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DURANTE TRES MESES EL REY ALFA CREYÓ QUE SU LUNA EMBARAZADA HABÍA HUIDO CON SUS ENEMIGOS… HASTA QUE SIGUIÓ UN VÍNCULO CASI MUERTO BAJO LA NIEVE Y LA ENCONTRÓ ABRAZADA A NUEVE CACHORROS QUE HABÍA MANTENIDO VIVOS TODA LA NOCHE

PARTE 2

Mientras yo aprendía a sobrevivir en Bloodwood, Julieta regresó a Iron Ridge con una historia preparada.

Una historia construida alrededor de cosas que Leoric ya temía.

Eso fue lo que la hizo funcionar.

Leoric no era un hombre ingenuo.

Pero había pasado años sobreviviendo a:

traiciones.

rebeliones.

alianzas rotas.

Su mayor defecto era simple.

Cuando alguien conseguía convencerlo de que había sido traicionado, dejaba de preguntar y empezaba a defenderse.

Julieta llevó una carta.

Supuestamente escrita por mí.

Decía:

“Leoric,

no puedo criar a mis hijos bajo un rey que convierte cada frontera en guerra.

He pedido ayuda a mi antigua manada.

Cuando leas esto ya estaremos lejos.

No nos busques.”

Había detalles privados.

Expresiones que yo utilizaba.

Incluso una pequeña mancha de tinta en el lugar donde siempre apoyaba la mano al escribir.

Después apareció una de mis capas cerca del paso norte.

Sangre animal sobre el borde.

Junto a ella encontraron documentos con el sello de Hollow Creek, mi antigua manada.

Todo parecía indicar:

huida.

alianza.

traición.

Arthur, Beta de Leoric, pidió continuar buscando.

—No tenemos cuerpo.

Leoric respondió:

—Porque está viva.

—Entonces deberíamos encontrarla.

—Ha elegido marcharse.

—O alguien quiere que pensemos eso.

Leoric golpeó la mesa.

—Basta.

Arthur obedeció públicamente.

En privado siguió buscando.

Yo no sabía nada.

Mis primeros días en la cueva fueron simples.

Sobrevivir al frío.

Recogía nieve limpia.

La derretía sobre pequeñas brasas.

Encontré un arroyo parcialmente congelado más abajo.

Utilicé ramas de pino para cubrir la entrada.

Después:

musgo.

tela.

piedras.

Aprendí qué corrientes de aire debía bloquear y cuáles necesitaba conservar para que el humo pudiera salir.

La comida era peor.

Los suministros que me dejaron duraron menos de dos semanas.

Encontré:

raíces.

frutos secos olvidados bajo hojas.

alguna liebre atrapada con un lazo improvisado.

Nunca suficiente.

Pero sí algo.

Mi loba comenzó a regresar lentamente después de casi veinte días.

Primero:

una sensación.

Después:

un pensamiento.

Finalmente escuché a Eira.

Débil.

Lejana.

Viva.

“Leoric.”

Intentamos llamarlo.

La conexión era:

una puerta cubierta por hielo.

Yo empujaba.

Nada.

Una noche sentí algo al otro lado.

Muy breve.

Pensé que lo había imaginado.

—¿Leoric?

Nada.

Mi embarazo avanzaba.

El vientre crecía demasiado rápido.

Sabía que no podía seguir buscando un camino de regreso a pie.

Había intentado dos veces bajar hacia el sur.

La primera tormenta me hizo regresar.

La segunda vez encontré huellas de lobos salvajes.

No de manada.

La cueva, al menos, podía defenderla.

Comencé a almacenar:

madera seca.

agua.

trozos de tela.

plantas medicinales que Maelis me había enseñado a reconocer.

No porque creyera que podía sustituir a una sanadora.

Porque sabía que mis hijos terminarían naciendo allí si nadie llegaba.

Mientras tanto, Arthur encontró el primer error.

El sello de Hollow Creek en los documentos era verdadero.

Pero el papel:

no.

Hollow Creek había cambiado de proveedor dos años antes.

Los documentos supuestamente recientes estaban impresos sobre papel antiguo.

Después apareció algo peor.

Una doncella llamada Miriam recordó:

—La noche que la Luna desapareció, yo no preparé su té.

Maelis dijo:

—Yo tampoco envié ninguno.

La taza había aparecido sin registro de cocina.

Arthur interrogó a los sirvientes.

Un mozo recordó ver:

dos caballos desconocidos.

Un guardia admitió:

Julieta había pedido abrir una puerta lateral.

La historia empezó a romperse.

Pero Leoric todavía se resistía.

Porque aceptar que yo no había huido significaba aceptar algo peor.

Que mientras él me llamaba traidora, quizá yo había estado esperando que viniera.

PARTE 3

La verdad llegó desde un hombre llamado Bram.

Antiguo guardia de la casa Harrington.

Arthur lo encontró escondido en una aldea del oeste.

Bram no era inocente.

Había participado.

Había ayudado a transportar mi cuerpo inconsciente.

Cuando supo que Julieta pretendía eliminar también a los dos hombres que conocían demasiado, huyó.

Arthur lo llevó ante Leoric.

Bram habló durante casi una hora.

—La señora Julieta consiguió la droga a través de comerciantes del sur.

—¿Qué droga? —preguntó Leoric.

—Silvershade.

Maelis palideció.

—¿Qué hace?

—Debilita la transformación y puede amortiguar los vínculos de manada durante semanas.

Leoric quedó inmóvil.

Bram continuó.

Contó:

el té.

el carruaje.

Bloodwood.

la carta.

la capa.

—¿La matasteis?

—No.

—¿Dónde la dejasteis?

—En las montañas.

—¿En qué punto?

Bram negó.

—La tormenta nos obligó a cambiar ruta. Cerca del antiguo camino minero.

Leoric se levantó.

Arthur lo detuvo.

—Si sales ahora sin mapa, perderemos otra patrulla.

Leoric giró con los ojos dorados.

—Durante tres meses estuvo allí.

—Y ahora necesitas encontrarla, no castigar el bosque.

Esa noche Leoric entró solo en nuestra habitación.

Todo seguía igual.

Mi libro abierto.

un peine.

la manta que yo utilizaba junto al fuego.

Por primera vez desde mi desaparición dejó de intentar bloquear el vínculo.

Durante meses había sentido mi ausencia como una herida.

La rabia le había permitido interpretar aquel vacío como una decisión mía.

Ahora se sentó.

Cerró los ojos.

Y llamó.

“Beatriz.”

Muy lejos, yo me desperté dentro de la cueva.

Mi cuerpo entero se tensó.

Eira levantó la cabeza dentro de mí.

“Leoric.”

Una presión débil apareció en mi pecho.

Lloré.

Intenté responder.

“Estoy aquí.”

No sabía si llegó.

En Iron Ridge, Leoric cayó de rodillas.

Arthur lo encontró minutos después.

—¿Qué pasó?

Leoric levantó la cabeza.

—Está viva.

Aquella misma madrugada salieron:

Leoric.

Arthur.

Maelis.

doce exploradores.

dos rastreadores.

Bram.

No cabalgaron directamente hacia una cueva milagrosa.

Buscaron.

Durante cuatro días.

Examinaron:

caminos.

campamentos.

huellas.

antiguas minas.

Leoric seguía sintiendo pequeños tirones.

Más fuertes cuando avanzaban hacia el noreste.

Más débiles cuando se desviaban.

Mientras tanto, mis contracciones comenzaron.

Primero pensé que eran falsas.

Después llegó la segunda.

Más fuerte.

Miré la entrada de la cueva.

Nieve.

Viento.

Oscuridad.

—No esta noche.

Los cachorros no escucharon.

Preparé:

agua.

tela.

manta.

fuego.

Maelis me había explicado meses atrás qué hacer si el parto empezaba antes de llegar la sanadora.

Nunca imaginó esto.

No voy a recordar aquella noche como algo hermoso.

Tuve miedo.

Mucho.

Pero no estaba completamente sola.

Eira seguía conmigo.

Y cada vez que pensaba:

“no puedo”,

sentía otra pequeña vida obligándome a seguir.

El primero nació cerca de medianoche.

Después:

el segundo.

el tercero.

Perdí toda idea del tiempo.

Al amanecer había nueve.

Nueve pequeñas criaturas.

Algunas lloraban.

otras apenas emitían sonido.

Las limpié.

envolví.

coloqué contra mi cuerpo.

Mi fuego empezaba a morir.

La madera restante estaba húmeda.

El viento entraba por una grieta que no podía cerrar.

Yo estaba agotada.

Así que hice lo único que todavía podía hacer.

Me tumbé alrededor de ellos.

Puse:

tres contra mi pecho.

dos junto al abdomen.

cuatro entre mantas contra mi costado.

Y utilicé mi propio cuerpo para conservar el calor.

—Respirad.

No sé cuántas veces lo dije.

—Solo respirad.

PARTE 4

Leoric encontró la primera señal aquella misma mañana.

Un trozo de tela atrapado entre ramas.

Azul oscuro.

Parte de uno de mis vestidos.

Bram lo reconoció.

—Ella llevaba ese color.

Leoric olió.

Nada.

Demasiado tiempo.

Pero el vínculo respondió.

Una punzada.

Arthur señaló hacia una ladera.

—Las cuevas antiguas están arriba.

La tormenta empeoró.

Los caballos no podían continuar.

Siguieron a pie.

Maelis protestó:

—Si Beatriz está allí y ha dado a luz, necesitaremos una forma de bajarla.

Arthur respondió:

—Primero tenemos que encontrarla.

Tres horas después un rastreador encontró:

ramas cortadas.

ceniza antigua.

una huella casi cubierta.

Subieron.

La entrada de mi cueva estaba parcialmente bloqueada por:

nieve endurecida.

piedras.

ramas.

Por dentro yo escuché algo.

Un golpe.

Después otro.

Pensé que era:

viento.

roca.

delirio.

Entonces una voz.

—¡BEATRIZ!

Abrí los ojos.

No podía moverme.

Leoric.

Intenté responder.

Solo salió:

aire.

Golpes.

Piedras desplazándose.

Luz.

Una antorcha atravesó la abertura.

Leoric entró primero.

Nunca olvidaré su cara.

No parecía un rey.

Parecía un hombre que acababa de encontrar:

todo lo que había perdido

y todavía no sabía si podía salvarlo.

—Beatriz.

Cayó de rodillas.

Yo intenté hablar.

—Los…

Él me tocó la mejilla.

—No hables.

Me vio:

pálida.

temblando.

casi inmóvil.

Pensó que llegaba tarde.

Apoyó la cabeza contra mi pecho.

Escuchó.

Mi corazón.

Entonces algo debajo de mi brazo hizo:

un pequeño gemido.

Leoric quedó congelado.

Levantó lentamente la manta.

Un rostro diminuto.

Después otro.

Después:

otro.

—¿Qué…?

Maelis entró.

—Aparta.

—Hay…

—Leoric, apártate.

La sanadora empezó a contar.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Siete.

Ocho.

Nueve.

Leoric repitió:

—Nueve.

Maelis revisó cada cachorro.

—Vivos.

Todos.

Uno está muy frío.

Otro necesita alimentarse pronto.

Arthur apareció en la entrada.

Miró la escena.

Por primera vez en quince años de servicio junto a Leoric se quedó sin palabras.

Yo conseguí decir:

—Pensé que no venías.

Leoric cerró los ojos.

Aquella frase lo destruyó.

—Beatriz…

—Te llamé.

—Lo sé.

—Todos los días.

Leoric apoyó la frente sobre mi mano.

—Lo sé ahora.

No le dije:

“te perdono.”

No aquella mañana.

Estaba demasiado cansada.

Y algunas heridas merecen tiempo antes de que alguien intente cerrarlas.

Maelis organizó el descenso.

Yo no podía caminar.

Fabricaron una camilla.

Cada cachorro fue:

envuelto.

marcado con una cinta diferente.

transportado cerca de mi cuerpo o por Maelis.

Leoric quiso llevarme él.

Arthur dijo:

—No puedes llevar a Beatriz y proteger nueve cachorros.

Leoric respondió:

—Entonces lleva tú mi espada.

Y me levantó.

Durante el descenso no habló.

Solo repetía de vez en cuando:

—Te tengo.

La primera vez no respondí.

La tercera dije:

—Ahora sí.

PARTE 5

El regreso a Iron Ridge no fue una celebración.

No inmediatamente.

Fue:

sanadores.

calor.

comida.

sueño.

silencio.

Los nueve cachorros sobrevivieron.

Eso sorprendió incluso a Maelis.

—Fueron muy resistentes.

Yo respondí:

—Son Rutherford.

Leoric estaba junto a la cama.

—También Holloway.

Lo miré.

Era la primera frase amable que intercambiábamos desde mi regreso.

Nuestros hijos eran:

cinco niños.

cuatro niñas.

Pequeños.

ruidosos.

hambrientos.

La manada empezó a llamarlos:

“los Nueve de la Nieve.”

Yo odiaba el nombre.

Parecía una leyenda.

Ellos eran bebés.

No símbolos.

Mientras me recuperaba, Leoric investigó todo.

Julieta fue arrestada.

No ejecutada sin juicio.

No desapareció mágicamente en una mazmorra.

Se reunió:

consejo.

testimonios.

registros.

comerciantes.

Bram.

los hombres que finalmente fueron encontrados.

La falsificación.

La droga.

Todo.

Julieta negó primero.

Después culpó a:

su padre.

la política.

el futuro de Iron Ridge.

—Beatriz no tenía sangre adecuada para dar herederos fuertes.

Leoric respondió:

—Acaba de sobrevivir tres meses en Bloodwood y mantener vivos a nueve.

Creo que tu argumento ha envejecido mal.

Pero su traición no era mi problema principal.

Leoric sí.

Una noche se sentó junto a mi cama.

Los cachorros dormían en dos grandes cunas.

—Necesito decirte algo.

—Adelante.

—No hay excusa.

Lo miré.

Eso no era lo que esperaba.

—Julieta fabricó pruebas.

Me drogaron.

bloquearon el vínculo.

Todo eso es verdad.

Pero Arthur me pidió seguir buscando.

No lo hice.

Maelis dijo que el vínculo podía fallar por otras razones.

No la escuché.

—¿Por qué?

Leoric tardó.

—Porque creer que me habías traicionado dolía menos que admitir que podía haberte perdido.

Sentí rabia.

—Así que me convertiste en culpable para protegerte.

—Sí.

La respuesta directa me quitó la satisfacción de atacarlo.

—Prohibiste mi nombre.

—Sí.

—¿Y si hubieras tardado otra semana?

Miró a los cachorros.

—No sé.

—Yo sí.

Mi voz se rompió.

—Uno estaba empezando a enfriarse.

Mi fuego casi había terminado.

Yo apenas podía mantenerme despierta.

Leoric cerró los ojos.

—Lo sé.

—No.

No lo sabes.

No estabas allí.

Silencio.

—Tienes razón.

Aquella fue la primera grieta real en nuestra reconciliación.

No un:

“lo siento.”

Sino su capacidad de no convertir mi dolor en algo que él pudiera explicar por mí.

PARTE 6

Julieta fue declarada culpable por el consejo de:

secuestro.

conspiración.

falsificación.

intento de provocar una ruptura entre la Corona y la Luna.

Su familia perdió:

puestos.

privilegios políticos.

parte de sus derechos dentro del consejo.

Julieta fue desterrada bajo vigilancia a una fortaleza fronteriza, sin acceso a cargos ni a la manada central.

Algunos pidieron muerte.

Yo no.

Arthur me preguntó:

—¿Por qué?

—Porque quiero que viva suficiente tiempo para entender que no obtuvo nada.

—Eso suena casi cruel.

—No.

Cruel habría sido matarme por un título.

Yo solo no necesito verla morir.

Leoric aceptó.

Pero nuestro matrimonio seguía herido.

Durante meses dormimos en habitaciones separadas.

No como castigo.

Porque yo me despertaba aterrorizada.

Si el vínculo se silenciaba un instante:

entraba en pánico.

Si una doncella dejaba té:

no lo tocaba.

Leoric cambió protocolos.

Eso me enfadó.

—No conviertas todo en seguridad militar.

—Alguien entró a nuestra habitación.

—Entonces arregla eso.

Pero no quiero vivir como prisionera porque otra persona intentó controlarme.

Aprendió.

Lentamente.

Yo también tuve que aprender algo incómodo.

Parte de mí quería que Leoric sufriera exactamente lo que yo había sufrido.

Que pasara:

frío.

hambre.

miedo.

abandono.

Después lo miraba sostener a uno de nuestros hijos durante la madrugada.

Y comprendía que convertir su culpa en dolor no me devolvería aquellos tres meses.

Así que establecí condiciones.

—No quiero promesas.

—Entonces ¿qué quieres?

—Cambios.

Primero:

nunca volvería a declarar traición sin investigación formal.

Segundo:

el Beta y la Luna tendrían autoridad para exigir revisión independiente de pruebas relacionadas con miembros de la familia real.

Tercero:

nadie podría bloquear una búsqueda por orgullo del Alfa.

Leoric aceptó.

Arthur añadió:

—Quiero eso por escrito.

Leoric lo miró.

—Disfrutas demasiado esto.

—Tres meses, Majestad.

Me lo he ganado.

Incluso yo reí.

Esa risa fue pequeña.

Pero fue la primera vez que Iron Ridge volvió a sentirse como hogar.

PARTE 7

Los cachorros crecieron.

No idénticos.

No perfectamente sincronizados.

Cada uno parecía decidido a demostrar que compartir nacimiento no significaba compartir personalidad.

Adrian:

silencioso.

Mira:

gritaba más que todos juntos.

Lucien:

dormía.

Elena:

solo dormía si alguien la sostenía.

Cassian:

intentaba escapar de la cuna.

Nora:

agarraba el dedo de Leoric y no lo soltaba.

Darian.

Liora.

Matthias.

Nueve.

Cuando cumplieron seis meses, la manada organizó una ceremonia.

Yo permití una sola condición.

Nada de llamarlos:

“milagros.”

Maelis protestó.

—Beatriz.

Nueve cachorros nacidos en una cueva durante una tormenta.

Un poco milagro sí parece.

—No.

Mucho trabajo.

—Está bien.

“Los Nueve del Mucho Trabajo.”

—Peor.

Leoric estaba escuchando.

Rio.

Habíamos vuelto a:

bromear.

No significaba que todo estuviera reparado.

Pero algo nuevo estaba creciendo.

Una tarde me preguntó:

—¿Volverás a compartir habitación conmigo?

—Algún día.

—¿Eso es sí?

—Es algún día.

—Entiendo.

Y realmente entendió.

Meses después fui yo quien entró en su habitación.

No porque hubiese olvidado.

Porque había dejado de sentir que regresar significaba fingir que nada ocurrió.

Me senté junto a él.

Leoric no se movió.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Sí.

—Cuando me encontraste…

Su cara cambió.

—¿Qué?

—¿Qué pensaste?

Leoric miró sus manos.

—Que estabas muerta.

—Después.

—Que había nueve.

—Eso lo sé.

Sonrió débilmente.

—Pensé que jamás podría pedirte perdón suficiente.

—No puedes.

Asintió.

—Lo sé.

—Pero puedes hacer algo mejor.

—¿Qué?

—Ser un hombre al que no tenga que perdonar por lo mismo dos veces.

Leoric levantó la mirada.

—Eso puedo intentarlo.

—Bien.

Aquella noche dormí allí.

La primera vez desde Bloodwood.

Y cuando desperté, el vínculo seguía abierto.

No perfecto.

Vivo.

PARTE 8

Cinco años después, Bloodwood ya no era una palabra prohibida.

Leoric mandó construir un refugio seguro cerca del antiguo camino minero.

No un monumento a mí.

Un refugio para:

viajeros.

patrullas.

familias atrapadas durante tormentas.

Dentro había:

leña seca.

mantas.

alimentos.

medicinas.

una señal de vínculo amplificada mediante piedras de comunicación.

Leoric quiso poner mi nombre.

Me negué.

La placa decía:

“NINGÚN MIEMBRO DE LA MANADA SERÁ DADO POR PERDIDO SIN SER BUSCADO.”

Eso sí acepté.

Los nueve cachorros tenían cinco años.

Energía suficiente para derribar un reino sin necesidad de ejército.

Una tarde los llevamos a Bloodwood.

No a la cueva durante invierno.

En verano.

Con:

guardias.

comida.

caballos.

Maelis quejándose todo el camino.

—No necesitaba volver aquí.

—Nadie te obligó.

—Nueve niños en una montaña.

Claro que necesitáis sanadora.

Cuando llegamos, me detuve frente a la entrada.

Todo parecía más pequeño.

Durante tres meses aquella cueva había sido:

mundo.

prisión.

hogar.

sala de parto.

refugio.

Los niños entraron.

Mira preguntó:

—¿Aquí nacimos?

—Sí.

Cassian miró.

—¿Los nueve?

—Los nueve.

Matthias se volvió hacia Leoric.

—¿Y tú dónde estabas?

Silencio.

Una pregunta de niño.

Una respuesta adulta.

Leoric se arrodilló.

—Muy lejos.

—¿Por qué?

Me miró una vez.

Después volvió al niño.

—Porque alguien me mintió sobre vuestra madre.

Y yo cometí el error de creer la mentira antes de buscar la verdad.

—¿Mamá estaba enfadada?

Leoric sonrió.

—Muchísimo.

—¿Te castigó?

Yo intervine:

—Tu padre no necesitaba castigo.

Necesitaba aprender.

Mira preguntó:

—¿Aprendió?

Miré a Leoric.

—Sigue aprendiendo.

—Eso no suena muy bien.

—Es lo mejor que puede decirse de casi cualquier adulto.

Los niños salieron corriendo.

Leoric quedó a mi lado.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no contarles una versión bonita.

—No necesitan una versión bonita.

Necesitan una verdadera.

Caminamos hasta la entrada.

Cinco años antes yo había estado allí creyendo que mi esposo me había abandonado.

Él estaba en un castillo creyendo que yo lo había traicionado.

Julieta casi destruyó nuestra familia.

Pero lo consiguió solo porque utilizó:

miedo.

orgullo.

suposiciones.

Una mentira no necesita ser perfecta.

Solo necesita encontrar una herida en la que alguien quiera creer.

Eso fue lo que Leoric comprendió demasiado tarde.

Y lo que nunca volvió a olvidar.

Nuestros hijos conocían la historia.

No todos los detalles.

Pero sí la lección.

Amar a alguien no significa:

creer siempre que tiene razón.

Significa que cuando algo no encaja:

preguntas.

buscas.

verificas.

No permites que el orgullo termine una conversación que la verdad todavía no ha terminado.

Esa noche acampamos cerca del nuevo refugio.

Nueve niños dormían alrededor del fuego.

Maelis roncaba.

Arthur, ahora con más canas, vigilaba a dos que fingían dormir mientras intentaban robar dulces.

Leoric me entregó una taza.

La olí.

Él esperó.

Era una costumbre que todavía tenía.

—Manzanilla.

—¿La preparaste tú?

—Bajo supervisión de Maelis.

Probé.

—Aceptable.

—Cinco años y sigo siendo interrogado por cada taza.

Lo miré.

—¿Quieres discutir?

—No.

Aprendí algo.

Sonreí.

Apoyé la cabeza en su hombro.

El vínculo se abrió.

Fuerte.

Cálido.

Seguro.

No porque ya fuera imposible romperlo.

Sino porque ahora ambos sabíamos que un vínculo no se mantiene solo con magia.

Se mantiene con decisiones.

Cinco años antes, Leoric había encontrado a su Luna acostada en una cueva, rodeada por nueve cachorros que había mantenido vivos con su propio calor durante toda una noche.

Durante mucho tiempo la manada contó esa historia como una prueba de mi fuerza.

Yo siempre la corregía.

Mi mayor victoria no fue sobrevivir.

Tampoco mantener vivos a nueve hijos bajo la nieve.

Fue regresar a Iron Ridge y negarme a convertir el dolor en la única historia que nuestra familia tendría para siempre.

Leoric tampoco recuperó a su Luna simplemente encontrándome.

Encontrarme fue la parte fácil.

Tuvo que ganarse después:

mi confianza.

mi voz.

mi regreso.

Y eso tardó mucho más que atravesar una montaña.

Los nueve crecieron sabiendo que habían nacido durante una tormenta.

Pero también sabiendo algo más importante.

Su madre no había huido.

Su padre no había dejado de amarla.

Y aun así ambos habían cometido errores que el amor, por sí solo, no podía borrar.

Lo que los salvó no fue el destino.

Fue la verdad.

La verdad encontrada tarde.

dolorosa.

imperfecta.

Pero encontrada.

Antes de abandonar Bloodwood al día siguiente, Mira colocó una pequeña piedra en la entrada de la cueva.

—Para que sepa que volvimos.

Le pregunté:

—¿Quién?

Se encogió de hombros.

—La montaña.

No le expliqué que las montañas no recuerdan.

A veces un niño puede conservar una pequeña fantasía.

Nos alejamos.

Nueve cachorros corriendo delante.

Arthur gritándoles que no se separaran.

Maelis amenazando con convertirlos a todos en sapos aunque nadie creyera que podía hacerlo.

Leoric tomó mi mano.

Esta vez no era un rey guiando a su Luna.

Ni un Alfa reclamando a su compañera.

Era simplemente el hombre que una vez me perdió porque creyó una mentira.

Y que había aprendido a no volver a cerrar los ojos cuando la verdad todavía estaba llamándolo.

FIN

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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