EL DÍA EN QUE MI HERMANA Y YO DEBÍAMOS ELEGIR ESPOSO, RENACÍ CON LA CAPACIDAD DE ESCUCHAR PENSAMIENTOS… Y LA DEJÉ QUEDARSE CON EL HOMBRE QUE ME HABÍA MATADO

PARTE 2
Nuestra boda se celebró seis semanas después.
Doble ceremonia.
Mis padres pensaban que aquello simbolizaba una alianza perfecta entre dos familias.
Para mí parecía una representación teatral donde casi todos ignoraban el verdadero guion.
Samantha estaba encantada.
Vestido de encaje.
Velo enorme.
Sonrisa triunfal.
Leonardo llegó antes que nadie.
Ayudó personalmente a mi hermana a bajar del coche.
Le besó la mano.
Las invitadas suspiraban.
—Qué atento.
—Samantha ha tenido muchísima suerte.
—Se nota que la adora.
Yo escuchaba pensamientos distintos.
Cuando Samantha se aferró a su brazo, Leo pensó:
—Demasiado ansiosa. La otra era más fácil.
Contuve la respiración.
“La otra.”
Yo.
Leonardo también recordaba.
No tenía ninguna duda.
Busqué a Fernando.
No estaba.
Exactamente igual que en mi primera vida.
Entonces Samantha se acercó.
—¿Tu novio todavía no aparece?
—Mi marido.
—Eso.
Sonrió.
—Qué pena empezar así.
Su pensamiento fue mucho más cruel.
—Esta noche dormirás sola. Después empezarán los desprecios.
En mi primera vida, Samantha había perdido los nervios cuando Fernando faltó a parte de la ceremonia.
Había discutido con su suegra.
Había llorado delante de invitados.
Después se pasó meses intentando recuperar una reputación que ella misma había destruido.
Yo no cometería el mismo error.
Cuando comenzaron los murmullos, pedí un micrófono.
—Fernando ha tenido que resolver una incidencia empresarial urgente relacionada con uno de los hoteles del grupo. Me ha pedido que os transmita sus disculpas.
La madre de Fernando, doña Mercedes Valcárcel, me observó con atención.
Era una mujer de sesenta años acostumbrada a juzgar hasta la manera en que alguien sostenía una copa.
En mi primera vida nunca le agradó Samantha.
Aquella tarde su expresión hacia mí cambió.
Aprobación.
La ceremonia continuó.
Fernando apareció justo antes del banquete.
Entró discretamente.
Se acercó.
—Siento el retraso.
—No pasa nada.
Me miró, quizá esperando una discusión.
No llegó.
—He explicado que estabas trabajando.
—Gracias.
Escuché entonces algo muy débil.
—No está enfadada.
Su pensamiento.
Finalmente podía escucharlo.
Pero parecía funcionar de manera irregular.
Fernando volvió a pensar:
—Quizá todavía no me conoce.
Durante la cena, Samantha intentó sabotearme.
Lo supe porque oí cada paso antes de que ocurriera.
—Cuando Raquel pase junto a mí, moveré la silla.
Me desvié justo a tiempo.
Samantha terminó golpeándose ella misma con la mesa y derramando parte de su bebida.
Mercedes frunció el ceño.
—Ten más cuidado.
—Ha sido Raquel.
La miré sorprendida.
—Ni siquiera estaba a tu lado.
Varias personas lo confirmaron.
Samantha apretó los labios.
Leo la ayudó.
—No pasa nada, cariño.
Pero en su mente escuché:
—Qué torpe.
Mi hermana lo miraba como si fuera un santo.
Yo empezaba a comprender el verdadero tamaño de su error.
Aquella noche Fernando y yo llegamos al apartamento que la familia Valcárcel había preparado para nosotros en el barrio de Salamanca.
Él se quitó la chaqueta.
Parecía exhausto.
—Puedes utilizar el dormitorio principal —dije.
Fernando se detuvo.
—¿Y tú?
—Dormiré en la otra habitación.
—¿No esperabas una noche de bodas?
—Esperaba un matrimonio conveniente.
Su expresión cambió.
—Al menos eres sincera.
—Creo que podemos llevarnos bien si dejamos claras las reglas.
—¿Reglas?
—No intentaré controlar tu vida. Tú no controlarás la mía. Delante de nuestras familias mantendremos las apariencias necesarias. Fuera de eso, cada uno puede construir sus propios proyectos.
Fernando se quedó mirándome.
—¿Y si algún día uno quiere terminar el acuerdo?
—Lo hablaremos.
Por primera vez sonrió ligeramente.
—Eso suena demasiado razonable para nuestras familias.
Escuché su pensamiento.
—No me teme.
Después otro.
—Eso es nuevo.
Le entregué una taza de té.
—Buenas noches, Fernando.
—Buenas noches, Raquel.
Entré en mi habitación.
Cerré.
Y apoyé la espalda contra la puerta.
Había sobrevivido al primer día.
Pero faltaban cuatro años para la fecha aproximada de su muerte.
Y en algún lugar de Madrid, Leonardo Valcárcel ya estaba preparando algo.
PARTE 3
Las primeras semanas de matrimonio fueron sorprendentemente tranquilas.
Fernando salía temprano.
Regresaba tarde.
Yo trabajaba en la empresa familiar por las mañanas y dedicaba las tardes a un proyecto que llevaba años queriendo desarrollar.
En mi primera vida había abandonado mis planes profesionales.
Leo decía que no necesitaba trabajar.
—Yo puedo darte todo.
Parecía romántico.
Ahora entendía que había sido una forma de volverme dependiente.
Esta vez quería algo propio.
Había detectado una oportunidad en el sector inmobiliario.
Una plataforma capaz de analizar viviendas mediante datos de mercado, características de la zona, reformas necesarias y comportamiento histórico para generar valoraciones mucho más precisas.
Lo llamé NexoCasa.
Todavía era solo una carpeta llena de cálculos.
Una noche Fernando regresó antes de lo habitual.
Me encontró en la cocina rodeada de papeles.
—¿Qué haces?
—Trabajando.
—Eso lo veo.
Se acercó.
—¿En qué?
Le expliqué la idea.
Esperaba indiferencia.
Escuché otra cosa.
—Esto es muy bueno.
Fernando tomó uno de los documentos.
—¿Has hecho tú estas proyecciones?
—Sí.
—¿Y el modelo?
—Con ayuda de un antiguo compañero de universidad.
Continuó leyendo.
Su pensamiento me sorprendió.
—¿Por qué nadie habla de ella como hablan de Samantha?
Después dijo:
—Podría funcionar.
—¿De verdad?
—Necesitas mejorar la parte comercial.
—Lo sé.
—Y la estimación de costes tecnológicos es demasiado optimista.
Sentí una pequeña decepción.
Entonces añadió:
—Pero la idea es excelente.
Sonreí.
—Gracias.
Fernando me miró un segundo más de lo necesario.
Escuché:
—Tiene una sonrisa preciosa.
Me atraganté con el agua.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
A partir de aquella noche empezó a ayudarme.
No con dinero.
Yo había sido clara.
Quería financiar la primera fase con mis ahorros.
Pero Fernando conocía empresarios, inversores y abogados.
Me enseñó a analizar contratos.
A preparar reuniones.
A detectar preguntas peligrosas.
Poco a poco dejamos de ser dos desconocidos compartiendo una vivienda.
Una mañana lo encontré intentando preparar tortilla francesa.
Estaba completamente destrozada.
—Eso parece una agresión contra los huevos.
Fernando la miró.
—Tenía intención de cocinar.
—¿Primera vez?
—No.
Escuché:
—Sí.
Me reí.
—Muévete.
Le enseñé.
Terminamos desayunando juntos.
Después ocurrió otra cosa.
Sus pensamientos comenzaron a volverse más claros para mí.
Descubrí que Fernando no era un hombre violento.
En mi primera vida Samantha hablaba de “maltrato”, pero nunca daba detalles.
Ahora comprendí algo incómodo.
Parte de aquello había sido exagerado por mi hermana.
Fernando era seco.
Se encerraba cuando se enfadaba.
Había aprendido desde niño a reprimir cualquier emoción.
Su padre había sido extremadamente duro con él.
—Un Valcárcel no llora.
—Un Valcárcel no duda.
—Un Valcárcel manda.
Fernando había crecido convencido de que mostrar cariño era mostrar debilidad.
Una noche estábamos viendo una serie cuando escuché:
—Esto es agradable.
Lo miré.
Él seguía mirando la pantalla.
—¿Qué?
—Nada.
Volvió a pensar:
—Parece una casa de verdad.
Sentí un nudo en la garganta.
Entonces comprendí que aquel hombre que todos consideraban helado estaba profundamente solo.
Mientras nuestra relación mejoraba, la de Samantha comenzaba a deteriorarse.
En las comidas familiares mi hermana seguía mostrando una sonrisa perfecta.
Pero yo escuchaba su mente.
—Leo otra vez llegó a las cuatro.
—No me responde los mensajes.
—¿Por qué mira tanto a Raquel?
Eso último me preocupó.
Leo, efectivamente, me observaba.
No con afecto.
Con sospecha.
Durante una cena se acercó cuando Fernando estaba hablando con su madre.
—Pareces feliz.
—Lo estoy.
Leo sonrió.
—Qué inesperado.
Escuché su pensamiento inmediatamente.
—Ella no debería estar actuando así.
Después:
—¿También recuerda?
Sentí un escalofrío.
No respondí.
—¿Y Samantha? —pregunté.
—Perfecta.
Su mente dijo:
—Agotadora.
Me alejé.
Aquella noche le dije a Fernando:
—No confío en tu hermano.
Él levantó la vista.
—Yo tampoco.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre.
Fernando se acercó a la ventana.
—Leo sabe hacer que todo el mundo piense que es inocente.
—¿Tienes pruebas de algo?
—No.
Pensó:
—Todavía.
Yo sí sabía lo que ocurriría si no hacíamos nada.
Pero no podía decir:
“En otra vida tu hermano te mató.”
Todavía no.
Así que hice algo distinto.
—Entonces empecemos a mirar.
Fernando se volvió.
—¿Juntos?
—Juntos.
Su pensamiento me llegó con una claridad absoluta.
—Me gusta demasiado escuchar esa palabra cuando la dice ella.
PARTE 4
Tres meses después, NexoCasa tenía su primera versión funcional.
Fernando se convirtió en mi asesor no oficial.
Yo me negaba a llamarlo socio.
—Todavía.
Él fingía molestarse.
—Después de todas las horas que te he regalado.
—Te pago con cenas.
—Entonces me estás explotando.
Lo decía sin sonreír.
Pero yo escuchaba su mente.
—Ojalá me pida ayuda otra vez mañana.
Nuestra relación empezó a cambiar.
El primer beso ocurrió una noche de noviembre.
Estábamos revisando una presentación en el salón.
Yo levanté la vista.
Fernando me estaba observando.
Escuché:
—Díselo.
Después:
—No. Va a pensar que eres un idiota.
—Fernando.
Se sobresaltó.
—¿Sí?
—¿Qué ocurre?
Nada.
—Nada.
Su mente gritaba lo contrario.
—Me estoy enamorando de mi propia esposa. Qué situación tan absurda.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—No quiero que este matrimonio siga siendo únicamente un acuerdo.
Fernando se quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
—Creo que lo sabes.
Sus pensamientos se volvieron un caos.
—¿Ella también?
—No puede ser.
—No arruines esto.
Me acerqué.
—Quiero intentarlo.
—¿Intentar qué?
—Ser un matrimonio de verdad.
Por primera vez vi miedo en su rostro.
—Raquel, yo no soy fácil.
—Yo tampoco.
—No sé hacer ciertas cosas.
—Aprenderemos.
Su voz bajó.
—¿Y si te decepciono?
Tomé su mano.
—Entonces hablaremos.
Fernando me besó con una cautela que no encajaba en absoluto con el hombre frío que todos describían.
Aquella noche no ocurrió nada más.
No hacía falta.
Por primera vez desde que había renacido, sentí que mi segunda vida podía convertirse en algo más que una misión para evitar una muerte.
Podía ser realmente mía.
La felicidad duró poco.
Una semana después Samantha apareció en nuestra casa.
Lloraba.
Llevaba manga larga pese a que dentro hacía calor.
—Necesito quedarme aquí.
Fernando se tensó.
—¿Qué ha pasado?
Mi hermana me miró.
Su pensamiento era confuso.
—No puede ser que ella sea feliz.
Después apareció otro.
—Tengo miedo.
Me acerqué.
—Samantha.
Intentó apartarse.
La manga subió.
Había marcas en su brazo.
No pregunté detalles.
—¿Leo te ha hecho daño?
Comenzó a llorar.
—Se enfada.
Fernando dio un paso adelante.
—¿Desde cuándo?
—Hace meses.
Su pensamiento me reveló mucho más.
—Dice que antes yo era distinta.
—Dice que en la otra vida obedecía más.
Sentí que el estómago se cerraba.
—¿Ha hablado de otra vida?
Samantha levantó la cabeza.
—¿Cómo sabes eso?
No respondí.
Fernando nos observaba.
Mi hermana comenzó a temblar.
—Leo dice cosas que no entiendo. Que esta vez tenía que salir todo mejor. Que tú no deberías estar con Fernando.
Ya no podía ocultarlo.
Esa noche, después de que Samantha se quedara dormida en la habitación de invitados, se lo conté todo.
El renacimiento.
Nuestra primera vida.
Mi matrimonio con Leo.
La muerte de Fernando.
Mi propia muerte.
La capacidad de escuchar pensamientos.
Fernando permaneció callado.
Yo esperaba incredulidad.
Escuché:
—Eso explica demasiadas cosas.
—¿Me crees?
—Sí.
—¿Así de fácil?
—Has respondido preguntas que jamás hice en voz alta.
Me quedé inmóvil.
Fernando sonrió ligeramente.
—No soy estúpido, Raquel. Llevo meses sospechando que sabes cosas antes de que ocurran.
Después su expresión cambió.
—¿Mi hermano me mata?
—No sé exactamente cómo.
Respiré.
—Solo sé que enfermaste de forma repentina y él heredó tu posición.
Fernando caminó hasta la ventana.
—Entonces tenemos que averiguarlo.
—Sí.
—Y sacar a Samantha de ahí.
Lo miré sorprendida.
—Después de todo lo que te hizo en la otra vida…
—No recuerdo esa vida.
Se giró.
—Pero ahora está aquí. Y si Leo la está dañando, necesita salir.
Escuché su pensamiento.
—Es hermana de Raquel. Eso la convierte también en mi familia.
Tuve que apartar la mirada para que no me viera llorar.
En mi primera vida yo creía haber elegido al hombre bueno.
Ahora estaba empezando a entender que quizá nunca había conocido realmente a ninguno de los dos.
PARTE 5
La separación de Samantha y Leonardo se convirtió en una guerra.
Mi hermana no quería denunciar inmediatamente.
Tenía miedo.
También sentía vergüenza.
Durante meses había presumido de que Leo era el marido perfecto.
Había provocado nuestra supuesta “competición”.
Había disfrutado imaginando que yo sufriría con Fernando.
Ahora debía admitir que todo se había invertido.
—No quiero que nadie sepa —dijo.
—Lo importante es que estés segura.
Fernando habló con abogados especializados.
No amenazó a Leo.
Eso habría sido un error.
Simplemente comenzamos a documentar.
Mensajes.
Movimientos financieros extraños.
Amenazas escritas.
Testimonios.
Mientras tanto, mi habilidad me proporcionaba información que jamás habría podido conseguir de otra manera.
Pero había un problema.
Un pensamiento no es una prueba.
Yo podía saber dónde buscar.
No podía presentarme ante un juez diciendo que había escuchado la mente de alguien.
Así que utilizamos aquello como un mapa.
Una tarde, durante una reunión familiar, Leo se acercó a Fernando.
—Tenemos que revisar unas operaciones del grupo.
—Mándame los documentos.
—Mejor hablamos en privado.
Escuché:
—Tiene que firmar antes de descubrir las sociedades.
Me acerqué.
—Fernando, recuerda que tenemos una videollamada.
Leo me miró.
—Siempre tan pendiente.
—Me gusta organizarme.
Su pensamiento fue inmediato.
—Sabe algo.
Después:
—Tendré que adelantar el plan.
Cuando llegamos a casa se lo dije a Fernando.
—Está preparando documentos.
—¿Qué clase?
—Sociedades. Algo que quiere que firmes.
Fernando llamó a su equipo jurídico.
Durante las siguientes semanas descubrieron movimientos preocupantes.
Facturas infladas.
Empresas vinculadas a terceros.
Operaciones que parecían diseñadas para dejar determinadas responsabilidades bajo la firma de Fernando mientras otros beneficiarios permanecían ocultos.
En el centro de varias conexiones aparecía un antiguo socio de Leonardo.
No bastaba para acusarlo de un delito.
Pero sí para impedir que Fernando firmara nada sin revisión.
Leo se enfureció.
Samantha, mientras tanto, seguía en nuestra casa.
Un día entró en mi despacho.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Tú sabías que esto iba a pasar?
La miré.
Era momento de decir la verdad.
—Recordaba algo.
Le conté que yo también había renacido.
Samantha palideció.
—Entonces sabes…
—Sé cómo morimos.
Comenzó a llorar.
—Yo te maté.
No respondí.
—Lo siento.
Su pensamiento era aún más doloroso.
—No esperaba morir también.
—Solo quería quitarle todo.
Me senté frente a ella.
—No puedo fingir que eso no ocurrió.
—Lo sé.
—Pero tampoco voy a castigarte por algo que todavía no has hecho en esta vida.
Samantha lloró más.
—Yo elegí a Leo porque quería tu vida.
—Ya lo sé.
—Pensé que era bueno.
—Yo también lo pensé.
—Y quería que tú sufrieras con Fernando.
—También lo sé.
Me miró.
—¿Cómo puedes ayudarme?
Pensé en Fernando.
—Porque alguien tiene que romper el ciclo.
Mi hermana se quedó en silencio.
Aquella fue la primera conversación sincera que tuvimos en muchos años.
Dos días después, Fernando recibió un paquete en su oficina.
Dentro había documentación relacionada con una inversión internacional.
Leo insistía en que debía firmarse con urgencia.
Fernando se negó.
Esa noche cenamos con la familia Valcárcel.
Leo estaba demasiado tranquilo.
Escuché su mente.
—Si los documentos no funcionan, habrá que utilizar el otro método.
Después apareció una imagen mental asociada a una palabra.
“Medicación.”
Se me heló la sangre.
En mi primera vida Fernando había muerto después de semanas de deterioro extraño.
No necesité saber más.
Tomé su brazo.
—Nos vamos.
Fernando vio mi cara.
No preguntó.
Se levantó.
Leo sonrió.
—¿Tan pronto?
—Tenemos asuntos pendientes.
Cuando salíamos, escuché el pensamiento de Leo.
—Otra vez ella.
Entonces lo comprendí.
No solo quería eliminar a Fernando.
También había descubierto que yo era la pieza que estaba desordenando todo su plan.
PARTE 6
A partir de aquella noche dejamos de comer o beber cualquier cosa que llegara de personas vinculadas a Leonardo.
No convertimos nuestra vida en paranoia.
Pero Fernando llevó la situación a su equipo de seguridad y a sus abogados.
La investigación interna del Grupo Valcárcel se aceleró.
Aparecieron documentos que demostraban intentos de falsificación de firmas.
Correos alterados.
Transferencias a intermediarios.
Leo había creado una red compleja para desviar dinero mientras preparaba a Fernando como responsable visible.
El plan de mi primera vida comenzaba a mostrarse.
Fernando no había muerto simplemente dejando una herencia inesperada.
Primero alguien había estado construyendo su caída empresarial.
Después llegó su enfermedad.
Leonardo pretendía quedarse con un imperio limpio después de destruir la reputación del hermano mayor.
Samantha fue llamada a declarar dentro de la investigación interna.
Tenía miedo.
—Si hablo, vendrá a por mí.
Fernando respondió:
—No estarás sola.
Mi hermana lo miró.
En otra vida lo había odiado.
Ahora estaba viendo al hombre que yo había descubierto.
—Gracias.
Leo intentó contactar con ella durante días.
Primero mensajes dulces.
“Vuelve a casa.”
“Podemos arreglarlo.”
Después amenazas disfrazadas.
“Estás cometiendo un error.”
“Fernando no podrá protegerte siempre.”
Finalmente cometió el error que necesitábamos.
Envió un mensaje hablando directamente de documentos que Samantha “no debía haber visto”.
Ella jamás había mencionado ningún documento.
Los abogados aprovecharon aquello.
En paralelo, la investigación detectó que alguien había intentado conseguir acceso irregular a determinados suministros a través de una empresa intermediaria relacionada con un empleado de confianza de Leo.
No voy a entrar en detalles.
Lo importante es que, por primera vez, existían indicios suficientes para que las autoridades analizaran el asunto seriamente.
Leo fue llamado a declarar.
Negó todo.
Entonces ocurrió nuestra última confrontación.
Fue en las oficinas del grupo, después de una reunión extraordinaria del consejo.
Leo salió del ascensor.
Nos encontró a Fernando, Samantha y a mí.
Sonrió.
—Qué bonita reunión familiar.
Samantha retrocedió.
Fernando se colocó delante.
—No te acerques.
Leo soltó una carcajada.
—Siempre jugando a ser el protector.
Su mente era un incendio.
—Todo debería haber sido mío.
—En la otra vida funcionó.
—¿Por qué esta vez no?
Lo miré.
—Porque esta vez te vimos antes.
Leo quedó inmóvil.
Fernando giró ligeramente la cabeza hacia mí.
Samantha también.
Había dicho demasiado.
Pero necesitaba ver su reacción.
—¿Qué has dicho? —preguntó Leo.
—Sabes perfectamente lo que he dicho.
Su rostro perdió el color.
—Tú recuerdas.
Fernando dio un paso adelante.
—Así que es verdad.
Leo comprendió que había caído.
Intentó corregirse.
—No sé de qué estáis hablando.
Pero ya no importaba.
Samantha empezó a llorar.
—Tú también recordabas.
Leo la miró con desprecio.
—Claro.
—Entonces sabías lo que me ocurrió.
—Tú elegiste esto.
—¡Porque pensé que eras diferente!
Leo se rio.
—En la otra vida Raquel sabía mantenerse en su sitio.
Sentí náuseas.
Fernando cerró los puños.
Yo tomé su brazo.
No necesitábamos una pelea.
Necesitábamos que Leo siguiera hablando.
—¿Y Fernando? —pregunté—. ¿También debía morir igual?
Leo sonrió.
—No podéis demostrar nada.
Ahí estaba.
No una confesión completa.
Pero suficiente para confirmar nuestras sospechas.
Además, la conversación estaba siendo registrada por el sistema de seguridad corporativa en una zona común.
Los abogados ya lo sabían.
Leo se dio cuenta demasiado tarde.
Durante las semanas siguientes, el caso avanzó.
Las autoridades reunieron documentación relacionada con falsificaciones, amenazas y movimientos financieros.
Leonardo fue apartado de cualquier función dentro de la empresa mientras continuaba la investigación.
La separación de Samantha siguió adelante.
Mi hermana dejó la casa matrimonial definitivamente.
Y Fernando permaneció vivo.
Cada mañana que despertábamos y lo veía respirar a mi lado sentía algo imposible de explicar.
En mi primera vida el tiempo corría hacia su muerte.
En esta, por primera vez, habíamos cambiado el reloj.
PARTE 7
Seis meses después, nuestra vida era irreconocible.
NexoCasa había conseguido su primera ronda importante de inversión.
No provenía de Fernando.
Eso era importante para mí.
Había inversores externos que creían realmente en el proyecto.
Contratamos doce personas.
Después veinte.
Firmamos acuerdos con agencias inmobiliarias en Madrid, Valencia y Málaga.
Una tarde entré en nuestra oficina y encontré a Fernando hablando con un grupo de desarrolladores.
—¿Qué haces aquí?
—Me han invitado.
—¿Quién?
Uno de los programadores levantó la mano.
—Yo.
Fernando sonrió.
—Parece que aquí sí me quieren.
Su pensamiento decía:
—Especialmente espero que ella.
Me acerqué.
—Depende del día.
Él me besó en la frente.
Nuestra relación ya no tenía nada de conveniente.
Nos habíamos mudado a una casa propia lejos de las residencias familiares.
No pertenecía a los Valcárcel.
Ni a los Montenegro.
Era nuestra.
Samantha también empezó de nuevo.
El proceso fue más difícil.
Durante semanas apenas salía.
Tenía pesadillas.
Se culpaba por haber elegido conscientemente a Leo.
También seguía cargando con los recuerdos de nuestra primera vida.
Empezó terapia.
Volvió a trabajar.
Se instaló en un apartamento pequeño en Chamberí.
Una tarde vino a verme.
Traía dos cafés.
—Tengo algo que decirte.
—Eso suena peligroso.
Sonrió débilmente.
—He solicitado trabajo.
—¿Dónde?
—En una agencia de comunicación.
—¿Y?
—Me han contratado.
La abracé.
Samantha se quedó quieta.
Después me devolvió el abrazo.
Escuché su pensamiento.
—Quizá todavía pueda ser alguien sin competir con ella.
Me separé.
—Claro que puedes.
Me miró extrañada.
—¿Qué?
—Nada.
Todavía no le había confesado hasta qué punto podía escuchar pensamientos.
No siempre.
No todos.
Pero suficientemente.
Leo seguía afrontando sus procesos legales y empresariales.
La imagen del hombre encantador se había desmoronado.
Muchos familiares que antes lo defendían afirmaban ahora que siempre habían sospechado algo.
Mentían.
La mayoría había preferido su sonrisa a la severidad de Fernando.
Mercedes, su madre, pasó por una etapa especialmente difícil.
Una noche nos pidió cenar.
—Cometí errores con mis hijos.
Fernando no respondió.
—A ti te exigimos demasiado.
Miró a su hijo mayor.
—Y a Leo le perdonamos demasiado porque pensábamos que había sufrido por las circunstancias de su nacimiento.
Fernando mantuvo la mirada baja.
—Eso ya no puede cambiarse.
—No.
Mercedes respiró.
—Pero puedo dejar de repetirlo.
Fue una conversación incómoda.
Real.
Fernando salió de allí extrañamente tranquilo.
En el coche escuché:
—Esperé veinte años escuchar eso.
Tomé su mano.
—¿Estás bien?
—Sí.
Después añadió:
—Mejor que antes.
El aniversario de nuestra boda llegó casi sin darnos cuenta.
Fernando reservó una mesa en un pequeño restaurante de Madrid.
Nada de hoteles de lujo.
Nada de fotógrafos.
Cenamos durante dos horas.
Después caminamos por calles casi vacías.
—Tengo una pregunta —dijo.
—Peligroso.
—Si pudieras volver otra vez al día en que nos elegimos…
Lo miré.
—¿Cambiarías algo?
Pensé en mi primera vida.
En Leo.
En Samantha.
En la muerte.
En el miedo.
Después pensé en la segunda.
En nuestra cocina.
En NexoCasa.
En Fernando aprendiendo a preparar tortilla sin destruirla.
—Sí.
Su expresión se apagó ligeramente.
—¿Qué?
—Habría elegido tu mano antes.
Fernando se quedó quieto.
Su pensamiento llegó inmediatamente.
—No llores.
Después:
—Vas a llorar.
Y finalmente:
—La quiero más de lo que sé decir.
Lo abracé.
—Yo también.
Él se separó sorprendido.
—¿También qué?
Sonreí.
—Nada.
—Raquel.
—Vamos a casa.
Empezó a sospechar.
Yo sabía que tarde o temprano tendría que contarle toda la verdad sobre mi habilidad.
Pero había aprendido algo importante.
Poder escuchar los pensamientos de una persona no significaba conocerla.
La primera vez pensé que Leo era bueno porque escuchaba sus palabras.
La segunda descubrí que Fernando era bueno porque observé sus decisiones.
Al final, eran las acciones las que realmente importaban.
PARTE 8
Han pasado cinco años desde aquel segundo comienzo.
Fernando sigue vivo.
A veces todavía me despierto durante la noche y lo observo dormir.
Él protesta cuando lo descubre.
—Es inquietante.
—Solo compruebo que sigues aquí.
—Podrías preguntarlo.
—Estás dormido.
—Entonces espera a que despierte.
No sabe lo que significa para mí cada cumpleaños que supera la edad en la que murió en nuestra primera vida.
O quizá sí.
Finalmente le conté toda la verdad sobre mi capacidad de escuchar pensamientos.
Ocurrió de una manera ridícula.
Estábamos desayunando.
Fernando miró mis tostadas.
Pensó:
—Si se distrae, le robo una.
Antes de que moviera la mano, retiré el plato.
Él se quedó inmóvil.
—Raquel.
—¿Qué?
—Llevas años haciendo eso.
—¿Hacer qué?
—Responder cosas que no he dicho.
Intenté fingir.
Duró aproximadamente treinta segundos.
Finalmente confesé.
Fernando escuchó todo.
Después permaneció en silencio.
—¿Entonces escuchas mis pensamientos?
—A veces.
—¿Desde cuándo?
—Desde el día que renací.
Se levantó de la mesa.
Yo estaba preparada para una crisis.
Él comenzó a caminar por la cocina.
—Eso significa que…
Su cara se puso roja.
Yo sabía exactamente qué estaba recordando.
—Sí.
—¿Todos?
—Muchos.
—Los de nuestra primera noche…
—Algunos.
Fernando se cubrió la cara.
—Quiero desaparecer.
Empecé a reír.
—No es gracioso.
—Un poco.
—¿Y cuando cocinábamos?
—También.
—¿Cuando trabajábamos juntos?
Asentí.
Fernando me señaló.
—Eso es hacer trampas.
—No sabía apagarlo.
—¿Y ahora?
—He aprendido bastante.
Se quedó pensando deliberadamente:
—No le voy a decir que sigue estando preciosa cuando se enfada.
Sonreí.
—Te he oído.
Fernando cerró los ojos.
—Perfecto.
Desde entonces convirtió mi habilidad en un juego.
A veces piensa cosas absurdas solo para comprobar si reacciono.
Otras veces intenta dejar la mente completamente en blanco.
Nunca lo consigue.
NexoCasa creció mucho más de lo que imaginé.
Hoy trabaja en varias ciudades españolas.
Ya no soy “la hija de los Montenegro”.
Ni “la mujer de Fernando Valcárcel”.
Soy Raquel Montenegro, fundadora de mi propia empresa.
Fernando conserva su posición dentro del grupo familiar, pero reorganizó gran parte de su estructura.
Hay controles.
Auditorías independientes.
Nadie vuelve a concentrar tanto poder sin supervisión.
Lo que ocurrió con Leo cambió también la cultura de aquella empresa.
Samantha reconstruyó su vida lentamente.
No volvió a casarse.
Al menos todavía.
Dice que no tiene prisa.
Trabaja en comunicación corporativa y se ha vuelto sorprendentemente buena.
Nos vemos cada dos semanas.
Algunas veces discutimos.
Seguimos siendo hermanas.
Pero ya no competimos por cada cosa.
Hace poco, durante una comida, me dijo:
—Tengo que confesarte algo.
—Dime.
—Cuando volvimos, te odiaba.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes.
Casi me reí.
—Créeme.
Samantha continuó.
—Pensaba que me habías robado una vida perfecta. Cuando vi la oportunidad de elegir a Leo, sentí que por fin iba a ganar.
—Y después descubriste que mi vida anterior tampoco era lo que parecía.
—Sí.
Miró su café.
—Supongo que ninguna de las dos conocía realmente a nuestros maridos.
—No.
—Yo convertí a Fernando en un monstruo porque no me quería de la manera que esperaba.
—Y yo convertí a Leo en un santo porque sabía fingir exactamente lo que yo quería ver.
Samantha asintió.
—Qué estúpidas éramos.
—Bastante.
Sonrió.
Después su pensamiento llegó suavemente.
—Me alegro de que ella sobreviviera.
No dije nada.
Solo tomé su mano.
Leonardo recibió finalmente una condena relacionada con fraude empresarial, falsificación y amenazas derivadas de los hechos investigados. Otras acusaciones no pudieron probarse suficientemente y quedaron fuera.
Nunca conseguimos demostrar de forma concluyente qué ocurrió exactamente en nuestra primera vida.
Ya no lo necesito.
Fernando está aquí.
Eso basta.
Mis padres también cambiaron.
No por completo.
Las personas no se transforman únicamente porque la vida les dé una lección.
Pero dejaron de intentar decidir nuestro futuro.
Mi padre tardó meses en aceptar que yo no incorporaría NexoCasa al grupo Montenegro.
—Sería más fuerte dentro de nuestra estructura.
—Precisamente quiero que sea mía.
—Eres mi hija.
—Y por eso deberías entenderlo.
Finalmente cedió.
Mi madre ahora presume de mi empresa delante de sus amigas.
Me hace gracia porque durante años pensó que Samantha era la hija destinada a destacar socialmente.
Pero ya no necesito demostrar nada.
Una noche de primavera, Fernando y yo estábamos en nuestra terraza.
Madrid brillaba a lo lejos.
Él llevaba unos documentos.
—Tenemos la aprobación.
—¿Para qué?
Me entregó una carpeta.
Era el proyecto de ampliación de nuestra casa.
Una habitación adicional.
Lo miré.
—¿Por qué?
Fernando parecía nervioso.
Su pensamiento llegó antes que sus palabras.
—Quiero formar una familia con ella, pero no quiero presionarla.
Me quedé callada.
Él frunció el ceño.
—Otra vez esa cara.
—¿Qué cara?
—La de saber algo que yo todavía no he dicho.
Me acerqué.
—Entonces dilo.
Fernando respiró.
—¿Te gustaría que algún día fuéramos más?
—¿Más qué?
—Más familia.
Sonreí.
—Sí.
Su mente explotó de alegría.
Me eché a reír.
—No hace falta que grites.
—No he gritado.
—Por dentro sí.
Fernando abrió mucho los ojos.
—Eso sigue siendo injusto.
Me abrazó.
Aquella noche pensé en la primera vez que viví aquel día.
Había creído que el destino era una línea recta.
Samantha debía casarse con Fernando.
Yo con Leonardo.
Fernando moriría.
Leo heredaría.
Mi hermana me odiaría.
Y nosotras terminaríamos destruyéndonos.
La segunda vez pensé que mi misión era vengarme.
Dejar que Samantha eligiera al hombre equivocado.
Salvar a Fernando.
Superar a todos.
Pero tampoco fue eso.
Renacer no me enseñó a vengarme.
Me enseñó a elegir.
Elegir mi propio trabajo.
Elegir mi independencia.
Elegir ayudar a una hermana que en otra vida me había matado.
Elegir no convertir a Fernando en el monstruo que otros describían.
Y elegir marcharme de la vida que Leo intentaba controlar antes de que pudiera volver a destruirla.
Si existe algo parecido al destino, quizá no sea una sentencia.
Quizá sea simplemente el punto desde el que empezamos.
Lo que ocurre después depende de nuestras decisiones.
Samantha creyó que me había arrebatado al marido perfecto.
En realidad me liberó de él.
Yo pensé que Fernando era únicamente la opción menos peligrosa.
Terminó convirtiéndose en el hombre que más respetó mi libertad.
Y él pensó que yo era una esposa conveniente que algún día terminaría marchándose.
Cinco años después seguimos aquí.
Juntos.
No porque una familia decidiera que debíamos casarnos.
No porque una segunda vida nos obligara.
Sino porque, después de saber exactamente lo que podía salir mal, nos elegimos de nuevo.
Esta vez de verdad.
Antes de dormir, Fernando suele pensar alguna frase esperando que yo la escuche.
Aquella noche fue sencilla.
—Gracias por quedarte.
Apagué la luz.
Me acerqué y apoyé la cabeza sobre su pecho.
—Siempre escuchas las cosas importantes —murmuró.
—Solo algunas.
—Entonces escucha esta.
Esperé.
Su pensamiento llegó tranquilo.
—En cualquier vida, volvería a elegirte.
Sonreí.
Y por primera vez desde que desperté por segunda vez frente a aquella mesa, supe que no necesitaba una tercera oportunidad.
Esta vida era suficiente.
FIN