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FRANCISCO JOSÉ I DE AUSTRIA, LUCES Y SOMBRAS DE UN EMPERADOR

PARTE 2

En 1853, el Imperio austríaco era una de las mayores potencias de Europa. Solo Rusia parecía superar su extensión e influencia.

Francisco José tenía veintidós años y llevaba cinco gobernando.

Su rostro juvenil, sus cabellos rubios y el uniforme ajustado de general despertaban admiración en los salones de Viena. Las jóvenes aristócratas soñaban con atraer su atención durante los bailes. Él disfrutaba de la música y danzaba con elegancia, pero nunca olvidaba que incluso el matrimonio era un asunto de Estado.

Antes de que su madre pudiera encontrarle esposa, el emperador estuvo a punto de perder la vida.

El 18 de febrero de 1853, paseaba por Viena acompañado por un ayudante. Se detuvo junto a una muralla para observar unos ejercicios militares.

Un joven nacionalista húngaro llamado János Libényi se acercó por detrás y levantó un cuchillo de cocina.

El atacante golpeó el cuello del emperador.

La hoja no penetró profundamente porque el rígido cuello del uniforme amortiguó el impacto. Francisco José cayó, pero no perdió el conocimiento. Su ayudante y un carnicero que se encontraba cerca redujeron al agresor.

La sangre manchó el uniforme imperial.

Cuando la archiduquesa Sofía llegó alarmada, encontró a su hijo sereno.

—Ahora también comparto una herida de guerra con mis soldados —dijo él.

Aquella reacción reforzó su imagen de hombre valiente y dueño de sí mismo.

Sin embargo, Sofía comprendió que era urgente asegurar la continuidad de la dinastía.

El emperador necesitaba esposa.

La archiduquesa buscó una princesa católica, saludable y perteneciente a una familia políticamente conveniente. No estaba dispuesta a permitir que el corazón de su hijo pusiera en peligro los intereses de Austria.

Francisco José ya había sufrido una decepción sentimental.

Durante un viaje a Berlín se había interesado por la princesa Ana de Prusia, sobrina del rey. La joven, sin embargo, estaba comprometida y además era protestante.

Sofía intentó intervenir, pero la corte prusiana rechazó cualquier cambio. Prusia no deseaba fortalecer a Austria mediante un matrimonio.

El emperador aceptó la derrota sin protestar.

Después se consideró a la princesa Sidonia de Sajonia. La alianza con Sajonia era conveniente, pero Francisco José no se sintió atraído por ella. La joven tenía una salud frágil y murió años después sin haberse casado.

Sofía dirigió entonces su atención hacia su propia familia.

Su hermana Ludovica de Baviera tenía varias hijas. La mayor, Elena, conocida familiarmente como Nené, era educada, religiosa y disciplinada. Parecía la candidata perfecta para convertirse en emperatriz.

Las dos madres organizaron un encuentro en Bad Ischl durante agosto de 1853, coincidiendo con el cumpleaños número veintitrés de Francisco José.

El plan era sencillo.

El emperador conocería a Elena, se anunciaría el compromiso y Austria reforzaría sus vínculos con Baviera.

Pero Ludovica decidió llevar también a su hija Isabel, de quince años, llamada Sisi.

Sisi no estaba preparada para una corte imperial. Había crecido con libertad en Possenhofen, rodeada de naturaleza, caballos y montañas. No dominaba el protocolo como su hermana mayor y prefería los paseos a las recepciones formales.

Cuando llegó a Bad Ischl, vestía de luto por la muerte reciente de una tía. Su cabello largo estaba recogido de forma sencilla. Parecía incómoda entre tantas miradas.

Francisco José la vio entrar.

Y todos los planes de su madre dejaron de importarle.

Durante la cena, apenas miró a Elena. Sus ojos seguían a Sisi por la sala. La muchacha bajaba la mirada, nerviosa, sin imaginar que el hombre más poderoso del imperio acababa de decidir su futuro.

Carlos Luis, hermano menor del emperador, observó la escena con celos. Él había mantenido una correspondencia afectuosa con Sisi e incluso habían intercambiado pequeños regalos.

Se acercó a su madre.

—No elegirá a Nené —susurró—. Desde que vio a Sisi, tiene la expresión de un hombre que ya ha tomado una decisión.

Sofía se resistió.

Sisi era demasiado joven, poco formada y caprichosa para la vida de Viena. Elena había sido educada precisamente para aquel papel.

Por primera vez, Francisco José se enfrentó de manera directa a su madre.

—Me casaré con Sisi o no me casaré con nadie.

Sofía comprendió que no podía obligarlo.

El compromiso se anunció poco después.

Sisi lloró al conocer la decisión. No porque rechazara al emperador, sino porque comprendía que su vida libre había terminado.

Durante los ocho meses siguientes, Francisco José le escribió cartas llenas de ternura. Estaba profundamente enamorado. Soñaba con formar junto a ella una familia que compensara la severidad de sus obligaciones.

Sisi intentaba corresponderle, pero cada lección de protocolo aumentaba su temor.

El 24 de abril de 1854, las campanas de Viena anunciaron la boda imperial.

Sisi caminó hacia el altar de la iglesia de los Agustinos vestida de blanco, rodeada de joyas, dignatarios y expectativas.

Francisco José la contemplaba con auténtica felicidad.

Creía que acababa de encontrar a la mujer que iluminaría su vida.

No comprendía que la misma corte que él consideraba su hogar se convertiría para ella en una prisión.

PARTE 3

La luna de miel tuvo lugar en el palacio de Laxenburg.

Sisi imaginaba paseos, conversaciones y días tranquilos junto a su esposo. Sin embargo, Francisco José se levantaba antes del amanecer, revisaba documentos, recibía ministros y trabajaba hasta la noche.

—El imperio no se detiene porque yo me haya casado —le explicó.

La joven emperatriz pasaba las horas sola, rodeada de damas desconocidas y vigilada por la archiduquesa Sofía.

Cada movimiento era corregido.

Sisi no podía caminar sin acompañamiento, elegir libremente su ropa ni abandonar una recepción cuando estaba cansada. Su suegra revisaba sus horarios, supervisaba sus habitaciones y juzgaba su comportamiento.

—Una emperatriz no vive según sus deseos —le recordaba Sofía.

—Entonces, ¿cuándo puede vivir?

La pregunta fue interpretada como una insolencia.

Francisco José quedaba atrapado entre las dos mujeres. Amaba a Sisi, pero consideraba a su madre la autoridad moral de su vida. Cuando surgía una discusión, casi siempre apoyaba a Sofía.

—Mi madre conoce la corte mejor que tú —decía.

—No necesito que me enseñe a respirar.

—Isabel, debes intentarlo.

—Siempre me pides a mí que lo intente. Nunca a ella.

El matrimonio comenzó a llenarse de silencios.

En 1855 nació su primera hija, Sofía Federica. Sisi apenas tuvo tiempo de sostenerla antes de que la archiduquesa Sofía organizara su crianza en habitaciones separadas.

La joven madre protestó.

Francisco José evitó enfrentarse a su madre.

Un año después nació Gisela. La situación se repitió.

Sisi se sentía como una invitada en la vida de sus propias hijas.

En la primavera de 1857, la pareja imperial viajó oficialmente a Hungría. Sisi insistió en llevar a las dos niñas, pese a las objeciones de su suegra.

Durante el viaje, ambas enfermaron.

Gisela se recuperó.

Sofía Federica, de dos años, murió entre fiebres.

Cuando Francisco José entró en la habitación, encontró a Sisi abrazada al cuerpo de la niña.

—Fue culpa mía —repetía ella.

—No podías saberlo.

—Tu madre me advirtió que no las llevara.

El emperador intentó consolarla, pero Sisi se apartó.

La muerte de su hija destruyó la frágil confianza que todavía existía entre ellos. La emperatriz se convenció de que había fracasado como madre. Dejó de luchar por la custodia de Gisela y se volvió más distante.

En agosto de 1858 nació finalmente el heredero varón.

Lo llamaron Rodolfo.

Francisco José se mostró orgulloso y ordenó que el recién nacido recibiera un rango militar honorífico. El futuro del imperio parecía asegurado.

Pero el emperador no comprendía que su hijo necesitaba algo más que títulos.

Necesitaba padres presentes.

Mientras la familia intentaba recuperarse de la tragedia, las tensiones internacionales aumentaron.

En 1859, Francia y el reino de Piamonte-Cerdeña se enfrentaron a Austria por el control del norte de Italia. Francisco José decidió asumir personalmente el mando de sus tropas.

Esperaba regresar victorioso.

En la batalla de Solferino, el ejército austríaco sufrió una derrota devastadora frente a las fuerzas de Napoleón III y Víctor Manuel II.

Miles de hombres murieron o quedaron heridos bajo el sol.

Cuando Francisco José recibió los informes, permaneció inmóvil.

Austria perdió Lombardía, una de las provincias más ricas del imperio.

El emperador regresó a Viena humillado.

Sisi intentó acercarse.

—Podrías contarme lo ocurrido.

—Son asuntos de gobierno.

—Soy tu esposa.

—No debes preocuparte por cuestiones militares.

Francisco José reservaba sus preocupaciones para su madre y trataba a Sisi como a una muchacha incapaz de comprender la política.

La emperatriz se sintió excluida.

Las discusiones con Sofía se volvieron más intensas. Sisi enfermaba cada vez que permanecía en Viena. Perdía peso, sufría insomnio y padecía crisis nerviosas que los médicos no lograban explicar.

Comenzó a viajar en busca de tratamiento.

Madeira, Corfú y otros destinos le ofrecían una libertad que no encontraba en el palacio.

Francisco José se quedó solo.

Al principio intentó convencerla para que regresara. Después comprendió que no podía controlarla. Empezó a concederle dinero, residencias, caballos y libertad para viajar.

No porque entendiera sus necesidades, sino porque deseaba evitar nuevos conflictos.

Los rumores sobre las aventuras del emperador comenzaron a circular por Viena. Sisi escuchó que su marido buscaba consuelo en otras mujeres.

No hubo una gran escena.

La distancia entre ambos era ya demasiado profunda.

El joven emperador que había desafiado a su madre por amor descubría que enamorarse no era suficiente para construir un matrimonio.

Y Sisi comenzó a comprender que, aunque Francisco José la amara, nunca la elegiría por encima de su deber.

PARTE 4

En 1863 murió el rey Federico VII de Dinamarca sin descendencia directa.

La sucesión de los ducados de Schleswig y Holstein provocó una crisis internacional. Prusia y Austria se aliaron para enfrentarse a Dinamarca.

En febrero de 1864 comenzó la guerra.

El conflicto terminó con una victoria de los dos aliados, pero la distribución de los territorios creó una rivalidad inmediata. Prusia, dirigida por el canciller Otto von Bismarck, deseaba controlar los estados alemanes y desplazar a Austria.

Francisco José desconfiaba de Bismarck, pero subestimó su determinación.

En 1866, Prusia y Austria entraron en guerra.

El conflicto duró apenas siete semanas.

El ejército austríaco fue derrotado en Königgrätz. Austria perdió su influencia sobre los estados alemanes y quedó excluida del proceso de unificación que, pocos años después, convertiría a Prusia en el centro del nuevo Imperio alemán.

Francisco José recibió la noticia de la derrota encerrado en su despacho.

Otra provincia perdida.

Otra humillación.

Otro golpe a la autoridad de los Habsburgo.

Sisi se encontraba lejos de Viena. Cuando regresaba, evitaba los actos oficiales o los abandonaba antes de tiempo. La corte la criticaba por dejar solo al emperador.

Francisco José soportaba ceremonias, audiencias y reuniones interminables. Se levantaba antes de las cinco de la mañana y trabajaba hasta la noche.

Se definía como el primer funcionario del Estado.

Sin embargo, existió una causa política que logró despertar el interés de Sisi: Hungría.

La emperatriz admiraba el carácter de los húngaros y se había ganado su afecto. Estudió su idioma y estableció una estrecha amistad con el conde Gyula Andrássy, uno de los principales dirigentes del país.

Después de años de represión, Hungría exigía recuperar sus derechos.

Sisi escribió a su esposo y lo presionó para que negociara.

—No puedes gobernarlos para siempre mediante el miedo —le dijo.

—No olvidaré la revolución.

—Ellos tampoco olvidarán las ejecuciones.

Francisco José se irritó, pero también entendió que el imperio se encontraba demasiado debilitado para afrontar otra rebelión.

En 1867 aceptó el Compromiso austrohúngaro.

Austria y Hungría se convirtieron en dos estados vinculados bajo un mismo monarca, con gobiernos y parlamentos propios en ciertos asuntos.

El 8 de junio de 1867, Francisco José y Sisi fueron coronados rey y reina de Hungría en Budapest.

El pueblo húngaro recibió a Sisi como a una heroína.

Por primera vez, el emperador permitió que su esposa influyera en una decisión de gran importancia.

Durante la ceremonia, la observó con orgullo. Vestida con un traje húngaro y cubierta de joyas, Sisi parecía haber encontrado el lugar que Viena nunca le había ofrecido.

—Hoy todos te aman —le dijo Francisco José.

—Porque hoy he podido ser útil.

Aquella breve reconciliación quedó ensombrecida pocas semanas después.

Llegó la noticia de que el archiduque Maximiliano, hermano menor del emperador, había sido ejecutado en México.

Maximiliano había aceptado años antes la corona del Segundo Imperio mexicano. Su esposa Carlota lo acompañó, convencida de que podrían construir una monarquía moderna.

Francisco José había obligado a su hermano a renunciar a sus derechos dinásticos antes de partir. Desconfiaba de la aventura y también temía que el popular Maximiliano pudiera convertirse en una alternativa liberal frente a su propio gobierno.

Sisi y la archiduquesa Sofía habían intentado convencer a Maximiliano para que no viajara.

Él no las escuchó.

En 1867, las fuerzas republicanas lo capturaron en Querétaro. Fue condenado y ejecutado.

Cuando Francisco José recibió el telegrama, cerró la puerta de su despacho.

Nadie lo vio llorar.

Su madre, en cambio, quedó destruida.

Maximiliano había sido su hijo favorito.

—Debiste impedir que partiera —le reprochó a Francisco José.

—Lo intenté.

—Le arrebataste sus derechos y lo dejaste solo.

El emperador soportó aquellas palabras sin defenderse.

Sofía se retiró progresivamente de la vida pública. Perdió la energía que durante décadas había utilizado para dirigir a su familia y a la corte.

Cinco años después, murió tras una larga enfermedad.

Francisco José permaneció junto a su cama durante sus últimas horas.

—Todo lo que soy se lo debo a usted —le dijo.

Sofía lo miró con debilidad.

—Te preparé para gobernar. Quizá olvidé prepararte para ser feliz.

Su muerte dejó al emperador sin la única persona cuya autoridad había aceptado siempre.

Tenía cuarenta y un años.

Había perdido guerras, territorios, una hija y un hermano.

Su esposa vivía cada vez más lejos.

Y por primera vez desde su ascenso al trono, Francisco José debía tomar decisiones sin escuchar la voz de su madre.

PARTE 5

En abril de 1868 nació María Valeria, la última hija de Francisco José y Sisi.

La niña llegó al mundo en Budapest y fue considerada un regalo para Hungría. Sisi la llamó su hija húngara y se ocupó personalmente de su crianza.

La diferencia con Gisela y Rodolfo era evidente.

Sisi acompañaba a María Valeria, supervisaba sus estudios y la llevaba consigo en sus viajes. Rodolfo observaba aquel afecto con resentimiento.

Francisco José también adoraba a la niña. María Valeria se parecía a él, lo que ayudó a silenciar los rumores maliciosos que atribuían su paternidad al conde Andrássy.

No existían pruebas de una infidelidad por parte de Sisi.

En cambio, las aventuras amorosas del emperador eran conocidas en ciertos círculos de la corte.

Francisco José había pasado años prácticamente solo. Su esposa evitaba Viena y rechazaba la vida matrimonial. Él buscó compañía en mujeres discretas, generalmente alejadas de los grandes escándalos públicos.

Se habló incluso de hijos nacidos fuera del matrimonio, aunque muchas de aquellas historias nunca pudieron demostrarse.

En diciembre de 1873, durante las celebraciones por el vigésimo quinto aniversario de su llegada al trono, Francisco José asistió al teatro junto a Sisi.

Sobre el escenario actuaba Katharina Schratt, una joven actriz de veinte años.

El emperador quedó impresionado.

Durante una década apenas volvieron a verse, pero cuando Katharina fue contratada por el Teatro Imperial, Francisco José comenzó a asistir con frecuencia a sus representaciones.

La actriz era inteligente, agradable y sabía conversar sin exigirle nada.

Sisi se dio cuenta del interés de su esposo.

Lejos de mostrarse celosa, alentó la amistad. Incluso regaló al emperador un retrato de Katharina.

—Necesitas a alguien que te acompañe cuando yo no esté —le dijo.

Francisco José la miró con tristeza.

—Preferiría que fueras tú.

Sisi no respondió.

Katharina terminó convirtiéndose en una presencia estable en la vida del emperador. Desayunaban juntos, paseaban y hablaban de asuntos cotidianos. Ella no intentaba intervenir en política ni competir con Sisi.

La familia se refería a ella como la amiga.

La sociedad vienesa, menos discreta, la llamó la emperatriz sin corona.

Francisco José encontraba junto a Katharina una normalidad que jamás había conocido. En su presencia podía hablar del clima, del teatro o de la comida sin que cada palabra tuviera consecuencias diplomáticas.

Pero ninguna compañía podía protegerlo de la tragedia que se aproximaba.

El príncipe heredero Rodolfo había crecido bajo una educación militar extremadamente severa. Inteligente, sensible y liberal, chocaba constantemente con su padre.

Francisco José esperaba que su hijo obedeciera.

Rodolfo deseaba reformas.

—El imperio no puede sobrevivir ignorando a sus pueblos —le advirtió.

—El imperio ha sobrevivido durante siglos gracias a la autoridad.

—No puedes gobernar el futuro como gobernaste en 1848.

—Mientras yo sea emperador, no toleraré que el heredero cuestione públicamente a la Corona.

Las discusiones se volvieron frecuentes.

El matrimonio de Rodolfo con la princesa Estefanía de Bélgica tampoco fue feliz. Ambos tuvieron una hija, Isabel María, pero se distanciaron pronto.

Rodolfo se refugió en excesos, amistades peligrosas y relaciones amorosas.

Francisco José observaba su comportamiento con desaprobación.

—Necesita ayuda —le dijo Sisi.

—Necesita disciplina.

—La disciplina casi lo destruyó cuando era niño.

—Será emperador. No puede vivir según sus emociones.

Sisi negó con la cabeza.

—Eso mismo dijiste de mí.

En enero de 1889, el mundo de Francisco José se derrumbó.

Rodolfo fue encontrado muerto en el pabellón de caza de Mayerling junto a la joven baronesa María Vetsera.

La versión oficial habló de suicidio, aunque las circunstancias quedaron rodeadas de dudas y secretos.

Un ayudante entró en el despacho imperial al amanecer.

—Majestad, ha ocurrido una desgracia.

Francisco José lo miró.

—¿Mi hijo?

El hombre no pudo responder.

El emperador comprendió.

Durante horas, la corte trató de ocultar los detalles. Era necesario permitir un funeral religioso y evitar un escándalo político.

Francisco José se encerró.

Katharina Schratt acudió a Schönbrunn y permaneció cerca, sin exigir explicaciones.

Sisi huyó de Viena poco después. Vestida de negro, viajó sin descanso, incapaz de permanecer en los lugares que le recordaban a su hijo.

Francisco José se quedó para afrontar las consecuencias.

Rodolfo había sido su único heredero varón.

También era el hijo al que nunca había sabido comprender.

—Debí escucharlo —confesó una noche.

Katharina no intentó consolarlo con mentiras.

—Tal vez.

El emperador bajó la cabeza.

Aquella sola palabra contenía una verdad que nadie en la corte se atrevía a decirle.

PARTE 6

Después de Mayerling, Francisco José envejeció.

Continuó trabajando con la misma disciplina, pero su rostro perdió la firmeza juvenil. Cada mañana atravesaba los pasillos de Schönbrunn antes del amanecer y se sentaba frente a montañas de documentos.

El imperio debía continuar, aunque su familia se desmoronara.

Sisi viajaba constantemente. Visitaba Grecia, Suiza, Inglaterra y las costas del Mediterráneo. Rechazaba las fotografías, evitaba las ceremonias y ocultaba su rostro detrás de abanicos y sombrillas.

Francisco José la esperaba.

En su despacho conservaba los retratos íntimos que ella le había regalado. En aquellas pinturas, Sisi aparecía con el cabello suelto, lejos de la imagen oficial de emperatriz.

Aunque su matrimonio se había convertido en una relación distante, el emperador nunca dejó de amarla.

El 10 de septiembre de 1898, Sisi se encontraba en Ginebra.

Se dirigía hacia un barco cuando un anarquista italiano llamado Luigi Lucheni se abalanzó sobre ella y la hirió con una lima afilada.

La emperatriz creyó que solo había recibido un golpe. Continuó caminando y subió a bordo.

Poco después se desplomó.

La herida había penetrado en el corazón.

Murió lejos de Viena, acompañada por una dama de confianza.

Cuando el telegrama llegó a Schönbrunn, Francisco José estaba trabajando.

Leyó el mensaje y quedó inmóvil.

—Majestad… —comenzó un ayudante.

El emperador levantó la mano.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Nadie sabrá jamás cuánto amé a esa mujer.

Había perdido a la muchacha de quince años que un día entró en Bad Ischl y destruyó todos los planes de su madre.

También había perdido la esperanza secreta de que algún día regresara definitivamente.

En el funeral, Francisco José caminó detrás del féretro con el rostro rígido. Los ciudadanos de Viena lloraban a la emperatriz rebelde que durante años habían criticado.

Katharina Schratt permaneció lejos de las ceremonias públicas.

Nunca intentó ocupar el lugar de Sisi.

Después de la muerte de Rodolfo, Francisco José se ocupó especialmente de su nieta Isabel María. La joven había quedado en una situación familiar difícil y el emperador se convirtió en su protector.

Le concedió una importante dote e intervino para que pudiera casarse con el hombre que amaba.

Con sus nietos, Francisco José mostraba una ternura que sus propios hijos rara vez habían recibido.

Los niños podían entrar en su despacho, sentarse junto a él y contarle problemas pequeños. El emperador abandonaba por unos minutos los documentos y escuchaba.

Gisela tenía cuatro hijos. María Valeria, nueve. A ellos se sumaba Isabel María.

—Eres un abuelo distinto al padre que fuiste —le dijo Gisela en una ocasión.

Francisco José no se ofendió.

—Cuando vosotros erais pequeños, creía que el tiempo dedicado al Estado era más importante.

—¿Y ahora?

El anciano emperador observó a uno de sus nietos jugando cerca de la ventana.

—Ahora sé que el Estado nunca agradece los sacrificios.

Tras la muerte de Rodolfo, la sucesión pasó a la rama de su hermano Carlos Luis. Como este no deseaba asumir el enorme peso de la Corona, su hijo Francisco Fernando se convirtió en heredero.

La relación entre el emperador y su sobrino fue difícil.

Francisco Fernando tenía un carácter fuerte y planes propios para reformar el imperio. Además, se enamoró de la condesa checa Sofía Chotek, una mujer que no pertenecía a una familia reinante.

Según las normas dinásticas, no era considerada adecuada para casarse con el futuro emperador.

Francisco José se opuso.

—Puedes amar a quien desees —le dijo—, pero el heredero no puede ignorar las leyes de la Casa.

—No renunciaré a ella.

—Entonces renuncia a tus derechos.

Francisco Fernando se negó.

Durante años mantuvo su decisión, enfrentándose al emperador y a la corte. Finalmente, presionado por miembros de la familia y por otros soberanos europeos, Francisco José autorizó el matrimonio.

La condición fue cruel.

La unión sería morganática. Sofía no compartiría plenamente el rango de su esposo y sus hijos quedarían excluidos de la sucesión.

Francisco Fernando aceptó.

El día de la boda, el emperador no asistió.

Sin embargo, con el paso del tiempo, comenzó a respetar la fidelidad de su sobrino. Francisco Fernando había defendido a la mujer que amaba de una manera que Francisco José nunca había sabido defender a Sisi frente a su madre.

El anciano emperador reconoció aquella diferencia, aunque jamás la expresó en voz alta.

PARTE 7

En 1908, Austria-Hungría anunció la anexión de Bosnia y Herzegovina.

Serbia reaccionó con furia. Los nacionalistas serbios consideraban aquellos territorios parte de su proyecto político y veían a los Habsburgo como ocupantes.

La tensión creció durante años.

Francisco José, ya anciano, recibía informes preocupantes, pero confiaba en que la diplomacia y la fuerza militar evitarían una crisis mayor.

El 28 de junio de 1914, Francisco Fernando y su esposa Sofía realizaron una visita oficial a Sarajevo.

Era el aniversario de una fecha sagrada para el nacionalismo serbio.

Varios conspiradores esperaban a lo largo del recorrido.

Uno de ellos lanzó una bomba contra el automóvil del archiduque. El artefacto rebotó y explotó bajo otro vehículo, causando numerosos heridos.

Francisco Fernando insistió en continuar con el programa.

Después pidió visitar a los heridos en el hospital.

Un error en la ruta obligó al conductor a detenerse cerca de una cafetería. Allí se encontraba Gavrilo Princip, un nacionalista serbobosnio de diecinueve años.

Princip sacó una pistola y disparó.

Sofía fue herida primero.

Francisco Fernando se inclinó hacia ella.

—Sofía, no mueras. Vive por nuestros hijos.

Poco después, ambos habían muerto.

El telegrama llegó a Viena.

Francisco José lo recibió con una expresión difícil de interpretar. Había mantenido una relación tensa con su sobrino, pero comprendía que el asesinato no era solo una tragedia familiar.

Podía incendiar Europa.

—Todo vuelve a empezar —murmuró.

Los militares exigieron castigar a Serbia. Alemania prometió apoyar a Austria-Hungría. Rusia protegía a los serbios. Francia estaba aliada con Rusia. Gran Bretaña observaba la crisis con preocupación.

Francisco José firmó un ultimátum extremadamente severo.

Serbia aceptó casi todas las condiciones, pero no todas.

El 28 de julio de 1914, Austria-Hungría declaró la guerra.

Los jóvenes marcharon hacia las estaciones entre bandas de música y multitudes que los despedían con flores. Muchos creían que regresarían antes de Navidad.

Francisco José firmó la proclamación con mano temblorosa.

—Lo he examinado todo —dijo—. No había otro camino.

Pero sí había dudas.

La guerra se extendió con rapidez. Alemania atacó a Francia. Rusia movilizó sus tropas. Gran Bretaña entró en el conflicto. Millones de hombres fueron enviados al frente.

Las primeras noticias de victorias fueron reemplazadas por listas interminables de muertos.

El emperador continuaba su rutina.

Se levantaba de madrugada, asistía a misa, revisaba informes y recibía a los mandos militares. Incluso con fiebre se negaba a descansar.

—Majestad, debe cuidar su salud —le advirtió un médico.

—Mientras mis soldados estén en las trincheras, no hablaré de comodidad.

Sin embargo, el imperio no estaba preparado para una guerra tan larga. Había escasez de alimentos, descontento entre las nacionalidades y dificultades en todos los frentes.

Gisela convirtió parte de su residencia en un hospital para soldados heridos.

María Valeria visitaba a su padre con frecuencia.

Katharina Schratt continuaba siendo una compañía discreta, aunque el paso del tiempo también había cambiado su relación.

Francisco José tenía más de ochenta años.

Una tarde recibió una lista de bajas.

Leyó cientos de nombres.

—¿Cuántas madres recibirán hoy una carta? —preguntó.

Nadie respondió.

El anciano emperador cerró los ojos.

Recordó a Sofía Federica, muerta con dos años.

A Maximiliano frente a un pelotón en México.

A Rodolfo en Mayerling.

A Sisi en Ginebra.

A Francisco Fernando y su esposa en Sarajevo.

Su reinado había comenzado con una revolución y se acercaba al final en medio de una guerra mundial.

El hombre que había dedicado su vida a mantener unido el imperio comenzaba a comprender que quizá estaba presenciando su destrucción.

PARTE 8

En noviembre de 1916, el frío llegó pronto a Viena.

Francisco José padecía una grave infección respiratoria. Tosía de manera constante y apenas podía mantenerse en pie, pero se negaba a abandonar su escritorio.

—Todavía tengo trabajo —decía.

Los médicos insistían en que debía guardar cama.

El emperador revisaba informes militares, firmaba documentos y preguntaba por el frente. A sus ochenta y seis años, seguía creyendo que descansar era una forma de irresponsabilidad.

María Valeria acudió a Schönbrunn y permaneció junto a él.

—Papá, el imperio puede esperar unas horas.

Francisco José la miró con cansancio.

—El imperio nunca espera.

—Entonces que espere por primera vez.

Él sonrió débilmente.

La fiebre aumentó.

El 21 de noviembre, recibió los últimos sacramentos. Los miembros de la familia se reunieron en el palacio. Los criados caminaban en silencio por los pasillos.

Francisco José pidió que lo ayudaran a sentarse.

—Debo levantarme temprano mañana —murmuró—. Aún queda mucho por hacer.

Poco después, cerró los ojos.

Murió en su austera cama de Schönbrunn, el mismo palacio donde había nacido ochenta y seis años antes.

Había gobernado durante casi sesenta y ocho años.

Su sucesor fue su sobrino nieto Carlos, un hombre joven que heredó una guerra perdida, un imperio hambriento y una monarquía al borde del colapso.

El funeral de Francisco José reunió a reyes, príncipes, militares y ciudadanos.

El féretro recorrió las calles de Viena entre soldados y campanas. Miles de personas se arrodillaron al paso del cortejo.

Para muchos, el emperador había sido una figura constante desde antes de que nacieran. Habían crecido viendo su rostro en oficinas, escuelas, estaciones y monedas.

Parecía imposible que ya no estuviera.

Fue enterrado en la Cripta Imperial de los Capuchinos, junto a Sisi y Rodolfo.

Según la tradición, el maestro de ceremonias golpeó la puerta de la cripta.

Desde el interior, una voz preguntó:

—¿Quién solicita entrar?

El representante imperial recitó todos los títulos de Francisco José: emperador de Austria, rey de Hungría, rey de Bohemia y soberano de numerosos territorios.

La voz respondió:

—No lo conocemos.

Llamaron una segunda vez.

Esta vez enumeraron sus honores y condecoraciones.

—No lo conocemos.

A la tercera llamada, la respuesta fue más sencilla.

—Francisco José, un hombre mortal y pecador, solicita entrar.

La puerta se abrió.

Aquel ritual resumía la verdad que el emperador había olvidado durante gran parte de su vida.

Detrás de los uniformes, los títulos y las coronas siempre había existido un hombre.

Un hombre educado para obedecer antes de aprender a pensar por sí mismo.

Un muchacho de dieciocho años colocado en un trono durante una revolución.

Un esposo que amó profundamente a Sisi, pero que nunca supo protegerla de la corte.

Un padre que exigió disciplina cuando sus hijos necesitaban afecto.

Un hermano que vio morir a Maximiliano en México.

Un padre que sobrevivió a Rodolfo.

Un viudo que conservó durante años los retratos de la mujer que jamás dejó de amar.

Francisco José gobernó mediante el deber.

Se levantaba antes del amanecer, trabajaba durante horas y firmaba miles de documentos. Creía que el esfuerzo personal podía sostener un imperio formado por pueblos que deseaban caminos diferentes.

Durante décadas consiguió retrasar el derrumbe.

Pero no pudo evitarlo.

Dos años después de su muerte, la monarquía de los Habsburgo desapareció. Austria-Hungría se fragmentó y nuevas naciones surgieron de sus territorios.

Los palacios permanecieron.

Las coronas quedaron guardadas.

Los retratos del anciano emperador continuaron colgados en edificios que ya no le pertenecían.

Su legado quedó dividido entre luces y sombras.

Había mostrado una disciplina extraordinaria, una valentía personal indudable y un sentido del deber que pocos podían igualar.

También había gobernado con dureza, reprimido aspiraciones nacionales y tardado demasiado en comprender que la fuerza no podía reemplazar para siempre al consentimiento.

Amó a Sisi, pero permitió que su madre controlara los primeros años del matrimonio.

Amó a Rodolfo, pero nunca aceptó la sensibilidad ni las ideas de su hijo.

Adoró a sus nietos, quizá porque con ellos intentó reparar el tiempo que no había dedicado a sus propios hijos.

En su vejez reconoció algunas de aquellas pérdidas, pero ya era demasiado tarde para cambiar el pasado.

Katharina Schratt lo acompañó sin reclamar una corona.

Gisela lo sostuvo cuando la familia se derrumbaba.

María Valeria estuvo junto a su cama en sus últimos momentos.

Sisi permaneció en los retratos de su despacho, joven y hermosa, como la muchacha que había visto por primera vez en Bad Ischl.

Francisco José creyó durante toda su vida que un emperador debía sacrificarlo todo por el Estado.

Sacrificó su juventud.

Sacrificó su matrimonio.

Sacrificó la cercanía con sus hijos.

Y finalmente vio cómo el Estado al que había entregado su existencia se desmoronaba a su alrededor.

Sin embargo, nunca abandonó su puesto.

Incluso enfermo, anciano y agotado, continuó trabajando.

Esa fue su grandeza.

Y también su condena.

Francisco José I de Austria no fue únicamente el rostro de un imperio desaparecido.

Fue el hombre que intentó detener el tiempo mediante el deber, sin comprender que ningún soberano, por poderoso que sea, puede impedir que el mundo cambie.

Cuando murió, no terminó solo un reinado.

Terminó una época.

FIN

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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