportada.
El pozo de una finca privada al norte se había convertido en negocio.
Su propietario, Ernesto Valdés, vendía cisternas a ganaderos.
No ilegalmente por el simple hecho de cobrar.
Tenía permisos y una captación registrada para determinados usos, aunque la situación de sequía había vuelto cada litro más caro.
Elena fue directamente a la clínica veterinaria.
Moro tenía:
inflamación.
una herida superficial.
y una posible lesión de tejidos blandos.
No había fractura evidente.
El veterinario recomendó reposo, cuidados y revisión.
—¿Dónde ha bebido?
—Encontré agua en la sierra.
El veterinario levantó la mirada.
—¿Un abrevadero?
—Una surgencia.
—¿Dónde?
Elena dudó.
No quería decirlo.
Pero tampoco podía guardar una fuente mientras el pueblo compraba agua.
—En las peñas del norte.
—¿Caudal?
—No sé.
—¿Analizada?
—No.
—Entonces todavía no sabes si sirve para consumo humano.
Aquello la devolvió a la realidad.
Encontrar agua no era lo mismo que encontrar agua segura.
El veterinario le dio un contacto del ayuntamiento y otro de un técnico de salud ambiental.
Elena habló primero con el alcalde.
Después con un agente medioambiental.
Luego con un hidrogeólogo de la diputación llamado Ricardo Montero.
Ricardo no se emocionó.
Eso le gustó.
—Primero necesitamos saber qué es.
—Una fuente.
—Puede ser una surgencia estacional.
—En agosto.
—También.
—Llevamos meses sin lluvia importante.
—Eso la hace interesante.
No permanente.
—¿Cómo lo comprobamos?
—Con tiempo.
medidas.
análisis.
y revisando la propiedad y el régimen de aguas.
Elena frunció el ceño.
—¿Propiedad?
—La cueva puede estar dentro de una finca concreta.
El agua no se convierte automáticamente en propiedad privada porque salga allí.
Hay normativa.
aprovechamientos.
dominio público hidráulico en determinados supuestos.
derechos preexistentes.
—Yo solo quiero que nadie llegue mañana y diga “es mía”.
Ricardo sonrió.
—Entonces lo peor que puedes hacer es actuar como si fuera tuya.
Esa frase se quedó con Elena.
Al día siguiente regresaron:
Ricardo.
un técnico.
Elena.
el veterinario no.
Moro se quedó en un corral.
Tomaron muestras.
Midieron de forma aproximada el caudal.
Fotografiaron la cavidad sin alterar los restos.
El agua era clara.
La surgencia constante.
Aquel primer día calcularon un caudal modesto.
No suficiente para abastecer una ciudad.
Pero potencialmente significativo para un pueblo pequeño si se gestionaba con muchísimo cuidado.
Ricardo dijo:
—No digas “la única agua en kilómetros.”
—Pero es la única que he visto.
—Eso no es lo mismo.
—Siempre arruináis las historias.
—Nuestro trabajo.
Tres días después los análisis preliminares indicaron que el agua tenía buena calidad en varios parámetros, aunque cualquier uso potable regular necesitaría tratamiento, control y autorización.
La noticia empezó a circular.
Y con ella llegó Ernesto Valdés.
PARTE 3
Ernesto tenía cincuenta y ocho años.
Había construido un negocio alrededor de:
movimiento de ganado.
transportes.
pozos.
cisternas.
y alquiler de maquinaria.
No era un villano.
Al menos no al principio.
Había invertido dinero en mantener operativa una captación legal cuando otros la abandonaron.
Durante la sequía vendía agua.
A precios que muchos odiaban.
Pero también:
pagaba combustible.
mantenimiento.
conductores.
bombas.
impuestos.
Elena lo conocía desde hacía años.
Nunca habían sido amigos.
—Me dicen que encontraste una fuente.
—Encontramos una surgencia.
—¿Dónde?
—La administración ya está revisándolo.
—Eso no te he preguntado.
—Precisamente.
Ernesto sonrió.
—Siempre fuiste desconfiada.
—No.
Aprendí tarde.
—¿La finca donde aparece de quién es?
Elena no sabía.
La entrada estaba en una zona compleja de monte con límites antiguos.
Los registros mostraban varias parcelas.
Una pertenecía a una sociedad patrimonial llamada Montes de Valdearenas, S.L.
Adivinó antes de preguntarlo.
—Tuya.
—En parte.
Elena sintió que el estómago se cerraba.
—¿La cueva está dentro?
—Puede.
—Puede no es sí.
—Mis técnicos están revisando.
—Los públicos también.
Ernesto inclinó la cabeza.
—Si sale en mi terreno, tendremos que hablar.
—Sí.
Con quien corresponda.
—Podríamos hacerlo fácil.
—¿Cómo?
—Yo tengo infraestructura.
Tú encontraste el lugar.
Podemos captar.
llevar tubería.
vender.
—No sabemos qué caudal sostenible tiene.
—Eso se mide.
—Ni qué impacto tendría.
—También.
—Entonces espera.
Ernesto perdió algo de paciencia.
—Mientras esperamos, hay gente pagando cisternas.
—Tuyas.
—¿Eso me convierte en malo?
—No.
Pero sí te da interés económico.
—Y a ti te da interés sentimental.
Los dos podemos sesgarnos.
Aquello era verdad.
Elena lo odiaba.
Dos días después aparecieron operarios cerca de la zona.
No dentro.
Midiendo.
Marcando.
Elena llamó a Ricardo.
—¿Tienen permiso?
—Para trabajos topográficos en su propiedad, sí.
—¿Y para la fuente?
—No para captarla.
La noticia se hizo pública después de que el ayuntamiento emitiera una nota prudente.
“Se está evaluando una surgencia localizada en la sierra, sin que exista todavía autorización para explotación o abastecimiento.”
El pueblo tradujo:
“HAY AGUA.”
Y todo se complicó.
Personas fueron a buscar la entrada.
El ayuntamiento tuvo que pedir que no lo hicieran.
La cavidad era estrecha.
Había riesgo de caída.
desprendimientos.
alteración de restos.
contaminación del agua.
Elena empezó a arrepentirse de haber contado nada.
Una tarde alguien pintó una flecha sobre una roca.
Otra persona dejó botellas.
Ricardo se enfadó.
—Esto es exactamente lo que no queríamos.
Elena preguntó:
—¿Qué hacemos?
—Cerrar acceso informal y señalizar.
No cerrar la fuente.
Controlar la entrada.
También avisaron a patrimonio por los restos.
Una arqueóloga llamada Celia Martín inspeccionó.
Determinó que había evidencias de uso humano antiguo, aunque su datación requería estudio.
Eso añadió otra capa.
No podían convertir la cavidad en obra hidráulica sin más.
Ernesto protestó.
—Cada técnico nuevo añade seis meses.
Celia respondió:
—Y cada obra mal hecha puede destruir algo que lleva siglos allí.
—La gente necesita agua ahora.
Ricardo intervino.
—La surgencia no tiene caudal suficiente para resolver por sí sola la sequía comarcal.
Necesitamos dejar de contarla como milagro.
Elena escuchó.
Era exactamente lo que necesitaba oír.
No había encontrado “la salvación”.
Había encontrado:
una fuente.
potencialmente útil.
frágil.
y muy fácil de arruinar si todos intentaban apropiarse de ella.
PARTE 4
El conflicto de propiedad se resolvió parcialmente con planos.
La abertura principal sí estaba dentro de una parcela de Montes de Valdearenas, la sociedad participada por Ernesto y dos familiares.
Pero la zona de alimentación hidrogeológica probablemente se extendía más allá.
Y el agua estaba sujeta al régimen legal aplicable.
Ernesto no podía simplemente:
cerrar la entrada.
poner una bomba.
y declararse dueño de cada litro.
Tampoco Elena podía afirmar:
“Yo la encontré, pertenece al pueblo.”
La realidad era mucho menos cómoda.
Se necesitaba:
autorización.
estudio de caudal.
análisis.
protección de la cavidad.
posible evaluación ambiental.
y acuerdo sobre accesos e infraestructura.
Mientras discutían, la sequía empeoró.
Eso hizo crecer la presión.
Un grupo de ganaderos pidió una captación provisional.
La administración estudió si podía autorizarse un aprovechamiento limitado para determinados usos, sin comprometer el sistema.
Elena apoyó.
Ernesto también.
Por razones distintas.
Entonces apareció el primer resultado serio.
El caudal no era enorme.
Pero durante semanas de seguimiento se mantenía relativamente estable.
Ricardo explicó:
—Eso sugiere alimentación subterránea con cierta reserva.
No significa que podamos sacar diez veces más.
—¿Cuánto podemos sacar? —preguntó Ernesto.
—Todavía no lo sabemos.
—Siempre la misma respuesta.
—Porque el agua subterránea no lee tus balances.
Elena tuvo que ocultar una sonrisa.
Hicieron pruebas limitadas.
Monitorización.
Cambios de nivel.
Respuesta de la surgencia.
El sistema parecía sensible.
Una extracción excesiva podía reducir el caudal rápidamente.
Eso destruyó el sueño de Ernesto de llenar cisternas todo el día.
—Entonces no sirve.
Elena respondió:
—Sirve.
Solo no sirve para hacer lo que tú querías.
—¿Y qué quieres tú?
—Que siga existiendo dentro de veinte años.
—Eso no llena abrevaderos esta semana.
—Tampoco vaciarla.
Finalmente se autorizó una solución provisional y muy limitada.
No desde la poza interior con gente entrando continuamente.
Se diseñó una captación técnica mínima en un punto adecuado, respetando los condicionantes establecidos, con:
control.
caudal limitado.
depósito exterior.
tratamiento cuando correspondía al uso.
y seguimiento.
No abasteció a toda la comarca.
Pero ayudó a:
un pequeño número de explotaciones.
servicios prioritarios.
y determinadas necesidades locales.
El agua no era gratis.
Había costes reales.
Pero el sistema se organizó de manera transparente y con tarifas relacionadas con operación, no con especulación de emergencia.
Ernesto perdió parte del negocio de cisternas.
Y ahí fue cuando la relación cambió.
Una tarde apareció en casa de Elena.
—Me has costado dinero.
—No controlo las autorizaciones.
—Tú pusiste a todo el pueblo contra mí.
—No.
La sequía puso al pueblo contra quien cobraba caro.
—Yo no creé la sequía.
—Eso tampoco lo he dicho.
—He mantenido agua circulando cuando nadie más tenía infraestructura.
—Lo sé.
Ernesto se quedó callado.
No esperaba que ella lo reconociera.
—Entonces entiendes.
—Entiendo que tienes costes.
No entiendo que creas que encontrar otra fuente te da derecho a controlarla.
—Está en mi finca.
—Y precisamente por eso tienes derecho a participar en la solución.
No a convertirla en un monopolio.
Ernesto se sentó.
—¿Qué propones?
Era la primera vez que preguntaba.
Elena respondió:
—Una comunidad de usuarios o la figura legal que corresponda.
Participación del propietario.
del ayuntamiento.
de usuarios autorizados.
Seguimiento independiente.
Límites claros.
—¿Y yo qué gano?
—Acceso pactado.
compensaciones razonables por terrenos e infraestructuras cuando proceda.
contratos si prestas servicios.
—¿Y tú?
Elena pensó.
—Que no se destruya.
Ernesto sonrió.
—Eso no paga mucho.
—No todo tiene que pagarme a mí.
—Por eso nunca serás rica.
—Estoy intentando no quedarme sin agua.
Me parece más urgente.
PARTE 5
Moro se recuperó despacio.
Nunca volvió a estar perfecto.
La cojera aparecía después de esfuerzos largos.
Pero podía caminar.
Y Elena terminó comprando una pequeña parcela cerca del pueblo en lugar de abandonar la comarca.
No recuperó su antigua finca.
Aquella tierra necesitaba años.
Quizá otro propietario.
Ella necesitaba empezar de nuevo.
La nueva parcela tenía:
una casa pequeña.
un cobertizo.
dos hectáreas.
y acceso a suministro legal.
Plantó parte de las semillas de Julián.
No dentro de la cueva.
Eso había sido una fantasía del primer día.
La tierra oscura interior parecía tentadora, pero convertir una cavidad frágil en huerto habría sido absurdo.
Sembró afuera.
Con riego limitado.
Judías.
calabaza.
tomate.
No todo sobrevivió.
Lo suficiente.
Moro pastaba cerca.
Una tarde Elena llevó a Celia, la arqueóloga, las fotografías de las marcas de la pared.
—Parecen recientes comparadas con otras.
—¿Cuánto?
—No puedo decir por foto.
Después del estudio preliminar, algunas marcas resultaron ser probablemente de pastores de los siglos XIX y XX.
La supuesta “mano antigua” que Elena había imaginado como símbolo misterioso era mucho menos espectacular.
Celia sonrió.
—La gente ha usado cuevas durante mucho tiempo.
No todo es prehistórico.
—Otra buena historia destruida.
—De nada.
Los restos de cerámica sí pertenecían a distintos momentos.
Probablemente pastores.
refugio temporal.
almacenamiento.
La cavidad no era una ciudad perdida.
Era algo más normal.
Y precisamente por eso interesante.
Personas de generaciones distintas habían encontrado el mismo agua.
Bebieron.
descansaron.
dejaron restos.
Después la memoria se perdió.
Elena pensó en Julián.
“Los animales desaparecen dentro de la piedra.”
Probablemente él estuvo muy cerca de encontrarla.
Quizá la vio alguna vez y olvidó la ubicación.
Nunca lo sabría.
La administración acabó instalando una puerta técnica discreta para controlar accesos no autorizados, sin bloquear fauna cuando el diseño exigía mantener pasos y con las medidas apropiadas.
Eso provocó rumores.
“Han privatizado la cueva.”
No.
Habían restringido el acceso para:
seguridad.
protección patrimonial.
calidad del agua.
Elena defendió la decisión aunque la gente se enfadara.
—Pero tú entraste.
—Sí.
Y casi contaminé la poza entrando con un caballo herido.
—Pero encontraste el agua.
—Eso no significa que mi manera de llegar fuera un modelo de gestión.
Aquello se convirtió en otra lección.
Ser protagonista del descubrimiento no te convierte automáticamente en experta en qué hacer después.
PARTE 6
El acuerdo definitivo tardó dos años.
No fue emocionante.
Reuniones.
mapas.
estudios.
informes.
discusiones.
Finalmente se estableció un régimen de aprovechamiento limitado y supervisado.
El propietario del terreno conservaba sus derechos sobre la finca.
El agua se gestionaba conforme a las autorizaciones correspondientes.
Los usuarios participaban en:
costes.
mantenimiento.
control.
Ernesto consiguió contratos para transportar parte del agua a explotaciones autorizadas cuando era necesario.
No el monopolio que había imaginado.
Pero sí negocio legítimo.
Un día se lo dijo a Elena.
—Al final gané dinero con tu idea.
—Era previsible.
—¿Te molesta?
—No.
Mientras no vendas agua que no existe.
Ernesto rio.
—Sigues sin confiar.
—Ahora confío con contador.
La sequía terminó lentamente.
No con una tormenta milagrosa.
Primero un otoño algo mejor.
Después un invierno con lluvias.
Los pozos se recuperaron parcialmente.
Los embalses mejoraron.
La presión sobre la fuente disminuyó.
Ahí ocurrió algo curioso.
Cuando dejó de ser desesperadamente necesaria, mucha gente perdió interés.
Eso alivió a Elena.
La fuente podía volver a ser:
una surgencia protegida.
no una promesa de salvación.
Pero los datos recogidos permitieron mantenerla como recurso de respaldo local bajo condiciones.
Ernesto dijo:
—Tanto lío para usarla poco.
Ricardo respondió:
—Ése puede ser exactamente el éxito.
Un sistema de reserva no necesita trabajar al máximo todos los días para tener valor.
Elena guardó esa frase.
PARTE 7
Diez años después, en 2005, Moro ya no vivía.
Murió con veinticinco años.
En un prado.
Sin arma.
Sin sequía.
Elena enterró una parte de sus cenizas cerca de un alcornoque de su propiedad.
No junto a la fuente.
No quería convertir el lugar en santuario personal.
Había aprendido a separar memoria de propiedad.
El pueblo cambió.
Había:
mejor planificación de emergencia.
depósitos.
acuerdos.
información sobre captaciones.
Menos dependencia de un solo proveedor.
No porque la fuente hubiera resuelto todo.
Porque la crisis obligó a todos a mirar vulnerabilidades que antes ignoraban.
Elena participó en una asociación local de gestión del agua.
No era presidenta.
No quería.
Prefería:
medir.
preguntar.
discutir caudales.
Una estudiante universitaria la entrevistó.
—¿Es verdad que su caballo encontró la única fuente de agua en kilómetros?
Elena sonrió.
—No.
—Pero la historia dice…
—Moro encontró una cueva con una surgencia que nosotros no conocíamos.
Había otras fuentes y pozos en la comarca, aunque muchos estaban muy afectados.
—¿Entonces por qué siguió al caballo?
—Porque yo estaba agotada y él parecía saber adónde iba.
—¿Los caballos pueden detectar agua?
—Pueden percibir olores, humedad, rutas y señales que nosotros ignoramos.
Pero no usaría un caballo como método hidrogeológico.
La estudiante rio.
—¿Y es verdad que un empresario quiso robarle el agua?
—Tampoco exactamente.
Ernesto quiso controlar una oportunidad que aparecía en terreno donde tenía intereses.
—Eso suena menos emocionante.
—La verdad suele tener peor departamento de marketing.
—¿Fue enemigo suyo?
Elena pensó.
—Durante unos meses.
Después socio incómodo.
Después vecino.
—¿Amigo?
—No exageremos.
La entrevista terminó con una pregunta.
—¿Qué fue lo más importante que encontró?
La estudiante esperaba:
agua.
Elena respondió:
—Una razón para no irme.
Aquello sí era verdad.
La fuente no la hizo rica.
No recuperó la vida anterior.
Julián seguía muerto.
La primera finca se vendió tiempo después.
Moro murió.
Pero Elena dejó de caminar hacia ninguna parte.
Se quedó.
Construyó otra vida.
Más pequeña.
Distinta.
No una sustitución.
PARTE 8
En 2026 Elena tenía setenta y dos años.
La sequía de 1995 se había convertido en historia.
La fuente seguía corriendo.
No siempre igual.
Había años de menor caudal.
Otros mejores.
Seguía monitorizada.
La cavidad no estaba abierta libremente al público.
Se permitían accesos técnicos y, en determinadas ocasiones, visitas muy controladas cuando la protección del lugar lo permitía.
Una mañana Elena acompañó a un grupo pequeño.
Entre ellos estaba un chico de quince años.
Se llamaba Julián.
Su nieto.
Entraron por la grieta.
Él dijo:
—¿Moro pasó por aquí?
—Sí.
—Parece imposible.
—Era más delgado de lo que recuerdas en las fotos.
Llegaron a la cámara.
La poza seguía.
Más protegida.
Sin cubos.
sin huertos.
sin personas bebiendo directamente.
Julián observó.
—¿Aquí bebiste?
—Sí.
—¿Sin analizar?
—Estaba muy deshidratada y no tenía muchas opciones.
No lo recomiendo como práctica sanitaria.
—Abuela.
—Qué.
—Siempre estropeas la parte épica.
—Alguien tiene que hacerlo.
El chico se agachó cerca de las antiguas marcas.
—¿Ésta es la mano?
—Una de ellas.
—¿De cuándo?
—No sabemos exactamente.
—Pensé que era prehistórica.
—Tu madre también.
Celia casi se enfada cuando se lo dijimos.
Se sentaron en un lugar autorizado.
Julián preguntó:
—¿Por qué no se quedó Ernesto con todo si el terreno era suyo?
Elena explicó.
—Porque tener una finca no significa poder hacer cualquier cosa con el agua que aparece dentro.
Hay normas.
derechos.
interés público.
autorizaciones.
—¿Y por qué tú tampoco?
—Porque encontrar algo no lo convierte en propiedad tuya.
—Pero tú lo descubriste.
—Descubrí que existía para nosotros.
La fuente llevaba muchísimo tiempo ahí.
El chico miró.
—Entonces nadie la descubrió de verdad.
—Exacto.
Nosotros solo dejamos de ignorarla.
Al salir, Elena se detuvo junto a la abertura.
Cerró los ojos.
Intentó recordar el sonido de Moro.
Herraduras.
respiración.
la cuerda tirando.
La sensación de estar a punto de hacer algo irreversible.
Durante años contó la historia diciendo:
“Moro me salvó.”
Con el tiempo corrigió.
—Moro me llevó hasta el agua.
Salvarme fue más complicado.
Necesitó:
un veterinario.
técnicos.
vecinos.
leyes.
lluvias posteriores.
dinero.
trabajo.
y la decisión de no convertir una fuente pequeña en una solución más grande de lo que podía sostener.
Aquella era la parte que las historias omitían.
El hallazgo duró una tarde.
La gestión duró décadas.
Cuando llegaron al coche, Julián preguntó:
—Si pudieras volver al día en que ibas a dispararle, ¿harías algo distinto?
Elena pensó.
—Sí.
—¿Qué?
—Habría llamado antes al veterinario.
—No tenías teléfono.
—Entonces habría llevado más agua.
—Abuela.
—Quieres una respuesta bonita.
—Sí.
Elena sonrió.
—Habría confiado cinco minutos más.
No mucho.
Cinco.
Porque a veces cinco minutos bastan para que una decisión definitiva revele que todavía existe otra posibilidad.
El nieto guardó silencio.
—Eso sí está bien.
—Puedes usarlo.
Al regresar al pueblo pasaron junto a un depósito municipal.
Después junto a una explotación donde un cartel indicaba una captación registrada.
Más adelante, una cisterna de la empresa que ahora dirigía la hija de Ernesto.
Elena sonrió.
El agua seguía siendo:
recurso.
negocio.
derecho.
necesidad.
conflicto.
Nunca dejó de ser complicada.
Y por eso estaba contenta de que la historia no terminara con:
“Encontraron una fuente y todos vivieron felices.”
No.
Encontraron una fuente.
Después tuvieron que aprender a no destruirla.
A no extraer más de lo que podía dar.
A no confundir desesperación con derecho.
A no convertir propiedad privada en poder absoluto.
Y a no creer que algo valioso necesita pertenecer a una sola persona para ser cuidado.
En la pequeña parcela de Elena todavía crecían descendientes de aquellas primeras semillas.
No exactamente las mismas plantas.
Por supuesto.
Semillas guardadas.
seleccionadas.
replantadas.
Algunas líneas se perdieron.
Otras continuaron.
Cada verano plantaba unas pocas calabazas.
Una tarde su nieto encontró una enorme bajo las hojas.
—¿Ésta viene de las semillas del abuelo Julián?
Elena respondió:
—De sus descendientes, sí.
—Entonces también sobrevivieron.
—Algunas.
El chico acarició la piel naranja.
—Todo sobrevivió al final.
Elena negó.
—No.
Y ésa es precisamente la razón por la que lo que sí sobrevive importa.
Miró hacia la sierra.
No podía ver la entrada de la cueva.
Era demasiado pequeña.
Oculta.
Como había estado siempre.
Moro la encontró porque buscaba algo.
Elena entró porque todavía tuvo fuerzas para seguirlo.
Y lo que apareció dentro no fue:
una fortuna.
una propiedad.
una mina.
ni un milagro.
Fue agua.
Lo suficiente para otro día.
Después otro.
Y a veces, cuando crees que tu vida entera se ha secado, eso es más que suficiente para empezar.
FIN
