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Claudette Colbert: subió cinco pisos cada día siendo una niña inmigrante, llegó a ser la artista mejor pagada de Estados Unidos y terminó sus días atrapada en la isla donde había soñado envejecer junto al hombre que amaba

PARTE 2

Broadway en los años veinte estaba lleno de oportunidades para una joven capaz de aprender con rapidez.

Claudette no tenía formación teatral clásica.

Aprendía trabajando.

Cada noche observaba a actores más experimentados, estudiaba el ritmo de las frases y comprendía cómo una pausa podía provocar una risa mejor que una palabra.

En 1925 apareció en A Kiss in a Taxi.

El público empezó a recordarla.

Dos años después consiguió el papel que la convertiría en una figura importante de Broadway.

Interpretaba a Lou, una encantadora de serpientes, en The Barker.

La obra estaba protagonizada por Walter Huston y se mantuvo en cartel durante más de ciento setenta funciones.

Claudette debía sostener el escenario frente a un actor poderoso.

Lo hizo.

La producción viajó a Londres.

La niña que había abandonado Francia con tres años regresaba a Europa como una joven estrella del teatro estadounidense.

Entre los miembros de la compañía estaba Norman Foster, actor y director.

Durante los meses de trabajo se hicieron inseparables.

El 13 de marzo de 1928 se casaron en Londres.

Después decidieron mantener el matrimonio en secreto.

No hubo un gran anuncio.

Ni fotografías de boda distribuidas a la prensa.

Incluso cuando la noticia se conoció, la relación continuó siendo extraña para los observadores.

La pareja no vivía realmente como marido y mujer.

Al trasladarse a California, Claudette compartía casa con su madre.

Norman residía en otro lugar.

Jeanne no aprobaba el matrimonio y, según personas cercanas a la familia, dejó claro que Foster no sería bien recibido bajo su techo.

Claudette no desafió abiertamente a su madre.

El matrimonio existía legalmente, pero la intimidad estaba organizada a distancia.

Aquella forma de proteger su vida privada se repetiría durante décadas.

Claudette podía ser cálida, divertida y sociable.

Sin embargo, conservaba una frontera invisible.

El público podía verla.

Los compañeros podían admirarla.

Muy pocas personas tenían permiso para entrar completamente en su mundo.

En 1927 filmó su primera película muda.

For the Love of Mike estaba dirigida por un joven Frank Capra.

El trabajo fue agotador.

Claudette actuaba en Broadway por la noche y filmaba durante el día. Dormía poco y en algunas ocasiones apenas llegaba a tiempo para su entrada en escena.

Cuando vio el resultado, quedó horrorizada.

Consideró que la película era terrible.

Aseguró que nunca volvería a trabajar para el cine.

En aquel momento podía permitirse despreciarlo.

Broadway seguía lleno.

El teatro era su hogar.

Pero en 1929 la Bolsa de Nueva York se desplomó.

La Gran Depresión vació las salas.

Las obras cerraban.

Los productores dejaron de arriesgar dinero.

El público ya no podía pagar entradas.

Claudette vio desaparecer el mundo profesional que había construido.

Años después reconocería que la crisis había matado el teatro y que las películas llegaron como una especie de salvación.

Regresó al cine.

Esta vez las imágenes tenían voz.

Su primer éxito sonoro importante fue The Lady Lies, estrenada en 1929.

Los críticos destacaron su tono grave y musical, una voz que conservaba algo europeo sin dejar de sonar estadounidense.

La cámara también había cambiado.

En el cine mudo había sentido que sus movimientos parecían exagerados.

Con el sonido podía utilizar la ironía y la inteligencia que la habían hecho popular sobre el escenario.

Durante los primeros años de la década de 1930 filmó constantemente.

Aprendió a conocer la luz.

Descubrió qué movimientos parecían naturales en primer plano.

Comprendió que en el cine una pequeña expresión podía sustituir un discurso completo.

Su matrimonio con Norman Foster terminó deteriorándose hasta convertirse en una formalidad.

Nunca habían construido un hogar común.

En 1935 obtuvieron el divorcio en México.

Pero antes de que aquella separación concluyera, Claudette había participado en la película que transformaría su vida.

Una película que casi nadie quería hacer.

Una película que ella rechazó.

Y que, después de filmarla, consideró el peor trabajo de su carrera.

Frank Capra encontró en una revista un relato llamado Night Bus.

La historia seguía a una heredera que huía de su padre y viajaba por carretera junto a un periodista insolente.

Capra vio una comedia romántica.

Hollywood vio un proyecto poco atractivo.

Varias grandes actrices rechazaron el papel.

Miriam Hopkins dijo que no.

Myrna Loy tampoco quiso hacerlo.

Margaret Sullavan lo rechazó.

Bette Davis deseaba participar, pero Warner Bros. se negó a prestarla.

Carole Lombard tenía otros compromisos.

El personaje masculino también fue rechazado por distintos actores hasta que Clark Gable terminó aceptando, posiblemente como parte de un préstamo entre estudios.

Gable era una estrella de MGM.

Columbia Pictures era considerada una compañía menor.

No estaba entusiasmado.

Cuando Harry Cohn propuso a Claudette, ella se negó inmediatamente.

Recordaba su mala experiencia con Capra en el cine mudo.

Además, había organizado unas vacaciones en Sun Valley y no deseaba cancelarlas.

Columbia aumentó la oferta.

Le pagarían cincuenta mil dólares, el doble de su salario habitual.

Capra prometió terminar la filmación en cuatro semanas.

Claudette aceptó por el dinero y por la garantía de recuperar sus vacaciones.

Llegó al rodaje convencida de que estaba haciendo un favor a un estudio pequeño.

Nadie imaginaba que aquella producción rechazada por casi todos estaba a punto de cambiar la historia del cine.

PARTE 3

Desde el primer día, el ambiente fue difícil.

Clark Gable no confiaba en el guion.

Claudette tampoco.

Frank Capra intentaba mantener la película en movimiento mientras el escritor Robert Riskin modificaba escenas durante la producción.

Claudette tenía opiniones firmes sobre la iluminación, la ropa y la forma en que debía ser fotografiada.

Discutía con Capra por detalles que para ella no eran pequeños.

Su rostro era parte de su trabajo.

Había sufrido una lesión en la nariz que dejó una ligera irregularidad en el lado derecho. Estaba convencida de que su perfil izquierdo era mucho más favorecedor.

Con los años llegaría a exigir que cámaras y decorados fueran organizados para mostrar ese lado.

Durante It Happened One Night todavía no poseía todo el poder que alcanzaría después, pero ya sabía proteger su imagen.

El conflicto más recordado ocurrió durante la escena del autostop.

El personaje de Gable intenta detener varios coches sin éxito. Después, la heredera interpretada por Claudette levanta ligeramente la falda y muestra la pierna.

El siguiente automóvil se detiene de inmediato.

Capra consideraba que el momento era perfecto.

Claudette se negó.

Le parecía vulgar e impropio.

El director decidió utilizar a una bailarina como doble.

Cuando Claudette vio las piernas de la mujer preparada para filmar, cambió de opinión.

—Esa no es mi pierna —dijo.

Se colocó frente a la cámara y realizó la escena ella misma.

La filmaron en una sola toma.

Aquel gesto se convertiría en una de las imágenes más famosas de la comedia estadounidense.

Cuando terminó el rodaje, Claudette dijo a una amiga que acababa de realizar la peor película de su vida.

Columbia estrenó la cinta en febrero de 1934 con poca publicidad.

Al principio parecía una producción menor destinada a desaparecer rápidamente.

Después ocurrió algo que ningún departamento de marketing podía fabricar.

Las personas comenzaron a recomendarla.

Los espectadores salían riendo y enviaban a sus amigos.

Las salas se llenaron.

It Happened One Night se convirtió en un fenómeno.

Cuando llegaron las nominaciones a los premios de la Academia, la película aparecía en las cinco categorías principales.

Claudette fue nominada como mejor actriz.

Ella no creía que fuera a ganar.

Había una fuerte campaña para que Bette Davis recibiera votos escritos por su actuación en Of Human Bondage, aunque no había sido nominada oficialmente.

Claudette pensaba que Davis terminaría superándola.

Decidió no asistir a la ceremonia.

Tenía preparado un viaje a Sun Valley y subió al tren.

Antes de que partiera, Harry Cohn envió a alguien para detenerla.

La localizaron en la estación y la convencieron de regresar.

Claudette llegó a la ceremonia con el traje de viaje que ya llevaba puesto.

No vestía un diseño pensado para posar ante fotógrafos.

No esperaba pronunciar un discurso.

Cuando anunciaron su nombre, subió al escenario y recibió el Óscar a la mejor actriz.

It Happened One Night ganó también mejor película, director, actor y guion adaptado.

Fue la primera producción que conquistó las cinco categorías principales en una misma noche.

Tendrían que pasar cuarenta y un años para que otra película repitiera la hazaña.

Claudette había intentado rechazar el papel.

Había discutido con el director.

Casi se negó a mostrar la pierna.

No quiso asistir a la ceremonia.

Terminó sosteniendo una estatuilla por una película que consideraba un desastre.

Tenía treinta y un años.

Su carrera acababa de llegar a la cima.

Aquel mismo año había interpretado a la reina egipcia en Cleopatra, dirigida por Cecil B. DeMille.

También protagonizó Imitation of Life, una historia compleja sobre maternidad, raza, amistad y ambición.

Las tres películas fueron nominadas al Óscar a la mejor producción.

Claudette se convirtió en la única actriz que había protagonizado tres candidatas a mejor película durante el mismo año.

Después del premio comenzó una etapa extraordinaria.

Trabajó con directores como Ernst Lubitsch, Preston Sturges y John Ford.

Compartió pantalla con Gary Cooper, Henry Fonda y Clark Gable.

Su nombre podía conseguir financiación para una película.

En 1938 fue identificada como la persona mejor pagada de Estados Unidos.

No únicamente la actriz mejor pagada.

Ni la mujer con mayores ingresos.

La persona con el salario más alto del país.

Ganó más de cuatrocientos veintiséis mil dólares en un año, mientras el trabajador estadounidense medio recibía una fracción diminuta de aquella cifra.

La niña que subía cinco pisos sin ascensor se encontraba ahora por encima de empresarios, deportistas y otras estrellas.

Sin embargo, el dinero no era lo más importante para ella.

Lo era el control.

Paramount le ofreció un contrato de siete años con un salario enorme.

Claudette lo rechazó.

Como artista independiente podía elegir proyectos, cobrar por película y negarse a trabajar cuando no estaba satisfecha.

La seguridad significaba pertenecer otra vez a un estudio.

Ella prefería la incertidumbre de la libertad.

En una industria construida para controlar a las actrices, Claudette aprendió a imponer condiciones sin levantar la voz.

Si deseaba ser fotografiada desde la izquierda, la cámara se movía.

Si un decorado obligaba a mostrar el perfil que no le gustaba, el decorado podía cambiar.

Algunos técnicos llamaban al lado derecho de su rostro “el lado oscuro de la luna”.

Podían bromear.

Pero obedecían.

Claudette no había nacido en la nobleza.

Aun así, caminaba por los estudios como si su derecho a las mejores condiciones fuera un hecho indiscutible.

PARTE 4

En la cima de su carrera, Claudette volvió a casarse.

Ocho meses después de terminar legalmente su relación con Norman Foster, viajó a Yuma, Arizona, y contrajo matrimonio con el doctor Joel Pressman.

Se habían conocido porque él trataba sus problemas de sinusitis.

Joel no era actor.

No dependía del éxito de una película ni competía por aparecer en una pantalla.

Era cirujano y, con el tiempo, llegó a ocupar un puesto importante como profesor y jefe de cirugía de cabeza y cuello en la Universidad de California en Los Ángeles.

Su mundo tenía reglas diferentes.

Para Claudette, aquello resultaba tranquilizador.

El matrimonio con Norman Foster había sido secreto y distante.

Con Joel construyó una vida real.

Compraron un rancho en el norte de California. Claudette aprendió a montar a caballo. Joel criaba ganado de exhibición.

Viajaban.

Recibían amigos.

Compartían una intimidad que no necesitaba ocultarse detrás de una campaña publicitaria.

Joel le regaló incluso un avión Beechcraft, un detalle que mostraba la escala de la vida que habían construido.

Mientras su matrimonio se fortalecía, Hollywood continuó cambiando.

Las comedias sofisticadas que habían definido los años treinta empezaron a perder terreno.

La guerra y las nuevas preocupaciones del público introdujeron historias más oscuras.

Claudette siguió realizando películas importantes.

The Palm Beach Story, estrenada en 1942, se convirtió en una de las grandes comedias de Preston Sturges.

En 1944 obtuvo otra nominación al Óscar por Since You Went Away.

Interpretaba a una madre que esperaba el regreso de su esposo durante la guerra.

Pero el impulso de su carrera comenzaba a disminuir.

En 1950 recibió la oportunidad de interpretar a Margo Channing en All About Eve.

El personaje era una actriz de teatro madura, brillante y aterrada ante la llegada de una joven admiradora que pretendía ocupar su lugar.

Claudette deseaba aquel papel.

Lo había preparado.

Pero sufrió una grave lesión de espalda y tuvo que abandonar el proyecto.

La producción contrató a Bette Davis.

Davis realizó una de las actuaciones más famosas de la historia del cine.

La ironía resultaba inevitable.

Quince años antes, una campaña para reconocer a Bette Davis había amenazado con eclipsar el Óscar de Claudette.

Ahora Davis recibía el papel que Colbert no pudo interpretar.

No hubo una guerra pública entre ambas.

Tampoco una amistad.

Claudette nunca convirtió la pérdida en un espectáculo.

Pero quienes la conocían sabían que aquel personaje habría podido cambiar la etapa final de su carrera cinematográfica.

Su última película fue Parrish, estrenada en 1961.

Después regresó con mayor intensidad al teatro.

Siempre había afirmado que prefería el escenario.

Allí no existían ángulos secretos ni montajes capaces de alterar una interpretación.

Cada función dependía de lo que ocurriera en ese instante.

Volvió a Broadway en 1956.

Actuó en Janus y después en The Marriage-Go-Round, obra que superó las cuatrocientas funciones y le proporcionó una nominación al premio Tony.

Realizó giras.

Trabajó en Londres y Australia.

El público descubrió que la mujer que había dominado la comedia cinematográfica podía seguir controlando una sala décadas después.

En 1960 viajó por primera vez a Barbados.

La isla todavía era una colonia británica. Tenía playas tranquilas, antiguas casas de plantación y una luz que parecía borrar la prisa.

Claudette se enamoró del lugar.

Compró una propiedad frente al mar en Speightstown y la llamó Bellerive.

Era una casa antigua con acceso directo a la playa.

Le dijo a sus amigos que algún día se retiraría allí con Joel.

Después de décadas sometida a horarios, estrenos y compromisos, imaginaba una vida organizada por el sonido de las olas.

No sabía que la casa terminaría siendo importante.

Pero que el hombre con quien quería compartirla no llegaría a envejecer allí.

En 1967, Joel Pressman fue diagnosticado con cáncer de hígado.

La enfermedad avanzó.

Claudette había enfrentado divorcios, fracasos profesionales y cambios de industria.

Nada la preparó para ver deteriorarse al hombre que se había convertido en el centro de su estabilidad.

Joel murió el 26 de febrero de 1968.

Tenía sesenta y seis años.

Para Claudette, no fue únicamente la muerte de un esposo.

Perdió a su mejor amigo.

A la persona alrededor de quien organizaba la seguridad de su vida.

Poco después murió su madre.

También perdió a su hermano Charles, que había administrado sus negocios durante los años de mayor éxito.

En un periodo breve desaparecieron las personas que formaban la arquitectura privada de su mundo.

Claudette había pasado la vida protegiendo su independencia.

Creía que la libertad absoluta sería una recompensa.

Cuando finalmente pudo ir a cualquier lugar, tomar cualquier decisión y responder únicamente ante sí misma, descubrió que aquella libertad se parecía demasiado a la soledad.

PARTE 5

Durante los años posteriores a la muerte de Joel, los amigos describían a Claudette con una sola palabra:

Resistió.

No era una mujer que permitiera a los demás presenciar fácilmente su derrumbe.

Continuó trabajando.

Dividía el tiempo entre su apartamento de Manhattan y Bellerive.

Aceptaba invitaciones.

Regresaba al teatro.

Aparecía en televisión.

Recibía homenajes con la misma elegancia con la que había recibido un Óscar vestida para viajar en tren.

Pero su vida privada se volvió más silenciosa.

En 1958 había conocido a Vera Hull, una pintora y fotógrafa rica y culta.

Las dos mujeres desarrollaron una amistad intensa.

Viajaban juntas.

Compartían interés por la pintura, la fotografía y la decoración.

En Nueva York alquilaron áticos contiguos dentro del mismo edificio.

Cuando Claudette compró Bellerive, Vera adquirió la propiedad vecina.

La cercanía provocó rumores.

Hollywood nunca acepta fácilmente que dos mujeres construyan una relación profunda sin intentar definirla desde fuera.

Claudette insistió en que Vera era una amiga.

Nunca se mostró interesada en satisfacer la curiosidad de la prensa.

No confirmaba versiones.

Tampoco se esforzaba en desmentir cada comentario.

Simplemente consideraba que su vida privada no pertenecía al público.

La amistad terminó de una manera dolorosa.

Durante las últimas semanas de vida de Joel, Claudette y Vera tuvieron una discusión grave.

Según los relatos conservados, Vera realizó una afirmación perturbadora relacionada con Joel y el peligro que su sufrimiento podía representar.

Claudette no pudo perdonarla.

Después de aproximadamente nueve años de cercanía, las dos mujeres dejaron de hablarse.

Nunca recuperaron la relación.

Joel murió poco después como consecuencia de la evolución natural de su enfermedad.

Claudette no explicó públicamente el contenido completo de aquella discusión.

Guardó el secreto como había guardado tantos otros.

Con el tiempo encontró una nueva compañera de confianza.

Helen O’Hagan había trabajado como directora de relaciones corporativas para Saks Fifth Avenue. Se conocieron durante la filmación de Parrish y se hicieron especialmente cercanas a partir de los años setenta.

Helen se convirtió en una presencia constante.

Alguien en quien Claudette podía confiar sin necesidad de interpretar el papel de estrella.

Décadas después, dejaría a Helen la mayor parte de su patrimonio, incluida la casa de Barbados.

Mientras su mundo personal se reorganizaba, Claudette continuaba sorprendiendo profesionalmente.

A una edad en que la mayoría de las antiguas estrellas habían desaparecido de la escena, ella regresó a Londres y Broadway.

A los ochenta y dos años actuó junto a Rex Harrison en Aren’t We All?

Harrison tenía fama de colaborador difícil, pero quedó encantado con ella.

Los críticos observaron que Claudette conservaba la cualidad que siempre la había distinguido.

Parecía no esforzarse.

No se veía el mecanismo de la interpretación.

Entraba, hablaba y el público se inclinaba hacia delante.

En 1987 participó en la película para televisión The Two Mrs. Grenvilles.

Tenía ochenta y cuatro años.

Interpretó a una matriarca de la alta sociedad relacionada con un famoso caso criminal.

Ganó el Globo de Oro como mejor actriz secundaria y recibió una nominación al Emmy.

Más de sesenta años después de aparecer en su primera obra profesional, seguía encontrando nuevos públicos.

En 1988 Francia le concedió la Legión de Honor.

Al año siguiente recibió el Kennedy Center Honor, uno de los principales reconocimientos de las artes escénicas estadounidenses.

Su carrera parecía inmune a la desaparición.

Broadway podía cerrar durante la Depresión.

Ella pasaba al cine.

El cine podía dejar de ofrecerle grandes papeles.

Regresaba al teatro.

La juventud podía terminar.

Ella encontraba personajes en televisión.

Claudette no necesitaba permanecer en el mismo lugar.

Lo que necesitaba era conservar el control sobre la manera de marcharse.

Sin embargo, había una pérdida que ningún premio podía compensar.

Bellerive continuaba frente al mar.

Era hermosa.

Estaba llena de muebles, cuadros y objetos elegidos durante décadas.

Pero Joel no estaba allí.

Claudette podía organizar almuerzos y recibir invitados, pero cada habitación formaba parte de una jubilación planeada para dos personas.

La libertad que antes defendía con ferocidad se había convertido en una casa demasiado grande.

Y el mar, que debía acompañarlos mientras envejecían juntos, parecía recordarle cada mañana que el futuro imaginado nunca había ocurrido.

PARTE 6

A comienzos de los años noventa, Claudette seguía dividiendo su vida entre Manhattan y Barbados.

Tenía casi noventa años, pero continuaba recibiendo amigos con atención y humor.

Las personas que almorzaban con ella en Bellerive recordaban una cualidad especial.

Claudette estaba realmente presente.

No esperaba únicamente su turno para hablar.

Preguntaba.

Escuchaba.

Se reía con facilidad.

Hacía que sus invitados sintieran que la conversación era más importante que su pasado cinematográfico.

No necesitaba recordar a nadie que había sido la persona mejor pagada del país.

Ni que había ganado un Óscar.

Ni que Capra, Gable, DeMille y Sturges habían trabajado con ella.

Su autoridad no dependía de repetir logros.

Era una forma de ocupar el espacio.

En marzo de 1993 sufrió un derrame cerebral.

Tenía ochenta y nueve años.

Sobrevivió, pero quedó muy debilitada.

Ya no regresó a Nueva York.

Permaneció en Barbados bajo el cuidado de Helen O’Hagan.

La isla se convirtió definitivamente en su mundo.

Para una mujer que había cruzado el Atlántico, trabajado en Broadway, filmado en Hollywood y viajado durante décadas, aquel confinamiento debió de resultar especialmente doloroso.

Podía ver el mar.

No podía volver a recorrer el mundo como antes.

La casa que había elegido como refugio se transformó en una frontera.

Claudette había comprado Bellerive para compartirla con Joel.

Después de su muerte, la utilizó como retiro.

Tras el derrame, se convirtió en el lugar del que ya no podía marcharse.

Mientras ella permanecía en la isla, una de sus películas más importantes recibió un nuevo reconocimiento.

En 1993, la Biblioteca del Congreso seleccionó It Happened One Night para conservarla en el Registro Nacional de Cine de Estados Unidos por su importancia cultural, histórica y estética.

Era la misma película que Claudette había intentado rechazar.

La que filmó únicamente porque le pagaron el doble.

La que consideró el peor trabajo de su carrera.

La que casi no la llevó a la ceremonia de los Óscar.

Mientras su cuerpo perdía libertad en Barbados, la película que había realizado con desgana era declarada parte permanente de la memoria cultural del país.

La contradicción habría podido hacerla sonreír.

Gran parte de su carrera estaba construida sobre decisiones tomadas en el último instante.

Casi no hizo su primera película.

Casi no aceptó trabajar con Capra otra vez.

Casi no mostró la pierna.

Casi no acudió a recibir el Óscar.

Casi interpretó a Margo Channing.

Casi se retiró en Barbados junto a Joel.

La vida de Claudette parecía una sucesión de puertas que se cerraban cuando ya tenía una mano sobre el marco.

Y, sin embargo, encontraba otra entrada.

Falleció el 30 de julio de 1996 en Bellerive.

Tenía noventa y dos años.

No murió en París, donde había nacido.

Ni en Nueva York, donde había crecido.

Ni en Hollywood, donde alcanzó la fama.

Murió frente al mar del Caribe, en la casa que había elegido como último hogar.

Se celebró una misa en Manhattan, la ciudad donde la niña francesa había subido cinco pisos diariamente y descubierto el teatro casi por accidente.

Sus cenizas regresaron a Barbados.

Fue enterrada en el cementerio de la iglesia de Godings Bay, junto a su madre y a Joel.

Al final, las tres personas que habían formado gran parte de su vida privada descansaban en la isla.

La casa fue heredada por Helen.

Años después se vendió por más de dos millones de dólares al productor musical David Geffen.

Los nuevos propietarios caminaron por habitaciones que alguna vez contuvieron las conversaciones, los recuerdos y la soledad de Claudette.

La playa continuó recibiendo las olas.

Como si la mujer que había vivido allí nunca hubiese existido.

Pero el cine conservaba algo diferente.

La joven que levanta la falda para detener un coche.

La reina de Cleopatra.

La madre de Since You Went Away.

La mujer que transformaba diálogos rápidos en algo que parecía espontáneo.

Más de sesenta películas.

Un Óscar.

Tres nominaciones.

Un Globo de Oro.

Una nominación al Emmy.

Otra al Tony.

La Legión de Honor.

El Kennedy Center Honor.

Años después de su muerte, el American Film Institute la situó entre las mayores estrellas femeninas del cine clásico estadounidense.

Los premios podían enumerarse.

Lo más difícil era explicar la cualidad que los producía.

Claudette no parecía actuar.

Parecía comprender exactamente lo que la escena necesitaba y ofrecerlo sin esfuerzo visible.

Aquella naturalidad era el resultado de décadas de disciplina.

El público veía ligereza.

Detrás existía una mujer que calculaba cada pausa, cada perfil y cada contrato.

PARTE 7

La industria cinematográfica de la época de Claudette estaba diseñada alrededor de la propiedad.

Los estudios poseían a sus actores durante años.

Decidían qué películas hacían.

Cómo debían vestirse.

Con quién aparecían en público.

Qué partes de su vida podían ser contadas.

Para las mujeres, el control era todavía mayor.

Una actriz podía ser reemplazada cuando envejecía, protestaba o dejaba de cumplir con el personaje que el estudio había construido.

Claudette encontró una forma de actuar dentro de aquella estructura sin entregarse completamente.

Rechazó contratos largos cuando la mayoría de sus compañeras los consideraban necesarios para sobrevivir.

Eligió trabajar por proyecto.

Cobraba más.

Podía negarse.

Convertía su valor comercial en libertad personal.

No siempre fue fácil trabajar con ella.

Discutía por los ángulos.

Exigía iluminación favorable.

Podía obligar a modificar un decorado para evitar que la cámara mostrara el lado de su rostro que no le gustaba.

Los hombres que hacían demandas semejantes eran considerados profesionales meticulosos.

Las mujeres corrían el riesgo de ser llamadas difíciles.

Claudette aceptó el riesgo.

No pedía disculpas por saber cómo quería ser fotografiada.

Tampoco necesitaba explicar por qué prefería determinados contratos.

Su seguridad provocaba que los demás aceptaran las condiciones como si hubieran sido inevitables desde el principio.

Un guionista que trabajó con ella recordaba que Claudette nunca decía que una escena era imposible.

Decía que quizá no había comprendido todavía algo importante.

Asumía que el problema podía resolverse.

No utilizaba la dificultad para escapar del trabajo.

La convertía en una pregunta.

Frank Capra había discutido con ella continuamente.

También reconocía que era extraordinaria en It Happened One Night.

Los desacuerdos no anulaban el resultado.

Claudette podía estar convencida de que una película era mala y, aun así, entregar una actuación que definiría la comedia romántica durante generaciones.

Había algo en su educación entre Francia y Estados Unidos que contribuyó a aquella singularidad.

No pertenecía completamente a un solo lugar.

En casa era francesa.

En la calle aprendió a ser neoyorquina.

Su madre procedía de una familia vinculada a las islas del Canal, territorios entre Francia y Gran Bretaña.

Claudette creció dentro de aquella condición intermedia.

Podía ser sofisticada sin parecer distante.

Europea sin resultar extranjera.

Estadounidense sin perder cierta reserva.

El título de nobleza que algunas personas asociaban con ella no era literal.

Nunca fue condesa.

No se casó con un aristócrata.

La Legión de Honor era un reconocimiento civil, no un rango hereditario.

Su nobleza consistía en la manera de comportarse.

Entraba en una habitación como si nadie pudiera cuestionar su derecho a estar allí.

No necesitaba demostrar superioridad.

La daba por supuesta.

Aquella actitud no provenía de una infancia privilegiada.

Había crecido en un quinto piso sin ascensor.

Su padre era un empleado bancario que había perdido sus negocios.

Su madre cargaba frustraciones artísticas que nunca consiguió resolver.

Claudette no heredó una corona.

Construyó una autoridad.

Quizá por eso protegía tanto su intimidad.

Había creado una identidad pública con enorme precisión.

No permitiría que la prensa decidiera también quién era en privado.

El primer matrimonio permaneció oculto.

Las circunstancias de su amistad con Vera Hull nunca fueron explicadas completamente.

La discusión que terminó aquella relación quedó encerrada entre quienes la vivieron.

La amistad con Helen O’Hagan fue profunda y duradera, pero Claudette no ofreció al público una definición diseñada para satisfacer rumores.

Guardaba sus secretos.

No porque tuviera miedo.

Porque consideraba que le pertenecían.

En una época en que la fama se alimentaba de confesiones fabricadas por los estudios, Claudette entendió que el silencio también podía ser poder.

No necesitaba responder cada pregunta.

No corregía cada versión.

No se convertía en prisionera de la curiosidad ajena.

Aquella reserva contribuyó a que algunas personas la consideraran fría.

Quienes la conocían hablaban de una mujer cálida y generosa.

Pero incluso las personas más cercanas sabían que existía una habitación interior cuya llave no compartía fácilmente.

Joel consiguió entrar.

Su madre también ocupó aquel espacio.

Su hermano formó parte de la estructura.

Cuando los tres desaparecieron en pocos años, Claudette descubrió que había protegido tanto su independencia que no sabía qué hacer con una vida sin aquellas presencias.

El control había sido su mayor fortaleza.

La pérdida le mostró sus límites.

No todas las cosas podían organizarse.

No existía un contrato capaz de impedir la muerte.

Ni una iluminación adecuada para hacer soportable la ausencia.

PARTE 8

La historia de Claudette Colbert podría contarse como una sucesión de triunfos.

La niña inmigrante que cruzó el océano.

La estudiante de diseño que terminó en Broadway.

La actriz que aceptó una película por dinero y ganó un Óscar.

La mujer que superó económicamente a todos los estadounidenses en 1938.

La estrella que rechazó contratos de estudio y conservó el control sobre su carrera.

La artista que, con más de ochenta años, todavía ganaba premios.

Todo eso es cierto.

Pero el triunfo no explica completamente su vida.

También existió la muchacha que cambió de nombre para ser comprendida por el público.

La esposa que ocultó un matrimonio durante años.

La hija que continuó viviendo bajo la influencia de una madre capaz de mantener al marido fuera de casa.

La actriz que perdió el papel de su madurez por una lesión.

La viuda que descubrió que la libertad podía sentirse como abandono.

Y la anciana que quedó inmovilizada en una isla elegida para una vida que nunca llegó a ocurrir.

Claudette había comprado Bellerive como una promesa.

El mar significaba descanso.

Joel estaría a su lado.

No habría horarios ni ejecutivos.

Pero la casa sobrevivió al hombre.

Después sobrevivió a la salud de Claudette.

Terminó conteniendo una versión incompleta del sueño.

Aun así, no sería correcto afirmar que murió sola.

Helen estaba con ella.

Sus amigos continuaban visitándola.

Los recuerdos de Joel y de su madre formaban parte de cada habitación.

Y sus cenizas fueron colocadas junto a ellos.

La familia que había emigrado desde Francia terminó reunida frente al Caribe.

Su vida comenzó con cinco pisos sin ascensor.

Cada día, la niña debía subirlos.

Quizá aquella rutina enseñó algo que permaneció con ella.

No había atajos.

Se avanzaba escalón por escalón.

Una obra pequeña.

Después otra.

Un papel secundario.

Después Broadway.

Una película que odiaba.

Después el Óscar.

Un matrimonio que apenas existía.

Después una relación profunda con Joel.

Una pérdida.

Después el teatro.

La vejez.

Después una nueva actuación premiada.

Cuando el cine parecía terminar, Claudette continuaba.

Cuando Hollywood dejó de reconocerla como protagonista, encontró un escenario.

Cuando el escenario se hizo más difícil, apareció la televisión.

La adaptación no era una renuncia.

Era su forma de resistencia.

El mundo recordaría sobre todo la comedia.

La escena del autobús.

La pierna en la carretera.

El rostro favorecido por el perfil izquierdo.

Pero detrás de aquella ligereza existía una mujer extremadamente disciplinada.

Nada era tan fácil como parecía.

Ese era quizá su talento más grande.

Hacer invisible el esfuerzo.

Podía discutir durante horas sobre un ángulo y después aparecer en pantalla como si nunca hubiera pensado en la cámara.

Podía negociar el salario más alto del país y dar la impresión de que el éxito había llegado sin ambición.

Podía atravesar el dolor de perder a Joel y regresar a un escenario sin convertir el duelo en espectáculo.

Claudette no pidió al público que la compadeciera.

Tampoco le entregó la totalidad de su verdad.

Conservó algo para sí misma hasta el final.

En 1996, el cuerpo que había recorrido escenarios y estudios descansó frente al mar.

La habitación estaba lejos de París.

Lejos del apartamento de Manhattan.

Lejos de Columbia Pictures.

Sin embargo, todos aquellos lugares existían dentro de ella.

La niña llamada Lily.

La joven que eligió convertirse en Claudette.

La actriz que juró no volver al cine.

La estrella que casi perdió el tren hacia su Óscar.

La esposa de Joel.

La amiga de Vera.

La compañera de Helen.

La mujer que supo controlar una industria incapaz de controlar completamente a sus estrellas.

Cuando murió, Bellerive quedó en silencio.

Pero It Happened One Night continuó proyectándose.

Las nuevas generaciones vieron a Ellie Andrews levantar la falda en la carretera y detener un coche.

Pocos imaginaban que la actriz se había negado a realizar la escena.

Que había permitido que prepararan a una doble.

Que, al ver las piernas de la otra mujer, decidió recuperar el plano.

Aquel momento resumía su carácter.

Podía rechazar una idea.

Discutirla.

Resistirse.

Pero si finalmente debía hacerse, no permitiría que otra persona ocupara su lugar.

Claudette Colbert no heredó nobleza.

No necesitó un título.

Su autoridad procedía de la certeza con la que exigía espacio dentro de habitaciones construidas para hombres.

Nació cerca de París con un nombre que un sacerdote escribió de forma equivocada.

Creció en Nueva York subiendo escaleras.

Se convirtió en la artista mejor pagada de Estados Unidos.

Amó a un hombre con quien imaginó envejecer frente al mar.

Lo enterró.

Continuó trabajando.

Y terminó sus días en la isla donde había depositado aquel sueño.

Su historia no fue únicamente la de una estrella.

Fue la de una mujer que comprendió algo antes que muchas otras:

La fama podía desaparecer.

La belleza podía cambiar.

Los estudios podían cerrar.

Los papeles podían pasar a otra actriz.

Pero el derecho a decidir sobre su propia vida debía protegerse en cada contrato, en cada habitación y en cada plano.

Claudette perdió personas, oportunidades y futuros imaginados.

Nunca perdió completamente ese derecho.

Por eso, décadas después, todavía parece dueña de cada escena en la que aparece.

La cámara no la convirtió en noble.

Solo permitió que el mundo viera una autoridad que ya llevaba dentro.

FIN

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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