José López Portillo: El Hombre Que Tuvo El Poder Absoluto… Y Llevó A México Al Borde Del Colapso

Su cortejo fúnebre recorrió las avenidas más importantes de la Ciudad de México y nadie salió a verlo pasar. Los capitalinos siguieron caminando, comprando, viviendo. Ni una mirada, ni un silencio. El hombre que había tenido en sus manos la riqueza petrolera más grande que México jamás había conocido.

El hombre que prometió hacer grande a este país, el hombre que lloró frente a millones de mexicanos pidiendo perdón, estaba cruzando la ciudad por última vez y la ciudad le respondía con indiferencia total. Ese fue el final de José López Portillo. No hubo luto nacional, no hubo banderas a media hasta no hubo multitudes llorando en las calles ni flores en los portales.

Hubo silencio. Un silencio que no era de respeto, sino de olvido. Del tipo de olvido que duele más que cualquier insulto, porque confirma que todo lo que un hombre fue ya no importa absolutamente nada. Para entender cómo alguien que tuvo tanto poder llegó a un final tan solitario, hay que empezar desde el principio, desde antes de los reflectores, antes de las promesas y antes del llanto que paralizó al país entero.

Hay que empezar donde empiezan todas las historias grandes y todas las tragedias reales. En la infancia, José Guillermo Abel López Portillo y Pacheco nació el 16 de junio de 1920 en la Ciudad de México, dentro de una familia que cargaba apellido con peso. Su abuelo había sido gobernador de Jalisco, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, diputado, senador y secretario de Relaciones Exteriores.

En esa familia el apellido no era solo un nombre, era una expectativa que nadie te preguntaba si querías cargar. Su padre José López Portillo y Weber era militar, historiador y escritor. Un hombre que paradójicamente le dejó al hijo una advertencia que marcó toda su vida. No vayas detrás del poder le decía.

Los defectos de un hombre honrado son las cualidades de un político, palabras que el hijo escuchó, guardó y terminó ignorando por completo cuando el poder le llegó a las manos. Creció rodeado de libros, de discusiones intelectuales y de la certeza de que venía de gente importante. Eso moldea a un hombre de formas que ni él mismo alcanza a ver.

construye una confianza que a veces se convierte en arrogancia, una sensación de derecho que puede volverse peligrosa cuando alguien con esa actitud llega a gobernar a millones de personas. Estudió derecho en la UNAM, donde destacó como orador y como pensador. Era brillante, nadie podía negarselo. Tenía una mente aguda, un vocabulario que deslumbraba y una presencia física imponente que hacía que la gente lo escuchara con atención.

En los pasillos universitarios ya se hablaba de él como alguien que llegaría lejos, aunque nadie imaginaba todavía cuánto. Y lo que comenzaría a tomar forma en esos años no solo lo llevaría al punto más alto del poder, también sembraría las decisiones que años después marcarían su caída de una manera irreversible.

Fue en esos años donde construyó la amistad más importante y al mismo tiempo más complicada de toda su vida, la que tuvo con Luis Echeverría. Dos jóvenes ambiciosos, dos mentes que se complementaban, dos hombres que se prometieron lealtad en los años en que todavía no tenían nada que perder. Una amistad que con los años se convertiría en el trampolín hacia la cumbre y luego en una de las traiciones más públicas que México haya visto.

Después de graduarse, López Portillo hizo lo que hacían los hombres con apellido en ese México. Escaló la estructura del gobierno con paciencia. Pasó por la Secretaría del Patrimonio Nacional, luego por la dirección de la Comisión Federal de Electricidad. Cada cargo era un peldaño, cada posición era un ensayo para algo mayor.

Y mientras subía, aprendía, aprendía cómo funcionaba el poder real, quién tomaba las decisiones verdaderas y cuáles eran las reglas no escritas que nadie te enseñaba en la universidad. En 1951 se casó con Carmen Romano, una mujer elegante, educada, de familia distinguida. Tuvieron tres hijos. José Ramón, Carmen Beatriz y Paulina.

Era la familia perfecta sobre el papel, la imagen que cualquier político en ascenso necesitaba proyectar. Hacia afuera todo lucía impecable. Hacia adentro las cosas eran más complicadas, pero eso no era algo que México fuera a enterarse en ese momento. El salto definitivo llegó en 1973, cuando Echeverría, ya presidente, lo nombró secretario de Hacienda.

Ese era el lugar desde donde se movían los hilos económicos del país. Desde ese escritorio se veía México como muy poca gente podía verlo. Completo, profundo, brutal en su complejidad. López Portillo absorbió cada detalle y cuando terminó su paso por Hacienda, Echeverría ya había decidido algo que cambiaría la historia de México.

El sistema político mexicano del PRI tenía una regla no escrita. pero absolutamente respetada. El presidente saliente elegía a su sucesor. No era una democracia, era una herencia disfrazada de proceso. Y Echeverría, en el ocaso de su gobierno, señaló a López Portillo, su amigo de toda la vida, el hombre en quien confiaba, el secretario de Hacienda que lo había acompañado durante años, lo eligió a él.

En 1976, José López Portillo se convirtió en el candidato del PRI a la presidencia de México. En unas elecciones donde prácticamente no tuvo oposición real, obtuvo más de 16 millones de votos. El 1 de diciembre de ese año tomó posesión del cargo más poderoso del país con una promesa resonando en cada rincón. México estaba a punto de vivir su mejor momento.

El petróleo los haría ricos a todos. Y por un momento, por un brevísimo y deslumbrante momento, parecía que tenía razón. Las reservas petroleras descubiertas en Tabasco, Chiapas y la sonda de Campeche eran enormes. El dinero comenzó a fluir como nunca antes en la historia moderna del país. El PIB creció al 8% anual. El desempleo cayó a la mitad.

México olía a prosperidad. Vamos a administrar la abundancia”, dijo López Portillo. Y la gente le creyó con toda la razón del mundo le creyó porque la abundancia estaba ahí, era real, se podía tocar. Lo que nadie estaba contando era lo que pasaba detrás de la abundancia, en los lugares donde las cámaras no llegaban.

Pero había algo que ocurría en silencio, algo que el dinero del petróleo estaba tapando como una alfombra lujosa que oculta la podredumbre del piso. Y cuando ese dinero se acabara, lo que quedaría debajo iba a destruir todo. El dinero cambia a los hombres, no a todos de la misma manera, no todos al mismo ritmo, pero los cambia.

A López Portillo le cambió de una forma que México entero terminaría pagando durante generaciones. La abundancia petrolera no solo llenó las arcas del Estado, también llenó algo dentro de él, una certeza de grandeza que ya no admitía corrección ni límite. Cuando eres presidente de México en esa época, eres el hombre más poderoso del Lutecisan país sin ninguna discusión posible.

No hay contrapesos reales. No hay prensa libre que pueda hacerte daño de verdad. No hay oposición con dientes. El sistema fue construido exactamente para que el titular del ejecutivo hiciera lo que quisiera durante 6 años y López Portillo lo aprovechó todo. El nepotismo fue tan descarado que él mismo lo nombró así sin ruborizarse.

Cuando alguien le cuestionó que su hijo José Ramón, al que apodaban el divino, ocupara el cargo de subsecretario de Estado, siendo prácticamente un joven sin experiencia, López Portillo respondió con una frase que quedó grabada en la historia política de México como símbolo de cinismo. Es el orgullo de mi nepotismo.

Lo dijo sonriendo. Lo dijo como si fuera un logro. José Ramón no fue el único. El gobierno de López Portillo se convirtió en un organigrama familiar. Parientes, amigos cercanos, personas de su círculo íntimo ocuparon posiciones clave con salarios que el erario público pagaba con la misma naturalidad con que hoy se paga la luz.

Era el sistema, sí, pero él lo llevó a niveles que incluso dentro del PRI generaron incomodidad. Y mientras la familia crecía en cargos y privilegios, el país comenzaba a mostrar las primeras señales de que la fiesta del petróleo tenía fecha de vencimiento. En 1981, los precios internacionales del crudo comenzaron a caer.

No de golpe, no de manera catastrófica todavía, pero las grietas ya eran visibles para quien quisiera ver. López Portillo no quería ver. apostó todo al petróleo cuando el mundo ya le estaba enviando señales contrarias. siguió endeudando al país con préstamos internacionales, confiando en que el oro negro seguiría pagando todo.

La deuda externa de México pasó de 49,000 millones a 75,000 millones de dólares en un solo año. En un solo año era una bomba de tiempo con el reloj corriendo y nadie en el gobierno parecía escuchar el tic tac. Y lo más inquietante no era la magnitud de esa bomba, sino que cuando finalmente estallara, lo que arrastraría consigo iría mucho más allá de la economía.

En ese contexto de turbulencia financiera que él mismo negaba, ocurrió algo que muy pocos sabían entonces y que con los años se convertiría en un símbolo perfecto de todo lo que estaba mal. Mientras México comenzaba a quebrar por fuera, López Portillo construía mansiones por dentro. No una, cuatro.

[música] En los terrenos de Cuajimalpa, en la zona más cara de la Ciudad de México, comenzaron a aparecer edificaciones que nadie podía explicar. Los vecinos notaron que el área, que nunca había tenido servicios básicos adecuados, de pronto tenía calles iluminadas, avenidas amplias y una subestación eléctrica con capacidad para abastecer a todo un poblado mediano.

Los militares custodiaban la zona. Al principio algunos pensaron que era Cantinflas quien construía ahí. Cuando se descubrió la verdad, el país se quedó sin palabras. Era el presidente, era López Portillo, construyendo para sí mismo y para su familia un complejo de cuatro mansiones y una biblioteca privada en un terreno de casi 12 haáreas, equivalente a 17 canchas de fútbol profesional.

Y lo estaba haciendo con dinero del erario público, con el dinero de todos. En septiembre de 1982, la revista Proceso publicó el reportaje que destapó todo. Los detalles eran indignantes. Una mansión de estilo medieval, otras dos con ventanales coloniales y techos californianos, chimeneas en cada cuarto, un gran mirador desde el que se veía la ciudad entera.

Todo construido mientras a escasos kilómetros los habitantes de Cuajimalpa no tenían agua corriente ni electricidad. constante. El contraste era obseno, la frivolidad total y la respuesta del gobierno fue la que siempre da el poder cuando lo agarran en falta. Silencio primero, luego justificaciones vacías y al final impunidad completa.

Nunca se investigó formalmente la adquisición irregular de los terrenos. Nunca se rindieron cuentas sobre el uso de recursos públicos. El caso quedó exactamente donde López Portillo quería que quedara, en el olvido. La prensa le puso nombre al complejo y ese nombre se quedó para siempre, La Colina del Perro. Un apodo que hacía referencia directa a la frase más famosa y más vergonzosa que López Portillo pronunciaría meses después.

una frase que él creía que lo haría quedar como un defensor de México y que, en cambio, lo convirtió en el símbolo de la promesa política más rota de la historia moderna del país. Pero antes de esa frase, antes de ese momento que paralizaría a todo México frente al televisor, había otra historia corriendo en paralelo.

una historia que no era de política ni de economía, sino de algo mucho más humano y al mismo tiempo mucho más complicado. La de las mujeres en la vida de José López Portillo. Carmen Romano llevaba años siendo primera dama con la dignidad impecable que el cargo exigía. pública y formal, siempre al idisin, lado de su marido, siempre sonriendo en las fotos oficiales.

Pero dentro de los círculos del poder, quienes conocían la realidad sabían que el matrimonio hacía tiempo que era una fachada, que había un acuerdo entre ellos para seguir juntos sin hacer vida real de pareja y que había otra mujer. Su nombre era Rosa Luz Alegría, secretaria de Estado, funcionaria de su propio gabinete, parte de su gobierno.

La relación era un secreto a voces que todo el sistema político conocía, pero que nadie nombraba en voz alta porque así funcionaban las cosas. Hasta que llegó otra mujer que lo cambiaría todo de una manera que ni él mismo imaginaba. Esa mujer llegaría años después un lugar que nadie habría esperado.

Y cuando llegó, la vida de López Portillo nunca volvió a ser la misma, ni para bien ni para mal. Pero antes de que esa mujer apareciera en su vida, el mundo de López Portillo estaba a punto de colapsar en cámara lenta y frente a toda la nación. El año 1982 comenzó con la economía mexicana temblando sobre sus propias mentiras.

La promesa del petróleo se estaba desmoronando y el presidente, en lugar de aceptar la realidad, eligió escenificar un acto de bravura que quedaría como una de las ironías más crueles de la historia política mexicana. Era el 5 de febrero de 1982. López Portillo estaba ante micrófonos y cámaras.

El peso estaba siendo atacado por los mercados. Los capitales salían del país a una velocidad que asustaba a cualquier economista lúcido. El presidente levantó la voz y pronunció las palabras que nadie olvidaría jamás. Defenderé el peso como un perro. Así con esa contundencia casi animal, con esa seguridad de quien cree que la voluntad del poder puede detener las fuerzas del mercado. El país lo escuchó.

Algunos creyeron, otros sintieron un escalofrío que no supieron explicar en ese momento. 13 días después, el 18 de febrero de 1982, el Banco de México se retiró del mercado de cambios y el Inasisant gobierno se vio forzado a declarar la moratoria de pagos. El peso pasó de 22 a 70 pesos por dólar de un golpe.

La devaluación fue de 470%. El perro no había defendido nada y lo que vendría después de ese momento no solo terminaría de derrumbar su gobierno, también marcaría a toda una generación que vería desaparecer en cuestión de semanas lo que había tardado años en construir. La frase que había sido un rugido se convirtió en chiste, en un chiste cruel y colectivo que millones de mexicanos repitieron en las calles, en los mercados y en las familias, que de un día para otro vieron evaporarse sus ahorros.

La gente que tenía cuentas en dólares las perdió. Los que tenían créditos en pesos vieron sus deudas triplicarse. El país entró en la recesión más profunda que había vivido en 50 años. Y en ese contexto de caos económico, con la gente en la calle preguntándose cómo iba a pagar la renta del mes siguiente, llegó el primero de Itsuas, septiembre de 1982, el día del último informe de gobierno.

López Portillo se paró ante el Congreso de la Unión, ante las cámaras que transmitían en vivo a todo el país, ante la historia que ya lo estaba juzgando y decidió hacer algo que nadie esperaba. Primero anunció la nacionalización de la banca, una decisión unilateral tomada sin consultar a casi nadie con la que el Estado absorbía todos los bancos privados del país.

Y mientras lo anunciaba, su voz comenzó a quebrarse. Las lágrimas le ganaron la batalla. El presidente de México, el hombre más poderoso del país, lloró frente a millones de ciudadanos mientras pedía perdón a los más pobres, a los desposeídos. a los que nunca habían tenido nada y a quienes él prometió que sí tendrían.

Fue interrumpido 40 veces por aplausos. 40. El Congreso aplaudía mientras el país se hundía. Era teatro puro y sin embargo funcionó. Una parte del país sintió compasión, otra sintió vergüenza ajena, pero nadie, absolutamente nadie, pudo quedarse indiferente frente a esa imagen. El presidente llorando mientras proclamaba que México había sido saqueado como si él no hubiera tenido nada que ver en el saqueo.

La frase, “Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear”, quedó grabada en la memoria colectiva de México. no como un grito de resistencia, sino como una de las hipocresías más grandes que el poder haya producido en este país. Porque mientras él lloraba en el Congreso, la colina del perro seguía ahí, construida con dinero público, esperando a que alguien se mudara.

Tres meses después, el 30 de noviembre de 1982, López Portillo entregó el poder a Miguel de la Madrid. se fue del Palacio Nacional cargando el peso de un legado envenenado, el crecimiento más rápido de la historia moderna de México, seguido por la crisis más brutal, la promesa de la abundancia convertida en escasez, el llanto en el congreso convertido en meme colectivo que duraría décadas.

Lo que vino después fue el exilio voluntario. López Portillo salió de México casi de inmediato. Se instaló en Roma. El hombre que había gobernado a 80 millones de personas se fue sin que nadie le pidiera que se quedara y sin que nadie le pidiera cuentas formales por lo que había dejado atrás. La impunidad era parte del acuerdo no escrito del viejo sistema.

En Italia encontró tiempo, distancia y la perspectiva que nunca tuvo mientras tenía el poder en las manos. comenzó a escribir sus memorias que publicaría en 1988 con el título Mis tiempos. Dos tomos donde contaba su versión de todo, su vida, su gobierno, sus decisiones y sus justificaciones. Un libro que generó polémica desde la primera página porque en él López Portillo seguía sin asumir responsabilidades reales por el desastre económico que había dejado.

Y fue en ese periodo de vida europea, lejos de México, lejos de Carmen Romano, lejos de la estructura que lo había sostenido durante décadas. cuando ocurrió el encuentro que cambiaría la segunda mitad de su vida. En España, en algún momento de 1984, 2 años después de dejar la presidencia, conoció a una mujer que no tenía nada que ver con la política, con el poder, ni con el mundo que él había habitado toda su vida.

Se llamaba Alexandra Asimovic Popovic. El mundo la conocía como Sasha Montenegro. Era actriz, era argentina de origen yugoslavo, era hermosa y era exactamente el tipo de presencia que un hombre que acaba de perder el poder más grande del mundo necesita para sentirse todavía vivo. El flechazo fue inmediato y la relación comenzó ahí, en ese encuentro casual, sin que ninguno de los dos calculara las consecuencias de lo que estaban empezando.

Para ese momento, López Portillo tenía 64 años. Sasha era considerablemente más joven y él seguía casado con Carmen Romano, la madre de sus tres hijos, la mujer que había sido primera dama de México, la que lo había acompañado durante todo el ascenso. Lo que comenzó como un romance se fue profundizando hasta convertirse en algo que ya no era posible ocultar y entonces nacieron los hijos.

Nabila llegó en 1985. Alexander en 1987, dos hijos nacidos mientras López Portillo seguía formalmente casado con Carmen Romano. El escándalo fue enorme en los círculos que conocían la historia, aunque la prensa mexicana de esa época todavía manejaba esas cosas con discreción, pero el tiempo y las circunstancias tenían preparado algo que haría imposible seguir ocultando nada, porque lo que vendría después, la ruptura que nadie esperaba con la profundidad que tuvo, iba a sacar a la luz todo lo que López Portillo había intentado mantener

en las sombras y lo iba a hacer de la manera más humana y más brutal posible a través de la enfermedad. Carmen Romano murió en el año 2000. La primera esposa, la madre de sus hijos mayores, la primera dama que había cargado esa posición con elegancia durante 6 años de gobierno. Su muerte cerró un capítulo y abrió otro.

En 1995, 5 años antes de que Carmen falleciera, López Portillo ya se había divorciado formalmente de ella para casarse por lo civil con Sasha Montenegro. En el año 2000, un mes después de la muerte de Carmen Romano, celebraron el matrimonio eclesiástico. Para entonces, López Portillo tenía 79 años.

Había sobrevivido el escándalo de la colina del perro, el oprobio de la devaluación, el exilio voluntario en Roma, el regreso a México cargado de memorias polémicas y las críticas que nunca terminaron de apagarse. Era un hombre que había vivido demasiado, que había visto demasiado y que ahora, en el ocaso de su vida, intentaba construir algo que se pareciera a la paz.

Pero la paz no llegó. En 1999, antes de la boda eclesiástica, López Portillo sufrió un derrame cerebral que minó su salud de manera permanente. No fue un episodio aislado del que se recuperó completamente y siguió adelante. Fue el inicio de un deterioro lento, progresivo e irreversible que lo fue apagando durante los 5co años siguientes.

El hombre que había dominado escenarios con su voz potente y su presencia imponente comenzó a necesitar ayuda para actividades básicas. Y fue en ese proceso de deterioro donde estalló uno de los escándalos más dolorosos y más íntimos de toda su historia. Los hijos del primer matrimonio, José Ramón, Carmen Beatriz y Paulina acusaron a Sasha Montenegro de maltratar físicamente a su padre, de golpearlo, de humillarlo verbalmente llamándolo y poco hombre, de aprovecharse de un anciano enfermo que ya no podía defenderse solo. Las acusaciones

llegaron a los medios y generaron un escándalo que López Portillo, con lo poco que le quedaba de energía, intentó apagar. Él mismo publicó una carta abierta al público donde calificó lo que se decía de Sasha como un escándalo de proporciones nacionales y defendió a su esposa. Pero también en esa misma carta escribió una frase que reveló todo el agotamiento de un hombre al final de su camino.

Tal vez no me morí a tiempo. Ya tengo muchos años. Soy un viejo. Y lo que empezaba a revelarse en ese momento no era solo el desgaste físico de un expresidente, sino el peso acumulado de decisiones que nunca dejaron de alcanzarlo. Pocas frases en la historia de un hombre público revelan tanta desnudez interior como esa.

El expresidente más polémica de la segunda mitad del siglo XX. El hombre que había prometido defender el peso como un perro, el que había llorado frente a todo México, el que había construido mansiones con dinero ajeno y había manejado la riqueza petrolera más grande de la historia del país, admitiendo en voz alta que quizás ya era tiempo de haberse muerto.

La pelea entre los hijos del primer matrimonio y Sasha Montenegro fue feroz y muy pública. Dos bandos, dos versiones de la misma historia y en el centro un hombre enfermo que ya no podía ser árbitro de su propia vida. Los conflictos no eran solo emocionales, eran también económicos. La colina del perro, ese complejo de mansiones construido con dinero público, estaba ahí valiendo millones y todos querían una parte.

La disputa por las propiedades se volvió tan complicada legalmente que todavía años después de la muerte de todos ellos seguía generando pleitos. Las cuatro mansiones terminaron distribuidas de maneras distintas. Algunas fueron rentadas para filmaciones de telenovelas y películas. Otras fueron demolidas para construir fraccionamientos de lujo que llegaron a valer hasta 6 millones de dólares por casa.

La colina del perro, símbolo de la corrupción de un sexenio, se convirtió en símbolo de la especulación inmobiliaria de otro. Pero en los últimos meses de su vida, López Portillo ya estaba demasiado enfermo como para pelear por nada. El derrame cerebral de 1999 había dejado secuelas permanentes.

La diabetes avanzaba, sus capacidades físicas se reducían semana a semana. El hombre que un día caminó al Zócalo para tomar posesión de la presidencia de México, ahora necesitaba ayuda para levantarse de una silla. En ese estado llegó a sus últimas semanas de vida. La relación con Sasha se deterioró al punto de que cuando ya casi no podía moverse, López Portillo acudió a un juzgado para iniciar los trámites de divorcio.

Alegaba los maltratos. El proceso legal estaba en curso cuando ocurrió lo que tenía que ocurrir. Su salud colapsó de manera definitiva. El domingo 15 de febrero de 2004, José López Portillo comenzó a sentirse mal. Una bronquitis que se complicó rápidamente. Al día siguiente, lunes 16, fue internado en el Hospital Ángeles del Pedregal. Su médico de cabecera, el Dr.

Carlos Castillo Alarcón, le diagnosticó neumonía. Lo ingresaron a terapia intensiva. La familia comenzó a llegar. Sus hijos del primer matrimonio estaban ahí. José Ramón, Carmen Beatriz y Paulina. También llegó Sasha Montenegro, con quien se encontraba en proceso de divorcio en ese momento, quien se acercó al hospital con la misma ambigüedad que había marcado los últimos años de esa relación.

El hombre que había tenido el poder de gobernar a todo un país, ahora yacía sedado en una cama de hospital con su propio cuerpo en proceso de apagarse. El martes 17 de febrero, a las 20:15 horas, el corazón de José López Portillo se detuvo. La causa oficial fue un shock cardiorrespiratorio derivado de complicaciones por la neumonía.

Tenía 83 años. Su hijo mayor, José Ramón, fue quien salió a dar la noticia con voz quebrada. Mi padre murió. Lamento informarles que a las 8:15 de la noche, mi padre se fue en paz con su conciencia. En paz con su conciencia. Esa frase, esas cuatro palabras pronunciadas en la puerta de un hospital en una noche de febrero dejaron flotando en el aire una pregunta que nadie respondió en voz alta.

pero que miles de mexicanos se hicieron en ese momento. ¿Con qué conciencia exactamente? La del presidente que prometió abundancia y dejó crisis. La del hombre que construyó mansiones con dinero público mientras el país quebraba. La del que lloró pidiendo perdón y nunca pagó por nada. Pero lo más impactante de toda esta historia no fue su muerte, fue lo que pasó al día siguiente cuando México decidió cómo despedir al hombre que lo había gobernado.

Y esa respuesta fue tan brutal, tan definitiva y tan elocuente que todavía hoy hay quienes no pueden creerla. El cortejo fúnebre salió a las calles de la Ciudad de México el 19 de febrero de 2004. Una columna de vehículos recorriendo las avenidas más importantes de la capital, transportando los restos del hombre que había sido el 56º presidente de los Estados Unidos Mexicanos, el hombre que en su momento fue el más poderoso del país.

Y los capitalinos siguieron con su día. No había curiosos en las banquetas, no había silencio espontáneo. No había flores lanzadas desde las aceras ni personas que se detuvieran a hacer una seña de respeto. El convoy pasó por las grandes avenidas de la ciudad prácticamente ignorado, como si fuera un trámite más en el tráfico cotidiano de una metrópoli que tiene demasiadas cosas en qué pensar como para detenerse por un expresidente.

Un periodista que cubrió el traslado lo describió de una manera que quedó para la historia. Con la indiferencia de los capitalinos fue sepultado el expresidente. No con odio, no con abucheos, no con protestas, con indiferencia, que es quizás la forma más terrible en que la historia puede juzgar a alguien que tuvo tanto poder, volviéndolo invisible en el momento en que más necesita ser visto.

Y en ese silencio, más que un final, comenzaba a definirse la forma en que la historia terminaría recordándolo. En el velorio estuvieron presentes tres expresidentes. Luis Echeverría, su viejo amigo de la infancia que lo había llevado al poder, Miguel de la Madrid, su sucesor, que heredó el caos que él dejó, y Carlos Salinas de Gortari, el que vino después de De la Madrid.

Tres hombres que representaban décadas del viejo régimen despidiendo a uno de los suyos, el PRI velando a uno de los más grandes y más controversiales presidentes de su era. No hubo duelo nacional. El presidente en turno, Vicente Fox, del PAN, no decretó luto oficial. No hubo mensaje de condolencias desde la presidencia de la República que tuviera el peso emocional que se espera cuando muere un expresidente.

México le dio a López Portillo exactamente lo que él le había dado a los más pobres cuando prometió administrar la abundancia, las obras. Sus restos fueron sepultados en el cementerio militar de la Ciudad de México, sin multitudes, sin flores en las banquetas, sin que ninguna estación de radio detuviera su programación normal para dedicarle un espacio especial sin que las escuelas guardaran un minuto de silencio.

El hombre que prometió hacer grande a México fue enterrado como si México apenas lo recordara. Y hay una ironía en ese final que merece ser nombrada con toda claridad. El mismo hombre que en su sexto informe de gobierno fue interrumpido 40 veces por aplausos. El mismo que hizo llorar de emoción a diputados y senadores mientras anunciaba la nacionalización de la banca, ese mismo hombre fue sepultado en silencio.

Los aplausos que le había dado el sistema no eran amor del pueblo, eran protocolo. Y el protocolo se acaba cuando se acaba el cargo. Y es en ese punto donde el poder deja de proteger y empieza a revelar lo que realmente queda de un hombre cuando todo lo demás desaparece. La muerte ocurrió mientras el proceso de divorcio con Sasha Montenegro aún no había concluido.

Eso tuvo consecuencias legales inmediatas. Al morir casado todavía con ella, Sasha quedaba como la viuda legítima ante la ley, lo que significaba que era ella quien tenía derecho a las prestaciones económicas que la ley otorgaba a la viuda de un expresidente. Los hijos del primer matrimonio que habían peleado contra ella durante años vieron como la ley les daba la razón a ellos en lo moral, pero a ella en lo legal.

El conflicto por la herencia estalló con una velocidad que casi no dio tiempo al luto. La colina del perro volvió a ser el centro de todo. Cuatro mansiones construidas con dinero público, disputadas ahora por dos familias que tenían versiones incompatibles de la misma historia y derechos legales que se cruzaban de maneras que los abogados tardaron años en desenredar.

Los hijos mayores José Ramón, Carmen Beatriz y Paulina defendían que las propiedades eran parte del patrimonio familiar construido durante décadas. Sasha y sus hijos, Nabila y Alexander, argumentaban sus derechos como familia legítima en el momento de la muerte. Y ninguno de los dos bandos mencionaba lo que todo México sabía, que esas mansiones habían sido construidas con dinero que no era de ninguno de ellos.

La ironía final de la colina del perro es perfecta en su brutalidad. El complejo que fue construido con dinero público, que nunca fue investigado ni devuelto al erario, terminó siendo vendido, demolido y convertido en un fraccionamiento de lujo, donde cada casa cuesta hasta 6 millones de dólares. El símbolo de la corrupción de los 80 se transformó en el símbolo del negocio inmobiliario de los 2000.

El dinero del pueblo nunca volvió al pueblo y mientras todo eso ocurría, su legado político seguía siendo debatido con la misma intensidad que cuando era presidente. Hay quienes lo recuerdan como el hombre que descubrió el petróleo mexicano y lo usó para crecer a una velocidad que nunca se había visto. Hay quienes lo recuerdan como el que dilapidó esa riqueza con una irresponsabilidad histórica.

La mayoría lo recuerda por las tres cosas que nadie puede olvidar. La frase del perro, el llanto en el Congreso y La Colina del perro. Lo que queda de todo eso es una pregunta que no tiene respuesta. Definitiva, ¿fue López Portillo un hombre brillante que el poder corrompió o fue siempre lo que terminó siendo y el poder simplemente le dio el escenario para mostrarlo? La respuesta probablemente no sea una ni la otra.

Probablemente sea las dos al mismo tiempo, mezcladas de una manera que ningún análisis limpio puede separar, porque López Portillo fue genuinamente inteligente. Fue un pensador de verdad, un orador de primera categoría, un hombre que entendía la historia y que tenía visión para cosas que otros no veían.

[música] y al mismo tiempo fue corrupto, fue nepotista, fue irresponsable con el dinero de un país entero y murió sin haber pagado ninguna cuenta pendiente con la justicia. Fue amado por millones cuando tenía el poder. Fue olvidado por esos mismos millones cuando lo perdió.

Esa es la ecuación del poder en México y López Portillo la vivió en su versión más extrema, más teatral y más trágica. Pero hay una parte de esta historia que todavía no se ha contado, una parte que tiene que ver con lo que pasó en los años entre el fin de su presidencia y su muerte, con las personas que lo rodearon, con los silencios que eligió y con las preguntas que se llevó sin responder. Y esa parte cambia todo.

El exilio en Roma duró más de lo que la mayoría recuerda. López Portillo se instaló en Italia con la intención de alejarse del ruido, de la vergüenza pública y de las preguntas que nadie en México le hacía en voz alta, pero que flotaban en el ambiente como un humo persistente. En Roma escribió, reflexionó, vivió con una libertad que el poder paradójicamente le había negado y comenzó a construir la narrativa de su propia historia.

Las memorias que publicó en 1988, ese libro de dos tomos que llamó Mis tiempos revelaron mucho más de lo que él probablemente pretendía. Porque entre las páginas donde se justificaba, donde explicaba sus decisiones y donde construía su propia defensa histórica, aparecían momentos de honestidad brutal que nadie esperaba de un hombre con tanto que perder al ser honesto.

Escribió sobre la noche antes de anunciar la nacionalización de la banca. Al ir reuniendo los datos para el informe, me fui dando cuenta a fondo de la gravedad del problema. Esa frase es devastadora en su implicación. Significa que mientras el país se hundía, el presidente estaba enterándose de la gravedad de la crisis al preparar el discurso.

Significa que el hombre altimón no tenía el control que prometía tener. Y lo que empezaba a quedar al descubierto no era solo un error de cálculo, sino una forma de ejercer el poder que nunca estuvo realmente preparada para enfrentar sus propias consecuencias. Hay una versión de López Portillo que sus defensores insisten en preservar, la del hombre que recibió un país en crisis económica gracias a los excesos de Echeverría que lo convirtió en potencia petrolera, que creció la economía a tasas que México nunca había visto y que

cuando todo se derrumbó fue víctima de circunstancias internacionales que ningún presidente mexicano habría podido controlar. Esa versión tiene partes verdaderas. Pero hay otra versión que los hechos documentados no permiten ignorar. La del presidente, que sabiendo que la burbuja petrolera podía estallar, siguió endeudando al país como si el precio del crudo fuera eterno, que construyó mansiones con dinero público mientras pregonaba austeridad, que colocó a su hijo en cargos de gobierno como si el

Estado fuera una extensión de su casa y que cuando todo colapsó se fue al extranjero sin rendir cuentas. La relación que tuvo con Luis Echeverría durante los años posteriores a su presidencia fue uno de los episodios más reveladores de su carácter. El hombre que lo había llevado al poder, su amigo de toda la vida, terminó atacándolo públicamente cuando el gobierno de la Madrid comenzó a buscar responsables de la crisis y López Portillo, herido, respondió con un desplegado en los periódicos que

contenía solo una frase. Una pregunta dirigida directamente a Echeverría. ¿Tú también, Luis? una referencia al tú también bruto de Shakespeare. Una herida pública, un reclamo de traición que revelaba que incluso entre los hombres que habían sido cómplices durante décadas, el poder y la supervivencia política terminan por destruir todo.

La amistad que empezó en los pasillos universitarios terminó en un desplegado de periódico, el círculo completo de la política mexicana del siglo XX. Cuando regresó a México después del exilio, López Portillo se encontró con un país que había cambiado más de lo que él esperaba. El PRI seguía en el poder, pero ya no era el mismo.

Las reformas económicas de la Madrid y luego las de Salinas habían transformado el modelo con el que él había gobernado. El México neoliberal, que emergió de los 80 era un México que él no había construido y que en muchos sentidos contradecía lo que él creía. Vivió los años 90 como un hombre fuera de tiempo.

Seguía dando entrevistas, seguía opinando sobre la política nacional, seguía insistiendo en que su gobierno había sido mejor de lo que la historia oficial reconocía, pero la audiencia para esas opiniones se reducía año con año. El mundo seguía girando y López Portillo iba quedándose atrás, un personaje del pasado comentando un presente que ya no lo necesitaba.

[música] Y en ese proceso de lento olvido, la llegada de Sasha Montenegro a su vida fue al mismo tiempo una salvación y una complicación. Salvación porque le dio energía, compañía y dos hijos cuando ya nadie esperaba que tuviera hijos. complicación, porque la diferencia de edades, el pasado de ella como actriz en el cine de ficheras y la manera en que la relación se desarrolló mientras él seguía casado con Carmen Romano, todo eso generó un ruido constante que nunca terminó de callarse.

La actriz yugoslavo argentina que el mundo conocía por sus papeles en el cine de explotación mexicano de los 70 y 80 se convirtió en la señora López Portillo. El contraste era tan grande que generaba incomodidad en todos lados, en los círculos políticos que no sabían cómo ubicarla, en los círculos de la farándula que no sabían si seguir viéndola como una de los suyos, y en la familia extendida de él, que nunca terminó de aceptarla como parte del clan.

Los años finales de López Portillo fueron una mezcla de enfermedad, conflictos familiares y el lento proceso de ver cómo la historia te va acomodando en un lugar que no elegiste. El derrame cerebral de 1999 lo cambió físicamente de manera irreversible. La disputa con sus hijos mayores por Sasha lo agotó emocionalmente.

El proceso de divorcio que inició en sus últimos meses lo dejó en una posición legal y personal que nunca se resolvió mientras vivió. Murió en proceso de divorcio, murió en un hospital. Murió con una familia dividida en dos bandos que se miraban con recelo por encima de su cama.

murió sin que México saliera a las calles a decir que lo extrañaría y murió sabiendo con la lucidez que a veces regresa en los últimos momentos de una vida, que el balance de todo lo que había sido era más complicado de lo que cualquier obituario podría resumir honestamente. La historia que dejó atrás era demasiado grande para caber en una sola versión.

demasiado contradictoria para ser simplificada en héroe o villano. Demasiado humana en sus excesos y en sus fracasos como para ser juzgada con la comodidad que da a la distancia. Y sin embargo, lo que López Portillo dejó detrás de él va mucho más allá de las mansiones, de las lágrimas en el Congreso o de las promesas rotas.

Hay algo en su historia que refleja algo sobre México entero, algo que incomoda precisamente porque es demasiado verdadero. Con el paso de los años, la figura de José López Portillo fue cambiando en la memoria colectiva de México. No de manera lineal, no de manera limpia, de esa forma fragmentada y contradictoria en que los mexicanos recuerdan a los personajes que los marcaron con mezcla de nostalgia, de rencor, de humor negro y de una incomodidad que nunca termina de resolverse. La frase

del perro se convirtió en símbolo permanente de la mentira política. Cada vez que un funcionario público hace una promesa que claramente no va a cumplir, alguien en México recuerda a López Portillo jurando defender el peso. Cada vez que un político llora en público pidiendo perdón por algo que sigue sin tener consecuencias, ¿alguien recuerda ese primero de septiembre de 1982 en el Congreso? El legado es involuntario, pero es real.

Sus defensores, que todavía existen y que en algunos casos tienen argumentos sólidos, señalan que la crisis del 82 no fue solo culpa suya, que los precios internacionales del petróleo cayeron por razones que estaban fuera de su control, que la política de tasas de interés de Estados Unidos en esa época puso en crisis a toda América Latina, no solo a México, que el contexto global lo atrapó en un momento en que cualquier presidente hubiera tenido dificultades enormes y tienen razón en eso.

El contexto importa, las circunstancias externas importan, pero lo que también importa, lo que no puede ser ignorado por ninguna revisión histórica honesta, es lo que ocurrió dentro de México durante esos 6 años. El derroche, el nepotismo celebrado en voz alta, las mansiones construidas con dinero público mientras el país se endeudaba a niveles históricos.

La fuga de capitales que alcanzó proporciones sin precedente. López Portillo tuvo la mala fortuna histórica de ser el presidente que personificó la crisis que terminó con el modelo económico del México postrevolucionario. Todo lo que vino después, el neoliberalismo de la Madrid y Salinas, el TLC, la privatización de la banca que él mismo había nacionalizado.

Todo eso fue en parte una respuesta a lo que él dejó. Su presidencia fue un punto de quiebre México todavía está procesando. Y en esa condición de punto de quiebre está quizás la clave de por qué su historia sigue siendo relevante décadas después de su muerte. No porque sea un ejemplo a seguir, sino porque es un ejemplo de algo que se repite.

La combinación de talento genuino con abuso del poder, de promesas sinceras con corrupción sistemática, de grandeza real con mediocridad moral. Esa combinación es un patrón que México ha visto antes y después de él. Sus hijos vivieron de maneras muy distintas el peso del apellido. José Ramón, el que fue llamado El orgullo del nepotismo, vivió durante años bajo esa sombra.

Carmen Beatriz administró durante mucho tiempo la Universidad del Claustro de Sorjuana, una institución que quedó envuelta en polémicas sobre los terrenos donde estaba construida. Paulina vivió más alejada de los reflectores y los hijos con Sasha, Nabila y Alexander crecieron con la doble herencia de un apellido poderoso y una historia familiar complicada.

Sasha Montenegro sobrevivió a su marido por 20 años. murió el 14 de febrero de 2024, el día de San Valentín, 3 días después del aniversario de la muerte de López Portillo. Hasta el final siguió siendo una figura polémica, alguien que vivió en los márgenes de la historia política mexicana sin ser del todo parte de ella ni del todo ajena.

La colina del perro que heredó ya había sido demolida años antes, convertida en condominios que no tenían nada que ver con nada de lo que ella había vivido. El México de hoy mira hacia atrás, hacia el sexenio de López Portillo, con una mezcla de fascinación y horror. Fascinación porque fue una época de contrastes extremos, de personajes que parecen sacados de una novela, de escándalos que superaban la ficción.

Horror, porque lo que esos contrastes y esos escándalos le hicieron a la vida real de millones de personas no fue ficción, fue deuda externa, fue inflación, fue ahorro evaporado, fue futuro robado. La colina del perro ya no existe. Las mansiones fueron demolidas, los terrenos fueron vendidos, los condominios que se construyeron ahí no guardan ninguna señal visible de lo que fueron.

Pero la historia que ese lugar representa no desaparece con la demolición física. Permanece en los libros, en los artículos, en los documentales, en las conversaciones de las familias que vivieron la crisis del 82 y que todavía hoy pueden decirte exactamente dónde estaban y qué estaban haciendo cuando el peso se devaluó 470% en un solo año.

Esa es la medida real legado de un presidente. No las estatuas, ni los monumentos, ni los nombres de calles, sino lo que queda vivo en la memoria de la gente que lo vivió. Y en el caso de López Portillo, lo que queda vivo es complejo, contradictorio y profundamente incómodo. Murió solo en un hospital en proceso de divorcio, con su familia dividida y con una ciudad que no salió a verlo pasar.

Ese final no fue accidental fue injusto. Fue la consecuencia lógica de una vida donde el poder fue puesto por encima de todo, por encima de la responsabilidad, por encima de la honestidad y por encima de las personas que más cerca estuvieron de él. El hombre que prometió administrar la abundancia no supo administrar su propia vida.

El que lloró pidiendo perdón nunca entendió verdaderamente a quién tenía que pedírselo. Y el que juró defender algo como un perro aprendió demasiado tarde que las promesas de quienes tienen el poder cuestan más que palabras cuando se rompen. Su historia no es la de un monstruo, es la de un hombre que tuvo todo y no supo qué hacer con ello, que confundió el poder con la impunidad, el cargo con la propiedad y el mandato temporal con el permiso permanente.

Una confusión que México pagó durante décadas y que en sus variantes sigue pagando hasta hoy. Y tal vez esa sea la razón por la que su historia no termina de cerrarse, porque no es una historia del pasado, es una advertencia del presente, una sobre lo que pasa cuando el poder no tiene límites reales, cuando la riqueza llega sin estructura, cuando el aplauso reemplaza a la rendición de cuentas, y cuando un hombre cree que puede defender al país como un perro, sin entender que lo que el país necesita no es un guardián feroz, sino

alguien que simplemente cumpla su palabra. ¿Crees que la historia fue justa con López Portillo o que lo que le pasó al final fue exactamente lo que merecía? Déjanos tu opinión en los comentarios, suscríbete, activa la campanita y comparte este video porque esta historia como México mismo todavía no termina de contarse. Sí.